1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Cuando Lao se perdió de vista escaleras abajo, Drasik se rascó la cabeza, reflexivo sobre las palabras que le había dicho el viejo. Era cierto, Eliam era lo único que le quedaba de familia, una familia que en un principio estuvo dividida, pero el desgraciado suceso que vivieron al menos les hizo estar unidos para siempre.
Drasik siempre había ido a su bola mientras crecían juntos, cuando Eliam estaba constantemente pendiente de él. Al paso de los años, Drasik fue haciéndose más fuerte que él, inevitablemente, gracias a su iris, pero no más maduro, incluso el dinero que ganaba Drasik con la KRS era con lo que vivían, y de sobra. Era como si el hermano mayor fuera él en vez de Eliam, y este ya se había dado cuenta de esto, lo que ciertamente le entristecía, pues el argentino quería ser el mayor, siempre lo había sido y quería seguir siéndolo.
Pero Eliam sentía, cada vez más, que en verdad no tenía nada que hacer, que no tenía ningún papel que cumplir, que su hermano no le necesitaba, porque él tenía una vida distinta a la suya, una vida en la que no debía inmiscuirse.
Finalmente, Drasik dejó este asunto aparte y se dirigió a la puerta de la casa de Kyo. Llamó al timbre y le abrió Mei Ling. Drasik la miró de hito en hito, encontrándola tan elegante...
—Fiuu... —silbó Drasik—. Chica, eres de las pocas personas de este mundo cuya belleza exterior se equipara con su belleza interior. ¿Cuándo me vas a firmar la revista de moda para la que trabajas? Me la compro cada mes.
—Ps... No quiero ni saber lo que haces con ella —chasqueó la lengua, dándole una torta en la frente y negando con la cabeza—. Pasa, anda... —resopló, dejándolo solo en la puerta.
Drasik entró y cerró tras él. Al ver que Mei Ling se había metido en la cocina, se fue derechito al piso de arriba, a la habitación de Kyo. Al adentrarse, vio a Kyo dormido en su cama con la manta hasta arriba. El calor que hacía en la habitación le impactó, pero era normal, los Ka desprendían mucho calor, al contrario que los Sui, que desprendían frío.
Sonrió con malicia y se subió encima de la cama de un salto, sentándose sobre él, y le tapó la nariz con dos dedos. A los pocos segundos Kyo abrió la boca para respirar, y entonces volvió a soltar la nariz. Kyo cerró la boca y siguió respirando por la nariz, pero Drasik se la tapó de nuevo y otra vez abrió la boca. Así repetidas veces, hasta que le taponó ambas, impidiéndole respirar. Kyo se meneó incómodo, apretando los párpados llegado un momento en que no podía más y abrió los ojos de golpe, despertándose del todo. Drasik levantó las manos con inocencia cuando este le clavó la mirada, sin decir nada, y de pronto Kyo le arreó un puñetazo en la cara que le llevó al otro lado del cuarto.
—¡Cómo no, tenías que ser tú! —farfulló Kyo, llevándose una mano a la cabeza, pues seguía algo cansado.
—¡Jaja! —rio, frotándose la nariz por el golpe, poniéndose en pie—. Jo, sí que estás en forma...
—¿Quién te ha dejado entrar?
—Una top model —contestó, volviendo a subirse a su cama.
—Ahh... —resopló con toda su alma, apoyándose contra la pared—. ¿Cómo ha acabado todo?
—Supongo que bien, porque he visto a Raijin hace un momento recién levantado, así que la pelea debió de acabar hace unas horas. ¿Y el pergamino?
—Intacto y a buen recaudo —bostezó—. Pero le tenemos que pedir a Denzel un nuevo estuche.
Ambos se quedaron un rato en silencio. Drasik lo miraba, ansioso, y Kyo sólo trataba de relajarse de su mal despertar, hasta que se volcó sobre su cama para seguir durmiendo.
—¡Venga, Kyo! —se decepcionó Drasik, pegando botes sobre la cama—. ¡Vamos a hacer algo, anda, que hoy no hay clase! ¡Vamos a pelear un rato, o a practicar puntería! ¡Yo haré discos de hielo, y tú dispararás bolas de fuego contra ellos!
—Mmm... —musitó Kyo, quedándose grogui otra vez.
—¡Levanta! —tiró de él—. ¡Venga ya, no puedes seguir teniendo sueño, ya has dormido suficiente! ¡Y ya has descansado bastante! ¡Vamos a disfrutar de nuestro día libre! ¡No puedes estar tan cansado!
—No... No es que esté cansado... —balbució, dejando que Drasik lo tirase de la cama al suelo.
—¿Entonces qué?
—Yo... no me encuentro muy bien. Déjame un rato. Luego peleamos.
—Lo que tienes es una flojera de competición —le espetó, mientras intentaba levantarlo del suelo—. Ya sé, vayamos a dar una vuelta, a tomar un poco el aire, y vamos al Ya-Koffee a gorronear un poco.
—Drasik, que Yako sea nuestro amigo y nuestro camarada desde pequeños, no significa que podamos comer y beber todo lo que queramos de su cafetería sin pagar, que tú siempre te vas sin pagar.
—No pasa nada, Yako es el ser más bueno, amable y simpático del mundo...
—Es un Zou. Nos puede matar a todos con un simple aleteo de sus pestañas.
—Los Zou jamás harían eso, son seres de puro Yang. —Kyo seguía mirándolo no conforme—. Vale, vale, me portaré bien —levantó la palma de la mano solemnemente—. Pero no lo haré si no vienes.
—Vale, pesado —accedió de mala gana, estirándose y bostezando, aún en el suelo.
—Y así le preguntamos a Yako y a Sam cómo fue todo ayer —añadió, saliendo de la habitación—. Voy a vestirme, y cuando vuelva espero verte preparado.
Cuando Drasik se fue y el silencio volvió a reinar en la casa, Kyo se sentó en el suelo y se rascó la cabeza, pensativo. Tenía un extraño malestar en el cuerpo que no comprendía, era muy raro. Empezó a sospechar que debía de ser por Izan, pues desde que vivió ese ataque, esa alucinación, ya comenzó a sentirse mal. «Tengo que hablar con Fuujin» se dijo, y esperó que su abuelo hubiese ido a hacer lo que le pidió la noche anterior.
* * * * * *
Nakuru entró en el hotel con aire preocupado, preguntándose qué iba a pasar con Cleven. Pensó en hacerse la tonta, esperaba que su amiga no recordase nada. Una vez hubo llegado a la puerta de la habitación, cogió aire y llamó. Al no contestar nadie, supuso que seguía dormida, pero iba a tener que despertarla porque no iba a esperar más con la preocupación, así que dio unos porrazos más.
—¡Cleven! ¡Soy Nakuru, abre! ¡Cle...!
La mano de Nakuru golpeó una nariz. Cleven había abierto la puerta justo cuando iba a dar otro porrazo, y le dio de lleno en la cara.
—¡Ugh! ¡Nakuru! —saltó, frotándose la nariz.
—¡Lo siento, perdona! —se apuró, examinándole el golpe.
—Tranquila, suficiente dolor de cabeza tengo ahora como para quejarme por esto —entró en la habitación y Nakuru fue detrás—. ¿Cómo has dado conmigo? ¿Sabías cuál era mi habitación?
—Ah... Pregunté al recepcionista —vaciló, sentándose sobre la cama junto a ella.
—Bueno, ¿qué haces aquí? No digo que no me alegre, es más, me alegra mucho verte.
—Sí... Es que... En fin, ¿vamos a dar una vuelta? No tengo nada que hacer —le sonrió, guardando apariencias.
—Claro —aceptó Cleven, llevándose una mano a la cabeza.
—¿Qué... qué te pasa?
—Nakuru —la miró fijamente, muy seria; esta se puso en tensión por un momento—. He tenido una noche horrible.
—¿Por? ¿Por qué? —se puso nerviosa.
—Kaoru y yo, en el Parque Yoyogi de ahí abajo. Te va a parecer muy fuerte, pero Kaoru estaba bebido y la tomó conmigo, Nakuru, ¡me pegó!
Su amiga abrió los ojos fingiendo sorpresa inesperada, pero en verdad estaba con el corazón en la garganta. «No puede ser» se desmoronó.
—Me estuvo atacando el muy cretino, yo no podía con él —continuó—. Vas a flipar, porque luego apareció Drasik, tía, ¡Drasik! Le dio un puñetazo a Kaoru que lo llevó a estamparse, ¡pum!, contra un árbol, y este se partió enterito. ¡Pero luego Kaoru se levanta sin más! Y... y después los dos empiezan a pelearse, y... Dios... —suspiró, recordando las imágenes—. Parecían dos personajes de un videojuego, te lo juro, los dos acabaron llenos de heridas: una nariz rota, el labio partido, una brecha en la frente... Todo ensangrentados, no he visto cosa igual, era horrible, horrible... Qué mal lo he pasado, Nak. Pero eso no es todo —declaró, volvió a mirarla muy fijamente y seria; Nakuru tragó saliva—. Luego apareciste tú. Y provocaste una especie de masa arenosa hacia ellos, y después me pegaste y me dejaste inconsciente.
Silencio. Cleven siguió observándola, por lo que Nakuru ya la palmó del todo.
—Cleven, yo... puedo explicártelo... —murmuró. «Mierda, lo sabía, lo recuerda todo... Se acabó, se acabó, nos ha pillado. No me queda más remedio que darle una explicación, no me dejará salir hasta que no se la dé»—. Yo... Verás...
—Ah, ¿es que te has leído Freud? —sonrió Cleven.
Nakuru se quedó muda.
—¿Q...? ¿Qué? —musitó con un hilo de voz.
—“Interpretación de los sueños”, Freud, lo hemos dado en clase, ¿recuerdas? Pues me vendría genial que me explicases este sueño, porque me ha dejado perpleja. Parecía superreal, ¿qué crees que puede significar?
—Hah... Hahaha... —rio flojamente, sin poder creérselo—. Hahah... Un sueño... hah...
—¿Estás bien? —le preguntó Cleven, poniéndole una mano en el hombro.
—Hahah, perfectamente, hahaaah...
—Lo que no entiendo es que me duela tanto la nuca, es como si me hubieses pegado de verdad en el sueño, y además tengo una herida en el labio —le señaló—. En el sueño me la hizo Kaoru. ¿No te parece extraño?
«No me lo creo, menos mal que anoche se me ocurrió montar ese escenario» pensó Nakuru.
—Cleven —sonrió, mirando hacia la mesilla de noche—. Te has debido de caer de la cama y darte un porrazo con la mesa, mira.
—Ahí va... —saltó, viendo que hasta la guía telefónica se había caído de la mesilla—. Buf, hasta se me ha debido de caer ese libro encima —dedujo, tocándose la herida del labio—. ¿Cómo no me he dado cuenta?
—Estarías medio dormida, te habrás vuelto a subir a la cama y volviste a quedarte dormida.
—Debe ser... —suspiró—. Recuerdo que muchas veces, en casa, me despertaba en el suelo. Debo moverme mucho cuando duermo, a causa de los sueños tan raros que tengo.
«Uuuf... Menos mal, y yo preocupándome tanto para nada» se dijo Nakuru.
—En fin, paranoias aparte, voy a vestirme y damos una vuelta —sonrió su amiga, dándole un abrazo, contenta de que hubiese venido.
Cleven se fue vistiendo, cogiendo ropa de cada rincón de la habitación, y mientras, Nakuru se puso la tele, tumbándose en la cama. Bueno, ya todo estaba bien, Nakuru por fin pudo relajarse y disfrutar de los días que quedaban hasta que volvieran al instituto. Supuso que Kyo ya debía estar bien, y que Raijin, Yako y Sam también estarían bien. Si hubiesen perdido el duelo habrían ido a decírselo a ella, a Drasik y a Lao enseguida, pero como no había sido así, podían apuntarse otra victoria en la lista. Nakuru se sentía tan bien por haber vuelto a su rutina que deseó que no ocurriese nada más por un buen tiempo.
—¿Sabes algo de Raven? —le preguntó a Cleven.
—No —contestó, mientras se ponía los pantalones, dando saltos a la pata coja—. Ya debe de estar en San Francisco. No sabremos de ella hasta el domingo, o hasta el lunes, cuando la veamos en el insti.
Nakuru asintió, cambiando de canal. Se encontró con las noticias, con la presentadora hablando hacia la cámara haciendo publicidad sobre algún producto. Fue a cambiar, puesto que no le interesaban mucho esas cosas, hasta que la mujer comentó algo que le llamó la atención.
—“Los funcionarios del Ministerio de Interior acaban de terminar su reunión, iniciada esta mañana a las nueve, con el fin de concretar cuáles han de ser los nuevos cambios tras la jubilación del ministro Takeshi Nonomiya. Aquí pueden ver las imágenes...” —aparecieron en la pantalla las imágenes de un gran edificio, del cual salían numerosas personas, rodeados de la prensa que no paraba de sacar fotos—“... de los funcionarios saliendo del ministerio, y allí sale el señor Hatori Nonomiya, jefe de la Policía japonesa, hijo del ministro. Pasamos la conexión con nuestro reportero Matsuda.”
La cámara enfocó a dicho reportero, con su micrófono en la mano, que se fue acercando a Hatori cuando este bajó las escaleras del edificio a la calle, acompañado por dos policías. Hatori no iba con su habitual uniforme, iba con traje y corbata. Sus ojos azules y afilados siempre acompañaban su ceño fruncido. Matsuda se paró frente a él junto a otros muchos reporteros, y le acercó el micrófono.
—“Señor Nonomiya, ¿cómo ha ido la reunión?” —preguntó uno de los reporteros.
—“Ha sido breve” —contestó este, intentando seguir caminando, pero al ver que la prensa no le dejaba, optó por pararse a responder a las preguntas.
—“¿Cuál ha sido la declaración del ministro?” —preguntó Matsuda.
—“Finalmente, mañana celebrará su jubilación aquí, como ya sabíamos desde hace tiempo.”
—“¿Ha nombrado ya a alguien para ceder su cargo?” —continuó Matsuda.
—“Lo cierto es que ha decidido no decir nada sobre eso hasta mañana.”
—“Dígame, ¿cree que puede ser usted el que herede su puesto?”
—“No tengo por qué ser yo, señores. Como ya saben, soy el hijo de Takeshi Nonomiya, pero no por ello he de ser yo a quien le ceda el Ministerio. Confío en que mi padre y los demás encargados ya hayan tomado una razonable decisión sobre quién será el nuevo ministro, puede ser cualquiera de los candidatos, lo que sabremos mañana” —contestó, intentando irse hacia su coche, haciendo señas con la mano para que le dejasen.
Al final consiguió meterse en su coche con uno de sus compañeros, y las cámaras grabaron cómo se marchaba. «Hatori… Maldito…» pensó Nakuru, entornando los ojos con odio. Matsuda volvió a aparecer en pantalla, declarando ante los televidentes.
—“Al parecer, todavía nadie sabe quién será el nuevo ministro” —dijo—. “Lo sabremos mañana aquí en la sede, donde grabaremos en directo las palabras de Takeshi Nonomiya.”
—“Matsuda, vemos a tus espaldas al señor Takeshi Nonomiya saliendo del edificio” —le comentó la presentadora.
El reportero se dio la vuelta y, al divisar al viejo ministro, fue a acercarse a él pasando entre la gente que formaba una hilera alrededor de las escaleras del edificio, sacando fotos y demás.
—“Me temo que va a ser imposible hablar con él” —dijo Matsuda, que no podía hacerse hueco, mientras el cámara grababa cómo el ministro se iba hacia su coche acompañado por cuatro agentes—. “Oh, esperen, ahí sale la secretaria general de Interior, Norie Saitou.”
El reportero rodeó la masa de gente, subiendo por las escaleras, y consiguió encontrar un hueco cerca de la puerta del edificio, por donde salía una mujer de unos 45 años. Tenía el aspecto más sobrio de todos los allí presentes. Su cabello castaño oscuro estaba perfectamente recogido en un discreto moño. Lo habitual era que las mujeres vistieran con falda en este tipo de eventos, pero ella llevaba unos pantalones elegantes grises, con una chaqueta negra y blusa blanca. Otra diferencia en ella respecto a otras mujeres de su entorno es que no llevaba nada de maquillaje. No era ni muy guapa ni muy fea, algo que a ella le importaba un soberano comino. Todo su valor como persona estaba en su experiencia, en toda su carrera, en su carácter ejemplar. Y era una de los candidatos favoritos para heredar el puesto de Takeshi. Matsuda le arrimó el micrófono.
—“Señora Saitou, señora Saitou” —la llamó mientras la prensa le hacía fotos sin parar; la mujer miró al reportero—. “Dígame, por favor, ¿quién cree que pueda ser el nuevo ministro o ministra que el señor Takeshi Nonomiya nombre mañana?”
En ese momento, Cleven dirigió la mirada hacia la tele, sorprendida. «Anda, esa mujer es Norie Saitou... La madre adoptiva de Yue, la antigua novia de Raijin» recordó que el rubio le habló de ello cuando fueron al cementerio. «Me pregunto si Raijin siguió teniendo más problemas con esta señora después de que Yue muriera, o si ya logró cortar contacto con los padres de Yue sin represalias».
—“Oh, ojalá lo supiera” —sonrió Norie moderadamente—. “No ha querido decir nada en esta reunión, quiere declararlo mañana. Puede ser cualquiera de nosotros.”
—“Usted junto con Hatori Nonomiya han sido siempre el brazo derecho del ministro. Y si fuera usted, ¿qué haría?” —también sonrió el reportero.
—“Si yo recibiera tal honor, por supuesto enfocaría mi carrera al único objetivo que importa, que es hacer de este país un lugar seguro donde vivir para cualquier ciudadano respetuoso con las leyes y la convivencia pacífica. No obstante, estoy segura de que los otros candidatos comparten este mismo objetivo y harían igualmente un buen trabajo, llegando algún día, quizá, a la altura del honorable Takeshi Nonomiya...”
* * * * * *
—¡Agatha, espera, espera! —exclamó la pequeña Clover, tirando de la mano de la anciana para que se parasen.
Estaban en mitad de la calle, rebosante de gente, y en una televisión de grandes dimensiones situada en la fachada de un edificio salía una mujer contestando a las preguntas de un reportero.
—¡Mira, Dai, mira! —le dijo a su hermano, eufórica, señalándole a la mujer de la pantalla.
—¡Halaaa, es la abuelita Norie! —saltó Daisuke.
—¿Está vuestra abuela en la tele? —les preguntó Agatha, alzando la cabeza hacia donde difícilmente oía la voz de Norie por encima del barullo de la calle.
Agatha escuchó lo que decían. «Hm... Así que finalmente Takeshi se jubila mañana» pensó. «Rezo por que no ceda su puesto a su hijo Hatori. Si Hatori se hace con el control del ministerio, la caza de los iris será reanudada de forma internacional».
* * * * * *
Nakuru seguía viendo las noticias, pero ya no las escuchaba. Había desconectado el oído desde que Hatori Nonomiya se había marchado en su coche. «No puede ser. Takeshi va a jubilarse» caviló, mordiéndose las uñas, mientras Cleven metía cosas en su bolso. «Takeshi ha dedicado gran parte de su trabajo intentando cazar a los iris, pero nunca lo consiguió. Dios mío, si ahora sale elegido Hatori... tendremos más problemas».
—¿Nos vamos? —preguntó Cleven, ya preparada.
Cuando Lao se perdió de vista escaleras abajo, Drasik se rascó la cabeza, reflexivo sobre las palabras que le había dicho el viejo. Era cierto, Eliam era lo único que le quedaba de familia, una familia que en un principio estuvo dividida, pero el desgraciado suceso que vivieron al menos les hizo estar unidos para siempre.
Drasik siempre había ido a su bola mientras crecían juntos, cuando Eliam estaba constantemente pendiente de él. Al paso de los años, Drasik fue haciéndose más fuerte que él, inevitablemente, gracias a su iris, pero no más maduro, incluso el dinero que ganaba Drasik con la KRS era con lo que vivían, y de sobra. Era como si el hermano mayor fuera él en vez de Eliam, y este ya se había dado cuenta de esto, lo que ciertamente le entristecía, pues el argentino quería ser el mayor, siempre lo había sido y quería seguir siéndolo.
Pero Eliam sentía, cada vez más, que en verdad no tenía nada que hacer, que no tenía ningún papel que cumplir, que su hermano no le necesitaba, porque él tenía una vida distinta a la suya, una vida en la que no debía inmiscuirse.
Finalmente, Drasik dejó este asunto aparte y se dirigió a la puerta de la casa de Kyo. Llamó al timbre y le abrió Mei Ling. Drasik la miró de hito en hito, encontrándola tan elegante...
—Fiuu... —silbó Drasik—. Chica, eres de las pocas personas de este mundo cuya belleza exterior se equipara con su belleza interior. ¿Cuándo me vas a firmar la revista de moda para la que trabajas? Me la compro cada mes.
—Ps... No quiero ni saber lo que haces con ella —chasqueó la lengua, dándole una torta en la frente y negando con la cabeza—. Pasa, anda... —resopló, dejándolo solo en la puerta.
Drasik entró y cerró tras él. Al ver que Mei Ling se había metido en la cocina, se fue derechito al piso de arriba, a la habitación de Kyo. Al adentrarse, vio a Kyo dormido en su cama con la manta hasta arriba. El calor que hacía en la habitación le impactó, pero era normal, los Ka desprendían mucho calor, al contrario que los Sui, que desprendían frío.
Sonrió con malicia y se subió encima de la cama de un salto, sentándose sobre él, y le tapó la nariz con dos dedos. A los pocos segundos Kyo abrió la boca para respirar, y entonces volvió a soltar la nariz. Kyo cerró la boca y siguió respirando por la nariz, pero Drasik se la tapó de nuevo y otra vez abrió la boca. Así repetidas veces, hasta que le taponó ambas, impidiéndole respirar. Kyo se meneó incómodo, apretando los párpados llegado un momento en que no podía más y abrió los ojos de golpe, despertándose del todo. Drasik levantó las manos con inocencia cuando este le clavó la mirada, sin decir nada, y de pronto Kyo le arreó un puñetazo en la cara que le llevó al otro lado del cuarto.
—¡Cómo no, tenías que ser tú! —farfulló Kyo, llevándose una mano a la cabeza, pues seguía algo cansado.
—¡Jaja! —rio, frotándose la nariz por el golpe, poniéndose en pie—. Jo, sí que estás en forma...
—¿Quién te ha dejado entrar?
—Una top model —contestó, volviendo a subirse a su cama.
—Ahh... —resopló con toda su alma, apoyándose contra la pared—. ¿Cómo ha acabado todo?
—Supongo que bien, porque he visto a Raijin hace un momento recién levantado, así que la pelea debió de acabar hace unas horas. ¿Y el pergamino?
—Intacto y a buen recaudo —bostezó—. Pero le tenemos que pedir a Denzel un nuevo estuche.
Ambos se quedaron un rato en silencio. Drasik lo miraba, ansioso, y Kyo sólo trataba de relajarse de su mal despertar, hasta que se volcó sobre su cama para seguir durmiendo.
—¡Venga, Kyo! —se decepcionó Drasik, pegando botes sobre la cama—. ¡Vamos a hacer algo, anda, que hoy no hay clase! ¡Vamos a pelear un rato, o a practicar puntería! ¡Yo haré discos de hielo, y tú dispararás bolas de fuego contra ellos!
—Mmm... —musitó Kyo, quedándose grogui otra vez.
—¡Levanta! —tiró de él—. ¡Venga ya, no puedes seguir teniendo sueño, ya has dormido suficiente! ¡Y ya has descansado bastante! ¡Vamos a disfrutar de nuestro día libre! ¡No puedes estar tan cansado!
—No... No es que esté cansado... —balbució, dejando que Drasik lo tirase de la cama al suelo.
—¿Entonces qué?
—Yo... no me encuentro muy bien. Déjame un rato. Luego peleamos.
—Lo que tienes es una flojera de competición —le espetó, mientras intentaba levantarlo del suelo—. Ya sé, vayamos a dar una vuelta, a tomar un poco el aire, y vamos al Ya-Koffee a gorronear un poco.
—Drasik, que Yako sea nuestro amigo y nuestro camarada desde pequeños, no significa que podamos comer y beber todo lo que queramos de su cafetería sin pagar, que tú siempre te vas sin pagar.
—No pasa nada, Yako es el ser más bueno, amable y simpático del mundo...
—Es un Zou. Nos puede matar a todos con un simple aleteo de sus pestañas.
—Los Zou jamás harían eso, son seres de puro Yang. —Kyo seguía mirándolo no conforme—. Vale, vale, me portaré bien —levantó la palma de la mano solemnemente—. Pero no lo haré si no vienes.
—Vale, pesado —accedió de mala gana, estirándose y bostezando, aún en el suelo.
—Y así le preguntamos a Yako y a Sam cómo fue todo ayer —añadió, saliendo de la habitación—. Voy a vestirme, y cuando vuelva espero verte preparado.
Cuando Drasik se fue y el silencio volvió a reinar en la casa, Kyo se sentó en el suelo y se rascó la cabeza, pensativo. Tenía un extraño malestar en el cuerpo que no comprendía, era muy raro. Empezó a sospechar que debía de ser por Izan, pues desde que vivió ese ataque, esa alucinación, ya comenzó a sentirse mal. «Tengo que hablar con Fuujin» se dijo, y esperó que su abuelo hubiese ido a hacer lo que le pidió la noche anterior.
* * * * * *
Nakuru entró en el hotel con aire preocupado, preguntándose qué iba a pasar con Cleven. Pensó en hacerse la tonta, esperaba que su amiga no recordase nada. Una vez hubo llegado a la puerta de la habitación, cogió aire y llamó. Al no contestar nadie, supuso que seguía dormida, pero iba a tener que despertarla porque no iba a esperar más con la preocupación, así que dio unos porrazos más.
—¡Cleven! ¡Soy Nakuru, abre! ¡Cle...!
La mano de Nakuru golpeó una nariz. Cleven había abierto la puerta justo cuando iba a dar otro porrazo, y le dio de lleno en la cara.
—¡Ugh! ¡Nakuru! —saltó, frotándose la nariz.
—¡Lo siento, perdona! —se apuró, examinándole el golpe.
—Tranquila, suficiente dolor de cabeza tengo ahora como para quejarme por esto —entró en la habitación y Nakuru fue detrás—. ¿Cómo has dado conmigo? ¿Sabías cuál era mi habitación?
—Ah... Pregunté al recepcionista —vaciló, sentándose sobre la cama junto a ella.
—Bueno, ¿qué haces aquí? No digo que no me alegre, es más, me alegra mucho verte.
—Sí... Es que... En fin, ¿vamos a dar una vuelta? No tengo nada que hacer —le sonrió, guardando apariencias.
—Claro —aceptó Cleven, llevándose una mano a la cabeza.
—¿Qué... qué te pasa?
—Nakuru —la miró fijamente, muy seria; esta se puso en tensión por un momento—. He tenido una noche horrible.
—¿Por? ¿Por qué? —se puso nerviosa.
—Kaoru y yo, en el Parque Yoyogi de ahí abajo. Te va a parecer muy fuerte, pero Kaoru estaba bebido y la tomó conmigo, Nakuru, ¡me pegó!
Su amiga abrió los ojos fingiendo sorpresa inesperada, pero en verdad estaba con el corazón en la garganta. «No puede ser» se desmoronó.
—Me estuvo atacando el muy cretino, yo no podía con él —continuó—. Vas a flipar, porque luego apareció Drasik, tía, ¡Drasik! Le dio un puñetazo a Kaoru que lo llevó a estamparse, ¡pum!, contra un árbol, y este se partió enterito. ¡Pero luego Kaoru se levanta sin más! Y... y después los dos empiezan a pelearse, y... Dios... —suspiró, recordando las imágenes—. Parecían dos personajes de un videojuego, te lo juro, los dos acabaron llenos de heridas: una nariz rota, el labio partido, una brecha en la frente... Todo ensangrentados, no he visto cosa igual, era horrible, horrible... Qué mal lo he pasado, Nak. Pero eso no es todo —declaró, volvió a mirarla muy fijamente y seria; Nakuru tragó saliva—. Luego apareciste tú. Y provocaste una especie de masa arenosa hacia ellos, y después me pegaste y me dejaste inconsciente.
Silencio. Cleven siguió observándola, por lo que Nakuru ya la palmó del todo.
—Cleven, yo... puedo explicártelo... —murmuró. «Mierda, lo sabía, lo recuerda todo... Se acabó, se acabó, nos ha pillado. No me queda más remedio que darle una explicación, no me dejará salir hasta que no se la dé»—. Yo... Verás...
—Ah, ¿es que te has leído Freud? —sonrió Cleven.
Nakuru se quedó muda.
—¿Q...? ¿Qué? —musitó con un hilo de voz.
—“Interpretación de los sueños”, Freud, lo hemos dado en clase, ¿recuerdas? Pues me vendría genial que me explicases este sueño, porque me ha dejado perpleja. Parecía superreal, ¿qué crees que puede significar?
—Hah... Hahaha... —rio flojamente, sin poder creérselo—. Hahah... Un sueño... hah...
—¿Estás bien? —le preguntó Cleven, poniéndole una mano en el hombro.
—Hahah, perfectamente, hahaaah...
—Lo que no entiendo es que me duela tanto la nuca, es como si me hubieses pegado de verdad en el sueño, y además tengo una herida en el labio —le señaló—. En el sueño me la hizo Kaoru. ¿No te parece extraño?
«No me lo creo, menos mal que anoche se me ocurrió montar ese escenario» pensó Nakuru.
—Cleven —sonrió, mirando hacia la mesilla de noche—. Te has debido de caer de la cama y darte un porrazo con la mesa, mira.
—Ahí va... —saltó, viendo que hasta la guía telefónica se había caído de la mesilla—. Buf, hasta se me ha debido de caer ese libro encima —dedujo, tocándose la herida del labio—. ¿Cómo no me he dado cuenta?
—Estarías medio dormida, te habrás vuelto a subir a la cama y volviste a quedarte dormida.
—Debe ser... —suspiró—. Recuerdo que muchas veces, en casa, me despertaba en el suelo. Debo moverme mucho cuando duermo, a causa de los sueños tan raros que tengo.
«Uuuf... Menos mal, y yo preocupándome tanto para nada» se dijo Nakuru.
—En fin, paranoias aparte, voy a vestirme y damos una vuelta —sonrió su amiga, dándole un abrazo, contenta de que hubiese venido.
Cleven se fue vistiendo, cogiendo ropa de cada rincón de la habitación, y mientras, Nakuru se puso la tele, tumbándose en la cama. Bueno, ya todo estaba bien, Nakuru por fin pudo relajarse y disfrutar de los días que quedaban hasta que volvieran al instituto. Supuso que Kyo ya debía estar bien, y que Raijin, Yako y Sam también estarían bien. Si hubiesen perdido el duelo habrían ido a decírselo a ella, a Drasik y a Lao enseguida, pero como no había sido así, podían apuntarse otra victoria en la lista. Nakuru se sentía tan bien por haber vuelto a su rutina que deseó que no ocurriese nada más por un buen tiempo.
—¿Sabes algo de Raven? —le preguntó a Cleven.
—No —contestó, mientras se ponía los pantalones, dando saltos a la pata coja—. Ya debe de estar en San Francisco. No sabremos de ella hasta el domingo, o hasta el lunes, cuando la veamos en el insti.
Nakuru asintió, cambiando de canal. Se encontró con las noticias, con la presentadora hablando hacia la cámara haciendo publicidad sobre algún producto. Fue a cambiar, puesto que no le interesaban mucho esas cosas, hasta que la mujer comentó algo que le llamó la atención.
—“Los funcionarios del Ministerio de Interior acaban de terminar su reunión, iniciada esta mañana a las nueve, con el fin de concretar cuáles han de ser los nuevos cambios tras la jubilación del ministro Takeshi Nonomiya. Aquí pueden ver las imágenes...” —aparecieron en la pantalla las imágenes de un gran edificio, del cual salían numerosas personas, rodeados de la prensa que no paraba de sacar fotos—“... de los funcionarios saliendo del ministerio, y allí sale el señor Hatori Nonomiya, jefe de la Policía japonesa, hijo del ministro. Pasamos la conexión con nuestro reportero Matsuda.”
La cámara enfocó a dicho reportero, con su micrófono en la mano, que se fue acercando a Hatori cuando este bajó las escaleras del edificio a la calle, acompañado por dos policías. Hatori no iba con su habitual uniforme, iba con traje y corbata. Sus ojos azules y afilados siempre acompañaban su ceño fruncido. Matsuda se paró frente a él junto a otros muchos reporteros, y le acercó el micrófono.
—“Señor Nonomiya, ¿cómo ha ido la reunión?” —preguntó uno de los reporteros.
—“Ha sido breve” —contestó este, intentando seguir caminando, pero al ver que la prensa no le dejaba, optó por pararse a responder a las preguntas.
—“¿Cuál ha sido la declaración del ministro?” —preguntó Matsuda.
—“Finalmente, mañana celebrará su jubilación aquí, como ya sabíamos desde hace tiempo.”
—“¿Ha nombrado ya a alguien para ceder su cargo?” —continuó Matsuda.
—“Lo cierto es que ha decidido no decir nada sobre eso hasta mañana.”
—“Dígame, ¿cree que puede ser usted el que herede su puesto?”
—“No tengo por qué ser yo, señores. Como ya saben, soy el hijo de Takeshi Nonomiya, pero no por ello he de ser yo a quien le ceda el Ministerio. Confío en que mi padre y los demás encargados ya hayan tomado una razonable decisión sobre quién será el nuevo ministro, puede ser cualquiera de los candidatos, lo que sabremos mañana” —contestó, intentando irse hacia su coche, haciendo señas con la mano para que le dejasen.
Al final consiguió meterse en su coche con uno de sus compañeros, y las cámaras grabaron cómo se marchaba. «Hatori… Maldito…» pensó Nakuru, entornando los ojos con odio. Matsuda volvió a aparecer en pantalla, declarando ante los televidentes.
—“Al parecer, todavía nadie sabe quién será el nuevo ministro” —dijo—. “Lo sabremos mañana aquí en la sede, donde grabaremos en directo las palabras de Takeshi Nonomiya.”
—“Matsuda, vemos a tus espaldas al señor Takeshi Nonomiya saliendo del edificio” —le comentó la presentadora.
El reportero se dio la vuelta y, al divisar al viejo ministro, fue a acercarse a él pasando entre la gente que formaba una hilera alrededor de las escaleras del edificio, sacando fotos y demás.
—“Me temo que va a ser imposible hablar con él” —dijo Matsuda, que no podía hacerse hueco, mientras el cámara grababa cómo el ministro se iba hacia su coche acompañado por cuatro agentes—. “Oh, esperen, ahí sale la secretaria general de Interior, Norie Saitou.”
El reportero rodeó la masa de gente, subiendo por las escaleras, y consiguió encontrar un hueco cerca de la puerta del edificio, por donde salía una mujer de unos 45 años. Tenía el aspecto más sobrio de todos los allí presentes. Su cabello castaño oscuro estaba perfectamente recogido en un discreto moño. Lo habitual era que las mujeres vistieran con falda en este tipo de eventos, pero ella llevaba unos pantalones elegantes grises, con una chaqueta negra y blusa blanca. Otra diferencia en ella respecto a otras mujeres de su entorno es que no llevaba nada de maquillaje. No era ni muy guapa ni muy fea, algo que a ella le importaba un soberano comino. Todo su valor como persona estaba en su experiencia, en toda su carrera, en su carácter ejemplar. Y era una de los candidatos favoritos para heredar el puesto de Takeshi. Matsuda le arrimó el micrófono.
—“Señora Saitou, señora Saitou” —la llamó mientras la prensa le hacía fotos sin parar; la mujer miró al reportero—. “Dígame, por favor, ¿quién cree que pueda ser el nuevo ministro o ministra que el señor Takeshi Nonomiya nombre mañana?”
En ese momento, Cleven dirigió la mirada hacia la tele, sorprendida. «Anda, esa mujer es Norie Saitou... La madre adoptiva de Yue, la antigua novia de Raijin» recordó que el rubio le habló de ello cuando fueron al cementerio. «Me pregunto si Raijin siguió teniendo más problemas con esta señora después de que Yue muriera, o si ya logró cortar contacto con los padres de Yue sin represalias».
—“Oh, ojalá lo supiera” —sonrió Norie moderadamente—. “No ha querido decir nada en esta reunión, quiere declararlo mañana. Puede ser cualquiera de nosotros.”
—“Usted junto con Hatori Nonomiya han sido siempre el brazo derecho del ministro. Y si fuera usted, ¿qué haría?” —también sonrió el reportero.
—“Si yo recibiera tal honor, por supuesto enfocaría mi carrera al único objetivo que importa, que es hacer de este país un lugar seguro donde vivir para cualquier ciudadano respetuoso con las leyes y la convivencia pacífica. No obstante, estoy segura de que los otros candidatos comparten este mismo objetivo y harían igualmente un buen trabajo, llegando algún día, quizá, a la altura del honorable Takeshi Nonomiya...”
* * * * * *
—¡Agatha, espera, espera! —exclamó la pequeña Clover, tirando de la mano de la anciana para que se parasen.
Estaban en mitad de la calle, rebosante de gente, y en una televisión de grandes dimensiones situada en la fachada de un edificio salía una mujer contestando a las preguntas de un reportero.
—¡Mira, Dai, mira! —le dijo a su hermano, eufórica, señalándole a la mujer de la pantalla.
—¡Halaaa, es la abuelita Norie! —saltó Daisuke.
—¿Está vuestra abuela en la tele? —les preguntó Agatha, alzando la cabeza hacia donde difícilmente oía la voz de Norie por encima del barullo de la calle.
Agatha escuchó lo que decían. «Hm... Así que finalmente Takeshi se jubila mañana» pensó. «Rezo por que no ceda su puesto a su hijo Hatori. Si Hatori se hace con el control del ministerio, la caza de los iris será reanudada de forma internacional».
* * * * * *
Nakuru seguía viendo las noticias, pero ya no las escuchaba. Había desconectado el oído desde que Hatori Nonomiya se había marchado en su coche. «No puede ser. Takeshi va a jubilarse» caviló, mordiéndose las uñas, mientras Cleven metía cosas en su bolso. «Takeshi ha dedicado gran parte de su trabajo intentando cazar a los iris, pero nunca lo consiguió. Dios mío, si ahora sale elegido Hatori... tendremos más problemas».
—¿Nos vamos? —preguntó Cleven, ya preparada.
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