1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Cleven abrió los ojos. La luz de la mañana se colaba entre las cortinas de su habitación. Se quedó así unos minutos, tendida sobre la cama, mirando al techo. Cuando su cerebro se hubo reiniciado del todo, se dio cuenta de que no estaba en la habitación del hotel a la que se había acostumbrado. Ni en la de su casa de siempre.
Se incorporó de un salto, sorprendida, y observó el cuarto. Su nuevo cuarto, su nuevo espacio, su nuevo hogar. Aún no acababa de asimilarlo. Estaba en la casa de Raijin. Estaba en la casa de su tío. Ese era su primer día ahí.
Se levantó de un brinco, llena de energía. Aún le quedaban cosas por hacer, como deshacer la maleta y traer el resto de su ropa y de sus cosas. Bueno, había tiempo de sobra. Miró su reloj, eran como las once y media, la mañana se la había pasado durmiendo. Era sábado y no tenía clase, así que lo iba a dedicar a descansar. Ya había soportado demasiadas emociones distintas en una noche y un día, ahora había que reanudar la situación.
Salió de la habitación justo en el mismo momento en que el rubio salía de la suya, enfrente. Cleven, al verlo, abrió la boca para saludarlo, pero todo se quedó en un murmullo ahogado. Raijin tenía una cara ojerosa impresionante, realmente Cleven se preguntaba qué tipo de problemas tendría él para dormir, pero eso no era lo que le llamaba más la atención. Al parecer, el chico sólo dormía con el pantalón del pijama, por lo que Cleven pudo ver de nuevo ese extraño tatuaje en la parte izquierda de su pecho. No se dio cuenta de su embelesamiento. No era por su bonito torso, sino porque ese tatuaje le daba una sensación familiar, de un pasado lejano. Por su parte, Raijin reparó en ella a los pocos segundos, despertando del todo.
—¡Eh! —saltó, señalándola—. ¿¡Pero por qué estás en ropa interior!?
Cleven despertó de su trance y se miró a sí misma.
—Es mi pijama —contestó.
—¿Eso es tu pijama?
Podía ser exagerado dependiendo del punto de vista. Cleven iba con unos mini pantaloncitos tipo shorts y un top de tirantes un tanto pequeño.
—¿Qué te pasa? —se extrañó la joven.
—N… es que... —vaciló, apartando la mirada—. Ponte algo encima —gruñó, yéndose por el pasillo a regañadientes.
—Ya me has visto sin ropa antes —replicó Cleven, siguiéndolo por detrás.
—¡Eh! —saltó, girándose hacia ella—. Acordamos no hablar más del tema.
—Ya, bueno...
—En serio, Cleven, no quiero ni mencionarlo ni recordarlo.
Ella se quedó un momento pensativa en mitad del pasillo. Se rascó la nuca, dubitativa.
—Lo sé, yo tampoco quiero, pero... Pero es que me preguntaba... —miró para los lados antes de volver a mirarlo con vergüenza—. ¿Tú... te acuerdas de algo? E-es decir... de... la parte seria.
Raijin fue a repetir que no quería hablar de ello, pero en vez de eso cerró la boca un momento, algo sorprendido, y se quedó pensando. La verdad, no, no recordaba nada claro después del beso del hotel. Pero se había despertado sin ropa a la mañana siguiente, ¿no? En ropa interior, más bien.
—Mm… No... —contestó finalmente—. Bebí demasiado. No tengo recuerdos probables o evidentes... de que hayamos... ya sabes.
—Vale, es que yo tampoco... Tampoco recuerdo eso. Pero claro, como me desperté sin ropa, pues... pues daba por hecho que... en fin, ya sabes.
De repente los dos se quedaron mirándose mutuamente un buen rato, un buen e incómodo rato.
—¿Crees...? —preguntó Raijin.
—¿... que quizá no haya pasado? —brincó Cleven al instante, con la mano en el pecho—. Pero al despertar...
—Pudimos caer dormidos antes de hacer nada —repuso él enseguida, tan tenso como ella.
Ambos volvieron a quedarse mirando mutuamente. La verdad, los dos desearon aferrarse a esa posibilidad, pero tampoco había pruebas que demostrasen que no sucedió.
—Tengo que hacerte una pregunta personal —dijo Raijin.
—Si no querías hablar del tema.
—Lo sé, joder, pero es importante —suspiró—. Yo tengo la absoluta certeza de que, incluso si estoy borracho, me cercioro de usar protección, siempre, sin falta, sin fallar nunca… Porque ya cometí una vez el error de no cerciorarme y pagué las consecuencias —cerró los ojos seriamente, pero un poco sonrojado e incómodo—. No tengo pruebas ni recuerdos factibles de haberlo cumplido la otra noche, solamente la confianza en mi capacidad de juicio. Aun así… necesito una confirmación más… algo que despeje las dudas del todo…
—Tranquilo, hace poco más de un año que yo tomo anticonceptivos, principalmente como tratamiento para regular el periodo, porque lo tenía algo irregular, así que sí, la protección ya la venía trayendo yo de todas formas, hasta que mi gine me diga que deje el tratamiento.
Raijin dejó salir otro suspiro, pero esta vez, mucho más grande y aliviado. Se le despejaron todas las dudas, aunque ya confiaba en sí mismo en ese aspecto. Lo que le sorprendió un poco es que Cleven le hubiera respondido con tanta naturalidad sobre un dato tan íntimo de ella. Por un momento había parecido una chica muy racional.
—¿No te… da vergüenza hablarme de esas cosas tuyas? —preguntó extrañado.
—Sí, mucha. Por eso te las aclaro todas ahora mismo de una sola vez, para que no vuelvas a sacarme el tema jamás en la vida y dejemos de hablar de esto de una vez por todas y dejarlo atrás.
—No puedo estar más de acuerdo —declaró él—. Vale, ya está, olvidémoslo. Pero por lo visto hay altísimas probabilidades de que en realidad no sucediera, y me voy a aferrar a eso y seguir con mi vida.
—Sí, yo también.
—Pero ponte un pijama normal —añadió mientras reanudaba la marcha hacia las escaleras para bajar.
—¡Eh! ¿Y tú qué? Que vas exhibiendo todo tu modélico cuerpo ruso.
—Medio ruso. No critiques, tú también eres medio rusa.
—Sólo el 25 % —corrigió ella—. Y 25 % japonesa. Más correcto sería decir que soy mitad francesa.
—Y se nota, con ese libertinaje que te traes.
—Serás tonto... —gruñó—. ¿Y tú puedes vestir aquí como quieras?
—Yo estoy en mi casa —gruñó también.
—Y yo también —sonrió Cleven de repente. Raijin se paró de nuevo y volvió la vista a ella con su cara de refunfuño—. Si te vas a poner así por un pijama no quiero ni imaginar qué harás cuando salga de la ducha en toalla.
—¡Cleven! —exclamó apurado—. Si en tu casa ibas en pelotas, aquí desde luego no.
—¡Somos de la familia!
—¿Tú ibas así delante de tus hermanos y de tu padre?
—¡Pues claro! Es la confianza familiar. En verano mi hermano suele andar por casa en calzoncillos, ¿y yo qué, yo no puedo siquiera ir con esto? ¡Con razón te portas como un japonés tan tradicional y disciplinado, eres exactamente igualito que el abuelo Hideki!
—¿Y tú qué sabes de cómo era él?
—¿Cómo que qué sé? No los conocí, pero he oído hablar de los abuelos toda mi vida. Y así era el abuelo. Tú, mi madre y mi hermano Lex habéis heredado su carácter sin duda.
—Tú podrías haber heredado también algo de él, aparte de su color de cabello —gruñó—. Pero no. Tú has salido pervertida, como mi madre.
—¡Ah! —brincó Cleven, sonriendo con gran interés—. ¿La abuela era pervertida? ¡Jajaja…! —se rio al imaginarlo, mientras Raijin se ponía algo rojo de vergüenza—. ¿Y cómo acabó alguien tan serio, disciplinado, recatado y tradicional como el abuelo casándose con una mujer totalmente opuesta a él?
—Yo lo único que sé es que ambos eran inseparables —comentó el chico, cuando terminaron de bajar las escaleras.
—¡Y no me extraña! Un matrimonio que tiene un hijo 25 años después de tener a su primera hija, denota amor duradero, ¿no crees?
Raijin miró para otro lado un momento, mordiéndose la lengua. No cabía duda de que Cleven no recordaba ni sabía absolutamente nada de que su madre tuvo dos hermanos pequeños y no sólo uno.
—¿Qué edad tenía la abuela cuando te tuvo? ¿No tuvo problemas ni nada?
—Ambos tenían 45 años y una salud óptima. Solamente hubo el inconveniente de que nací un mes más tarde de lo debido.
—¿Qué? ¿En serio? ¿Eres diezmesino? Guau… Un mes de demora de la fecha límite es muchísimo tiempo, debió de preocupar mucho a todos.
Raijin volvió a quedarse callado. Lo que Cleven acababa de decirle le evocó un recuerdo particular. Es cierto que su demora en nacer preocupó a la familia en aquel entonces, pero preocupó mucho especialmente a alguien… que acabó desencadenando una serie de sucesos que terminaron en una tragedia que dio como resultado a un pequeño Izan de casi 6 años convirtiéndose en iris.
—En todo caso, eres muy exagerado, tío Brey. Mira que ponerte así conmigo...
—Mira, payasa, todavía estoy asimilando que has pasado de ser una mocosa así —puso una mano a un metro de altura del suelo—, a una pelmaza así —alzó la mano hasta ponerla a la altura de Cleven—, llena de curvas y cosas redondas.
—¿La última vez que me viste yo era tan pequeña? —se sorprendió Cleven.
—En tu caso todos estos años te han dado para crecer mucho, desde luego.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo de ti, si no fuera porque no recuerdo haberte visto la jeta antes en mi vida. Sólo eres 4 años mayor que yo, así que en estos años tú también has debido de pasar de ser un mocoso gruñón así —puso una mano a metro y medio del suelo—, a un top model gruñón así —alzó la mano hasta ponerla a la altura de él, una cabeza más que ella—, lleno de rectas y cosas cuadradas, como tu mente.
—Bah, k chertu tebya... —gruñó el chico pasivamente, y siguió andando hacia la cocina. (= Bah, que te den...)
—¡No hables en ruso, que no me entero! —se enfadó Cleven.
—Razdrazhayushchiy! (= ¡Petarda!)
—¿¡Y si yo me pongo a hablar en un idioma que no entiendas!? Crétin! —replicó Cleven. (= ¡Cretino!)
—Pff —bufó Raijin—. Los insultos en francés son como azotar a alguien con un látigo de seda perfumada, no te molestes.
Con la discusión tonta, Cleven lo siguió hacia la cocina. Lo cierto es que se moría de hambre, ya que anoche no había cenado. Nada más entrar en la cocina se fue derecha a curiosear por todos los armarios, a ver dónde estaban las cosas y qué cosas había. Como un nervio puro fue de aquí para allá, dejando al chico aturdido.
—¿Eh? ¿Qué es esto? —preguntó Cleven, sacando de uno de los armarios dos tazas con unos dibujitos muy monos de ositos, mostrándoselas a su tío—. ¿Te van los osos amorosos o qué?
Raijin frunció los labios, tenso, y pasó de ella rápidamente, yendo a ponerse un café. Cleven abrió otro armario, la despensa. Ojeó la cantidad de dulces que había y, pasmada, sacó unas cajas de cereales con forma de conejitos y perritos de colores.
—En serio, me asusta esta nueva faceta tuya —le dijo al joven, agitando las cajas para oír el ruido de su contenido.
—Deja eso —gruñó—. No es para nosotros.
«¿Se lo digo ya o no se lo digo?» se apuró Raijin. «Todavía ni lo sospecha. ¿Y si espero a después de recogerlos de la casa de sus abuelos?».
—¿Para quién, pues? —bufó Cleven con ironía, dejando las cosas en su sitio y yéndose a sentar en uno de los taburetes de la repisa de al lado de la ventana, junto al chico—. Sólo faltaría encontrar por aquí tirado... ¡un gorila de peluche!
Pegó un brinco, señalando dicho juguete tirado debajo de la mesa del centro. Raijin corrió a cogerlo antes de que lo hiciera ella y lo escondió tras su espalda.
—¡Hey, hey! ¡Ya sé qué es lo que pasa aquí! —se enfadó Cleven, tratando de arrebatarle el peluche.
—¿Lo sabes? —se alarmó, esquivándola.
—¡No me lo puedo creer! ¡No me esperaba esto de ti, tío Brey! —le reprimió; a Raijin se le cayó el alma a los pies.
—¡Pensaba decírtelo! —se excusó.
—¡Ja! ¿¡Cómo que pensabas decírmelo!? ¿¡Tendrás cara!? ¡Lo tuyo es una enfermedad, tío Brey! ¡Una cosa es que no te gusten los niños y otra diferente es que les robes sus juguetes! ¡Te dedicas a robarles a los niños pequeños que te molestan! ¿¡Verdad!? ¡Tú odias a los niños pequeños, pero no es razón para quitarles sus cosas y hacer colección! ¡Si ya me lo imagino, tú, saliendo un día de casa, yéndote hacia un parque como si salieses de cacería! ¡Acechas a los pequeños mientras están jugando en los columpios y cuando bajan la guardia, zash, les robas sus juguetes y te mueres de gusto al oírlos llorar! ¡Y luego sus madres y sus padres intentan atraparte, pero tú les asustas con esa mirada congelante…!
Raijin tenía los ojos desorbitados.
—... ¡Y para cuando los padres llaman a la policía, tú ya has huido y vuelves a tu casa, donde observas con orgullo la colección de juguetes de esos pobres niños inocentes! —continuó Cleven montándose su película—. ¡Madre mía, tío Brey, espero que nunca llegues a tener hijos, y menos mal que todavía eres joven! ¡Pobres de ellos si los llegas a tener! ¡Pobres! ¡Acabarían muertos de pena!
—¿¡Muertos de pena!?
Ahí Raijin ya había fallecido. Tanta tensión para nada, Cleven se pensó lo que no era. El chico incluso estuvo a punto de derramar una lágrima por todo lo que había dicho la joven. Con un trauma mental, Raijin cogió su taza de café y se fue al salón sin decir palabra alguna.
«No sobreviviré cuando Cleven se entere» pensó. «Me montará un pollo insoportable por no habérselo dicho días atrás».
—Increíble... —oyó gruñir a Cleven desde la cocina.
«Peor aún» siguió pensando Raijin, «Cuando Cleven se entere, me verá como un indecente depravado... Así es como me ven todos los que lo saben. ¿Muertos de pena?» volvió a preguntarse, abrumado. «Yo creo que son muy felices conmigo».
Cleven terminó de hacerse su café y se fue a donde estaba el chico, con cara de pocos amigos. Le lanzó un rayo por la mirada, aún enfadada con él con lo que acababa de descubrir, y se dedicó a pasearse por el salón. Raijin puso la tele, aunque no podía escapar de su preocupación sobre lo que aún no le había contado.
—¡Oh...! —exclamó Cleven estupefacta, parándose delante de la estantería de libros, al lado del piano de cola.
En toda ella había varias fotos, y le sorprendió bastante ver en una de ellas a su madre. Aparecía sentada sobre un campo de hierba alta, vestida con un vestido blanco veraniego. Estaba preciosa.
—¡Es mamá! ¿Tienes fotos de ella?
Raijin no contestó, le parecía una pregunta algo estúpida. ¿Cómo no iba a tener fotos de su hermana mayor? Cleven observó todas las demás. Había varias de él con Yako y con otra gente que Cleven no conocía de nada, seguramente otros amigos. Había otras de él mismo siendo más pequeño, con Katya, y otras de él con la mismísima Cleven de pequeña, incluso con Yenkis de bebé, y con Lex, que era mayor que él.
—¡Guau, casi no me lo creo! —se entusiasmó—. ¡Ah, mamá y tú aquí salís geniales! ¡Y aquí sales conmigo! ¡Jaja, aquí debía tener unos 4 años, y tú 8! ¡Vaya pelos tenías, como si te hubieran electrocutado, pero eras adorable! ¡Y estás sonriendo!
El chico siguió mirando la tele, con las piernas cruzadas en el sofá, pero la escuchaba hablar.
—Ooh, mira Yako de pequeño siempre junto a ti… —sonrió Cleven, yendo de una foto a otra—. ¡Wah! —saltó, cogiendo otra de ellas, asombrada.
Contempló a la muchacha que estaba en esa foto. «Qué guapa es esta chica» pensó. «Parece tener mi edad más o menos». Miró hacia arriba y hacia los lados, pero descubrió que esa era la única foto donde salía esa chica. Volvió a observarla, y tuvo una intuición evidente.
—¿Esta es Yue? —preguntó.
Raijin alzó la vista con sobresalto. Anoche intentó asegurarse de esconder varias de las fotos que ahí había, fotos que comprensiblemente podían revelar demasiadas cosas a Cleven y que su delicada memoria no sería capaz de asimilar, como fotos de él con otros miembros de la KRS tal como Nakuru, o Sam, o Drasik y los gemelos Yousuke y Kyosuke en sus infancias lejanas… o incluso con Neuval y Lao. También había quitado algunas fotos que no necesariamente debía ocultarle a Cleven, pero que por ahora prefería mantener a un lado y hablarle de ello primero, como evidentes fotos de él con los mellizos.
No obstante, las fotos de Yue nunca formaron parte de la estantería, solamente una, la que Cleven ahora sostenía en sus manos. Raijin no tenía muchas fotos de Yue, pero las que tenía las mantenía guardadas en un lugar seguro y sólo tenía esa a la vista. Y es que Raijin también quería esperar un tiempo… para hablarles a los mellizos de Yue. Porque hasta ahora nunca lo había hecho.
Cuando Cleven giró la cabeza hacia él, él no tuvo más remedio que asentir y volvió a mirar la tele, callado.
—Ahora que lo veo... —murmuró Cleven—. Hacíais una pareja preciosa. Qué injusta es la vida. Caray, diría que se parece mucho a… —titubeó, viniéndole a la mente la imagen de cierta niña de 5 años—. Ah, es igual —se encogió de hombros, dejando el marco en su sitio. «¿Por qué sólo hay una foto de Yue en toda la casa, tan camuflada entre las demás?» se preguntó.
* * * * * *
Llegó la tarde y Nakuru salió pitando de su casa, andando a zancadas con el móvil pegado a la oreja.
—El número al que llama está apagado o fuera de cobertura —repitió con burla la voz que oyó al otro lado del aparato y se guardó el móvil en el bolsillo con cabreo—. Cleven, pon el maldito móvil a cargar.
Sí, estaba ya que echaba chispas. No había podido olvidar ni un segundo el tema de Raijin y su amiga, además de la gran decepción acerca del ascenso de Hatori Nonomiya. Se dirigió hacia la casa de Raijin, harta de llamar a ambos y no ser respondida. Le daba igual ver a Cleven o ver a Raijin, en cualquier caso quería hablar con ambos, y la casa de Raijin estaba más cerca que el hotel, por lo que decidió ir ahí primero.
Acababa de hablar con Yako por teléfono durante media hora y ambos compartieron el disgusto de lo ocurrido, y lo acabaron entendiendo desde ambos puntos de vista, desde los comportamientos que Yako había estado viendo en Raijin y los que Nakuru había estado viendo en Cleven. Un malentendido que había hecho que su plan no saliera como tenían previsto. Sabiendo que Yako tenía la responsabilidad de atender la cafetería, Nakuru le había dicho que ya se iba a encargar ella de hablar con Raijin o con Cleven o con ambos y frenaría la locura que esos dos habían iniciado.
Una vez llegó al portal y se metió en el ascensor, se cruzó de brazos y le dio un tic impaciente en la pierna. «No puedo creerlo, vaya par de idiotas...» se decía una y otra vez. «No. ¡Vaya cuatro idiotas! Yako y yo seguro, pero Raijin también por actuar de forma tan precipitada ¡con una chica que había conocido esa misma semana!, y Cleven por lo mismo. ¡Por Dios! Raijin, mira que no reconocerla después de haber tenido tantas oportunidades de hacerlo, todas las evidencias y pistas que tenías, oyendo su nombre, viéndola, su aspecto, todo… ¡La conoces desde que nació! Supongo que el maestro Fuujin empleó su Técnica de Borrado de Memoria más fuerte con él, ¡pero no es razón para llevártela a la cama! Cleven siempre es muy ingenua con los chicos, demasiado confiada, ¡y tú obviamente lo has notado porque eres un iris que sabe ver estas cosas! ¿¡Y aun así te aprovechas de ella!? Me lo vas a explicar ahora mismo…».
«Joder, ¿cómo reaccionará Cleven al descubrir lo que ha hecho y con quién lo ha hecho? ¡Con su tío! ¡Si es que hasta me da cosa pensarlo, issh...!» le dio un escalofrío. Cuando se paró frente a la puerta B del quinto piso, la aporreó una y otra vez. «Abre ahora mismo, Raijin, o echo la puerta abajo, ¡es que te juro que te ma...!».
Justo en ese momento, se abrió la puerta, y apareció Cleven.
—... to... —musitó Nakuru, quedándose de piedra con el puño en alto.
—¿¡Nak!? —exclamó Cleven perpleja.
—¿¡Q-q-q-qué estás haciendo tú aquí!? —tartamudeó, con el corazón en la garganta, empezando a darle otro infarto, pensando que esos dos no habían podido ir tan lejos como para encontrarse a Cleven en la casa de Raijin.
—Pe... No, ¿qué haces tú aquí, Nakuru? —replicó—. ¿Me estabas buscando? ¿Cómo sabías dónde estaba? ¿Cómo sabías dónde vivía Raijin?
—Ay...
A Nakuru le dio un tembleque en las piernas que casi se cae al suelo, y Cleven, viéndola venir, se apuró a llevarla adentro, preocupada. La llevó a sentarse en el salón y se quedó con ella mientras esta trataba de volver en sí.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cleven.
—Sin rodeos, Cleven —jadeó—. ¿Sabes lo que has hecho? ¡Debes pararlo ya! ¡Debes irte de aquí!
—¿Eh? —se sorprendió, sin entender en ese momento a lo que se refería.
—¿Quién ha venido? —apareció Raijin bajando las escaleras de caracol, ya vestido con ropa de calle, y a Nakuru le dio un síncope.
—Es Nakuru, tío Brey, mi amiga, que estuvo con nosotros en el festival de antes de ayer —contestó Cleven.
Raijin se quedó paralizado un momento, mirando a Nakuru, la cual lo observaba a él con la boca abierta de par en par, más perdida en la situación imposible.
—¿¡“Tío Brey”!? —repitió Nakuru, gritando a los cuatro vientos, histérica—. ¿¡O sea que ya lo sabíais!? ¿¡Os habéis liado sabiendo quiénes erais!? ¡Dios míooo…!
—¿¡Qué!? ¿¡Tú sabías que Raijin era mi tío!? —saltó Cleven.
—¡Yo... yo no! —se alarmó Nakuru—. ¡Pero...! ¡Ay...! ¡Por Dios! ¡Pero...!
—¡Nakuru! ¿¡Lo sabías!? ¡Nak! —insistió Cleven.
—¡Que no, que no! ¡Yo sólo...!
¡Pum! Como por arte de magia, las bombillas de las lámparas que había por el salón brillaron por sí solas y estallaron de repente, por dentro, sin romperse. Las dos chicas soltaron un grito de susto. Raijin escondió una mano tras la espalda, pues sus dedos emitían pequeñas corrientes eléctricas. Mejor opción no se le había ocurrido.
—¡Vaya, han saltado los plomos de la casa! ¡Voy a buscar bombillas nuevas! —exclamó el rubio entre dientes, exagerando su actuación, y se dirigió a donde estaba Nakuru, cogiéndola de un brazo—. ¿¡Me ayudas, amiga de mi sobrina!?
—Eh... —murmuró Nakuru, atónita.
—¡Cleven, mira a ver si encuentras bombillas por los cajones de los muebles del salón! —le dijo el chico.
—Eh... Ah, vale —reaccionó esta, aún sorprendida por el extraño suceso.
Cleven abrió los ojos. La luz de la mañana se colaba entre las cortinas de su habitación. Se quedó así unos minutos, tendida sobre la cama, mirando al techo. Cuando su cerebro se hubo reiniciado del todo, se dio cuenta de que no estaba en la habitación del hotel a la que se había acostumbrado. Ni en la de su casa de siempre.
Se incorporó de un salto, sorprendida, y observó el cuarto. Su nuevo cuarto, su nuevo espacio, su nuevo hogar. Aún no acababa de asimilarlo. Estaba en la casa de Raijin. Estaba en la casa de su tío. Ese era su primer día ahí.
Se levantó de un brinco, llena de energía. Aún le quedaban cosas por hacer, como deshacer la maleta y traer el resto de su ropa y de sus cosas. Bueno, había tiempo de sobra. Miró su reloj, eran como las once y media, la mañana se la había pasado durmiendo. Era sábado y no tenía clase, así que lo iba a dedicar a descansar. Ya había soportado demasiadas emociones distintas en una noche y un día, ahora había que reanudar la situación.
Salió de la habitación justo en el mismo momento en que el rubio salía de la suya, enfrente. Cleven, al verlo, abrió la boca para saludarlo, pero todo se quedó en un murmullo ahogado. Raijin tenía una cara ojerosa impresionante, realmente Cleven se preguntaba qué tipo de problemas tendría él para dormir, pero eso no era lo que le llamaba más la atención. Al parecer, el chico sólo dormía con el pantalón del pijama, por lo que Cleven pudo ver de nuevo ese extraño tatuaje en la parte izquierda de su pecho. No se dio cuenta de su embelesamiento. No era por su bonito torso, sino porque ese tatuaje le daba una sensación familiar, de un pasado lejano. Por su parte, Raijin reparó en ella a los pocos segundos, despertando del todo.
—¡Eh! —saltó, señalándola—. ¿¡Pero por qué estás en ropa interior!?
Cleven despertó de su trance y se miró a sí misma.
—Es mi pijama —contestó.
—¿Eso es tu pijama?
Podía ser exagerado dependiendo del punto de vista. Cleven iba con unos mini pantaloncitos tipo shorts y un top de tirantes un tanto pequeño.
—¿Qué te pasa? —se extrañó la joven.
—N… es que... —vaciló, apartando la mirada—. Ponte algo encima —gruñó, yéndose por el pasillo a regañadientes.
—Ya me has visto sin ropa antes —replicó Cleven, siguiéndolo por detrás.
—¡Eh! —saltó, girándose hacia ella—. Acordamos no hablar más del tema.
—Ya, bueno...
—En serio, Cleven, no quiero ni mencionarlo ni recordarlo.
Ella se quedó un momento pensativa en mitad del pasillo. Se rascó la nuca, dubitativa.
—Lo sé, yo tampoco quiero, pero... Pero es que me preguntaba... —miró para los lados antes de volver a mirarlo con vergüenza—. ¿Tú... te acuerdas de algo? E-es decir... de... la parte seria.
Raijin fue a repetir que no quería hablar de ello, pero en vez de eso cerró la boca un momento, algo sorprendido, y se quedó pensando. La verdad, no, no recordaba nada claro después del beso del hotel. Pero se había despertado sin ropa a la mañana siguiente, ¿no? En ropa interior, más bien.
—Mm… No... —contestó finalmente—. Bebí demasiado. No tengo recuerdos probables o evidentes... de que hayamos... ya sabes.
—Vale, es que yo tampoco... Tampoco recuerdo eso. Pero claro, como me desperté sin ropa, pues... pues daba por hecho que... en fin, ya sabes.
De repente los dos se quedaron mirándose mutuamente un buen rato, un buen e incómodo rato.
—¿Crees...? —preguntó Raijin.
—¿... que quizá no haya pasado? —brincó Cleven al instante, con la mano en el pecho—. Pero al despertar...
—Pudimos caer dormidos antes de hacer nada —repuso él enseguida, tan tenso como ella.
Ambos volvieron a quedarse mirando mutuamente. La verdad, los dos desearon aferrarse a esa posibilidad, pero tampoco había pruebas que demostrasen que no sucedió.
—Tengo que hacerte una pregunta personal —dijo Raijin.
—Si no querías hablar del tema.
—Lo sé, joder, pero es importante —suspiró—. Yo tengo la absoluta certeza de que, incluso si estoy borracho, me cercioro de usar protección, siempre, sin falta, sin fallar nunca… Porque ya cometí una vez el error de no cerciorarme y pagué las consecuencias —cerró los ojos seriamente, pero un poco sonrojado e incómodo—. No tengo pruebas ni recuerdos factibles de haberlo cumplido la otra noche, solamente la confianza en mi capacidad de juicio. Aun así… necesito una confirmación más… algo que despeje las dudas del todo…
—Tranquilo, hace poco más de un año que yo tomo anticonceptivos, principalmente como tratamiento para regular el periodo, porque lo tenía algo irregular, así que sí, la protección ya la venía trayendo yo de todas formas, hasta que mi gine me diga que deje el tratamiento.
Raijin dejó salir otro suspiro, pero esta vez, mucho más grande y aliviado. Se le despejaron todas las dudas, aunque ya confiaba en sí mismo en ese aspecto. Lo que le sorprendió un poco es que Cleven le hubiera respondido con tanta naturalidad sobre un dato tan íntimo de ella. Por un momento había parecido una chica muy racional.
—¿No te… da vergüenza hablarme de esas cosas tuyas? —preguntó extrañado.
—Sí, mucha. Por eso te las aclaro todas ahora mismo de una sola vez, para que no vuelvas a sacarme el tema jamás en la vida y dejemos de hablar de esto de una vez por todas y dejarlo atrás.
—No puedo estar más de acuerdo —declaró él—. Vale, ya está, olvidémoslo. Pero por lo visto hay altísimas probabilidades de que en realidad no sucediera, y me voy a aferrar a eso y seguir con mi vida.
—Sí, yo también.
—Pero ponte un pijama normal —añadió mientras reanudaba la marcha hacia las escaleras para bajar.
—¡Eh! ¿Y tú qué? Que vas exhibiendo todo tu modélico cuerpo ruso.
—Medio ruso. No critiques, tú también eres medio rusa.
—Sólo el 25 % —corrigió ella—. Y 25 % japonesa. Más correcto sería decir que soy mitad francesa.
—Y se nota, con ese libertinaje que te traes.
—Serás tonto... —gruñó—. ¿Y tú puedes vestir aquí como quieras?
—Yo estoy en mi casa —gruñó también.
—Y yo también —sonrió Cleven de repente. Raijin se paró de nuevo y volvió la vista a ella con su cara de refunfuño—. Si te vas a poner así por un pijama no quiero ni imaginar qué harás cuando salga de la ducha en toalla.
—¡Cleven! —exclamó apurado—. Si en tu casa ibas en pelotas, aquí desde luego no.
—¡Somos de la familia!
—¿Tú ibas así delante de tus hermanos y de tu padre?
—¡Pues claro! Es la confianza familiar. En verano mi hermano suele andar por casa en calzoncillos, ¿y yo qué, yo no puedo siquiera ir con esto? ¡Con razón te portas como un japonés tan tradicional y disciplinado, eres exactamente igualito que el abuelo Hideki!
—¿Y tú qué sabes de cómo era él?
—¿Cómo que qué sé? No los conocí, pero he oído hablar de los abuelos toda mi vida. Y así era el abuelo. Tú, mi madre y mi hermano Lex habéis heredado su carácter sin duda.
—Tú podrías haber heredado también algo de él, aparte de su color de cabello —gruñó—. Pero no. Tú has salido pervertida, como mi madre.
—¡Ah! —brincó Cleven, sonriendo con gran interés—. ¿La abuela era pervertida? ¡Jajaja…! —se rio al imaginarlo, mientras Raijin se ponía algo rojo de vergüenza—. ¿Y cómo acabó alguien tan serio, disciplinado, recatado y tradicional como el abuelo casándose con una mujer totalmente opuesta a él?
—Yo lo único que sé es que ambos eran inseparables —comentó el chico, cuando terminaron de bajar las escaleras.
—¡Y no me extraña! Un matrimonio que tiene un hijo 25 años después de tener a su primera hija, denota amor duradero, ¿no crees?
Raijin miró para otro lado un momento, mordiéndose la lengua. No cabía duda de que Cleven no recordaba ni sabía absolutamente nada de que su madre tuvo dos hermanos pequeños y no sólo uno.
—¿Qué edad tenía la abuela cuando te tuvo? ¿No tuvo problemas ni nada?
—Ambos tenían 45 años y una salud óptima. Solamente hubo el inconveniente de que nací un mes más tarde de lo debido.
—¿Qué? ¿En serio? ¿Eres diezmesino? Guau… Un mes de demora de la fecha límite es muchísimo tiempo, debió de preocupar mucho a todos.
Raijin volvió a quedarse callado. Lo que Cleven acababa de decirle le evocó un recuerdo particular. Es cierto que su demora en nacer preocupó a la familia en aquel entonces, pero preocupó mucho especialmente a alguien… que acabó desencadenando una serie de sucesos que terminaron en una tragedia que dio como resultado a un pequeño Izan de casi 6 años convirtiéndose en iris.
—En todo caso, eres muy exagerado, tío Brey. Mira que ponerte así conmigo...
—Mira, payasa, todavía estoy asimilando que has pasado de ser una mocosa así —puso una mano a un metro de altura del suelo—, a una pelmaza así —alzó la mano hasta ponerla a la altura de Cleven—, llena de curvas y cosas redondas.
—¿La última vez que me viste yo era tan pequeña? —se sorprendió Cleven.
—En tu caso todos estos años te han dado para crecer mucho, desde luego.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo de ti, si no fuera porque no recuerdo haberte visto la jeta antes en mi vida. Sólo eres 4 años mayor que yo, así que en estos años tú también has debido de pasar de ser un mocoso gruñón así —puso una mano a metro y medio del suelo—, a un top model gruñón así —alzó la mano hasta ponerla a la altura de él, una cabeza más que ella—, lleno de rectas y cosas cuadradas, como tu mente.
—Bah, k chertu tebya... —gruñó el chico pasivamente, y siguió andando hacia la cocina. (= Bah, que te den...)
—¡No hables en ruso, que no me entero! —se enfadó Cleven.
—Razdrazhayushchiy! (= ¡Petarda!)
—¿¡Y si yo me pongo a hablar en un idioma que no entiendas!? Crétin! —replicó Cleven. (= ¡Cretino!)
—Pff —bufó Raijin—. Los insultos en francés son como azotar a alguien con un látigo de seda perfumada, no te molestes.
Con la discusión tonta, Cleven lo siguió hacia la cocina. Lo cierto es que se moría de hambre, ya que anoche no había cenado. Nada más entrar en la cocina se fue derecha a curiosear por todos los armarios, a ver dónde estaban las cosas y qué cosas había. Como un nervio puro fue de aquí para allá, dejando al chico aturdido.
—¿Eh? ¿Qué es esto? —preguntó Cleven, sacando de uno de los armarios dos tazas con unos dibujitos muy monos de ositos, mostrándoselas a su tío—. ¿Te van los osos amorosos o qué?
Raijin frunció los labios, tenso, y pasó de ella rápidamente, yendo a ponerse un café. Cleven abrió otro armario, la despensa. Ojeó la cantidad de dulces que había y, pasmada, sacó unas cajas de cereales con forma de conejitos y perritos de colores.
—En serio, me asusta esta nueva faceta tuya —le dijo al joven, agitando las cajas para oír el ruido de su contenido.
—Deja eso —gruñó—. No es para nosotros.
«¿Se lo digo ya o no se lo digo?» se apuró Raijin. «Todavía ni lo sospecha. ¿Y si espero a después de recogerlos de la casa de sus abuelos?».
—¿Para quién, pues? —bufó Cleven con ironía, dejando las cosas en su sitio y yéndose a sentar en uno de los taburetes de la repisa de al lado de la ventana, junto al chico—. Sólo faltaría encontrar por aquí tirado... ¡un gorila de peluche!
Pegó un brinco, señalando dicho juguete tirado debajo de la mesa del centro. Raijin corrió a cogerlo antes de que lo hiciera ella y lo escondió tras su espalda.
—¡Hey, hey! ¡Ya sé qué es lo que pasa aquí! —se enfadó Cleven, tratando de arrebatarle el peluche.
—¿Lo sabes? —se alarmó, esquivándola.
—¡No me lo puedo creer! ¡No me esperaba esto de ti, tío Brey! —le reprimió; a Raijin se le cayó el alma a los pies.
—¡Pensaba decírtelo! —se excusó.
—¡Ja! ¿¡Cómo que pensabas decírmelo!? ¿¡Tendrás cara!? ¡Lo tuyo es una enfermedad, tío Brey! ¡Una cosa es que no te gusten los niños y otra diferente es que les robes sus juguetes! ¡Te dedicas a robarles a los niños pequeños que te molestan! ¿¡Verdad!? ¡Tú odias a los niños pequeños, pero no es razón para quitarles sus cosas y hacer colección! ¡Si ya me lo imagino, tú, saliendo un día de casa, yéndote hacia un parque como si salieses de cacería! ¡Acechas a los pequeños mientras están jugando en los columpios y cuando bajan la guardia, zash, les robas sus juguetes y te mueres de gusto al oírlos llorar! ¡Y luego sus madres y sus padres intentan atraparte, pero tú les asustas con esa mirada congelante…!
Raijin tenía los ojos desorbitados.
—... ¡Y para cuando los padres llaman a la policía, tú ya has huido y vuelves a tu casa, donde observas con orgullo la colección de juguetes de esos pobres niños inocentes! —continuó Cleven montándose su película—. ¡Madre mía, tío Brey, espero que nunca llegues a tener hijos, y menos mal que todavía eres joven! ¡Pobres de ellos si los llegas a tener! ¡Pobres! ¡Acabarían muertos de pena!
—¿¡Muertos de pena!?
Ahí Raijin ya había fallecido. Tanta tensión para nada, Cleven se pensó lo que no era. El chico incluso estuvo a punto de derramar una lágrima por todo lo que había dicho la joven. Con un trauma mental, Raijin cogió su taza de café y se fue al salón sin decir palabra alguna.
«No sobreviviré cuando Cleven se entere» pensó. «Me montará un pollo insoportable por no habérselo dicho días atrás».
—Increíble... —oyó gruñir a Cleven desde la cocina.
«Peor aún» siguió pensando Raijin, «Cuando Cleven se entere, me verá como un indecente depravado... Así es como me ven todos los que lo saben. ¿Muertos de pena?» volvió a preguntarse, abrumado. «Yo creo que son muy felices conmigo».
Cleven terminó de hacerse su café y se fue a donde estaba el chico, con cara de pocos amigos. Le lanzó un rayo por la mirada, aún enfadada con él con lo que acababa de descubrir, y se dedicó a pasearse por el salón. Raijin puso la tele, aunque no podía escapar de su preocupación sobre lo que aún no le había contado.
—¡Oh...! —exclamó Cleven estupefacta, parándose delante de la estantería de libros, al lado del piano de cola.
En toda ella había varias fotos, y le sorprendió bastante ver en una de ellas a su madre. Aparecía sentada sobre un campo de hierba alta, vestida con un vestido blanco veraniego. Estaba preciosa.
—¡Es mamá! ¿Tienes fotos de ella?
Raijin no contestó, le parecía una pregunta algo estúpida. ¿Cómo no iba a tener fotos de su hermana mayor? Cleven observó todas las demás. Había varias de él con Yako y con otra gente que Cleven no conocía de nada, seguramente otros amigos. Había otras de él mismo siendo más pequeño, con Katya, y otras de él con la mismísima Cleven de pequeña, incluso con Yenkis de bebé, y con Lex, que era mayor que él.
—¡Guau, casi no me lo creo! —se entusiasmó—. ¡Ah, mamá y tú aquí salís geniales! ¡Y aquí sales conmigo! ¡Jaja, aquí debía tener unos 4 años, y tú 8! ¡Vaya pelos tenías, como si te hubieran electrocutado, pero eras adorable! ¡Y estás sonriendo!
El chico siguió mirando la tele, con las piernas cruzadas en el sofá, pero la escuchaba hablar.
—Ooh, mira Yako de pequeño siempre junto a ti… —sonrió Cleven, yendo de una foto a otra—. ¡Wah! —saltó, cogiendo otra de ellas, asombrada.
Contempló a la muchacha que estaba en esa foto. «Qué guapa es esta chica» pensó. «Parece tener mi edad más o menos». Miró hacia arriba y hacia los lados, pero descubrió que esa era la única foto donde salía esa chica. Volvió a observarla, y tuvo una intuición evidente.
—¿Esta es Yue? —preguntó.
Raijin alzó la vista con sobresalto. Anoche intentó asegurarse de esconder varias de las fotos que ahí había, fotos que comprensiblemente podían revelar demasiadas cosas a Cleven y que su delicada memoria no sería capaz de asimilar, como fotos de él con otros miembros de la KRS tal como Nakuru, o Sam, o Drasik y los gemelos Yousuke y Kyosuke en sus infancias lejanas… o incluso con Neuval y Lao. También había quitado algunas fotos que no necesariamente debía ocultarle a Cleven, pero que por ahora prefería mantener a un lado y hablarle de ello primero, como evidentes fotos de él con los mellizos.
No obstante, las fotos de Yue nunca formaron parte de la estantería, solamente una, la que Cleven ahora sostenía en sus manos. Raijin no tenía muchas fotos de Yue, pero las que tenía las mantenía guardadas en un lugar seguro y sólo tenía esa a la vista. Y es que Raijin también quería esperar un tiempo… para hablarles a los mellizos de Yue. Porque hasta ahora nunca lo había hecho.
Cuando Cleven giró la cabeza hacia él, él no tuvo más remedio que asentir y volvió a mirar la tele, callado.
—Ahora que lo veo... —murmuró Cleven—. Hacíais una pareja preciosa. Qué injusta es la vida. Caray, diría que se parece mucho a… —titubeó, viniéndole a la mente la imagen de cierta niña de 5 años—. Ah, es igual —se encogió de hombros, dejando el marco en su sitio. «¿Por qué sólo hay una foto de Yue en toda la casa, tan camuflada entre las demás?» se preguntó.
* * * * * *
Llegó la tarde y Nakuru salió pitando de su casa, andando a zancadas con el móvil pegado a la oreja.
—El número al que llama está apagado o fuera de cobertura —repitió con burla la voz que oyó al otro lado del aparato y se guardó el móvil en el bolsillo con cabreo—. Cleven, pon el maldito móvil a cargar.
Sí, estaba ya que echaba chispas. No había podido olvidar ni un segundo el tema de Raijin y su amiga, además de la gran decepción acerca del ascenso de Hatori Nonomiya. Se dirigió hacia la casa de Raijin, harta de llamar a ambos y no ser respondida. Le daba igual ver a Cleven o ver a Raijin, en cualquier caso quería hablar con ambos, y la casa de Raijin estaba más cerca que el hotel, por lo que decidió ir ahí primero.
Acababa de hablar con Yako por teléfono durante media hora y ambos compartieron el disgusto de lo ocurrido, y lo acabaron entendiendo desde ambos puntos de vista, desde los comportamientos que Yako había estado viendo en Raijin y los que Nakuru había estado viendo en Cleven. Un malentendido que había hecho que su plan no saliera como tenían previsto. Sabiendo que Yako tenía la responsabilidad de atender la cafetería, Nakuru le había dicho que ya se iba a encargar ella de hablar con Raijin o con Cleven o con ambos y frenaría la locura que esos dos habían iniciado.
Una vez llegó al portal y se metió en el ascensor, se cruzó de brazos y le dio un tic impaciente en la pierna. «No puedo creerlo, vaya par de idiotas...» se decía una y otra vez. «No. ¡Vaya cuatro idiotas! Yako y yo seguro, pero Raijin también por actuar de forma tan precipitada ¡con una chica que había conocido esa misma semana!, y Cleven por lo mismo. ¡Por Dios! Raijin, mira que no reconocerla después de haber tenido tantas oportunidades de hacerlo, todas las evidencias y pistas que tenías, oyendo su nombre, viéndola, su aspecto, todo… ¡La conoces desde que nació! Supongo que el maestro Fuujin empleó su Técnica de Borrado de Memoria más fuerte con él, ¡pero no es razón para llevártela a la cama! Cleven siempre es muy ingenua con los chicos, demasiado confiada, ¡y tú obviamente lo has notado porque eres un iris que sabe ver estas cosas! ¿¡Y aun así te aprovechas de ella!? Me lo vas a explicar ahora mismo…».
«Joder, ¿cómo reaccionará Cleven al descubrir lo que ha hecho y con quién lo ha hecho? ¡Con su tío! ¡Si es que hasta me da cosa pensarlo, issh...!» le dio un escalofrío. Cuando se paró frente a la puerta B del quinto piso, la aporreó una y otra vez. «Abre ahora mismo, Raijin, o echo la puerta abajo, ¡es que te juro que te ma...!».
Justo en ese momento, se abrió la puerta, y apareció Cleven.
—... to... —musitó Nakuru, quedándose de piedra con el puño en alto.
—¿¡Nak!? —exclamó Cleven perpleja.
—¿¡Q-q-q-qué estás haciendo tú aquí!? —tartamudeó, con el corazón en la garganta, empezando a darle otro infarto, pensando que esos dos no habían podido ir tan lejos como para encontrarse a Cleven en la casa de Raijin.
—Pe... No, ¿qué haces tú aquí, Nakuru? —replicó—. ¿Me estabas buscando? ¿Cómo sabías dónde estaba? ¿Cómo sabías dónde vivía Raijin?
—Ay...
A Nakuru le dio un tembleque en las piernas que casi se cae al suelo, y Cleven, viéndola venir, se apuró a llevarla adentro, preocupada. La llevó a sentarse en el salón y se quedó con ella mientras esta trataba de volver en sí.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cleven.
—Sin rodeos, Cleven —jadeó—. ¿Sabes lo que has hecho? ¡Debes pararlo ya! ¡Debes irte de aquí!
—¿Eh? —se sorprendió, sin entender en ese momento a lo que se refería.
—¿Quién ha venido? —apareció Raijin bajando las escaleras de caracol, ya vestido con ropa de calle, y a Nakuru le dio un síncope.
—Es Nakuru, tío Brey, mi amiga, que estuvo con nosotros en el festival de antes de ayer —contestó Cleven.
Raijin se quedó paralizado un momento, mirando a Nakuru, la cual lo observaba a él con la boca abierta de par en par, más perdida en la situación imposible.
—¿¡“Tío Brey”!? —repitió Nakuru, gritando a los cuatro vientos, histérica—. ¿¡O sea que ya lo sabíais!? ¿¡Os habéis liado sabiendo quiénes erais!? ¡Dios míooo…!
—¿¡Qué!? ¿¡Tú sabías que Raijin era mi tío!? —saltó Cleven.
—¡Yo... yo no! —se alarmó Nakuru—. ¡Pero...! ¡Ay...! ¡Por Dios! ¡Pero...!
—¡Nakuru! ¿¡Lo sabías!? ¡Nak! —insistió Cleven.
—¡Que no, que no! ¡Yo sólo...!
¡Pum! Como por arte de magia, las bombillas de las lámparas que había por el salón brillaron por sí solas y estallaron de repente, por dentro, sin romperse. Las dos chicas soltaron un grito de susto. Raijin escondió una mano tras la espalda, pues sus dedos emitían pequeñas corrientes eléctricas. Mejor opción no se le había ocurrido.
—¡Vaya, han saltado los plomos de la casa! ¡Voy a buscar bombillas nuevas! —exclamó el rubio entre dientes, exagerando su actuación, y se dirigió a donde estaba Nakuru, cogiéndola de un brazo—. ¿¡Me ayudas, amiga de mi sobrina!?
—Eh... —murmuró Nakuru, atónita.
—¡Cleven, mira a ver si encuentras bombillas por los cajones de los muebles del salón! —le dijo el chico.
—Eh... Ah, vale —reaccionó esta, aún sorprendida por el extraño suceso.
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