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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









53.
Echar de menos

Después de varios minutos, Ming Jie y Neuval retomaron la calma y se sonrieron.

—¿Te ha dicho Denzel si ya ha conseguido hablar con Alvion o no? —quiso saber ella.

—Aún no tengo noticias —contestó él, mirando su móvil.

Ming Jie le dio una palmada en la espalda y se fue hacia la cocina a devolver las tazas vacías.

—Pero eso ahora me importa un bledo —añadió Neuval—. Ya pensaré en eso en otro momento, ahora lo que me importa es encontrar a la loca glotona que tengo por hija.

Inesperadamente, antes de que pudiera marcar el primer número de la acertada llamada, alguien llamó al timbre de la casa. Neuval levantó la mirada con extrañeza y colgó el teléfono para ir a ver quién era. Antes de ir, fue a ponerse la camiseta, y un jersey por encima, que también perteneció a Sai. «No será Alvion, espero» se dijo. Temeroso de esta posibilidad, se asomó discretamente por la ventanilla vertical que había a un lado de la puerta de la entrada, tapada por una cortinilla. No, no era Alvion. Abrió la puerta tranquilamente y se topó con Lao, ahí quietecito y sonriéndole un poquito nervioso.

—Hola, ¿qué haces aquí? —saludó Neuval.

—Buenas, Neu, acabo de pasarme por la empresa para comunicar a los que están trabajando que no podrás pasarte por allí en un tiempo. He pasado la noche en casa de Mei Ling después de recoger a Kyo anoche —dijo, mirando de vez en cuando al interior de la casa, con disimulo.

—¿En serio? ¿Kyo ya está de regreso, está bien? —se alegró.

—Sí, ya ha acabado todo, supongo que los detalles...

—No, no me interesan. Pero todos están bien, ¿verdad?

—Sí, ningún problema, tu pergamino también está lejos de malas manos, y la MRS ha escarmentado durante un tiempo.

—Estupendo. Ah, ¿y qué le has dicho a Hana? —quiso saber, preocupado—. ¿Cómo le has explicado que no puedo pasar por casa? Quisiera llamarla, pero si la policía acaba acercándose a mis huellas, sospechando de mí o yendo a mi casa, es mejor evitar que Hana contenga mensajes o llamadas mías en su teléfono.

—Bueno, le he... dicho una excusa... —titubeó—... y bien... No pasa nada. Se lo ha creído.

—¿Qué... qué le has dicho, Lao? —se temió, sin fiarse ni un pelo de su cara y de su tono.

—Mm... —vaciló, mirándolo a los ojos fijamente—. Que vas a estar un tiempo en mi casa —pausa larga; Neuval entornó los ojos, receloso—. Porque... has recibido una llamada de Jean y estás muy afectado.

—¿¡Qué!? —exclamó.

—¡No podía usar otra mentira, hijo, es la única que ha colado! —se apuró.

—¿¡Estás loco!? ¡Cuando vuelva, tendré que inventarme algo bien convincente! ¡El asunto de Jean es bastante serio, Kei Lian!

—Lo sé, lo sé... —lo calmó, aunque seguía mirando al interior de la casa con disimulo—. No te preocupes, ya se te ocurrirá algo, o incluso puede que Hana no te saque el tema. No podía hacer otra cosa. Ahora Hana está más tranquila que antes, eso es lo que querías, ¿no?

—Uf... —resopló, negando con la cabeza—. Meter a Jean tan de repente... Kei Lian, sabes que es imposible que yo reciba una llamada de mi padre biológico, es imposible, no sé nada de ese cabrón desde hace 35 años y él de mí tampoco. Hana no ha podido tragárselo.

—Te aseguro que sí —afirmó el viejo—. ¿No sabes que Hana, desde que conoce tu historia con Jean, siente mucha pena por ti? Cuando se lo dije se quedó bastante afligida, demasiado como para pensar si le he mentido o no.

Ça craint, Kei Lian, en menudos líos me metes —rezongó.

—Oye, francesito, eso debería decírtelo yo a ti. Diantres, Neu, deja de preocuparte tanto.

—Está bien, está bien... —trató de calmarse, dando un largo respiro y rascándose la cabeza, pensando qué podría decirle a Hana cuando volviera a casa—. ¿Has venido para decirme algo más o sólo de visita?

—Ah, la verdad es que he venido porque Kyo quiere hablar contigo —contestó, acordándose de lo que le pidió su nieto urgentemente.

—¿Y eso? —se sorprendió.

—Pues que...

—¿Quién es, Neu? —apareció Ming Jie en el vestíbulo—. ¿El cartero?

De pronto Lao soltó un grito ahogado, y a causa del pánico, agitó las manos con nerviosismo y fue a esconderse detrás de la pared, con tan mala suerte que dio un traspié y se cayó de las tablas del porche al jardín, dándose tal tortazo que hasta Neuval lo sintió en su alma. Como era una casa tradicional de la época feudal japonesa, el porche no tenía barandillas y de las tablas al suelo había una buena distancia.

—Oyoy... —sollozó Lao, medio muerto.

Neuval puso los ojos en blanco al comprender la situación. «Ah, así que por eso miraba tanto hacia el interior de la casa» pensó.

—¡Oh! ¿Quién se ha caído? —se alarmó Ming Jie, corriendo hacia el exterior.

—Tranquila, es papá —le dijo Neuval.

Ming Jie abrió los ojos con sorpresa, y se asomó bien para comprobarlo.

—¿Lian? Pero bueno, Kei Lian, ¿qué te ha pasado?

El viejo se puso de rodillas como una bala, sudando a mares y con la nariz sangrando.

—M... Ming, hola... —sonrió nervioso—. Cuánto tiem...

Y se quedó sin habla, prendado. De repente, para Lao habían desaparecido la casa, Neuval, la tierra y el cielo, sólo estaba ella en su campo de visión. Ming Jie antes llevaba el pelo muy largo, blanco, pero ahora lo tenía a capas cortas, realzando su rostro apenas tocado por la edad, y eso que tenía los mismos años que Lao, y esos ojos negros tan tiernos...

—Te has... cortado el pelo... heh... —musitó el viejo, sin poder parpadear, atontado.

—Mmm... —murmuró Neuval, frunciendo los labios, notando que el viejo estaba a punto de estallar en llamas—. Será mejor que demos una vuelta, ¿eh, Lao? Vamos a que te dé un poco el aire.

Bajó al jardín y lo levantó del suelo, lo que no le costó mucho a pesar de lo grande que era, pues Lao ya estaba flotando.

—Lian, ¿estás bien? ¿Te has hecho daño? —se apresuró a preguntar Ming Jie, viendo que los dos se alejaban.

—No te preocupes, mamá, ahora está perfectamente, créeme —contestó Neuval a regañadientes, arrastrando costosamente al viejo por el jardín, que seguía contemplando a Ming Jie como si hubiera visto un ángel.

—¿Ocurre algo? ¿A dónde vais? —insistió la mujer.

—Es un asunto de trabajo, volveré más tarde —dijo, desapareciendo por la puerta del jardín.

Neuval consiguió enderezar a Lao de una vez por todas. Ya calmados, anduvieron por las calles, adentrándose en el centro, rodeándose de rascacielos, coches, gente y ruido.

—Si ibas a montar el numerito, haberme llamado al móvil antes de venir a casa, Kei Lian —rechistó Neuval.

—No, es que yo... —titubeó, sintiéndose realmente ridículo—. Lo siento, no me lo esperaba. Es decir, sí me esperaba verla, claro, es su casa. Pero no me esperaba yo reaccionar así, no sé qué me ha pasado, es que... Estaba vigilando a ver si venía, pero bajé la guardia...

—No, si ya me di cuenta —sonrió, y soltó de sopetón—: Deberíais volver a casaros.

—¡Blasfemo! —saltó Lao, apuntándole con el dedo.

—¿Qué? —se sorprendió.

—¡Ojalá, Neu, ojalá ese sueño se cumpliera! —sollozó exageradamente.

«Ya está montando otro numerito» pensó Neuval.

—Pero... —continuó Lao, mirando al frente con pesadumbre—. Comprendo por qué Ming quiso divorciarse. Comprendo que se hartase de mí, desde que murió Sai... Comprendo que ya no quisiese sufrir más, y después con lo de Yousuke...

Neuval lo miró de reojo, sin decir nada. No había sido buena idea que Ming Jie y él se vieran, ahora Lao ya estaba lamentándose de todo, como siempre pasaba.

—Mamá necesita un tiempo —comentó Neuval.

—Llevamos diez años divorciados, ella no quiere volver —miró al cielo, taciturno—. Yo la sigo queriendo... pero ella a mí...

—No se lo has preguntado —sonrió Neuval.

El viejo Lao cerró los ojos con pesadumbre.

—Una de las cosas que más lamento sobre nuestra separación es que tú hayas tenido que vivirla, Neu. Te lo prometí… Te lo prometí cuando te conocí, que seríamos siempre una familia de verdad. Que seríamos unos padres de verdad para ti. Y hemos acabado separándonos…

—Por favor, ¿qué dices? —se rio Neuval—. Seguimos siendo una familia de verdad. Por muy separados que estéis, seguís siendo mis padres. Mis padres de verdad. Cumpliste tu promesa y la sigues cumpliendo. Además, cuando os divorciasteis, yo ya era bastante mayorcito. Si me afectó en algo, era por vosotros. Sé que mamá, como tú, no es capaz de dejar de quererte. Ella sólo quiere huir del dolor, y la comprendo. Pero también te comprendo a ti al decidir seguir siendo iris a pesar de que cumpliste tu venganza hace mucho tiempo. Tú llevas siendo iris casi 60 años, eres un récord histórico, es lo que eres. Todos ya sabemos que nunca querrás dejar de serlo, incluso mamá. Y vivir con un iris es demasiado complicado a veces.

—Sé que Katya a ti nunca te habría dejado —discrepó.

—Ella no perdió a un hijo, ni a un nieto —bajó la mirada con pesar—. No puedes saberlo, Lao. Proteger a los humanos de ese dolor no es nada fácil. Tú tuviste muy mala suerte. Demasiado injusto... —murmuró—. Te admiro por seguir adelante con tanta fuerza después de todo lo que has vivido.

—Tú también lo haces, Neu —sonrió—. Sai era tu hermano, y Yousuke tu sobrino. Tú también los perdiste. Y Katya... —se le quebró un poco la voz—. Yo no sé… Si a Ming le pasase algo, yo ya no sé qué haría… No sé si tendría tanta fuerza como tú para seguir adelante. A veces me pregunto cómo puedes ser capaz todavía de levantarte…

—Yo no tuve ninguna fuerza cuando Katya murió, papá —replicó con seriedad—. Perdí por completo el control de mi iris y destruí la mitad de este país, para después hundirme del todo en las ganas de abandonar, durante meses, pudriéndome en el recuerdo de un solo segundo. Hasta que me di cuenta de que aún me quedaba alguien. Alguien que me necesitaba. Lex, Cleven y Yenkis, aún me necesitaban. No podía dejarlos solos. Pero la realidad es que… soy yo quien los necesita a ellos.

—Cada cual sigue adelante como puede —asintió Lao—. No podemos olvidar a los que aún perduran con nosotros. Ming y yo seguimos teniéndote a ti, a Kyo y a Mei Ling. Y a Lex, a Cleven y a Yenkis, aunque no podamos estar con ellos como abuelos por la seguridad ante el Gobierno. Es de ahí de donde se sacan fuerzas, de lo que aún perdura. Por eso, mientras Ming esté tranquila y viva mejor de esta forma, yo estaré bien. Menos mal que no le has dicho que vas a ver a Kyo, seguro que se habría preocupado.

—Sí. ¿Crees que Kyo estará en casa? —quiso saber.

—Hm... Drasik fue a verlo cuando me marché, no me sorprendería que ya lo hubiese sacado a la calle.

—Dios mío, Drasik... —caviló Neuval—. ¿Qué será de él? Espero que estando en la misma clase que Cleven no llegue a acordarse de ella. Tuve que borrarle todos los recuerdos que tenía de Cleven, la relación de ella conmigo y la causa de mi exilio. Sólo le dejé mi recuerdo como Líder y de las misiones que hicimos.

—Sé que no fue fácil para ti quitarle esos recuerdos a Drasik —asintió Lao—. Siempre fue un niño que se metía en líos, pero tú y él erais como uña y carne. Eras idéntico a él a su edad. O incluso peor, porque Drasik no anda metido en peleas callejeras, drogas, alcohol, y comparado contigo, con las mujeres es todo un caballero...

—Ejjejem... —le interrumpió Neuval, molesto—. Vale, yo no he sido un angelito precisamente.

—Sigues sin serlo —reprimió una risa.

—Vale —le cortó—. En fin. Ya sabes que yo siempre vi en Drasik algo especial, algo que los demás no tenían. Tuve mucho cuidado al elegir a mis chicos y me tomé mi tiempo. Vi algo en él... —se quedó callado unos segundos, entornando los ojos, navegando por ese recuerdo—. Pero han pasado siete años. Echo de menos a todos. Nakuru es a la que más veo, ya que es amiga de Cleven. Pero nunca me he atrevido a ver a los demás, a visitarlos alguna vez... Los he dejado, deben de odiarme.

—En absoluto, Neu —negó Lao—. Ellos también te echan de menos, y no te odian, comprenden perfectamente por qué decidiste dejarlo todo. Están deseando que vuelvas algún día. Eres como un padre para ellos. Katya también fue como una madre para ellos. La KRS no ha dejado de ser como una familia —concluyó, y ambos siguieron andando en silencio un buen rato—. Neu, me acuerdo de ese día, hace siete años, en que Drasik fue a verte a solas, un tiempo después de la muerte de Katya. ¿Qué fue lo que te dijo como para que al día siguiente le borrases a Cleven de la memoria? Entiendo lo de borrarle la causa de tu exilio y todo eso, pero... ¿Cleven? —frunció el ceño, sin poder comprenderlo—. ¿Qué pasaba entre Drasik y Cleven? ¿Qué te dijo Drasik ese día?

—Una estupidez —murmuró serio, desviando la mirada—. Lo que suele decir un niño de 9 años, cosas de las que creen saber algo y en realidad no saben nada. Los críos creen entender de amor y no tienen ni idea.

Lao lo miró de reojo sin entender, eso no había respondido a su pregunta ni por asomo, pero viendo la expresión que Neuval tenía en la cara en ese momento, decidió no seguir con el tema.

—Bueno —Lao sacó el móvil—. Voy a llamar a Kyo, a ver dónde anda.


* * * * * *


las afueras de Tokio, en lo alto de un pequeño monte y rodeada de extensos bosques, se alzaba una majestuosa mansión. Un coche llegó hasta el patio principal, y de él se bajó Denzel. Cerró el vehículo con llave y se quedó un momento observando la casa. Después optó por dirigirse hacia el portón, no tenía tiempo que perder, sólo esperaba que Alvion estuviese ahí todavía. Al llamar al timbre, le abrió un hombre vestido con traje negro, gafas de sol, rapado, y tan grande como un armario, que hasta Denzel se impresionó.

—Vengo a ver a Na-Mun Kwon —dijo el taimu, utilizando el segundo nombre de Alvion. Todos los Zou tenían uno, y lo solían usar como "nombre humano" para cuando viajaban o hacían trámites en el mundo humano fuera de las tierras Zou.

—El doctor Kwon no espera ninguna visita de nadie ahora —objetó el hombretón con voz potente y postura firme e inmóvil—. Exponga su propósito o váyase, por favor.

—Uf... —se estremeció Denzel, pensando por un momento que ese hombre iba a zurrarle—. Debes de ser nuevo en este trabajo. No me habías visto antes, ¿me equivoco? Verás, soy Denzel. Ya sabes... domino el tiempo... Parezco joven, pero soy el hombre más viejo del mundo... Soy un demonio... Me gustan las pastitas de té en el desayuno...

Vio cómo el guardián levantaba una ceja por encima de las gafas y lo miraba mudo, pero de repente pareció caer en la cuenta y se inclinó ante él con una reverencia.

—Le ruego mis disculpas, taimu Denzel —dijo, casi con miedo y avergonzado por su descuido—. Por favor, pase.

—Gracias, niño. Y relájate, que ya no muerdo a humanos —sonrió.

Nada más poner un pie dentro, apareció el majestuoso anciano bajando por una escalinata del vestíbulo. Esta vez, iba vestido con traje gris y corbata ocre, haciendo juego con sus ojos dorados, en lugar de su habitual traje Zou, para llamar menos la atención entre los humanos de la ciudad. Llevaba su largo cabello blanco recogido en una coleta baja. De este modo, debería de parecer un anciano normal, pero no dejaba de desprender esa extraña aura sobrehumana, como un halo divino.

—Hola, Na-Mun —lo saludó Denzel.

Taimu Denzel —lo saludó Alvion, parándose frente a él y haciéndole una leve reverencia—. Estamos en un sitio seguro, puedes usar mi primer nombre. Me alegro de verte de nuevo.

—Lo mismo digo —contestó cálidamente, y le dio unas palmaditas en el hombro con total libertad—. ¿Qué tal estás? Te veo en buena forma, jovencito.

—Heh, si estar en buena forma significa que te crujan los huesos a cada movimiento, sí —Alvion dibujó una sonrisa en los labios por primera vez en mucho tiempo—. Ya no puedo ni dar un salto sin que la cadera me amenace.

—¿Y qué esperas? Ya tienes la cadera amortizada de tanto saltar de aquí para allá desde que eras niño —se rio Denzel, y puso una mueca nostálgica—. Siempre acababas rompiendo algo.

—Y tú siempre estabas ahí salvándome de las reprimendas de mi abuelo —asintió el anciano—. La paciencia que tuviste conmigo… reconozco que fui un niño hiperactivo.

—Créeme, Alvion, he conocido a todos tus antecesores y todos de niños erais igual de hiperactivos. Tu padre de pequeño fue con diferencia el más revoltoso del linaje.

—Hah. De pequeño y de adulto —apuntó Alvion.

—Menuda casa te has comprado. No lo entiendo, tú no eres de esos que compra una casa tan grande para él solo.

—Y sigo sin ser de esos —le explicó Alvion—. Esta mansión estaba en posesión del banco esperando que un viejo adinerado y avaricioso se hiciese con ella para desperdiciarla. Pero la he comprado yo, otro viejo adinerado, para alojarme aquí estos días hasta que me marche.

—¿Y qué pasará con la casa cuando te marches? —se extrañó Denzel.

—Estos días aquí he aprovechado para seguir haciendo mi trabajo. He dado con nueve familias de humanos viviendo en condiciones deplorables, casi en la calle, por culpa del paro, deudas médicas y otros peligros. Como es de esperar, el Gobierno no los ayuda lo suficiente. Así que les he regalado esta casa, obviamente. Funcionará como centro de acogida. La ocuparán legítimamente en una semana con la ayuda de los monjes.

—"Obviamente" —repitió Denzel, sonriendo.

—¿Mm? —preguntó Alvion.

—No es muy "obvio" que alguien compre una mansión y a los pocos días se la regale como si nada a nueve familias que no conoce de nada.

—Pero las conozco —repuso Alvion—. Anoche estuve visitándolas, informándome de su situación. Es mi deber —recalcó serio y firme—. Yo no necesito una casa; ellas sí. Para mí es muy obvio.

—Ya lo sé —asintió Denzel, posándole una mano orgullosa en el hombro.

—¿Y a qué se debe esta grata visita?

—Verás... Quiero hablar contigo sobre el juicio de Fuujin.

Alvion cerró sus innaturales ojos ámbar con un largo suspiro, pues ya se esperaba que ese fuera el motivo. Denzel y Agatha eran las únicas personas del mundo por las que Alvion sentía un respeto incondicional. Al fin y al cabo, desde el punto de vista de Denzel, Alvion era un niño de 110 años. El anciano no podía negarse a esa petición. Si había alguien más sabio, más viejo y tan poderoso como él, ese era Denzel.









53.
Echar de menos

Después de varios minutos, Ming Jie y Neuval retomaron la calma y se sonrieron.

—¿Te ha dicho Denzel si ya ha conseguido hablar con Alvion o no? —quiso saber ella.

—Aún no tengo noticias —contestó él, mirando su móvil.

Ming Jie le dio una palmada en la espalda y se fue hacia la cocina a devolver las tazas vacías.

—Pero eso ahora me importa un bledo —añadió Neuval—. Ya pensaré en eso en otro momento, ahora lo que me importa es encontrar a la loca glotona que tengo por hija.

Inesperadamente, antes de que pudiera marcar el primer número de la acertada llamada, alguien llamó al timbre de la casa. Neuval levantó la mirada con extrañeza y colgó el teléfono para ir a ver quién era. Antes de ir, fue a ponerse la camiseta, y un jersey por encima, que también perteneció a Sai. «No será Alvion, espero» se dijo. Temeroso de esta posibilidad, se asomó discretamente por la ventanilla vertical que había a un lado de la puerta de la entrada, tapada por una cortinilla. No, no era Alvion. Abrió la puerta tranquilamente y se topó con Lao, ahí quietecito y sonriéndole un poquito nervioso.

—Hola, ¿qué haces aquí? —saludó Neuval.

—Buenas, Neu, acabo de pasarme por la empresa para comunicar a los que están trabajando que no podrás pasarte por allí en un tiempo. He pasado la noche en casa de Mei Ling después de recoger a Kyo anoche —dijo, mirando de vez en cuando al interior de la casa, con disimulo.

—¿En serio? ¿Kyo ya está de regreso, está bien? —se alegró.

—Sí, ya ha acabado todo, supongo que los detalles...

—No, no me interesan. Pero todos están bien, ¿verdad?

—Sí, ningún problema, tu pergamino también está lejos de malas manos, y la MRS ha escarmentado durante un tiempo.

—Estupendo. Ah, ¿y qué le has dicho a Hana? —quiso saber, preocupado—. ¿Cómo le has explicado que no puedo pasar por casa? Quisiera llamarla, pero si la policía acaba acercándose a mis huellas, sospechando de mí o yendo a mi casa, es mejor evitar que Hana contenga mensajes o llamadas mías en su teléfono.

—Bueno, le he... dicho una excusa... —titubeó—... y bien... No pasa nada. Se lo ha creído.

—¿Qué... qué le has dicho, Lao? —se temió, sin fiarse ni un pelo de su cara y de su tono.

—Mm... —vaciló, mirándolo a los ojos fijamente—. Que vas a estar un tiempo en mi casa —pausa larga; Neuval entornó los ojos, receloso—. Porque... has recibido una llamada de Jean y estás muy afectado.

—¿¡Qué!? —exclamó.

—¡No podía usar otra mentira, hijo, es la única que ha colado! —se apuró.

—¿¡Estás loco!? ¡Cuando vuelva, tendré que inventarme algo bien convincente! ¡El asunto de Jean es bastante serio, Kei Lian!

—Lo sé, lo sé... —lo calmó, aunque seguía mirando al interior de la casa con disimulo—. No te preocupes, ya se te ocurrirá algo, o incluso puede que Hana no te saque el tema. No podía hacer otra cosa. Ahora Hana está más tranquila que antes, eso es lo que querías, ¿no?

—Uf... —resopló, negando con la cabeza—. Meter a Jean tan de repente... Kei Lian, sabes que es imposible que yo reciba una llamada de mi padre biológico, es imposible, no sé nada de ese cabrón desde hace 35 años y él de mí tampoco. Hana no ha podido tragárselo.

—Te aseguro que sí —afirmó el viejo—. ¿No sabes que Hana, desde que conoce tu historia con Jean, siente mucha pena por ti? Cuando se lo dije se quedó bastante afligida, demasiado como para pensar si le he mentido o no.

Ça craint, Kei Lian, en menudos líos me metes —rezongó.

—Oye, francesito, eso debería decírtelo yo a ti. Diantres, Neu, deja de preocuparte tanto.

—Está bien, está bien... —trató de calmarse, dando un largo respiro y rascándose la cabeza, pensando qué podría decirle a Hana cuando volviera a casa—. ¿Has venido para decirme algo más o sólo de visita?

—Ah, la verdad es que he venido porque Kyo quiere hablar contigo —contestó, acordándose de lo que le pidió su nieto urgentemente.

—¿Y eso? —se sorprendió.

—Pues que...

—¿Quién es, Neu? —apareció Ming Jie en el vestíbulo—. ¿El cartero?

De pronto Lao soltó un grito ahogado, y a causa del pánico, agitó las manos con nerviosismo y fue a esconderse detrás de la pared, con tan mala suerte que dio un traspié y se cayó de las tablas del porche al jardín, dándose tal tortazo que hasta Neuval lo sintió en su alma. Como era una casa tradicional de la época feudal japonesa, el porche no tenía barandillas y de las tablas al suelo había una buena distancia.

—Oyoy... —sollozó Lao, medio muerto.

Neuval puso los ojos en blanco al comprender la situación. «Ah, así que por eso miraba tanto hacia el interior de la casa» pensó.

—¡Oh! ¿Quién se ha caído? —se alarmó Ming Jie, corriendo hacia el exterior.

—Tranquila, es papá —le dijo Neuval.

Ming Jie abrió los ojos con sorpresa, y se asomó bien para comprobarlo.

—¿Lian? Pero bueno, Kei Lian, ¿qué te ha pasado?

El viejo se puso de rodillas como una bala, sudando a mares y con la nariz sangrando.

—M... Ming, hola... —sonrió nervioso—. Cuánto tiem...

Y se quedó sin habla, prendado. De repente, para Lao habían desaparecido la casa, Neuval, la tierra y el cielo, sólo estaba ella en su campo de visión. Ming Jie antes llevaba el pelo muy largo, blanco, pero ahora lo tenía a capas cortas, realzando su rostro apenas tocado por la edad, y eso que tenía los mismos años que Lao, y esos ojos negros tan tiernos...

—Te has... cortado el pelo... heh... —musitó el viejo, sin poder parpadear, atontado.

—Mmm... —murmuró Neuval, frunciendo los labios, notando que el viejo estaba a punto de estallar en llamas—. Será mejor que demos una vuelta, ¿eh, Lao? Vamos a que te dé un poco el aire.

Bajó al jardín y lo levantó del suelo, lo que no le costó mucho a pesar de lo grande que era, pues Lao ya estaba flotando.

—Lian, ¿estás bien? ¿Te has hecho daño? —se apresuró a preguntar Ming Jie, viendo que los dos se alejaban.

—No te preocupes, mamá, ahora está perfectamente, créeme —contestó Neuval a regañadientes, arrastrando costosamente al viejo por el jardín, que seguía contemplando a Ming Jie como si hubiera visto un ángel.

—¿Ocurre algo? ¿A dónde vais? —insistió la mujer.

—Es un asunto de trabajo, volveré más tarde —dijo, desapareciendo por la puerta del jardín.

Neuval consiguió enderezar a Lao de una vez por todas. Ya calmados, anduvieron por las calles, adentrándose en el centro, rodeándose de rascacielos, coches, gente y ruido.

—Si ibas a montar el numerito, haberme llamado al móvil antes de venir a casa, Kei Lian —rechistó Neuval.

—No, es que yo... —titubeó, sintiéndose realmente ridículo—. Lo siento, no me lo esperaba. Es decir, sí me esperaba verla, claro, es su casa. Pero no me esperaba yo reaccionar así, no sé qué me ha pasado, es que... Estaba vigilando a ver si venía, pero bajé la guardia...

—No, si ya me di cuenta —sonrió, y soltó de sopetón—: Deberíais volver a casaros.

—¡Blasfemo! —saltó Lao, apuntándole con el dedo.

—¿Qué? —se sorprendió.

—¡Ojalá, Neu, ojalá ese sueño se cumpliera! —sollozó exageradamente.

«Ya está montando otro numerito» pensó Neuval.

—Pero... —continuó Lao, mirando al frente con pesadumbre—. Comprendo por qué Ming quiso divorciarse. Comprendo que se hartase de mí, desde que murió Sai... Comprendo que ya no quisiese sufrir más, y después con lo de Yousuke...

Neuval lo miró de reojo, sin decir nada. No había sido buena idea que Ming Jie y él se vieran, ahora Lao ya estaba lamentándose de todo, como siempre pasaba.

—Mamá necesita un tiempo —comentó Neuval.

—Llevamos diez años divorciados, ella no quiere volver —miró al cielo, taciturno—. Yo la sigo queriendo... pero ella a mí...

—No se lo has preguntado —sonrió Neuval.

El viejo Lao cerró los ojos con pesadumbre.

—Una de las cosas que más lamento sobre nuestra separación es que tú hayas tenido que vivirla, Neu. Te lo prometí… Te lo prometí cuando te conocí, que seríamos siempre una familia de verdad. Que seríamos unos padres de verdad para ti. Y hemos acabado separándonos…

—Por favor, ¿qué dices? —se rio Neuval—. Seguimos siendo una familia de verdad. Por muy separados que estéis, seguís siendo mis padres. Mis padres de verdad. Cumpliste tu promesa y la sigues cumpliendo. Además, cuando os divorciasteis, yo ya era bastante mayorcito. Si me afectó en algo, era por vosotros. Sé que mamá, como tú, no es capaz de dejar de quererte. Ella sólo quiere huir del dolor, y la comprendo. Pero también te comprendo a ti al decidir seguir siendo iris a pesar de que cumpliste tu venganza hace mucho tiempo. Tú llevas siendo iris casi 60 años, eres un récord histórico, es lo que eres. Todos ya sabemos que nunca querrás dejar de serlo, incluso mamá. Y vivir con un iris es demasiado complicado a veces.

—Sé que Katya a ti nunca te habría dejado —discrepó.

—Ella no perdió a un hijo, ni a un nieto —bajó la mirada con pesar—. No puedes saberlo, Lao. Proteger a los humanos de ese dolor no es nada fácil. Tú tuviste muy mala suerte. Demasiado injusto... —murmuró—. Te admiro por seguir adelante con tanta fuerza después de todo lo que has vivido.

—Tú también lo haces, Neu —sonrió—. Sai era tu hermano, y Yousuke tu sobrino. Tú también los perdiste. Y Katya... —se le quebró un poco la voz—. Yo no sé… Si a Ming le pasase algo, yo ya no sé qué haría… No sé si tendría tanta fuerza como tú para seguir adelante. A veces me pregunto cómo puedes ser capaz todavía de levantarte…

—Yo no tuve ninguna fuerza cuando Katya murió, papá —replicó con seriedad—. Perdí por completo el control de mi iris y destruí la mitad de este país, para después hundirme del todo en las ganas de abandonar, durante meses, pudriéndome en el recuerdo de un solo segundo. Hasta que me di cuenta de que aún me quedaba alguien. Alguien que me necesitaba. Lex, Cleven y Yenkis, aún me necesitaban. No podía dejarlos solos. Pero la realidad es que… soy yo quien los necesita a ellos.

—Cada cual sigue adelante como puede —asintió Lao—. No podemos olvidar a los que aún perduran con nosotros. Ming y yo seguimos teniéndote a ti, a Kyo y a Mei Ling. Y a Lex, a Cleven y a Yenkis, aunque no podamos estar con ellos como abuelos por la seguridad ante el Gobierno. Es de ahí de donde se sacan fuerzas, de lo que aún perdura. Por eso, mientras Ming esté tranquila y viva mejor de esta forma, yo estaré bien. Menos mal que no le has dicho que vas a ver a Kyo, seguro que se habría preocupado.

—Sí. ¿Crees que Kyo estará en casa? —quiso saber.

—Hm... Drasik fue a verlo cuando me marché, no me sorprendería que ya lo hubiese sacado a la calle.

—Dios mío, Drasik... —caviló Neuval—. ¿Qué será de él? Espero que estando en la misma clase que Cleven no llegue a acordarse de ella. Tuve que borrarle todos los recuerdos que tenía de Cleven, la relación de ella conmigo y la causa de mi exilio. Sólo le dejé mi recuerdo como Líder y de las misiones que hicimos.

—Sé que no fue fácil para ti quitarle esos recuerdos a Drasik —asintió Lao—. Siempre fue un niño que se metía en líos, pero tú y él erais como uña y carne. Eras idéntico a él a su edad. O incluso peor, porque Drasik no anda metido en peleas callejeras, drogas, alcohol, y comparado contigo, con las mujeres es todo un caballero...

—Ejjejem... —le interrumpió Neuval, molesto—. Vale, yo no he sido un angelito precisamente.

—Sigues sin serlo —reprimió una risa.

—Vale —le cortó—. En fin. Ya sabes que yo siempre vi en Drasik algo especial, algo que los demás no tenían. Tuve mucho cuidado al elegir a mis chicos y me tomé mi tiempo. Vi algo en él... —se quedó callado unos segundos, entornando los ojos, navegando por ese recuerdo—. Pero han pasado siete años. Echo de menos a todos. Nakuru es a la que más veo, ya que es amiga de Cleven. Pero nunca me he atrevido a ver a los demás, a visitarlos alguna vez... Los he dejado, deben de odiarme.

—En absoluto, Neu —negó Lao—. Ellos también te echan de menos, y no te odian, comprenden perfectamente por qué decidiste dejarlo todo. Están deseando que vuelvas algún día. Eres como un padre para ellos. Katya también fue como una madre para ellos. La KRS no ha dejado de ser como una familia —concluyó, y ambos siguieron andando en silencio un buen rato—. Neu, me acuerdo de ese día, hace siete años, en que Drasik fue a verte a solas, un tiempo después de la muerte de Katya. ¿Qué fue lo que te dijo como para que al día siguiente le borrases a Cleven de la memoria? Entiendo lo de borrarle la causa de tu exilio y todo eso, pero... ¿Cleven? —frunció el ceño, sin poder comprenderlo—. ¿Qué pasaba entre Drasik y Cleven? ¿Qué te dijo Drasik ese día?

—Una estupidez —murmuró serio, desviando la mirada—. Lo que suele decir un niño de 9 años, cosas de las que creen saber algo y en realidad no saben nada. Los críos creen entender de amor y no tienen ni idea.

Lao lo miró de reojo sin entender, eso no había respondido a su pregunta ni por asomo, pero viendo la expresión que Neuval tenía en la cara en ese momento, decidió no seguir con el tema.

—Bueno —Lao sacó el móvil—. Voy a llamar a Kyo, a ver dónde anda.


* * * * * *


las afueras de Tokio, en lo alto de un pequeño monte y rodeada de extensos bosques, se alzaba una majestuosa mansión. Un coche llegó hasta el patio principal, y de él se bajó Denzel. Cerró el vehículo con llave y se quedó un momento observando la casa. Después optó por dirigirse hacia el portón, no tenía tiempo que perder, sólo esperaba que Alvion estuviese ahí todavía. Al llamar al timbre, le abrió un hombre vestido con traje negro, gafas de sol, rapado, y tan grande como un armario, que hasta Denzel se impresionó.

—Vengo a ver a Na-Mun Kwon —dijo el taimu, utilizando el segundo nombre de Alvion. Todos los Zou tenían uno, y lo solían usar como "nombre humano" para cuando viajaban o hacían trámites en el mundo humano fuera de las tierras Zou.

—El doctor Kwon no espera ninguna visita de nadie ahora —objetó el hombretón con voz potente y postura firme e inmóvil—. Exponga su propósito o váyase, por favor.

—Uf... —se estremeció Denzel, pensando por un momento que ese hombre iba a zurrarle—. Debes de ser nuevo en este trabajo. No me habías visto antes, ¿me equivoco? Verás, soy Denzel. Ya sabes... domino el tiempo... Parezco joven, pero soy el hombre más viejo del mundo... Soy un demonio... Me gustan las pastitas de té en el desayuno...

Vio cómo el guardián levantaba una ceja por encima de las gafas y lo miraba mudo, pero de repente pareció caer en la cuenta y se inclinó ante él con una reverencia.

—Le ruego mis disculpas, taimu Denzel —dijo, casi con miedo y avergonzado por su descuido—. Por favor, pase.

—Gracias, niño. Y relájate, que ya no muerdo a humanos —sonrió.

Nada más poner un pie dentro, apareció el majestuoso anciano bajando por una escalinata del vestíbulo. Esta vez, iba vestido con traje gris y corbata ocre, haciendo juego con sus ojos dorados, en lugar de su habitual traje Zou, para llamar menos la atención entre los humanos de la ciudad. Llevaba su largo cabello blanco recogido en una coleta baja. De este modo, debería de parecer un anciano normal, pero no dejaba de desprender esa extraña aura sobrehumana, como un halo divino.

—Hola, Na-Mun —lo saludó Denzel.

Taimu Denzel —lo saludó Alvion, parándose frente a él y haciéndole una leve reverencia—. Estamos en un sitio seguro, puedes usar mi primer nombre. Me alegro de verte de nuevo.

—Lo mismo digo —contestó cálidamente, y le dio unas palmaditas en el hombro con total libertad—. ¿Qué tal estás? Te veo en buena forma, jovencito.

—Heh, si estar en buena forma significa que te crujan los huesos a cada movimiento, sí —Alvion dibujó una sonrisa en los labios por primera vez en mucho tiempo—. Ya no puedo ni dar un salto sin que la cadera me amenace.

—¿Y qué esperas? Ya tienes la cadera amortizada de tanto saltar de aquí para allá desde que eras niño —se rio Denzel, y puso una mueca nostálgica—. Siempre acababas rompiendo algo.

—Y tú siempre estabas ahí salvándome de las reprimendas de mi abuelo —asintió el anciano—. La paciencia que tuviste conmigo… reconozco que fui un niño hiperactivo.

—Créeme, Alvion, he conocido a todos tus antecesores y todos de niños erais igual de hiperactivos. Tu padre de pequeño fue con diferencia el más revoltoso del linaje.

—Hah. De pequeño y de adulto —apuntó Alvion.

—Menuda casa te has comprado. No lo entiendo, tú no eres de esos que compra una casa tan grande para él solo.

—Y sigo sin ser de esos —le explicó Alvion—. Esta mansión estaba en posesión del banco esperando que un viejo adinerado y avaricioso se hiciese con ella para desperdiciarla. Pero la he comprado yo, otro viejo adinerado, para alojarme aquí estos días hasta que me marche.

—¿Y qué pasará con la casa cuando te marches? —se extrañó Denzel.

—Estos días aquí he aprovechado para seguir haciendo mi trabajo. He dado con nueve familias de humanos viviendo en condiciones deplorables, casi en la calle, por culpa del paro, deudas médicas y otros peligros. Como es de esperar, el Gobierno no los ayuda lo suficiente. Así que les he regalado esta casa, obviamente. Funcionará como centro de acogida. La ocuparán legítimamente en una semana con la ayuda de los monjes.

—"Obviamente" —repitió Denzel, sonriendo.

—¿Mm? —preguntó Alvion.

—No es muy "obvio" que alguien compre una mansión y a los pocos días se la regale como si nada a nueve familias que no conoce de nada.

—Pero las conozco —repuso Alvion—. Anoche estuve visitándolas, informándome de su situación. Es mi deber —recalcó serio y firme—. Yo no necesito una casa; ellas sí. Para mí es muy obvio.

—Ya lo sé —asintió Denzel, posándole una mano orgullosa en el hombro.

—¿Y a qué se debe esta grata visita?

—Verás... Quiero hablar contigo sobre el juicio de Fuujin.

Alvion cerró sus innaturales ojos ámbar con un largo suspiro, pues ya se esperaba que ese fuera el motivo. Denzel y Agatha eran las únicas personas del mundo por las que Alvion sentía un respeto incondicional. Al fin y al cabo, desde el punto de vista de Denzel, Alvion era un niño de 110 años. El anciano no podía negarse a esa petición. Si había alguien más sabio, más viejo y tan poderoso como él, ese era Denzel.





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