1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
«—No te he preguntado aún cómo te llamas —le dijo el hombre.
—Sí, lo hiciste —le recordó el niño—. Cuando me encontraste aquí antes de ayer. Pero no te respondí. Lo que me extraña es que, siendo tú el más insistente en venir a verme y a hablarme, no te hayas presentado tú primero.
—Soy un hombre muy celoso de mi identidad —le explicó, mientras abría la cuarta apertura de la caja puzle—. Y tú deberás hacer lo mismo a partir de ahora.
—Creía que uno debía ser celoso de su identidad ante los desconocidos —dijo el niño, encogiéndose un poco de hombros.
El hombre lo miró arqueando una ceja.
—¿Y no lo somos? —le sonrió.
El niño no dijo nada, pero se encogió de hombros otra vez, como si le diera algo de reparo decir lo que él pensaba al respecto. Quizá se había precipitado un poco al pensar que, tal vez, con ese hombre podía tener algo más que una relación de “desconocidos que se ayudan”, pero él parecía querer mantener esa distancia de desconocidos. Sin embargo, eso, en realidad, no le cuadraba mucho. El niño frunció el ceño. Después de las cosas que el hombre le había contado, todo lo que le había dicho, lo que había hecho por él, y su insistencia en ayudarlo, y, sobre todo, lo que le dijo antes sobre considerarle alguien con quien contar a cambio de la comida y la ropa y no seguir enfrentándose solo a los problemas…
El niño volvió a levantar la vista hacia él. El hombre seguía mirándolo con esa sonrisa. Se dio cuenta de que no había hecho esa pregunta de forma retórica. Estaba esperando una respuesta. Su respuesta. Lo que ese tipo quería era saber qué pensaba el niño respecto a él.
—Ayer querías arrastrarme a algún lado —le comentó el muchacho.
—Bueno, arrastrarte…
—Parecías muy preocupado en el momento en que descubriste la luz de mi ojo. Decías que me tenías que llevar a un sitio enseguida. Pero ahora parece que no te preocupa y que no tienes tanta prisa.
—No estás tan mal como había esperado ayer. Pero tarde o temprano deberás ir a ese sitio.
—¿A dónde?
—Al Monte Zou. Al templo de Alvion. Lo que has despertado en tu mente es una energía inestable que puede acabar convirtiéndose en algo muy peligroso para ti y para los demás.
—¿Cómo de peligroso?
—Como que te dé un brote de ira espontáneo, pierdas el control de tu juicio y de tu voluntad y después te despiertes con un cadáver entre tus manos.
El niño se puso algo pálido al oír eso. No pudo evitar recordar de inmediato a Jean. ¿Podía llegar a convertirse en un loco como él? ¿Podía llegar a hacer daño… o matar a alguien inocente sin darse ni cuenta?
—No sé cómo tu iris ha sobrevivido medianamente cuerdo durante 7 meses sin ser tratado. Debes de tener una mente especialmente fuerte. Aunque eso no es garante de evitar que suceda una desgracia.
—Iris… —repitió, aprendiendo esa palabra.
—Tienes que ir a entrenarlo durante un año en el Monte Zou. Como hice yo. Y millones de personas más a lo largo de cuatro siglos.
—¿¡Hay millones más!? —se quedó desconcertado—. No lo entiendo. Si dices que soy un peligro, ¿por qué no me has agarrado sin más y arrastrado a ese lugar?
—Lo acabaré haciendo… si tú al final te negaras a ir.
—¿Eh?
—Niño. Incluso los mocosos de 10 años como tú merecen un mínimo de respeto y compasión. Antes que arrastrarte a otro lugar sin explicaciones, prefiero tratarte como a una persona y darte la oportunidad de hablarlo. Conversar juntos sobre ello. Y que expreses tu opinión al respecto.
—¿Qué importa entonces mi opinión si, en caso de negarme, me llevarías a la fuerza igualmente a ese lugar?
—A mí me importa. Sí, acabaría llevándote a la fuerza si te negaras, porque es un deber que yo debo cumplir sí o sí. Pero me importa saber si ir o no ir era tu deseo o no.
—Bueno… Aun así… ¿cómo voy a forjar una opinión y tomar una decisión tan importante que puede cambiar toda mi vida sin apenas saber de qué se trata todo ese lugar y ese entrenamiento?
—Realmente eres un niño inteligente —sonrió con satisfacción—. Pero vas tener que enfrentarte a este tipo de decisiones toda la vida. Muchas veces, no tendrás toda la información y sólo te quedará arriesgar, o dar un salto de fe. Podrías aceptar ir a ese lugar simplemente porque yo te lo pido y te digo que es lo mejor para ti.
—Te estoy agradecido por toda la comida, la ropa y todo lo demás que has hecho por mí estos tres días. ¿Pero cómo sé que, pese todo esto, puedo confiar en ti? Una parte de mí ya lo hace, en respuesta a estos regalos. Pero otra parte de mí no, porque conozco la existencia de las trampas y los engaños. Aún no sé qué siento respecto a ti. ¿Cuántos días más tendrías que venir a traerme comida, obsequios y amabilidades para que mi mente, tan rota y múltiples veces traicionada, confíe en ti? ¿Un par de días más? ¿Una semana? ¿Meses?
—A tan temprana edad, y ya has aprendido que la confianza no se forja sólo con los hechos, sino también con el tiempo —casi rio, y resolvió la quinta apertura de la caja, que era la última de las que él había diseñado, por lo que se puso a indagar cuál sería la sexta, de las tres que el niño había añadido—. Sabes hacerte las preguntas adecuadas, y con eso ya vas por buen camino. Pero nunca la vida nos ha puesto fácil este eterno juego de la confianza. Siempre estamos lidiando con ella, cada día que tratamos con otra persona, ya sea tu padre, o tu mujer, tu hermano, una amiga, el vecino, el policía de la calle, el desconocido de más allá… Nunca se puede confiar al cien por cien en absolutamente nadie, porque la mente humana es una poderosa fuerza inestable e imprevisible.
»Sai, mi hijo, tiene miles de razones para confiar en mí y en su madre, porque nosotros lo amamos y lo protegeríamos a muerte siempre. Nuestro amor por él es innegable. Y, aun así, no debe ni deberá confiar en nosotros siempre al cien por cien, porque, ¿qué pasa si de repente a mí me da una crisis nerviosa fruto de un estrés acumulado y le hago daño sin querer? ¿O y si su madre sufre un desajuste químico hormonal imprevisto por su antiguo tratamiento médico y le hace algo malo sin querer? Antes hablabas de que lo más aterrador sobre tu padre era lo imprevisible de sus ataques. Pero es que eso es así con todo y con todos en este mundo —empezó a darle vueltas a la caja entre sus manos, porque no veía manera de descubrir la séptima apertura—. La vida entera está llena de cosas imprevistas y nosotros no tenemos más remedio que navegarla con lo que tenemos.
»Ta ma de… —blasfemó en chino, al intentar probar mover una pieza, pero la caja no obedeció—. Ay… —suspiró—. Yo no puedo mostrarte más de lo que ya te he mostrado, chico. Lo máximo que puedo hacer es traerte comida, ropa, curar tus heridas, mostrarte mi amabilidad y preocupación y decirte que todas estas cosas son cien por cien sinceras desde mi corazón. A partir de ahí… creerme y confiar en mí o no ya depende de ti. Yo no soy quien decide si soy alguien bueno y confiable para ti. Eso lo decides tú.
El niño guardó un sobrecogido silencio durante varios largos minutos. Su respeto por ese hombre no hacía más que crecer y con él, tal vez, la confianza también. Pero esta nunca podía ser completa o permanente, como él bien le había explicado. Tenía razón. La confianza no era una respuesta inmediata a cambio de unos cuantos gestos amables. Era un poderoso sentimiento humano que se forjaba con el tiempo y que debía ser trabajado continuamente.
Entonces, en el tiempo presente, ya que no quedaba más remedio que seguir navegando con lo que se tenía, quedaba decidir si tomar un paso a izquierda o a derecha. Darle a este hombre un primer voto de confianza o seguir dejándolo en la zona de desconocido.
—Tú quieres llevarme contigo porque confías en mí, ¿no? Para ti es más fácil. Porque yo soy una cuarta parte de tu tamaño y no supongo ninguna amenaza para ti.
—No, chaval. Yo lo que quiero es que tú quieras venir conmigo.
—Entonces eso es ponértelo a ti mismo más complicado.
—Forzar a otros a hacer lo que tú quieres es el camino fácil porque es el camino cobarde. Y del camino cobarde nace el odio, el resentimiento, el rencor y los problemas. Así que, al final, el camino fácil y cobarde está destinado a convertirse en el más complicado de todos. ¿Sabes por qué este estofado de conejo estaba tan bueno? Porque mi mujer lo ha estado cocinando a fuego lento durante seis horas. Yo lo podría haber comprado en cualquier restaurante y librar a mi mujer del trabajo de cocinarlo. Pero entonces no sería tan especial, ¿verdad?
—Es la mejor comida que he probado en mi vida —le aseguró el niño—. Sin excepción. Es lo mejor que he comido. Pero es extraño, porque mientras lo comía, he estado intentando imaginar en mi cabeza a tu mujer haciéndolo. Imaginármela a ella, su rostro, hablando...
—Estabas pensando en ella mientras lo comías —entendió.
—Sí.
—Fíjate. A eso me refiero. No la has visto nunca ni la conoces. Pero has estado pensando en ella, por el estofado que ella ha cocinado pensando en ti. Forjar buenos sentimientos con otras personas es más costoso y lleva más tiempo. Pero precisamente por eso acaban siendo los sentimientos más fuertes, imbatibles y duraderos. Por eso, quiero que mi relación contigo sea cocinada a fuego lento y no dé paso a odios, rencores ni problemas. ¿Lo entiendes?
El niño asintió de nuevo, y le creció una tímida sonrisa. El hombre también lo miró, complacido por sentirse de esa manera hacia su mujer, y siguió intentando averiguar la dichosa séptima apertura de la caja.
—Me llamo Neuval Vernoux —le dijo el niño al fin.
El hombre levantó la vista hacia él con cierta sorpresa. Esto quería decir que el niño había decidido que él ya no era un desconocido para él.
—Yo me llamo Kei Lian Lao —le tendió la mano, y el niño se la estrechó—. Neuval Vernoux, me temo que no estoy siendo del todo honesto contigo y estoy tratando de engañarte.
Al niño se le quedó la cara de disgusto.
—Porque llevo como diez minutos intentando hacerme el machote experto y sabiondo, pero, francamente, no tengo ni la menor puñetera idea de averiguar la séptima apertura, y mi orgullo se está viniendo tan abajo que me voy a poner a llorar.
A Neuval casi le dio un telele por tamaña ridícula revelación. Por un momento se quedó sin aliento.
—Eso es porque estás usando sólo las manos.
—¡Anda! ¿Y qué sino voy a usar?
—¿Qué clase de ingeniero eres? Tienes que intentar mirar más allá de las posibilidades.
Lao se lo quedó mirando con una mueca mosqueada, ese crío le estaba dando lecciones de ingenio y creatividad. Pero entonces giró la cabeza y miró el muro del fondo del callejón, todos esos garabatos, y ese insólito mega cubo de Rubik que el niño había ideado.
—Más allá de las posibilidades… Lo único que veo nuevo en esta caja es un agujerito aquí en esta esquina que he conseguido abrir con la sexta apertura, y esos cuatro palitos de metal incrustados en la cara superior. Pero por más que muevo la caja entera y todas las piezas posibles, no hay reacción. Si has diseñado el agujerito para que haya que meter algún palo o algo, lo has hecho mal. La idea de estas cajas rompecabezas es resolverlas sin herramientas extra. —Neuval seguía mirándolo con una sonrisa presuntuosa, sin decir nada, y Lao se mosqueó más—. Pero eso ya lo sabías. Hmmm… Esta es la arrogancia de los franceses de la que he oído hablar.
—Si quieres que lo haga yo… —hizo un gesto para coger la caja.
—¡Aparta esas manitas esmirriadas y tápate esa sonrisilla de demonio listillo! Ten un poco de respeto —refunfuñó el hombre, empecinado en proteger su orgullo, mientras el niño se reía a escondidas.
Lao estuvo un par de minutos más indagando con la caja, no se iba a rendir aunque tuviera que pasarse toda la noche así. Pero entonces, volvió a recordar lo que Neuval le había dicho. No tenía que usar las manos, ni meter ningún otro objeto por ese agujerito. Pero ese agujerito estaba ahí por algo, y solían estar hechos para meter cosas. Si no podía meter un objeto extra y sólo podía valerse de su propio cuerpo y de las propias piezas de la caja…
Se le ocurrió una idea de repente. No estaba muy seguro, pero… Se llevó esa esquina de la caja a los labios, y sopló con fuerza dentro del agujerito. ¡Clac! Los cuatro palitos metálicos incrustados en la cara superior sobresalieron hasta la mitad. Lao miró al niño. Este seguía sonriéndole.
Creyó que ya lo tendría, que la octava y última apertura estaría chupada, pero estuvo intentándolo durante otros cinco minutos. Ya estaba desesperado.
—Se supone que la gente se toma su tiempo para resolver estos puzles, ¿no? Suelen llevar unas horas a veces. ¿Por qué te desesperas ya en unos pocos minutos?
—Porque sólo a los humanos les llevaría esas horitas que dices, pero yo soy un iris y además ingeniero, y debería saber resolverlo en cuestión de minutos —gruñó.
—Rompecabezas diseñados por humanos, quizá. Pero ¿habías hecho alguna vez un rompecabezas diseñado por otro iris?
—Tú aún no eres un iris. No uno oficial ni estabilizado. Los iris desarrollamos nuestra superior fuerza, agilidad e inteligencia después del entrenamiento.
—Oh… ¿Entonces yo podría haber hecho esta caja igual aunque no fuera un iris? Mi hermana me decía que ya desde pequeño era más listo que los demás.
—Da igual, sigue siendo un rompecabezas diseñado por un mocoso de 10 años, y yo con 32 años ¡no logro resolverlo! Hay cuatro palos de metal que han sobresalido de la superficie de la cara superior, pero sólo hasta la mitad, y están clavados de forma oblicua. No los puedo sacar, ni siquiera mover, ni volver a meterlos, ni reaccionan a diferentes posiciones y mecanismos de la caja… ¡Hasta les he soplado encima, por si acaso volvía a funcionar con estos trucos mágicos tuyos!
Neuval negó con la cabeza, viendo que este tipo era muy maduro y sabio para muchas cosas, pero se comportaba como un crío impaciente y orgulloso con estas cosas en concreto. Le quitó la caja, la sostuvo bocabajo a la altura del pecho, con los palitos hacia abajo, y la dejó caer al suelo.
—¡Eh, ¿por qué la rompes?! —se escandalizó Lao.
Pero se dio cuenta de que la caja hizo, más bien, un pequeño rebote. Ahora lo comprendió. Esos palos de metal clavados en oblicuo ejercieron como una especie de resorte ante el impacto. Y el compartimento secreto de la cara inferior, último que debía ser abierto, se abrió, y descubrió las semillas de manzana que Neuval había guardado dentro.
—Carajos… —murmuró Lao, sin salir de su asombro.
—Lo divertido de estos puzles es jugar un poco con las leyes de la Física —dijo Neuval, volviendo a sentarse en su silla, y se puso a juguetear con uno de los largos mechones de su cabello—. El uso de herramientas y piezas sólidas siempre es muy evidente. Pero el aire también es una materia, y puede ejercer una fuerza de presión y mover cosas. Y la atracción de la gravedad también es una fuerza que siempre damos por sentada, pero se puede usar y aprovechar también.
—Al final eran unas aperturas muy absurdas y simples —suspiró Lao, derrotado.
—Nunca se trató de hacer difícil activar esas aperturas, sino de hacer diferente el modo de pensarlas. Mucha gente está acostumbrada a pensar en línea recta. A mí… me gusta desviarme.
Una vez más, Lao observó al muchacho con una admiración que nunca había sentido con nadie. Excepto con una persona, quizá. No sabía por qué, este muchacho le recordaba un poco a Alvion. No se trataba de la inteligencia en sí, sino de pensar diferente a los demás. Ver otros caminos que los demás no saben, no pueden o no quieren plantearse. Miró de nuevo los garabatos del muro. Seguramente, resolver ese mega cubo de Rubik acabaría siendo, igual que el cubo normal, algo fácil, una vez que se averiguara la lógica o el truco. Pero el niño no buscaba crear un cubo de Rubik imposible de resolver. Tan sólo, crear algo diferente. No importaba si era difícil o sencillo. Simplemente, algo nuevo que no existía antes.
—Veo que ya te invade el sueño —comentó Lao, observando cómo al niño se le cerraban un poco los ojos, cómodamente sentado en su silla con la calidez de su sudadera nueva y sus zapatillas nuevas, y el estómago lleno.
—Sí… Hacía tiempo que no me sentía tan relajado. Puedes volver ya a casa con tu familia, no hace falta que te quedes más conmigo. Me acostaré en breves, así que no te preocupes.
—¿Quieres pasar otra noche más aquí, en este callejón?
—Claro. ¿Qué otra opción tengo? No me digas que me vaya a otro callejón mejor, porque he comprobado que este es el más tranquilo y seguro de la zona.
Lao se lo quedó mirando en silencio. Obviamente no se refería a sugerirle pasar la noche en otro callejón. A Lao le gustaría darle una cama de verdad y un techo esa noche. Pero sabía que el niño no lo iba a aceptar. Ya le había costado aceptar unas zapatillas y unas empanadillas… Le incomodaba que le dieran tantos regalos y amabilidades de golpe. Lao eso lo entendía. De niño le pasaba lo mismo.
—Gracias por todo esto —comentó el niño—. Es… lo mejor que ha hecho alguien por mí en toda mi vida… aparte de mi hermana, claro. Sólo ella me cuidaba y se preocupaba por mí de esa manera.
—¿Quieres que vuelva mañana a verte?
Neuval se encogió de hombros, le daba vergüenza decirle que sí quería porque entonces se sentiría como un niño caprichoso.
—Mañana pasaremos el día entero juntos, ¿de acuerdo? Me gustaría enseñarte la ciudad, sus gentes y costumbres. Y sus peligros, claro. Creo que es necesario. Me quedaré más tranquilo si aprendes cómo moverte por aquí adecuadamente, si tienes intención de quedarte a vivir aquí. —Neuval asintió en silencio, conforme—. Igualmente, pasado mañana es domingo y no tengo trabajo. Pasaré la tarde de ocio con mi familia como cada domingo. Pero por la mañana puedo estar contigo, si quieres. Podemos dar una vuelta por el puerto, conmigo estarías seguro, y podríamos ver algo de ropa para comprarte.
—No hace falta que lo ocultes —le dijo el niño—. Sé que no quieres dejarme mucho tiempo solo, por si mi iris o como se llame se descontrola o pasa algo malo.
—Pero eso no lo oculto. Eso es evidente. Sólo decía que, mientras me preocupo por el estado de tu iris, podemos dar un paseo mañana y pasado mañana. Para que salgas un poco de aquí, pero de forma segura, claro, acompañado por mí. Porque ya he visto que cinco pasatiempos que mantendrían ocupada a una persona normal durante cinco días al menos, a ti sólo te mantiene ocupado una hora y cincuenta y dos minutos.
—Heheh…
—Bueno —se desperezó y se levantó de su silla—. Te dejo descansar, Neu. ¿Te puedo llamar así? ¿Es correcta esta abreviatura?
—Monique también me llamaba así —sonrió—. ¿Cómo debo llamarte a ti? ¿Kei Lian Lao es el nombre entero? ¿Es una palabra entera? ¿Cuál es el apellido?
—Puedes llamarme como te sea más cómodo. Por mi nombre, Kei Lian, o por mi apellido, Lao. Como prefieras. Y puedes quedarte con la silla. Lo demás me lo llevo de vuelta —se agachó para ir recogiendo los bidones de agua vacíos, el trapo, el bote de jabón, el barreño vacío, la cazuela, los cuencos…
—¡Espera! —el niño se agachó frente a él—. Debo hacerlo yo. Tú lo has traído y preparado todo.
Lao lo observó en silencio un rato, mientras el muchacho lo recogía todo él solo y lo metía en la maleta grande. Le robó una sonrisa. Ese niño irradiaba una luz inmensa ahora mismo. Había una bondad increíble dentro de él. Es solo que el mundo y la vida no se lo estaban poniendo nada fácil para sacarla afuera más a menudo.
—Muchas gracias —le dijo Lao cuando el otro terminó de recoger—. ¿La sudadera te calienta lo suficiente? Esta noche está más fría que las anteriores.
—Suelo meterme hojas de periódico dentro de la ropa, pero desde luego la sudadera me salva mucho del frío. Y con calcetines y zapatillas, aún más.
—Aun así —Lao juntó las manos, y cuando su ojo izquierdo brilló de una luz roja, se formó una llama anaranjada flotando entre sus manos.
—¡Oh!
—Te dejaré aquí junto al cartón esta llama —la dejó flotando sobre el suelo al lado del cartón, pero lo suficientemente separado para que no quemara nada por accidente—. Te dará calor durante la noche y una luz suave. La mantendré viva hasta mañana.
—¿Cómo la mantienes?
—Con mi mente.
—¿Incluso a distancia?
—¿Con mi nivel? Es pan comido.
Neuval contempló a Lao con cara de gran admiración. Cada minuto que pasaba con él, le parecía un tipo cada vez más increíble. Y bueno.
Poco después, cuando ya se habían despedido y Lao ya se había marchado, no sin antes recordarle que tuviera la navaja a mano por si alguien indeseable entraba en el callejón y tenía que defenderse, Neuval se tumbó bocabajo sobre su cartón con la barbilla apoyada en las manos, sin poder dejar de contemplar esa llama que flotaba a pocos centímetros del suelo cerca de él. Era como tener una lamparita o una pequeña hoguera agradable al lado. No podía despegarse esa sonrisa de la cara. Hasta que cayó dormido. Y vinieron una vez más las pesadillas habituales.
Al día siguiente, el hombre y el niño volvieron a verse. Tal como quedaron, Lao lo vino a buscar al callejón, trayendo además el desayuno, y después se fueron a pasear por las calles.
Lao quería enseñarle a moverse por la ciudad de manera segura si tenía intención de quedarse en ella. Ese día, Neuval estuvo muy callado todo el tiempo, siempre pegado a Lao. Sólo miraba y escuchaba y se dejaba llevar por él. Lao no sabía decir si era porque el niño era muy aplicado a la hora de aprender bien los lugares, las gentes y las costumbres, o porque estaba desanimado, triste o se sentía tímido. Aun así, Lao intentó explicarle también algunas cosas más sobre los iris y la Asociación.
En este tema, el niño mostró algo más de interés e hizo algunas preguntas, pero mucho menos de lo que Lao esperaba. Le daba la sensación de que el muchacho aún no estaba muy convencido con lo de la Asociación y aún no se decidía si quería ir al Monte Zou por voluntad propia o no. Era como si la mitad de él la viera como una idea muy buena y lógica, la vía segura que le cambiaría la vida a mejor, y en cambio su otra mitad sintiera una especie de rechazo por ese lugar lleno de normas, órdenes que cumplir y responsabilidades.
Pero entonces, Lao descubrió cuál era la principal razón cuando Neuval le hizo una pregunta inesperada, mientras caminaban por un puente que cruzaba la bahía.
—Si voy a ese lugar, ¿significa que estaré un año entero sin verte?
Lao era un iris experto y sabía detectar perfectamente los sentimientos de los demás. Le conmovía saber que el niño no sólo ya confiaba bastante en él, sino que también le estaba cogiendo cariño, el mismo que Lao ya le tenía desde que lo encontró.
—Qué va —sonrió el hombre—. Te puedo ir a visitar a menudo.
—¿Tienes suficiente dinero para tantos billetes de avión?
—No hace ninguna falta. Los iris de cada país disponemos de varios aeródromos secretos situados cerca de las ciudades principales. Hong Kong tiene uno muy cerca de aquí, justo al otro lado de las montañas —le señaló dichas verdosas ondulaciones asomando a lo lejos detrás de los edificios de la ciudad costera—. Normalmente hay que reservar los aviones o los jets con antelación para que los iris podamos usarlos con orden. Pero yo dispongo de mi propio jet. Porque lo construí yo solito, con mis propias manos. Es mi vehículo propio.
—¿¡Construiste un jet tú solo!? —exclamó Neuval tan fuerte que Lao se dio un pequeño susto.
Pero luego el hombre sonrió. Quizá fuera por la intensa mirada de ojos abiertos como platos brillando de suma admiración y asombro, que parecía que a Neuval se le iban a salir de las cuencas y se le iba a desencajar la mandíbula, pero Lao se sintió henchido de orgullo por cómo ese niño lo contemplaba. Y mucho más cuando, a partir de ahí, el muchacho no paró de preguntarle por las piezas, los propulsores, el mecanismo… y el modo de juntarlo todo. Sin embargo, algo tuvo que admitir Lao, y es que, en definitiva, no estaba con un niño normal, cuando dicho niño le demostró comprender a la perfección cómo construir una aeronave y además comentándole alguna que otra mejora o innovación.»
«—No te he preguntado aún cómo te llamas —le dijo el hombre.
—Sí, lo hiciste —le recordó el niño—. Cuando me encontraste aquí antes de ayer. Pero no te respondí. Lo que me extraña es que, siendo tú el más insistente en venir a verme y a hablarme, no te hayas presentado tú primero.
—Soy un hombre muy celoso de mi identidad —le explicó, mientras abría la cuarta apertura de la caja puzle—. Y tú deberás hacer lo mismo a partir de ahora.
—Creía que uno debía ser celoso de su identidad ante los desconocidos —dijo el niño, encogiéndose un poco de hombros.
El hombre lo miró arqueando una ceja.
—¿Y no lo somos? —le sonrió.
El niño no dijo nada, pero se encogió de hombros otra vez, como si le diera algo de reparo decir lo que él pensaba al respecto. Quizá se había precipitado un poco al pensar que, tal vez, con ese hombre podía tener algo más que una relación de “desconocidos que se ayudan”, pero él parecía querer mantener esa distancia de desconocidos. Sin embargo, eso, en realidad, no le cuadraba mucho. El niño frunció el ceño. Después de las cosas que el hombre le había contado, todo lo que le había dicho, lo que había hecho por él, y su insistencia en ayudarlo, y, sobre todo, lo que le dijo antes sobre considerarle alguien con quien contar a cambio de la comida y la ropa y no seguir enfrentándose solo a los problemas…
El niño volvió a levantar la vista hacia él. El hombre seguía mirándolo con esa sonrisa. Se dio cuenta de que no había hecho esa pregunta de forma retórica. Estaba esperando una respuesta. Su respuesta. Lo que ese tipo quería era saber qué pensaba el niño respecto a él.
—Ayer querías arrastrarme a algún lado —le comentó el muchacho.
—Bueno, arrastrarte…
—Parecías muy preocupado en el momento en que descubriste la luz de mi ojo. Decías que me tenías que llevar a un sitio enseguida. Pero ahora parece que no te preocupa y que no tienes tanta prisa.
—No estás tan mal como había esperado ayer. Pero tarde o temprano deberás ir a ese sitio.
—¿A dónde?
—Al Monte Zou. Al templo de Alvion. Lo que has despertado en tu mente es una energía inestable que puede acabar convirtiéndose en algo muy peligroso para ti y para los demás.
—¿Cómo de peligroso?
—Como que te dé un brote de ira espontáneo, pierdas el control de tu juicio y de tu voluntad y después te despiertes con un cadáver entre tus manos.
El niño se puso algo pálido al oír eso. No pudo evitar recordar de inmediato a Jean. ¿Podía llegar a convertirse en un loco como él? ¿Podía llegar a hacer daño… o matar a alguien inocente sin darse ni cuenta?
—No sé cómo tu iris ha sobrevivido medianamente cuerdo durante 7 meses sin ser tratado. Debes de tener una mente especialmente fuerte. Aunque eso no es garante de evitar que suceda una desgracia.
—Iris… —repitió, aprendiendo esa palabra.
—Tienes que ir a entrenarlo durante un año en el Monte Zou. Como hice yo. Y millones de personas más a lo largo de cuatro siglos.
—¿¡Hay millones más!? —se quedó desconcertado—. No lo entiendo. Si dices que soy un peligro, ¿por qué no me has agarrado sin más y arrastrado a ese lugar?
—Lo acabaré haciendo… si tú al final te negaras a ir.
—¿Eh?
—Niño. Incluso los mocosos de 10 años como tú merecen un mínimo de respeto y compasión. Antes que arrastrarte a otro lugar sin explicaciones, prefiero tratarte como a una persona y darte la oportunidad de hablarlo. Conversar juntos sobre ello. Y que expreses tu opinión al respecto.
—¿Qué importa entonces mi opinión si, en caso de negarme, me llevarías a la fuerza igualmente a ese lugar?
—A mí me importa. Sí, acabaría llevándote a la fuerza si te negaras, porque es un deber que yo debo cumplir sí o sí. Pero me importa saber si ir o no ir era tu deseo o no.
—Bueno… Aun así… ¿cómo voy a forjar una opinión y tomar una decisión tan importante que puede cambiar toda mi vida sin apenas saber de qué se trata todo ese lugar y ese entrenamiento?
—Realmente eres un niño inteligente —sonrió con satisfacción—. Pero vas tener que enfrentarte a este tipo de decisiones toda la vida. Muchas veces, no tendrás toda la información y sólo te quedará arriesgar, o dar un salto de fe. Podrías aceptar ir a ese lugar simplemente porque yo te lo pido y te digo que es lo mejor para ti.
—Te estoy agradecido por toda la comida, la ropa y todo lo demás que has hecho por mí estos tres días. ¿Pero cómo sé que, pese todo esto, puedo confiar en ti? Una parte de mí ya lo hace, en respuesta a estos regalos. Pero otra parte de mí no, porque conozco la existencia de las trampas y los engaños. Aún no sé qué siento respecto a ti. ¿Cuántos días más tendrías que venir a traerme comida, obsequios y amabilidades para que mi mente, tan rota y múltiples veces traicionada, confíe en ti? ¿Un par de días más? ¿Una semana? ¿Meses?
—A tan temprana edad, y ya has aprendido que la confianza no se forja sólo con los hechos, sino también con el tiempo —casi rio, y resolvió la quinta apertura de la caja, que era la última de las que él había diseñado, por lo que se puso a indagar cuál sería la sexta, de las tres que el niño había añadido—. Sabes hacerte las preguntas adecuadas, y con eso ya vas por buen camino. Pero nunca la vida nos ha puesto fácil este eterno juego de la confianza. Siempre estamos lidiando con ella, cada día que tratamos con otra persona, ya sea tu padre, o tu mujer, tu hermano, una amiga, el vecino, el policía de la calle, el desconocido de más allá… Nunca se puede confiar al cien por cien en absolutamente nadie, porque la mente humana es una poderosa fuerza inestable e imprevisible.
»Sai, mi hijo, tiene miles de razones para confiar en mí y en su madre, porque nosotros lo amamos y lo protegeríamos a muerte siempre. Nuestro amor por él es innegable. Y, aun así, no debe ni deberá confiar en nosotros siempre al cien por cien, porque, ¿qué pasa si de repente a mí me da una crisis nerviosa fruto de un estrés acumulado y le hago daño sin querer? ¿O y si su madre sufre un desajuste químico hormonal imprevisto por su antiguo tratamiento médico y le hace algo malo sin querer? Antes hablabas de que lo más aterrador sobre tu padre era lo imprevisible de sus ataques. Pero es que eso es así con todo y con todos en este mundo —empezó a darle vueltas a la caja entre sus manos, porque no veía manera de descubrir la séptima apertura—. La vida entera está llena de cosas imprevistas y nosotros no tenemos más remedio que navegarla con lo que tenemos.
»Ta ma de… —blasfemó en chino, al intentar probar mover una pieza, pero la caja no obedeció—. Ay… —suspiró—. Yo no puedo mostrarte más de lo que ya te he mostrado, chico. Lo máximo que puedo hacer es traerte comida, ropa, curar tus heridas, mostrarte mi amabilidad y preocupación y decirte que todas estas cosas son cien por cien sinceras desde mi corazón. A partir de ahí… creerme y confiar en mí o no ya depende de ti. Yo no soy quien decide si soy alguien bueno y confiable para ti. Eso lo decides tú.
El niño guardó un sobrecogido silencio durante varios largos minutos. Su respeto por ese hombre no hacía más que crecer y con él, tal vez, la confianza también. Pero esta nunca podía ser completa o permanente, como él bien le había explicado. Tenía razón. La confianza no era una respuesta inmediata a cambio de unos cuantos gestos amables. Era un poderoso sentimiento humano que se forjaba con el tiempo y que debía ser trabajado continuamente.
Entonces, en el tiempo presente, ya que no quedaba más remedio que seguir navegando con lo que se tenía, quedaba decidir si tomar un paso a izquierda o a derecha. Darle a este hombre un primer voto de confianza o seguir dejándolo en la zona de desconocido.
—Tú quieres llevarme contigo porque confías en mí, ¿no? Para ti es más fácil. Porque yo soy una cuarta parte de tu tamaño y no supongo ninguna amenaza para ti.
—No, chaval. Yo lo que quiero es que tú quieras venir conmigo.
—Entonces eso es ponértelo a ti mismo más complicado.
—Forzar a otros a hacer lo que tú quieres es el camino fácil porque es el camino cobarde. Y del camino cobarde nace el odio, el resentimiento, el rencor y los problemas. Así que, al final, el camino fácil y cobarde está destinado a convertirse en el más complicado de todos. ¿Sabes por qué este estofado de conejo estaba tan bueno? Porque mi mujer lo ha estado cocinando a fuego lento durante seis horas. Yo lo podría haber comprado en cualquier restaurante y librar a mi mujer del trabajo de cocinarlo. Pero entonces no sería tan especial, ¿verdad?
—Es la mejor comida que he probado en mi vida —le aseguró el niño—. Sin excepción. Es lo mejor que he comido. Pero es extraño, porque mientras lo comía, he estado intentando imaginar en mi cabeza a tu mujer haciéndolo. Imaginármela a ella, su rostro, hablando...
—Estabas pensando en ella mientras lo comías —entendió.
—Sí.
—Fíjate. A eso me refiero. No la has visto nunca ni la conoces. Pero has estado pensando en ella, por el estofado que ella ha cocinado pensando en ti. Forjar buenos sentimientos con otras personas es más costoso y lleva más tiempo. Pero precisamente por eso acaban siendo los sentimientos más fuertes, imbatibles y duraderos. Por eso, quiero que mi relación contigo sea cocinada a fuego lento y no dé paso a odios, rencores ni problemas. ¿Lo entiendes?
El niño asintió de nuevo, y le creció una tímida sonrisa. El hombre también lo miró, complacido por sentirse de esa manera hacia su mujer, y siguió intentando averiguar la dichosa séptima apertura de la caja.
—Me llamo Neuval Vernoux —le dijo el niño al fin.
El hombre levantó la vista hacia él con cierta sorpresa. Esto quería decir que el niño había decidido que él ya no era un desconocido para él.
—Yo me llamo Kei Lian Lao —le tendió la mano, y el niño se la estrechó—. Neuval Vernoux, me temo que no estoy siendo del todo honesto contigo y estoy tratando de engañarte.
Al niño se le quedó la cara de disgusto.
—Porque llevo como diez minutos intentando hacerme el machote experto y sabiondo, pero, francamente, no tengo ni la menor puñetera idea de averiguar la séptima apertura, y mi orgullo se está viniendo tan abajo que me voy a poner a llorar.
A Neuval casi le dio un telele por tamaña ridícula revelación. Por un momento se quedó sin aliento.
—Eso es porque estás usando sólo las manos.
—¡Anda! ¿Y qué sino voy a usar?
—¿Qué clase de ingeniero eres? Tienes que intentar mirar más allá de las posibilidades.
Lao se lo quedó mirando con una mueca mosqueada, ese crío le estaba dando lecciones de ingenio y creatividad. Pero entonces giró la cabeza y miró el muro del fondo del callejón, todos esos garabatos, y ese insólito mega cubo de Rubik que el niño había ideado.
—Más allá de las posibilidades… Lo único que veo nuevo en esta caja es un agujerito aquí en esta esquina que he conseguido abrir con la sexta apertura, y esos cuatro palitos de metal incrustados en la cara superior. Pero por más que muevo la caja entera y todas las piezas posibles, no hay reacción. Si has diseñado el agujerito para que haya que meter algún palo o algo, lo has hecho mal. La idea de estas cajas rompecabezas es resolverlas sin herramientas extra. —Neuval seguía mirándolo con una sonrisa presuntuosa, sin decir nada, y Lao se mosqueó más—. Pero eso ya lo sabías. Hmmm… Esta es la arrogancia de los franceses de la que he oído hablar.
—Si quieres que lo haga yo… —hizo un gesto para coger la caja.
—¡Aparta esas manitas esmirriadas y tápate esa sonrisilla de demonio listillo! Ten un poco de respeto —refunfuñó el hombre, empecinado en proteger su orgullo, mientras el niño se reía a escondidas.
Lao estuvo un par de minutos más indagando con la caja, no se iba a rendir aunque tuviera que pasarse toda la noche así. Pero entonces, volvió a recordar lo que Neuval le había dicho. No tenía que usar las manos, ni meter ningún otro objeto por ese agujerito. Pero ese agujerito estaba ahí por algo, y solían estar hechos para meter cosas. Si no podía meter un objeto extra y sólo podía valerse de su propio cuerpo y de las propias piezas de la caja…
Se le ocurrió una idea de repente. No estaba muy seguro, pero… Se llevó esa esquina de la caja a los labios, y sopló con fuerza dentro del agujerito. ¡Clac! Los cuatro palitos metálicos incrustados en la cara superior sobresalieron hasta la mitad. Lao miró al niño. Este seguía sonriéndole.
Creyó que ya lo tendría, que la octava y última apertura estaría chupada, pero estuvo intentándolo durante otros cinco minutos. Ya estaba desesperado.
—Se supone que la gente se toma su tiempo para resolver estos puzles, ¿no? Suelen llevar unas horas a veces. ¿Por qué te desesperas ya en unos pocos minutos?
—Porque sólo a los humanos les llevaría esas horitas que dices, pero yo soy un iris y además ingeniero, y debería saber resolverlo en cuestión de minutos —gruñó.
—Rompecabezas diseñados por humanos, quizá. Pero ¿habías hecho alguna vez un rompecabezas diseñado por otro iris?
—Tú aún no eres un iris. No uno oficial ni estabilizado. Los iris desarrollamos nuestra superior fuerza, agilidad e inteligencia después del entrenamiento.
—Oh… ¿Entonces yo podría haber hecho esta caja igual aunque no fuera un iris? Mi hermana me decía que ya desde pequeño era más listo que los demás.
—Da igual, sigue siendo un rompecabezas diseñado por un mocoso de 10 años, y yo con 32 años ¡no logro resolverlo! Hay cuatro palos de metal que han sobresalido de la superficie de la cara superior, pero sólo hasta la mitad, y están clavados de forma oblicua. No los puedo sacar, ni siquiera mover, ni volver a meterlos, ni reaccionan a diferentes posiciones y mecanismos de la caja… ¡Hasta les he soplado encima, por si acaso volvía a funcionar con estos trucos mágicos tuyos!
Neuval negó con la cabeza, viendo que este tipo era muy maduro y sabio para muchas cosas, pero se comportaba como un crío impaciente y orgulloso con estas cosas en concreto. Le quitó la caja, la sostuvo bocabajo a la altura del pecho, con los palitos hacia abajo, y la dejó caer al suelo.
—¡Eh, ¿por qué la rompes?! —se escandalizó Lao.
Pero se dio cuenta de que la caja hizo, más bien, un pequeño rebote. Ahora lo comprendió. Esos palos de metal clavados en oblicuo ejercieron como una especie de resorte ante el impacto. Y el compartimento secreto de la cara inferior, último que debía ser abierto, se abrió, y descubrió las semillas de manzana que Neuval había guardado dentro.
—Carajos… —murmuró Lao, sin salir de su asombro.
—Lo divertido de estos puzles es jugar un poco con las leyes de la Física —dijo Neuval, volviendo a sentarse en su silla, y se puso a juguetear con uno de los largos mechones de su cabello—. El uso de herramientas y piezas sólidas siempre es muy evidente. Pero el aire también es una materia, y puede ejercer una fuerza de presión y mover cosas. Y la atracción de la gravedad también es una fuerza que siempre damos por sentada, pero se puede usar y aprovechar también.
—Al final eran unas aperturas muy absurdas y simples —suspiró Lao, derrotado.
—Nunca se trató de hacer difícil activar esas aperturas, sino de hacer diferente el modo de pensarlas. Mucha gente está acostumbrada a pensar en línea recta. A mí… me gusta desviarme.
Una vez más, Lao observó al muchacho con una admiración que nunca había sentido con nadie. Excepto con una persona, quizá. No sabía por qué, este muchacho le recordaba un poco a Alvion. No se trataba de la inteligencia en sí, sino de pensar diferente a los demás. Ver otros caminos que los demás no saben, no pueden o no quieren plantearse. Miró de nuevo los garabatos del muro. Seguramente, resolver ese mega cubo de Rubik acabaría siendo, igual que el cubo normal, algo fácil, una vez que se averiguara la lógica o el truco. Pero el niño no buscaba crear un cubo de Rubik imposible de resolver. Tan sólo, crear algo diferente. No importaba si era difícil o sencillo. Simplemente, algo nuevo que no existía antes.
—Veo que ya te invade el sueño —comentó Lao, observando cómo al niño se le cerraban un poco los ojos, cómodamente sentado en su silla con la calidez de su sudadera nueva y sus zapatillas nuevas, y el estómago lleno.
—Sí… Hacía tiempo que no me sentía tan relajado. Puedes volver ya a casa con tu familia, no hace falta que te quedes más conmigo. Me acostaré en breves, así que no te preocupes.
—¿Quieres pasar otra noche más aquí, en este callejón?
—Claro. ¿Qué otra opción tengo? No me digas que me vaya a otro callejón mejor, porque he comprobado que este es el más tranquilo y seguro de la zona.
Lao se lo quedó mirando en silencio. Obviamente no se refería a sugerirle pasar la noche en otro callejón. A Lao le gustaría darle una cama de verdad y un techo esa noche. Pero sabía que el niño no lo iba a aceptar. Ya le había costado aceptar unas zapatillas y unas empanadillas… Le incomodaba que le dieran tantos regalos y amabilidades de golpe. Lao eso lo entendía. De niño le pasaba lo mismo.
—Gracias por todo esto —comentó el niño—. Es… lo mejor que ha hecho alguien por mí en toda mi vida… aparte de mi hermana, claro. Sólo ella me cuidaba y se preocupaba por mí de esa manera.
—¿Quieres que vuelva mañana a verte?
Neuval se encogió de hombros, le daba vergüenza decirle que sí quería porque entonces se sentiría como un niño caprichoso.
—Mañana pasaremos el día entero juntos, ¿de acuerdo? Me gustaría enseñarte la ciudad, sus gentes y costumbres. Y sus peligros, claro. Creo que es necesario. Me quedaré más tranquilo si aprendes cómo moverte por aquí adecuadamente, si tienes intención de quedarte a vivir aquí. —Neuval asintió en silencio, conforme—. Igualmente, pasado mañana es domingo y no tengo trabajo. Pasaré la tarde de ocio con mi familia como cada domingo. Pero por la mañana puedo estar contigo, si quieres. Podemos dar una vuelta por el puerto, conmigo estarías seguro, y podríamos ver algo de ropa para comprarte.
—No hace falta que lo ocultes —le dijo el niño—. Sé que no quieres dejarme mucho tiempo solo, por si mi iris o como se llame se descontrola o pasa algo malo.
—Pero eso no lo oculto. Eso es evidente. Sólo decía que, mientras me preocupo por el estado de tu iris, podemos dar un paseo mañana y pasado mañana. Para que salgas un poco de aquí, pero de forma segura, claro, acompañado por mí. Porque ya he visto que cinco pasatiempos que mantendrían ocupada a una persona normal durante cinco días al menos, a ti sólo te mantiene ocupado una hora y cincuenta y dos minutos.
—Heheh…
—Bueno —se desperezó y se levantó de su silla—. Te dejo descansar, Neu. ¿Te puedo llamar así? ¿Es correcta esta abreviatura?
—Monique también me llamaba así —sonrió—. ¿Cómo debo llamarte a ti? ¿Kei Lian Lao es el nombre entero? ¿Es una palabra entera? ¿Cuál es el apellido?
—Puedes llamarme como te sea más cómodo. Por mi nombre, Kei Lian, o por mi apellido, Lao. Como prefieras. Y puedes quedarte con la silla. Lo demás me lo llevo de vuelta —se agachó para ir recogiendo los bidones de agua vacíos, el trapo, el bote de jabón, el barreño vacío, la cazuela, los cuencos…
—¡Espera! —el niño se agachó frente a él—. Debo hacerlo yo. Tú lo has traído y preparado todo.
Lao lo observó en silencio un rato, mientras el muchacho lo recogía todo él solo y lo metía en la maleta grande. Le robó una sonrisa. Ese niño irradiaba una luz inmensa ahora mismo. Había una bondad increíble dentro de él. Es solo que el mundo y la vida no se lo estaban poniendo nada fácil para sacarla afuera más a menudo.
—Muchas gracias —le dijo Lao cuando el otro terminó de recoger—. ¿La sudadera te calienta lo suficiente? Esta noche está más fría que las anteriores.
—Suelo meterme hojas de periódico dentro de la ropa, pero desde luego la sudadera me salva mucho del frío. Y con calcetines y zapatillas, aún más.
—Aun así —Lao juntó las manos, y cuando su ojo izquierdo brilló de una luz roja, se formó una llama anaranjada flotando entre sus manos.
—¡Oh!
—Te dejaré aquí junto al cartón esta llama —la dejó flotando sobre el suelo al lado del cartón, pero lo suficientemente separado para que no quemara nada por accidente—. Te dará calor durante la noche y una luz suave. La mantendré viva hasta mañana.
—¿Cómo la mantienes?
—Con mi mente.
—¿Incluso a distancia?
—¿Con mi nivel? Es pan comido.
Neuval contempló a Lao con cara de gran admiración. Cada minuto que pasaba con él, le parecía un tipo cada vez más increíble. Y bueno.
Poco después, cuando ya se habían despedido y Lao ya se había marchado, no sin antes recordarle que tuviera la navaja a mano por si alguien indeseable entraba en el callejón y tenía que defenderse, Neuval se tumbó bocabajo sobre su cartón con la barbilla apoyada en las manos, sin poder dejar de contemplar esa llama que flotaba a pocos centímetros del suelo cerca de él. Era como tener una lamparita o una pequeña hoguera agradable al lado. No podía despegarse esa sonrisa de la cara. Hasta que cayó dormido. Y vinieron una vez más las pesadillas habituales.
Al día siguiente, el hombre y el niño volvieron a verse. Tal como quedaron, Lao lo vino a buscar al callejón, trayendo además el desayuno, y después se fueron a pasear por las calles.
Lao quería enseñarle a moverse por la ciudad de manera segura si tenía intención de quedarse en ella. Ese día, Neuval estuvo muy callado todo el tiempo, siempre pegado a Lao. Sólo miraba y escuchaba y se dejaba llevar por él. Lao no sabía decir si era porque el niño era muy aplicado a la hora de aprender bien los lugares, las gentes y las costumbres, o porque estaba desanimado, triste o se sentía tímido. Aun así, Lao intentó explicarle también algunas cosas más sobre los iris y la Asociación.
En este tema, el niño mostró algo más de interés e hizo algunas preguntas, pero mucho menos de lo que Lao esperaba. Le daba la sensación de que el muchacho aún no estaba muy convencido con lo de la Asociación y aún no se decidía si quería ir al Monte Zou por voluntad propia o no. Era como si la mitad de él la viera como una idea muy buena y lógica, la vía segura que le cambiaría la vida a mejor, y en cambio su otra mitad sintiera una especie de rechazo por ese lugar lleno de normas, órdenes que cumplir y responsabilidades.
Pero entonces, Lao descubrió cuál era la principal razón cuando Neuval le hizo una pregunta inesperada, mientras caminaban por un puente que cruzaba la bahía.
—Si voy a ese lugar, ¿significa que estaré un año entero sin verte?
Lao era un iris experto y sabía detectar perfectamente los sentimientos de los demás. Le conmovía saber que el niño no sólo ya confiaba bastante en él, sino que también le estaba cogiendo cariño, el mismo que Lao ya le tenía desde que lo encontró.
—Qué va —sonrió el hombre—. Te puedo ir a visitar a menudo.
—¿Tienes suficiente dinero para tantos billetes de avión?
—No hace ninguna falta. Los iris de cada país disponemos de varios aeródromos secretos situados cerca de las ciudades principales. Hong Kong tiene uno muy cerca de aquí, justo al otro lado de las montañas —le señaló dichas verdosas ondulaciones asomando a lo lejos detrás de los edificios de la ciudad costera—. Normalmente hay que reservar los aviones o los jets con antelación para que los iris podamos usarlos con orden. Pero yo dispongo de mi propio jet. Porque lo construí yo solito, con mis propias manos. Es mi vehículo propio.
—¿¡Construiste un jet tú solo!? —exclamó Neuval tan fuerte que Lao se dio un pequeño susto.
Pero luego el hombre sonrió. Quizá fuera por la intensa mirada de ojos abiertos como platos brillando de suma admiración y asombro, que parecía que a Neuval se le iban a salir de las cuencas y se le iba a desencajar la mandíbula, pero Lao se sintió henchido de orgullo por cómo ese niño lo contemplaba. Y mucho más cuando, a partir de ahí, el muchacho no paró de preguntarle por las piezas, los propulsores, el mecanismo… y el modo de juntarlo todo. Sin embargo, algo tuvo que admitir Lao, y es que, en definitiva, no estaba con un niño normal, cuando dicho niño le demostró comprender a la perfección cómo construir una aeronave y además comentándole alguna que otra mejora o innovación.»
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