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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









81.
La fiesta de Yako

Cleven, cruzando curiosa el jardín, observó con la escasa luz de las farolas que estaba plagado de plantas de mil tipos. Algunas tenían flores enormes y muy raras a pesar de estar en pleno invierno. Otras, tenían hojas de color morado, o azul.

Había unas en particular que llamaron su atención. Estaban por todo el perímetro del jardín, repartidas ordenadamente a la misma distancia. Eran unos arbolillos que no alcanzaban más de tres metros, los cuales, en lugar de un tronco, tenían tres, de color rojo y entrelazados casi como una trenza, y sus ramas superiores adelgazaban y se multiplicaban cuanto más ascendían, de modo que al final formaban como un amasijo de filamentos. Lo más extraño es que no tenía hojas. De las puntas de las ramas crecía una especie de algodón vaporoso de color rosado. Cleven pensó que, si eso no era algodón de azúcar, era lo más parecido que había visto nunca.

Yako los estaba esperando en la puerta del chalet, desde la que se oía una música alta y muchas voces. Yako le dio unas palmaditas a Raijin en el hombro mientras este pasaba directamente adentro, y aguardó ahí hasta que llegó Cleven, y se metió con ella en la casa.

«¡Qué fiestorro!» se sorprendió Cleven nada más poner un pie dentro. «¡Y qué casaza!» añadió. La casa era una tradicional japonesa, de las antiguas, pero reformada de menara moderna. El interior era muy espacioso, apenas había tabiques separando las diferentes zonas, por lo que, a pesar de toda la gente que había, no era agobiante y uno se podía mover cómodamente de un lado a otro. Cleven se tomó un par de minutos para analizarlo todo, y observó que todo el mundo allí, formando grupitos de conversación por distintos lugares, sentados en los sofás, butacas y sillas con vasos de bebida en mano, eran universitarios.

—Yako —lo agarró del brazo, mirándolo preocupada—. ¿Soy la única bebé de aquí?

—¿Bebé?

—¿Hay alguien más de mi edad?

—Bueno… algunos aquí tienen 18, suelen ser los de primer año de universidad que se cuelan en las fiestas de los que somos de tercero. No me molesta, ya que aquí sólo puede entrar buena gente…

—Yako —lo interrumpió, sacudiendo la cabeza un momento, empezando a darse cuenta de que no le encajaba algo—. ¿Por qué me has invitado?

—Eres mi amiga.

—Nos hemos conocido hace menos de una semana.

—Y tenemos una química estupenda —sonrió.

Cleven se sonrojó al oírle decir eso y al ver esa sonrisa tan bonita.

—Lo sé, pero… Es un poco raro, no sé, debo de parecer un bebé a ojos de toda esta gente.

—Tampoco estás tan distanciada de los de 18.

—¿Por qué no has invitado a más gente de mi edad?

—Lo habría hecho, pero Sammy tenía otra fiesta hoy en otra parte. Y Kyo y Drasik me dijeron que tenían un asunto pendiente en el laboratorio…

—¿Laboratorio? ¿Qué…? —Cleven estaba confusa—. Espera, ¿tienes relación con Kyosuke y con ese loco de Drasik?

—Bueno… son clientes habituales de la cafetería.

—Ah…

—Escucha, Cleven —le posó las manos sobre los hombros y la miró con otra de sus cálidas sonrisas—. No te sientas cohibida aquí. Nadie te va a mirar ni a tratar como si fueras un bebé. Disfruta, explora la casa si quieres, o quédate cerca de mí si así te sientes más segura. Pero te prometo que aquí hay gente buena.

—¿Es que conoces al centenar de personas que hay aquí?

—No a todos. Pero, como ya te he dicho, en esta casa sólo pueden entrar buenas personas.

Cleven siguió sin entender eso. Pero porque creía que Yako hablaba de “poder” como “permiso”, cuando en realidad hablaba de “poder” como “capacidad”. Ni un solo ser vivo que poseyera mala energía o energía Yin por encima del límite aceptable podía físicamente entrar en la morada de un Zou.

Los arbolillos que Cleven había visto antes por el jardín eran los encargados de esto. Se llamaban storditori, o así los había bautizado Yako, del italiano “aturdidores”, ya que era una especie única de planta que el propio Yako había creado, algo común en su familia. Todos los Zou eran soberanamente inteligentes. De hecho, eran los seres más inteligentes que vivían en la Tierra. Pero el campo donde eran los mayores expertos del mundo era el campo de la química, sobre todo directamente relacionada con las plantas y todo el reino vegetal. Se podía decir que la química era la ciencia de los Zou, pero la botánica era su pasión. Y cada generación Zou había creado algo nuevo, único y propio, ya bien fuera una nueva especie de planta, ya bien fuera una medicina o compuesto químico que creaba efectos especiales.

Yako había juntado ambas cosas en los storditori. La función especial que tenían estos arbolillos era su capacidad de sentir o detectar la energía Yin dentro de cualquier persona que estuviera o pasara cerca de ellos. Si detectaban una energía Yin por encima del límite aceptable, sus algodones vaporosos comenzaban a deshacerse sutilmente, soltando sus finos hilos al aire, que se deshacían en minúsculas partículas. Si una buena persona los inhalaba, no le pasaba nada, pero cuando la mala persona los respiraba, de inmediato sentía un fuerte mareo, y comenzaba a tener náuseas y a vomitar. A veces, en los casos donde la persona se trataba de alguien realmente malo, se le sumaba una diarrea instantánea incontrolable. Y así, la persona indeseada se veía obligada a marcharse corriendo, descubriendo que cuanto más se alejaba de la casa de Yako, mejor se sentía. Y así no volvía.

De hecho, este mecanismo de seguridad hizo su labor esa misma noche. Había un par de chicas universitarias entrando por la verja en ese momento. Venían ya con una actitud problemática.

—Ya verás… Yassuf se va a arrepentir de haber cortado conmigo.

—Total, tía.

—Y encima se creerá importante porque el mismísimo Angelo Moretti lo ha invitado a su fiesta… ¿Se cree con derecho a pasárselo bien en fiestas después de dejarme? ¿Se puede ser más cabrón y rastrero?

—Mazo, tía.

—Tía, ya sabes lo que tienes que hacer. Cuando esté discutiendo con él, gritas superfuerte y le dices a todo el mundo que lo has visto pegarme y que lo has oído amenazarme…

—Ya verás, tía, ese cretino se va a cagar cuando lo acusemos de agresor…

—¡Hahaha! Y con suerte hasta lo pueden expulsar de la universi-… ¡buaaagh! —vomitó de repente.

—¡Pero tía! —brincó la otra con gran pasmo—. ¿¡Qué te pasa!? ¿¡Por qué vomi-…!? ¡Buaaargh! —vomitó ella también.

Las dos arpías sintieron fuertes mareos y no paraban de dar arcadas vacías después de haber vomitado. Entraron en pánico, porque una reacción del cuerpo así de repentina e intensa asustaría a cualquiera. Temerosas de ser vistas en esa situación tan embarazosa, cambiaron de idea y se largaron de allí corriendo.

Lo bueno que tenía esto, es que el vómito era abono para el césped. Por muy asqueroso que pudiera parecer, Yako ya había utilizado un compuesto químico especial por toda la tierra y césped de su jardín que hacía que el suelo absorbiera en cuestión de segundos estos desechos desagradables y volvían a dejar el césped limpio. Y así, este suceso quedaba como si no hubiera pasado.

Yako había acompañado a Cleven a la cocina para servirle una bebida. Como se esperaba, la cocina también era grande, alargada. Cleven se sentó en un taburete de la isla del centro mientras Yako acercaba unos vasos y unas botellas de refresco, unas frutas y unos frascos con contenido extraño. En la cocina también había gente charlando o pasando por ahí. Muchos venían y le daban unas palmaditas a Yako en el hombro como saludo.

Cleven no podía hacer más que admirar cómo la gente adoraba a Yako. Era como un sol, iluminando los lugares y a las personas de su alrededor, con su incansable sonrisa perfecta. Cleven había visto sonrisas falsas miles de veces y tenía un don para identificarlas con facilidad. Pero la de Yako era real. Y esto fascinaba a Cleven y a la vez le era algo difícil de entender. Un simple ser humano no podía ser tan genuinamente bueno todo el tiempo, incluso los más amables a veces se cansaban y la sonrisa pasaba a ser fingida, aunque con buena intención. Pero Yako nunca parecía necesitar hacer eso, fingir, hacer un esfuerzo, para agradar a los demás, para caer bien a los demás. Era algo totalmente natural en él. Tanto, que no parecía humano.

En ese momento, Yako terminó de prepararle a Cleven una bebida especial en un vaso grande. Ella miró el líquido gaseoso entre los hielos. Era un líquido de varios colores que insólitamente no se mezclaban. Cleven nunca había visto una bebida tan bonita.

—¿No será radiactiva? —le preguntó a Yako.

—¡Hahah…! ¡No! De hecho, es absolutamente sana e inofensiva. Es un invento mío. Una mezcla de gaseosa sin azúcar con varias sustancias naturales que producen estos colores. Cada color tiene un sabor diferente.

—¿¡Eh!?

—Suaves, intensos, dulces, ácidos… un poco de todo. No sé si la has llegado a ver estos días en la cafetería, pero es muy popular, la piden muchos clientes. Yo la llamo “soda irisada” pero la gente directamente la pide como “irisada”.

—No sabía que te gustase hacer experimentos raros de comidas y bebidas. ¡Qué pasada! ¿Y las grandes corporaciones no quieren comprarte la fórmula de tu soda mágica?

—¿Para que la modifiquen y la intoxiquen con aditivos adictivos, azúcares nocivos y cancerígenos? Nah… yo soy diferente a las corporaciones, a mí me caen bien los humanos.

—¡Hahah…! Qué cosas tan raras dices —se rio Cleven—. ¿Y qué alcohol lleva?

—Ninguno —sonrió Yako felizmente.

—¡Yakooo! —berreó, agarrándolo de la camiseta—. ¡Me dijiste que me dejarías beber un poquitooo!

—Ay… bueeeno —cedió el chico a duras penas—. Pero un poco —cogió una botella de ron y le echó un chorro—. El ron es lo que más le pega.

—No te preocupes por mí, Yako, porque nunca alcanzo a beber más de dos copas, mi límite está ahí. Más allá de eso, como que me empacho.

Lo que Cleven se estaba olvidando de explicarle es que no podía beber más de dos copas porque ya con una se emborrachaba, lo que para otras personas sería con cuatro o más copas. Ella tenía la realidad un poco distorsionada sobre este tema y creía que tenía más aguante de lo que en verdad tenía. Y lo que ella recordaba como un “empacho” era en realidad una buena cogorza.

—¡Guaaauuu! —exclamó Cleven tras probar la bebida con una pajita, y miró alucinada tanto a Yako como al vaso—. ¡Es como… como si notaras el paso de cada sabor! He notado sabor a manzana, luego cereza, luego de cola, y luego lima. ¡Y no se mezclaban! ¡Notas cada sabor por separado! Yako, ¿por qué estás estudiando Derecho? Con las maravillas deliciosas que ya sirves en tu cafetería, tienes el éxito asegurado.

—Oh, bueno, lo de la cocina y la cafetería sólo es un hobby.

—Entonces, ¿quieres ser abogado o algo así?

—Quiero ser juez. De la Corte Suprema.

Cleven se quedó asombrada.

—¿De… Japón?

—En principio, sí, ya que estoy estudiando aquí el Derecho japonés. Pero también estoy estudiando el Derecho chino, el estadounidense, y las leyes generales europeas. Con el tiempo, crearé una iniciativa unificada que no sólo trate los derechos humanos universales, sino también que unifique las leyes en temas de crimen y corrupción, ya que hoy en día cada país tiene sus propias leyes distintas y por eso el sistema judicial en general de todo el mundo es tan patéticamente inútil, y en lugar de arreglar las grietas de la sociedad humana, solamente va poniendo parches y cinta adhesiva que con el tiempo se rompen y se despegan. En un futuro, este sistema unificado me permitirá ejercer justicia en diferentes continentes, enseñar a los humanos a seguir más a la lógica y menos al dinero y trabajar con ellos codo con codo como el equipo unido que todos debemos formar.

Cleven, que se había quedado con una mueca cada vez más torcida y atontada, le colgaba la pajita de los labios. Tardó un par de minutos en procesar toda esa información.

—Perdona… —se rio Yako—. Sé que es algo complicado de entender y lo he resumido muy rápido, seguro que te he aburrido…

—No… para nada… —contestó Cleven, y lo miró con cara muy pensativa—. De hecho, lo he entendido bien. Lo que pasa es que me estaba preguntando… ¿Qué pasa con el factor de la variabilidad y la invariabilidad humana?

—¿Cómo?

—Bueno, he notado que usas mucho el término “humanos”, y por eso, tu iniciativa me parece extraordinaria y genial, pero no puedes olvidar el factor de variabilidad y el factor de invariabilidad que tenemos los humanos, que son los que rigen las decisiones que llevan al mundo por un camino y no por otro. Ya sabes, los humanos padecemos la virtud del cambio, virtud cuando se trata de aprendizaje, y el defecto del cambio, defecto cuando se trata de corrupción. Y luego está lo que nunca podemos cambiar, lo invariable, que es el entendimiento auténtico, completo y real hacia otra persona, ya que existimos de forma individual.

»Tenemos mente, alma y cuerpo propio que no podemos compartir físicamente con los demás y por eso nunca podemos ponernos literalmente en la piel de los demás, sólo “imaginarlo”. Y ese entendimiento completo que no tenemos la capacidad de alcanzar es lo que se interpone entre el cambio hacia el aprendizaje y el cambio hacia la corrupción. Entonces, creo que esto es un bache que se interpondrá inevitablemente en tu plan. A no ser… que halles primero la manera de arreglar el factor de invariabilidad. Ya que es la primera clave para que sea posible esa cadena de resultados. El entendimiento empático definitivo llevará al aprendizaje y el aprendizaje llevará a la auténtica justicia incorruptible.

Cleven terminó de hablar y tomó otro sorbo de su bebida de sabores. Yako estaba sin habla. Tenía sus ojos ámbar abiertos como platos. No podía creerlo. «Lo que acaba de contarme…» pensó, entre emocionado y perplejo, «… es uno de los capítulos de La Energía Cambiante, ¡el libro que escribió mi bisabuelo Dorian! Es cierto… ella solía… de pequeña ella solía colarse en la biblioteca privada de mi familia… ¿Se acuerda? ¿¡Se acuerda de los libros prohibidos que leía!?».

—¡Cleven! —la agarró de los hombros, sobresaltándola, sin saber si sentirse ilusionado o preocupado—. ¿¡Lo recuerdas!?

—¿Eh?

—¿¡Recuerdas dónde leíste eso!? Lo que me acabas de explicar…

—¿Dónde lo leí? —repitió ella, confusa, y miró al techo, tratando de hacer memoria—. No… no sé… no recuerdo haber leído sobre… Es sólo algo que sé… algo que siempre he sabido… y… —cerró los ojos, sintiendo un pequeño dolor de cabeza—. Sólo es algo que forma parte de mí… —murmuró.

—¿Cleven?

La chica se frotó los ojos y volvió a abrirlos. Estaba un poco mareada. Parpadeó varias veces, como si acabara de despertar de un sueño.

—Uy… disculpa, Yako, creo que me he bebido tu soda mágica demasiado deprisa —dejó el vaso ya vacío sobre la isla—. Voy a comer algo para que se me pase un poco el efecto del ron. —Se bajó del taburete y cogió uno de los sándwiches que había en varias bandejas sobre las encimeras, y volvió con Yako, dándole un gran bocado al sándwich—. Mm… ¿De qué estábamos hablando? —preguntó con la boca llena.

Yako seguía ojiplático, pero esta vez con cara asustada. «Che pericolo! ¡Eso ha sido muy descuidado por mi parte!» pensó. «Creo que casi me cargo su memoria… No debí incitarla a recordar dónde lo leyó. Ha tenido un pequeño lapsus. Sé que esto puede pasar con la Técnica de Denzel, pero… qué extraño… Se supone que Fuujin le borró la memoria y le salió bien el proceso. Y, aun así, ¿cómo ha podido Cleven recordar con tanta perfección aquel análisis sobre el que escribió mi bisabuelo? Creo que hablarle sobre mi proyecto del futuro ha podido despertar ese recuerdo en ella. Solo que ahora parece haberlo olvidado de nuevo». El chico disimuló y fue a servirle un vaso de agua a Cleven para que pudiera tragar toda esa comida que engullía como un pato. «Lo más sorprendente… es que lo que me ha dicho tiene razón».

—Uf, gracias —le dijo Cleven cuando por fin pudo tragar la bola de comida tras beber un poco de agua—. De verdad, Yako, creo que al final tus bebidas y comidas son un peligro. Entre tu irisada y el relleno de estos sándwiches, ¡casi me olvido de respirar! ¡Qué buenos, mon Dieu! —exclamó, alzando el quinto sándwich que tenía en la mano, y luego se lo llevó entero a la boca. Se atragantó otra vez. Volvió a beber agua.

—Hey… —se percató Yako, y la miró extrañado—. Esta noche estás engullendo la comida más salvajemente de lo normal.

—¿Ehm? ¿A gué te feffiebes? —preguntó con la boca llena.

—Normalmente comes engullendo como un pato, pero ahora pareces, más bien… una anaconda —inquirió el chico.

Cleven no sabía si sonrojarse de bochorno, porque Yako describía su manera animalesca de comer como si ya lo considerase algo natural en ella.

—¿Sigues estando nerviosa? ¿Por este ambiente? ¿Por la edad de los demás?

—¿Eh? Eh… ¡No, no! No es por eso… —se sonrojó, un poco avergonzada—. No estoy nerviosa, estoy bien.

«Hmmm…» Yako activó su capacidad suprema innata de Zou de análisis psicológico, y entornó los ojos con suspicacia.

—Oye… mmm… —preguntó con cuidado—. ¿Pasó algo antes en la orilla del estanque… con Raijin?

—¡Ahhhh! —Cleven dio un respingo mortífero y se quedó más tiesa y más roja que un semáforo.

—Espera, espera… —empezó a entender Yako, y le creció una sonrisa muy entusiasmada—. Cuéntamelo… ¿Notaste algo en él? ¿Es eso? ¿Lo notaste?

—Ahm… eh… bueno, yo…

—Oh, ¡vamos! ¡Puedes contármelo a mí! —insistió Yako.

A Cleven no le sorprendía que Yako a estas alturas ya supiese qué sentimientos tenía ella por Raijin, lo que le sorprendía era que se mostrase tan ilusionado al respecto. «Oh, caray… Debe de ser que Raijin lleva mucho tiempo solo, y Yako sólo quiere verlo feliz con alguien. ¿Yako cree que yo podría ser buena para Raijin? ¿Le entusiasma la idea de que Raijin y yo estemos juntos?». A Cleven se le iluminaron los ojos de emoción, porque eso era como tener la aprobación de Yako, y tener la aprobación de Yako, la persona que mejor conocía a Raijin en el mundo entero, significaba muchísimo.

—Bu-bueno, sí, la verdad… —titubeó Cleven, con una sonrisilla vergonzosa y mirando a la encimera, recordando el beso—. La verdad es que ocurrió algo… diferente… Es decir, algo que no me pareció como el Raijin de siempre… algo muy cercano… una conexión sin igual que no sé explicar…

—¡Wow! —brincó Yako, la mar de contento—. ¿Con conexión te refieres… ya sabes… a que notas algo muy importante dentro de él… una verdad deseando salir a la luz?

«¿Se refiere a la tristeza y a los sentimientos por Yue con los que Raijin lleva tanto tiempo cargando, y ocultando dentro de él? ¿Y que tiene sentimientos por mí? ¡Sin duda!» pensó Cleven.

—¡Sí, es justo como dices! —afirmó ella—. Pero creo que… siento como que esa verdad ya está asomando, cerca de la superficie… No he logrado que Raijin saque sus secretos afuera, pero en el estanque sí que me mostró gran parte, y creo que estoy a punto de descubrir ese último misterio que me oculta. Tengo mis sospechas cada vez más sólidas, y sólo me queda averiguar ese misterio que falta.

«Raijin tendrá que revelármelo tarde o temprano, tendrá que decirme la verdad y qué es lo que siente realmente por mí» suspiró Cleven para sus adentros.

—Oh, Cleven… ¡No sabes la alegría que me da escuchar esto! —la abrazó de repente, y ella volvió a sonrojarse por lo inesperado que fue—. No sabes lo mucho que deseo esto para Raijin. Y para ti.

—¿De verdad? —lo miró asombrada.

—Os lo merecéis. Pero no te preocupes, no voy a meterme mucho en el medio, no quiero estropear nada. Quiero que puedas descubrir esa verdad de Raijin por ti misma, de forma natural.

—Sí, que él me lo confirme de una vez. Y así yo pueda confirmárselo a él.

—¡Exacto!

Ahora Cleven estaba más entusiasmada que nunca. Con las palabras de aliento de Yako, sabía que tenía que buscar a Raijin ahora y hablar con él ahora. Sin embargo, fue levantarse del taburete, y el susodicho apareció en ese instante entrando en la cocina. Pero Raijin, el verlos ahí en la isla central, primero se paró en seco; se mostró tenso; trató de disimular normalidad y se fue directo a una de las encimeras de una esquina, en la parte más al fondo de la cocina alargada, ignorándolos. Tanto Cleven como Yako observaron cómo Raijin cogía una botella de vodka, llenó un vaso hasta arriba y se lo bebió entero. Y después, volvió a llenarlo de vodka hasta arriba.

—Aeh… disculpa un momento, Cleven —le dijo Yako, y se dirigió allá donde estaba Raijin.

Ella asintió y volvió a sentarse en su taburete, pues le volvieron a surgir las dudas sobre si era buen momento o no de hablar con él, tras ver a Raijin en ese estado tan impropio. Pensó que quizá Yako podía ayudar a suavizar la situación.









81.
La fiesta de Yako

Cleven, cruzando curiosa el jardín, observó con la escasa luz de las farolas que estaba plagado de plantas de mil tipos. Algunas tenían flores enormes y muy raras a pesar de estar en pleno invierno. Otras, tenían hojas de color morado, o azul.

Había unas en particular que llamaron su atención. Estaban por todo el perímetro del jardín, repartidas ordenadamente a la misma distancia. Eran unos arbolillos que no alcanzaban más de tres metros, los cuales, en lugar de un tronco, tenían tres, de color rojo y entrelazados casi como una trenza, y sus ramas superiores adelgazaban y se multiplicaban cuanto más ascendían, de modo que al final formaban como un amasijo de filamentos. Lo más extraño es que no tenía hojas. De las puntas de las ramas crecía una especie de algodón vaporoso de color rosado. Cleven pensó que, si eso no era algodón de azúcar, era lo más parecido que había visto nunca.

Yako los estaba esperando en la puerta del chalet, desde la que se oía una música alta y muchas voces. Yako le dio unas palmaditas a Raijin en el hombro mientras este pasaba directamente adentro, y aguardó ahí hasta que llegó Cleven, y se metió con ella en la casa.

«¡Qué fiestorro!» se sorprendió Cleven nada más poner un pie dentro. «¡Y qué casaza!» añadió. La casa era una tradicional japonesa, de las antiguas, pero reformada de menara moderna. El interior era muy espacioso, apenas había tabiques separando las diferentes zonas, por lo que, a pesar de toda la gente que había, no era agobiante y uno se podía mover cómodamente de un lado a otro. Cleven se tomó un par de minutos para analizarlo todo, y observó que todo el mundo allí, formando grupitos de conversación por distintos lugares, sentados en los sofás, butacas y sillas con vasos de bebida en mano, eran universitarios.

—Yako —lo agarró del brazo, mirándolo preocupada—. ¿Soy la única bebé de aquí?

—¿Bebé?

—¿Hay alguien más de mi edad?

—Bueno… algunos aquí tienen 18, suelen ser los de primer año de universidad que se cuelan en las fiestas de los que somos de tercero. No me molesta, ya que aquí sólo puede entrar buena gente…

—Yako —lo interrumpió, sacudiendo la cabeza un momento, empezando a darse cuenta de que no le encajaba algo—. ¿Por qué me has invitado?

—Eres mi amiga.

—Nos hemos conocido hace menos de una semana.

—Y tenemos una química estupenda —sonrió.

Cleven se sonrojó al oírle decir eso y al ver esa sonrisa tan bonita.

—Lo sé, pero… Es un poco raro, no sé, debo de parecer un bebé a ojos de toda esta gente.

—Tampoco estás tan distanciada de los de 18.

—¿Por qué no has invitado a más gente de mi edad?

—Lo habría hecho, pero Sammy tenía otra fiesta hoy en otra parte. Y Kyo y Drasik me dijeron que tenían un asunto pendiente en el laboratorio…

—¿Laboratorio? ¿Qué…? —Cleven estaba confusa—. Espera, ¿tienes relación con Kyosuke y con ese loco de Drasik?

—Bueno… son clientes habituales de la cafetería.

—Ah…

—Escucha, Cleven —le posó las manos sobre los hombros y la miró con otra de sus cálidas sonrisas—. No te sientas cohibida aquí. Nadie te va a mirar ni a tratar como si fueras un bebé. Disfruta, explora la casa si quieres, o quédate cerca de mí si así te sientes más segura. Pero te prometo que aquí hay gente buena.

—¿Es que conoces al centenar de personas que hay aquí?

—No a todos. Pero, como ya te he dicho, en esta casa sólo pueden entrar buenas personas.

Cleven siguió sin entender eso. Pero porque creía que Yako hablaba de “poder” como “permiso”, cuando en realidad hablaba de “poder” como “capacidad”. Ni un solo ser vivo que poseyera mala energía o energía Yin por encima del límite aceptable podía físicamente entrar en la morada de un Zou.

Los arbolillos que Cleven había visto antes por el jardín eran los encargados de esto. Se llamaban storditori, o así los había bautizado Yako, del italiano “aturdidores”, ya que era una especie única de planta que el propio Yako había creado, algo común en su familia. Todos los Zou eran soberanamente inteligentes. De hecho, eran los seres más inteligentes que vivían en la Tierra. Pero el campo donde eran los mayores expertos del mundo era el campo de la química, sobre todo directamente relacionada con las plantas y todo el reino vegetal. Se podía decir que la química era la ciencia de los Zou, pero la botánica era su pasión. Y cada generación Zou había creado algo nuevo, único y propio, ya bien fuera una nueva especie de planta, ya bien fuera una medicina o compuesto químico que creaba efectos especiales.

Yako había juntado ambas cosas en los storditori. La función especial que tenían estos arbolillos era su capacidad de sentir o detectar la energía Yin dentro de cualquier persona que estuviera o pasara cerca de ellos. Si detectaban una energía Yin por encima del límite aceptable, sus algodones vaporosos comenzaban a deshacerse sutilmente, soltando sus finos hilos al aire, que se deshacían en minúsculas partículas. Si una buena persona los inhalaba, no le pasaba nada, pero cuando la mala persona los respiraba, de inmediato sentía un fuerte mareo, y comenzaba a tener náuseas y a vomitar. A veces, en los casos donde la persona se trataba de alguien realmente malo, se le sumaba una diarrea instantánea incontrolable. Y así, la persona indeseada se veía obligada a marcharse corriendo, descubriendo que cuanto más se alejaba de la casa de Yako, mejor se sentía. Y así no volvía.

De hecho, este mecanismo de seguridad hizo su labor esa misma noche. Había un par de chicas universitarias entrando por la verja en ese momento. Venían ya con una actitud problemática.

—Ya verás… Yassuf se va a arrepentir de haber cortado conmigo.

—Total, tía.

—Y encima se creerá importante porque el mismísimo Angelo Moretti lo ha invitado a su fiesta… ¿Se cree con derecho a pasárselo bien en fiestas después de dejarme? ¿Se puede ser más cabrón y rastrero?

—Mazo, tía.

—Tía, ya sabes lo que tienes que hacer. Cuando esté discutiendo con él, gritas superfuerte y le dices a todo el mundo que lo has visto pegarme y que lo has oído amenazarme…

—Ya verás, tía, ese cretino se va a cagar cuando lo acusemos de agresor…

—¡Hahaha! Y con suerte hasta lo pueden expulsar de la universi-… ¡buaaagh! —vomitó de repente.

—¡Pero tía! —brincó la otra con gran pasmo—. ¿¡Qué te pasa!? ¿¡Por qué vomi-…!? ¡Buaaargh! —vomitó ella también.

Las dos arpías sintieron fuertes mareos y no paraban de dar arcadas vacías después de haber vomitado. Entraron en pánico, porque una reacción del cuerpo así de repentina e intensa asustaría a cualquiera. Temerosas de ser vistas en esa situación tan embarazosa, cambiaron de idea y se largaron de allí corriendo.

Lo bueno que tenía esto, es que el vómito era abono para el césped. Por muy asqueroso que pudiera parecer, Yako ya había utilizado un compuesto químico especial por toda la tierra y césped de su jardín que hacía que el suelo absorbiera en cuestión de segundos estos desechos desagradables y volvían a dejar el césped limpio. Y así, este suceso quedaba como si no hubiera pasado.

Yako había acompañado a Cleven a la cocina para servirle una bebida. Como se esperaba, la cocina también era grande, alargada. Cleven se sentó en un taburete de la isla del centro mientras Yako acercaba unos vasos y unas botellas de refresco, unas frutas y unos frascos con contenido extraño. En la cocina también había gente charlando o pasando por ahí. Muchos venían y le daban unas palmaditas a Yako en el hombro como saludo.

Cleven no podía hacer más que admirar cómo la gente adoraba a Yako. Era como un sol, iluminando los lugares y a las personas de su alrededor, con su incansable sonrisa perfecta. Cleven había visto sonrisas falsas miles de veces y tenía un don para identificarlas con facilidad. Pero la de Yako era real. Y esto fascinaba a Cleven y a la vez le era algo difícil de entender. Un simple ser humano no podía ser tan genuinamente bueno todo el tiempo, incluso los más amables a veces se cansaban y la sonrisa pasaba a ser fingida, aunque con buena intención. Pero Yako nunca parecía necesitar hacer eso, fingir, hacer un esfuerzo, para agradar a los demás, para caer bien a los demás. Era algo totalmente natural en él. Tanto, que no parecía humano.

En ese momento, Yako terminó de prepararle a Cleven una bebida especial en un vaso grande. Ella miró el líquido gaseoso entre los hielos. Era un líquido de varios colores que insólitamente no se mezclaban. Cleven nunca había visto una bebida tan bonita.

—¿No será radiactiva? —le preguntó a Yako.

—¡Hahah…! ¡No! De hecho, es absolutamente sana e inofensiva. Es un invento mío. Una mezcla de gaseosa sin azúcar con varias sustancias naturales que producen estos colores. Cada color tiene un sabor diferente.

—¿¡Eh!?

—Suaves, intensos, dulces, ácidos… un poco de todo. No sé si la has llegado a ver estos días en la cafetería, pero es muy popular, la piden muchos clientes. Yo la llamo “soda irisada” pero la gente directamente la pide como “irisada”.

—No sabía que te gustase hacer experimentos raros de comidas y bebidas. ¡Qué pasada! ¿Y las grandes corporaciones no quieren comprarte la fórmula de tu soda mágica?

—¿Para que la modifiquen y la intoxiquen con aditivos adictivos, azúcares nocivos y cancerígenos? Nah… yo soy diferente a las corporaciones, a mí me caen bien los humanos.

—¡Hahah…! Qué cosas tan raras dices —se rio Cleven—. ¿Y qué alcohol lleva?

—Ninguno —sonrió Yako felizmente.

—¡Yakooo! —berreó, agarrándolo de la camiseta—. ¡Me dijiste que me dejarías beber un poquitooo!

—Ay… bueeeno —cedió el chico a duras penas—. Pero un poco —cogió una botella de ron y le echó un chorro—. El ron es lo que más le pega.

—No te preocupes por mí, Yako, porque nunca alcanzo a beber más de dos copas, mi límite está ahí. Más allá de eso, como que me empacho.

Lo que Cleven se estaba olvidando de explicarle es que no podía beber más de dos copas porque ya con una se emborrachaba, lo que para otras personas sería con cuatro o más copas. Ella tenía la realidad un poco distorsionada sobre este tema y creía que tenía más aguante de lo que en verdad tenía. Y lo que ella recordaba como un “empacho” era en realidad una buena cogorza.

—¡Guaaauuu! —exclamó Cleven tras probar la bebida con una pajita, y miró alucinada tanto a Yako como al vaso—. ¡Es como… como si notaras el paso de cada sabor! He notado sabor a manzana, luego cereza, luego de cola, y luego lima. ¡Y no se mezclaban! ¡Notas cada sabor por separado! Yako, ¿por qué estás estudiando Derecho? Con las maravillas deliciosas que ya sirves en tu cafetería, tienes el éxito asegurado.

—Oh, bueno, lo de la cocina y la cafetería sólo es un hobby.

—Entonces, ¿quieres ser abogado o algo así?

—Quiero ser juez. De la Corte Suprema.

Cleven se quedó asombrada.

—¿De… Japón?

—En principio, sí, ya que estoy estudiando aquí el Derecho japonés. Pero también estoy estudiando el Derecho chino, el estadounidense, y las leyes generales europeas. Con el tiempo, crearé una iniciativa unificada que no sólo trate los derechos humanos universales, sino también que unifique las leyes en temas de crimen y corrupción, ya que hoy en día cada país tiene sus propias leyes distintas y por eso el sistema judicial en general de todo el mundo es tan patéticamente inútil, y en lugar de arreglar las grietas de la sociedad humana, solamente va poniendo parches y cinta adhesiva que con el tiempo se rompen y se despegan. En un futuro, este sistema unificado me permitirá ejercer justicia en diferentes continentes, enseñar a los humanos a seguir más a la lógica y menos al dinero y trabajar con ellos codo con codo como el equipo unido que todos debemos formar.

Cleven, que se había quedado con una mueca cada vez más torcida y atontada, le colgaba la pajita de los labios. Tardó un par de minutos en procesar toda esa información.

—Perdona… —se rio Yako—. Sé que es algo complicado de entender y lo he resumido muy rápido, seguro que te he aburrido…

—No… para nada… —contestó Cleven, y lo miró con cara muy pensativa—. De hecho, lo he entendido bien. Lo que pasa es que me estaba preguntando… ¿Qué pasa con el factor de la variabilidad y la invariabilidad humana?

—¿Cómo?

—Bueno, he notado que usas mucho el término “humanos”, y por eso, tu iniciativa me parece extraordinaria y genial, pero no puedes olvidar el factor de variabilidad y el factor de invariabilidad que tenemos los humanos, que son los que rigen las decisiones que llevan al mundo por un camino y no por otro. Ya sabes, los humanos padecemos la virtud del cambio, virtud cuando se trata de aprendizaje, y el defecto del cambio, defecto cuando se trata de corrupción. Y luego está lo que nunca podemos cambiar, lo invariable, que es el entendimiento auténtico, completo y real hacia otra persona, ya que existimos de forma individual.

»Tenemos mente, alma y cuerpo propio que no podemos compartir físicamente con los demás y por eso nunca podemos ponernos literalmente en la piel de los demás, sólo “imaginarlo”. Y ese entendimiento completo que no tenemos la capacidad de alcanzar es lo que se interpone entre el cambio hacia el aprendizaje y el cambio hacia la corrupción. Entonces, creo que esto es un bache que se interpondrá inevitablemente en tu plan. A no ser… que halles primero la manera de arreglar el factor de invariabilidad. Ya que es la primera clave para que sea posible esa cadena de resultados. El entendimiento empático definitivo llevará al aprendizaje y el aprendizaje llevará a la auténtica justicia incorruptible.

Cleven terminó de hablar y tomó otro sorbo de su bebida de sabores. Yako estaba sin habla. Tenía sus ojos ámbar abiertos como platos. No podía creerlo. «Lo que acaba de contarme…» pensó, entre emocionado y perplejo, «… es uno de los capítulos de La Energía Cambiante, ¡el libro que escribió mi bisabuelo Dorian! Es cierto… ella solía… de pequeña ella solía colarse en la biblioteca privada de mi familia… ¿Se acuerda? ¿¡Se acuerda de los libros prohibidos que leía!?».

—¡Cleven! —la agarró de los hombros, sobresaltándola, sin saber si sentirse ilusionado o preocupado—. ¿¡Lo recuerdas!?

—¿Eh?

—¿¡Recuerdas dónde leíste eso!? Lo que me acabas de explicar…

—¿Dónde lo leí? —repitió ella, confusa, y miró al techo, tratando de hacer memoria—. No… no sé… no recuerdo haber leído sobre… Es sólo algo que sé… algo que siempre he sabido… y… —cerró los ojos, sintiendo un pequeño dolor de cabeza—. Sólo es algo que forma parte de mí… —murmuró.

—¿Cleven?

La chica se frotó los ojos y volvió a abrirlos. Estaba un poco mareada. Parpadeó varias veces, como si acabara de despertar de un sueño.

—Uy… disculpa, Yako, creo que me he bebido tu soda mágica demasiado deprisa —dejó el vaso ya vacío sobre la isla—. Voy a comer algo para que se me pase un poco el efecto del ron. —Se bajó del taburete y cogió uno de los sándwiches que había en varias bandejas sobre las encimeras, y volvió con Yako, dándole un gran bocado al sándwich—. Mm… ¿De qué estábamos hablando? —preguntó con la boca llena.

Yako seguía ojiplático, pero esta vez con cara asustada. «Che pericolo! ¡Eso ha sido muy descuidado por mi parte!» pensó. «Creo que casi me cargo su memoria… No debí incitarla a recordar dónde lo leyó. Ha tenido un pequeño lapsus. Sé que esto puede pasar con la Técnica de Denzel, pero… qué extraño… Se supone que Fuujin le borró la memoria y le salió bien el proceso. Y, aun así, ¿cómo ha podido Cleven recordar con tanta perfección aquel análisis sobre el que escribió mi bisabuelo? Creo que hablarle sobre mi proyecto del futuro ha podido despertar ese recuerdo en ella. Solo que ahora parece haberlo olvidado de nuevo». El chico disimuló y fue a servirle un vaso de agua a Cleven para que pudiera tragar toda esa comida que engullía como un pato. «Lo más sorprendente… es que lo que me ha dicho tiene razón».

—Uf, gracias —le dijo Cleven cuando por fin pudo tragar la bola de comida tras beber un poco de agua—. De verdad, Yako, creo que al final tus bebidas y comidas son un peligro. Entre tu irisada y el relleno de estos sándwiches, ¡casi me olvido de respirar! ¡Qué buenos, mon Dieu! —exclamó, alzando el quinto sándwich que tenía en la mano, y luego se lo llevó entero a la boca. Se atragantó otra vez. Volvió a beber agua.

—Hey… —se percató Yako, y la miró extrañado—. Esta noche estás engullendo la comida más salvajemente de lo normal.

—¿Ehm? ¿A gué te feffiebes? —preguntó con la boca llena.

—Normalmente comes engullendo como un pato, pero ahora pareces, más bien… una anaconda —inquirió el chico.

Cleven no sabía si sonrojarse de bochorno, porque Yako describía su manera animalesca de comer como si ya lo considerase algo natural en ella.

—¿Sigues estando nerviosa? ¿Por este ambiente? ¿Por la edad de los demás?

—¿Eh? Eh… ¡No, no! No es por eso… —se sonrojó, un poco avergonzada—. No estoy nerviosa, estoy bien.

«Hmmm…» Yako activó su capacidad suprema innata de Zou de análisis psicológico, y entornó los ojos con suspicacia.

—Oye… mmm… —preguntó con cuidado—. ¿Pasó algo antes en la orilla del estanque… con Raijin?

—¡Ahhhh! —Cleven dio un respingo mortífero y se quedó más tiesa y más roja que un semáforo.

—Espera, espera… —empezó a entender Yako, y le creció una sonrisa muy entusiasmada—. Cuéntamelo… ¿Notaste algo en él? ¿Es eso? ¿Lo notaste?

—Ahm… eh… bueno, yo…

—Oh, ¡vamos! ¡Puedes contármelo a mí! —insistió Yako.

A Cleven no le sorprendía que Yako a estas alturas ya supiese qué sentimientos tenía ella por Raijin, lo que le sorprendía era que se mostrase tan ilusionado al respecto. «Oh, caray… Debe de ser que Raijin lleva mucho tiempo solo, y Yako sólo quiere verlo feliz con alguien. ¿Yako cree que yo podría ser buena para Raijin? ¿Le entusiasma la idea de que Raijin y yo estemos juntos?». A Cleven se le iluminaron los ojos de emoción, porque eso era como tener la aprobación de Yako, y tener la aprobación de Yako, la persona que mejor conocía a Raijin en el mundo entero, significaba muchísimo.

—Bu-bueno, sí, la verdad… —titubeó Cleven, con una sonrisilla vergonzosa y mirando a la encimera, recordando el beso—. La verdad es que ocurrió algo… diferente… Es decir, algo que no me pareció como el Raijin de siempre… algo muy cercano… una conexión sin igual que no sé explicar…

—¡Wow! —brincó Yako, la mar de contento—. ¿Con conexión te refieres… ya sabes… a que notas algo muy importante dentro de él… una verdad deseando salir a la luz?

«¿Se refiere a la tristeza y a los sentimientos por Yue con los que Raijin lleva tanto tiempo cargando, y ocultando dentro de él? ¿Y que tiene sentimientos por mí? ¡Sin duda!» pensó Cleven.

—¡Sí, es justo como dices! —afirmó ella—. Pero creo que… siento como que esa verdad ya está asomando, cerca de la superficie… No he logrado que Raijin saque sus secretos afuera, pero en el estanque sí que me mostró gran parte, y creo que estoy a punto de descubrir ese último misterio que me oculta. Tengo mis sospechas cada vez más sólidas, y sólo me queda averiguar ese misterio que falta.

«Raijin tendrá que revelármelo tarde o temprano, tendrá que decirme la verdad y qué es lo que siente realmente por mí» suspiró Cleven para sus adentros.

—Oh, Cleven… ¡No sabes la alegría que me da escuchar esto! —la abrazó de repente, y ella volvió a sonrojarse por lo inesperado que fue—. No sabes lo mucho que deseo esto para Raijin. Y para ti.

—¿De verdad? —lo miró asombrada.

—Os lo merecéis. Pero no te preocupes, no voy a meterme mucho en el medio, no quiero estropear nada. Quiero que puedas descubrir esa verdad de Raijin por ti misma, de forma natural.

—Sí, que él me lo confirme de una vez. Y así yo pueda confirmárselo a él.

—¡Exacto!

Ahora Cleven estaba más entusiasmada que nunca. Con las palabras de aliento de Yako, sabía que tenía que buscar a Raijin ahora y hablar con él ahora. Sin embargo, fue levantarse del taburete, y el susodicho apareció en ese instante entrando en la cocina. Pero Raijin, el verlos ahí en la isla central, primero se paró en seco; se mostró tenso; trató de disimular normalidad y se fue directo a una de las encimeras de una esquina, en la parte más al fondo de la cocina alargada, ignorándolos. Tanto Cleven como Yako observaron cómo Raijin cogía una botella de vodka, llenó un vaso hasta arriba y se lo bebió entero. Y después, volvió a llenarlo de vodka hasta arriba.

—Aeh… disculpa un momento, Cleven —le dijo Yako, y se dirigió allá donde estaba Raijin.

Ella asintió y volvió a sentarse en su taburete, pues le volvieron a surgir las dudas sobre si era buen momento o no de hablar con él, tras ver a Raijin en ese estado tan impropio. Pensó que quizá Yako podía ayudar a suavizar la situación.





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