1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Yenkis observó el trozo de pizza que tenía en la mano, en sumo silencio. A pesar de que Lex había parado de hablar, sus palabras todavía sonaban en su cabeza. Lex le había contado esta historia, pero había omitido astutamente todas las partes que trataran acerca del iris, del Monte Zou y la Asociación, sustituyéndolas por metáforas y eufemismos. No quería que Yenkis supiera aún el tema de los iris.
El médico se cruzó de brazos sobre la mesa, mirando a su hermano detenidamente, esperando a que dijese algo. Le dejó un tiempo para que recapacitase. Era normal que estuviese desconcertado ante todo lo que había oído. Al igual que Cleven, Yenkis siempre había deducido cómo debió de ser la vida de su padre, y ahora que sabía lo distinta que era la realidad de las suposiciones, le costó tragarlo.
—¿Eso sólo es el principio? —preguntó al fin.
—Hm, hm... —asintió Lex.
—Lao... —murmuró Yenkis, frunciendo el ceño—. Kei Lian Lao… ¿Ese no es el viejo que siempre va con papá en el trabajo, el vicepresidente de su empresa?
—Así es.
—¿Pero ese señor… entonces…? —Yenkis no lograba asimilarlo—. ¿Ese señor adoptó a papá? Pero… ¿sigue adoptado, o… o qué es… cómo…?
—Sí, Yenkis. Ese señor adoptó a papá y así sigue siendo. Por eso, Kei Lian es nuestro abuelo. Nuestro abuelo Lian.
El niño abrió los ojos con asombro. Sólo conocía al viejo Lao de las cenas de empresa de Navidad, y quizá tenía algún lejano recuerdo de él de su infancia más temprana, que asociaba, en todo caso, con otras posibles cenas de Navidad en la empresa de su padre. Pero en realidad, era porque Lao llegó a ser su abuelo –es decir, a tener una relación con él de abuelo real, sin ocultar nada– durante sus primeros 4 años de vida, porque a los 4 años fue cuando Yenkis perdió a su madre y eso lo cambió todo en la familia, y los Lao se separaron de los Vernoux para reforzar la seguridad. Entonces, Yenkis apenas tenía recuerdos de él de esa época lejana, y lo que conocía de Lao ahora era de ser el compañero de trabajo de su padre y un tipo muy divertido y simpático en las cenas de Navidad de la empresa.
Además, recordó que la noche anterior, ese viejo vino a su casa y habló con Hana sobre Neuval. Fue él quien mencionó a Jean y lo que le llevó a Yenkis a investigar sobre eso. No podía creer que ese viejo fuera su abuelo. Había estado toda la vida acostumbrado a tener como familia a su padre, su madre, Cleven y Lex, nadie más. Nunca supo si tenía más familiares, hasta que Cleven mencionó al tío Brey, y después, hasta que Lex le reveló quién era Lao en realidad.
—¿Por qué...? ¿Por qué papá nunca nos lo dijo? —saltó decepcionado—. ¿Por qué no nos dijo que teníamos un abuelo y que era ese Lao?
Lex puso una mueca culpable. Su hermano no sabía que Lao y Vernoux fueron una única familia antes, cuando él era demasiado pequeño para acordarse y mucho antes de que naciera. Y que Lex siempre lo supo. Incluso Cleven, antes del borrado de memoria.
—La razón por la que papá ha tenido que ocultar esta y muchas cosas forma parte del resto de la historia, hermanito —respondió, robando un trozo de su pizza y llevándoselo a la boca—. Pero hemos acordado que no te iba a contar nada más allá de quién es Jean y cómo lo que hizo acabó llevando a papá al otro lado del mundo.
—Pero… no entiendo la necesidad de ocultar a su familia adoptiva de mí, y de Cleven, que, al final, ¡también es nuestra familia! ¿Qué daño puede hacer eso? El daño no está en revelarlo, sino en ocultarlo, ¡y por eso papá acabó provocando que te marcharas de casa!
Lex se sorprendió al ver a su hermano tan alterado por eso.
—Yen… Yo no me marché de casa por descubrir que papá ocultaba cosas.
—¿Qué?
—Fue por otra cosa. Otra cosa que hizo… que me dolió que hiciera sin mi permiso.
—¿Qué… qué fue lo que te hizo?
—No te preocupes por eso. Es un asunto entre él y yo. Pero escucha, Yen. Papá tiene sus razones para ocultar su pasado y su relación familiar con los Lao ante nosotros y ante la sociedad. Todo es y siempre es para mantener la seguridad entre ambas familias, todo siempre es para protegernos.
—Pero… ¿tan en peligro estamos? —se preocupó el niño.
Lex no contestó. La respuesta a esa pregunta ya estaba relacionada con todo el resto del secreto, la Asociación, los iris y sus misiones contra criminales del mundo… Yenkis entendió ese silencio de su hermano. Que, si quería saber más, eso ya lo tendría que averiguar solo.
—¿Sería mucho pedir que dejes tu curiosidad aquí y no indagues más? —le preguntó Lex.
—¿Es porque estaré en peligro si sigo ahondando?
—Podrías ponerte en peligro —asintió—. Eres inteligente, Yenkis, igual que papá. No sólo en cosas científicas y matemáticas, sino también en las emociones. ¿Entiendes que si te pones en peligro aun después de escuchar nuestras advertencias, y te pasara algo malo, eso nos afectaría a papá, a Cleven y a mí el resto de nuestras vidas?
—Sí que lo entiendo, Lex —lo miró con pesar—. Porque yo me sentiría igual si vosotros decidís hacer algo peligroso que yo no quiero que hagáis. Pero… —agarró la servilleta de tela sobre su regazo con fuerza—… pero lo necesito… necesito saberlo… Al final esto no es por saber quién es papá… sino por saber quién… o qué… soy yo.
Lex no pudo replicar a algo así. Lo que Yenkis acababa de decir tenía su gran parte de razón. Esto no era un capricho, no era una simple necesidad de saciar una curiosidad. Para Yenkis era más importante que para cualquier otra persona. Llevaba toda la vida conviviendo con un ojo de luz, con una mente que le hacía entender demasiadas cosas de las que quería, y con un espíritu que le pedía a gritos hacer cosas importantes. No tenía un iris adquirido por una razón, tenía un iris heredado sin razón. Y necesitaba darle una razón de ser.
—Por favor, ten cuidado —le pidió Lex al final.
Yenkis asintió seriamente.
—Entonces… Papá no tiene esa luz en el ojo desde que nació como yo. Según la historia que me has contado, él la obtuvo desde que vio morir a su hermana.
—Mm, hm.
—Creía que yo era como papá, pero somos diferentes.
—Sólo tenéis esa diferencia. A papá le apareció a causa de haber presenciado algo traumático.
—Pero yo… nunca he presenciado o vivido nada traumático. ¿Simplemente nací con esto? ¿Lo he heredado de papá como he heredado sus genes, y sus ojos, y su color de pelo, y…? Bueno, prácticamente soy casi una copia de él. ¿La luz de este ojo resulta ser algo genético también?
—Esa es la pregunta para la que todavía nadie ha encontrado respuesta. Pero, sí, teóricamente todo apunta a eso, que es un factor genético en tu caso.
—Entonces… lo que tengo… lo tengo por ninguna razón —bajó la mirada con desilusión.
—¿Y por qué esperas que haya otra razón previa? ¿Crees que es una mala noticia? Yenkis, ¡al contrario! —le sonrió Lex—. Eso significa que tú le puedes dar la razón que tú quieras.
—¿Qué?
—Es como nuestra inteligencia. La hemos heredado de papá y de mamá por una simple razón genética. No nos viene escrito qué tenemos que hacer con ella. La tenemos, y nosotros decidimos cómo usarla, o para qué usarla, ¿no?
—¿Pero qué narices voy a hacer yo con un ojo que brilla? —objetó Yenkis.
—Ay… —suspiró su hermano—. No es la luz de tu ojo. Es lo que viene con ella.
—Ah… —Yenkis se dio cuenta de algo y se quedó con la boca abierta. Apuntó a Lex con un dedo—. ¡O sea, que tú sabes qué es y cómo funciona lo que tengo! ¡Y que hace algo más, aparte de convertir mi ojo en una bombilla! ¿¡Y no me lo vas a explicar!?
—Yo no soy la mejor persona para explicártelo adecuadamente —bebió tranquilamente un poco de agua de su vaso—. Y de nuevo. No entra dentro de nuestro acuerdo.
—Hmm —gruñó Yenkis por lo bajo, cruzándose de brazos.
—¿Vas a comerte eso? —Lex volvió a alargar la mano hacia el plato del niño para robarle otro trozo de pizza, pero Yenkis la apartó de un manotazo.
—Sí, Lex, pretendo comerme la comida que he pedido y que está en mi plato —refunfuñó, dándole un bocado a un trozo de pizza, mirando los ocho platos vacíos que Lex tenía apilados delante—. Y luego el raro soy yo.
—Bueno, cada cual lidia con sus propias cargas genéticas, ¿sabes? No es fácil haber heredado el gran apetito insaciable de mamá y de la abuela Emiliya.
—Ya, qué pena me dais Cleven y tú y vuestros estómagos infinitos —ironizó el niño.
Repentinamente empezó a sonar el móvil de Lex, y lo cogió del bolsillo de su abrigo que había colgado en el respaldo de la silla. Miró el número.
—Hola, Riku —la saludó después de descolgar—. ¿Dónde andas?
—“¿Dónde ando? Dónde andas tú” —se la oyó decir desde el aparato—. “Yo me iba ya a casa. ¿No estás en el hospital?”
—Me he cogido el resto del día libre, estoy con mi hermano.
—“¿Con Yenkis? ¿Estás con Yen? ¿¡Dónde!?” —exclamó contenta—. “Quiero verlo, ¿dónde estáis?”
—Ah... —titubeó Lex, mirando a su hermano, el cual ladeó la cabeza, preguntándose qué pasaba—. Estamos en el italiano —dijo en voz baja, tapándose la boca hacia el móvil, para que Yenkis no le oyese.
—“¿Cuál?”
—Ese... ese italiano... —vaciló, poniéndose rojo.
—“¡Ah!” —se la oyó exclamar otra vez—. “¡Nuestro italiano! Me acuerdo de esa noche, justo después de cenar, en ese lavabo, y el camarero que casi nos pilla…" —Lex soltó una exclamación para interrumpirla—. "¡Vamos, no te pongas así sólo porque esté tu hermano delante, que él ya es mayorcito para saber estas cosas!”
—¡Riku! —saltó, muerto de la vergüenza—. ¡Que te oye!
—¡Lex! —saltó Yenkis, mirándolo con una sonrisa burlona—. ¿No presumías tanto de ser la persona más correcta y decente del mundo?
—Yo nunca dije “del mundo”. Oye, Riku, date prisa en venir o se pondrá pesado —le suplicó.
—“Vale, tranquilo, ya voy” —se rio—. “¿Qué tal si tomamos el postre los tres juntos?”
Yenkis observó a su hermano fijamente, mientras escuchaba atentamente los tonos de voz tanto de Riku como de él. «Si estoy en lo cierto…» pensó el niño «… por cómo hablan, por sus gestos, por las palabras escogidas para decir cualquier cosa… Lex todavía no le ha contado nada a Riku. Si quiere seguir con ella, tendrá que contarle la verdad algún día, digo yo».
* * * * * *
Kyo llegó a los pequeños jardines frente al edificio de su casa y se sentó en uno de los muritos que bordeaban los setos a esperar. Su abuelo le había dicho por teléfono que Neuval iría allí enseguida. Podría esperarlo en su casa, pero Neuval se negaba a subir allí porque podía estar cierta persona a la que no quería ni ver, lo que Kyo ya sabía.
Pasaron unos cinco minutos cuando ya divisó al hombre a lo lejos subiendo la calle. Se puso en pie de un salto, un poco nervioso. Hacía mucho tiempo que no lo veía, habiendo regresado a Tokio hace un par de semanas tras un año entero entrenando su iris. No sabía cómo comportarse porque ahora se había convertido en miembro oficial de la KRS y esta todavía pertenecía a Neuval, y eso para Kyo era muy importante.
Además, estaba ese detalle que le había contado Nakuru, lo de que Cleven se había escapado de casa y que Neuval la andaba buscando. Le había prometido a Nakuru no decir nada, pero iba a ser muy incómodo esconderle a Neuval el hecho de que él mismo había visto a Cleven en la cafetería de Yako esa misma mañana. Intentó convencerse de que, de todos modos, era un asunto que a él no le incumbía y no tenía por qué delatar a Cleven.
—¡Kyosuke! —lo saludó Neuval al acercarse a él, con una gran sonrisa—. Cuánto tiempo, has crecido.
—Hola, maestro —saludó nervioso, inclinándose levemente hacia él—. Gracias por venir.
Neuval se lo quedó mirando algo extrañado. Pero volvió a sonreír. Y de repente, le dio un abrazo bien apretado, sorprendiendo a Kyo.
—Así se saluda a tu querido tío.
—Bugh… —Kyo casi no podía respirar.
—¡Hahah! ¿Qué pasa con esa formalidad? —lo separó de él y le posó una mano en el hombro—. No hace falta que me llames “maestro”, sabes que ya no estoy de servicio. Y déjate de inclinaciones, no eres uno de mis empleados. Me alegra mucho verte, Kyo.
—Lo mismo digo, tío Neu —sonrió contento—. La última vez que me viste todavía era humano. ¿Me notas algo diferente?
—Todos sufrimos un gran cambio, cuando nos convertimos en iris. Pero, aparte de la obviedad de ser más fuerte, más listo y controlar el fuego… sigo viendo al Kyo gentil, bueno y protector de su familia de siempre. Convertirse en iris nunca es motivo de alegría, claro, pero tu padre estaría muy orgulloso de lo bien que has hecho tu entrenamiento y de lo fuerte y centrado que estás ahora. Tu abuelo y yo también lo estamos.
—Papá me enseñó a nunca tirar la toalla, por muy mal que pintase todo, por muy duro que fuese todo.
—Y has heredado su santa paciencia, lo cual envidio mucho —se rio Neuval—. No me pudo tocar un mejor hermano. Y no me pudo dar tres sobrinos mejores. Dime, ¿de qué querías hablarme? ¿En qué te puedo ayudar? —preguntó entonces, posándole una mano en la cabeza—. Oh là là… —murmuró para sí mismo con sorpresa—, ahora emites el mismo calor que todos los Ka…
—Bueno… Yo… —titubeó el chico, mirando hacia los lados y la gente de la calle—. Se trata de algo grave. Y confidencial. Y peligroso.
Neuval frunció el ceño, le preocupó mucho oír eso. Se percató también de que Kyo no quería hablarle de ello ahí en plena calle, necesitaban ir a un lugar más resguardado de la vista y de los oídos de la gente.
—Entiendo —Neuval miró a su alrededor, y luego a lo alto del edificio—. Vamos a la azotea, allí no hay nadie que pueda oírnos.
—¿A la azo...? ¡Uah! —exclamó cuando el hombre lo agarró de un brazo después de haberse asegurado de que nadie los veía en ese instante, y de repente se vio volando por los aires hasta posar los pies sobre la cima del edificio.
Cuando Neuval lo soltó, el chico se tambaleó un poco por el mareo.
—Oh, perdona, Kyo —se excusó—. Ha sido completamente sin querer.
Kyo lo pilló disimulando una sonrisilla maligna.
—¡No mientas! —lo señaló con el dedo, riéndose.
—Juju…
—Me gusta ver que no has cambiado, tío, siempre caigo en tus trampas —sonrió, volviendo a enderezarse, y miró a su alrededor; desde ahí podía verse casi la ciudad entera.
—Verás —le explicó Neuval, sentándose en el bordillo—, en Hong Kong tu padre y yo solíamos hablar de nuestras cosas en la azotea de casa. Me gustaba esa costumbre.
—¿En serio? —se sorprendió, sentándose a su lado—. Pero a papá le daban miedo las alturas.
—Supongo que eso es culpa mía. A veces obligaba a Sai a venir conmigo a echar carreras por los tejados de los edificios, pasó varios sustos, heheh…
Kyo se rio, imaginándose a su padre y a Neuval de jóvenes haciendo ese tipo de cosas peligrosas por los edificios de la ciudad de Hong Kong. Cada vez que oía a Neuval hablar de su padre, podía notar lo mucho que lo añoraba, igual que él. Kyo ya había podido conocer, por desgracia, lo que se sentía al perder a un hermano, especialmente de la misma edad, compartiendo siempre todo. Sai no era el gemelo de Neuval pero sí que tenían la misma edad, por tanto, era casi lo mismo.
—Kyo —lo llamó, esta vez mirándolo seriamente—. Te noto decaído y preocupado. Cuéntamelo. ¿Qué ha pasado?
El joven lo observó en silencio, pensando cómo podría decírselo. Sabía de antemano que a su tío no le iba a gustar nada lo que iba a escuchar, pero debía saberlo.
—Fue cuando estuve en Funabashi —comenzó—. Había ido a la casa de Xaviero para usar tu Replicador, y después, cuando me disponía a volver a Tokio, me paré a descansar en un bar de la carretera. Al día siguiente, cuando estaba desayunando allí... entró en el bar una persona que conocía, y que tú conoces. Bueno, todos lo conocemos.
Neuval se dio cuenta de que estaba dando largas, pero al mencionar con ese tono lo de “una persona”, empezó a sentir un nudo en el estómago.
—Se dirigió a la barra para hablar con el dueño —prosiguió Kyo—. Le pidió una cosa que había encargado de un tal Takizawa, que el dueño había guardado hasta su llegada. Cuando le dio el pedido... la hija del dueño se acercó a ellos y… él le enseñó el objeto. El dueño se fue a seguir trabajando, dejándolos solos, y… —le contó todo lo que había pasado después de eso, diciéndole que aquella persona sabía que Kyo estaba ahí y cómo le hizo ver esa alucinación de cómo mataba a la niña, e incluyó todo lo que sintió: las náuseas, el pánico... y luego lo que le dijo fuera del bar antes de desaparecer.
Cuando acabó, miró preocupado a su tío. En ese momento, los ojos grises de Neuval tenían una mirada sombría, estática sobre el chico, sin parpadear, llegando a estremecer un poco a Kyo a pesar de que no era la primera vez que veía en él esa expresión tan fría. A veces, Neuval podía emitir algo muy extraño a través de sus ojos, algo... sobrenatural. Y no era por su iris, porque un iris no podía emitir nada tenebroso.
Neuval terminó parpadeando y apartó la mirada a un lado seriamente, y se acomodó sobre el bordillo. Parecía molesto. Sin embargo, no quería asustar a Kyo. Para Neuval era más que obvio que Izan no apareció en ese bar de carretera por simple casualidad, justo el mismo que Kyo eligió para hacer un descanso en su persecución a las afueras de la ciudad. No le cabía duda de que Izan había estado al tanto de aquel lío con Kyo, el pergamino y la MRS, y seguramente había estado espiando a más miembros de la KRS. La pregunta era, ¿para qué?
Más de siete años desaparecido, y de repente daba una descarada señal de vida. Parecía que había elegido a Kyo aprovechando su situación aquella, huyendo de la MRS, para hacerse ver a propósito ante un miembro de la KRS, para que este, obviamente, fuera a contárselo a Neuval. Izan quiso que Kyo lo viera y que además lo viera recibiendo aquel objeto, y se lo contara a Fuujin.
«¿Qué me quieres decir con eso, Ichi?» cavilaba el Fuu. «Sé cuál es ese bar de carretera en el que estuvo Kyo. El dueño tiene una deuda muy grande que pagar con ciertos tipos del mercado negro porque no podía hacer frente a las facturas tras la enfermedad y muerte de su mujer. Sólo lo usan de repartidor, nada más. Por sus manos habrán pasado muchas cajas con contenidos de lo más ilegales y prohibidos. ¿Pero qué objeto de origen ilegal y peligroso le puede interesar tanto a Ichi?».
—Mm… ¿Tío Neu? —lo llamó Kyo, pues había estado ya cinco minutos en completo silencio—. ¡Ay!
—¿Qué era ese objeto, Kyo? —lo agarró de pronto de los hombros.
—¿Eh?
—Ese pedido, lo que le dio el dueño de bar, ¿qué era?
—Una… bola de cristal con un castillito dentro, de las que se agitan —contestó, haciendo el gesto de agitación.
—No… —murmuró ensimismado—. No era eso, seguro. Cuando sacó eso de la caja, el dueño, la niña y tú veías un domo de nieve, pero en realidad no era eso.
—¿Qué quieres decir? —se sorprendió.
Neuval se rascó la barba, sumergiéndose en un mar de pensamientos, turbado. «¿Por qué Ichi recogería en un lugar tan común un objeto que parece tan inocente? Debe de tener una utilidad sin igual para él. Yo sé de la existencia de objetos que parecen intencionalmente inocentes por fuera, pero en realidad albergan un increíble poder sobrenatural. Sólo hay unos objetos así en el mundo iris. Así que, ¿y si se trata de algún talismán de los Knive? Mm… No, imposible, ¡impensable! Si los talismanes de los Knive vagaran tan libremente por el mundo, el mundo ya estaría destruido. Pero si Ichi es un arki... ¿Podría haber sido capaz de robárselo a un Knive? No, no, ¡qué disparates dices, Neuval! Los Knive son humanos, pero pueden llegar a ser tan poderosos como los iris, y odian a estos y a los arki tanto como odian a los criminales. Si Ichi hubiera robado un talismán de un Knive, no seguiría vivo para contarlo. Y es impensable la idea de que se lo hayan dado».
—Ichi… —murmuró con fiereza, apretando los puños.
—¿Qué era entonces lo que sacó de la caja? —preguntó Kyo, intrigado.
—No estoy seguro. Así que él anda por Japón después de todo. No espero nada bueno, seguro que está tramando algo importante. ¿Se lo has contado a alguien más?
—No, eres el primero.
—Y el último. Has hecho bien en decírmelo, pero no se lo menciones a nadie más.
—A la orden. ¿Qué harás entonces, tío Neu? —quiso saber.
Neuval negó con la cabeza, observando el horizonte, indicando que no lo tenía claro. Kyo suspiró, acomodándose en el bordillo. Cuando una nube que tapaba el sol dejó que sus rayos volvieran a iluminar la azotea, el chico cerró los ojos con gran molestia. Al abrirlos de nuevo, parpadeando repetidas veces, se cruzó de nuevo con esa mirada casi blanca de Neuval fija en él.
—¡Ay! —volvió a dar un brinco del susto—. ¿Qué pasa? —preguntó, entrecerrando los ojos a causa de que la luz le seguía molestando.
—Tienes las pupilas muy dilatadas, Kyo —le dijo, girando el cuerpo completamente hacia él para examinarlo mejor—, demasiado para esta claridad.
—¿En serio? —se extrañó—. Ya me extrañó cuando salí a la calle que la claridad me cegaba más de lo normal. Es raro que me pase eso, soy un elemento de tipo luz. Se supone que soy afín a la luz del sol.
De pronto Neuval se abalanzó hacia él y acercó la cara a la suya a un decímetro.
—¿Pero por qué me quieres causar un infarto? —protestó el chico.
—Estoy entrando en tu mente —contestó, sujetándole la cara con las manos—. No dejes de mirarme a los ojos, intenta no parpadear.
Kyo le hizo caso, un poco asustado. Se preguntó varias veces qué estaba pasando, y el hecho de que Neuval fuese a usar su Técnica telepática para entrar en su mente no le daba buena espina. Al poco rato, se separó de él y por fin pudo parpadear.
—¿Vas a ver a Drasik luego? —le preguntó Neuval.
—Eh... supongo...
—Nada más verlo, dile que te prepare un opuritaserum.
—¿Q... Cómo?
—No preguntes, tú díselo, él lo entenderá. Lo malo es que también sabrá lo de Izan cuando le digas lo del opuritaserum, pero no le digas absolutamente nada de lo que me has contado. Sé que es muy metomentodo, pero haz lo que sea para que te prepare ese suero cuanto antes y sólo se limite a ello.
—¿¡Suero!? —saltó—. Tío Neu, me juré a mí mismo no tomar nada que hubiese pasado antes por las manos de Drasik desde que cambió mi botellín de agua de la bici por uno de tabasco.
—No te alarmes, esto se lo tomará muy en serio —lo calmó.
—¿Que se lo tomará en serio? Ahora sí que estoy acojonado.
—No te preocupes, Kyo —repitió pacientemente.
—Pero ¿qué es lo que me pasa?
—Has tenido suerte de que Izan no se haya ensañado contigo —le explicó—. Tienes secuelas de su elemento. El elemento Vacío es especialmente dañino para todos los demás. Suele dejar marcas físicas, como partes de tu cuerpo o de tu piel muy frías durante días, mareos o vértigos por falta de oxígeno, manchas negras en la visión… Pero a ti te ha dejado marcas mentales, en la mente, en tu iris —se dio toquecitos en la cabeza—. Y eso ha logrado hacerlo porque lo ha hecho a través de una Técnica mental.
—¿Cómo, Izan tiene una Técnica? ¿Propia? —se quedó atónito—. ¿Cómo es posible? Él no ha sido Líder de ninguna RS, no tiene ningún pergamino.
—Me temo que es por un incidente que no fui capaz de evitar, hace muchos años. Verás, cuando Izan tenía unos 17 años, meses antes de que se marchara y de que Katya muriera, me robó a escondidas mi pergamino para aprender mi Técnica, pero creo que, además, experimentó con él para crear una nueva Técnica.
—Algo así está prohibidísimo en la Asociación. ¿No recibió un castigo?
—Izan en ese entonces ya estaba presentando síntomas y comportamientos cada vez más graves y cada vez más a menudo. Su majin ya estaba en un grado muy alto. Para cuando Alvion, Denzel y yo tratábamos de deliberar qué hacer con él, porque nuestro deber era ayudarlo a curarse y no hacerle daño, en su estado tan delicado y peligroso, Izan ya había desaparecido.
—Vaya... Ya veo —lamentó—. Pero un momento, ¿cómo es que Drasik sabe hacer un suero para curarme los efectos del elemento Vacío que Izan me ha producido mentalmente?
—Porque Drasik es químico —se encogió de hombros—. Ya sabes. Es el químico de mi RS. Los iris Sui y los Shokubutsu pueden especializarse en ciencias químicas y botánicas.
—Ya, eso lo sé, pero… ¿usar el elemento Vacío con una Técnica mental combinada, haciendo daño a la mente en lugar de al cuerpo, no es un problema de nivel superior?
—¿Bromeas? Drasik está a la altura —sonrió Neuval.
—Tío, ¿estás seguro…?
—Kyosuke —le posó una mano en el hombro, calmándolo—. Sé que Drasik es un chico un poco… extravagante. Pero te lo prometo. Él es uno de los mejores químicos de la Asociación. El opuritaserum del que te he hablado es un remedio infalible. Y lo supo fabricar él solo. Pasando después por la aprobación del propio Alvion y de Denzel, por supuesto.
—Oh… guau… —murmuró con gran sorpresa. No conocía esto en concreto de su amigo, que fuera reconocido como un experto en esa especialización, y le extrañaba muchísimo que Drasik no se lo hubiera contado, pues era un chico al que le encantaba alardear.
Cuando ya empezó a atardecer, Neuval ya se despidió de Kyo. La verdad es que temía que Alvion lo encontrase, habiendo estado tanto rato al descubierto, pero eso no se lo dijo a Kyo, claro. Y además estaba anhelando encontrar a Cleven de una vez por todas. Ignoraba por completo que el propio Kyo la había visto esa misma mañana en la cafetería de Yako.
Kyo entonces se dispuso a volver a la cafetería, esperando que Drasik no estuviese enfadado por haber desaparecido tan de repente. De camino allí, meditó sobre todo lo que le había revelado Neuval acerca de Izan.
* * * * * *
Neuval se adentró una vez más en el barrio donde estaba la casa de su madre Ming Jie, decidido a llamar al Hotel Shibuya Excel Tokyu para comprobar si su hija se había alojado ahí, tal como iba a hacer antes de que Lao interrumpiera en la casa.
De pronto, cuando caminaba por una calle solitaria entre los chalets, le cegó un destello de un milisegundo y de pronto tenía a alguien a diez centímetros de su nariz.
—¡Ah! —saltó, con el corazón en la garganta—. ¡Mierda, Denzel! Putain de peur !
Denzel se quedó mudo por un momento. Neuval a veces podía soltar palabras tremendamente malsonantes.
—Neu —murmuró seriamente—. He hablado con Alvion.
La expresión del parisino se tornó preocupada, no le gustaba nada ese tono de voz.
—Escúchame atentamente, sólo te lo contaré una vez.
Yenkis observó el trozo de pizza que tenía en la mano, en sumo silencio. A pesar de que Lex había parado de hablar, sus palabras todavía sonaban en su cabeza. Lex le había contado esta historia, pero había omitido astutamente todas las partes que trataran acerca del iris, del Monte Zou y la Asociación, sustituyéndolas por metáforas y eufemismos. No quería que Yenkis supiera aún el tema de los iris.
El médico se cruzó de brazos sobre la mesa, mirando a su hermano detenidamente, esperando a que dijese algo. Le dejó un tiempo para que recapacitase. Era normal que estuviese desconcertado ante todo lo que había oído. Al igual que Cleven, Yenkis siempre había deducido cómo debió de ser la vida de su padre, y ahora que sabía lo distinta que era la realidad de las suposiciones, le costó tragarlo.
—¿Eso sólo es el principio? —preguntó al fin.
—Hm, hm... —asintió Lex.
—Lao... —murmuró Yenkis, frunciendo el ceño—. Kei Lian Lao… ¿Ese no es el viejo que siempre va con papá en el trabajo, el vicepresidente de su empresa?
—Así es.
—¿Pero ese señor… entonces…? —Yenkis no lograba asimilarlo—. ¿Ese señor adoptó a papá? Pero… ¿sigue adoptado, o… o qué es… cómo…?
—Sí, Yenkis. Ese señor adoptó a papá y así sigue siendo. Por eso, Kei Lian es nuestro abuelo. Nuestro abuelo Lian.
El niño abrió los ojos con asombro. Sólo conocía al viejo Lao de las cenas de empresa de Navidad, y quizá tenía algún lejano recuerdo de él de su infancia más temprana, que asociaba, en todo caso, con otras posibles cenas de Navidad en la empresa de su padre. Pero en realidad, era porque Lao llegó a ser su abuelo –es decir, a tener una relación con él de abuelo real, sin ocultar nada– durante sus primeros 4 años de vida, porque a los 4 años fue cuando Yenkis perdió a su madre y eso lo cambió todo en la familia, y los Lao se separaron de los Vernoux para reforzar la seguridad. Entonces, Yenkis apenas tenía recuerdos de él de esa época lejana, y lo que conocía de Lao ahora era de ser el compañero de trabajo de su padre y un tipo muy divertido y simpático en las cenas de Navidad de la empresa.
Además, recordó que la noche anterior, ese viejo vino a su casa y habló con Hana sobre Neuval. Fue él quien mencionó a Jean y lo que le llevó a Yenkis a investigar sobre eso. No podía creer que ese viejo fuera su abuelo. Había estado toda la vida acostumbrado a tener como familia a su padre, su madre, Cleven y Lex, nadie más. Nunca supo si tenía más familiares, hasta que Cleven mencionó al tío Brey, y después, hasta que Lex le reveló quién era Lao en realidad.
—¿Por qué...? ¿Por qué papá nunca nos lo dijo? —saltó decepcionado—. ¿Por qué no nos dijo que teníamos un abuelo y que era ese Lao?
Lex puso una mueca culpable. Su hermano no sabía que Lao y Vernoux fueron una única familia antes, cuando él era demasiado pequeño para acordarse y mucho antes de que naciera. Y que Lex siempre lo supo. Incluso Cleven, antes del borrado de memoria.
—La razón por la que papá ha tenido que ocultar esta y muchas cosas forma parte del resto de la historia, hermanito —respondió, robando un trozo de su pizza y llevándoselo a la boca—. Pero hemos acordado que no te iba a contar nada más allá de quién es Jean y cómo lo que hizo acabó llevando a papá al otro lado del mundo.
—Pero… no entiendo la necesidad de ocultar a su familia adoptiva de mí, y de Cleven, que, al final, ¡también es nuestra familia! ¿Qué daño puede hacer eso? El daño no está en revelarlo, sino en ocultarlo, ¡y por eso papá acabó provocando que te marcharas de casa!
Lex se sorprendió al ver a su hermano tan alterado por eso.
—Yen… Yo no me marché de casa por descubrir que papá ocultaba cosas.
—¿Qué?
—Fue por otra cosa. Otra cosa que hizo… que me dolió que hiciera sin mi permiso.
—¿Qué… qué fue lo que te hizo?
—No te preocupes por eso. Es un asunto entre él y yo. Pero escucha, Yen. Papá tiene sus razones para ocultar su pasado y su relación familiar con los Lao ante nosotros y ante la sociedad. Todo es y siempre es para mantener la seguridad entre ambas familias, todo siempre es para protegernos.
—Pero… ¿tan en peligro estamos? —se preocupó el niño.
Lex no contestó. La respuesta a esa pregunta ya estaba relacionada con todo el resto del secreto, la Asociación, los iris y sus misiones contra criminales del mundo… Yenkis entendió ese silencio de su hermano. Que, si quería saber más, eso ya lo tendría que averiguar solo.
—¿Sería mucho pedir que dejes tu curiosidad aquí y no indagues más? —le preguntó Lex.
—¿Es porque estaré en peligro si sigo ahondando?
—Podrías ponerte en peligro —asintió—. Eres inteligente, Yenkis, igual que papá. No sólo en cosas científicas y matemáticas, sino también en las emociones. ¿Entiendes que si te pones en peligro aun después de escuchar nuestras advertencias, y te pasara algo malo, eso nos afectaría a papá, a Cleven y a mí el resto de nuestras vidas?
—Sí que lo entiendo, Lex —lo miró con pesar—. Porque yo me sentiría igual si vosotros decidís hacer algo peligroso que yo no quiero que hagáis. Pero… —agarró la servilleta de tela sobre su regazo con fuerza—… pero lo necesito… necesito saberlo… Al final esto no es por saber quién es papá… sino por saber quién… o qué… soy yo.
Lex no pudo replicar a algo así. Lo que Yenkis acababa de decir tenía su gran parte de razón. Esto no era un capricho, no era una simple necesidad de saciar una curiosidad. Para Yenkis era más importante que para cualquier otra persona. Llevaba toda la vida conviviendo con un ojo de luz, con una mente que le hacía entender demasiadas cosas de las que quería, y con un espíritu que le pedía a gritos hacer cosas importantes. No tenía un iris adquirido por una razón, tenía un iris heredado sin razón. Y necesitaba darle una razón de ser.
—Por favor, ten cuidado —le pidió Lex al final.
Yenkis asintió seriamente.
—Entonces… Papá no tiene esa luz en el ojo desde que nació como yo. Según la historia que me has contado, él la obtuvo desde que vio morir a su hermana.
—Mm, hm.
—Creía que yo era como papá, pero somos diferentes.
—Sólo tenéis esa diferencia. A papá le apareció a causa de haber presenciado algo traumático.
—Pero yo… nunca he presenciado o vivido nada traumático. ¿Simplemente nací con esto? ¿Lo he heredado de papá como he heredado sus genes, y sus ojos, y su color de pelo, y…? Bueno, prácticamente soy casi una copia de él. ¿La luz de este ojo resulta ser algo genético también?
—Esa es la pregunta para la que todavía nadie ha encontrado respuesta. Pero, sí, teóricamente todo apunta a eso, que es un factor genético en tu caso.
—Entonces… lo que tengo… lo tengo por ninguna razón —bajó la mirada con desilusión.
—¿Y por qué esperas que haya otra razón previa? ¿Crees que es una mala noticia? Yenkis, ¡al contrario! —le sonrió Lex—. Eso significa que tú le puedes dar la razón que tú quieras.
—¿Qué?
—Es como nuestra inteligencia. La hemos heredado de papá y de mamá por una simple razón genética. No nos viene escrito qué tenemos que hacer con ella. La tenemos, y nosotros decidimos cómo usarla, o para qué usarla, ¿no?
—¿Pero qué narices voy a hacer yo con un ojo que brilla? —objetó Yenkis.
—Ay… —suspiró su hermano—. No es la luz de tu ojo. Es lo que viene con ella.
—Ah… —Yenkis se dio cuenta de algo y se quedó con la boca abierta. Apuntó a Lex con un dedo—. ¡O sea, que tú sabes qué es y cómo funciona lo que tengo! ¡Y que hace algo más, aparte de convertir mi ojo en una bombilla! ¿¡Y no me lo vas a explicar!?
—Yo no soy la mejor persona para explicártelo adecuadamente —bebió tranquilamente un poco de agua de su vaso—. Y de nuevo. No entra dentro de nuestro acuerdo.
—Hmm —gruñó Yenkis por lo bajo, cruzándose de brazos.
—¿Vas a comerte eso? —Lex volvió a alargar la mano hacia el plato del niño para robarle otro trozo de pizza, pero Yenkis la apartó de un manotazo.
—Sí, Lex, pretendo comerme la comida que he pedido y que está en mi plato —refunfuñó, dándole un bocado a un trozo de pizza, mirando los ocho platos vacíos que Lex tenía apilados delante—. Y luego el raro soy yo.
—Bueno, cada cual lidia con sus propias cargas genéticas, ¿sabes? No es fácil haber heredado el gran apetito insaciable de mamá y de la abuela Emiliya.
—Ya, qué pena me dais Cleven y tú y vuestros estómagos infinitos —ironizó el niño.
Repentinamente empezó a sonar el móvil de Lex, y lo cogió del bolsillo de su abrigo que había colgado en el respaldo de la silla. Miró el número.
—Hola, Riku —la saludó después de descolgar—. ¿Dónde andas?
—“¿Dónde ando? Dónde andas tú” —se la oyó decir desde el aparato—. “Yo me iba ya a casa. ¿No estás en el hospital?”
—Me he cogido el resto del día libre, estoy con mi hermano.
—“¿Con Yenkis? ¿Estás con Yen? ¿¡Dónde!?” —exclamó contenta—. “Quiero verlo, ¿dónde estáis?”
—Ah... —titubeó Lex, mirando a su hermano, el cual ladeó la cabeza, preguntándose qué pasaba—. Estamos en el italiano —dijo en voz baja, tapándose la boca hacia el móvil, para que Yenkis no le oyese.
—“¿Cuál?”
—Ese... ese italiano... —vaciló, poniéndose rojo.
—“¡Ah!” —se la oyó exclamar otra vez—. “¡Nuestro italiano! Me acuerdo de esa noche, justo después de cenar, en ese lavabo, y el camarero que casi nos pilla…" —Lex soltó una exclamación para interrumpirla—. "¡Vamos, no te pongas así sólo porque esté tu hermano delante, que él ya es mayorcito para saber estas cosas!”
—¡Riku! —saltó, muerto de la vergüenza—. ¡Que te oye!
—¡Lex! —saltó Yenkis, mirándolo con una sonrisa burlona—. ¿No presumías tanto de ser la persona más correcta y decente del mundo?
—Yo nunca dije “del mundo”. Oye, Riku, date prisa en venir o se pondrá pesado —le suplicó.
—“Vale, tranquilo, ya voy” —se rio—. “¿Qué tal si tomamos el postre los tres juntos?”
Yenkis observó a su hermano fijamente, mientras escuchaba atentamente los tonos de voz tanto de Riku como de él. «Si estoy en lo cierto…» pensó el niño «… por cómo hablan, por sus gestos, por las palabras escogidas para decir cualquier cosa… Lex todavía no le ha contado nada a Riku. Si quiere seguir con ella, tendrá que contarle la verdad algún día, digo yo».
* * * * * *
Kyo llegó a los pequeños jardines frente al edificio de su casa y se sentó en uno de los muritos que bordeaban los setos a esperar. Su abuelo le había dicho por teléfono que Neuval iría allí enseguida. Podría esperarlo en su casa, pero Neuval se negaba a subir allí porque podía estar cierta persona a la que no quería ni ver, lo que Kyo ya sabía.
Pasaron unos cinco minutos cuando ya divisó al hombre a lo lejos subiendo la calle. Se puso en pie de un salto, un poco nervioso. Hacía mucho tiempo que no lo veía, habiendo regresado a Tokio hace un par de semanas tras un año entero entrenando su iris. No sabía cómo comportarse porque ahora se había convertido en miembro oficial de la KRS y esta todavía pertenecía a Neuval, y eso para Kyo era muy importante.
Además, estaba ese detalle que le había contado Nakuru, lo de que Cleven se había escapado de casa y que Neuval la andaba buscando. Le había prometido a Nakuru no decir nada, pero iba a ser muy incómodo esconderle a Neuval el hecho de que él mismo había visto a Cleven en la cafetería de Yako esa misma mañana. Intentó convencerse de que, de todos modos, era un asunto que a él no le incumbía y no tenía por qué delatar a Cleven.
—¡Kyosuke! —lo saludó Neuval al acercarse a él, con una gran sonrisa—. Cuánto tiempo, has crecido.
—Hola, maestro —saludó nervioso, inclinándose levemente hacia él—. Gracias por venir.
Neuval se lo quedó mirando algo extrañado. Pero volvió a sonreír. Y de repente, le dio un abrazo bien apretado, sorprendiendo a Kyo.
—Así se saluda a tu querido tío.
—Bugh… —Kyo casi no podía respirar.
—¡Hahah! ¿Qué pasa con esa formalidad? —lo separó de él y le posó una mano en el hombro—. No hace falta que me llames “maestro”, sabes que ya no estoy de servicio. Y déjate de inclinaciones, no eres uno de mis empleados. Me alegra mucho verte, Kyo.
—Lo mismo digo, tío Neu —sonrió contento—. La última vez que me viste todavía era humano. ¿Me notas algo diferente?
—Todos sufrimos un gran cambio, cuando nos convertimos en iris. Pero, aparte de la obviedad de ser más fuerte, más listo y controlar el fuego… sigo viendo al Kyo gentil, bueno y protector de su familia de siempre. Convertirse en iris nunca es motivo de alegría, claro, pero tu padre estaría muy orgulloso de lo bien que has hecho tu entrenamiento y de lo fuerte y centrado que estás ahora. Tu abuelo y yo también lo estamos.
—Papá me enseñó a nunca tirar la toalla, por muy mal que pintase todo, por muy duro que fuese todo.
—Y has heredado su santa paciencia, lo cual envidio mucho —se rio Neuval—. No me pudo tocar un mejor hermano. Y no me pudo dar tres sobrinos mejores. Dime, ¿de qué querías hablarme? ¿En qué te puedo ayudar? —preguntó entonces, posándole una mano en la cabeza—. Oh là là… —murmuró para sí mismo con sorpresa—, ahora emites el mismo calor que todos los Ka…
—Bueno… Yo… —titubeó el chico, mirando hacia los lados y la gente de la calle—. Se trata de algo grave. Y confidencial. Y peligroso.
Neuval frunció el ceño, le preocupó mucho oír eso. Se percató también de que Kyo no quería hablarle de ello ahí en plena calle, necesitaban ir a un lugar más resguardado de la vista y de los oídos de la gente.
—Entiendo —Neuval miró a su alrededor, y luego a lo alto del edificio—. Vamos a la azotea, allí no hay nadie que pueda oírnos.
—¿A la azo...? ¡Uah! —exclamó cuando el hombre lo agarró de un brazo después de haberse asegurado de que nadie los veía en ese instante, y de repente se vio volando por los aires hasta posar los pies sobre la cima del edificio.
Cuando Neuval lo soltó, el chico se tambaleó un poco por el mareo.
—Oh, perdona, Kyo —se excusó—. Ha sido completamente sin querer.
Kyo lo pilló disimulando una sonrisilla maligna.
—¡No mientas! —lo señaló con el dedo, riéndose.
—Juju…
—Me gusta ver que no has cambiado, tío, siempre caigo en tus trampas —sonrió, volviendo a enderezarse, y miró a su alrededor; desde ahí podía verse casi la ciudad entera.
—Verás —le explicó Neuval, sentándose en el bordillo—, en Hong Kong tu padre y yo solíamos hablar de nuestras cosas en la azotea de casa. Me gustaba esa costumbre.
—¿En serio? —se sorprendió, sentándose a su lado—. Pero a papá le daban miedo las alturas.
—Supongo que eso es culpa mía. A veces obligaba a Sai a venir conmigo a echar carreras por los tejados de los edificios, pasó varios sustos, heheh…
Kyo se rio, imaginándose a su padre y a Neuval de jóvenes haciendo ese tipo de cosas peligrosas por los edificios de la ciudad de Hong Kong. Cada vez que oía a Neuval hablar de su padre, podía notar lo mucho que lo añoraba, igual que él. Kyo ya había podido conocer, por desgracia, lo que se sentía al perder a un hermano, especialmente de la misma edad, compartiendo siempre todo. Sai no era el gemelo de Neuval pero sí que tenían la misma edad, por tanto, era casi lo mismo.
—Kyo —lo llamó, esta vez mirándolo seriamente—. Te noto decaído y preocupado. Cuéntamelo. ¿Qué ha pasado?
El joven lo observó en silencio, pensando cómo podría decírselo. Sabía de antemano que a su tío no le iba a gustar nada lo que iba a escuchar, pero debía saberlo.
—Fue cuando estuve en Funabashi —comenzó—. Había ido a la casa de Xaviero para usar tu Replicador, y después, cuando me disponía a volver a Tokio, me paré a descansar en un bar de la carretera. Al día siguiente, cuando estaba desayunando allí... entró en el bar una persona que conocía, y que tú conoces. Bueno, todos lo conocemos.
Neuval se dio cuenta de que estaba dando largas, pero al mencionar con ese tono lo de “una persona”, empezó a sentir un nudo en el estómago.
—Se dirigió a la barra para hablar con el dueño —prosiguió Kyo—. Le pidió una cosa que había encargado de un tal Takizawa, que el dueño había guardado hasta su llegada. Cuando le dio el pedido... la hija del dueño se acercó a ellos y… él le enseñó el objeto. El dueño se fue a seguir trabajando, dejándolos solos, y… —le contó todo lo que había pasado después de eso, diciéndole que aquella persona sabía que Kyo estaba ahí y cómo le hizo ver esa alucinación de cómo mataba a la niña, e incluyó todo lo que sintió: las náuseas, el pánico... y luego lo que le dijo fuera del bar antes de desaparecer.
Cuando acabó, miró preocupado a su tío. En ese momento, los ojos grises de Neuval tenían una mirada sombría, estática sobre el chico, sin parpadear, llegando a estremecer un poco a Kyo a pesar de que no era la primera vez que veía en él esa expresión tan fría. A veces, Neuval podía emitir algo muy extraño a través de sus ojos, algo... sobrenatural. Y no era por su iris, porque un iris no podía emitir nada tenebroso.
Neuval terminó parpadeando y apartó la mirada a un lado seriamente, y se acomodó sobre el bordillo. Parecía molesto. Sin embargo, no quería asustar a Kyo. Para Neuval era más que obvio que Izan no apareció en ese bar de carretera por simple casualidad, justo el mismo que Kyo eligió para hacer un descanso en su persecución a las afueras de la ciudad. No le cabía duda de que Izan había estado al tanto de aquel lío con Kyo, el pergamino y la MRS, y seguramente había estado espiando a más miembros de la KRS. La pregunta era, ¿para qué?
Más de siete años desaparecido, y de repente daba una descarada señal de vida. Parecía que había elegido a Kyo aprovechando su situación aquella, huyendo de la MRS, para hacerse ver a propósito ante un miembro de la KRS, para que este, obviamente, fuera a contárselo a Neuval. Izan quiso que Kyo lo viera y que además lo viera recibiendo aquel objeto, y se lo contara a Fuujin.
«¿Qué me quieres decir con eso, Ichi?» cavilaba el Fuu. «Sé cuál es ese bar de carretera en el que estuvo Kyo. El dueño tiene una deuda muy grande que pagar con ciertos tipos del mercado negro porque no podía hacer frente a las facturas tras la enfermedad y muerte de su mujer. Sólo lo usan de repartidor, nada más. Por sus manos habrán pasado muchas cajas con contenidos de lo más ilegales y prohibidos. ¿Pero qué objeto de origen ilegal y peligroso le puede interesar tanto a Ichi?».
—Mm… ¿Tío Neu? —lo llamó Kyo, pues había estado ya cinco minutos en completo silencio—. ¡Ay!
—¿Qué era ese objeto, Kyo? —lo agarró de pronto de los hombros.
—¿Eh?
—Ese pedido, lo que le dio el dueño de bar, ¿qué era?
—Una… bola de cristal con un castillito dentro, de las que se agitan —contestó, haciendo el gesto de agitación.
—No… —murmuró ensimismado—. No era eso, seguro. Cuando sacó eso de la caja, el dueño, la niña y tú veías un domo de nieve, pero en realidad no era eso.
—¿Qué quieres decir? —se sorprendió.
Neuval se rascó la barba, sumergiéndose en un mar de pensamientos, turbado. «¿Por qué Ichi recogería en un lugar tan común un objeto que parece tan inocente? Debe de tener una utilidad sin igual para él. Yo sé de la existencia de objetos que parecen intencionalmente inocentes por fuera, pero en realidad albergan un increíble poder sobrenatural. Sólo hay unos objetos así en el mundo iris. Así que, ¿y si se trata de algún talismán de los Knive? Mm… No, imposible, ¡impensable! Si los talismanes de los Knive vagaran tan libremente por el mundo, el mundo ya estaría destruido. Pero si Ichi es un arki... ¿Podría haber sido capaz de robárselo a un Knive? No, no, ¡qué disparates dices, Neuval! Los Knive son humanos, pero pueden llegar a ser tan poderosos como los iris, y odian a estos y a los arki tanto como odian a los criminales. Si Ichi hubiera robado un talismán de un Knive, no seguiría vivo para contarlo. Y es impensable la idea de que se lo hayan dado».
—Ichi… —murmuró con fiereza, apretando los puños.
—¿Qué era entonces lo que sacó de la caja? —preguntó Kyo, intrigado.
—No estoy seguro. Así que él anda por Japón después de todo. No espero nada bueno, seguro que está tramando algo importante. ¿Se lo has contado a alguien más?
—No, eres el primero.
—Y el último. Has hecho bien en decírmelo, pero no se lo menciones a nadie más.
—A la orden. ¿Qué harás entonces, tío Neu? —quiso saber.
Neuval negó con la cabeza, observando el horizonte, indicando que no lo tenía claro. Kyo suspiró, acomodándose en el bordillo. Cuando una nube que tapaba el sol dejó que sus rayos volvieran a iluminar la azotea, el chico cerró los ojos con gran molestia. Al abrirlos de nuevo, parpadeando repetidas veces, se cruzó de nuevo con esa mirada casi blanca de Neuval fija en él.
—¡Ay! —volvió a dar un brinco del susto—. ¿Qué pasa? —preguntó, entrecerrando los ojos a causa de que la luz le seguía molestando.
—Tienes las pupilas muy dilatadas, Kyo —le dijo, girando el cuerpo completamente hacia él para examinarlo mejor—, demasiado para esta claridad.
—¿En serio? —se extrañó—. Ya me extrañó cuando salí a la calle que la claridad me cegaba más de lo normal. Es raro que me pase eso, soy un elemento de tipo luz. Se supone que soy afín a la luz del sol.
De pronto Neuval se abalanzó hacia él y acercó la cara a la suya a un decímetro.
—¿Pero por qué me quieres causar un infarto? —protestó el chico.
—Estoy entrando en tu mente —contestó, sujetándole la cara con las manos—. No dejes de mirarme a los ojos, intenta no parpadear.
Kyo le hizo caso, un poco asustado. Se preguntó varias veces qué estaba pasando, y el hecho de que Neuval fuese a usar su Técnica telepática para entrar en su mente no le daba buena espina. Al poco rato, se separó de él y por fin pudo parpadear.
—¿Vas a ver a Drasik luego? —le preguntó Neuval.
—Eh... supongo...
—Nada más verlo, dile que te prepare un opuritaserum.
—¿Q... Cómo?
—No preguntes, tú díselo, él lo entenderá. Lo malo es que también sabrá lo de Izan cuando le digas lo del opuritaserum, pero no le digas absolutamente nada de lo que me has contado. Sé que es muy metomentodo, pero haz lo que sea para que te prepare ese suero cuanto antes y sólo se limite a ello.
—¿¡Suero!? —saltó—. Tío Neu, me juré a mí mismo no tomar nada que hubiese pasado antes por las manos de Drasik desde que cambió mi botellín de agua de la bici por uno de tabasco.
—No te alarmes, esto se lo tomará muy en serio —lo calmó.
—¿Que se lo tomará en serio? Ahora sí que estoy acojonado.
—No te preocupes, Kyo —repitió pacientemente.
—Pero ¿qué es lo que me pasa?
—Has tenido suerte de que Izan no se haya ensañado contigo —le explicó—. Tienes secuelas de su elemento. El elemento Vacío es especialmente dañino para todos los demás. Suele dejar marcas físicas, como partes de tu cuerpo o de tu piel muy frías durante días, mareos o vértigos por falta de oxígeno, manchas negras en la visión… Pero a ti te ha dejado marcas mentales, en la mente, en tu iris —se dio toquecitos en la cabeza—. Y eso ha logrado hacerlo porque lo ha hecho a través de una Técnica mental.
—¿Cómo, Izan tiene una Técnica? ¿Propia? —se quedó atónito—. ¿Cómo es posible? Él no ha sido Líder de ninguna RS, no tiene ningún pergamino.
—Me temo que es por un incidente que no fui capaz de evitar, hace muchos años. Verás, cuando Izan tenía unos 17 años, meses antes de que se marchara y de que Katya muriera, me robó a escondidas mi pergamino para aprender mi Técnica, pero creo que, además, experimentó con él para crear una nueva Técnica.
—Algo así está prohibidísimo en la Asociación. ¿No recibió un castigo?
—Izan en ese entonces ya estaba presentando síntomas y comportamientos cada vez más graves y cada vez más a menudo. Su majin ya estaba en un grado muy alto. Para cuando Alvion, Denzel y yo tratábamos de deliberar qué hacer con él, porque nuestro deber era ayudarlo a curarse y no hacerle daño, en su estado tan delicado y peligroso, Izan ya había desaparecido.
—Vaya... Ya veo —lamentó—. Pero un momento, ¿cómo es que Drasik sabe hacer un suero para curarme los efectos del elemento Vacío que Izan me ha producido mentalmente?
—Porque Drasik es químico —se encogió de hombros—. Ya sabes. Es el químico de mi RS. Los iris Sui y los Shokubutsu pueden especializarse en ciencias químicas y botánicas.
—Ya, eso lo sé, pero… ¿usar el elemento Vacío con una Técnica mental combinada, haciendo daño a la mente en lugar de al cuerpo, no es un problema de nivel superior?
—¿Bromeas? Drasik está a la altura —sonrió Neuval.
—Tío, ¿estás seguro…?
—Kyosuke —le posó una mano en el hombro, calmándolo—. Sé que Drasik es un chico un poco… extravagante. Pero te lo prometo. Él es uno de los mejores químicos de la Asociación. El opuritaserum del que te he hablado es un remedio infalible. Y lo supo fabricar él solo. Pasando después por la aprobación del propio Alvion y de Denzel, por supuesto.
—Oh… guau… —murmuró con gran sorpresa. No conocía esto en concreto de su amigo, que fuera reconocido como un experto en esa especialización, y le extrañaba muchísimo que Drasik no se lo hubiera contado, pues era un chico al que le encantaba alardear.
Cuando ya empezó a atardecer, Neuval ya se despidió de Kyo. La verdad es que temía que Alvion lo encontrase, habiendo estado tanto rato al descubierto, pero eso no se lo dijo a Kyo, claro. Y además estaba anhelando encontrar a Cleven de una vez por todas. Ignoraba por completo que el propio Kyo la había visto esa misma mañana en la cafetería de Yako.
Kyo entonces se dispuso a volver a la cafetería, esperando que Drasik no estuviese enfadado por haber desaparecido tan de repente. De camino allí, meditó sobre todo lo que le había revelado Neuval acerca de Izan.
* * * * * *
Neuval se adentró una vez más en el barrio donde estaba la casa de su madre Ming Jie, decidido a llamar al Hotel Shibuya Excel Tokyu para comprobar si su hija se había alojado ahí, tal como iba a hacer antes de que Lao interrumpiera en la casa.
De pronto, cuando caminaba por una calle solitaria entre los chalets, le cegó un destello de un milisegundo y de pronto tenía a alguien a diez centímetros de su nariz.
—¡Ah! —saltó, con el corazón en la garganta—. ¡Mierda, Denzel! Putain de peur !
Denzel se quedó mudo por un momento. Neuval a veces podía soltar palabras tremendamente malsonantes.
—Neu —murmuró seriamente—. He hablado con Alvion.
La expresión del parisino se tornó preocupada, no le gustaba nada ese tono de voz.
—Escúchame atentamente, sólo te lo contaré una vez.
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