1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
En otra zona de la ciudad, en una casa grande y elegante, un hombre que ya tenía el pijama puesto estaba en una butaca de su salón observando atentamente las noticias, con una taza de infusión caliente en las manos y una lamparita encendida. Él también se percató de los ojos enrojecidos de Norie.
—Lo siento, cariño… —suspiró con tristeza—. Tú puedes. Ánimo.
—¿Con quién hablas? —se oyó una vocecita.
El hombre se sorprendió y se giró para mirar atrás, a la puerta abierta del salón. Encontró a una niña pequeña, de cabello negro voluminoso y ojos verdes.
—Clover, cielo, ¿qué haces despierta? ¿Y tu hermano?
—Me levanté para hacer pipí, y oí ruido aquí en el salón, y vi luz, y vine a ver —contestó soñolienta, acercándose a él—. Daisuke sigue dormidito. Abuelito Joji, ¿y la abuelita Norie? ¿Por qué todavía no está en casa?
Joji la tomó en brazos y la sentó sobre sus piernas, abrazándola con cariño.
—Mira, tesoro, la abuela está ahí ahora —señaló al televisor.
—Oh… ¿Está trabajando tan tarde?
—Tiene que dar una noticia importante. ¿Recuerdas lo que nos contó el fin de semana pasado? ¿Que su jefe se iba a jubilar?
—¡Ah, sí! —recordó Clover—. Entonces, abuelito, ¿la abuelita Norie va a ser la nueva ministra?
Joji sonrió apenado, pero no dijo nada. Por supuesto, su mujer ya le había comunicado hace rato el resultado con un mensaje.
—“… con profundo pesar de este inesperado evento, pero respetando la voluntad de Takeshi Nonomiya, procederé a leer la declaración de su decisión final en cuanto a la sucesión de su cargo” —decía Norie, en el atril, con un pequeño micrófono—. “Si antes tienen más preguntas, adelante”.
* * * * * *
Nakuru seguía mordiéndose las uñas, pegada a su televisor.
—“¿Cómo se han enterado de la noticia de su muerte?” —le preguntó la voz de un reportero que estaba en la salita de prensa, tras las cámaras.
—“Antes de asistir a la reunión” —explicó Norie—, “el señor ministro se encontraba en su despacho acabando de preparar su escrito. Cuando llegó la hora, su hijo, el jefe de la Policía de Japón, Hatori Nonomiya, fue a buscarlo para acompañarlo. Mis compañeros y yo ya estábamos en la sala esperando. Y… el señor Hatori Nonomiya regresó al poco rato hacia nosotros muy alterado y desolado. Nos comunicó que se había encontrado con su padre fallecido en su despacho, en su silla.”
—“¿Cuáles han sido las declaraciones de los médicos que se llevaron al señor ministro al hospital?”
—“Los médicos han confirmado un infarto natural, ocurrido minutos antes de que el señor Hatori Nonomiya fuera a buscarlo” —contestó, frotándose los ojos con cansancio brevemente—. “Un simple y trágico accidente natural. Ha sido un duro golpe para mis compañeros y para mí. El señor ministro gozaba de buena salud pese a su edad. No obstante, ha sido un golpe aún más duro para su hijo, Hatori Nonomiya, como cabe esperar. Por eso, me disculpo en su nombre por su ausencia. Como comprenderán, se ha marchado con la ambulancia para acompañar el cuerpo de su padre hasta el hospital.”
—“Por supuesto” —entendieron los reporteros.
—“Si no hay más preguntas, procedo con la declaración” —Norie ordenó sus papeles sobre el atril—. “De los cuatro candidatos elegidos en la primera reunión del Comité hace dos meses, a saber, Aki Tairo, Sumire Arataka, Hatori Nonomiya y yo, Norie Saitou, se han evaluado los requisitos pertinentes de cada expediente…”
Tras leer un texto largo lleno de palabrería técnica como estaba obligada a hacer, Norie tomó aire para dar la conclusión.
—“… es un honor anunciar que el nuevo ministro de Interior de Japón elegido por Takeshi Nonomiya y el resto de miembros del Comité es Hatori Nonomiya.”
* * * * * *
Pipi se tapó la cara con las manos, con el alma en los pies. Los demás iris tuvieron una reacción similar, algunos soltaron un juramento, otros suspiraron y negaron con la cabeza, y otros apretaron los puños con rabia, como Nakuru, que sintió el mando de la televisión hacer “crack” en su mano.
—Hatori… maldito... —dijo.
«Takeshi no ha muerto por causa natural» pensaron todos los iris de todo Japón que veían las noticias, totalmente convencidos. «Ha sido asesinado».
Ahora, el problema estaba confirmado. Hatori ya era el nuevo ministro de Interior. Hatori iba a controlar a toda la policía y departamentos y organismos de seguridad, e iba a tener una fuerte influencia en el sector militar de Japón. Y bien sabían los iris que no sólo iba a encargarse de la seguridad del país, sino que en realidad tenía un objetivo mayor: reanudar la caza de los iris, que su padre había abandonado por completo hace siete años.
Todas las RS de Japón ya conocían a Hatori, desde que comenzó como un policía novato hace once años hasta que fue ascendiendo a jefe de la Policía. Y no es que fuera un corrupto, no es que hubiera ascendido tan rápido por sobornos o influencias. Al contrario. Hatori había llegado a ser jefe de la Policía nacional por méritos reales y asombrosos. Y era por ese motivo que los iris lo temían.
Sin duda, la candidata preferida de todos los iris había sido Norie, porque ya la habían investigado, y en toda su carrera había sido una humana funcionaria genuinamente honrada y, más importante, totalmente ignorante de la existencia de los iris. Takeshi jamás le habló a su secretaria de ellos, ni de la operación de La Caza.
Ahora que Hatori era mucho más que un policía con las manos atadas a los altos mandos, y ahora era él el alto mando, los iris debían andar con el doble de cuidado, porque él podía ser un humano, pero era el más eficaz del mundo.
* * * * * *
Rato después, casi a media noche, Hatori salió del hospital tras visitar a su fallecido padre, como todos esperaban que hiciese, y se encendió un cigarrillo. Soltó una larga bocanada de humo, se abrochó el abrigo hasta el cuello y se fue por la calle, casi vacía a esas horas. Cuando giró una esquina, se sobresaltó al verlo todo oscuro, de repente todo quedó en tinieblas. Las farolas estaban apagadas y no había ni un alma. Bueno, sí, había una pequeña luz un poco más allá, una luz violeta intensa. Hatori arrugó el ceño y se dirigió hacia esa luz, descubriendo a cada paso la silueta de un hombre joven con rastas rubias. Lo estaba esperando ahí de pie, en mitad de la acera, con las manos metidas en los bolsillos y una simpática sonrisa.
Hatori, al pararse a unos metros de él, sacó algo de su bolsillo y se lo devolvió al joven.
—Hm... —sonrió Izan, poniendo a la altura de sus ojos la bonita bola de cristal, que no hace mucho había recogido en un bar de carretera, donde coincidió con Kyo—. Bien hecho, Hatori. Gracias.
—Déjate de cortesías. Esto sólo ha sido un trato y no volverá a ocurrir. Más te vale no volver a ponerte en mi camino, iris.
—Oh, de nada a ti también —dijo Izan con sarcasmo—. No temas, señor ministro, tengo cosas más importantes que hacer que ponerme en tu camino —alargó una ladina sonrisa.
Hatori apartó la mirada con un gesto desdeñoso, pasó de largo y siguió andando calle arriba.
38 horas antes, en la Comisaría Central de Tokio...
«—Jefe —lo llamó su ayudante, corriendo por el pasillo hacia él—. Hemos encontrado algo.
Hatori giró sobre sus talones y siguió a su subordinado, que era un policía apenas más joven que él, al Departamento de Investigación. Allí, se encerraron en una sala de vídeo con varias televisiones y ordenadores, en la que no había nadie en ese momento.
—Mire, es un vídeo de una de las cámaras de seguridad de la joyería que está al lado de la escena donde se produjo el crimen —le indicó el hombre, transfiriendo el archivo por un USB—. El dueño de la joyería nos lo ha dejado.
Hatori entornó los ojos con fiereza. En el vídeo, los hechos se veían algo borrosos y oscuros, y sólo en una esquina de la pantalla. Pero se veían. Esa grabación contenía las imágenes de una callejuela, el lugar donde Neuval había perdido el control hace unos días cuando un grupo de delincuentes fue a atracarlo, la causa por la que Alvion se lo había llevado al Monte para someterlo a juicio.
En un determinado momento, Hatori se abalanzó hacia el teclado del ordenador y detuvo el vídeo, cazando una imagen donde se veía la silueta del asesino agarrando, literalmente, la cara de una de las víctimas con una mano y levantándola a unos centímetros del suelo. Ahí congeló la imagen, y se fijó en el pequeño destello de luz blanca en el rostro del sospechoso, en su ojo izquierdo.
Hatori ya sabía lo de las luces en los ojos de los iris y el elemento que representaba cada color. Esa luz era blanca, era el Viento, y él debía ser Fuujin por narices, ¡no cabía duda! Su ayudante lo miró con extrañeza, preguntándose si veía algo en claro ahí. Hatori observó todo lo que pudo, las ropas, el pelo, la altura, la forma... la luz blanca...
—Es un monstruo —murmuró su ayudante, horrorizado, sin entender cómo se podía coger a alguien de la cara con una mano y levantarlo del suelo.
Su jefe volvió a reproducir el vídeo y se cruzó de brazos, sereno, viendo todo lo demás. Su ayudante no pudo evitar tener que apartar la mirada, estaba horrorizado.
—Hay algo que no me cuadra… —comentó Hatori.
—¿Qué es?
—Fuujin es un iris del Viento de máximo nivel. Puede convertirse en aire. Pero aquí… en los últimos segundos de la grabación… parece como si se transformara en algo… diferente… Parece como… algo negro… hecho de sombras, con dos ojos de luz y no sólo uno… y se esfuma en un segundo.
—Podrían ser los píxeles, que emborronan la imagen.
Hatori no dijo nada, seguía ensimismado, pensativo.
—Haz que amplíen y limpien el mayor número posible de imágenes en las que salga él —le ordenó—. Fuujin. Quiero conocer su cara. Quiero saber cómo es.
Pocas horas después, Hatori visitó el edificio del Ministerio de Interior para zanjar un papeleo. Sin embargo, al pasar cerca de la puerta del despacho de Takeshi Nonomiya, oyó que su anciano padre hablaba con alguien y se acercó con discreción a echar un vistazo.
Vio a su padre sentado en su silla, y al otro lado de la mesa estaba Norie Saitou. No le gustó mucho ver este detalle. Norie era la secretaria general, y cuando iba a atender un recado del ministro, apuntaba en su agenda y lo hacía de pie. Pero ahora estaba sentada frente él en su escritorio, sin su agenda en la mano. Los dos conversaban y con una copa de sake, que claramente Takeshi había convidado a Norie, como quien compartía una conversación con un igual, y fuera de servicio. Hatori se limitó a escuchar, asomándose con cuidado por el hueco que dejaba la puerta medio cerrada.
—¿Por qué me lo está diciendo ahora, señor? —preguntó Norie con gran sorpresa—. La reunión… mañana…
—Quería que lo supiese la primera, señora Saitou —contestó Takeshi—. Sólo por eso.
—¿Puedo preguntar… por qué yo?
—Tiene 45 años, y ha trabajado a mi lado durante 23 años. Ha demostrado tener una lealtad admirable hacia mí, una integridad encomiable por este país y ha hecho más sacrificios que ningún otro por este ministerio. Su expediente demuestra lo competente que es para un cargo de este calibre, no me cabe duda. Usted es en quien más confío. Por eso, he decidido que usted será mi sucesora, Saitou. Estoy convencido de que no hay nadie mejor para ocupar mi puesto.
—Es un grandísimo honor, señor —inclinó la cabeza como señal de respeto, pero con total sinceridad.
Hatori se largó de allí cuando Norie se disponía a salir del despacho. Bajó al garaje subterráneo del ministerio y se detuvo al lado de una columna, mirando al frente con gran ira. De repente, le dio un fuerte puñetazo de rabia a la columna y después apretó los dientes, caminando de un lado a otro. El odio que sentía hacia su padre era aún mayor del que ya sentía antes. «¿¡Cómo osa darle el puesto a Norie!? ¿¡Por qué la ha elegido a ella!? ¡Norie no sabe nada sobre los iris!» pensó.
—Te veo estresado, Hatori —oyó una voz.
Miró a su alrededor con sobresalto, respirando con inquietud. Pero sólo veía coches aparcados en sus plazas, todo quieto y silencioso, excepto por unas raras sombras que la pobre luz de las lámparas del techo proyectaba contra un par de columnas de más allá. Una de ellas estaba proyectada en una dirección diferente a la otra.
—¿Quién anda ahí?
Cuando oyó a sus espaldas unos pasos, se dio la vuelta como el rayo. Vio salir de otra sombra, tras una columna, a un joven chico, rubio y de ojos verdes, con rastas largas y vestido con un elegante traje negro, camisa blanca y sin corbata. Sonreía alegremente, como siempre. Dado que el alumbrado del garaje era muy escaso, el ojo iris emitía su luz, y Hatori sintió que le daba un vuelco el corazón.
—Esa luz en el ojo... ¡Tú eres uno de ellos!
Sacó su pistola de la funda de su uniforme de inmediato. Nunca había tenido a un iris tan cerca –que él pudiera saber–, pero todo lo que sabía sobre ellos, su superior fuerza y velocidad, inteligencia y poder, su odio contra el Gobierno y especialmente que la luz violeta era el color del elemento Oscuridad o Vacío, era suficiente razón para no dudar en disparar. Lo hizo, nervioso. Pero ese iris se convirtió en un humo negro en un segundo y la bala lo atravesó e impactó con la pared del fondo del garaje, mientras este volvía a recuperar su aspecto de carne y hueso.
«Se ha… ¿convertido en su elemento?». Hatori estaba atónito ante ese fenómeno, inesperado, pero no del todo desconocido. Ya leyó hace mucho tiempo, en un viejo informe de su padre de hace veinte años, que esta habilidad la demostró tener el misterioso Fuujin y que podía considerarse una habilidad propia de un iris que había alcanzado el máximo nivel de poder de su elemento. Lo que no podía creer es que hubiera alguien aparte de Fuujin con esta habilidad, y peor aún, un Yami.
A Hatori se le cayó la pistola al suelo a causa del temblor, sabiendo por aplastante lógica que no tenía nada que hacer contra ese monstruo, absolutamente nada. Daba por sentado que había venido a matarlo. Dio unos pasos atrás y trastabilló, cayendo sentado junto a la columna de hormigón. No dejó de contemplar a ese joven sin parpadear, pálido y atemorizado.
—Así es como has conseguido entrar en este edificio pese a todos los detectores y sensores que hay, ¿verdad? Podemos detectar hasta una brisa, hasta una gota de agua o grano de arena. Pero tú… te conviertes literalmente en la nada.
—Relájate —le dijo Izan tranquilamente, acercándose a él.
Hatori trató de alejarse arrastrándose por el suelo, pero dio con la espalda en la columna, impidiéndole moverse más.
—¡Si vas a matarme, hazlo rápido, monstruo!
—Hahah… “monstruo”… —se rio Izan, agachándose frente a él—. Permíteme corregirte. Soy un “dios arki”.
—Sinónimos —le espetó Hatori.
—Qué arrogante.
—Da igual los nombres que te pongas, eres un iris.
—Oh… —Izan puso una mueca sorprendida—. Ya veo. Todavía no sabes lo que es un arki. Y yo que creía que el largo gobierno de Takeshi Nonomiya ya había llegado a descubrir hasta este punto la mayoría de los conceptos, aspectos y funcionamientos sobre el mundo de los iris… Ah, espera —se dio toquecitos en la barbilla con el dedo—. Seguro que Takeshi sí que sabe mucha información después de tantos años. Pero tú te has quedado por la mitad porque él nunca te ha dejado aprender nada de ese mundo de iris y lo poco que sabes lo has tenido que averiguar solo. Qué papá más estricto tienes.
—¿Tú qué sabes de mí o de ese viejo? —gruñó fríamente.
—Lo suficiente para proponerte un trato.
Hatori no dijo nada. Arrugó el ceño, sorprendido por esta inesperada declaración, pero seguía tenso, no se atrevía a moverse aún con ese ser tan peligroso agachado ahí delante de él.
—Qué injusticia trae la vida, ¿verdad, Hatori? Te pasas la vida entera esforzándote, por ser siempre el mejor de la clase, por ser el mejor en los deportes, en las competiciones, en la sociedad, un ciudadano modelo, un hijo modelo… para que al final tu padre te eche indiferentemente a un lado en la investigación más importante del mundo. ¿Por qué será, por qué lo hace, si has demostrado con creces ser el mejor investigador del país, tan joven, tan prodigio?
—No me digas que tú lo sabes.
—Sólo estoy diciendo en voz alta tus propios pensamientos.
—Cualquiera que haya hurgado un poco en mi vida puede deducir eso.
—El caso es, Hatori, que llevas toda tu vida deseando algo que sólo tu padre te puede dar. Pero él no te lo quiere dar. Entonces… ¿qué se puede hacer al respecto?
Hatori decidió que no quería oír más. Se puso en pie y se apartó de él, y se fue caminando hacia la salida.
—O me matas o me voy. Lo que no voy a hacer es seguir escuchando las palabras de un sucio iris.
—Ni siquiera has oído mi proposición —dijo Izan, quedándose allá en pie donde estaba, con las manos en los bolsillos.
—¡Yo no hago tratos con delincuentes y criminales!
—Precisamente. Tú quieres cazarlos y encerrarlos. Pero hay alguien que te impide hacerlo.
Hatori se paró. Pero no se dio la vuelta.
—Y yo soy quien puede abrirte esa puerta cerrada —concluyó Izan.
Hatori giró la cabeza un poco para mirarlo. No dijo nada. Pero se quedó escuchando. Izan agrandó su sonrisa.
—Takeshi le va a ceder el puesto Norie Saitou, ¿no es así? Pero tú sabes que te lo mereces más.
—¿Me estás diciendo que tú vas a conseguir que él cambie de opinión?
—¿Hacer que Takeshi Nonomiya cambie de opinión en algo? ¡Hah! Incluso yo sé que nadie tiene un poder tan grande como ese. Lo único que se puede hacer… es borrarlo del mapa de una vez.
—¿Estás loco? —saltó Hatori, volteándose hacia él del todo.
—¿Estás dispuesto? —repuso Izan—. Vamos, no es ningún secreto lo mucho que siempre has odiado a tu padre. ¿No harías lo que fuera por conseguir su puesto, el que tanto tiempo llevas esperando?
Hatori entornó los ojos con fiereza, e Izan lo tomó por un sí.
—¿Y en qué te beneficia a ti todo esto? —preguntó el policía—. Un trato es un favor mutuo.
—Mm, hm —asintió Izan—. Yo te ayudo a ser el nuevo ministro de Interior… y tú me ignoras por completo.
—¿Qué?
—Que pases de mí. Que no te metas en mi camino. Que me excluyas de tus persecuciones e investigaciones.
—Eh, ¡espera un momento! —entendió a qué se refería, y no le gustó nada.
—Es lo que hay —se defendió Izan, levantando los hombros.
—Eso es porque pretendes algo. Tramas hacer algo que en otras circunstancias me daría motivos de sobra para perseguirte y detenerte.
—Nada es gratis en esta vida —Izan se miró las uñas coquetamente.
—¿Qué vas a hacer? Porque es obvio que, si es tan importante como para pedírmelo en persona con un trato, es porque se trata de un gran atentado o crimen.
—No dramatices tanto. Sólo es una operación personal, un proyecto para conseguirme una vida más fácil, nada más. Sólo quiero vivir mejor y en paz.
—Y yo te creo.
—¿Qué te da más rabia? ¿La actividad de cientos de iris haciendo lo que les da la gana por tu país, o la actividad de una sola persona que busca un beneficio propio?
—¿Eres un iris solitario? ¿Eres un desertor o algo así? ¿Cómo de enemistado estás de los iris, de los de tu calaña, de tus compañeros?
—Lo suficiente como para darle a Hatori Nonomiya el poder que hará que “mi calaña” por fin tema al Gobierno.
Hatori se quedó en silencio. Él ya aprendió desde niño la misma habilidad que tenían los iris de identificar con facilidad la mentira mediante los gestos y el tono de voz. Ese iris, o lo que quiera que fuese, no mentía al decir hasta qué punto no le importaban los demás iris. Estaba claro que ese era un enemigo de los iris, igual que él. No estaba con ellos. No era uno de ellos.
—¿Juras que lo que quiera que sea tu plan o proyecto personal, por muchas leyes que quebrante, no hará daño a humanos inocentes?
—¿Es que si te digo que no puedo jurarte algo así, vas a rechazar lo que te ofrezco?
La tensión estaba agotando a Hatori. Tenía la garganta seca, y sudores fríos. Porque se dio cuenta, al fin, de que estaba en el momento de la decisión más importante de toda su vida. Esto lo iba a cambiar todo. No sólo su vida o el Gobierno de su país. Todo en el mundo iba a empezar a cambiar en cuanto el puesto de su padre fuera oficialmente suyo. Porque eso era lo que Hatori perseguía: cambiarlo todo. Instaurar el auténtico orden y la auténtica paz en el mundo entero, sólo para humanos inocentes.
¿Cuánto daño podía causar este iris desertor comparado con el daño que millones de iris llevaban ya siglos ocasionando, campando a sus anchas por el mundo, creciendo en número, haciendo sus actividades ilegales, controlándolo todo entre las sombras, amenazando a la humanidad y su frágil hegemonía?
—¿Cómo… haría…?
Sólo bastaron esas temblorosas palabras. Izan sonrió maliciosamente y le respondió de forma inmediata. Puso ante sus ojos una pequeña bola de cristal con copos de nieve flotando sobre un edificio en miniatura. Era el mismo objeto del que Kyo le habló a Neuval. El inocente domo de nieve que Neuval, para sus adentros, rezaba por que no fuese un talismán Knive.
—¿Qué hago con esto? —preguntó Hatori.»
En otra zona de la ciudad, en una casa grande y elegante, un hombre que ya tenía el pijama puesto estaba en una butaca de su salón observando atentamente las noticias, con una taza de infusión caliente en las manos y una lamparita encendida. Él también se percató de los ojos enrojecidos de Norie.
—Lo siento, cariño… —suspiró con tristeza—. Tú puedes. Ánimo.
—¿Con quién hablas? —se oyó una vocecita.
El hombre se sorprendió y se giró para mirar atrás, a la puerta abierta del salón. Encontró a una niña pequeña, de cabello negro voluminoso y ojos verdes.
—Clover, cielo, ¿qué haces despierta? ¿Y tu hermano?
—Me levanté para hacer pipí, y oí ruido aquí en el salón, y vi luz, y vine a ver —contestó soñolienta, acercándose a él—. Daisuke sigue dormidito. Abuelito Joji, ¿y la abuelita Norie? ¿Por qué todavía no está en casa?
Joji la tomó en brazos y la sentó sobre sus piernas, abrazándola con cariño.
—Mira, tesoro, la abuela está ahí ahora —señaló al televisor.
—Oh… ¿Está trabajando tan tarde?
—Tiene que dar una noticia importante. ¿Recuerdas lo que nos contó el fin de semana pasado? ¿Que su jefe se iba a jubilar?
—¡Ah, sí! —recordó Clover—. Entonces, abuelito, ¿la abuelita Norie va a ser la nueva ministra?
Joji sonrió apenado, pero no dijo nada. Por supuesto, su mujer ya le había comunicado hace rato el resultado con un mensaje.
—“… con profundo pesar de este inesperado evento, pero respetando la voluntad de Takeshi Nonomiya, procederé a leer la declaración de su decisión final en cuanto a la sucesión de su cargo” —decía Norie, en el atril, con un pequeño micrófono—. “Si antes tienen más preguntas, adelante”.
* * * * * *
Nakuru seguía mordiéndose las uñas, pegada a su televisor.
—“¿Cómo se han enterado de la noticia de su muerte?” —le preguntó la voz de un reportero que estaba en la salita de prensa, tras las cámaras.
—“Antes de asistir a la reunión” —explicó Norie—, “el señor ministro se encontraba en su despacho acabando de preparar su escrito. Cuando llegó la hora, su hijo, el jefe de la Policía de Japón, Hatori Nonomiya, fue a buscarlo para acompañarlo. Mis compañeros y yo ya estábamos en la sala esperando. Y… el señor Hatori Nonomiya regresó al poco rato hacia nosotros muy alterado y desolado. Nos comunicó que se había encontrado con su padre fallecido en su despacho, en su silla.”
—“¿Cuáles han sido las declaraciones de los médicos que se llevaron al señor ministro al hospital?”
—“Los médicos han confirmado un infarto natural, ocurrido minutos antes de que el señor Hatori Nonomiya fuera a buscarlo” —contestó, frotándose los ojos con cansancio brevemente—. “Un simple y trágico accidente natural. Ha sido un duro golpe para mis compañeros y para mí. El señor ministro gozaba de buena salud pese a su edad. No obstante, ha sido un golpe aún más duro para su hijo, Hatori Nonomiya, como cabe esperar. Por eso, me disculpo en su nombre por su ausencia. Como comprenderán, se ha marchado con la ambulancia para acompañar el cuerpo de su padre hasta el hospital.”
—“Por supuesto” —entendieron los reporteros.
—“Si no hay más preguntas, procedo con la declaración” —Norie ordenó sus papeles sobre el atril—. “De los cuatro candidatos elegidos en la primera reunión del Comité hace dos meses, a saber, Aki Tairo, Sumire Arataka, Hatori Nonomiya y yo, Norie Saitou, se han evaluado los requisitos pertinentes de cada expediente…”
Tras leer un texto largo lleno de palabrería técnica como estaba obligada a hacer, Norie tomó aire para dar la conclusión.
—“… es un honor anunciar que el nuevo ministro de Interior de Japón elegido por Takeshi Nonomiya y el resto de miembros del Comité es Hatori Nonomiya.”
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Pipi se tapó la cara con las manos, con el alma en los pies. Los demás iris tuvieron una reacción similar, algunos soltaron un juramento, otros suspiraron y negaron con la cabeza, y otros apretaron los puños con rabia, como Nakuru, que sintió el mando de la televisión hacer “crack” en su mano.
—Hatori… maldito... —dijo.
«Takeshi no ha muerto por causa natural» pensaron todos los iris de todo Japón que veían las noticias, totalmente convencidos. «Ha sido asesinado».
Ahora, el problema estaba confirmado. Hatori ya era el nuevo ministro de Interior. Hatori iba a controlar a toda la policía y departamentos y organismos de seguridad, e iba a tener una fuerte influencia en el sector militar de Japón. Y bien sabían los iris que no sólo iba a encargarse de la seguridad del país, sino que en realidad tenía un objetivo mayor: reanudar la caza de los iris, que su padre había abandonado por completo hace siete años.
Todas las RS de Japón ya conocían a Hatori, desde que comenzó como un policía novato hace once años hasta que fue ascendiendo a jefe de la Policía. Y no es que fuera un corrupto, no es que hubiera ascendido tan rápido por sobornos o influencias. Al contrario. Hatori había llegado a ser jefe de la Policía nacional por méritos reales y asombrosos. Y era por ese motivo que los iris lo temían.
Sin duda, la candidata preferida de todos los iris había sido Norie, porque ya la habían investigado, y en toda su carrera había sido una humana funcionaria genuinamente honrada y, más importante, totalmente ignorante de la existencia de los iris. Takeshi jamás le habló a su secretaria de ellos, ni de la operación de La Caza.
Ahora que Hatori era mucho más que un policía con las manos atadas a los altos mandos, y ahora era él el alto mando, los iris debían andar con el doble de cuidado, porque él podía ser un humano, pero era el más eficaz del mundo.
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Rato después, casi a media noche, Hatori salió del hospital tras visitar a su fallecido padre, como todos esperaban que hiciese, y se encendió un cigarrillo. Soltó una larga bocanada de humo, se abrochó el abrigo hasta el cuello y se fue por la calle, casi vacía a esas horas. Cuando giró una esquina, se sobresaltó al verlo todo oscuro, de repente todo quedó en tinieblas. Las farolas estaban apagadas y no había ni un alma. Bueno, sí, había una pequeña luz un poco más allá, una luz violeta intensa. Hatori arrugó el ceño y se dirigió hacia esa luz, descubriendo a cada paso la silueta de un hombre joven con rastas rubias. Lo estaba esperando ahí de pie, en mitad de la acera, con las manos metidas en los bolsillos y una simpática sonrisa.
Hatori, al pararse a unos metros de él, sacó algo de su bolsillo y se lo devolvió al joven.
—Hm... —sonrió Izan, poniendo a la altura de sus ojos la bonita bola de cristal, que no hace mucho había recogido en un bar de carretera, donde coincidió con Kyo—. Bien hecho, Hatori. Gracias.
—Déjate de cortesías. Esto sólo ha sido un trato y no volverá a ocurrir. Más te vale no volver a ponerte en mi camino, iris.
—Oh, de nada a ti también —dijo Izan con sarcasmo—. No temas, señor ministro, tengo cosas más importantes que hacer que ponerme en tu camino —alargó una ladina sonrisa.
Hatori apartó la mirada con un gesto desdeñoso, pasó de largo y siguió andando calle arriba.
38 horas antes, en la Comisaría Central de Tokio...
«—Jefe —lo llamó su ayudante, corriendo por el pasillo hacia él—. Hemos encontrado algo.
Hatori giró sobre sus talones y siguió a su subordinado, que era un policía apenas más joven que él, al Departamento de Investigación. Allí, se encerraron en una sala de vídeo con varias televisiones y ordenadores, en la que no había nadie en ese momento.
—Mire, es un vídeo de una de las cámaras de seguridad de la joyería que está al lado de la escena donde se produjo el crimen —le indicó el hombre, transfiriendo el archivo por un USB—. El dueño de la joyería nos lo ha dejado.
Hatori entornó los ojos con fiereza. En el vídeo, los hechos se veían algo borrosos y oscuros, y sólo en una esquina de la pantalla. Pero se veían. Esa grabación contenía las imágenes de una callejuela, el lugar donde Neuval había perdido el control hace unos días cuando un grupo de delincuentes fue a atracarlo, la causa por la que Alvion se lo había llevado al Monte para someterlo a juicio.
En un determinado momento, Hatori se abalanzó hacia el teclado del ordenador y detuvo el vídeo, cazando una imagen donde se veía la silueta del asesino agarrando, literalmente, la cara de una de las víctimas con una mano y levantándola a unos centímetros del suelo. Ahí congeló la imagen, y se fijó en el pequeño destello de luz blanca en el rostro del sospechoso, en su ojo izquierdo.
Hatori ya sabía lo de las luces en los ojos de los iris y el elemento que representaba cada color. Esa luz era blanca, era el Viento, y él debía ser Fuujin por narices, ¡no cabía duda! Su ayudante lo miró con extrañeza, preguntándose si veía algo en claro ahí. Hatori observó todo lo que pudo, las ropas, el pelo, la altura, la forma... la luz blanca...
—Es un monstruo —murmuró su ayudante, horrorizado, sin entender cómo se podía coger a alguien de la cara con una mano y levantarlo del suelo.
Su jefe volvió a reproducir el vídeo y se cruzó de brazos, sereno, viendo todo lo demás. Su ayudante no pudo evitar tener que apartar la mirada, estaba horrorizado.
—Hay algo que no me cuadra… —comentó Hatori.
—¿Qué es?
—Fuujin es un iris del Viento de máximo nivel. Puede convertirse en aire. Pero aquí… en los últimos segundos de la grabación… parece como si se transformara en algo… diferente… Parece como… algo negro… hecho de sombras, con dos ojos de luz y no sólo uno… y se esfuma en un segundo.
—Podrían ser los píxeles, que emborronan la imagen.
Hatori no dijo nada, seguía ensimismado, pensativo.
—Haz que amplíen y limpien el mayor número posible de imágenes en las que salga él —le ordenó—. Fuujin. Quiero conocer su cara. Quiero saber cómo es.
Pocas horas después, Hatori visitó el edificio del Ministerio de Interior para zanjar un papeleo. Sin embargo, al pasar cerca de la puerta del despacho de Takeshi Nonomiya, oyó que su anciano padre hablaba con alguien y se acercó con discreción a echar un vistazo.
Vio a su padre sentado en su silla, y al otro lado de la mesa estaba Norie Saitou. No le gustó mucho ver este detalle. Norie era la secretaria general, y cuando iba a atender un recado del ministro, apuntaba en su agenda y lo hacía de pie. Pero ahora estaba sentada frente él en su escritorio, sin su agenda en la mano. Los dos conversaban y con una copa de sake, que claramente Takeshi había convidado a Norie, como quien compartía una conversación con un igual, y fuera de servicio. Hatori se limitó a escuchar, asomándose con cuidado por el hueco que dejaba la puerta medio cerrada.
—¿Por qué me lo está diciendo ahora, señor? —preguntó Norie con gran sorpresa—. La reunión… mañana…
—Quería que lo supiese la primera, señora Saitou —contestó Takeshi—. Sólo por eso.
—¿Puedo preguntar… por qué yo?
—Tiene 45 años, y ha trabajado a mi lado durante 23 años. Ha demostrado tener una lealtad admirable hacia mí, una integridad encomiable por este país y ha hecho más sacrificios que ningún otro por este ministerio. Su expediente demuestra lo competente que es para un cargo de este calibre, no me cabe duda. Usted es en quien más confío. Por eso, he decidido que usted será mi sucesora, Saitou. Estoy convencido de que no hay nadie mejor para ocupar mi puesto.
—Es un grandísimo honor, señor —inclinó la cabeza como señal de respeto, pero con total sinceridad.
Hatori se largó de allí cuando Norie se disponía a salir del despacho. Bajó al garaje subterráneo del ministerio y se detuvo al lado de una columna, mirando al frente con gran ira. De repente, le dio un fuerte puñetazo de rabia a la columna y después apretó los dientes, caminando de un lado a otro. El odio que sentía hacia su padre era aún mayor del que ya sentía antes. «¿¡Cómo osa darle el puesto a Norie!? ¿¡Por qué la ha elegido a ella!? ¡Norie no sabe nada sobre los iris!» pensó.
—Te veo estresado, Hatori —oyó una voz.
Miró a su alrededor con sobresalto, respirando con inquietud. Pero sólo veía coches aparcados en sus plazas, todo quieto y silencioso, excepto por unas raras sombras que la pobre luz de las lámparas del techo proyectaba contra un par de columnas de más allá. Una de ellas estaba proyectada en una dirección diferente a la otra.
—¿Quién anda ahí?
Cuando oyó a sus espaldas unos pasos, se dio la vuelta como el rayo. Vio salir de otra sombra, tras una columna, a un joven chico, rubio y de ojos verdes, con rastas largas y vestido con un elegante traje negro, camisa blanca y sin corbata. Sonreía alegremente, como siempre. Dado que el alumbrado del garaje era muy escaso, el ojo iris emitía su luz, y Hatori sintió que le daba un vuelco el corazón.
—Esa luz en el ojo... ¡Tú eres uno de ellos!
Sacó su pistola de la funda de su uniforme de inmediato. Nunca había tenido a un iris tan cerca –que él pudiera saber–, pero todo lo que sabía sobre ellos, su superior fuerza y velocidad, inteligencia y poder, su odio contra el Gobierno y especialmente que la luz violeta era el color del elemento Oscuridad o Vacío, era suficiente razón para no dudar en disparar. Lo hizo, nervioso. Pero ese iris se convirtió en un humo negro en un segundo y la bala lo atravesó e impactó con la pared del fondo del garaje, mientras este volvía a recuperar su aspecto de carne y hueso.
«Se ha… ¿convertido en su elemento?». Hatori estaba atónito ante ese fenómeno, inesperado, pero no del todo desconocido. Ya leyó hace mucho tiempo, en un viejo informe de su padre de hace veinte años, que esta habilidad la demostró tener el misterioso Fuujin y que podía considerarse una habilidad propia de un iris que había alcanzado el máximo nivel de poder de su elemento. Lo que no podía creer es que hubiera alguien aparte de Fuujin con esta habilidad, y peor aún, un Yami.
A Hatori se le cayó la pistola al suelo a causa del temblor, sabiendo por aplastante lógica que no tenía nada que hacer contra ese monstruo, absolutamente nada. Daba por sentado que había venido a matarlo. Dio unos pasos atrás y trastabilló, cayendo sentado junto a la columna de hormigón. No dejó de contemplar a ese joven sin parpadear, pálido y atemorizado.
—Así es como has conseguido entrar en este edificio pese a todos los detectores y sensores que hay, ¿verdad? Podemos detectar hasta una brisa, hasta una gota de agua o grano de arena. Pero tú… te conviertes literalmente en la nada.
—Relájate —le dijo Izan tranquilamente, acercándose a él.
Hatori trató de alejarse arrastrándose por el suelo, pero dio con la espalda en la columna, impidiéndole moverse más.
—¡Si vas a matarme, hazlo rápido, monstruo!
—Hahah… “monstruo”… —se rio Izan, agachándose frente a él—. Permíteme corregirte. Soy un “dios arki”.
—Sinónimos —le espetó Hatori.
—Qué arrogante.
—Da igual los nombres que te pongas, eres un iris.
—Oh… —Izan puso una mueca sorprendida—. Ya veo. Todavía no sabes lo que es un arki. Y yo que creía que el largo gobierno de Takeshi Nonomiya ya había llegado a descubrir hasta este punto la mayoría de los conceptos, aspectos y funcionamientos sobre el mundo de los iris… Ah, espera —se dio toquecitos en la barbilla con el dedo—. Seguro que Takeshi sí que sabe mucha información después de tantos años. Pero tú te has quedado por la mitad porque él nunca te ha dejado aprender nada de ese mundo de iris y lo poco que sabes lo has tenido que averiguar solo. Qué papá más estricto tienes.
—¿Tú qué sabes de mí o de ese viejo? —gruñó fríamente.
—Lo suficiente para proponerte un trato.
Hatori no dijo nada. Arrugó el ceño, sorprendido por esta inesperada declaración, pero seguía tenso, no se atrevía a moverse aún con ese ser tan peligroso agachado ahí delante de él.
—Qué injusticia trae la vida, ¿verdad, Hatori? Te pasas la vida entera esforzándote, por ser siempre el mejor de la clase, por ser el mejor en los deportes, en las competiciones, en la sociedad, un ciudadano modelo, un hijo modelo… para que al final tu padre te eche indiferentemente a un lado en la investigación más importante del mundo. ¿Por qué será, por qué lo hace, si has demostrado con creces ser el mejor investigador del país, tan joven, tan prodigio?
—No me digas que tú lo sabes.
—Sólo estoy diciendo en voz alta tus propios pensamientos.
—Cualquiera que haya hurgado un poco en mi vida puede deducir eso.
—El caso es, Hatori, que llevas toda tu vida deseando algo que sólo tu padre te puede dar. Pero él no te lo quiere dar. Entonces… ¿qué se puede hacer al respecto?
Hatori decidió que no quería oír más. Se puso en pie y se apartó de él, y se fue caminando hacia la salida.
—O me matas o me voy. Lo que no voy a hacer es seguir escuchando las palabras de un sucio iris.
—Ni siquiera has oído mi proposición —dijo Izan, quedándose allá en pie donde estaba, con las manos en los bolsillos.
—¡Yo no hago tratos con delincuentes y criminales!
—Precisamente. Tú quieres cazarlos y encerrarlos. Pero hay alguien que te impide hacerlo.
Hatori se paró. Pero no se dio la vuelta.
—Y yo soy quien puede abrirte esa puerta cerrada —concluyó Izan.
Hatori giró la cabeza un poco para mirarlo. No dijo nada. Pero se quedó escuchando. Izan agrandó su sonrisa.
—Takeshi le va a ceder el puesto Norie Saitou, ¿no es así? Pero tú sabes que te lo mereces más.
—¿Me estás diciendo que tú vas a conseguir que él cambie de opinión?
—¿Hacer que Takeshi Nonomiya cambie de opinión en algo? ¡Hah! Incluso yo sé que nadie tiene un poder tan grande como ese. Lo único que se puede hacer… es borrarlo del mapa de una vez.
—¿Estás loco? —saltó Hatori, volteándose hacia él del todo.
—¿Estás dispuesto? —repuso Izan—. Vamos, no es ningún secreto lo mucho que siempre has odiado a tu padre. ¿No harías lo que fuera por conseguir su puesto, el que tanto tiempo llevas esperando?
Hatori entornó los ojos con fiereza, e Izan lo tomó por un sí.
—¿Y en qué te beneficia a ti todo esto? —preguntó el policía—. Un trato es un favor mutuo.
—Mm, hm —asintió Izan—. Yo te ayudo a ser el nuevo ministro de Interior… y tú me ignoras por completo.
—¿Qué?
—Que pases de mí. Que no te metas en mi camino. Que me excluyas de tus persecuciones e investigaciones.
—Eh, ¡espera un momento! —entendió a qué se refería, y no le gustó nada.
—Es lo que hay —se defendió Izan, levantando los hombros.
—Eso es porque pretendes algo. Tramas hacer algo que en otras circunstancias me daría motivos de sobra para perseguirte y detenerte.
—Nada es gratis en esta vida —Izan se miró las uñas coquetamente.
—¿Qué vas a hacer? Porque es obvio que, si es tan importante como para pedírmelo en persona con un trato, es porque se trata de un gran atentado o crimen.
—No dramatices tanto. Sólo es una operación personal, un proyecto para conseguirme una vida más fácil, nada más. Sólo quiero vivir mejor y en paz.
—Y yo te creo.
—¿Qué te da más rabia? ¿La actividad de cientos de iris haciendo lo que les da la gana por tu país, o la actividad de una sola persona que busca un beneficio propio?
—¿Eres un iris solitario? ¿Eres un desertor o algo así? ¿Cómo de enemistado estás de los iris, de los de tu calaña, de tus compañeros?
—Lo suficiente como para darle a Hatori Nonomiya el poder que hará que “mi calaña” por fin tema al Gobierno.
Hatori se quedó en silencio. Él ya aprendió desde niño la misma habilidad que tenían los iris de identificar con facilidad la mentira mediante los gestos y el tono de voz. Ese iris, o lo que quiera que fuese, no mentía al decir hasta qué punto no le importaban los demás iris. Estaba claro que ese era un enemigo de los iris, igual que él. No estaba con ellos. No era uno de ellos.
—¿Juras que lo que quiera que sea tu plan o proyecto personal, por muchas leyes que quebrante, no hará daño a humanos inocentes?
—¿Es que si te digo que no puedo jurarte algo así, vas a rechazar lo que te ofrezco?
La tensión estaba agotando a Hatori. Tenía la garganta seca, y sudores fríos. Porque se dio cuenta, al fin, de que estaba en el momento de la decisión más importante de toda su vida. Esto lo iba a cambiar todo. No sólo su vida o el Gobierno de su país. Todo en el mundo iba a empezar a cambiar en cuanto el puesto de su padre fuera oficialmente suyo. Porque eso era lo que Hatori perseguía: cambiarlo todo. Instaurar el auténtico orden y la auténtica paz en el mundo entero, sólo para humanos inocentes.
¿Cuánto daño podía causar este iris desertor comparado con el daño que millones de iris llevaban ya siglos ocasionando, campando a sus anchas por el mundo, creciendo en número, haciendo sus actividades ilegales, controlándolo todo entre las sombras, amenazando a la humanidad y su frágil hegemonía?
—¿Cómo… haría…?
Sólo bastaron esas temblorosas palabras. Izan sonrió maliciosamente y le respondió de forma inmediata. Puso ante sus ojos una pequeña bola de cristal con copos de nieve flotando sobre un edificio en miniatura. Era el mismo objeto del que Kyo le habló a Neuval. El inocente domo de nieve que Neuval, para sus adentros, rezaba por que no fuese un talismán Knive.
—¿Qué hago con esto? —preguntó Hatori.»
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