1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
—Pásame esa jarra —le indicó Drasik—. ¡Esa no! La de tu izquierda... ¡Tu otra izquierda!
Kyo agitó las manos con exasperación, haciéndose un lío.
Él y Drasik eran mejores amigos desde que tenían unos 6 años, pero esta era la primera vez que Kyo veía el laboratorio de su amigo. Siempre había sabido que desde que Drasik se especializó en Química en la Asociación, había estado usando una de las habitaciones de su casa como laboratorio privado. Drasik nunca había podido enseñárselo antes porque estaba prohibido que un humano externo a la Asociación entrase en los laboratorios de los iris que experimentaban con esta ciencia. Ahora que Kyo era un iris oficial de la Asociación, Drasik había podido por fin mostrarle su santuario.
La verdad es que Kyo no se esperó encontrarse con una habitación tan bien aclimatada, en una simple vivienda. Parecía un laboratorio profesional. Era una habitación grande y sin ventanas, supuestamente para usarse de trastero, pero no daba sensación claustrofóbica ni nada. Drasik le explicó que, cuando comenzó a demostrar un talento notable como Químico hace cinco años, el propio Pipi, Líder de la SRS y también arquitecto, se ofreció a ponerle en esa habitación las instalaciones adecuadas, como paredes hechas de un material a prueba de ácidos y fuegos, conductos de ventilación eficaces, fontanerías, iluminación… Luego, los aparatos avanzados, como los tanques de mezclas, microscopios y demás, fueron un regalo de Neuval.
Lo único que había incomodado a Kyo fue que, nada más entrar en la habitación, Drasik comenzó a quitarse la ropa hasta quedarse en calzoncillos. Y después, se puso una bata blanca encima. Drasik le dijo que era así como trabajaba, en calzoncillos y en bata, porque por nada en el mundo quería que su estilosa ropa normal se le estropease, manchase o quemase. Y luego, se puso unas gafas protectoras negras, quedándole el pelo mucho más raro de lo que ya lo tenía por la goma.
Cuando Kyo se vio ahí delante de semejante personaje en ropa interior, bata blanca, gafas protectoras, pelos de auténtico loco y sonrisa de bobo, se sintió de pronto dentro de la película de Frankenstein y tuvo un poquito de miedo.
Enseguida, el Sui se había puesto a preparar algo, y ahora estaba Kyo intentando ayudarlo, delante de una estantería repleta de recipientes de vidrio de todo tipo de formas y tamaños. Cuando dio por fin con lo que le pedía, una jarra de cristal, se la llevó a la mesa central, donde Drasik ya estaba lavando unos utensilios.
—Atiende, Kyosuke. Esto es un arte, y es imprescindible en la vida —le indicó.
—Vale —contestó, muy serio, prestando toda su atención.
Entonces Drasik, después de llenar de agua la jarra, cogió una especie de vaso, que era un poco esférico, hecho de madera y rematado con un borde y una base de acero. Lavó su interior con agua y un pañuelo muy brevemente. Después, sacó de un cajón de esa mesa central, que era como una isla, un tarro muy grande de vidrio, lleno de una especie de hierbas secas.
—¿Qué… es eso?
—Esto, Kyo, es yerba mate con palo.
—¿Yer-qué?
—Yerba mate con palo.
—¿En qué idioma está eso?
—Atiende, Kyosuke —le repitió, superserio.
Kyo estaba un poco perdido, pero volvió a atender.
—Mate de madera de algarrobo —Drasik le mostró el vaso.
—Sigo sin entender ese idioma.
—Lo llenas de yerba, dos tercios de su capacidad —vertió las hierbas del tarro dentro del vaso—. Lo bates un poco, para quitarle el polvo —tapó el vaso con la palma de la mano y lo agitó un poco, y al quitar la mano, tenía la palma llena de un fino polvito que después se limpió soplando.
—Mmmvale… —Kyo seguía perdido.
—Inclinación, 45 grados —continuó enseñándole Drasik, inclinando el vaso hasta que las hierbas de dentro dejaron una cavidad hasta el fondo—. Después, agua. A 80 grados Celsius, ni más ni menos —le acercó la jarra llena de agua. Kyo se la quedó mirando. Drasik siguió mirando a Kyo, callado. Kyo miró a Drasik y luego a la jarra, esperando algo. Drasik parpadeó con paciencia—. Agua, a 80 grados —repitió.
—¡Ah! ¡Que te lo caliente yo! —entendió Kyo al fin, y sostuvo la jarra con ambas manos—. ¿No tienes un calentador, o qué?
—El calentador tarda más y no siempre confío en que lo haga a la temperatura exacta. Si te digo a 80 grados, tú sabes calentarla a 80 grados exactos, ¿verdad?
—Sí, Drasik —contestó pacientemente—. Los Ka sabemos calentar cosas con perfecta precisión medida en grados. Toma, tus 80 grados Celsius —le acercó la jarra.
Pero Drasik hizo un gesto raro como si Kyo le estuviera acercando una caca de perro.
—Iiih…
—¿Me tomas el pelo? —dijo Kyo.
—No me gusta tocar cosas tan calientes.
—¿Y qué quieres que le haga?
—Tú verterás el agua, aquí —le acercó el vaso con la hierba inclinada—. Eso sí. Importantísimo. Poco a poco. Despacio. Que vaya cayendo en la parte del fondo, en la yerba de abajo, no en la de arriba.
—Doy por sentado que por yerba te refieres a estas hierbitas secas.
Kyo suspiró y siguió sus indicaciones, vertiendo el agua caliente con cuidado.
—Eso es. Que la yerba de abajo se vaya empapando y que desplace hacia arriba el resto de la yerba aún seca. Un poquito más… ¡Ya! Ahí está bien. Ahora, atiende, Kyo.
—Atiendo.
—Crucial —le enseñó un tubito de metal, algo aplanado, hueco por dentro—. La bombilla. Supercrucial.
—La bonyiya, crucial —repitió, o lo intentó.
—Tapas el agujero de arriba con el pulgar para que el aire dentro del tubo no permita que le entre yerba ni polvo, e introduces la bombilla por el hueco, así, de esta forma. A esta altura, y como si hicieras un poco de palanca, hasta que la bombilla se queda sujeta así, con esta inclinación.
—Ajá…
—Ya está listo. Luego se le irá añadiendo más agua caliente conforme se va consumiendo.
—Mm… de acuerdo… —Kyo fue a coger el vaso, preguntándose cómo tendría que tomarse eso, pero de repente Drasik lo cogió antes y se puso a sorber por el tubito—. ¡Pe…! ¿¡No se supone que soy yo quien tiene que tomarse el opurita!?
—¿Qué dices, tontín? Esto no es el opurita, es mi mate.
—¡Ay, Dios! ¡Es esa cosa rara que te pones a beber a veces! —acabó recordando.
—Mm, hm —siguió sorbiendo, disfrutando su bebida.
—¡Yo creía que ya estábamos haciendo el opurita! ¡No parabas de decir que era imprescindible y crucial!
—¡Efectivamente! No puedo trabajar debidamente sin un buen mate en mano.
Kyo lo miró muy quieto y callado mientras lo asesinaba de tres formas diferentes en su imaginación.
—Ahora sí, a fabricar el opurita —apremió Drasik, apuntando con un dedo firme hacia el horizonte, es decir, hacia una pared cualquiera de la habitación, como si liderase a todo un equipo.
Nunca en su vida había visto Kyo a Drasik tan concentrado en algo durante más de media hora seguida. Era como si se hubiese transformado en otra persona. Cuando estaba en el instituto, le gustaba hacer el tonto; cuando estaba en la calle con amigos, le gustaba hacer el loco; cuando estaba de relax en casa, le gustaba hacer el payaso. Pero cuando estaba en una misión para atrapar o matar a unos criminales y cuando estaba trabajando en el laboratorio… Kyo estaba un poco asustado, le daba miedo preguntarle si le había poseído algún espíritu que había sido un serio catedrático universitario en vida.
—La verdad es que en el entrenamiento había oído algo sobre las especialidades extra —comentó Kyo mientras lo ayudaba a cocinar el opurita—. Como los Hosha con la informática, o los Suna de muy alto nivel con la metalurgia… Entiendo que los Shokubutsu tienen la especialización botánica y curandera, y que los Sui tengáis opción a la química, pero ¿también sanáis?
—Meh… no es exactamente lo mismo —le explicó Drasik, con su mate calentito en una mano mientras que con la otra removía un líquido espeso y anaranjado en un recipiente de cristal—. Los Shokubutsu se especializan más en la química natural de sustancias exclusivamente provenientes de las plantas, y son los curanderos de cada RS en cuanto a lesiones, heridas o dolencias del cuerpo, como disparos, quemaduras, huesos rotos, cortes… Los Sui nos especializamos más en la química general, incluyendo sustancias más artificiales y adulteradas, y solucionamos problemas más relacionados con el estado mental o psíquico.
—Aaah… O sea que los Sui hacéis las drogas —casi rio.
—Bueno, dicho así, suena un poco mal. Pero sí. Hacemos remedios para calmar nervios, o para estimular el ánimo, o para la concentración, etcétera.
—Un momento… —puso una mueca pensativa—. ¿Entonces Yako es el curandero de la KRS? Porque no tengo noticia de que él tenga ese título, a pesar de que sí lo he visto curaros heridas con remedios vegetales.
—Hm, más quisiera él —contestó con un deje de fastidio—. Yako es curandero, pero no oficial.
—¿Y eso?
—Alvion, dolido por la decisión que tomó su nieto de rechazar su linaje Zou y su destino como Señor de los Iris, le dejó que siguiese su camino como iris normal pero con la condición de que no aprendiese las técnicas curativas. Fue como su castigo hacia Yako por haberle deshonrado.
—Alvion es un poco duro, ¿no? —frunció el ceño.
—Bueno, son cosas suyas personales con Yako. No es que la química botánica medicinal sea la mayor pasión de Yako o su gran sueño, pero sí que es su hobby preferido junto con la cocina, y le hacía ilusión especializarse como curandero porque decía que así sería de más utilidad para la KRS. Alvion simplemente lo castigó quitándole este hobby. Podría haber sido peor, y haberle prohibido a la fuerza ser iris o estar con nosotros en la KRS, o haberle quitado su cafetería. Porque la cafetería es de Alvion.
—Espera, ¿¡qué!? —se sorprendió Kyo—. Creía que era de Yeilang, y que Yako la heredó de su padre.
—La cafetería fue un regalo que Alvion le hizo a Yeilang. Él le compró el local, las instalaciones, los muebles y la reforma. Yako, y su padre antes que él, dirigían el negocio como pasatiempo. Yako es el dueño del negocio, quien decide cómo se hace y cómo funciona todo, a quién contrata, a qué proveedores compra, qué productos vende y todas esas cosas. Pero Alvion sigue siendo el dueño del local, quien decide si vende el lugar, o si lo cierra o si lo quiere usar para otro negocio.
—Ya entiendo.
—Yo, la verdad, no entiendo cómo a estas alturas de época no se han abandonado ya esos valores tradicionales chinos en los clanes de gran relevancia —resopló Drasik—. Los hijos han de seguir los pasos de sus padres o los que estos deciden darles, si no, deshonra para todo el clan. Ah, sin ofender.
—Yo no soy chino, soy medio chino —le corrigió Kyo por enésima vez—. Mi padre era chino y mi madre es japonesa, además que yo nací aquí, te recuerdo.
—Bueno —continuó, mirando en sus manos dos botes de cristal que contenían un líquido cristalino y los dejó sobre unas placas térmicas en la mesa central—. De todas formas, Yako consiguió al final aprender las técnicas de curandero. Recuerdas que ayer nos mostró lo que se había aplicado en las heridas de la pelea, ¿no?
—¿Pero cómo? —se extrañó, ayudándolo a llevar un pesado tanque desde una de las encimeras de la pared a la mesa central—. Si Alvion se lo prohibió, es imposible que haya podido salirse con la suya.
—Heheh… —rio Drasik—. A no ser que recurras a la única persona del mundo que es capaz de salirse siempre con la suya incluso ante las órdenes de Alvion.
—No digas más —Kyo supo enseguida a quién se refería.
—Yako tenía 10 años cuando le confesó al maestro Fuujin sus deseos de aprender alguna técnica curativa. ¿Y qué hizo Fuujin? Se fue al Monte Zou de inmediato y, con ayuda de Pipi, robó copias de los libros donde se enseñaban todas las técnicas de química botánica medicinal. A diferencia de los demás iris, Yako no necesitaba la instrucción de los monjes para aprenderlas, supo aprenderlas por sí solo siguiendo toda la información de los libros. No es ningún secreto que la química botánica es el talento natural de todos los Zou. Y, bueno… al final Alvion lo dejó pasar, porque, ya sabes, tiene un millón de cosas peores de las que preocuparse. Pero como no le firmó a Yako el título oficial de curandero, pues… oficialmente Yako no es curandero.
—Ya.
Ambos se quedaron un momento callados, mientras preparaban la máquina mezcladora sobre la mesa.
—Pues Fuujin me ha dicho que tú eres de los Químicos más excepcionales de la Asociación —le comentó Kyo—, y que por eso has creado algo tan único y especial como el opuritaserum.
—¿Él te ha dicho eso de mí? —lo miró sorprendido, y se le sonrojaron un poco las mejillas debajo de sus gafas negras protectoras, rascándose la barbilla con la puntita del dedo y una sonrisilla tímida. Se sentía enormemente halagado.
—Sí, pero ¿quiere eso decir que lo fabricaste exclusivamente para… ya sabes… la habilidad de Izan de afectar a alguien mentalmente con su elemento?
—Mmm… El opurita lo ideé para los efectos del elemento Yami en el cuerpo, cualesquiera que sean y donde sean, ya sea en tu mano, en tu hígado o en tu cerebro, e incluso en tu energía mental. Lo ideé tras observar en misiones del pasado, o en misiones de las que me hablaban otros, que a veces los propios compañeros de un iris Yami acababan alcanzados por su elemento por accidente o salían perjudicados.
—Aaahh, he oído algo de eso. Los iris Yami y los iris Hosha tienen el problema común de dominar elementos muy peligrosos. Son incluso más peligrosos que el mío, porque si yo veo que una de mis llamaradas va a alcanzar a uno de mis compañeros, la detengo, o cualquiera puede ver mi llamarada y reaccionar a tiempo y apartarse. Pero los Yami y los Hosha manejan elementos invisibles y que al mínimo contacto puede causar daños externos e internos, y además, no darte cuenta de esos daños hasta tiempo después —se señaló a sí mismo.
—Así es. Por culpa de lo que Izan te ha hecho, lo que quiera que te haya hecho y que no me está permitido preguntar… —añadió entre dientes—… tienes microcampos de vacío afectando a la energía de tu iris, que se hospeda en tu mente. Pero tranquilo, no te borra o te hace desaparecer neuronas, lo que hace es alterar la energía inmaterial de tu iris, provocando, por así decirlo, fallos de funcionamiento. Si Izan hubiera usado su elemento contra tu cuerpo o cerebro sin usar una Técnica mental, significa que habría usado su elemento del vacío de forma física, y habría afectado físicamente a tu cerebro. Es decir, que tendrías esos microcampos de vacío viajando entre tus neuronas y borrándolas a su paso. Es decir, que más o menos una hora después de habértelo hecho, habrías muerto. Porque habría hecho desaparecer tu cerebro. Y tu cadáver se habría quedado con el cráneo vacío. Literalmente.
—Vaaale, ya lo pillo, no hace falta que detalles —lo frenó Kyo, espeluznado al imaginarlo—. Así que lo de “microcampos” es a lo que Fuujin se refería cuando me dijo que tenía suerte de que Izan no se hubiese ensañado conmigo.
—Oh, colega, suerte es decir poco —le aseguró Drasik—. Por supuesto, esos microcampos de vacío son eso, micro, minúsculos, diminutos, de tamaño molecular. Es obvio que Izan te ha afectado con su elemento de la manera más suave e inofensiva a propósito. Si hubiera querido matarte o dejarte secuelas de por vida, lo habría hecho. Pero no lo ha hecho… y eso… —se le quebró un poco la voz, pero intentaba disimular, concentrándose en su labor con los tubos de ensayo—… eso es un alivio.
Kyo notó perfectamente el sentimiento en el tono de su voz.
—Eh… Tranquilo, Dras. Como bien dices, voy a estar bien, no me va a pasar nada. Sobre todo porque tú me vas a eliminar el problema de mi mente. Fuujin dice que eres infalible en eso, y yo le creo.
—¡Es que no entiendo por qué…! —brincó de repente, pero se quedó algo meditabundo—. No entiendo por qué Izan te ha hecho algo así… Obviamente agradezco que no haya decidido matarte ni dejarte secuelas irreparables, pero… si lo hubiese hecho… habría sido tan repentino… habrías muerto en aquel bar… solo… y tan inesperadamente… como… como Yousuke… ¿sabes? —lo miró con tristeza.
Kyo bajó la mirada. Sabía a qué se refería.
—No habría aguantado… no habría sobrevivido a recibir una noticia así por segunda vez —añadió Drasik—. No habría superado jamás perderte a ti también, Kyo. Perder a You ya fue… bastante insoportable para ti y para mí. Sois más que mis mejores amigos, ambos siempre fuisteis como hermanos para mí.
Kyo se separó de la encimera sobre la que estaba apoyado y se acercó a él. Le posó una mano en el hombro, sonriéndole con esa calma que él siempre emitía. Drasik suspiró y también le sonrió, indicándole que no pasaba nada, y siguió con su labor. Estuvieron largo rato en silencio, concentrados en las mezclas.
—Así que… tu opurita puede eliminar los campos de vacío que afectan tanto al cuerpo físico como a la energía inmaterial de la mente y el iris, ¿eh? —comentó Kyo—. Y yo que creía que ya era alucinante saber que también eres tú quien creó la Fire y la Ice Pomade.
—¡Oh, cierto! ¿Te dio tu abuelo la que te hice?
—Sí, el mismo día que regresé del Monte Zou a Tokio hace unas semanas, me dio el tarro que me habías preparado y me explicó su uso. Sinceramente, me parece un auténtico incordio tener que untarme una crema por todo el cuerpo cada vez que vaya a ciertos lugares de la ciudad o al aeropuerto, donde Takeshi Nonomiya mandó instalar cámaras térmicas de vigilancia.
—Ya, a mí me vas a contar. Es un incordio que tanto los Ka como los Sui tenemos que aguantar, y los demás iris no. Suerte que solamente es en algunos lugares específicos de la ciudad.
—Cuando te enteraste de que había ese tipo de cámaras por Tokio desde los años 90, y que podían identificar a un Ka o a un Sui sólo por la temperatura inhumana que presentan nuestros cuerpos, ¿se te ocurrió así sin más la solución de la crema térmica?
—Yo sólo recuerdo lo mucho que me acojoné por la sola idea de que una cámara del Gobierno me identificase como iris en un instante, sólo porque mi cuerpo tiene la mitad de la temperatura de un humano normal y ante una lente térmica parecería un cadáver andante.
—¡Hahah! Ya veo cómo funcionas tú —se rio.
—¿Cómo?
—Tus inventos. Esas ideas y soluciones tan geniales, sólo se te ocurren cuando el problema es grave y te da miedo.
—Hey… —lo miró con ojos recelosos tras las gafas—. ¿Capto un mensaje oculto en esa afirmación con cierto retintín?
—Todavía sigo esperando esa pintura acrílica tan especial que hace tres años me dijiste que fabricarías y que me regalarías en uno de mis cumpleaños. Ya sabes, la pintura que me dijiste que tú podías hacer que cambiase de color por sí sola en reacción con el frío y el calor.
—¡Ah! Eso está en “proyectos pendientes” —sonrió con inocencia.
—Claro, porque no es una urgencia. ¡Pero me tienes en ascuas! —exclamó, levantando las manos—. Me muero por usar esa pintura mágica en uno de mis cuadros.
—No es magia, my friend, ¡es química! —le corrigió Drasik con entusiasmo.
—Hah… —Kyo soltó una risotada y se cruzó de brazos, negando con la cabeza—. De verdad, te juro que a veces me recuerdas al tío Neu cuando defiendes tu ciencia con esa pasión.
A Drasik se le volvió a formar esa sonrisilla boba y tímida cuando Kyo lo comparó con su ídolo. Pero en ese momento algo explotó cerca de ellos y casi les causó un infarto de miocardio. Se dieron la vuelta, pálidos como el papel y una mano en el pecho. El líquido espeso de uno de los tarros que Drasik dejó antes sobre unas placas térmicas había estado borboteando con violencia por haber estado demasiado tiempo al fuego, y este líquido acabó prendiéndose de fuego. Del tarro salía una enorme llamarada continua, hasta el techo.
Un segundo después, el aspersor de seguridad del techo comenzó a rociar agua por todas partes.
—¡Kyo, tápate!
—¡Ah! —Kyo se lanzó de cabeza debajo de una mesa en la pared para ponerse a cubierto, pues el agua que caía estaba fría y le hacía daño en la piel.
—¡Nooo, mis mezclas, no se pueden mojar! —Drasik estiró una mano hacia el aspersor y lo congeló con una coraza de hielo con una orden de su iris para taponarlo, y el agua dejó de caer.
Pero la llamarada seguía saliendo rugiente del tarro y además era de color verde. Entonces, el tarro estalló en pedazos y el líquido prendido se extendió lenta y espesamente por la mesa junto con el fuego.
—¡Kyo, haz algooo! ¡Ayy! —Drasik hizo ademán de ir hacia el fuego sobre la mesa pero recordó que este le hacía daño sólo con aproximarse y corrió hasta la otra punta de la habitación—. ¡Apágalo, apágalooo!
—¡No puedo, no me obedece! ¡Es una llama verde, es distinta al fuego común, no tengo nivel para dominar la ignición de metales! —replicó Kyo, apuntando con su mano hacia ella sin éxito—. ¿¡Qué está quemando, cobre!?
—¡Sulfato de cobre con una mezcla mía especial de resina acrílica y etanol!
—¡Échale agua, escúpele agua o algo, ¿a qué esperas?!
—¡El agua no lo apagará! ¡Ahógalo con algooo!
Kyo salió de debajo de la mesa de la pared, se acercó a la isla central, se arremangó el jersey para no quemárselo y trató de extinguir ese fuego a base de manotazos, como si estuviera aplastando bichos por la mesa.
—Oh… —se quedó quieto un momento, dejando que ese fuego verde le envolviera manos y brazos—. Es precioso… Incluso agradable…
—¡Joder, Kyo!
—¿Me puedo llevar una muestra? —se giró para mirar a su amigo—. La combustión de metales se siente tan… interesante…
—¡Waaaahh! —de pronto Drasik apareció volando de un salto hacia la mesa, sujetando debajo de él una manta de un tejido muy grueso, y aterrizó en plancha sobre el fuego, ahogándolo por fin por completo.
Se quedó ahí, tumbado panza abajo sobre la isla, sobre la manta, en calzoncillos y en bata blanca. Se hizo el silencio.
—¡Drasiiiiiik! —se oyó un chillido furioso en la lejanía, y después unos pasos corriendo por ahí.
—Oh, no…
De repente se abrió la puerta del laboratorio e irrumpió Eliam con una cara de mil demonios y empapado de agua porque los aspersores del resto de la casa también se habían activado. Hasta que Eliam cerró la llave central del agua de la vivienda.
—¡Drasik Jones Álvarez, es la tercera vez en cuatro meses! ¡Se mojó toda la casa, carajo! ¡Ya estás quitando hasta la última gota de agua de los muebles y de los aparatos!
—Lo… lo sentimos, Eli —sonrió Kyo a duras penas.
—¡No te disculpes por el responsable, Kyo! ¡Drasik! ¡La asistente social va a venir dentro de poco!
—¡Cálmate, histérico, lo dejaré todo seco y como estaba! ¡No ha pasado nada grave! ¡Y además, estoy haciendo algo muy importante para Kyo!
—Mierda, no… Más desastres que ocultar… —sollozó el universitario, tapándose la cara con las manos y alejándose de allí—. Todos los meses ocurre algo…
—Hala, cómo se ha puesto —comentó Kyo con sorpresa.
—Siempre se estresa y se pone así de irascible cuando va a venir la asistente social dentro de poco.
—¿Siguen viniendo asistentes sociales a vuestra casa?
—¿Qué esperas? —se apartó de la mesa y quitó la manta, descubriendo los restos negros y endurecidos de la resina, que por suerte se quitaban fácilmente de la superficie de la mesa, hecha de un material especial resistente—. Somos dos hermanos menores de edad, extranjeros y viviendo solos sin ninguna relación con padres o tutores, es normal.
—¿Por qué parece que Eliam le tiene tanto miedo?
—Es que la nueva asistente social es muy dura, es nueva y sólo ha venido una vez aquí —le explicó, poniendo en orden todo—. Se llama Riku. Si viera que no somos capaces de cuidarnos a nosotros mismos adecuadamente o que causamos problemas, podrían separarnos o llevarnos a un centro tutelado.
—No… No os deportarían, ¿verdad? —preguntó preocupado.
—No, nuestro permiso de residencia ya está arreglado desde hace años.
—Uf… En fin. Pongamos esto en orden. Voy a coger la escoba, hay cristales por el suelo —dijo Kyo, saliendo de la habitación.
Drasik, mientras, se puso a despegar la resina calcinada de las placas térmicas de la mesa. «¡Ahí va!» saltó, recordando algo de repente. «¡Esto significa que me he quedado sin los ingredientes para hacer zuofreno!».
—¡Mierda! —exclamó, agarrándose de los pelos—. ¡Tendré que pedírselo prestado a la pesada de Sakura! Oh, no... —sollozó—. A esa pesada no… Me pedirá algo a cambio, y conociéndola…
—Pásame esa jarra —le indicó Drasik—. ¡Esa no! La de tu izquierda... ¡Tu otra izquierda!
Kyo agitó las manos con exasperación, haciéndose un lío.
Él y Drasik eran mejores amigos desde que tenían unos 6 años, pero esta era la primera vez que Kyo veía el laboratorio de su amigo. Siempre había sabido que desde que Drasik se especializó en Química en la Asociación, había estado usando una de las habitaciones de su casa como laboratorio privado. Drasik nunca había podido enseñárselo antes porque estaba prohibido que un humano externo a la Asociación entrase en los laboratorios de los iris que experimentaban con esta ciencia. Ahora que Kyo era un iris oficial de la Asociación, Drasik había podido por fin mostrarle su santuario.
La verdad es que Kyo no se esperó encontrarse con una habitación tan bien aclimatada, en una simple vivienda. Parecía un laboratorio profesional. Era una habitación grande y sin ventanas, supuestamente para usarse de trastero, pero no daba sensación claustrofóbica ni nada. Drasik le explicó que, cuando comenzó a demostrar un talento notable como Químico hace cinco años, el propio Pipi, Líder de la SRS y también arquitecto, se ofreció a ponerle en esa habitación las instalaciones adecuadas, como paredes hechas de un material a prueba de ácidos y fuegos, conductos de ventilación eficaces, fontanerías, iluminación… Luego, los aparatos avanzados, como los tanques de mezclas, microscopios y demás, fueron un regalo de Neuval.
Lo único que había incomodado a Kyo fue que, nada más entrar en la habitación, Drasik comenzó a quitarse la ropa hasta quedarse en calzoncillos. Y después, se puso una bata blanca encima. Drasik le dijo que era así como trabajaba, en calzoncillos y en bata, porque por nada en el mundo quería que su estilosa ropa normal se le estropease, manchase o quemase. Y luego, se puso unas gafas protectoras negras, quedándole el pelo mucho más raro de lo que ya lo tenía por la goma.
Cuando Kyo se vio ahí delante de semejante personaje en ropa interior, bata blanca, gafas protectoras, pelos de auténtico loco y sonrisa de bobo, se sintió de pronto dentro de la película de Frankenstein y tuvo un poquito de miedo.
Enseguida, el Sui se había puesto a preparar algo, y ahora estaba Kyo intentando ayudarlo, delante de una estantería repleta de recipientes de vidrio de todo tipo de formas y tamaños. Cuando dio por fin con lo que le pedía, una jarra de cristal, se la llevó a la mesa central, donde Drasik ya estaba lavando unos utensilios.
—Atiende, Kyosuke. Esto es un arte, y es imprescindible en la vida —le indicó.
—Vale —contestó, muy serio, prestando toda su atención.
Entonces Drasik, después de llenar de agua la jarra, cogió una especie de vaso, que era un poco esférico, hecho de madera y rematado con un borde y una base de acero. Lavó su interior con agua y un pañuelo muy brevemente. Después, sacó de un cajón de esa mesa central, que era como una isla, un tarro muy grande de vidrio, lleno de una especie de hierbas secas.
—¿Qué… es eso?
—Esto, Kyo, es yerba mate con palo.
—¿Yer-qué?
—Yerba mate con palo.
—¿En qué idioma está eso?
—Atiende, Kyosuke —le repitió, superserio.
Kyo estaba un poco perdido, pero volvió a atender.
—Mate de madera de algarrobo —Drasik le mostró el vaso.
—Sigo sin entender ese idioma.
—Lo llenas de yerba, dos tercios de su capacidad —vertió las hierbas del tarro dentro del vaso—. Lo bates un poco, para quitarle el polvo —tapó el vaso con la palma de la mano y lo agitó un poco, y al quitar la mano, tenía la palma llena de un fino polvito que después se limpió soplando.
—Mmmvale… —Kyo seguía perdido.
—Inclinación, 45 grados —continuó enseñándole Drasik, inclinando el vaso hasta que las hierbas de dentro dejaron una cavidad hasta el fondo—. Después, agua. A 80 grados Celsius, ni más ni menos —le acercó la jarra llena de agua. Kyo se la quedó mirando. Drasik siguió mirando a Kyo, callado. Kyo miró a Drasik y luego a la jarra, esperando algo. Drasik parpadeó con paciencia—. Agua, a 80 grados —repitió.
—¡Ah! ¡Que te lo caliente yo! —entendió Kyo al fin, y sostuvo la jarra con ambas manos—. ¿No tienes un calentador, o qué?
—El calentador tarda más y no siempre confío en que lo haga a la temperatura exacta. Si te digo a 80 grados, tú sabes calentarla a 80 grados exactos, ¿verdad?
—Sí, Drasik —contestó pacientemente—. Los Ka sabemos calentar cosas con perfecta precisión medida en grados. Toma, tus 80 grados Celsius —le acercó la jarra.
Pero Drasik hizo un gesto raro como si Kyo le estuviera acercando una caca de perro.
—Iiih…
—¿Me tomas el pelo? —dijo Kyo.
—No me gusta tocar cosas tan calientes.
—¿Y qué quieres que le haga?
—Tú verterás el agua, aquí —le acercó el vaso con la hierba inclinada—. Eso sí. Importantísimo. Poco a poco. Despacio. Que vaya cayendo en la parte del fondo, en la yerba de abajo, no en la de arriba.
—Doy por sentado que por yerba te refieres a estas hierbitas secas.
Kyo suspiró y siguió sus indicaciones, vertiendo el agua caliente con cuidado.
—Eso es. Que la yerba de abajo se vaya empapando y que desplace hacia arriba el resto de la yerba aún seca. Un poquito más… ¡Ya! Ahí está bien. Ahora, atiende, Kyo.
—Atiendo.
—Crucial —le enseñó un tubito de metal, algo aplanado, hueco por dentro—. La bombilla. Supercrucial.
—La bonyiya, crucial —repitió, o lo intentó.
—Tapas el agujero de arriba con el pulgar para que el aire dentro del tubo no permita que le entre yerba ni polvo, e introduces la bombilla por el hueco, así, de esta forma. A esta altura, y como si hicieras un poco de palanca, hasta que la bombilla se queda sujeta así, con esta inclinación.
—Ajá…
—Ya está listo. Luego se le irá añadiendo más agua caliente conforme se va consumiendo.
—Mm… de acuerdo… —Kyo fue a coger el vaso, preguntándose cómo tendría que tomarse eso, pero de repente Drasik lo cogió antes y se puso a sorber por el tubito—. ¡Pe…! ¿¡No se supone que soy yo quien tiene que tomarse el opurita!?
—¿Qué dices, tontín? Esto no es el opurita, es mi mate.
—¡Ay, Dios! ¡Es esa cosa rara que te pones a beber a veces! —acabó recordando.
—Mm, hm —siguió sorbiendo, disfrutando su bebida.
—¡Yo creía que ya estábamos haciendo el opurita! ¡No parabas de decir que era imprescindible y crucial!
—¡Efectivamente! No puedo trabajar debidamente sin un buen mate en mano.
Kyo lo miró muy quieto y callado mientras lo asesinaba de tres formas diferentes en su imaginación.
—Ahora sí, a fabricar el opurita —apremió Drasik, apuntando con un dedo firme hacia el horizonte, es decir, hacia una pared cualquiera de la habitación, como si liderase a todo un equipo.
Nunca en su vida había visto Kyo a Drasik tan concentrado en algo durante más de media hora seguida. Era como si se hubiese transformado en otra persona. Cuando estaba en el instituto, le gustaba hacer el tonto; cuando estaba en la calle con amigos, le gustaba hacer el loco; cuando estaba de relax en casa, le gustaba hacer el payaso. Pero cuando estaba en una misión para atrapar o matar a unos criminales y cuando estaba trabajando en el laboratorio… Kyo estaba un poco asustado, le daba miedo preguntarle si le había poseído algún espíritu que había sido un serio catedrático universitario en vida.
—La verdad es que en el entrenamiento había oído algo sobre las especialidades extra —comentó Kyo mientras lo ayudaba a cocinar el opurita—. Como los Hosha con la informática, o los Suna de muy alto nivel con la metalurgia… Entiendo que los Shokubutsu tienen la especialización botánica y curandera, y que los Sui tengáis opción a la química, pero ¿también sanáis?
—Meh… no es exactamente lo mismo —le explicó Drasik, con su mate calentito en una mano mientras que con la otra removía un líquido espeso y anaranjado en un recipiente de cristal—. Los Shokubutsu se especializan más en la química natural de sustancias exclusivamente provenientes de las plantas, y son los curanderos de cada RS en cuanto a lesiones, heridas o dolencias del cuerpo, como disparos, quemaduras, huesos rotos, cortes… Los Sui nos especializamos más en la química general, incluyendo sustancias más artificiales y adulteradas, y solucionamos problemas más relacionados con el estado mental o psíquico.
—Aaah… O sea que los Sui hacéis las drogas —casi rio.
—Bueno, dicho así, suena un poco mal. Pero sí. Hacemos remedios para calmar nervios, o para estimular el ánimo, o para la concentración, etcétera.
—Un momento… —puso una mueca pensativa—. ¿Entonces Yako es el curandero de la KRS? Porque no tengo noticia de que él tenga ese título, a pesar de que sí lo he visto curaros heridas con remedios vegetales.
—Hm, más quisiera él —contestó con un deje de fastidio—. Yako es curandero, pero no oficial.
—¿Y eso?
—Alvion, dolido por la decisión que tomó su nieto de rechazar su linaje Zou y su destino como Señor de los Iris, le dejó que siguiese su camino como iris normal pero con la condición de que no aprendiese las técnicas curativas. Fue como su castigo hacia Yako por haberle deshonrado.
—Alvion es un poco duro, ¿no? —frunció el ceño.
—Bueno, son cosas suyas personales con Yako. No es que la química botánica medicinal sea la mayor pasión de Yako o su gran sueño, pero sí que es su hobby preferido junto con la cocina, y le hacía ilusión especializarse como curandero porque decía que así sería de más utilidad para la KRS. Alvion simplemente lo castigó quitándole este hobby. Podría haber sido peor, y haberle prohibido a la fuerza ser iris o estar con nosotros en la KRS, o haberle quitado su cafetería. Porque la cafetería es de Alvion.
—Espera, ¿¡qué!? —se sorprendió Kyo—. Creía que era de Yeilang, y que Yako la heredó de su padre.
—La cafetería fue un regalo que Alvion le hizo a Yeilang. Él le compró el local, las instalaciones, los muebles y la reforma. Yako, y su padre antes que él, dirigían el negocio como pasatiempo. Yako es el dueño del negocio, quien decide cómo se hace y cómo funciona todo, a quién contrata, a qué proveedores compra, qué productos vende y todas esas cosas. Pero Alvion sigue siendo el dueño del local, quien decide si vende el lugar, o si lo cierra o si lo quiere usar para otro negocio.
—Ya entiendo.
—Yo, la verdad, no entiendo cómo a estas alturas de época no se han abandonado ya esos valores tradicionales chinos en los clanes de gran relevancia —resopló Drasik—. Los hijos han de seguir los pasos de sus padres o los que estos deciden darles, si no, deshonra para todo el clan. Ah, sin ofender.
—Yo no soy chino, soy medio chino —le corrigió Kyo por enésima vez—. Mi padre era chino y mi madre es japonesa, además que yo nací aquí, te recuerdo.
—Bueno —continuó, mirando en sus manos dos botes de cristal que contenían un líquido cristalino y los dejó sobre unas placas térmicas en la mesa central—. De todas formas, Yako consiguió al final aprender las técnicas de curandero. Recuerdas que ayer nos mostró lo que se había aplicado en las heridas de la pelea, ¿no?
—¿Pero cómo? —se extrañó, ayudándolo a llevar un pesado tanque desde una de las encimeras de la pared a la mesa central—. Si Alvion se lo prohibió, es imposible que haya podido salirse con la suya.
—Heheh… —rio Drasik—. A no ser que recurras a la única persona del mundo que es capaz de salirse siempre con la suya incluso ante las órdenes de Alvion.
—No digas más —Kyo supo enseguida a quién se refería.
—Yako tenía 10 años cuando le confesó al maestro Fuujin sus deseos de aprender alguna técnica curativa. ¿Y qué hizo Fuujin? Se fue al Monte Zou de inmediato y, con ayuda de Pipi, robó copias de los libros donde se enseñaban todas las técnicas de química botánica medicinal. A diferencia de los demás iris, Yako no necesitaba la instrucción de los monjes para aprenderlas, supo aprenderlas por sí solo siguiendo toda la información de los libros. No es ningún secreto que la química botánica es el talento natural de todos los Zou. Y, bueno… al final Alvion lo dejó pasar, porque, ya sabes, tiene un millón de cosas peores de las que preocuparse. Pero como no le firmó a Yako el título oficial de curandero, pues… oficialmente Yako no es curandero.
—Ya.
Ambos se quedaron un momento callados, mientras preparaban la máquina mezcladora sobre la mesa.
—Pues Fuujin me ha dicho que tú eres de los Químicos más excepcionales de la Asociación —le comentó Kyo—, y que por eso has creado algo tan único y especial como el opuritaserum.
—¿Él te ha dicho eso de mí? —lo miró sorprendido, y se le sonrojaron un poco las mejillas debajo de sus gafas negras protectoras, rascándose la barbilla con la puntita del dedo y una sonrisilla tímida. Se sentía enormemente halagado.
—Sí, pero ¿quiere eso decir que lo fabricaste exclusivamente para… ya sabes… la habilidad de Izan de afectar a alguien mentalmente con su elemento?
—Mmm… El opurita lo ideé para los efectos del elemento Yami en el cuerpo, cualesquiera que sean y donde sean, ya sea en tu mano, en tu hígado o en tu cerebro, e incluso en tu energía mental. Lo ideé tras observar en misiones del pasado, o en misiones de las que me hablaban otros, que a veces los propios compañeros de un iris Yami acababan alcanzados por su elemento por accidente o salían perjudicados.
—Aaahh, he oído algo de eso. Los iris Yami y los iris Hosha tienen el problema común de dominar elementos muy peligrosos. Son incluso más peligrosos que el mío, porque si yo veo que una de mis llamaradas va a alcanzar a uno de mis compañeros, la detengo, o cualquiera puede ver mi llamarada y reaccionar a tiempo y apartarse. Pero los Yami y los Hosha manejan elementos invisibles y que al mínimo contacto puede causar daños externos e internos, y además, no darte cuenta de esos daños hasta tiempo después —se señaló a sí mismo.
—Así es. Por culpa de lo que Izan te ha hecho, lo que quiera que te haya hecho y que no me está permitido preguntar… —añadió entre dientes—… tienes microcampos de vacío afectando a la energía de tu iris, que se hospeda en tu mente. Pero tranquilo, no te borra o te hace desaparecer neuronas, lo que hace es alterar la energía inmaterial de tu iris, provocando, por así decirlo, fallos de funcionamiento. Si Izan hubiera usado su elemento contra tu cuerpo o cerebro sin usar una Técnica mental, significa que habría usado su elemento del vacío de forma física, y habría afectado físicamente a tu cerebro. Es decir, que tendrías esos microcampos de vacío viajando entre tus neuronas y borrándolas a su paso. Es decir, que más o menos una hora después de habértelo hecho, habrías muerto. Porque habría hecho desaparecer tu cerebro. Y tu cadáver se habría quedado con el cráneo vacío. Literalmente.
—Vaaale, ya lo pillo, no hace falta que detalles —lo frenó Kyo, espeluznado al imaginarlo—. Así que lo de “microcampos” es a lo que Fuujin se refería cuando me dijo que tenía suerte de que Izan no se hubiese ensañado conmigo.
—Oh, colega, suerte es decir poco —le aseguró Drasik—. Por supuesto, esos microcampos de vacío son eso, micro, minúsculos, diminutos, de tamaño molecular. Es obvio que Izan te ha afectado con su elemento de la manera más suave e inofensiva a propósito. Si hubiera querido matarte o dejarte secuelas de por vida, lo habría hecho. Pero no lo ha hecho… y eso… —se le quebró un poco la voz, pero intentaba disimular, concentrándose en su labor con los tubos de ensayo—… eso es un alivio.
Kyo notó perfectamente el sentimiento en el tono de su voz.
—Eh… Tranquilo, Dras. Como bien dices, voy a estar bien, no me va a pasar nada. Sobre todo porque tú me vas a eliminar el problema de mi mente. Fuujin dice que eres infalible en eso, y yo le creo.
—¡Es que no entiendo por qué…! —brincó de repente, pero se quedó algo meditabundo—. No entiendo por qué Izan te ha hecho algo así… Obviamente agradezco que no haya decidido matarte ni dejarte secuelas irreparables, pero… si lo hubiese hecho… habría sido tan repentino… habrías muerto en aquel bar… solo… y tan inesperadamente… como… como Yousuke… ¿sabes? —lo miró con tristeza.
Kyo bajó la mirada. Sabía a qué se refería.
—No habría aguantado… no habría sobrevivido a recibir una noticia así por segunda vez —añadió Drasik—. No habría superado jamás perderte a ti también, Kyo. Perder a You ya fue… bastante insoportable para ti y para mí. Sois más que mis mejores amigos, ambos siempre fuisteis como hermanos para mí.
Kyo se separó de la encimera sobre la que estaba apoyado y se acercó a él. Le posó una mano en el hombro, sonriéndole con esa calma que él siempre emitía. Drasik suspiró y también le sonrió, indicándole que no pasaba nada, y siguió con su labor. Estuvieron largo rato en silencio, concentrados en las mezclas.
—Así que… tu opurita puede eliminar los campos de vacío que afectan tanto al cuerpo físico como a la energía inmaterial de la mente y el iris, ¿eh? —comentó Kyo—. Y yo que creía que ya era alucinante saber que también eres tú quien creó la Fire y la Ice Pomade.
—¡Oh, cierto! ¿Te dio tu abuelo la que te hice?
—Sí, el mismo día que regresé del Monte Zou a Tokio hace unas semanas, me dio el tarro que me habías preparado y me explicó su uso. Sinceramente, me parece un auténtico incordio tener que untarme una crema por todo el cuerpo cada vez que vaya a ciertos lugares de la ciudad o al aeropuerto, donde Takeshi Nonomiya mandó instalar cámaras térmicas de vigilancia.
—Ya, a mí me vas a contar. Es un incordio que tanto los Ka como los Sui tenemos que aguantar, y los demás iris no. Suerte que solamente es en algunos lugares específicos de la ciudad.
—Cuando te enteraste de que había ese tipo de cámaras por Tokio desde los años 90, y que podían identificar a un Ka o a un Sui sólo por la temperatura inhumana que presentan nuestros cuerpos, ¿se te ocurrió así sin más la solución de la crema térmica?
—Yo sólo recuerdo lo mucho que me acojoné por la sola idea de que una cámara del Gobierno me identificase como iris en un instante, sólo porque mi cuerpo tiene la mitad de la temperatura de un humano normal y ante una lente térmica parecería un cadáver andante.
—¡Hahah! Ya veo cómo funcionas tú —se rio.
—¿Cómo?
—Tus inventos. Esas ideas y soluciones tan geniales, sólo se te ocurren cuando el problema es grave y te da miedo.
—Hey… —lo miró con ojos recelosos tras las gafas—. ¿Capto un mensaje oculto en esa afirmación con cierto retintín?
—Todavía sigo esperando esa pintura acrílica tan especial que hace tres años me dijiste que fabricarías y que me regalarías en uno de mis cumpleaños. Ya sabes, la pintura que me dijiste que tú podías hacer que cambiase de color por sí sola en reacción con el frío y el calor.
—¡Ah! Eso está en “proyectos pendientes” —sonrió con inocencia.
—Claro, porque no es una urgencia. ¡Pero me tienes en ascuas! —exclamó, levantando las manos—. Me muero por usar esa pintura mágica en uno de mis cuadros.
—No es magia, my friend, ¡es química! —le corrigió Drasik con entusiasmo.
—Hah… —Kyo soltó una risotada y se cruzó de brazos, negando con la cabeza—. De verdad, te juro que a veces me recuerdas al tío Neu cuando defiendes tu ciencia con esa pasión.
A Drasik se le volvió a formar esa sonrisilla boba y tímida cuando Kyo lo comparó con su ídolo. Pero en ese momento algo explotó cerca de ellos y casi les causó un infarto de miocardio. Se dieron la vuelta, pálidos como el papel y una mano en el pecho. El líquido espeso de uno de los tarros que Drasik dejó antes sobre unas placas térmicas había estado borboteando con violencia por haber estado demasiado tiempo al fuego, y este líquido acabó prendiéndose de fuego. Del tarro salía una enorme llamarada continua, hasta el techo.
Un segundo después, el aspersor de seguridad del techo comenzó a rociar agua por todas partes.
—¡Kyo, tápate!
—¡Ah! —Kyo se lanzó de cabeza debajo de una mesa en la pared para ponerse a cubierto, pues el agua que caía estaba fría y le hacía daño en la piel.
—¡Nooo, mis mezclas, no se pueden mojar! —Drasik estiró una mano hacia el aspersor y lo congeló con una coraza de hielo con una orden de su iris para taponarlo, y el agua dejó de caer.
Pero la llamarada seguía saliendo rugiente del tarro y además era de color verde. Entonces, el tarro estalló en pedazos y el líquido prendido se extendió lenta y espesamente por la mesa junto con el fuego.
—¡Kyo, haz algooo! ¡Ayy! —Drasik hizo ademán de ir hacia el fuego sobre la mesa pero recordó que este le hacía daño sólo con aproximarse y corrió hasta la otra punta de la habitación—. ¡Apágalo, apágalooo!
—¡No puedo, no me obedece! ¡Es una llama verde, es distinta al fuego común, no tengo nivel para dominar la ignición de metales! —replicó Kyo, apuntando con su mano hacia ella sin éxito—. ¿¡Qué está quemando, cobre!?
—¡Sulfato de cobre con una mezcla mía especial de resina acrílica y etanol!
—¡Échale agua, escúpele agua o algo, ¿a qué esperas?!
—¡El agua no lo apagará! ¡Ahógalo con algooo!
Kyo salió de debajo de la mesa de la pared, se acercó a la isla central, se arremangó el jersey para no quemárselo y trató de extinguir ese fuego a base de manotazos, como si estuviera aplastando bichos por la mesa.
—Oh… —se quedó quieto un momento, dejando que ese fuego verde le envolviera manos y brazos—. Es precioso… Incluso agradable…
—¡Joder, Kyo!
—¿Me puedo llevar una muestra? —se giró para mirar a su amigo—. La combustión de metales se siente tan… interesante…
—¡Waaaahh! —de pronto Drasik apareció volando de un salto hacia la mesa, sujetando debajo de él una manta de un tejido muy grueso, y aterrizó en plancha sobre el fuego, ahogándolo por fin por completo.
Se quedó ahí, tumbado panza abajo sobre la isla, sobre la manta, en calzoncillos y en bata blanca. Se hizo el silencio.
—¡Drasiiiiiik! —se oyó un chillido furioso en la lejanía, y después unos pasos corriendo por ahí.
—Oh, no…
De repente se abrió la puerta del laboratorio e irrumpió Eliam con una cara de mil demonios y empapado de agua porque los aspersores del resto de la casa también se habían activado. Hasta que Eliam cerró la llave central del agua de la vivienda.
—¡Drasik Jones Álvarez, es la tercera vez en cuatro meses! ¡Se mojó toda la casa, carajo! ¡Ya estás quitando hasta la última gota de agua de los muebles y de los aparatos!
—Lo… lo sentimos, Eli —sonrió Kyo a duras penas.
—¡No te disculpes por el responsable, Kyo! ¡Drasik! ¡La asistente social va a venir dentro de poco!
—¡Cálmate, histérico, lo dejaré todo seco y como estaba! ¡No ha pasado nada grave! ¡Y además, estoy haciendo algo muy importante para Kyo!
—Mierda, no… Más desastres que ocultar… —sollozó el universitario, tapándose la cara con las manos y alejándose de allí—. Todos los meses ocurre algo…
—Hala, cómo se ha puesto —comentó Kyo con sorpresa.
—Siempre se estresa y se pone así de irascible cuando va a venir la asistente social dentro de poco.
—¿Siguen viniendo asistentes sociales a vuestra casa?
—¿Qué esperas? —se apartó de la mesa y quitó la manta, descubriendo los restos negros y endurecidos de la resina, que por suerte se quitaban fácilmente de la superficie de la mesa, hecha de un material especial resistente—. Somos dos hermanos menores de edad, extranjeros y viviendo solos sin ninguna relación con padres o tutores, es normal.
—¿Por qué parece que Eliam le tiene tanto miedo?
—Es que la nueva asistente social es muy dura, es nueva y sólo ha venido una vez aquí —le explicó, poniendo en orden todo—. Se llama Riku. Si viera que no somos capaces de cuidarnos a nosotros mismos adecuadamente o que causamos problemas, podrían separarnos o llevarnos a un centro tutelado.
—No… No os deportarían, ¿verdad? —preguntó preocupado.
—No, nuestro permiso de residencia ya está arreglado desde hace años.
—Uf… En fin. Pongamos esto en orden. Voy a coger la escoba, hay cristales por el suelo —dijo Kyo, saliendo de la habitación.
Drasik, mientras, se puso a despegar la resina calcinada de las placas térmicas de la mesa. «¡Ahí va!» saltó, recordando algo de repente. «¡Esto significa que me he quedado sin los ingredientes para hacer zuofreno!».
—¡Mierda! —exclamó, agarrándose de los pelos—. ¡Tendré que pedírselo prestado a la pesada de Sakura! Oh, no... —sollozó—. A esa pesada no… Me pedirá algo a cambio, y conociéndola…
Comentarios
Publicar un comentario