1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Cuando entró por la puerta de su casa por segunda vez en ese día, Cleven no pudo evitar recordar cómo fue la primera vez, aquella tarde. Puso una mueca amarga. De verdad, todo había sido una locura ese día. Aún no estaba del todo recuperada y eso era normal. Pero la conversación que había tenido con Raijin antes en el parque había frenado las heridas antes de que se hicieran más grandes.
Todo había sido un malentendido, pero donde había perdido una cosa, había ganado algo mejor. Porque Cleven tenía que reconocerlo. Encontrar a su tío era lo que más deseaba. Entablar una relación romántica con Raijin había sido otro deseo interpuesto en el camino y apenas había estado comenzando. Al final, ¿qué diferencia había? Lo que sentía antes por Raijin era la misma admiración y cariño que podía sentir ahora con su tío. Ahora, obviamente, la atracción física o sexual había quedado descartada. Y eso a Cleven le importaba poco. Porque lo que ella quería desde el principio, fuese Raijin o fuese Brey, era estar con él, conocerlo más, verlo cada día, hablar, compartir cosas juntos del día a día… Ahora, sin duda, si tenía que elegir, prefería este resultado. Porque ya no se trataba de un chico cualquiera que algún día podría marcharse. Se trataba de su familia.
—Cleven —la llamó el chico tras ella, al verla tan callada ahí parada a las puertas del salón—. Entiendo si sientes que esto sigue siendo un poco incómodo. Puedes cambiar de opinión cuando quieras. Si ves que no…
Ella se giró hacia él, con una sonrisa tranquila.
—Será incómodo hoy y tal vez mañana también. Pero pasado mañana, todos estos sentimientos tan diversos… raros… mezclados… empezarán a ponerse en su sitio. Ante todo, jamás voy a cambiar de opinión. Realmente quiero estar aquí contigo. Y quiero que tú también lo quieras.
—Lo dije en serio, antes en el parque —Raijin caminó hasta ella—. Aquí hay una diferencia entre tú y yo. Y es que yo sé quién eres. Yo te conozco. Te recuerdo. Eres completamente familiar para mí. Pero yo soy aún un desconocido para ti, alguien nuevo, alguien a quien no recuerdas. Por eso, para mí va a ser más fácil aceptar que estés aquí. Y tal vez por eso voy a normalizar cosas que para ti aún son extrañas, lo que podría hacerte sentir mal. Si eso ocurre, dímelo.
—Tío Brey… —se sorprendió. Básicamente, él le estaba diciendo que estaba tan feliz de haber recuperado a su sobrina, que la Cleven desconocida de los días anteriores se había esfumado para él y el trato iba a ser evidentemente distinto—. No te preocupes. Si algo me gusta hacer, es comunicarme y hablar de las cosas y resolverlas. No te esconderé nada. Si estoy mal, te lo haré saber. Y si estoy bien, te abrazaré.
Raijin sonrió por quinta vez en esa tarde. No podía evitarlo. Qué feliz sería el mundo si hubiera más humanos que pensaran como ella. Lo más irónico es que ahora que había perdido esa nube de su memoria, Raijin no podía dejar de ver a Katya en Cleven. Tenía su mismo cabello, sus mismos ojos y sonrisa. Pero esa forma de pensar y actuar era totalmente de Neuval. Y la nariz. Raijin –y, de hecho, todos– ya sabía desde el pasado que Cleven era igualita que su padre. Y esto no era malo. Solamente esperaba no tener demasiados problemas para controlarla, protegerla de su propia e inevitable costumbre de meterse donde no la llamaban.
Cleven le demostró lo que acababa de decirle dándole un abrazo en ese momento. Entonces, él se quedó más tranquilo, confiando en que ella realmente estaba llevando bien este cambio tan brusco.
—¿¡De dónde sacas el dinero para un piso tan chulo!? —exclamó Cleven cuando pasó del vestíbulo al salón—. ¡Guau!
No. No entendía cómo un universitario podía permitirse semejante piso en medio de Shibuya. Era un piso que tenía dos plantas. Ya el simple salón la deslumbraba. Era amplio, con una zona de estar, con un gran sofá, un par de butacas, una mesa baja, un mueble que cubría toda la pared de un lado donde aparte de la televisión había muchos libros, viejos DVD, discos de música, videojuegos, y varias fotografías. Además, había un piano de cola en una esquina. Luego, subiendo un escalón, estaba la zona del comedor, con una mesa grande rodeada de sillas, mueble para vajilla, y también era donde había unas escaleras de caracol que ascendían a la planta superior. Ahí al lado de la mesa de comedor estaba la puerta que daba a la cocina, y al lado, más cerca de las escaleras de caracol, había un pequeño pasillo con otra puerta que daba a un aseo y otra a una habitación o salita.
La planta superior no estaba completamente por encima del salón, por lo que la mitad del salón tenía un techo el doble de alto, y los ventanales que Cleven tenía enfrente llegaban hasta arriba. En el salón había una cristalera de unos cuatro metros con una puerta corrediza que daba a un balcón exterior de la misma longitud.
Al subir las escalera de caracol, había un tramo de pasillo arriba con barandilla que estaba de cara al salón y podía verse desde ahí arriba. A partir de ahí, en esa planta ya se encontraba un pasillo que conducía a tres habitaciones, un cuarto de almacenamiento y un baño. La habitación principal tenía su propio baño.
—El piso es de Agatha —le explicó Raijin—. De hecho, las cuatro viviendas de esta planta son suyas. Ella vive en la puerta A. Las otras dos viviendas las está alquilando. Yo le estoy comprando este piso. Aún se lo estoy pagando, a plazos.
—Pero… es un poco raro, no te tomaba por una persona de tanto espacio. Esta es una vivienda totalmente familiar. Y… —Cleven se calló al recordar algo—. ¡Ah! ¡Espera! ¡Es cierto! ¿No me dijiste antes… que no vivías solo o algo así?
El chico se puso un poco tenso, pero disimuló agarrando la mochila de Cleven y yéndose a subir las escaleras.
—Oye, que si estás compartiendo piso con alguien, no me importa en absoluto —le sonrió ella, siguiéndolo por detrás—. Conociéndote, no dejarías vivir aquí a una mala persona. Se me da bien convivir con otros. Excepto con papá y con Hana. Y me gusta compartir. —Cleven no paró de hablar en todo el camino a la planta superior, ignorando que el rubio estaba especialmente callado y algo sonrojado—. Pero, ¿qué ocurre? ¿Es alguien que vive contigo por temporadas, o algunos días sí y otros no?
—Hahh… algo así —suspiró él, deteniéndose frente a una puerta al fondo del pasillo.
De tanto parlotear, Cleven había pasado por alto que, al caminar por ese pasillo, habían pasado junto a otra puerta cerrada donde colgaban dos piezas de madera, de colorines y muy cucas, que formaban la letra D y la letra C. También pasó desapercibido un pequeño camión de juguete que había por ahí en una esquina, y unos muñequitos a un lado del suelo.
—Esta será la tuya —le indicó el chico, abriendo esa puerta.
Cleven se asomó y observó el interior. «No está nada, pero que nada mal» se entusiasmó. Era muy similar a la de su casa. No había mucho mueble, tan sólo una cama grande allá en una esquina, una mesilla de noche, una estantería vacía y una mesa de estudio con su silla. En la pared de la izquierda había un ventanal y una puerta que daba a un pequeño balcón.
—Agatha ya la tenía así amueblada. Nunca la he usado. Quédatela, es tuya.
—¡Es perfecta, me encanta! —entró y miró todo a su alrededor, abrió el armario y los cajones y botó un poco sobre el colchón de la cama—. ¡Qué cómoda! ¡Y tengo un balcón! En algún momento iré a mi casa a coger el resto de mis cosas y decorar esta habitación igual que mi cuarto de allí, ¿vale?
—Decorar, ¿cómo?
—Tengo que colgar mis pósteres del actor supersexi Kento Yamazaki, del cantante superbuenorro Gackt, y planeo comprarme uno del superguapo cantante del nuevo grupo de música Higashikaze, que se llama Haru. También quiero traer mis fotos con mis amigos, familia...
Mientras Cleven seguía enumerando las 2.784 cosas que planeaba traer a su nueva casa, Raijin hizo un gesto curioso al oírla mencionar a Haru, el cantante y guitarrista de Higashikaze. Era, además, el iris Fuu de la SRS de Pipi. Irónicamente, también era quien, la otra noche, dejó el hotel de Cleven sin corriente eléctrica porque destrozó la caja eléctrica del edificio al lanzar una moto contra unos delincuentes. «¿Haru ya tiene tantos fans?», pensó el rubio mientras la otra seguía hablando sin parar, «Empezó hace dos años. Está ascendiendo bastante rápido en ese mundillo…».
A pesar de que Raijin era un iris un poco especial, por su gran racionalidad y su carácter a veces huraño, se llevaba muy bien con el resto de iris aliados, aparte de los de su KRS, también con los de la SRS.
Cleven ya estaba terminando de enumerar su lista, Raijin estaba un poco mareado.
—Y, por último, traeré mi lámpara de lava. Y mi despertador-pato.
—¿Despertador-pato?
—Esta habitación es perfecta —suspiró Cleven—. Tito Brey, no puedo estarte más agradecida.
—¿Tito?
—Aquí tengo todo lo que necesito —sonrió, abrazándolo con fuerza una vez más y cerrando los ojos. Después se separó y lo miró contenta, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Me tranquiliza ver tu sonrisa de tarada, eso significa que de verdad te estás acomodando.
—¡Oye! —gruñó ella, ofendida.
—¿Qué tipo de comida querrás cenar?
—Oh… Bueno, no quiero nada. La verdad es que no tengo mucha hambre.
De pronto la cara de Raijin cambió por completo y la miró pálido y muy preocupado.
—¡O-oye! ¡No! ¡Tranquilo! —se apuró Cleven—. Es sólo que los nervios y todo me han cerrado el estómago, pero estoy bien, te lo prometo. Te aseguro que mañana tendré tanta hambre que me comeré el tablero de la mesa. Sinceramente, ahora lo que tengo es mucho sueño. Hoy ha sido agotador.
Raijin suspiró, más aliviado y tranquilo. Al escucharla decir que no tenía hambre, por un momento pensó que Cleven se había roto.
—Te dejo tranquila, entonces —dio media vuelta y salió de la habitación. Sin embargo, se paró un momento nada más cruzar la puerta. Miró aquel camión de juguete en una esquina de allá. Se quedó unos segundos pensativo, y se puso un poco nervioso.
—¿Qué pasa, tito? —se percató Cleven—. ¿Hay algo más que quieras decirme?
Raijin estuvo en silencio unos segundos más. Después, se giró hacia ella, con esa expresión reflexiva e insegura.
—Ahm… —titubeó—. Bueno… sólo quería saber…
Cleven ladeó la cabeza, le resultaba raro verlo tan dudoso.
—Quería comentarte algo… —el chico miró al techo, buscando las palabras—. Respecto a los mocosos de la cafetería…
—¡Ah! ¿Clover y Daisuke? —dijo Cleven alegremente—. Sí, los mellizos a los que sueles gritar, asustar y maltratar.
—¡Pe…! —brincó Raijin, ofendido—. ¡No hago eso! ¡Los educo!
—¡Ja! ¡Ni que fueran tu responsabilidad! —le espetó ella, cruzándose de brazos con aire desaprobatorio.
Raijin necesitó otros cuantos segundos para retomar sus pensamientos. «Al final esto va a ser tan difícil como esperaba» pensó.
—Bueno, ¿qué pasa con ellos? —preguntó Cleven.
—Pues… ¿Hasta qué punto… te caen bien?
—Pfff… —resopló, casi riendo—. ¡Pues más que a ti, desde luego! —Raijin la miró confuso—. ¿No recuerdas? Cuando comimos juntos el primer día que nos conocimos. Se nos acercó un niño a la mesa y tú lo espantaste y dijiste que no te gustan los niños.
—No me gustan los niños de los demás —corrigió él.
—Bueno, pero es que todos los niños con los que te cruzas son “de los demás”, ¿no?
—Responde a mi pregunta.
—¿Dónde has estado viviendo estos días? ¡Adoro a Clover y a Daisuke, obvio! ¿No lo has visto en la cafetería, que se me cae la baba con ellos? Incluso con Daisuke, que es como un pequeño gruñón bocazas, descarado y melodramático que lo hace aún más adorable y gracioso. Y Clover, ¿qué hace falta que te diga? Es como un oso de peluche… —suspiró enternecida.
—Entonces… te gustan —quiso asegurarse Raijin.
—¡Sí! ¿No me has oído? —se cansó ella—. ¿Por qué los mencionas? ¿Tienes algún otro problema o queja con ellos? Ten cuidado, porque los defenderé contra ti y los liberaré de tu “yugo educador” —dijo con sarcasmo.
—Ya, eso no va a pasar —declaró el chico, haciendo aspavientos y optando por dejar el tema ahí—. Ya mañana… intentaré explicártelo. Yo duermo en la habitación de enfrente. Nada de darme el coñazo mientras duermo —le advirtió, volviendo a ser el Raijin huraño de siempre—. Llama con los nudillos si necesitas algo urgente.
—¡Ah! Conque estoy frente a tu habitación, ¿eh?
—En la mía no se entra —gruñó, captando su tono.
—Voy a cotillearlo todo.
—Ni se te ocurra.
—Ya lo veremos.
—Regla número dos: el que primero se levante, prepara café y cuece arroz.
—¡Oh! Mierda, es cierto, tú aquí no tienes a Hoti, ¿verdad?
—¿Hoti? —repitió él—. Se supone que Hoti es para las viviendas donde viven personas mayores o con capacidades reducidas que no pueden usar su cuerpo bien para las tareas domésticas.
—Ostras… —se sorprendió Cleven—. Pues mi padre tiene a Hoti en casa desde siempre.
—Lo normal es que su creador la experimente en su propia casa para evaluar su funcionamiento. Pero aquí, mientras estemos sanos, hacemos las cosas nosotros mismos.
—¿Eres antitecnología?
—Adoro la tecnología, es de las ciencias más racionales que existen. Pero no soy partidario de la vagancia ni de los lujos innecesarios, cuando otras personas no tienen nada o pagarían millones por recuperar un miembro amputado o poder levantarse de una silla de ruedas y usar su cuerpo para simplemente preparar el desayuno.
—Awww… —se conmovió Cleven.
—Regla número tres: lo que se mancha se limpia y lo que se rompe se paga. Eso es todo.
—Hm... —gruñó con mosqueo—. ¿Y mi hora límite cuando salga por ahí?
—¿Qué hora te ponía tu padre?
—Las dos de la mañana.
—¡Ja! No me vaciles. Tu hora límite serán las diez. Quiero que vivas conmigo, no que tu padre me mate.
—¿Y tu hora cuál es?
—La que me dé la gana, claro, esta es mi casa.
—¡Sí, hombre! —saltó, agarrándolo de la camiseta y lo zarandeó de un lado a otro—. ¡No me seas! ¡Sólo te falta decirme que ordene mi habitación cada día y perseguirme para que haga los deberes!
—Ni lo dudes.
—¡Nooo! —lo zarandeó más fuerte.
—¡Ay! ¡Vale, vale, era broma, tranquila!
* * * * * *
Esta noche, Raijin era el único iris en Japón que no estaba mirando la tele en este momento. Todos los demás, el resto de la KRS, y Pipi y los de su SRS, incluso Akira y su fastidiosa MRS… todos los iris de Japón se encontraban viendo la misma noticia en sus televisores, en sus móviles o en las pantallas de la calle o de los locales.
Nakuru se mordisqueaba la uña del pulgar, sentada en el sofá de su salón con la tele encendida, expectante. Hace rato le escribió a Cleven un mensaje similar al que Yako le había escrito a Raijin, diciéndole que no quedara con Raijin y que quedara con ella para hablar en persona. Cleven le había escrito de vuelta preguntando a qué se refería, pero seguidamente continuó diciendo que no se preocupara, que ya era tarde y que hablarían mañana. Nakuru no tuvo más remedio que aceptar y esperaba que Cleven no estuviera con Raijin y se encontrara en el hotel tranquila y sola. Entonces, toda su atención estaba puesta en el evento de este momento.
—Nak, ¿qué haces levantada a estas horas? —le preguntó Kamui, a punto de irse a su trabajo.
—Estoy viendo las noticias —contestó sin apartar la mirada de la pantalla.
—¿Y eso?
—Takeshi Nonomiya ha muerto. De manera inesperada. Y esta noche iba a nombrar a su sucesor.
Kamui arqueó las cejas con sorpresa y se acercó a ella para ver también. Aún estaban con otro informativo, el siguiente sería el que había dicho su hija. La miró de reojo amargamente. Sólo pensar que ella estaba tan preocupada por un asunto así le apesadumbraba. Ella era una iris, un ser poderoso, y no podía tener enemigos normales y corrientes como las demás chicas de su edad, como la exnovia de su novio –o en su caso la ex de su novia–, o un profesor que le tenía manía... No. El ministro de Interior, la policía de todos los países del mundo, terroristas, delincuentes… esos eran sus enemigos.
No obstante, tenía que respetar quién era su hija, en qué se había convertido desde que murió su madre. Les pasaba lo mismo a todos aquellos familiares humanos de iris que sabían lo que eran. Como ellos, Kamui temía lo que le pudiera pasar, y no podía inmiscuirse en esos asuntos.
—Bueno, me voy a trabajar —dijo Kamui, dándole un beso en la mejilla.
—Vale —contestó ella—. Pásalo bien.
Cuando su padre se marchó, Nakuru aumentó el volumen.
—“Es una triste noticia para nuestros ciudadanos y el Gobierno” —dijo el presentador de las noticias—. “El ministro de Interior, Takeshi Nonomiya, ha fallecido hace dos horas, de forma imprevista, justo cuando se estaba preparando para celebrar la reunión privada donde el ministro y el Comité habrían acordado el nombramiento de su sucesor. El personal médico ha confirmado la causa, una parada cardiorrespiratoria, cuando se encontraba solo en su despacho.”
—“Cierto es, Hayato, que es una triste noticia” —le siguió el relevo la otra presentadora—. “No podemos olvidar que Takeshi Nonomiya ha dejado tras de sí una carrera impecable en el ejercicio de la seguridad del país. Con su propuesta de reforma de las leyes hace veinte años que logró la aprobación de todo el sector jurídico y el aumento de recursos y refuerzo que otorgó a los cuerpos de seguridad y militares, la tasa de criminalidad no ha hecho más que disminuir año tras año. Takeshi Nonomiya era un hombre íntegro y comprometido con su país.”
—“No obstante” —continuó el otro presentador—, “siguiendo el protocolo y las direcciones previas del propio Takeshi Nonomiya, así como su voluntad, la reunión del Comité ha acabado por realizarse y han leído la declaración escrita y oficial que el ministro guardó en el sobre con anterioridad. La secretaria general, Norie Saitou, ha confirmado al gabinete de prensa hace veinte minutos que todo el Comité ha aprobado de forma unánime la declaración y la decisión final en la carta escrita del ministro, y ahora declarará el resultado ante las cámaras.”
—“Veámoslo” —dijo la presentadora.
Nakuru, ansiosa, se arrodilló delante de la pantalla de la tele, a dos palmos, sin pestañear. En ese momento, sacaron las imágenes de una pequeña salita, enfocando a un pequeño atril, y había unas elegantes cortinas rojas de fondo. Lo hicieron en esa pequeña salita de prensa para evitar una pomposidad innecesaria y hacerlo lo más modesto posible. Apareció una mujer acercándose al atril, Norie Saitou. No era joven, tampoco demasiado mayor. Aparentaba sus 45 años y lo hacía con orgullo. Sin maquillaje. Con algunas ligeras arrugas en sus ojos. Vestía con un traje de mujer sobrio, de pantalón liso, blusa y chaqueta, y llevaba el pelo castaño oscuro recogido en un moño bajo.
Nakuru se fijó en un detalle. Se dio cuenta de que esta mujer venía con un semblante serio y respetuoso, pero tenía los ojos algo enrojecidos. Había llorado la muerte de Takeshi en algún momento. Y por muy enemigo de los iris que hubiese sido Takeshi Nonomiya durante décadas, Nakuru sintió pena por Norie. No la conocía en persona, pero sabía muchas cosas de ella. Puede que estuviera en el Gobierno, pero era una buena humana.
Cuando entró por la puerta de su casa por segunda vez en ese día, Cleven no pudo evitar recordar cómo fue la primera vez, aquella tarde. Puso una mueca amarga. De verdad, todo había sido una locura ese día. Aún no estaba del todo recuperada y eso era normal. Pero la conversación que había tenido con Raijin antes en el parque había frenado las heridas antes de que se hicieran más grandes.
Todo había sido un malentendido, pero donde había perdido una cosa, había ganado algo mejor. Porque Cleven tenía que reconocerlo. Encontrar a su tío era lo que más deseaba. Entablar una relación romántica con Raijin había sido otro deseo interpuesto en el camino y apenas había estado comenzando. Al final, ¿qué diferencia había? Lo que sentía antes por Raijin era la misma admiración y cariño que podía sentir ahora con su tío. Ahora, obviamente, la atracción física o sexual había quedado descartada. Y eso a Cleven le importaba poco. Porque lo que ella quería desde el principio, fuese Raijin o fuese Brey, era estar con él, conocerlo más, verlo cada día, hablar, compartir cosas juntos del día a día… Ahora, sin duda, si tenía que elegir, prefería este resultado. Porque ya no se trataba de un chico cualquiera que algún día podría marcharse. Se trataba de su familia.
—Cleven —la llamó el chico tras ella, al verla tan callada ahí parada a las puertas del salón—. Entiendo si sientes que esto sigue siendo un poco incómodo. Puedes cambiar de opinión cuando quieras. Si ves que no…
Ella se giró hacia él, con una sonrisa tranquila.
—Será incómodo hoy y tal vez mañana también. Pero pasado mañana, todos estos sentimientos tan diversos… raros… mezclados… empezarán a ponerse en su sitio. Ante todo, jamás voy a cambiar de opinión. Realmente quiero estar aquí contigo. Y quiero que tú también lo quieras.
—Lo dije en serio, antes en el parque —Raijin caminó hasta ella—. Aquí hay una diferencia entre tú y yo. Y es que yo sé quién eres. Yo te conozco. Te recuerdo. Eres completamente familiar para mí. Pero yo soy aún un desconocido para ti, alguien nuevo, alguien a quien no recuerdas. Por eso, para mí va a ser más fácil aceptar que estés aquí. Y tal vez por eso voy a normalizar cosas que para ti aún son extrañas, lo que podría hacerte sentir mal. Si eso ocurre, dímelo.
—Tío Brey… —se sorprendió. Básicamente, él le estaba diciendo que estaba tan feliz de haber recuperado a su sobrina, que la Cleven desconocida de los días anteriores se había esfumado para él y el trato iba a ser evidentemente distinto—. No te preocupes. Si algo me gusta hacer, es comunicarme y hablar de las cosas y resolverlas. No te esconderé nada. Si estoy mal, te lo haré saber. Y si estoy bien, te abrazaré.
Raijin sonrió por quinta vez en esa tarde. No podía evitarlo. Qué feliz sería el mundo si hubiera más humanos que pensaran como ella. Lo más irónico es que ahora que había perdido esa nube de su memoria, Raijin no podía dejar de ver a Katya en Cleven. Tenía su mismo cabello, sus mismos ojos y sonrisa. Pero esa forma de pensar y actuar era totalmente de Neuval. Y la nariz. Raijin –y, de hecho, todos– ya sabía desde el pasado que Cleven era igualita que su padre. Y esto no era malo. Solamente esperaba no tener demasiados problemas para controlarla, protegerla de su propia e inevitable costumbre de meterse donde no la llamaban.
Cleven le demostró lo que acababa de decirle dándole un abrazo en ese momento. Entonces, él se quedó más tranquilo, confiando en que ella realmente estaba llevando bien este cambio tan brusco.
—¿¡De dónde sacas el dinero para un piso tan chulo!? —exclamó Cleven cuando pasó del vestíbulo al salón—. ¡Guau!
No. No entendía cómo un universitario podía permitirse semejante piso en medio de Shibuya. Era un piso que tenía dos plantas. Ya el simple salón la deslumbraba. Era amplio, con una zona de estar, con un gran sofá, un par de butacas, una mesa baja, un mueble que cubría toda la pared de un lado donde aparte de la televisión había muchos libros, viejos DVD, discos de música, videojuegos, y varias fotografías. Además, había un piano de cola en una esquina. Luego, subiendo un escalón, estaba la zona del comedor, con una mesa grande rodeada de sillas, mueble para vajilla, y también era donde había unas escaleras de caracol que ascendían a la planta superior. Ahí al lado de la mesa de comedor estaba la puerta que daba a la cocina, y al lado, más cerca de las escaleras de caracol, había un pequeño pasillo con otra puerta que daba a un aseo y otra a una habitación o salita.
La planta superior no estaba completamente por encima del salón, por lo que la mitad del salón tenía un techo el doble de alto, y los ventanales que Cleven tenía enfrente llegaban hasta arriba. En el salón había una cristalera de unos cuatro metros con una puerta corrediza que daba a un balcón exterior de la misma longitud.
Al subir las escalera de caracol, había un tramo de pasillo arriba con barandilla que estaba de cara al salón y podía verse desde ahí arriba. A partir de ahí, en esa planta ya se encontraba un pasillo que conducía a tres habitaciones, un cuarto de almacenamiento y un baño. La habitación principal tenía su propio baño.
—El piso es de Agatha —le explicó Raijin—. De hecho, las cuatro viviendas de esta planta son suyas. Ella vive en la puerta A. Las otras dos viviendas las está alquilando. Yo le estoy comprando este piso. Aún se lo estoy pagando, a plazos.
—Pero… es un poco raro, no te tomaba por una persona de tanto espacio. Esta es una vivienda totalmente familiar. Y… —Cleven se calló al recordar algo—. ¡Ah! ¡Espera! ¡Es cierto! ¿No me dijiste antes… que no vivías solo o algo así?
El chico se puso un poco tenso, pero disimuló agarrando la mochila de Cleven y yéndose a subir las escaleras.
—Oye, que si estás compartiendo piso con alguien, no me importa en absoluto —le sonrió ella, siguiéndolo por detrás—. Conociéndote, no dejarías vivir aquí a una mala persona. Se me da bien convivir con otros. Excepto con papá y con Hana. Y me gusta compartir. —Cleven no paró de hablar en todo el camino a la planta superior, ignorando que el rubio estaba especialmente callado y algo sonrojado—. Pero, ¿qué ocurre? ¿Es alguien que vive contigo por temporadas, o algunos días sí y otros no?
—Hahh… algo así —suspiró él, deteniéndose frente a una puerta al fondo del pasillo.
De tanto parlotear, Cleven había pasado por alto que, al caminar por ese pasillo, habían pasado junto a otra puerta cerrada donde colgaban dos piezas de madera, de colorines y muy cucas, que formaban la letra D y la letra C. También pasó desapercibido un pequeño camión de juguete que había por ahí en una esquina, y unos muñequitos a un lado del suelo.
—Esta será la tuya —le indicó el chico, abriendo esa puerta.
Cleven se asomó y observó el interior. «No está nada, pero que nada mal» se entusiasmó. Era muy similar a la de su casa. No había mucho mueble, tan sólo una cama grande allá en una esquina, una mesilla de noche, una estantería vacía y una mesa de estudio con su silla. En la pared de la izquierda había un ventanal y una puerta que daba a un pequeño balcón.
—Agatha ya la tenía así amueblada. Nunca la he usado. Quédatela, es tuya.
—¡Es perfecta, me encanta! —entró y miró todo a su alrededor, abrió el armario y los cajones y botó un poco sobre el colchón de la cama—. ¡Qué cómoda! ¡Y tengo un balcón! En algún momento iré a mi casa a coger el resto de mis cosas y decorar esta habitación igual que mi cuarto de allí, ¿vale?
—Decorar, ¿cómo?
—Tengo que colgar mis pósteres del actor supersexi Kento Yamazaki, del cantante superbuenorro Gackt, y planeo comprarme uno del superguapo cantante del nuevo grupo de música Higashikaze, que se llama Haru. También quiero traer mis fotos con mis amigos, familia...
Mientras Cleven seguía enumerando las 2.784 cosas que planeaba traer a su nueva casa, Raijin hizo un gesto curioso al oírla mencionar a Haru, el cantante y guitarrista de Higashikaze. Era, además, el iris Fuu de la SRS de Pipi. Irónicamente, también era quien, la otra noche, dejó el hotel de Cleven sin corriente eléctrica porque destrozó la caja eléctrica del edificio al lanzar una moto contra unos delincuentes. «¿Haru ya tiene tantos fans?», pensó el rubio mientras la otra seguía hablando sin parar, «Empezó hace dos años. Está ascendiendo bastante rápido en ese mundillo…».
A pesar de que Raijin era un iris un poco especial, por su gran racionalidad y su carácter a veces huraño, se llevaba muy bien con el resto de iris aliados, aparte de los de su KRS, también con los de la SRS.
Cleven ya estaba terminando de enumerar su lista, Raijin estaba un poco mareado.
—Y, por último, traeré mi lámpara de lava. Y mi despertador-pato.
—¿Despertador-pato?
—Esta habitación es perfecta —suspiró Cleven—. Tito Brey, no puedo estarte más agradecida.
—¿Tito?
—Aquí tengo todo lo que necesito —sonrió, abrazándolo con fuerza una vez más y cerrando los ojos. Después se separó y lo miró contenta, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Me tranquiliza ver tu sonrisa de tarada, eso significa que de verdad te estás acomodando.
—¡Oye! —gruñó ella, ofendida.
—¿Qué tipo de comida querrás cenar?
—Oh… Bueno, no quiero nada. La verdad es que no tengo mucha hambre.
De pronto la cara de Raijin cambió por completo y la miró pálido y muy preocupado.
—¡O-oye! ¡No! ¡Tranquilo! —se apuró Cleven—. Es sólo que los nervios y todo me han cerrado el estómago, pero estoy bien, te lo prometo. Te aseguro que mañana tendré tanta hambre que me comeré el tablero de la mesa. Sinceramente, ahora lo que tengo es mucho sueño. Hoy ha sido agotador.
Raijin suspiró, más aliviado y tranquilo. Al escucharla decir que no tenía hambre, por un momento pensó que Cleven se había roto.
—Te dejo tranquila, entonces —dio media vuelta y salió de la habitación. Sin embargo, se paró un momento nada más cruzar la puerta. Miró aquel camión de juguete en una esquina de allá. Se quedó unos segundos pensativo, y se puso un poco nervioso.
—¿Qué pasa, tito? —se percató Cleven—. ¿Hay algo más que quieras decirme?
Raijin estuvo en silencio unos segundos más. Después, se giró hacia ella, con esa expresión reflexiva e insegura.
—Ahm… —titubeó—. Bueno… sólo quería saber…
Cleven ladeó la cabeza, le resultaba raro verlo tan dudoso.
—Quería comentarte algo… —el chico miró al techo, buscando las palabras—. Respecto a los mocosos de la cafetería…
—¡Ah! ¿Clover y Daisuke? —dijo Cleven alegremente—. Sí, los mellizos a los que sueles gritar, asustar y maltratar.
—¡Pe…! —brincó Raijin, ofendido—. ¡No hago eso! ¡Los educo!
—¡Ja! ¡Ni que fueran tu responsabilidad! —le espetó ella, cruzándose de brazos con aire desaprobatorio.
Raijin necesitó otros cuantos segundos para retomar sus pensamientos. «Al final esto va a ser tan difícil como esperaba» pensó.
—Bueno, ¿qué pasa con ellos? —preguntó Cleven.
—Pues… ¿Hasta qué punto… te caen bien?
—Pfff… —resopló, casi riendo—. ¡Pues más que a ti, desde luego! —Raijin la miró confuso—. ¿No recuerdas? Cuando comimos juntos el primer día que nos conocimos. Se nos acercó un niño a la mesa y tú lo espantaste y dijiste que no te gustan los niños.
—No me gustan los niños de los demás —corrigió él.
—Bueno, pero es que todos los niños con los que te cruzas son “de los demás”, ¿no?
—Responde a mi pregunta.
—¿Dónde has estado viviendo estos días? ¡Adoro a Clover y a Daisuke, obvio! ¿No lo has visto en la cafetería, que se me cae la baba con ellos? Incluso con Daisuke, que es como un pequeño gruñón bocazas, descarado y melodramático que lo hace aún más adorable y gracioso. Y Clover, ¿qué hace falta que te diga? Es como un oso de peluche… —suspiró enternecida.
—Entonces… te gustan —quiso asegurarse Raijin.
—¡Sí! ¿No me has oído? —se cansó ella—. ¿Por qué los mencionas? ¿Tienes algún otro problema o queja con ellos? Ten cuidado, porque los defenderé contra ti y los liberaré de tu “yugo educador” —dijo con sarcasmo.
—Ya, eso no va a pasar —declaró el chico, haciendo aspavientos y optando por dejar el tema ahí—. Ya mañana… intentaré explicártelo. Yo duermo en la habitación de enfrente. Nada de darme el coñazo mientras duermo —le advirtió, volviendo a ser el Raijin huraño de siempre—. Llama con los nudillos si necesitas algo urgente.
—¡Ah! Conque estoy frente a tu habitación, ¿eh?
—En la mía no se entra —gruñó, captando su tono.
—Voy a cotillearlo todo.
—Ni se te ocurra.
—Ya lo veremos.
—Regla número dos: el que primero se levante, prepara café y cuece arroz.
—¡Oh! Mierda, es cierto, tú aquí no tienes a Hoti, ¿verdad?
—¿Hoti? —repitió él—. Se supone que Hoti es para las viviendas donde viven personas mayores o con capacidades reducidas que no pueden usar su cuerpo bien para las tareas domésticas.
—Ostras… —se sorprendió Cleven—. Pues mi padre tiene a Hoti en casa desde siempre.
—Lo normal es que su creador la experimente en su propia casa para evaluar su funcionamiento. Pero aquí, mientras estemos sanos, hacemos las cosas nosotros mismos.
—¿Eres antitecnología?
—Adoro la tecnología, es de las ciencias más racionales que existen. Pero no soy partidario de la vagancia ni de los lujos innecesarios, cuando otras personas no tienen nada o pagarían millones por recuperar un miembro amputado o poder levantarse de una silla de ruedas y usar su cuerpo para simplemente preparar el desayuno.
—Awww… —se conmovió Cleven.
—Regla número tres: lo que se mancha se limpia y lo que se rompe se paga. Eso es todo.
—Hm... —gruñó con mosqueo—. ¿Y mi hora límite cuando salga por ahí?
—¿Qué hora te ponía tu padre?
—Las dos de la mañana.
—¡Ja! No me vaciles. Tu hora límite serán las diez. Quiero que vivas conmigo, no que tu padre me mate.
—¿Y tu hora cuál es?
—La que me dé la gana, claro, esta es mi casa.
—¡Sí, hombre! —saltó, agarrándolo de la camiseta y lo zarandeó de un lado a otro—. ¡No me seas! ¡Sólo te falta decirme que ordene mi habitación cada día y perseguirme para que haga los deberes!
—Ni lo dudes.
—¡Nooo! —lo zarandeó más fuerte.
—¡Ay! ¡Vale, vale, era broma, tranquila!
* * * * * *
Esta noche, Raijin era el único iris en Japón que no estaba mirando la tele en este momento. Todos los demás, el resto de la KRS, y Pipi y los de su SRS, incluso Akira y su fastidiosa MRS… todos los iris de Japón se encontraban viendo la misma noticia en sus televisores, en sus móviles o en las pantallas de la calle o de los locales.
Nakuru se mordisqueaba la uña del pulgar, sentada en el sofá de su salón con la tele encendida, expectante. Hace rato le escribió a Cleven un mensaje similar al que Yako le había escrito a Raijin, diciéndole que no quedara con Raijin y que quedara con ella para hablar en persona. Cleven le había escrito de vuelta preguntando a qué se refería, pero seguidamente continuó diciendo que no se preocupara, que ya era tarde y que hablarían mañana. Nakuru no tuvo más remedio que aceptar y esperaba que Cleven no estuviera con Raijin y se encontrara en el hotel tranquila y sola. Entonces, toda su atención estaba puesta en el evento de este momento.
—Nak, ¿qué haces levantada a estas horas? —le preguntó Kamui, a punto de irse a su trabajo.
—Estoy viendo las noticias —contestó sin apartar la mirada de la pantalla.
—¿Y eso?
—Takeshi Nonomiya ha muerto. De manera inesperada. Y esta noche iba a nombrar a su sucesor.
Kamui arqueó las cejas con sorpresa y se acercó a ella para ver también. Aún estaban con otro informativo, el siguiente sería el que había dicho su hija. La miró de reojo amargamente. Sólo pensar que ella estaba tan preocupada por un asunto así le apesadumbraba. Ella era una iris, un ser poderoso, y no podía tener enemigos normales y corrientes como las demás chicas de su edad, como la exnovia de su novio –o en su caso la ex de su novia–, o un profesor que le tenía manía... No. El ministro de Interior, la policía de todos los países del mundo, terroristas, delincuentes… esos eran sus enemigos.
No obstante, tenía que respetar quién era su hija, en qué se había convertido desde que murió su madre. Les pasaba lo mismo a todos aquellos familiares humanos de iris que sabían lo que eran. Como ellos, Kamui temía lo que le pudiera pasar, y no podía inmiscuirse en esos asuntos.
—Bueno, me voy a trabajar —dijo Kamui, dándole un beso en la mejilla.
—Vale —contestó ella—. Pásalo bien.
Cuando su padre se marchó, Nakuru aumentó el volumen.
—“Es una triste noticia para nuestros ciudadanos y el Gobierno” —dijo el presentador de las noticias—. “El ministro de Interior, Takeshi Nonomiya, ha fallecido hace dos horas, de forma imprevista, justo cuando se estaba preparando para celebrar la reunión privada donde el ministro y el Comité habrían acordado el nombramiento de su sucesor. El personal médico ha confirmado la causa, una parada cardiorrespiratoria, cuando se encontraba solo en su despacho.”
—“Cierto es, Hayato, que es una triste noticia” —le siguió el relevo la otra presentadora—. “No podemos olvidar que Takeshi Nonomiya ha dejado tras de sí una carrera impecable en el ejercicio de la seguridad del país. Con su propuesta de reforma de las leyes hace veinte años que logró la aprobación de todo el sector jurídico y el aumento de recursos y refuerzo que otorgó a los cuerpos de seguridad y militares, la tasa de criminalidad no ha hecho más que disminuir año tras año. Takeshi Nonomiya era un hombre íntegro y comprometido con su país.”
—“No obstante” —continuó el otro presentador—, “siguiendo el protocolo y las direcciones previas del propio Takeshi Nonomiya, así como su voluntad, la reunión del Comité ha acabado por realizarse y han leído la declaración escrita y oficial que el ministro guardó en el sobre con anterioridad. La secretaria general, Norie Saitou, ha confirmado al gabinete de prensa hace veinte minutos que todo el Comité ha aprobado de forma unánime la declaración y la decisión final en la carta escrita del ministro, y ahora declarará el resultado ante las cámaras.”
—“Veámoslo” —dijo la presentadora.
Nakuru, ansiosa, se arrodilló delante de la pantalla de la tele, a dos palmos, sin pestañear. En ese momento, sacaron las imágenes de una pequeña salita, enfocando a un pequeño atril, y había unas elegantes cortinas rojas de fondo. Lo hicieron en esa pequeña salita de prensa para evitar una pomposidad innecesaria y hacerlo lo más modesto posible. Apareció una mujer acercándose al atril, Norie Saitou. No era joven, tampoco demasiado mayor. Aparentaba sus 45 años y lo hacía con orgullo. Sin maquillaje. Con algunas ligeras arrugas en sus ojos. Vestía con un traje de mujer sobrio, de pantalón liso, blusa y chaqueta, y llevaba el pelo castaño oscuro recogido en un moño bajo.
Nakuru se fijó en un detalle. Se dio cuenta de que esta mujer venía con un semblante serio y respetuoso, pero tenía los ojos algo enrojecidos. Había llorado la muerte de Takeshi en algún momento. Y por muy enemigo de los iris que hubiese sido Takeshi Nonomiya durante décadas, Nakuru sintió pena por Norie. No la conocía en persona, pero sabía muchas cosas de ella. Puede que estuviera en el Gobierno, pero era una buena humana.
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