1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Cleven comenzó a despertarse poco a poco. Estiró los brazos por fuera de la manta mientras se giraba y se ponía bocarriba. Al dejar caer los brazos extendidos a cada lado, una parte de ella le dijo que debería haber golpeado a alguien. No entendió esa idea al principio, hasta que logró recordar que supuestamente Raijin se quedó anoche con ella. Por eso, se incorporó rápidamente, mirando a un lado y a otro.
«Se… ¿Se ha ido? ¿Cuándo…?» pensó, pero luego cerró los ojos con molestia y se frotó las sienes, sufriendo un poco de resaca. «Agh… la próxima vez, le preguntaré a toda la gente que haga falta para confirmar si una bebida lleva alcohol o no. Qué estupidez más grande, probar bebidas sin saber lo que llevan…».
Cleven volvió a abrir los ojos y se quedó ahí sentada y quieta un rato, recapacitando. «¿Qué pasó ayer? Hmm… Ah, sí… Raijin…» sonrió como una boba, sonrojándose. «Guau… No termino de creérmelo. Él de verdad tiene sentimientos por mí igual que yo por él… Él también quiere estar conmigo… ¿Hacen falta más pruebas? Espera… ¿¡nos acostamos!?». Se apartó un momento la manta al darse cuenta de que estaba desnuda por arriba. Pero seguía llevando ropa interior de abajo. «¿Eh? Mierda… ¡no me acuerdo de nada! ¡Mierda! ¡Debió de ser un momento espectacular, un momento especial! ¡Y no me acuerdo! Oh, Dios mío… se supone que era mi primera vez… Bueno, pero, al menos, ha sido con alguien a quien quiero de verdad… alguien bueno, bueno de verdad… Quizá, con suerte, con el tiempo pueda recordar algún detalle, porque lo que sí recuerdo son los besos, y el tacto de sus manos, y su increíble y hermoso cuerpo…». Se quedó cinco minutos mirando al techo como una tonta, rememorando solamente eso.
«Tenía un tatuaje en el pectoral izquierdo… un tatuaje extraño pero muy bonito. Guau… no me puedo creer que Raijin y yo… guau…». Cleven se sentía tan feliz que el corazón le daba saltos entre las costillas.
«Pero… ¿Qué pensará él al respecto? ¿Por qué se ha marchado? Tendría cosas que hacer. Él ya me dijo una vez que siempre está ocupado con muchas cosas. Supongo que… no me queda más remedio que esperar a volver a encontrarme con él por ahí. Ni siquiera tengo su número aún…».
Olvidándose por completo de la resaca y levantándose rebosante de energía e ilusión, se duchó, se vistió, se peinó y decidió salir a dar una vuelta y quedar con Nakuru. Estaba deseando contárselo a su amiga, no podía esperar. Cuando abrió la puerta de la habitación, se encontró con un carrito al lado que le llamó la atención, porque tenía un plato con una tapadera de metal y una nota al lado que decía que era algo encargado al servicio de habitaciones para su número de habitación. Sin entender muy bien, Cleven levantó la tapadera de metal, y descubrió una bandejita de plástico con seis bolas de takoyaki todavía caliente.
—¡Uuuh! —le brillaron los ojos con hambre, y cogió la nota de papel y lo desdobló para leer el mensaje de dentro—. “Intenta no atragantarte, pelmaza”.
Cleven se quedó petrificada ante semejante mensaje. Se le hinchó una vena de enfado en la frente y se puso a gruñir con rabia.
—Grrrmmññ… aahh… —terminó soltando un suspiro apasionado—. ¿A quién quiero engañar? Es el mensaje más insultante y romántico que jamás me han escrito. Lo guardaré al lado de mi corazoncito —dobló el papel y lo metió en un bolsillo interno de su abrigo.
Si ya estaba feliz al salir de la habitación, ahora iba a explotar, con su bandejita de takoyaki en la mano y el hecho de que había sido un gran detalle por parte de Raijin, desayunándose bolita tras bolita mientras paseaba por las calles.
Al cabo de un rato, después de haber escrito a Nakuru avisándola de que iba a pasar por la calle de su casa, se paró frente a su vivienda, viendo a su amiga asomada por la ventana del salón, esperando impaciente.
—¡Naaak! —la llamó desde abajo.
Al verla, Nakuru la señaló, sonrió radiante, le hizo un gesto para que esperara y desapareció dentro de su casa. A los dos minutos, salió a la calle, con sus pantalones rotos, sus botas grandes y un buen abrigo negro con bufanda violeta, mismo color con el que se había pintado sus labios.
—¡Cleven, Cleven! —exclamó, apoyándose en sus hombros y pegando saltos.
—¡Jajaja! ¿Qué te pasa? —se rio—. ¿Qué tal ayer con Álex?
—¡Ah, muy bien! —contestó alegremente—. Pero tú, Cleven, estuviste en la fiesta de Yako, ¿verdad? Estaba deseando que me contases qué tal estuvo.
—¡Oh, sí! ¡Fue genial! ¡Ojalá hubieses podido ir!
—¿¡Pero qué pasó!? ¿¡Pasó algo!? ¡Porque pasó algo! ¿Verdad? —preguntó Nakuru sin parar.
—Qué... —se sorprendió—. ¡Pues sí, sí que pasó algo, Nak! —brincó eufórica.
—¿¡Sí!? ¿¡Sí!?
—Raijin… —comenzó a decir.
—¿¡Síiii!? —Nakuru saltó y saltó, a punto de darle un ataque de alegría.
—Tuvimos una conversación importante…
—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!
Cleven la miró fija e intensamente, agarrándola de las manos.
—Nos besamos...
—¿Q…? —Nakuru paró de saltar, quedándose de piedra pómez.
—Y anoche… me acompañó al hotel porque yo estaba mareada… y… —hizo una pausa, cogiendo aire—… nos acostamos juntos —concluyó, latiéndole el corazón con fuerza; sin embargo, se le cayó el mundo encima de sopetón—. ¿¡Nakuru!? ¡Nakuru! ¿¡Q… qué te pasa!?
Nakuru se había desplomado contra el suelo, en estado de shock. Cleven, alarmada, se agachó junto a ella y la zarandeó, llamándola una y otra vez, pero ella no contestaba. Tuvo que llamar al telefonillo de su casa y avisar a su padre para que la ayudara a llevarla adentro.
* * * * * *
—¡Hombre, buenos días! —exclamó Yako felizmente al ver a Raijin entrando por la puerta de su cafetería.
Esa mañana Yako había abierto algo tarde, y todavía no había muchos clientes. El rubio se acercó a él con aire calmado y muy, muy silencioso, sentándose en la barra. Yako le puso un café y se quedó con él, mientras limpiaba unos vasos.
—Bueno, Raijin, vaya cara traes, debes de tener mucha resaca —le sonrió su amigo.
—No… Bueno, sí… Pero no es eso —dio un largo bostezo—. Me muero de sueño.
—Pues como siempre —negó con la cabeza con reproche—. Rai, creo que deberías procurar descansar más. Sólo tienes 20 años y ahora pareces tener 80. No duermes lo suficiente desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, ¿qué haces aquí, por la mañana de un día festivo? Podrías estar aprovechando ahora para dormir, hoy no hay nada que hacer, ya no estás de exámenes en la universidad, y la ciudad puede prescindir de tu protección por un día. Tokio tiene más Guardianes aparte de ti.
—Me queda un examen —le corrigió—. Y además de los chungos, de Anatomía avanzada, dentro de dos semanas. Tengo que ponerme a estudiar otra vez o no la aprobaré nunca. Y mi deber como Guardián es proteger esta ciudad; si los criminales no descansan, yo tampoco.
—Ay… —suspiró Yako, viendo que era muy cabezota con ese tema—. ¿Y por qué las pocas horas que descansas, no lo haces adecuadamente?
—Yo qué sé… —Raijin se encogió de hombros, dando un sorbo a su taza de café, y luego se la quedó mirando—. A lo mejor es por esto. Con razón me dicen que soy un adicto a la cafeína.
—¿Quién te dice esa absoluta e inequívoca verdad?
—Mi hija.
—Pues tu hija tiene mucha razón —Yako le quitó la taza de las manos—. Con tanta cafeína y tanta galabria, ya ni te harán efecto.
—¿Cuándo cultivarás más galabria? Le tuve que pedir a Agatha la otra noche para poder cumplir el rescate de Kyo sin acabar agotado… —suspiró, restregándose las manos por la cara.
—Crecerá un nuevo cultivo la semana que viene. Sabes que gasto mucha energía cultivando todas las plantas importantes y necesarias que produzco.
—Un ser supremo quejándose de no tener energía suficiente… —bostezó Raijin, tumbando la cabeza sobre los brazos—. Manda cojones…
—El ser supremo necesita que te bebas esto —le dijo Yako, cogiendo varias cosas de las estanterías y armarios que tenía ahí tras la barra—. Te voy a preparar una infusión de hierbas relajantes para que tu cerebro respire un poco, amigo. También son hierbas de las mías, de las que cultivo con mi iris, verás lo bien que te sientan.
Raijin soltó una especie de murmullo, conforme. Mientras Yako ponía a hervir agua en una tetera, volvió frente a su amigo y se apoyó en la barra con aire curioso.
—Bueno, y… ¿qué tal ayer, Rai?
—Mm… Bien —musitó, apoyando la barbilla en una mano—. Fue una buena fiesta.
—¿En serio? ¿No tienes nada más importante que contarme?
—Cotilla…
—¡Venga! ¿Qué pasó con Cleven? ¿La llevaste al hotel sana y salva?
—Sí.
—¿Y está bien? Sólo fue un mareo, ¿no?
—Sí.
Yako se lo quedó observando un rato, sin dejar de sonreír.
—Bueno, ¿no me vas a contar nada más? —se impacientó.
—¿Qué quieres que te cuente? —preguntó, sintiéndose incómodo.
—¡Pues qué pasó entre vosotros, qué sino! ¡Entre tú y ella! ¿¡Qué te parece semejante sorpresa!? ¿¡Qué opinas de esta maravillosa coincidencia!? Venga, no lo ocultes más —le apremió Yako—. Ya intuyo lo que ha pasado, porque que no haya pasado a estas alturas desde que ella y tú os conocéis... sería de locos.
Raijin levantó la vista con desconcierto. Le sorprendió ver que su amigo ya había adivinado lo que había pasado anoche y, al parecer, no le parecía algo demasiado precipitado. Y eso era raro, ya que Yako solía ser incluso más cuidadoso que él a la hora de hacer las cosas correctas en los momentos correctos para asegurar que los humanos llevaran una vida sana y estable tanto física como emocionalmente.
—¿Tú te esperabas que pasase algo así tan pronto? —se sorprendió Raijin—. ¿Desde hace tiempo ya?
—¡Pues claro! —se rio—. ¿Es que no estás contento?
—Pues… —titubeó, sonrojándose.
—¿Qué vais a hacer ahora los dos? —continuó Yako, que no salía de su estado de emoción.
—¿Cómo que qué vamos a hacer? —se mosqueó, y miró a un lado—. No sé… Supongo que… Aún no lo tengo claro… porque… ya sabes que hay ciertas cosas que aún tengo que contarle y no sé si ella lo aceptaría tan fácilmente…
—Bueno, pero una cosa —lo frenó, frunciendo el ceño—. Ayer, después de la fiesta, estuve gran parte de la noche llamándote a casa para hablar contigo. ¿Te quedaste dormido nada más llegar?
—¿Qué dices? —se extrañó el rubio—. Obviamente no estaba en mi casa, Yako.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Dónde estuviste, pues?
El rubio se quedó sin señal Wi-Fi unos segundos.
—A ver, a ver… —lo detuvo Raijin, tratando de entender—. ¿De qué estás hablando tú?
—No, de qué estás hablando tú, me estás liando —refunfuñó.
Raijin se lo quedó mirando con una mueca de confusión increíble.
—Estuve con ella —le explicó—. En su habitación del hotel. Toda la coche.
—Pe... ¿Pero tan mareada estaba? —se preocupó Yako.
—¡No! —exclamó, perdiendo la paciencia—. ¡Me acosté con ella! ¿No era eso lo que pensabas?
Yako no dijo nada. El vaso que estaba limpiando en ese momento se le resbaló de las manos y se hizo añicos en el suelo, pero él seguía petrificado, pálido, mudo y sin parpadear.
—¿Yako? —lo llamó Raijin, y cuando su amigo se desmayó en estado de shock, le dio un vuelco el corazón—. ¡Yako! —exclamó, saltando del taburete al otro lado de la barra, alarmado.
* * * * * *
Llegó el mediodía de aquel viernes. Tal y como se había acordado, Neuval se estaba dirigiendo en coche al Templo Meiji, a esas horas vacío, aunque unas horas después volvería a llenarse para continuar con el festival.
Pese a todo, no había encontrado a Cleven todavía, que era la mayor preocupación que tenía en ese momento. Tenía que haberla encontrado antes de reunirse con Alvion, porque el anciano, nada más verlo, se lo llevaría inmediatamente al Monte Zou sin más tregua. Denzel también iba a estar presente en el encuentro, para teletransportarlos, y así hacer más rápido y sencillo todo.
Neuval no sabía qué hacer. Mientras esperaba en un semáforo en rojo, no paraba de morderse las uñas. No sabía si apurar el tiempo y aprovechar unos minutos más para intentar al menos dar con alguna pista de Cleven, pero con eso se arriesgaba a llegar tarde a su encuentro con Alvion, y aquí el anciano ya iba a dejar de ser tan permisivo e indulgente y Neuval iba a crearse un problema más de los que ya tenía encima.
Pero no era justo. Quería haber resuelto este problema con Cleven antes de su viaje al Monte Zou. A lo mejor tenía que esperar hasta el lunes, cuando regresase a Tokio. No paraba de repetirse a sí mismo que Nakuru estaba con ella, que Nakuru la estaba vigilando, que iba a seguir sana y salva… No obstante, una nueva idea llevaba rondando por su cabeza esos últimos días y era una idea que no le gustaba nada. La idea de que tal vez Cleven estaba en contacto o se estaba relacionando de alguna manera con cierta persona que Neuval quería alejar de sus hijos.
¿Cómo iba a irse al Monte Zou con esta idea quitándole el sueño? Por si fuera poco, se había encontrado con Hana y con Yenkis en su paso por casa para coger el coche, quienes, al verlo, se fueron corriendo hacia él con un montón de preguntas por su imprevista ausencia desde el lunes, a pesar de que el viejo Lao ya le dio a Hana una excusa creíble.
Por supuesto, Neuval no tenía tiempo para explicarles y tranquilizarlos. Ni tampoco buen humor, por el hecho de tener que mentirles una vez más, ocultar más y más cosas, inventar más y más excusas. Tan sólo les dijo que ese mediodía tenía que irse al extranjero tres días por asuntos de trabajo y que quería aprovechar el tiempo antes de irse para intentar localizar a Cleven una vez más.
Y ahí estaba, en ese eterno semáforo en rojo, perdiendo el tiempo. Cada vez más alterado… y más angustiado… estaba empezando a ponerse furioso… Furioso con Cleven por haberle hecho esta faena, furioso porque no tenía tiempo para ocuparse de todo en esos momentos, furioso por la idea de que ella podría estar con esa persona con la que no debía estar.
Ya está. Decidió tomar otro camino distinto al del templo hacia la zona central de Shibuya y sus alrededores, rodeando el Parque Yoyogi, donde tenía un presentimiento. Alvion se tendría que esperar por narices. Ya le daba igual que le crease un problema más.
No podía haber otra opción. Cleven debía de estar con ese tipo. Se había ido de casa con una maleta bastante llena, y con todos sus ahorros en efectivo. Había estado por ahí una semana, y con Lex no estaba, seguro, porque este se lo habría comunicado enseguida. En la casa de Nakuru tampoco, porque ya se aventuró a llamar a su padre Kamui ayer y este le dijo que no sabía nada –y Kamui no le mentiría–. Y con respecto al Hotel Shibuya Excel Tokyu, lo descartó sin más, porque sabía que, por ley, no le podían confirmar si tal persona estaba alojada allí, por muy padre suyo que fuera, porque este hotel tenía la edad legal de alojamiento mínima en los 16 años.
Estaba seguro, esta corazonada cada vez le parecía más probable. Cleven se había ido de casa tanto tiempo, no para atormentar a su padre, sino para buscar a alguien. Y, al menos, Neuval sabía dónde vivía este alguien.
* * * * * *
Al final, Cleven había tenido que dejar a su amiga en su casa. Entre su padre y ella, la tumbaron sobre el sofá del salón, pues Nakuru seguía desmayada. Cleven le explicó a Kamui lo que había pasado, sin entender el porqué.
—¿Le habrá dado un bajón de azúcar? ¿Esta mañana estaba bien? ¿Anoche comió algo en mal estado?
—Estaba perfectamente, y anoche también. No llegó demasiado tarde y se durmió cuando yo me fui a mi trabajo nocturno… —decía Kamui, rascándose la cabeza, tan confuso como ella. «Hmmm… O puede que haya tenido un bajón de energía de su iris… Esta semana, Nakuru ha estado trabajando mucho en sus asuntos iris» pensó el hombre para sus adentros—. Ah… se tratará de un bajón de azúcar nada más. Seguro que esta mañana no ha desayunado, a veces se le olvida. No te preocupes, Cleven, ya sabes que mi Nak es más dura que una piedra.
—Debe de estar cansada… —asintió Cleven, acariciando la frente de su amiga—. Avísame cuando se haya recuperado, por favor. Tengo que hablar con ella.
—Claro, descuida —se agachó a su lado, junto al sofá, y pasó una manta por encima de Nakuru para abrigarla—. Esto… Cleven… por cierto… Tu padre me llamó ayer.
La pelirroja giró la cabeza de golpe y lo miró con cara de espanto.
—¿Qué le…? ¿Qué te dijo…?
—Me preguntó si sabía algo de ti. Si estabas en mi casa. Le dije la verdad, que no sabía nada y que no estabas aquí. —Hizo una pausa, viendo la cara nerviosa de Cleven—. Nakuru no me ha contado nada. ¿Estás en problemas? ¿Te has ido de casa o algo así?
—¿Vas a llamar a mi padre y decirle que estoy ahora aquí?
—Cleven… —la miró entristecido—. Está muy preocupado por ti…
—Por favor, Kamui, por favor, no lo llames, no le digas nada. Estoy en medio de un plan, estoy a punto de conseguir un objetivo. Es muy importante para mí. Nak me ha estado apoyando y ayudando. Te prometo que no estoy haciendo nada raro ni peligroso. Solamente estoy buscando a alguien. Alguien a quien quiero conocer. Y, cuando lo haga… ya resolveré las cosas con mi padre. Por favor…
El hombre suspiró por la nariz. Kamui llevaba más de una década conociendo a Neuval. Qué menos, tratándose del Líder que acogió a su hija en su RS y del maestro que había estado cuidando, protegiendo y enseñando a Nakuru en su vida de iris desde que tenía 6 años. Pero también conocía a Cleven. Y había un detalle importante a tener en cuenta, el hecho de que Nakuru la había estado ayudando y apoyando en lo que quiera que estuviese haciendo ahora. Nakuru era un “soldado ejemplar”, así se llamaba a aquellos iris que no padecían nada de majin y su visión de las cosas siempre estaba más cerca de la razón que de los sentimientos.
En otras circunstancias, Nakuru habría cumplido con el correcto deber de informar a Neuval y hacer que Cleven hubiese vuelto a su casa porque era donde debía estar, segura y a salvo. Pero si Nakuru no había hecho esto, significaba dos cosas: que Nakuru lo consideraba un tema seguro, y que lo consideraba importante o necesario para Cleven. Para Kamui, esto era suficiente.
—¿Cuánto tiempo más piensas estar con esto?
—Estoy a punto de llegar al final. Te prometo que estoy muy cerca de lograr mi objetivo. Y entonces, contactaré con mi padre.
—Bueno —accedió Kamui finalmente—. Pero más te vale tener cuidado. Y espero que sea verdad que no vas a alargar esta situación mucho más tiempo. Los sentimientos de un padre también pueden llegar a ser muy frágiles… —murmuró, acariciando la mejilla de Nakuru.
Cleven comenzó a despertarse poco a poco. Estiró los brazos por fuera de la manta mientras se giraba y se ponía bocarriba. Al dejar caer los brazos extendidos a cada lado, una parte de ella le dijo que debería haber golpeado a alguien. No entendió esa idea al principio, hasta que logró recordar que supuestamente Raijin se quedó anoche con ella. Por eso, se incorporó rápidamente, mirando a un lado y a otro.
«Se… ¿Se ha ido? ¿Cuándo…?» pensó, pero luego cerró los ojos con molestia y se frotó las sienes, sufriendo un poco de resaca. «Agh… la próxima vez, le preguntaré a toda la gente que haga falta para confirmar si una bebida lleva alcohol o no. Qué estupidez más grande, probar bebidas sin saber lo que llevan…».
Cleven volvió a abrir los ojos y se quedó ahí sentada y quieta un rato, recapacitando. «¿Qué pasó ayer? Hmm… Ah, sí… Raijin…» sonrió como una boba, sonrojándose. «Guau… No termino de creérmelo. Él de verdad tiene sentimientos por mí igual que yo por él… Él también quiere estar conmigo… ¿Hacen falta más pruebas? Espera… ¿¡nos acostamos!?». Se apartó un momento la manta al darse cuenta de que estaba desnuda por arriba. Pero seguía llevando ropa interior de abajo. «¿Eh? Mierda… ¡no me acuerdo de nada! ¡Mierda! ¡Debió de ser un momento espectacular, un momento especial! ¡Y no me acuerdo! Oh, Dios mío… se supone que era mi primera vez… Bueno, pero, al menos, ha sido con alguien a quien quiero de verdad… alguien bueno, bueno de verdad… Quizá, con suerte, con el tiempo pueda recordar algún detalle, porque lo que sí recuerdo son los besos, y el tacto de sus manos, y su increíble y hermoso cuerpo…». Se quedó cinco minutos mirando al techo como una tonta, rememorando solamente eso.
«Tenía un tatuaje en el pectoral izquierdo… un tatuaje extraño pero muy bonito. Guau… no me puedo creer que Raijin y yo… guau…». Cleven se sentía tan feliz que el corazón le daba saltos entre las costillas.
«Pero… ¿Qué pensará él al respecto? ¿Por qué se ha marchado? Tendría cosas que hacer. Él ya me dijo una vez que siempre está ocupado con muchas cosas. Supongo que… no me queda más remedio que esperar a volver a encontrarme con él por ahí. Ni siquiera tengo su número aún…».
Olvidándose por completo de la resaca y levantándose rebosante de energía e ilusión, se duchó, se vistió, se peinó y decidió salir a dar una vuelta y quedar con Nakuru. Estaba deseando contárselo a su amiga, no podía esperar. Cuando abrió la puerta de la habitación, se encontró con un carrito al lado que le llamó la atención, porque tenía un plato con una tapadera de metal y una nota al lado que decía que era algo encargado al servicio de habitaciones para su número de habitación. Sin entender muy bien, Cleven levantó la tapadera de metal, y descubrió una bandejita de plástico con seis bolas de takoyaki todavía caliente.
—¡Uuuh! —le brillaron los ojos con hambre, y cogió la nota de papel y lo desdobló para leer el mensaje de dentro—. “Intenta no atragantarte, pelmaza”.
Cleven se quedó petrificada ante semejante mensaje. Se le hinchó una vena de enfado en la frente y se puso a gruñir con rabia.
—Grrrmmññ… aahh… —terminó soltando un suspiro apasionado—. ¿A quién quiero engañar? Es el mensaje más insultante y romántico que jamás me han escrito. Lo guardaré al lado de mi corazoncito —dobló el papel y lo metió en un bolsillo interno de su abrigo.
Si ya estaba feliz al salir de la habitación, ahora iba a explotar, con su bandejita de takoyaki en la mano y el hecho de que había sido un gran detalle por parte de Raijin, desayunándose bolita tras bolita mientras paseaba por las calles.
Al cabo de un rato, después de haber escrito a Nakuru avisándola de que iba a pasar por la calle de su casa, se paró frente a su vivienda, viendo a su amiga asomada por la ventana del salón, esperando impaciente.
—¡Naaak! —la llamó desde abajo.
Al verla, Nakuru la señaló, sonrió radiante, le hizo un gesto para que esperara y desapareció dentro de su casa. A los dos minutos, salió a la calle, con sus pantalones rotos, sus botas grandes y un buen abrigo negro con bufanda violeta, mismo color con el que se había pintado sus labios.
—¡Cleven, Cleven! —exclamó, apoyándose en sus hombros y pegando saltos.
—¡Jajaja! ¿Qué te pasa? —se rio—. ¿Qué tal ayer con Álex?
—¡Ah, muy bien! —contestó alegremente—. Pero tú, Cleven, estuviste en la fiesta de Yako, ¿verdad? Estaba deseando que me contases qué tal estuvo.
—¡Oh, sí! ¡Fue genial! ¡Ojalá hubieses podido ir!
—¿¡Pero qué pasó!? ¿¡Pasó algo!? ¡Porque pasó algo! ¿Verdad? —preguntó Nakuru sin parar.
—Qué... —se sorprendió—. ¡Pues sí, sí que pasó algo, Nak! —brincó eufórica.
—¿¡Sí!? ¿¡Sí!?
—Raijin… —comenzó a decir.
—¿¡Síiii!? —Nakuru saltó y saltó, a punto de darle un ataque de alegría.
—Tuvimos una conversación importante…
—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!
Cleven la miró fija e intensamente, agarrándola de las manos.
—Nos besamos...
—¿Q…? —Nakuru paró de saltar, quedándose de piedra pómez.
—Y anoche… me acompañó al hotel porque yo estaba mareada… y… —hizo una pausa, cogiendo aire—… nos acostamos juntos —concluyó, latiéndole el corazón con fuerza; sin embargo, se le cayó el mundo encima de sopetón—. ¿¡Nakuru!? ¡Nakuru! ¿¡Q… qué te pasa!?
Nakuru se había desplomado contra el suelo, en estado de shock. Cleven, alarmada, se agachó junto a ella y la zarandeó, llamándola una y otra vez, pero ella no contestaba. Tuvo que llamar al telefonillo de su casa y avisar a su padre para que la ayudara a llevarla adentro.
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—¡Hombre, buenos días! —exclamó Yako felizmente al ver a Raijin entrando por la puerta de su cafetería.
Esa mañana Yako había abierto algo tarde, y todavía no había muchos clientes. El rubio se acercó a él con aire calmado y muy, muy silencioso, sentándose en la barra. Yako le puso un café y se quedó con él, mientras limpiaba unos vasos.
—Bueno, Raijin, vaya cara traes, debes de tener mucha resaca —le sonrió su amigo.
—No… Bueno, sí… Pero no es eso —dio un largo bostezo—. Me muero de sueño.
—Pues como siempre —negó con la cabeza con reproche—. Rai, creo que deberías procurar descansar más. Sólo tienes 20 años y ahora pareces tener 80. No duermes lo suficiente desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, ¿qué haces aquí, por la mañana de un día festivo? Podrías estar aprovechando ahora para dormir, hoy no hay nada que hacer, ya no estás de exámenes en la universidad, y la ciudad puede prescindir de tu protección por un día. Tokio tiene más Guardianes aparte de ti.
—Me queda un examen —le corrigió—. Y además de los chungos, de Anatomía avanzada, dentro de dos semanas. Tengo que ponerme a estudiar otra vez o no la aprobaré nunca. Y mi deber como Guardián es proteger esta ciudad; si los criminales no descansan, yo tampoco.
—Ay… —suspiró Yako, viendo que era muy cabezota con ese tema—. ¿Y por qué las pocas horas que descansas, no lo haces adecuadamente?
—Yo qué sé… —Raijin se encogió de hombros, dando un sorbo a su taza de café, y luego se la quedó mirando—. A lo mejor es por esto. Con razón me dicen que soy un adicto a la cafeína.
—¿Quién te dice esa absoluta e inequívoca verdad?
—Mi hija.
—Pues tu hija tiene mucha razón —Yako le quitó la taza de las manos—. Con tanta cafeína y tanta galabria, ya ni te harán efecto.
—¿Cuándo cultivarás más galabria? Le tuve que pedir a Agatha la otra noche para poder cumplir el rescate de Kyo sin acabar agotado… —suspiró, restregándose las manos por la cara.
—Crecerá un nuevo cultivo la semana que viene. Sabes que gasto mucha energía cultivando todas las plantas importantes y necesarias que produzco.
—Un ser supremo quejándose de no tener energía suficiente… —bostezó Raijin, tumbando la cabeza sobre los brazos—. Manda cojones…
—El ser supremo necesita que te bebas esto —le dijo Yako, cogiendo varias cosas de las estanterías y armarios que tenía ahí tras la barra—. Te voy a preparar una infusión de hierbas relajantes para que tu cerebro respire un poco, amigo. También son hierbas de las mías, de las que cultivo con mi iris, verás lo bien que te sientan.
Raijin soltó una especie de murmullo, conforme. Mientras Yako ponía a hervir agua en una tetera, volvió frente a su amigo y se apoyó en la barra con aire curioso.
—Bueno, y… ¿qué tal ayer, Rai?
—Mm… Bien —musitó, apoyando la barbilla en una mano—. Fue una buena fiesta.
—¿En serio? ¿No tienes nada más importante que contarme?
—Cotilla…
—¡Venga! ¿Qué pasó con Cleven? ¿La llevaste al hotel sana y salva?
—Sí.
—¿Y está bien? Sólo fue un mareo, ¿no?
—Sí.
Yako se lo quedó observando un rato, sin dejar de sonreír.
—Bueno, ¿no me vas a contar nada más? —se impacientó.
—¿Qué quieres que te cuente? —preguntó, sintiéndose incómodo.
—¡Pues qué pasó entre vosotros, qué sino! ¡Entre tú y ella! ¿¡Qué te parece semejante sorpresa!? ¿¡Qué opinas de esta maravillosa coincidencia!? Venga, no lo ocultes más —le apremió Yako—. Ya intuyo lo que ha pasado, porque que no haya pasado a estas alturas desde que ella y tú os conocéis... sería de locos.
Raijin levantó la vista con desconcierto. Le sorprendió ver que su amigo ya había adivinado lo que había pasado anoche y, al parecer, no le parecía algo demasiado precipitado. Y eso era raro, ya que Yako solía ser incluso más cuidadoso que él a la hora de hacer las cosas correctas en los momentos correctos para asegurar que los humanos llevaran una vida sana y estable tanto física como emocionalmente.
—¿Tú te esperabas que pasase algo así tan pronto? —se sorprendió Raijin—. ¿Desde hace tiempo ya?
—¡Pues claro! —se rio—. ¿Es que no estás contento?
—Pues… —titubeó, sonrojándose.
—¿Qué vais a hacer ahora los dos? —continuó Yako, que no salía de su estado de emoción.
—¿Cómo que qué vamos a hacer? —se mosqueó, y miró a un lado—. No sé… Supongo que… Aún no lo tengo claro… porque… ya sabes que hay ciertas cosas que aún tengo que contarle y no sé si ella lo aceptaría tan fácilmente…
—Bueno, pero una cosa —lo frenó, frunciendo el ceño—. Ayer, después de la fiesta, estuve gran parte de la noche llamándote a casa para hablar contigo. ¿Te quedaste dormido nada más llegar?
—¿Qué dices? —se extrañó el rubio—. Obviamente no estaba en mi casa, Yako.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Dónde estuviste, pues?
El rubio se quedó sin señal Wi-Fi unos segundos.
—A ver, a ver… —lo detuvo Raijin, tratando de entender—. ¿De qué estás hablando tú?
—No, de qué estás hablando tú, me estás liando —refunfuñó.
Raijin se lo quedó mirando con una mueca de confusión increíble.
—Estuve con ella —le explicó—. En su habitación del hotel. Toda la coche.
—Pe... ¿Pero tan mareada estaba? —se preocupó Yako.
—¡No! —exclamó, perdiendo la paciencia—. ¡Me acosté con ella! ¿No era eso lo que pensabas?
Yako no dijo nada. El vaso que estaba limpiando en ese momento se le resbaló de las manos y se hizo añicos en el suelo, pero él seguía petrificado, pálido, mudo y sin parpadear.
—¿Yako? —lo llamó Raijin, y cuando su amigo se desmayó en estado de shock, le dio un vuelco el corazón—. ¡Yako! —exclamó, saltando del taburete al otro lado de la barra, alarmado.
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Llegó el mediodía de aquel viernes. Tal y como se había acordado, Neuval se estaba dirigiendo en coche al Templo Meiji, a esas horas vacío, aunque unas horas después volvería a llenarse para continuar con el festival.
Pese a todo, no había encontrado a Cleven todavía, que era la mayor preocupación que tenía en ese momento. Tenía que haberla encontrado antes de reunirse con Alvion, porque el anciano, nada más verlo, se lo llevaría inmediatamente al Monte Zou sin más tregua. Denzel también iba a estar presente en el encuentro, para teletransportarlos, y así hacer más rápido y sencillo todo.
Neuval no sabía qué hacer. Mientras esperaba en un semáforo en rojo, no paraba de morderse las uñas. No sabía si apurar el tiempo y aprovechar unos minutos más para intentar al menos dar con alguna pista de Cleven, pero con eso se arriesgaba a llegar tarde a su encuentro con Alvion, y aquí el anciano ya iba a dejar de ser tan permisivo e indulgente y Neuval iba a crearse un problema más de los que ya tenía encima.
Pero no era justo. Quería haber resuelto este problema con Cleven antes de su viaje al Monte Zou. A lo mejor tenía que esperar hasta el lunes, cuando regresase a Tokio. No paraba de repetirse a sí mismo que Nakuru estaba con ella, que Nakuru la estaba vigilando, que iba a seguir sana y salva… No obstante, una nueva idea llevaba rondando por su cabeza esos últimos días y era una idea que no le gustaba nada. La idea de que tal vez Cleven estaba en contacto o se estaba relacionando de alguna manera con cierta persona que Neuval quería alejar de sus hijos.
¿Cómo iba a irse al Monte Zou con esta idea quitándole el sueño? Por si fuera poco, se había encontrado con Hana y con Yenkis en su paso por casa para coger el coche, quienes, al verlo, se fueron corriendo hacia él con un montón de preguntas por su imprevista ausencia desde el lunes, a pesar de que el viejo Lao ya le dio a Hana una excusa creíble.
Por supuesto, Neuval no tenía tiempo para explicarles y tranquilizarlos. Ni tampoco buen humor, por el hecho de tener que mentirles una vez más, ocultar más y más cosas, inventar más y más excusas. Tan sólo les dijo que ese mediodía tenía que irse al extranjero tres días por asuntos de trabajo y que quería aprovechar el tiempo antes de irse para intentar localizar a Cleven una vez más.
Y ahí estaba, en ese eterno semáforo en rojo, perdiendo el tiempo. Cada vez más alterado… y más angustiado… estaba empezando a ponerse furioso… Furioso con Cleven por haberle hecho esta faena, furioso porque no tenía tiempo para ocuparse de todo en esos momentos, furioso por la idea de que ella podría estar con esa persona con la que no debía estar.
Ya está. Decidió tomar otro camino distinto al del templo hacia la zona central de Shibuya y sus alrededores, rodeando el Parque Yoyogi, donde tenía un presentimiento. Alvion se tendría que esperar por narices. Ya le daba igual que le crease un problema más.
No podía haber otra opción. Cleven debía de estar con ese tipo. Se había ido de casa con una maleta bastante llena, y con todos sus ahorros en efectivo. Había estado por ahí una semana, y con Lex no estaba, seguro, porque este se lo habría comunicado enseguida. En la casa de Nakuru tampoco, porque ya se aventuró a llamar a su padre Kamui ayer y este le dijo que no sabía nada –y Kamui no le mentiría–. Y con respecto al Hotel Shibuya Excel Tokyu, lo descartó sin más, porque sabía que, por ley, no le podían confirmar si tal persona estaba alojada allí, por muy padre suyo que fuera, porque este hotel tenía la edad legal de alojamiento mínima en los 16 años.
Estaba seguro, esta corazonada cada vez le parecía más probable. Cleven se había ido de casa tanto tiempo, no para atormentar a su padre, sino para buscar a alguien. Y, al menos, Neuval sabía dónde vivía este alguien.
* * * * * *
Al final, Cleven había tenido que dejar a su amiga en su casa. Entre su padre y ella, la tumbaron sobre el sofá del salón, pues Nakuru seguía desmayada. Cleven le explicó a Kamui lo que había pasado, sin entender el porqué.
—¿Le habrá dado un bajón de azúcar? ¿Esta mañana estaba bien? ¿Anoche comió algo en mal estado?
—Estaba perfectamente, y anoche también. No llegó demasiado tarde y se durmió cuando yo me fui a mi trabajo nocturno… —decía Kamui, rascándose la cabeza, tan confuso como ella. «Hmmm… O puede que haya tenido un bajón de energía de su iris… Esta semana, Nakuru ha estado trabajando mucho en sus asuntos iris» pensó el hombre para sus adentros—. Ah… se tratará de un bajón de azúcar nada más. Seguro que esta mañana no ha desayunado, a veces se le olvida. No te preocupes, Cleven, ya sabes que mi Nak es más dura que una piedra.
—Debe de estar cansada… —asintió Cleven, acariciando la frente de su amiga—. Avísame cuando se haya recuperado, por favor. Tengo que hablar con ella.
—Claro, descuida —se agachó a su lado, junto al sofá, y pasó una manta por encima de Nakuru para abrigarla—. Esto… Cleven… por cierto… Tu padre me llamó ayer.
La pelirroja giró la cabeza de golpe y lo miró con cara de espanto.
—¿Qué le…? ¿Qué te dijo…?
—Me preguntó si sabía algo de ti. Si estabas en mi casa. Le dije la verdad, que no sabía nada y que no estabas aquí. —Hizo una pausa, viendo la cara nerviosa de Cleven—. Nakuru no me ha contado nada. ¿Estás en problemas? ¿Te has ido de casa o algo así?
—¿Vas a llamar a mi padre y decirle que estoy ahora aquí?
—Cleven… —la miró entristecido—. Está muy preocupado por ti…
—Por favor, Kamui, por favor, no lo llames, no le digas nada. Estoy en medio de un plan, estoy a punto de conseguir un objetivo. Es muy importante para mí. Nak me ha estado apoyando y ayudando. Te prometo que no estoy haciendo nada raro ni peligroso. Solamente estoy buscando a alguien. Alguien a quien quiero conocer. Y, cuando lo haga… ya resolveré las cosas con mi padre. Por favor…
El hombre suspiró por la nariz. Kamui llevaba más de una década conociendo a Neuval. Qué menos, tratándose del Líder que acogió a su hija en su RS y del maestro que había estado cuidando, protegiendo y enseñando a Nakuru en su vida de iris desde que tenía 6 años. Pero también conocía a Cleven. Y había un detalle importante a tener en cuenta, el hecho de que Nakuru la había estado ayudando y apoyando en lo que quiera que estuviese haciendo ahora. Nakuru era un “soldado ejemplar”, así se llamaba a aquellos iris que no padecían nada de majin y su visión de las cosas siempre estaba más cerca de la razón que de los sentimientos.
En otras circunstancias, Nakuru habría cumplido con el correcto deber de informar a Neuval y hacer que Cleven hubiese vuelto a su casa porque era donde debía estar, segura y a salvo. Pero si Nakuru no había hecho esto, significaba dos cosas: que Nakuru lo consideraba un tema seguro, y que lo consideraba importante o necesario para Cleven. Para Kamui, esto era suficiente.
—¿Cuánto tiempo más piensas estar con esto?
—Estoy a punto de llegar al final. Te prometo que estoy muy cerca de lograr mi objetivo. Y entonces, contactaré con mi padre.
—Bueno —accedió Kamui finalmente—. Pero más te vale tener cuidado. Y espero que sea verdad que no vas a alargar esta situación mucho más tiempo. Los sentimientos de un padre también pueden llegar a ser muy frágiles… —murmuró, acariciando la mejilla de Nakuru.
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