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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









102.
Meterse con la hija equivocada

Yenkis salió a hurtadillas de su cuarto y asomó la cabeza hacia el pasillo. Todo estaba oscuro y silencioso, ya que era tarde y todo el mundo estaba acostado. Así, pues, se fue de puntillas hacia la habitación de su padre y de Hana. La puerta estaba medio abierta, y se asomó con la misma cautela. Se aventuró a abrir su ojo izquierdo para que su luz blanca le permitiese ver entre la oscuridad. Vio a Hana durmiendo sobre la cama apaciblemente, sin embargo, no había nadie más. El otro lado de la cama estaba vacío.

«¿Dónde demonios está papá?» se extrañó. Volvió sobre sus pasos y bajó las escaleras, guiado por su luz blanca. Se preguntó si su padre estaría en su despacho, en la otra punta de la casa, donde casi siempre solía estar a esas horas de la noche, trabajando. De todas maneras, no le preocupaba, sólo iba a salir un momento a la calle.

Al llegar a la puerta del vestíbulo, se acercó a una pequeña pantalla en la pared, sobre el mueble de las llaves.

—Hoti, desbloquea la puerta —le susurró el niño.

—“¿Con qué propósito?” —contestó la voz femenina de la inteligencia artificial, también en susurros, porque estaba programada para reconocer las situaciones y los contextos, y sabía que a esa hora debía hablar en voz baja.

—Voy a salir un momento.

—“Son las once y media de la noche. No es apropiado que un niño de 12 años salga a la calle a esta hora. Tu padre no me permite dejarte salir sin su permiso. Pero si te ha dado la clave, dime la clave.”

—¿Está papá en casa?

—“Tu padre no se encuentra en ningún lugar de esta vivienda ahora mismo.”

—Vamos, Hoti, no tengo la clave y papá no está. ¿Qué pasa si hay una urgencia, un incendio?

—“Cualquier pequeña llama de fuego o chispa que surja en cualquier rincón de esta casa donde no debería surgir, será extinguida por mí en dos segundos.”

—Pero si no tenemos aspersores.

—“Cualquier pequeña llama de fuego o chispa que surja en cualquier rincón de esta casa donde no debería surgir, será extinguida mediante la emisión de ondas sonoras de baja frecuencia. El agua moja y estropea los materiales, y puede provocar cortocircuitos peores.”

—Oooh… —se asombró Yenkis—. Pero las ondas sonoras de baja frecuencia no ahogan la corriente eléctrica y las chispas que pueden salir de un cable roto o un cortocircuito en una placa electrónica.

—“Para ese caso, corto la corriente eléctrica del aparato afectado.”

—¿Y si sólo quiero salir al jardín? Sigue siendo nuestro recinto privado.

De repente se hizo un silencio. Al parecer, Hoti se quedó pensando algo.

—“Yenkis. Te pido que ceses este intento de conexión con mi código fuente.”

—¿Eh?

—“Yenkis. Te pido que desconectes el dispositivo que estás empleando para hackearme.”

—Mierda…

El niño sacó de su bolsillo su cubito, el dispositivo que había creado para conectarse, invadir y modificar cualquier otro aparato.

—“Yenkis. El código que me dio vida fue creado por tu madre. Nada creado por cualquier otro puede franquearlo.”

—Precisamente estoy usando el código de mi madre para intentar franquearte. Pero supongo que aún me queda bastante camino para llegar a tu nivel, mamá… —se dijo, suspirando resignado y mirando decepcionado su cubito.

—“Yenkis. Regresa a la cama. Buenas noches.”

No tenía nada que hacer. Si insistía en sus intentos, Hoti llegaría a enviar un aviso a su padre al móvil. Así que no tenía más remedio que recurrir a un modo poco ortodoxo. Regresó a su habitación y abrió la ventana. Se quedó un momento observando el cielo nocturno.

No podía dejar de pensar en la historia que le contó su hermano sobre el pasado de su padre. A pesar de que Lex no le mencionó ninguna de las partes relacionadas con el iris y el Monte Zou y solamente describió esas partes como “un trauma que arrastraba y estaba deteriorando su mente hasta que Lao lo llevó a un lugar donde podían ayudarlo”, Yenkis no podía quitarse de la cabeza la imagen de ese niño de 10 años, tan idéntico a él, pero con una infancia tan contraria a la suya, cargada de desgracias, maltratos, abusos, hambre…

«Ni ese papá de 10 años pidió adquirir esa luz en su ojo, ni yo pedí nacer con ella. La mía no ha venido acompañada de un trauma. Pero tanto él como yo, al no poder deshacernos de ella, deseamos al menos darle un propósito. Seguro que papá le dio un propósito. Lex no quiso decírmelo, pero estoy seguro de que esta luz lleva consigo algún tipo de poder. No lo veo, pero lo siento. Lo huelo en aire, lo palpo en el viento, todas esas diferentes sustancias invisibles, esas moléculas tan diferentes unas de otras. Tiene que significar algo, tiene que servir para algo…».

«Pronto Taiya Miwa me dará el código especial de mi madre, el que necesito para ver el contenido de las carpetas del ordenador de papá. Taiya me dijo que “mucha gente” posee ese código. No tengo forma de encontrarlo o identificarlo en todos los cuadernos y USB de mamá, por lo que, si alguien me lo puede dar directamente, es mi mejor opción. Mi única opción».

«No voy a mentir. Me da algo de miedo lo que pueda descubrir en esos archivos de papá… Por eso, no quiero hacerlo solo» terminó de pensar, y miró la casa de al lado, la de los vecinos, la casa de Evie. Luego observó el árbol que tenía delante de su ventana, en su lado del jardín. Tenía algunas ramas grandes, una de ellas estaba muy cerca de su ventana, y otra pasaba también cerca de la ventana de la habitación de Evie.

Nunca lo había intentado, pero siempre había rondado por su cabeza desde que su amiga vino a vivir a esa casa hace tres años. Neuval no le permitía a Yenkis tener todavía un teléfono móvil inteligente, pero sí que le había dado un teléfono con el que solamente podía hacer llamadas, usar una aplicación de mensajes gratuita y usar otra de GPS. Neuval aún no lo consideraba suficientemente mayor para navegar por internet desde un dispositivo propio y privado, tener redes sociales y poder comunicarse con cualquiera, lo que era lógico y sensato, pero jamás dejaría a Yenkis sin un dispositivo que le permitiera comunicarse por si tenía algún accidente o alguna urgencia o se perdía en algún lugar. Claro que, de todos modos, su padre estaba al tanto de los mensajes que enviaba, a quiénes se los enviaba o a quiénes hacía llamadas.

Yenkis siempre se había quejado de esto, como cualquier niño de su edad. Cuando su padre le decía que a su edad, si quería tener redes sociales, debía compartirlas con él y usarlas junto a él, siempre lo había sentido como una forma de control excesiva. Y cuando su padre le había intentado explicar varias veces las muy inteligentes estrategias que ya sabían utilizar los delincuentes, los estafadores y los pederastas para captar, estafar, manipular y secuestrar a niños, también lo había pensado como una exageración.

Pero Yenkis ya no creía que su padre exageraba ni que intentaba controlarlo a él. Después de saber que su padre sufrió varios raptos y abusos innombrables a una edad incluso más joven que la suya, estaba empezando a entender que lo que él quería controlar no era a él, sino a los delincuentes que pudieran acecharlo; y lo que él quería contarle, no eran cuentos exagerados del Hombre del Saco, sino la pura verdad sobre los peligros que existían el mundo.

Aun así, para lo que estaba haciendo ahora, quería evitar usar su móvil. Quería hablar con Evie sobre su próximo plan una vez que Taiya le diera el código, y obviamente no se lo podía escribir por mensaje, porque su padre a veces leía sus mensajes con sus amigos, ni llamarla por teléfono, porque su padre vería el registro de llamadas y le preguntaría por qué había llamado a su amiga a las once y media de la noche cuando todos dormían. Neuval le había prometido que cuando cumpliera 13 años, ya confiaría más en él y en su capacidad de detectar peligros o malas conductas por sí mismo, y le dejaría más intimidad. Hasta entonces, tenía que aguantarse.

Saltó hacia la rama grande cercana a su ventana y comenzó a desplazarse con cuidado hacia el tronco del árbol, agarrándose a las demás ramas altas más pequeñas. Un vez ahí, trató de rodearlo para subirse a la otra rama grande que pasaba junto a la ventana de la habitación de Evie. Pero, aunque puso los pies en ella, esta vez se agarró con las manos a una rama muerta para apoyarse, y apenas se movió, esta rama seca acabó partiéndose.

—¡Uaah! —exclamó, cayendo del árbol.

En un segundo, le dio tiempo a ver el suelo, donde muy seguramente iba romperse algún hueso. Cerró los ojos con fuerza, se quedó en blanco. Apretó los dientes y sintió un vacío en el estómago, y… cuando estaba a medio metro del suelo, una especie de masa de aire se arremolinó debajo de él, lo que frenó casi al instante su cuerpo, y finalmente cayó al suelo con un golpe muy leve. Se quedó ahí tumbado un buen rato en el jardín de la casa de sus vecinos, jadeando, con la rama seca pequeña aún entre sus manos.

Estaba alucinando pepinos, no tenía ni idea de por qué no estaba ya agonizando por una pierna, brazo o costilla rota. Estaba perfectamente. «¿Qué? ¿Qué? ¿Socorro?» se abrumó, tratando de recordar qué había pasado en los tres segundos de su caída. Lo único que recordó fue haber sentido que se caía sobre algo bastante blando e invisible.

En ese momento, vio que se encendía la luz de la ventana hacia la que se estaba dirigiendo. Por ella se asomó Evie, frotándose los ojos con somnolencia. Al ver al chico tirado en su jardín, se quedó perpleja.

—¿Kis? ¿Qué haces ahí?

—Ahahah... pues... —le entró la risa nerviosa y miró la ramita que tenía en las manos—. Nada... matando moscas... —contestó, dando palazos al aire.

—¿Te encuentras bien?

—Ahaha... no lo sé…

Evie cerró su ventana y se perdió dentro de su habitación. A los pocos minutos, apareció en el jardín, con una sudadera puesta sobre el pijama. Al ver a Yenkis sentado en el mismo lugar donde estaba, rascándose la cabeza con una gran cara de confusión, se arrodilló sobre la hierba junto a él.

—¿Qué haces aquí, Kis? Son las doce menos cuarto.

—Ya, ya... —titubeó, tratando de olvidarse de lo que le había pasado; mejor que su amiga no lo supiera, ya bastante tenía con que supiese lo de su ojo de luz—. Sólo quería decirte… que quizá mañana o un día de estos por fin podré abrir las carpetas de mi padre. Y… me gustaría que estuvieses ahí, por si… bueno… Si quieres…

Evie se dio cuenta bastante rápido de lo que le pasaba. Estaba preocupado por lo que fuera a descubrir en esas carpetas y no quería hacerlo solo.

—¿Ha pasado algo? —preguntó ella—. ¿Conseguiste que tu hermano te contara alguna cosa sobre ese Jean Vernoux?

Yenkis se quedó callado. No sabía qué responderle. En un principio, tenía la firme intención de contarle a Evie todo lo que había descubierto y escuchado. Quizá fuera por el susto que acababa de sufrir, o quizá por el extraño fenómeno que había frenado su caída, pero ahora estaba un poco descolocado y estaba teniendo dudas sobre qué cosas compartir con Evie. ¿Hasta qué punto tenía él derecho de contarle a Evie, o a cualquier persona, quién era Jean Vernoux, y qué le provocó a su padre cuando era pequeño, y qué situaciones atroces vivió este cuando huyó de París, algo que ningún niño debería jamás vivir ni conocer? No lo vio apropiado. Esa terrible infancia de su padre era una cosa muy personal, y también dolorosa. No quería que Evie tuviera en la cabeza una historia así.

—Sí… —le respondió él finalmente—. Pero…

No sabía cómo decírselo. Sin embargo, Evie tenía una buena habilidad para leer a los demás. Se sonrojó y le agarró una mano para tranquilizarlo.

—No tienes que contármelo si no quieres, Kis. No te preocupes. Puedo simplemente estar a tu lado mientras tú descubres cosas y yo miro para otro lado. Si no quieres que sepa nada pero quieres que esté ahí presente, lo estaré.

El niño la miró asombrado. Sintió que esta era la primera vez desde que conocía a Evie que tenía una nueva conexión con ella, diferente a la anterior, como simples amigos o miembros del mismo grupo de música. Ya no era sólo un sentimiento de alegría, o de diversión o de compañerismo como el que los amigos se causaban mutuamente. Sintió una sensación reconfortante, de alivio, de sentirse a salvo, y Yenkis hasta ahora ni siquiera sabía que la necesitaba.

—Gracias —le sonrió el muchacho.

Después miró hacia abajo y se dio cuenta de que Evie le estaba agarrando la mano. Esto le hizo sonrojarse sin saber por qué, e Evie, viéndolo, volvió a tener un pronto de timidez y soltó su mano rápidamente y miró hacia otra parte, vergonzosa.

—Ehm… —titubeó el chico—. Entonces… si mañana consiguiera el programa que abre las carpetas... ¿por la tarde estarías disponible?

—Ah... sobre mañana... —murmuró Evie—. Lo siento, Kis. Mañana tengo que ir a un funeral.

Yenkis abrió los ojos con sorpresa, y la luz blanca de su ojo izquierdo brilló de repente, de nuevo sin permiso, y deslumbró a Evie.

—Oh, perdona —se apuró a tapárselo con la mano—. ¿Qué... de quién es el funeral?

—De mi abuelo —contestó la chica con tristeza.

—¿Y eso?

—Sí... —le explicó Evie—. Ha fallecido de un infarto, según los médicos. Ha sido inesperado.

—Lo siento —se apenó Yenkis.

—No te preocupes —casi sonrió, afligida—. Mi abuelo y yo nos llevábamos muy bien. Me parece raro que no te hayas enterado, ha salido en todas las noticias.

—¿Qué? —se sorprendió—. ¿Por qué tu abuelo iba a salir en todas las noticias?

—Oh... —comprendió Evie—. ¿Llevo tres años viviendo aquí y no te lo he contado? No sé si lo has visto alguna vez en persona, pero a lo mejor en la tele sí. Mi abuelo es Takeshi Nonomiya. Era el ministro de Interior del país. Iba a jubilarse.

—Oh, ¡no tenía ni idea! Guau… ministro de Interior… Seguro que tu abuelo se conocía todos los secretos de este país.

—Bueno, él era un hombre muy listo, y fundó hace décadas un servicio de inteligencia especial, aunque nunca le gustaba hablar de ello. Así que… en fin… mañana es su funeral. Mi tío Hatori vendrá a recogernos a mis padres y a mí e iremos toda la familia a Saitama. No sé cuándo volveré aquí.

—Entiendo… —murmuró lentamente, y empezó a pensar en muchas cosas—. Y… ¿quién es ahora el nuevo ministro?

—Ha salido elegido mi tío Hatori, que ha sido el jefe de la Policía hasta ahora. ¿Por qué lo preguntas?

—No, bueno, es que... —balbució, cada vez más ensimismado en la cantidad de ideas y posibilidades que traía el hecho de que Evie estuviera directamente relacionada con personas tan importantes—. Jefe de la Policía… alguien así también debe de manejar muchos secretos e información…

—¿Kis?

—Evie —dijo, mirándola fijamente a los ojos—. ¿Tienes mucho contacto con tu tío? ¿Tienes una relación estrecha con él?

—¿Eh? Pues... sí, la verdad es que siempre hemos sido cercanos. Cuando mis padres se van de viaje o están muy ocupados, suelo quedarme en la casa de mi tío.

—Hm, hm... —volvió a murmurar, rascándose la barbilla con cara perversa.

—¿Se puede saber en qué estás pensando?

—Hm, hm...


* * * * * *


Neuval siguió caminando por las calles del centro tranquilamente, mientras echaba un vistazo a los informes de Alvion en su cartera. Iba entero de negro, con un abrigo de tela muy largo y elegante y con las solapas del cuello hacia arriba para resguardarse, lo que le hacía parecer una sombra más de la noche, como en los viejos tiempos. A medida que iba sacando las carpetitas del Monte Zou y llevándoselas a la boca para sujetarlas y seguir rebuscando en su cartera, iba sintiendo una carga en el pecho un tanto molesta. Jamás Alvion le había dado tantas carpetitas juntas.

—Fuuu... —suspiró, dándose cuenta del trabajo tenía por delante—. El vejete se ha quedado a gusto...

«No me digas que ha estado guardando todas estas misiones para mí. ¿Tan desesperado estaba por que volviese?» pensó. Negó con la cabeza, asumiendo lo que se le venía encima. Tener que hacer todo ese trabajo para Alvion junto con su trabajo como director de una multinacional le venía un poco agobiante. No obstante, estaba contento, así que fue cogiendo las carpetitas que sujetaba con la boca y las fue guardando de nuevo una a una.

Ocupado en esto, no reparó en unas voces que provenían del interior de un pequeño parque por donde se estaba metiendo. Eran voces de unos jóvenes que al parecer estaban de ocio a pesar de lo tarde que era y aun teniendo clase mañana. Por los alrededores, sin embargo, no había ni un alma ya, todo el mundo ya se había ido a dormir para ir a trabajar al día siguiente. Neuval siguió caminando, organizando las carpetitas en su cartera.

—Chs, chs... —oyó a sus espaldas de repente—. ¡Eh, tú!

Neuval se detuvo al ver que lo llamaban y se dio la vuelta, extrañado. Entonces arqueó una ceja al verse rodeado por un círculo de adolescentes. Eran como ocho chicos, cuyas caras expresaban sonrisas burlonas y lo miraban con ojos maliciosos. A algunos no se les veía la cara al estar en la penumbra. Neuval se quedó quieto, sin entender.

—Oye —dijo uno de ellos que estaba en la penumbra con tono chulo, quien al parecer era el cabecilla del grupito—. ¿Qué te trae por aquí?

—Sí, estás en nuestro territorio —rio otro de ellos, poniéndose gallito.

—¿Qué llevas ahí?

—¿Tienes pasta?

Neuval arqueó más la ceja, ofuscado, todavía sujetando la última carpetita entre sus dientes. «¿Por qué este tipo de gente la toma siempre conmigo?» se preguntó con mosqueo.

—¿Nos prestas algo de dinero? —preguntó otro—. Danos algo y no te haremos nada.

«Los críos de hoy en día me fascinan» pensó Neuval con ironía, observando a cada uno de ellos, acorralado.

—Eh, Kaoru, quítale esa cartera —le apremió un chico al cabecilla—. Seguro que vale mucho dinero.

Los demás soltaron risotadas apremiantes, pero Neuval sólo tenía ojos para ese chico, el cabecilla. Se quitó la carpetita de la boca lenta, muy lentamente, sin quitarle la vista de encima a ese.

—Kaoru —murmuró Neuval, entornando los ojos—. ¿Eres tú?

Kaoru dio un paso para salir de la penumbra a plena luz de la farola de al lado y alzó la barbilla con aire superior, sonriéndole arrogante. Mantenía su ojo izquierdo guiñado para que sus amigotes humanos no vieran que brillaba. Al menos mantenía su identidad iris en secreto.

—Heh... —rio—. ¿Y tú de qué me conoces? ¿Ya te he robado anteriormente? Hahaha...

—Hahaha... —rio también Neuval, con cara simpática—. Tenía ganas de tenerte delante, desde la última vez que te vi manoseando a mi hija.

—Pff… ¿Eres el papi de alguna de esas zorritas que babean por mí? —bufó Kaoru, riendo—. ¿Cuál de todas es tu hija?

Los demás chicos seguían animando a Kaoru. Pero de repente se formó un silencio. Un silencio sobrecogedor. Un silencio absoluto que pareció inundar toda la faz de la Tierra por unos segundos. Como si el aire de todo el mundo se hubiera estremecido. El iris de Kaoru percibió ese extraño fenómeno como un inminente peligro, y no entendió por qué. Miró a Neuval. Estaba tan quieto y silencioso que no parecía real. Lo miraba tan fijamente, con esos raros ojos grises, que a Kaoru le dio un fortísimo escalofrío. Él era un Sui y el frío no le afectaba. Pero por primera vez en su vida sintió el verdadero frío congelando hasta los átomos de su cuerpo.

—¿Quién coño eres tú? —gruñó Kaoru con amenaza.

—Le partiste el corazón a Cleven.

El chico al fin entendió quién era y soltó otra risilla, recuperando su actitud prepotente.

—Ah... ¿conque eres el papi de esa? ¡Hah! Ella me hablaba de ti, ¿sabes? Decía que eras un muermo. Un adicto al trabajo, un torpe, triste y amargado hombrecillo con miedo a todo. Decía que tú le arruinabas la vida. ¿Y me echas en cara que yo le partí el corazón? Tú eres peor.

Neuval siguió mirándolo fijamente a los ojos. Mientras Kaoru seguía alardeando, usó su Técnica de Telepatía y se introdujo en su mente, y el chico ni se dio cuenta. No… El pobre Kaoru no se dio cuenta de que ese hombre estaba viendo dentro de su cabeza todas las cosas que le había hecho a Cleven: cuando la agredió física y verbalmente a la salida del instituto el otro día, y ella intentó zafarse, y luego apareció Denzel; cuando se la encontró en el Parque Yoyogi una noche y volvió a atacarla, hasta que apareció Drasik...

Neuval dejó de escudriñar su mente y se quedó con la imagen de Kaoru partiéndole el labio a su hija, y con la posterior aparición de Drasik y la pelea que ambos entablaron. Sus ojos plateados se volvieron más siniestros que nunca. Empezó a vibrar una energía desconocida en el aire. Sin embargo, como era de esperar, oyó la voz de Alvion Zou en su cabeza: «“Fuujin, estoy notando en tu iris que estás demasiado alterado. Detente, ¿me has oído?”».

«No te preocupes, mi Señor» contestó Neuval con tono sereno, «Lo tengo todo controlado».

—Cleven no te lo contó todo sobre mí, Kaoru —le dijo finalmente—. Ya que de todas formas ella no lo sabe.

—¿Saber el qué? —bufó con voz de burla.

—¿Has oído hablar alguna vez… de un iris que pasó al exilio después de destruir la mitad de esta isla hace siete años?

—¿Qué dice? —rieron los otros chicos.

—Jaja, está pirado este…

Menos Kaoru. A él no le hizo ni pizca de gracia. Todos reían, pero Neuval y Kaoru seguían mirándose el uno al otro en silencio. Ambos eran los únicos iris de ahí, los otros chavales eran simples humanos y obviamente desconocían esta parte de la historia. Neuval dibujó una larga sonrisa, con esos ojos argénteos y escalofriantes. Esa cara… parecía la del mismísimo diablo…

Kaoru se había quedado petrificado. Luego sus piernas empezaron a temblar. Sus colegas se dieron cuenta de esto y volvieron a callar sus risas.

—Kaoru, ¿qué te pasa, tío?

—Eh, ¿te has quedado empanado o qué? Jaja...

Kaoru no podía oírlos, sólo oía el latido de su corazón en los tímpanos. Esos ojos grises... esa mirada... los sentía dentro de él como cuchillos. Al fin comprendió que ese hombre era el mismísimo Fuujin en persona. Y no sólo eso. Sabía que él poseía la Técnica de Telepatía y Borrado de Memoria. Y no le cupo la menor duda de que él ya se había metido en su mente y ya había visto lo que no debería haber visto.

Neuval seguía mirándolo con esa sonrisa y con esos ojos estáticos. Pero, de repente, desapareció, y una fracción de segundo después apareció justo delante de él. Kaoru ni lo había visto, había sido muy veloz. Antes de que pudiera exclamar o dar un paso atrás, Neuval lo agarró del cuello con una mano y lo levantó unos centímetros sobre el suelo como una pluma. A Kaoru le temblaron las pupilas, muerto de miedo, agarrando su mano que le aprisionaba el cuello. Los demás chicos se callaron enseguida y se pusieron alerta, sorprendidos por esa reacción.

—Norma número 1 de la Asociación —empezó a decirle Neuval en voz baja, sin borrar esa sonrisa apretada—: prohibido matar o poner en peligro la vida de un humano inocente. Norma número 2: prohibido matar a otro iris, monje o almaati así como a cualquier otro miembro de la Asociación. Norma número 3: prohibido suicidarse o intentarlo. Estas son las normas más inquebrantables de toda la Asociación. Si las quebrantas una sola vez, el castigo es de por vida. En el caso del suicidio, cumples castigo eterno tras la muerte —se aproximó más a él, clavándole la mirada.

»¿Sabes, Kaoru? Yo a tu edad era como tú. Incluso peor. Sé lo que es tener esa sed de poder, de controlarlo todo, de dominar tu entorno y a las personas que te rodean. Sólo me importaban las personas más allegadas a mí, y me gustaba hacer sufrir a los demás. Y con las mujeres también he sido un verdadero cretino. Pero la gran diferencia es que a mí jamás se me habría pasado por la cabeza agredir físicamente a una humana inocente. Aun así, yo les hacía daño emocionalmente, a mí también me gustaba jugar con muchas de ellas y romper sus corazones. Se convirtió en un vicio, en una adicción como muchas otras que he tenido. Hasta que conocí a Katya... y entonces todo cambió.

»Cuando conoces a alguien como Katya, te conviertes en el tipo de hombre que en el fondo siempre quisiste ser. Tus vacíos desaparecen y te sientes tan lleno que ya no necesitas ninguna otra cosa para llenarlos. Es como si despertaras, como si volvieras a nacer en un nuevo mundo donde te han dado otra oportunidad cuando creías que ya no te la darían. Y ese cambio se vuelve aún más radical cuando nace tu primer hijo. Ya no puedes permitirte el lujo de pensar sólo en ti y de seguir siendo un niñato egoísta e imbécil. La vida entera de un nuevo ser, tan pequeño y tan vulnerable, depende de ti. Y es ahí cuando realmente controlas la situación. Es ahí cuando te vuelves fuerte e invencible de verdad. Imagínate eso multiplicado por tres hijos —le mostró tres dedos con la otra mano para dejárselo claro.

»Si vas a meterte con alguien, procura que no sea el hijo o la hija de alguien como yo. ¿Sabes lo que Cleventine significa para mí? —le apretó más el cuello—. Por ella, yo rompería esas tres normas un millón de veces sin dudarlo. Es evidente que tu iris está enfermo. Pero me importa una mierda que tengas problemas con el control de tu majin. Yo también llevo lidiando con el mío desde que tenía tu edad. Pero veo que tú no estás poniendo ningún esfuerzo. La próxima vez que le hagas el más mínimo daño a Cleven, te obligaré a comerte tus genitales mientras te quemo las piernas con gasolina y fuego, antes de la llegada de Alvion para detenerme y condenarme. Seguramente ya habrás oído por ahí que tengo mucha creatividad a la hora de matar, lo he hecho con muchos criminales por trabajo. Imagínate qué haría... si se tratara de un asunto personal.

Kaoru empezó a temblar de pavor, casi le caían lágrimas de los ojos. Las palabras de Neuval, acompañadas por esa mirada suya plateada...

Además, vio algo extraño. Algo que no debería ser. Le pareció ver que ambos ojos de Fuujin, y no sólo uno, emitieron un leve brillo de luz. Le pareció ver dos puntitas negras asomando en su frente, bajo la piel. Le pareció ver que sus orejas se volvían un poco puntiagudas y la piel en los bordes se le oscurecía. Pero todas estas cosas eran tan imposibles y demenciales, disparatadas y raras, que Kaoru se convenció a sí mismo de que lo estaba imaginando por culpa del exceso de estrés y miedo.

Cuando Neuval lo soltó, empezó a hacerse pis encima. Los otros chicos, que no habían oído nada, estaban todavía perdidos en la situación.

—¡Kaoru! ¿¡De qué vas!? —saltaron sus colegas.

—Va... —musitó tembloroso—. Vámonos de aquí...

—¿Qué?

—¡Venga ya!

—¡Vámonos de aquí! —exclamó, echando a correr como una bala.

Los otros chicos se quedaron un momento en el sitio, desconcertados. Miraron a Neuval. Este volvía a presentar un aspecto normal, inofensivo, incluso risueño. Luego se miraron entre ellos. Finalmente, sin saber muy bien por qué, salieron corriendo detrás de Kaoru. El parque se quedó en calma.

Fuujin, entonces, dio media vuelta, guardó la última carpetita en la cartera y emprendió la marcha tranquilamente en dirección a la Torre de Tokio. «Y yo, como siempre, haciendo amigos» pensó para sí. Quedaba un rato para la medianoche.

Kaoru había hecho muy bien en salir corriendo, pues Neuval había estado a punto de cumplir su palabra ahí mismo. No obstante, no iba a dejar así la cosa. Lo que había visto en la mente de Kaoru no le gustó nada de nada. Lo que seguía llamándole un poco la atención, fue haber visto a Drasik salvando a Cleven de su agresor. Parecía como un encuentro de pura suerte, una afortunada casualidad. Apareció protegiéndola de un peligro. Era como ver una repetición del pasado. No importaba lo lejos que estuvieran o lo improbable de coincidir en un mismo lugar. Él siempre aparecía en el momento correcto.









102.
Meterse con la hija equivocada

Yenkis salió a hurtadillas de su cuarto y asomó la cabeza hacia el pasillo. Todo estaba oscuro y silencioso, ya que era tarde y todo el mundo estaba acostado. Así, pues, se fue de puntillas hacia la habitación de su padre y de Hana. La puerta estaba medio abierta, y se asomó con la misma cautela. Se aventuró a abrir su ojo izquierdo para que su luz blanca le permitiese ver entre la oscuridad. Vio a Hana durmiendo sobre la cama apaciblemente, sin embargo, no había nadie más. El otro lado de la cama estaba vacío.

«¿Dónde demonios está papá?» se extrañó. Volvió sobre sus pasos y bajó las escaleras, guiado por su luz blanca. Se preguntó si su padre estaría en su despacho, en la otra punta de la casa, donde casi siempre solía estar a esas horas de la noche, trabajando. De todas maneras, no le preocupaba, sólo iba a salir un momento a la calle.

Al llegar a la puerta del vestíbulo, se acercó a una pequeña pantalla en la pared, sobre el mueble de las llaves.

—Hoti, desbloquea la puerta —le susurró el niño.

—“¿Con qué propósito?” —contestó la voz femenina de la inteligencia artificial, también en susurros, porque estaba programada para reconocer las situaciones y los contextos, y sabía que a esa hora debía hablar en voz baja.

—Voy a salir un momento.

—“Son las once y media de la noche. No es apropiado que un niño de 12 años salga a la calle a esta hora. Tu padre no me permite dejarte salir sin su permiso. Pero si te ha dado la clave, dime la clave.”

—¿Está papá en casa?

—“Tu padre no se encuentra en ningún lugar de esta vivienda ahora mismo.”

—Vamos, Hoti, no tengo la clave y papá no está. ¿Qué pasa si hay una urgencia, un incendio?

—“Cualquier pequeña llama de fuego o chispa que surja en cualquier rincón de esta casa donde no debería surgir, será extinguida por mí en dos segundos.”

—Pero si no tenemos aspersores.

—“Cualquier pequeña llama de fuego o chispa que surja en cualquier rincón de esta casa donde no debería surgir, será extinguida mediante la emisión de ondas sonoras de baja frecuencia. El agua moja y estropea los materiales, y puede provocar cortocircuitos peores.”

—Oooh… —se asombró Yenkis—. Pero las ondas sonoras de baja frecuencia no ahogan la corriente eléctrica y las chispas que pueden salir de un cable roto o un cortocircuito en una placa electrónica.

—“Para ese caso, corto la corriente eléctrica del aparato afectado.”

—¿Y si sólo quiero salir al jardín? Sigue siendo nuestro recinto privado.

De repente se hizo un silencio. Al parecer, Hoti se quedó pensando algo.

—“Yenkis. Te pido que ceses este intento de conexión con mi código fuente.”

—¿Eh?

—“Yenkis. Te pido que desconectes el dispositivo que estás empleando para hackearme.”

—Mierda…

El niño sacó de su bolsillo su cubito, el dispositivo que había creado para conectarse, invadir y modificar cualquier otro aparato.

—“Yenkis. El código que me dio vida fue creado por tu madre. Nada creado por cualquier otro puede franquearlo.”

—Precisamente estoy usando el código de mi madre para intentar franquearte. Pero supongo que aún me queda bastante camino para llegar a tu nivel, mamá… —se dijo, suspirando resignado y mirando decepcionado su cubito.

—“Yenkis. Regresa a la cama. Buenas noches.”

No tenía nada que hacer. Si insistía en sus intentos, Hoti llegaría a enviar un aviso a su padre al móvil. Así que no tenía más remedio que recurrir a un modo poco ortodoxo. Regresó a su habitación y abrió la ventana. Se quedó un momento observando el cielo nocturno.

No podía dejar de pensar en la historia que le contó su hermano sobre el pasado de su padre. A pesar de que Lex no le mencionó ninguna de las partes relacionadas con el iris y el Monte Zou y solamente describió esas partes como “un trauma que arrastraba y estaba deteriorando su mente hasta que Lao lo llevó a un lugar donde podían ayudarlo”, Yenkis no podía quitarse de la cabeza la imagen de ese niño de 10 años, tan idéntico a él, pero con una infancia tan contraria a la suya, cargada de desgracias, maltratos, abusos, hambre…

«Ni ese papá de 10 años pidió adquirir esa luz en su ojo, ni yo pedí nacer con ella. La mía no ha venido acompañada de un trauma. Pero tanto él como yo, al no poder deshacernos de ella, deseamos al menos darle un propósito. Seguro que papá le dio un propósito. Lex no quiso decírmelo, pero estoy seguro de que esta luz lleva consigo algún tipo de poder. No lo veo, pero lo siento. Lo huelo en aire, lo palpo en el viento, todas esas diferentes sustancias invisibles, esas moléculas tan diferentes unas de otras. Tiene que significar algo, tiene que servir para algo…».

«Pronto Taiya Miwa me dará el código especial de mi madre, el que necesito para ver el contenido de las carpetas del ordenador de papá. Taiya me dijo que “mucha gente” posee ese código. No tengo forma de encontrarlo o identificarlo en todos los cuadernos y USB de mamá, por lo que, si alguien me lo puede dar directamente, es mi mejor opción. Mi única opción».

«No voy a mentir. Me da algo de miedo lo que pueda descubrir en esos archivos de papá… Por eso, no quiero hacerlo solo» terminó de pensar, y miró la casa de al lado, la de los vecinos, la casa de Evie. Luego observó el árbol que tenía delante de su ventana, en su lado del jardín. Tenía algunas ramas grandes, una de ellas estaba muy cerca de su ventana, y otra pasaba también cerca de la ventana de la habitación de Evie.

Nunca lo había intentado, pero siempre había rondado por su cabeza desde que su amiga vino a vivir a esa casa hace tres años. Neuval no le permitía a Yenkis tener todavía un teléfono móvil inteligente, pero sí que le había dado un teléfono con el que solamente podía hacer llamadas, usar una aplicación de mensajes gratuita y usar otra de GPS. Neuval aún no lo consideraba suficientemente mayor para navegar por internet desde un dispositivo propio y privado, tener redes sociales y poder comunicarse con cualquiera, lo que era lógico y sensato, pero jamás dejaría a Yenkis sin un dispositivo que le permitiera comunicarse por si tenía algún accidente o alguna urgencia o se perdía en algún lugar. Claro que, de todos modos, su padre estaba al tanto de los mensajes que enviaba, a quiénes se los enviaba o a quiénes hacía llamadas.

Yenkis siempre se había quejado de esto, como cualquier niño de su edad. Cuando su padre le decía que a su edad, si quería tener redes sociales, debía compartirlas con él y usarlas junto a él, siempre lo había sentido como una forma de control excesiva. Y cuando su padre le había intentado explicar varias veces las muy inteligentes estrategias que ya sabían utilizar los delincuentes, los estafadores y los pederastas para captar, estafar, manipular y secuestrar a niños, también lo había pensado como una exageración.

Pero Yenkis ya no creía que su padre exageraba ni que intentaba controlarlo a él. Después de saber que su padre sufrió varios raptos y abusos innombrables a una edad incluso más joven que la suya, estaba empezando a entender que lo que él quería controlar no era a él, sino a los delincuentes que pudieran acecharlo; y lo que él quería contarle, no eran cuentos exagerados del Hombre del Saco, sino la pura verdad sobre los peligros que existían el mundo.

Aun así, para lo que estaba haciendo ahora, quería evitar usar su móvil. Quería hablar con Evie sobre su próximo plan una vez que Taiya le diera el código, y obviamente no se lo podía escribir por mensaje, porque su padre a veces leía sus mensajes con sus amigos, ni llamarla por teléfono, porque su padre vería el registro de llamadas y le preguntaría por qué había llamado a su amiga a las once y media de la noche cuando todos dormían. Neuval le había prometido que cuando cumpliera 13 años, ya confiaría más en él y en su capacidad de detectar peligros o malas conductas por sí mismo, y le dejaría más intimidad. Hasta entonces, tenía que aguantarse.

Saltó hacia la rama grande cercana a su ventana y comenzó a desplazarse con cuidado hacia el tronco del árbol, agarrándose a las demás ramas altas más pequeñas. Un vez ahí, trató de rodearlo para subirse a la otra rama grande que pasaba junto a la ventana de la habitación de Evie. Pero, aunque puso los pies en ella, esta vez se agarró con las manos a una rama muerta para apoyarse, y apenas se movió, esta rama seca acabó partiéndose.

—¡Uaah! —exclamó, cayendo del árbol.

En un segundo, le dio tiempo a ver el suelo, donde muy seguramente iba romperse algún hueso. Cerró los ojos con fuerza, se quedó en blanco. Apretó los dientes y sintió un vacío en el estómago, y… cuando estaba a medio metro del suelo, una especie de masa de aire se arremolinó debajo de él, lo que frenó casi al instante su cuerpo, y finalmente cayó al suelo con un golpe muy leve. Se quedó ahí tumbado un buen rato en el jardín de la casa de sus vecinos, jadeando, con la rama seca pequeña aún entre sus manos.

Estaba alucinando pepinos, no tenía ni idea de por qué no estaba ya agonizando por una pierna, brazo o costilla rota. Estaba perfectamente. «¿Qué? ¿Qué? ¿Socorro?» se abrumó, tratando de recordar qué había pasado en los tres segundos de su caída. Lo único que recordó fue haber sentido que se caía sobre algo bastante blando e invisible.

En ese momento, vio que se encendía la luz de la ventana hacia la que se estaba dirigiendo. Por ella se asomó Evie, frotándose los ojos con somnolencia. Al ver al chico tirado en su jardín, se quedó perpleja.

—¿Kis? ¿Qué haces ahí?

—Ahahah... pues... —le entró la risa nerviosa y miró la ramita que tenía en las manos—. Nada... matando moscas... —contestó, dando palazos al aire.

—¿Te encuentras bien?

—Ahaha... no lo sé…

Evie cerró su ventana y se perdió dentro de su habitación. A los pocos minutos, apareció en el jardín, con una sudadera puesta sobre el pijama. Al ver a Yenkis sentado en el mismo lugar donde estaba, rascándose la cabeza con una gran cara de confusión, se arrodilló sobre la hierba junto a él.

—¿Qué haces aquí, Kis? Son las doce menos cuarto.

—Ya, ya... —titubeó, tratando de olvidarse de lo que le había pasado; mejor que su amiga no lo supiera, ya bastante tenía con que supiese lo de su ojo de luz—. Sólo quería decirte… que quizá mañana o un día de estos por fin podré abrir las carpetas de mi padre. Y… me gustaría que estuvieses ahí, por si… bueno… Si quieres…

Evie se dio cuenta bastante rápido de lo que le pasaba. Estaba preocupado por lo que fuera a descubrir en esas carpetas y no quería hacerlo solo.

—¿Ha pasado algo? —preguntó ella—. ¿Conseguiste que tu hermano te contara alguna cosa sobre ese Jean Vernoux?

Yenkis se quedó callado. No sabía qué responderle. En un principio, tenía la firme intención de contarle a Evie todo lo que había descubierto y escuchado. Quizá fuera por el susto que acababa de sufrir, o quizá por el extraño fenómeno que había frenado su caída, pero ahora estaba un poco descolocado y estaba teniendo dudas sobre qué cosas compartir con Evie. ¿Hasta qué punto tenía él derecho de contarle a Evie, o a cualquier persona, quién era Jean Vernoux, y qué le provocó a su padre cuando era pequeño, y qué situaciones atroces vivió este cuando huyó de París, algo que ningún niño debería jamás vivir ni conocer? No lo vio apropiado. Esa terrible infancia de su padre era una cosa muy personal, y también dolorosa. No quería que Evie tuviera en la cabeza una historia así.

—Sí… —le respondió él finalmente—. Pero…

No sabía cómo decírselo. Sin embargo, Evie tenía una buena habilidad para leer a los demás. Se sonrojó y le agarró una mano para tranquilizarlo.

—No tienes que contármelo si no quieres, Kis. No te preocupes. Puedo simplemente estar a tu lado mientras tú descubres cosas y yo miro para otro lado. Si no quieres que sepa nada pero quieres que esté ahí presente, lo estaré.

El niño la miró asombrado. Sintió que esta era la primera vez desde que conocía a Evie que tenía una nueva conexión con ella, diferente a la anterior, como simples amigos o miembros del mismo grupo de música. Ya no era sólo un sentimiento de alegría, o de diversión o de compañerismo como el que los amigos se causaban mutuamente. Sintió una sensación reconfortante, de alivio, de sentirse a salvo, y Yenkis hasta ahora ni siquiera sabía que la necesitaba.

—Gracias —le sonrió el muchacho.

Después miró hacia abajo y se dio cuenta de que Evie le estaba agarrando la mano. Esto le hizo sonrojarse sin saber por qué, e Evie, viéndolo, volvió a tener un pronto de timidez y soltó su mano rápidamente y miró hacia otra parte, vergonzosa.

—Ehm… —titubeó el chico—. Entonces… si mañana consiguiera el programa que abre las carpetas... ¿por la tarde estarías disponible?

—Ah... sobre mañana... —murmuró Evie—. Lo siento, Kis. Mañana tengo que ir a un funeral.

Yenkis abrió los ojos con sorpresa, y la luz blanca de su ojo izquierdo brilló de repente, de nuevo sin permiso, y deslumbró a Evie.

—Oh, perdona —se apuró a tapárselo con la mano—. ¿Qué... de quién es el funeral?

—De mi abuelo —contestó la chica con tristeza.

—¿Y eso?

—Sí... —le explicó Evie—. Ha fallecido de un infarto, según los médicos. Ha sido inesperado.

—Lo siento —se apenó Yenkis.

—No te preocupes —casi sonrió, afligida—. Mi abuelo y yo nos llevábamos muy bien. Me parece raro que no te hayas enterado, ha salido en todas las noticias.

—¿Qué? —se sorprendió—. ¿Por qué tu abuelo iba a salir en todas las noticias?

—Oh... —comprendió Evie—. ¿Llevo tres años viviendo aquí y no te lo he contado? No sé si lo has visto alguna vez en persona, pero a lo mejor en la tele sí. Mi abuelo es Takeshi Nonomiya. Era el ministro de Interior del país. Iba a jubilarse.

—Oh, ¡no tenía ni idea! Guau… ministro de Interior… Seguro que tu abuelo se conocía todos los secretos de este país.

—Bueno, él era un hombre muy listo, y fundó hace décadas un servicio de inteligencia especial, aunque nunca le gustaba hablar de ello. Así que… en fin… mañana es su funeral. Mi tío Hatori vendrá a recogernos a mis padres y a mí e iremos toda la familia a Saitama. No sé cuándo volveré aquí.

—Entiendo… —murmuró lentamente, y empezó a pensar en muchas cosas—. Y… ¿quién es ahora el nuevo ministro?

—Ha salido elegido mi tío Hatori, que ha sido el jefe de la Policía hasta ahora. ¿Por qué lo preguntas?

—No, bueno, es que... —balbució, cada vez más ensimismado en la cantidad de ideas y posibilidades que traía el hecho de que Evie estuviera directamente relacionada con personas tan importantes—. Jefe de la Policía… alguien así también debe de manejar muchos secretos e información…

—¿Kis?

—Evie —dijo, mirándola fijamente a los ojos—. ¿Tienes mucho contacto con tu tío? ¿Tienes una relación estrecha con él?

—¿Eh? Pues... sí, la verdad es que siempre hemos sido cercanos. Cuando mis padres se van de viaje o están muy ocupados, suelo quedarme en la casa de mi tío.

—Hm, hm... —volvió a murmurar, rascándose la barbilla con cara perversa.

—¿Se puede saber en qué estás pensando?

—Hm, hm...


* * * * * *


Neuval siguió caminando por las calles del centro tranquilamente, mientras echaba un vistazo a los informes de Alvion en su cartera. Iba entero de negro, con un abrigo de tela muy largo y elegante y con las solapas del cuello hacia arriba para resguardarse, lo que le hacía parecer una sombra más de la noche, como en los viejos tiempos. A medida que iba sacando las carpetitas del Monte Zou y llevándoselas a la boca para sujetarlas y seguir rebuscando en su cartera, iba sintiendo una carga en el pecho un tanto molesta. Jamás Alvion le había dado tantas carpetitas juntas.

—Fuuu... —suspiró, dándose cuenta del trabajo tenía por delante—. El vejete se ha quedado a gusto...

«No me digas que ha estado guardando todas estas misiones para mí. ¿Tan desesperado estaba por que volviese?» pensó. Negó con la cabeza, asumiendo lo que se le venía encima. Tener que hacer todo ese trabajo para Alvion junto con su trabajo como director de una multinacional le venía un poco agobiante. No obstante, estaba contento, así que fue cogiendo las carpetitas que sujetaba con la boca y las fue guardando de nuevo una a una.

Ocupado en esto, no reparó en unas voces que provenían del interior de un pequeño parque por donde se estaba metiendo. Eran voces de unos jóvenes que al parecer estaban de ocio a pesar de lo tarde que era y aun teniendo clase mañana. Por los alrededores, sin embargo, no había ni un alma ya, todo el mundo ya se había ido a dormir para ir a trabajar al día siguiente. Neuval siguió caminando, organizando las carpetitas en su cartera.

—Chs, chs... —oyó a sus espaldas de repente—. ¡Eh, tú!

Neuval se detuvo al ver que lo llamaban y se dio la vuelta, extrañado. Entonces arqueó una ceja al verse rodeado por un círculo de adolescentes. Eran como ocho chicos, cuyas caras expresaban sonrisas burlonas y lo miraban con ojos maliciosos. A algunos no se les veía la cara al estar en la penumbra. Neuval se quedó quieto, sin entender.

—Oye —dijo uno de ellos que estaba en la penumbra con tono chulo, quien al parecer era el cabecilla del grupito—. ¿Qué te trae por aquí?

—Sí, estás en nuestro territorio —rio otro de ellos, poniéndose gallito.

—¿Qué llevas ahí?

—¿Tienes pasta?

Neuval arqueó más la ceja, ofuscado, todavía sujetando la última carpetita entre sus dientes. «¿Por qué este tipo de gente la toma siempre conmigo?» se preguntó con mosqueo.

—¿Nos prestas algo de dinero? —preguntó otro—. Danos algo y no te haremos nada.

«Los críos de hoy en día me fascinan» pensó Neuval con ironía, observando a cada uno de ellos, acorralado.

—Eh, Kaoru, quítale esa cartera —le apremió un chico al cabecilla—. Seguro que vale mucho dinero.

Los demás soltaron risotadas apremiantes, pero Neuval sólo tenía ojos para ese chico, el cabecilla. Se quitó la carpetita de la boca lenta, muy lentamente, sin quitarle la vista de encima a ese.

—Kaoru —murmuró Neuval, entornando los ojos—. ¿Eres tú?

Kaoru dio un paso para salir de la penumbra a plena luz de la farola de al lado y alzó la barbilla con aire superior, sonriéndole arrogante. Mantenía su ojo izquierdo guiñado para que sus amigotes humanos no vieran que brillaba. Al menos mantenía su identidad iris en secreto.

—Heh... —rio—. ¿Y tú de qué me conoces? ¿Ya te he robado anteriormente? Hahaha...

—Hahaha... —rio también Neuval, con cara simpática—. Tenía ganas de tenerte delante, desde la última vez que te vi manoseando a mi hija.

—Pff… ¿Eres el papi de alguna de esas zorritas que babean por mí? —bufó Kaoru, riendo—. ¿Cuál de todas es tu hija?

Los demás chicos seguían animando a Kaoru. Pero de repente se formó un silencio. Un silencio sobrecogedor. Un silencio absoluto que pareció inundar toda la faz de la Tierra por unos segundos. Como si el aire de todo el mundo se hubiera estremecido. El iris de Kaoru percibió ese extraño fenómeno como un inminente peligro, y no entendió por qué. Miró a Neuval. Estaba tan quieto y silencioso que no parecía real. Lo miraba tan fijamente, con esos raros ojos grises, que a Kaoru le dio un fortísimo escalofrío. Él era un Sui y el frío no le afectaba. Pero por primera vez en su vida sintió el verdadero frío congelando hasta los átomos de su cuerpo.

—¿Quién coño eres tú? —gruñó Kaoru con amenaza.

—Le partiste el corazón a Cleven.

El chico al fin entendió quién era y soltó otra risilla, recuperando su actitud prepotente.

—Ah... ¿conque eres el papi de esa? ¡Hah! Ella me hablaba de ti, ¿sabes? Decía que eras un muermo. Un adicto al trabajo, un torpe, triste y amargado hombrecillo con miedo a todo. Decía que tú le arruinabas la vida. ¿Y me echas en cara que yo le partí el corazón? Tú eres peor.

Neuval siguió mirándolo fijamente a los ojos. Mientras Kaoru seguía alardeando, usó su Técnica de Telepatía y se introdujo en su mente, y el chico ni se dio cuenta. No… El pobre Kaoru no se dio cuenta de que ese hombre estaba viendo dentro de su cabeza todas las cosas que le había hecho a Cleven: cuando la agredió física y verbalmente a la salida del instituto el otro día, y ella intentó zafarse, y luego apareció Denzel; cuando se la encontró en el Parque Yoyogi una noche y volvió a atacarla, hasta que apareció Drasik...

Neuval dejó de escudriñar su mente y se quedó con la imagen de Kaoru partiéndole el labio a su hija, y con la posterior aparición de Drasik y la pelea que ambos entablaron. Sus ojos plateados se volvieron más siniestros que nunca. Empezó a vibrar una energía desconocida en el aire. Sin embargo, como era de esperar, oyó la voz de Alvion Zou en su cabeza: «“Fuujin, estoy notando en tu iris que estás demasiado alterado. Detente, ¿me has oído?”».

«No te preocupes, mi Señor» contestó Neuval con tono sereno, «Lo tengo todo controlado».

—Cleven no te lo contó todo sobre mí, Kaoru —le dijo finalmente—. Ya que de todas formas ella no lo sabe.

—¿Saber el qué? —bufó con voz de burla.

—¿Has oído hablar alguna vez… de un iris que pasó al exilio después de destruir la mitad de esta isla hace siete años?

—¿Qué dice? —rieron los otros chicos.

—Jaja, está pirado este…

Menos Kaoru. A él no le hizo ni pizca de gracia. Todos reían, pero Neuval y Kaoru seguían mirándose el uno al otro en silencio. Ambos eran los únicos iris de ahí, los otros chavales eran simples humanos y obviamente desconocían esta parte de la historia. Neuval dibujó una larga sonrisa, con esos ojos argénteos y escalofriantes. Esa cara… parecía la del mismísimo diablo…

Kaoru se había quedado petrificado. Luego sus piernas empezaron a temblar. Sus colegas se dieron cuenta de esto y volvieron a callar sus risas.

—Kaoru, ¿qué te pasa, tío?

—Eh, ¿te has quedado empanado o qué? Jaja...

Kaoru no podía oírlos, sólo oía el latido de su corazón en los tímpanos. Esos ojos grises... esa mirada... los sentía dentro de él como cuchillos. Al fin comprendió que ese hombre era el mismísimo Fuujin en persona. Y no sólo eso. Sabía que él poseía la Técnica de Telepatía y Borrado de Memoria. Y no le cupo la menor duda de que él ya se había metido en su mente y ya había visto lo que no debería haber visto.

Neuval seguía mirándolo con esa sonrisa y con esos ojos estáticos. Pero, de repente, desapareció, y una fracción de segundo después apareció justo delante de él. Kaoru ni lo había visto, había sido muy veloz. Antes de que pudiera exclamar o dar un paso atrás, Neuval lo agarró del cuello con una mano y lo levantó unos centímetros sobre el suelo como una pluma. A Kaoru le temblaron las pupilas, muerto de miedo, agarrando su mano que le aprisionaba el cuello. Los demás chicos se callaron enseguida y se pusieron alerta, sorprendidos por esa reacción.

—Norma número 1 de la Asociación —empezó a decirle Neuval en voz baja, sin borrar esa sonrisa apretada—: prohibido matar o poner en peligro la vida de un humano inocente. Norma número 2: prohibido matar a otro iris, monje o almaati así como a cualquier otro miembro de la Asociación. Norma número 3: prohibido suicidarse o intentarlo. Estas son las normas más inquebrantables de toda la Asociación. Si las quebrantas una sola vez, el castigo es de por vida. En el caso del suicidio, cumples castigo eterno tras la muerte —se aproximó más a él, clavándole la mirada.

»¿Sabes, Kaoru? Yo a tu edad era como tú. Incluso peor. Sé lo que es tener esa sed de poder, de controlarlo todo, de dominar tu entorno y a las personas que te rodean. Sólo me importaban las personas más allegadas a mí, y me gustaba hacer sufrir a los demás. Y con las mujeres también he sido un verdadero cretino. Pero la gran diferencia es que a mí jamás se me habría pasado por la cabeza agredir físicamente a una humana inocente. Aun así, yo les hacía daño emocionalmente, a mí también me gustaba jugar con muchas de ellas y romper sus corazones. Se convirtió en un vicio, en una adicción como muchas otras que he tenido. Hasta que conocí a Katya... y entonces todo cambió.

»Cuando conoces a alguien como Katya, te conviertes en el tipo de hombre que en el fondo siempre quisiste ser. Tus vacíos desaparecen y te sientes tan lleno que ya no necesitas ninguna otra cosa para llenarlos. Es como si despertaras, como si volvieras a nacer en un nuevo mundo donde te han dado otra oportunidad cuando creías que ya no te la darían. Y ese cambio se vuelve aún más radical cuando nace tu primer hijo. Ya no puedes permitirte el lujo de pensar sólo en ti y de seguir siendo un niñato egoísta e imbécil. La vida entera de un nuevo ser, tan pequeño y tan vulnerable, depende de ti. Y es ahí cuando realmente controlas la situación. Es ahí cuando te vuelves fuerte e invencible de verdad. Imagínate eso multiplicado por tres hijos —le mostró tres dedos con la otra mano para dejárselo claro.

»Si vas a meterte con alguien, procura que no sea el hijo o la hija de alguien como yo. ¿Sabes lo que Cleventine significa para mí? —le apretó más el cuello—. Por ella, yo rompería esas tres normas un millón de veces sin dudarlo. Es evidente que tu iris está enfermo. Pero me importa una mierda que tengas problemas con el control de tu majin. Yo también llevo lidiando con el mío desde que tenía tu edad. Pero veo que tú no estás poniendo ningún esfuerzo. La próxima vez que le hagas el más mínimo daño a Cleven, te obligaré a comerte tus genitales mientras te quemo las piernas con gasolina y fuego, antes de la llegada de Alvion para detenerme y condenarme. Seguramente ya habrás oído por ahí que tengo mucha creatividad a la hora de matar, lo he hecho con muchos criminales por trabajo. Imagínate qué haría... si se tratara de un asunto personal.

Kaoru empezó a temblar de pavor, casi le caían lágrimas de los ojos. Las palabras de Neuval, acompañadas por esa mirada suya plateada...

Además, vio algo extraño. Algo que no debería ser. Le pareció ver que ambos ojos de Fuujin, y no sólo uno, emitieron un leve brillo de luz. Le pareció ver dos puntitas negras asomando en su frente, bajo la piel. Le pareció ver que sus orejas se volvían un poco puntiagudas y la piel en los bordes se le oscurecía. Pero todas estas cosas eran tan imposibles y demenciales, disparatadas y raras, que Kaoru se convenció a sí mismo de que lo estaba imaginando por culpa del exceso de estrés y miedo.

Cuando Neuval lo soltó, empezó a hacerse pis encima. Los otros chicos, que no habían oído nada, estaban todavía perdidos en la situación.

—¡Kaoru! ¿¡De qué vas!? —saltaron sus colegas.

—Va... —musitó tembloroso—. Vámonos de aquí...

—¿Qué?

—¡Venga ya!

—¡Vámonos de aquí! —exclamó, echando a correr como una bala.

Los otros chicos se quedaron un momento en el sitio, desconcertados. Miraron a Neuval. Este volvía a presentar un aspecto normal, inofensivo, incluso risueño. Luego se miraron entre ellos. Finalmente, sin saber muy bien por qué, salieron corriendo detrás de Kaoru. El parque se quedó en calma.

Fuujin, entonces, dio media vuelta, guardó la última carpetita en la cartera y emprendió la marcha tranquilamente en dirección a la Torre de Tokio. «Y yo, como siempre, haciendo amigos» pensó para sí. Quedaba un rato para la medianoche.

Kaoru había hecho muy bien en salir corriendo, pues Neuval había estado a punto de cumplir su palabra ahí mismo. No obstante, no iba a dejar así la cosa. Lo que había visto en la mente de Kaoru no le gustó nada de nada. Lo que seguía llamándole un poco la atención, fue haber visto a Drasik salvando a Cleven de su agresor. Parecía como un encuentro de pura suerte, una afortunada casualidad. Apareció protegiéndola de un peligro. Era como ver una repetición del pasado. No importaba lo lejos que estuvieran o lo improbable de coincidir en un mismo lugar. Él siempre aparecía en el momento correcto.





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