1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Monk Yénova y Neuval llegaron al final del puente, hasta la primera fortificación de la Ciudadela en la ladera del gran monte. Cruzaron el pórtico y después cruzaron la ciudad interior, sus calles y plazas preciosas, sus edificios y torres de arquitecturas increíbles. Había mucha gente por ahí, la mayoría iris. Una vez llegaron al amplio patio baldosado del centro, subieron unos peldaños de anchura curva y larga, que rodeaba casi toda la fachada, hasta el alto portón de madera y hierro del edificio del templo, que, más que un edificio, era un complejo de estructuras y torres, la construcción más grande y sobresaliente de la Ciudadela.
El aspecto del templo era bastante similar al de un castillo, por lo que el vestíbulo tenía en el centro una gran escalinata de mármol color crema que ascendía por dos direcciones. Yénova llamó a una mujer y a un hombre que en ese momento pasaban por ahí, los cuales pertenecían al personal del templo al servicio de los iris, y se llevaron a Neuval por una de las puertas del vestíbulo, que llevaba un vestidor.
A los cinco minutos, Neuval volvió a salir, con su traje reglamentario de iris Fuu. Era igual que el que llevaba Ciara, la iris de antes en el bosque, en cuanto al pantalón blanco bombacho, las rodilleras de protección y el fajín, que era, en el caso de Neuval por ser un Fuu, de color blanco. Ahora que hacía frío, llevaba además una capa del mismo color por encima de la camiseta negra de estilo kimono.
Yénova, entonces, lo acompañó hacia la Sala de Juicio, que se encontraba en otra parte de ese complejo, y donde el resto de monjes del Consejo y Alvion ya estaban esperando.
Cruzaron un gran patio interior ajardinado lleno de flores azules luminiscentes –modificadas genéticamente por los Zou de antaño–, así como el pequeño puente de madera que pasaba sobre su arroyo, y se adentraron en otro vestíbulo amplio. Tenía varias escaleras que conducían a los pisos de arriba y varios ventanales con cristaleras de colores. Antes de meterse por el pasillo principal de ese segundo vestíbulo, dos portones de roble de allí se abrieron de golpe y comenzó a salir un numeroso grupo de iris no oficiales, que acababan de cenar en los comedores tras un duro día de entrenamiento. Eran de todas las edades, de todas las etnias del mundo, de todo tipo. Unos llevaban más tiempo que otros.
Lo de comunicarse y entenderse entre ellos y entre los monjes no suponía problema. La Técnica del Idioma era una de las primeras que creó Denzel hace mucho tiempo, y la única de todas que podía ser aprendida tanto por humanos como por iris, y se mantenía activa mientras el usuario se comunicara en las lenguas que supuestamente no sabía. Los monjes y los iris usaban el inglés y el chino como lenguas principales.
Acumulándose en aquel vestíbulo, a todos se les oía preguntar dónde se habían metido los monjes, que solían cenar con ellos, y dado que algunos tenían programado seguir con el entrenamiento esa noche, andaban un poco perdidos.
—Escuchadme —se hizo oír Yénova, deteniéndose frente a ellos—. Esta noche tenéis tiempo libre. Podéis iros a dormir o a hacer lo que queráis.
Hubo exclamaciones de sorpresa.
—¿Y eso? —preguntó un hombre de Venezuela—. ¿Dónde están los demás monjes?
—¿Qué más da? —saltó una niña, que a juzgar por sus rasgos parecía esquimal—. ¡Noche libre, vamos a jugar!
—¡Sí! —exclamó un grupo de niños y se fueron del templo.
—Un momento —protestó una mujer árabe ya mayor—, nosotros íbamos ahora a dar artes marciales con monk Squal, no podéis dejarnos así.
—Mañana seguiréis —los calmó Yénova—. Esta noche todos vamos a estar bastante ocupados —miró a Neuval.
Entonces todos repararon en él y empezaron a oírse murmullos.
—¿Quién es ese tipo? —preguntó uno a su amigo.
—Ni idea —contestó—. Será un nuevo iris.
—Nuevo no, ya tiene el traje blanco, es un Fuu —inquirió una chica.
—La verdadera pregunta aquí es… ¿por qué es tan guapo? —dijo otra.
—¿Es por culpa de ese hombre que vayáis a estar ocupados? —le preguntó un viejo alemán a Yénova con recelo.
—Hey, hey... —saltó Neuval—. A mí no me miréis. No es mi culpa que Alvion no haya tenido la decencia de avisar a todo el mundo de esto previamente.
—¡Fuujin! —exclamó Yénova—. No des ese ejemplo de insolencia hacia el gran anciano.
—Pero si es verdad —rezongó—. ¿A que tú no sabías que hoy iba a venir para el juicio?
—Bueno, pero eso no es... —titubeó—. No debemos cuestionar la voluntad de Alvion.
—Ni que fuese un dios —se burló Neuval.
—¿¡Fuujin!? —saltaron todos de repente—. ¿¡Ha dicho Fuujin!?
—¿¡Se refiere a Fuujin-sama!? ¿No es ese el que dicen que es el iris más poderoso del mundo? —se sorprendieron unos.
—¿¡Es él!? —exclamaron otros.
—¡Increíble! ¡El único Dios del Viento!
—¡Es uno de los cuatro "dioses iris” del mundo!
De pronto la masa de gente se abalanzó hacia él, y Neuval se vio envuelto por un mar de ojos sorprendidos y admiradores, lo que le espantó un poco. Ninguno le dijo nada, sólo se decían cosas entre ellos.
—Hey, dejad de... —irrumpió Yénova, consciente de que Alvion estaba esperando—. ¡Chicos, tenemos prisa!
Pero nadie la escuchaba, estaban absortos con Fuujin y las leyendas que sabían de él.
—¡Guau, Fuujin! —exclamó una chica con un gritito histérico—. ¿¡Puedo tocarte!?
—¿¡Eing!? —saltó Neuval, asustado.
—¿¡De dónde eres, Fuujin!? —preguntó un joven africano.
—De Francia...
—Oh là là! —exclamaron aquellos que eran franceses.
—¿¡Qué edad tienes!? —brincó una mujer, sonrojada.
—Eh… cuarenta y cinco... —contestó Neuval con una sonrisa nerviosa, empezando sentirse un bicho raro.
—¡Imposible!
—¿¡Es verdad que puedes volar!? —se emocionó un hombre.
—¡Claro que puede, es el único Fuujin-sama! ¡Es la única persona del mundo que puede volar!
—¡Dame una vuelta volando!
—¡No, a mí!
—¡Tu rostro es divino!
—¡Enséñanos tu poder!
—¿¡Estás casado!?
—¡Dame tu Instagram!
—¿¡Es verdad que una vez le teñiste el pelo de verde a Alvion!? ¿¡Y que le robaste la ropa interior e hiciste mercadillo con ella!? ¿¡Y que pintaste todo su despacho de grafitis, y que le pusiste una rata en la comida, y que...!?
—¿¡Son lentillas lo que llevas!?
—¡Qué ojos más raros, parecen de plata!
—¿¡De qué RS eres!?
—¿¡A cuántos condenados has matado ya!?
Yénova, con una venita hinchada en la frente, cogió a Neuval de un brazo y lo sacó arrastras lo más rápido que pudo de allí.
—¡No quiero ni un ruido más aquí! —les ordenó, mientras el personal del templo trataba de alejarlos hacia fuera—. ¡Salid afuera o a dormir!
Todos soltaron protestas, pero ambos ya se perdieron de vista por el pasillo principal.
—Eheh... ¿Qué acaba de pasar? —preguntó Neuval, aturdido—. ¿Cómo saben quién soy si son nuevos?
—Es obvio —suspiró Yénova—. Alvion les habla de ti en sus entrenamientos. Son los únicos momentos en los que habla bien de ti, trata de que los nuevos iris sigan tu mismo ejemplo de poder, pero no tu manía de desobedecer.
—Vaya, debe de contarles maravillas de mí —sonrió—. Ahí va... —notó que tenía algo metido en el fajín y lo sacó, era un papelito—. Heheh, esa mujer de antes me ha metido su número de teléfono sin darme cuenta. Esto me recuerda a los tiempos antes de conocer a Katya. Toooodas las mujeres me…
Yénova le lanzó una mirada bastante sombría. Neuval se asustó.
—Ya… ya sabes a qué me refiero —trató de explicarse con una sonrisilla inocente—. Antes de conocer a Katya, pero después de que tú y yo cortásemos… hehe…
—Sí, ya, como si no supiera a estas alturas que cuando salíamos juntos tú estabas con diez chicas más —gruñó la mujer.
—¿Y tú qué?
—Yo solamente estaba con un chico más, ¡pero no con diez!
—Vale, perdóname, ya lo sé, no fui un buen chico.
—¿Cómo ibas a serlo? Ya venías arrastrando manías malignas y perversas desde Francia.
—Eh, que yo recuerde, cuando nos conocimos a los 10 años en mi travesía por Turquía, compartimos un largo viaje por Irán y por Pakistán de lo más agradable.
—Excepto por aquellas veces en que parecías perder la cabeza y para conseguir comida te volvías violento con la gente.
—¡Tenía un iris de cinco meses sin tratamiento! No te oía quejarte cuando ponía en tus manos una hogaza de pan.
—Hmm… —refunfuñó ella, pero no dijo nada al respecto—. Bueno, pero ya no eres ese niño, así que no tienes que ir montando tus numeritos delante de los novatos.
—¿Numerito? Eres tú quien ha pronunciado mi apodo delante de todos ellos y por lo cual me han reconocido.
—¡No lo habría hecho si no hubieses hablado mal de Alvion!
—¡Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?!
—¡Nadie! ¡Nadie puede hablar mal de él, es quien nos cuida, la mayoría de los que estamos aquí estamos vivos gracias a él! ¡Sabes que más de la mitad de la gente que vive en estas tierras son personas que Alvion rescató de la muerte y del peligro del mundo exterior en sus viajes, incluida yo!
—¡Todos deberían conocer los trapos sucios de ese vejete!
—¡No lo llames así! ¡Alvion nos ha dado una vida y nos protege! ¡Y no tiene trapos sucios!
—¿¡Te hago una lista!? Hay cosas siniestras y oscuras de ese vejete que vosotros no sabéis, cosas horribles que él os oculta a todos. Alvion no es tan bueno como crees. Tiene cosas malas, muy malas...
—¿Sí? Dime cuál es la cosa más mala, horrible y oscura que él nos oculta.
—Te lo diré —Neuval abrió mucho los ojos, poniendo una mueca de terror—. ¡Le huelen los pies!
De repente ambos se quedaron mudos. Sin haberse dado cuenta, ya estaban dentro de la Sala de Juicio, rodeados de grandes gradas, donde estaban todos los monjes del Consejo y el propio Alvion en un trono central a varios metros del suelo. En la sala se oyó un eco: “… elen los pies… os pies… ies… s…”.
—Ahm… perdón —musitó Yénova, bajando la cabeza, muerta de la vergüenza y yéndose rápidamente a su sitio, a un asiento de los estrados de la sala con los demás monjes.
—¡Ayayay...! —exclamó Neuval, cerrando los ojos con fuerza y llevándose las manos a la cabeza—. ¡Era broma, no hablaba en serio! —suplicó, cayendo de rodillas al suelo por el dolor—. ¡Los pies te huelen a rosas de pitiminí!
Alvion dejó de provocarle ese dolor telepático con un gruñido de irritación, y volvió a sentarse en su trono, sobre un pilar entre las dos gradas. Algunos monjes, como Squal, soltaron unas risas silenciosas, con cuidado de que Alvion no se diese cuenta.
—Todos en pie —declaró este, yendo al grano, por el bien de su salud.
Todos los monjes se pusieron en pie al mismo tiempo, bien erguidos, y guardaron silencio. Neuval dio un suspiro y se levantó del suelo, caminando hacia el centro de la sala. No podía evitar sentirse un poco nervioso. Estaba viendo todo lo que le esperaba por delante, y sólo podía sentir emoción, emoción por volver.
—Neuval Lao, iris Fuujin-sama, 45 años de edad, de los cuales 26 años de servicio y 7 de exilio —pronunció el anciano—. Ex-Líder de la KRS de Tokio. Comienza la sesión.
Tras decir eso, los monjes se volvieron a sentar y Alvion siguió en su trono, todo serio. Para ellos, Neuval era el hijo de Kei Lian, por eso le ponían su apellido.
—Monk Liu, lea los cargos —ordenó Alvion.
Una monje de elevada edad que se sentaba a la derecha de Alvion se puso de pie con unos papeles en mano. Era muy mayor, podía tener más de 80 años, y aun así, conservaba un porte firme y autoritario, y vestía elegante, con un vestido tradicional de su tierra, Bulgaria, y el cabello cano recogido en un moño. La monje carraspeó un poco y comenzó.
—Último caso: ejecución no autorizada de doce humanos.
De pronto se oyeron murmullos de sorpresa y los monjes miraron a Neuval con pesadumbre al ver que era un caso más grave que otras veces por el número de personas.
—No eran humanos inocentes —se defendió Neuval—. Todos ellos tenían largos expedientes criminales. Asesinatos, violaciones y tortura. Lo investigué. Eran condenados.
—Para —dijo Alvion—. Esa decisión me concierne a mí.
—Pues esa panda de criminales seguía ahí suelta en Tokio, actuando a sus anchas.
—¡Silencio! —repitió—. No hables hasta que yo te lo diga, que siempre haces lo mismo. ¡Respeta los turnos del juicio por una vez!
—¡Vayamos al grano con este tema! —insistió Neuval—. Saltemos al punto donde me justifico. Obviamente actuó mi majin en contra de mi voluntad y aquí en la Asociación se hace una clara distinción entre la identidad real de un iris y la identidad de su majin, por lo que aquí no se me culpa a mí de cometer esa masacre, sino de no tomar las medidas necesarias para que mi majin no la cometiese. Dado que mis víctimas no han sido humanos inocentes, espero pagar un precio menor.
—¿Acaso tú, en el momento en que te cruzaste con esos tipos, o tu majin, sabíais de antemano qué tipo de humanos eran? —inquirió Alvion—. Sentiste que tu majin estaba tomando el control y, en lugar de alejarte de esos humanos, te quedaste, dejando que tu majin se desfogase con ellos.
—¿Cómo que qué tipo de humanos eran? —protestó Neuval—. ¡Pues de los que acorralan a un señor trajeado en un callejón para partirle las piernas y robarle todo lo de valor!
—Neuval —Alvion se levantó de su trono, y descendió hacia él levitando suavemente por el aire hasta ponerse frente a él—. ¿Y ya por eso merecen ser masacrados? ¿Así sin más?
Neuval no dijo nada. Apretó los labios con rabia.
—De los millones de personas que he conocido en mi larga vida, eres el último del que esperaba oír esa opinión —le dijo el anciano en voz baja.
—Bueno, es la opinión que la Asociación de tus antepasados lleva poniendo en práctica cuatro siglos.
—¿Desde cuándo defiendes la Asociación de mis antepasados? Creía que defendías mi Asociación. Que compartías mi opinión. ¿Te ha cambiado el exilio?
—Sólo marco la distinción de que, si hubieran sido humanos cien por cien inocentes, la situación sería muy distinta.
—¿Distinta en qué sentido? ¿En el de “ah, sólo eran unos delincuentes, no pasa nada”? Tu acción sería igual de mala en ambos casos, Neuval. ¿Qué hay de ti mismo? ¿Eh? Tú también fuiste un delincuente.
—De niño.
—Y si de adulto también lo hubieras seguido siendo, dime, ¿merecerías la muerte inmediata?
—A veces creo que sí.
—Tu persistente automenosprecio me entristece —negó Alvion con la cabeza—. Pero no significa que tengas razón y que no merezcas ayuda o la oportunidad de cambiar.
—Ellos venían a atacarme y yo me defendí.
—Doce humanos acercándose a ti con barras y cuchillos es lo mismo que si se te acercaran doce hormigas. Sabes de sobra lo desproporcionado que es. Personas como tú y como yo no nos dedicamos a aplastar hormigas. Somos terriblemente poderosos, y conocemos a la perfección lo que está bien y lo que está mal. Por eso, nuestro papel con ellos es frenarlos. Guiarlos. Ayudarlos. Porque este mundo en el que vivimos, es de los humanos. Y nosotros estamos aquí para protegerlos. A todos ellos. Tanto de peligros externos como de sí mismos.
—Tampoco me gusta tanto la idea de acabar como tú, ¿sabes? —rezongó—. Con el cuerpo atestado de heridas y cicatrices, balazos, huesos rotos, quemaduras, siempre recibidas en el proceso de “frenar” a los malos humanos. Hormigas o no, a veces hacen bastante daño.
Alvion no dijo nada por unos segundos, pero miraba a Neuval fijamente, como intentando ver lo que no encajaba.
—No estamos en un momento y lugar para que me sigas tomando el pelo.
—No estoy de humor ahora para hacer bromas —dijo Neuval, molesto.
—Pues deja de tomarte el pelo a ti mismo. Eres de lo más irritante, Neuval. Impertinente, tozudo y agitador. Pero eres la persona más extraordinariamente generosa que he conocido en mi vida. Nunca te preocupó perder un brazo o una pierna con tal de ayudar a un humano, fuera bueno o malo. ¿Ahora te gusta la idea de matar a un humano que ni conoces ni comprendes sólo por un crimen? Tú no eres así.
Neuval frunció los labios. Le daba cada vez más rabia. Pero no porque le molestase lo que Alvion le decía, sino porque tenía razón.
—A veces siento que me canso —terminó confesándole—. Quiero cambiar el mundo de la misma forma que tú lo haces, pero a veces me canso de que sea tan lento.
—Porque aún eres muy joven.
—¿Joven? ¿Con mi edad?
—La juventud de la mente no se mide en años, Neuval. Pocas personas se han empapado de este mundo al nivel en que lo has hecho tú, yo, los taimu… Con tu edad actual has aprendido de este mundo y de la vida mucho más que la gran mayoría de ancianos de 80 años. Yo lo sé desde que te conocí. Estás destinado a ser uno de los seres más poderosos y sabios de este mundo. Y la primera gran lección es la paciencia.
Neuval se quedó en silencio. No tenía más excusas o contestaciones. Muchas veces no lo entendía, por qué las mejores personas del mundo que había conocido, sus padres Kei Lian y Ming Jie, su hermana Monique, su maestro Hideki, Alvion, Katya… habían tenido siempre esa inexplicable fe en él, a pesar de sus defectos, de sus desastres, de su mal interior.
—¿Cómo pago entonces… la muerte de esos humanos? —preguntó finalmente.
—Fácil —respondió Alvion, volviendo a levitar hasta su trono—. Acepta la ayuda que necesitas y aporta a otras personas la ayuda que ellas necesitan. Compensa el mal que has ocasionado arreglando otros males que asolan este mundo. Lleva el bien a donde has hecho el mal.
—Pero eso no es un castigo… —dijo extrañado—. Es básicamente lo que yo ya quiero hacer.
—Por eso he dicho que es fácil. Además, ciertamente, esos doce humanos tenían el perfil para una futura condena y sus muertes, según las investigaciones, no perjudican a terceros. Si se hubiesen tratado de humanos inocentes con familias, tendrías que abonar a sus familias u otros afectados una indemnización millonaria. Una vez más, Neuval, has tenido suerte con tus víctimas. Agradece esa suerte igual que siempre has sabido agradecer todos los regalos que te han dado.
—Lo haré —asintió seriamente.
—Intentemos zanjar este juicio con un poco de profesionalidad, ¿de acuerdo? —suspiró Alvion—. Monk Lui, por favor, proceda con el dictamen. Aunque ya sepamos el resultado.
—Sí. Debido a la larga lista de casos similares de descontrol en los últimos siete años —prosiguió monk Liu leyendo en su informe—, para los cuales se ha ejecutado la prueba del Edonus Vigi como solución y sin el resultado esperado, Neuval Lao tiene la opción de que se le despoje del iris para siempre, así como de todas sus memorias vinculadas, para volver a ser humano y regresar a una vida humana… O bien, que decida volver a su anterior cargo de iris, con todos los deberes y derechos anteriores a su exilio y comprometiéndose a someterse a la voluntad de nuestro Señor, Alvion Zou. ¿Qué decides, Neuval Lao?
—La segunda opción —contestó firmemente.
—Bien, pues —concluyó la mujer, guardando los papeles, y se sentó de nuevo en su asiento.
—Fuujin —empezó Alvion—. Justifica tu decisión.
—En primer lugar, aparte de que varias personas me han apremiado todo este tiempo, últimamente han surgido determinadas razones más sólidas para llevarme a decidir esto. Una es, y todos la conocéis, mi problema con mi majin. Creí haberlo superado después de haber realizado tantas veces el Edonus Vigi, pero está claro que, tras lo que hice, sigo siendo vulnerable a él. No lo puedo controlar, sólo Alvion puede, y lo necesito para proteger a mi familia y a los demás de mí mismo.
Los monjes asintieron unos con otros esta declaración. Conocían el expediente de Fuujin mejor que el de ningún otro y sabían a qué se refería.
—Y, en segundo lugar, elijo volver porque sigo sin poder soportar las injusticias que se siguen cometiendo a mi alrededor. Quiero luchar contra ellas tal como hice en el pasado, tal como juré hace 33 años. Porque esto es lo que soy. Este es quien deseo ser. Fomentaré el camino que esta asociación sigue desde que se creó, proteger el planeta de los males humanos y proteger a los humanos de los males humanos. Eso es todo.
—Muy bien —dijo el anciano, y bajó una vez más del pilar hasta donde estaba Neuval, levitando por el aire. Lo miró fijamente a los ojos—. ¿Juras solemnemente cumplir con tu deber como iris y con mis órdenes?
—Qué remedio —sonrió Neuval.
Alvion soltó un gruñido, pero cerró los ojos con calma.
—¿Votos a favor de la petición de Neuval Lao? —preguntó.
Neuval vio cómo a las espaldas de Alvion decenas de manos se alzaban bien alto. Se cruzó con las miradas de Squal y Knive, a través de las cuales le mandaban su sincera aprobación. Luego vio que Yénova también tenía la mano levantada y le estaba diciendo con los labios “regálame un pack de tu última gama de rifles”.
—Entonces —prosiguió Alvion—, yo te renombro Fuujin-sama, iris oficial del Monte Zou, Líder de la KRS de Tokio. Mañana se te entregarán tus nuevos cargos y deberes. Cuando vuelvas a tu ciudad, informarás a tus compañeros de estos nuevos cargos, y comenzaréis a trabajar en ellos.
Neuval asintió con la cabeza.
—¿Dónde quieres tu Marca? —preguntó Alvion.
—Donde siempre estuvo —contestó, dándole la espalda y apoyando una rodilla en el suelo. Se quitó la capa y la chaqueta del kimono, dejando su espalda al descubierto.
Alvion se arremangó y juntó las manos con una palmada a la altura de su cabeza, cerrando los ojos. Permaneció así unos segundos, concentrándose. Así es como el brujo Zhen Yu enseñó a los Zou a impregnar el Código del tatuaje en el cuerpo de los iris, el cual le quitaron a Neuval cuando se exilió.
—Feng! —exclamó, a la vez que estampaba su mano derecha contra la parte superior de la espalda de Neuval.
Acto seguido, comenzaron a salir unos extraños ríos de luz blanca de la palma del anciano, que fueron recorriendo la piel del Fuu hasta ir definiendo un dibujo, de líneas entrelazadas y pequeños símbolos. Los trazos se fueron coloreando de negro, y en el centro, donde Alvion tenía la palma, se formó el kanji “viento”. Una vez terminó, el Zou volvió a erguirse y a meterse las manos en las mangas contrarias de su traje. Neuval se puso en pie, volviendo a ponerse la chaqueta y la capa.
—Estupendo —sonrió—. Espero que te hubieses lavado las manos antes.
Alvion le clavó una de sus miradas más sombrías con sus ojos amarillos.
—Antes de que te vayas ahora —lo detuvo el Zou, volviendo a levitar hacia su trono—. Quería comentarte cierto asunto.
—¿De qué se trata?
—De tu hijo.
—¿Cuál? —se sorprendió.
—El pequeño.
Neuval se lo quedó mirando, ofuscado, pero luego entendió a qué se refería. Negó con la cabeza, sonriendo.
—No... No, ni hablar. Otra vez con esas, no. Ya lo hemos hablado diez veces, Alvion.
—Escucha —insistió con calma—. No puedo seguir pasando esto por alto. Quiero que lo traigas aquí y que se entrene.
—¿¡Qué!?
—Sigo percibiendo su iris en mi mente —le explicó.
—¡Yenkis no es un iris! —objetó—. ¡Es sólo...!
—¡No es una herencia genética sin importancia! —replicó Alvion—. Cierto es que su iris no ha nacido de un trauma tras la pérdida de alguien. Pero su iris, que tiene desde su nacimiento, es de verdad, funciona como el resto.
—¿¡Y qué si es de verdad!? —discrepó Neuval, alarmado—. No es motivo para hacerle miembro de la Asociación.
—Y si no nos equivocamos —corroboró Liu—, ya posee afinidad por un elemento, el tuyo, pero no lo domina.
—¡Pero...!
—Y como no lo domina, podría ser un peligro —añadió Alvion—, cosa que no puedo permitir. Por eso, por su propia seguridad y la de los demás, es necesario que tu hijo se entrene aquí para dominarlo.
—¿Y para convertirse en uno de tus peones? —farfulló Neuval—. Por encima de mi cadáver.
—¿Por qué te niegas a eso? —preguntó uno de los monjes.
—No quiero que mi hijo esté bajo tu control, Alvion, metido en esta vida. Ni hablar.
—Puede ser un peligro, Fuujin —respondió el anciano—. Es mejor que consideres eso antes que nada.
—En los 12 años que llevo viviendo con él, nunca ha demostrado ser un peligro.
—Aún hay tiempo —comentó Liu—, para que eso suceda.
—¿Y no recuerdas el caso de Brey Saehara? —preguntó Alvion.
—Brey heredó la Electricidad de su padre, sí, es iris desde su nacimiento —asintió Neuval—. Pero se convirtió en miembro de esta asociación tras haber perdido a sus padres, lo que valió como trauma e hizo de su iris algo peligroso. El iris de Brey necesitó entrenamiento por esa pérdida. Yenkis no tiene el mismo caso.
—Prevenir antes que curar —intervino el monje Knive, y Neuval lo miró con sorpresa y contrariado—. Vuestro hijo puede desarrollar su iris inconscientemente por el mal camino. Vos debéis pensar en su seguridad, tampoco es tan malo que sea uno de los nuestros. Yo estoy contento con mi Jannik y es más joven que vuestro hijo.
—Pero… Tanto me ha costado mantener a mi familia lejos del peligro como para que ahora queráis meter a mi hijo en semejante vida…
—Hagamos un trato —dijo Alvion—. A la primera señal de peligro que manifieste tu hijo, aunque sea mínima, lo traerás aquí. Mientras no dé tal señal, que siga con su vida. ¿Estás de acuerdo?
—Eh... —murmuró, pero vio todas las miradas de los monjes apuntando hacia él, indicando que en esto estaban de parte del anciano; contra eso no podía luchar—. Ay... —suspiró alicaído.
Monk Yénova y Neuval llegaron al final del puente, hasta la primera fortificación de la Ciudadela en la ladera del gran monte. Cruzaron el pórtico y después cruzaron la ciudad interior, sus calles y plazas preciosas, sus edificios y torres de arquitecturas increíbles. Había mucha gente por ahí, la mayoría iris. Una vez llegaron al amplio patio baldosado del centro, subieron unos peldaños de anchura curva y larga, que rodeaba casi toda la fachada, hasta el alto portón de madera y hierro del edificio del templo, que, más que un edificio, era un complejo de estructuras y torres, la construcción más grande y sobresaliente de la Ciudadela.
El aspecto del templo era bastante similar al de un castillo, por lo que el vestíbulo tenía en el centro una gran escalinata de mármol color crema que ascendía por dos direcciones. Yénova llamó a una mujer y a un hombre que en ese momento pasaban por ahí, los cuales pertenecían al personal del templo al servicio de los iris, y se llevaron a Neuval por una de las puertas del vestíbulo, que llevaba un vestidor.
A los cinco minutos, Neuval volvió a salir, con su traje reglamentario de iris Fuu. Era igual que el que llevaba Ciara, la iris de antes en el bosque, en cuanto al pantalón blanco bombacho, las rodilleras de protección y el fajín, que era, en el caso de Neuval por ser un Fuu, de color blanco. Ahora que hacía frío, llevaba además una capa del mismo color por encima de la camiseta negra de estilo kimono.
Yénova, entonces, lo acompañó hacia la Sala de Juicio, que se encontraba en otra parte de ese complejo, y donde el resto de monjes del Consejo y Alvion ya estaban esperando.
Cruzaron un gran patio interior ajardinado lleno de flores azules luminiscentes –modificadas genéticamente por los Zou de antaño–, así como el pequeño puente de madera que pasaba sobre su arroyo, y se adentraron en otro vestíbulo amplio. Tenía varias escaleras que conducían a los pisos de arriba y varios ventanales con cristaleras de colores. Antes de meterse por el pasillo principal de ese segundo vestíbulo, dos portones de roble de allí se abrieron de golpe y comenzó a salir un numeroso grupo de iris no oficiales, que acababan de cenar en los comedores tras un duro día de entrenamiento. Eran de todas las edades, de todas las etnias del mundo, de todo tipo. Unos llevaban más tiempo que otros.
Lo de comunicarse y entenderse entre ellos y entre los monjes no suponía problema. La Técnica del Idioma era una de las primeras que creó Denzel hace mucho tiempo, y la única de todas que podía ser aprendida tanto por humanos como por iris, y se mantenía activa mientras el usuario se comunicara en las lenguas que supuestamente no sabía. Los monjes y los iris usaban el inglés y el chino como lenguas principales.
Acumulándose en aquel vestíbulo, a todos se les oía preguntar dónde se habían metido los monjes, que solían cenar con ellos, y dado que algunos tenían programado seguir con el entrenamiento esa noche, andaban un poco perdidos.
—Escuchadme —se hizo oír Yénova, deteniéndose frente a ellos—. Esta noche tenéis tiempo libre. Podéis iros a dormir o a hacer lo que queráis.
Hubo exclamaciones de sorpresa.
—¿Y eso? —preguntó un hombre de Venezuela—. ¿Dónde están los demás monjes?
—¿Qué más da? —saltó una niña, que a juzgar por sus rasgos parecía esquimal—. ¡Noche libre, vamos a jugar!
—¡Sí! —exclamó un grupo de niños y se fueron del templo.
—Un momento —protestó una mujer árabe ya mayor—, nosotros íbamos ahora a dar artes marciales con monk Squal, no podéis dejarnos así.
—Mañana seguiréis —los calmó Yénova—. Esta noche todos vamos a estar bastante ocupados —miró a Neuval.
Entonces todos repararon en él y empezaron a oírse murmullos.
—¿Quién es ese tipo? —preguntó uno a su amigo.
—Ni idea —contestó—. Será un nuevo iris.
—Nuevo no, ya tiene el traje blanco, es un Fuu —inquirió una chica.
—La verdadera pregunta aquí es… ¿por qué es tan guapo? —dijo otra.
—¿Es por culpa de ese hombre que vayáis a estar ocupados? —le preguntó un viejo alemán a Yénova con recelo.
—Hey, hey... —saltó Neuval—. A mí no me miréis. No es mi culpa que Alvion no haya tenido la decencia de avisar a todo el mundo de esto previamente.
—¡Fuujin! —exclamó Yénova—. No des ese ejemplo de insolencia hacia el gran anciano.
—Pero si es verdad —rezongó—. ¿A que tú no sabías que hoy iba a venir para el juicio?
—Bueno, pero eso no es... —titubeó—. No debemos cuestionar la voluntad de Alvion.
—Ni que fuese un dios —se burló Neuval.
—¿¡Fuujin!? —saltaron todos de repente—. ¿¡Ha dicho Fuujin!?
—¿¡Se refiere a Fuujin-sama!? ¿No es ese el que dicen que es el iris más poderoso del mundo? —se sorprendieron unos.
—¿¡Es él!? —exclamaron otros.
—¡Increíble! ¡El único Dios del Viento!
—¡Es uno de los cuatro "dioses iris” del mundo!
De pronto la masa de gente se abalanzó hacia él, y Neuval se vio envuelto por un mar de ojos sorprendidos y admiradores, lo que le espantó un poco. Ninguno le dijo nada, sólo se decían cosas entre ellos.
—Hey, dejad de... —irrumpió Yénova, consciente de que Alvion estaba esperando—. ¡Chicos, tenemos prisa!
Pero nadie la escuchaba, estaban absortos con Fuujin y las leyendas que sabían de él.
—¡Guau, Fuujin! —exclamó una chica con un gritito histérico—. ¿¡Puedo tocarte!?
—¿¡Eing!? —saltó Neuval, asustado.
—¿¡De dónde eres, Fuujin!? —preguntó un joven africano.
—De Francia...
—Oh là là! —exclamaron aquellos que eran franceses.
—¿¡Qué edad tienes!? —brincó una mujer, sonrojada.
—Eh… cuarenta y cinco... —contestó Neuval con una sonrisa nerviosa, empezando sentirse un bicho raro.
—¡Imposible!
—¿¡Es verdad que puedes volar!? —se emocionó un hombre.
—¡Claro que puede, es el único Fuujin-sama! ¡Es la única persona del mundo que puede volar!
—¡Dame una vuelta volando!
—¡No, a mí!
—¡Tu rostro es divino!
—¡Enséñanos tu poder!
—¿¡Estás casado!?
—¡Dame tu Instagram!
—¿¡Es verdad que una vez le teñiste el pelo de verde a Alvion!? ¿¡Y que le robaste la ropa interior e hiciste mercadillo con ella!? ¿¡Y que pintaste todo su despacho de grafitis, y que le pusiste una rata en la comida, y que...!?
—¿¡Son lentillas lo que llevas!?
—¡Qué ojos más raros, parecen de plata!
—¿¡De qué RS eres!?
—¿¡A cuántos condenados has matado ya!?
Yénova, con una venita hinchada en la frente, cogió a Neuval de un brazo y lo sacó arrastras lo más rápido que pudo de allí.
—¡No quiero ni un ruido más aquí! —les ordenó, mientras el personal del templo trataba de alejarlos hacia fuera—. ¡Salid afuera o a dormir!
Todos soltaron protestas, pero ambos ya se perdieron de vista por el pasillo principal.
—Eheh... ¿Qué acaba de pasar? —preguntó Neuval, aturdido—. ¿Cómo saben quién soy si son nuevos?
—Es obvio —suspiró Yénova—. Alvion les habla de ti en sus entrenamientos. Son los únicos momentos en los que habla bien de ti, trata de que los nuevos iris sigan tu mismo ejemplo de poder, pero no tu manía de desobedecer.
—Vaya, debe de contarles maravillas de mí —sonrió—. Ahí va... —notó que tenía algo metido en el fajín y lo sacó, era un papelito—. Heheh, esa mujer de antes me ha metido su número de teléfono sin darme cuenta. Esto me recuerda a los tiempos antes de conocer a Katya. Toooodas las mujeres me…
Yénova le lanzó una mirada bastante sombría. Neuval se asustó.
—Ya… ya sabes a qué me refiero —trató de explicarse con una sonrisilla inocente—. Antes de conocer a Katya, pero después de que tú y yo cortásemos… hehe…
—Sí, ya, como si no supiera a estas alturas que cuando salíamos juntos tú estabas con diez chicas más —gruñó la mujer.
—¿Y tú qué?
—Yo solamente estaba con un chico más, ¡pero no con diez!
—Vale, perdóname, ya lo sé, no fui un buen chico.
—¿Cómo ibas a serlo? Ya venías arrastrando manías malignas y perversas desde Francia.
—Eh, que yo recuerde, cuando nos conocimos a los 10 años en mi travesía por Turquía, compartimos un largo viaje por Irán y por Pakistán de lo más agradable.
—Excepto por aquellas veces en que parecías perder la cabeza y para conseguir comida te volvías violento con la gente.
—¡Tenía un iris de cinco meses sin tratamiento! No te oía quejarte cuando ponía en tus manos una hogaza de pan.
—Hmm… —refunfuñó ella, pero no dijo nada al respecto—. Bueno, pero ya no eres ese niño, así que no tienes que ir montando tus numeritos delante de los novatos.
—¿Numerito? Eres tú quien ha pronunciado mi apodo delante de todos ellos y por lo cual me han reconocido.
—¡No lo habría hecho si no hubieses hablado mal de Alvion!
—¡Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?!
—¡Nadie! ¡Nadie puede hablar mal de él, es quien nos cuida, la mayoría de los que estamos aquí estamos vivos gracias a él! ¡Sabes que más de la mitad de la gente que vive en estas tierras son personas que Alvion rescató de la muerte y del peligro del mundo exterior en sus viajes, incluida yo!
—¡Todos deberían conocer los trapos sucios de ese vejete!
—¡No lo llames así! ¡Alvion nos ha dado una vida y nos protege! ¡Y no tiene trapos sucios!
—¿¡Te hago una lista!? Hay cosas siniestras y oscuras de ese vejete que vosotros no sabéis, cosas horribles que él os oculta a todos. Alvion no es tan bueno como crees. Tiene cosas malas, muy malas...
—¿Sí? Dime cuál es la cosa más mala, horrible y oscura que él nos oculta.
—Te lo diré —Neuval abrió mucho los ojos, poniendo una mueca de terror—. ¡Le huelen los pies!
De repente ambos se quedaron mudos. Sin haberse dado cuenta, ya estaban dentro de la Sala de Juicio, rodeados de grandes gradas, donde estaban todos los monjes del Consejo y el propio Alvion en un trono central a varios metros del suelo. En la sala se oyó un eco: “… elen los pies… os pies… ies… s…”.
—Ahm… perdón —musitó Yénova, bajando la cabeza, muerta de la vergüenza y yéndose rápidamente a su sitio, a un asiento de los estrados de la sala con los demás monjes.
—¡Ayayay...! —exclamó Neuval, cerrando los ojos con fuerza y llevándose las manos a la cabeza—. ¡Era broma, no hablaba en serio! —suplicó, cayendo de rodillas al suelo por el dolor—. ¡Los pies te huelen a rosas de pitiminí!
Alvion dejó de provocarle ese dolor telepático con un gruñido de irritación, y volvió a sentarse en su trono, sobre un pilar entre las dos gradas. Algunos monjes, como Squal, soltaron unas risas silenciosas, con cuidado de que Alvion no se diese cuenta.
—Todos en pie —declaró este, yendo al grano, por el bien de su salud.
Todos los monjes se pusieron en pie al mismo tiempo, bien erguidos, y guardaron silencio. Neuval dio un suspiro y se levantó del suelo, caminando hacia el centro de la sala. No podía evitar sentirse un poco nervioso. Estaba viendo todo lo que le esperaba por delante, y sólo podía sentir emoción, emoción por volver.
—Neuval Lao, iris Fuujin-sama, 45 años de edad, de los cuales 26 años de servicio y 7 de exilio —pronunció el anciano—. Ex-Líder de la KRS de Tokio. Comienza la sesión.
Tras decir eso, los monjes se volvieron a sentar y Alvion siguió en su trono, todo serio. Para ellos, Neuval era el hijo de Kei Lian, por eso le ponían su apellido.
—Monk Liu, lea los cargos —ordenó Alvion.
Una monje de elevada edad que se sentaba a la derecha de Alvion se puso de pie con unos papeles en mano. Era muy mayor, podía tener más de 80 años, y aun así, conservaba un porte firme y autoritario, y vestía elegante, con un vestido tradicional de su tierra, Bulgaria, y el cabello cano recogido en un moño. La monje carraspeó un poco y comenzó.
—Último caso: ejecución no autorizada de doce humanos.
De pronto se oyeron murmullos de sorpresa y los monjes miraron a Neuval con pesadumbre al ver que era un caso más grave que otras veces por el número de personas.
—No eran humanos inocentes —se defendió Neuval—. Todos ellos tenían largos expedientes criminales. Asesinatos, violaciones y tortura. Lo investigué. Eran condenados.
—Para —dijo Alvion—. Esa decisión me concierne a mí.
—Pues esa panda de criminales seguía ahí suelta en Tokio, actuando a sus anchas.
—¡Silencio! —repitió—. No hables hasta que yo te lo diga, que siempre haces lo mismo. ¡Respeta los turnos del juicio por una vez!
—¡Vayamos al grano con este tema! —insistió Neuval—. Saltemos al punto donde me justifico. Obviamente actuó mi majin en contra de mi voluntad y aquí en la Asociación se hace una clara distinción entre la identidad real de un iris y la identidad de su majin, por lo que aquí no se me culpa a mí de cometer esa masacre, sino de no tomar las medidas necesarias para que mi majin no la cometiese. Dado que mis víctimas no han sido humanos inocentes, espero pagar un precio menor.
—¿Acaso tú, en el momento en que te cruzaste con esos tipos, o tu majin, sabíais de antemano qué tipo de humanos eran? —inquirió Alvion—. Sentiste que tu majin estaba tomando el control y, en lugar de alejarte de esos humanos, te quedaste, dejando que tu majin se desfogase con ellos.
—¿Cómo que qué tipo de humanos eran? —protestó Neuval—. ¡Pues de los que acorralan a un señor trajeado en un callejón para partirle las piernas y robarle todo lo de valor!
—Neuval —Alvion se levantó de su trono, y descendió hacia él levitando suavemente por el aire hasta ponerse frente a él—. ¿Y ya por eso merecen ser masacrados? ¿Así sin más?
Neuval no dijo nada. Apretó los labios con rabia.
—De los millones de personas que he conocido en mi larga vida, eres el último del que esperaba oír esa opinión —le dijo el anciano en voz baja.
—Bueno, es la opinión que la Asociación de tus antepasados lleva poniendo en práctica cuatro siglos.
—¿Desde cuándo defiendes la Asociación de mis antepasados? Creía que defendías mi Asociación. Que compartías mi opinión. ¿Te ha cambiado el exilio?
—Sólo marco la distinción de que, si hubieran sido humanos cien por cien inocentes, la situación sería muy distinta.
—¿Distinta en qué sentido? ¿En el de “ah, sólo eran unos delincuentes, no pasa nada”? Tu acción sería igual de mala en ambos casos, Neuval. ¿Qué hay de ti mismo? ¿Eh? Tú también fuiste un delincuente.
—De niño.
—Y si de adulto también lo hubieras seguido siendo, dime, ¿merecerías la muerte inmediata?
—A veces creo que sí.
—Tu persistente automenosprecio me entristece —negó Alvion con la cabeza—. Pero no significa que tengas razón y que no merezcas ayuda o la oportunidad de cambiar.
—Ellos venían a atacarme y yo me defendí.
—Doce humanos acercándose a ti con barras y cuchillos es lo mismo que si se te acercaran doce hormigas. Sabes de sobra lo desproporcionado que es. Personas como tú y como yo no nos dedicamos a aplastar hormigas. Somos terriblemente poderosos, y conocemos a la perfección lo que está bien y lo que está mal. Por eso, nuestro papel con ellos es frenarlos. Guiarlos. Ayudarlos. Porque este mundo en el que vivimos, es de los humanos. Y nosotros estamos aquí para protegerlos. A todos ellos. Tanto de peligros externos como de sí mismos.
—Tampoco me gusta tanto la idea de acabar como tú, ¿sabes? —rezongó—. Con el cuerpo atestado de heridas y cicatrices, balazos, huesos rotos, quemaduras, siempre recibidas en el proceso de “frenar” a los malos humanos. Hormigas o no, a veces hacen bastante daño.
Alvion no dijo nada por unos segundos, pero miraba a Neuval fijamente, como intentando ver lo que no encajaba.
—No estamos en un momento y lugar para que me sigas tomando el pelo.
—No estoy de humor ahora para hacer bromas —dijo Neuval, molesto.
—Pues deja de tomarte el pelo a ti mismo. Eres de lo más irritante, Neuval. Impertinente, tozudo y agitador. Pero eres la persona más extraordinariamente generosa que he conocido en mi vida. Nunca te preocupó perder un brazo o una pierna con tal de ayudar a un humano, fuera bueno o malo. ¿Ahora te gusta la idea de matar a un humano que ni conoces ni comprendes sólo por un crimen? Tú no eres así.
Neuval frunció los labios. Le daba cada vez más rabia. Pero no porque le molestase lo que Alvion le decía, sino porque tenía razón.
—A veces siento que me canso —terminó confesándole—. Quiero cambiar el mundo de la misma forma que tú lo haces, pero a veces me canso de que sea tan lento.
—Porque aún eres muy joven.
—¿Joven? ¿Con mi edad?
—La juventud de la mente no se mide en años, Neuval. Pocas personas se han empapado de este mundo al nivel en que lo has hecho tú, yo, los taimu… Con tu edad actual has aprendido de este mundo y de la vida mucho más que la gran mayoría de ancianos de 80 años. Yo lo sé desde que te conocí. Estás destinado a ser uno de los seres más poderosos y sabios de este mundo. Y la primera gran lección es la paciencia.
Neuval se quedó en silencio. No tenía más excusas o contestaciones. Muchas veces no lo entendía, por qué las mejores personas del mundo que había conocido, sus padres Kei Lian y Ming Jie, su hermana Monique, su maestro Hideki, Alvion, Katya… habían tenido siempre esa inexplicable fe en él, a pesar de sus defectos, de sus desastres, de su mal interior.
—¿Cómo pago entonces… la muerte de esos humanos? —preguntó finalmente.
—Fácil —respondió Alvion, volviendo a levitar hasta su trono—. Acepta la ayuda que necesitas y aporta a otras personas la ayuda que ellas necesitan. Compensa el mal que has ocasionado arreglando otros males que asolan este mundo. Lleva el bien a donde has hecho el mal.
—Pero eso no es un castigo… —dijo extrañado—. Es básicamente lo que yo ya quiero hacer.
—Por eso he dicho que es fácil. Además, ciertamente, esos doce humanos tenían el perfil para una futura condena y sus muertes, según las investigaciones, no perjudican a terceros. Si se hubiesen tratado de humanos inocentes con familias, tendrías que abonar a sus familias u otros afectados una indemnización millonaria. Una vez más, Neuval, has tenido suerte con tus víctimas. Agradece esa suerte igual que siempre has sabido agradecer todos los regalos que te han dado.
—Lo haré —asintió seriamente.
—Intentemos zanjar este juicio con un poco de profesionalidad, ¿de acuerdo? —suspiró Alvion—. Monk Lui, por favor, proceda con el dictamen. Aunque ya sepamos el resultado.
—Sí. Debido a la larga lista de casos similares de descontrol en los últimos siete años —prosiguió monk Liu leyendo en su informe—, para los cuales se ha ejecutado la prueba del Edonus Vigi como solución y sin el resultado esperado, Neuval Lao tiene la opción de que se le despoje del iris para siempre, así como de todas sus memorias vinculadas, para volver a ser humano y regresar a una vida humana… O bien, que decida volver a su anterior cargo de iris, con todos los deberes y derechos anteriores a su exilio y comprometiéndose a someterse a la voluntad de nuestro Señor, Alvion Zou. ¿Qué decides, Neuval Lao?
—La segunda opción —contestó firmemente.
—Bien, pues —concluyó la mujer, guardando los papeles, y se sentó de nuevo en su asiento.
—Fuujin —empezó Alvion—. Justifica tu decisión.
—En primer lugar, aparte de que varias personas me han apremiado todo este tiempo, últimamente han surgido determinadas razones más sólidas para llevarme a decidir esto. Una es, y todos la conocéis, mi problema con mi majin. Creí haberlo superado después de haber realizado tantas veces el Edonus Vigi, pero está claro que, tras lo que hice, sigo siendo vulnerable a él. No lo puedo controlar, sólo Alvion puede, y lo necesito para proteger a mi familia y a los demás de mí mismo.
Los monjes asintieron unos con otros esta declaración. Conocían el expediente de Fuujin mejor que el de ningún otro y sabían a qué se refería.
—Y, en segundo lugar, elijo volver porque sigo sin poder soportar las injusticias que se siguen cometiendo a mi alrededor. Quiero luchar contra ellas tal como hice en el pasado, tal como juré hace 33 años. Porque esto es lo que soy. Este es quien deseo ser. Fomentaré el camino que esta asociación sigue desde que se creó, proteger el planeta de los males humanos y proteger a los humanos de los males humanos. Eso es todo.
—Muy bien —dijo el anciano, y bajó una vez más del pilar hasta donde estaba Neuval, levitando por el aire. Lo miró fijamente a los ojos—. ¿Juras solemnemente cumplir con tu deber como iris y con mis órdenes?
—Qué remedio —sonrió Neuval.
Alvion soltó un gruñido, pero cerró los ojos con calma.
—¿Votos a favor de la petición de Neuval Lao? —preguntó.
Neuval vio cómo a las espaldas de Alvion decenas de manos se alzaban bien alto. Se cruzó con las miradas de Squal y Knive, a través de las cuales le mandaban su sincera aprobación. Luego vio que Yénova también tenía la mano levantada y le estaba diciendo con los labios “regálame un pack de tu última gama de rifles”.
—Entonces —prosiguió Alvion—, yo te renombro Fuujin-sama, iris oficial del Monte Zou, Líder de la KRS de Tokio. Mañana se te entregarán tus nuevos cargos y deberes. Cuando vuelvas a tu ciudad, informarás a tus compañeros de estos nuevos cargos, y comenzaréis a trabajar en ellos.
Neuval asintió con la cabeza.
—¿Dónde quieres tu Marca? —preguntó Alvion.
—Donde siempre estuvo —contestó, dándole la espalda y apoyando una rodilla en el suelo. Se quitó la capa y la chaqueta del kimono, dejando su espalda al descubierto.
Alvion se arremangó y juntó las manos con una palmada a la altura de su cabeza, cerrando los ojos. Permaneció así unos segundos, concentrándose. Así es como el brujo Zhen Yu enseñó a los Zou a impregnar el Código del tatuaje en el cuerpo de los iris, el cual le quitaron a Neuval cuando se exilió.
—Feng! —exclamó, a la vez que estampaba su mano derecha contra la parte superior de la espalda de Neuval.
Acto seguido, comenzaron a salir unos extraños ríos de luz blanca de la palma del anciano, que fueron recorriendo la piel del Fuu hasta ir definiendo un dibujo, de líneas entrelazadas y pequeños símbolos. Los trazos se fueron coloreando de negro, y en el centro, donde Alvion tenía la palma, se formó el kanji “viento”. Una vez terminó, el Zou volvió a erguirse y a meterse las manos en las mangas contrarias de su traje. Neuval se puso en pie, volviendo a ponerse la chaqueta y la capa.
—Estupendo —sonrió—. Espero que te hubieses lavado las manos antes.
Alvion le clavó una de sus miradas más sombrías con sus ojos amarillos.
—Antes de que te vayas ahora —lo detuvo el Zou, volviendo a levitar hacia su trono—. Quería comentarte cierto asunto.
—¿De qué se trata?
—De tu hijo.
—¿Cuál? —se sorprendió.
—El pequeño.
Neuval se lo quedó mirando, ofuscado, pero luego entendió a qué se refería. Negó con la cabeza, sonriendo.
—No... No, ni hablar. Otra vez con esas, no. Ya lo hemos hablado diez veces, Alvion.
—Escucha —insistió con calma—. No puedo seguir pasando esto por alto. Quiero que lo traigas aquí y que se entrene.
—¿¡Qué!?
—Sigo percibiendo su iris en mi mente —le explicó.
—¡Yenkis no es un iris! —objetó—. ¡Es sólo...!
—¡No es una herencia genética sin importancia! —replicó Alvion—. Cierto es que su iris no ha nacido de un trauma tras la pérdida de alguien. Pero su iris, que tiene desde su nacimiento, es de verdad, funciona como el resto.
—¿¡Y qué si es de verdad!? —discrepó Neuval, alarmado—. No es motivo para hacerle miembro de la Asociación.
—Y si no nos equivocamos —corroboró Liu—, ya posee afinidad por un elemento, el tuyo, pero no lo domina.
—¡Pero...!
—Y como no lo domina, podría ser un peligro —añadió Alvion—, cosa que no puedo permitir. Por eso, por su propia seguridad y la de los demás, es necesario que tu hijo se entrene aquí para dominarlo.
—¿Y para convertirse en uno de tus peones? —farfulló Neuval—. Por encima de mi cadáver.
—¿Por qué te niegas a eso? —preguntó uno de los monjes.
—No quiero que mi hijo esté bajo tu control, Alvion, metido en esta vida. Ni hablar.
—Puede ser un peligro, Fuujin —respondió el anciano—. Es mejor que consideres eso antes que nada.
—En los 12 años que llevo viviendo con él, nunca ha demostrado ser un peligro.
—Aún hay tiempo —comentó Liu—, para que eso suceda.
—¿Y no recuerdas el caso de Brey Saehara? —preguntó Alvion.
—Brey heredó la Electricidad de su padre, sí, es iris desde su nacimiento —asintió Neuval—. Pero se convirtió en miembro de esta asociación tras haber perdido a sus padres, lo que valió como trauma e hizo de su iris algo peligroso. El iris de Brey necesitó entrenamiento por esa pérdida. Yenkis no tiene el mismo caso.
—Prevenir antes que curar —intervino el monje Knive, y Neuval lo miró con sorpresa y contrariado—. Vuestro hijo puede desarrollar su iris inconscientemente por el mal camino. Vos debéis pensar en su seguridad, tampoco es tan malo que sea uno de los nuestros. Yo estoy contento con mi Jannik y es más joven que vuestro hijo.
—Pero… Tanto me ha costado mantener a mi familia lejos del peligro como para que ahora queráis meter a mi hijo en semejante vida…
—Hagamos un trato —dijo Alvion—. A la primera señal de peligro que manifieste tu hijo, aunque sea mínima, lo traerás aquí. Mientras no dé tal señal, que siga con su vida. ¿Estás de acuerdo?
—Eh... —murmuró, pero vio todas las miradas de los monjes apuntando hacia él, indicando que en esto estaban de parte del anciano; contra eso no podía luchar—. Ay... —suspiró alicaído.
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