1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
—Maldito arrogante anarquista del demonio… —le gruñó Alvion—. Eres un desagradecido, Neuval, ¡no puedo más contigo! No has respetado el trato que te he dado. Si no has encontrado a tu hija todavía, demuestra lo irresponsable que eres.
—Va te faire foutre —le espetó Neuval.
—Eh, esa lengua —le reprimió Denzel.
—Dichoso Fuujin, cuidar de ti sigue siendo el calvario de toda mi vida, ¡me tienes frito! —rezongó Alvion.
—Vamos, Alvy —le sonrió Neuval con burla—. Pero si en realidad me adoras y no puedes vivir sin mí. Que ya sé que me has echado de menos. Es comprensible. Soy demasiado atractivo.
—Sí, Neuval. Te adoro. Eres el amor de mi vida, mi completa perdición —suspiró Alvion con sarcasmo—. Te llevo soportando desde que eras un crío.
—Reconócelo, vejete, te lo pasaste muy bien conmigo en mi año de entrenamiento, como cuando sustituí tu champú por tinte verde fosforito. Estabas tan guapo que todos los habitantes del Monte Zou no paraban de hacerte fotos. Pero tú te vengabas con bromas peores, ¿eh? Que todavía tengo pesadillas con cucarachas en mi cama.
—Te lo mereciste, y que sepas que fui muy blando, porque al principio tenía intenciones de ponerte escorpiones —gruñó el anciano.
Raijin estaba ahí entre los dos, moviendo los ojos solamente de uno a otro, mudo, sin poder creerse que estuviera volviendo a presenciar después de tantos años otra escena extravagante entre Alvion y Fuujin. Eran los seres más poderosos del mundo y sus encuentros siempre eran de lo más extraños, empezaban con riñas, luego con burlas y continuaban reprochándose anécdotas del pasado cada cual más absurda.
—… tanto presumir que proteges a tus iris —seguía discutiendo Neuval—, ¡pero a mí una vez me castigaste cruelmente a lavar toda la ropa de los iris que ese día fueron a entrenar a la ciénaga!
—¡Porque el día anterior te descubrí haciendo mercadillo con mi ropa interior! —le gruñó Alvion, rojo de enfado.
—¿¡Tienes idea de la gran cantidad de dinero que gané con ello!? ¡Ese día compré helados para todos mis compañeros! ¡Nunca valorabas mis buenas acciones!
—¡Tus buenas acciones siempre venían acompañadas de desastres o fechorías!
—¡Hasta tu hijo disfrutó ese día de su helado de chocolate amargo, su preferido!
—¡Arrastrabas a Yeilang en tus líos cuando su deber era aprender el buen comportamiento y la responsabilidad para heredar el peso de la Asociación!
—¡Se lo pasaba genial conmigo y lo invitaba a jugar con los demás iris para que no estuviera todo el tiempo estudiando y sometido a tus duros entrenamientos! ¡Tu hijo merecía un respiro de vez en cuando, y tu nieto también!
—¡No metas a Yako en esto!
Raijin y los dos guardianes estaban muy quietos y callados, cada vez más agotados, mientras que Denzel se masajeaba las sienes.
—¿Podemos avanzar de una vez? —suplicó el taimu.
—Sí, basta de tonterías —dijo Alvion, recolocándose la solapa de su kimono verde—. No me dejas más remedio, tu tiempo ha acabado. —Con un gesto de la cabeza, los dos guardianes fueron hacia Neuval y lo agarraron cada uno de un brazo, como si fuesen dos policías arrestando a un delincuente.
—¡Espera, Alvion, ahora estoy ocupado! ¡Estoy a punto de encontrar a mi hija!
—He estado observando la situación a través del iris de Brey, y gracias a eso he podido localizarte. ¡Ya has encontrado a tu hija! ¡Para ya de marear la perdiz, deja que Cleventine se reúna con su tío y que este se encargue de ella! Cleventine estará perfectamente segura con Brey —señaló a Raijin con un gesto firme—, el muchacho ya te ha dicho que no tiene problemas de contagio de majin desde hace años, y yo eso lo corroboro.
—¡No, quiero ser yo quien se reúna con ella, dame quince malditos minutos!
—¡No! —replicó Alvion con autoridad.
—¡Niños! —exclamó Denzel de repente, tan alterado que sobresaltó a los otros dos y los dejó mudos; el profesor se pellizcó el entrecejo por encima de las gafas—. Niños… —repitió con un suspiro más sosegado—. Vuestro valioso tiempo de vida es demasiado corto para perderlo por octogésima vez en vuestras absurdas peleas.
—Eso díselo a Alvion, que le quedan dos telediarios —bufó Neuval.
—Rasgur —llamó Alvion a uno de los guardianes trajeados que estaba aprisionando a Neuval, tendiendo una mano hacia él, y Rasgur sacó del bolsillo de su pantalón un rollo de esparadrapo que tenía ya preparado, dándoselo al anciano.
—¡Vale! Vale —apaciguó Neuval, viendo al Zou con intenciones muy serias de pegarle esparadrapo en la boca, pues no sería la primera vez.
—Denjin-sama, muchacho, disculpa todo este embrollo —le dijo el anciano a Raijin mientras le devolvía el rollo al guardián—. Y tú, Fuujin, ya arreglarás tus problemas con tu cuñado cuando vuelvas, ¡pero tus problemas con tu majin no pueden esperar más, Hatori Nonomiya ya está siguiendo las pistas de tu masacre! A jjajeungna... —blasfemó en coreano e hizo una pausa para respirar—. Denzel, me disculpo, tienes razón. Por favor, llévanos ya a mi templo.
Neuval, impedido de moverse y viendo que ya no le quedaba más remedio, miró a Raijin antes de que Denzel y Alvion se pegasen a ellos para teletransportarse.
—Como le pase algo malo a mi hija... —le advirtió—… lo pagarás caro. Así que ve con cuidado, Brey, porque de ahora en adelante voy a estar al tanto de todo y no me voy a despegar de vosotros. De todos vosotros. —Por primera vez en siete años, Neuval adoptó por fin su gesto, su expresión, su verdadera cara; una larga sonrisa perversa y una mirada tenebrosa, el verdadero Fuujin adicto a las payasadas y a las bromas pesadas, a explotar y destruir cosas y a patear los culos de los criminales, había despertado—. ¡Preparaos, porque os voy a poner las pilas!
Raijin abrió los ojos, desconcertado. No podía creérselo, eso significaba... El hecho de que el mismísimo Alvion estuviese ahí para llevárselo al Monte Zou sólo podía significar una cosa. Y con ese “vosotros”, ¿se estaba refiriendo a la KRS?
Cuando los cuatro desaparecieron del lugar en una fracción de segundo, Raijin, completamente solo en la calle, no pudo reaccionar todavía. «¿Va a… volver?» se estremeció. Se llevó una mano a la cabeza, abrumado, eran demasiadas cosas en muy poco tiempo, demasiado en que pensar. Primero descubría a Cleven, luego aparecía Neuval, luego este declara de repente después de siete años que va a volver, y ahora... Ahora había algo muy importante que hacer, más que cualquier otra cosa, y no podía perder tiempo.
Miró en dirección al Parque Yoyogi, donde se había dirigido Cleven. Debía de estar allí, tenía que ir a asegurarse de que no había ido muy lejos. Pero antes, se quedó pensando qué le iba a decir. Una cosa estaba clara, lo había decidido.
* * * * * *
El cielo ya se estaba oscureciendo en aquella triste tarde de viernes, con un toque anaranjado en el horizonte mezclado con el añil del anochecer. Cleven seguía ahí, sola, en silencio, apoyada sobre la barandilla del estanque. Lo único que reinaba en el lugar era el murmullo de las hojas de los árboles mecidas por el viento y el susurrar de las aguas. Había perdido la noción del tiempo, consumida en el amargo sabor que dejaba un corazón roto. Sus sollozos habían cesado y sus ojos apuntaban al vacío, cansados.
Todo se había acabado con el peor final que se podía imaginar. Ya no tenía más remedio que volver a casa y despedirse de todo lo que había vivido en esa semana. Sí, era la mejor opción. Tenía que volver a casa.
—Acabo de hablar con tu padre.
Cleven aferró la helada barandilla con fuerza, ahogando un respingo de susto, pero no movió ni un músculo. La verdad es que no le sorprendía que él la hubiese encontrado. Esa voz, otra vez, a sus espaldas, le daba malos recuerdos. Pese a eso, analizó esas palabras que acababa de oír. Su padre. ¿Su padre acababa de estar por ahí cerca y se había encontrado con Raijin? ¿Se habrían peleado? ¿Habrían estado hablando? Lo que realmente no comprendía era por qué estaba Raijin ahí en vez de su padre. Sólo había venido hasta aquí uno de los dos.
La verdad, no sabía qué era peor. Incluso quizá hubiera preferido que la persona que estaba tras ella fuera su padre, furioso, dispuesto a castigarla de por vida. Porque, sin duda, tener a Raijin ahí era mucho más duro.
Se moría de la vergüenza. Se sentía la persona más tonta del mundo. No podía ni girarse para mirarlo. Escondió la cara entre sus brazos, sobre la barandilla.
—¿Qué te ha dicho? —murmuró.
Hubo un rato de silencio entre los dos. Oyó los pasos de Raijin acercándose un poco, pero se mantuvo a una distancia. Las farolas del parque se encendieron repentinamente y una ráfaga de gélido viento les meció las ropas y el pelo.
—O… ¿qué le has dicho? —se corrigió Cleven.
—Le he contado la verdad…
—¡Q…! ¿¡Estás loco!? —gritó ella enseguida, girándose hacia él, con los pelos de punta.
—A medias —la calmó—. Le he contado la verdad a medias, que no me has dejado acabar. Obviamente no le iba a decir toda la verdad para que después me agarrase del pelo y me arrancase la cabeza del cuerpo.
Cleven resopló con fuerza, por un momento se le había parado el corazón. Volvió a darle la espalda y a mirar hacia el estanque, apoyándose entre sus brazos de nuevo, taciturna y preocupada.
—Le he contado… que nos conocimos de casualidad el otro día y que hasta hoy no teníamos ni idea de quiénes éramos.
—Pero… ¿le has dicho…?
—Iba por aquella calle con el coche y te vio a lo lejos, corriendo y llorando. Luego me vio a mí yendo tras de ti. Así que se bajó del coche y fue directo hacia mí a preguntarme qué te había hecho.
—Estaba furioso, ¿verdad?
—No. Estaba muerto de miedo —le corrigió Raijin.
Cleven frunció el ceño, sin entender esa respuesta, y miró al rubio.
—Tu padre creyó que yo te había herido o asustado, o que te había pasado algo horrible. Se acercó a mí furioso, porque por dentro estaba asustado. Le da pavor que te suceda algo malo. Y por eso se enfada, Cleventine. Porque te adora.
Oír eso dejó a Cleven desconcertada. Nunca lo había pensado de esa forma. Nunca se había dado cuenta.
—Le he tenido que explicar por qué te vio de ese modo. Le he dicho que habías empezado a tener sentimientos por mí, y que al descubrir esta tarde quién soy… eso te había afectado mucho. Así que… tenlo en cuenta… para… ya sabes… —se rascó la cabeza, incómodo—… para que tú no le digas más cosas o te vayas de la lengua.
—Incluso si eso es lo único que sabe, debe de estar horripilado… Que yo empezara a sentir algo por… mi… ¡Es inconcebible! Dios… ¡Soy una idiota! —se llevó las manos a la cabeza, apoyándose en la barandilla—. ¡Es mi culpa! ¡Todo esto! Lo siento… Te he hecho pasar por algo así…
—No es tu culpa. Quítate eso de la cabeza —dijo él con tono severo—. ¿Cómo va a ser tu culpa si no tenías ni idea? En todo caso, la culpa es mía. Por no recordarte.
—¡Pero eso tampoco es culpa tuya! —saltó ella, mirándolo apurada.
—Bueno. Pues entonces nadie tiene la culpa de esto. Aunque no lo creas, hay más gente en este mundo que le ha pasado algo parecido, ¿sabes? Mucha gente vive sin conocer a personas que pueden ser sus parientes, gente que no sabe que tiene un hermano o una madre biológicos caminando al otro lado de la calle. —Cleven arrugó el ceño con sorpresa, imaginándoselo—. Mira... Ha sido una simple mala jugada de la vida. Una casualidad. ¿Podemos verlo de esa forma?
—¿Dices que lo normalicemos? ¿Lo que… hemos hecho?
—No, no que lo normalicemos, ya que eso no es normal. Solamente digo que aceptemos que fue un error sin culpables.
—Dices eso como si fuera fácil en tu mente.
Raijin se quedó callado. También era verdad, que para él era fácil procesar los sucesos de forma racional y gestionar los sentimientos que tenía al respecto para que no le afectase y pudiera continuar con su vida. Pero para un humano como Cleven, por mucho que se dijera a sí misma que ha sido un error y lo aceptase como tal, iba a tener esos recuerdos persiguiéndola, volviendo a infundirle vergüenza, incomodidad, dificultando seguir con su vida. Lo que para un iris se resolvía con el iris, para los humanos se resolvía con el tiempo.
—No pasa nada. Cleventine. No es tan grave como lo quieres ver.
—¿Cómo que no es tan grave? ¡Un tío… y… una sobrina…!
—Imagínate toda la historia humana, hasta hace uno o dos siglos —ironizó—. Que hasta era habitual entre hermanos, y primos. Incluso entre abuelos y nietas, en las culturas antiguas. Sí, ahora es impensable y lo es por buenas razones. Pero ni lo hemos hecho adrede ni vamos a volver a hacerlo. Y por eso, no pasa nada. ¿Vale? —repitió con un tono más suave—. Hay cosas peores. Mucho peores. Matar a alguien. Violar a alguien. Incluso robar a alguien es peor que esto. Nosotros no hemos hecho nada malo, Cleventine, tan sólo una equivocación imprevisible que con el tiempo quedará atrás. Pero para eso tienes que empezar ahora mismo a dejar de culparte y castigarte. Hemos sido víctimas de una cruel casualidad. ¿Te queda claro?
Cleven se quedó en silencio. Recapacitó sobre ello. Las palabras de Raijin eran reconfortantes porque hablaba con lógica. Tenía razón. No era para tanto, comparado con otras cosas peores de la vida. Mejor lidiar con un error vergonzoso que con una culpa imperdonable. De todas formas, para ambos iba a ser algo más fácil deshacerse de la vergüenza con el tiempo porque ninguno de los dos recordaba nada sobre la noche anterior. Lo único que recordaban vergonzoso era haberse besado.
Cleven relajó los hombros por primera vez en una hora. El malestar seguía ahí, obviamente no se esfumaría enseguida. Pero también había alivio. Y la mitad de la vergüenza, que había parado su vida de golpe, se sustituyó por valor, para seguir adelante.
—¿Podemos empezar de cero? —preguntó Raijin. Sabía que ella necesitaba ayuda para dar el primer paso.
—Ehm… pues… —balbució—. No sé…
El rubio se acercó más a ella. Cleven se quedó muy quieta, poniéndose nerviosa. Tenía la espalda contra la barandilla.
—Cleventine. Un gusto volver a verte —dijo sin más, serio como siempre, y se llevó una mano al pecho—. Soy Brey Saehara. Tu tío. Cuánto tiempo.
La joven estuvo unos segundos paralizada sin saber cómo reaccionar a eso. Pero de repente se le escapó una risa, medio nerviosa y medio irónica, por toda esta locura de situación. Llevaba siete años deprimida porque todos los días eran iguales y nunca pasaba nada fuera de lo normal… y ahora estaba aquí. Delante de esto.
No pudo evitarlo. Miró al chico a los ojos con una sonrisa algo triste.
—Encantada. Me hace feliz conocerte por fin. Tío Brey. Muy feliz. No puedo creer que seas el hermano de mamá.
Él seguía con su cara seria de siempre. Pero asintió con la cabeza. Siguieron mirándose a los ojos un rato, más tranquilos.
—Supongo que… ya he llegado hasta el final del camino desde que me escapé de casa. Y supongo que… debería regresar ya a donde debo estar. Tengo que mentalizarme para el castigo de por vida que voy a recibir… Pero ha merecido la pena, sólo por conocerte, por saber quién eres —se le humedecieron los ojos—. Por ver que existe alguien más que estuvo conectado con mi madre. ¿Crees que podemos seguir en contacto… y volver a vernos en un futuro… y hablar de lo idiotas que fuimos aquella vez como una anécdota del pasado?
—¿Eso es lo que quieres?
—Sí… supongo… —se encogió de hombros, todavía resignada a aceptar el resultado inevitable de todo esto—. Si tú quieres.
Raijin no dijo nada. Como de costumbre. Volvía a ser ese chico callado y con cara de malas pulgas. Cleven pensó que eso ya era una despedida. Y se fue marchando por el paseo, sin querer mirar atrás. Ella tenía asumido que, después de lo que había pasado, no podía seguir estando con él y crearle más problemas. Suficiente había tenido.
—Creía que querías vivir con tu tío.
Cleven se paró en seco. Se volvió hacia él, el cual seguía de pie donde lo había dejado, con las manos metidas en los bolsillos y mirándola con mosqueo.
—¿Qué quieres decir?
Raijin anduvo hacia ella y la observó fijamente a los ojos.
—Hace dos horas me dijiste a gritos que querías vivir con Brey Saehara. ¿Qué ha pasado con ese objetivo?
—¿Qué? Pues… —dijo confusa—. No sé…
—¿No era tu deseo que querías estar conmigo?
—Pues… sí, pero… eso era cuando yo creía…
—No me refiero a tu deseo de “estar conmigo”. Sino a tu deseo de “estar conmigo”.
Raijin enfatizó esas palabras con una indirecta que Cleven acabó entendiendo. Obviamente no se refería a estar con su adorado Raijin. Se refería a vivir con su tío Brey. Porque se fue de casa para eso. Huyó de casa por una razón. Y no era sólo por un capricho egoísta. Cleven había huido de un barco que se hundía con su vida, para buscar la salvación en un cambio.
—¿Vas a vivir conmigo o no, pelmaza? —se impacientó el chico.
—¿Tú quieres… que viva contigo?
—Sí. Me gustaría —afirmó directo.
—En… ¿¡En serio!? —se le abrieron los ojos como platos, llenos de emoción.
—Cleventine. Yo también quiero estar contigo —le explicó él—. Como mi sobrina. Para mí también eres una de las pocas conexiones que me quedan con mi hermana. Y eso… tiene mucho valor para mí.
Ahí estaba. Por fin. Cleven se quedó maravillada. Nunca había visto una sonrisa más bonita. Raijin era capaz de sonreír, y lo estaba haciendo en ese momento.
—Es la primera vez que te veo sonreír.
—Bueno, al fin tengo un motivo para hacerlo —se encogió de hombros.
Cleven abandonó ya toda sensación incómoda y de duda, y lo abrazó con fuerza. Se rio con felicidad. Él también la abrazó y apoyó la barbilla en su cabeza.
—Ahora tendré que mentalizarme yo… de la tortura que será aguantarte cada día —dijo el chico.
—¡Oye! —saltó Cleven con enfado.
Raijin se rio y la separó de sí, para incitarla a marcharse de allí de una vez. Estaba oscuro y hacía frío. Era hora de irse a casa. Cleven también se rio, y caminó junto a él.
—Llámame Cleven, tío Brey.
—Maldito arrogante anarquista del demonio… —le gruñó Alvion—. Eres un desagradecido, Neuval, ¡no puedo más contigo! No has respetado el trato que te he dado. Si no has encontrado a tu hija todavía, demuestra lo irresponsable que eres.
—Va te faire foutre —le espetó Neuval.
—Eh, esa lengua —le reprimió Denzel.
—Dichoso Fuujin, cuidar de ti sigue siendo el calvario de toda mi vida, ¡me tienes frito! —rezongó Alvion.
—Vamos, Alvy —le sonrió Neuval con burla—. Pero si en realidad me adoras y no puedes vivir sin mí. Que ya sé que me has echado de menos. Es comprensible. Soy demasiado atractivo.
—Sí, Neuval. Te adoro. Eres el amor de mi vida, mi completa perdición —suspiró Alvion con sarcasmo—. Te llevo soportando desde que eras un crío.
—Reconócelo, vejete, te lo pasaste muy bien conmigo en mi año de entrenamiento, como cuando sustituí tu champú por tinte verde fosforito. Estabas tan guapo que todos los habitantes del Monte Zou no paraban de hacerte fotos. Pero tú te vengabas con bromas peores, ¿eh? Que todavía tengo pesadillas con cucarachas en mi cama.
—Te lo mereciste, y que sepas que fui muy blando, porque al principio tenía intenciones de ponerte escorpiones —gruñó el anciano.
Raijin estaba ahí entre los dos, moviendo los ojos solamente de uno a otro, mudo, sin poder creerse que estuviera volviendo a presenciar después de tantos años otra escena extravagante entre Alvion y Fuujin. Eran los seres más poderosos del mundo y sus encuentros siempre eran de lo más extraños, empezaban con riñas, luego con burlas y continuaban reprochándose anécdotas del pasado cada cual más absurda.
—… tanto presumir que proteges a tus iris —seguía discutiendo Neuval—, ¡pero a mí una vez me castigaste cruelmente a lavar toda la ropa de los iris que ese día fueron a entrenar a la ciénaga!
—¡Porque el día anterior te descubrí haciendo mercadillo con mi ropa interior! —le gruñó Alvion, rojo de enfado.
—¿¡Tienes idea de la gran cantidad de dinero que gané con ello!? ¡Ese día compré helados para todos mis compañeros! ¡Nunca valorabas mis buenas acciones!
—¡Tus buenas acciones siempre venían acompañadas de desastres o fechorías!
—¡Hasta tu hijo disfrutó ese día de su helado de chocolate amargo, su preferido!
—¡Arrastrabas a Yeilang en tus líos cuando su deber era aprender el buen comportamiento y la responsabilidad para heredar el peso de la Asociación!
—¡Se lo pasaba genial conmigo y lo invitaba a jugar con los demás iris para que no estuviera todo el tiempo estudiando y sometido a tus duros entrenamientos! ¡Tu hijo merecía un respiro de vez en cuando, y tu nieto también!
—¡No metas a Yako en esto!
Raijin y los dos guardianes estaban muy quietos y callados, cada vez más agotados, mientras que Denzel se masajeaba las sienes.
—¿Podemos avanzar de una vez? —suplicó el taimu.
—Sí, basta de tonterías —dijo Alvion, recolocándose la solapa de su kimono verde—. No me dejas más remedio, tu tiempo ha acabado. —Con un gesto de la cabeza, los dos guardianes fueron hacia Neuval y lo agarraron cada uno de un brazo, como si fuesen dos policías arrestando a un delincuente.
—¡Espera, Alvion, ahora estoy ocupado! ¡Estoy a punto de encontrar a mi hija!
—He estado observando la situación a través del iris de Brey, y gracias a eso he podido localizarte. ¡Ya has encontrado a tu hija! ¡Para ya de marear la perdiz, deja que Cleventine se reúna con su tío y que este se encargue de ella! Cleventine estará perfectamente segura con Brey —señaló a Raijin con un gesto firme—, el muchacho ya te ha dicho que no tiene problemas de contagio de majin desde hace años, y yo eso lo corroboro.
—¡No, quiero ser yo quien se reúna con ella, dame quince malditos minutos!
—¡No! —replicó Alvion con autoridad.
—¡Niños! —exclamó Denzel de repente, tan alterado que sobresaltó a los otros dos y los dejó mudos; el profesor se pellizcó el entrecejo por encima de las gafas—. Niños… —repitió con un suspiro más sosegado—. Vuestro valioso tiempo de vida es demasiado corto para perderlo por octogésima vez en vuestras absurdas peleas.
—Eso díselo a Alvion, que le quedan dos telediarios —bufó Neuval.
—Rasgur —llamó Alvion a uno de los guardianes trajeados que estaba aprisionando a Neuval, tendiendo una mano hacia él, y Rasgur sacó del bolsillo de su pantalón un rollo de esparadrapo que tenía ya preparado, dándoselo al anciano.
—¡Vale! Vale —apaciguó Neuval, viendo al Zou con intenciones muy serias de pegarle esparadrapo en la boca, pues no sería la primera vez.
—Denjin-sama, muchacho, disculpa todo este embrollo —le dijo el anciano a Raijin mientras le devolvía el rollo al guardián—. Y tú, Fuujin, ya arreglarás tus problemas con tu cuñado cuando vuelvas, ¡pero tus problemas con tu majin no pueden esperar más, Hatori Nonomiya ya está siguiendo las pistas de tu masacre! A jjajeungna... —blasfemó en coreano e hizo una pausa para respirar—. Denzel, me disculpo, tienes razón. Por favor, llévanos ya a mi templo.
Neuval, impedido de moverse y viendo que ya no le quedaba más remedio, miró a Raijin antes de que Denzel y Alvion se pegasen a ellos para teletransportarse.
—Como le pase algo malo a mi hija... —le advirtió—… lo pagarás caro. Así que ve con cuidado, Brey, porque de ahora en adelante voy a estar al tanto de todo y no me voy a despegar de vosotros. De todos vosotros. —Por primera vez en siete años, Neuval adoptó por fin su gesto, su expresión, su verdadera cara; una larga sonrisa perversa y una mirada tenebrosa, el verdadero Fuujin adicto a las payasadas y a las bromas pesadas, a explotar y destruir cosas y a patear los culos de los criminales, había despertado—. ¡Preparaos, porque os voy a poner las pilas!
Raijin abrió los ojos, desconcertado. No podía creérselo, eso significaba... El hecho de que el mismísimo Alvion estuviese ahí para llevárselo al Monte Zou sólo podía significar una cosa. Y con ese “vosotros”, ¿se estaba refiriendo a la KRS?
Cuando los cuatro desaparecieron del lugar en una fracción de segundo, Raijin, completamente solo en la calle, no pudo reaccionar todavía. «¿Va a… volver?» se estremeció. Se llevó una mano a la cabeza, abrumado, eran demasiadas cosas en muy poco tiempo, demasiado en que pensar. Primero descubría a Cleven, luego aparecía Neuval, luego este declara de repente después de siete años que va a volver, y ahora... Ahora había algo muy importante que hacer, más que cualquier otra cosa, y no podía perder tiempo.
Miró en dirección al Parque Yoyogi, donde se había dirigido Cleven. Debía de estar allí, tenía que ir a asegurarse de que no había ido muy lejos. Pero antes, se quedó pensando qué le iba a decir. Una cosa estaba clara, lo había decidido.
* * * * * *
El cielo ya se estaba oscureciendo en aquella triste tarde de viernes, con un toque anaranjado en el horizonte mezclado con el añil del anochecer. Cleven seguía ahí, sola, en silencio, apoyada sobre la barandilla del estanque. Lo único que reinaba en el lugar era el murmullo de las hojas de los árboles mecidas por el viento y el susurrar de las aguas. Había perdido la noción del tiempo, consumida en el amargo sabor que dejaba un corazón roto. Sus sollozos habían cesado y sus ojos apuntaban al vacío, cansados.
Todo se había acabado con el peor final que se podía imaginar. Ya no tenía más remedio que volver a casa y despedirse de todo lo que había vivido en esa semana. Sí, era la mejor opción. Tenía que volver a casa.
—Acabo de hablar con tu padre.
Cleven aferró la helada barandilla con fuerza, ahogando un respingo de susto, pero no movió ni un músculo. La verdad es que no le sorprendía que él la hubiese encontrado. Esa voz, otra vez, a sus espaldas, le daba malos recuerdos. Pese a eso, analizó esas palabras que acababa de oír. Su padre. ¿Su padre acababa de estar por ahí cerca y se había encontrado con Raijin? ¿Se habrían peleado? ¿Habrían estado hablando? Lo que realmente no comprendía era por qué estaba Raijin ahí en vez de su padre. Sólo había venido hasta aquí uno de los dos.
La verdad, no sabía qué era peor. Incluso quizá hubiera preferido que la persona que estaba tras ella fuera su padre, furioso, dispuesto a castigarla de por vida. Porque, sin duda, tener a Raijin ahí era mucho más duro.
Se moría de la vergüenza. Se sentía la persona más tonta del mundo. No podía ni girarse para mirarlo. Escondió la cara entre sus brazos, sobre la barandilla.
—¿Qué te ha dicho? —murmuró.
Hubo un rato de silencio entre los dos. Oyó los pasos de Raijin acercándose un poco, pero se mantuvo a una distancia. Las farolas del parque se encendieron repentinamente y una ráfaga de gélido viento les meció las ropas y el pelo.
—O… ¿qué le has dicho? —se corrigió Cleven.
—Le he contado la verdad…
—¡Q…! ¿¡Estás loco!? —gritó ella enseguida, girándose hacia él, con los pelos de punta.
—A medias —la calmó—. Le he contado la verdad a medias, que no me has dejado acabar. Obviamente no le iba a decir toda la verdad para que después me agarrase del pelo y me arrancase la cabeza del cuerpo.
Cleven resopló con fuerza, por un momento se le había parado el corazón. Volvió a darle la espalda y a mirar hacia el estanque, apoyándose entre sus brazos de nuevo, taciturna y preocupada.
—Le he contado… que nos conocimos de casualidad el otro día y que hasta hoy no teníamos ni idea de quiénes éramos.
—Pero… ¿le has dicho…?
—Iba por aquella calle con el coche y te vio a lo lejos, corriendo y llorando. Luego me vio a mí yendo tras de ti. Así que se bajó del coche y fue directo hacia mí a preguntarme qué te había hecho.
—Estaba furioso, ¿verdad?
—No. Estaba muerto de miedo —le corrigió Raijin.
Cleven frunció el ceño, sin entender esa respuesta, y miró al rubio.
—Tu padre creyó que yo te había herido o asustado, o que te había pasado algo horrible. Se acercó a mí furioso, porque por dentro estaba asustado. Le da pavor que te suceda algo malo. Y por eso se enfada, Cleventine. Porque te adora.
Oír eso dejó a Cleven desconcertada. Nunca lo había pensado de esa forma. Nunca se había dado cuenta.
—Le he tenido que explicar por qué te vio de ese modo. Le he dicho que habías empezado a tener sentimientos por mí, y que al descubrir esta tarde quién soy… eso te había afectado mucho. Así que… tenlo en cuenta… para… ya sabes… —se rascó la cabeza, incómodo—… para que tú no le digas más cosas o te vayas de la lengua.
—Incluso si eso es lo único que sabe, debe de estar horripilado… Que yo empezara a sentir algo por… mi… ¡Es inconcebible! Dios… ¡Soy una idiota! —se llevó las manos a la cabeza, apoyándose en la barandilla—. ¡Es mi culpa! ¡Todo esto! Lo siento… Te he hecho pasar por algo así…
—No es tu culpa. Quítate eso de la cabeza —dijo él con tono severo—. ¿Cómo va a ser tu culpa si no tenías ni idea? En todo caso, la culpa es mía. Por no recordarte.
—¡Pero eso tampoco es culpa tuya! —saltó ella, mirándolo apurada.
—Bueno. Pues entonces nadie tiene la culpa de esto. Aunque no lo creas, hay más gente en este mundo que le ha pasado algo parecido, ¿sabes? Mucha gente vive sin conocer a personas que pueden ser sus parientes, gente que no sabe que tiene un hermano o una madre biológicos caminando al otro lado de la calle. —Cleven arrugó el ceño con sorpresa, imaginándoselo—. Mira... Ha sido una simple mala jugada de la vida. Una casualidad. ¿Podemos verlo de esa forma?
—¿Dices que lo normalicemos? ¿Lo que… hemos hecho?
—No, no que lo normalicemos, ya que eso no es normal. Solamente digo que aceptemos que fue un error sin culpables.
—Dices eso como si fuera fácil en tu mente.
Raijin se quedó callado. También era verdad, que para él era fácil procesar los sucesos de forma racional y gestionar los sentimientos que tenía al respecto para que no le afectase y pudiera continuar con su vida. Pero para un humano como Cleven, por mucho que se dijera a sí misma que ha sido un error y lo aceptase como tal, iba a tener esos recuerdos persiguiéndola, volviendo a infundirle vergüenza, incomodidad, dificultando seguir con su vida. Lo que para un iris se resolvía con el iris, para los humanos se resolvía con el tiempo.
—No pasa nada. Cleventine. No es tan grave como lo quieres ver.
—¿Cómo que no es tan grave? ¡Un tío… y… una sobrina…!
—Imagínate toda la historia humana, hasta hace uno o dos siglos —ironizó—. Que hasta era habitual entre hermanos, y primos. Incluso entre abuelos y nietas, en las culturas antiguas. Sí, ahora es impensable y lo es por buenas razones. Pero ni lo hemos hecho adrede ni vamos a volver a hacerlo. Y por eso, no pasa nada. ¿Vale? —repitió con un tono más suave—. Hay cosas peores. Mucho peores. Matar a alguien. Violar a alguien. Incluso robar a alguien es peor que esto. Nosotros no hemos hecho nada malo, Cleventine, tan sólo una equivocación imprevisible que con el tiempo quedará atrás. Pero para eso tienes que empezar ahora mismo a dejar de culparte y castigarte. Hemos sido víctimas de una cruel casualidad. ¿Te queda claro?
Cleven se quedó en silencio. Recapacitó sobre ello. Las palabras de Raijin eran reconfortantes porque hablaba con lógica. Tenía razón. No era para tanto, comparado con otras cosas peores de la vida. Mejor lidiar con un error vergonzoso que con una culpa imperdonable. De todas formas, para ambos iba a ser algo más fácil deshacerse de la vergüenza con el tiempo porque ninguno de los dos recordaba nada sobre la noche anterior. Lo único que recordaban vergonzoso era haberse besado.
Cleven relajó los hombros por primera vez en una hora. El malestar seguía ahí, obviamente no se esfumaría enseguida. Pero también había alivio. Y la mitad de la vergüenza, que había parado su vida de golpe, se sustituyó por valor, para seguir adelante.
—¿Podemos empezar de cero? —preguntó Raijin. Sabía que ella necesitaba ayuda para dar el primer paso.
—Ehm… pues… —balbució—. No sé…
El rubio se acercó más a ella. Cleven se quedó muy quieta, poniéndose nerviosa. Tenía la espalda contra la barandilla.
—Cleventine. Un gusto volver a verte —dijo sin más, serio como siempre, y se llevó una mano al pecho—. Soy Brey Saehara. Tu tío. Cuánto tiempo.
La joven estuvo unos segundos paralizada sin saber cómo reaccionar a eso. Pero de repente se le escapó una risa, medio nerviosa y medio irónica, por toda esta locura de situación. Llevaba siete años deprimida porque todos los días eran iguales y nunca pasaba nada fuera de lo normal… y ahora estaba aquí. Delante de esto.
No pudo evitarlo. Miró al chico a los ojos con una sonrisa algo triste.
—Encantada. Me hace feliz conocerte por fin. Tío Brey. Muy feliz. No puedo creer que seas el hermano de mamá.
Él seguía con su cara seria de siempre. Pero asintió con la cabeza. Siguieron mirándose a los ojos un rato, más tranquilos.
—Supongo que… ya he llegado hasta el final del camino desde que me escapé de casa. Y supongo que… debería regresar ya a donde debo estar. Tengo que mentalizarme para el castigo de por vida que voy a recibir… Pero ha merecido la pena, sólo por conocerte, por saber quién eres —se le humedecieron los ojos—. Por ver que existe alguien más que estuvo conectado con mi madre. ¿Crees que podemos seguir en contacto… y volver a vernos en un futuro… y hablar de lo idiotas que fuimos aquella vez como una anécdota del pasado?
—¿Eso es lo que quieres?
—Sí… supongo… —se encogió de hombros, todavía resignada a aceptar el resultado inevitable de todo esto—. Si tú quieres.
Raijin no dijo nada. Como de costumbre. Volvía a ser ese chico callado y con cara de malas pulgas. Cleven pensó que eso ya era una despedida. Y se fue marchando por el paseo, sin querer mirar atrás. Ella tenía asumido que, después de lo que había pasado, no podía seguir estando con él y crearle más problemas. Suficiente había tenido.
—Creía que querías vivir con tu tío.
Cleven se paró en seco. Se volvió hacia él, el cual seguía de pie donde lo había dejado, con las manos metidas en los bolsillos y mirándola con mosqueo.
—¿Qué quieres decir?
Raijin anduvo hacia ella y la observó fijamente a los ojos.
—Hace dos horas me dijiste a gritos que querías vivir con Brey Saehara. ¿Qué ha pasado con ese objetivo?
—¿Qué? Pues… —dijo confusa—. No sé…
—¿No era tu deseo que querías estar conmigo?
—Pues… sí, pero… eso era cuando yo creía…
—No me refiero a tu deseo de “estar conmigo”. Sino a tu deseo de “estar conmigo”.
Raijin enfatizó esas palabras con una indirecta que Cleven acabó entendiendo. Obviamente no se refería a estar con su adorado Raijin. Se refería a vivir con su tío Brey. Porque se fue de casa para eso. Huyó de casa por una razón. Y no era sólo por un capricho egoísta. Cleven había huido de un barco que se hundía con su vida, para buscar la salvación en un cambio.
—¿Vas a vivir conmigo o no, pelmaza? —se impacientó el chico.
—¿Tú quieres… que viva contigo?
—Sí. Me gustaría —afirmó directo.
—En… ¿¡En serio!? —se le abrieron los ojos como platos, llenos de emoción.
—Cleventine. Yo también quiero estar contigo —le explicó él—. Como mi sobrina. Para mí también eres una de las pocas conexiones que me quedan con mi hermana. Y eso… tiene mucho valor para mí.
Ahí estaba. Por fin. Cleven se quedó maravillada. Nunca había visto una sonrisa más bonita. Raijin era capaz de sonreír, y lo estaba haciendo en ese momento.
—Es la primera vez que te veo sonreír.
—Bueno, al fin tengo un motivo para hacerlo —se encogió de hombros.
Cleven abandonó ya toda sensación incómoda y de duda, y lo abrazó con fuerza. Se rio con felicidad. Él también la abrazó y apoyó la barbilla en su cabeza.
—Ahora tendré que mentalizarme yo… de la tortura que será aguantarte cada día —dijo el chico.
—¡Oye! —saltó Cleven con enfado.
Raijin se rio y la separó de sí, para incitarla a marcharse de allí de una vez. Estaba oscuro y hacía frío. Era hora de irse a casa. Cleven también se rio, y caminó junto a él.
—Llámame Cleven, tío Brey.
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