1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Cleven abrió la puerta de su antigua casa lentamente, mirando hacia el interior. Cerró y se guardó las llaves. Oyó la tele encendida en el salón y se dirigió allí con discreción. Vio a su hermano discutiendo con la videoconsola mientras pegaba botes en el sofá y hacía movimientos raros con el mando, como si girándose él mismo hacia la derecha consiguiera que el coche de carreras se girase también. Cleven entornó los ojos con malicia. Se acercó en silencio por detrás del sofá y se abalanzó contra su hermano.
—¡Uah! —exclamó la joven, tapándole los ojos con las manos.
—¡Eeeh! —saltó Yenkis, dando un bote del susto—. ¡No, no, tengo que acabar la carrera! ¡No! ¡Ahora tiene que haber una curva a la derecha, y ahora un puente!
Cleven se quedó asombrada, pues Yenkis siguió corriendo con el cochecito a pesar de no ver nada, hasta que llegó a la meta en primer puesto. Cleven le destapó los ojos. Yenkis dejó el mando y se volvió hacia ella, sonriente.
—Me sé la pantalla de memoria, sólo hay que tener destreza calculando el tiempo —le explicó.
—En serio, a veces me asustas.
—¡Yay! —exclamó el niño de pronto, echándose a sus brazos—. ¡Te he echado de menos! ¡Ahora sólo puedo hacer rabiar al cactus feo del jardín! ¡Pero no contesta!
Cleven lo estrujó entre sus brazos, riéndose.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Cuéntame qué tal! —se impacientó el niño.
—Ya he encontrado al tío, Yen, ya estoy viviendo con él.
—¿En serio? ¿¡Y cómo es!? ¿Es majo? ¿Es alto? ¿Es listo? ¿Es feo?
—Es joven, guapo, borde y cariñoso, y estudia Medicina.
—¿Eh? —se extrañó, viendo que no es como él pensaba—. ¿Cómo puedes juntar la palabra “borde” con “cariñoso” sin son opuestas?
—Es complicado —sonrió.
—¿Y has dicho joven? ¿Qué edad tiene?
—20.
Yenkis frunció el ceño, y se la quedó mirando así un rato.
—¿Nuestro tío… es más pequeño que Lex?
—Lo sé, es un poco raro, pero así es. Sin embargo, estoy genial con él, es fantástico.
Yenkis esbozó una sonrisa, contento por aquella noticia.
—¡Cleven! —apareció Hana de repente en la puerta del salón, con el móvil pegado a la oreja, el cual colgó enseguida cortando la conversación con un compañero de trabajo.
Cleven se volvió hacia ella con cara de pocos amigos.
—Te he dicho que para ti soy Cleventine...
Inesperadamente se quedó sin habla, al verse rodeada entre los brazos de la mujer.
—Menos mal que estás bien... —agonizó Hana—. ¿Dónde te habías metido? ¡Nos has tenido muy preocupados!
Cleven no pudo parpadear de la sorpresa. Jamás había visto a Hana así con ella, nunca la había abrazado antes. Bueno, a decir verdad, quizá sí que lo había intentado algunas veces, en el pasado, pero como Cleven siempre la rehuyó… dejó de intentarlo. Parecía sentirse tremendamente aliviada de verla sana y salva, y Cleven se preguntó si realmente ella se había preocupado tanto.
Cleven ignoraba muchas cosas sobre Hana. Y adrede, por su apatía hacia ella. Por eso, no se imaginaba que Hana sabía lo que era perder a un hijo y culparse a sí misma de ello, algo que sólo le había contado a Neuval. Y aunque Cleven no fuera su hija, no se habría perdonado que le hubiera pasado algo. Cuando la soltó, la mujer la observó detenidamente con una leve sonrisa. Cleven seguía sorprendida, no obstante, Hana borró su sonrisa y le clavó la mirada.
—¡Estás como una cabra! —le reprochó—. ¿¡Cómo se te ocurre irte así de casa!? ¡Ni siquiera has dejado una nota diciendo que te ibas, o… o algún mensaje diciendo simplemente “estoy enfadada con vosotros, pero estoy bien”! ¡Al principio creímos que te habían secuestrado o algo!
—Ah... —musitó—. Lo siento, Hana.
—Ay, ya es igual —suspiró—. Estás bien. Y si estás aquí, es porque sabes que estábamos preocupados por ti. Porque lo estábamos, Cleven, y mucho. Tenemos peleas, lo sé… pero… pero las familias tienen peleas, es lo normal, a veces es difícil convivir con personas que… piensan o ven las cosas de modo diferente… pero eso no significa que se odien o… Sé que hay muchas cosas que te molestan, pero…
Hana no sabía cómo terminar lo que estaba diciendo. Sin embargo, de algún modo Cleven estaba entendiendo perfectamente lo que ella estaba intentando decirle. Siempre había creído que Hana mantenía las distancias con ella porque no la soportaba igual que ella no la soportaba a ella, que ambas se toleraban a regañadientes la una la otra. Pero empezó a darse cuenta de que Hana en verdad siempre había intentado acercarse a ella, buscando maneras, pero Cleven nunca se lo puso fácil. O sea que Hana siempre mantuvo las distancias, en realidad, porque le daba miedo enfadar a Cleven, molestarla o agobiarla, y que la odiara.
Hana miraba al suelo, todavía sin saber qué decir. Entonces, Cleven también agachó la mirada, algo sorprendida, y contrariada consigo misma, por estar descubriendo ahora una verdad sobre Hana que en tres años había estado siempre ahí y nunca supo ver. ¿Y si marcharse de casa y conocer a su tío y a nuevas personas le había abierto más la mente?
—Ehm… Dime, ¿cómo te va con ese tío tuyo? —dijo Hana de repente, sonriendo—. ¿Es bueno contigo?
—Ah… Sí, es… es muy bueno, la verdad, y estoy muy bien con él. ¿Pero cómo...? ¿O sea que papá te lo ha contado? ¿Dónde está él?
—En un viaje de negocios, me ha dicho, desde el viernes. Creo que viene hoy, pero no sé a qué hora...
Justo en ese instante, los tres oyeron el ruido de la puerta de la entrada abrirse y después el de unas llaves cayendo sobre una mesita. Yenkis reaccionó el primero, saltando desde el sofá y corrió como una bala hacia el vestíbulo.
—Mon vieeeux! —vociferó, saltando a los brazos de Neuval, el cual casi se cae al suelo—. Comment ça va!? (= ¡Viejooo! ¿¡Cómo te ha ido!?)
—Allez, allez, gamin… —se rio Neuval. (= Vamos, vamos, chaval…)
—Où as été? M’as apporté quelque chose? (= ¿Dónde has estado? ¿Me has traído algo?)
Neuval rebuscó por el bolsillo lateral de su cartera y sacó una enorme chocolatina de 1 kilo. Se la dio a Yenkis.
—Tiens, à l’aéroport les choses sont deux fois plus grandes… et dix fois plus chères. (= Toma, en el aeropuerto las cosas son el doble de grandes... y diez veces más caras.)
Yenkis soltó una exclamación con lágrimas golosas en los ojos, cogiendo la enorme chocolatina y corriendo al salón para estrenarla justo cuando Hana entraba al vestíbulo.
—Hey, ¿cómo ha ido? —lo saludó Hana, abrazándolo y dándole un beso.
—Bien, todo muy bien —aseguró Neuval con aire animado—. ¿Y tú qué tal con los artículos?
—Ya están acabados. Oye, ha venido...
No hizo falta que lo dijera, pues Cleven se hizo ver en la puerta del salón. Neuval la miró con sorpresa, y Cleven movió la cabeza con timidez, sin saber qué decir.
—Cleven, que fais-tu ici? —preguntó entonces su padre. (= Cleven, ¿qué haces aquí?)
—Eh… mm… Sólo he venido a recoger unas cosas —contestó, y se fue rápidamente a subir las escaleras hacia su cuarto.
Hana cruzó una mirada con Neuval, diciéndole sin palabras que ahora sería un buen momento para hablar con ella a solas, pues era una tarea pendiente. Neuval también lo pensó, así que subió las escaleras también, mientras Hana se quedaba con Yenkis en el salón acompañándolo en sus videojuegos.
Cleven entró en su habitación y abrió su mochila sobre la cama para ir guardando cosas, en silencio. Ni ella sabía por qué se comportaba así de distante o huidiza, había venido todo el camino pensando en que iba a hablar con su padre de lo ocurrido, y preparándose lo que quería decir. Pero siempre era difícil iniciar una conversación de reconciliación cuando a uno le pesaba el sentimiento de culpa o arrepentimiento.
Neuval llegó hasta la puerta y se quedó ahí parado. Se cruzó de brazos, apoyándose en el marco. Observó un momento la habitación y luego a ella. Parecía que él tampoco sabía qué decir, o se estaba mentalizando de que esa habitación iba a quedar vacía a partir de ahora. Ya fue difícil acostumbrarse a la habitación vacía de Lex. Pero, al menos, Lex se marchó a los 18 años, una edad en la que era normal marcharse e independizarse. Aun así, nunca era fácil dejar marchar a los hijos. Neuval ahora comprendía a su madre, pues esta se echó a llorar como una magdalena cuando Sai y él se marcharon a vivir con sus respectivas prometidas.
Cleven sabía que él estaba ahí, tras ella. Sin embargo, se hizo un poco la tonta. Guardó su despertador-pato y unos libros, pero, a los pocos segundos, ya no pudo más y se giró hacia él. Esperaba verlo con una de sus miradas severas y enfadadas, pero le sorprendió encontrarlo con una cara la mar de triste, la cual él trató de disimular enseguida.
—¿Estás… bien? —preguntó Neuval finalmente, con naturalidad—. ¿Ya te has instalado… en su casa y esas cosas?
—Sí, sí… —contestó, con la misma naturalidad—. Estoy bien allí. Ehm… —desvió la mirada y cerró los ojos, sin poder contenerse más—. Mira, papá, ¡lo siento! De verdad, yo... —resopló, intentando encontrar palabras—. Yo sólo quería... Es que estaba cansada de estar aquí, y no era como las otras veces que me enfadaba… esta vez sentía que me iba a explotar algo… no sé por qué, o no sé el qué, pero… N-… No podía aguantar más, y no sé si realmente era porque estaba harta de ti, o harta de Hana, o harta de las paredes de esta casa donde la voz de mamá ya no suena…
Neuval cerró los ojos un momento, conteniendo el dolor de esa frase.
—… O harta de que todos los días de la semana fueran absolutamente idénticos, o… o cansada de que siempre me estuvieras juzgando, y vigilándome, y espantando a mis novios…
—A tus acosadores, que es distinto.
—¿Sí? ¡Claro, por supuesto! —dijo con sarcasmo—. Lex también ha tenido novias que eran acosadoras y seguro que a él no se las espantabas.
—¿Bromeas? —casi rio—. A tu hermano he tenido que protegerlo del doble de acosadoras que a ti, porque en este campo tu hermano ha sido sorprendentemente más ingenuo que tú y un blanco perfecto para las locas.
—¿En serio? —se sorprendió Cleven—. Espera, ¿me estás diciendo… que a pesar de los idiotas con los que he salido, yo he sido más prudente que Lex a la hora de elegir pareja?
—M, hm —asintió tranquilamente.
—Ah… guau… —a Cleven le costó asimilar eso, pero rápidamente sacudió la cabeza e insistió en su defensa—. Bueno, pero hay algo que no hacías con Lex y Yenkis, y es que estabas siempre regañándome por nada...
—¿Faltar a clase no es nada? —replicó él.
—Venga, papá, no me digas que tú nunca has faltado algún día a clase, y no por un resfriado, sino por puro hartazgo o estrés, y a escondidas. Vamos, dímelo… ¿tú nunca lo has hecho? Puedes contarme algo sobre ti por una vez.
Neuval se sorprendió por esa última frase. Miró al suelo un momento, incómodo, viendo que realmente no recordaba la última vez que le contó a Cleven algo de sí mismo, algo sincero o personal.
—A ver, yo… —trató de explicarse Neuval, gesticulando con las manos—… puede que sí haya faltado a clase… muchos días… durante toda mi etapa en el instituto…
—Ah… —Cleven se quedó un poco de piedra—. ¿Muchos días?
—… y quizá es cierto que lo hacía por el mismo motivo que tú, el hartazgo, pero… el motivo de mi hartazgo era un poco diferente.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, es que… ir a un instituto donde imparten materias y conocimientos que para mí son… soberanamente… insufriiiiblemente… fáciles de aprender…
—Ogh… —protestó Cleven—. No me lo digas. Como eres superdotado, te aburrías a muerte en el instituto y faltabas a clase porque para ti era como ir al parvulario, donde todos tus compañeros y todos tus profesores eran más tontos que tú.
—Básicamente —asintió sin tapujos.
—Guau… —Cleven se mosqueó por su descaro—. ¿Y te cabrea que yo falte a clase un par de días?
—Cleven, cuando yo faltaba a clase, era porque me iba a la biblioteca a leer libros de mi nivel, o me colaba en universidades para oír seminarios de temas más avanzados, o me metía en mi laboratorio privado improvisado que yo mismo construí en un trastero de alquiler para hacer experimentos de física cuántica y de materia oscura totalmente ilegales…
—Espera, ¿QUÉ?
—… de modo que yo aprovechaba ese tiempo para estudiar y aprender igualmente.
—Oh, ¿y por eso ya eres mejor que yo? —se ofendió ella—. Si yo falto clase simplemente para dar un paseo o sentarme en un banco para intentar tranquilizar mi furia, o mi tristeza, o mi sensación de vacío existencial, y no voy a una biblioteca o a un laboratorio a hacer cosas didácticas, ¿es que yo hago mal y tú haces bien?
—Cleven…
—Creía que por una vez ibas a confesarme que una vez hiciste algo mal, y que no eres tan perfecto como siempre me muestras. Que por una vez pudiera tener algo en común contigo. No paro de ver lo perfectos que son Lex y Yenkis, justo como tú, tus dos orgullos. Pero, una vez más, me cuentas que aunque hacías una cosa mal, era para demostrar aún más lo perfecto que eres.
—Pe… No… —se sorprendió Neuval al oírla decir eso, y se adentró en la habitación, acercándose a ella—. Cleven, eso no es…
—Yo no puedo ser como Lex y como Yenkis, papá… —insistió ella, con ojos húmedos pero tono firme—. Sé que hago cosas mal… Pero es porque… porque… —intentó encontrar las palabras—… porque a veces siento que no sé quién soy… qué es lo que quiero… quién quiero ser…
Neuval se quedó perplejo ante aquella declaración. Porque si era así cómo Cleven se sentía o por qué hacía lo que hacía, nadie podía entenderla mejor que él. Porque él vivió exactamente lo mismo. Y no ahora, con el tema de su exilio y su regreso, sino de antes, mucho antes. De hecho, Neuval llevaba sintiéndose así desde el día en que nació.
Y le dolía escuchar a Cleven lamentándose de no ser tan perfecta como él. Ella no lo sabía, no tenía ni idea, su memoria estaba borrada… Pero sin duda alguna, si había alguien que se sintiera más perdido y con más defectos que ella, ese era su padre.
—Y eso a veces me hace sentirme confundida, o enfadada, sin un motivo especial, y yo no sé… no entiendo…
Cleven se quedó muda cuando su padre de repente la abrazó con fuerza. Fue inesperado. Pero él no podía seguir aguantando, escuchándola decir esas cosas, porque la culpa de todo eso era de él.
—Tranquila —murmuró Neuval—. No pasa nada. Lo que sientes es normal, pero no por ello es irrelevante.
Se separó un poco de ella para mirarla a los ojos, y ella lo miraba a él con sus ojos húmedos asombrados.
—Cómo te sientes es importante para mí, Cleven. Y por eso… yo también te debo unas disculpas. Por no saber verlo o no darme cuenta antes. Lo siento.
La joven seguía muda, no salía de su sorpresa, pero, por alguna razón, sintió un extraño alivio.
—En realidad he venido a tu habitación para pedirte disculpas, no para que me las pidas tú a mí. Yo tengo la culpa de todo esto, Cleven, lo sé. Te he rodeado de mucha presión. Y al parecer te he hecho creer que mis expectativas sobre ti era que fueras la hija perfecta. Hah… —sonrió—. No existe el hijo perfecto, Cleven, pero tampoco el padre perfecto. Créeme, yo… en realidad he hecho muchas cosas mal, sobre todo a tu edad… muchos errores… incluso peores que los tuyos…
—¿Sí?
—Pero… aún no estoy preparado para hablarte de esa parte de mí y de mi vida. Créeme, Cleven, tengo contigo muchas más cosas en común de las que crees. De hecho, más que con Lex o con Yenkis.
—Imposible… —frunció el ceño.
—Te prometo que sí. Y te aseguro que, por mucho que yo destacase en la inteligencia… tú eres mucho mejor de lo que yo era a tu edad.
—¿Mejor en qué?
—En las otras cosas que son importantes para la vida. En cómo tratar a la gente, y sobre todo, en cómo tratarte a ti misma. Tienes mucha más fuerza interior que yo. Aunque te sientas confundida y perdida, y no sepas bien quién eres o quién quieres ser ahora mismo, siempre he visto que tienes las agallas suficientes para intentar averiguarlo. A lo largo de tu vida te he visto hacer intentos, probar cosas, y si no te funcionaba con una cosa, probabas otra diferente. Buscas gente, hablas con la gente, o también te quedas en silencio y hablas contigo misma, algo… que yo nunca me he atrevido a hacer.
—¿Hablar contigo mismo? No entiendo… —agarró su mano, llena de curiosidad—. A veces conversar interiormente contigo mismo es más efectivo que hablar con otra persona, papá, se llama meditación y es muy necesario. ¿Por qué te daría miedo pararte a hablar contigo mismo cuando te sientes mal?
—Porque… no estoy seguro de saber de quién es la voz que me responde.
Cleven no entendió aquella respuesta, pero la dejó algo preocupada. No se imaginaba que su padre de verdad tuviera problemas de ese tipo. Problemas consigo mismo, con su identidad. Neuval, por su parte, procuró no ahondar más en ese tema. No quería contarle a Cleven que lo que él había solido hacer cuando se sentía confundido y triste era recurrir a las drogas, al alcohol y a las peleas. Él nunca había tenido agallas para probar cosas diferentes para sentirse mejor, o para mirarse al espejo y hablar interiormente consigo mismo. Siempre había sentido odio por sí mismo. Él creía que era porque era un desastre, problemático y lleno de defectos, pero en realidad era porque, incluso a sus 45 años, aún sentía que él era algo diferente. No un humano, ni tampoco un iris. Y no lograba averiguar por qué tenía esta sensación de identidad incompleta. No quería que Cleven se sintiera como él. Era horrible.
De repente, Neuval esbozó una sonrisa tranquila hacia ella. Acarició su mejilla.
—Aunque de vez en cuando me mates a disgustos, Cleven… no te cambiaría por ninguna otra hija en el mundo.
A ella se le formó un nudo en la garganta. Esas palabras le hicieron sentir ganas de llorar, pero se contuvo. En lugar de eso, se sonrojó y se quedó en silencio, viendo que lo que ella creía que su padre pensaba de ella distaba mucho de la realidad.
—Y a pesar de que no te cambiaría por nada en el mundo, quiero respetar el cómo te sientes ahora mismo. Y ahora mismo, necesitas esto. Un cambio. Eso también funciona, ¿sabes? Si no se te da bien meditar o hablar contigo mismo, hacer un cambio físico, como un cambio de lugar donde vivir o donde realizar una actividad, puede surtir un efecto muy positivo. Es lo que me funciona a mí cuando me siento… un poquito triste a veces. Así que, adelante, Cleven, inténtalo, prueba esto nuevo, experimenta nuevas posibilidades. Yo te apoyaré.
El nudo en la garganta de Cleven se hizo más grande y ella no pudo contenerse. Lo abrazó con fuerza. Se le escapó un sollozo, pero enseguida procuró calmarse.
—Gracias, papá. Y aunque digas que todo es culpa tuya, no es verdad. Yo no pienso eso. Sé que para ti también todo es más difícil desde que mamá se fue. No volveré a preocuparte de esta manera, te lo prometo.
Neuval la apretó entre sus brazos aún más. Ojalá pudiera hablar más con ella, y contarle todo, toda la verdad. Pero temía que eso hiciera que recuperara la memoria de una antigua vida llena de peligros. Peligros reales.
—Ay… —agonizó Cleven, pues su padre la estaba estrujando demasiado.
—Cuídate mucho, te iré pasando la paga cada mes, no vuelvas tarde cuando salgas y haz los deberes, no traigas chicos a casa cuando veas la oportunidad y cuidado con los vecinos —le dijo del tirón, apretando más fuerte.
—¿Cuidado con los vecinos? ¡Ugh! Que me ahogags...
—Si tienes cualquier problema, iré enseguida —continuó.
—¿Y este ataque de pasión? ¡Aigh...!
—¡Ayyy...! —agonizó Neuval, meneándola de un lado a otro—. ¿Por qué has tenido que heredar estas manías de tener impulsivos caprichos para poner tu vida y la de otros patas arriba, ayyy...?
—¿¡Heredar de quién!? —se alarmó Cleven, porque sabía que por supuesto su madre no tenía esas manías de las que hablaba su padre y que él tampoco podía tenerlas.
—¡Espero que tengas la misma suerte que yo y te salgan bien...!
«Pero... ¿¡a este qué le pasa de repente!? ¡Nunca lo había visto de tan buen humor! ¡Se le ha ido la olla!» pensó Cleven.
—¡Oh! Es verdad... —se frenó Neuval, y la soltó por fin, recordando la conversación que tuvo con Alvion y su consejo de no excederse como un majara al manifestar todo su amor paternal—. Dosis moderadas.
—¿De qué hablas? —no entendió.
No salía de su asombro. Su padre hoy parecía otra persona. Pero no podía sentirse más aliviada y feliz por haber tenido con él, quizá, la conversación más necesaria y valiosa en años.
—¿Puedo pedirte una pequeña cosa a cambio? —dijo él.
—¿Eh? Sí, supongo…
—Por favor, no descuides tus estudios.
—Agh, papá… —rechistó—. ¿Por qué tienes que arruinar este momento?
—Porque te estoy dejando marchar.
—Pídeme cualquier otra cosa. Soy un caso perdido para eso, papá, nunca consigo aprenderme las cosas o memorizar lo suficiente. Nunca consigo concentrarme. Mis notas son malas porque soy tonta y no le puedo hacer nada.
—¡Ahahah…! —se rio con ganas.
Pero Cleven lo miró perpleja. Neuval se dio cuenta y dejó de reírse, y la miró con sorpresa.
—¿¡Lo dices en serio!? ¿¡Crees que eres tonta!? —preguntó incrédulo.
—¿No viene siendo obvio… tras años de pésimas calificaciones?
«¡Mierda!» pensó Neuval desconcertado, comprendiendo que sí, que ella creía eso en serio. «Todos estos años, y cree que su mala racha de estudios es… ¿porque cree que es tonta? ¡Menos mal que me entero ahora, estoy a tiempo de frenar algo tan intolerable!».
Neuval estaba indignado porque él sabía que ninguno de sus tres hijos tenía ni un solo pelo de tonto. Es decir, para él no había mayor disparate que una persona nacida de él y de Katya no tuviera una inteligencia sublime. Al parecer Cleven no sólo se veía como alguien imperfecta comparándose con sus hermanos respecto al buen comportamiento responsable, sino también respecto a la inteligencia. Vamos, ¡intolerable!, pensaba Neuval, pues ni muerto iba dejar que ella viviera con esa creencia tan errónea.
Pero… ¿qué diantres le iba a decir? Cleven no se acordaba. Le borró la memoria. Pero él lo tenía muy claro. Porque, puede que ya le pareciera aburridísimo que Lex se dedicara en su infancia a leer libros de Medicina y del cuerpo humano, y también puede que le pareciera incluso más aburridísimo que Cleven, ya de pequeña, devorara libros de Historia, Sociología, Culturas y Política. Pero el hecho de que sus hijos con 7 u 8 años se leyeran este tipo de libros de manera totalmente voluntaria por puro y genuino interés, le producía una inmensa admiración por ellos. Con Yenkis pasaba lo mismo, solo que Yenkis era el único de los tres que había heredado su mismo interés por la Física y la Tecnología. Por eso, Neuval descubrió hace muchos años que cada uno de sus tres hijos poseía un tipo concreto de inteligencia, totalmente diferentes entre sí, pero las más primordiales del mundo.
Pero claro… Cleven perdió los recuerdos del tipo de libros que solía leer de pequeña, especialmente cogidos de la biblioteca del Monte Zou, hace siete años cuando Neuval tuvo que borrarle la memoria. Con lo que él no contaba, era con que ella también perdería ese interés que formaba parte de ella, de su espíritu. Porque Cleven podría haber seguido teniendo interés en seguir leyendo ese tipo de libros a pesar del borrado de memoria, pero no lo hizo… por la misma razón por la que no sacaba buenas notas.
—Cleven… —puso una mano en su hombro, y ella lo miró—. De tonta no tienes nada. Tienes una inteligencia sublime igual que tus hermanos.
—¿Qué? Pero…
—Pero la depresión es la que te la ha apagado.
La joven abrió los ojos con sorpresa, dándose cuenta.
—Tus malas notas no se deben a que seas tonta, sino a la depresión que llevas cargando desde la muerte de mamá. Lo sé, porque es lo mismo que me ha pasado a mí. No he estado en mi mejor racha estos años. Y no porque no sea capaz, sino porque estaba esa… nube negra… espesa… envolviéndome…
Cleven estaba muda. Esa forma de su padre de describirlo, era justo como ella lo imaginaba y sentía también.
—Tienes inteligencia de sobra para ser la mejor estudiante de todas. Lo que te ha faltado… era la ilusión. Porque sin ilusión, la inteligencia no tiene cómo moverse. La ilusión es la gasolina que nos mueve. Eso es de lo que has estado careciendo hasta ahora y por eso tu cerebro no se concentra, no se interesa, no aprende, no crece… no vive… Por eso, estaba pensando que… quizá… este cambio de vida que vas a emprender pueda hacer desaparecer esa nube negra de tu alrededor… y hacerte recobrar algo de ilusión, la misma ilusión que tenías antes de morir mamá por crecer y aprender y superarte… y que pueda devolverte las ganas por mejorar tus estudios. Porque, Cleven… tienes capacidad de sobra para construirte un futuro increíble, cualquiera que desees. Y sería una pena que no aprovecharas este cambio de vida para darte una oportunidad y poner un poco de esfuerzo.
Ella no dijo nada. Seguía sin habla. No podía dejar de mirar a su padre con ojos absortos, y vidriosos. Porque no tenía ni idea de que él pensara todas esas cosas de ella. La verdad, no recordaba la última vez que alguien le dijo unas palabras tan bellas. «¿Qué está pasando?» se preguntaba una recóndita parte de ella. «¿Por qué papá parece tan diferente, por qué me resulta tan desconocido ahora mismo… pero al mismo tiempo me resulta más familiar y normal que nunca? Él es… ¿así? ¿Siempre lo ha sido?».
—Te lo prometo —le salieron estas palabras casi sin darse cuenta, pero su tono sonó determinante y seguro—. Lo haré. Me esforzaré más.
Neuval sonrió radiante y volvió a abrazarla. Ella también sonrió. La verdad es que Cleven se sentía diferente ahora mismo. Como si algo dentro de ella acabara de crecer y de hacerse más fuerte.
—Te voy a echar de menos —dijo él—. Ven por aquí de vez en cuando a visitarnos, ¿vale?
—Claro.
—¿Te vas ya?
—Sí, he de acabar de instalarme cuanto antes.
—Bueno, de todas formas, te veo pasado mañana.
—¿Eh?
—En la reunión de padres del instituto, de la que se supone que debías haberme informado y al final me he enterado a través de tu tutor.
—¡Ahí va! ¡Es verdad, que me dio una circular! Se me olvidó dártela. ¿Vas a ir tú entonces?
—Sí, iré. Y supongo que tu tío también irá, ya que ahora él ha asumido la responsabilidad de encargarse de ti.
—¿Vais a ir los dos? —se alarmó.
—Sí, los dos, ha de ser así. Yo, como tu padre, debo enterarme de todos tus asuntos de estudios, y Brey también tendrá que informarse de tu progreso y de los asuntos que surjan en tu instituto, porque ahora estás a su cargo.
—Uy... —titubeó, sin fiarse ni un pelo—. ¿Los dos juntos en una misma habitación? ¿No se supone que os lleváis mal?
—Cleven, somos mayorcitos, sabremos comportarnos —aseguró.
Cleven abrió la puerta de su antigua casa lentamente, mirando hacia el interior. Cerró y se guardó las llaves. Oyó la tele encendida en el salón y se dirigió allí con discreción. Vio a su hermano discutiendo con la videoconsola mientras pegaba botes en el sofá y hacía movimientos raros con el mando, como si girándose él mismo hacia la derecha consiguiera que el coche de carreras se girase también. Cleven entornó los ojos con malicia. Se acercó en silencio por detrás del sofá y se abalanzó contra su hermano.
—¡Uah! —exclamó la joven, tapándole los ojos con las manos.
—¡Eeeh! —saltó Yenkis, dando un bote del susto—. ¡No, no, tengo que acabar la carrera! ¡No! ¡Ahora tiene que haber una curva a la derecha, y ahora un puente!
Cleven se quedó asombrada, pues Yenkis siguió corriendo con el cochecito a pesar de no ver nada, hasta que llegó a la meta en primer puesto. Cleven le destapó los ojos. Yenkis dejó el mando y se volvió hacia ella, sonriente.
—Me sé la pantalla de memoria, sólo hay que tener destreza calculando el tiempo —le explicó.
—En serio, a veces me asustas.
—¡Yay! —exclamó el niño de pronto, echándose a sus brazos—. ¡Te he echado de menos! ¡Ahora sólo puedo hacer rabiar al cactus feo del jardín! ¡Pero no contesta!
Cleven lo estrujó entre sus brazos, riéndose.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Cuéntame qué tal! —se impacientó el niño.
—Ya he encontrado al tío, Yen, ya estoy viviendo con él.
—¿En serio? ¿¡Y cómo es!? ¿Es majo? ¿Es alto? ¿Es listo? ¿Es feo?
—Es joven, guapo, borde y cariñoso, y estudia Medicina.
—¿Eh? —se extrañó, viendo que no es como él pensaba—. ¿Cómo puedes juntar la palabra “borde” con “cariñoso” sin son opuestas?
—Es complicado —sonrió.
—¿Y has dicho joven? ¿Qué edad tiene?
—20.
Yenkis frunció el ceño, y se la quedó mirando así un rato.
—¿Nuestro tío… es más pequeño que Lex?
—Lo sé, es un poco raro, pero así es. Sin embargo, estoy genial con él, es fantástico.
Yenkis esbozó una sonrisa, contento por aquella noticia.
—¡Cleven! —apareció Hana de repente en la puerta del salón, con el móvil pegado a la oreja, el cual colgó enseguida cortando la conversación con un compañero de trabajo.
Cleven se volvió hacia ella con cara de pocos amigos.
—Te he dicho que para ti soy Cleventine...
Inesperadamente se quedó sin habla, al verse rodeada entre los brazos de la mujer.
—Menos mal que estás bien... —agonizó Hana—. ¿Dónde te habías metido? ¡Nos has tenido muy preocupados!
Cleven no pudo parpadear de la sorpresa. Jamás había visto a Hana así con ella, nunca la había abrazado antes. Bueno, a decir verdad, quizá sí que lo había intentado algunas veces, en el pasado, pero como Cleven siempre la rehuyó… dejó de intentarlo. Parecía sentirse tremendamente aliviada de verla sana y salva, y Cleven se preguntó si realmente ella se había preocupado tanto.
Cleven ignoraba muchas cosas sobre Hana. Y adrede, por su apatía hacia ella. Por eso, no se imaginaba que Hana sabía lo que era perder a un hijo y culparse a sí misma de ello, algo que sólo le había contado a Neuval. Y aunque Cleven no fuera su hija, no se habría perdonado que le hubiera pasado algo. Cuando la soltó, la mujer la observó detenidamente con una leve sonrisa. Cleven seguía sorprendida, no obstante, Hana borró su sonrisa y le clavó la mirada.
—¡Estás como una cabra! —le reprochó—. ¿¡Cómo se te ocurre irte así de casa!? ¡Ni siquiera has dejado una nota diciendo que te ibas, o… o algún mensaje diciendo simplemente “estoy enfadada con vosotros, pero estoy bien”! ¡Al principio creímos que te habían secuestrado o algo!
—Ah... —musitó—. Lo siento, Hana.
—Ay, ya es igual —suspiró—. Estás bien. Y si estás aquí, es porque sabes que estábamos preocupados por ti. Porque lo estábamos, Cleven, y mucho. Tenemos peleas, lo sé… pero… pero las familias tienen peleas, es lo normal, a veces es difícil convivir con personas que… piensan o ven las cosas de modo diferente… pero eso no significa que se odien o… Sé que hay muchas cosas que te molestan, pero…
Hana no sabía cómo terminar lo que estaba diciendo. Sin embargo, de algún modo Cleven estaba entendiendo perfectamente lo que ella estaba intentando decirle. Siempre había creído que Hana mantenía las distancias con ella porque no la soportaba igual que ella no la soportaba a ella, que ambas se toleraban a regañadientes la una la otra. Pero empezó a darse cuenta de que Hana en verdad siempre había intentado acercarse a ella, buscando maneras, pero Cleven nunca se lo puso fácil. O sea que Hana siempre mantuvo las distancias, en realidad, porque le daba miedo enfadar a Cleven, molestarla o agobiarla, y que la odiara.
Hana miraba al suelo, todavía sin saber qué decir. Entonces, Cleven también agachó la mirada, algo sorprendida, y contrariada consigo misma, por estar descubriendo ahora una verdad sobre Hana que en tres años había estado siempre ahí y nunca supo ver. ¿Y si marcharse de casa y conocer a su tío y a nuevas personas le había abierto más la mente?
—Ehm… Dime, ¿cómo te va con ese tío tuyo? —dijo Hana de repente, sonriendo—. ¿Es bueno contigo?
—Ah… Sí, es… es muy bueno, la verdad, y estoy muy bien con él. ¿Pero cómo...? ¿O sea que papá te lo ha contado? ¿Dónde está él?
—En un viaje de negocios, me ha dicho, desde el viernes. Creo que viene hoy, pero no sé a qué hora...
Justo en ese instante, los tres oyeron el ruido de la puerta de la entrada abrirse y después el de unas llaves cayendo sobre una mesita. Yenkis reaccionó el primero, saltando desde el sofá y corrió como una bala hacia el vestíbulo.
—Mon vieeeux! —vociferó, saltando a los brazos de Neuval, el cual casi se cae al suelo—. Comment ça va!? (= ¡Viejooo! ¿¡Cómo te ha ido!?)
—Allez, allez, gamin… —se rio Neuval. (= Vamos, vamos, chaval…)
—Où as été? M’as apporté quelque chose? (= ¿Dónde has estado? ¿Me has traído algo?)
Neuval rebuscó por el bolsillo lateral de su cartera y sacó una enorme chocolatina de 1 kilo. Se la dio a Yenkis.
—Tiens, à l’aéroport les choses sont deux fois plus grandes… et dix fois plus chères. (= Toma, en el aeropuerto las cosas son el doble de grandes... y diez veces más caras.)
Yenkis soltó una exclamación con lágrimas golosas en los ojos, cogiendo la enorme chocolatina y corriendo al salón para estrenarla justo cuando Hana entraba al vestíbulo.
—Hey, ¿cómo ha ido? —lo saludó Hana, abrazándolo y dándole un beso.
—Bien, todo muy bien —aseguró Neuval con aire animado—. ¿Y tú qué tal con los artículos?
—Ya están acabados. Oye, ha venido...
No hizo falta que lo dijera, pues Cleven se hizo ver en la puerta del salón. Neuval la miró con sorpresa, y Cleven movió la cabeza con timidez, sin saber qué decir.
—Cleven, que fais-tu ici? —preguntó entonces su padre. (= Cleven, ¿qué haces aquí?)
—Eh… mm… Sólo he venido a recoger unas cosas —contestó, y se fue rápidamente a subir las escaleras hacia su cuarto.
Hana cruzó una mirada con Neuval, diciéndole sin palabras que ahora sería un buen momento para hablar con ella a solas, pues era una tarea pendiente. Neuval también lo pensó, así que subió las escaleras también, mientras Hana se quedaba con Yenkis en el salón acompañándolo en sus videojuegos.
Cleven entró en su habitación y abrió su mochila sobre la cama para ir guardando cosas, en silencio. Ni ella sabía por qué se comportaba así de distante o huidiza, había venido todo el camino pensando en que iba a hablar con su padre de lo ocurrido, y preparándose lo que quería decir. Pero siempre era difícil iniciar una conversación de reconciliación cuando a uno le pesaba el sentimiento de culpa o arrepentimiento.
Neuval llegó hasta la puerta y se quedó ahí parado. Se cruzó de brazos, apoyándose en el marco. Observó un momento la habitación y luego a ella. Parecía que él tampoco sabía qué decir, o se estaba mentalizando de que esa habitación iba a quedar vacía a partir de ahora. Ya fue difícil acostumbrarse a la habitación vacía de Lex. Pero, al menos, Lex se marchó a los 18 años, una edad en la que era normal marcharse e independizarse. Aun así, nunca era fácil dejar marchar a los hijos. Neuval ahora comprendía a su madre, pues esta se echó a llorar como una magdalena cuando Sai y él se marcharon a vivir con sus respectivas prometidas.
Cleven sabía que él estaba ahí, tras ella. Sin embargo, se hizo un poco la tonta. Guardó su despertador-pato y unos libros, pero, a los pocos segundos, ya no pudo más y se giró hacia él. Esperaba verlo con una de sus miradas severas y enfadadas, pero le sorprendió encontrarlo con una cara la mar de triste, la cual él trató de disimular enseguida.
—¿Estás… bien? —preguntó Neuval finalmente, con naturalidad—. ¿Ya te has instalado… en su casa y esas cosas?
—Sí, sí… —contestó, con la misma naturalidad—. Estoy bien allí. Ehm… —desvió la mirada y cerró los ojos, sin poder contenerse más—. Mira, papá, ¡lo siento! De verdad, yo... —resopló, intentando encontrar palabras—. Yo sólo quería... Es que estaba cansada de estar aquí, y no era como las otras veces que me enfadaba… esta vez sentía que me iba a explotar algo… no sé por qué, o no sé el qué, pero… N-… No podía aguantar más, y no sé si realmente era porque estaba harta de ti, o harta de Hana, o harta de las paredes de esta casa donde la voz de mamá ya no suena…
Neuval cerró los ojos un momento, conteniendo el dolor de esa frase.
—… O harta de que todos los días de la semana fueran absolutamente idénticos, o… o cansada de que siempre me estuvieras juzgando, y vigilándome, y espantando a mis novios…
—A tus acosadores, que es distinto.
—¿Sí? ¡Claro, por supuesto! —dijo con sarcasmo—. Lex también ha tenido novias que eran acosadoras y seguro que a él no se las espantabas.
—¿Bromeas? —casi rio—. A tu hermano he tenido que protegerlo del doble de acosadoras que a ti, porque en este campo tu hermano ha sido sorprendentemente más ingenuo que tú y un blanco perfecto para las locas.
—¿En serio? —se sorprendió Cleven—. Espera, ¿me estás diciendo… que a pesar de los idiotas con los que he salido, yo he sido más prudente que Lex a la hora de elegir pareja?
—M, hm —asintió tranquilamente.
—Ah… guau… —a Cleven le costó asimilar eso, pero rápidamente sacudió la cabeza e insistió en su defensa—. Bueno, pero hay algo que no hacías con Lex y Yenkis, y es que estabas siempre regañándome por nada...
—¿Faltar a clase no es nada? —replicó él.
—Venga, papá, no me digas que tú nunca has faltado algún día a clase, y no por un resfriado, sino por puro hartazgo o estrés, y a escondidas. Vamos, dímelo… ¿tú nunca lo has hecho? Puedes contarme algo sobre ti por una vez.
Neuval se sorprendió por esa última frase. Miró al suelo un momento, incómodo, viendo que realmente no recordaba la última vez que le contó a Cleven algo de sí mismo, algo sincero o personal.
—A ver, yo… —trató de explicarse Neuval, gesticulando con las manos—… puede que sí haya faltado a clase… muchos días… durante toda mi etapa en el instituto…
—Ah… —Cleven se quedó un poco de piedra—. ¿Muchos días?
—… y quizá es cierto que lo hacía por el mismo motivo que tú, el hartazgo, pero… el motivo de mi hartazgo era un poco diferente.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, es que… ir a un instituto donde imparten materias y conocimientos que para mí son… soberanamente… insufriiiiblemente… fáciles de aprender…
—Ogh… —protestó Cleven—. No me lo digas. Como eres superdotado, te aburrías a muerte en el instituto y faltabas a clase porque para ti era como ir al parvulario, donde todos tus compañeros y todos tus profesores eran más tontos que tú.
—Básicamente —asintió sin tapujos.
—Guau… —Cleven se mosqueó por su descaro—. ¿Y te cabrea que yo falte a clase un par de días?
—Cleven, cuando yo faltaba a clase, era porque me iba a la biblioteca a leer libros de mi nivel, o me colaba en universidades para oír seminarios de temas más avanzados, o me metía en mi laboratorio privado improvisado que yo mismo construí en un trastero de alquiler para hacer experimentos de física cuántica y de materia oscura totalmente ilegales…
—Espera, ¿QUÉ?
—… de modo que yo aprovechaba ese tiempo para estudiar y aprender igualmente.
—Oh, ¿y por eso ya eres mejor que yo? —se ofendió ella—. Si yo falto clase simplemente para dar un paseo o sentarme en un banco para intentar tranquilizar mi furia, o mi tristeza, o mi sensación de vacío existencial, y no voy a una biblioteca o a un laboratorio a hacer cosas didácticas, ¿es que yo hago mal y tú haces bien?
—Cleven…
—Creía que por una vez ibas a confesarme que una vez hiciste algo mal, y que no eres tan perfecto como siempre me muestras. Que por una vez pudiera tener algo en común contigo. No paro de ver lo perfectos que son Lex y Yenkis, justo como tú, tus dos orgullos. Pero, una vez más, me cuentas que aunque hacías una cosa mal, era para demostrar aún más lo perfecto que eres.
—Pe… No… —se sorprendió Neuval al oírla decir eso, y se adentró en la habitación, acercándose a ella—. Cleven, eso no es…
—Yo no puedo ser como Lex y como Yenkis, papá… —insistió ella, con ojos húmedos pero tono firme—. Sé que hago cosas mal… Pero es porque… porque… —intentó encontrar las palabras—… porque a veces siento que no sé quién soy… qué es lo que quiero… quién quiero ser…
Neuval se quedó perplejo ante aquella declaración. Porque si era así cómo Cleven se sentía o por qué hacía lo que hacía, nadie podía entenderla mejor que él. Porque él vivió exactamente lo mismo. Y no ahora, con el tema de su exilio y su regreso, sino de antes, mucho antes. De hecho, Neuval llevaba sintiéndose así desde el día en que nació.
Y le dolía escuchar a Cleven lamentándose de no ser tan perfecta como él. Ella no lo sabía, no tenía ni idea, su memoria estaba borrada… Pero sin duda alguna, si había alguien que se sintiera más perdido y con más defectos que ella, ese era su padre.
—Y eso a veces me hace sentirme confundida, o enfadada, sin un motivo especial, y yo no sé… no entiendo…
Cleven se quedó muda cuando su padre de repente la abrazó con fuerza. Fue inesperado. Pero él no podía seguir aguantando, escuchándola decir esas cosas, porque la culpa de todo eso era de él.
—Tranquila —murmuró Neuval—. No pasa nada. Lo que sientes es normal, pero no por ello es irrelevante.
Se separó un poco de ella para mirarla a los ojos, y ella lo miraba a él con sus ojos húmedos asombrados.
—Cómo te sientes es importante para mí, Cleven. Y por eso… yo también te debo unas disculpas. Por no saber verlo o no darme cuenta antes. Lo siento.
La joven seguía muda, no salía de su sorpresa, pero, por alguna razón, sintió un extraño alivio.
—En realidad he venido a tu habitación para pedirte disculpas, no para que me las pidas tú a mí. Yo tengo la culpa de todo esto, Cleven, lo sé. Te he rodeado de mucha presión. Y al parecer te he hecho creer que mis expectativas sobre ti era que fueras la hija perfecta. Hah… —sonrió—. No existe el hijo perfecto, Cleven, pero tampoco el padre perfecto. Créeme, yo… en realidad he hecho muchas cosas mal, sobre todo a tu edad… muchos errores… incluso peores que los tuyos…
—¿Sí?
—Pero… aún no estoy preparado para hablarte de esa parte de mí y de mi vida. Créeme, Cleven, tengo contigo muchas más cosas en común de las que crees. De hecho, más que con Lex o con Yenkis.
—Imposible… —frunció el ceño.
—Te prometo que sí. Y te aseguro que, por mucho que yo destacase en la inteligencia… tú eres mucho mejor de lo que yo era a tu edad.
—¿Mejor en qué?
—En las otras cosas que son importantes para la vida. En cómo tratar a la gente, y sobre todo, en cómo tratarte a ti misma. Tienes mucha más fuerza interior que yo. Aunque te sientas confundida y perdida, y no sepas bien quién eres o quién quieres ser ahora mismo, siempre he visto que tienes las agallas suficientes para intentar averiguarlo. A lo largo de tu vida te he visto hacer intentos, probar cosas, y si no te funcionaba con una cosa, probabas otra diferente. Buscas gente, hablas con la gente, o también te quedas en silencio y hablas contigo misma, algo… que yo nunca me he atrevido a hacer.
—¿Hablar contigo mismo? No entiendo… —agarró su mano, llena de curiosidad—. A veces conversar interiormente contigo mismo es más efectivo que hablar con otra persona, papá, se llama meditación y es muy necesario. ¿Por qué te daría miedo pararte a hablar contigo mismo cuando te sientes mal?
—Porque… no estoy seguro de saber de quién es la voz que me responde.
Cleven no entendió aquella respuesta, pero la dejó algo preocupada. No se imaginaba que su padre de verdad tuviera problemas de ese tipo. Problemas consigo mismo, con su identidad. Neuval, por su parte, procuró no ahondar más en ese tema. No quería contarle a Cleven que lo que él había solido hacer cuando se sentía confundido y triste era recurrir a las drogas, al alcohol y a las peleas. Él nunca había tenido agallas para probar cosas diferentes para sentirse mejor, o para mirarse al espejo y hablar interiormente consigo mismo. Siempre había sentido odio por sí mismo. Él creía que era porque era un desastre, problemático y lleno de defectos, pero en realidad era porque, incluso a sus 45 años, aún sentía que él era algo diferente. No un humano, ni tampoco un iris. Y no lograba averiguar por qué tenía esta sensación de identidad incompleta. No quería que Cleven se sintiera como él. Era horrible.
De repente, Neuval esbozó una sonrisa tranquila hacia ella. Acarició su mejilla.
—Aunque de vez en cuando me mates a disgustos, Cleven… no te cambiaría por ninguna otra hija en el mundo.
A ella se le formó un nudo en la garganta. Esas palabras le hicieron sentir ganas de llorar, pero se contuvo. En lugar de eso, se sonrojó y se quedó en silencio, viendo que lo que ella creía que su padre pensaba de ella distaba mucho de la realidad.
—Y a pesar de que no te cambiaría por nada en el mundo, quiero respetar el cómo te sientes ahora mismo. Y ahora mismo, necesitas esto. Un cambio. Eso también funciona, ¿sabes? Si no se te da bien meditar o hablar contigo mismo, hacer un cambio físico, como un cambio de lugar donde vivir o donde realizar una actividad, puede surtir un efecto muy positivo. Es lo que me funciona a mí cuando me siento… un poquito triste a veces. Así que, adelante, Cleven, inténtalo, prueba esto nuevo, experimenta nuevas posibilidades. Yo te apoyaré.
El nudo en la garganta de Cleven se hizo más grande y ella no pudo contenerse. Lo abrazó con fuerza. Se le escapó un sollozo, pero enseguida procuró calmarse.
—Gracias, papá. Y aunque digas que todo es culpa tuya, no es verdad. Yo no pienso eso. Sé que para ti también todo es más difícil desde que mamá se fue. No volveré a preocuparte de esta manera, te lo prometo.
Neuval la apretó entre sus brazos aún más. Ojalá pudiera hablar más con ella, y contarle todo, toda la verdad. Pero temía que eso hiciera que recuperara la memoria de una antigua vida llena de peligros. Peligros reales.
—Ay… —agonizó Cleven, pues su padre la estaba estrujando demasiado.
—Cuídate mucho, te iré pasando la paga cada mes, no vuelvas tarde cuando salgas y haz los deberes, no traigas chicos a casa cuando veas la oportunidad y cuidado con los vecinos —le dijo del tirón, apretando más fuerte.
—¿Cuidado con los vecinos? ¡Ugh! Que me ahogags...
—Si tienes cualquier problema, iré enseguida —continuó.
—¿Y este ataque de pasión? ¡Aigh...!
—¡Ayyy...! —agonizó Neuval, meneándola de un lado a otro—. ¿Por qué has tenido que heredar estas manías de tener impulsivos caprichos para poner tu vida y la de otros patas arriba, ayyy...?
—¿¡Heredar de quién!? —se alarmó Cleven, porque sabía que por supuesto su madre no tenía esas manías de las que hablaba su padre y que él tampoco podía tenerlas.
—¡Espero que tengas la misma suerte que yo y te salgan bien...!
«Pero... ¿¡a este qué le pasa de repente!? ¡Nunca lo había visto de tan buen humor! ¡Se le ha ido la olla!» pensó Cleven.
—¡Oh! Es verdad... —se frenó Neuval, y la soltó por fin, recordando la conversación que tuvo con Alvion y su consejo de no excederse como un majara al manifestar todo su amor paternal—. Dosis moderadas.
—¿De qué hablas? —no entendió.
No salía de su asombro. Su padre hoy parecía otra persona. Pero no podía sentirse más aliviada y feliz por haber tenido con él, quizá, la conversación más necesaria y valiosa en años.
—¿Puedo pedirte una pequeña cosa a cambio? —dijo él.
—¿Eh? Sí, supongo…
—Por favor, no descuides tus estudios.
—Agh, papá… —rechistó—. ¿Por qué tienes que arruinar este momento?
—Porque te estoy dejando marchar.
—Pídeme cualquier otra cosa. Soy un caso perdido para eso, papá, nunca consigo aprenderme las cosas o memorizar lo suficiente. Nunca consigo concentrarme. Mis notas son malas porque soy tonta y no le puedo hacer nada.
—¡Ahahah…! —se rio con ganas.
Pero Cleven lo miró perpleja. Neuval se dio cuenta y dejó de reírse, y la miró con sorpresa.
—¿¡Lo dices en serio!? ¿¡Crees que eres tonta!? —preguntó incrédulo.
—¿No viene siendo obvio… tras años de pésimas calificaciones?
«¡Mierda!» pensó Neuval desconcertado, comprendiendo que sí, que ella creía eso en serio. «Todos estos años, y cree que su mala racha de estudios es… ¿porque cree que es tonta? ¡Menos mal que me entero ahora, estoy a tiempo de frenar algo tan intolerable!».
Neuval estaba indignado porque él sabía que ninguno de sus tres hijos tenía ni un solo pelo de tonto. Es decir, para él no había mayor disparate que una persona nacida de él y de Katya no tuviera una inteligencia sublime. Al parecer Cleven no sólo se veía como alguien imperfecta comparándose con sus hermanos respecto al buen comportamiento responsable, sino también respecto a la inteligencia. Vamos, ¡intolerable!, pensaba Neuval, pues ni muerto iba dejar que ella viviera con esa creencia tan errónea.
Pero… ¿qué diantres le iba a decir? Cleven no se acordaba. Le borró la memoria. Pero él lo tenía muy claro. Porque, puede que ya le pareciera aburridísimo que Lex se dedicara en su infancia a leer libros de Medicina y del cuerpo humano, y también puede que le pareciera incluso más aburridísimo que Cleven, ya de pequeña, devorara libros de Historia, Sociología, Culturas y Política. Pero el hecho de que sus hijos con 7 u 8 años se leyeran este tipo de libros de manera totalmente voluntaria por puro y genuino interés, le producía una inmensa admiración por ellos. Con Yenkis pasaba lo mismo, solo que Yenkis era el único de los tres que había heredado su mismo interés por la Física y la Tecnología. Por eso, Neuval descubrió hace muchos años que cada uno de sus tres hijos poseía un tipo concreto de inteligencia, totalmente diferentes entre sí, pero las más primordiales del mundo.
Pero claro… Cleven perdió los recuerdos del tipo de libros que solía leer de pequeña, especialmente cogidos de la biblioteca del Monte Zou, hace siete años cuando Neuval tuvo que borrarle la memoria. Con lo que él no contaba, era con que ella también perdería ese interés que formaba parte de ella, de su espíritu. Porque Cleven podría haber seguido teniendo interés en seguir leyendo ese tipo de libros a pesar del borrado de memoria, pero no lo hizo… por la misma razón por la que no sacaba buenas notas.
—Cleven… —puso una mano en su hombro, y ella lo miró—. De tonta no tienes nada. Tienes una inteligencia sublime igual que tus hermanos.
—¿Qué? Pero…
—Pero la depresión es la que te la ha apagado.
La joven abrió los ojos con sorpresa, dándose cuenta.
—Tus malas notas no se deben a que seas tonta, sino a la depresión que llevas cargando desde la muerte de mamá. Lo sé, porque es lo mismo que me ha pasado a mí. No he estado en mi mejor racha estos años. Y no porque no sea capaz, sino porque estaba esa… nube negra… espesa… envolviéndome…
Cleven estaba muda. Esa forma de su padre de describirlo, era justo como ella lo imaginaba y sentía también.
—Tienes inteligencia de sobra para ser la mejor estudiante de todas. Lo que te ha faltado… era la ilusión. Porque sin ilusión, la inteligencia no tiene cómo moverse. La ilusión es la gasolina que nos mueve. Eso es de lo que has estado careciendo hasta ahora y por eso tu cerebro no se concentra, no se interesa, no aprende, no crece… no vive… Por eso, estaba pensando que… quizá… este cambio de vida que vas a emprender pueda hacer desaparecer esa nube negra de tu alrededor… y hacerte recobrar algo de ilusión, la misma ilusión que tenías antes de morir mamá por crecer y aprender y superarte… y que pueda devolverte las ganas por mejorar tus estudios. Porque, Cleven… tienes capacidad de sobra para construirte un futuro increíble, cualquiera que desees. Y sería una pena que no aprovecharas este cambio de vida para darte una oportunidad y poner un poco de esfuerzo.
Ella no dijo nada. Seguía sin habla. No podía dejar de mirar a su padre con ojos absortos, y vidriosos. Porque no tenía ni idea de que él pensara todas esas cosas de ella. La verdad, no recordaba la última vez que alguien le dijo unas palabras tan bellas. «¿Qué está pasando?» se preguntaba una recóndita parte de ella. «¿Por qué papá parece tan diferente, por qué me resulta tan desconocido ahora mismo… pero al mismo tiempo me resulta más familiar y normal que nunca? Él es… ¿así? ¿Siempre lo ha sido?».
—Te lo prometo —le salieron estas palabras casi sin darse cuenta, pero su tono sonó determinante y seguro—. Lo haré. Me esforzaré más.
Neuval sonrió radiante y volvió a abrazarla. Ella también sonrió. La verdad es que Cleven se sentía diferente ahora mismo. Como si algo dentro de ella acabara de crecer y de hacerse más fuerte.
—Te voy a echar de menos —dijo él—. Ven por aquí de vez en cuando a visitarnos, ¿vale?
—Claro.
—¿Te vas ya?
—Sí, he de acabar de instalarme cuanto antes.
—Bueno, de todas formas, te veo pasado mañana.
—¿Eh?
—En la reunión de padres del instituto, de la que se supone que debías haberme informado y al final me he enterado a través de tu tutor.
—¡Ahí va! ¡Es verdad, que me dio una circular! Se me olvidó dártela. ¿Vas a ir tú entonces?
—Sí, iré. Y supongo que tu tío también irá, ya que ahora él ha asumido la responsabilidad de encargarse de ti.
—¿Vais a ir los dos? —se alarmó.
—Sí, los dos, ha de ser así. Yo, como tu padre, debo enterarme de todos tus asuntos de estudios, y Brey también tendrá que informarse de tu progreso y de los asuntos que surjan en tu instituto, porque ahora estás a su cargo.
—Uy... —titubeó, sin fiarse ni un pelo—. ¿Los dos juntos en una misma habitación? ¿No se supone que os lleváis mal?
—Cleven, somos mayorcitos, sabremos comportarnos —aseguró.
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