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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









101.
Primos Saehara

Tras un rato apacible, los mellizos ya habían cumplido su promesa y se habían comido toda la cena sin rechistar, y se habían ido a tomar el pastelito de postre en una mesita de la zona de dulces. Sin embargo, en un determinado momento, Clover cometió el error de pasearse un rato, caminando demasiado cerca de la mesa de las gals.

—¡Qué híper mega monada de niñaaa! —se oyó gritar a las gals de la mesa del fondo.

Los seis iris de la KRS giraron la cabeza al oírlas, y vieron que habían atrapado cautiva a Clover, una agarrándola de los mofletes, otra acariciando su pelo con admiración, otra achuchándola como si fuese un peluche...

—Pobre ojitos verdes —se rio Drasik, ahí con Kyo y Nakuru en los taburetes de la barra y Sam al otro lado—. Aunque me gustaría estar en su lugar.

Yako negó con la cabeza y Raijin volvió a lo suyo tranquilamente, bebiendo otro trago de su cerveza.

—Mira, ahora es cuando Daisuke va a salvarla —le susurró Nakuru a Kyo, divertida.

En efecto, vieron que Daisuke, al ver a su hermana rodeada de pulpos, saltó de su asiento, dejando su pastelito a un lado, y corrió hacia ellas con cara de malas pulgas.

—¡Hey! ¡Dejad en paz a mi hermana, arpías! ¡No le pongáis un dedo enci-...!

El pobre Daisuke cayó también en las garras de las gals, antes de que pudiera terminar la frase. Lo agarraron como si fuese otro peluche, soltando más grititos.

—¡Dios mío, son mellizos! ¡Qué cositas! ¡Aaaah! ¡Me los voy a comeeer!

—Raijin, que se los comen... —se apuró Yako, dándole toquecitos en el brazo.

—Déjalos. Les encanta ser el centro de atención —se encogió de hombros, terminándose su cerveza—. Oye, por cierto. Eso de atiborrarlos de dulces se tiene que acabar. Han engordado algo más de lo debido en una semana, ¿tienes algo que decir?

—Hehehe... —se rio con inocencia—. Bueno, puede que Kain y yo les hayamos dado un poco más de pasteles de lo normal... ¡No me mires así! —se asustó Yako ante los ojos de su amigo clavados en su alma—. Tu madre era igual de golosa y tragona, y estaba perfectamente.

—Mi madre era una iris —le recordó Raijin.

—Katya heredó de ella el mismo estómago y era humana, y también estaba fenomenal —insistió Yako.

—En serio, ¿qué coño es esto, un gen hereditario? No sólo he visto a mi hermana y a mis hijos comer kilos de comida basura y seguir tan frescos y sanos, ¡he visto incluso a Cleven comer la mitad de su peso en takoyaki y bollos en una tarde!

—Guau… pues tiene que ser verdad que es hereditario —se rio Yako—. No es por nada, pero Cleven también resulta ser tan divertida como tu madre.

—No. Mi madre era divertida porque le gustaba contar chistes picantes y festejar todo el rato. Cleven, directamente, está como una auténtica regadera, con esos caprichos impulsivos y esas fantasías raras que se monta en su cabeza, y es muy obvio de quién ha heredado eso.

—Hah… cómo añoro a Neuval y su locura siniestra… —lamentó Yako con un suspiro melancólico—. ¿Qué estará haciendo mi abuelo con él? Espero que esté bien…

—No nos desviemos del tema principal, Zou —le advirtió Raijin, apuntando a su amigo con un dedo acusador—. No me cebéis a los niños, no os lo volveré a repetir.

—Están creciendo —se defendió Yako una vez más, yéndose a llevar la cuenta a una mesa, o más bien escaqueándose.


Cleven ya había llegado a Shibuya. Había pasado por la casa de su tío a dejar sus cosas y, tras encontrarse la casa vacía, decidió irse a la cafetería de Yako, donde sabía que estaría su tío. A medio camino, se encontró con Eliam, el argentino tan simpático que conoció el otro día y que era el hermano mayor de Drasik, y después de saludarse con sorpresa y descubrir que iban hacia el mismo sitio, ambos se encontraban caminando juntos hacia la cafetería. Estuvieron, mientras tanto, charlando animadamente, y cuando Cleven le contó que Raijin era su tío, Eliam se quedó perplejo.

—¿Lo decís en serio? Menuda sorpresa, no me acordaba de que Brey tenía una sobrina... ¿Y decís que estás viviendo con él?

—Sí —sonrió.

—Heh, así que seremos vecinos —sonrió a su vez.

Cleven se mostró muy alegre, ahora que ya había hablado con su padre y todo estaba completamente aclarado y solucionando, se sentía más que bien. Tan feliz iba, que no cayó en la cuenta en ese momento de que ser vecina de Eliam también implicaba ser vecina de su hermano con pelos de loco.

Mientras tanto, en la cafetería se estaba montando un pequeño jaleo. Al parecer, había tres niños deambulando por el local jugando al pilla-pilla, y uno de ellos había visto el pastel que Daisuke había dejado a medio acabar en una mesa, y había ido a por él por todo el morro. Los otros dos le siguieron y se lo estaban zampando. Clover fue quien los vio, y no le pareció nada bien, por lo que se escapó de entre los tentáculos de las gals y fue corriendo a por los niños.

—¡Hey, ese pastel no es vuestro! —les dijo enfadada.

Los tres niños, sentados en la mesa, la miraron en silencio y de repente empezaron a reírse a carcajadas.

—¡Qué miedo! —se mofaron—. ¡Quien lo haya dejado aquí es un caraculo, ahora es nuestro!

—¡No! ¡Es de mi hermanito! ¡Se ganó ese pastelito con esfuerzo, se comió todas las verduras!

—¡Jajaja! —rio el que parecía el cabecilla—. ¡Vete, enana!

—¡No! —replicó Clover, cogiendo el plato del pastel—. ¡Es de mi hermano, no os lo comáis!

—¿¡Pero qué más te da, niñata!? —saltó de la silla el cabecilla, acercándose a ella con cara agresiva—. ¡Devuélvenoslo!

—¡No!

Llegó un momento en que los tres se fueron a por ella a quitarle el plato, pero Clover forcejeó con todas sus fuerzas. Sin embargo, esos chicos la superaban en tamaño y número, y finalmente el plato se cayó al suelo y el pastel se echó a perder. Clover lo miró con cara de sorpresa, el pastel que su hermano se estaba comiendo con tanta felicidad y había dejado de lado para salvarla de las gals. Alzó la mirada hacia los tres chicos. Ahí fue cuando la cara angelical de Clover se transformó en el rostro escalofriante de la bruja que era, y se abalanzó sobre ellos.

—¡Cabrones! —exclamó la niña, dándoles tal empujón que los tiró al suelo a los tres. Ese insulto lo había aprendido de su padre, evidentemente.

La gente más cercana a ellos se sobresaltó y todos los miraron con gran sorpresa, preguntándose qué pasaba. Los tres niños mayores se pusieron en pie como el rayo, echando chispas y sintiéndose humillados por haber sido atacados por una niña más pequeña que ellos, y el cabecilla le devolvió el empujón.

—¡Niñata!

Ahí fue cuando Daisuke los vio, asomándose entre las gals que lo rodeaban. Vio a su hermana tirada en el suelo, frotándose el trasero por el golpe, y a los tres niños a su alrededor con más intenciones violentas. Daisuke ya se volvió loco, se deshizo de las gals bruscamente y corrió como una bala a por los tres abusones, arreándole tal puñetazo al cabecilla que tuvo que ser sujetado por los otros dos.

—¡No toquéis a mi hermana! —les amenazó.

—¡Maldito niño! ¡Te vas a enterar!

Se inició tal pelea entre los niños, que los padres de los más mayores, sentados en una mesa un poco más allá, se pusieron en pie y corrieron hacia ellos, alarmados. Clover tampoco se reprimió, se unió a su hermano y se lio a golpes con los otros. Clover era una de esas personas que, cuando le daban un segundo golpe, lo devolvía el triple de fuerte, o si no, no dormía tranquila.

Cuando los cinco niños vieron venir a los padres de los tres mayores, se dispersaron por todas partes, colándose entre las mesas y corriendo por toda la cafetería. La cosa no iba a acabar así. El cabecilla de antes cogió un servilletero de una mesa y se lo lanzó a Daisuke cuando lo vio pasar cerca. Este arrimó una silla cercana como escudo y se libró, y cogió el servilletero de otra mesa e hizo lo mismo. Le dio en una pierna.

—¡Ay!

Por otra parte, Clover vio a otro de ellos que iba a por su hermano, así que se metió debajo de una mesa, y cuando el niño pasó por su lado, le hizo la zancadilla. Este se dio de bruces contra el suelo y empezó a llorar a moco tendido. Sin embargo, el otro niño pilló a Clover y la agarró de los brazos, sacándola de debajo de la mesa.

Ahí fue cuando Cleven entró con Eliam, y se encontraron con una selva.

—¿Qué demonios pasa aquí?

Menudo quilombo... —se asombró Eliam.

—¡Ah, son ellos! ¡Se están peleando! —saltó Cleven al ver a lo lejos a los mellizos.

Los padres seguían intentando calmar a sus tres respetivos hijos, pero estos estaban tan descontrolados que había que tener cuidado con sus patadas y mordiscos.

—¡Inari! ¡Inari, estate quieto! —le gritaba una madre a uno de los niños.

—¡Toya, suelta a ese niño! —le dijo un padre al cabecilla, que había cogido del pelo a Daisuke y este respondía a puñetazos.

Viendo que gritándoles no servía de nada, los padres se limitaron a intentar separarlos, pero no podían, los cinco niños seguían abalanzándose unos contra otros.

No obstante, en ese momento, comenzó a crecer en una parte de la cafetería una energía escalofriante. El aire comenzó a tensarse, a llenarse de una electricidad estática que erizó el vello de todas las personas allí presentes, esa sensación en el ambiente cuando un trueno estaba a punto de partir el cielo nuboso. El origen de esa tensión se fue moviendo hacia la zona del alboroto. A su paso, la gente se apartaba de él con gran asombro y miedo.

—Oh, no… Oh, no, no… —se alarmó Cleven cuando divisó a Raijin caminando hacia los niños con esa aura, más enfadada que nunca—. Ahí va a poner orden entre los niños, ¡pero se los va a comer vivos!

Cuando Raijin llegó hasta los niños y los otros padres y les hizo sombra con su presencia tapando las luces del techo, tanto los tres abusones como sus escandalizados padres se quedaron paralizados y mudos. Se hizo el silencio por fin, pero se quedaron mirando al rubio con susto.

—¡Waaah…! —empezaron a llorar los tres niños abusones de repente—. ¡Mami! ¡Ese chico me da miedooo!

—¡A mí también…! —temblaron los padres, y al fin agarraron a sus hijos y se los llevaron a otra parte para poner fin a la pelea y echarles una reprimenda.

—¡Eso! ¡Y que no os vuelva a ver por aquí! —exclamó el descarado de Daisuke, con sus pelos rubios alborotados de tantos tirones, poniendo los bracitos en jarra. Hasta que le dio un fuerte escalofrío en la nuca y se dio cuenta de que su padre le estaba clavando una mirada de mil demonios.

—Ayayay... El tío los va a matar… —se alarmó Cleven, corriendo hacia donde estaban—. Tío Brey, oye, espera, yo me encargo de ellos…

Pero los niños la interrumpieron, viendo de antemano el castigo inminente.

—¡Ha empezado el niño que se comió el pastel de Dai! —empezó a decir Clover.

—¡Sí, y empujaron a Clover!

—¡Les dije que no se lo comieran! ¡Es culpa de ellos!

—¡Y han tirado la cosa de las servilletas primero!

—¡Es verdad, han empezado ellos! ¡Ay!

—¡Ayayay...!

Finalmente, Raijin los agarró de las orejas y, tirando de ellas, se los llevó hacia la salida del local.

—¡Ti…! ¡Tío Brey, espera! —saltó Cleven, siguiéndolo por detrás—. ¡Suéltalos ahora mismo! ¡No puedes hacer eso! ¡Te van a demandar!

Cuando Yako, Sam, Drasik, Kyo y Nakuru los vieron saliendo por la puerta, se apresuraron a seguirlos, desconcertados. Cleven siguió gritándole que los dejara, pero Raijin no le hacía ni caso.

—¡Que los dejes, te he dicho! —exclamó, agarrando a su tío del jersey, muy enfadada—. ¿¡Qué te crees que haces!? ¡No puedes ir por ahí agarrando a los niños de otras personas, te pueden meter en la cárcel si te pillan!

—Cleven, ¡ahora no es buen momento! —intentó apartarla Raijin, contagiándose del estrés de ella.

Dejó a los mellizos sentados en un banco de la calle, que se lamentaban y se frotaban las orejas doloridas.

Mishka, ahí quieta —advirtió a Clover—, y tú, svarlivyy, ni se te ocurra abrir la boca —le ordenó a Daisuke.

—Eh, ¿va todo bien? —preguntó Yako, preocupado, saliendo de la cafetería con los demás.

—¿Cleven? —se sorprendieron Nakuru, Kyo y Drasik al verla aquí.

Pero esta seguía tratando de defender a los mellizos.

—Deja de regañarlos, vamos, o te meterás en problemas —le decía a su tío, mientras se ponía entre medias con los brazos extendidos hacia los niños—. Clover, Daisuke, ¿no está la señora Agatha con vosotros?

—Cleven, no te metas —insistió el rubio—, tengo que hablar con ellos sobre…

—¿Qué tienes tú que hablar con ellos? —le encaró.

—¡Sobre las docenas de veces que les he dicho que no se peleen con otros niños y llamen a un adulto si tienen problemas! —dijo mirando fijamente a Clover y a Daisuke para transmitirles que, de hecho, les había dicho eso pocas horas antes en el parque.

—¡Oye, eso no es asunto tuyo, ya los has asustado bastante! —le dijo Cleven, alejándolo del banco donde estaban los mellizos.

Raijin no solamente estaba enfadado con la situación, también estaba empezando a crecer una vieja tensión en él porque evidentemente Cleven no terminaba de enterarse de la verdad. Y es que esta incapacidad de Cleven de captar la situación, de leer el ambiente, de sospechar o deducir la posibilidad de que existía una relación directa entre Raijin y los mellizos, hacía que a Raijin le costase más decírselo, porque, si ella lo veía tan imposible que ni siquiera lo sospechaba tras haber visto tantas pistas en la casa y ahora, temía que la reacción de Cleven al descubrir esta pequeña verdad sobre él la escandalizase, o peor, le causara rechazo contra él.

Por eso, necesitó tomarse un descanso, o intentarlo, pensando cómo manejar el tema. Así que se fue a sentar sobre el capó de un coche aparcado, encendiéndose un cigarrillo. Los demás seguían ahí en la acera mirándolos con enormes caras de confusión, excepto Yako, que se acercó a Raijin, sabiendo perfectamente lo que le pasaba.

—De verdad, ¡que manía tan fea tienes con ellos! —seguía Cleven despotricando—. ¡Pobrecitos! Si la anciana Agatha no está con ellos, será mejor que avisemos a sus padres de algún modo. ¿Dónde demonios estarán? ¿Cómo los pueden dejar solos tanto rato? Yako, ¿no tienes el número de su cuidadora, o de su padre?

—Ehm… —titubeó este, sin saber qué decir, mirando de reojo a Raijin ahí dándoles la espalda a todos—. Eeeehhmm…

—A ver, Clover, Dai, ¿sabéis el número de vuestro papá? —les preguntó Cleven, sacando su móvil.

Los dos niños se miraron un momento, confusos por la pregunta. Luego miraron a Raijin, y luego de nuevo a Cleven.

—¿Qué narices está haciendo la princesa? —le susurró Drasik a Nakuru, ofuscado.

—Pues creo que no se entera de nada —contestó Nakuru.

—Espera… ¿no lo sabe? —dijo Kyo.

—Ay… ¡Qué engorro! A ver si al final voy a tener que llamar a la policía… —se cansó Cleven.

Ahí, los seis iris se miraron un tanto inquietos al oír la palabra “policía”.

—Cleven, suelta ese teléfono —intervino Raijin, sin darse la vuelta, masajeándose las sienes con el cigarrillo entre los dedos.

—Calla, de esto me encargo yo. Vete tú si quieres a casa a descansar, que yo me voy a quedar con ellos hasta que los vengan a recoger.

—¿Qué está pasando? —se aventuró a preguntar Daisuke—. ¿Por qué esta pedorra dice cosas raras? —señaló a Cleven con el dedo.

—¡Oye, más respeto, microbio! —le gruñó Cleven—. Ay, pobres nenes… —le dio la vena dramática y se agachó frente a ellos, abrazándolos—. No dejéis que ese chico tan bruto os vuelva a poner la mano encima, ¿me oís? No debéis hacerle caso.

—¡Vale! —sonrieron los dos niños.

—¡Cleven! —protestó Raijin.

—Si se vuelve a acercar a vosotros, tenéis que ir corriendo a llamar a Yako, o a la señora Agatha o a vuestro papá, pero a ese chico cascarrabias no le dejéis que os regañe, porque él no es quien tiene que hacer eso, ¿lo entendéis?

—Jaja… ¿pero qué dices? —se rio Clover, sin entenderla.

—¿Se lo puedes decir ya, por favor? —le pidió Kyo a Raijin.

—¿¡Y a vosotros qué os pasa!? —saltó Raijin—. ¡Volved a la cafetería, meteos en vuestros asuntos, pelmazos!

—¡Haz eso tú también! —le espetó Cleven.

—Madre mía… —suspiró Yako.

—¿¡De verdad nadie tiene el teléfono de su padre, de tantas veces que están en la cafetería!? —insistió Cleven.

—Acabará llamando a la policía de verdad como no se lo digas de una vez, Raijin —le reprochó Sam.

—¿Qué? —preguntó Cleven.

—Guau, esto no me lo pierdo —comentó Drasik, sacando de su bolsillo una bolsa de pistachos y se puso a comérselos.

—¿Tenéis que estar todos aquí dando la vara? —gruñó Raijin, cada vez más y más nervioso.

—¿La acoges en tu casa sin haberle contado primero este pequeño detalle? —dijo Kyo, molesto.

—¿Qué te importa a ti? —replicó Raijin.

—¿¡Acabas de preguntar qué me importa!? —se enfadó Kyo, comprensiblemente ofendido, como si el rubio hubiera olvidado que Kyo también era un familiar.

—Chiiiicos, vamos, un poco de calma… —intentó apaciguar Yako.

—¿Acogerla en su casa? —Drasik no entendió eso—. ¿Me he perdido algo estos últimos dos días?

—¡Esperad! —exclamó Nakuru, poniendo silencio a ese barullo entre todos cuando vio que Cleven, que había estado ignorándolos, tenía el móvil en la oreja, y temió que de verdad a su amiga se le hubiese ocurrido llamar a la policía—. Cleven, ¿a quién estás llamando?

Todos miraron a la pelirroja, tensos.

—Daisuke me acaba de marcar el número de teléfono de su padre en mi móvil, no os preocupéis —dijo esta tranquilamente.

Entonces, ahí se hizo el silencio absoluto entre todos. Raijin se quedó con cara de horror, y Yako y Nakuru con caras de suspense. Y comenzó a sonar una melodía por ahí entre ellos. Provenía del bolsillo del pantalón de Raijin. Cleven se giró hacia ellos al oír esa musiquilla. Al principio no le dio mucha importancia o no pensó en ello y siguió escuchando los pitidos del móvil en su oreja, esperando que alguien contestara. Pero nadie contestaba. Y esa melodía seguía sonando entre ellos.

Cleven empezó a mosquearse. Sobre todo cuando se dio cuenta de que todos la estaban mirando con unas caras muy raras, como contenidas. Especialmente Raijin, el cual, viendo que la situación ya se estaba pasando de ridícula, cerró los ojos, resignado, y sacó su móvil del bolsillo. Cleven lo miró confusa. Entonces, Raijin, cabizbajo, colgó la llamada. Y Cleven oyó que coincidía con el corte de la llamada que ella estaba haciendo.

Volvió a reinar un rato de silencio. El único que estaba disfrutando de la escena era Drasik, que seguía comiendo sus pistachos poniendo toda la atención del mundo en la pelirroja y en el rubio, notando el suspense.

—¿Qué demonios…? ¿Qué está…? —comenzó a preguntar Cleven, tratando de encajar aquello—. Daisuke, ¿qué número has marcado? Te dije que me marcaras el número de…

—… de mi papá. Sí —señaló el niño a Raijin—. Su número de contacto personal. Y tiene otro número, el de ocio.

Cleven volvió a girarse como el rayo para mirar a su tío, con ojos desorbitados de incredulidad. Buscó en él, o en Yako o en los demás, un signo que le aclarara que Daisuke se había equivocado o que le estaba tomando el pelo. Pero la expresión en la mirada retraída de su tío y la sonrisa conforme de Yako le plantaron por fin en sus narices la pieza que no estaba encajando.

—¿Tío? —lo llamó—. ¿Qué significa esto, por qué te señala a ti?

—Ay… —suspiró este, agotado—. Porque el padre de Clover y Daisuke soy yo.

El móvil de Cleven se deslizó poco a poco por su mano y se cayó al suelo. El aire se volvió tan incómodo que casi no se podía respirar. Yako miró a un lado, distraído; Sam se mantuvo de pie, mirando al cielo negro, sereno; Drasik no podía hacer más que mirar a Cleven y a Raijin, una y otra vez, aturdido, sin entender por qué ella acababa de llamarlo “tío”; Kyo se cruzó de brazos y observó sus botas sin ningún motivo en especial; y Nakuru se rascó la cabeza, con los labios fruncidos.

Cleven estaba hecha una estatua de piedra, con la vista clavada en su tío y la boca entreabierta.

—Hah... —murmuró Cleven entonces—. Haha... ¡Jajajaja! ¡Dios mío! ¿Esto es una broma por parte de todos? ¡Por un momento me la he creído! ¡Jaja! ¡Tus hijos! ¡Pero si sólo tienes 20 años! ¡Y algo así te lo habrías estado callando hasta ahora! ¡Sí, claro! ¡Jajaja…! Anda ya, vamos… Clover, dime, ¿cómo te apellidas? Haha…

—Saehara —contestó la niña inocentemente.

—¡Ajajaja…! —Cleven se rio más fuerte y se le fue el cuerpo para atrás, al borde del desmayo.

—¡Ay, que se nos va! —se apuró Nakuru y la sujetó de los hombros.

Kyo también fue y la empezó a abanicar con la mano. No obstante, Cleven recobró la compostura, fue directa hacia su tío y lo agarró del cuello del jersey, amenazante.

—Mírame a los ojos y dime que es broma.

Raijin la miró a los ojos, pero no dijo nada. Cleven permaneció observándolo un buen rato, recuperando el aliento. Entonces vio algo que antes no había visto. Su mente se convirtió de pronto en un mar de caras. De Yue, de Raijin, de Clover y de Daisuke. Vio en los ojos verdes de su tío los mismos ojos verdes que Clover, y en su pelo dorado el mismo que el de Daisuke. Recordó el rostro de Yue que había visto en la foto del salón, y en sus ojos azul oscuro vio los mismos ojos azul oscuro de Daisuke y en su pelo negro el mismo que el de Clover. Luego fue relacionando los rasgos.

Por primera vez se dio cuenta de que Daisuke era un auténtico Raijin en miniatura, misma cara de malas pulgas, mismos labios, misma nariz... Y Clover, una Yue en miniatura, misma sonrisa, misma barbilla...

Soltó el jersey de su tío y dio un paso atrás, frotándose los ojos, abatida.

—Cleven, yo... —musitó Raijin, pero esta le hizo un gesto con la mano para callarlo.

Todos la vieron envuelta en un problema existencial, caminando a un lado y a otro, con cara reflexiva, hasta que volvió a pararse frente a Raijin y lo miró a los ojos, seria.

—Contéstame sin titubeos. ¿Tú tienes hijos? ¿Y son esos dos niños de ahí?

—Sí —contestó Raijin.

—¿Debo deducir que Yue es la madre?

—Sí.

—¿Ambos teníais 15 años cuando nacieron?

—Sí.

—¿Significa todo esto que Clover y Daisuke son mis primos-hermanos, de mi familia?

—Sí.

—Vale —asintió Cleven, fingiendo que lo asimilaba todo—. ¿Cuándo pensabas decírmelo?

Silencio.

—¡Si pretendías darme una sorpresa, enhorabuena, lo has conseguido! —exclamó de pronto, dándole un golpe en el pecho con mala uva.

—¡No pretendía darte una sorpresa! —replicó Raijin—. ¡Lo que pasa es que no veía el momento adecuado para…!

—¿¡Cómo no vas a ver un momento adecuado justo antes de mmbeffarme y acofftartegmmf...!? —preguntó, y por suerte Yako le había tapado la boca a tiempo, de modo que lo último que dijo no se entendió nada. Pero Raijin sí lo entendió—. ¡Debí haberme dado cuenta, maldita sea, con los cereales esos, el peluche, los cepillos de dientes, la letra D y la letra C en la puerta de esa habitación…! ¡Somos de la familia! ¿¡Tanto te habría costado, no sé, mencionarme semejante bomba el viernes, o durante todo el día de ayer, u hoy!?

—¡Viendo la escenita que estás montando, sí, me lo pones muy difícil! ¿¡Quieres tranquilizarte un poco!?

—¿De la familia? —preguntó Drasik—. Nakuru, ¿la bella y la bestia son parientes?

Nakuru miró a Drasik con resignación, sin saber si contestarle o no, y Kyo miró a Nakuru, preguntándose si le iba a contestar o no. Drasik era el único que no lo sabía. Kyo, sí, ya que prácticamente era de la familia de Cleven, sin embargo, él y Nakuru dejaron a Drasik con la intriga y se fueron a ayudar a Yako a calmar a esos dos, que estaban echando chispas ya.

Drasik se quedó mirando a Cleven, atónito y confuso. Oyó en un momento que la joven llamaba “tío” a Raijin otra vez. «Cleven... Cleventine...» pensó Drasik. «Cleventine Ver... ¿Vernoux? ¡Cleventine Vernoux! ¡Es…! ¡Ahora me acuerdo! ¿¡Es la hija de Fuujin!?». Siguió observándola, paralizado. «¿Pe...? ¿Soy el único que no lo sabía? ¿Por qué soy el único que no lo sabía? ¿Por qué tengo la sensación... de que ya la conocía de antes... desde hace años? ¡Ah!». El chico cerró los ojos con fuerza y se llevó una mano a la cara, sintiendo un extraño pinchazo en la cabeza...


«—¿Cleven? —la buscó con la mirada.

De pronto, Drasik se había convertido en un niño pequeño, de no más de 9 años. Todo lo que había a su alrededor era una ciudad sumida en el caos, destruida, llena de humo, fuego y escombros, bajo un cielo nublado… y congelado en el tiempo.

—Drasik, aquí —lo llamó otra niña pequeña como él, a sus espaldas, con un cabello rojo recogido en dos coletitas.

El niño veía borroso, quizá por el humo, o por fallos de la memoria. La niña estaba junto a un edificio derruido, agachada frente al cuerpo sin vida y ensangrentado de una mujer cualquiera.

—He encontrado otro cadáver —sonrió ella, con una mano puesta sobre el pecho del mismo.

—Hazlo rápido, princesa. Los dioses te siguen el rastro.

—Para eso estás tú —la pequeña Cleven dejó aquel cuerpo atrás, se reunió con él y ambos niños siguieron caminando entre las ruinas—. Para quitármelos de encima.

Tras ellos, mientras se alejaban, el cadáver de aquella mujer desconocida soltó un repentino gemido, abriendo los ojos.»


—Agh... —Drasik se tuvo que apoyar en la cristalera de la cafetería, mareado.

No sabía lo que acababa de pasar, creyó haber visto o revivido algo antiguo en su mente, pero se volvió borroso, alejándose de nuevo. «¿Qué me pasa?» pensó confuso, «Vaya dolor de cabeza... ¿Será que he bebido mucho café?».

Daisuke y Clover estaban saliendo ahora mismo de la cafetería. Mientras todos estaban ocupados hablando a gritos, se habían metido dentro a robar unos pasteles y, poniéndose junto a Raijin y a Cleven, Daisuke estampó su pastel en la cara de Cleven y Clover estampó el suyo en la cara de Raijin. Todo el mundo se quedó callado, mirando a los niños, que con un pastel habían conseguido poner calma en un segundo.









101.
Primos Saehara

Tras un rato apacible, los mellizos ya habían cumplido su promesa y se habían comido toda la cena sin rechistar, y se habían ido a tomar el pastelito de postre en una mesita de la zona de dulces. Sin embargo, en un determinado momento, Clover cometió el error de pasearse un rato, caminando demasiado cerca de la mesa de las gals.

—¡Qué híper mega monada de niñaaa! —se oyó gritar a las gals de la mesa del fondo.

Los seis iris de la KRS giraron la cabeza al oírlas, y vieron que habían atrapado cautiva a Clover, una agarrándola de los mofletes, otra acariciando su pelo con admiración, otra achuchándola como si fuese un peluche...

—Pobre ojitos verdes —se rio Drasik, ahí con Kyo y Nakuru en los taburetes de la barra y Sam al otro lado—. Aunque me gustaría estar en su lugar.

Yako negó con la cabeza y Raijin volvió a lo suyo tranquilamente, bebiendo otro trago de su cerveza.

—Mira, ahora es cuando Daisuke va a salvarla —le susurró Nakuru a Kyo, divertida.

En efecto, vieron que Daisuke, al ver a su hermana rodeada de pulpos, saltó de su asiento, dejando su pastelito a un lado, y corrió hacia ellas con cara de malas pulgas.

—¡Hey! ¡Dejad en paz a mi hermana, arpías! ¡No le pongáis un dedo enci-...!

El pobre Daisuke cayó también en las garras de las gals, antes de que pudiera terminar la frase. Lo agarraron como si fuese otro peluche, soltando más grititos.

—¡Dios mío, son mellizos! ¡Qué cositas! ¡Aaaah! ¡Me los voy a comeeer!

—Raijin, que se los comen... —se apuró Yako, dándole toquecitos en el brazo.

—Déjalos. Les encanta ser el centro de atención —se encogió de hombros, terminándose su cerveza—. Oye, por cierto. Eso de atiborrarlos de dulces se tiene que acabar. Han engordado algo más de lo debido en una semana, ¿tienes algo que decir?

—Hehehe... —se rio con inocencia—. Bueno, puede que Kain y yo les hayamos dado un poco más de pasteles de lo normal... ¡No me mires así! —se asustó Yako ante los ojos de su amigo clavados en su alma—. Tu madre era igual de golosa y tragona, y estaba perfectamente.

—Mi madre era una iris —le recordó Raijin.

—Katya heredó de ella el mismo estómago y era humana, y también estaba fenomenal —insistió Yako.

—En serio, ¿qué coño es esto, un gen hereditario? No sólo he visto a mi hermana y a mis hijos comer kilos de comida basura y seguir tan frescos y sanos, ¡he visto incluso a Cleven comer la mitad de su peso en takoyaki y bollos en una tarde!

—Guau… pues tiene que ser verdad que es hereditario —se rio Yako—. No es por nada, pero Cleven también resulta ser tan divertida como tu madre.

—No. Mi madre era divertida porque le gustaba contar chistes picantes y festejar todo el rato. Cleven, directamente, está como una auténtica regadera, con esos caprichos impulsivos y esas fantasías raras que se monta en su cabeza, y es muy obvio de quién ha heredado eso.

—Hah… cómo añoro a Neuval y su locura siniestra… —lamentó Yako con un suspiro melancólico—. ¿Qué estará haciendo mi abuelo con él? Espero que esté bien…

—No nos desviemos del tema principal, Zou —le advirtió Raijin, apuntando a su amigo con un dedo acusador—. No me cebéis a los niños, no os lo volveré a repetir.

—Están creciendo —se defendió Yako una vez más, yéndose a llevar la cuenta a una mesa, o más bien escaqueándose.


Cleven ya había llegado a Shibuya. Había pasado por la casa de su tío a dejar sus cosas y, tras encontrarse la casa vacía, decidió irse a la cafetería de Yako, donde sabía que estaría su tío. A medio camino, se encontró con Eliam, el argentino tan simpático que conoció el otro día y que era el hermano mayor de Drasik, y después de saludarse con sorpresa y descubrir que iban hacia el mismo sitio, ambos se encontraban caminando juntos hacia la cafetería. Estuvieron, mientras tanto, charlando animadamente, y cuando Cleven le contó que Raijin era su tío, Eliam se quedó perplejo.

—¿Lo decís en serio? Menuda sorpresa, no me acordaba de que Brey tenía una sobrina... ¿Y decís que estás viviendo con él?

—Sí —sonrió.

—Heh, así que seremos vecinos —sonrió a su vez.

Cleven se mostró muy alegre, ahora que ya había hablado con su padre y todo estaba completamente aclarado y solucionando, se sentía más que bien. Tan feliz iba, que no cayó en la cuenta en ese momento de que ser vecina de Eliam también implicaba ser vecina de su hermano con pelos de loco.

Mientras tanto, en la cafetería se estaba montando un pequeño jaleo. Al parecer, había tres niños deambulando por el local jugando al pilla-pilla, y uno de ellos había visto el pastel que Daisuke había dejado a medio acabar en una mesa, y había ido a por él por todo el morro. Los otros dos le siguieron y se lo estaban zampando. Clover fue quien los vio, y no le pareció nada bien, por lo que se escapó de entre los tentáculos de las gals y fue corriendo a por los niños.

—¡Hey, ese pastel no es vuestro! —les dijo enfadada.

Los tres niños, sentados en la mesa, la miraron en silencio y de repente empezaron a reírse a carcajadas.

—¡Qué miedo! —se mofaron—. ¡Quien lo haya dejado aquí es un caraculo, ahora es nuestro!

—¡No! ¡Es de mi hermanito! ¡Se ganó ese pastelito con esfuerzo, se comió todas las verduras!

—¡Jajaja! —rio el que parecía el cabecilla—. ¡Vete, enana!

—¡No! —replicó Clover, cogiendo el plato del pastel—. ¡Es de mi hermano, no os lo comáis!

—¿¡Pero qué más te da, niñata!? —saltó de la silla el cabecilla, acercándose a ella con cara agresiva—. ¡Devuélvenoslo!

—¡No!

Llegó un momento en que los tres se fueron a por ella a quitarle el plato, pero Clover forcejeó con todas sus fuerzas. Sin embargo, esos chicos la superaban en tamaño y número, y finalmente el plato se cayó al suelo y el pastel se echó a perder. Clover lo miró con cara de sorpresa, el pastel que su hermano se estaba comiendo con tanta felicidad y había dejado de lado para salvarla de las gals. Alzó la mirada hacia los tres chicos. Ahí fue cuando la cara angelical de Clover se transformó en el rostro escalofriante de la bruja que era, y se abalanzó sobre ellos.

—¡Cabrones! —exclamó la niña, dándoles tal empujón que los tiró al suelo a los tres. Ese insulto lo había aprendido de su padre, evidentemente.

La gente más cercana a ellos se sobresaltó y todos los miraron con gran sorpresa, preguntándose qué pasaba. Los tres niños mayores se pusieron en pie como el rayo, echando chispas y sintiéndose humillados por haber sido atacados por una niña más pequeña que ellos, y el cabecilla le devolvió el empujón.

—¡Niñata!

Ahí fue cuando Daisuke los vio, asomándose entre las gals que lo rodeaban. Vio a su hermana tirada en el suelo, frotándose el trasero por el golpe, y a los tres niños a su alrededor con más intenciones violentas. Daisuke ya se volvió loco, se deshizo de las gals bruscamente y corrió como una bala a por los tres abusones, arreándole tal puñetazo al cabecilla que tuvo que ser sujetado por los otros dos.

—¡No toquéis a mi hermana! —les amenazó.

—¡Maldito niño! ¡Te vas a enterar!

Se inició tal pelea entre los niños, que los padres de los más mayores, sentados en una mesa un poco más allá, se pusieron en pie y corrieron hacia ellos, alarmados. Clover tampoco se reprimió, se unió a su hermano y se lio a golpes con los otros. Clover era una de esas personas que, cuando le daban un segundo golpe, lo devolvía el triple de fuerte, o si no, no dormía tranquila.

Cuando los cinco niños vieron venir a los padres de los tres mayores, se dispersaron por todas partes, colándose entre las mesas y corriendo por toda la cafetería. La cosa no iba a acabar así. El cabecilla de antes cogió un servilletero de una mesa y se lo lanzó a Daisuke cuando lo vio pasar cerca. Este arrimó una silla cercana como escudo y se libró, y cogió el servilletero de otra mesa e hizo lo mismo. Le dio en una pierna.

—¡Ay!

Por otra parte, Clover vio a otro de ellos que iba a por su hermano, así que se metió debajo de una mesa, y cuando el niño pasó por su lado, le hizo la zancadilla. Este se dio de bruces contra el suelo y empezó a llorar a moco tendido. Sin embargo, el otro niño pilló a Clover y la agarró de los brazos, sacándola de debajo de la mesa.

Ahí fue cuando Cleven entró con Eliam, y se encontraron con una selva.

—¿Qué demonios pasa aquí?

Menudo quilombo... —se asombró Eliam.

—¡Ah, son ellos! ¡Se están peleando! —saltó Cleven al ver a lo lejos a los mellizos.

Los padres seguían intentando calmar a sus tres respetivos hijos, pero estos estaban tan descontrolados que había que tener cuidado con sus patadas y mordiscos.

—¡Inari! ¡Inari, estate quieto! —le gritaba una madre a uno de los niños.

—¡Toya, suelta a ese niño! —le dijo un padre al cabecilla, que había cogido del pelo a Daisuke y este respondía a puñetazos.

Viendo que gritándoles no servía de nada, los padres se limitaron a intentar separarlos, pero no podían, los cinco niños seguían abalanzándose unos contra otros.

No obstante, en ese momento, comenzó a crecer en una parte de la cafetería una energía escalofriante. El aire comenzó a tensarse, a llenarse de una electricidad estática que erizó el vello de todas las personas allí presentes, esa sensación en el ambiente cuando un trueno estaba a punto de partir el cielo nuboso. El origen de esa tensión se fue moviendo hacia la zona del alboroto. A su paso, la gente se apartaba de él con gran asombro y miedo.

—Oh, no… Oh, no, no… —se alarmó Cleven cuando divisó a Raijin caminando hacia los niños con esa aura, más enfadada que nunca—. Ahí va a poner orden entre los niños, ¡pero se los va a comer vivos!

Cuando Raijin llegó hasta los niños y los otros padres y les hizo sombra con su presencia tapando las luces del techo, tanto los tres abusones como sus escandalizados padres se quedaron paralizados y mudos. Se hizo el silencio por fin, pero se quedaron mirando al rubio con susto.

—¡Waaah…! —empezaron a llorar los tres niños abusones de repente—. ¡Mami! ¡Ese chico me da miedooo!

—¡A mí también…! —temblaron los padres, y al fin agarraron a sus hijos y se los llevaron a otra parte para poner fin a la pelea y echarles una reprimenda.

—¡Eso! ¡Y que no os vuelva a ver por aquí! —exclamó el descarado de Daisuke, con sus pelos rubios alborotados de tantos tirones, poniendo los bracitos en jarra. Hasta que le dio un fuerte escalofrío en la nuca y se dio cuenta de que su padre le estaba clavando una mirada de mil demonios.

—Ayayay... El tío los va a matar… —se alarmó Cleven, corriendo hacia donde estaban—. Tío Brey, oye, espera, yo me encargo de ellos…

Pero los niños la interrumpieron, viendo de antemano el castigo inminente.

—¡Ha empezado el niño que se comió el pastel de Dai! —empezó a decir Clover.

—¡Sí, y empujaron a Clover!

—¡Les dije que no se lo comieran! ¡Es culpa de ellos!

—¡Y han tirado la cosa de las servilletas primero!

—¡Es verdad, han empezado ellos! ¡Ay!

—¡Ayayay...!

Finalmente, Raijin los agarró de las orejas y, tirando de ellas, se los llevó hacia la salida del local.

—¡Ti…! ¡Tío Brey, espera! —saltó Cleven, siguiéndolo por detrás—. ¡Suéltalos ahora mismo! ¡No puedes hacer eso! ¡Te van a demandar!

Cuando Yako, Sam, Drasik, Kyo y Nakuru los vieron saliendo por la puerta, se apresuraron a seguirlos, desconcertados. Cleven siguió gritándole que los dejara, pero Raijin no le hacía ni caso.

—¡Que los dejes, te he dicho! —exclamó, agarrando a su tío del jersey, muy enfadada—. ¿¡Qué te crees que haces!? ¡No puedes ir por ahí agarrando a los niños de otras personas, te pueden meter en la cárcel si te pillan!

—Cleven, ¡ahora no es buen momento! —intentó apartarla Raijin, contagiándose del estrés de ella.

Dejó a los mellizos sentados en un banco de la calle, que se lamentaban y se frotaban las orejas doloridas.

Mishka, ahí quieta —advirtió a Clover—, y tú, svarlivyy, ni se te ocurra abrir la boca —le ordenó a Daisuke.

—Eh, ¿va todo bien? —preguntó Yako, preocupado, saliendo de la cafetería con los demás.

—¿Cleven? —se sorprendieron Nakuru, Kyo y Drasik al verla aquí.

Pero esta seguía tratando de defender a los mellizos.

—Deja de regañarlos, vamos, o te meterás en problemas —le decía a su tío, mientras se ponía entre medias con los brazos extendidos hacia los niños—. Clover, Daisuke, ¿no está la señora Agatha con vosotros?

—Cleven, no te metas —insistió el rubio—, tengo que hablar con ellos sobre…

—¿Qué tienes tú que hablar con ellos? —le encaró.

—¡Sobre las docenas de veces que les he dicho que no se peleen con otros niños y llamen a un adulto si tienen problemas! —dijo mirando fijamente a Clover y a Daisuke para transmitirles que, de hecho, les había dicho eso pocas horas antes en el parque.

—¡Oye, eso no es asunto tuyo, ya los has asustado bastante! —le dijo Cleven, alejándolo del banco donde estaban los mellizos.

Raijin no solamente estaba enfadado con la situación, también estaba empezando a crecer una vieja tensión en él porque evidentemente Cleven no terminaba de enterarse de la verdad. Y es que esta incapacidad de Cleven de captar la situación, de leer el ambiente, de sospechar o deducir la posibilidad de que existía una relación directa entre Raijin y los mellizos, hacía que a Raijin le costase más decírselo, porque, si ella lo veía tan imposible que ni siquiera lo sospechaba tras haber visto tantas pistas en la casa y ahora, temía que la reacción de Cleven al descubrir esta pequeña verdad sobre él la escandalizase, o peor, le causara rechazo contra él.

Por eso, necesitó tomarse un descanso, o intentarlo, pensando cómo manejar el tema. Así que se fue a sentar sobre el capó de un coche aparcado, encendiéndose un cigarrillo. Los demás seguían ahí en la acera mirándolos con enormes caras de confusión, excepto Yako, que se acercó a Raijin, sabiendo perfectamente lo que le pasaba.

—De verdad, ¡que manía tan fea tienes con ellos! —seguía Cleven despotricando—. ¡Pobrecitos! Si la anciana Agatha no está con ellos, será mejor que avisemos a sus padres de algún modo. ¿Dónde demonios estarán? ¿Cómo los pueden dejar solos tanto rato? Yako, ¿no tienes el número de su cuidadora, o de su padre?

—Ehm… —titubeó este, sin saber qué decir, mirando de reojo a Raijin ahí dándoles la espalda a todos—. Eeeehhmm…

—A ver, Clover, Dai, ¿sabéis el número de vuestro papá? —les preguntó Cleven, sacando su móvil.

Los dos niños se miraron un momento, confusos por la pregunta. Luego miraron a Raijin, y luego de nuevo a Cleven.

—¿Qué narices está haciendo la princesa? —le susurró Drasik a Nakuru, ofuscado.

—Pues creo que no se entera de nada —contestó Nakuru.

—Espera… ¿no lo sabe? —dijo Kyo.

—Ay… ¡Qué engorro! A ver si al final voy a tener que llamar a la policía… —se cansó Cleven.

Ahí, los seis iris se miraron un tanto inquietos al oír la palabra “policía”.

—Cleven, suelta ese teléfono —intervino Raijin, sin darse la vuelta, masajeándose las sienes con el cigarrillo entre los dedos.

—Calla, de esto me encargo yo. Vete tú si quieres a casa a descansar, que yo me voy a quedar con ellos hasta que los vengan a recoger.

—¿Qué está pasando? —se aventuró a preguntar Daisuke—. ¿Por qué esta pedorra dice cosas raras? —señaló a Cleven con el dedo.

—¡Oye, más respeto, microbio! —le gruñó Cleven—. Ay, pobres nenes… —le dio la vena dramática y se agachó frente a ellos, abrazándolos—. No dejéis que ese chico tan bruto os vuelva a poner la mano encima, ¿me oís? No debéis hacerle caso.

—¡Vale! —sonrieron los dos niños.

—¡Cleven! —protestó Raijin.

—Si se vuelve a acercar a vosotros, tenéis que ir corriendo a llamar a Yako, o a la señora Agatha o a vuestro papá, pero a ese chico cascarrabias no le dejéis que os regañe, porque él no es quien tiene que hacer eso, ¿lo entendéis?

—Jaja… ¿pero qué dices? —se rio Clover, sin entenderla.

—¿Se lo puedes decir ya, por favor? —le pidió Kyo a Raijin.

—¿¡Y a vosotros qué os pasa!? —saltó Raijin—. ¡Volved a la cafetería, meteos en vuestros asuntos, pelmazos!

—¡Haz eso tú también! —le espetó Cleven.

—Madre mía… —suspiró Yako.

—¿¡De verdad nadie tiene el teléfono de su padre, de tantas veces que están en la cafetería!? —insistió Cleven.

—Acabará llamando a la policía de verdad como no se lo digas de una vez, Raijin —le reprochó Sam.

—¿Qué? —preguntó Cleven.

—Guau, esto no me lo pierdo —comentó Drasik, sacando de su bolsillo una bolsa de pistachos y se puso a comérselos.

—¿Tenéis que estar todos aquí dando la vara? —gruñó Raijin, cada vez más y más nervioso.

—¿La acoges en tu casa sin haberle contado primero este pequeño detalle? —dijo Kyo, molesto.

—¿Qué te importa a ti? —replicó Raijin.

—¿¡Acabas de preguntar qué me importa!? —se enfadó Kyo, comprensiblemente ofendido, como si el rubio hubiera olvidado que Kyo también era un familiar.

—Chiiiicos, vamos, un poco de calma… —intentó apaciguar Yako.

—¿Acogerla en su casa? —Drasik no entendió eso—. ¿Me he perdido algo estos últimos dos días?

—¡Esperad! —exclamó Nakuru, poniendo silencio a ese barullo entre todos cuando vio que Cleven, que había estado ignorándolos, tenía el móvil en la oreja, y temió que de verdad a su amiga se le hubiese ocurrido llamar a la policía—. Cleven, ¿a quién estás llamando?

Todos miraron a la pelirroja, tensos.

—Daisuke me acaba de marcar el número de teléfono de su padre en mi móvil, no os preocupéis —dijo esta tranquilamente.

Entonces, ahí se hizo el silencio absoluto entre todos. Raijin se quedó con cara de horror, y Yako y Nakuru con caras de suspense. Y comenzó a sonar una melodía por ahí entre ellos. Provenía del bolsillo del pantalón de Raijin. Cleven se giró hacia ellos al oír esa musiquilla. Al principio no le dio mucha importancia o no pensó en ello y siguió escuchando los pitidos del móvil en su oreja, esperando que alguien contestara. Pero nadie contestaba. Y esa melodía seguía sonando entre ellos.

Cleven empezó a mosquearse. Sobre todo cuando se dio cuenta de que todos la estaban mirando con unas caras muy raras, como contenidas. Especialmente Raijin, el cual, viendo que la situación ya se estaba pasando de ridícula, cerró los ojos, resignado, y sacó su móvil del bolsillo. Cleven lo miró confusa. Entonces, Raijin, cabizbajo, colgó la llamada. Y Cleven oyó que coincidía con el corte de la llamada que ella estaba haciendo.

Volvió a reinar un rato de silencio. El único que estaba disfrutando de la escena era Drasik, que seguía comiendo sus pistachos poniendo toda la atención del mundo en la pelirroja y en el rubio, notando el suspense.

—¿Qué demonios…? ¿Qué está…? —comenzó a preguntar Cleven, tratando de encajar aquello—. Daisuke, ¿qué número has marcado? Te dije que me marcaras el número de…

—… de mi papá. Sí —señaló el niño a Raijin—. Su número de contacto personal. Y tiene otro número, el de ocio.

Cleven volvió a girarse como el rayo para mirar a su tío, con ojos desorbitados de incredulidad. Buscó en él, o en Yako o en los demás, un signo que le aclarara que Daisuke se había equivocado o que le estaba tomando el pelo. Pero la expresión en la mirada retraída de su tío y la sonrisa conforme de Yako le plantaron por fin en sus narices la pieza que no estaba encajando.

—¿Tío? —lo llamó—. ¿Qué significa esto, por qué te señala a ti?

—Ay… —suspiró este, agotado—. Porque el padre de Clover y Daisuke soy yo.

El móvil de Cleven se deslizó poco a poco por su mano y se cayó al suelo. El aire se volvió tan incómodo que casi no se podía respirar. Yako miró a un lado, distraído; Sam se mantuvo de pie, mirando al cielo negro, sereno; Drasik no podía hacer más que mirar a Cleven y a Raijin, una y otra vez, aturdido, sin entender por qué ella acababa de llamarlo “tío”; Kyo se cruzó de brazos y observó sus botas sin ningún motivo en especial; y Nakuru se rascó la cabeza, con los labios fruncidos.

Cleven estaba hecha una estatua de piedra, con la vista clavada en su tío y la boca entreabierta.

—Hah... —murmuró Cleven entonces—. Haha... ¡Jajajaja! ¡Dios mío! ¿Esto es una broma por parte de todos? ¡Por un momento me la he creído! ¡Jaja! ¡Tus hijos! ¡Pero si sólo tienes 20 años! ¡Y algo así te lo habrías estado callando hasta ahora! ¡Sí, claro! ¡Jajaja…! Anda ya, vamos… Clover, dime, ¿cómo te apellidas? Haha…

—Saehara —contestó la niña inocentemente.

—¡Ajajaja…! —Cleven se rio más fuerte y se le fue el cuerpo para atrás, al borde del desmayo.

—¡Ay, que se nos va! —se apuró Nakuru y la sujetó de los hombros.

Kyo también fue y la empezó a abanicar con la mano. No obstante, Cleven recobró la compostura, fue directa hacia su tío y lo agarró del cuello del jersey, amenazante.

—Mírame a los ojos y dime que es broma.

Raijin la miró a los ojos, pero no dijo nada. Cleven permaneció observándolo un buen rato, recuperando el aliento. Entonces vio algo que antes no había visto. Su mente se convirtió de pronto en un mar de caras. De Yue, de Raijin, de Clover y de Daisuke. Vio en los ojos verdes de su tío los mismos ojos verdes que Clover, y en su pelo dorado el mismo que el de Daisuke. Recordó el rostro de Yue que había visto en la foto del salón, y en sus ojos azul oscuro vio los mismos ojos azul oscuro de Daisuke y en su pelo negro el mismo que el de Clover. Luego fue relacionando los rasgos.

Por primera vez se dio cuenta de que Daisuke era un auténtico Raijin en miniatura, misma cara de malas pulgas, mismos labios, misma nariz... Y Clover, una Yue en miniatura, misma sonrisa, misma barbilla...

Soltó el jersey de su tío y dio un paso atrás, frotándose los ojos, abatida.

—Cleven, yo... —musitó Raijin, pero esta le hizo un gesto con la mano para callarlo.

Todos la vieron envuelta en un problema existencial, caminando a un lado y a otro, con cara reflexiva, hasta que volvió a pararse frente a Raijin y lo miró a los ojos, seria.

—Contéstame sin titubeos. ¿Tú tienes hijos? ¿Y son esos dos niños de ahí?

—Sí —contestó Raijin.

—¿Debo deducir que Yue es la madre?

—Sí.

—¿Ambos teníais 15 años cuando nacieron?

—Sí.

—¿Significa todo esto que Clover y Daisuke son mis primos-hermanos, de mi familia?

—Sí.

—Vale —asintió Cleven, fingiendo que lo asimilaba todo—. ¿Cuándo pensabas decírmelo?

Silencio.

—¡Si pretendías darme una sorpresa, enhorabuena, lo has conseguido! —exclamó de pronto, dándole un golpe en el pecho con mala uva.

—¡No pretendía darte una sorpresa! —replicó Raijin—. ¡Lo que pasa es que no veía el momento adecuado para…!

—¿¡Cómo no vas a ver un momento adecuado justo antes de mmbeffarme y acofftartegmmf...!? —preguntó, y por suerte Yako le había tapado la boca a tiempo, de modo que lo último que dijo no se entendió nada. Pero Raijin sí lo entendió—. ¡Debí haberme dado cuenta, maldita sea, con los cereales esos, el peluche, los cepillos de dientes, la letra D y la letra C en la puerta de esa habitación…! ¡Somos de la familia! ¿¡Tanto te habría costado, no sé, mencionarme semejante bomba el viernes, o durante todo el día de ayer, u hoy!?

—¡Viendo la escenita que estás montando, sí, me lo pones muy difícil! ¿¡Quieres tranquilizarte un poco!?

—¿De la familia? —preguntó Drasik—. Nakuru, ¿la bella y la bestia son parientes?

Nakuru miró a Drasik con resignación, sin saber si contestarle o no, y Kyo miró a Nakuru, preguntándose si le iba a contestar o no. Drasik era el único que no lo sabía. Kyo, sí, ya que prácticamente era de la familia de Cleven, sin embargo, él y Nakuru dejaron a Drasik con la intriga y se fueron a ayudar a Yako a calmar a esos dos, que estaban echando chispas ya.

Drasik se quedó mirando a Cleven, atónito y confuso. Oyó en un momento que la joven llamaba “tío” a Raijin otra vez. «Cleven... Cleventine...» pensó Drasik. «Cleventine Ver... ¿Vernoux? ¡Cleventine Vernoux! ¡Es…! ¡Ahora me acuerdo! ¿¡Es la hija de Fuujin!?». Siguió observándola, paralizado. «¿Pe...? ¿Soy el único que no lo sabía? ¿Por qué soy el único que no lo sabía? ¿Por qué tengo la sensación... de que ya la conocía de antes... desde hace años? ¡Ah!». El chico cerró los ojos con fuerza y se llevó una mano a la cara, sintiendo un extraño pinchazo en la cabeza...


«—¿Cleven? —la buscó con la mirada.

De pronto, Drasik se había convertido en un niño pequeño, de no más de 9 años. Todo lo que había a su alrededor era una ciudad sumida en el caos, destruida, llena de humo, fuego y escombros, bajo un cielo nublado… y congelado en el tiempo.

—Drasik, aquí —lo llamó otra niña pequeña como él, a sus espaldas, con un cabello rojo recogido en dos coletitas.

El niño veía borroso, quizá por el humo, o por fallos de la memoria. La niña estaba junto a un edificio derruido, agachada frente al cuerpo sin vida y ensangrentado de una mujer cualquiera.

—He encontrado otro cadáver —sonrió ella, con una mano puesta sobre el pecho del mismo.

—Hazlo rápido, princesa. Los dioses te siguen el rastro.

—Para eso estás tú —la pequeña Cleven dejó aquel cuerpo atrás, se reunió con él y ambos niños siguieron caminando entre las ruinas—. Para quitármelos de encima.

Tras ellos, mientras se alejaban, el cadáver de aquella mujer desconocida soltó un repentino gemido, abriendo los ojos.»


—Agh... —Drasik se tuvo que apoyar en la cristalera de la cafetería, mareado.

No sabía lo que acababa de pasar, creyó haber visto o revivido algo antiguo en su mente, pero se volvió borroso, alejándose de nuevo. «¿Qué me pasa?» pensó confuso, «Vaya dolor de cabeza... ¿Será que he bebido mucho café?».

Daisuke y Clover estaban saliendo ahora mismo de la cafetería. Mientras todos estaban ocupados hablando a gritos, se habían metido dentro a robar unos pasteles y, poniéndose junto a Raijin y a Cleven, Daisuke estampó su pastel en la cara de Cleven y Clover estampó el suyo en la cara de Raijin. Todo el mundo se quedó callado, mirando a los niños, que con un pastel habían conseguido poner calma en un segundo.





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