1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Yenkis salió de la boca de metro hacia las calles, cerca de donde el distrito de Shibuya terminaba y comenzaba el de Minato. Había viajado hasta el centro de la ciudad para seguir cumpliendo con sus firmes intenciones de averiguar más cosas acerca de los secretos de su padre. Acababa de descubrir algo nuevo e inesperado, la existencia de un tal Jean Vernoux, que hizo algo imperdonable hace muchos años, provocando una triste tragedia.
Por supuesto, había otras personas en el mundo que se apellidaban Vernoux y no tenían absolutamente nada que ver con su familia. El Jean Vernoux que descubrió en ese antiguo artículo de periódico francés podía ser un tipo cualquiera sin ningún tipo de conexión con el "Jean" a secas que el viejo Lao le mencionó a Hana cuando hablaron en la puerta de casa. Pero es que Yenkis no iba a poder seguir viviendo tranquilo hasta confirmar si había conexión o no. De hecho, él estaba convencido de que era el mismo hombre, el del periódico y el que mencionó el viejo Lao. Las piezas sobre la historia que leyó sobre ese tal Jean Vernoux podían encajar perfectamente en esos huecos vacíos que conformaban las incógnitas de la vida de su padre. Es decir, no había ningún dato que no encajase o echara por tierra la posibilidad.
Pero, claro. Necesitaba una confirmación definitiva. Una prueba. Y el único que ahora podía dársela era su hermano. Si al fin podía destapar una, aunque sólo fuera una cajita de las muchas que su padre mantenía cerradas... Yenkis no se iba a ir con las manos vacías esta vez.
Llegó al gran complejo de edificios del afamado Hospital Kyoko. Entró por la puerta principal, y se encontró con mucha gente en la recepción. Todo el mundo estaba muy atareado por ahí. La idea de llamar o de escribir a su hermano avisándolo de que estaba ahí y que quería verlo no iba a servir de nada, porque Lex iba a adivinar al instante el motivo, y lo iba a ignorar totalmente. Lo mismo si iba a la recepción y le pedía al recepcionista que llamara a su hermano; aparte de que no lo iban a molestar en medio de su trabajo si no había una urgencia, Lex igualmente lo iba a ignorar.
Así que... su mejor intento apuntaba a eso. Crear una urgencia. Entornó sus ojos plateados con astucia, localizando el lugar donde más médicos había para llamar su atención. Caminó hacia aquella zona, cerca de los ascensores. Carraspeó un poco, e hizo algunos estiramientos, para prepararse. Y de repente... ¡PLAS! Se tiró al suelo con el mayor dramatismo que la historia del Arte Dramático había visto jamás, digno de un Óscar al mejor actor de la exageración.
—¡Juaaaggh...! ¡Ayudaaaghh...! ¡Me mueroooghh...!
—¡Oh, Dios mío, este niño está sufriendo un ataque!
Los cuatro médicos y dos enfermeros que había ahí se agacharon a su lado corriendo mientras el muchacho se retorcía como si estuviera poseído por el demonio.
—¡Muchacho, trata de no moverte, te harás daño!
—¡Dinos dónde te duele, dinos dónde está el problema!
—¡Aaaahh...! ¡Necesito al doctor Vernoux! ¡Gaghhh! ¡Él es mi médico... el único que puede salvarme...! ¡Llámenlo... rápido...!
—¡Vayan a llamarlo, vayan! —le dijo una médico a los enfermeros—. ¡Está en su despacho ahora! ¡Este chico debe de ser paciente suyo!
—¡Ya estoy viendo la luz...! ¡Veo una luz al final del túnel...! Tengo frío... y miedo... y sueño... ¡Gaaghhh!
—¡No vayas hacia la luz, niño, no vayas! —lloraron los médicos a su alrededor.
Los enfermeros ya se habían ido corriendo a avisar a Lex. Uno de los doctores le dijo a Yenkis que iba a llevarlo a una camilla a examinarlo él mismo, pero el niño se resistió, rodando por el suelo, fingiendo convulsiones. A los pocos segundos, ya había un corro de gente rodeándolos, observando expectantes cómo el médico intentaba vanamente coger en brazos a Yenkis y cómo los otros se santiguaban varias veces.
—¿Dónde está? —preguntó Lex, corriendo por los pasillos con uno de los enfermeros que fue a llamarlo.
—En la entrada principal.
—¿Quién es?
—Un niño. Se ha puesto fatal de repente, le ha dado un ataque.
—¿Y por qué me llama a mí? —se extrañó, cuando doblaron una esquina.
—Dijo que eras el único que podía curarle. ¿Será algún paciente tuyo?
Lex no contestó, porque no tenía ni idea, y cuando llegaron allí, se paró en seco, asombrado ante la masa de gente que se había reunido allí.
—Aquí está, dejad que pase —dijo una doctora cuando vio a Lex, y el corro se abrió, dejando al descubierto la descorazonadora escena de un niño moribundo.
—Lex... hermano... —gimió Yenkis en el suelo, alzando una mano temblorosa hacia él—. Diles a papá y a Cleven... que no lloren por mí...
—¿Es su hermano? —se preguntaron todos los allí presentes, sorprendidos.
Cuando la gente miró a Lex, se lo encontraron mudo y petrificado, con una cara de color rojo incandescente, y cinco venas hinchadas por la frente y el cuello. Sin poder cerrar la boca, ni los párpados, ni hacer que le corriera la sangre a la cabeza, Lex giró sobre sus talones, dando media vuelta, y se alejó de allí a toda velocidad. Huyó. La gente se preguntó por qué se iba, y Yenkis se apresuró a detenerlo.
—¡Lex, espera! —exclamó, poniéndose en pie.
—¿¡Pero tú no te estabas muriendo!? —gritó el médico que estaba junto a él.
Yenkis corrió por el pasillo por donde su hermano se había ido, alcanzándolo a los pocos segundos.
—¡Lex! —lo agarró de la bata blanca, parándole los pies—. ¡O sea que me muero y te da igual!
El hombre se volvió hacia él, sacando garras y colmillos, con un aura de fuego a su alrededor, y Yenkis dio un paso atrás del susto. Podía ver tras las gafas de su hermano sus ojos azules inyectados en furia. Pero un segundo después, Lex le dio la espalda y empezó a andar de un lado a otro.
—Calma... calma... No te alteres... —se decía a sí mismo una y otra vez—. Tiene 12 años... aún es joven para matarlo...
—¿Hablas solo como los locos? —sonrió Yenkis, divertido.
—¡Ya está! ¡Te mato! —se abalanzó sobre él.
—¡Socorrooo...!
La gente había vuelto a dispersarse en la entrada principal, todo se quedó otra vez en calma, solo que el médico que antes había tratado de coger a Yenkis se quedó hablando con la otra doctora sobre lo ocurrido.
—Gamberros así no había en mis tiempos, cielo santo —decía la mujer, negando con la cabeza.
—Por un momento me he tragado su actuación, menudo crío —farfulló el hombre—. Me pregunto si Vernoux...
En ese momento, los dos vieron pasar a Lex por allí con el niño cogido bajo un brazo, pataleando.
—¡Suelta, sueltaaa! —gritaba Yenkis—. ¡Que alguien llame a los servicios sociales!
—¡Vernoux! —lo llamó el médico—. ¿Adónde vas? ¡Tienes un paciente esperando en tu despacho!
—¡Que me sustituyan! —replicó cabreado, saliendo a zancadas del edificio.
Lex no soltó a Yenkis hasta que llegó a la salida del aparcamiento. Lo dejó bruscamente en el suelo y puso los brazos en jarra, mirándolo con fiereza, y Yenkis le sonrió con cara inocente. Lex empezó a negar con la cabeza, conteniéndose.
—Te arrancaría la cabeza, Yen.
—¡Jajaja! Tenías que haberte visto la cara —se rio—. Venga, no ha sido para tanto.
—No te conformas con parecerte físicamente a papá, sino que también tienes que hacer este tipo de payasadas para ser ya idéntico a él... —masculló.
—¿Qué? —Yenkis arrugó el ceño, sin entender aquello—. ¿De qué hablas? Si papá es el hombre más aburrido y estricto que existe.
—Oh... —Lex lo miró sorprendido, dándose cuenta de que se había ido un poco de la lengua. Había olvidado que tanto Yenkis como Cleven ahora sólo conocían a la falsa versión seria y amargada de su padre—. En fin, enano, no vuelvas a hacer algo así en mi lugar de trabajo.
—Vamos, ¿es que no te alegras de verme?
—¿Por qué has venido en realidad? —preguntó muy seriamente.
—Para preguntarte algo... sobre papá.
Lex lo miró un momento en silencio.
—Yen... No es un buen momento. Tengo mucho trabajo, ¿entiendes? Vuelve a casa, anda —suspiró, dando media vuelta.
—¿Quién es Jean Vernoux? —preguntó entonces, directo al grano.
Vio que su hermano mayor se paró en seco, tal como esperaba. Lex se giró enseguida.
—Comment as-tu trouvé ce nom? (= ¿Cómo has dado con ese nombre?)
—Est-il de notre famille? (= ¿Es de nuestra familia?)
Lex miró para otro lado, reflexivo. Luego se rascó la cabeza con resignación.
—Joder... —murmuró—. Espera aquí.
Se metió de nuevo en el hospital. Yenkis se apoyó contra el murillo que limitaba el aparcamiento con la calle y esperó tranquilamente. Sabía que, al decir el nombre, su hermano no iba a dejar la cosa tal cual. Al poco rato, apareció sin la bata, vestido normal.
—Me han dejado el resto del día libre —declaró—. De todas formas me lo merezco.
Posó una mano sobre la cabeza del niño y lo llevó calle arriba.
—¿Adónde vamos? —preguntó Yenkis.
—Te invito a comer.
—¿¡Significa eso que al fin vas a contarme algo!? —brincó eufórico.
—Cállate y camina.
Cinco minutos después de abandonar el hospital, Lex y Yenkis se sentaron en la terraza de un restaurante italiano, rodeada de una valla de arbustos, en cuyas mesas ya había gente comiendo. Se pusieron el uno frente al otro, y Lex dio un largo suspiro de cansancio, como si hubiera vuelto a nacer al sentarse. Se quitó un momento las gafas para limpiarlas con un paño de seda que guardaba en la funda en su cartera.
Cuidaba sus gafas como si fueran un tesoro. Pertenecieron a su abuelo materno, Hideki. Aunque las lentes fueran diferentes, acordes a su graduación, la montura era la misma. Era de plástico oscuro, con el remate de las patillas de madera y la bisagra dorada. Todo el mundo solía decirle a Lex que incluso se parecía mucho a Hideki en aspecto y en su comportamiento disciplinado y sosegado, lo que también le venía de su madre, Katya. Pero, por mucho que él lo quisiera negar, tenía también multitud de rasgos secretos de su padre que la gente pasaba desapercibidos. De nariz para arriba, el semblante de Lex era como el de Hideki, pero en boca y barbilla era igual que Neuval. Lex era una persona tranquila y seria la mayor parte del tiempo, pero cuando sonreía, tenía ese característico rasgo que se heredaba genéticamente de los padres, los hoyuelos, que a Neuval también se le marcaban, aunque no se le veían cuando tenía barba.
Yenkis observó a su hermano sintiendo ese alivio al sentarse en la silla, pensando que debía de haber estado hasta arriba de trabajo, puesto que, siendo días festivos, algunos médicos se habían ido de viaje y los que se habían quedado, como él, tenían que trabajar el doble. Solía pasar.
Lex tenía 25 años, y se había graduado en Medicina a los 23 años. Se marchó de casa a los 19, un año después de la muerte de su madre, cuando su padre trató de borrarle la memoria, pero apenas dos días más tarde recuperó los recuerdos porque la Técnica de su padre no funcionó en su mente. No obstante, como consecuencia, Lex acabó con una memoria confundida al haber estado expuesta a dos realidades. Aquello le superó y decidió marcharse.
—¿Cómo es que no te has ido por ahí de viaje? —quiso saber Yenkis, mientras ojeaba el menú—. Siempre te sueles ir a la casa de campo de los padres de Riku.
—Riku tenía mucho que hacer esta semana, no podía —contestó, aflojándose la corbata cuando los rayos del sol asomaron a la terraza.
—¿En qué trabaja ella? Nunca me acuerdo.
—Es asistente social.
—¿Qué hace un asistente social como Riku?
—Entre otras cosas, ahora anda por algunas casas para cuidar de algún anciano que se ha quedado solo, o bien comprobar si los menores de edad de una familia descontrolada están siendo bien cuidados.
—Bienvenidos. ¿Qué van a tomar? —apareció un camarero junto a ellos.
—Yo una pizza de queso y jamón, por favor —contestó Yenkis enseguida.
—Yo también quiero esa —dijo Lex, mirando las cosas de la carta con cara pensativa, y el camarero asintió alegremente mientras apuntaba en su libreta—. Y traiga también otra pizza de pepperoni. Y también una de champiñones. Las tres pizzas tamaño familiar. Ah, aquí está... También el plato de espaguetis con albóndigas extragrandes acompañado por patatas con cebolla y pan de ajo. Si es posible, ¿les pueden echar mermelada de fresa y curri? Pagaré ese extra. También querría alitas de pollo a la barbacoa, y aparte de la salsa barbacoa, échenles sirope de chocolate y mostaza también. Y… no sé... Una ensalada, por si me quedo con hambre —concluyó, cerrando la carta.
—Eh... —balbució el camarero, que tenía la mano dolorida de tanto escribir—. ¿Pero esperan a más gente?
—No, sólo somos nosotros dos —contestó Lex tranquilamente.
—¿Usted... —insistió el camarero, revisando su libreta por si acaso—... ha pedido tres pizzas tamaño familiar, un plato de pasta con albóndigas, otro de patatas, otro de pan y otro de alitas de pollo?
—Oh, y la ensalada —le indicó Lex, viendo que se había olvidado.
—Ah... Eh... —El camarero se pasó una mano por la frente, sudando—. Perdone que le pregunte, pero... ¿Comerá todo eso? Es que... Bueno, no sé cómo decírselo...
—Discúlpele, señor camarero —intervino Yenkis, sonriendo—. Es que mi hermano se cree que es un hombre normal y corriente, y no es capaz de ver qué hay de raro en su extraordinario desorden alimenticio comparado con el resto de felices mortales, ya que jamás engorda y está más sano que una manzana. Y esas terribles mezclas de sabores que pide son normales para él. No se preocupe, se lo comerá todo, y es probable que después le pida un par de postres. Lo raro es que le haya pedido una ensalada en vez de otros dos platos de pasta.
—Es que me he puesto un poco a dieta —le explicó Lex a su hermano—. A dieta fresca, no calórica. O sea, para darle a mi cuerpo algo más de verduras y vitaminas.
—¿Dieta fresca? —se sorprendió Yenkis—. Lex, tú eres capaz de comerte cuarenta contenedores de residuos tóxicos y seguir tan fresco.
—Pourquoi veux-tu faire honte à moi devant cet serveur? —se mosqueó. (= ¿Por qué quieres abochornarme delante de este camarero?)
—Ça déjà le fais tu seul —bufó Yenkis. (= Eso ya lo haces tú solo.)
—Mon oeil. (= Y un cuerno.)
Yenkis no exageraba. Su hermano Lex realmente podía calificarse como la persona más normal de toda su familia, pero poseía una de las mayores rarezas jamás vistas con la comida. No era sólo que pudiera comer cantidades descomunales de una sola vez. Aparte de eso, cuando el resto del mundo vomitaría fácilmente con sólo imaginarlo, él solía mezclar distintos tipos de comida de forma insólita, se podía comer un cuenco de cereales con leche mezclados con kétchup, chocolate, espaguetis y brócoli, por ejemplo.
El camarero, apurado al pensar que lo habría ofendido, trató de arreglarlo con algún comentario amable.
—Oh, hablan ustedes el idioma japonés fenomenal.
Los dos Vernoux se lo quedaron mirando.
—Es que somos japoneses —le dijo Yenkis.
—De nacionalidad, sí, y genéticamente, somos un cuarto japoneses —explicó Lex—. También un cuarto rusos. Y mitad franceses.
—Oh… Caray… —El camarero estaba anonadado, no acostumbrado a encontrarse con clientes tan raros.
Para no seguir metiendo la pata, optó por huir de ahí y seguir cumpliendo con su trabajo.
—Oye, ¿qué tal le va a la tarada de Cleven? —preguntó Lex, mientras comenzaba a comerse los picos de pan de la cesta de la mesa—. ¿Está en algún lío?
—¿Eh? —Yenkis se puso nervioso, pensando si su hermano se había enterado—. Le va… bien… ¿P-por qué lo preguntas?
—Hace días que no me escribe. Solemos escribirnos de vez en cuando para contarnos nuestras tonterías. Pero la última vez fue hace una semana ya. ¿Está ya agobiada con exámenes? Es un poco pronto.
—Mmm… No… Bueno… Cleven está bien, normal, con sus cosas… —se encogió de hombros, procurando no irse de la lengua.
Lex asintió, conforme. El niño respiró aliviado, había temido estropear los planes de su hermana cuando ella le había confiado a él su secreto.
Tras un rato distraídos, Yenkis mirando la calle y Lex acabándose todos los picos de pan de la mesa, el niño pensó que Lex debía de estar esperando a que él empezara a preguntar por el tema. En ese momento, se dio cuenta de que su hermano no se había comido todo el pan porque estuviera muerto de hambre y no pudiera esperar a la comida, sino porque estaba nervioso, y eso en Lex era muy inusual. Yenkis supo percibir, entonces, que hablar de esto era duro para él.
—A ver —habló el hombre de repente—. Cuéntame tú primero. Dime dónde has encontrado ese nombre y lo que sabes sobre él.
—Ah… está bien —dijo Yenkis, y le contó todo lo que había leído en aquel artículo, incluyendo el nombre de Monique Vernoux y cómo se encontró la policía el cuerpo de Jean al día siguiente del asesinato.
—Hm… —murmuró el médico, pensativo—. Se han saltado unas cuantas cosas. Pero es normal. A la versión de la policía le falta todo el contexto. Toda la historia de alrededor.
—Lex. ¿De verdad vas a contármelo? ¿Sólo porque te he dado un nombre?
—Yen —se subió las gafas sobre el puente de la nariz—. Habiendo descubierto ese nombre, y más aún su apellido, es seguro que no me pueda echar atrás. Si ya has llegado hasta este punto, es mejor que conozcas la historia contada por alguien que sabe la verdad antes que seguir descubriendo por tu cuenta posibles falsas o incompletas versiones de por ahí. Deduzco que has venido a mí directamente y no le has hecho esa pregunta a papá, ¿verdad?
—No, a papá no le he preguntado nada sobre ese tal Jean Vernoux.
—Y no lo hagas. Nunca —le advirtió su hermano—. Nunca le menciones ese nombre.
—¿Por?
—Le abrirás una herida que ha estado toda la vida intentando cerrar. Jean Vernoux es la peor pesadilla de papá. Su trauma desde la infancia.
—Es… —murmuró Yenkis, tan asombrado como estremecido por las palabras de Lex—. ¿Es por… lo que sucedió? ¿Por lo que ese periódico antiguo que he leído en Internet decía? ¿Lo de que ese Jean… asesinó…?
—¿Hasta qué punto quieres conocer el pasado de papá, Yenkis? —le interrumpió serio—. ¿Tanto lo necesitas como para hurgar en las heridas del pasado de una persona traumada?
—¡Yo sólo quiero saber por qué me brilla un maldito ojo en la oscuridad, Lex! —brincó alterado, dando un golpe en la mesa—. ¡Y por qué a papá le pasa lo mismo!
Lex le hizo un gesto severo con la mano, indicándole que se calmara. Yenkis lo hizo.
—¿Acaso es para tanto? ¿Es tan importante que papá nos oculte cosas de su vida? —insistió el niño.
—Para él, sí. Por eso te lo pregunto, Yenkis. ¿Estás dispuesto a hacerle este daño a papá? Porque tarde o temprano él descubrirá que tú has ido destapando cosas de su pasado que por muchas razones él se ha esforzado por mantener tapadas. Su disgusto será grande. Entonces tú deberás saber explicarle lo importante que es para ti haber hecho esto, para que él lo entienda.
Yenkis se sorprendió al captar lo que Lex quería decirle. No sólo le estaba diciendo que esto que estaba haciendo iba a sentarle muy mal a su padre, sino que también comprendía por qué el propio Yenkis necesitaba hacerlo. Lex respetaba el derecho de ambos, uno de ocultar su pasado, y el otro de descubrirlo para conocer así una parte de sí mismo que llevaba toda la vida intrigándole cada vez más, su ojo de luz. Su hermano sólo le estaba diciendo que se preparase para las consecuencias si quería seguir adelante con esto, y que supiera resolverlas o lidiar con ellas de la manera correcta.
Llegó el camarero con un carro de varios estantes para llevar todos los platos de Lex, y los sirvió en la mesa, que se había quedado muy silenciosa. Cuando el camarero se marchó y dejó la mesa atestada de platos de comida, Lex se puso la servilleta sobre el regazo sofisticadamente y le dio el primer bocado a una de sus tres pizzas familiares.
—Enano —dijo seriamente—, sólo te voy a contar las relaciones que hay con ese nombre. Sólo te hablaré de quién es Jean Vernoux, de lo que hizo y de cómo eso llevó a papá hasta la otra punta del mundo.
—De acuerdo —contestó, prestando toda su atención—. Sólo el hecho de que me vayas a contar algo me es suficiente.
Yenkis salió de la boca de metro hacia las calles, cerca de donde el distrito de Shibuya terminaba y comenzaba el de Minato. Había viajado hasta el centro de la ciudad para seguir cumpliendo con sus firmes intenciones de averiguar más cosas acerca de los secretos de su padre. Acababa de descubrir algo nuevo e inesperado, la existencia de un tal Jean Vernoux, que hizo algo imperdonable hace muchos años, provocando una triste tragedia.
Por supuesto, había otras personas en el mundo que se apellidaban Vernoux y no tenían absolutamente nada que ver con su familia. El Jean Vernoux que descubrió en ese antiguo artículo de periódico francés podía ser un tipo cualquiera sin ningún tipo de conexión con el "Jean" a secas que el viejo Lao le mencionó a Hana cuando hablaron en la puerta de casa. Pero es que Yenkis no iba a poder seguir viviendo tranquilo hasta confirmar si había conexión o no. De hecho, él estaba convencido de que era el mismo hombre, el del periódico y el que mencionó el viejo Lao. Las piezas sobre la historia que leyó sobre ese tal Jean Vernoux podían encajar perfectamente en esos huecos vacíos que conformaban las incógnitas de la vida de su padre. Es decir, no había ningún dato que no encajase o echara por tierra la posibilidad.
Pero, claro. Necesitaba una confirmación definitiva. Una prueba. Y el único que ahora podía dársela era su hermano. Si al fin podía destapar una, aunque sólo fuera una cajita de las muchas que su padre mantenía cerradas... Yenkis no se iba a ir con las manos vacías esta vez.
Llegó al gran complejo de edificios del afamado Hospital Kyoko. Entró por la puerta principal, y se encontró con mucha gente en la recepción. Todo el mundo estaba muy atareado por ahí. La idea de llamar o de escribir a su hermano avisándolo de que estaba ahí y que quería verlo no iba a servir de nada, porque Lex iba a adivinar al instante el motivo, y lo iba a ignorar totalmente. Lo mismo si iba a la recepción y le pedía al recepcionista que llamara a su hermano; aparte de que no lo iban a molestar en medio de su trabajo si no había una urgencia, Lex igualmente lo iba a ignorar.
Así que... su mejor intento apuntaba a eso. Crear una urgencia. Entornó sus ojos plateados con astucia, localizando el lugar donde más médicos había para llamar su atención. Caminó hacia aquella zona, cerca de los ascensores. Carraspeó un poco, e hizo algunos estiramientos, para prepararse. Y de repente... ¡PLAS! Se tiró al suelo con el mayor dramatismo que la historia del Arte Dramático había visto jamás, digno de un Óscar al mejor actor de la exageración.
—¡Juaaaggh...! ¡Ayudaaaghh...! ¡Me mueroooghh...!
—¡Oh, Dios mío, este niño está sufriendo un ataque!
Los cuatro médicos y dos enfermeros que había ahí se agacharon a su lado corriendo mientras el muchacho se retorcía como si estuviera poseído por el demonio.
—¡Muchacho, trata de no moverte, te harás daño!
—¡Dinos dónde te duele, dinos dónde está el problema!
—¡Aaaahh...! ¡Necesito al doctor Vernoux! ¡Gaghhh! ¡Él es mi médico... el único que puede salvarme...! ¡Llámenlo... rápido...!
—¡Vayan a llamarlo, vayan! —le dijo una médico a los enfermeros—. ¡Está en su despacho ahora! ¡Este chico debe de ser paciente suyo!
—¡Ya estoy viendo la luz...! ¡Veo una luz al final del túnel...! Tengo frío... y miedo... y sueño... ¡Gaaghhh!
—¡No vayas hacia la luz, niño, no vayas! —lloraron los médicos a su alrededor.
Los enfermeros ya se habían ido corriendo a avisar a Lex. Uno de los doctores le dijo a Yenkis que iba a llevarlo a una camilla a examinarlo él mismo, pero el niño se resistió, rodando por el suelo, fingiendo convulsiones. A los pocos segundos, ya había un corro de gente rodeándolos, observando expectantes cómo el médico intentaba vanamente coger en brazos a Yenkis y cómo los otros se santiguaban varias veces.
—¿Dónde está? —preguntó Lex, corriendo por los pasillos con uno de los enfermeros que fue a llamarlo.
—En la entrada principal.
—¿Quién es?
—Un niño. Se ha puesto fatal de repente, le ha dado un ataque.
—¿Y por qué me llama a mí? —se extrañó, cuando doblaron una esquina.
—Dijo que eras el único que podía curarle. ¿Será algún paciente tuyo?
Lex no contestó, porque no tenía ni idea, y cuando llegaron allí, se paró en seco, asombrado ante la masa de gente que se había reunido allí.
—Aquí está, dejad que pase —dijo una doctora cuando vio a Lex, y el corro se abrió, dejando al descubierto la descorazonadora escena de un niño moribundo.
—Lex... hermano... —gimió Yenkis en el suelo, alzando una mano temblorosa hacia él—. Diles a papá y a Cleven... que no lloren por mí...
—¿Es su hermano? —se preguntaron todos los allí presentes, sorprendidos.
Cuando la gente miró a Lex, se lo encontraron mudo y petrificado, con una cara de color rojo incandescente, y cinco venas hinchadas por la frente y el cuello. Sin poder cerrar la boca, ni los párpados, ni hacer que le corriera la sangre a la cabeza, Lex giró sobre sus talones, dando media vuelta, y se alejó de allí a toda velocidad. Huyó. La gente se preguntó por qué se iba, y Yenkis se apresuró a detenerlo.
—¡Lex, espera! —exclamó, poniéndose en pie.
—¿¡Pero tú no te estabas muriendo!? —gritó el médico que estaba junto a él.
Yenkis corrió por el pasillo por donde su hermano se había ido, alcanzándolo a los pocos segundos.
—¡Lex! —lo agarró de la bata blanca, parándole los pies—. ¡O sea que me muero y te da igual!
El hombre se volvió hacia él, sacando garras y colmillos, con un aura de fuego a su alrededor, y Yenkis dio un paso atrás del susto. Podía ver tras las gafas de su hermano sus ojos azules inyectados en furia. Pero un segundo después, Lex le dio la espalda y empezó a andar de un lado a otro.
—Calma... calma... No te alteres... —se decía a sí mismo una y otra vez—. Tiene 12 años... aún es joven para matarlo...
—¿Hablas solo como los locos? —sonrió Yenkis, divertido.
—¡Ya está! ¡Te mato! —se abalanzó sobre él.
—¡Socorrooo...!
La gente había vuelto a dispersarse en la entrada principal, todo se quedó otra vez en calma, solo que el médico que antes había tratado de coger a Yenkis se quedó hablando con la otra doctora sobre lo ocurrido.
—Gamberros así no había en mis tiempos, cielo santo —decía la mujer, negando con la cabeza.
—Por un momento me he tragado su actuación, menudo crío —farfulló el hombre—. Me pregunto si Vernoux...
En ese momento, los dos vieron pasar a Lex por allí con el niño cogido bajo un brazo, pataleando.
—¡Suelta, sueltaaa! —gritaba Yenkis—. ¡Que alguien llame a los servicios sociales!
—¡Vernoux! —lo llamó el médico—. ¿Adónde vas? ¡Tienes un paciente esperando en tu despacho!
—¡Que me sustituyan! —replicó cabreado, saliendo a zancadas del edificio.
Lex no soltó a Yenkis hasta que llegó a la salida del aparcamiento. Lo dejó bruscamente en el suelo y puso los brazos en jarra, mirándolo con fiereza, y Yenkis le sonrió con cara inocente. Lex empezó a negar con la cabeza, conteniéndose.
—Te arrancaría la cabeza, Yen.
—¡Jajaja! Tenías que haberte visto la cara —se rio—. Venga, no ha sido para tanto.
—No te conformas con parecerte físicamente a papá, sino que también tienes que hacer este tipo de payasadas para ser ya idéntico a él... —masculló.
—¿Qué? —Yenkis arrugó el ceño, sin entender aquello—. ¿De qué hablas? Si papá es el hombre más aburrido y estricto que existe.
—Oh... —Lex lo miró sorprendido, dándose cuenta de que se había ido un poco de la lengua. Había olvidado que tanto Yenkis como Cleven ahora sólo conocían a la falsa versión seria y amargada de su padre—. En fin, enano, no vuelvas a hacer algo así en mi lugar de trabajo.
—Vamos, ¿es que no te alegras de verme?
—¿Por qué has venido en realidad? —preguntó muy seriamente.
—Para preguntarte algo... sobre papá.
Lex lo miró un momento en silencio.
—Yen... No es un buen momento. Tengo mucho trabajo, ¿entiendes? Vuelve a casa, anda —suspiró, dando media vuelta.
—¿Quién es Jean Vernoux? —preguntó entonces, directo al grano.
Vio que su hermano mayor se paró en seco, tal como esperaba. Lex se giró enseguida.
—Comment as-tu trouvé ce nom? (= ¿Cómo has dado con ese nombre?)
—Est-il de notre famille? (= ¿Es de nuestra familia?)
Lex miró para otro lado, reflexivo. Luego se rascó la cabeza con resignación.
—Joder... —murmuró—. Espera aquí.
Se metió de nuevo en el hospital. Yenkis se apoyó contra el murillo que limitaba el aparcamiento con la calle y esperó tranquilamente. Sabía que, al decir el nombre, su hermano no iba a dejar la cosa tal cual. Al poco rato, apareció sin la bata, vestido normal.
—Me han dejado el resto del día libre —declaró—. De todas formas me lo merezco.
Posó una mano sobre la cabeza del niño y lo llevó calle arriba.
—¿Adónde vamos? —preguntó Yenkis.
—Te invito a comer.
—¿¡Significa eso que al fin vas a contarme algo!? —brincó eufórico.
—Cállate y camina.
Cinco minutos después de abandonar el hospital, Lex y Yenkis se sentaron en la terraza de un restaurante italiano, rodeada de una valla de arbustos, en cuyas mesas ya había gente comiendo. Se pusieron el uno frente al otro, y Lex dio un largo suspiro de cansancio, como si hubiera vuelto a nacer al sentarse. Se quitó un momento las gafas para limpiarlas con un paño de seda que guardaba en la funda en su cartera.
Cuidaba sus gafas como si fueran un tesoro. Pertenecieron a su abuelo materno, Hideki. Aunque las lentes fueran diferentes, acordes a su graduación, la montura era la misma. Era de plástico oscuro, con el remate de las patillas de madera y la bisagra dorada. Todo el mundo solía decirle a Lex que incluso se parecía mucho a Hideki en aspecto y en su comportamiento disciplinado y sosegado, lo que también le venía de su madre, Katya. Pero, por mucho que él lo quisiera negar, tenía también multitud de rasgos secretos de su padre que la gente pasaba desapercibidos. De nariz para arriba, el semblante de Lex era como el de Hideki, pero en boca y barbilla era igual que Neuval. Lex era una persona tranquila y seria la mayor parte del tiempo, pero cuando sonreía, tenía ese característico rasgo que se heredaba genéticamente de los padres, los hoyuelos, que a Neuval también se le marcaban, aunque no se le veían cuando tenía barba.
Yenkis observó a su hermano sintiendo ese alivio al sentarse en la silla, pensando que debía de haber estado hasta arriba de trabajo, puesto que, siendo días festivos, algunos médicos se habían ido de viaje y los que se habían quedado, como él, tenían que trabajar el doble. Solía pasar.
Lex tenía 25 años, y se había graduado en Medicina a los 23 años. Se marchó de casa a los 19, un año después de la muerte de su madre, cuando su padre trató de borrarle la memoria, pero apenas dos días más tarde recuperó los recuerdos porque la Técnica de su padre no funcionó en su mente. No obstante, como consecuencia, Lex acabó con una memoria confundida al haber estado expuesta a dos realidades. Aquello le superó y decidió marcharse.
—¿Cómo es que no te has ido por ahí de viaje? —quiso saber Yenkis, mientras ojeaba el menú—. Siempre te sueles ir a la casa de campo de los padres de Riku.
—Riku tenía mucho que hacer esta semana, no podía —contestó, aflojándose la corbata cuando los rayos del sol asomaron a la terraza.
—¿En qué trabaja ella? Nunca me acuerdo.
—Es asistente social.
—¿Qué hace un asistente social como Riku?
—Entre otras cosas, ahora anda por algunas casas para cuidar de algún anciano que se ha quedado solo, o bien comprobar si los menores de edad de una familia descontrolada están siendo bien cuidados.
—Bienvenidos. ¿Qué van a tomar? —apareció un camarero junto a ellos.
—Yo una pizza de queso y jamón, por favor —contestó Yenkis enseguida.
—Yo también quiero esa —dijo Lex, mirando las cosas de la carta con cara pensativa, y el camarero asintió alegremente mientras apuntaba en su libreta—. Y traiga también otra pizza de pepperoni. Y también una de champiñones. Las tres pizzas tamaño familiar. Ah, aquí está... También el plato de espaguetis con albóndigas extragrandes acompañado por patatas con cebolla y pan de ajo. Si es posible, ¿les pueden echar mermelada de fresa y curri? Pagaré ese extra. También querría alitas de pollo a la barbacoa, y aparte de la salsa barbacoa, échenles sirope de chocolate y mostaza también. Y… no sé... Una ensalada, por si me quedo con hambre —concluyó, cerrando la carta.
—Eh... —balbució el camarero, que tenía la mano dolorida de tanto escribir—. ¿Pero esperan a más gente?
—No, sólo somos nosotros dos —contestó Lex tranquilamente.
—¿Usted... —insistió el camarero, revisando su libreta por si acaso—... ha pedido tres pizzas tamaño familiar, un plato de pasta con albóndigas, otro de patatas, otro de pan y otro de alitas de pollo?
—Oh, y la ensalada —le indicó Lex, viendo que se había olvidado.
—Ah... Eh... —El camarero se pasó una mano por la frente, sudando—. Perdone que le pregunte, pero... ¿Comerá todo eso? Es que... Bueno, no sé cómo decírselo...
—Discúlpele, señor camarero —intervino Yenkis, sonriendo—. Es que mi hermano se cree que es un hombre normal y corriente, y no es capaz de ver qué hay de raro en su extraordinario desorden alimenticio comparado con el resto de felices mortales, ya que jamás engorda y está más sano que una manzana. Y esas terribles mezclas de sabores que pide son normales para él. No se preocupe, se lo comerá todo, y es probable que después le pida un par de postres. Lo raro es que le haya pedido una ensalada en vez de otros dos platos de pasta.
—Es que me he puesto un poco a dieta —le explicó Lex a su hermano—. A dieta fresca, no calórica. O sea, para darle a mi cuerpo algo más de verduras y vitaminas.
—¿Dieta fresca? —se sorprendió Yenkis—. Lex, tú eres capaz de comerte cuarenta contenedores de residuos tóxicos y seguir tan fresco.
—Pourquoi veux-tu faire honte à moi devant cet serveur? —se mosqueó. (= ¿Por qué quieres abochornarme delante de este camarero?)
—Ça déjà le fais tu seul —bufó Yenkis. (= Eso ya lo haces tú solo.)
—Mon oeil. (= Y un cuerno.)
Yenkis no exageraba. Su hermano Lex realmente podía calificarse como la persona más normal de toda su familia, pero poseía una de las mayores rarezas jamás vistas con la comida. No era sólo que pudiera comer cantidades descomunales de una sola vez. Aparte de eso, cuando el resto del mundo vomitaría fácilmente con sólo imaginarlo, él solía mezclar distintos tipos de comida de forma insólita, se podía comer un cuenco de cereales con leche mezclados con kétchup, chocolate, espaguetis y brócoli, por ejemplo.
El camarero, apurado al pensar que lo habría ofendido, trató de arreglarlo con algún comentario amable.
—Oh, hablan ustedes el idioma japonés fenomenal.
Los dos Vernoux se lo quedaron mirando.
—Es que somos japoneses —le dijo Yenkis.
—De nacionalidad, sí, y genéticamente, somos un cuarto japoneses —explicó Lex—. También un cuarto rusos. Y mitad franceses.
—Oh… Caray… —El camarero estaba anonadado, no acostumbrado a encontrarse con clientes tan raros.
Para no seguir metiendo la pata, optó por huir de ahí y seguir cumpliendo con su trabajo.
—Oye, ¿qué tal le va a la tarada de Cleven? —preguntó Lex, mientras comenzaba a comerse los picos de pan de la cesta de la mesa—. ¿Está en algún lío?
—¿Eh? —Yenkis se puso nervioso, pensando si su hermano se había enterado—. Le va… bien… ¿P-por qué lo preguntas?
—Hace días que no me escribe. Solemos escribirnos de vez en cuando para contarnos nuestras tonterías. Pero la última vez fue hace una semana ya. ¿Está ya agobiada con exámenes? Es un poco pronto.
—Mmm… No… Bueno… Cleven está bien, normal, con sus cosas… —se encogió de hombros, procurando no irse de la lengua.
Lex asintió, conforme. El niño respiró aliviado, había temido estropear los planes de su hermana cuando ella le había confiado a él su secreto.
Tras un rato distraídos, Yenkis mirando la calle y Lex acabándose todos los picos de pan de la mesa, el niño pensó que Lex debía de estar esperando a que él empezara a preguntar por el tema. En ese momento, se dio cuenta de que su hermano no se había comido todo el pan porque estuviera muerto de hambre y no pudiera esperar a la comida, sino porque estaba nervioso, y eso en Lex era muy inusual. Yenkis supo percibir, entonces, que hablar de esto era duro para él.
—A ver —habló el hombre de repente—. Cuéntame tú primero. Dime dónde has encontrado ese nombre y lo que sabes sobre él.
—Ah… está bien —dijo Yenkis, y le contó todo lo que había leído en aquel artículo, incluyendo el nombre de Monique Vernoux y cómo se encontró la policía el cuerpo de Jean al día siguiente del asesinato.
—Hm… —murmuró el médico, pensativo—. Se han saltado unas cuantas cosas. Pero es normal. A la versión de la policía le falta todo el contexto. Toda la historia de alrededor.
—Lex. ¿De verdad vas a contármelo? ¿Sólo porque te he dado un nombre?
—Yen —se subió las gafas sobre el puente de la nariz—. Habiendo descubierto ese nombre, y más aún su apellido, es seguro que no me pueda echar atrás. Si ya has llegado hasta este punto, es mejor que conozcas la historia contada por alguien que sabe la verdad antes que seguir descubriendo por tu cuenta posibles falsas o incompletas versiones de por ahí. Deduzco que has venido a mí directamente y no le has hecho esa pregunta a papá, ¿verdad?
—No, a papá no le he preguntado nada sobre ese tal Jean Vernoux.
—Y no lo hagas. Nunca —le advirtió su hermano—. Nunca le menciones ese nombre.
—¿Por?
—Le abrirás una herida que ha estado toda la vida intentando cerrar. Jean Vernoux es la peor pesadilla de papá. Su trauma desde la infancia.
—Es… —murmuró Yenkis, tan asombrado como estremecido por las palabras de Lex—. ¿Es por… lo que sucedió? ¿Por lo que ese periódico antiguo que he leído en Internet decía? ¿Lo de que ese Jean… asesinó…?
—¿Hasta qué punto quieres conocer el pasado de papá, Yenkis? —le interrumpió serio—. ¿Tanto lo necesitas como para hurgar en las heridas del pasado de una persona traumada?
—¡Yo sólo quiero saber por qué me brilla un maldito ojo en la oscuridad, Lex! —brincó alterado, dando un golpe en la mesa—. ¡Y por qué a papá le pasa lo mismo!
Lex le hizo un gesto severo con la mano, indicándole que se calmara. Yenkis lo hizo.
—¿Acaso es para tanto? ¿Es tan importante que papá nos oculte cosas de su vida? —insistió el niño.
—Para él, sí. Por eso te lo pregunto, Yenkis. ¿Estás dispuesto a hacerle este daño a papá? Porque tarde o temprano él descubrirá que tú has ido destapando cosas de su pasado que por muchas razones él se ha esforzado por mantener tapadas. Su disgusto será grande. Entonces tú deberás saber explicarle lo importante que es para ti haber hecho esto, para que él lo entienda.
Yenkis se sorprendió al captar lo que Lex quería decirle. No sólo le estaba diciendo que esto que estaba haciendo iba a sentarle muy mal a su padre, sino que también comprendía por qué el propio Yenkis necesitaba hacerlo. Lex respetaba el derecho de ambos, uno de ocultar su pasado, y el otro de descubrirlo para conocer así una parte de sí mismo que llevaba toda la vida intrigándole cada vez más, su ojo de luz. Su hermano sólo le estaba diciendo que se preparase para las consecuencias si quería seguir adelante con esto, y que supiera resolverlas o lidiar con ellas de la manera correcta.
Llegó el camarero con un carro de varios estantes para llevar todos los platos de Lex, y los sirvió en la mesa, que se había quedado muy silenciosa. Cuando el camarero se marchó y dejó la mesa atestada de platos de comida, Lex se puso la servilleta sobre el regazo sofisticadamente y le dio el primer bocado a una de sus tres pizzas familiares.
—Enano —dijo seriamente—, sólo te voy a contar las relaciones que hay con ese nombre. Sólo te hablaré de quién es Jean Vernoux, de lo que hizo y de cómo eso llevó a papá hasta la otra punta del mundo.
—De acuerdo —contestó, prestando toda su atención—. Sólo el hecho de que me vayas a contar algo me es suficiente.
Comentarios
Publicar un comentario