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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









66.
Ángel caído (5/5)

[ AVISO: este capítulo contiene abuso infantil ]

«En los primeros instantes, el Hombre Dorado no pareció darse cuenta o entender qué había pasado, hasta que vio esos chorros de sangre saliendo de él y cayendo sobre Neuval. Empezó a emitir gemidos y sonidos horribles, estaba intentando gritar, pero tenía las cuerdas vocales laceradas. Soltó a Neuval, esta vez entrando él en pánico; se llevó las manos al cuello, que no paraba de sangrar; se tambaleó por la habitación.

Pim y Gon gritaron con horror y se apartaron corriendo cuando el tipo trató de ir hasta ellos. Neuval se levantó de la cama, con toda la ropa manchada de sangre, sosteniendo la navaja en la mano. Pim y Gon, al verlo, temblaron de un miedo mayor, pues en ese momento, el rostro de Neuval era terrorífico. Tenía los ojos inyectados en ira, uno de ellos brillaba de una luz gris, y respiraba con fuerza con los dientes apretados.

Al ver que el tipo obeso seguía tambaleándose por la habitación, quejándose, ahogándose en su propia sangre, Neuval se abalanzó contra él, lo derribó contra el suelo y, sin más dilación, le clavó la navaja en un ojo, atravesando la rendija de la careta de oro. Apretó con fuerza, profundamente, hasta que el hombre dejó de moverse por fin, y de respirar. Sin embargo, Neuval apretó tan fuerte que acabó rompiendo la navaja, y la hoja se quedó dentro de los sesos del hombre, mientras que él se quedó con el mango en la mano. Lo miró con fastidio, ya era inservible, y lo tiró a un lado.

Pim y Gon no sabían lo que le había pasado a ese chico, pero estaba diferente. Era como si hubiese explotado algo dentro de él y ya no aguantaba más tonterías. Cuando Neuval fue hacia ellos de repente, los hermanos se estremecieron, preguntándose si había perdido la cabeza y ahora los iba a matar a ellos. Pero Neuval agarró a cada uno de un brazo y tiró de ellos bruscamente, sacándolos de la habitación sin perder más tiempo.

Al salir al pasillo, miró a un lado y a otro, serio, frío y atento. Sólo había cuatro puertas más, de otras suites. Caminó directamente hacia una de ellas y empezó a llamar repetidamente con los nudillos. Pim y Gon se preguntaban qué demonios hacía.

—¿¡Quién es!? ¿¡Qué pasa!? —protestó la voz de un hombre al otro lado.

Neuval siguió golpeando con los nudillos, y cuando el otro abrió la puerta, pasó adentro sin más.

—¿Pero qué…? —se dijo el viejo que había abierto la puerta, cubierto nada más por un albornoz medio atado.

Neuval se encontró con una habitación lujosa pero más normal, y con un niño tumbado en la cama que parecía un poco mareado. Todavía no estaba desvestido. Pero encima del escritorio que Neuval tenía a su derecha, vio utensilios de lo más grotescos preparados para usarse. Se quedó mirando al niño muy quieto, pero con la respiración cada vez más fuerte, mientras el viejo se le acercaba por detrás.

—¡Eh, tú eres el chico aquel…! ¡El Ángel Caído! —decía—. ¿De qué te has manchado la ropa? —preguntó confuso al ver todo ese rojo en el traje del niño—. ¡Oh! No me digas que el Hombre Dorado se ha vuelto generoso y ha decidido compartirte… —sonrió, alargando una mano hacia su hombro.

Neuval agarró el respaldo de una silla que tenía justo a su lado, junto al escritorio, y se la estampó con brutal fuerza en toda la cabeza. La silla, de madera maciza, se partió en pedazos, y el viejo cayó inconsciente al suelo, con una oreja destrozada, la mandíbula desencajada y una brecha en la sien sangrando sin parar. Neuval agarró al otro niño de un brazo, levantándolo de la cama, y lo obligó a salir con él de la habitación a pesar de los tambaleos que daba. Lo dejó junto a los hermanos Pim y Gon, que estaban perplejos por lo ocurrido, pero se ocuparon de sujetar al niño mareado mientras Neuval llamaba con los nudillos a otra puerta.

Esta vez, abrió una mujer algo joven y completamente desnuda, relamiendo una paleta de caramelo. Era morena y de piel pálida, con rasgos occidentales y guapa, y no mostraba recato alguno.

—¡Hey! —se sorprendió al ver a su visitante. Hablaba en inglés—. ¡Tú…!

Neuval la ignoró y pasó al interior de la habitación. Era una habitación decorada con una temática más gótica, o vampiresca, con las paredes cubiertas de cortinas onduladas negras y rojas, muchas velas y candelabros antiguos, y había un columpio colgando del techo. En la cama, vio a una niña, quizá un poco mayor que él, y junto a ella había sentada otra mujer, seguramente amiga de la otra pero algo más vieja, en ropa interior. La niña estaba desnuda y con una mordaza en la boca, y le habían atado las muñecas a los barrotes del cabecero de la cama con cuerdas negras, mientras aquella señora le echaba gotas de cera ardiente sobre el vientre, de una vela encendida que sujetaba en la mano. Cada vez que una gota caía sobre su piel, la niña gritaba de dolor lo poco que el pañuelo de la boca le permitía.

Darling! —llamó la mujer joven a la otra mayor, señalando a Neuval, que se había parado en medio de la habitación—. El niño estrella está aquí, acaba de entrar en nuestro reino.

Oh, my! —se emocionó la señora, dejando la tortura de la niña a un lado y la vela en un candelabro, y se acercó a él—. ¡Qué sorpresa! ¿Lo han enviado aquí? Por favor, mira qué hermoso es… Espera, ¿eso es sangre? ¿Te has hecho daño, jovencito, estás herido?

Neuval la esquivó y fue directo a la cama, y empezó a intentar desatar el nudo de una de las cuerdas que oprimían la muñeca de la niña.

—¿Pero qué hace? —preguntó la señora.

Neuval intentó mantener los ojos fijos en ese nudo, que estaba demasiado duro. Pero no podía evitar ver por el rabillo el vientre de esa niña lleno de gotas de cera ya enfriada, y el rostro de ella, mirándolo con ojos llenos de lágrimas y agotamiento.

—Disculpa, chico, no hagas eso —le dio la mujer joven, pero Neuval la ignoró de nuevo—. ¿Me has oído? Seguro que sabes inglés. No me ignores, jovencito.

El nudo estaba realmente fuerte y Neuval no conseguía desatarlo. Se estaba desesperando. Intentaba mantener la cabeza fría, pero no pudo reprimir algunas lágrimas de rabia mientras hacía lo posible por quitar esa maldita cuerda.

—¡He dicho que no hagas eso! —se enfadó la mujer joven, acercándose a él junto a su compañera.

—¡Niño! —corroboró la otra, yendo a apartarlo—. ¡Por muy divino que seas, sigues teniendo el deber de obedecer a tus dueñ-…!

Neuval no aguantó más, agarró el candelabro de hierro que tenía al lado, que era más alto que él, y lo blandió contra la señora con todas sus fuerzas, dejándola noqueada en el suelo igual que el anterior viejo.

Darling! —gritó la otra con horror.

Pero no le dio tiempo a gritar ni a hacer nada más cuando Neuval la golpeó brutalmente en la cabeza con el candelabro. Las dejó sangrando en el suelo. Acto seguido, cogió una de las velas encendidas que había por la habitación, y con la llama quemó las cuerdas, logrando liberar por fin a la niña. Cuando le quitó la mordaza, la niña respiró aliviada entre sollozos y se intentó quitar la cera pegada a la piel de su vientre, pero le dolía. Neuval se quitó la chaqueta azul celeste de su vestimenta y cubrió con ella a la chica, la cual se abrazó a sí misma y miró agradecida al niño.

Neuval agarró su mano sin vergüenza o timidez alguna esta vez, y la sacó de la habitación, pasando por encima de los cuerpos de esos dos monstruos. La dejó junto a los otros tres niños en el pasillo. Y llamó a la puerta de otra habitación.

Pim, Gon y los otros dos niños se mantuvieron al margen, juntos, lidiando con los nervios y el miedo, mientras observaban cómo ese extranjero se metía en una habitación, al rato salía con un nuevo niño o niña, lo dejaba con ellos y avanzaba a la siguiente habitación. Todos ya entendieron que ese niño de ojos grises los estaba salvando. Las suites, por fortuna, estaban insonorizadas por prácticas razones y nadie oía los gritos o los golpes. Ningún adulto le negaba la entrada a Neuval cada vez que abrían la puerta porque para ellos recibirlo era una sorpresa muy agradable y pensaban que el Hombre Dorado o los dirigentes de ese negocio habían cambiado de idea y lo habían puesto disponible para todos los clientes.

Neuval no sabía si había llegado a matar a alguno de ellos aparte del hombre obeso, pero descubrió que golpearlos en la cabeza era un método mucho más rápido para dejarlos callados e inmóviles que clavarles una navaja, con lo cual tardaban más en morir y hacían muchos ruidos desagradables, como el Hombre Dorado.

Al último que rescató en la última habitación de ese pasillo, fue al chico más mayor, “el triste Li”, comprado y abusado por dos hombres ya viejos de origen japonés. Lo habían estado golpeando con fustas y tenía marcas enrojecidas por el cuerpo. Neuval encontró un bate de béisbol entre los utensilios sadomasoquistas de esa habitación y dejó a los dos viejos noqueados en el suelo y con algún hueso roto.

Cuando lo dejó con los demás niños en el pasillo, Li temblaba tanto y estaba tan encogido, sin levantar la vista del suelo, que Neuval tuvo que sujetarlo de los hombros y le dio una sacudida. Esto sobresaltó al chico. Neuval era más pequeño y bajo que él, por lo que de repente se encontró con sus ojos grises mirándolo fijamente. Li pensó al principio que esos ojos casi blancos daban mucho miedo. Pero pronto notó lo que había tras ellos. Neuval no le dijo ninguna palabra, pero Li entendió el ruego de ese niño. “Tranquilízate, aguanta un tramo más. Sólo una penuria más. Sólo una. Y todo habrá acabado”.

Cuando Neuval miró a los demás niños, Li comprendió por qué le estaba haciendo esa súplica. Él era el mayor de todos, tenía 14 años y los demás tenían entre 8 y 12. Los mayores y más fuertes siempre protegían a los más pequeños o débiles, y le estaba pidiendo que lo ayudara a proteger a todos. Li miró las manos de Neuval, agarrando sus brazos. Nunca nadie lo había tocado antes con esa gentileza, ni lo había mirado a los ojos como a una persona, ni le habían confiado una tarea tan importante. A veces Neuval sabía cuándo era necesario tratar a alguien con brusquedad y cuándo con gentileza.

Lo que Li no entendía era por qué se lo estaba pidiendo a él si, a pesar de ser el mayor, ya había demostrado ser el más cobarde, si hasta se había hecho pis encima al llegar a ese lugar. No obstante, por alguna razón, Li sintió mucho más miedo de otra cosa. No quería defraudar a ese niño de ojos grises. Surgió un anhelo extraño dentro de él. Deseaba seguir a ese niño y no defraudarlo. Por eso, al final, no supo cómo salió de él, pero le respondió con un asentimiento de la cabeza.

Tras esa señal, Neuval volvió a moverse. Se metió en una de las habitaciones que había visitado, y no le fue difícil encontrar papel y lápiz en los cajones de un escritorio. Los niños esperaron en el pasillo un par de minutos hasta que Neuval regresó con ellos con una hoja en la mano, donde había dibujado un mapa preciso hacia la salida, de su perfecta memoria, y con indicaciones básicas escritas en kanjis chinos, de los que había estudiado esa tarde, como los números, “arriba”, “abajo”, “izquierda”, “derecha”, “puerta”, “llave”…

Le dio el mapa a Li y este lo observó atentamente.

—Vale, pe… pe… p… pero no… tenemos llave —musitó tímidamente el chico, con un tartamudeo marcado.

Neuval sólo entendió “llave” pero sabía a qué se refería, por eso le hizo un gesto con la palma de la mano de que esperase, y se acercó a una pared del pasillo. Alargó un brazo, alcanzó la cajetilla de la alarma de incendios y tiró de la palanca. Los niños exclamaron con nervios cuando empezó a sonar la alarma por todo el lugar.

—¿Qué… q… q… qué haces? —preguntó Li, apurado.

De su anterior altercado con Paku, Neuval ya se había dado cuenta de que además de ser el encargado de resolver los problemas y de vigilar que todo fuera bien con sus clientes, era quien llevaba las llaves de los accesos principales de ese edificio. Por eso, al cabo de pocos minutos, las puertas del ascensor del final del pasillo se abrieron y salió Paku corriendo, alterado, con un walkie-talkie en mano, que se llevó a la boca.

—¡Estoy en la planta donde la alarma de incendios ha sido activada! —informó—. ¡No veo humo, voy a ver…! Pero… —se calló al ver todas las puertas de las suites abiertas, y a ese grupo de siete niños al otro lado del pasillo—. ¿Pero qué diablos…? ¿¡Qué pasa aquí!?

Paku, algo confuso al principio, se olió algo malo y se asomó a las habitaciones.

—¿¡Qué coño es esto!? ¡Hombre Dorado! —descubrió su cadáver en un charco de sangre en medio de su habitación, y corrió hacia las otras—. ¿¡Pero qué hostias ha pasado!? ¡Dios mío! ¿¡Qué habéis hecho!? —entró en pánico tras ver todos esos escenarios donde sus clientes estaban inmóviles en el suelo con diferentes heridas y lesiones—. ¡Aaahh! ¡Joder! —se llevó las manos a su cabeza rapada—. Ma me va a matar…

Cuando miró hacia los niños otra vez, se fijó en el que estaba en cabeza, delante de todos, haciéndole frente.

—Tú… —comprendió Paku—. ¡Has sido tú, demonio! ¡Eres un demonio! ¡Mocoso de mierda! ¡Tú has hecho esto! —se dirigió a él a zancadas.

Neuval no se movió. Solamente le hizo un gesto a Li para que cruzara con los demás niños la puerta que tenían al lado, que llevaba a las escaleras de emergencia, y Li obedeció, llevándose a todos al otro lado, y lo esperó ahí.

—¡Eh, ¿a dónde os creéis que vais?! —gritó Paku, yendo hacia esa puerta, pero Neuval se interpuso en su camino, clavándole una mirada siniestra—. ¡Vas a ver, mocoso! ¡Acabas de hacernos perder miles de dólares!

Cuando Paku no vaciló en dirigir su puño hacia él, Neuval lo esquivó velozmente y comenzó a atestarle golpes en el estómago, patadas en las piernas y puñetazos en la cara cuando tenía su cara al alcance.

—¡Puto niño! —contraatacó Paku, devolviéndole los puñetazos, y lo derribó con una patada—. ¡Si ni siquiera me llegas a la cara, enano! ¿¡Pretendes pelear con un hombre adulto!?

Neuval se levantó del suelo justo antes de que le propinase una segunda patada y siguió atacándolo. Paku era más fuerte y grande, pero Neuval ya había peleado contra personas más fuertes y grandes antes, y tenía varios años de experiencia en peleas callejeras. Paku ya le dejó un labio partido y lo derribó un par de veces más, pero Neuval se ponía en pie, una y otra vez.

Los vicios de la vida era lo que tenía, que al final demasiado tabaco y demasiado alcohol hacían estragos en el cuerpo humano. Paku se estaba agotando, y era lo que el niño estaba esperando. Se estaba volviendo más torpe.

—¡Voy a matarte, monstruo! ¡Gusano! —jadeó el hombre.

Paku le dirigió otro puñetazo, pero lo hizo con el puño derecho y dando un paso adelante con el pie del mismo lado, un error básico en la lucha. Eso ya de primeras rompió su eje de equilibrio. Así que Neuval esquivó ese puño de nuevo y, aferrando entre sus brazos el brazo de Paku, reunió todas sus fuerzas para lanzarlo contra la pared. El hombre se golpeó tan fuerte en la cabeza que cayó de rodillas al suelo, atolondrado, y antes de que pudiera darse cuenta, Neuval cogió su reloj de cadena del bolsillo de su chaqueta hortera de piel de jirafa, se montó sobre su espalda, le pasó la cadena por delante del cuello y comenzó a ahorcarlo con ella.

Paku emitió gemidos de ahogo. Como entró en pánico ante ese ataque, intentó quitarse la cadena que le oprimía el cuello, pero no pudo, e intentó llevar las manos hacia atrás para alcanzar a arañar la cara de Neuval o agarrar sus manos, pero no podía. Se puso en pie con tambaleos, e intentó aplastar a Neuval contra la pared, pero el niño estaba fuertemente sujeto a él, rodeando su flaca cintura con las piernas y tirando de la cadena del reloj por detrás de su nuca.

Paku estaba resistiendo más de lo que Neuval esperaba y sus golpes contra la pared ya le estaban haciendo daño. Perdió la paciencia, y empezó a apretar la fina cadena de oro mucho, mucho más fuerte. Su ojo izquierdo volvió a brillar de esa luz gris. Tiró más fuerte. La cadena comenzó a cortar la piel del cuello de Paku y sus gemidos sonaron más horribles. Al final, Neuval gritó furioso e hizo un movimiento seco, deslizando la cadena, de modo que acabó cortando los músculos y las dos carótidas. Prácticamente lo degolló.

Paku cayó sobre el suelo, perdiendo la vida tan rápidamente como la sangre de su cuello. Neuval se apartó del cuerpo, soltando la cadena. Respiró para recuperar el aliento. Tenía la cara y el cuerpo lleno de salpicaduras rojas. Pero no había tiempo para descansar. Rebuscó en los bolsillos del hombre hasta dar con su manojo de llaves, y se fue hacia la puerta del fondo. Al abrirla, Li y los otros cinco niños, que lo habían estado esperando, exclamaron con susto cuando vieron aparecer a Neuval manchado de sangre, con el labio partido y respirando agotado. Le tendió las llaves a Li, el cual las cogió con gran asombro.

Chuqù —le dijo Neuval.

No lo pronunció adecuadamente, pero Li lo acabó entendiendo. Le decía que salieran, que se fueran.

—Pe… p… p… T… t… ¿tú? —le señaló Li, al ver que él se marchaba escaleras arriba.

Chuqù —repitió Neuval, señalando hacia abajo sin siquiera mirarlo, cansado.

Li dudó al principio, no entendía por qué él se estaba yendo por otro lado. Pero luego se dio cuenta de que ahí estaban siete niños, cuando eran diez en total. Faltaban tres más. Y el niño extranjero, al parecer, iba a rescatarlos por su cuenta. Ellos no tenían ya tiempo y no podían arriesgarse a quedarse más rato ahí desde que Neuval pulsó la alarma de incendios, era cuestión de minutos que los compañeros de Paku llegaran a esa zona. Así que Li respiró hondo, agarró bien las llaves y el mapa, y se llevó a los demás niños escaleras abajo.

Al haber grabado en su memoria eidética todo el mapa del lugar y tras haber sacado a seis de los nueve niños en esa primera planta, donde ya no quedaban más habitaciones, Neuval no tuvo más remedio que deducir que los tres niños que faltaban estaban en la planta de arriba, que, según el mapa, contenía el resto de suites.

Había esperado rescatar a Song de las primeras, pero debía de estar en la segunda planta, aún cautiva. Tenía que darse prisa. Después de ver las cosas terribles que les habían estado haciendo a los otros niños…

Le dolía casi todo el cuerpo, de los golpes que Paku le había propinado. No podía pararse a pensar en ello. El tiempo corría. La alarma era igual de ruidosa en la segunda planta cuando llegó a su pasillo principal. Había como diez puertas y se suponía que sólo tres de ellas estaban ocupadas. Tendría que mirar en todas, en las que hiciera falta. Tenía un deber metido en la cabeza que en este mismo momento se estaba debatiendo contra el dolor, el cansancio, el trauma, la furia, la vergüenza, y los fogonazos incesantes que su iris desquiciado continuaba proyectando en su mente.

Una de las puertas de las suites estaba abierta y había un hombre joven ahí asomado al pasillo, con una careta de un rostro femenino de porcelana y llevando puesto nada más que un vestido corto de tul azul semitransparente, expresando su queja en un idioma que Neuval entendía, era alemán.

—¡A ver si apagan la maldita alarma! ¡Es muy molesta! ¿¡Dónde está el encargado!? ¡Qué mal momento para hacer un simulacro, seguro que no hay fuego por ninguna parte!

Neuval respiró hondo una vez más y caminó hacia él. Por el camino, cogió una de las muchas bandejas de plata que había en un carrito de comida en mitad del pasillo.

—¿Y tú de dónde sales? ¿Te han salpicado de vino tinto o qué? —se sorprendió aquel hombre al verlo venir—. No habrás pulsado tú la alarma, ¿verdad? Los niños os creéis graciosos haciendo este tipo de bromas, por eso hay que disciplin-…

Neuval blandió la bandeja contra su cara con esa brutal fuerza que su iris le estaba otorgando, con tal impacto que le partió la máscara de porcelana en pedazos y uno se quedó clavado en el ojo de ese hombre, quien no tuvo tiempo de gritar o reaccionar porque se golpeó la nuca contra el marco de la puerta y cayó inerte al suelo. Neuval soltó la bandeja como si nada y entró en la habitación. A los pocos segundos salió con una niña más pequeña que él, arrastrándola del brazo hacia el pasillo a la fuerza, porque al parecer esta estaba demasiado confusa con todo y se sentía igual de asustada con él que con su agresor y no paraba de llorar y de resistirse.

Algo dentro de Neuval volvió a estallar, una nueva manifestación de algo insano creciendo dentro de él.

—¡Deja de llorar! —le gritó enfadado—. ¡No tienes tiempo de llorar! ¡Muévete!

La pequeña se quedó estremecida, lo único que vio fueron dos ojos blancos aterradores. Pero Neuval acabó llevándola junto a unas plantas, obligándola a quedarse agachada entre dos grandes macetas, mientras él iba a buscar otra puerta. En vez de llamar con los nudillos a cada una, esta vez optó por guiarse por el oído y pegó la oreja. Alcanzó a oír ruidos en la quinta y la aporreó con el puño insistentemente, haciendo que el inquilino de dentro se molestara y no tuviera más remedio que abrir.

Neuval vio que se trataba de otro tipo con pintas raras y parecía hindú, y, al igual que el anterior, no estaba acompañado por otro adulto que pudiera intervenir. Por lo que, mientras aquel tipo le preguntaba enfadado qué hacía ahí, Neuval ya estaba recogiendo del suelo la bandeja de antes y regresando hacia él. Al parecer, este tipo era más desconfiado y precavido, y de milagro logró prever las intenciones del niño de golpearlo con esa bandeja, por lo que esquivó el primer ataque.

—¿¡Qué te crees que haces!? —le recriminó el hombre.

Sin embargo, cuando vio los ojos diabólicos de ese niño, que parecían brillar por sí solos, comenzó a retroceder de nuevo al interior de la habitación, levantando las manos.

—Te lo advierto… No te acerques… —le decía el tipo, empezando a temerlo de verdad.

La niña agazapada en el pasillo entre las dos macetas vio a ese chico metiéndose en esa habitación. Se tapó los oídos cuando comenzó a escuchar gritos. Al poco rato, vio al chico salir de la mano de otra niña pequeña como ella, que estaba muy nerviosa pero parecía conservar la razón. Por eso, cuando Neuval le señaló hacia la otra niña, esta entendió y corrió hacia ella para estar juntas, y ambas se quedaron abrazadas esperando que ese niño, que parecía saber qué hacer, les diera la siguiente orden.

Una parte de Neuval se sentía aliviado porque ya, sin duda alguna, la última que quedaba era Song y tenía que estar en esa puerta del final del pasillo, la última que le quedaba por comprobar, y no perdió ni un segundo, fue corriendo hacia ella y llamó con el puño.

—Ya estoy aquí, Song… —murmuró para sí, desesperado por acabar ya con todo aquello.

No obstante, escuchó unas voces lejanas. El ascensor se acababa de parar en esa planta, a tres metros de él. Alguien venía. Podían ser varios matones, así que Neuval reaccionó rápido y corrió a esconderse junto a las otras dos niñas entre esos dos maceteros, colocando el carro de las bandejas por delante para que no los vieran. Asomándose con cautela, vio salir del ascensor a dos mujeres y a un hombre. Eran tres de los empleados comunes que trabajaban allí, las dos mujeres vestían con el mismo traje blanco de limpieza que las que asearon a todos los niños al principio, y el hombre llevaba un mono gris como los que habían escoltado a los niños hacia el escenario.

Neuval se preguntó por qué habían venido esos. Y algo le olió mal cuando los vio pararse frente a aquella última puerta de la última suite. Alguien abrió desde el interior. Era el tipo larguirucho de cabello entrecano y despeinado al que llamaban el señor Orlov. Seguía llevando su careta de búho como en la subasta, y sólo llevaba puestos unos calzoncillos. Pero en los brazos llevaba, además, una especie de mangas hechas de plumas pardas a juego con la careta, como si sus brazos estuvieran disfrazados de alas. Parecía muy alterado.

—¡Es que se ha tropezado…! ¡No sé cómo ha podido pasar, ha pasado muy rápido, y…!

—Tranquilícese, señor Orlov —le dijo el hombre de mono gris—. Deje que nos encarguemos.

—¿No podéis hacer algo con ese pitido molesto de la alarma de incendios primero? —protestó el viejo—. Seguro que han sido las góticas raras de la planta de abajo, que con tantas velas le habrán quemado el pelo a algún crío.

—Tenemos compañeros ahora mismo dirigiéndose a la planta de abajo, donde se ha activado la alarma, para comprobar si hay algún fuego, no se preocupe. Cuéntenos qué ha pasado exactamente.

—Vale, ¡pero no ha sido mi culpa! —el tipo disfrazado patéticamente de búho los dejó pasar adentro—. ¡Es que es muy delicada, eso es lo que pasa, me ha tocado una presa muy débil, se lo comentaré a la Anfitriona porque debería asegurarse de ofrecer a niños más resistentes…!

Neuval estaba muerto de preocupación. Algo había pasado ahí, algo había ido mal. Tuvo un presentimiento tan malo que notó un dolor terrible en el pecho. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia aquella puerta abierta. Tenía que saber qué pasaba, tenía que sacar a Song de ahí.

Pero, cuando se detuvo en la puerta y miró al interior, una desgarradora imagen le robó el aliento. La habitación tenía una temática como de un bosque, decorada con árboles falsos. Vio a Song tendida en el suelo. Ese tipo le había hecho ponerse en la cintura una cola de ardilla, y le había pintado en la cara una nariz y unos bigotes. Y ahora, estaba tendida en el suelo, bocarriba, con varios de sus cabellos negros tapando un poco su rostro, pero con los ojos abiertos y vacíos apuntando estáticos hacia la puerta. Hacia Neuval. Había un charco de sangre debajo de su cabeza.

Al parecer, ese monstruo había estado jugando con ella en sus fantasías de depredador y presa. En algún momento, mientras ella era obligada a cumplir su papel de presa que huía de él, él se abalanzó sobre ella con demasiada fuerza y acabó golpeándose la cabeza contra una de las piedras del suelo, que formaban parte de la decoración campestre.

A Neuval se le partió el alma al verla de esa manera.»









66.
Ángel caído (5/5)

[ AVISO: este capítulo contiene abuso infantil ]

«En los primeros instantes, el Hombre Dorado no pareció darse cuenta o entender qué había pasado, hasta que vio esos chorros de sangre saliendo de él y cayendo sobre Neuval. Empezó a emitir gemidos y sonidos horribles, estaba intentando gritar, pero tenía las cuerdas vocales laceradas. Soltó a Neuval, esta vez entrando él en pánico; se llevó las manos al cuello, que no paraba de sangrar; se tambaleó por la habitación.

Pim y Gon gritaron con horror y se apartaron corriendo cuando el tipo trató de ir hasta ellos. Neuval se levantó de la cama, con toda la ropa manchada de sangre, sosteniendo la navaja en la mano. Pim y Gon, al verlo, temblaron de un miedo mayor, pues en ese momento, el rostro de Neuval era terrorífico. Tenía los ojos inyectados en ira, uno de ellos brillaba de una luz gris, y respiraba con fuerza con los dientes apretados.

Al ver que el tipo obeso seguía tambaleándose por la habitación, quejándose, ahogándose en su propia sangre, Neuval se abalanzó contra él, lo derribó contra el suelo y, sin más dilación, le clavó la navaja en un ojo, atravesando la rendija de la careta de oro. Apretó con fuerza, profundamente, hasta que el hombre dejó de moverse por fin, y de respirar. Sin embargo, Neuval apretó tan fuerte que acabó rompiendo la navaja, y la hoja se quedó dentro de los sesos del hombre, mientras que él se quedó con el mango en la mano. Lo miró con fastidio, ya era inservible, y lo tiró a un lado.

Pim y Gon no sabían lo que le había pasado a ese chico, pero estaba diferente. Era como si hubiese explotado algo dentro de él y ya no aguantaba más tonterías. Cuando Neuval fue hacia ellos de repente, los hermanos se estremecieron, preguntándose si había perdido la cabeza y ahora los iba a matar a ellos. Pero Neuval agarró a cada uno de un brazo y tiró de ellos bruscamente, sacándolos de la habitación sin perder más tiempo.

Al salir al pasillo, miró a un lado y a otro, serio, frío y atento. Sólo había cuatro puertas más, de otras suites. Caminó directamente hacia una de ellas y empezó a llamar repetidamente con los nudillos. Pim y Gon se preguntaban qué demonios hacía.

—¿¡Quién es!? ¿¡Qué pasa!? —protestó la voz de un hombre al otro lado.

Neuval siguió golpeando con los nudillos, y cuando el otro abrió la puerta, pasó adentro sin más.

—¿Pero qué…? —se dijo el viejo que había abierto la puerta, cubierto nada más por un albornoz medio atado.

Neuval se encontró con una habitación lujosa pero más normal, y con un niño tumbado en la cama que parecía un poco mareado. Todavía no estaba desvestido. Pero encima del escritorio que Neuval tenía a su derecha, vio utensilios de lo más grotescos preparados para usarse. Se quedó mirando al niño muy quieto, pero con la respiración cada vez más fuerte, mientras el viejo se le acercaba por detrás.

—¡Eh, tú eres el chico aquel…! ¡El Ángel Caído! —decía—. ¿De qué te has manchado la ropa? —preguntó confuso al ver todo ese rojo en el traje del niño—. ¡Oh! No me digas que el Hombre Dorado se ha vuelto generoso y ha decidido compartirte… —sonrió, alargando una mano hacia su hombro.

Neuval agarró el respaldo de una silla que tenía justo a su lado, junto al escritorio, y se la estampó con brutal fuerza en toda la cabeza. La silla, de madera maciza, se partió en pedazos, y el viejo cayó inconsciente al suelo, con una oreja destrozada, la mandíbula desencajada y una brecha en la sien sangrando sin parar. Neuval agarró al otro niño de un brazo, levantándolo de la cama, y lo obligó a salir con él de la habitación a pesar de los tambaleos que daba. Lo dejó junto a los hermanos Pim y Gon, que estaban perplejos por lo ocurrido, pero se ocuparon de sujetar al niño mareado mientras Neuval llamaba con los nudillos a otra puerta.

Esta vez, abrió una mujer algo joven y completamente desnuda, relamiendo una paleta de caramelo. Era morena y de piel pálida, con rasgos occidentales y guapa, y no mostraba recato alguno.

—¡Hey! —se sorprendió al ver a su visitante. Hablaba en inglés—. ¡Tú…!

Neuval la ignoró y pasó al interior de la habitación. Era una habitación decorada con una temática más gótica, o vampiresca, con las paredes cubiertas de cortinas onduladas negras y rojas, muchas velas y candelabros antiguos, y había un columpio colgando del techo. En la cama, vio a una niña, quizá un poco mayor que él, y junto a ella había sentada otra mujer, seguramente amiga de la otra pero algo más vieja, en ropa interior. La niña estaba desnuda y con una mordaza en la boca, y le habían atado las muñecas a los barrotes del cabecero de la cama con cuerdas negras, mientras aquella señora le echaba gotas de cera ardiente sobre el vientre, de una vela encendida que sujetaba en la mano. Cada vez que una gota caía sobre su piel, la niña gritaba de dolor lo poco que el pañuelo de la boca le permitía.

Darling! —llamó la mujer joven a la otra mayor, señalando a Neuval, que se había parado en medio de la habitación—. El niño estrella está aquí, acaba de entrar en nuestro reino.

Oh, my! —se emocionó la señora, dejando la tortura de la niña a un lado y la vela en un candelabro, y se acercó a él—. ¡Qué sorpresa! ¿Lo han enviado aquí? Por favor, mira qué hermoso es… Espera, ¿eso es sangre? ¿Te has hecho daño, jovencito, estás herido?

Neuval la esquivó y fue directo a la cama, y empezó a intentar desatar el nudo de una de las cuerdas que oprimían la muñeca de la niña.

—¿Pero qué hace? —preguntó la señora.

Neuval intentó mantener los ojos fijos en ese nudo, que estaba demasiado duro. Pero no podía evitar ver por el rabillo el vientre de esa niña lleno de gotas de cera ya enfriada, y el rostro de ella, mirándolo con ojos llenos de lágrimas y agotamiento.

—Disculpa, chico, no hagas eso —le dio la mujer joven, pero Neuval la ignoró de nuevo—. ¿Me has oído? Seguro que sabes inglés. No me ignores, jovencito.

El nudo estaba realmente fuerte y Neuval no conseguía desatarlo. Se estaba desesperando. Intentaba mantener la cabeza fría, pero no pudo reprimir algunas lágrimas de rabia mientras hacía lo posible por quitar esa maldita cuerda.

—¡He dicho que no hagas eso! —se enfadó la mujer joven, acercándose a él junto a su compañera.

—¡Niño! —corroboró la otra, yendo a apartarlo—. ¡Por muy divino que seas, sigues teniendo el deber de obedecer a tus dueñ-…!

Neuval no aguantó más, agarró el candelabro de hierro que tenía al lado, que era más alto que él, y lo blandió contra la señora con todas sus fuerzas, dejándola noqueada en el suelo igual que el anterior viejo.

Darling! —gritó la otra con horror.

Pero no le dio tiempo a gritar ni a hacer nada más cuando Neuval la golpeó brutalmente en la cabeza con el candelabro. Las dejó sangrando en el suelo. Acto seguido, cogió una de las velas encendidas que había por la habitación, y con la llama quemó las cuerdas, logrando liberar por fin a la niña. Cuando le quitó la mordaza, la niña respiró aliviada entre sollozos y se intentó quitar la cera pegada a la piel de su vientre, pero le dolía. Neuval se quitó la chaqueta azul celeste de su vestimenta y cubrió con ella a la chica, la cual se abrazó a sí misma y miró agradecida al niño.

Neuval agarró su mano sin vergüenza o timidez alguna esta vez, y la sacó de la habitación, pasando por encima de los cuerpos de esos dos monstruos. La dejó junto a los otros tres niños en el pasillo. Y llamó a la puerta de otra habitación.

Pim, Gon y los otros dos niños se mantuvieron al margen, juntos, lidiando con los nervios y el miedo, mientras observaban cómo ese extranjero se metía en una habitación, al rato salía con un nuevo niño o niña, lo dejaba con ellos y avanzaba a la siguiente habitación. Todos ya entendieron que ese niño de ojos grises los estaba salvando. Las suites, por fortuna, estaban insonorizadas por prácticas razones y nadie oía los gritos o los golpes. Ningún adulto le negaba la entrada a Neuval cada vez que abrían la puerta porque para ellos recibirlo era una sorpresa muy agradable y pensaban que el Hombre Dorado o los dirigentes de ese negocio habían cambiado de idea y lo habían puesto disponible para todos los clientes.

Neuval no sabía si había llegado a matar a alguno de ellos aparte del hombre obeso, pero descubrió que golpearlos en la cabeza era un método mucho más rápido para dejarlos callados e inmóviles que clavarles una navaja, con lo cual tardaban más en morir y hacían muchos ruidos desagradables, como el Hombre Dorado.

Al último que rescató en la última habitación de ese pasillo, fue al chico más mayor, “el triste Li”, comprado y abusado por dos hombres ya viejos de origen japonés. Lo habían estado golpeando con fustas y tenía marcas enrojecidas por el cuerpo. Neuval encontró un bate de béisbol entre los utensilios sadomasoquistas de esa habitación y dejó a los dos viejos noqueados en el suelo y con algún hueso roto.

Cuando lo dejó con los demás niños en el pasillo, Li temblaba tanto y estaba tan encogido, sin levantar la vista del suelo, que Neuval tuvo que sujetarlo de los hombros y le dio una sacudida. Esto sobresaltó al chico. Neuval era más pequeño y bajo que él, por lo que de repente se encontró con sus ojos grises mirándolo fijamente. Li pensó al principio que esos ojos casi blancos daban mucho miedo. Pero pronto notó lo que había tras ellos. Neuval no le dijo ninguna palabra, pero Li entendió el ruego de ese niño. “Tranquilízate, aguanta un tramo más. Sólo una penuria más. Sólo una. Y todo habrá acabado”.

Cuando Neuval miró a los demás niños, Li comprendió por qué le estaba haciendo esa súplica. Él era el mayor de todos, tenía 14 años y los demás tenían entre 8 y 12. Los mayores y más fuertes siempre protegían a los más pequeños o débiles, y le estaba pidiendo que lo ayudara a proteger a todos. Li miró las manos de Neuval, agarrando sus brazos. Nunca nadie lo había tocado antes con esa gentileza, ni lo había mirado a los ojos como a una persona, ni le habían confiado una tarea tan importante. A veces Neuval sabía cuándo era necesario tratar a alguien con brusquedad y cuándo con gentileza.

Lo que Li no entendía era por qué se lo estaba pidiendo a él si, a pesar de ser el mayor, ya había demostrado ser el más cobarde, si hasta se había hecho pis encima al llegar a ese lugar. No obstante, por alguna razón, Li sintió mucho más miedo de otra cosa. No quería defraudar a ese niño de ojos grises. Surgió un anhelo extraño dentro de él. Deseaba seguir a ese niño y no defraudarlo. Por eso, al final, no supo cómo salió de él, pero le respondió con un asentimiento de la cabeza.

Tras esa señal, Neuval volvió a moverse. Se metió en una de las habitaciones que había visitado, y no le fue difícil encontrar papel y lápiz en los cajones de un escritorio. Los niños esperaron en el pasillo un par de minutos hasta que Neuval regresó con ellos con una hoja en la mano, donde había dibujado un mapa preciso hacia la salida, de su perfecta memoria, y con indicaciones básicas escritas en kanjis chinos, de los que había estudiado esa tarde, como los números, “arriba”, “abajo”, “izquierda”, “derecha”, “puerta”, “llave”…

Le dio el mapa a Li y este lo observó atentamente.

—Vale, pe… pe… p… pero no… tenemos llave —musitó tímidamente el chico, con un tartamudeo marcado.

Neuval sólo entendió “llave” pero sabía a qué se refería, por eso le hizo un gesto con la palma de la mano de que esperase, y se acercó a una pared del pasillo. Alargó un brazo, alcanzó la cajetilla de la alarma de incendios y tiró de la palanca. Los niños exclamaron con nervios cuando empezó a sonar la alarma por todo el lugar.

—¿Qué… q… q… qué haces? —preguntó Li, apurado.

De su anterior altercado con Paku, Neuval ya se había dado cuenta de que además de ser el encargado de resolver los problemas y de vigilar que todo fuera bien con sus clientes, era quien llevaba las llaves de los accesos principales de ese edificio. Por eso, al cabo de pocos minutos, las puertas del ascensor del final del pasillo se abrieron y salió Paku corriendo, alterado, con un walkie-talkie en mano, que se llevó a la boca.

—¡Estoy en la planta donde la alarma de incendios ha sido activada! —informó—. ¡No veo humo, voy a ver…! Pero… —se calló al ver todas las puertas de las suites abiertas, y a ese grupo de siete niños al otro lado del pasillo—. ¿Pero qué diablos…? ¿¡Qué pasa aquí!?

Paku, algo confuso al principio, se olió algo malo y se asomó a las habitaciones.

—¿¡Qué coño es esto!? ¡Hombre Dorado! —descubrió su cadáver en un charco de sangre en medio de su habitación, y corrió hacia las otras—. ¿¡Pero qué hostias ha pasado!? ¡Dios mío! ¿¡Qué habéis hecho!? —entró en pánico tras ver todos esos escenarios donde sus clientes estaban inmóviles en el suelo con diferentes heridas y lesiones—. ¡Aaahh! ¡Joder! —se llevó las manos a su cabeza rapada—. Ma me va a matar…

Cuando miró hacia los niños otra vez, se fijó en el que estaba en cabeza, delante de todos, haciéndole frente.

—Tú… —comprendió Paku—. ¡Has sido tú, demonio! ¡Eres un demonio! ¡Mocoso de mierda! ¡Tú has hecho esto! —se dirigió a él a zancadas.

Neuval no se movió. Solamente le hizo un gesto a Li para que cruzara con los demás niños la puerta que tenían al lado, que llevaba a las escaleras de emergencia, y Li obedeció, llevándose a todos al otro lado, y lo esperó ahí.

—¡Eh, ¿a dónde os creéis que vais?! —gritó Paku, yendo hacia esa puerta, pero Neuval se interpuso en su camino, clavándole una mirada siniestra—. ¡Vas a ver, mocoso! ¡Acabas de hacernos perder miles de dólares!

Cuando Paku no vaciló en dirigir su puño hacia él, Neuval lo esquivó velozmente y comenzó a atestarle golpes en el estómago, patadas en las piernas y puñetazos en la cara cuando tenía su cara al alcance.

—¡Puto niño! —contraatacó Paku, devolviéndole los puñetazos, y lo derribó con una patada—. ¡Si ni siquiera me llegas a la cara, enano! ¿¡Pretendes pelear con un hombre adulto!?

Neuval se levantó del suelo justo antes de que le propinase una segunda patada y siguió atacándolo. Paku era más fuerte y grande, pero Neuval ya había peleado contra personas más fuertes y grandes antes, y tenía varios años de experiencia en peleas callejeras. Paku ya le dejó un labio partido y lo derribó un par de veces más, pero Neuval se ponía en pie, una y otra vez.

Los vicios de la vida era lo que tenía, que al final demasiado tabaco y demasiado alcohol hacían estragos en el cuerpo humano. Paku se estaba agotando, y era lo que el niño estaba esperando. Se estaba volviendo más torpe.

—¡Voy a matarte, monstruo! ¡Gusano! —jadeó el hombre.

Paku le dirigió otro puñetazo, pero lo hizo con el puño derecho y dando un paso adelante con el pie del mismo lado, un error básico en la lucha. Eso ya de primeras rompió su eje de equilibrio. Así que Neuval esquivó ese puño de nuevo y, aferrando entre sus brazos el brazo de Paku, reunió todas sus fuerzas para lanzarlo contra la pared. El hombre se golpeó tan fuerte en la cabeza que cayó de rodillas al suelo, atolondrado, y antes de que pudiera darse cuenta, Neuval cogió su reloj de cadena del bolsillo de su chaqueta hortera de piel de jirafa, se montó sobre su espalda, le pasó la cadena por delante del cuello y comenzó a ahorcarlo con ella.

Paku emitió gemidos de ahogo. Como entró en pánico ante ese ataque, intentó quitarse la cadena que le oprimía el cuello, pero no pudo, e intentó llevar las manos hacia atrás para alcanzar a arañar la cara de Neuval o agarrar sus manos, pero no podía. Se puso en pie con tambaleos, e intentó aplastar a Neuval contra la pared, pero el niño estaba fuertemente sujeto a él, rodeando su flaca cintura con las piernas y tirando de la cadena del reloj por detrás de su nuca.

Paku estaba resistiendo más de lo que Neuval esperaba y sus golpes contra la pared ya le estaban haciendo daño. Perdió la paciencia, y empezó a apretar la fina cadena de oro mucho, mucho más fuerte. Su ojo izquierdo volvió a brillar de esa luz gris. Tiró más fuerte. La cadena comenzó a cortar la piel del cuello de Paku y sus gemidos sonaron más horribles. Al final, Neuval gritó furioso e hizo un movimiento seco, deslizando la cadena, de modo que acabó cortando los músculos y las dos carótidas. Prácticamente lo degolló.

Paku cayó sobre el suelo, perdiendo la vida tan rápidamente como la sangre de su cuello. Neuval se apartó del cuerpo, soltando la cadena. Respiró para recuperar el aliento. Tenía la cara y el cuerpo lleno de salpicaduras rojas. Pero no había tiempo para descansar. Rebuscó en los bolsillos del hombre hasta dar con su manojo de llaves, y se fue hacia la puerta del fondo. Al abrirla, Li y los otros cinco niños, que lo habían estado esperando, exclamaron con susto cuando vieron aparecer a Neuval manchado de sangre, con el labio partido y respirando agotado. Le tendió las llaves a Li, el cual las cogió con gran asombro.

Chuqù —le dijo Neuval.

No lo pronunció adecuadamente, pero Li lo acabó entendiendo. Le decía que salieran, que se fueran.

—Pe… p… p… T… t… ¿tú? —le señaló Li, al ver que él se marchaba escaleras arriba.

Chuqù —repitió Neuval, señalando hacia abajo sin siquiera mirarlo, cansado.

Li dudó al principio, no entendía por qué él se estaba yendo por otro lado. Pero luego se dio cuenta de que ahí estaban siete niños, cuando eran diez en total. Faltaban tres más. Y el niño extranjero, al parecer, iba a rescatarlos por su cuenta. Ellos no tenían ya tiempo y no podían arriesgarse a quedarse más rato ahí desde que Neuval pulsó la alarma de incendios, era cuestión de minutos que los compañeros de Paku llegaran a esa zona. Así que Li respiró hondo, agarró bien las llaves y el mapa, y se llevó a los demás niños escaleras abajo.

Al haber grabado en su memoria eidética todo el mapa del lugar y tras haber sacado a seis de los nueve niños en esa primera planta, donde ya no quedaban más habitaciones, Neuval no tuvo más remedio que deducir que los tres niños que faltaban estaban en la planta de arriba, que, según el mapa, contenía el resto de suites.

Había esperado rescatar a Song de las primeras, pero debía de estar en la segunda planta, aún cautiva. Tenía que darse prisa. Después de ver las cosas terribles que les habían estado haciendo a los otros niños…

Le dolía casi todo el cuerpo, de los golpes que Paku le había propinado. No podía pararse a pensar en ello. El tiempo corría. La alarma era igual de ruidosa en la segunda planta cuando llegó a su pasillo principal. Había como diez puertas y se suponía que sólo tres de ellas estaban ocupadas. Tendría que mirar en todas, en las que hiciera falta. Tenía un deber metido en la cabeza que en este mismo momento se estaba debatiendo contra el dolor, el cansancio, el trauma, la furia, la vergüenza, y los fogonazos incesantes que su iris desquiciado continuaba proyectando en su mente.

Una de las puertas de las suites estaba abierta y había un hombre joven ahí asomado al pasillo, con una careta de un rostro femenino de porcelana y llevando puesto nada más que un vestido corto de tul azul semitransparente, expresando su queja en un idioma que Neuval entendía, era alemán.

—¡A ver si apagan la maldita alarma! ¡Es muy molesta! ¿¡Dónde está el encargado!? ¡Qué mal momento para hacer un simulacro, seguro que no hay fuego por ninguna parte!

Neuval respiró hondo una vez más y caminó hacia él. Por el camino, cogió una de las muchas bandejas de plata que había en un carrito de comida en mitad del pasillo.

—¿Y tú de dónde sales? ¿Te han salpicado de vino tinto o qué? —se sorprendió aquel hombre al verlo venir—. No habrás pulsado tú la alarma, ¿verdad? Los niños os creéis graciosos haciendo este tipo de bromas, por eso hay que disciplin-…

Neuval blandió la bandeja contra su cara con esa brutal fuerza que su iris le estaba otorgando, con tal impacto que le partió la máscara de porcelana en pedazos y uno se quedó clavado en el ojo de ese hombre, quien no tuvo tiempo de gritar o reaccionar porque se golpeó la nuca contra el marco de la puerta y cayó inerte al suelo. Neuval soltó la bandeja como si nada y entró en la habitación. A los pocos segundos salió con una niña más pequeña que él, arrastrándola del brazo hacia el pasillo a la fuerza, porque al parecer esta estaba demasiado confusa con todo y se sentía igual de asustada con él que con su agresor y no paraba de llorar y de resistirse.

Algo dentro de Neuval volvió a estallar, una nueva manifestación de algo insano creciendo dentro de él.

—¡Deja de llorar! —le gritó enfadado—. ¡No tienes tiempo de llorar! ¡Muévete!

La pequeña se quedó estremecida, lo único que vio fueron dos ojos blancos aterradores. Pero Neuval acabó llevándola junto a unas plantas, obligándola a quedarse agachada entre dos grandes macetas, mientras él iba a buscar otra puerta. En vez de llamar con los nudillos a cada una, esta vez optó por guiarse por el oído y pegó la oreja. Alcanzó a oír ruidos en la quinta y la aporreó con el puño insistentemente, haciendo que el inquilino de dentro se molestara y no tuviera más remedio que abrir.

Neuval vio que se trataba de otro tipo con pintas raras y parecía hindú, y, al igual que el anterior, no estaba acompañado por otro adulto que pudiera intervenir. Por lo que, mientras aquel tipo le preguntaba enfadado qué hacía ahí, Neuval ya estaba recogiendo del suelo la bandeja de antes y regresando hacia él. Al parecer, este tipo era más desconfiado y precavido, y de milagro logró prever las intenciones del niño de golpearlo con esa bandeja, por lo que esquivó el primer ataque.

—¿¡Qué te crees que haces!? —le recriminó el hombre.

Sin embargo, cuando vio los ojos diabólicos de ese niño, que parecían brillar por sí solos, comenzó a retroceder de nuevo al interior de la habitación, levantando las manos.

—Te lo advierto… No te acerques… —le decía el tipo, empezando a temerlo de verdad.

La niña agazapada en el pasillo entre las dos macetas vio a ese chico metiéndose en esa habitación. Se tapó los oídos cuando comenzó a escuchar gritos. Al poco rato, vio al chico salir de la mano de otra niña pequeña como ella, que estaba muy nerviosa pero parecía conservar la razón. Por eso, cuando Neuval le señaló hacia la otra niña, esta entendió y corrió hacia ella para estar juntas, y ambas se quedaron abrazadas esperando que ese niño, que parecía saber qué hacer, les diera la siguiente orden.

Una parte de Neuval se sentía aliviado porque ya, sin duda alguna, la última que quedaba era Song y tenía que estar en esa puerta del final del pasillo, la última que le quedaba por comprobar, y no perdió ni un segundo, fue corriendo hacia ella y llamó con el puño.

—Ya estoy aquí, Song… —murmuró para sí, desesperado por acabar ya con todo aquello.

No obstante, escuchó unas voces lejanas. El ascensor se acababa de parar en esa planta, a tres metros de él. Alguien venía. Podían ser varios matones, así que Neuval reaccionó rápido y corrió a esconderse junto a las otras dos niñas entre esos dos maceteros, colocando el carro de las bandejas por delante para que no los vieran. Asomándose con cautela, vio salir del ascensor a dos mujeres y a un hombre. Eran tres de los empleados comunes que trabajaban allí, las dos mujeres vestían con el mismo traje blanco de limpieza que las que asearon a todos los niños al principio, y el hombre llevaba un mono gris como los que habían escoltado a los niños hacia el escenario.

Neuval se preguntó por qué habían venido esos. Y algo le olió mal cuando los vio pararse frente a aquella última puerta de la última suite. Alguien abrió desde el interior. Era el tipo larguirucho de cabello entrecano y despeinado al que llamaban el señor Orlov. Seguía llevando su careta de búho como en la subasta, y sólo llevaba puestos unos calzoncillos. Pero en los brazos llevaba, además, una especie de mangas hechas de plumas pardas a juego con la careta, como si sus brazos estuvieran disfrazados de alas. Parecía muy alterado.

—¡Es que se ha tropezado…! ¡No sé cómo ha podido pasar, ha pasado muy rápido, y…!

—Tranquilícese, señor Orlov —le dijo el hombre de mono gris—. Deje que nos encarguemos.

—¿No podéis hacer algo con ese pitido molesto de la alarma de incendios primero? —protestó el viejo—. Seguro que han sido las góticas raras de la planta de abajo, que con tantas velas le habrán quemado el pelo a algún crío.

—Tenemos compañeros ahora mismo dirigiéndose a la planta de abajo, donde se ha activado la alarma, para comprobar si hay algún fuego, no se preocupe. Cuéntenos qué ha pasado exactamente.

—Vale, ¡pero no ha sido mi culpa! —el tipo disfrazado patéticamente de búho los dejó pasar adentro—. ¡Es que es muy delicada, eso es lo que pasa, me ha tocado una presa muy débil, se lo comentaré a la Anfitriona porque debería asegurarse de ofrecer a niños más resistentes…!

Neuval estaba muerto de preocupación. Algo había pasado ahí, algo había ido mal. Tuvo un presentimiento tan malo que notó un dolor terrible en el pecho. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia aquella puerta abierta. Tenía que saber qué pasaba, tenía que sacar a Song de ahí.

Pero, cuando se detuvo en la puerta y miró al interior, una desgarradora imagen le robó el aliento. La habitación tenía una temática como de un bosque, decorada con árboles falsos. Vio a Song tendida en el suelo. Ese tipo le había hecho ponerse en la cintura una cola de ardilla, y le había pintado en la cara una nariz y unos bigotes. Y ahora, estaba tendida en el suelo, bocarriba, con varios de sus cabellos negros tapando un poco su rostro, pero con los ojos abiertos y vacíos apuntando estáticos hacia la puerta. Hacia Neuval. Había un charco de sangre debajo de su cabeza.

Al parecer, ese monstruo había estado jugando con ella en sus fantasías de depredador y presa. En algún momento, mientras ella era obligada a cumplir su papel de presa que huía de él, él se abalanzó sobre ella con demasiada fuerza y acabó golpeándose la cabeza contra una de las piedras del suelo, que formaban parte de la decoración campestre.

A Neuval se le partió el alma al verla de esa manera.»





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