1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
[ AVISO: este capítulo contiene abuso infantil ]
«Neuval observó de inmediato el mayor número de detalles posible en ellos. Uno de ellos, el más grande y fuerte, con el cabello largo y recogido en una coleta, llevaba un frasco de cristal en una mano y un pequeño pañuelo en la otra. Los otros dos eran bajitos y muy parecidos, probablemente gemelos, con el pelo de punta engominado; uno iba armado con una pistola en una funda bajo la chaqueta de cuero y una navaja en la mano, y el otro sujetaba unas cuerdas y un saco negro. El hortera tatuado y con camisa de cebra no iba armado y sólo tenía su reloj, por lo que debía de ser el jefe de los otros tres.
—¿Qué os dije? —rio el hortera, en un idioma que Neuval aún no podía entender bien—. Tarde o temprano, siempre acabo encontrando a cualquier animalito perdido por esta ciudad. Ninguno se me escapa.
—Fíjate… —se rio uno de los gemelos—. ¡Pero si parece un angelito! Qué cabellos tan bonitos. Justo del mismo color que las ramas de canela. ¿Olerá igual de bien?
—¿Eres idiota? —le reprochó su gemelo—. No sólo el cabello, ¡mira esa cara, esos ojos y esa piel! Nunca habíamos tenido uno así. ¡Pagarán una fortuna por él! Podríamos olvidarnos hasta de los otros niños. ¡Este de aquí nos va a hacer ricos él solo!
—Es sin duda un diamante en bruto que hemos tenido la suerte de encontrar, una oportunidad única en la vida —dijo el hortera—. Debe de ser extranjero. Americano, o europeo tal vez.
Neuval se sintió fatal consigo mismo, porque creyó que esto había sido culpa suya por salir del callejón esa tarde él solo y no seguir la recomendación de Lao. Quizá lo habían visto en algún momento en su pequeña excursión en solitario al centro comercial.
Supo que el peligro que acababa de aparecer en su callejón era real y superior a él. La navaja quizá le serviría para herir a alguno, pero no le ayudaría a derrotar a cuatro adultos a la vez, con más armas que él, y había más posibilidades de acabar apresado que de escapar con éxito porque podría haber más hombres con ellos. Evaluó los riesgos y las posibilidades como ya bien estaba acostumbrado a hacer desde hace años.
Tenía miedo y le latía el corazón con fuerza porque ya sabía que iba a acabar raptado por ellos sin remedio. La cuestión era qué hacer una vez lo hicieran. Necesitaba la navaja, pero ellos se la quitarían nada más descubrir que la tenía. Cuando lo capturaran, lo cachearían. Necesitaba ocultarla en algún lado del cuerpo…
Neuval tuvo dos segundos para pensar cuando esos tipos entraron en el callejón y ya se estaban acercando a él. Decidió hacerse el asustado y corrió a esconderse en el rincón de su cartón, resguardado junto a un contenedor de basura. De este modo, desapareció detrás del contenedor y del campo de visión de ellos.
La navaja que Lao le había dado era plegable, así que, lo más rápido que pudo, usó la mera ventaja de tener el cabello largo y se enganchó la navaja en el pelo debajo de la nuca como si fuera una pinza, quedando totalmente oculta y tapada por el pelo. También agarró enseguida unas cuantas cerillas de la cajita que robó hace dos días para hacer fuego y asar unos pescados, y las metió por los pliegues de la venda que todavía cubría la herida de su brazo.
Por último, sólo tuvo un segundo para mirar la bolsita de plástico donde estaba el melocotón que le quedaba. Estaba entero aún. Iba a comérselo justo antes de que aparecieran estos tipos, sin embargo, y lamentándolo mucho, vio en él otro modo de usarlo. Pero estaba metro y medio más allá, al otro lado del cartón, donde el escondite que ofrecía el contenedor ya no alcanzaba.
—¡Uuh! —exclamó uno de los gemelos, el que llevaba el saco y las cuerdas—. ¡Te encontré, angelito!
El niño se levantó a la velocidad del rayo, saltó apoyando un pie en el contenedor para coger impulso y alcanzó a darle un rodillazo en toda la cara a ese tipo, el cual cayó al suelo como un tronco. Acto seguido, logró coger el melocotón de la bolsa del suelo justo antes de que el otro gemelo lo apresara entre sus brazos, y, antes de que pudieran inmovilizarlo, lanzó el melocotón con todas sus fuerzas directamente hacia el fondo del callejón, estrellándolo contra la pared de cemento de allá, intencionalmente sobre uno de los garabatos que había rayado ayer.
—¡Uffm…! —el gemelo agredido se incorporó en el suelo, le sangraba la nariz a borbotones y tenía enrojecidos los pómulos—. Nada de angelito, ¡es un puto demonio!
—¡Hahaha! ¡Te ha dado una buena! —se burlaba su hermano mientras sujetaba al niño.
—Parece ser que es, más bien, un angelito caído —dijo el hortera, poniéndose su reloj de cadena en la barbilla, pensativo—. Sí, ya tenemos apodo para él para la presentación. Se llamará Duò luò tian shi. ¿Tanto alboroto por un melocotón? —se inclinó hacia el niño para mirarlo de cerca—. Tranquilo, ya no tendrás que preocuparte más por el hambre y la comida. Tu futuro dueño te alimentará bien. Te necesitará fuerte y sano. Ya sabes.
—Paku, no creo que te entienda una palabra, es un extranjero —le dijo el gemelo que apresaba a Neuval.
—¡Pero mira, si estaba estudiando nuestro idioma! —se rio este, poniéndose de cuclillas para echar un vistazo a los cuadernos del suelo—. Parece que la gente le ha dado bastantes limosnas a este crío. ¡Cuántos buenos samaritanos tenemos en esta ciudad! Pero nosotros somos los mejores, porque no les damos limosnas, les damos un futuro.
—Comprueba que no haya dejado ningún mensaje escrito que nos delate —le dijo el gemelo con la nariz rota.
—Nah, sólo estaba copiando algunos kanjis, son simples palabras de vocabulario… con… traducción en… —entornó los ojos forzosamente, torciendo la cara, intentando leer una de las palabras en francés—. ¿Qué coño es esto, italiano? ¿Eres italiano, mocoso? —le preguntó, pero Neuval no le entendió y se quedó callado mirándolo con fiereza.
—No entiende ni papa, Paku, sólo estaba aprendiendo a escribir y leer kanjis básicos —le dijo el gemelo que sujetaba al niño—. Pero no nos entiende al hablar. Puede ser un problema si queremos darle órdenes y que nos obedezca.
—No hace falta, todos los niños del mundo entienden este idioma —levantó un puño cerrado—. Ya que ha demostrado ser un poco problemático, necesitará un poco de “suero del buen comportamiento” —el hortera levantó una mano y chasqueó los dedos frente a la cara del tipo grandote, que estaba siempre callado.
El grandullón silencioso, entonces, empapó el paño con el líquido que contenía el frasco e inmediatamente tapó la cara entera del niño con él, haciendo fuerza.
—Ten cuidado con ese brazo vendado que tiene —ordenó el hortera—. No le toquemos el vendaje por ahora. Si tiene una herida ahí, no queremos que empeore. Hay que cuidar la mercancía.
Neuval se resistió cuando se le metió ese olor agrio por la nariz y la boca. Quiso toser y escupir, pero no podía, el tipo grande y el gemelo que le apresaba los brazos lo sostenían con demasiada fuerza. Luchó por respirar a pesar de tener que hacerlo con ese terrible olor. No sabía cuánto tiempo estuvo así.
—¿Pero qué demonios pasa? —protestó el hortera, viendo que el niño seguía agitándose—. Gorila, no has empapado bien el paño.
—Sí lo ha empapado bien, créeme, hasta yo me estoy mareando —masculló el gemelo que agarraba a Neuval, echando la cabeza a un lado con asco.
—¿Y por qué no funciona? —dijo el otro gemelo, tapándose con un pañuelo de papel la nariz rota—. Lo oigo jadear. Lo está respirando completamente. Debería estar ya frito.
—Oye, Paku, a este mocoso no le hace efecto respirar eso y ya me estoy cansando, se agita demasiado —se quejó el gemelo anterior.
—Vale —dijo el hortera—. Dale un pinchazo, Gorila, acabemos con esto ya o no llegaremos a tiempo a la subasta. ¡Y eso sería sacrilegio! —hizo girar una vez más su reloj de cadena, enrollándola en sus dedos.
El hombre grandote, entonces, sacó del bolsillo interno de su chaqueta una jeringuilla; agarró el brazo del niño, el que no tenía vendado, y le inyectó el sedante sin más. Esta vez funcionó, porque a los dos segundos Neuval empezó a ver borroso y a sentir que no le respondían los músculos. Se quedó atontado y dócil. Después de atarle las manos a la espalda y los tobillos con unas cuerdas y ponerle el saco negro en la cabeza, el tipo robusto se lo llevó en brazos, seguido de los otros, hacia la salida del callejón.
Neuval escuchó la puerta corrediza de una furgoneta abriéndose y sintió cómo lo lanzaban al interior sin más, cerrando de nuevo la puerta. Aterrizó sobre un colchón que tenían ahí puesto en la parte trasera de la furgoneta. Se puso de rodillas, respirando a toda velocidad, intentando luchar contra el mareo y por estar alerta. El vehículo se puso en marcha de repente, y Neuval, perdiendo el equilibrio, se chocó contra alguien. Fue cuando se dio cuenta de que había alguien más ahí dentro con él. De hecho, varios. Estaba oyendo dos… no, cuatro respiraciones más, de niños también. Respiraciones asustadas, agitadas. Solo que una de ellas se oía un poco más grave, debía de ser un chico de una edad algo mayor que Neuval. Y también se oía una más rápida y aguda, probablemente de una niña más pequeña.
Neuval no tuvo más remedio que centrarse en estarse lo más quieto posible, porque si seguía moviéndose, se mareaba más, así que procuró pegarse a la pared y agarrarse con las manos, todavía atadas a su espalda, al borde del colchón.
Durante todo el viaje, no paraba de repasar en su cabeza posibles soluciones, posibles planes de escapar. Pero tampoco paraba de pensar en Lao. No era la primera vez que lo raptaban, pero nunca antes le había pasado que anhelase tanto que alguien lo salvara, porque siempre había tenido asumido que sólo se tenía a sí mismo para salvarse a sí mismo. Pero ahora… ansiaba con todas sus fuerzas que Lao apareciera, ahora, a su lado. Nunca antes deseó tanto que alguien viniera a protegerlo.
Contó en su cabeza 16 minutos y 50 segundos justo cuando el vehículo se detuvo por fin. Quizá de nada le serviría esta información, pero su cabeza tenía esa costumbre, la de siempre recopilar todo tipo de información, datos, detalles, que tal vez le sirvieran de ayuda después.
Aquellos tipos realmente no querían perder el tiempo, pues no tardaron en abrir la puerta lateral y en sacar a los cinco niños con prisa. Los llevaron a empujones hacia algún lado. A través del saco, Neuval podía captar el olor a cemento húmedo, y un poco a aire cargado, con un ligero olor también de humo de coche. Y los sonidos de los pasos y las voces de los adultos que estaban con ellos producían un vago eco. Supo, pues, que estaban en un garaje o aparcamiento subterráneo. Entonces, habían entrado en algún edificio o complejo, seguramente de propiedad privada. Tras cruzar una puerta que chirrió como el metal, los metieron en un ascensor que subió un par de plantas. Los volvieron a arrastrar, esta vez por un pasillo lleno de silencio, con un olor raro entre productos de limpieza y perfumes, y tan luminoso que la luz traspasaba la tela negra del saco que cubría sus cabezas, por lo que Neuval podía distinguir algunas formas del pasillo. Era como el pasillo blanco de un hospital o clínica. Había varias puertas a ambos lados.
Los metieron en una sala y los colocaron en fila en el centro. Neuval seguía respirando nervioso, el corazón no le paraba de latir a toda velocidad. El efecto del sedante ya se le estaba pasando y podía tener los cinco sentidos absolutamente alertas y los músculos en tensión. Pero notaba algo más… Creyó que era fruto del estrés de la situación, pero llevaba ya unos minutos sufriendo breves destellos en su mente, como fogonazos de un instante, imágenes fugaces, de Jean, de Monique, de ella desangrándose en el suelo, y de más personas y situaciones horribles que había vivido en los últimos siete meses. Le costaba controlarse, no podía dejar de tener esos dolorosos impulsos, no lograba calmar su mente. La última vez que los tuvo, fue hace unos meses en una situación también estresante, y lo único que recordaba era sentir que se estaba volviendo loco, y despertarse un día después en otro lugar sin saber cómo. Temía que le volviera a pasar, porque realmente no le convenía perder la cabeza, o el conocimiento o la noción de sí mismo ante las manos de la banda criminal que lo había raptado. Unas manos que, al parecer, podían hacerle cualquier cosa.
Estaba temblando. Obviamente estaba asustado. Estaba convencido de que estaban en algún tipo de clínica porque les iban a extirpar los órganos. No importaba cuántas veces viviera este tipo de peligros o atrocidades, no se acostumbraba, no dejaba de tener miedo. Y eso era buena señal. Era signo de que su mente todavía no se había roto del todo y se negaba a conformarse, a aceptar la situación, a rendirse. El miedo no era sino el deseo de sobrevivir. Pero podía jurar que los otros cuatro niños estaban tan asustados como él, o peor, porque oía a un par de ellos sollozando.
—A ver, ¿qué me traes hoy? —se oyó la voz de una mujer entrando en la sala—. ¿¡Sólo cinco!? Te dije que por lo menos necesitábamos ocho.
—Ma, es un buen lote —se defendió el tipo hortera—. La calidad compensa la falta de cantidad.
—¡No si este mes vienen más clientes que la última vez!
—¡Pero ma! ¡Ma! ¡Que los alquilen por turnos esta vez! —protestaba el hortera infantilmente—. Así todos podrán probarlos.
—¡Paku! Nuestros clientes no son gente tan paciente.
—Tendrán paciencia, créeme, cuando vean el género que les ofrecemos esta vez. Hay uno de ellos, ma, que es un diamante en bruto, ya lo verás, es una sorpresa.
—Más te vale, o si no te echaré a patadas a la calle como hice con el inútil de tu padre.
Neuval no entendió nada de lo que decían, pero intuía una relación de jefa-empleado, o de madre-hijo, por la forma de hablar y el tono que tenían. Todavía no podía verla por culpa del saco, pero aquella mujer ya causaba temor con la mirada. Tenía los ojos afilados, siempre fríos o enfadados, aunque no era más que su forma de analizarlo todo al detalle, una perfeccionista estricta, como cabría esperar de alguien que protege un negocio ilegal y muy, muy prestigioso. No tenía cejas, y tenía los labios muy finos, siempre fruncidos, como su ceño. Vestía muy elegante con chaqueta y falda, medias y zapatos de tacón grueso, para poder soportar esos kilos de más que el cinturón de piel de serpiente de su cintura apretaba un poco. Debía de tener cincuenta y tantos años, unas cuantas arrugas en la cara y unas pocas canas lo delataban, pero su cabello, liso y bien recogido en un moño alto, estaba bien cuidado.
Neuval oyó que les quitaban el saco de la cabeza a los dos primeros niños de la fila, los cuales dieron un leve sobresalto, pues todavía estaban bajo los efectos del sedante.
—Aquí tenemos a los cachorritos Pim y Gon —le explicaba Paku a la mujer—. Son hermanitos. Pim tiene 9 años y Gon tiene 11. El tonto de su padre era un pobre diablo alcohólico que nos los ha vendido por 250 míseros dólares.
—Hmm… —evaluó la mujer, agarrando las caras de ambos niños para examinarlos—. Prácticamente te los ha dado gratis, comparado con el precio por el que los alquilaremos. Están muy flacuchos, pero tienen buen cabello y dentadura. A pesar de los piojos.
—Sólo algo desnutridos, pero sin infecciones, enfermedades ni manchas feas en la piel.
—Id preparándolos —ordenó la mujer.
Neuval oyó varios pasos moviéndose por la sala. Al parecer, había más personas por ahí, vestidas con trajes de limpieza, guantes de látex y mascarillas. Se llevaron a esos dos niños a otro lado, y la jefa le quitó el saco al siguiente niño, el que Neuval tenía a su derecha. Era un chico algo más mayor, y, aun así, parecía el más asustado de todos. Neuval podía oír sus leves sollozos y ver por un hueco inferior del saco los pies descalzos y sucios de aquel chico, y cómo le temblaban las rodillas.
—¿No es muy mayor? —receló la mujer.
—Es algo alto, ma, pero apenas tiene 14 años, sigue estando por debajo de la edad límite de las preferencias de nuestros clientes. Este es “el triste Li”, así lo llaman en la barriada donde lo recogimos. Fue abandonado por su madre hace unos meses. Decían los residentes que su madre siempre le daba ya desde pequeño licor de ciruela para embriagarlo y así dejara de llorar.
—Con razón tiene estos sarpullidos en la espalda. Debe de tener el hígado enfermo.
—Nada que nuestros sanitarios no puedan arreglar con un tratamiento.
—La subasta es esta noche, Paku.
—¡Pues se le pone maquillaje, ma!
—¿Está siempre así de llorón? ¿Qué le pasa en las piernas, que le tiemblan tanto?
—Aaah, es un chico tímido y miedoso, sólo eso, ma.
—¡Y tiene dos quemaduras de cigarrillo en este brazo!
—¡Maquillaje, ma!
—Agh, está bien, da lo mismo. Es atractivo, al menos. Sí… este le va a gustar mucho al Hombre Dorado.
—¡Al señor Orlov! —discrepó Paku—. Cuanto más tímidos y con ojitos de cachorro, más le atraen.
—Sí. Por ahora estos tres irán a la subasta final. ¿Y ese diamante en bruto del que me habl-…? ¡Ogh!
Cuando la mujer soltó esa exclamación de disgusto, Neuval se dio cuenta del porqué. Por el hueco de abajo del saco que le cubría la cabeza, miró hacia los pies descalzos del chico mayor de su lado y vio que se estaba orinando encima.
—Maldita sea, qué desastre… —farfulló la mujer.
—¡Tú! ¿¡Eres tonto!? ¿¡Por qué te meas encima!? —le reprimió Paku al muchacho, y Neuval oyó que le daba un manotazo en la cabeza—. ¡A ver si con unos golpes se te quita lo tonto! —le dio otro manotazo—. ¡Vas a limpiarlo con tu lengua! ¡Tonto! —le dio otro manotazo más fuerte.
Neuval no pudo aguantarlo más, no pudo, no pudo soportar oír esos gritos vejatorios, esas bofetadas, y los sollozos del chico...
—¡Déjalo en paz! ¡Déjalo en paaaz! —rugió con todas sus fuerzas, lanzándose de cabeza contra el tipo hortera con un poderoso placaje, derribándolo al suelo—. ¡¡Déjalo en paaaz!!
Paku se dio un fuerte golpe contra el suelo, y como Neuval tenía aún las manos atadas a la espalda y el saco en la cabeza, acabó tropezando con sus piernas y cayó al lado. Pero no paró ahí. Intentó incorporarse como pudo en el suelo, y cuando logró ponerse de rodillas, echó la cabeza hacia Paku hasta encontrar su brazo y lo mordió ferozmente a pesar de que la tela del saco estaba entre medias.
—¡Aaah! ¡Diablo! —gritó Paku con furia, agarrándolo del cuello y lanzándolo a un lado.
La mujer hizo un gesto con la mano, y el mismo hombre grandote que vino al callejón y le inyectó antes el sedante a Neuval entró en la sala y levantó al niño del suelo, sujetándolo bien de los brazos sin esfuerzo alguno. El chico mayor estaba perplejo. La otra niña más pequeña, que aún tenía la cabeza cubierta por el saco, como solamente podía oír el alboroto, se mantenía muy quieta pero nerviosa.
—¿¡Para qué me traes un mocoso tan problemático, Paku!? —protestó la gruesa mujer, acercándose al niño sujetado por el hombretón, y fue a quitarle el saco—. ¡Sabes que si son demasiado agresivos, hay que…!
Fue quitarle a Neuval el saco de la cabeza y la señora se quedó muda después de dar un gran respingo. Sus ojos afilados ahora estaban como platos. Se quedó cautivada por ese rostro, por muy feroz expresión que le devolviera, y ese color de ojos y de cabello.
—Un foráneo occidental… —murmuró la mujer, entendiendo, pero no salía de su asombro—. Claro, por eso no le entendí antes cuando se puso a gritar. Válgame el cielo… ¡Este niño es hermoso! ¡Divino! —Comenzó a tocar a Neuval por todas partes, agarrando su barbilla para moverle la cabeza de un lado a otro—. Tenemos suerte de que no se haya cortado el pelo en mucho tiempo, un cabello así es muy valioso, ¡ya puedo ver al Hombre Dorado dando miles de dólares por este! No tiene ningún color de ojos, son simplemente grises claros, qué extraño… A ver los dientes… —El hombre grande ayudó a la mujer a abrirle la mandíbula al niño—. Un poco sucios, algo de esperar, pero nada que un cepillado no pueda arreglar. Le faltan un par de molares, se le han caído los molares de leche hace poco. Este niño debe de tener entre 9 y 11 años de edad. El resto de la dentadura es recta y perfecta. Y esta piel clara y suave…
—¿Qué te dije? —sonrió Paku orgulloso, frotándose todavía el brazo dolorido por el mordisco.
—Pero esto es raro, mira qué ropa más rota y sucia lleva, y en cambio este calzado es nuevo, y caro. Y ese vendaje en el brazo no ha podido hacérselo él… —caviló la mujer—. ¡Paku! —exclamó enfadada—. ¡No será un niño tutelado, ¿verdad?! ¡Eso trae problemas!
—¡No, no, ma, te lo juro! Lleva días durmiendo en el mismo callejón de donde lo hemos sacado hoy. Estaba solo. Ese calzado no lo tenía la primera vez que lo vi, seguramente lo habrá robado hace poco, pero si tiene ese vendaje ahí, probablemente eso y el calzado sean obra de un buen samaritano. No es la primera vez que encontramos niños callejeros con alguna prenda u objetos nuevos, la gente suele darles comida y cosas así por caridad.
—Hm… supongo… Además, es improbable que un extranjero viviendo en un callejón de esta ciudad esté tutelado o bajo la protección de alguien. No habla nuestro idioma, ¿verdad? No reacciona a nada de lo que decimos. ¿Cómo habrá ido a parar aquí?
—No sé mucho de eso, ma. Pero lo que importa es que estaba solo, ¡y que es una pieza única!
—Ya averiguaremos de dónde es. Este niño nos hará ricos. El único defecto que tiene es esa mala actitud, pero ya lo arreglaremos con los “caramelos de niño bueno”. Ay… —la mujer no pudo evitar soltar un suspiro lleno de satisfacción, echándole una última ojeada a Neuval.
—¿He hecho un buen trabajo, ma?
—Sí, Paku. Has hecho un buen trabajo. Mamá está contenta. Veamos la última pieza.
Cuando le descubrieron la cabeza a la última niña, Neuval dio un respingo horrorizado. Era la misma niña que conoció el otro día, a la que ayudó a conseguirse su comida.
—¡Oh! Qué rostro más dulce… —opinó la mujer, agarrando su barbilla para moverla de un lado a otro—. Es bastante bonita. Y si le quitamos esa capa de suciedad de la cara y del pelo, lo será aún más. Ahora mismo el cabello está muy enmarañado, pero es muy abundante, le quedará muy bien después del lavado. A ver la boca… Hm… Le falta un colmillo de leche, creo que debe de tener unos 8 años. ¿Habla? ¿Te ha dicho nombre, de dónde viene y esas cosas?
—En mi primer acercamiento, hablando con ella y regalándole unos dulces, dijo que se llama Song. Me contó que el verano pasado fue con sus padres a un mercado. Le dijeron que se quedara sentada en unas escaleras mientras ellos iban a comprar, pero al final nunca volvieron a por ella. Dice que se quedó dos días seguidos sentada en las escaleras esperando a sus padres, hasta que el dueño del edificio la echó de ahí con una escoba. Desde entonces ha estado en las calles.
—Debemos darles las gracias a sus papás por dejarnos en bandeja a una niñita tan bonita —dijo la mujer con tono meloso, mirando a la pequeña fijamente—. Song, si te portas bien, tendrás una vida lujosa. Te van a dar muchos regalos, dulces y manjares, juguetes y vestidos preciosos. A cambio, solamente tienes que cumplir con tu trabajo unas horas al día. Todo el mundo tiene que trabajar si quiere ganar dinero o cosas bonitas, ¿entiendes?
La pequeña la miraba muy asustada y apretaba los labios, sin decir nada.
—Asiente si lo entiendes, dulce Song —repitió la mujer, y detrás de esa voz amigable se captó un tono amenazante, apretándole las mejillas con demasiada fuerza.
Eso le hizo daño, así que la niña asintió con la cabeza rápidamente. Neuval le clavó una mirada siniestra a la mujer, conteniendo toda su ira. Pero esta, conforme con la obediencia de la niña, la soltó y echó un último vistazo a todos. El último al que se quedó observando fue a Neuval. Había algo en él, en sus fríos y hostiles ojos plateados, que realmente la cautivaban de una forma extraña.
—Eres definitivamente divino —le dijo la mujer.
—Es nuestro Duò luò tian shi —remarcó Paku.
—Sí… Lo presentaremos con ese nombre. Nuestro “ángel caído”. Ve pensando los nombres para los demás niños y zanjando los preparativos y decoraciones de la presentación, Paku. El resto, ¡a trabajar! —gritó dando una palmada, y de repente entraron en la sala más personas vestidas con trajes de limpieza, guantes y mascarillas—. En 6 horas comenzará la subasta.»
[ AVISO: este capítulo contiene abuso infantil ]
«Neuval observó de inmediato el mayor número de detalles posible en ellos. Uno de ellos, el más grande y fuerte, con el cabello largo y recogido en una coleta, llevaba un frasco de cristal en una mano y un pequeño pañuelo en la otra. Los otros dos eran bajitos y muy parecidos, probablemente gemelos, con el pelo de punta engominado; uno iba armado con una pistola en una funda bajo la chaqueta de cuero y una navaja en la mano, y el otro sujetaba unas cuerdas y un saco negro. El hortera tatuado y con camisa de cebra no iba armado y sólo tenía su reloj, por lo que debía de ser el jefe de los otros tres.
—¿Qué os dije? —rio el hortera, en un idioma que Neuval aún no podía entender bien—. Tarde o temprano, siempre acabo encontrando a cualquier animalito perdido por esta ciudad. Ninguno se me escapa.
—Fíjate… —se rio uno de los gemelos—. ¡Pero si parece un angelito! Qué cabellos tan bonitos. Justo del mismo color que las ramas de canela. ¿Olerá igual de bien?
—¿Eres idiota? —le reprochó su gemelo—. No sólo el cabello, ¡mira esa cara, esos ojos y esa piel! Nunca habíamos tenido uno así. ¡Pagarán una fortuna por él! Podríamos olvidarnos hasta de los otros niños. ¡Este de aquí nos va a hacer ricos él solo!
—Es sin duda un diamante en bruto que hemos tenido la suerte de encontrar, una oportunidad única en la vida —dijo el hortera—. Debe de ser extranjero. Americano, o europeo tal vez.
Neuval se sintió fatal consigo mismo, porque creyó que esto había sido culpa suya por salir del callejón esa tarde él solo y no seguir la recomendación de Lao. Quizá lo habían visto en algún momento en su pequeña excursión en solitario al centro comercial.
Supo que el peligro que acababa de aparecer en su callejón era real y superior a él. La navaja quizá le serviría para herir a alguno, pero no le ayudaría a derrotar a cuatro adultos a la vez, con más armas que él, y había más posibilidades de acabar apresado que de escapar con éxito porque podría haber más hombres con ellos. Evaluó los riesgos y las posibilidades como ya bien estaba acostumbrado a hacer desde hace años.
Tenía miedo y le latía el corazón con fuerza porque ya sabía que iba a acabar raptado por ellos sin remedio. La cuestión era qué hacer una vez lo hicieran. Necesitaba la navaja, pero ellos se la quitarían nada más descubrir que la tenía. Cuando lo capturaran, lo cachearían. Necesitaba ocultarla en algún lado del cuerpo…
Neuval tuvo dos segundos para pensar cuando esos tipos entraron en el callejón y ya se estaban acercando a él. Decidió hacerse el asustado y corrió a esconderse en el rincón de su cartón, resguardado junto a un contenedor de basura. De este modo, desapareció detrás del contenedor y del campo de visión de ellos.
La navaja que Lao le había dado era plegable, así que, lo más rápido que pudo, usó la mera ventaja de tener el cabello largo y se enganchó la navaja en el pelo debajo de la nuca como si fuera una pinza, quedando totalmente oculta y tapada por el pelo. También agarró enseguida unas cuantas cerillas de la cajita que robó hace dos días para hacer fuego y asar unos pescados, y las metió por los pliegues de la venda que todavía cubría la herida de su brazo.
Por último, sólo tuvo un segundo para mirar la bolsita de plástico donde estaba el melocotón que le quedaba. Estaba entero aún. Iba a comérselo justo antes de que aparecieran estos tipos, sin embargo, y lamentándolo mucho, vio en él otro modo de usarlo. Pero estaba metro y medio más allá, al otro lado del cartón, donde el escondite que ofrecía el contenedor ya no alcanzaba.
—¡Uuh! —exclamó uno de los gemelos, el que llevaba el saco y las cuerdas—. ¡Te encontré, angelito!
El niño se levantó a la velocidad del rayo, saltó apoyando un pie en el contenedor para coger impulso y alcanzó a darle un rodillazo en toda la cara a ese tipo, el cual cayó al suelo como un tronco. Acto seguido, logró coger el melocotón de la bolsa del suelo justo antes de que el otro gemelo lo apresara entre sus brazos, y, antes de que pudieran inmovilizarlo, lanzó el melocotón con todas sus fuerzas directamente hacia el fondo del callejón, estrellándolo contra la pared de cemento de allá, intencionalmente sobre uno de los garabatos que había rayado ayer.
—¡Uffm…! —el gemelo agredido se incorporó en el suelo, le sangraba la nariz a borbotones y tenía enrojecidos los pómulos—. Nada de angelito, ¡es un puto demonio!
—¡Hahaha! ¡Te ha dado una buena! —se burlaba su hermano mientras sujetaba al niño.
—Parece ser que es, más bien, un angelito caído —dijo el hortera, poniéndose su reloj de cadena en la barbilla, pensativo—. Sí, ya tenemos apodo para él para la presentación. Se llamará Duò luò tian shi. ¿Tanto alboroto por un melocotón? —se inclinó hacia el niño para mirarlo de cerca—. Tranquilo, ya no tendrás que preocuparte más por el hambre y la comida. Tu futuro dueño te alimentará bien. Te necesitará fuerte y sano. Ya sabes.
—Paku, no creo que te entienda una palabra, es un extranjero —le dijo el gemelo que apresaba a Neuval.
—¡Pero mira, si estaba estudiando nuestro idioma! —se rio este, poniéndose de cuclillas para echar un vistazo a los cuadernos del suelo—. Parece que la gente le ha dado bastantes limosnas a este crío. ¡Cuántos buenos samaritanos tenemos en esta ciudad! Pero nosotros somos los mejores, porque no les damos limosnas, les damos un futuro.
—Comprueba que no haya dejado ningún mensaje escrito que nos delate —le dijo el gemelo con la nariz rota.
—Nah, sólo estaba copiando algunos kanjis, son simples palabras de vocabulario… con… traducción en… —entornó los ojos forzosamente, torciendo la cara, intentando leer una de las palabras en francés—. ¿Qué coño es esto, italiano? ¿Eres italiano, mocoso? —le preguntó, pero Neuval no le entendió y se quedó callado mirándolo con fiereza.
—No entiende ni papa, Paku, sólo estaba aprendiendo a escribir y leer kanjis básicos —le dijo el gemelo que sujetaba al niño—. Pero no nos entiende al hablar. Puede ser un problema si queremos darle órdenes y que nos obedezca.
—No hace falta, todos los niños del mundo entienden este idioma —levantó un puño cerrado—. Ya que ha demostrado ser un poco problemático, necesitará un poco de “suero del buen comportamiento” —el hortera levantó una mano y chasqueó los dedos frente a la cara del tipo grandote, que estaba siempre callado.
El grandullón silencioso, entonces, empapó el paño con el líquido que contenía el frasco e inmediatamente tapó la cara entera del niño con él, haciendo fuerza.
—Ten cuidado con ese brazo vendado que tiene —ordenó el hortera—. No le toquemos el vendaje por ahora. Si tiene una herida ahí, no queremos que empeore. Hay que cuidar la mercancía.
Neuval se resistió cuando se le metió ese olor agrio por la nariz y la boca. Quiso toser y escupir, pero no podía, el tipo grande y el gemelo que le apresaba los brazos lo sostenían con demasiada fuerza. Luchó por respirar a pesar de tener que hacerlo con ese terrible olor. No sabía cuánto tiempo estuvo así.
—¿Pero qué demonios pasa? —protestó el hortera, viendo que el niño seguía agitándose—. Gorila, no has empapado bien el paño.
—Sí lo ha empapado bien, créeme, hasta yo me estoy mareando —masculló el gemelo que agarraba a Neuval, echando la cabeza a un lado con asco.
—¿Y por qué no funciona? —dijo el otro gemelo, tapándose con un pañuelo de papel la nariz rota—. Lo oigo jadear. Lo está respirando completamente. Debería estar ya frito.
—Oye, Paku, a este mocoso no le hace efecto respirar eso y ya me estoy cansando, se agita demasiado —se quejó el gemelo anterior.
—Vale —dijo el hortera—. Dale un pinchazo, Gorila, acabemos con esto ya o no llegaremos a tiempo a la subasta. ¡Y eso sería sacrilegio! —hizo girar una vez más su reloj de cadena, enrollándola en sus dedos.
El hombre grandote, entonces, sacó del bolsillo interno de su chaqueta una jeringuilla; agarró el brazo del niño, el que no tenía vendado, y le inyectó el sedante sin más. Esta vez funcionó, porque a los dos segundos Neuval empezó a ver borroso y a sentir que no le respondían los músculos. Se quedó atontado y dócil. Después de atarle las manos a la espalda y los tobillos con unas cuerdas y ponerle el saco negro en la cabeza, el tipo robusto se lo llevó en brazos, seguido de los otros, hacia la salida del callejón.
Neuval escuchó la puerta corrediza de una furgoneta abriéndose y sintió cómo lo lanzaban al interior sin más, cerrando de nuevo la puerta. Aterrizó sobre un colchón que tenían ahí puesto en la parte trasera de la furgoneta. Se puso de rodillas, respirando a toda velocidad, intentando luchar contra el mareo y por estar alerta. El vehículo se puso en marcha de repente, y Neuval, perdiendo el equilibrio, se chocó contra alguien. Fue cuando se dio cuenta de que había alguien más ahí dentro con él. De hecho, varios. Estaba oyendo dos… no, cuatro respiraciones más, de niños también. Respiraciones asustadas, agitadas. Solo que una de ellas se oía un poco más grave, debía de ser un chico de una edad algo mayor que Neuval. Y también se oía una más rápida y aguda, probablemente de una niña más pequeña.
Neuval no tuvo más remedio que centrarse en estarse lo más quieto posible, porque si seguía moviéndose, se mareaba más, así que procuró pegarse a la pared y agarrarse con las manos, todavía atadas a su espalda, al borde del colchón.
Durante todo el viaje, no paraba de repasar en su cabeza posibles soluciones, posibles planes de escapar. Pero tampoco paraba de pensar en Lao. No era la primera vez que lo raptaban, pero nunca antes le había pasado que anhelase tanto que alguien lo salvara, porque siempre había tenido asumido que sólo se tenía a sí mismo para salvarse a sí mismo. Pero ahora… ansiaba con todas sus fuerzas que Lao apareciera, ahora, a su lado. Nunca antes deseó tanto que alguien viniera a protegerlo.
Contó en su cabeza 16 minutos y 50 segundos justo cuando el vehículo se detuvo por fin. Quizá de nada le serviría esta información, pero su cabeza tenía esa costumbre, la de siempre recopilar todo tipo de información, datos, detalles, que tal vez le sirvieran de ayuda después.
Aquellos tipos realmente no querían perder el tiempo, pues no tardaron en abrir la puerta lateral y en sacar a los cinco niños con prisa. Los llevaron a empujones hacia algún lado. A través del saco, Neuval podía captar el olor a cemento húmedo, y un poco a aire cargado, con un ligero olor también de humo de coche. Y los sonidos de los pasos y las voces de los adultos que estaban con ellos producían un vago eco. Supo, pues, que estaban en un garaje o aparcamiento subterráneo. Entonces, habían entrado en algún edificio o complejo, seguramente de propiedad privada. Tras cruzar una puerta que chirrió como el metal, los metieron en un ascensor que subió un par de plantas. Los volvieron a arrastrar, esta vez por un pasillo lleno de silencio, con un olor raro entre productos de limpieza y perfumes, y tan luminoso que la luz traspasaba la tela negra del saco que cubría sus cabezas, por lo que Neuval podía distinguir algunas formas del pasillo. Era como el pasillo blanco de un hospital o clínica. Había varias puertas a ambos lados.
Los metieron en una sala y los colocaron en fila en el centro. Neuval seguía respirando nervioso, el corazón no le paraba de latir a toda velocidad. El efecto del sedante ya se le estaba pasando y podía tener los cinco sentidos absolutamente alertas y los músculos en tensión. Pero notaba algo más… Creyó que era fruto del estrés de la situación, pero llevaba ya unos minutos sufriendo breves destellos en su mente, como fogonazos de un instante, imágenes fugaces, de Jean, de Monique, de ella desangrándose en el suelo, y de más personas y situaciones horribles que había vivido en los últimos siete meses. Le costaba controlarse, no podía dejar de tener esos dolorosos impulsos, no lograba calmar su mente. La última vez que los tuvo, fue hace unos meses en una situación también estresante, y lo único que recordaba era sentir que se estaba volviendo loco, y despertarse un día después en otro lugar sin saber cómo. Temía que le volviera a pasar, porque realmente no le convenía perder la cabeza, o el conocimiento o la noción de sí mismo ante las manos de la banda criminal que lo había raptado. Unas manos que, al parecer, podían hacerle cualquier cosa.
Estaba temblando. Obviamente estaba asustado. Estaba convencido de que estaban en algún tipo de clínica porque les iban a extirpar los órganos. No importaba cuántas veces viviera este tipo de peligros o atrocidades, no se acostumbraba, no dejaba de tener miedo. Y eso era buena señal. Era signo de que su mente todavía no se había roto del todo y se negaba a conformarse, a aceptar la situación, a rendirse. El miedo no era sino el deseo de sobrevivir. Pero podía jurar que los otros cuatro niños estaban tan asustados como él, o peor, porque oía a un par de ellos sollozando.
—A ver, ¿qué me traes hoy? —se oyó la voz de una mujer entrando en la sala—. ¿¡Sólo cinco!? Te dije que por lo menos necesitábamos ocho.
—Ma, es un buen lote —se defendió el tipo hortera—. La calidad compensa la falta de cantidad.
—¡No si este mes vienen más clientes que la última vez!
—¡Pero ma! ¡Ma! ¡Que los alquilen por turnos esta vez! —protestaba el hortera infantilmente—. Así todos podrán probarlos.
—¡Paku! Nuestros clientes no son gente tan paciente.
—Tendrán paciencia, créeme, cuando vean el género que les ofrecemos esta vez. Hay uno de ellos, ma, que es un diamante en bruto, ya lo verás, es una sorpresa.
—Más te vale, o si no te echaré a patadas a la calle como hice con el inútil de tu padre.
Neuval no entendió nada de lo que decían, pero intuía una relación de jefa-empleado, o de madre-hijo, por la forma de hablar y el tono que tenían. Todavía no podía verla por culpa del saco, pero aquella mujer ya causaba temor con la mirada. Tenía los ojos afilados, siempre fríos o enfadados, aunque no era más que su forma de analizarlo todo al detalle, una perfeccionista estricta, como cabría esperar de alguien que protege un negocio ilegal y muy, muy prestigioso. No tenía cejas, y tenía los labios muy finos, siempre fruncidos, como su ceño. Vestía muy elegante con chaqueta y falda, medias y zapatos de tacón grueso, para poder soportar esos kilos de más que el cinturón de piel de serpiente de su cintura apretaba un poco. Debía de tener cincuenta y tantos años, unas cuantas arrugas en la cara y unas pocas canas lo delataban, pero su cabello, liso y bien recogido en un moño alto, estaba bien cuidado.
Neuval oyó que les quitaban el saco de la cabeza a los dos primeros niños de la fila, los cuales dieron un leve sobresalto, pues todavía estaban bajo los efectos del sedante.
—Aquí tenemos a los cachorritos Pim y Gon —le explicaba Paku a la mujer—. Son hermanitos. Pim tiene 9 años y Gon tiene 11. El tonto de su padre era un pobre diablo alcohólico que nos los ha vendido por 250 míseros dólares.
—Hmm… —evaluó la mujer, agarrando las caras de ambos niños para examinarlos—. Prácticamente te los ha dado gratis, comparado con el precio por el que los alquilaremos. Están muy flacuchos, pero tienen buen cabello y dentadura. A pesar de los piojos.
—Sólo algo desnutridos, pero sin infecciones, enfermedades ni manchas feas en la piel.
—Id preparándolos —ordenó la mujer.
Neuval oyó varios pasos moviéndose por la sala. Al parecer, había más personas por ahí, vestidas con trajes de limpieza, guantes de látex y mascarillas. Se llevaron a esos dos niños a otro lado, y la jefa le quitó el saco al siguiente niño, el que Neuval tenía a su derecha. Era un chico algo más mayor, y, aun así, parecía el más asustado de todos. Neuval podía oír sus leves sollozos y ver por un hueco inferior del saco los pies descalzos y sucios de aquel chico, y cómo le temblaban las rodillas.
—¿No es muy mayor? —receló la mujer.
—Es algo alto, ma, pero apenas tiene 14 años, sigue estando por debajo de la edad límite de las preferencias de nuestros clientes. Este es “el triste Li”, así lo llaman en la barriada donde lo recogimos. Fue abandonado por su madre hace unos meses. Decían los residentes que su madre siempre le daba ya desde pequeño licor de ciruela para embriagarlo y así dejara de llorar.
—Con razón tiene estos sarpullidos en la espalda. Debe de tener el hígado enfermo.
—Nada que nuestros sanitarios no puedan arreglar con un tratamiento.
—La subasta es esta noche, Paku.
—¡Pues se le pone maquillaje, ma!
—¿Está siempre así de llorón? ¿Qué le pasa en las piernas, que le tiemblan tanto?
—Aaah, es un chico tímido y miedoso, sólo eso, ma.
—¡Y tiene dos quemaduras de cigarrillo en este brazo!
—¡Maquillaje, ma!
—Agh, está bien, da lo mismo. Es atractivo, al menos. Sí… este le va a gustar mucho al Hombre Dorado.
—¡Al señor Orlov! —discrepó Paku—. Cuanto más tímidos y con ojitos de cachorro, más le atraen.
—Sí. Por ahora estos tres irán a la subasta final. ¿Y ese diamante en bruto del que me habl-…? ¡Ogh!
Cuando la mujer soltó esa exclamación de disgusto, Neuval se dio cuenta del porqué. Por el hueco de abajo del saco que le cubría la cabeza, miró hacia los pies descalzos del chico mayor de su lado y vio que se estaba orinando encima.
—Maldita sea, qué desastre… —farfulló la mujer.
—¡Tú! ¿¡Eres tonto!? ¿¡Por qué te meas encima!? —le reprimió Paku al muchacho, y Neuval oyó que le daba un manotazo en la cabeza—. ¡A ver si con unos golpes se te quita lo tonto! —le dio otro manotazo—. ¡Vas a limpiarlo con tu lengua! ¡Tonto! —le dio otro manotazo más fuerte.
Neuval no pudo aguantarlo más, no pudo, no pudo soportar oír esos gritos vejatorios, esas bofetadas, y los sollozos del chico...
—¡Déjalo en paz! ¡Déjalo en paaaz! —rugió con todas sus fuerzas, lanzándose de cabeza contra el tipo hortera con un poderoso placaje, derribándolo al suelo—. ¡¡Déjalo en paaaz!!
Paku se dio un fuerte golpe contra el suelo, y como Neuval tenía aún las manos atadas a la espalda y el saco en la cabeza, acabó tropezando con sus piernas y cayó al lado. Pero no paró ahí. Intentó incorporarse como pudo en el suelo, y cuando logró ponerse de rodillas, echó la cabeza hacia Paku hasta encontrar su brazo y lo mordió ferozmente a pesar de que la tela del saco estaba entre medias.
—¡Aaah! ¡Diablo! —gritó Paku con furia, agarrándolo del cuello y lanzándolo a un lado.
La mujer hizo un gesto con la mano, y el mismo hombre grandote que vino al callejón y le inyectó antes el sedante a Neuval entró en la sala y levantó al niño del suelo, sujetándolo bien de los brazos sin esfuerzo alguno. El chico mayor estaba perplejo. La otra niña más pequeña, que aún tenía la cabeza cubierta por el saco, como solamente podía oír el alboroto, se mantenía muy quieta pero nerviosa.
—¿¡Para qué me traes un mocoso tan problemático, Paku!? —protestó la gruesa mujer, acercándose al niño sujetado por el hombretón, y fue a quitarle el saco—. ¡Sabes que si son demasiado agresivos, hay que…!
Fue quitarle a Neuval el saco de la cabeza y la señora se quedó muda después de dar un gran respingo. Sus ojos afilados ahora estaban como platos. Se quedó cautivada por ese rostro, por muy feroz expresión que le devolviera, y ese color de ojos y de cabello.
—Un foráneo occidental… —murmuró la mujer, entendiendo, pero no salía de su asombro—. Claro, por eso no le entendí antes cuando se puso a gritar. Válgame el cielo… ¡Este niño es hermoso! ¡Divino! —Comenzó a tocar a Neuval por todas partes, agarrando su barbilla para moverle la cabeza de un lado a otro—. Tenemos suerte de que no se haya cortado el pelo en mucho tiempo, un cabello así es muy valioso, ¡ya puedo ver al Hombre Dorado dando miles de dólares por este! No tiene ningún color de ojos, son simplemente grises claros, qué extraño… A ver los dientes… —El hombre grande ayudó a la mujer a abrirle la mandíbula al niño—. Un poco sucios, algo de esperar, pero nada que un cepillado no pueda arreglar. Le faltan un par de molares, se le han caído los molares de leche hace poco. Este niño debe de tener entre 9 y 11 años de edad. El resto de la dentadura es recta y perfecta. Y esta piel clara y suave…
—¿Qué te dije? —sonrió Paku orgulloso, frotándose todavía el brazo dolorido por el mordisco.
—Pero esto es raro, mira qué ropa más rota y sucia lleva, y en cambio este calzado es nuevo, y caro. Y ese vendaje en el brazo no ha podido hacérselo él… —caviló la mujer—. ¡Paku! —exclamó enfadada—. ¡No será un niño tutelado, ¿verdad?! ¡Eso trae problemas!
—¡No, no, ma, te lo juro! Lleva días durmiendo en el mismo callejón de donde lo hemos sacado hoy. Estaba solo. Ese calzado no lo tenía la primera vez que lo vi, seguramente lo habrá robado hace poco, pero si tiene ese vendaje ahí, probablemente eso y el calzado sean obra de un buen samaritano. No es la primera vez que encontramos niños callejeros con alguna prenda u objetos nuevos, la gente suele darles comida y cosas así por caridad.
—Hm… supongo… Además, es improbable que un extranjero viviendo en un callejón de esta ciudad esté tutelado o bajo la protección de alguien. No habla nuestro idioma, ¿verdad? No reacciona a nada de lo que decimos. ¿Cómo habrá ido a parar aquí?
—No sé mucho de eso, ma. Pero lo que importa es que estaba solo, ¡y que es una pieza única!
—Ya averiguaremos de dónde es. Este niño nos hará ricos. El único defecto que tiene es esa mala actitud, pero ya lo arreglaremos con los “caramelos de niño bueno”. Ay… —la mujer no pudo evitar soltar un suspiro lleno de satisfacción, echándole una última ojeada a Neuval.
—¿He hecho un buen trabajo, ma?
—Sí, Paku. Has hecho un buen trabajo. Mamá está contenta. Veamos la última pieza.
Cuando le descubrieron la cabeza a la última niña, Neuval dio un respingo horrorizado. Era la misma niña que conoció el otro día, a la que ayudó a conseguirse su comida.
—¡Oh! Qué rostro más dulce… —opinó la mujer, agarrando su barbilla para moverla de un lado a otro—. Es bastante bonita. Y si le quitamos esa capa de suciedad de la cara y del pelo, lo será aún más. Ahora mismo el cabello está muy enmarañado, pero es muy abundante, le quedará muy bien después del lavado. A ver la boca… Hm… Le falta un colmillo de leche, creo que debe de tener unos 8 años. ¿Habla? ¿Te ha dicho nombre, de dónde viene y esas cosas?
—En mi primer acercamiento, hablando con ella y regalándole unos dulces, dijo que se llama Song. Me contó que el verano pasado fue con sus padres a un mercado. Le dijeron que se quedara sentada en unas escaleras mientras ellos iban a comprar, pero al final nunca volvieron a por ella. Dice que se quedó dos días seguidos sentada en las escaleras esperando a sus padres, hasta que el dueño del edificio la echó de ahí con una escoba. Desde entonces ha estado en las calles.
—Debemos darles las gracias a sus papás por dejarnos en bandeja a una niñita tan bonita —dijo la mujer con tono meloso, mirando a la pequeña fijamente—. Song, si te portas bien, tendrás una vida lujosa. Te van a dar muchos regalos, dulces y manjares, juguetes y vestidos preciosos. A cambio, solamente tienes que cumplir con tu trabajo unas horas al día. Todo el mundo tiene que trabajar si quiere ganar dinero o cosas bonitas, ¿entiendes?
La pequeña la miraba muy asustada y apretaba los labios, sin decir nada.
—Asiente si lo entiendes, dulce Song —repitió la mujer, y detrás de esa voz amigable se captó un tono amenazante, apretándole las mejillas con demasiada fuerza.
Eso le hizo daño, así que la niña asintió con la cabeza rápidamente. Neuval le clavó una mirada siniestra a la mujer, conteniendo toda su ira. Pero esta, conforme con la obediencia de la niña, la soltó y echó un último vistazo a todos. El último al que se quedó observando fue a Neuval. Había algo en él, en sus fríos y hostiles ojos plateados, que realmente la cautivaban de una forma extraña.
—Eres definitivamente divino —le dijo la mujer.
—Es nuestro Duò luò tian shi —remarcó Paku.
—Sí… Lo presentaremos con ese nombre. Nuestro “ángel caído”. Ve pensando los nombres para los demás niños y zanjando los preparativos y decoraciones de la presentación, Paku. El resto, ¡a trabajar! —gritó dando una palmada, y de repente entraron en la sala más personas vestidas con trajes de limpieza, guantes y mascarillas—. En 6 horas comenzará la subasta.»
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