1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
«Al día siguiente, el domingo, Lao volvió a recogerlo a su callejón por la mañana, y la actitud de Neuval fue todo lo contrario a la de ayer. Estaba hiperactivo.
Hacía mucho que Neuval no se sentía como un niño normal. Había tenido pesadillas anoche, como todas las noches, pero esta vez se había despertado más descansado, relajado. Cuando pasearon por el mercado, Neuval no había parado de ir de un lado a otro, corriendo, saltando, mirándolo todo, señalando cosas, llamando a Lao para que mirase también… aunque no había querido que él le comprara ninguna, diciendo que no las necesitaba, que sólo le gustaba mirarlas. Y durante el paseo por el puerto, Neuval había estado todo el rato correteando de un lado a otro alrededor de Lao, subiéndose a bordillos, rampas, saltando escalones, con sus fantásticas zapatillas nuevas.
Lao estaba muy feliz de verlo así, comportándose como un niño de verdad, disfrutando de las cosas y divirtiéndose, no pasando hambre y miedo a cada segundo. Pero eso también incluía los problemas propios que podía traer cualquier niño. En medio de sus juegos, Neuval no miró por dónde iba y chocó con un hombre que llevaba una carretilla llena de naranjas. Se cayeron unas cuantas, en lo que el carretillero tardó en enderezarla para salvar el resto, pero se enfadó mucho y se puso a gritarle al niño como un energúmeno, señalando las naranjas del suelo. Esa actitud molestó a Neuval, el cual insultó al carretillero y pasó de largo.
Sin embargo, vio que Lao lo llamó con un gesto de la mano allá a unos metros. Su mirada se había tornado severa, y Neuval se acercó a él con timidez, con los hombros encogidos. Lao se agachó a su altura
—Eso no ha estado muy bien, ¿no te parece?
—Me choqué sin querer.
—Lo sé. Pero has sido descuidado, y la gente justa siempre debe disculparse por sus descuidos. Deberías pedirle disculpas a ese hombre.
—Podría hacerlo, ¡pero se ha puesto a gritarme como un idiota!
—Neuval. No importa si las demás personas son malas o groseras contigo. No tienes que ser como ellas, siempre debes disculparte si tú cometes un descuido o un error. Y si esa persona es idiota y no acepta tus disculpas, no importa. Tú debes mostrar una educación superior. No se trata sólo de hacer sentir bien al otro, sino también de ganarte el respeto. Y el respeto se gana cuando se hace lo correcto pese a las adversidades, y cuando se mantiene la calma pese a la mala actitud de los demás.
El niño se quedó callado, un poco avergonzado y pensativo.
—¿Qué le digo?
—Ven. Te enseñaré —lo acercó de nuevo hacia el carretillero, que seguía esperando indignado—. Ponte delante de él, mira al suelo y di: Yuen leung ngo laa. Y recoge sus naranjas.
La verdad es que, por un lado, a Neuval le daba rabia tener que disculparse con ese energúmeno. Pero, por otro, no quería defraudar a Lao. Así que, tragándose su orgullo, siguió sus indicaciones. Se puso frente al carretillero, miró a sus zapatos y apretó los puños.
—Yu… yuen longo…
—Yuen leung ngo laa —le repitió Lao.
—Yuen… leung… ngo laa —consiguió pronunciar el niño, más o menos, y seguidamente recogió las seis naranjas del suelo y las devolvió al montón de la carretilla.
El otro tipo pareció conformarse, pero seguía mirando al niño con esa cara de perro y no le dedicó ningún gesto de conciliación. Dio un bufido despectivo y se marchó con su carretilla.
—¡Me ha bufado! —protestó Neuval.
—Sí. Ese tipo no tenía muy buena educación, que digamos. Pero tú has demostrado una educación mejor que la suya, y que eres capaz de hacer lo correcto. Y eso es lo que importa.
—Pero, por esa última mirada de desprecio que me ha echado, ¡está claro que no me he ganado su respeto!
—Pero te has ganado el mío —le sonrió Lao, y le clavó un dedo en el pecho—. Y tú, también, has demostrado tener respeto por ti mismo.
El niño se quedó en silencio. Estaba asombrado, aprendiendo a ver las cosas de esa forma, tal y como Lao le enseñaba. Y por este tipo de vivencias, Neuval no hacía más que sentir un mayor apego por él, y un mayor deseo de seguir estando con él, aprendiendo más cosas, de la vida cotidiana y también de los iris. Aunque Lao no le contó demasiadas cosas de la Asociación. Por ahora, sólo las necesarias, para que se fuera familiarizando con algunos términos y anticipándole algunas cosas sobre el entrenamiento y en qué consistía trabajar como iris.
Al final de la mañana, después del almuerzo, los dos estuvieron comiendo un helado en el puerto, sentados sobre uno de los muelles de madera donde reposaban algunas embarcaciones vacías. Bueno, Neuval se comía un helado; Lao se tomaba a sorbos un chocolate caliente, a pesar del calor que hacía. Neuval se había quitado el calzado para meter los pies en el agua. En cambio, Lao estaba de piernas cruzadas, resguardado.
—¿No quieres meter los pies? —le preguntó Neuval—. ¡Está agradable!
—Para que sea agradable para mí, el agua debe estar muy caliente, o hirviendo.
—¿En serio? ¿No te gusta el agua templada ni fría?
—Me hace daño.
—¡No me lo creo!
—Como lo oyes. Igual que a ti el fuego te quemaría la piel, yo sufro dolor o quemaduras en contacto con el agua fría o el hielo. Sólo tolero el agua muy caliente.
—¡Eres raro de cojones!
—Esa lengua… —le reprochó Lao por milésima vez—. A lo mejor tú acabas siendo tan raro como yo. Si al final eliges el elemento del fuego.
—No sé. No creo que elija ese. Me dijiste que se suele elegir el elemento con el que te sientes más compatible. Creo que el fuego no es lo mío.
—¿Sabes o sospechas ya cuál podría ser el tuyo?
—Mmm… ni idea —se encogió de hombros, y se acomodó apoyando las manos hacia atrás y cerrando los ojos, quedándose en el más puro bienestar durante unos segundos en que sopló el viento, meciendo su cabello largo—. Me da igual qué elemento tener, sólo me interesan las cosas que puedo hacer con él.
—¿Quieres construir más puzles y rompecabezas raros usando tu futuro elemento?
—¡No! Bueno, sí. Pero no sólo eso. Me refiero a hacer más cosas.
—¿Qué más cosas te interesaría hacer?
—Quiero hacer muchas cosas. Que sean todas importantes e increíbles. Construiré cosas geniales que sean útiles para todos, que ayuden a la gente. Con el poder que obtenga, les daré su merecido a los hijos de perra que abusan o matan a los demás…
—Esa lengua.
—Protegeré y salvaré a mucha gente. Haré muchos amigos. Crearé cosas grandes. Como… ¡una gran fábrica de cohetes espaciales! Y cuando la haya creado, podrás despedirte de esa empresa en la que trabajas ahora, donde dices que no te tratan bien. ¡Te construiré una fábrica para ti solo para que hagas lo que quieras! Podemos construir cosas juntos.
—¡Hahahah! ¿Y quién de los dos sería el jefe?
—¡Yo, por supuesto! ¡Es mi fábrica!
—¡Hahah! Claro, claro.
—Pero no te preocupes, te encantará tenerme de jefe, porque yo te trataría como de verdad mereces y como el genio que en verdad eres.
—Oh… guau… Eso estaría muy bien —se rio el hombre, siguiéndole la corriente en sus fantasías, pero le conmovían sus palabras y el hecho de que le incluyera a él en sus planes del futuro.
Parecía mentira, pensaba Lao, que hace apenas cuatro días ese niño ya estaba pensando en suicidarse y ahora sólo hablase sin parar de sus ilusiones, objetivos, sueños y deseos del futuro.
—¿Y querrás también crear una familia? —sonrió Lao—. Sólo te falta eso, ya que pretendes crear todo lo demás que hay en el mundo.
—¡Oh, no, ni hablar! Yo jamás, jamás, jamás me voy a casar. Y jamás, jamás, jamás tendré hijos.
—¿Y eso?
—Porque seguro que acabaré arruinándoles la vida. Seré un padre horrible, igual que Jean, ¡y no quiero!
—Neu… —le sorprendió oírle decir algo así—. No eres como Jean. No tienes por qué ser como él.
El niño se encogió de hombros y no dijo nada, porque no quería discutir con él de eso. Pero realmente estaba convencido de ello. De que su sangre estaba maldita como la de Jean.
—Oye, ¡ya son las dos! —dijo el muchacho al ver la hora en el reloj que Lao tenía en la muñeca—. Se te va a hacer tarde. Deberías ir ya con tu familia a pasar la tarde.
—Se me hace duro dejarte solo, Neuval.
—No te preocupes. Estaré en mi callejón, seguro y a salvo. No necesitaré salir, porque estaré el resto del día entretenido con los cuadernos de kanjis que me has traído.
—¿Tú crees que no acabarás hartándote de ellos enseguida? Aprender a escribir los kanjis chinos es realmente complicado y pesado. ¿De verdad te interesa aprender chino? Yo puedo seguir siendo tu traductor.
—¿Por qué no? Hablar idiomas es útil. Y si voy a estar más tiempo viviendo aquí, necesitaré aprender el idioma de aquí, al menos lo básico. Es difícil sobrevivir en un país donde no entiendes lo que dice la gente y lo que pone en los carteles. Además, no me costará mucho. Ya he visto que aprender idiomas es fácil.
—Aprender un nuevo idioma nunca es fácil. ¿Sabes hablar alguno aparte del francés?
—¡Sí! Sé hablar perfectamente inglés, polaco, rumano y turco… —fue enumerando con los dedos—. Sé hablar más o menos el alemán… Algo de hindi y un poquito de urdu. Los aprendí durante mi estancia en esos otros países. Me quedé en algunos más tiempo que en otros.
Lao volvía a tener esa misma mueca torcida que se le quedó cuando Neuval le dijo que se había leído en una hora tres libros gordísimos y le mostró el supercubo de Rubik y la caja puzle ampliada.
—Neuval… ¿tú solías ir al colegio en Francia?
—Eh… a veces. Al principio sí, cuando era más pequeño. Pero en los últimos dos años cada vez menos.
—¿No te gustaba?
—Me moría del aburrimiento.
—¡Hahaha…! —se echó a reír, y el niño lo miró confuso—. Ya me lo imagino. Pues, ¿sabes qué? Ya que usas tanto el cerebro, necesitarás darle el combustible suficiente —se echó su mochila por delante y la abrió, y sacó una bolsa de plástico con dos bultos—. Te he traído esto, para que lo meriendes por la tarde mientras estudias.
—¿Qué son? —se entusiasmó el niño, cogiendo la bolsa y mirando por dentro, y dio un enorme respingo—. ¿¡Melocotones!?
—No sólo melocotones, ¡sino los mejores melocotones del mundo! —presumió Lao—. Estos en concreto se cultivan en Japón, y son los más dulces del mundo. Tengo un amigo japonés que siempre me trae unos cuantos cuando viene a visitarme aquí.
—¿Un amigo?
—Mi mejor amigo, más bien —sonrió contento—. Se llama Hideki Saehara. También es un iris, de hecho, es mi Líder, pertenezco a su grupo. Y su mujer, Emiliya, también. Algún día te los presentaré, pues son los dos iris más extraordinarios del mundo. —De repente Lao se dio cuenta de que Neuval estaba muy callado mirando los melocotones, con una cara muy afligida—. Oh… ¿Estás bien? ¿No te gustan los melocotones, quizá?
El niño apartó la mirada a un lado un momento y se secó los ojos con disimulo. Había recordado algo extraño. Cuando era mucho más pequeño, su hermana solía hacerle zumos de melocotón, incluso pasteles deliciosos. Pero un día, de repente, Jean les prohibió comer esta fruta. Era la favorita de Neuval, y había pasado unos cuatro años sin probarla desde que su padre se lo prohibió sin dar motivo alguno.
—Es mi fruta preferida —le respondió el niño finalmente, mirándolo con una gran sonrisa—. Gracias.
Lao no dijo nada, pero percibió perfectamente con su astucia de iris que este fruto le había evocado al muchacho algún recuerdo triste, y también, que observaba esos dos melocotones como si fueran dos tesoros.
—Adelante, prueba uno.
Neuval lo miró con duda, pero como Lao le dio permiso, no pudo contener las ganas y cogió uno de esos suaves, blandos y jugosos melocotones. Eran de un color algo diferente a los melocotones que él conocía del otro lado del mundo. Cuando lo mordió y el increíble dulzor del jugo bañó sus papilas, sucedió algo extraño que sobresaltó a Lao por un momento. Las pupilas en los ojos grises del niño se dilataron al máximo por un segundo y Lao sintió un escalofrío terrorífico por toda su piel. Fue una sensación muy rara, pero el hongkonés pensó que sólo eran imaginaciones suyas.
Neuval, con ese gran trozo de melocotón en la boca y las mejillas abultadas, miró al hombre con enormes ojos llorosos de cachorrito.
—¡Hahah! ¡Sabía que te encantaría! —se rio Lao al ver su cara.
—Es… —tragó—. Guau… ¡Es lo más delicioso que he probado! —No se pudo resistir y se lo comió entero en dos segundos, y en vez de tirar el hueso, lo guardó en la bolsa—. Dejaré el otro para la tarde, mientras estudio. ¡Deben de ser muy caros! ¿Cómo puedo pagártelos?
—No volviendo a hacerme esa pregunta nunca más, ¡qué pesadilla! —le dio un empujón en el hombro, pero no calculó su fuerza sobrehumana y Neuval rodó dos veces por el suelo—. Uy…
—Hahah… —se rio—. Espero que tu amigo japonés te traiga más.
—Neuval —Lao se puso en pie y ayudó al niño a lo mismo, el cual comenzó a ponerse de nuevo las zapatillas—. ¿Qué tal si… te vienes tú también?
—¿Eh? ¿A dónde?
—A pasar con nosotros la tarde. No te voy a mentir. Lo cierto es que Sai tiene muchas ganas de conocerte. Y Ming Jie también.
A Neuval se le borró la sonrisa. Dejó de atarse las zapatillas y se quedó muy callado, mirando a otra parte.
—No creo que sea nada incómodo para ti —insistió Lao—. Vamos a ir al centro comercial. Ming Jie quiere comprarle ropa nueva a Sai para el invierno que viene, toda la ropa que tiene ahora le queda algo pequeña, como esa sudadera que te di, ya que Sai no para de crecer… —se rio—. Ha salido a mí. A Ming le gustará comprarte ropa a ti también. Puede ser divertido, podéis probaros muchas cosas. Y Sai… es un chico muy amable. Aunque su francés no es muy bueno y no podáis entenderos, él sólo querrá ayudarte y jugar contigo. Y después, puedes regresar a tu callejón a dormir… o… en vez de dormir en el callejón, podrías…
En ese instante Neuval se puso en pie de golpe y Lao se calló. El niño sabía lo que él había estado a punto de proponerle, pero no quiso escucharlo. Miraba al suelo, y volvió a hacer eso de retorcerse la camiseta, como solía hacer cuando se sentía incómodo o tenso. Pero Lao vio algo más. Había miedo en sus ojos. ¿De qué tenía miedo?
—Me voy a mi callejón a estudiar un poco de kanjis —le dijo, levantando la mirada hacia él por fin—. Estoy un poco cansado. Creo que… sólo necesito estar tranquilo.
Lao dejó caer los hombros, con un discreto suspiro de desilusión. Llevaba ya un tiempo planteándose cómo decírselo, cómo proponerle ese cambio de vida que deseaba para él, porque ya conocía a ese niño lo suficiente para saber que tenía un grave problema a la hora de estrechar lazos con la gente, especialmente si era el tipo de lazo que Lao estaba cultivando con él. Para Neuval era muy difícil porque obviamente estaba viendo en Lao una figura paternal que jamás en su vida se habría imaginado que existía, y cuando este además le hablaba de su familia, Neuval reprimía un nudo en su interior.
Era un niño traumatizado que lo había perdido todo, las muy escasas cosas que tenía, y había presenciado una terrible tragedia que lo acompañaría en sus recuerdos el resto de su vida, y se haría mucho más pesado de llevar conforme pasase el tiempo sin entrenar y sanar su iris.
Lao todavía le estaba dando tiempo para que se decidiera, al menos, si quería ir al Monte a hacer el entrenamiento, pero eso era para solucionar una parte del problema. Mientras tanto, había otro problema. Ese niño estaba solo, desprotegido y malviviendo. Lao no podía soportar más verlo viviendo en la calle. Quería darle algo mejor. Quería darle una vida de verdad. Quería darle el mundo entero.
—Bueno. ¿Quieres que te acom-…?
—N-no hace falta —respondió el muchacho enseguida, tímido—. Puedo ir solo. No me pasará nada, está cerca de aquí. Iré directo, no te preocupes.
Un poco resignado, Lao terminó sonriéndole tranquilamente y le revolvió el pelo.
—Mm… ¿vendrás mañana? —le preguntó el niño.
—Claro que sí. Te traeré el desayuno. Practicaremos algo de chino, a ver si de verdad has aprendido algo.
Neuval por fin asomó una pequeña sonrisa y asintió con la cabeza, más calmado. Se despidió de él y se fue corriendo de allí con su bolsa con el melocotón, de regreso al callejón. Lao volvió a suspirar.
La tarde transcurrió con normalidad. Neuval estuvo en su callejón, en su cartón, leyendo los cuadernos que Lao le había dejado, que eran sus antiguos apuntes de cuando él estudiaba francés en la universidad, y a Neuval le servían, pero a la inversa. Estaba tumbado bocabajo, apoyado en sus codos, con un cuaderno delante apoyado en un gato ahí echando la siesta, y tenía otro gato sentado encima de su espalda lamiéndose las patas, tan tranquilo.
En un par de horas, ya había memorizado unos 640 kanjis y practicó su escritura. Pero había algo que no se le iba de la cabeza y no le dejaba concentrarse. Le carcomía por dentro. Así que, en un determinado momento, dejó el lápiz sobre el cuaderno y se puso en pie. El gato se quejó con un maullido al caer a un lado. Miró hacia la salida del callejón, mientras se llevaba una mano al bolsillo del pantalón para asegurarse de que llevaba ahí la navaja, y salió hacia las calles.
El centro comercial que Lao le había mencionado antes estaba cerca del puerto. Neuval fue allí, pero con la discreción propia de un felino, o de una sombra, ocultándose en rincones y recovecos, mirando por todas partes, hasta que, después de largo rato, divisó a Lao. Neuval estaba escondido detrás de una columna, y al otro lado de la plaza central, junto a unas escaleras que subían a la segunda planta del centro, estaba Lao junto a una mujer, más menuda que él, de largo cabello negro y muy liso y brillante, y entre ellos había un niño, moreno, quizá un poco más alto y con una espalda algo más ancha que Neuval.
El niño estaba de espaldas y no podía verle la cara, pero observaba cómo Lao y su mujer estaban hablando sobre un top de tirantes, rosa pálido y con volantes muy bonito que al parecer Ming Jie se había comprado, y Lao bromeaba, poniéndoselo sobre el pecho para preguntarles qué tal le quedaría, y eso que el top sólo le cubría la mitad de la anchura de su tronco. Su mujer e hijo se reían sin parar y ella volvió a guardar el top en la bolsa para que su marido no acabara rompiéndolo.
Neuval los miró con tristeza. Parecían buena gente de verdad. Eran una familia normal, buena y feliz. ¿Cómo iba un niño como él, un desastre, violento, problemático y miserable despojo como él, perturbar la felicidad y la tranquilidad de esa familia? ¿Qué derecho tenía él de manchar sus vidas con su suciedad y sus defectos, con sus traumas y tragedias? Lao estaba loco sólo por sugerirle conocerlos. Y estaba mucho más loco si de verdad le rondaba por la cabeza la idea de que Neuval viviese con ellos. No. Eso era imposible.
Decidió no pensar más en ello y regresar a su callejón para seguir repasando los kanjis. Estuvo estudiando en su cartón hasta que empezó a atardecer. Su ojo izquierdo le brillaba un poco en esa penumbra y le permitía ver lo que leía sin problema. Mientras escribía en el cuaderno, le sobresaltó que de repente los gatos habituales del callejón movieron las orejas y levantaron las cabezas todos a la vez.
Cuando Neuval levantó la mirada, vio una silueta parada en la entrada del callejón. Había un hombre ahí, no muy alto, delgado. En cuanto el niño se dio cuenta de que jugaba con un reloj de cadena en una de sus manos, de que llevaba una nueva camisa hortera con estampado de cebra y el tatuaje de una serpiente en un lado de su cabeza rapada, lo recordó al instante. Era el mismo tipo que vio el otro día por las calles y que le dio mala espina, el mismo que estuvo sin quitarle el ojo de encima y Neuval por eso procuró alejarse de él.
Con los cinco sentidos en alerta y con mucha precaución, Neuval fue acercando la mano al bolsillo de su pantalón donde guardaba la navaja, mientras se levantaba del cartón muy despacio. Podía enfrentarse a él de sobra, ya se había enfrentado a adultos más altos y menos escuálidos que ese en otros países. Sin embargo, pasó lo que más se temía, y es que junto al tipo hortera aparecieron tres hombres más.»
«Al día siguiente, el domingo, Lao volvió a recogerlo a su callejón por la mañana, y la actitud de Neuval fue todo lo contrario a la de ayer. Estaba hiperactivo.
Hacía mucho que Neuval no se sentía como un niño normal. Había tenido pesadillas anoche, como todas las noches, pero esta vez se había despertado más descansado, relajado. Cuando pasearon por el mercado, Neuval no había parado de ir de un lado a otro, corriendo, saltando, mirándolo todo, señalando cosas, llamando a Lao para que mirase también… aunque no había querido que él le comprara ninguna, diciendo que no las necesitaba, que sólo le gustaba mirarlas. Y durante el paseo por el puerto, Neuval había estado todo el rato correteando de un lado a otro alrededor de Lao, subiéndose a bordillos, rampas, saltando escalones, con sus fantásticas zapatillas nuevas.
Lao estaba muy feliz de verlo así, comportándose como un niño de verdad, disfrutando de las cosas y divirtiéndose, no pasando hambre y miedo a cada segundo. Pero eso también incluía los problemas propios que podía traer cualquier niño. En medio de sus juegos, Neuval no miró por dónde iba y chocó con un hombre que llevaba una carretilla llena de naranjas. Se cayeron unas cuantas, en lo que el carretillero tardó en enderezarla para salvar el resto, pero se enfadó mucho y se puso a gritarle al niño como un energúmeno, señalando las naranjas del suelo. Esa actitud molestó a Neuval, el cual insultó al carretillero y pasó de largo.
Sin embargo, vio que Lao lo llamó con un gesto de la mano allá a unos metros. Su mirada se había tornado severa, y Neuval se acercó a él con timidez, con los hombros encogidos. Lao se agachó a su altura
—Eso no ha estado muy bien, ¿no te parece?
—Me choqué sin querer.
—Lo sé. Pero has sido descuidado, y la gente justa siempre debe disculparse por sus descuidos. Deberías pedirle disculpas a ese hombre.
—Podría hacerlo, ¡pero se ha puesto a gritarme como un idiota!
—Neuval. No importa si las demás personas son malas o groseras contigo. No tienes que ser como ellas, siempre debes disculparte si tú cometes un descuido o un error. Y si esa persona es idiota y no acepta tus disculpas, no importa. Tú debes mostrar una educación superior. No se trata sólo de hacer sentir bien al otro, sino también de ganarte el respeto. Y el respeto se gana cuando se hace lo correcto pese a las adversidades, y cuando se mantiene la calma pese a la mala actitud de los demás.
El niño se quedó callado, un poco avergonzado y pensativo.
—¿Qué le digo?
—Ven. Te enseñaré —lo acercó de nuevo hacia el carretillero, que seguía esperando indignado—. Ponte delante de él, mira al suelo y di: Yuen leung ngo laa. Y recoge sus naranjas.
La verdad es que, por un lado, a Neuval le daba rabia tener que disculparse con ese energúmeno. Pero, por otro, no quería defraudar a Lao. Así que, tragándose su orgullo, siguió sus indicaciones. Se puso frente al carretillero, miró a sus zapatos y apretó los puños.
—Yu… yuen longo…
—Yuen leung ngo laa —le repitió Lao.
—Yuen… leung… ngo laa —consiguió pronunciar el niño, más o menos, y seguidamente recogió las seis naranjas del suelo y las devolvió al montón de la carretilla.
El otro tipo pareció conformarse, pero seguía mirando al niño con esa cara de perro y no le dedicó ningún gesto de conciliación. Dio un bufido despectivo y se marchó con su carretilla.
—¡Me ha bufado! —protestó Neuval.
—Sí. Ese tipo no tenía muy buena educación, que digamos. Pero tú has demostrado una educación mejor que la suya, y que eres capaz de hacer lo correcto. Y eso es lo que importa.
—Pero, por esa última mirada de desprecio que me ha echado, ¡está claro que no me he ganado su respeto!
—Pero te has ganado el mío —le sonrió Lao, y le clavó un dedo en el pecho—. Y tú, también, has demostrado tener respeto por ti mismo.
El niño se quedó en silencio. Estaba asombrado, aprendiendo a ver las cosas de esa forma, tal y como Lao le enseñaba. Y por este tipo de vivencias, Neuval no hacía más que sentir un mayor apego por él, y un mayor deseo de seguir estando con él, aprendiendo más cosas, de la vida cotidiana y también de los iris. Aunque Lao no le contó demasiadas cosas de la Asociación. Por ahora, sólo las necesarias, para que se fuera familiarizando con algunos términos y anticipándole algunas cosas sobre el entrenamiento y en qué consistía trabajar como iris.
Al final de la mañana, después del almuerzo, los dos estuvieron comiendo un helado en el puerto, sentados sobre uno de los muelles de madera donde reposaban algunas embarcaciones vacías. Bueno, Neuval se comía un helado; Lao se tomaba a sorbos un chocolate caliente, a pesar del calor que hacía. Neuval se había quitado el calzado para meter los pies en el agua. En cambio, Lao estaba de piernas cruzadas, resguardado.
—¿No quieres meter los pies? —le preguntó Neuval—. ¡Está agradable!
—Para que sea agradable para mí, el agua debe estar muy caliente, o hirviendo.
—¿En serio? ¿No te gusta el agua templada ni fría?
—Me hace daño.
—¡No me lo creo!
—Como lo oyes. Igual que a ti el fuego te quemaría la piel, yo sufro dolor o quemaduras en contacto con el agua fría o el hielo. Sólo tolero el agua muy caliente.
—¡Eres raro de cojones!
—Esa lengua… —le reprochó Lao por milésima vez—. A lo mejor tú acabas siendo tan raro como yo. Si al final eliges el elemento del fuego.
—No sé. No creo que elija ese. Me dijiste que se suele elegir el elemento con el que te sientes más compatible. Creo que el fuego no es lo mío.
—¿Sabes o sospechas ya cuál podría ser el tuyo?
—Mmm… ni idea —se encogió de hombros, y se acomodó apoyando las manos hacia atrás y cerrando los ojos, quedándose en el más puro bienestar durante unos segundos en que sopló el viento, meciendo su cabello largo—. Me da igual qué elemento tener, sólo me interesan las cosas que puedo hacer con él.
—¿Quieres construir más puzles y rompecabezas raros usando tu futuro elemento?
—¡No! Bueno, sí. Pero no sólo eso. Me refiero a hacer más cosas.
—¿Qué más cosas te interesaría hacer?
—Quiero hacer muchas cosas. Que sean todas importantes e increíbles. Construiré cosas geniales que sean útiles para todos, que ayuden a la gente. Con el poder que obtenga, les daré su merecido a los hijos de perra que abusan o matan a los demás…
—Esa lengua.
—Protegeré y salvaré a mucha gente. Haré muchos amigos. Crearé cosas grandes. Como… ¡una gran fábrica de cohetes espaciales! Y cuando la haya creado, podrás despedirte de esa empresa en la que trabajas ahora, donde dices que no te tratan bien. ¡Te construiré una fábrica para ti solo para que hagas lo que quieras! Podemos construir cosas juntos.
—¡Hahahah! ¿Y quién de los dos sería el jefe?
—¡Yo, por supuesto! ¡Es mi fábrica!
—¡Hahah! Claro, claro.
—Pero no te preocupes, te encantará tenerme de jefe, porque yo te trataría como de verdad mereces y como el genio que en verdad eres.
—Oh… guau… Eso estaría muy bien —se rio el hombre, siguiéndole la corriente en sus fantasías, pero le conmovían sus palabras y el hecho de que le incluyera a él en sus planes del futuro.
Parecía mentira, pensaba Lao, que hace apenas cuatro días ese niño ya estaba pensando en suicidarse y ahora sólo hablase sin parar de sus ilusiones, objetivos, sueños y deseos del futuro.
—¿Y querrás también crear una familia? —sonrió Lao—. Sólo te falta eso, ya que pretendes crear todo lo demás que hay en el mundo.
—¡Oh, no, ni hablar! Yo jamás, jamás, jamás me voy a casar. Y jamás, jamás, jamás tendré hijos.
—¿Y eso?
—Porque seguro que acabaré arruinándoles la vida. Seré un padre horrible, igual que Jean, ¡y no quiero!
—Neu… —le sorprendió oírle decir algo así—. No eres como Jean. No tienes por qué ser como él.
El niño se encogió de hombros y no dijo nada, porque no quería discutir con él de eso. Pero realmente estaba convencido de ello. De que su sangre estaba maldita como la de Jean.
—Oye, ¡ya son las dos! —dijo el muchacho al ver la hora en el reloj que Lao tenía en la muñeca—. Se te va a hacer tarde. Deberías ir ya con tu familia a pasar la tarde.
—Se me hace duro dejarte solo, Neuval.
—No te preocupes. Estaré en mi callejón, seguro y a salvo. No necesitaré salir, porque estaré el resto del día entretenido con los cuadernos de kanjis que me has traído.
—¿Tú crees que no acabarás hartándote de ellos enseguida? Aprender a escribir los kanjis chinos es realmente complicado y pesado. ¿De verdad te interesa aprender chino? Yo puedo seguir siendo tu traductor.
—¿Por qué no? Hablar idiomas es útil. Y si voy a estar más tiempo viviendo aquí, necesitaré aprender el idioma de aquí, al menos lo básico. Es difícil sobrevivir en un país donde no entiendes lo que dice la gente y lo que pone en los carteles. Además, no me costará mucho. Ya he visto que aprender idiomas es fácil.
—Aprender un nuevo idioma nunca es fácil. ¿Sabes hablar alguno aparte del francés?
—¡Sí! Sé hablar perfectamente inglés, polaco, rumano y turco… —fue enumerando con los dedos—. Sé hablar más o menos el alemán… Algo de hindi y un poquito de urdu. Los aprendí durante mi estancia en esos otros países. Me quedé en algunos más tiempo que en otros.
Lao volvía a tener esa misma mueca torcida que se le quedó cuando Neuval le dijo que se había leído en una hora tres libros gordísimos y le mostró el supercubo de Rubik y la caja puzle ampliada.
—Neuval… ¿tú solías ir al colegio en Francia?
—Eh… a veces. Al principio sí, cuando era más pequeño. Pero en los últimos dos años cada vez menos.
—¿No te gustaba?
—Me moría del aburrimiento.
—¡Hahaha…! —se echó a reír, y el niño lo miró confuso—. Ya me lo imagino. Pues, ¿sabes qué? Ya que usas tanto el cerebro, necesitarás darle el combustible suficiente —se echó su mochila por delante y la abrió, y sacó una bolsa de plástico con dos bultos—. Te he traído esto, para que lo meriendes por la tarde mientras estudias.
—¿Qué son? —se entusiasmó el niño, cogiendo la bolsa y mirando por dentro, y dio un enorme respingo—. ¿¡Melocotones!?
—No sólo melocotones, ¡sino los mejores melocotones del mundo! —presumió Lao—. Estos en concreto se cultivan en Japón, y son los más dulces del mundo. Tengo un amigo japonés que siempre me trae unos cuantos cuando viene a visitarme aquí.
—¿Un amigo?
—Mi mejor amigo, más bien —sonrió contento—. Se llama Hideki Saehara. También es un iris, de hecho, es mi Líder, pertenezco a su grupo. Y su mujer, Emiliya, también. Algún día te los presentaré, pues son los dos iris más extraordinarios del mundo. —De repente Lao se dio cuenta de que Neuval estaba muy callado mirando los melocotones, con una cara muy afligida—. Oh… ¿Estás bien? ¿No te gustan los melocotones, quizá?
El niño apartó la mirada a un lado un momento y se secó los ojos con disimulo. Había recordado algo extraño. Cuando era mucho más pequeño, su hermana solía hacerle zumos de melocotón, incluso pasteles deliciosos. Pero un día, de repente, Jean les prohibió comer esta fruta. Era la favorita de Neuval, y había pasado unos cuatro años sin probarla desde que su padre se lo prohibió sin dar motivo alguno.
—Es mi fruta preferida —le respondió el niño finalmente, mirándolo con una gran sonrisa—. Gracias.
Lao no dijo nada, pero percibió perfectamente con su astucia de iris que este fruto le había evocado al muchacho algún recuerdo triste, y también, que observaba esos dos melocotones como si fueran dos tesoros.
—Adelante, prueba uno.
Neuval lo miró con duda, pero como Lao le dio permiso, no pudo contener las ganas y cogió uno de esos suaves, blandos y jugosos melocotones. Eran de un color algo diferente a los melocotones que él conocía del otro lado del mundo. Cuando lo mordió y el increíble dulzor del jugo bañó sus papilas, sucedió algo extraño que sobresaltó a Lao por un momento. Las pupilas en los ojos grises del niño se dilataron al máximo por un segundo y Lao sintió un escalofrío terrorífico por toda su piel. Fue una sensación muy rara, pero el hongkonés pensó que sólo eran imaginaciones suyas.
Neuval, con ese gran trozo de melocotón en la boca y las mejillas abultadas, miró al hombre con enormes ojos llorosos de cachorrito.
—¡Hahah! ¡Sabía que te encantaría! —se rio Lao al ver su cara.
—Es… —tragó—. Guau… ¡Es lo más delicioso que he probado! —No se pudo resistir y se lo comió entero en dos segundos, y en vez de tirar el hueso, lo guardó en la bolsa—. Dejaré el otro para la tarde, mientras estudio. ¡Deben de ser muy caros! ¿Cómo puedo pagártelos?
—No volviendo a hacerme esa pregunta nunca más, ¡qué pesadilla! —le dio un empujón en el hombro, pero no calculó su fuerza sobrehumana y Neuval rodó dos veces por el suelo—. Uy…
—Hahah… —se rio—. Espero que tu amigo japonés te traiga más.
—Neuval —Lao se puso en pie y ayudó al niño a lo mismo, el cual comenzó a ponerse de nuevo las zapatillas—. ¿Qué tal si… te vienes tú también?
—¿Eh? ¿A dónde?
—A pasar con nosotros la tarde. No te voy a mentir. Lo cierto es que Sai tiene muchas ganas de conocerte. Y Ming Jie también.
A Neuval se le borró la sonrisa. Dejó de atarse las zapatillas y se quedó muy callado, mirando a otra parte.
—No creo que sea nada incómodo para ti —insistió Lao—. Vamos a ir al centro comercial. Ming Jie quiere comprarle ropa nueva a Sai para el invierno que viene, toda la ropa que tiene ahora le queda algo pequeña, como esa sudadera que te di, ya que Sai no para de crecer… —se rio—. Ha salido a mí. A Ming le gustará comprarte ropa a ti también. Puede ser divertido, podéis probaros muchas cosas. Y Sai… es un chico muy amable. Aunque su francés no es muy bueno y no podáis entenderos, él sólo querrá ayudarte y jugar contigo. Y después, puedes regresar a tu callejón a dormir… o… en vez de dormir en el callejón, podrías…
En ese instante Neuval se puso en pie de golpe y Lao se calló. El niño sabía lo que él había estado a punto de proponerle, pero no quiso escucharlo. Miraba al suelo, y volvió a hacer eso de retorcerse la camiseta, como solía hacer cuando se sentía incómodo o tenso. Pero Lao vio algo más. Había miedo en sus ojos. ¿De qué tenía miedo?
—Me voy a mi callejón a estudiar un poco de kanjis —le dijo, levantando la mirada hacia él por fin—. Estoy un poco cansado. Creo que… sólo necesito estar tranquilo.
Lao dejó caer los hombros, con un discreto suspiro de desilusión. Llevaba ya un tiempo planteándose cómo decírselo, cómo proponerle ese cambio de vida que deseaba para él, porque ya conocía a ese niño lo suficiente para saber que tenía un grave problema a la hora de estrechar lazos con la gente, especialmente si era el tipo de lazo que Lao estaba cultivando con él. Para Neuval era muy difícil porque obviamente estaba viendo en Lao una figura paternal que jamás en su vida se habría imaginado que existía, y cuando este además le hablaba de su familia, Neuval reprimía un nudo en su interior.
Era un niño traumatizado que lo había perdido todo, las muy escasas cosas que tenía, y había presenciado una terrible tragedia que lo acompañaría en sus recuerdos el resto de su vida, y se haría mucho más pesado de llevar conforme pasase el tiempo sin entrenar y sanar su iris.
Lao todavía le estaba dando tiempo para que se decidiera, al menos, si quería ir al Monte a hacer el entrenamiento, pero eso era para solucionar una parte del problema. Mientras tanto, había otro problema. Ese niño estaba solo, desprotegido y malviviendo. Lao no podía soportar más verlo viviendo en la calle. Quería darle algo mejor. Quería darle una vida de verdad. Quería darle el mundo entero.
—Bueno. ¿Quieres que te acom-…?
—N-no hace falta —respondió el muchacho enseguida, tímido—. Puedo ir solo. No me pasará nada, está cerca de aquí. Iré directo, no te preocupes.
Un poco resignado, Lao terminó sonriéndole tranquilamente y le revolvió el pelo.
—Mm… ¿vendrás mañana? —le preguntó el niño.
—Claro que sí. Te traeré el desayuno. Practicaremos algo de chino, a ver si de verdad has aprendido algo.
Neuval por fin asomó una pequeña sonrisa y asintió con la cabeza, más calmado. Se despidió de él y se fue corriendo de allí con su bolsa con el melocotón, de regreso al callejón. Lao volvió a suspirar.
La tarde transcurrió con normalidad. Neuval estuvo en su callejón, en su cartón, leyendo los cuadernos que Lao le había dejado, que eran sus antiguos apuntes de cuando él estudiaba francés en la universidad, y a Neuval le servían, pero a la inversa. Estaba tumbado bocabajo, apoyado en sus codos, con un cuaderno delante apoyado en un gato ahí echando la siesta, y tenía otro gato sentado encima de su espalda lamiéndose las patas, tan tranquilo.
En un par de horas, ya había memorizado unos 640 kanjis y practicó su escritura. Pero había algo que no se le iba de la cabeza y no le dejaba concentrarse. Le carcomía por dentro. Así que, en un determinado momento, dejó el lápiz sobre el cuaderno y se puso en pie. El gato se quejó con un maullido al caer a un lado. Miró hacia la salida del callejón, mientras se llevaba una mano al bolsillo del pantalón para asegurarse de que llevaba ahí la navaja, y salió hacia las calles.
El centro comercial que Lao le había mencionado antes estaba cerca del puerto. Neuval fue allí, pero con la discreción propia de un felino, o de una sombra, ocultándose en rincones y recovecos, mirando por todas partes, hasta que, después de largo rato, divisó a Lao. Neuval estaba escondido detrás de una columna, y al otro lado de la plaza central, junto a unas escaleras que subían a la segunda planta del centro, estaba Lao junto a una mujer, más menuda que él, de largo cabello negro y muy liso y brillante, y entre ellos había un niño, moreno, quizá un poco más alto y con una espalda algo más ancha que Neuval.
El niño estaba de espaldas y no podía verle la cara, pero observaba cómo Lao y su mujer estaban hablando sobre un top de tirantes, rosa pálido y con volantes muy bonito que al parecer Ming Jie se había comprado, y Lao bromeaba, poniéndoselo sobre el pecho para preguntarles qué tal le quedaría, y eso que el top sólo le cubría la mitad de la anchura de su tronco. Su mujer e hijo se reían sin parar y ella volvió a guardar el top en la bolsa para que su marido no acabara rompiéndolo.
Neuval los miró con tristeza. Parecían buena gente de verdad. Eran una familia normal, buena y feliz. ¿Cómo iba un niño como él, un desastre, violento, problemático y miserable despojo como él, perturbar la felicidad y la tranquilidad de esa familia? ¿Qué derecho tenía él de manchar sus vidas con su suciedad y sus defectos, con sus traumas y tragedias? Lao estaba loco sólo por sugerirle conocerlos. Y estaba mucho más loco si de verdad le rondaba por la cabeza la idea de que Neuval viviese con ellos. No. Eso era imposible.
Decidió no pensar más en ello y regresar a su callejón para seguir repasando los kanjis. Estuvo estudiando en su cartón hasta que empezó a atardecer. Su ojo izquierdo le brillaba un poco en esa penumbra y le permitía ver lo que leía sin problema. Mientras escribía en el cuaderno, le sobresaltó que de repente los gatos habituales del callejón movieron las orejas y levantaron las cabezas todos a la vez.
Cuando Neuval levantó la mirada, vio una silueta parada en la entrada del callejón. Había un hombre ahí, no muy alto, delgado. En cuanto el niño se dio cuenta de que jugaba con un reloj de cadena en una de sus manos, de que llevaba una nueva camisa hortera con estampado de cebra y el tatuaje de una serpiente en un lado de su cabeza rapada, lo recordó al instante. Era el mismo tipo que vio el otro día por las calles y que le dio mala espina, el mismo que estuvo sin quitarle el ojo de encima y Neuval por eso procuró alejarse de él.
Con los cinco sentidos en alerta y con mucha precaución, Neuval fue acercando la mano al bolsillo de su pantalón donde guardaba la navaja, mientras se levantaba del cartón muy despacio. Podía enfrentarse a él de sobra, ya se había enfrentado a adultos más altos y menos escuálidos que ese en otros países. Sin embargo, pasó lo que más se temía, y es que junto al tipo hortera aparecieron tres hombres más.»
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