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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









77.
Memorias junto a la lápida

Neuval estaba en el cementerio, sentado sobre la fría hierba de un terreno apartado. Arrancaba hierbitas distraídamente frente a sus piernas y las tiraba a un lado después, sin ningún motivo en especial. Contemplaba la lápida que tenía frente a sus tristes ojos grises, con forma de obelisco vertical, sus letras grabadas, su nombre… En la pulida superficie de granito, rezaba: “Ekaterina Saehara, fallecida a los 38 años”.

Solía ir a visitarla sin que nadie lo supiese cuando se sentía mal, o solo, o perdido en algo. Y hablaba con ella, imaginándosela sentada a su lado, contemplando la ciudad desde lo alto de la colina junto a él. «Cuida de Cleven esté donde esté, Katya» pensó. «No dejes que le pase nada malo mientras yo la busco, ¿vale? Por favor, tampoco dejes que haga alguna estupidez».

Esa no era su única preocupación ahora. Neuval seguía cavilando sobre su decisión, acerca de lo que Denzel le explicó. De todas maneras, ya se había decantado más por una cosa que la otra, pero el “no”, mientras haya un “no” pequeñito, vence al “sí”. Había que hacer desaparecer las dudas asociadas a cualquier ápice de “no”.

La tarde, ya oscura, era muy apacible en aquel lugar. Lo cierto es que daba bastante miedo, todo rodeado de lápidas y algo de niebla; apenas había luz, y no había absolutamente nadie más que él. Sin embargo, él sentía la compañía de su alma gemela, de alguna manera, que superaba a estar acompañado por mil personas. Estuvo recordando eventos del pasado, de su época feliz. A lo mejor hurgando en el pasado encontraba algo interesante que aportar en su decisión. Pero quizá, también, buscaba rememorar algo alegre, algo que le hiciera sonreír por una vez... Tan sólo una vez más, quería recordar buenos tiempos.


Hace 20 años...

«—¿Qué estás haciendo? —le preguntó un niño pequeño, de unos 5 años.

Neuval estaba agazapado en el suelo, escudriñando discretamente el interior de uno de los baños del pasillo de la casa, tras la puerta medio abierta.

—Chitón —lo mandó callar, haciendo aspavientos con una mano.

El niño frunció el ceño, se agachó junto a él y se quedaron observando a una mujer de cabello rojo oscuro y de ojos verdes que se miraba frente al espejo del baño. En ese momento estaba sacando de uno de los cajones un bote de crema. Cuando el niño escuchó a Neuval reírse por lo bajo, entornó los ojos con reproche.

—¿Qué le has echado a ese bote?

—Verás, pequeño Ichi —dijo Neuval con malicia—. ¿Recuerdas cuando Katya me engañó ayer en la cena, diciéndome que aquellas croquetas eran mis favoritas de carne, pero en realidad eran croquetas de pepino, y tras comerme una entera estuve con náuseas toda la noche? Pues me estoy vengando. ¿Qué te parece?

—Pues... —reflexionó Izan, poniéndose en postura filosófica—. Una parte me dice que debo prevenir a mi hermana mayor de peligros, pero... la verdad es que tengo ganas de verla gritar, muajaja... —rio perversamente.

—Muajaja, pues ya verás —rio Neuval de la misma forma.

Cuando Katya desenroscó la tapa del bote, frunció el ceño con extrañeza al ver que el potingue era de color negro.

—¿Eh? —dijo, fijándose bien en la etiqueta, a ver si se había equivocado—. No sabía que esta crema facial fuese negra... En fin —se encogió de hombros—, aquí dice que hidrata de maravilla.

Empezó a aplicarse la crema por toda la cara, y después fue repasando para que absorbiera. Sin embargo, por más que lo intentaba, la crema no se absorbía. Se frotó la cara más fuerte, comenzando a alarmarse, hasta que se le quedó todo seco y toda la cara totalmente negra.

—¿¡Pero qué...!? —saltó, inclinándose hacia el espejo para verse bien.

—Parecéis dos críos —les dijo Lex a su padre y a su tío, pasando de largo por el pasillo hacia su habitación.

—Pues tú tienes 5 años y no lo pareces —le replicó Neuval, sin apartar la mirada del interior del baño.

—Alguien en esta casa tiene que comportarse como un adulto —le espetó Lex con reproche, poniendo los bracitos en jarra.

—Aah... —Neuval se dio la vuelta y comenzó a gatear por el suelo lentamente hacia él—. Disculpe, señor adulto... Ya que sabes tanto del tema... —sacó del bolsillo de su pantalón las llaves de su coche—. ¿Puedes ir a poner gasolina al coche? ¿Y de paso ir al banco a reclamar una comisión no declarada? No te olvides de limpiarme el culito cuando termine de hacer mis cositas en el retrete.

—Oki, eso está hecho —Lex le arrebató las llaves del coche y pasó por su lado—. Pero olvídate de lo último.

Neuval se quedó perplejo.

—¡Pero serás...! —gruñó, y atrapó a Lex entre sus brazos y piernas, y empezó a hacerle cosquillas, rodando por el suelo. Lex no pudo evitar partirse de risa ante el ataque.

—¡Sssshh! —los calló Izan, todavía espiando en la puerta del baño—. ¡Que nos va a descubrir! —exclamó en voz baja.

Para cuando Lex logró escapar de su padre, se oyó un grito por toda la casa.

—¡Yaaaggh! —Katya se llevó las manos a la cara, y luego empezó a agitarlas con gran rapidez, intentando abanicarse—. ¡Pica, pica! ¡Aaah!

Ahí Neuval e Izan se tiraron por los suelos, llorando de la risa. Entonces Katya, que los oyó, abrió la puerta del baño de forma que casi derrumba la pared, mirándolos con rayos en los ojos y destacando unos dientes blancos apretados de ira entre un fondo negro.

—¡Neuvaaal! —chilló histérica, sintiendo los picores—. ¡Neuval Vernoux Soreil D’Elorie, me las vas a pagaaar!

—¡Qué engendro, jajaaajj...! —Neuval la apuntó con el dedo, carcajeando, aún tirado en el suelo.

Govnyuk, mudak, natyanut’ galsz na zhopu, sukin sin, aarrghkmxftgh...!

—¡Oh, no! ¡Se ha puesto a insultarnos en ruso! ¡Huyamos! —exclamó Izan, poniéndose en pie como una bala y agarrando a Neuval de un tobillo para llevárselo de allí y salvarlo.

Así, el pequeño, cargado de adrenalina, arrastró a su cuñado literalmente por el suelo del largo pasillo mientras Katya corría tras ellos vociferando las peores palabrotas en ruso. Cuando Izan acabó llegando al piso de abajo, después de haber arrastrado al pobre hombre escaleras abajo, y Katya a punto de dar el salto del puma sobre ellos, se abrió la puerta de la entrada y apareció un hombre, que tenía un largo cabello rojo y unos ojos azules como el hielo tras unas gafas; las mismas gafas que Lex llevaría en el futuro. Era Hideki Saehara. Todo se quedó en pausa.

—¿Qué pasa? ¿Qué haces ahí parado, Hideki? —preguntó una mujer rubia apareciendo al lado de él.

—Creo que nos hemos equivocado de casa, corre... —se apuró el hombre, llevándose a su esposa hacia fuera.

—¡No, no! —saltó Katya, corriendo hacia ellos—. ¡Papá, mamá, esperad!

Los retuvo en la entrada y empezó a darles todo tipo de excusas, pero sus padres no podían fijarse en otra cosa que en su cara negra. Neuval le hizo una seña a Izan para que se alejasen de ahí a hurtadillas.

—Fuujin —lo detuvo su suegro con voz potente, que los había pillado.

—Mierd-... ¡Hola, maestro Hideki! No te había visto —sonrió Neuval con cara angelical, poniéndose en pie de un salto frente a su Líder—. Qué guapo estás hoy. Tu larga melena roja reluce aún más roja.

—¿Qué le has hecho a mi hija? —susurró fríamente, entornando los ojos.

—¡Ha sido Izan! —declaró Neuval firmemente, apuntando a su pequeño cuñado descaradamente con el dedo.

—Izan... —gruñó Hideki, mirando al niño.

—Izan... —gruñó Neuval, imitando la misma pose severa.

—¡Es mentira! —protestó el niño, desconcertado—. ¡Ha sido este francés loco! ¡Papá, lo juro, yo no he sido!

Tanto Hideki como su esposa Emiliya miraron a uno y a otro, sin saber a quién creer, mientras Katya permanecía ajena a todo, recapacitando sobre lo que estaba pasando, alicaída. Estaba ella tan tranquilita... Neuval siempre le gastaba bromas pesadas a Katya, pero ella no podía decir que era mejor persona. Desde que se casó con él, le cogió también el gustillo a gastar bromas así. Anoche ella fue bastante cruel con esas croquetas de pepino. Este alimento le daba arcadas a Neuval sólo con olerlo.

El pobre Lex se pasaba varios días a la semana viendo a sus padres comportándose como críos, y más de una vez lo utilizaban como mensajero. Incluso una tarde, haciendo los deberes del colegio, un misterioso globo de agua estalló sobre sus cuadernos y al día siguiente se lo tuvo que explicar a su profesora, muerto de la vergüenza. Se podía esperar más seriedad de unos padres, pero Neuval y Katya seguían siendo unos jóvenes de 25 años. Y estaba claro que esa diversión llenaba la casa constantemente de risas y alegría.

—Ha sido mi padre —irrumpió Lex con aire serio y tranquilo, bajando las escaleras.

—¡Judas! —brincó Neuval, dolido.

—¡Tesoro! —exclamó Emiliya, corriendo a abrazar a Lex con un brazo y a Izan con el otro—. ¿Qué tal mi hijito y mi nietito? ¿Habéis pensado ya qué querréis para vuestro próximo cumple?

—Hola, abuela —sonrió Lex, dejándose achuchar por ella—. Tío Ichi y yo lo hemos hablado, queremos celebrarlo aquí en mi casa.

—¿¡Q-...!? ¿¡Disculpa!? —intervino Izan, incrédulo—. ¡Te dije que yo no quiero aquí, quiero hacerlo en el Hiper Fun Park!

—Pues tú lo celebras allí y yo aquí —refunfuñó Lex.

—No podemos hacer eso, nacimos juntos el mismo día y por tanto cumplimos el mismo día —refunfuñó también—. Tenemos que hacerlo juntos en el mismo lugar como siempre.

—Venga, pequeños, no peleéis —dijo Hideki, revolviendo el pelo de ambos—. Sois los mejores amigos del mundo, ¿recordáis? Id pensándolo un poco más, aún queda tiempo.

—Abuelo —lo llamó Lex—. ¿Adónde vamos hoy?

Aquel domingo, como muchos otros, Hideki y Emiliya iban a la casa de su hija para pasar la tarde con su nieto Lex. Normalmente venían con Izan, pero este ya se encontraba ahí porque le gustaba pasar mucho tiempo en la casa de su hermana y jugar con su sobrino, ya que él y Lex eran inseparables. En cuanto a Brey, en ese momento estaba dentro del vientre de Emiliya, aún no había nacido.

—Pues hoy le toca elegir a Izan —contestó Hideki.

—¡Cine! —saltó este de inmediato.

—Ya fuimos al cine hace poco, tío Ichi —refunfuñó Lex.

—¡Deja de ser tan huraño! ¡Te pareces a mi padre!

—Hey... —refunfuñó Hideki con la misma cara que Lex, ofendido.

—Como tío tuyo te ordeno que te sometas a mí —siguió discutiendo Izan con Lex.

—¡Tonto!

—¡Caraculo!

Hideki, poniendo los ojos en blanco, decidió dejar a ambos niños con su discusión y se fue a buscar a Neuval, que había huido del vestíbulo. Mientras tanto, Katya se acercó a su madre, sonriente, y posó sus manos sobre su hinchado vientre.

—¿Habéis decidido ya cómo llamarlo, mamá?

—Pues mira —le explicó Emiliya—. Tu padre quiere ponerle nombre japonés, entre Eichiro y Hiroshi, pero yo no quiero ninguno de esos, yo quería ponerle entre Rüzovs y Míkel...

—No sé, mamá...

—No, ya sé que esos no —la tranquilizó, quitándole cuidadosamente la pringosa máscara negra de la cara—. Nos hemos decidido por uno más sencillo: Brey. Así es como se llamaba un tatarabuelo mío, hace dos siglos. Fue uno de los iris más brillantes del linaje Smirkov, y de la Asociación.

—Mm... —murmuró Katya, pensativa, rascándose su cara por fin libre pero algo enrojecida—. No está mal. Izan, ¿qué te parece llamar Brey a nuestro nuevo hermanito?

—¡Me da igual cómo se llame, yo sólo quiero que nazca ya! —sonrió el rubio, dejando un momento de pelearse con Lex—. Pero es mejor nombre que el mío.

—¿Qué? ¡De eso nada! —rezongó Emiliya—. Te puse tu nombre en honor a mi madre, Izna. Debes llevar ese nombre con orgullo, Izan, tu abuela es la iris más respetada y temida de todo el hemisferio oriental. Y estás tan loco como ella, razón de más.

—Tú también estás loca como ella, mamá —se rio Katya—. ¿Cómo es posible que seas una Shokubutsu y no una Yami como ella? Los elementos dependen mucho del carácter.

—Oh, cariño, yo iba a ser una Yami. Pero como era lo que toda mi familia esperaba, quise llevarles la contraria y elegí ser Shokubutsu.

—Te encanta llevar la contraria, ¿eh? —suspiró Katya.

—Joder, ¿sabes lo divertido que es?

—¡Mamá! No digas esas palabras delante de Izan y de Lex.

—¿No estabas tú gritando todo el diccionario ruso de palabrotas hace unos minutos? Déjame desahogarme, cielo, que llevo meses sin probar una maldita cerveza —suspiró Emiliya, acariciándose el vientre.

Katya se rio. Algo muy peculiar de Emiliya Smirkova es que era la mujer más divertida y más bruta del mundo, de estas que tras beberse una cerveza solía aplastar la lata contra su cabeza o abrir las puertas con una casual patada. Todo lo contrario a su marido. Neuval solía presumir de que le había tocado tener la mejor suegra de la historia.

Podía parecer un poco raro que Katya, a sus 25 años, fuese a tener un hermano que además sería tío de su hijo con casi cinco años de diferencia, y luego Izan y Lex eran tío y sobrino de la misma edad, pero así estaban las cosas. Emiliya y Hideki tenían 45, tuvieron a Katya a los 20, y esta a Lex también a los 20, pero no era tan inusual. Por aquella época seguía habiendo gente que se casaba temprano.

Por otro lado, Hideki acabó encontrando a Neuval en la cocina metiendo en una mochila grandes cantidades de chocolatinas de una despensa.

—¿Qué haces, Fuujin? —se extrañó, apoyándose contra una de las encimeras y cruzándose de brazos.

—Katya y yo vamos a aprovechar esta tarde que Lex se queda con vosotros para irnos con Pipi a investigar sobre el grupo terrorista Bin-Bak. Es una misión de vigilancia, así que tengo que coger provisiones —le mostró los dulces.

—Fuujin, creí haberte dejado claro que la operación Bin-Bak queda clausurada. Que yo sepa no te he dado órdenes de ir a investigar. ¿Tu padre te ha dicho algo?

—Fue él, de hecho, quien ha dado con la información de un posible nuevo paradero —le sonrió alegremente. Pero Hideki siguió mirándolo fijamente, muy severo—. ¡Vale, vale! Ya sé que cuando el Guardián encuentra información de este tipo, los demás no podemos hacer nada hasta que él se lo informe al Líder y el Líder nos dé órdenes. ¡Pero es que mi padre no te iba a informar hasta mañana, porque sabe que hoy tienes tu día libre con Lex!

—Llevo ya muchos años lidiando con tu impaciencia, Neuval. No puedo seguir eximiéndote estos impulsivos caprichos, ya eres un adulto.

—Maestro, no puedo dejar que esos cabrones sigan sueltos por ahí. Alvion dijo que los quería muertos. Ya sé que necesitamos el elemento de Emiliya, pero como está de baja por su embarazo, he pensado en pedir prestado a la ARS a su elemento Planta.

—¿Desde cuándo te importa lo que quiere Alvion?

—No es por eso —dijo levantando el dedo y dirigiéndose hacia la salida de la cocina, pero se paró a su lado—. Yo no espero a saber qué es lo que quiere Alvion para actuar, yo actúo para saber qué necesita el mundo. Y el mundo necesita que esos terroristas desaparezcan de una vez. Es así como considero correcto llevar las cosas, maestro. No te ofendas, eres un gran Líder, incluso un buen suegro, a pesar de tus malas pulgas, y estoy muy a gusto en la SRS y todo eso, pero… Necesito empezar a llevar las cosas por mi propio camino. Algún día, maestro, algún día crearé y lideraré mi propia RS —le dijo con un tono cargado de emoción.

—Aunque te conviertas en Líder de tu propia RS, seguirás teniendo el deber de esperar a que Alvion te dé la misión. Esperar el permiso de Alvion o sus órdenes para actuar o no contra una banda criminal tiene una lógica razón de ser, Neuval. Él es quien realiza la primera investigación principal sobre la existencia de una banda criminal o terrorista, o sobre la actividad o el crimen que están planeando llevar a cabo. Él crea la misión, y el Líder organiza el modo de cumplirla. Un Líder no puede crear las misiones de gran envergadura contra bandas grandes o internacionales. No olvides que Alvion cuenta con una inteligencia superior a la del resto del mundo, y para crear una misión grande debe tener en cuenta miles de consecuencias, repercusiones, detalles y posibles problemas paralelos.

Hideki se calló al ver que Neuval estaba ahí de pie, sujetando la mochila al hombro, con los ojos cerrados, y se le caía la cabeza un poco a un lado.

—¿Neuval? —lo llamó.

—¡Ggnah! —dio un exagerado ronquido, abriendo los ojos de golpe y haciéndose el sorprendido—. Ah… disculpa, Hideki. Por un momento estaba soñando que me aburrías con un discurso sobre Alvion y el deber.

—¿Y si te parto con un rayo? —le espetó molesto, generando descargas eléctricas por sus brazos cruzados.

—Maestro, de verdad. ¿Desde hace cuánto me conoces? ¿Casi quince años? No es por alardear, pero creo que he demostrado ya muchas veces tener una inteligencia equiparable a la de Alvion.

—Pero nunca podrás equipararte a su experiencia por obvias razones de diferencia de edad. Alvion tiene 90, y tú 25.

—Pues en algún momento tendré que comenzar a adquirir la experiencia, ¿no?

—Aaay… —suspiró Hideki largamente, cerrando los ojos. Casi siempre era imposible hacer cambiar de parecer a Neuval cuando se obcecaba con un objetivo.

—Cuando cree mi propia RS, espero que me dejes meter a mi padre en ella.

—¿Me vas a hacer renunciar de mi SRS a mi Guardián, mi mejor amigo y el iris más fuerte del planeta? —protestó Hideki.

—No hará falta, Kei Lian será totalmente incapaz de dejarme solo en mi propia RS y tomará la decisión él mismo de mudarse a ella.

—Te aprovechas de su debilidad por ti.

—Soy su hijo. La debilidad que siente por mí y por Sai es eterna e inevitable —sonrió—. La pena es que Pipi no tiene más remedio que quedarse en tu SRS, ya que va a ser tu sucesor, ¡pero mejor así!, porque entonces los dos seremos Líderes y tendremos RS hermanas.

—Neuval. De verdad. Aún eres muy joven —insistió—. Y tienes que ocuparte de un hijo pequeño y de tu mujer. Y estás en camino de crear una multinacional. ¿Crees que podrás añadir a tus responsabilidades algo tan grande como dirigir una RS creada por ti? ¿Tanto ansías llevar tu trabajo de iris por tu propio camino? ¿Es sólo por eso, porque quieres trabajar más a gusto y nada más?

—Por supuesto que no es sólo por eso —contestó Neuval, esta vez poniéndose muy serio, y Hideki lo miró sorprendido por ese cambio de tono—. Nadie acoge a los iris menores de 10 años, Hideki. ¿No te has dado cuenta? Las plazas se están llenado con iris jóvenes y adultos, mientras que la mayoría de esos niños están sin un lugar a donde ir y otros esperando y aguantando en sus casas las ganas de usar su iris para combatir las injusticias. Necesitan hacer algo, sentirse útiles. Crearé mi RS y poco a poco integraré a esos niños que nadie quiere, y convenceré a más RS para que les den una oportunidad a los demás. Y te juro que mi RS será la mejor del mundo. Mi KRS.

Con una última sonrisa llena de esperanzas e ilusiones, Neuval salió de la cocina con su mochila de chocolatinas. Hideki permaneció ahí, pensativo.

—¡Apartaos de mi mujer, pequeños gusanos! —oyó a Neuval desde el vestíbulo.

—¿¡A quiénes llamas gusanos!? —exclamaron los dos niños.

—¡Aaah! —se oyó gritar a Lex—. ¡Me estás llenando de babas, papá!

—¡Darte una docena de besos de despedida es obligatorio para el éxito de mis misiones, Lex! —le decía Neuval.

—Eso de besar es normal en los franceses, ¿no? —preguntó Izan.

—¡Uah, Neuval! ¿¡Qué haces!? —gritó Katya—. ¡Que no soy un saco de patatas! ¡Bájame al suelo! ¿¡Y qué haces con esa bolsa llena de chocolatinas!?

—¿Cómo, no quieres que las lleve para la vigilancia?

—¡Claro que sí, pero tú y Pipi tenéis prohibido comerlas! ¡Son todas mías!

—Ayyy, mi glotona… —sonrió Neuval con cariño—. ¡Lex, te quiero, pórtate bien con tus abuelos y con tu tío! ¡Hasta luego!

Y se oyó la puerta cerrase y reinó el silencio y la calma. Hideki, aún en la cocina, suspiró con una leve sonrisa, negando con la cabeza.»


Claro... ¿Por qué seguir engañándose? El objetivo de todo iris es encontrar la felicidad absoluta y colectiva mediante la justicia verdadera. Era el deber por el que existían: evitar y combatir los males, tanto para ellos mismos como para los demás. Darle a la humanidad un verdadero sentido.

Es el camino que Neuval eligió firmemente a los 12 años y estuvo siguiéndolo durante muchos años después. Todo tipo de males que se encontraba obstruyendo su camino los eliminaba, pero la muerte de Katya se convirtió en un repentino terremoto. Formó una grieta en este camino y Neuval cayó por ella. Llevaba siete años cayendo por ella.

Ahora, podía dejar de caer, de una vez por todas. Sentía que ya era momento de agarrarse a algo. Se sentía capaz, tal vez no de superarlo, pero sí de empezar a intentarlo, y dejar de estar a merced de la fuerza de la gravedad del pasado. Katya siempre se lo decía antes de cualquier misión que iban a emprender. Le decía que recordase, que recordase, que nunca olvidase, todas las cosas por las que él había pasado desde que nació, todas las desgracias que había sobrevivido, y cuál era el motivo gracias al cual siempre había seguido adelante.

Y el motivo para Neuval siempre era el mismo. Proyectar su mayor miedo. Katya le dijo que, ante una crisis o un dilema, proyectara en su cabeza tres posibles futuros. En cada uno, existía un Neuval diferente. En uno de esos futuros, había un Neuval muerto por suicidio. En otro, había un Neuval pasando el resto de su vida en un hospital o en un callejón con consecuencias irreversibles de salud por el excesivo consumo de drogas y machacado por la depresión. Y en el tercer futuro, había un Neuval sano, fuerte, contento y entusiasmado. En el primer futuro, sus hijos, su familia y amigos cercanos estaban marcados para siempre por su suicidio. En el segundo futuro, sus hijos, su familia y amigos se habían alejado de él y no querían estar más con él. En el tercer futuro, sus hijos, su familia y amigos estaban a su lado, disfrutando juntos del día a día, comidas, cenas, cumpleaños, vacaciones, viajes, experiencias… durmiendo cada noche con la conciencia tranquila.

«“¿Cuál de esos tres Neuval quieres acabar siendo?”» se preguntó a sí mismo, pero recordando la voz de Katya haciéndole esa misma pregunta en los momentos difíciles que habían vivido.

Había una cuarta versión de Neuval que Katya sabía que existía y que nunca quiso incluir en esa lista de posibilidades. Un Neuval muy diferente. Oscuro, aterrador, vil y demoníaco. Un monstruo de tinieblas y de terroríficos ojos plateados sedientos de sangre y destrucción. Era la versión de sí mismo que Neuval creía poseer todavía en algún rincón de su interior. La versión de sí mismo que más le atemorizaba, porque era prácticamente la versión que le recordaba a Jean. Era el Neuval que menos veces había sacado a la luz a lo largo de su vida, pero cuando lo había hecho, era el que más daño había causado al mundo. Él creía que este Neuval aterrador era el que se manifestaba cuando padecía un brote de majin, como el que había aniquilado y despedazado a aquellos 12 delincuentes el otro día. O como el que destruyó la mitad de Japón hace siete años tras encontrar el cuerpo asesinado de Katya.

Lo que tenía claro, es que los tres Neuval de los tres peores futuros habían llegado a ese destino por seguir cayendo por el abismo de esa grieta. Y el único Neuval con el futuro más positivo y lleno de luz era el que había decidido hacer un gesto muy pequeño y muy sencillo, alargar un brazo y agarrarse a una piedra. Eso no lo iba a sacar de la grieta, pero al menos iba a detener su caída. Y era un comienzo.

«Estoy cansado de tener miedo de las cosas incorrectas» pensó, llevándose una flor arrancada bajo la nariz. «No debo temer la muerte, sino morir en vida. No debo temer tanto que mis hijos estén peligro, y temer más que sean infelices y sufran. No debo temer quién soy, sino a aquel en quien no quiero llegar a convertirme».

Se puso en pie sobre la colina y miró al horizonte, las luces de la ciudad. «Y yo soy Fuujin. ¡El más poderoso!».

Y eso no era todo. Había más cosas que estaban cambiando, avecinándose, acechando, y debía tenerlas bien presentes si iba a tomar definitivamente una decisión.

«Takeshi Nonomiya se jubila» recordó. «Y tengo el presentimiento de que Hatori se saldrá con la suya. Si sale elegido, comenzará a hacer cambios radicales, retomará el proyecto abandonado por su padre y será el fin de esta calma de siete años. Hatori reanudará La Caza e irá a por todos nosotros. No tendrá piedad. Tengo que pensar en mi familia, y en mis hermanos iris. No puedo quedarme de brazos cruzados. No nos espera nada bueno».

«Yo también tengo que reanudar mis proyectos» pensó, tirando la florecilla colina abajo. «Hoteitsuba, mi familia y mi KRS. Merecen a un mejor yo. El mundo merece a un mejor yo. Y voy a serlo. No soy un problema, no soy un fracaso, no soy un caso perdido, no soy Jean. No soy un monstruo…» pensó esto último con un ápice de duda. Pero luego volvió a ponerse firme.

«Hay un monstruo del que sí debo preocuparme. Izan… has vuelto a dar señales de vida después de tantos años. Has regresado a Japón, a Tokio. Atacas a Kyo para dar una señal de ello. Y te apoderas de lo que probablemente era un talismán de los Knive. ¿Por qué? ¿Qué tramas? ¿Qué objetivo puede tener un arki como tú? Katya… lamento que tu hermano haya acabado convirtiéndose en esto. Pero te prometo que me encargaré de él, y de que la memoria de Ichi no sea mancillada».

Sonrió. Cerró los ojos y se metió las manos en los bolsillos. Después se quedó observando la ciudad llena de luces desde lo alto de la colina del cementerio, con el viento gélido de la noche meciendo sus cabellos. Liberado. Así es como se sentía por primera vez en muchos años. Izan, Hatori o quien fuera, no importaba la amenaza. Ya era hora de plantar cara. Miró por última vez la lápida de Katya.


* * * * * *


Pipi, que se encontraba reunido con su Segunda, Waine, y con su pequeño Guardián, Jannik, en lo alto de un rascacielos discutiendo algunos asuntos de misiones, dejó de hablar de repente cuando su visión captó algo extraño. Al percatarse, Waine y Jannik se giraron para ver también.

—¿Qué es aquello? —preguntó el pequeño Jannik.

—¿Qué diablos...? —musitó Pipi, desconcertado.

Los tres observaron aquella intensa luz blanca brillando en una muy lejana colina. Y de pronto, vieron cómo se alzó hacia el cielo nocturno, hasta disiparse entre las nubes. Un cosquilleo recorrió el estómago de Pipi, y una risa nerviosa se le escapó por la boca.

—No... —sonrió—. ¿¡No será...!?

No cabía duda, no se les pasó por alto. Aquella era la huella de una persona, y todos sabían que sólo había un iris en el mundo capaz de surcar los cielos. Esa luz blanca nunca había brillado tanto en los últimos siete años.









77.
Memorias junto a la lápida

Neuval estaba en el cementerio, sentado sobre la fría hierba de un terreno apartado. Arrancaba hierbitas distraídamente frente a sus piernas y las tiraba a un lado después, sin ningún motivo en especial. Contemplaba la lápida que tenía frente a sus tristes ojos grises, con forma de obelisco vertical, sus letras grabadas, su nombre… En la pulida superficie de granito, rezaba: “Ekaterina Saehara, fallecida a los 38 años”.

Solía ir a visitarla sin que nadie lo supiese cuando se sentía mal, o solo, o perdido en algo. Y hablaba con ella, imaginándosela sentada a su lado, contemplando la ciudad desde lo alto de la colina junto a él. «Cuida de Cleven esté donde esté, Katya» pensó. «No dejes que le pase nada malo mientras yo la busco, ¿vale? Por favor, tampoco dejes que haga alguna estupidez».

Esa no era su única preocupación ahora. Neuval seguía cavilando sobre su decisión, acerca de lo que Denzel le explicó. De todas maneras, ya se había decantado más por una cosa que la otra, pero el “no”, mientras haya un “no” pequeñito, vence al “sí”. Había que hacer desaparecer las dudas asociadas a cualquier ápice de “no”.

La tarde, ya oscura, era muy apacible en aquel lugar. Lo cierto es que daba bastante miedo, todo rodeado de lápidas y algo de niebla; apenas había luz, y no había absolutamente nadie más que él. Sin embargo, él sentía la compañía de su alma gemela, de alguna manera, que superaba a estar acompañado por mil personas. Estuvo recordando eventos del pasado, de su época feliz. A lo mejor hurgando en el pasado encontraba algo interesante que aportar en su decisión. Pero quizá, también, buscaba rememorar algo alegre, algo que le hiciera sonreír por una vez... Tan sólo una vez más, quería recordar buenos tiempos.


Hace 20 años...

«—¿Qué estás haciendo? —le preguntó un niño pequeño, de unos 5 años.

Neuval estaba agazapado en el suelo, escudriñando discretamente el interior de uno de los baños del pasillo de la casa, tras la puerta medio abierta.

—Chitón —lo mandó callar, haciendo aspavientos con una mano.

El niño frunció el ceño, se agachó junto a él y se quedaron observando a una mujer de cabello rojo oscuro y de ojos verdes que se miraba frente al espejo del baño. En ese momento estaba sacando de uno de los cajones un bote de crema. Cuando el niño escuchó a Neuval reírse por lo bajo, entornó los ojos con reproche.

—¿Qué le has echado a ese bote?

—Verás, pequeño Ichi —dijo Neuval con malicia—. ¿Recuerdas cuando Katya me engañó ayer en la cena, diciéndome que aquellas croquetas eran mis favoritas de carne, pero en realidad eran croquetas de pepino, y tras comerme una entera estuve con náuseas toda la noche? Pues me estoy vengando. ¿Qué te parece?

—Pues... —reflexionó Izan, poniéndose en postura filosófica—. Una parte me dice que debo prevenir a mi hermana mayor de peligros, pero... la verdad es que tengo ganas de verla gritar, muajaja... —rio perversamente.

—Muajaja, pues ya verás —rio Neuval de la misma forma.

Cuando Katya desenroscó la tapa del bote, frunció el ceño con extrañeza al ver que el potingue era de color negro.

—¿Eh? —dijo, fijándose bien en la etiqueta, a ver si se había equivocado—. No sabía que esta crema facial fuese negra... En fin —se encogió de hombros—, aquí dice que hidrata de maravilla.

Empezó a aplicarse la crema por toda la cara, y después fue repasando para que absorbiera. Sin embargo, por más que lo intentaba, la crema no se absorbía. Se frotó la cara más fuerte, comenzando a alarmarse, hasta que se le quedó todo seco y toda la cara totalmente negra.

—¿¡Pero qué...!? —saltó, inclinándose hacia el espejo para verse bien.

—Parecéis dos críos —les dijo Lex a su padre y a su tío, pasando de largo por el pasillo hacia su habitación.

—Pues tú tienes 5 años y no lo pareces —le replicó Neuval, sin apartar la mirada del interior del baño.

—Alguien en esta casa tiene que comportarse como un adulto —le espetó Lex con reproche, poniendo los bracitos en jarra.

—Aah... —Neuval se dio la vuelta y comenzó a gatear por el suelo lentamente hacia él—. Disculpe, señor adulto... Ya que sabes tanto del tema... —sacó del bolsillo de su pantalón las llaves de su coche—. ¿Puedes ir a poner gasolina al coche? ¿Y de paso ir al banco a reclamar una comisión no declarada? No te olvides de limpiarme el culito cuando termine de hacer mis cositas en el retrete.

—Oki, eso está hecho —Lex le arrebató las llaves del coche y pasó por su lado—. Pero olvídate de lo último.

Neuval se quedó perplejo.

—¡Pero serás...! —gruñó, y atrapó a Lex entre sus brazos y piernas, y empezó a hacerle cosquillas, rodando por el suelo. Lex no pudo evitar partirse de risa ante el ataque.

—¡Sssshh! —los calló Izan, todavía espiando en la puerta del baño—. ¡Que nos va a descubrir! —exclamó en voz baja.

Para cuando Lex logró escapar de su padre, se oyó un grito por toda la casa.

—¡Yaaaggh! —Katya se llevó las manos a la cara, y luego empezó a agitarlas con gran rapidez, intentando abanicarse—. ¡Pica, pica! ¡Aaah!

Ahí Neuval e Izan se tiraron por los suelos, llorando de la risa. Entonces Katya, que los oyó, abrió la puerta del baño de forma que casi derrumba la pared, mirándolos con rayos en los ojos y destacando unos dientes blancos apretados de ira entre un fondo negro.

—¡Neuvaaal! —chilló histérica, sintiendo los picores—. ¡Neuval Vernoux Soreil D’Elorie, me las vas a pagaaar!

—¡Qué engendro, jajaaajj...! —Neuval la apuntó con el dedo, carcajeando, aún tirado en el suelo.

Govnyuk, mudak, natyanut’ galsz na zhopu, sukin sin, aarrghkmxftgh...!

—¡Oh, no! ¡Se ha puesto a insultarnos en ruso! ¡Huyamos! —exclamó Izan, poniéndose en pie como una bala y agarrando a Neuval de un tobillo para llevárselo de allí y salvarlo.

Así, el pequeño, cargado de adrenalina, arrastró a su cuñado literalmente por el suelo del largo pasillo mientras Katya corría tras ellos vociferando las peores palabrotas en ruso. Cuando Izan acabó llegando al piso de abajo, después de haber arrastrado al pobre hombre escaleras abajo, y Katya a punto de dar el salto del puma sobre ellos, se abrió la puerta de la entrada y apareció un hombre, que tenía un largo cabello rojo y unos ojos azules como el hielo tras unas gafas; las mismas gafas que Lex llevaría en el futuro. Era Hideki Saehara. Todo se quedó en pausa.

—¿Qué pasa? ¿Qué haces ahí parado, Hideki? —preguntó una mujer rubia apareciendo al lado de él.

—Creo que nos hemos equivocado de casa, corre... —se apuró el hombre, llevándose a su esposa hacia fuera.

—¡No, no! —saltó Katya, corriendo hacia ellos—. ¡Papá, mamá, esperad!

Los retuvo en la entrada y empezó a darles todo tipo de excusas, pero sus padres no podían fijarse en otra cosa que en su cara negra. Neuval le hizo una seña a Izan para que se alejasen de ahí a hurtadillas.

—Fuujin —lo detuvo su suegro con voz potente, que los había pillado.

—Mierd-... ¡Hola, maestro Hideki! No te había visto —sonrió Neuval con cara angelical, poniéndose en pie de un salto frente a su Líder—. Qué guapo estás hoy. Tu larga melena roja reluce aún más roja.

—¿Qué le has hecho a mi hija? —susurró fríamente, entornando los ojos.

—¡Ha sido Izan! —declaró Neuval firmemente, apuntando a su pequeño cuñado descaradamente con el dedo.

—Izan... —gruñó Hideki, mirando al niño.

—Izan... —gruñó Neuval, imitando la misma pose severa.

—¡Es mentira! —protestó el niño, desconcertado—. ¡Ha sido este francés loco! ¡Papá, lo juro, yo no he sido!

Tanto Hideki como su esposa Emiliya miraron a uno y a otro, sin saber a quién creer, mientras Katya permanecía ajena a todo, recapacitando sobre lo que estaba pasando, alicaída. Estaba ella tan tranquilita... Neuval siempre le gastaba bromas pesadas a Katya, pero ella no podía decir que era mejor persona. Desde que se casó con él, le cogió también el gustillo a gastar bromas así. Anoche ella fue bastante cruel con esas croquetas de pepino. Este alimento le daba arcadas a Neuval sólo con olerlo.

El pobre Lex se pasaba varios días a la semana viendo a sus padres comportándose como críos, y más de una vez lo utilizaban como mensajero. Incluso una tarde, haciendo los deberes del colegio, un misterioso globo de agua estalló sobre sus cuadernos y al día siguiente se lo tuvo que explicar a su profesora, muerto de la vergüenza. Se podía esperar más seriedad de unos padres, pero Neuval y Katya seguían siendo unos jóvenes de 25 años. Y estaba claro que esa diversión llenaba la casa constantemente de risas y alegría.

—Ha sido mi padre —irrumpió Lex con aire serio y tranquilo, bajando las escaleras.

—¡Judas! —brincó Neuval, dolido.

—¡Tesoro! —exclamó Emiliya, corriendo a abrazar a Lex con un brazo y a Izan con el otro—. ¿Qué tal mi hijito y mi nietito? ¿Habéis pensado ya qué querréis para vuestro próximo cumple?

—Hola, abuela —sonrió Lex, dejándose achuchar por ella—. Tío Ichi y yo lo hemos hablado, queremos celebrarlo aquí en mi casa.

—¿¡Q-...!? ¿¡Disculpa!? —intervino Izan, incrédulo—. ¡Te dije que yo no quiero aquí, quiero hacerlo en el Hiper Fun Park!

—Pues tú lo celebras allí y yo aquí —refunfuñó Lex.

—No podemos hacer eso, nacimos juntos el mismo día y por tanto cumplimos el mismo día —refunfuñó también—. Tenemos que hacerlo juntos en el mismo lugar como siempre.

—Venga, pequeños, no peleéis —dijo Hideki, revolviendo el pelo de ambos—. Sois los mejores amigos del mundo, ¿recordáis? Id pensándolo un poco más, aún queda tiempo.

—Abuelo —lo llamó Lex—. ¿Adónde vamos hoy?

Aquel domingo, como muchos otros, Hideki y Emiliya iban a la casa de su hija para pasar la tarde con su nieto Lex. Normalmente venían con Izan, pero este ya se encontraba ahí porque le gustaba pasar mucho tiempo en la casa de su hermana y jugar con su sobrino, ya que él y Lex eran inseparables. En cuanto a Brey, en ese momento estaba dentro del vientre de Emiliya, aún no había nacido.

—Pues hoy le toca elegir a Izan —contestó Hideki.

—¡Cine! —saltó este de inmediato.

—Ya fuimos al cine hace poco, tío Ichi —refunfuñó Lex.

—¡Deja de ser tan huraño! ¡Te pareces a mi padre!

—Hey... —refunfuñó Hideki con la misma cara que Lex, ofendido.

—Como tío tuyo te ordeno que te sometas a mí —siguió discutiendo Izan con Lex.

—¡Tonto!

—¡Caraculo!

Hideki, poniendo los ojos en blanco, decidió dejar a ambos niños con su discusión y se fue a buscar a Neuval, que había huido del vestíbulo. Mientras tanto, Katya se acercó a su madre, sonriente, y posó sus manos sobre su hinchado vientre.

—¿Habéis decidido ya cómo llamarlo, mamá?

—Pues mira —le explicó Emiliya—. Tu padre quiere ponerle nombre japonés, entre Eichiro y Hiroshi, pero yo no quiero ninguno de esos, yo quería ponerle entre Rüzovs y Míkel...

—No sé, mamá...

—No, ya sé que esos no —la tranquilizó, quitándole cuidadosamente la pringosa máscara negra de la cara—. Nos hemos decidido por uno más sencillo: Brey. Así es como se llamaba un tatarabuelo mío, hace dos siglos. Fue uno de los iris más brillantes del linaje Smirkov, y de la Asociación.

—Mm... —murmuró Katya, pensativa, rascándose su cara por fin libre pero algo enrojecida—. No está mal. Izan, ¿qué te parece llamar Brey a nuestro nuevo hermanito?

—¡Me da igual cómo se llame, yo sólo quiero que nazca ya! —sonrió el rubio, dejando un momento de pelearse con Lex—. Pero es mejor nombre que el mío.

—¿Qué? ¡De eso nada! —rezongó Emiliya—. Te puse tu nombre en honor a mi madre, Izna. Debes llevar ese nombre con orgullo, Izan, tu abuela es la iris más respetada y temida de todo el hemisferio oriental. Y estás tan loco como ella, razón de más.

—Tú también estás loca como ella, mamá —se rio Katya—. ¿Cómo es posible que seas una Shokubutsu y no una Yami como ella? Los elementos dependen mucho del carácter.

—Oh, cariño, yo iba a ser una Yami. Pero como era lo que toda mi familia esperaba, quise llevarles la contraria y elegí ser Shokubutsu.

—Te encanta llevar la contraria, ¿eh? —suspiró Katya.

—Joder, ¿sabes lo divertido que es?

—¡Mamá! No digas esas palabras delante de Izan y de Lex.

—¿No estabas tú gritando todo el diccionario ruso de palabrotas hace unos minutos? Déjame desahogarme, cielo, que llevo meses sin probar una maldita cerveza —suspiró Emiliya, acariciándose el vientre.

Katya se rio. Algo muy peculiar de Emiliya Smirkova es que era la mujer más divertida y más bruta del mundo, de estas que tras beberse una cerveza solía aplastar la lata contra su cabeza o abrir las puertas con una casual patada. Todo lo contrario a su marido. Neuval solía presumir de que le había tocado tener la mejor suegra de la historia.

Podía parecer un poco raro que Katya, a sus 25 años, fuese a tener un hermano que además sería tío de su hijo con casi cinco años de diferencia, y luego Izan y Lex eran tío y sobrino de la misma edad, pero así estaban las cosas. Emiliya y Hideki tenían 45, tuvieron a Katya a los 20, y esta a Lex también a los 20, pero no era tan inusual. Por aquella época seguía habiendo gente que se casaba temprano.

Por otro lado, Hideki acabó encontrando a Neuval en la cocina metiendo en una mochila grandes cantidades de chocolatinas de una despensa.

—¿Qué haces, Fuujin? —se extrañó, apoyándose contra una de las encimeras y cruzándose de brazos.

—Katya y yo vamos a aprovechar esta tarde que Lex se queda con vosotros para irnos con Pipi a investigar sobre el grupo terrorista Bin-Bak. Es una misión de vigilancia, así que tengo que coger provisiones —le mostró los dulces.

—Fuujin, creí haberte dejado claro que la operación Bin-Bak queda clausurada. Que yo sepa no te he dado órdenes de ir a investigar. ¿Tu padre te ha dicho algo?

—Fue él, de hecho, quien ha dado con la información de un posible nuevo paradero —le sonrió alegremente. Pero Hideki siguió mirándolo fijamente, muy severo—. ¡Vale, vale! Ya sé que cuando el Guardián encuentra información de este tipo, los demás no podemos hacer nada hasta que él se lo informe al Líder y el Líder nos dé órdenes. ¡Pero es que mi padre no te iba a informar hasta mañana, porque sabe que hoy tienes tu día libre con Lex!

—Llevo ya muchos años lidiando con tu impaciencia, Neuval. No puedo seguir eximiéndote estos impulsivos caprichos, ya eres un adulto.

—Maestro, no puedo dejar que esos cabrones sigan sueltos por ahí. Alvion dijo que los quería muertos. Ya sé que necesitamos el elemento de Emiliya, pero como está de baja por su embarazo, he pensado en pedir prestado a la ARS a su elemento Planta.

—¿Desde cuándo te importa lo que quiere Alvion?

—No es por eso —dijo levantando el dedo y dirigiéndose hacia la salida de la cocina, pero se paró a su lado—. Yo no espero a saber qué es lo que quiere Alvion para actuar, yo actúo para saber qué necesita el mundo. Y el mundo necesita que esos terroristas desaparezcan de una vez. Es así como considero correcto llevar las cosas, maestro. No te ofendas, eres un gran Líder, incluso un buen suegro, a pesar de tus malas pulgas, y estoy muy a gusto en la SRS y todo eso, pero… Necesito empezar a llevar las cosas por mi propio camino. Algún día, maestro, algún día crearé y lideraré mi propia RS —le dijo con un tono cargado de emoción.

—Aunque te conviertas en Líder de tu propia RS, seguirás teniendo el deber de esperar a que Alvion te dé la misión. Esperar el permiso de Alvion o sus órdenes para actuar o no contra una banda criminal tiene una lógica razón de ser, Neuval. Él es quien realiza la primera investigación principal sobre la existencia de una banda criminal o terrorista, o sobre la actividad o el crimen que están planeando llevar a cabo. Él crea la misión, y el Líder organiza el modo de cumplirla. Un Líder no puede crear las misiones de gran envergadura contra bandas grandes o internacionales. No olvides que Alvion cuenta con una inteligencia superior a la del resto del mundo, y para crear una misión grande debe tener en cuenta miles de consecuencias, repercusiones, detalles y posibles problemas paralelos.

Hideki se calló al ver que Neuval estaba ahí de pie, sujetando la mochila al hombro, con los ojos cerrados, y se le caía la cabeza un poco a un lado.

—¿Neuval? —lo llamó.

—¡Ggnah! —dio un exagerado ronquido, abriendo los ojos de golpe y haciéndose el sorprendido—. Ah… disculpa, Hideki. Por un momento estaba soñando que me aburrías con un discurso sobre Alvion y el deber.

—¿Y si te parto con un rayo? —le espetó molesto, generando descargas eléctricas por sus brazos cruzados.

—Maestro, de verdad. ¿Desde hace cuánto me conoces? ¿Casi quince años? No es por alardear, pero creo que he demostrado ya muchas veces tener una inteligencia equiparable a la de Alvion.

—Pero nunca podrás equipararte a su experiencia por obvias razones de diferencia de edad. Alvion tiene 90, y tú 25.

—Pues en algún momento tendré que comenzar a adquirir la experiencia, ¿no?

—Aaay… —suspiró Hideki largamente, cerrando los ojos. Casi siempre era imposible hacer cambiar de parecer a Neuval cuando se obcecaba con un objetivo.

—Cuando cree mi propia RS, espero que me dejes meter a mi padre en ella.

—¿Me vas a hacer renunciar de mi SRS a mi Guardián, mi mejor amigo y el iris más fuerte del planeta? —protestó Hideki.

—No hará falta, Kei Lian será totalmente incapaz de dejarme solo en mi propia RS y tomará la decisión él mismo de mudarse a ella.

—Te aprovechas de su debilidad por ti.

—Soy su hijo. La debilidad que siente por mí y por Sai es eterna e inevitable —sonrió—. La pena es que Pipi no tiene más remedio que quedarse en tu SRS, ya que va a ser tu sucesor, ¡pero mejor así!, porque entonces los dos seremos Líderes y tendremos RS hermanas.

—Neuval. De verdad. Aún eres muy joven —insistió—. Y tienes que ocuparte de un hijo pequeño y de tu mujer. Y estás en camino de crear una multinacional. ¿Crees que podrás añadir a tus responsabilidades algo tan grande como dirigir una RS creada por ti? ¿Tanto ansías llevar tu trabajo de iris por tu propio camino? ¿Es sólo por eso, porque quieres trabajar más a gusto y nada más?

—Por supuesto que no es sólo por eso —contestó Neuval, esta vez poniéndose muy serio, y Hideki lo miró sorprendido por ese cambio de tono—. Nadie acoge a los iris menores de 10 años, Hideki. ¿No te has dado cuenta? Las plazas se están llenado con iris jóvenes y adultos, mientras que la mayoría de esos niños están sin un lugar a donde ir y otros esperando y aguantando en sus casas las ganas de usar su iris para combatir las injusticias. Necesitan hacer algo, sentirse útiles. Crearé mi RS y poco a poco integraré a esos niños que nadie quiere, y convenceré a más RS para que les den una oportunidad a los demás. Y te juro que mi RS será la mejor del mundo. Mi KRS.

Con una última sonrisa llena de esperanzas e ilusiones, Neuval salió de la cocina con su mochila de chocolatinas. Hideki permaneció ahí, pensativo.

—¡Apartaos de mi mujer, pequeños gusanos! —oyó a Neuval desde el vestíbulo.

—¿¡A quiénes llamas gusanos!? —exclamaron los dos niños.

—¡Aaah! —se oyó gritar a Lex—. ¡Me estás llenando de babas, papá!

—¡Darte una docena de besos de despedida es obligatorio para el éxito de mis misiones, Lex! —le decía Neuval.

—Eso de besar es normal en los franceses, ¿no? —preguntó Izan.

—¡Uah, Neuval! ¿¡Qué haces!? —gritó Katya—. ¡Que no soy un saco de patatas! ¡Bájame al suelo! ¿¡Y qué haces con esa bolsa llena de chocolatinas!?

—¿Cómo, no quieres que las lleve para la vigilancia?

—¡Claro que sí, pero tú y Pipi tenéis prohibido comerlas! ¡Son todas mías!

—Ayyy, mi glotona… —sonrió Neuval con cariño—. ¡Lex, te quiero, pórtate bien con tus abuelos y con tu tío! ¡Hasta luego!

Y se oyó la puerta cerrase y reinó el silencio y la calma. Hideki, aún en la cocina, suspiró con una leve sonrisa, negando con la cabeza.»


Claro... ¿Por qué seguir engañándose? El objetivo de todo iris es encontrar la felicidad absoluta y colectiva mediante la justicia verdadera. Era el deber por el que existían: evitar y combatir los males, tanto para ellos mismos como para los demás. Darle a la humanidad un verdadero sentido.

Es el camino que Neuval eligió firmemente a los 12 años y estuvo siguiéndolo durante muchos años después. Todo tipo de males que se encontraba obstruyendo su camino los eliminaba, pero la muerte de Katya se convirtió en un repentino terremoto. Formó una grieta en este camino y Neuval cayó por ella. Llevaba siete años cayendo por ella.

Ahora, podía dejar de caer, de una vez por todas. Sentía que ya era momento de agarrarse a algo. Se sentía capaz, tal vez no de superarlo, pero sí de empezar a intentarlo, y dejar de estar a merced de la fuerza de la gravedad del pasado. Katya siempre se lo decía antes de cualquier misión que iban a emprender. Le decía que recordase, que recordase, que nunca olvidase, todas las cosas por las que él había pasado desde que nació, todas las desgracias que había sobrevivido, y cuál era el motivo gracias al cual siempre había seguido adelante.

Y el motivo para Neuval siempre era el mismo. Proyectar su mayor miedo. Katya le dijo que, ante una crisis o un dilema, proyectara en su cabeza tres posibles futuros. En cada uno, existía un Neuval diferente. En uno de esos futuros, había un Neuval muerto por suicidio. En otro, había un Neuval pasando el resto de su vida en un hospital o en un callejón con consecuencias irreversibles de salud por el excesivo consumo de drogas y machacado por la depresión. Y en el tercer futuro, había un Neuval sano, fuerte, contento y entusiasmado. En el primer futuro, sus hijos, su familia y amigos cercanos estaban marcados para siempre por su suicidio. En el segundo futuro, sus hijos, su familia y amigos se habían alejado de él y no querían estar más con él. En el tercer futuro, sus hijos, su familia y amigos estaban a su lado, disfrutando juntos del día a día, comidas, cenas, cumpleaños, vacaciones, viajes, experiencias… durmiendo cada noche con la conciencia tranquila.

«“¿Cuál de esos tres Neuval quieres acabar siendo?”» se preguntó a sí mismo, pero recordando la voz de Katya haciéndole esa misma pregunta en los momentos difíciles que habían vivido.

Había una cuarta versión de Neuval que Katya sabía que existía y que nunca quiso incluir en esa lista de posibilidades. Un Neuval muy diferente. Oscuro, aterrador, vil y demoníaco. Un monstruo de tinieblas y de terroríficos ojos plateados sedientos de sangre y destrucción. Era la versión de sí mismo que Neuval creía poseer todavía en algún rincón de su interior. La versión de sí mismo que más le atemorizaba, porque era prácticamente la versión que le recordaba a Jean. Era el Neuval que menos veces había sacado a la luz a lo largo de su vida, pero cuando lo había hecho, era el que más daño había causado al mundo. Él creía que este Neuval aterrador era el que se manifestaba cuando padecía un brote de majin, como el que había aniquilado y despedazado a aquellos 12 delincuentes el otro día. O como el que destruyó la mitad de Japón hace siete años tras encontrar el cuerpo asesinado de Katya.

Lo que tenía claro, es que los tres Neuval de los tres peores futuros habían llegado a ese destino por seguir cayendo por el abismo de esa grieta. Y el único Neuval con el futuro más positivo y lleno de luz era el que había decidido hacer un gesto muy pequeño y muy sencillo, alargar un brazo y agarrarse a una piedra. Eso no lo iba a sacar de la grieta, pero al menos iba a detener su caída. Y era un comienzo.

«Estoy cansado de tener miedo de las cosas incorrectas» pensó, llevándose una flor arrancada bajo la nariz. «No debo temer la muerte, sino morir en vida. No debo temer tanto que mis hijos estén peligro, y temer más que sean infelices y sufran. No debo temer quién soy, sino a aquel en quien no quiero llegar a convertirme».

Se puso en pie sobre la colina y miró al horizonte, las luces de la ciudad. «Y yo soy Fuujin. ¡El más poderoso!».

Y eso no era todo. Había más cosas que estaban cambiando, avecinándose, acechando, y debía tenerlas bien presentes si iba a tomar definitivamente una decisión.

«Takeshi Nonomiya se jubila» recordó. «Y tengo el presentimiento de que Hatori se saldrá con la suya. Si sale elegido, comenzará a hacer cambios radicales, retomará el proyecto abandonado por su padre y será el fin de esta calma de siete años. Hatori reanudará La Caza e irá a por todos nosotros. No tendrá piedad. Tengo que pensar en mi familia, y en mis hermanos iris. No puedo quedarme de brazos cruzados. No nos espera nada bueno».

«Yo también tengo que reanudar mis proyectos» pensó, tirando la florecilla colina abajo. «Hoteitsuba, mi familia y mi KRS. Merecen a un mejor yo. El mundo merece a un mejor yo. Y voy a serlo. No soy un problema, no soy un fracaso, no soy un caso perdido, no soy Jean. No soy un monstruo…» pensó esto último con un ápice de duda. Pero luego volvió a ponerse firme.

«Hay un monstruo del que sí debo preocuparme. Izan… has vuelto a dar señales de vida después de tantos años. Has regresado a Japón, a Tokio. Atacas a Kyo para dar una señal de ello. Y te apoderas de lo que probablemente era un talismán de los Knive. ¿Por qué? ¿Qué tramas? ¿Qué objetivo puede tener un arki como tú? Katya… lamento que tu hermano haya acabado convirtiéndose en esto. Pero te prometo que me encargaré de él, y de que la memoria de Ichi no sea mancillada».

Sonrió. Cerró los ojos y se metió las manos en los bolsillos. Después se quedó observando la ciudad llena de luces desde lo alto de la colina del cementerio, con el viento gélido de la noche meciendo sus cabellos. Liberado. Así es como se sentía por primera vez en muchos años. Izan, Hatori o quien fuera, no importaba la amenaza. Ya era hora de plantar cara. Miró por última vez la lápida de Katya.


* * * * * *


Pipi, que se encontraba reunido con su Segunda, Waine, y con su pequeño Guardián, Jannik, en lo alto de un rascacielos discutiendo algunos asuntos de misiones, dejó de hablar de repente cuando su visión captó algo extraño. Al percatarse, Waine y Jannik se giraron para ver también.

—¿Qué es aquello? —preguntó el pequeño Jannik.

—¿Qué diablos...? —musitó Pipi, desconcertado.

Los tres observaron aquella intensa luz blanca brillando en una muy lejana colina. Y de pronto, vieron cómo se alzó hacia el cielo nocturno, hasta disiparse entre las nubes. Un cosquilleo recorrió el estómago de Pipi, y una risa nerviosa se le escapó por la boca.

—No... —sonrió—. ¿¡No será...!?

No cabía duda, no se les pasó por alto. Aquella era la huella de una persona, y todos sabían que sólo había un iris en el mundo capaz de surcar los cielos. Esa luz blanca nunca había brillado tanto en los últimos siete años.





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