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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









87.
Ahora todo encaja

—“Neu, ¿dónde demonios estás?” —le preguntó Denzel por el teléfono manos libres del coche—. “Alvion y yo llevamos esperándote una hora aquí en el templo. ¡Y Alvion está muy cabreado!”

—¡Pues que se joda! —replicó, conduciendo a toda velocidad—. Aún no he encontrado a Cleven.

—“¿¡Qué!? Por Dios, Neu... ¿Y por qué no avisas? ¿Dónde estás ahora?”

—Yendo hacia la casa de Brey —contestó de mala gana, girando bruscamente el volante para coger una calle.

—“¿Ella está con él, entonces?”

—Estoy seguro —afirmó—. Estoy seguro de que ella ha estado con él durante estos días.

—“Espera...” —apaciguó el taimu—. “¿Qué vas a hacer cuando los encuentres?”

—Obviamente, le diré cuatro cosas a Cleven. Luego mataré a Brey. Seguro que su majin está poniendo en peligro a Cleven como hizo la última vez...

—“¡Hey, hey! ¡No hablarás en serio! ¿Verdad?”

—Te dejo. Túnel —contestó sin más.

—“¡Ni túnel ni leches! ¡Neuval, ni se te ocurra colg...!”

Neuval colgó y siguió adelante, adentrándose en una avenida a cien por hora.


* * * * * *


Cleven, aún paralizada frente a la puerta, recapacitó sobre lo que acababa de oír. Se volteó hacia él y se alejó un paso, mirándolo con fiereza.

—No estoy para bromas, Raijin. ¡No tiene gracia! ¡Déjame salir!

Él la agarró del brazo para detenerla cuando ella hizo su cuarto intento de salir por la puerta y la obligó a meterse en el salón, interponiéndose entre ella y la salida, y caminando hacia ella, con una mirada tan severa y sombría que ella no podía hacer otra cosa que retroceder de regreso al salón, nerviosa y asustada.

—No irás a ningún lado hasta que escuches.

—No... No quiero volver a oírlo... Es cruel lo que estás haciendo, pretendes engañarme...

—Tu madre... se llamaba Ekaterina Saehara —le empezó a decir el chico—. Se crio en esta ciudad, y a los 20 años se casó con tu padre, Neuval Vernoux, nacido en París. Muy poco después tuvieron a Lex, tu hermano. Nueve años más tarde, naciste tú, y cuatro años después, nació Yenkis. Cinco años más tarde, tu madre falleció. Mi hermana...

—No... —sollozó Cleven, sin poder creerlo.

—¡Mi hermana! —repitió él, con una voz cargada de rabia—. ¡Falleció hace siete años, un 2 de octubre! ¿¡No te es suficiente!?

—Tú... —musitó con un hilo de voz.

—Me llamo Brey Saehara —contestó Raijin—. Tus abuelos maternos, Hideki Saehara y Emiliya Smirkova, eran mis padres. Están todos enterrados en el cementerio al que fuimos juntos el otro día. Eres mi sobrina.

Cleven negaba con la cabeza sin parpadear, con lágrimas cayendo por sus ojos y caminando hacia atrás. No podía creerlo. No quería creerlo.

—No... —murmuró—. No es posible... —sollozó, mirando tristemente a aquel chico rubio que, dándose cuenta por fin, vio que tenía los mismos ojos verdes que ella, los mismos ojos que su madre, Katya—. No... ¡Tú no puedes ser mi tío! Tú no puedes... no... ¡Dios! —gritó, cayendo de rodillas al suelo y tapándose la cara con las manos—. ¡No puede ser verdad! ¡Todo este tiempo...! ¡Cuando te vi por primera vez en la cafetería, cuando caminé a tu lado por toda Shibuya…! ¡Cuando me peleé contigo en aquella discoteca…! ¿¡Te he tenido al lado todo este tiempo!? ¿¡Todo este tiempo… eras tú!? —cogió aire y apretó los puños—. ¿¡Me estás diciendo que me he acostado con mi tío!?

—¡Calla! ¡Calla, ni lo menciones! —exclamó él, igual de horripilado que ella.

—¡Cabrón...! ¡Estás loco...! ¡Me has engañado todo este tiempo...!

—¡No! ¡De eso nada! ¡No tenía ni la más remota idea hasta ahora! ¡Acabo de darme cuenta de quién eres, en cuanto dijiste hace un momento en el portal que buscabas a tu tío y dijiste mi nombre! ¡No te atrevas a pensar que yo lo sabía! ¡Joder! —gritó para sí mismo, llevándose las manos a la cabeza y dando unos pasos en círculo, intentando él también asimilar la situación, pero apenas podía.

Cleven lloró, notando un vacío en el estómago, una presión en el pecho que no la dejaba respirar con normalidad y un dolor en el corazón que la doblegaba poco a poco.

—Te... te contacté por teléfono... —apenas pudo pronunciar—. Hablé contigo... por teléfono...

Raijin dejó de dar vueltas y se quedó quieto. Bajó las manos, con cara desconcertada. Era cierto... Recibió una llamada de ella, de Cleventine, su sobrina, aquí, en el teléfono de su propia casa, y habló con ella, y ella le dijo lo que quería pedirle... hasta que se cortó la línea. ¿Qué ha pasado con eso? ¿Por qué se le esfumó de la cabeza, por qué se acordaba ahora mismo, ahora que Cleven acababa de mencionarlo? Se cortó la llamada y después... ¿se olvidó sin más? No le cupo la menor duda, eso se debía a que habían tocado su memoria y la habían programado para sufrir este efecto.

—Pero... ¿qué cojones me ha hecho tu padre...? —se dijo a sí mismo, haciendo un gesto dubitativo señalando hacia su cabeza.

—¿De qué estás hablando? —sollozó Cleven, exhausta.

Raijin le dio la espalda y negó con la cabeza sin parar, sin poder soportar todo este caos repentino. Después, se giró poco a poco hacia ella, con esa mirada severa que estremecía a Cleven.

—Nunca... —murmuró fríamente—. Nunca debiste venir aquí. Nunca debiste venir a buscarme... Debiste dejar las cosas tal y como estaban... debiste quedarte quieta por una vez en tu vida... Pero siempre, siempre tienes que hacer lo mismo, ¡siempre tienes que salir y escaparte y meterte donde no te llaman!

Cleven no lograba entender por qué decía esas cosas. Pero le dolía lo que estaba diciendo. Ya no era capaz de mirarlo más. Cerró los ojos con fuerza. No podía aguantarlo más. Se le escapó otro llanto, se puso en pie y salió corriendo de la casa.

Ya no quería saber nada más. Sólo quería huir de esa pesadilla. Su corazón se había partido en mil pedazos. Oía la voz de Raijin tras ella, lejos, llamándola desesperadamente, pero ella siguió corriendo por las calles, sin detenerse, sin mirar atrás. No podía más, no podía sentirse peor en su vida.

Mientras se metía en el Parque Yoyogi, se dirigió hacia el pequeño lago y se aferró a la barandilla, donde se paró y se arrodilló en el suelo, apoyando la cabeza contra los barrotes. Todo lo que sentía, todo lo que había creído esperar de su vida se había esfumado, arrebatado de su interior por afiladas garras. Le dolía el corazón, hecho trizas. Ella le quería, quería estar con él... Y de repente, cuando todo no podía ir mejor, vino una cruel casualidad a destrozar todas esas ilusiones, toda esa felicidad que hasta hace poco la había llenado por dentro. Tantas ilusiones acumuladas en tanto tiempo, para después ser pulverizadas en un segundo por una simple frase. “Brey Saehara soy yo”, recordó en su cabeza.

Pero es que no, ¡no le cuadraba! ¿Cómo podía ser? Sin embargo, muy a su pesar, una parte de ella estaba descubriendo que ahora todo encajaba. Raijin, cuando estuvieron juntos en el cementerio, le contó algunas cosas de su vida. Le dijo que se quedó huérfano a los 4 años de edad. Si Raijin tenía 20 años, significaba que se quedó huérfano hace 16 años. Y hace 16 años, fue cuando los abuelos de Cleven murieron, muy poco antes de nacer ella. También, le dijo que estuvo hasta los 10 años al cuidado de su hermana, y que ella ya estaba casada y con hijos, y que por eso él mismo tuvo la idea de mudarse a una casa de acogida para no ser una carga.

Dijo que estuvo en una casa de acogida solamente tres años. Eso quería decir que Raijin estuvo hasta los 13 en ese lugar. Ese mismo lugar que Cleven visitó ayer por la mañana, una casa donde acogían niños, y el hombre que vivía en ella, Hiroyuki, le contó a Cleven que aquello antes fue una casa de acogida fraudulenta y mala para los niños, hasta que los anteriores dueños fueron detenidos hace siete años... justo cuando Raijin tenía 13.

Por eso ponía esa dirección en la ficha de su tío que halló en los registros del instituto Tomonari. Porque su tío, a los 10 años, actualizó sus datos en el colegio primaria al pasar a vivir a otra vivienda, al pasar a vivir a esa casa de acogida cuyos dueños de aquel entonces eran unos fraudes que no cuidaban de los niños y se quedaban con el dinero. Un lugar precario donde vivir, del que, al parecer, su tío se cansó, y a los 13 años fue él quien denunció a aquellos cuidadores fraudulentos que acabaron en la cárcel.

Entonces, en el cementerio, Raijin continuó diciéndole a Cleven que a los 13 se fue de ese mal lugar y que desde entonces estuvo arreglándoselas solo, mintiendo a su hermana para que no se preocupara. Al abandonar el colegio durante esa época, el Tomonari todavía conservó esa dirección en la ficha y por eso era la que Cleven apuntó. Raijin le siguió diciendo que, sin embargo, muy poco después, su hermana murió. Efectivamente, hace siete años, fue cuando Cleven perdió a su madre. Y poco tiempo después, Raijin conoció a Yue, y tuvo la ayuda de la anciana Agatha para tener donde vivir y donde comer. No obstante, casi dos años después, Yue murió, cuando Raijin tenía 15 años.

Hiroyuki también le contó a Cleven que hace tres años, una persona anónima bajo el apodo de "señor Smirkov" fue quien recompró la casa de acogida de niños y quien la reformó, y quien lo contrató a él y a su mujer para llevar aquel nuevo hogar para niños de manera genuina. O sea, que a los 17 o 18 años, Raijin fue esa persona anónima e hizo todo eso. Hacia esa edad entró en la Universidad de Tokio, y por eso le dejó a Hiroyuki esa única vía de contacto, que preguntara en la facultad por el “señor Smirkov” en caso de alguna urgencia. Y cuando Cleven creyó, con ese dato, que su tío debía de tratarse de algún profesor o empleado de la universidad, en realidad era un alumno.

Con razón a Cleven no le habían encajado algunas piezas desde el principio. Porque ella daba por sentado que su tío era un hombre mayor, de no menos de 35 años.

No podía creerlo. Tenía que aceptar que ahora todas las piezas encajaban. Excepto una: si Raijin dice que estuvo al cuidado de su hermana desde los 4 hasta los 10 años, significa que vivió con ella, en su casa, en la casa de Cleven, desde que Cleven nació hasta que tenía 6 años. ¿Cómo demonios no podía acordarse de que su tío vivió con ellos durante sus primeros seis años de vida?

Desgraciadamente, apenas unos minutos antes, cuando Neuval pasaba en coche por la larga calle donde estaba el edificio donde vivía Raijin, creyó divisar a su hija corriendo por la calle llorando desconsoladamente y, cuando la perdió de vista, ofuscado, vio a Raijin mucho más atrás, yendo por el mismo camino, claramente siguiendo sus pasos, y en ese momento metiéndose por otra calle vacía. Entonces, ahí Neuval pegó un frenazo con el coche, dejándolo en mitad de la carretera, y corrió hacia esa calle solitaria, donde no había nadie más que el rubio.

—¡¡Brey!! —vociferó de tal manera que los pájaros de los árboles salieron volando, asustados.

El rubio se paró en seco en mitad de la acera al oír aquella atronadora voz a sus espaldas, y por un momento se le subieron los testículos a la garganta. Se le heló la sangre, pero, de todas formas, era algo que se esperaba tarde o temprano. Se dio la vuelta lentamente, respirando nervioso, viendo cómo su cuñado iba hacia él con una cara tan terrorífica que hasta el mismísimo mundo se estremeció.


* * * * * *


—Hey, por fin despiertas —dijo MJ cuando Yako abrió los ojos poco a poco.

El chico se vio tumbado en uno de los pequeños sofás de la zona de pastelería, y MJ y Sam estaban sentados en unas sillas justo a su lado, mirándolo preocupados. Especialmente Sam, que jamás habría esperado que algo así le sucediese a él. Yako se llevó una mano a la frente y se le puso una cara de horror al recordar.

—He estado a punto de contactar con tu abuelo —le dijo el africano.

La cara de Yako expresó el triple de horror, mirando a Sam.

—¡Te has desmayado! —se justificó Sam.

—¿¡Y por qué tendrías que contactar con Alvion por un desmayo!? —insistió Yako, viendo aquella idea como algo terrible.

—¡Porque los Zou no se desmayan! En serio, Yako, nos has dado un susto a todos. Nunca había visto a Raijin tan asustado...

En ese momento, Yako terminó de incorporarse sobre el sofá, de sopetón. Todavía estaba alterado y nervioso, aún estaba asimilando la noticia.

—¿¡Dón...!? —se puso en pie de un salto, mirando alrededor—. ¿¡Dónde está Raijin!? ¿¡Cuánto tiempo llevo así!?

—Una hora nada más —respondió MJ—. Cuando ya te tumbamos aquí y comprobamos que simplemente te habías desmayado, Raijin se marchó a zanjar algo. Pero nos pidió ocho veces que lo avisáramos cuando te recuperaras.

Allaenah ealaa hayaati, allaenah ealaa hayaati... —se puso Yako a blasfemar en árabe mientras sacaba su móvil del bolsillo a toda velocidad y trató de llamar a Raijin.

Lo intentó cuatro o cinco veces. MJ y Sam lo observaban sin entender nada. Como no conseguía contactar con Raijin, Yako dejó caer su teléfono sobre el sofá con un gesto derrotado y se apoyó sobre sus rodillas, tapándose la cara con las manos.

—¿Qué es lo que ocurre? —le preguntó Sam.

Yako siguió escondiendo la cara tras las manos.

—Fuujin nos va a decapitar...

—¿Vuestro ex-Líder? —preguntó MJ—. ¿Qué habéis hecho?

—¿Se trata de Raijin y de Cleventine? —sospechó Sam, y Yako asintió en silencio—. ¿Qué ha pasado? ¿Están bien?

—¿Cómo no lo he visto...? ¿¡Cómo!? —exclamó Yako con fastidio, volviendo a levantar la cabeza—. ¿Esto es lo que se siente cuando eres estúpido? ¿Cómo he podido ser tan tonto? ¿Qué se me ha escapado? ¿Qué he entendido mal...? Aaarggh, Yakooo... —se agarró de los pelos.

—Oye, nos estás preocupando otra vez... —dijo MJ.

—Voy a llamar al teléfono de emergencias del Monte Zou para que avisen a tu abuelo —dijo Sam, sacando su móvil.

Yako le dio un manotazo a su teléfono al instante, como un niño pequeño, tirándoselo al suelo.

—Es eso... Lo he estado entendiendo al revés... —se dijo Yako, empezando a repasar los hechos de los últimos días.

—Me has roto el teléfono —gruñó Sam.

De repente Yako salió un momento de su ensimismamiento y miró a su amiga con una sonrisa suplicante.

—MJ... por favor... ¿me podrías hacer una infusión de tila y así salvarme la vida?

MJ entendió perfectamente lo que le estaba pidiendo. Porque Yako nunca solía pedir nada. Él simplemente le estaba diciendo de la forma más amable posible que lo dejara hablar a solas con Sam. Ella ya estaba acostumbrada y lo comprendía, porque a veces los iris necesitaban hablar de sus cosas confidenciales.

—Claro que sí —sonrió ella, y se marchó de regreso a la barra de allá.

—Raijin no estaba teniendo ninguna corazonada ni ninguna sospecha sobre quién era Cleven en absoluto, ¡se estaba interesando por ella en otro sentido! —continuó indagando el joven Zou—. ¡La memoria de Raijin no estaba recordando a Cleven en absoluto! Fuujin no le puso una nube como hizo con el resto de nosotros, le puso directamente un muro... Joder... tiene sentido... De todos los miembros de la KRS, ¡Brey era el único que Fuujin más quería mantener alejado de sus hijos! Por ese dichoso incidente de hace años... ¡Sam! ¿¡Qué he hecho!? —le preguntó de repente, todo dramático.

—Romperme el teléfono.

—El plan de Nakuru se ha torcido por completo, Sam...

—¿Estás diciendo que ni Cleven ni Raijin se han reconocido o recordado ni siquiera un ápice y que la conexión que tú creías que ambos estaban teniendo era romántica y no familiar?

—Parece que Nakuru lo ha estado malinterpretando en Cleven igual que yo en Raijin —resopló Yako, dejándose caer en el sofá de nuevo, abatido—. Se supone que en la fiesta de anoche ambos tenían que terminar de descubrir quiénes eran el uno para el otro, ¡pero no en sentido romántico! Tanto Nak como yo nos hemos obcecado en verlo de otro modo porque para nosotros era totalmente evidente, pero no hemos tenido en cuenta que para Raijin y para Cleven no era tan evidente. Nak y yo sólo pensábamos en que todo el interés de Cleven por Raijin venía de sus sospechas de ser su tío, de sentir que tenía una conexión familiar con él que estaba ya cerca de resolver, y lo mismo sobre el interés de Raijin por Cleven por sospechar o ir recuperando el recuerdo familiar de ella. Se suponía que él tenía que hablar más profundamente con Cleven ayer... para terminar de disipar la supuesta nube que tapaba su recuerdo de ella... y llevarse una feliz sorpresa al terminar de reconocerla... He subestimado la Técnica de Borrado de Memoria, no funciona igual en todas las personas.

—Vale. Pero ¿qué tiene que ver esto con que te haya dado un telele? —preguntó Sam.

—Raijin me ha dicho que anoche se acostó con Cleven —respondió Yako del tirón, mirando al suelo, ya resignado.

Sam siguió con su expresión serena y seria de siempre, pero se quedó congelado como una estatua.

—Voy reservando cita para el sepelio —declaró.

—Apúntame —dijo Yako.


* * * * * *


A pesar de que nada en el mundo era más aterrador que ver a Neuval furioso, Raijin hizo un buen esfuerzo y mantuvo la templanza con su iris nato.

—¡Sabía que tenía haberte buscado a ti desde el principio! ¿¡Qué le has hecho a mi hija!? —le preguntó Neuval, a pocos pasos de él.

—Nada —contestó Raijin.

—¿¡Cómo que nada!? —se alteró, y cuando llegó hasta él, lo agarró del cuello de la chaqueta y lo empujó contra la pared del edificio, clavándole la mirada—. Acabo de verla pasar por aquí. Estaba llorando, y corriendo. Y luego te veo a ti corriendo tras ella. ¿¡Y me dices que no le has hecho nada!? ¡Le has hecho daño, ¿verdad?! ¿¡La has herido!?

Raijin tuvo que apretar los puños para contener los nervios. No es que diera miedo que Neuval gritase con esa voz tan grave que tenía, o que pusiera cara de enfado. Era esa aura… detrás de esos ojos plateados… esa energía vibrante y escalofriante que solía emanar del cuerpo de Neuval cuando sentía varias emociones negativas a la vez y su iris no las controlaba, y causaba la sensación de que el ambiente se congelaba y se oscurecía a su alrededor. Y lo que Neuval sentía además de furia, era rabia, miedo, hostilidad, preocupación… un cóctel peligroso, teniendo en cuenta que padecía un peligroso majin de grado VI… teniendo en cuenta que la última vez que Neuval perdió los estribos, la mitad de Japón acabó destruida y arrasada.









87.
Ahora todo encaja

—“Neu, ¿dónde demonios estás?” —le preguntó Denzel por el teléfono manos libres del coche—. “Alvion y yo llevamos esperándote una hora aquí en el templo. ¡Y Alvion está muy cabreado!”

—¡Pues que se joda! —replicó, conduciendo a toda velocidad—. Aún no he encontrado a Cleven.

—“¿¡Qué!? Por Dios, Neu... ¿Y por qué no avisas? ¿Dónde estás ahora?”

—Yendo hacia la casa de Brey —contestó de mala gana, girando bruscamente el volante para coger una calle.

—“¿Ella está con él, entonces?”

—Estoy seguro —afirmó—. Estoy seguro de que ella ha estado con él durante estos días.

—“Espera...” —apaciguó el taimu—. “¿Qué vas a hacer cuando los encuentres?”

—Obviamente, le diré cuatro cosas a Cleven. Luego mataré a Brey. Seguro que su majin está poniendo en peligro a Cleven como hizo la última vez...

—“¡Hey, hey! ¡No hablarás en serio! ¿Verdad?”

—Te dejo. Túnel —contestó sin más.

—“¡Ni túnel ni leches! ¡Neuval, ni se te ocurra colg...!”

Neuval colgó y siguió adelante, adentrándose en una avenida a cien por hora.


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Cleven, aún paralizada frente a la puerta, recapacitó sobre lo que acababa de oír. Se volteó hacia él y se alejó un paso, mirándolo con fiereza.

—No estoy para bromas, Raijin. ¡No tiene gracia! ¡Déjame salir!

Él la agarró del brazo para detenerla cuando ella hizo su cuarto intento de salir por la puerta y la obligó a meterse en el salón, interponiéndose entre ella y la salida, y caminando hacia ella, con una mirada tan severa y sombría que ella no podía hacer otra cosa que retroceder de regreso al salón, nerviosa y asustada.

—No irás a ningún lado hasta que escuches.

—No... No quiero volver a oírlo... Es cruel lo que estás haciendo, pretendes engañarme...

—Tu madre... se llamaba Ekaterina Saehara —le empezó a decir el chico—. Se crio en esta ciudad, y a los 20 años se casó con tu padre, Neuval Vernoux, nacido en París. Muy poco después tuvieron a Lex, tu hermano. Nueve años más tarde, naciste tú, y cuatro años después, nació Yenkis. Cinco años más tarde, tu madre falleció. Mi hermana...

—No... —sollozó Cleven, sin poder creerlo.

—¡Mi hermana! —repitió él, con una voz cargada de rabia—. ¡Falleció hace siete años, un 2 de octubre! ¿¡No te es suficiente!?

—Tú... —musitó con un hilo de voz.

—Me llamo Brey Saehara —contestó Raijin—. Tus abuelos maternos, Hideki Saehara y Emiliya Smirkova, eran mis padres. Están todos enterrados en el cementerio al que fuimos juntos el otro día. Eres mi sobrina.

Cleven negaba con la cabeza sin parpadear, con lágrimas cayendo por sus ojos y caminando hacia atrás. No podía creerlo. No quería creerlo.

—No... —murmuró—. No es posible... —sollozó, mirando tristemente a aquel chico rubio que, dándose cuenta por fin, vio que tenía los mismos ojos verdes que ella, los mismos ojos que su madre, Katya—. No... ¡Tú no puedes ser mi tío! Tú no puedes... no... ¡Dios! —gritó, cayendo de rodillas al suelo y tapándose la cara con las manos—. ¡No puede ser verdad! ¡Todo este tiempo...! ¡Cuando te vi por primera vez en la cafetería, cuando caminé a tu lado por toda Shibuya…! ¡Cuando me peleé contigo en aquella discoteca…! ¿¡Te he tenido al lado todo este tiempo!? ¿¡Todo este tiempo… eras tú!? —cogió aire y apretó los puños—. ¿¡Me estás diciendo que me he acostado con mi tío!?

—¡Calla! ¡Calla, ni lo menciones! —exclamó él, igual de horripilado que ella.

—¡Cabrón...! ¡Estás loco...! ¡Me has engañado todo este tiempo...!

—¡No! ¡De eso nada! ¡No tenía ni la más remota idea hasta ahora! ¡Acabo de darme cuenta de quién eres, en cuanto dijiste hace un momento en el portal que buscabas a tu tío y dijiste mi nombre! ¡No te atrevas a pensar que yo lo sabía! ¡Joder! —gritó para sí mismo, llevándose las manos a la cabeza y dando unos pasos en círculo, intentando él también asimilar la situación, pero apenas podía.

Cleven lloró, notando un vacío en el estómago, una presión en el pecho que no la dejaba respirar con normalidad y un dolor en el corazón que la doblegaba poco a poco.

—Te... te contacté por teléfono... —apenas pudo pronunciar—. Hablé contigo... por teléfono...

Raijin dejó de dar vueltas y se quedó quieto. Bajó las manos, con cara desconcertada. Era cierto... Recibió una llamada de ella, de Cleventine, su sobrina, aquí, en el teléfono de su propia casa, y habló con ella, y ella le dijo lo que quería pedirle... hasta que se cortó la línea. ¿Qué ha pasado con eso? ¿Por qué se le esfumó de la cabeza, por qué se acordaba ahora mismo, ahora que Cleven acababa de mencionarlo? Se cortó la llamada y después... ¿se olvidó sin más? No le cupo la menor duda, eso se debía a que habían tocado su memoria y la habían programado para sufrir este efecto.

—Pero... ¿qué cojones me ha hecho tu padre...? —se dijo a sí mismo, haciendo un gesto dubitativo señalando hacia su cabeza.

—¿De qué estás hablando? —sollozó Cleven, exhausta.

Raijin le dio la espalda y negó con la cabeza sin parar, sin poder soportar todo este caos repentino. Después, se giró poco a poco hacia ella, con esa mirada severa que estremecía a Cleven.

—Nunca... —murmuró fríamente—. Nunca debiste venir aquí. Nunca debiste venir a buscarme... Debiste dejar las cosas tal y como estaban... debiste quedarte quieta por una vez en tu vida... Pero siempre, siempre tienes que hacer lo mismo, ¡siempre tienes que salir y escaparte y meterte donde no te llaman!

Cleven no lograba entender por qué decía esas cosas. Pero le dolía lo que estaba diciendo. Ya no era capaz de mirarlo más. Cerró los ojos con fuerza. No podía aguantarlo más. Se le escapó otro llanto, se puso en pie y salió corriendo de la casa.

Ya no quería saber nada más. Sólo quería huir de esa pesadilla. Su corazón se había partido en mil pedazos. Oía la voz de Raijin tras ella, lejos, llamándola desesperadamente, pero ella siguió corriendo por las calles, sin detenerse, sin mirar atrás. No podía más, no podía sentirse peor en su vida.

Mientras se metía en el Parque Yoyogi, se dirigió hacia el pequeño lago y se aferró a la barandilla, donde se paró y se arrodilló en el suelo, apoyando la cabeza contra los barrotes. Todo lo que sentía, todo lo que había creído esperar de su vida se había esfumado, arrebatado de su interior por afiladas garras. Le dolía el corazón, hecho trizas. Ella le quería, quería estar con él... Y de repente, cuando todo no podía ir mejor, vino una cruel casualidad a destrozar todas esas ilusiones, toda esa felicidad que hasta hace poco la había llenado por dentro. Tantas ilusiones acumuladas en tanto tiempo, para después ser pulverizadas en un segundo por una simple frase. “Brey Saehara soy yo”, recordó en su cabeza.

Pero es que no, ¡no le cuadraba! ¿Cómo podía ser? Sin embargo, muy a su pesar, una parte de ella estaba descubriendo que ahora todo encajaba. Raijin, cuando estuvieron juntos en el cementerio, le contó algunas cosas de su vida. Le dijo que se quedó huérfano a los 4 años de edad. Si Raijin tenía 20 años, significaba que se quedó huérfano hace 16 años. Y hace 16 años, fue cuando los abuelos de Cleven murieron, muy poco antes de nacer ella. También, le dijo que estuvo hasta los 10 años al cuidado de su hermana, y que ella ya estaba casada y con hijos, y que por eso él mismo tuvo la idea de mudarse a una casa de acogida para no ser una carga.

Dijo que estuvo en una casa de acogida solamente tres años. Eso quería decir que Raijin estuvo hasta los 13 en ese lugar. Ese mismo lugar que Cleven visitó ayer por la mañana, una casa donde acogían niños, y el hombre que vivía en ella, Hiroyuki, le contó a Cleven que aquello antes fue una casa de acogida fraudulenta y mala para los niños, hasta que los anteriores dueños fueron detenidos hace siete años... justo cuando Raijin tenía 13.

Por eso ponía esa dirección en la ficha de su tío que halló en los registros del instituto Tomonari. Porque su tío, a los 10 años, actualizó sus datos en el colegio primaria al pasar a vivir a otra vivienda, al pasar a vivir a esa casa de acogida cuyos dueños de aquel entonces eran unos fraudes que no cuidaban de los niños y se quedaban con el dinero. Un lugar precario donde vivir, del que, al parecer, su tío se cansó, y a los 13 años fue él quien denunció a aquellos cuidadores fraudulentos que acabaron en la cárcel.

Entonces, en el cementerio, Raijin continuó diciéndole a Cleven que a los 13 se fue de ese mal lugar y que desde entonces estuvo arreglándoselas solo, mintiendo a su hermana para que no se preocupara. Al abandonar el colegio durante esa época, el Tomonari todavía conservó esa dirección en la ficha y por eso era la que Cleven apuntó. Raijin le siguió diciendo que, sin embargo, muy poco después, su hermana murió. Efectivamente, hace siete años, fue cuando Cleven perdió a su madre. Y poco tiempo después, Raijin conoció a Yue, y tuvo la ayuda de la anciana Agatha para tener donde vivir y donde comer. No obstante, casi dos años después, Yue murió, cuando Raijin tenía 15 años.

Hiroyuki también le contó a Cleven que hace tres años, una persona anónima bajo el apodo de "señor Smirkov" fue quien recompró la casa de acogida de niños y quien la reformó, y quien lo contrató a él y a su mujer para llevar aquel nuevo hogar para niños de manera genuina. O sea, que a los 17 o 18 años, Raijin fue esa persona anónima e hizo todo eso. Hacia esa edad entró en la Universidad de Tokio, y por eso le dejó a Hiroyuki esa única vía de contacto, que preguntara en la facultad por el “señor Smirkov” en caso de alguna urgencia. Y cuando Cleven creyó, con ese dato, que su tío debía de tratarse de algún profesor o empleado de la universidad, en realidad era un alumno.

Con razón a Cleven no le habían encajado algunas piezas desde el principio. Porque ella daba por sentado que su tío era un hombre mayor, de no menos de 35 años.

No podía creerlo. Tenía que aceptar que ahora todas las piezas encajaban. Excepto una: si Raijin dice que estuvo al cuidado de su hermana desde los 4 hasta los 10 años, significa que vivió con ella, en su casa, en la casa de Cleven, desde que Cleven nació hasta que tenía 6 años. ¿Cómo demonios no podía acordarse de que su tío vivió con ellos durante sus primeros seis años de vida?

Desgraciadamente, apenas unos minutos antes, cuando Neuval pasaba en coche por la larga calle donde estaba el edificio donde vivía Raijin, creyó divisar a su hija corriendo por la calle llorando desconsoladamente y, cuando la perdió de vista, ofuscado, vio a Raijin mucho más atrás, yendo por el mismo camino, claramente siguiendo sus pasos, y en ese momento metiéndose por otra calle vacía. Entonces, ahí Neuval pegó un frenazo con el coche, dejándolo en mitad de la carretera, y corrió hacia esa calle solitaria, donde no había nadie más que el rubio.

—¡¡Brey!! —vociferó de tal manera que los pájaros de los árboles salieron volando, asustados.

El rubio se paró en seco en mitad de la acera al oír aquella atronadora voz a sus espaldas, y por un momento se le subieron los testículos a la garganta. Se le heló la sangre, pero, de todas formas, era algo que se esperaba tarde o temprano. Se dio la vuelta lentamente, respirando nervioso, viendo cómo su cuñado iba hacia él con una cara tan terrorífica que hasta el mismísimo mundo se estremeció.


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—Hey, por fin despiertas —dijo MJ cuando Yako abrió los ojos poco a poco.

El chico se vio tumbado en uno de los pequeños sofás de la zona de pastelería, y MJ y Sam estaban sentados en unas sillas justo a su lado, mirándolo preocupados. Especialmente Sam, que jamás habría esperado que algo así le sucediese a él. Yako se llevó una mano a la frente y se le puso una cara de horror al recordar.

—He estado a punto de contactar con tu abuelo —le dijo el africano.

La cara de Yako expresó el triple de horror, mirando a Sam.

—¡Te has desmayado! —se justificó Sam.

—¿¡Y por qué tendrías que contactar con Alvion por un desmayo!? —insistió Yako, viendo aquella idea como algo terrible.

—¡Porque los Zou no se desmayan! En serio, Yako, nos has dado un susto a todos. Nunca había visto a Raijin tan asustado...

En ese momento, Yako terminó de incorporarse sobre el sofá, de sopetón. Todavía estaba alterado y nervioso, aún estaba asimilando la noticia.

—¿¡Dón...!? —se puso en pie de un salto, mirando alrededor—. ¿¡Dónde está Raijin!? ¿¡Cuánto tiempo llevo así!?

—Una hora nada más —respondió MJ—. Cuando ya te tumbamos aquí y comprobamos que simplemente te habías desmayado, Raijin se marchó a zanjar algo. Pero nos pidió ocho veces que lo avisáramos cuando te recuperaras.

Allaenah ealaa hayaati, allaenah ealaa hayaati... —se puso Yako a blasfemar en árabe mientras sacaba su móvil del bolsillo a toda velocidad y trató de llamar a Raijin.

Lo intentó cuatro o cinco veces. MJ y Sam lo observaban sin entender nada. Como no conseguía contactar con Raijin, Yako dejó caer su teléfono sobre el sofá con un gesto derrotado y se apoyó sobre sus rodillas, tapándose la cara con las manos.

—¿Qué es lo que ocurre? —le preguntó Sam.

Yako siguió escondiendo la cara tras las manos.

—Fuujin nos va a decapitar...

—¿Vuestro ex-Líder? —preguntó MJ—. ¿Qué habéis hecho?

—¿Se trata de Raijin y de Cleventine? —sospechó Sam, y Yako asintió en silencio—. ¿Qué ha pasado? ¿Están bien?

—¿Cómo no lo he visto...? ¿¡Cómo!? —exclamó Yako con fastidio, volviendo a levantar la cabeza—. ¿Esto es lo que se siente cuando eres estúpido? ¿Cómo he podido ser tan tonto? ¿Qué se me ha escapado? ¿Qué he entendido mal...? Aaarggh, Yakooo... —se agarró de los pelos.

—Oye, nos estás preocupando otra vez... —dijo MJ.

—Voy a llamar al teléfono de emergencias del Monte Zou para que avisen a tu abuelo —dijo Sam, sacando su móvil.

Yako le dio un manotazo a su teléfono al instante, como un niño pequeño, tirándoselo al suelo.

—Es eso... Lo he estado entendiendo al revés... —se dijo Yako, empezando a repasar los hechos de los últimos días.

—Me has roto el teléfono —gruñó Sam.

De repente Yako salió un momento de su ensimismamiento y miró a su amiga con una sonrisa suplicante.

—MJ... por favor... ¿me podrías hacer una infusión de tila y así salvarme la vida?

MJ entendió perfectamente lo que le estaba pidiendo. Porque Yako nunca solía pedir nada. Él simplemente le estaba diciendo de la forma más amable posible que lo dejara hablar a solas con Sam. Ella ya estaba acostumbrada y lo comprendía, porque a veces los iris necesitaban hablar de sus cosas confidenciales.

—Claro que sí —sonrió ella, y se marchó de regreso a la barra de allá.

—Raijin no estaba teniendo ninguna corazonada ni ninguna sospecha sobre quién era Cleven en absoluto, ¡se estaba interesando por ella en otro sentido! —continuó indagando el joven Zou—. ¡La memoria de Raijin no estaba recordando a Cleven en absoluto! Fuujin no le puso una nube como hizo con el resto de nosotros, le puso directamente un muro... Joder... tiene sentido... De todos los miembros de la KRS, ¡Brey era el único que Fuujin más quería mantener alejado de sus hijos! Por ese dichoso incidente de hace años... ¡Sam! ¿¡Qué he hecho!? —le preguntó de repente, todo dramático.

—Romperme el teléfono.

—El plan de Nakuru se ha torcido por completo, Sam...

—¿Estás diciendo que ni Cleven ni Raijin se han reconocido o recordado ni siquiera un ápice y que la conexión que tú creías que ambos estaban teniendo era romántica y no familiar?

—Parece que Nakuru lo ha estado malinterpretando en Cleven igual que yo en Raijin —resopló Yako, dejándose caer en el sofá de nuevo, abatido—. Se supone que en la fiesta de anoche ambos tenían que terminar de descubrir quiénes eran el uno para el otro, ¡pero no en sentido romántico! Tanto Nak como yo nos hemos obcecado en verlo de otro modo porque para nosotros era totalmente evidente, pero no hemos tenido en cuenta que para Raijin y para Cleven no era tan evidente. Nak y yo sólo pensábamos en que todo el interés de Cleven por Raijin venía de sus sospechas de ser su tío, de sentir que tenía una conexión familiar con él que estaba ya cerca de resolver, y lo mismo sobre el interés de Raijin por Cleven por sospechar o ir recuperando el recuerdo familiar de ella. Se suponía que él tenía que hablar más profundamente con Cleven ayer... para terminar de disipar la supuesta nube que tapaba su recuerdo de ella... y llevarse una feliz sorpresa al terminar de reconocerla... He subestimado la Técnica de Borrado de Memoria, no funciona igual en todas las personas.

—Vale. Pero ¿qué tiene que ver esto con que te haya dado un telele? —preguntó Sam.

—Raijin me ha dicho que anoche se acostó con Cleven —respondió Yako del tirón, mirando al suelo, ya resignado.

Sam siguió con su expresión serena y seria de siempre, pero se quedó congelado como una estatua.

—Voy reservando cita para el sepelio —declaró.

—Apúntame —dijo Yako.


* * * * * *


A pesar de que nada en el mundo era más aterrador que ver a Neuval furioso, Raijin hizo un buen esfuerzo y mantuvo la templanza con su iris nato.

—¡Sabía que tenía haberte buscado a ti desde el principio! ¿¡Qué le has hecho a mi hija!? —le preguntó Neuval, a pocos pasos de él.

—Nada —contestó Raijin.

—¿¡Cómo que nada!? —se alteró, y cuando llegó hasta él, lo agarró del cuello de la chaqueta y lo empujó contra la pared del edificio, clavándole la mirada—. Acabo de verla pasar por aquí. Estaba llorando, y corriendo. Y luego te veo a ti corriendo tras ella. ¿¡Y me dices que no le has hecho nada!? ¡Le has hecho daño, ¿verdad?! ¿¡La has herido!?

Raijin tuvo que apretar los puños para contener los nervios. No es que diera miedo que Neuval gritase con esa voz tan grave que tenía, o que pusiera cara de enfado. Era esa aura… detrás de esos ojos plateados… esa energía vibrante y escalofriante que solía emanar del cuerpo de Neuval cuando sentía varias emociones negativas a la vez y su iris no las controlaba, y causaba la sensación de que el ambiente se congelaba y se oscurecía a su alrededor. Y lo que Neuval sentía además de furia, era rabia, miedo, hostilidad, preocupación… un cóctel peligroso, teniendo en cuenta que padecía un peligroso majin de grado VI… teniendo en cuenta que la última vez que Neuval perdió los estribos, la mitad de Japón acabó destruida y arrasada.





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