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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









65.
Ángel caído (4/5)

[ AVISO: este capítulo contiene abuso infantil ]

«En la nave de las celdas de cristal, entraron más hombres y mujeres con uniformes iguales, simples monos grises, y empezaron a sacar a los niños de las celdas, mientras las empleadas de cocina de antes recogían las bandejas vacías y se las llevaban en sus carros. Neuval tuvo que volver a fingir, así que actuó como los demás niños, como si estuviera atolondrado. Un hombre lo agarró de la mano y se lo llevó andando junto con los demás a otra parte.

Los condujeron a todos por otros pasillos. Neuval recordaba, del mapa que había memorizado, que se dirigían al ala este. Por el camino se estuvo fijando en cosas. Ya no eran los pasillos blancos de aquella zona de limpieza y lavado de antes, ahora iban sobre una fina moqueta roja sobre la que era más agradable caminar, con las paredes de estampados decorativos y lamparitas de diseño estrafalario, y macetas con plantas. Si la otra zona parecía una clínica, esta parecía un hotel.

Cruzaron una puerta de doble hoja y entraron en una sala enorme, llena de tocadores repletos de utensilios de belleza, de maquillaje, lacas, perfumes, espejos, sillas, percheros con ropas de todo tipo…

Allí estaba ya la jefa, dando indicaciones a esas personas conforme iban sentando a los niños delante de un tocador cada uno. Cuando llegó hasta el hombre que se ocupaba de Neuval, su conversación con él fue más larga, mientras no paraban de mirarlo y de señalarle la cara, el pelo, los brazos… El empleado asintió con una inclinación respetuosa y la jefa se marchó de allí.

En el momento en que ese tipo lo sentó en el taburete delante de su tocador y Neuval se miró a sí mismo en el espejo, su reflejo no paró, durante la media hora que duró eso, de devolverle una mirada de puro hartazgo. Ya fue difícil estarse quieto mientras ese hombre y una mujer más le intentaban hacer tres peinados diferentes que él veía tan ridículos que ya estaba sufriendo vergüenza de sí mismo. Al final, le trenzaron el pelo en ambos laterales de la cabeza, pasando sobre las orejas y cayendo hacia atrás, y por arriba se lo dejaron peinado hacia atrás, de modo que todo el cabello le caía por la espalda, dejándole la cara bien descubierta.

Eso era aceptable comparado con el hecho de ponerle tres diminutas piedras brillantes pegadas sobre cada pómulo, que brillaban como diamantitos blancos, haciendo juego con sus ojos. Vio a la mujer cogiendo un rímel, pero después de quedarse absorta mirando su cara por un rato, lo volvió a guardar porque determinó que no hacía falta resaltarle las pestañas más de lo que ya las tenía naturalmente. Vio al hombre cogiendo unos polvos para la cara, pero, igualmente, tras observarlo absorto y pensativo, se dio cuenta de que tampoco le hacía falta eso. Ya lo veían hermoso así, con ese peinado sofisticado y esas piedritas brillantes en los pómulos.

Neuval le transmitió con la mirada a su propio reflejo en el espejo sus ganas de pegarse un tiro.

Le colgaron en el cuello un collar exótico, que era una cuerda negra con unas pocas piedras rojas, unos abalorios metálicos y en el centro colgaba un colmillo de león, probablemente de mentira, pero daba el pego. En los brazos le pusieron unos brazaletes de madera justo por debajo de los hombros, y en las muñecas unas pulseras más, del mismo estilo que las que le pusieron en los tobillos. Por último, le encajaron un par de plumas blancas y largas en una de las trenzas a un lado de su cabeza, por detrás de la oreja.

Estaba tan cabreado y cansado de fingir ser una Barbie que ya apenas prestó atención a lo que ocurrió después. Cuando todos los niños ya estaban arreglados, se los llevaron esta vez con mucha prisa y nervios por otra puerta y se pararon en un largo pasillo negro iluminado con lámparas rojas. Neuval recobró la atención cuando oyó tras la puerta al final de ese pasillo una voz que sonaba ampliada y con un poco de eco. Era la voz del tipo hortera, hablando por un micrófono.

Neuval adivinó que lo que había allá era un escenario, y que el hortera estaba hablando ante un público. Los nervios volvieron a dejarle atemorizado porque eso significaba que los iban a usar para algún tipo de espectáculo. Suficientes cosas horribles había visto por el mundo como para pensar en las peores situaciones. Se preguntó si los iban a sacar en el escenario o en algún tipo de arena y los harían pelear entre ellos hasta la muerte. O si los sacarían en un ruedo y los expondrían ante algún animal salvaje. O si los soltarían en un campo y tendrían que correr mientras unos adultos los cazaban con escopetas. O si los exhibirían y subastarían como muñecos de colección…

Neuval apartó la mano de golpe cuando notó que alguien tras él se la agarraba y estuvo a punto de darse la vuelta y matarlo. Estaba tan asustado y alerta que cualquier cosa le hacía saltar. Se frenó a tiempo al descubrir que se trataba de Song, que estaba justo detrás de él. La niña lo miraba tímida, con la mano medio alzada, pero luego le sonrió.

—Song… —susurró Neuval con sorpresa, recuperando el aliento.

Ella abrió aún más su sonrisa al oírle pronunciar su nombre. No le dijo nada porque sabía que no la iba a entender, tan sólo se quedó observándolo a los ojos. Neuval no lo sabía, pero en ese momento le brillaba un poco el ojo izquierdo con esa leve luz gris, y Song la estaba mirando como si le pareciera un hermoso fenómeno.

Yuánlái ni shì yigè zhenzhèng de tian shi.

Neuval no entendió esa frase, pero ella lo sabía y le daba igual. Ella parecía sentirse feliz sólo con tenerle ahí cerca. Neuval se sintió un poco mal por haber apartado antes la mano de forma tan brusca. Miró hacia una de las manos de Song y pensó en agarrarla para transmitirle que no pasaría nada, que él la protegería. Pero le daba mucha vergüenza agarrarle la mano a una niña, así que la miró a los ojos.

—Escaparemos todos de aquí —le dijo—. Os sacaré de aquí.

Ella se encogió de hombros, indicando que no sabía lo que decía, pero seguía sonriendo. Neuval se sonrojó un poco, la verdad es que Song parecía otra, ahora que llevaba el pelo arreglado, estaba limpia y la habían maquillado ligeramente. Le habían dejado el pelo suelto, largo y brillante, decorado con dos horquillas de grandes flores blancas con motas rojas, y velos de colores suaves cayendo por su espalda y su cadera. Todos seguían llevando aquel mismo traje azul y blanco de seda, pero a cada niño lo habían adornado con añadidos.

De repente la voz del tipo hortera sonó más alta en el micrófono, y Neuval y Song vieron a uno de los adultos llevándose a una de las niñas al otro lado de la puerta. El resto de niños seguía padeciendo los efectos de los sedantes de la cena y estaban demasiado dóciles para ofrecer resistencia. Después de cuatro minutos y medio, la voz del hortera exclamó otro nombre, y otro adulto sacó a otro niño por la puerta del fondo. Tras unos minutos, otro. Y luego otro.

Neuval estaba respirando cada vez más deprisa. Al que llamaban “el triste Li” ya lo habían sacado. Tras poco más de media hora, sólo quedaban los hermanos Pim y Gon, Song y Neuval en el pasillo. Los hermanos fueron los siguientes, que los sacaron a los dos juntos. Neuval no podía apartar la mirada de la puerta. Era como mirar directamente hacia un agujero negro, desconocido, aterrador. No sabía lo que pasaría cuando lo atravesase. Casi no se dio cuenta cuando el adulto que custodiaba a Song, tras él, lo adelantó y pasó de largo con la niña. Neuval dio un sobresalto y exclamó su nombre, e intentó agarrar su mano, pero no la alcanzó, y el hombre que lo acompañaba a él lo obligó a estarse quieto.

Antes de cruzar la puerta, Song volvió la cabeza y lo miró una última vez. Sus ojos negros temblaban de miedo. Quizá fuera fruto del estrés y la angustia, pero por un segundo, Neuval vio en ella el rostro de Monique, la misma expresión asustada y triste que se quedó fijada en su cara justo después de morir. Esto provocó en él un insoportable impulso de correr hasta Song, agarrarla de un brazo y salir corriendo con ella lejos de allí. Algo que no logró hacer con su hermana.

Este terrible dolor de querer hacer algo y no poder hacerlo, de tener delante algo malo y no hacer nada, de permitir a estos monstruos seguir viviendo, hizo que el iris de Neuval perdiera mucha de la poca estabilidad que tenía. Esos fogonazos volvieron a aparecer en su mente. Estaba mareándose, le dolía la cabeza y también todas las venas del cuerpo, como si una gran presión le estuviera aplastando. Lo que no percibió es que el adulto que estaba junto a él también comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza y a sentir algo de asfixia.

No obstante, al fin Paku pronunció ese nombre con el que Neuval lo oyó llamarlo antes, Duò luò tian shi. Su escolta hizo un esfuerzo por reponerse y arrastró a Neuval hacia el final del pasillo. Nada más cruzar la puerta, el niño recibió de golpe las cegadoras luces de unos focos en el techo. El hombre lo colocó en el centro de un escenario. Como seguía mareado y desorientado, no se movió de ahí, tan sólo trató de ver qué le rodeaba, pero apenas podía ver algo con tanta luz invadiendo sus ojos.

Por eso, se sobresaltó cuando escuchó una sonora exclamación de asombro de un centenar de voces frente a él, y seguido de eso, se formó un ruidoso barullo. Frente al escenario había bastante gente, gente estrafalaria. Había muchos hombres y algunas mujeres, todos vestidos de gala, y todos ocultando sus caras detrás de diversas caretas carnavalescas o de animales.

Cuando Neuval consiguió adaptar la visión, descubrió a esa cantidad de gente frente a él sentada en butacas, en lo que parecía una sala de teatro. Le asustó ver a todos con esas máscaras.

Antes no se había oído mucho al público, pero ahora sus voces inundaban toda la sala, y muchos no paraban de señalar a Neuval. Algunos se habían puesto de pie para verlo mejor. Pero el chico notó que, aparte de él, la mayoría de esas personas también estaban mirando y señalado discretamente hacia un hombre en particular. Este hombre se encontraba sentado en primera fila, y era el que más destacaba. Era obeso, y si los botones de su elegante chaqueta negra estaban resistiendo esos pascales sobre su barriga, era porque eran de oro, así como los hilos con los que estaban cosidos. Sus mocasines, igualmente, tenían las puntas de oro, y la careta que llevaba era la de un Hotei sonriente, también de oro.

Neuval podía notar con fuerza los ojos de ese corpulento hombre, detrás de la careta, recorriéndolo de arriba abajo con una perturbadora admiración. Le recorrieron escalofríos. Empezó a sentirse mal, presentía algo horrible aproximándose. Dio un paso atrás, pero de pronto Paku apareció a su izquierda y notó cómo lo agarraba del pescuezo bajo el cabello con mucha fuerza, sujetándolo bien para que no se moviera, mientras que con la otra mano sujetaba el micrófono y en la cara una disimulada sonrisa de dientes torcidos.

—Por favor, damas y caballeros, por favor, guarden silencio —le pedía Paku al público amablemente—. Comprendo la exaltación, créanme. Sí. Efectivamente, habíamos dejado esta sorpresa para el final. No se van a creer que este muchacho de exótica belleza occidental se encontraba malviviendo en un sucio callejón de la ciudad. El pobrecito, comiendo de la basura, bebiendo de los charcos, pasando frío por las noches. Nadie lo ayudaba. Hasta que yo lo encontré. Le tendí mi mano y él aceptó. Y lo traje aquí para darle un futuro, una vida, y un dueño que le dé el amor que merece.

Varias personas del público emitieron una exclamación conmovida y aplaudieron.

—¿Qué les parece nuestro Ángel Caído? Está sano. Es fuerte. ¡Miren qué ojos, como perlas en el mar, como lunas llenas en la noche! No les engañaré. No es un chico fácil. Cuando te clava su mirada de lobo siberiano, te presenta un reto: “Acércate, y verás si muerdo”. Sabe darte esa emoción, esa sensación de riesgo. Y miren su precioso cabello natural, del color de las hojas de otoño. Su piel, clarita, pero no pálida, tersa como un melocotón… ¡Ah! No sabe hablar nuestro idioma. Por lo que su dueño tendrá que comunicarse con él de otras formas más primitivas, heheheh, no sé si me entien-…

—¡Cien mil dólares! —exclamó de repente una mujer del público, interrumpiendo a Paku.

—Señoras y señores, la puja comenzaba desde ochenta mil… —sonrió Paku.

—¡Muchos sabemos que algunos aquí ya iban a sobrepasar esa cifra! ¡Vayamos al grano! —impugnó aquella mujer.

—¡Ciento diez! —gritó otro hombre.

—¡Ciento veinticinco! —dijo otro.

—Se… señores, si vamos con un poco de orden… —trató de calmar Paku, pero sólo era por mantener los modales, pues nada podía emocionarle más que todos esos gritos de números y números, cada vez más altos.

Se formó un alboroto en la sala. La obsesión con el niño de ojos grises se volvió enfermiza. Pero entonces… el hombre corpulento de la primera fila se empezó a levantar de su butaca especial de doble espacio. Le costó un poco, pero cuando finalmente se puso en pie, toda la sala se quedó en silencio. Los demás compradores, que habían comenzado a pelearse por apoderarse del último niño, nada más ver a ese tipo en pie, de pronto desistieron de inmediato, con gestos de fastidio, susurros de protesta, y volvieron a sus sitios, dando su oportunidad por perdida. Era como si ya supiesen lo que eso significaba.

El hombre de la careta del Hotei de oro caminó hacia los escalones a un lado del escenario y los subió. Paku, todavía junto a Neuval, agarrándolo de la nuca, lo esperaba con una sonrisa y una emoción contenida. Neuval vio a ese tipo enorme acercándose a él con pasos pesados y lentos. Se puso nervioso, pero Paku le clavó las uñas en el cuello como advertencia y lo obligó a mirar hacia el obeso para que este pudiera contemplarlo mejor.

El tipo se detuvo. Observó al niño. En toda la sala seguía reinando el silencio, hasta que Paku, algo impaciente, habló:

—Como siempre, es un honor tenerlo de nuevo aquí, en nuestra humilde exposición, Hombre Dorado —dijo mediante el micrófono, y acto seguido lo acercó al rostro del tipo obeso—. Estamos ahora en doscientos mil. ¿Quiere decir algo al respecto?

El Hombre Dorado se quedó unos segundos en silencio mientras Paku seguía sosteniendo el micrófono frente a su careta. Neuval alcanzó a ver sus ojos negros a través de los agujeros de esta. No parpadeaban, y no paraban de mirarlo, con una grotesca y aterradora lascivia. Se oyó al tipo coger aire…

—¡No es justo, Hombre Dorado! —gritó de repente un hombre del público, flaco y larguirucho, de pelo entrecano despeinado asomando alrededor de su careta de búho—. ¡Siempre te quedas con lo mejor!

—S… Señor Orlov, por favor… —intentó apaciguar Paku, sin borrar esa falsa sonrisa amable.

—¡Deberíais poner a este de alquiler, Paku, no en venta! —insistió aquel—. ¡Todos tenemos derecho a jugar con un muñeco como él! ¡Habla con tu madre!

—¡Es verdad! —exclamaron más personas del público—. ¡Ponedlo disponible para turnos de alquiler!

La sala se llenó de voces otra vez. Pero estas se silenciaron una vez más cuando el Hombre Dorado se inclinó hacia el micrófono.

—Trescientos mil —dijo sin más.

Neuval no se esperaba esa voz. Su voz sonaba suave y algo aguda. Entonaba con una extraña delicadeza o timidez. Era como oír a un hombre intentando imitar la voz de un niño.

Otra vez la sala se llenó de gritos de fastidio. El resto del público lo dio definitivamente por perdido, pero muchos de los compradores se quedaron conformes con sus nuevas adquisiciones anteriormente presentadas. Nadie esperó oír algunas palabras de cierre de la presentación porque todos ya sabían que ese era el final de la subasta, y se fueron levantando de sus butacas y saliendo por la puerta principal de la sala. Al parecer, la mayoría eran clientes habituales.

—¡Gracias! ¡Gracias por su participación, señoras y señores, una vez más! —se apresuró a decir Paku por el micrófono—. ¡Les recordamos a los afortunados que han logrado hacerse con nuestros productos de esta noche que sus nuevos juguetes los esperan dócilmente en sus suites asignadas, todo preparado a su gusto! ¡Disfruten!

Neuval estaba temblando en medio del escenario. No sabía a dónde se había ido su templanza, su astucia y su hostilidad, pero su habitual fuerza mental le había abandonado y sólo sentía el cuerpo helado y temblores. Su iris desentrenado ya lo había dejado confuso, o con emociones dispares, o completamente anulado e impotente otras veces, pero esta vez le costó más que nunca evitarlo y recuperar la entereza. Ciertamente se había hecho más difícil en los últimos meses. Sea lo que sea que tuviera en la mente, esa energía nueva, ni blanca ni negra, sino caótica y gris, le estaba pasando factura y haciéndole sentir y desear al mismo tiempo cosas muy contrarias, hasta el punto de paralizarlo.

Le tembló aún más el cuerpo cuando el Hombre Dorado agarró uno de sus brazos y se lo fue llevando hacia la salida de la sala. Le apretaba con demasiada fuerza y le estaba haciendo daño. Y además le sudaban las manos. Neuval estaba tan asqueado como atemorizado. En un impulso inconsciente y totalmente instintivo, aprovechó esa mano sudorosa para soltarse de ella de un tirón, y logró liberarse justo cuando salieron por la puerta. Acto seguido, echó a correr por aquel pasillo.

—¡No se preocupe, Hombre Dorado! —se apuró Paku, bajando del escenario de un salto—. ¡Ya dije que este niño se hacía el difícil, ¿no?! ¡Hehehe…! ¿No lo hace aún más adorable? —le dijo al pasar por su lado, y siguió corriendo como un descosido detrás del niño—. ¡Se lo traigo enseguida, señor!

El Hombre Dorado se quedó ahí en la puerta de la sala, quieto y en silencio.

—Adorable… —murmuró con su vocecilla aguda.

Neuval no tenía intención de huir de aquel lugar. Seguía teniendo metido en la cabeza el indudable deber de sacar a los demás niños. Y además, no tenía las llaves que abrían las puertas principales que comunicaban las diferentes alas de ese complejo hasta la salida al exterior. Necesitaba coger algo con lo que poder protegerse, por lo que regresó a la sala de lavado donde antes ocultó la navaja. Tuvo suerte, al menos, de que no había nadie por esa zona y de hallarla justo donde la escondió en la pequeña sala de lavado, además del imperdible y de las cerillas.

Volvió a engancharse la navaja plegable bajo el pelo. Si se la guardaba entre la ropa, había más probabilidades de que sus captores la descubriesen si le volvían a agarrar o a tocar. Las cerillas y el imperdible sí que tuvo que ocultarlos en la ropa, por lo que los metió en su calcetín de estilo tabi.

Como una de las plumas blancas que le habían colocado en su peinado se le había caído en uno de los pasillos antes de llegar a la habitación de lavado, Paku no tardó en seguirle el rastro y en encontrarlo ahí, agachado en el rincón entre una pared y una estantería metálica llena de toallas dobladas. Venía hecho una furia, enseñando sus feos dientes apretados, y los puños. Para cuando Neuval terminó de ocultar la última cerilla en el calcetín y darse la vuelta, el hortera ya llegó hasta él y no le dio tiempo a evadirlo.

Lo agarró del pelo con tanta fuerza que el niño sintió que le partía el cuello. Paku no estaba para más tonterías. Lanzó a Neuval contra la pared. El golpe fue espantoso, Neuval gritó con dolor cuando cayó al suelo. Pero esto no era desconocido para él. Se aguantó el dolor y las lágrimas, tenía que ser fuerte, se dijo.

—¿¡Te creías que esconderte ahí, agachadito en ese rincón, te haría invisible o algo así!? —le gritó Paku, volviendo a tirarle del pelo, y empezó a darle repetidas bofetadas, no demasiado fuerte para evitar crearle moratones, pero sí terriblemente frustrantes y molestas—. ¿¡Eh!? ¡Y yo que creía que eras un listillo…! ¡Eres más tonto que las piedras! ¡Tonto! —Neuval intentó zafarse con los brazos, pero eso enfadó más a Paku, que le agarró una de sus manos, apretando muy fuerte—. Parece que tienes demasiada resistencia a las drogas, las de la cena veo que no han sido suficientes. ¿Sabes? Podría llamar a mis compañeros aquí para que traigan una dosis doble e inyectártela bien profundo, pero al Hombre Dorado no le gusta esperar ¡y a mí tampoco! Así que recurriré al método más rápido y efectivo de obediencia.

—¡Aaaahhh!

Neuval agonizó de dolor cuando Paku le torció dos dedos de la mano, el meñique y el anular. Aquello no se lo esperó. Reaparecieron los fogonazos en su mente, sintió furia y a la vez terror, ira y tristeza, agresividad y rendición, humillación y agotamiento. Su iris estaba sucumbiendo a la locura, no sabía por dónde guiar a su dueño para salvarlo. Monique volvía a aparecer en sus párpados cada vez que cerraba los ojos, la imagen de su cadáver, y la del monstruo de Jean, mirándolo como una terrorífica sombra negra con dos ojos de luz plateada, acercándose a él, cada vez más, cada vez…

Su mente se quebró bajo tanto peso y al final Neuval se echó a llorar. No pudo contenerlo más. No tenía control. Sólo quería llorar por sus dedos rotos, por haber sido raptado, encerrado, golpeado, abusado, vendido… Por Song y los otros niños, no diez, ni veinte, sino los millones de niños que sufrían monstruosidades cada día desde que el ser humano existe… Por haber sido descuidado al salir del callejón solo cuando no debía… Por esos siete meses de viaje por el mundo, para sólo ver y aprender que el mundo estaba aún más enfermo de lo que imaginaba y las pocas personas buenas que había apenas podían brillar entre tanta oscuridad… Por esos diez años de vida miserables, odiado por su madre, maltratado por su padre, abandonado por su hermana…

—¡Eso es! ¡Llora! —le gritó Paku—. ¡Aprende de una vez! ¡Esto es lo que pasa cada vez que te portes mal! ¡Y no hace falta que hablemos el mismo idioma para que entiendas perfectamente lo que te estoy diciendo!

—Lao… —sollozaba el niño, llamando inconscientemente a la única persona con la que se había sentido a salvo.

—¡Vuelve a intentar escapar o a crear problemas, y te partiré otros dos dedos!

Paku lo arrastró de regreso a la zona del edificio que parecía un hotel. Neuval se dejó llevar, sujetándose la mano herida contra el pecho, con los ojos enrojecidos e intentando recuperarse del shock. Para cuando recobró algo de razón, Paku lo soltó bruscamente dentro de una habitación.

Era una habitación grande, una suite, con una temática perturbadora. Todo estaba decorado como si fuese la habitación de un niño. Había juguetes típicos, como un balón de fútbol, un tren de madera, un oso de peluche y otros muñecos, construidos a escala gigante.

Lo que a Neuval le cortó el aliento fue ver al fondo de la habitación al Hombre Dorado sentado en una cama grande, únicamente vestido con un albornoz de seda y manteniendo su máscara de Hotei de oro tapando su rostro. A ambos lados de su cuerpo, tenía a los hermanos Pim y Gon, a los que amparaba bajo un brazo cada uno como si fuesen sus dos peluches preferidos. Pim y Gon miraron a Neuval. Se podía notar el terror en sus ojos. Estaban muy asustados y quietos, mientras el Hombre Dorado acariciaba sus cabezas.

—Aquí lo tengo, Hombre Dorado, señor —le sonrió Paku con varias reverencias—. Viene con una pequeña lesión en los dedos, el pobrecito se ha hecho daño mientras corría. Espero que no le importe. Seguro que usted lo ayudará a curarse.

—Yo curo muy bien las pupitas —habló el obeso hombre, con su vocecilla aflautada.

—Apuesto a que sí, señor. Se lo dejo aquí en su corralito —metió a Neuval dentro de un pequeño recinto de la habitación cercado con una valla de tablas cortas y de colores, como el típico corralito para bebés, y lo encadenó a la pared con un grillete de acero, la muñeca de su mano herida—, hasta que esté preparado para jugar y portarse bien.

El Hombre Dorado hizo un asentimiento conforme con la cabeza. Paku se despidió con otra inclinación y salió de la habitación, dejándolos solos. Neuval intentó librarse del grillete tirando de él, pero no había manera. Se dio la vuelta para ver qué pasaba con Pim y Gon, preguntándose qué demonios estaba haciendo ese hombre con ellos, por qué todo era tan raro y tan espeluznante y vomitivo. Por qué algo así existía en el mundo. Tantas mentes así de retorcidas.

No quería estar en el lugar de ellos, no quería llamar la atención de ese demente. Se quedó agazapado en el corralito, con la mano atada a la cadena de la pared. No sabía qué hacer. Pensó que quizá ese tipo quería jugar con esos hermanos a algún tipo de juego raro, a imaginar que eran juguetes o animalitos y hacer algún tipo de teatro, y que después, cuando se cansase, los dejaría en el corralito con él y se iría a dormir a su cama.

Sin embargo, a los pocos minutos vio al Hombre Dorado ponerse en pie. Dio la espalda al corralito para ponerse frente a Pim y Gon, aún sentados en el borde de la cama. Entonces, se quitó el albornoz y quedó completamente desnudo. De espaldas parecía un bebé gigante, era calvo y no tenía ni un vello, y tenía michelines por todas partes. A Neuval no le asqueó ver ese cuerpo desnudo, sino el hecho de que ese adulto se exhibiese así delante de dos niños sin pudor alguno.

—¿Qué haces…? —murmuró Neuval, empezando a alarmarse, a odiar lo que estaba viendo.

El Hombre Dorado posó una mano sobre la cabeza de Pim y sobre la de Gon, y empezó a tirar de ellos, acercándolos a sí mismo, hacia una parte de su cuerpo. Los dos niños se resistieron un poco, negaban con la cabeza, miraban para otro lado, pero estaban demasiado asustados como para ofrecer más resistencia. El Hombre Dorado insistía, siempre suave y paciente, al principio.

—Para… —murmuraba Neuval desde el otro lado de la habitación, cada vez más horripilado.

Pero cuando el hombre vio que no conseguía que los dos hermanos acercasen sus rostros a su entrepierna por las buenas, comenzó a sacar a la luz a su monstruo interior. De repente, agarró a los dos niños del cuello y empezó a ahorcarlos.

—¡No! —Neuval se levantó del suelo—. ¡Para! ¡Déjalos! —trató de ir hacia allá, pero el grillete no le dejaba—. ¡No hagas eso! ¡Suéltalos!

El Hombre Dorado soltó a los dos hermanos al oír los gritos de Neuval, y se giró hacia él lentamente, mirándolo a través de su careta.

—Jugar —dijo.

Neuval intentó descifrar esa palabra. No tardó en recordarla, era una de las muchas del vocabulario básico que había estado aprendiendo hace unas horas en su callejón. Había varios significados para esa pronunciación, pero por el contexto sabía cuál era el correcto.

—¡Yo…! Eh… —trató de decirle—. Wo…! Wo wán! —logró pronunciar, señalándose a sí mismo—. ¡Yo juego! Wo wán!

El Hombre Dorado se mostró muy contento de escuchar eso, parecía que lo había estado esperando. Se acercó al corralito con una llave, con su cuerpo desnudo y ondulante, y le quitó el grillete. Lo agarró de un brazo, tan fuerte como antes, pero Neuval se aguantó el dolor y se dejó llevar por él hacia la cama. Pim y Gon se apartaron de ahí, haciéndose a un lado, frotándose el cuello dolorido y observando con miedo y sorpresa a Neuval.

Lo obligó a sentarse en el borde la cama. Neuval se quedó ahí paralizado, muerto de miedo, y de nervios. La imagen que tenía justo delante era muy desagradable y sólo podía mantener la vista clavada a un lado, en un rincón de la habitación. El tipo obeso le acarició la cabeza y la cara con el dorso de las manos como si acicalase a un muñeco bonito. Sostuvo su cabello en las manos, y lo deslizó entre sus dedos. Mientras lo hacía, emitía leves gemidos de asombro y aprobación. Entonces, lo agarró de la barbilla, apretando los dedos en sus mejillas. Neuval dio un respingo cuando entendió sus intenciones de acercarle la cara a ese lugar, y se echó para atrás, agarrando la mano de él e intentando que le soltara. Pero el Hombre Dorado lo sostenía con tanta fuerza que Neuval se estaba clavando los dientes por la parte interior de las mejillas, y seguía tirando de él hacia sí.

—No… —murmuró el niño, resistiéndose.

—Ju… gar… —pronunció el hombre, mostrándose cada vez más enfadado y violento.

Como no consiguió que Neuval le obedeciera, el hombre se hartó y fue mucho más agresivo que con Pim y Gon. Agarró a Neuval del cuello y lo empujó contra la cama, y él se puso encima, aplastándolo con su enorme y sudorosa barriga. Neuval volvió a entrar en pánico al no poder respirar, se estaba ahogando. Oyó a uno de los dos hermanos, el menor de ellos, echándose a llorar, mientras el mayor lo abrazaba y también sollozaba.

Neuval intentó todo lo posible por zafarse de esa mole. Lo golpeó en la careta con las manos, que por lo visto estaba totalmente pegada a su rostro, incluso intentó darle manotazos en las orejas, que era un modo común de producir daños en el tímpano y de aturdir al enemigo, pero ese tipo era inmutable. Lo arañó también, y nada. Sus dedos torcidos tampoco ayudaban. Su corazón latía a toda velocidad, le dolía la cabeza y todo el cuerpo, y estaba perdiendo el conocimiento. Eso era lo que el Hombre Dorado pretendía, dejarlo inconsciente para después hacer con él todo lo que quisiera.

No podía dejar de pensar en Monique, y en Lao… Entonces vio a Jean convertido en una gran sombra negra con dos ojos iluminados como lunas llenas, y algo dentro de Neuval se rompió una vez más.

No fue su mente, ni su iris, pero su cuerpo reaccionó instintivamente como último recurso, utilizando lo que tenía escondido bajo el pelo, que antes el miedo y el pánico le habían impedido recordar. Cuando el Hombre Dorado emitió un jadeo de satisfacción, viendo como los ojos de su muñeco se cerraban, Neuval se llevó una mano a la nuca, cogió la navaja, y en una fracción de segundo la deslizó sin miramientos por el seboso cuello de su agresor.»









65.
Ángel caído (4/5)

[ AVISO: este capítulo contiene abuso infantil ]

«En la nave de las celdas de cristal, entraron más hombres y mujeres con uniformes iguales, simples monos grises, y empezaron a sacar a los niños de las celdas, mientras las empleadas de cocina de antes recogían las bandejas vacías y se las llevaban en sus carros. Neuval tuvo que volver a fingir, así que actuó como los demás niños, como si estuviera atolondrado. Un hombre lo agarró de la mano y se lo llevó andando junto con los demás a otra parte.

Los condujeron a todos por otros pasillos. Neuval recordaba, del mapa que había memorizado, que se dirigían al ala este. Por el camino se estuvo fijando en cosas. Ya no eran los pasillos blancos de aquella zona de limpieza y lavado de antes, ahora iban sobre una fina moqueta roja sobre la que era más agradable caminar, con las paredes de estampados decorativos y lamparitas de diseño estrafalario, y macetas con plantas. Si la otra zona parecía una clínica, esta parecía un hotel.

Cruzaron una puerta de doble hoja y entraron en una sala enorme, llena de tocadores repletos de utensilios de belleza, de maquillaje, lacas, perfumes, espejos, sillas, percheros con ropas de todo tipo…

Allí estaba ya la jefa, dando indicaciones a esas personas conforme iban sentando a los niños delante de un tocador cada uno. Cuando llegó hasta el hombre que se ocupaba de Neuval, su conversación con él fue más larga, mientras no paraban de mirarlo y de señalarle la cara, el pelo, los brazos… El empleado asintió con una inclinación respetuosa y la jefa se marchó de allí.

En el momento en que ese tipo lo sentó en el taburete delante de su tocador y Neuval se miró a sí mismo en el espejo, su reflejo no paró, durante la media hora que duró eso, de devolverle una mirada de puro hartazgo. Ya fue difícil estarse quieto mientras ese hombre y una mujer más le intentaban hacer tres peinados diferentes que él veía tan ridículos que ya estaba sufriendo vergüenza de sí mismo. Al final, le trenzaron el pelo en ambos laterales de la cabeza, pasando sobre las orejas y cayendo hacia atrás, y por arriba se lo dejaron peinado hacia atrás, de modo que todo el cabello le caía por la espalda, dejándole la cara bien descubierta.

Eso era aceptable comparado con el hecho de ponerle tres diminutas piedras brillantes pegadas sobre cada pómulo, que brillaban como diamantitos blancos, haciendo juego con sus ojos. Vio a la mujer cogiendo un rímel, pero después de quedarse absorta mirando su cara por un rato, lo volvió a guardar porque determinó que no hacía falta resaltarle las pestañas más de lo que ya las tenía naturalmente. Vio al hombre cogiendo unos polvos para la cara, pero, igualmente, tras observarlo absorto y pensativo, se dio cuenta de que tampoco le hacía falta eso. Ya lo veían hermoso así, con ese peinado sofisticado y esas piedritas brillantes en los pómulos.

Neuval le transmitió con la mirada a su propio reflejo en el espejo sus ganas de pegarse un tiro.

Le colgaron en el cuello un collar exótico, que era una cuerda negra con unas pocas piedras rojas, unos abalorios metálicos y en el centro colgaba un colmillo de león, probablemente de mentira, pero daba el pego. En los brazos le pusieron unos brazaletes de madera justo por debajo de los hombros, y en las muñecas unas pulseras más, del mismo estilo que las que le pusieron en los tobillos. Por último, le encajaron un par de plumas blancas y largas en una de las trenzas a un lado de su cabeza, por detrás de la oreja.

Estaba tan cabreado y cansado de fingir ser una Barbie que ya apenas prestó atención a lo que ocurrió después. Cuando todos los niños ya estaban arreglados, se los llevaron esta vez con mucha prisa y nervios por otra puerta y se pararon en un largo pasillo negro iluminado con lámparas rojas. Neuval recobró la atención cuando oyó tras la puerta al final de ese pasillo una voz que sonaba ampliada y con un poco de eco. Era la voz del tipo hortera, hablando por un micrófono.

Neuval adivinó que lo que había allá era un escenario, y que el hortera estaba hablando ante un público. Los nervios volvieron a dejarle atemorizado porque eso significaba que los iban a usar para algún tipo de espectáculo. Suficientes cosas horribles había visto por el mundo como para pensar en las peores situaciones. Se preguntó si los iban a sacar en el escenario o en algún tipo de arena y los harían pelear entre ellos hasta la muerte. O si los sacarían en un ruedo y los expondrían ante algún animal salvaje. O si los soltarían en un campo y tendrían que correr mientras unos adultos los cazaban con escopetas. O si los exhibirían y subastarían como muñecos de colección…

Neuval apartó la mano de golpe cuando notó que alguien tras él se la agarraba y estuvo a punto de darse la vuelta y matarlo. Estaba tan asustado y alerta que cualquier cosa le hacía saltar. Se frenó a tiempo al descubrir que se trataba de Song, que estaba justo detrás de él. La niña lo miraba tímida, con la mano medio alzada, pero luego le sonrió.

—Song… —susurró Neuval con sorpresa, recuperando el aliento.

Ella abrió aún más su sonrisa al oírle pronunciar su nombre. No le dijo nada porque sabía que no la iba a entender, tan sólo se quedó observándolo a los ojos. Neuval no lo sabía, pero en ese momento le brillaba un poco el ojo izquierdo con esa leve luz gris, y Song la estaba mirando como si le pareciera un hermoso fenómeno.

Yuánlái ni shì yigè zhenzhèng de tian shi.

Neuval no entendió esa frase, pero ella lo sabía y le daba igual. Ella parecía sentirse feliz sólo con tenerle ahí cerca. Neuval se sintió un poco mal por haber apartado antes la mano de forma tan brusca. Miró hacia una de las manos de Song y pensó en agarrarla para transmitirle que no pasaría nada, que él la protegería. Pero le daba mucha vergüenza agarrarle la mano a una niña, así que la miró a los ojos.

—Escaparemos todos de aquí —le dijo—. Os sacaré de aquí.

Ella se encogió de hombros, indicando que no sabía lo que decía, pero seguía sonriendo. Neuval se sonrojó un poco, la verdad es que Song parecía otra, ahora que llevaba el pelo arreglado, estaba limpia y la habían maquillado ligeramente. Le habían dejado el pelo suelto, largo y brillante, decorado con dos horquillas de grandes flores blancas con motas rojas, y velos de colores suaves cayendo por su espalda y su cadera. Todos seguían llevando aquel mismo traje azul y blanco de seda, pero a cada niño lo habían adornado con añadidos.

De repente la voz del tipo hortera sonó más alta en el micrófono, y Neuval y Song vieron a uno de los adultos llevándose a una de las niñas al otro lado de la puerta. El resto de niños seguía padeciendo los efectos de los sedantes de la cena y estaban demasiado dóciles para ofrecer resistencia. Después de cuatro minutos y medio, la voz del hortera exclamó otro nombre, y otro adulto sacó a otro niño por la puerta del fondo. Tras unos minutos, otro. Y luego otro.

Neuval estaba respirando cada vez más deprisa. Al que llamaban “el triste Li” ya lo habían sacado. Tras poco más de media hora, sólo quedaban los hermanos Pim y Gon, Song y Neuval en el pasillo. Los hermanos fueron los siguientes, que los sacaron a los dos juntos. Neuval no podía apartar la mirada de la puerta. Era como mirar directamente hacia un agujero negro, desconocido, aterrador. No sabía lo que pasaría cuando lo atravesase. Casi no se dio cuenta cuando el adulto que custodiaba a Song, tras él, lo adelantó y pasó de largo con la niña. Neuval dio un sobresalto y exclamó su nombre, e intentó agarrar su mano, pero no la alcanzó, y el hombre que lo acompañaba a él lo obligó a estarse quieto.

Antes de cruzar la puerta, Song volvió la cabeza y lo miró una última vez. Sus ojos negros temblaban de miedo. Quizá fuera fruto del estrés y la angustia, pero por un segundo, Neuval vio en ella el rostro de Monique, la misma expresión asustada y triste que se quedó fijada en su cara justo después de morir. Esto provocó en él un insoportable impulso de correr hasta Song, agarrarla de un brazo y salir corriendo con ella lejos de allí. Algo que no logró hacer con su hermana.

Este terrible dolor de querer hacer algo y no poder hacerlo, de tener delante algo malo y no hacer nada, de permitir a estos monstruos seguir viviendo, hizo que el iris de Neuval perdiera mucha de la poca estabilidad que tenía. Esos fogonazos volvieron a aparecer en su mente. Estaba mareándose, le dolía la cabeza y también todas las venas del cuerpo, como si una gran presión le estuviera aplastando. Lo que no percibió es que el adulto que estaba junto a él también comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza y a sentir algo de asfixia.

No obstante, al fin Paku pronunció ese nombre con el que Neuval lo oyó llamarlo antes, Duò luò tian shi. Su escolta hizo un esfuerzo por reponerse y arrastró a Neuval hacia el final del pasillo. Nada más cruzar la puerta, el niño recibió de golpe las cegadoras luces de unos focos en el techo. El hombre lo colocó en el centro de un escenario. Como seguía mareado y desorientado, no se movió de ahí, tan sólo trató de ver qué le rodeaba, pero apenas podía ver algo con tanta luz invadiendo sus ojos.

Por eso, se sobresaltó cuando escuchó una sonora exclamación de asombro de un centenar de voces frente a él, y seguido de eso, se formó un ruidoso barullo. Frente al escenario había bastante gente, gente estrafalaria. Había muchos hombres y algunas mujeres, todos vestidos de gala, y todos ocultando sus caras detrás de diversas caretas carnavalescas o de animales.

Cuando Neuval consiguió adaptar la visión, descubrió a esa cantidad de gente frente a él sentada en butacas, en lo que parecía una sala de teatro. Le asustó ver a todos con esas máscaras.

Antes no se había oído mucho al público, pero ahora sus voces inundaban toda la sala, y muchos no paraban de señalar a Neuval. Algunos se habían puesto de pie para verlo mejor. Pero el chico notó que, aparte de él, la mayoría de esas personas también estaban mirando y señalado discretamente hacia un hombre en particular. Este hombre se encontraba sentado en primera fila, y era el que más destacaba. Era obeso, y si los botones de su elegante chaqueta negra estaban resistiendo esos pascales sobre su barriga, era porque eran de oro, así como los hilos con los que estaban cosidos. Sus mocasines, igualmente, tenían las puntas de oro, y la careta que llevaba era la de un Hotei sonriente, también de oro.

Neuval podía notar con fuerza los ojos de ese corpulento hombre, detrás de la careta, recorriéndolo de arriba abajo con una perturbadora admiración. Le recorrieron escalofríos. Empezó a sentirse mal, presentía algo horrible aproximándose. Dio un paso atrás, pero de pronto Paku apareció a su izquierda y notó cómo lo agarraba del pescuezo bajo el cabello con mucha fuerza, sujetándolo bien para que no se moviera, mientras que con la otra mano sujetaba el micrófono y en la cara una disimulada sonrisa de dientes torcidos.

—Por favor, damas y caballeros, por favor, guarden silencio —le pedía Paku al público amablemente—. Comprendo la exaltación, créanme. Sí. Efectivamente, habíamos dejado esta sorpresa para el final. No se van a creer que este muchacho de exótica belleza occidental se encontraba malviviendo en un sucio callejón de la ciudad. El pobrecito, comiendo de la basura, bebiendo de los charcos, pasando frío por las noches. Nadie lo ayudaba. Hasta que yo lo encontré. Le tendí mi mano y él aceptó. Y lo traje aquí para darle un futuro, una vida, y un dueño que le dé el amor que merece.

Varias personas del público emitieron una exclamación conmovida y aplaudieron.

—¿Qué les parece nuestro Ángel Caído? Está sano. Es fuerte. ¡Miren qué ojos, como perlas en el mar, como lunas llenas en la noche! No les engañaré. No es un chico fácil. Cuando te clava su mirada de lobo siberiano, te presenta un reto: “Acércate, y verás si muerdo”. Sabe darte esa emoción, esa sensación de riesgo. Y miren su precioso cabello natural, del color de las hojas de otoño. Su piel, clarita, pero no pálida, tersa como un melocotón… ¡Ah! No sabe hablar nuestro idioma. Por lo que su dueño tendrá que comunicarse con él de otras formas más primitivas, heheheh, no sé si me entien-…

—¡Cien mil dólares! —exclamó de repente una mujer del público, interrumpiendo a Paku.

—Señoras y señores, la puja comenzaba desde ochenta mil… —sonrió Paku.

—¡Muchos sabemos que algunos aquí ya iban a sobrepasar esa cifra! ¡Vayamos al grano! —impugnó aquella mujer.

—¡Ciento diez! —gritó otro hombre.

—¡Ciento veinticinco! —dijo otro.

—Se… señores, si vamos con un poco de orden… —trató de calmar Paku, pero sólo era por mantener los modales, pues nada podía emocionarle más que todos esos gritos de números y números, cada vez más altos.

Se formó un alboroto en la sala. La obsesión con el niño de ojos grises se volvió enfermiza. Pero entonces… el hombre corpulento de la primera fila se empezó a levantar de su butaca especial de doble espacio. Le costó un poco, pero cuando finalmente se puso en pie, toda la sala se quedó en silencio. Los demás compradores, que habían comenzado a pelearse por apoderarse del último niño, nada más ver a ese tipo en pie, de pronto desistieron de inmediato, con gestos de fastidio, susurros de protesta, y volvieron a sus sitios, dando su oportunidad por perdida. Era como si ya supiesen lo que eso significaba.

El hombre de la careta del Hotei de oro caminó hacia los escalones a un lado del escenario y los subió. Paku, todavía junto a Neuval, agarrándolo de la nuca, lo esperaba con una sonrisa y una emoción contenida. Neuval vio a ese tipo enorme acercándose a él con pasos pesados y lentos. Se puso nervioso, pero Paku le clavó las uñas en el cuello como advertencia y lo obligó a mirar hacia el obeso para que este pudiera contemplarlo mejor.

El tipo se detuvo. Observó al niño. En toda la sala seguía reinando el silencio, hasta que Paku, algo impaciente, habló:

—Como siempre, es un honor tenerlo de nuevo aquí, en nuestra humilde exposición, Hombre Dorado —dijo mediante el micrófono, y acto seguido lo acercó al rostro del tipo obeso—. Estamos ahora en doscientos mil. ¿Quiere decir algo al respecto?

El Hombre Dorado se quedó unos segundos en silencio mientras Paku seguía sosteniendo el micrófono frente a su careta. Neuval alcanzó a ver sus ojos negros a través de los agujeros de esta. No parpadeaban, y no paraban de mirarlo, con una grotesca y aterradora lascivia. Se oyó al tipo coger aire…

—¡No es justo, Hombre Dorado! —gritó de repente un hombre del público, flaco y larguirucho, de pelo entrecano despeinado asomando alrededor de su careta de búho—. ¡Siempre te quedas con lo mejor!

—S… Señor Orlov, por favor… —intentó apaciguar Paku, sin borrar esa falsa sonrisa amable.

—¡Deberíais poner a este de alquiler, Paku, no en venta! —insistió aquel—. ¡Todos tenemos derecho a jugar con un muñeco como él! ¡Habla con tu madre!

—¡Es verdad! —exclamaron más personas del público—. ¡Ponedlo disponible para turnos de alquiler!

La sala se llenó de voces otra vez. Pero estas se silenciaron una vez más cuando el Hombre Dorado se inclinó hacia el micrófono.

—Trescientos mil —dijo sin más.

Neuval no se esperaba esa voz. Su voz sonaba suave y algo aguda. Entonaba con una extraña delicadeza o timidez. Era como oír a un hombre intentando imitar la voz de un niño.

Otra vez la sala se llenó de gritos de fastidio. El resto del público lo dio definitivamente por perdido, pero muchos de los compradores se quedaron conformes con sus nuevas adquisiciones anteriormente presentadas. Nadie esperó oír algunas palabras de cierre de la presentación porque todos ya sabían que ese era el final de la subasta, y se fueron levantando de sus butacas y saliendo por la puerta principal de la sala. Al parecer, la mayoría eran clientes habituales.

—¡Gracias! ¡Gracias por su participación, señoras y señores, una vez más! —se apresuró a decir Paku por el micrófono—. ¡Les recordamos a los afortunados que han logrado hacerse con nuestros productos de esta noche que sus nuevos juguetes los esperan dócilmente en sus suites asignadas, todo preparado a su gusto! ¡Disfruten!

Neuval estaba temblando en medio del escenario. No sabía a dónde se había ido su templanza, su astucia y su hostilidad, pero su habitual fuerza mental le había abandonado y sólo sentía el cuerpo helado y temblores. Su iris desentrenado ya lo había dejado confuso, o con emociones dispares, o completamente anulado e impotente otras veces, pero esta vez le costó más que nunca evitarlo y recuperar la entereza. Ciertamente se había hecho más difícil en los últimos meses. Sea lo que sea que tuviera en la mente, esa energía nueva, ni blanca ni negra, sino caótica y gris, le estaba pasando factura y haciéndole sentir y desear al mismo tiempo cosas muy contrarias, hasta el punto de paralizarlo.

Le tembló aún más el cuerpo cuando el Hombre Dorado agarró uno de sus brazos y se lo fue llevando hacia la salida de la sala. Le apretaba con demasiada fuerza y le estaba haciendo daño. Y además le sudaban las manos. Neuval estaba tan asqueado como atemorizado. En un impulso inconsciente y totalmente instintivo, aprovechó esa mano sudorosa para soltarse de ella de un tirón, y logró liberarse justo cuando salieron por la puerta. Acto seguido, echó a correr por aquel pasillo.

—¡No se preocupe, Hombre Dorado! —se apuró Paku, bajando del escenario de un salto—. ¡Ya dije que este niño se hacía el difícil, ¿no?! ¡Hehehe…! ¿No lo hace aún más adorable? —le dijo al pasar por su lado, y siguió corriendo como un descosido detrás del niño—. ¡Se lo traigo enseguida, señor!

El Hombre Dorado se quedó ahí en la puerta de la sala, quieto y en silencio.

—Adorable… —murmuró con su vocecilla aguda.

Neuval no tenía intención de huir de aquel lugar. Seguía teniendo metido en la cabeza el indudable deber de sacar a los demás niños. Y además, no tenía las llaves que abrían las puertas principales que comunicaban las diferentes alas de ese complejo hasta la salida al exterior. Necesitaba coger algo con lo que poder protegerse, por lo que regresó a la sala de lavado donde antes ocultó la navaja. Tuvo suerte, al menos, de que no había nadie por esa zona y de hallarla justo donde la escondió en la pequeña sala de lavado, además del imperdible y de las cerillas.

Volvió a engancharse la navaja plegable bajo el pelo. Si se la guardaba entre la ropa, había más probabilidades de que sus captores la descubriesen si le volvían a agarrar o a tocar. Las cerillas y el imperdible sí que tuvo que ocultarlos en la ropa, por lo que los metió en su calcetín de estilo tabi.

Como una de las plumas blancas que le habían colocado en su peinado se le había caído en uno de los pasillos antes de llegar a la habitación de lavado, Paku no tardó en seguirle el rastro y en encontrarlo ahí, agachado en el rincón entre una pared y una estantería metálica llena de toallas dobladas. Venía hecho una furia, enseñando sus feos dientes apretados, y los puños. Para cuando Neuval terminó de ocultar la última cerilla en el calcetín y darse la vuelta, el hortera ya llegó hasta él y no le dio tiempo a evadirlo.

Lo agarró del pelo con tanta fuerza que el niño sintió que le partía el cuello. Paku no estaba para más tonterías. Lanzó a Neuval contra la pared. El golpe fue espantoso, Neuval gritó con dolor cuando cayó al suelo. Pero esto no era desconocido para él. Se aguantó el dolor y las lágrimas, tenía que ser fuerte, se dijo.

—¿¡Te creías que esconderte ahí, agachadito en ese rincón, te haría invisible o algo así!? —le gritó Paku, volviendo a tirarle del pelo, y empezó a darle repetidas bofetadas, no demasiado fuerte para evitar crearle moratones, pero sí terriblemente frustrantes y molestas—. ¿¡Eh!? ¡Y yo que creía que eras un listillo…! ¡Eres más tonto que las piedras! ¡Tonto! —Neuval intentó zafarse con los brazos, pero eso enfadó más a Paku, que le agarró una de sus manos, apretando muy fuerte—. Parece que tienes demasiada resistencia a las drogas, las de la cena veo que no han sido suficientes. ¿Sabes? Podría llamar a mis compañeros aquí para que traigan una dosis doble e inyectártela bien profundo, pero al Hombre Dorado no le gusta esperar ¡y a mí tampoco! Así que recurriré al método más rápido y efectivo de obediencia.

—¡Aaaahhh!

Neuval agonizó de dolor cuando Paku le torció dos dedos de la mano, el meñique y el anular. Aquello no se lo esperó. Reaparecieron los fogonazos en su mente, sintió furia y a la vez terror, ira y tristeza, agresividad y rendición, humillación y agotamiento. Su iris estaba sucumbiendo a la locura, no sabía por dónde guiar a su dueño para salvarlo. Monique volvía a aparecer en sus párpados cada vez que cerraba los ojos, la imagen de su cadáver, y la del monstruo de Jean, mirándolo como una terrorífica sombra negra con dos ojos de luz plateada, acercándose a él, cada vez más, cada vez…

Su mente se quebró bajo tanto peso y al final Neuval se echó a llorar. No pudo contenerlo más. No tenía control. Sólo quería llorar por sus dedos rotos, por haber sido raptado, encerrado, golpeado, abusado, vendido… Por Song y los otros niños, no diez, ni veinte, sino los millones de niños que sufrían monstruosidades cada día desde que el ser humano existe… Por haber sido descuidado al salir del callejón solo cuando no debía… Por esos siete meses de viaje por el mundo, para sólo ver y aprender que el mundo estaba aún más enfermo de lo que imaginaba y las pocas personas buenas que había apenas podían brillar entre tanta oscuridad… Por esos diez años de vida miserables, odiado por su madre, maltratado por su padre, abandonado por su hermana…

—¡Eso es! ¡Llora! —le gritó Paku—. ¡Aprende de una vez! ¡Esto es lo que pasa cada vez que te portes mal! ¡Y no hace falta que hablemos el mismo idioma para que entiendas perfectamente lo que te estoy diciendo!

—Lao… —sollozaba el niño, llamando inconscientemente a la única persona con la que se había sentido a salvo.

—¡Vuelve a intentar escapar o a crear problemas, y te partiré otros dos dedos!

Paku lo arrastró de regreso a la zona del edificio que parecía un hotel. Neuval se dejó llevar, sujetándose la mano herida contra el pecho, con los ojos enrojecidos e intentando recuperarse del shock. Para cuando recobró algo de razón, Paku lo soltó bruscamente dentro de una habitación.

Era una habitación grande, una suite, con una temática perturbadora. Todo estaba decorado como si fuese la habitación de un niño. Había juguetes típicos, como un balón de fútbol, un tren de madera, un oso de peluche y otros muñecos, construidos a escala gigante.

Lo que a Neuval le cortó el aliento fue ver al fondo de la habitación al Hombre Dorado sentado en una cama grande, únicamente vestido con un albornoz de seda y manteniendo su máscara de Hotei de oro tapando su rostro. A ambos lados de su cuerpo, tenía a los hermanos Pim y Gon, a los que amparaba bajo un brazo cada uno como si fuesen sus dos peluches preferidos. Pim y Gon miraron a Neuval. Se podía notar el terror en sus ojos. Estaban muy asustados y quietos, mientras el Hombre Dorado acariciaba sus cabezas.

—Aquí lo tengo, Hombre Dorado, señor —le sonrió Paku con varias reverencias—. Viene con una pequeña lesión en los dedos, el pobrecito se ha hecho daño mientras corría. Espero que no le importe. Seguro que usted lo ayudará a curarse.

—Yo curo muy bien las pupitas —habló el obeso hombre, con su vocecilla aflautada.

—Apuesto a que sí, señor. Se lo dejo aquí en su corralito —metió a Neuval dentro de un pequeño recinto de la habitación cercado con una valla de tablas cortas y de colores, como el típico corralito para bebés, y lo encadenó a la pared con un grillete de acero, la muñeca de su mano herida—, hasta que esté preparado para jugar y portarse bien.

El Hombre Dorado hizo un asentimiento conforme con la cabeza. Paku se despidió con otra inclinación y salió de la habitación, dejándolos solos. Neuval intentó librarse del grillete tirando de él, pero no había manera. Se dio la vuelta para ver qué pasaba con Pim y Gon, preguntándose qué demonios estaba haciendo ese hombre con ellos, por qué todo era tan raro y tan espeluznante y vomitivo. Por qué algo así existía en el mundo. Tantas mentes así de retorcidas.

No quería estar en el lugar de ellos, no quería llamar la atención de ese demente. Se quedó agazapado en el corralito, con la mano atada a la cadena de la pared. No sabía qué hacer. Pensó que quizá ese tipo quería jugar con esos hermanos a algún tipo de juego raro, a imaginar que eran juguetes o animalitos y hacer algún tipo de teatro, y que después, cuando se cansase, los dejaría en el corralito con él y se iría a dormir a su cama.

Sin embargo, a los pocos minutos vio al Hombre Dorado ponerse en pie. Dio la espalda al corralito para ponerse frente a Pim y Gon, aún sentados en el borde de la cama. Entonces, se quitó el albornoz y quedó completamente desnudo. De espaldas parecía un bebé gigante, era calvo y no tenía ni un vello, y tenía michelines por todas partes. A Neuval no le asqueó ver ese cuerpo desnudo, sino el hecho de que ese adulto se exhibiese así delante de dos niños sin pudor alguno.

—¿Qué haces…? —murmuró Neuval, empezando a alarmarse, a odiar lo que estaba viendo.

El Hombre Dorado posó una mano sobre la cabeza de Pim y sobre la de Gon, y empezó a tirar de ellos, acercándolos a sí mismo, hacia una parte de su cuerpo. Los dos niños se resistieron un poco, negaban con la cabeza, miraban para otro lado, pero estaban demasiado asustados como para ofrecer más resistencia. El Hombre Dorado insistía, siempre suave y paciente, al principio.

—Para… —murmuraba Neuval desde el otro lado de la habitación, cada vez más horripilado.

Pero cuando el hombre vio que no conseguía que los dos hermanos acercasen sus rostros a su entrepierna por las buenas, comenzó a sacar a la luz a su monstruo interior. De repente, agarró a los dos niños del cuello y empezó a ahorcarlos.

—¡No! —Neuval se levantó del suelo—. ¡Para! ¡Déjalos! —trató de ir hacia allá, pero el grillete no le dejaba—. ¡No hagas eso! ¡Suéltalos!

El Hombre Dorado soltó a los dos hermanos al oír los gritos de Neuval, y se giró hacia él lentamente, mirándolo a través de su careta.

—Jugar —dijo.

Neuval intentó descifrar esa palabra. No tardó en recordarla, era una de las muchas del vocabulario básico que había estado aprendiendo hace unas horas en su callejón. Había varios significados para esa pronunciación, pero por el contexto sabía cuál era el correcto.

—¡Yo…! Eh… —trató de decirle—. Wo…! Wo wán! —logró pronunciar, señalándose a sí mismo—. ¡Yo juego! Wo wán!

El Hombre Dorado se mostró muy contento de escuchar eso, parecía que lo había estado esperando. Se acercó al corralito con una llave, con su cuerpo desnudo y ondulante, y le quitó el grillete. Lo agarró de un brazo, tan fuerte como antes, pero Neuval se aguantó el dolor y se dejó llevar por él hacia la cama. Pim y Gon se apartaron de ahí, haciéndose a un lado, frotándose el cuello dolorido y observando con miedo y sorpresa a Neuval.

Lo obligó a sentarse en el borde la cama. Neuval se quedó ahí paralizado, muerto de miedo, y de nervios. La imagen que tenía justo delante era muy desagradable y sólo podía mantener la vista clavada a un lado, en un rincón de la habitación. El tipo obeso le acarició la cabeza y la cara con el dorso de las manos como si acicalase a un muñeco bonito. Sostuvo su cabello en las manos, y lo deslizó entre sus dedos. Mientras lo hacía, emitía leves gemidos de asombro y aprobación. Entonces, lo agarró de la barbilla, apretando los dedos en sus mejillas. Neuval dio un respingo cuando entendió sus intenciones de acercarle la cara a ese lugar, y se echó para atrás, agarrando la mano de él e intentando que le soltara. Pero el Hombre Dorado lo sostenía con tanta fuerza que Neuval se estaba clavando los dientes por la parte interior de las mejillas, y seguía tirando de él hacia sí.

—No… —murmuró el niño, resistiéndose.

—Ju… gar… —pronunció el hombre, mostrándose cada vez más enfadado y violento.

Como no consiguió que Neuval le obedeciera, el hombre se hartó y fue mucho más agresivo que con Pim y Gon. Agarró a Neuval del cuello y lo empujó contra la cama, y él se puso encima, aplastándolo con su enorme y sudorosa barriga. Neuval volvió a entrar en pánico al no poder respirar, se estaba ahogando. Oyó a uno de los dos hermanos, el menor de ellos, echándose a llorar, mientras el mayor lo abrazaba y también sollozaba.

Neuval intentó todo lo posible por zafarse de esa mole. Lo golpeó en la careta con las manos, que por lo visto estaba totalmente pegada a su rostro, incluso intentó darle manotazos en las orejas, que era un modo común de producir daños en el tímpano y de aturdir al enemigo, pero ese tipo era inmutable. Lo arañó también, y nada. Sus dedos torcidos tampoco ayudaban. Su corazón latía a toda velocidad, le dolía la cabeza y todo el cuerpo, y estaba perdiendo el conocimiento. Eso era lo que el Hombre Dorado pretendía, dejarlo inconsciente para después hacer con él todo lo que quisiera.

No podía dejar de pensar en Monique, y en Lao… Entonces vio a Jean convertido en una gran sombra negra con dos ojos iluminados como lunas llenas, y algo dentro de Neuval se rompió una vez más.

No fue su mente, ni su iris, pero su cuerpo reaccionó instintivamente como último recurso, utilizando lo que tenía escondido bajo el pelo, que antes el miedo y el pánico le habían impedido recordar. Cuando el Hombre Dorado emitió un jadeo de satisfacción, viendo como los ojos de su muñeco se cerraban, Neuval se llevó una mano a la nuca, cogió la navaja, y en una fracción de segundo la deslizó sin miramientos por el seboso cuello de su agresor.»





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