1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
«Tres días después del exterminio de aquella organización criminal, reinaba una paz nueva en la ciudad. Sus gentes seguían atestando los mercadillos, llenando las calles de coches, pitidos, actividad y movimiento, acompañado por unas fuertes lluvias. Pero esa paz nueva que reinaba provenía de la ausencia de algo. La ausencia de algo malo. Algo malo que había desaparecido de las calles. Los niños que jugaban por las calles, o que vivían en ellas, ya no corrían peligro. La amenaza de la trata de menores se había evaporado.
Una enorme figura envuelta exageradamente en dos chubasqueros venía corriendo por una calle de un modesto barrio de viviendas individuales y edificios pequeños. Al entrar por la puerta de una clínica, se quitó las dos capuchas y gritó contra el techo.
—¡Aaargh! ¡Odio esta época del año, aaaaahhh…!
De repente se dio cuenta de que había varias personas ahí en la sala de espera, sentadas en los banquitos de la entrada, algunas leyendo revistas y otras charlando con sus acompañantes. Todas se quedaron mudas mirándolo con susto.
Lao carraspeó con disimulo enseguida, reponiéndose, un poco avergonzado.
—Mis disculpas —se inclinó un poco y se fue rápidamente por una puerta del fondo junto al pequeño mostrador de recepción, donde la recepcionista le hizo un gesto de asentimiento. Además de trabajar para el dueño de esa clínica, que era el iris Shokubutsu de la HRS, ella era una almaati de la misma.
Tal como había estado haciendo durante esos tres días, Lao caminó por un pasillo blanco y se dirigió a la habitación de siempre. Era una clínica pequeña y no había muchas habitaciones, ya que el Shokubutsu que la dirigía era un médico de cabecera que sólo hacía consultas y tratamientos de dolencias comunes y no graves. Pero también usaba su clínica para otro fin y para otros tratamientos… menos humanos. Los iris de la ciudad venían aquí a curarse de las heridas de batalla cuando no debían mostrar tales heridas en un hospital humano.
Lao se encontró con la habitación vacía. La cama estaba deshecha. Casi le dio un vuelco el corazón. Se fue corriendo por otro pasillo hacia el despacho del Shokubutsu, pero se topó con este nada más doblar la esquina, chocándose y tirándole una carpeta donde estaba apuntando cosas.
—Ah… No, adelante —dijo el Shokubutsu con sarcasmo, un hombre en la cincuentena de edad, calvo por arriba y con bata blanca—. Ignoremos los tres carteles que he taladrado por las paredes con la prohibición de correr por mis pasillos escrita con letras gigantes.
—Lo siento, perdona —se apuró Lao, recogiendo su carpeta del suelo—. Es que he visto que no está en la…
—Despertó por fin, hace tres horas, a la hora de comer —le tranquilizó el otro, poniéndose a apuntar cosas en sus hojas de nuevo—. Suerte que sabe hablar inglés. Le he explicado lo que ha pasado y dónde está, y que ha estado inconsciente tres días. He analizado su estado mental. Está calmado, ha comprendido fácilmente lo que le he contado y mantiene el juicio estable. La verdad es que no me esperaba que recuperara un estado mental tan centrado y tranquilo después de… la otra fatídica noche —suspiró—. Y con un iris de siete meses sin tratar. Alvion va a estar muy entretenido cuando se lo lleves.
—¿Pero dónde…?
—Ah, no ha querido comer nada, por cierto. Le he dado libertad para moverse siempre que cumpliera las normas. Se encerró en un baño durante media hora. Salió después, pero sin su larga cabellera.
—¿Eh?
—Se ha cortado el pelo. Él solo. Parece que es algo que ha sentido la necesidad de hacer. Ya sabes qué significan este tipo de comportamientos, las personas hacemos cosas así cuando nos sentimos en conflicto interno y…
—Y buscamos la forma de volver a sentirnos cómodos con nosotros mismos mediante un cambio de aspecto, sí —asintió Lao pacientemente—. ¿Pero dónde…?
—Yo soy incapaz de cortarme el pelo a mí mismo sin hacerme un destrozo —volvió a interrumpirle el doctor—. Él se lo ha dejado bastante bien. Es muy diestro.
—Pero si estás medio calvo…
—Además, ha tenido el detalle de recogerlo todo y dejar el baño tan limpio como lo encontró. Me cae bien, el muchacho.
—¿Y dónde…?
—En la azotea, Kei Lian, que no me escuchas. Me ha pedido que lo dejara solo. Se ha subido a la azotea. Lo he estado vigilando. Lleva dos horas y media sentado allí mirando al horizonte. Y ya sabes lo que eso significa. Parece calmado por fuera, pero…
—Ya, ya… —lo frenó Lao, cansado—. Conflicto interno. Eso es buena señal. Significa que su forma de sentir sigue funcionando como debe.
Lao se dirigió entonces a otra puerta que llevaba a unas escaleras. El edificio era pequeño, tenía tres plantas, siendo la baja la clínica, la primera la propia vivienda del Shokubutsu y la tercera la usaba de almacén de equipo médico, y de armas.
La azotea estaba acomodada como un patio. Estaba vallada y había bancos, y un montón de plantas diversas en grandes macetas, lo propio de un iris Shokubutsu, claro. También, una parte de ella estaba cubierta por un tejadillo para proteger del sol, o de la lluvia.
Neuval estaba sentado en un banquito bajo este tejado, viendo la lluvia caer sobre la ciudad. Lao no sabía de qué forma acercarse, no sabía si se encontraba mal o algo, o si lo iba a molestar en su meditación...
—Mm… ¡Hey! Te queda bien ese corte de pelo —le dijo.
Neuval se giró al oírlo. Al principio tenía una cara inexpresiva, cansada, con ojeras. Pero cuando vio a Lao, de repente se le iluminó la cara y se le formó una gran sonrisa. Cuando Lao vio esa reacción de alegría en él por verlo, se sintió feliz. Pero, por alguna razón, Neuval borró la sonrisa y se sonrojó un poco, y volvió a mirar al frente con disimulo. Parecía que seguía dándole un poco de vergüenza mostrarse demasiado emocional. Siguió observando el horizonte cuando Lao se sentó a su lado.
—Me alegro mucho de verte despierto, Neuval. Ya me estabas preocupando.
—Es la primera vez que duermo tanto tiempo.
—Lo necesitabas. ¿Qué tal tus dedos?
—Ah… Ya están bien —le mostró la mano, donde Paku le torció dos dedos—. Ya estoy bien —repitió con voz más apagada, volviendo a perder la mirada en el paisaje.
Lao detectaba en él esa pequeña inquietud, esa pequeña incomodidad. Era lo normal después de una experiencia traumática. El niño estaba todavía asimilándolo todo. En ese momento, Lao lo vio arrugando el ceño en medio de sus pensamientos.
—¿Tienes preguntas?
—Es que… Bueno… Estaba acordándome de una cosa rara que me pasó. Es que, cuando me tumbaron en una camilla, me pusieron una máscara de anestesia.
—Hah… qué miserables… —farfulló Lao.
—Pero no me dormí. No me hacía efecto. Al final tuve que fingir que me dormía porque, si no, me inyectarían algo en vena y eso sí que me haría efecto. Igual que cuando me raptaron en el callejón. Primero intentaron dormirme poniéndome un trapo en la nariz, que olía a algo raro. Pero como no me hacía nada, me pincharon. Me parece una ventaja fantástica, que el iris te haga inmune a oler venenos.
—El iris no te hace inmune a la anestesia, al cloroformo o a otros gases, yo desde luego no soy inmune a eso —objetó Lao, frunciendo el ceño—. A no ser que seas un… —se quedó mudo, cayendo en la cuenta, y miró de nuevo al niño con sorpresa—. Ostras…
—¿Qué?
—Heh… —sonrió el hombre—. Qué interesante… Creo que después de tantos meses, al final has acabado desarrollando afinidad por un elemento por ti mismo… —se dijo en voz baja.
—Quería preguntarte otra cosa —dijo Neuval entonces—. ¿Qué significa Yuánlái ni shì yigè zhenzhèng de tian shi?
—¿Eh? Eso significa: “Resulta que sí eres un ángel de verdad”. ¿Por qué lo dices, dónde lo has oído?
Neuval no contestó. Era la frase que Song le había dicho cuando estaban en el pasillo oscuro esperando a salir al escenario. En ese momento, ella estaba mirando la leve luz de su ojo.
—Hiciste algo increíble, Neu —comenzó a decirle Lao, abordando más el tema—. Los niños que salvaste nos lo contaron todo. Eres un héroe para ellos. Fue realmente increí-…
—No lo es —le interrumpió, observando fijamente la lluvia.
—¿Eh?
—Rescatar a los otros niños no es increíble. Es lo que se debía hacer. Rescatar a los otros niños es lo normal. O debería serlo.
A Lao le asombró conocer ese punto de vista suyo. Sonrió con calidez.
—Es verdad. Debería ser lo normal. Lo que debería poder hacer cualquiera. Pero no siempre es fácil para todos, Neuval. Combatir el mal debería ser lo normal, pero eso no significa que no tenga mérito el hecho de hacerlo, y más, el hecho de tener éxito. Actuaste de una forma extraordinaria. Con tu edad, tu condición física actual, también mental, los recursos que tenías a mano, la situación que te rodeaba… Supiste organizar cada acto, y guiar a esos niños hacia la salida. Ser un iris va a ser pan comido para ti.
—Fue un fracaso…
—¿Qué? —se sorprendió de que de repente dijera eso—. Neu…
—Debía salvar a nueve niños. No a ocho. Song esperaba que la salvase, me estaba esperando… —su voz seguía sonando calmada, pero sus ojos se le empañaron—. Le fallé…
Lao posó una mano sobre su cabeza con cariño, como consuelo. Neuval sollozó un poco, pero se forzaba a serenarse.
—No siempre es fácil —le dijo por segunda vez—. Las victorias no siempre suelen ser completas. A veces son parciales. Pero no por ello tienen menos valor. No sólo hiciste todo lo que pudiste, Neu, hiciste mucho más. A veces la vida te pone esas dos opciones: o salvas a ocho de los nueve, o no salvas a ninguno. Por supuesto, esto da rabia, y no es justo. Pero es superior a nosotros. Y para seguir adelante y no rendirnos, necesitamos aprender a valorar la mejor opción de las dos.
—Pues… —dijo el niño, y se puso en pie de un salto, poniéndose frente a él, mostrándose desafiante—. ¡Pues…! ¡Yo no quiero esas dos opciones! ¡La próxima vez perseguiré la tercera opción y la haré realidad! ¡Siempre perseguiré la victoria completa! ¡Una victoria parcial no es aceptable!
Lao se quedó mudo ante esa repentina rabieta. Esas palabras le recordaron mucho a Hideki. No pudo evitar sonreírle con orgullo.
—No seas demasiado duro contigo mismo, Neu. Recuerda cuidar de ti mismo también. Las personas que te quieren lo necesitan.
—La única persona que me quería está muerta —suspiró con cansancio, volviendo a sentarse en el banco con el cuerpo alicaído, y se quedó un rato en silencio, mirando absorto las montañas del fondo—. Yo no merezco ser querido…
De pronto notó una quemadura en el trasero.
—¡¡Ah!! —gritó, saltando del banco con gran susto, y se llevó las manos al trasero, notando que el pantalón de pijama que le habían dado en la clínica tenía un agujero chamuscado. Después vio a Lao con el dedo índice levantado echando un humillo y mirándolo con una cara que pretendía estar muy enfadada pero se veía graciosa—. ¿¡De qué vas!?
—Tente un poco de respeto —le reprimió Lao—. Más te vale no decir esas cosas de ti mismo a partir de ahora, porque si no Ming Jie te hará algo peor que quemarte el trasero. ¡Y la pondrás muy triste!
—Pe… —Neuval estaba confuso—. ¿Pero por qué ella… por qué ella iba a oírme decir…?
—Neuval, escúchame —Lao se levantó del banco también, para arrodillarse delante de él, sujetarlo de los hombros y mirarlo fijamente a los ojos—. Necesito decirte algo importante.
—¿Q… qué es?
—Me gustaría que te vinieras conmigo —le acabó pidiendo.
—Ah… —entendió—. Ya… Oye… Está bien, no hace falta que intentes convencerme más. Cuando el otro día me dijiste que este iris mío sin entrenar podía acabar provocando una desgracia sin que yo pudiera darme ni cuenta… en ese momento ya me habías convencido, ¿vale? No quiero más desgracias, mucho menos por mi mano. Iré contigo a ese templo o monte o lo que sea, haré ese entrenamiento. Espero que tengas razón y de verdad me ayude. Porque después de estos siete meses, ya no soporto más convivir con mi propia mente. Quiero que cambie. Quiero poder volver a dormir por las noches. Quiero… hacer algo más que sobrevivir, huir o esconderme…
A Lao le sorprendió oír que ya se había decidido por sí mismo respecto a ese asunto, y eso le alegró mucho. Pero, por otro lado, no le parecía algo tan inesperado. Ese niño ya le había demostrado varias veces que tenía un fuerte sentido común pese a su edad. Si bien a veces se dejaba llevar por el mero instinto o las emociones en determinadas situaciones, también sabía razonar las cosas importantes. Pensó que, probablemente, la parte que le había convencido era lo del “factor imprevisible” del iris sin tratar, y que eso le había recordado a su propio padre, Jean. Y que la sola idea de parecerse a Jean o hacer algo similar a lo que él hizo le aterraba.
—Eso es genial. Me alegro de que quieras hacerlo e ir por ti mismo —le sonrió Lao, pero brevemente porque volvió a mirarlo con más reparo y precaución—. Pero… me refería… a que me gustaría llevarte conmigo a casa.
—¿Qué? —abrió los ojos con desconcierto—. ¿Para qué?
—Pues… para que vivas ahí. Con nosotros.
—¿Es…? ¿¡Estás loco!? —se puso nervioso—. No quieres que viva con vosotros.
—Te estoy diciendo que sí.
—No sabes lo que dices —se apartó de él, dando un paso atrás—. No me conoces.
—Sí lo suficiente.
—No, sabes muy poco en realidad.
—No importa. Podemos continuar conociéndonos más, tenemos todo el tiempo del mundo para hacerlo. Pero, en lugar de hacerlo en ese callejón o en las calles, podemos hacerlo viviendo juntos. Como una familia.
—¡Para! —le pidió, y volvió a agarrarse de la camiseta del pijama y a retorcerla, como solía hacer cuando se sentía así, con aire perdido y confuso—. Yo…
—¿Qué te da tanto miedo? Mi mujer, mi hijo y yo jamás te haríamos daño.
—No es eso… —murmuró el chico, le temblaba la voz.
Lao lo miró sin entender, pero no le dijo nada más, viendo que se ponía más nervioso cuanto más hablaba. Le dio su tiempo para explicarse. Pero Neuval seguía retorciéndose la camiseta, parecía alterado, pero también dubitativo, indeciso, como si estuviera reprimiendo un deseo, reprimiendo una vaga ilusión con la que él ya se había aventurado a soñar alguna vez, porque para él la cruda realidad pesaba más.
—No estás obligado a nada, Neuval —le explicó Lao, con un tono muy tranquilo—. No estás obligado a abandonar la calle y venir conmigo, igual que no estás obligado a permanecer en mi casa si después de un tiempo de prueba no te gusta.
Esas palabras calmaron un poco al niño, pero seguía con un nudo en la garganta.
—No sé cuánto tiempo tardará Alvion en evaluarte y aceptarte en el entrenamiento. Al no haber captado el nacimiento de tu iris como con el resto, tendrá que examinar primero la razón, examinar tu iris, si es que tiene algún fallo o algo diferente, y evaluar si el entrenamiento es apto para ti y viceversa… Sin duda allí, en el Monte Zou, durante el entrenamiento, dispondrás de comida, alojamiento, uniforme, y todo lo que quieras, pues allí se cuida muy bien de los iris. Y después del mismo, se te facilitará una vivienda en el país que desees, o compartirías una con algún compañero iris de la RS que escojas, y ganarías tu propio dinero trabajando en las misiones. Podrías vivir solo, por tu cuenta, si quieres, así lo hice yo tras perder a Kai Shen y después de finalizar mi entrenamiento con 11 años. Pero… hasta que te den el visto bueno y empieces tu año de entrenamiento… puede pasar un tiempo. Semanas, meses… no sabría decirte cuánto tiempo tendrías que esperar. ¿Querrías continuar viviendo en la calle durante esa espera?
—Es mejor así. Es mejor que me dejes aquí. No deberías llevarme a tu casa con tu familia.
—¿Es porque te da vergüenza?
—No…
—¿Pues entonces por qué?
Neuval cerró los ojos con fuerza, pero al final no pudo contenerlo más.
—¡Porque hay algo que está mal dentro de mí! —exclamó finalmente, soltando lo que quería reprimir—. ¡Y desde mucho antes de que me brillara este ojo! Desde siempre ha habido algo en mí que no está bien… ¡Y ahora no me empieces a decir que no es verdad, sólo para hacerme sentir bien! Porque yo sé que es verdad, yo me conozco a mí mismo, y tú no, así que no me empieces a decir palabras amables y llenas de ignorancia de que no hay nada malo dentro de mí porque sí lo hay.
—¿Qué es lo que está mal dentro de ti?
—Pues que… Yo… no soy una buena persona.
—A mí me pareces un chico estupendo.
—¡Pero no siempre soy así! Hay veces que… —buscó las palabras, pero ni él mismo sabía explicarlo—. Hay veces que… no soy bueno. A veces… me enfado y no puedo frenarme… o… a veces incluso me gusta… hacer cosas malas… —miró a Lao, y como este seguía con esa cara de completa tranquilidad, Neuval se enojó—. ¡No lo entiendes! ¡Pero es cierto!
—Bueno. Si me dices que hay algo malo dentro de ti desde que naciste, que tienes problemas de conducta o raras adicciones, yo te creo —se encogió de hombros—. ¿Y?
—¿C… cómo que “y”?
—¿Y qué pasa con eso?
—¡Pues que… no puedo vivir con tu familia! ¡Sólo seré un problema para vosotros!
—¿Y qué? Los problemas están para buscarles una solución y eso es prácticamente la esencia de mi trabajo. Y de mi vocación.
—¿Crees que puedes solucionar lo que está mal dentro de mí? ¿Crees que vas a poder arreglarme y a convertirme en alguien bueno?
—No se trata de decidir si “podré” o “no podré”, se trata de decidir intentarlo y punto. Y si es lo que tú quieres, yo te ayudaré.
—¿¡Por qué querrías llevar a tu casa un problema!? ¡No me da miedo que vosotros me hagáis daño, sino al revés!
—Quiero llevarte a ti, Neuval. Con tus defectos y virtudes incluidos. Te olvidas de las gigantescas virtudes que también posees y con las que me has sorprendido más de una vez. Y por eso, sé que tú nunca nos harás daño a nosotros. No intencionadamente. Si alguna vez nos hicieras daño por accidente, ¡no importa! —lo agarró de los brazos nuevamente, mirándolo firmemente a los ojos—, porque hablaremos de ello, lo trataremos juntos, curaremos las heridas juntos y buscaremos juntos la forma de ir mejorando. Si hay algún problema que solucionar, lo solucionaremos juntos. Neuval. ¿Lo entiendes?
Los ojos del niño comenzaron a empañarse. Pero quería seguir negándose. Estaba demasiado asustado ante aquella oportunidad.
—Cuando veas que soy un problema con el que no puedes lidiar y que no puedes soportarme más, querrás que me vaya. Cuando veas lo horrible que soy en realidad, me echarás de vuelta a la calle.
—Jamás.
La voz de Lao fue determinante y poderosa al pronunciar esa palabra, pero no tanto como la mirada de sus ojos negros, tan sólida y segura que la insistente negación de Neuval empezaba a doblegarse y a encogerse.
—Me echarás de casa… Me abandonarás… Y tendrás razón al hacerlo…
—Jamás.
—Eso dices ahora…
—Neuval. Si yo decido adoptarte como a un hijo, estoy tomando la decisión de por vida de convertirme en tu padre. Y si después de eso yo algún día rectificara y decidiera echarte o abandonarte, me apuntaré con una pistola en la sien y apretaré el gatillo. Porque si yo hiciera algo tan horrible como abandonar a un hijo, no mereceré seguir respirando.
—Pero… ¿cómo puedes decir eso…?
—Sé que no lo entiendes todavía, Neuval, ya me he dado cuenta durante estos días de que el concepto de “familia” y la relación entre un padre y un hijo en su sentido más verdadero y auténtico son conceptos totalmente desconocidos para ti. Igual que lo eran para mí. Has crecido en una familia y entorno muy disfuncionales. Y yo crecí sin ninguna familia. Pero no tienes que ser el hijo perfecto. Para vivir en mi casa, no estás obligado a ser perfecto, o el más bueno y el más correcto. Nadie es así. Es imposible. Todos tenemos problemas, defectos, manías, lados oscuros, rincones de nuestro ser que nos dan miedo o vergüenza. Mi hijo, Sai, igual que muchas virtudes, también tiene sus defectos, y no por eso voy a darle de lado jamás. Al contrario. La familia permanece unida con virtudes y defectos incluidos.
—Pero porque él es tu hijo de verdad, de sangre.
—Eso no importa en absoluto.
—¿Me… tratarías igual que a él, me querrías igual que a él, a pesar de que soy diferente?
—Me he criado en un orfanato, Neuval. Para mí, las familias no se forjan con los genes y la sangre, sino con los sentimientos, las experiencias y los vínculos de amor y respeto. Ming Jie y yo cuidaríamos de ti como si te hubiéramos engendrado.
—¡Ella ni siquiera me conoce aún!
—No necesita hacerlo para decidir si te quiere o no. Ella ya te quiere, Neuval, por la simple razón de que eres un niño que está solo y que necesita una familia. Sólo con eso, ella ya te quiere. Si tienes tantas luces como sombras, no importa, porque ella, como yo, estamos dispuestos a arroparlas, aceptarlas. Si tienes problemas o si los causas, si tienes algo malo o haces algo malo, si cometes errores o tienes defectos que te cuesta mucho remediar… no pasa nada. Lo afrontaremos juntos. Como una familia debe hacer. Tú, por tu parte… eres y siempre serás libre de elegir. Puedes ser nuestro hijo si quieres, pero si algún día te hartas, o algo te hace cambiar de idea y decides que ya no quieres serlo… serás libre de marcharte o despedirte de nosotros. Porque lo único que Ming Jie y yo querremos de ti, igual que queremos de Sai, es que seas feliz, sea lo que sea lo que eso signifique para ti —le clavó un dedo en el pecho—. Tú decides lo que te hace feliz… a ti —enfatizó.
El niño estaba muy callado, y sobrecogido.
—Si decides aceptar vivir con nosotros… no tienes que convertirte en el mejor hijo ya en el primer día. Yo a lo mejor tampoco soy el mejor padre del mundo… pero es algo que ambos podemos intentar, poco a poco, con el tiempo. Incluso si tenemos que estar el resto de nuestras vidas intentándolo —le sonrió—. ¿Qué tal suena eso? ¿Qué te parece… si al menos lo intentamos?
El niño no supo darle una respuesta en ese momento, a pesar de lo increíblemente maravilloso y sencillo que era lo que Lao le estaba proponiendo. Le estaba dando la mejor oportunidad del mundo, pero no sólo porque le ofrecía un hogar y una familia, sino porque además no le pedía ninguna condición ni requisito, ninguna obligación de ser perfecto o de permanecer con ellos si no quería. Eso era lo que más aliviaba a Neuval. Porque lo que le daba miedo era meterse en algo de lo que luego no pudiera salir si resultaba que no le gustaba o estaba mal, y, especialmente, le aterraba la idea de perjudicar a esa familia de algún modo, de forma no intencionada, y que le rechazaran y abandonaran.
Obviamente, si alguien lo acogía en su casa, él procuraría ser lo más bueno y agradecido posible. Pero, a veces, comportarse bien no dependía de él. Era lo que trataba de advertirle a Lao. Había algo dentro de él que a veces le cegaba o le hacía perder un poco la cabeza y le impedía ser un buen chico todo el tiempo.
Para Neuval sería lo lógico, era lo que siempre había visto en el entorno donde se crio. Si un hijo no era bueno, o lo pegaban, o lo echaban de casa unos días, o para siempre. Si alguien mete en su casa a un niño extraño a vivir, lo lógico es que este deba comportarse siempre bien, porque de lo contrario lo volverían a dejar donde lo encontraron. De hecho, Lao le había hablado de que eso es precisamente lo que se solía hacer en los orfanatos y casas de acogida: unos padres o tutores acogen o adoptan a un niño, y el niño pasa a vivir con ellos en un primer periodo de prueba; si pasa la prueba, se lo quedan, y si no la pasa o el niño no es de agrado para ellos, lo devuelven, como si fuera un producto que los padres o tutores se han arrepentido de llevarse.
Lao le dijo que le ponía enfermo que el sistema funcionara así. Tratar a niños como si fueran cosas, cuyo derecho a tener una vivienda o una familia dependía de si era de agrado o no para quien lo acogía. Como si fueran los cachorritos que solían estar en los escaparates de las tiendas de animales, y cuando venía una familia a llevarse uno, elegían al más simpático, al más bonito y limpio. Los demás cachorritos, si están tristes o son feos, o no se comportan muy bien, no tienen derecho a una familia por no ser perfectos.
Por eso, ahora Neuval entendía que, aunque él fuera un niño sucio de la calle y ocasionalmente tuviera problemas de conducta difíciles de tratar, eso no era ningún motivo para Lao para no acogerlo en su casa, porque para Lao no existía ningún motivo por el que no acoger a un niño. Desde su forma de ver, darle un hogar a un niño no era cuestión de si el niño era bueno o malo, sino de que estaba solo y lo necesitaba. Y punto.
Y entonces, se dio cuenta de que eso era lo que él mismo le había comentado antes. Que Lao le ofreciera un hogar y una familia no era algo increíble. Para Lao, era lo normal. Lo que se debía hacer.
Huelga decir que, si uno no tenía dinero, recursos o espacio suficiente en su casa, no se podía acoger a nadie. Pero en el caso de Lao, un hombre con trabajo, un buen sueldo, recursos y espacio en su casa, y una mente iris con mucha experiencia en tratar las conductas y las emociones complicadas, si se encontraba con un niño en la calle que encima por ser extranjero no tenía opción alguna a un orfanato o acogida social de otro tipo, no se iba a poner a evaluarlo para ver si era lo suficientemente bueno o no para llevarlo a su casa. Se lo llevaría simplemente porque ese niño lo necesitaba.
E igual que un buen padre no abandonaría ni le daría una paliza a un hijo de sangre aunque este tuviera problemas de conducta, tampoco lo haría con uno adoptado. Para Lao, entre Sai y Neuval no habría diferencia a sus ojos. La sangre no era la misma. Pero el lazo, el vínculo de amor y respeto, sí.
Y todo se empezaba por intentarlo.
Al final, Neuval, sintiendo algo que no sentía desde hace mucho tiempo, dejó, por una vez, de castigarse a sí mismo. No podía hablar. Pero abrazó a Lao. Y con eso le dio una respuesta.»
«Tres días después del exterminio de aquella organización criminal, reinaba una paz nueva en la ciudad. Sus gentes seguían atestando los mercadillos, llenando las calles de coches, pitidos, actividad y movimiento, acompañado por unas fuertes lluvias. Pero esa paz nueva que reinaba provenía de la ausencia de algo. La ausencia de algo malo. Algo malo que había desaparecido de las calles. Los niños que jugaban por las calles, o que vivían en ellas, ya no corrían peligro. La amenaza de la trata de menores se había evaporado.
Una enorme figura envuelta exageradamente en dos chubasqueros venía corriendo por una calle de un modesto barrio de viviendas individuales y edificios pequeños. Al entrar por la puerta de una clínica, se quitó las dos capuchas y gritó contra el techo.
—¡Aaargh! ¡Odio esta época del año, aaaaahhh…!
De repente se dio cuenta de que había varias personas ahí en la sala de espera, sentadas en los banquitos de la entrada, algunas leyendo revistas y otras charlando con sus acompañantes. Todas se quedaron mudas mirándolo con susto.
Lao carraspeó con disimulo enseguida, reponiéndose, un poco avergonzado.
—Mis disculpas —se inclinó un poco y se fue rápidamente por una puerta del fondo junto al pequeño mostrador de recepción, donde la recepcionista le hizo un gesto de asentimiento. Además de trabajar para el dueño de esa clínica, que era el iris Shokubutsu de la HRS, ella era una almaati de la misma.
Tal como había estado haciendo durante esos tres días, Lao caminó por un pasillo blanco y se dirigió a la habitación de siempre. Era una clínica pequeña y no había muchas habitaciones, ya que el Shokubutsu que la dirigía era un médico de cabecera que sólo hacía consultas y tratamientos de dolencias comunes y no graves. Pero también usaba su clínica para otro fin y para otros tratamientos… menos humanos. Los iris de la ciudad venían aquí a curarse de las heridas de batalla cuando no debían mostrar tales heridas en un hospital humano.
Lao se encontró con la habitación vacía. La cama estaba deshecha. Casi le dio un vuelco el corazón. Se fue corriendo por otro pasillo hacia el despacho del Shokubutsu, pero se topó con este nada más doblar la esquina, chocándose y tirándole una carpeta donde estaba apuntando cosas.
—Ah… No, adelante —dijo el Shokubutsu con sarcasmo, un hombre en la cincuentena de edad, calvo por arriba y con bata blanca—. Ignoremos los tres carteles que he taladrado por las paredes con la prohibición de correr por mis pasillos escrita con letras gigantes.
—Lo siento, perdona —se apuró Lao, recogiendo su carpeta del suelo—. Es que he visto que no está en la…
—Despertó por fin, hace tres horas, a la hora de comer —le tranquilizó el otro, poniéndose a apuntar cosas en sus hojas de nuevo—. Suerte que sabe hablar inglés. Le he explicado lo que ha pasado y dónde está, y que ha estado inconsciente tres días. He analizado su estado mental. Está calmado, ha comprendido fácilmente lo que le he contado y mantiene el juicio estable. La verdad es que no me esperaba que recuperara un estado mental tan centrado y tranquilo después de… la otra fatídica noche —suspiró—. Y con un iris de siete meses sin tratar. Alvion va a estar muy entretenido cuando se lo lleves.
—¿Pero dónde…?
—Ah, no ha querido comer nada, por cierto. Le he dado libertad para moverse siempre que cumpliera las normas. Se encerró en un baño durante media hora. Salió después, pero sin su larga cabellera.
—¿Eh?
—Se ha cortado el pelo. Él solo. Parece que es algo que ha sentido la necesidad de hacer. Ya sabes qué significan este tipo de comportamientos, las personas hacemos cosas así cuando nos sentimos en conflicto interno y…
—Y buscamos la forma de volver a sentirnos cómodos con nosotros mismos mediante un cambio de aspecto, sí —asintió Lao pacientemente—. ¿Pero dónde…?
—Yo soy incapaz de cortarme el pelo a mí mismo sin hacerme un destrozo —volvió a interrumpirle el doctor—. Él se lo ha dejado bastante bien. Es muy diestro.
—Pero si estás medio calvo…
—Además, ha tenido el detalle de recogerlo todo y dejar el baño tan limpio como lo encontró. Me cae bien, el muchacho.
—¿Y dónde…?
—En la azotea, Kei Lian, que no me escuchas. Me ha pedido que lo dejara solo. Se ha subido a la azotea. Lo he estado vigilando. Lleva dos horas y media sentado allí mirando al horizonte. Y ya sabes lo que eso significa. Parece calmado por fuera, pero…
—Ya, ya… —lo frenó Lao, cansado—. Conflicto interno. Eso es buena señal. Significa que su forma de sentir sigue funcionando como debe.
Lao se dirigió entonces a otra puerta que llevaba a unas escaleras. El edificio era pequeño, tenía tres plantas, siendo la baja la clínica, la primera la propia vivienda del Shokubutsu y la tercera la usaba de almacén de equipo médico, y de armas.
La azotea estaba acomodada como un patio. Estaba vallada y había bancos, y un montón de plantas diversas en grandes macetas, lo propio de un iris Shokubutsu, claro. También, una parte de ella estaba cubierta por un tejadillo para proteger del sol, o de la lluvia.
Neuval estaba sentado en un banquito bajo este tejado, viendo la lluvia caer sobre la ciudad. Lao no sabía de qué forma acercarse, no sabía si se encontraba mal o algo, o si lo iba a molestar en su meditación...
—Mm… ¡Hey! Te queda bien ese corte de pelo —le dijo.
Neuval se giró al oírlo. Al principio tenía una cara inexpresiva, cansada, con ojeras. Pero cuando vio a Lao, de repente se le iluminó la cara y se le formó una gran sonrisa. Cuando Lao vio esa reacción de alegría en él por verlo, se sintió feliz. Pero, por alguna razón, Neuval borró la sonrisa y se sonrojó un poco, y volvió a mirar al frente con disimulo. Parecía que seguía dándole un poco de vergüenza mostrarse demasiado emocional. Siguió observando el horizonte cuando Lao se sentó a su lado.
—Me alegro mucho de verte despierto, Neuval. Ya me estabas preocupando.
—Es la primera vez que duermo tanto tiempo.
—Lo necesitabas. ¿Qué tal tus dedos?
—Ah… Ya están bien —le mostró la mano, donde Paku le torció dos dedos—. Ya estoy bien —repitió con voz más apagada, volviendo a perder la mirada en el paisaje.
Lao detectaba en él esa pequeña inquietud, esa pequeña incomodidad. Era lo normal después de una experiencia traumática. El niño estaba todavía asimilándolo todo. En ese momento, Lao lo vio arrugando el ceño en medio de sus pensamientos.
—¿Tienes preguntas?
—Es que… Bueno… Estaba acordándome de una cosa rara que me pasó. Es que, cuando me tumbaron en una camilla, me pusieron una máscara de anestesia.
—Hah… qué miserables… —farfulló Lao.
—Pero no me dormí. No me hacía efecto. Al final tuve que fingir que me dormía porque, si no, me inyectarían algo en vena y eso sí que me haría efecto. Igual que cuando me raptaron en el callejón. Primero intentaron dormirme poniéndome un trapo en la nariz, que olía a algo raro. Pero como no me hacía nada, me pincharon. Me parece una ventaja fantástica, que el iris te haga inmune a oler venenos.
—El iris no te hace inmune a la anestesia, al cloroformo o a otros gases, yo desde luego no soy inmune a eso —objetó Lao, frunciendo el ceño—. A no ser que seas un… —se quedó mudo, cayendo en la cuenta, y miró de nuevo al niño con sorpresa—. Ostras…
—¿Qué?
—Heh… —sonrió el hombre—. Qué interesante… Creo que después de tantos meses, al final has acabado desarrollando afinidad por un elemento por ti mismo… —se dijo en voz baja.
—Quería preguntarte otra cosa —dijo Neuval entonces—. ¿Qué significa Yuánlái ni shì yigè zhenzhèng de tian shi?
—¿Eh? Eso significa: “Resulta que sí eres un ángel de verdad”. ¿Por qué lo dices, dónde lo has oído?
Neuval no contestó. Era la frase que Song le había dicho cuando estaban en el pasillo oscuro esperando a salir al escenario. En ese momento, ella estaba mirando la leve luz de su ojo.
—Hiciste algo increíble, Neu —comenzó a decirle Lao, abordando más el tema—. Los niños que salvaste nos lo contaron todo. Eres un héroe para ellos. Fue realmente increí-…
—No lo es —le interrumpió, observando fijamente la lluvia.
—¿Eh?
—Rescatar a los otros niños no es increíble. Es lo que se debía hacer. Rescatar a los otros niños es lo normal. O debería serlo.
A Lao le asombró conocer ese punto de vista suyo. Sonrió con calidez.
—Es verdad. Debería ser lo normal. Lo que debería poder hacer cualquiera. Pero no siempre es fácil para todos, Neuval. Combatir el mal debería ser lo normal, pero eso no significa que no tenga mérito el hecho de hacerlo, y más, el hecho de tener éxito. Actuaste de una forma extraordinaria. Con tu edad, tu condición física actual, también mental, los recursos que tenías a mano, la situación que te rodeaba… Supiste organizar cada acto, y guiar a esos niños hacia la salida. Ser un iris va a ser pan comido para ti.
—Fue un fracaso…
—¿Qué? —se sorprendió de que de repente dijera eso—. Neu…
—Debía salvar a nueve niños. No a ocho. Song esperaba que la salvase, me estaba esperando… —su voz seguía sonando calmada, pero sus ojos se le empañaron—. Le fallé…
Lao posó una mano sobre su cabeza con cariño, como consuelo. Neuval sollozó un poco, pero se forzaba a serenarse.
—No siempre es fácil —le dijo por segunda vez—. Las victorias no siempre suelen ser completas. A veces son parciales. Pero no por ello tienen menos valor. No sólo hiciste todo lo que pudiste, Neu, hiciste mucho más. A veces la vida te pone esas dos opciones: o salvas a ocho de los nueve, o no salvas a ninguno. Por supuesto, esto da rabia, y no es justo. Pero es superior a nosotros. Y para seguir adelante y no rendirnos, necesitamos aprender a valorar la mejor opción de las dos.
—Pues… —dijo el niño, y se puso en pie de un salto, poniéndose frente a él, mostrándose desafiante—. ¡Pues…! ¡Yo no quiero esas dos opciones! ¡La próxima vez perseguiré la tercera opción y la haré realidad! ¡Siempre perseguiré la victoria completa! ¡Una victoria parcial no es aceptable!
Lao se quedó mudo ante esa repentina rabieta. Esas palabras le recordaron mucho a Hideki. No pudo evitar sonreírle con orgullo.
—No seas demasiado duro contigo mismo, Neu. Recuerda cuidar de ti mismo también. Las personas que te quieren lo necesitan.
—La única persona que me quería está muerta —suspiró con cansancio, volviendo a sentarse en el banco con el cuerpo alicaído, y se quedó un rato en silencio, mirando absorto las montañas del fondo—. Yo no merezco ser querido…
De pronto notó una quemadura en el trasero.
—¡¡Ah!! —gritó, saltando del banco con gran susto, y se llevó las manos al trasero, notando que el pantalón de pijama que le habían dado en la clínica tenía un agujero chamuscado. Después vio a Lao con el dedo índice levantado echando un humillo y mirándolo con una cara que pretendía estar muy enfadada pero se veía graciosa—. ¿¡De qué vas!?
—Tente un poco de respeto —le reprimió Lao—. Más te vale no decir esas cosas de ti mismo a partir de ahora, porque si no Ming Jie te hará algo peor que quemarte el trasero. ¡Y la pondrás muy triste!
—Pe… —Neuval estaba confuso—. ¿Pero por qué ella… por qué ella iba a oírme decir…?
—Neuval, escúchame —Lao se levantó del banco también, para arrodillarse delante de él, sujetarlo de los hombros y mirarlo fijamente a los ojos—. Necesito decirte algo importante.
—¿Q… qué es?
—Me gustaría que te vinieras conmigo —le acabó pidiendo.
—Ah… —entendió—. Ya… Oye… Está bien, no hace falta que intentes convencerme más. Cuando el otro día me dijiste que este iris mío sin entrenar podía acabar provocando una desgracia sin que yo pudiera darme ni cuenta… en ese momento ya me habías convencido, ¿vale? No quiero más desgracias, mucho menos por mi mano. Iré contigo a ese templo o monte o lo que sea, haré ese entrenamiento. Espero que tengas razón y de verdad me ayude. Porque después de estos siete meses, ya no soporto más convivir con mi propia mente. Quiero que cambie. Quiero poder volver a dormir por las noches. Quiero… hacer algo más que sobrevivir, huir o esconderme…
A Lao le sorprendió oír que ya se había decidido por sí mismo respecto a ese asunto, y eso le alegró mucho. Pero, por otro lado, no le parecía algo tan inesperado. Ese niño ya le había demostrado varias veces que tenía un fuerte sentido común pese a su edad. Si bien a veces se dejaba llevar por el mero instinto o las emociones en determinadas situaciones, también sabía razonar las cosas importantes. Pensó que, probablemente, la parte que le había convencido era lo del “factor imprevisible” del iris sin tratar, y que eso le había recordado a su propio padre, Jean. Y que la sola idea de parecerse a Jean o hacer algo similar a lo que él hizo le aterraba.
—Eso es genial. Me alegro de que quieras hacerlo e ir por ti mismo —le sonrió Lao, pero brevemente porque volvió a mirarlo con más reparo y precaución—. Pero… me refería… a que me gustaría llevarte conmigo a casa.
—¿Qué? —abrió los ojos con desconcierto—. ¿Para qué?
—Pues… para que vivas ahí. Con nosotros.
—¿Es…? ¿¡Estás loco!? —se puso nervioso—. No quieres que viva con vosotros.
—Te estoy diciendo que sí.
—No sabes lo que dices —se apartó de él, dando un paso atrás—. No me conoces.
—Sí lo suficiente.
—No, sabes muy poco en realidad.
—No importa. Podemos continuar conociéndonos más, tenemos todo el tiempo del mundo para hacerlo. Pero, en lugar de hacerlo en ese callejón o en las calles, podemos hacerlo viviendo juntos. Como una familia.
—¡Para! —le pidió, y volvió a agarrarse de la camiseta del pijama y a retorcerla, como solía hacer cuando se sentía así, con aire perdido y confuso—. Yo…
—¿Qué te da tanto miedo? Mi mujer, mi hijo y yo jamás te haríamos daño.
—No es eso… —murmuró el chico, le temblaba la voz.
Lao lo miró sin entender, pero no le dijo nada más, viendo que se ponía más nervioso cuanto más hablaba. Le dio su tiempo para explicarse. Pero Neuval seguía retorciéndose la camiseta, parecía alterado, pero también dubitativo, indeciso, como si estuviera reprimiendo un deseo, reprimiendo una vaga ilusión con la que él ya se había aventurado a soñar alguna vez, porque para él la cruda realidad pesaba más.
—No estás obligado a nada, Neuval —le explicó Lao, con un tono muy tranquilo—. No estás obligado a abandonar la calle y venir conmigo, igual que no estás obligado a permanecer en mi casa si después de un tiempo de prueba no te gusta.
Esas palabras calmaron un poco al niño, pero seguía con un nudo en la garganta.
—No sé cuánto tiempo tardará Alvion en evaluarte y aceptarte en el entrenamiento. Al no haber captado el nacimiento de tu iris como con el resto, tendrá que examinar primero la razón, examinar tu iris, si es que tiene algún fallo o algo diferente, y evaluar si el entrenamiento es apto para ti y viceversa… Sin duda allí, en el Monte Zou, durante el entrenamiento, dispondrás de comida, alojamiento, uniforme, y todo lo que quieras, pues allí se cuida muy bien de los iris. Y después del mismo, se te facilitará una vivienda en el país que desees, o compartirías una con algún compañero iris de la RS que escojas, y ganarías tu propio dinero trabajando en las misiones. Podrías vivir solo, por tu cuenta, si quieres, así lo hice yo tras perder a Kai Shen y después de finalizar mi entrenamiento con 11 años. Pero… hasta que te den el visto bueno y empieces tu año de entrenamiento… puede pasar un tiempo. Semanas, meses… no sabría decirte cuánto tiempo tendrías que esperar. ¿Querrías continuar viviendo en la calle durante esa espera?
—Es mejor así. Es mejor que me dejes aquí. No deberías llevarme a tu casa con tu familia.
—¿Es porque te da vergüenza?
—No…
—¿Pues entonces por qué?
Neuval cerró los ojos con fuerza, pero al final no pudo contenerlo más.
—¡Porque hay algo que está mal dentro de mí! —exclamó finalmente, soltando lo que quería reprimir—. ¡Y desde mucho antes de que me brillara este ojo! Desde siempre ha habido algo en mí que no está bien… ¡Y ahora no me empieces a decir que no es verdad, sólo para hacerme sentir bien! Porque yo sé que es verdad, yo me conozco a mí mismo, y tú no, así que no me empieces a decir palabras amables y llenas de ignorancia de que no hay nada malo dentro de mí porque sí lo hay.
—¿Qué es lo que está mal dentro de ti?
—Pues que… Yo… no soy una buena persona.
—A mí me pareces un chico estupendo.
—¡Pero no siempre soy así! Hay veces que… —buscó las palabras, pero ni él mismo sabía explicarlo—. Hay veces que… no soy bueno. A veces… me enfado y no puedo frenarme… o… a veces incluso me gusta… hacer cosas malas… —miró a Lao, y como este seguía con esa cara de completa tranquilidad, Neuval se enojó—. ¡No lo entiendes! ¡Pero es cierto!
—Bueno. Si me dices que hay algo malo dentro de ti desde que naciste, que tienes problemas de conducta o raras adicciones, yo te creo —se encogió de hombros—. ¿Y?
—¿C… cómo que “y”?
—¿Y qué pasa con eso?
—¡Pues que… no puedo vivir con tu familia! ¡Sólo seré un problema para vosotros!
—¿Y qué? Los problemas están para buscarles una solución y eso es prácticamente la esencia de mi trabajo. Y de mi vocación.
—¿Crees que puedes solucionar lo que está mal dentro de mí? ¿Crees que vas a poder arreglarme y a convertirme en alguien bueno?
—No se trata de decidir si “podré” o “no podré”, se trata de decidir intentarlo y punto. Y si es lo que tú quieres, yo te ayudaré.
—¿¡Por qué querrías llevar a tu casa un problema!? ¡No me da miedo que vosotros me hagáis daño, sino al revés!
—Quiero llevarte a ti, Neuval. Con tus defectos y virtudes incluidos. Te olvidas de las gigantescas virtudes que también posees y con las que me has sorprendido más de una vez. Y por eso, sé que tú nunca nos harás daño a nosotros. No intencionadamente. Si alguna vez nos hicieras daño por accidente, ¡no importa! —lo agarró de los brazos nuevamente, mirándolo firmemente a los ojos—, porque hablaremos de ello, lo trataremos juntos, curaremos las heridas juntos y buscaremos juntos la forma de ir mejorando. Si hay algún problema que solucionar, lo solucionaremos juntos. Neuval. ¿Lo entiendes?
Los ojos del niño comenzaron a empañarse. Pero quería seguir negándose. Estaba demasiado asustado ante aquella oportunidad.
—Cuando veas que soy un problema con el que no puedes lidiar y que no puedes soportarme más, querrás que me vaya. Cuando veas lo horrible que soy en realidad, me echarás de vuelta a la calle.
—Jamás.
La voz de Lao fue determinante y poderosa al pronunciar esa palabra, pero no tanto como la mirada de sus ojos negros, tan sólida y segura que la insistente negación de Neuval empezaba a doblegarse y a encogerse.
—Me echarás de casa… Me abandonarás… Y tendrás razón al hacerlo…
—Jamás.
—Eso dices ahora…
—Neuval. Si yo decido adoptarte como a un hijo, estoy tomando la decisión de por vida de convertirme en tu padre. Y si después de eso yo algún día rectificara y decidiera echarte o abandonarte, me apuntaré con una pistola en la sien y apretaré el gatillo. Porque si yo hiciera algo tan horrible como abandonar a un hijo, no mereceré seguir respirando.
—Pero… ¿cómo puedes decir eso…?
—Sé que no lo entiendes todavía, Neuval, ya me he dado cuenta durante estos días de que el concepto de “familia” y la relación entre un padre y un hijo en su sentido más verdadero y auténtico son conceptos totalmente desconocidos para ti. Igual que lo eran para mí. Has crecido en una familia y entorno muy disfuncionales. Y yo crecí sin ninguna familia. Pero no tienes que ser el hijo perfecto. Para vivir en mi casa, no estás obligado a ser perfecto, o el más bueno y el más correcto. Nadie es así. Es imposible. Todos tenemos problemas, defectos, manías, lados oscuros, rincones de nuestro ser que nos dan miedo o vergüenza. Mi hijo, Sai, igual que muchas virtudes, también tiene sus defectos, y no por eso voy a darle de lado jamás. Al contrario. La familia permanece unida con virtudes y defectos incluidos.
—Pero porque él es tu hijo de verdad, de sangre.
—Eso no importa en absoluto.
—¿Me… tratarías igual que a él, me querrías igual que a él, a pesar de que soy diferente?
—Me he criado en un orfanato, Neuval. Para mí, las familias no se forjan con los genes y la sangre, sino con los sentimientos, las experiencias y los vínculos de amor y respeto. Ming Jie y yo cuidaríamos de ti como si te hubiéramos engendrado.
—¡Ella ni siquiera me conoce aún!
—No necesita hacerlo para decidir si te quiere o no. Ella ya te quiere, Neuval, por la simple razón de que eres un niño que está solo y que necesita una familia. Sólo con eso, ella ya te quiere. Si tienes tantas luces como sombras, no importa, porque ella, como yo, estamos dispuestos a arroparlas, aceptarlas. Si tienes problemas o si los causas, si tienes algo malo o haces algo malo, si cometes errores o tienes defectos que te cuesta mucho remediar… no pasa nada. Lo afrontaremos juntos. Como una familia debe hacer. Tú, por tu parte… eres y siempre serás libre de elegir. Puedes ser nuestro hijo si quieres, pero si algún día te hartas, o algo te hace cambiar de idea y decides que ya no quieres serlo… serás libre de marcharte o despedirte de nosotros. Porque lo único que Ming Jie y yo querremos de ti, igual que queremos de Sai, es que seas feliz, sea lo que sea lo que eso signifique para ti —le clavó un dedo en el pecho—. Tú decides lo que te hace feliz… a ti —enfatizó.
El niño estaba muy callado, y sobrecogido.
—Si decides aceptar vivir con nosotros… no tienes que convertirte en el mejor hijo ya en el primer día. Yo a lo mejor tampoco soy el mejor padre del mundo… pero es algo que ambos podemos intentar, poco a poco, con el tiempo. Incluso si tenemos que estar el resto de nuestras vidas intentándolo —le sonrió—. ¿Qué tal suena eso? ¿Qué te parece… si al menos lo intentamos?
El niño no supo darle una respuesta en ese momento, a pesar de lo increíblemente maravilloso y sencillo que era lo que Lao le estaba proponiendo. Le estaba dando la mejor oportunidad del mundo, pero no sólo porque le ofrecía un hogar y una familia, sino porque además no le pedía ninguna condición ni requisito, ninguna obligación de ser perfecto o de permanecer con ellos si no quería. Eso era lo que más aliviaba a Neuval. Porque lo que le daba miedo era meterse en algo de lo que luego no pudiera salir si resultaba que no le gustaba o estaba mal, y, especialmente, le aterraba la idea de perjudicar a esa familia de algún modo, de forma no intencionada, y que le rechazaran y abandonaran.
Obviamente, si alguien lo acogía en su casa, él procuraría ser lo más bueno y agradecido posible. Pero, a veces, comportarse bien no dependía de él. Era lo que trataba de advertirle a Lao. Había algo dentro de él que a veces le cegaba o le hacía perder un poco la cabeza y le impedía ser un buen chico todo el tiempo.
Para Neuval sería lo lógico, era lo que siempre había visto en el entorno donde se crio. Si un hijo no era bueno, o lo pegaban, o lo echaban de casa unos días, o para siempre. Si alguien mete en su casa a un niño extraño a vivir, lo lógico es que este deba comportarse siempre bien, porque de lo contrario lo volverían a dejar donde lo encontraron. De hecho, Lao le había hablado de que eso es precisamente lo que se solía hacer en los orfanatos y casas de acogida: unos padres o tutores acogen o adoptan a un niño, y el niño pasa a vivir con ellos en un primer periodo de prueba; si pasa la prueba, se lo quedan, y si no la pasa o el niño no es de agrado para ellos, lo devuelven, como si fuera un producto que los padres o tutores se han arrepentido de llevarse.
Lao le dijo que le ponía enfermo que el sistema funcionara así. Tratar a niños como si fueran cosas, cuyo derecho a tener una vivienda o una familia dependía de si era de agrado o no para quien lo acogía. Como si fueran los cachorritos que solían estar en los escaparates de las tiendas de animales, y cuando venía una familia a llevarse uno, elegían al más simpático, al más bonito y limpio. Los demás cachorritos, si están tristes o son feos, o no se comportan muy bien, no tienen derecho a una familia por no ser perfectos.
Por eso, ahora Neuval entendía que, aunque él fuera un niño sucio de la calle y ocasionalmente tuviera problemas de conducta difíciles de tratar, eso no era ningún motivo para Lao para no acogerlo en su casa, porque para Lao no existía ningún motivo por el que no acoger a un niño. Desde su forma de ver, darle un hogar a un niño no era cuestión de si el niño era bueno o malo, sino de que estaba solo y lo necesitaba. Y punto.
Y entonces, se dio cuenta de que eso era lo que él mismo le había comentado antes. Que Lao le ofreciera un hogar y una familia no era algo increíble. Para Lao, era lo normal. Lo que se debía hacer.
Huelga decir que, si uno no tenía dinero, recursos o espacio suficiente en su casa, no se podía acoger a nadie. Pero en el caso de Lao, un hombre con trabajo, un buen sueldo, recursos y espacio en su casa, y una mente iris con mucha experiencia en tratar las conductas y las emociones complicadas, si se encontraba con un niño en la calle que encima por ser extranjero no tenía opción alguna a un orfanato o acogida social de otro tipo, no se iba a poner a evaluarlo para ver si era lo suficientemente bueno o no para llevarlo a su casa. Se lo llevaría simplemente porque ese niño lo necesitaba.
E igual que un buen padre no abandonaría ni le daría una paliza a un hijo de sangre aunque este tuviera problemas de conducta, tampoco lo haría con uno adoptado. Para Lao, entre Sai y Neuval no habría diferencia a sus ojos. La sangre no era la misma. Pero el lazo, el vínculo de amor y respeto, sí.
Y todo se empezaba por intentarlo.
Al final, Neuval, sintiendo algo que no sentía desde hace mucho tiempo, dejó, por una vez, de castigarse a sí mismo. No podía hablar. Pero abrazó a Lao. Y con eso le dio una respuesta.»
Comentarios
Publicar un comentario