1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Raijin aparcó el coche junto a la acera de un pequeño parque, en una de las zonas más ricas de la ciudad. Estaba lleno de niños jugando y corriendo por los columpios. Siempre se ponía impaciente en estos casos, no le gustaba estar demasiado tiempo por esa zona residencial donde solían vivir personas importantes, como funcionarios del Gobierno.
Por ello, se bajó enseguida del coche y se dirigió rápidamente hacia una mujer joven que estaba sentada en uno de los banquitos del parque, junto con otras madres o niñeras, e iba vestida con un uniforme. La chica, al verlo, se puso en pie al instante y sostuvo en ambas manos un par de mochilitas de colores que contenían ropa y algunos juguetes. Raijin las cogió y comprobó su interior para ver que no faltara nada.
—¿Qué tal está hoy, señorito? —le preguntó la chica amablemente.
—Bien —contestó Raijin sin más, tan seco como siempre.
—Oh, el señor y la señora Saitou me han pedido que le diga de su parte que usted debe parar de decir palabrotas delante de ellos, porque luego ellos las repiten, y no les agrada nada.
—Hm… —Raijin cerró las mochilas y miró a la joven con cara pensativa—. ¿Puedes decirle a Norie que deje de tocarme tanto las pelotas?
La otra reprimió una risa, llevándose una mano a la boca con modestia.
—Se lo haré saber, señorito.
Raijin de repente oyó unos gritos por el parque por encima del barullo de otros niños. Al darse la vuelta, vio a un niño que debía de tener unos 10 años, peinado con gomina y vestido con un trajecito elegante que en ese momento empujó al suelo a una niña más pequeña que él. El arrogante niño rico no paraba de lanzarle burlas y, por si fuera poco, le pegó una patada a la niña en la pierna.
Dos centésimas de segundo después, Raijin ya estaba caminando a zancadas hacia él con una cara de mil demonios. La niña, rabiosa, estuvo a punto de levantarse del suelo para lanzarse contra su agresor, pero Raijin se puso entre los dos niños, apuntando con el dedo al abusón.
—¡Eh, chaval! —le rugió, echando chispas por los ojos—. ¡Mocoso de mierda! ¿¡Qué coño te crees que haces con esta mocosa!?
—Eh, pringado, ¿de qué vas? —le espetó el niño, sonriendo con burla—. ¡No te metas donde no te llaman, chaval!
—¡Chaval, me has cabreado! —Raijin se inclinó hacia él y el otro también le plantó la cara delante, clavándose las miradas—. En estos momentos lamento no poder darle una bofetada a un mocoso como tú sin acabar en la cárcel —gruñó.
—¿¡De qué vas, pringado!? ¿Vas a defender a esa tonta? ¿Es que vas de héroe? ¿O eres su hermano mayor?
—¿¡No ves que tienes el doble de años que ella, pedazo de grano!?
—¡Si yo le digo a esa estúpida que el columpio es mío, es que el columpio es mío! ¡Y si se pone a llorar ya puede acostumbrarse, porque mi papá es un hombre muy rico y este parque va a ser para mí y no para esa niña tonta! ¿¡Es que vas a llorar tú también por ella, pringado!? —le espetó, y se asomó detrás de él para dirigirse a la niña—. ¡Vamos, tonta, vete a llamar a tu papá para que yo pueda tratar con él, jajaja!
Raijin volvió a ponerse delante de su cara, ofreciéndole una de sus miradas más frías y aterradoras.
—Ya estás tratando con él —le gruñó, y el niño se quedó perplejo, y petrificado—. Y te acabo de salvar la vida, pedazo de pústula con gomina, porque si yo no llego a aparecer, ella te habría partido las costillas. Como vuelva a ver que te acercas a mi hija a menos de cien metros, me verás aparecer debajo de tu cama con una guadaña todas las noches.
El niño se quedó temblando de miedo y borró por completo esa arrogancia, y empezó a hacerse pis encima. De pronto, echó a llorar y se fue corriendo de allí llamando a su madre.
Raijin volvió a erguirse, soltando un gruñido satisfecho. Acto seguido, se dio la vuelta, sólo para localizar como si fuera un radar aquella raspadura que sangraba un poco en la rodilla de la niña. Fijando esa magulladura en su punto de mira, el rubio sacó del bolsillo de su pantalón su pequeño estuche de botiquín y, con suma destreza, cogió un trozo de algodón, desenroscó un botecito de clorhexidina, mojó el algodón y cerró el botecito.
—¡Ahhhh! —Clover dio un respingo horripilado al verlo y se apresuró a huir de ahí—. ¡Nooo, no, no, no, no…!
Pero Raijin la atrapó a tiempo con buena práctica, la sentó en el suelo, sujetó sus manos bajo un brazo, la inmovilizó con una llave de kárate bajo una pierna y puso su pequeña rodilla lista para tratar, quedando ella tras él. Comenzó, pues, a limpiar su herida.
—¡Nooo, duele, pica, dueleee! —berreó Clover.
—Cállate —dijo Raijin tranquilamente, continuando con su labor—. Que la gente se va a pensar que te estoy maltratando.
—¡Me estás maltratando! —replicó la niña.
—¡De eso nada! —se picó el rubio, terminando de limpiar la herida—. ¡Y ahora elige! —se volvió hacia ella, refunfuñando, plantándole en la cara tres modelos de tirita de tres colores diferentes—. ¡Unicornio con arcoíris, gato con sonrisa estúpida o monstruo verde con ojos saltones!
A Clover le brillaron los ojitos con ilusión al ver esas tiritas tan chulas, y se mordió los puños, indecisa.
—¡Gatito con carita sonriente!
—Marchando el gatito retrasado —concluyó Raijin, poniéndole la tirita elegida en la rodilla.
—¡Wiiii! —celebró Clover, olvidando las lágrimas y el dolor por completo, tremendamente feliz con su tirita—. ¿¡Y mi caramelo!? ¿¡Y mi caramelo de niña buena!? —se puso a saltar a su alrededor mientras este volvía a guardar sus utensilios en su estuche—. ¡No me has dado mi caramelo! ¡Quiero mi caramelo de niña buenaaa! —se enfadó.
—No me puedes pedir de esa manera el caramelo de niña buena, ¿no te parece? No hay caramelo.
—¿¡Por qué!? —se quedó pálida del horror, como si fuera el fin del mundo.
—Porque llevas toda la semana zampando pasteles a mis espaldas y te va a dar un infarto.
—¡Ahh! ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho? ¿¡Quién me ha delatado!?
—¡La factura de Yako!
—Rayos… —maldijo Clover, y de repente se tiró al suelo completamente quieta—. ¡Huelga de hambre!
—Ni lo sueñes —Raijin la sujetó bajo un brazo y fue regresando a donde tenía el coche, mirando a su alrededor—. ¿Dónde está ese mocoso…? —gruñó, y acabó localizándolo en el tobogán de más allá—. ¡Daisuke! ¡Deja de pintar garabatos en el tobogán, eso es vandalismo! ¡Nos vamos ya!
Daisuke se sobresaltó al oír la voz de su padre y guardó su rotulador rápidamente. Bajó el tobogán por la escalera y corrió con ellos. Mientras Raijin sentaba a Clover atrás en su silla de seguridad, Daisuke se subió al asiento del copiloto tranquilamente y cerró la puerta. Tres segundos después, Raijin abrió la puerta y se quedó mirando a Daisuke seriamente.
—¿A qué esperas? Arranca ya, chófer —le ordenó el niño con descaro. Entonces, Raijin lo agarró y lo sacó de ahí—. ¡Nooo! ¡Yo me siento delanteee!
—Cuando midas medio metro más, retaco —le espetó Raijin.
Mientras lo colocaba en su silla y le abrochaba los cinturones, Daisuke miró a su hermana ahí al lado y vio que tenía una cara malhumorada y estaba cruzada de brazos.
—Clover está enfadada contigo. ¿Qué le has hecho? —le gruñó el niño.
—¿Qué? —Raijin miró a la niña, incrédulo—. ¿Por un simple caramelo, mishka?
—¡No es por eso! —dijo ella—. Es porque te has puesto en el medio. ¡No necesitaba que me protegieras de ese niño tonto! Siempre haces lo mismo.
—Estás un poquito confundida. Si intervengo, es para proteger a los demás niños de ti, ¡porque eres una bruta!
Clover se quedó un poco pensativa, y luego dibujó una sonrisa arrogante y movió la cabeza con aire orgulloso.
—Eh. Borra esa sonrisilla —le reprimió Raijin—. Usar la violencia para machacar a los demás niños cuando se meten contigo no es motivo para estar orgullosa.
Ella siguió sonriendo, con la barbilla alta. Miró a su padre de reojo, con sus ojos verdes heredados de él. Raijin puso una cara molesta y desafiante. Luego se dio la vuelta para sacudir el polvo y las migas de galleta de las mantas de las sillitas. Entonces, Daisuke vio el rostro de su padre reflejado en el espejo lateral del coche.
—¡Ajá! —Daisuke lo señaló con el dedo—. ¡Papá está sonriendo!
Raijin se sobresaltó y trató de disimular, recuperando su cara de malas pulgas, volviendo a colocar las mantas junto a las sillas.
—No es verdad.
—Sí, te he visto. Por dentro te sientes orgulloso de Clover por saber defenderse de los niños malos.
—¡Eh! Agredir a los demás está mal, ¿me oís? Os tengo dicho que siempre debéis llamar a un adulto si tenéis problemas con un abusón.
—Por mí no te preocupes, yo tengo otros métodos —presumió Daisuke, jugueteando con su rotulador en la mano.
—Te lo advierto, Dai, no me pintes más el coche o te quedas una semana sin dulces.
—A papá le encanta que los niños malos te tengan miedo —le dijo Daisuke a su hermana.
—Lo sé. Se le da muy mal mentir —dijo esta.
—Mocosos… —gruñó Raijin, rindiéndose; cerró la puerta de atrás y se subió al volante—. No os aguanto…
—¡Jajajaja…! —los dos niños se empezaron a reír y a recrear una pelea imaginaria, lanzando puños al aire.
Rato después, cuando ya se habían marchado, uno de los niños del parque fue a subirse al tobogán. Vio patidifuso que había extraños símbolos dibujados sobre la metálica y pulida rampa, pero, restándole importancia, se lanzó por ella. Al hacerlo, cuando llegó al final, esos garabatos que Daisuke había pintado se iluminaron con una luz azulada, y en vez de terminar en el suelo, el niño salió volando suavemente, flotó por el aire, dando vueltas y giros, y se puso a gritar de alegría y a reír con diversión.
Cuando los símbolos de la rampa apagaron su luz, el niño volvió al suelo suavemente. Se quedó ahí perplejo con una gran sonrisa en la cara, mirando a ver si alguien lo había visto, pero no. Cuando volvió al tobogán para poder repetirlo, se llevó una decepción al descubrir que esos símbolos mágicos ya habían desaparecido.
* * * * * *
Ya había caído la noche, las calles ya empezaron a llenarse de agitación. Los humanos porque era su último momento de vacaciones, y abarrotaron los bares y los centros comerciales; los iris, por el rumor que ya se había empezado a extender por todo el país. Por ejemplo, en la ciudad de Sendai, al norte de Japón, había una mujer de mediana edad y otra más joven, ambas amas de casa y vecinas haciendo la colada en sus patios. Las dos eran iris miembros de la HRS, una aliada de la KRS.
—Esta mañana he estado en Nagasaki para darle a la AoRS su parte de la misión de la semana que viene, ¿y a que no sabes qué me han contado? —le decía la mayor a la joven mientras colgaban unas sábanas en el tendedero.
—¿El qué?
—¡Fuujin, de la KRS, ha vuelto!
—¿¡Qué me dices!?
En Hiroshima igual, había un joven miembro de la BRS que se encontró con una niña de la MuRS, la púrpura, en la azotea de un edificio.
—¿Qué hay? —saludó el chico, a punto de pasar de largo.
—Pues aquí, siguiendo la pista de un traficante de droga —le dijo la niña—. ¡Hey, espera! ¿¡No te has enterado!?
—¿De qué?
—¡He oído por ahí que el legendario Fuujin ha vuelto!
—¿¡Qué!? ¿¡Estás de coña!?
Y así, los iris de las RS de Japón iban pasando los rumores entre ellos, y todo el país acabó enterándose. Estas RS se lo dijeron a las RS de Rusia, de Corea, Australia… hasta que al final se enteraron todas las RS de todos los países del mundo, no sin quedarse de piedra. ¿Quién había lanzado el rumor? El bocazas de Pipi, ¿quién sino?, que cuando vio la luz blanca en lo alto de la colina del cementerio del distrito de Minato, donde estaba la Torre de Tokio, lo supo de inmediato. Las RS enemigas de la KRS también se enteraron y fue algo que no les hizo mucha gracia, sobre todo a la MRS, que le seguía guardando rencor a la KRS después de lo que pasó con el pergamino.
Bueno. Lo que se dice todos los iris, no. Había cinco que aún no lo sabían, y esos cinco estaban ahora mismo en la cafetería de Yako.
—Sam, ayer estuve flirteando con esa chica de tercero, la de tu clase —le comentó Drasik, mientras hacía pajaritas de papel con las servilletas en la barra, a las que después convertía en hielo.
Sam siguió a lo suyo, como si no hubiese oído nada, yendo de un lado a otro recogiendo y sirviendo pedidos. Kyo, que se sentaba al lado de Drasik, estaba escuchando música con auriculares, en su burbuja.
—¿Me has oído? La guapa, la que según me ha dicho Kyo siempre anda detrás de ti —insistió Drasik, altanero.
Sam lo siguió ignorando, indiferente.
—Ah, y le pegué una patada a un gato que se me cruzó delante —apuntó Drasik.
Ahí Sam se volvió hacia él como el rayo, con una mirada fiera.
—¿Que hiciste qué con qué?
—Claro, ahora me haces caso —bufó, lanzándole una pelotita de papel—. Era broma, jamás le haría daño a un animal. ¿Qué te parecería si salgo con ella?
—Te daré una medalla —contestó, volviendo a su trabajo.
—¿Qué? —se sorprendió—. ¿Pero no te importa? Maldición... Sam, no sé cómo no haces nada teniendo a semejante bombón a tus pies. ¿Vas a dejar pasar la oportunidad de saber qué se siente saliendo con esa piba?
—Estuvimos juntos el año pasado, ella la cagó por golfa y por pesada, corté con ella y ahora viene con aureola y alitas de ángel para que volvamos. Quédatela, me haces un favor. Y ahora déjame trabajar —le dijo del tirón, cansino, y se fue a llevar una bandeja con bebidas a la otra punta del local.
Drasik aún estaba con la mandíbula sobre la barra, atónito.
—¿Que estuvieron juntos el año pasado? ¿Que él la dejó? ¿Golfa? ¿Pesada? ¡Kyo, eso no me lo has contado! —exclamó, pegándole un puñetazo en el hombro.
—¿Qué haces? —saltó este, quitándose los cascos de música.
—Sam me acaba de contar que esa piba estuvo con él, ¡y que es una golfa y una pesada!
—¡Genial! Entonces haréis buena pareja —replicó Kyo, volviendo a ponerse los cascos.
—Gentuza... —gruñó Drasik, haciendo una bola de papel con una servilleta y se la lanzó a Yako a la cabeza, que pasaba por delante de ellos.
—Estate quieto, Sui —le reprochó Yako, tan ocupado como Sam con los pedidos—. Me vas a barrer el suelo con esos pelos de loco que llevas.
—Sí, mi Señor —asintió Drasik con una reverencia.
—Que no me llaméis así, pesados —refunfuñó Yako.
El local estaba a rebosar, y para hablar había que gritar por encima del barullo. Nakuru estaba en la cocina, echando una mano voluntaria a MJ mientras charlaban acerca de cómo eran los profesores de la universidad de MJ y de Yako comparados con los del instituto de Nakuru y los otros dos.
Por otra parte, Kain se estaba ocupando de la sección de pastelería con otro empleado de Yako que se había ofrecido a hacer horas extra tras enterarse de lo que se había llenado la cafetería en una tarde. Todo trascurría animadamente con algún que otro jaleo de pedidos. La gente no paraba de hablar, de soltar risas y exclamaciones, incluso había un grupito de gals en una de las mesas cantando una canción de Higashikaze, el grupo de Haru, a grito pelado. Lo único que animaba a Yako era que sus cajeros iban adquiriendo volumen por minutos, así que decidió darles paga extra a sus empleados.
Poco después, las puertas de la cafetería se abrieron de par en par y se vieron dos cabecitas, una negra y otra amarilla, correteando entre las mesas hacia la sección de pastelería. Yako observó desde el otro lado del local que se trataba de los mellizos, y automáticamente volvió la vista a la puerta, donde, como esperaba, apareció Raijin entrando con ese aire estoico y cansado suyo, dándole una última calada a su cigarrillo. Como solía ocurrir muy a menudo, el grupo de gals detuvo su canto para empezar a soltar grititos y suspiros apasionados.
—¿¡Quién es ese rubio!? —chillaron—. ¡Qué guapo! ¡Aaaah!
El momento épico de Raijin llamando la atención de media cafetería por su presencia y su belleza se terminó cuando él, impasible y serio, tiró el cigarro en la papelera de fuera, terminó de cruzar la puerta y se fue yendo hacia la barra principal. Yako se acercó a él enseguida, sonriente.
—Hey, qué bien que estés aquí, ahora esas gals querrán quedarse más tiempo aquí para acosarte con los ojos y pedirán más bebidas —le dijo divertido.
—Qué monas... —contestó Raijin con sarcasmo—. ¿Dónde están esos dos? —preguntó, mirando a su alrededor.
—¿Tú dónde crees? —casi rio Yako.
Raijin dirigió la vista directamente hacia el otro lado de la cafetería, donde estaba la barra de pastelería, y, una vez más, los mellizos pegando las manos y los ojos en el cristal de las urnas que contenían los dulces. Raijin gruñó y se fue para allá rápidamente, antes de que Kain les sirviera más pasteles.
—¿Qué os he dicho hace diez minutos? —el rubio atrapó a cada mellizo bajo cada brazo—. ¡Nada de pasteles una temporada!
—¡Pero papááá…! —se quejaron y patalearon en el aire.
—Vamos, Brey, déjalos tomar un poquito de la tarta de fresas que ha hecho MJ —le dijo Kain.
—Tú eres quien los atiborra sin mi permiso, ¿verdad? —lo acusó Raijin—. ¡Ocho piezas de tarta en esta última semana, Kain!
—¡Diantres! —masculló el robusto hombre—. ¡Le dije a Yako que no lo apuntara en la factura!
—¿Te crees que aun así no me habría enterado?
—Eh. Si los dejas aquí a nuestro cuidado tantas veces, esta es nuestra forma de cuidarlos —se defendió Kain.
—Gracias, sabía que podía contar con vosotros —farfulló Raijin con sarcasmo.
Alejó a los niños de la sección de pastelería y se los llevó a la otra zona donde estaba Yako, y los sentó en una mesa al lado de la barra.
—A ver, ¿de qué queréis los sándwiches? —les preguntó Raijin, suspirando con paciencia.
—De chocolate —dijo Clover.
—Y yo de dulce de leche, gracias —dijo Daisuke.
—¡Oh! Se me ocurre que mejor no cenáis nada —contraatacó Raijin.
—¡Porfa, porfaaa! ¡Déjanos comer un pastelito chiquitito! —suplicó Clover—. ¡Al menos, como postre! ¡Y cenaremos algo con verduras! —suplicó Daisuke.
Raijin los miró con cara de gran asombro.
—No lo digáis si no es en serio. No juguéis con mis escasos sentimientos.
—Te lo prometemos, papi, comeremos algo con verduras —le aseguraron—. Si nos dejas tomar un postrecito dulce. Además, en casa de los abuelos no hemos comido ningún dulce, sólo frutas.
Qué oferta tan maravillosa, Raijin estaba emocionado. Oír que ellos mismos se ofrecían a comer algo con verduras le daba esperanza en la humanidad. Además, esta era su mayor debilidad, no era ningún secreto. Cuando los mellizos le pedían algo poniendo esas caritas de pena y con esos enormes ojos brillantes, ni su poderoso iris podía aguantarlo.
—Bueno… —accedió.
—¡Bieeeen! —gritaron.
—Pero el dulce lo elegiré yo por vosotros. Y los cuencos de arroz con pollo y verdura que vais a cenar los quiero ver limpios.
—¡Síííí!
—¿He oído que mis mellizos favoritos se van a comer un plato entero de mi especialidad de verduras? —apareció Yako junto a ellos, apoyándose sobre el murito de piedra de la jardinera con plantas que había junto a la mesa.
—¡Enteritos! —aseguraron los niños—. ¡Porque así papá nos dejará tomar un pastelito de postre!
—¿¡Pero no es el mejor papá del mundo y el más maravilloso!? —exclamó Yako con exagerada emoción, abrazando a su amigo.
Raijin se limitó a gruñir y mantener su actitud de tipo duro mientras se le ponía la cara algo roja de bochorno. Vio que las jóvenes gals de la mesa de más allá no paraban de mirarlo y echando cascadas de babas.
—Ponme una cerveza, anda —le pidió el rubio.
—A la orden —sonrió Yako, volviendo a meterse tras la barra.
—Hey, Raijin —le dijo Kyo, girándose sobre su taburete, ahí al lado—. ¿Sabes algo sobre la puerta del portal de casa? Porque vi a unos técnicos terminando de encajarla y me parece que en realidad eran unos almaati de Pipi.
—Ni idea —mintió pasivamente, y vio que Clover llevaba un rato sufriendo, intentando varias formas de recogerse el cabello y frustrándose—. Mishka, vas a arrancarte el pelo.
—Quiero cambiarme el peinado. La abuelita Norie es muy buena, pero es un poco desastre cuando intenta peinarme… Tú eres el mejor arreglándome el pelo, papi, hazme uno para ponerme la horquilla que me regalaste en el festival, porfi —le enseñó ilusionada aquella misteriosa y bella horquilla que ahora llevaba a modo de pulsera.
—A ver. ¿Trenzas dobles o los remolinos laterales? —se sentó Raijin el sofá de aquella mesa y sentó a Clover sobre sus piernas, arremangándose.
—Ya no quiero llevar los remolinos laterales nunca jamás de los jamases —declaró la niña con vehemencia, cruzándose de bracitos.
—¿Qué? Pero si hace nada decías que te encantaban —se sorprendió Raijin—. Me pasé dos horas viendo tutoriales en internet…
—Es que una niña de nuestra clase le ha dicho que ese peinado es para niñas bebés —le dijo Daisuke.
—Ah, y porque lo dijo otra niña, tu gusto ha cambiado —bufó Raijin, negando con la cabeza, viendo una vez más lo irracionales que eran los humanos, sobre todo a esta edad—. Has dejado que otra persona decida por ti qué es lo que debe gustarte. Eso sí que es de bebés.
De repente Clover se giró hacia él y le clavó una de las miradas más terroríficas que jamás había visto. No era la primera vez que veía esa mirada en ella, por eso Raijin se quedó congelado.
—¡Vale! No eres una bebé. Joder, no te pongas así... —se defendió enseguida—. ¿Si te hago las trenzas dobles, dejarás de fulminarme con la mirada?
La cara de Clover cambió por completo y le creció una enorme y adorable sonrisa de ilusión, y volvió a mirar al frente y a ponerse recta, preparada para recibir su peinado preferido.
—Papá, papá, déjame tu móvil para jugar mientras tanto —le pidió Daisuke, dándole tirones en el jersey.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Daisuke! —se le acercó Drasik enseguida, sacando su propio móvil—. Te quería enseñar unos dibujos alucinantes que tratan sobre aliens con poderes.
—Eh, a ver qué le vas a enseñar —le advirtió Raijin.
—Son totalmente inofensivos para un humano de 5 años, no te pongas pesado —le espetó Drasik, y se puso con el niño al otro lado de la mesa mirando su móvil.
—Hahh… da gusto tener a la familia KRS aquí en la cafetería con esta armonía —celebró Yako, trayéndole a Raijin su vaso de cerveza.
—Sólo falta mi abuelo —comentó Kyo, comiéndose unas bolas de arroz que le trajo Sam en un plato.
—Y Fuujin —añadió Drasik, pero siguió mostrándose entretenido con el vídeo que le estaba enseñando a Daisuke.
Los otros guardaron un silencio pesado.
—Incluso Sarah —intervino Nakuru, que ya había salido de la cocina después de ayudar a MJ.
Los demás asintieron con la cabeza con pesar. Excepto Raijin, que se quedó especialmente callado, aparentemente concentrado en hacerle el peinado a Clover. Hubo un momento tenso ahí. Porque, si estaban nombrando a todos los miembros de la KRS que faltaban ahí, quedaba uno por mencionar. La verdad es que Yako, Nakuru y los demás jamás solían mencionar el nombre de Izan delante de Raijin. Era un tema muy delicado para él. De hecho, en ese momento Kyo y Drasik cruzaron una mirada nerviosa por un breve instante. Ellos dos eran los únicos, aparte de Fuujin, que habían tenido recientes noticias o evidencias de que Izan estaba de vuelta en Tokio, después de haber estado siete años desaparecido.
—Id a jugar mientras os preparan la cena —les ordenó Raijin a los mellizos una vez terminó de colocarle a Clover su querida horquilla en el pelo.
—¡Valeee!
Mientras Clover y Daisuke jugaban en la zona infantil, una zona que Yako tenía reservada con cojines, mesitas y juguetes para los clientes que venían con niños, los demás siguieron con sus asuntos. Salvo Yako, que se tomó un rato para sentarse frente a su amigo, ahora que estaban a solas. Raijin captó a distancia esa mirada inquisitiva del Zou, y todas esas preguntas que guardaba bajo su silencio, preguntas evidentes que llevaba todo el fin de semana esperando hacerle.
—Hahh… —suspiró el rubio cansadamente—. Sí. Todo va bien. Todo está arreglado.
—¡Uf! Me alegro de oírlo, de veras. Nakuru me lo ha contado todo. Lo siento. Se nos fue de las manos.
—No te preocupes, ya está hecho, y Cleven y yo vamos a dejar eso atrás e intentar vivir una vida normal y no volver a hablar del tema. Pero espero, por el bien de vuestra válvula de sangre, que esto quede entre Nakuru, Sam, tú y yo, u os freiré hasta el paro cardiaco con seiscientos mil voltios.
—Mannaggia! No has podido dejarlo más claro —sonrió Yako, nervioso—. Tranquilo, esto quedará entre nosotros cuatro.
—Ay… —suspiró Raijin, dejando caer la cabeza sobre sus brazos encima de la mesa, abatido.
—Me alegro mucho de que Cleventine y tú ahora estéis juntos —comentó Yako—. Y de que al final Fuujin haya aceptado la situación. ¿Cleventine ya ha hablado con él?
—Cleven se fue esta mañana a su casa a recoger el resto de sus cosas, supongo que también habrá ido a hablar con su padre —contestó, aún con la cabeza hundida entre los brazos.
—Qué bien, ahora todo ha vuelto a la normalidad —celebró Yako, él tan feliz.
—No sé yo, Yako —resopló con desgana—. No te lo vas a creer, pero el viernes vi a tu abuelo llevándose a Neuval a la fuerza. No sé qué me dio más miedo, o que Neuval casi me corta la cabeza, o que de repente apareció Alvion, o que los dos se pusieron a decirse el uno al otro lo mucho que se amaban y no sé qué de unas cucarachas y escorpiones...
—¿Qué? —se sorprendió Yako—. ¿Al final Alvion se llevó a Neuval?
—Sí, no sé qué habrá pasado... pero ya me da igual, me muero de sueño —dio un bostezo y siguió hundido entre sus brazos sobre la mesa.
—Uuh, te pasa algo más —se percató—. ¿Por qué tienes esa cara tan larga, Raijin?
—Es que... Aún no le he dicho a Cleven lo de los mellizos.
—¿Qué? —brincó incrédulo—. ¿Ni siquiera lo sabe desde el primer día? ¿Cómo no le has dicho nada en todo este tiempo?
—¿Qué pensará de mí? —se preocupó Raijin.
—¿Cómo que qué pensará de ti? —se enfadó Yako—. Maldita sea, Brey, deja de preocuparte por qué pueden pensar los humanos de ti por lo de tus hijos. ¿Qué más les dará a ellos?
—No lo soporto... —agonizó, y si no fuera por la mesa, hundiría más la cabeza entre los brazos—. Llevo desde ayer experimentando un horrible sentimiento humano… No estoy acostumbrado a estos estúpidos sentimientos humanos…
—¿Qué sentimiento?
—Vergüenza.
—Tú sí que me das vergüenza cuando te pones así —le reprochó Yako—. Te afecta de forma natural porque Cleven siempre ha sido uno de tus seres más queridos. Pero no tienes de qué preocuparte, Cleven sentirá hacia ti lo mismo que siento yo en este asunto.
—¿Y qué sientes tú hacia mí con esto? —se extrañó.
—Admiración. Porque, a pesar de lo que has sufrido, has sido valiente y has seguido adelante. Tal vez no con tu bienestar propio, pero sí con los mellizos. Has cuidado poco de ti mismo, pero has cuidado de los dos niños como un campeón, y ellos te adoran, y tú los adoras a ellos, y eso es lo que la gente tiene que tener en cuenta.
—Sabes que yo no quise tenerlos... —murmuró taciturno.
—Sé que eso fue al principio, porque estabas aterrorizado, eras un crío de 15 años. Pero no engañas a nadie, Raijin. Sé perfectamente que cuando viene el asistente social a tu casa para supervisar el cuidado de los mellizos, tú te mueres de miedo de que con cualquier error te los quiten de tu lado. Si hay algo en este mundo que te aterra, es que te separen de ellos. Reconócelo. No puedes vivir sin ellos. Se han convertido en tu vida.
Raijin por fin levantó la cabeza y miró a su amigo con una cara indignada.
—Te odio, Yako. Odio cuando demuestras conocerme mejor que yo mismo.
—Para eso están los amigos —sonrió este—. Para ser odiados por conocerte mejor que a ti mismo.
—Pero que me separen de ellos no es lo que más me aterra en este mundo —continuó Raijin, volviendo a hundir la cabeza entre los brazos.
—Ah, ¿no? ¿Qué puede haber que te dé más miedo que eso?
—No ser un buen padre para ellos —murmuró—. Joder, soy un iris nato, un ser de puro Yang, no está en mí hacer mal a nadie. Pero a veces no les doy la atención que merecen. A veces se me hace muy difícil esta responsabilidad, este ritmo. Ya no recuerdo lo que es dormir ocho horas seguidas. Hace tiempo, estuve meses teniendo pesadillas con pañales sucios y biberones andantes que venían a matarme…
—Vamos, es normal, aún son pequeños —lo tranquilizó—. Y tú ya te estás acostumbrando. No sufres nada que no sufran otros padres o madres solteros de 30 o 40 años. ¿Y desde cuándo cometer errores obvios durante un aprendizaje y desear remediarlos no te hacen una buena persona? Sigues siendo un ser de puro Yang. Eres un diamante en bruto a ojos de mi especie. Por eso, si yo te digo que eres el mejor padre que los mellizos pueden tener, tienes que creerlo.
—Nakuru no piensa lo mismo.
—Nakuru lo que te reprocha es esa manía tuya de avergonzarte y sentirte culpable por esos errores o pequeñas faltas que cualquier padre normal cometería. Nakuru sabe que les quieres, lo que pasa es que ella quiere que tú lo reconozcas abiertamente, en público, sin temer lo que pueda pensar la gente. Quiere que estés orgulloso de ellos y de ti mismo.
—Peor es cuando la gente se entera de que la madre murió en el parto. Y ya me apuntan a mí con un dedo acusador, como Joji y Norie.
—Joji y Norie han sido duros contigo, pero tienes que comprenderlos. Tú sabes lo que se siente al perder a alguien tan querido. Yue era su hija. Te culpan a ti porque no son capaces de aceptar todavía la muerte de su hija. Pero ellos saben tan bien como nosotros que Yue era una chica con una salud muy frágil. Y ella lo sabía, sabía que el parto era muy arriesgado, y aun así, a ella le daba igual. Yue deseaba que nacieran, sin importarle lo que le pasara a ella. Y deseaba que se quedasen contigo. La muerte de Yue no fue como la de nuestros otros seres queridos, Raijin. Tú la viste. De todas las muertes que has visto, Yue fue la primera y única persona a la que has visto morir feliz. Lo sabes.
—La echo de menos… muchísimo...
—Lo sé. Pero ahora hay gente a tu alrededor que te necesita. Gente a la que quieres, y que sigue estando a tu lado. Vive, Raijin, por aquellos que se han ido, y por aquellos que han venido.
Ambos se quedaron un rato en silencio. Raijin soltó un largo suspiro y se sintió algo más calmado. Si no fuera por Yako, no sabía qué haría.
Raijin aparcó el coche junto a la acera de un pequeño parque, en una de las zonas más ricas de la ciudad. Estaba lleno de niños jugando y corriendo por los columpios. Siempre se ponía impaciente en estos casos, no le gustaba estar demasiado tiempo por esa zona residencial donde solían vivir personas importantes, como funcionarios del Gobierno.
Por ello, se bajó enseguida del coche y se dirigió rápidamente hacia una mujer joven que estaba sentada en uno de los banquitos del parque, junto con otras madres o niñeras, e iba vestida con un uniforme. La chica, al verlo, se puso en pie al instante y sostuvo en ambas manos un par de mochilitas de colores que contenían ropa y algunos juguetes. Raijin las cogió y comprobó su interior para ver que no faltara nada.
—¿Qué tal está hoy, señorito? —le preguntó la chica amablemente.
—Bien —contestó Raijin sin más, tan seco como siempre.
—Oh, el señor y la señora Saitou me han pedido que le diga de su parte que usted debe parar de decir palabrotas delante de ellos, porque luego ellos las repiten, y no les agrada nada.
—Hm… —Raijin cerró las mochilas y miró a la joven con cara pensativa—. ¿Puedes decirle a Norie que deje de tocarme tanto las pelotas?
La otra reprimió una risa, llevándose una mano a la boca con modestia.
—Se lo haré saber, señorito.
Raijin de repente oyó unos gritos por el parque por encima del barullo de otros niños. Al darse la vuelta, vio a un niño que debía de tener unos 10 años, peinado con gomina y vestido con un trajecito elegante que en ese momento empujó al suelo a una niña más pequeña que él. El arrogante niño rico no paraba de lanzarle burlas y, por si fuera poco, le pegó una patada a la niña en la pierna.
Dos centésimas de segundo después, Raijin ya estaba caminando a zancadas hacia él con una cara de mil demonios. La niña, rabiosa, estuvo a punto de levantarse del suelo para lanzarse contra su agresor, pero Raijin se puso entre los dos niños, apuntando con el dedo al abusón.
—¡Eh, chaval! —le rugió, echando chispas por los ojos—. ¡Mocoso de mierda! ¿¡Qué coño te crees que haces con esta mocosa!?
—Eh, pringado, ¿de qué vas? —le espetó el niño, sonriendo con burla—. ¡No te metas donde no te llaman, chaval!
—¡Chaval, me has cabreado! —Raijin se inclinó hacia él y el otro también le plantó la cara delante, clavándose las miradas—. En estos momentos lamento no poder darle una bofetada a un mocoso como tú sin acabar en la cárcel —gruñó.
—¿¡De qué vas, pringado!? ¿Vas a defender a esa tonta? ¿Es que vas de héroe? ¿O eres su hermano mayor?
—¿¡No ves que tienes el doble de años que ella, pedazo de grano!?
—¡Si yo le digo a esa estúpida que el columpio es mío, es que el columpio es mío! ¡Y si se pone a llorar ya puede acostumbrarse, porque mi papá es un hombre muy rico y este parque va a ser para mí y no para esa niña tonta! ¿¡Es que vas a llorar tú también por ella, pringado!? —le espetó, y se asomó detrás de él para dirigirse a la niña—. ¡Vamos, tonta, vete a llamar a tu papá para que yo pueda tratar con él, jajaja!
Raijin volvió a ponerse delante de su cara, ofreciéndole una de sus miradas más frías y aterradoras.
—Ya estás tratando con él —le gruñó, y el niño se quedó perplejo, y petrificado—. Y te acabo de salvar la vida, pedazo de pústula con gomina, porque si yo no llego a aparecer, ella te habría partido las costillas. Como vuelva a ver que te acercas a mi hija a menos de cien metros, me verás aparecer debajo de tu cama con una guadaña todas las noches.
El niño se quedó temblando de miedo y borró por completo esa arrogancia, y empezó a hacerse pis encima. De pronto, echó a llorar y se fue corriendo de allí llamando a su madre.
Raijin volvió a erguirse, soltando un gruñido satisfecho. Acto seguido, se dio la vuelta, sólo para localizar como si fuera un radar aquella raspadura que sangraba un poco en la rodilla de la niña. Fijando esa magulladura en su punto de mira, el rubio sacó del bolsillo de su pantalón su pequeño estuche de botiquín y, con suma destreza, cogió un trozo de algodón, desenroscó un botecito de clorhexidina, mojó el algodón y cerró el botecito.
—¡Ahhhh! —Clover dio un respingo horripilado al verlo y se apresuró a huir de ahí—. ¡Nooo, no, no, no, no…!
Pero Raijin la atrapó a tiempo con buena práctica, la sentó en el suelo, sujetó sus manos bajo un brazo, la inmovilizó con una llave de kárate bajo una pierna y puso su pequeña rodilla lista para tratar, quedando ella tras él. Comenzó, pues, a limpiar su herida.
—¡Nooo, duele, pica, dueleee! —berreó Clover.
—Cállate —dijo Raijin tranquilamente, continuando con su labor—. Que la gente se va a pensar que te estoy maltratando.
—¡Me estás maltratando! —replicó la niña.
—¡De eso nada! —se picó el rubio, terminando de limpiar la herida—. ¡Y ahora elige! —se volvió hacia ella, refunfuñando, plantándole en la cara tres modelos de tirita de tres colores diferentes—. ¡Unicornio con arcoíris, gato con sonrisa estúpida o monstruo verde con ojos saltones!
A Clover le brillaron los ojitos con ilusión al ver esas tiritas tan chulas, y se mordió los puños, indecisa.
—¡Gatito con carita sonriente!
—Marchando el gatito retrasado —concluyó Raijin, poniéndole la tirita elegida en la rodilla.
—¡Wiiii! —celebró Clover, olvidando las lágrimas y el dolor por completo, tremendamente feliz con su tirita—. ¿¡Y mi caramelo!? ¿¡Y mi caramelo de niña buena!? —se puso a saltar a su alrededor mientras este volvía a guardar sus utensilios en su estuche—. ¡No me has dado mi caramelo! ¡Quiero mi caramelo de niña buenaaa! —se enfadó.
—No me puedes pedir de esa manera el caramelo de niña buena, ¿no te parece? No hay caramelo.
—¿¡Por qué!? —se quedó pálida del horror, como si fuera el fin del mundo.
—Porque llevas toda la semana zampando pasteles a mis espaldas y te va a dar un infarto.
—¡Ahh! ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho? ¿¡Quién me ha delatado!?
—¡La factura de Yako!
—Rayos… —maldijo Clover, y de repente se tiró al suelo completamente quieta—. ¡Huelga de hambre!
—Ni lo sueñes —Raijin la sujetó bajo un brazo y fue regresando a donde tenía el coche, mirando a su alrededor—. ¿Dónde está ese mocoso…? —gruñó, y acabó localizándolo en el tobogán de más allá—. ¡Daisuke! ¡Deja de pintar garabatos en el tobogán, eso es vandalismo! ¡Nos vamos ya!
Daisuke se sobresaltó al oír la voz de su padre y guardó su rotulador rápidamente. Bajó el tobogán por la escalera y corrió con ellos. Mientras Raijin sentaba a Clover atrás en su silla de seguridad, Daisuke se subió al asiento del copiloto tranquilamente y cerró la puerta. Tres segundos después, Raijin abrió la puerta y se quedó mirando a Daisuke seriamente.
—¿A qué esperas? Arranca ya, chófer —le ordenó el niño con descaro. Entonces, Raijin lo agarró y lo sacó de ahí—. ¡Nooo! ¡Yo me siento delanteee!
—Cuando midas medio metro más, retaco —le espetó Raijin.
Mientras lo colocaba en su silla y le abrochaba los cinturones, Daisuke miró a su hermana ahí al lado y vio que tenía una cara malhumorada y estaba cruzada de brazos.
—Clover está enfadada contigo. ¿Qué le has hecho? —le gruñó el niño.
—¿Qué? —Raijin miró a la niña, incrédulo—. ¿Por un simple caramelo, mishka?
—¡No es por eso! —dijo ella—. Es porque te has puesto en el medio. ¡No necesitaba que me protegieras de ese niño tonto! Siempre haces lo mismo.
—Estás un poquito confundida. Si intervengo, es para proteger a los demás niños de ti, ¡porque eres una bruta!
Clover se quedó un poco pensativa, y luego dibujó una sonrisa arrogante y movió la cabeza con aire orgulloso.
—Eh. Borra esa sonrisilla —le reprimió Raijin—. Usar la violencia para machacar a los demás niños cuando se meten contigo no es motivo para estar orgullosa.
Ella siguió sonriendo, con la barbilla alta. Miró a su padre de reojo, con sus ojos verdes heredados de él. Raijin puso una cara molesta y desafiante. Luego se dio la vuelta para sacudir el polvo y las migas de galleta de las mantas de las sillitas. Entonces, Daisuke vio el rostro de su padre reflejado en el espejo lateral del coche.
—¡Ajá! —Daisuke lo señaló con el dedo—. ¡Papá está sonriendo!
Raijin se sobresaltó y trató de disimular, recuperando su cara de malas pulgas, volviendo a colocar las mantas junto a las sillas.
—No es verdad.
—Sí, te he visto. Por dentro te sientes orgulloso de Clover por saber defenderse de los niños malos.
—¡Eh! Agredir a los demás está mal, ¿me oís? Os tengo dicho que siempre debéis llamar a un adulto si tenéis problemas con un abusón.
—Por mí no te preocupes, yo tengo otros métodos —presumió Daisuke, jugueteando con su rotulador en la mano.
—Te lo advierto, Dai, no me pintes más el coche o te quedas una semana sin dulces.
—A papá le encanta que los niños malos te tengan miedo —le dijo Daisuke a su hermana.
—Lo sé. Se le da muy mal mentir —dijo esta.
—Mocosos… —gruñó Raijin, rindiéndose; cerró la puerta de atrás y se subió al volante—. No os aguanto…
—¡Jajajaja…! —los dos niños se empezaron a reír y a recrear una pelea imaginaria, lanzando puños al aire.
Rato después, cuando ya se habían marchado, uno de los niños del parque fue a subirse al tobogán. Vio patidifuso que había extraños símbolos dibujados sobre la metálica y pulida rampa, pero, restándole importancia, se lanzó por ella. Al hacerlo, cuando llegó al final, esos garabatos que Daisuke había pintado se iluminaron con una luz azulada, y en vez de terminar en el suelo, el niño salió volando suavemente, flotó por el aire, dando vueltas y giros, y se puso a gritar de alegría y a reír con diversión.
Cuando los símbolos de la rampa apagaron su luz, el niño volvió al suelo suavemente. Se quedó ahí perplejo con una gran sonrisa en la cara, mirando a ver si alguien lo había visto, pero no. Cuando volvió al tobogán para poder repetirlo, se llevó una decepción al descubrir que esos símbolos mágicos ya habían desaparecido.
* * * * * *
Ya había caído la noche, las calles ya empezaron a llenarse de agitación. Los humanos porque era su último momento de vacaciones, y abarrotaron los bares y los centros comerciales; los iris, por el rumor que ya se había empezado a extender por todo el país. Por ejemplo, en la ciudad de Sendai, al norte de Japón, había una mujer de mediana edad y otra más joven, ambas amas de casa y vecinas haciendo la colada en sus patios. Las dos eran iris miembros de la HRS, una aliada de la KRS.
—Esta mañana he estado en Nagasaki para darle a la AoRS su parte de la misión de la semana que viene, ¿y a que no sabes qué me han contado? —le decía la mayor a la joven mientras colgaban unas sábanas en el tendedero.
—¿El qué?
—¡Fuujin, de la KRS, ha vuelto!
—¿¡Qué me dices!?
En Hiroshima igual, había un joven miembro de la BRS que se encontró con una niña de la MuRS, la púrpura, en la azotea de un edificio.
—¿Qué hay? —saludó el chico, a punto de pasar de largo.
—Pues aquí, siguiendo la pista de un traficante de droga —le dijo la niña—. ¡Hey, espera! ¿¡No te has enterado!?
—¿De qué?
—¡He oído por ahí que el legendario Fuujin ha vuelto!
—¿¡Qué!? ¿¡Estás de coña!?
Y así, los iris de las RS de Japón iban pasando los rumores entre ellos, y todo el país acabó enterándose. Estas RS se lo dijeron a las RS de Rusia, de Corea, Australia… hasta que al final se enteraron todas las RS de todos los países del mundo, no sin quedarse de piedra. ¿Quién había lanzado el rumor? El bocazas de Pipi, ¿quién sino?, que cuando vio la luz blanca en lo alto de la colina del cementerio del distrito de Minato, donde estaba la Torre de Tokio, lo supo de inmediato. Las RS enemigas de la KRS también se enteraron y fue algo que no les hizo mucha gracia, sobre todo a la MRS, que le seguía guardando rencor a la KRS después de lo que pasó con el pergamino.
Bueno. Lo que se dice todos los iris, no. Había cinco que aún no lo sabían, y esos cinco estaban ahora mismo en la cafetería de Yako.
—Sam, ayer estuve flirteando con esa chica de tercero, la de tu clase —le comentó Drasik, mientras hacía pajaritas de papel con las servilletas en la barra, a las que después convertía en hielo.
Sam siguió a lo suyo, como si no hubiese oído nada, yendo de un lado a otro recogiendo y sirviendo pedidos. Kyo, que se sentaba al lado de Drasik, estaba escuchando música con auriculares, en su burbuja.
—¿Me has oído? La guapa, la que según me ha dicho Kyo siempre anda detrás de ti —insistió Drasik, altanero.
Sam lo siguió ignorando, indiferente.
—Ah, y le pegué una patada a un gato que se me cruzó delante —apuntó Drasik.
Ahí Sam se volvió hacia él como el rayo, con una mirada fiera.
—¿Que hiciste qué con qué?
—Claro, ahora me haces caso —bufó, lanzándole una pelotita de papel—. Era broma, jamás le haría daño a un animal. ¿Qué te parecería si salgo con ella?
—Te daré una medalla —contestó, volviendo a su trabajo.
—¿Qué? —se sorprendió—. ¿Pero no te importa? Maldición... Sam, no sé cómo no haces nada teniendo a semejante bombón a tus pies. ¿Vas a dejar pasar la oportunidad de saber qué se siente saliendo con esa piba?
—Estuvimos juntos el año pasado, ella la cagó por golfa y por pesada, corté con ella y ahora viene con aureola y alitas de ángel para que volvamos. Quédatela, me haces un favor. Y ahora déjame trabajar —le dijo del tirón, cansino, y se fue a llevar una bandeja con bebidas a la otra punta del local.
Drasik aún estaba con la mandíbula sobre la barra, atónito.
—¿Que estuvieron juntos el año pasado? ¿Que él la dejó? ¿Golfa? ¿Pesada? ¡Kyo, eso no me lo has contado! —exclamó, pegándole un puñetazo en el hombro.
—¿Qué haces? —saltó este, quitándose los cascos de música.
—Sam me acaba de contar que esa piba estuvo con él, ¡y que es una golfa y una pesada!
—¡Genial! Entonces haréis buena pareja —replicó Kyo, volviendo a ponerse los cascos.
—Gentuza... —gruñó Drasik, haciendo una bola de papel con una servilleta y se la lanzó a Yako a la cabeza, que pasaba por delante de ellos.
—Estate quieto, Sui —le reprochó Yako, tan ocupado como Sam con los pedidos—. Me vas a barrer el suelo con esos pelos de loco que llevas.
—Sí, mi Señor —asintió Drasik con una reverencia.
—Que no me llaméis así, pesados —refunfuñó Yako.
El local estaba a rebosar, y para hablar había que gritar por encima del barullo. Nakuru estaba en la cocina, echando una mano voluntaria a MJ mientras charlaban acerca de cómo eran los profesores de la universidad de MJ y de Yako comparados con los del instituto de Nakuru y los otros dos.
Por otra parte, Kain se estaba ocupando de la sección de pastelería con otro empleado de Yako que se había ofrecido a hacer horas extra tras enterarse de lo que se había llenado la cafetería en una tarde. Todo trascurría animadamente con algún que otro jaleo de pedidos. La gente no paraba de hablar, de soltar risas y exclamaciones, incluso había un grupito de gals en una de las mesas cantando una canción de Higashikaze, el grupo de Haru, a grito pelado. Lo único que animaba a Yako era que sus cajeros iban adquiriendo volumen por minutos, así que decidió darles paga extra a sus empleados.
Poco después, las puertas de la cafetería se abrieron de par en par y se vieron dos cabecitas, una negra y otra amarilla, correteando entre las mesas hacia la sección de pastelería. Yako observó desde el otro lado del local que se trataba de los mellizos, y automáticamente volvió la vista a la puerta, donde, como esperaba, apareció Raijin entrando con ese aire estoico y cansado suyo, dándole una última calada a su cigarrillo. Como solía ocurrir muy a menudo, el grupo de gals detuvo su canto para empezar a soltar grititos y suspiros apasionados.
—¿¡Quién es ese rubio!? —chillaron—. ¡Qué guapo! ¡Aaaah!
El momento épico de Raijin llamando la atención de media cafetería por su presencia y su belleza se terminó cuando él, impasible y serio, tiró el cigarro en la papelera de fuera, terminó de cruzar la puerta y se fue yendo hacia la barra principal. Yako se acercó a él enseguida, sonriente.
—Hey, qué bien que estés aquí, ahora esas gals querrán quedarse más tiempo aquí para acosarte con los ojos y pedirán más bebidas —le dijo divertido.
—Qué monas... —contestó Raijin con sarcasmo—. ¿Dónde están esos dos? —preguntó, mirando a su alrededor.
—¿Tú dónde crees? —casi rio Yako.
Raijin dirigió la vista directamente hacia el otro lado de la cafetería, donde estaba la barra de pastelería, y, una vez más, los mellizos pegando las manos y los ojos en el cristal de las urnas que contenían los dulces. Raijin gruñó y se fue para allá rápidamente, antes de que Kain les sirviera más pasteles.
—¿Qué os he dicho hace diez minutos? —el rubio atrapó a cada mellizo bajo cada brazo—. ¡Nada de pasteles una temporada!
—¡Pero papááá…! —se quejaron y patalearon en el aire.
—Vamos, Brey, déjalos tomar un poquito de la tarta de fresas que ha hecho MJ —le dijo Kain.
—Tú eres quien los atiborra sin mi permiso, ¿verdad? —lo acusó Raijin—. ¡Ocho piezas de tarta en esta última semana, Kain!
—¡Diantres! —masculló el robusto hombre—. ¡Le dije a Yako que no lo apuntara en la factura!
—¿Te crees que aun así no me habría enterado?
—Eh. Si los dejas aquí a nuestro cuidado tantas veces, esta es nuestra forma de cuidarlos —se defendió Kain.
—Gracias, sabía que podía contar con vosotros —farfulló Raijin con sarcasmo.
Alejó a los niños de la sección de pastelería y se los llevó a la otra zona donde estaba Yako, y los sentó en una mesa al lado de la barra.
—A ver, ¿de qué queréis los sándwiches? —les preguntó Raijin, suspirando con paciencia.
—De chocolate —dijo Clover.
—Y yo de dulce de leche, gracias —dijo Daisuke.
—¡Oh! Se me ocurre que mejor no cenáis nada —contraatacó Raijin.
—¡Porfa, porfaaa! ¡Déjanos comer un pastelito chiquitito! —suplicó Clover—. ¡Al menos, como postre! ¡Y cenaremos algo con verduras! —suplicó Daisuke.
Raijin los miró con cara de gran asombro.
—No lo digáis si no es en serio. No juguéis con mis escasos sentimientos.
—Te lo prometemos, papi, comeremos algo con verduras —le aseguraron—. Si nos dejas tomar un postrecito dulce. Además, en casa de los abuelos no hemos comido ningún dulce, sólo frutas.
Qué oferta tan maravillosa, Raijin estaba emocionado. Oír que ellos mismos se ofrecían a comer algo con verduras le daba esperanza en la humanidad. Además, esta era su mayor debilidad, no era ningún secreto. Cuando los mellizos le pedían algo poniendo esas caritas de pena y con esos enormes ojos brillantes, ni su poderoso iris podía aguantarlo.
—Bueno… —accedió.
—¡Bieeeen! —gritaron.
—Pero el dulce lo elegiré yo por vosotros. Y los cuencos de arroz con pollo y verdura que vais a cenar los quiero ver limpios.
—¡Síííí!
—¿He oído que mis mellizos favoritos se van a comer un plato entero de mi especialidad de verduras? —apareció Yako junto a ellos, apoyándose sobre el murito de piedra de la jardinera con plantas que había junto a la mesa.
—¡Enteritos! —aseguraron los niños—. ¡Porque así papá nos dejará tomar un pastelito de postre!
—¿¡Pero no es el mejor papá del mundo y el más maravilloso!? —exclamó Yako con exagerada emoción, abrazando a su amigo.
Raijin se limitó a gruñir y mantener su actitud de tipo duro mientras se le ponía la cara algo roja de bochorno. Vio que las jóvenes gals de la mesa de más allá no paraban de mirarlo y echando cascadas de babas.
—Ponme una cerveza, anda —le pidió el rubio.
—A la orden —sonrió Yako, volviendo a meterse tras la barra.
—Hey, Raijin —le dijo Kyo, girándose sobre su taburete, ahí al lado—. ¿Sabes algo sobre la puerta del portal de casa? Porque vi a unos técnicos terminando de encajarla y me parece que en realidad eran unos almaati de Pipi.
—Ni idea —mintió pasivamente, y vio que Clover llevaba un rato sufriendo, intentando varias formas de recogerse el cabello y frustrándose—. Mishka, vas a arrancarte el pelo.
—Quiero cambiarme el peinado. La abuelita Norie es muy buena, pero es un poco desastre cuando intenta peinarme… Tú eres el mejor arreglándome el pelo, papi, hazme uno para ponerme la horquilla que me regalaste en el festival, porfi —le enseñó ilusionada aquella misteriosa y bella horquilla que ahora llevaba a modo de pulsera.
—A ver. ¿Trenzas dobles o los remolinos laterales? —se sentó Raijin el sofá de aquella mesa y sentó a Clover sobre sus piernas, arremangándose.
—Ya no quiero llevar los remolinos laterales nunca jamás de los jamases —declaró la niña con vehemencia, cruzándose de bracitos.
—¿Qué? Pero si hace nada decías que te encantaban —se sorprendió Raijin—. Me pasé dos horas viendo tutoriales en internet…
—Es que una niña de nuestra clase le ha dicho que ese peinado es para niñas bebés —le dijo Daisuke.
—Ah, y porque lo dijo otra niña, tu gusto ha cambiado —bufó Raijin, negando con la cabeza, viendo una vez más lo irracionales que eran los humanos, sobre todo a esta edad—. Has dejado que otra persona decida por ti qué es lo que debe gustarte. Eso sí que es de bebés.
De repente Clover se giró hacia él y le clavó una de las miradas más terroríficas que jamás había visto. No era la primera vez que veía esa mirada en ella, por eso Raijin se quedó congelado.
—¡Vale! No eres una bebé. Joder, no te pongas así... —se defendió enseguida—. ¿Si te hago las trenzas dobles, dejarás de fulminarme con la mirada?
La cara de Clover cambió por completo y le creció una enorme y adorable sonrisa de ilusión, y volvió a mirar al frente y a ponerse recta, preparada para recibir su peinado preferido.
—Papá, papá, déjame tu móvil para jugar mientras tanto —le pidió Daisuke, dándole tirones en el jersey.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Daisuke! —se le acercó Drasik enseguida, sacando su propio móvil—. Te quería enseñar unos dibujos alucinantes que tratan sobre aliens con poderes.
—Eh, a ver qué le vas a enseñar —le advirtió Raijin.
—Son totalmente inofensivos para un humano de 5 años, no te pongas pesado —le espetó Drasik, y se puso con el niño al otro lado de la mesa mirando su móvil.
—Hahh… da gusto tener a la familia KRS aquí en la cafetería con esta armonía —celebró Yako, trayéndole a Raijin su vaso de cerveza.
—Sólo falta mi abuelo —comentó Kyo, comiéndose unas bolas de arroz que le trajo Sam en un plato.
—Y Fuujin —añadió Drasik, pero siguió mostrándose entretenido con el vídeo que le estaba enseñando a Daisuke.
Los otros guardaron un silencio pesado.
—Incluso Sarah —intervino Nakuru, que ya había salido de la cocina después de ayudar a MJ.
Los demás asintieron con la cabeza con pesar. Excepto Raijin, que se quedó especialmente callado, aparentemente concentrado en hacerle el peinado a Clover. Hubo un momento tenso ahí. Porque, si estaban nombrando a todos los miembros de la KRS que faltaban ahí, quedaba uno por mencionar. La verdad es que Yako, Nakuru y los demás jamás solían mencionar el nombre de Izan delante de Raijin. Era un tema muy delicado para él. De hecho, en ese momento Kyo y Drasik cruzaron una mirada nerviosa por un breve instante. Ellos dos eran los únicos, aparte de Fuujin, que habían tenido recientes noticias o evidencias de que Izan estaba de vuelta en Tokio, después de haber estado siete años desaparecido.
—Id a jugar mientras os preparan la cena —les ordenó Raijin a los mellizos una vez terminó de colocarle a Clover su querida horquilla en el pelo.
—¡Valeee!
Mientras Clover y Daisuke jugaban en la zona infantil, una zona que Yako tenía reservada con cojines, mesitas y juguetes para los clientes que venían con niños, los demás siguieron con sus asuntos. Salvo Yako, que se tomó un rato para sentarse frente a su amigo, ahora que estaban a solas. Raijin captó a distancia esa mirada inquisitiva del Zou, y todas esas preguntas que guardaba bajo su silencio, preguntas evidentes que llevaba todo el fin de semana esperando hacerle.
—Hahh… —suspiró el rubio cansadamente—. Sí. Todo va bien. Todo está arreglado.
—¡Uf! Me alegro de oírlo, de veras. Nakuru me lo ha contado todo. Lo siento. Se nos fue de las manos.
—No te preocupes, ya está hecho, y Cleven y yo vamos a dejar eso atrás e intentar vivir una vida normal y no volver a hablar del tema. Pero espero, por el bien de vuestra válvula de sangre, que esto quede entre Nakuru, Sam, tú y yo, u os freiré hasta el paro cardiaco con seiscientos mil voltios.
—Mannaggia! No has podido dejarlo más claro —sonrió Yako, nervioso—. Tranquilo, esto quedará entre nosotros cuatro.
—Ay… —suspiró Raijin, dejando caer la cabeza sobre sus brazos encima de la mesa, abatido.
—Me alegro mucho de que Cleventine y tú ahora estéis juntos —comentó Yako—. Y de que al final Fuujin haya aceptado la situación. ¿Cleventine ya ha hablado con él?
—Cleven se fue esta mañana a su casa a recoger el resto de sus cosas, supongo que también habrá ido a hablar con su padre —contestó, aún con la cabeza hundida entre los brazos.
—Qué bien, ahora todo ha vuelto a la normalidad —celebró Yako, él tan feliz.
—No sé yo, Yako —resopló con desgana—. No te lo vas a creer, pero el viernes vi a tu abuelo llevándose a Neuval a la fuerza. No sé qué me dio más miedo, o que Neuval casi me corta la cabeza, o que de repente apareció Alvion, o que los dos se pusieron a decirse el uno al otro lo mucho que se amaban y no sé qué de unas cucarachas y escorpiones...
—¿Qué? —se sorprendió Yako—. ¿Al final Alvion se llevó a Neuval?
—Sí, no sé qué habrá pasado... pero ya me da igual, me muero de sueño —dio un bostezo y siguió hundido entre sus brazos sobre la mesa.
—Uuh, te pasa algo más —se percató—. ¿Por qué tienes esa cara tan larga, Raijin?
—Es que... Aún no le he dicho a Cleven lo de los mellizos.
—¿Qué? —brincó incrédulo—. ¿Ni siquiera lo sabe desde el primer día? ¿Cómo no le has dicho nada en todo este tiempo?
—¿Qué pensará de mí? —se preocupó Raijin.
—¿Cómo que qué pensará de ti? —se enfadó Yako—. Maldita sea, Brey, deja de preocuparte por qué pueden pensar los humanos de ti por lo de tus hijos. ¿Qué más les dará a ellos?
—No lo soporto... —agonizó, y si no fuera por la mesa, hundiría más la cabeza entre los brazos—. Llevo desde ayer experimentando un horrible sentimiento humano… No estoy acostumbrado a estos estúpidos sentimientos humanos…
—¿Qué sentimiento?
—Vergüenza.
—Tú sí que me das vergüenza cuando te pones así —le reprochó Yako—. Te afecta de forma natural porque Cleven siempre ha sido uno de tus seres más queridos. Pero no tienes de qué preocuparte, Cleven sentirá hacia ti lo mismo que siento yo en este asunto.
—¿Y qué sientes tú hacia mí con esto? —se extrañó.
—Admiración. Porque, a pesar de lo que has sufrido, has sido valiente y has seguido adelante. Tal vez no con tu bienestar propio, pero sí con los mellizos. Has cuidado poco de ti mismo, pero has cuidado de los dos niños como un campeón, y ellos te adoran, y tú los adoras a ellos, y eso es lo que la gente tiene que tener en cuenta.
—Sabes que yo no quise tenerlos... —murmuró taciturno.
—Sé que eso fue al principio, porque estabas aterrorizado, eras un crío de 15 años. Pero no engañas a nadie, Raijin. Sé perfectamente que cuando viene el asistente social a tu casa para supervisar el cuidado de los mellizos, tú te mueres de miedo de que con cualquier error te los quiten de tu lado. Si hay algo en este mundo que te aterra, es que te separen de ellos. Reconócelo. No puedes vivir sin ellos. Se han convertido en tu vida.
Raijin por fin levantó la cabeza y miró a su amigo con una cara indignada.
—Te odio, Yako. Odio cuando demuestras conocerme mejor que yo mismo.
—Para eso están los amigos —sonrió este—. Para ser odiados por conocerte mejor que a ti mismo.
—Pero que me separen de ellos no es lo que más me aterra en este mundo —continuó Raijin, volviendo a hundir la cabeza entre los brazos.
—Ah, ¿no? ¿Qué puede haber que te dé más miedo que eso?
—No ser un buen padre para ellos —murmuró—. Joder, soy un iris nato, un ser de puro Yang, no está en mí hacer mal a nadie. Pero a veces no les doy la atención que merecen. A veces se me hace muy difícil esta responsabilidad, este ritmo. Ya no recuerdo lo que es dormir ocho horas seguidas. Hace tiempo, estuve meses teniendo pesadillas con pañales sucios y biberones andantes que venían a matarme…
—Vamos, es normal, aún son pequeños —lo tranquilizó—. Y tú ya te estás acostumbrando. No sufres nada que no sufran otros padres o madres solteros de 30 o 40 años. ¿Y desde cuándo cometer errores obvios durante un aprendizaje y desear remediarlos no te hacen una buena persona? Sigues siendo un ser de puro Yang. Eres un diamante en bruto a ojos de mi especie. Por eso, si yo te digo que eres el mejor padre que los mellizos pueden tener, tienes que creerlo.
—Nakuru no piensa lo mismo.
—Nakuru lo que te reprocha es esa manía tuya de avergonzarte y sentirte culpable por esos errores o pequeñas faltas que cualquier padre normal cometería. Nakuru sabe que les quieres, lo que pasa es que ella quiere que tú lo reconozcas abiertamente, en público, sin temer lo que pueda pensar la gente. Quiere que estés orgulloso de ellos y de ti mismo.
—Peor es cuando la gente se entera de que la madre murió en el parto. Y ya me apuntan a mí con un dedo acusador, como Joji y Norie.
—Joji y Norie han sido duros contigo, pero tienes que comprenderlos. Tú sabes lo que se siente al perder a alguien tan querido. Yue era su hija. Te culpan a ti porque no son capaces de aceptar todavía la muerte de su hija. Pero ellos saben tan bien como nosotros que Yue era una chica con una salud muy frágil. Y ella lo sabía, sabía que el parto era muy arriesgado, y aun así, a ella le daba igual. Yue deseaba que nacieran, sin importarle lo que le pasara a ella. Y deseaba que se quedasen contigo. La muerte de Yue no fue como la de nuestros otros seres queridos, Raijin. Tú la viste. De todas las muertes que has visto, Yue fue la primera y única persona a la que has visto morir feliz. Lo sabes.
—La echo de menos… muchísimo...
—Lo sé. Pero ahora hay gente a tu alrededor que te necesita. Gente a la que quieres, y que sigue estando a tu lado. Vive, Raijin, por aquellos que se han ido, y por aquellos que han venido.
Ambos se quedaron un rato en silencio. Raijin soltó un largo suspiro y se sintió algo más calmado. Si no fuera por Yako, no sabía qué haría.
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