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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









98.
Coincidencia en el aeropuerto

Llegó el domingo. El día anterior había pasado rápido y tranquilo. Quizá fuera porque la discusión con Nakuru lo saturó, o quizá porque tenía, de todas formas, un recado pendiente que hacer en la universidad, que podía hacer cualquier otro día, pero Raijin salió de casa a la hora de comer usando este asunto pendiente como motivo y no volvió en toda la tarde. Obviamente, ese papeleo de la universidad no le llevó más de una hora, pero después de eso se puso a patrullar la ciudad y a patear el culo de varios delincuentes que encontró atracando a unos inocentes, o amenazando al vendedor de una tienda, o causando problemas por otros lados. No le hizo caso al móvil en toda la tarde ni vio a nadie.

Por eso, Nakuru invitó a Cleven a comer a su casa y así distraerla de ese pequeño y extraño mal humor de su tío. El padre de Nakuru las acompañó y se quedó tranquilo al escuchar de la propia Cleven sus intenciones de ir a hablar con su padre mañana.

Al anochecer, Nakuru acompañó a Cleven de vuelta a la casa de Raijin. El susodicho ya estaba allí, haciendo la cena. Y parecía más sosegado. Cuando Cleven subió a la planta de arriba para ir al baño, Nakuru aprovechó y se acercó un momento a la puerta de la cocina. Raijin la ignoró, muy concentrado en controlar la carne que asaba en una sartén y las verduras que cocía en una olla.

—¿Qué opinas del resultado? —le preguntó Nakuru.

—Estoy ocupado.

—Brey, las cosas se van a poner feas a partir de ahora. Quiero saber si tienes alguna nueva pauta de precaución que darnos, o si crees necesario hacer cambios en nuestra actividad.

—Ay… —suspiró, dándose la vuelta hacia ella, secándose las manos con un trapo—. ¿Se puede saber de qué hablas?

—¿Qué? —brincó sorprendida—. ¿No has visto las noticias en todo el día de hoy? ¿No has mirado tu móvil?

—¿Puedo tomarme un respiro al menos una vez al mes?

—¿Justo el día en que Takeshi muere y ha salido elegido el nuevo ministro?

Raijin se quedó petrificado. Demonios… Era verdad… ¡Lo había olvidado por completo! ¡Ayer se suponía que lo anunciaban! Miró a Nakuru con tensión.

—¿Takeshi ha muerto?

—Un simple infarto, confirmado por los médicos. Pero todos sospechamos que hay algo ahí que no encaja.

—¿Y el resultado? —dio un paso hacia ella, ansioso—. ¿Norie…?

—No —negó Nakuru enseguida, cerrando los ojos—. Por desgracia, ella no ha salido elegida. Hatori es el nuevo ministro.

Raijin hizo un gesto de fastidio, dejando el trapo sobre la repisa con una sacudida brusca, y siguió cocinando.

—No sé qué habría sido peor… —masculló.

—Obviamente, Hatori es la peor opción, Raijin, y Norie era la mejor candidata posible para nosotros.

—Habla por ti. Tú no estás atada a Norie de por vida. Ni te ha tratado como a una delincuente o a una degenerada. Ni te culpa de la muerte de su hija.

—¿Quién no tiene roces con su suegra?

—No es mi suegra —gruñó el chico—. Por muy madre de Yue que fuese, o por muy abuela de Clover y de Daisuke que sea. Ella y Joji son un dolor en el culo que aguantaré toda la vida por su maldito derecho a ver y relacionarse con los mellizos casi todos los fines de semana y festivos. Si Norie fuese ahora la ministra, sería cuestión de semanas o meses que acabase descubriéndome a mí y la existencia de los iris.

—Sólo quiero saber si tendremos que hacer cambios en la KRS y nuestro modo de actuar.

—Ya lo hablaré con Lao cuando pueda. Aunque de todas formas no hará falta, seguro que ese chiflado ya vendrá con cambios preparados para nosotros.

Nakuru no entendió eso último. Raijin a menudo solía referirse a Neuval como “el loco chiflado” y ese tipo de términos, pero para ella no tenía sentido qué tenía que ver su ex-Líder exiliado con traer novedades a la KRS.

—¡Nak! —apareció Cleven acercándose a ella felizmente, abrazándola por detrás—. Ya me he puesto cómoda. ¿Quieres quedarte a cenar?

—Sólo he hecho comida para dos —gruñó el rubio.

—¡Sé amable! —le reprochó Cleven.

—¡Hahah…! —se rio Nakuru—. Puedo ver que estás bien cuidada aquí, Cleven. No te preocupes, yo ya me voy a casa, quiero terminar los deberes esta noche. No te olvides de envolver para regalo el suvenir que le compramos a Raven en el festival, se lo daremos el lunes en clase.

Y ahora, en el amanecer del domingo, Cleven se levantó un poco temprano para hacer lo que había dicho que haría: ir a su casa a recoger el resto de sus cosas y hablar con su padre. Así que se vistió y aseó con energía, esa energía que aún tenía, motivada por el hecho de estar viviendo una nueva vida, de haber escapado y roto con la rutina anterior.

Al meterse en el baño para peinarse, reparó por primera vez en el vaso que había en una estantería, donde reposaban dos cepillos de dientes de colores, con un muñequito cada uno en el extremo del palo, muy monos. Se los quedó mirando, sin saber ya qué pensar. Lo de los cereales de conejitos y perritos, las tacitas de colores, el gorila de peluche, y ahora eso… No. No caía.

Por un momento se acordó de la otra puerta cerrada del pasillo por la que todavía no había entrado, la cual tenía colgadas la letra C y la letra D de colorines. Que no, que no caía, no tenía ni idea de qué podía significar aquello.


* * * * * *


Llegó el mediodía. Joji Saitou y su mujer Norie salieron de su casa, en una urbanización lujosa de viviendas adosadas con parcelas propias, pero nada más abrir la puerta, Daisuke y Clover salieron escopetados, casi atropellándolos, saltando y pegando gritos. Iban a comer fuera, como hacían cada domingo. Los niños solían pasar casi todos los fines de semana con sus relativamente jóvenes abuelos.

Joji y Norie tenían la custodia de los dos niños solamente durante ese tiempo, cosa de la que aún estaban en pleno desacuerdo. Ellos, al ser los padres adoptivos de Yue, eran los abuelos maternos de Clover y Daisuke. Por desgracia, Yue falleció poco después del parto. Sólo tenía 15 años, pero, aparte de eso, siempre había tenido una salud muy frágil, con problemas de corazón, ya que de bebé fue abandonada en un contenedor, a la intemperie, en una pequeña ciudad de China y posteriormente rescatada por una ONG, donde Joji y Norie la encontraron y la adoptaron.

Por consiguiente, al principio Joji y Norie pensaron lo que era lógico, que los niños serían criados por ellos. Sin embargo, el último deseo de Yue fue que Brey se quedase con ellos. Por supuesto, esto no bastaba para decidir qué era lo mejor para los niños. Hubo un juicio por la custodia, para analizar la situación y determinar el mejor destino de los niños. A pesar de que lo lógico apuntaba a que debían quedarse al cuidado sus abuelos maternos y no con un padre de 15 años, hubo una serie de tecnicismos, como el derecho que tenía Brey como padre biológico de encargarse de sus propios hijos, y de condiciones, como la que presentó Agatha, en calidad de tutora legal de Brey, de responsabilizarse del correcto cuidado de los mellizos instruyendo y supervisando al joven padre.

Como es normal, aquel jovencísimo Brey se murió de miedo después del juicio, preguntándose qué demonios iba a hacer él con dos bebés.

A Norie y a Joji nunca les gustó Brey, desde que se enteraron de que su hija y él tenían una relación sentimental. Un chico por aquel entonces de la calle, sin padres, ni familia aparente, ni escolarizado, y con una vida iris secreta que Joji y Norie interpretaban como una vida secreta delincuente… Pensaban que era una mala influencia. Pero, desde que murió Yue, la relación entre ellos y Brey se había vuelto aún más fría e imposible.

A ojos de ellos, su querida hija había muerto por culpa de Brey, como si él la hubiera matado. Yue nunca tuvo salud ni para correr o hacer deporte, mucho menos la iba a tener para soportar un embarazo y un parto doble. Nunca quisieron reconocer que Yue también tuvo su parte de responsabilidad y culpa en esto, la misma responsabilidad y culpa que Brey, pues ambos obraron de igual manera.

Para Joji y Norie nunca fue suficiente, la cantidad de veces que Yue intentó convencerles de lo magnífico que era Brey en realidad. Siempre lo defendió, hasta la muerte. Quizá, por eso, Joji y Norie, en lugar de usar su posición de poder en el Gobierno para encerrar a Brey o deshacerse de él mandándolo lejos, lo dejaron estar, y aceptaron a regañadientes que él se quedara con la custodia.

Así, las cosas se habían mantenido casi uniformes durante esos cinco años. Los señores Saitou al menos se conformaban con ver a los niños sanos. Lo que no les hacía gracia es que soltasen tantas palabras malsonantes, cosa que indudablemente aprendían de su padre.

Norie tenía 45 años, y Joji 46. Ambos eran el tipo de persona en que lo primero de todo era el deber y la buena educación. Ella, como secretaria general del Ministerio de Interior, había sido el brazo derecho del que había sido ministro durante 40 años, Takeshi Nonomiya. Joji, por otra parte, también trabajaba para el Gobierno. Era el secretario de otro ministerio, así que ambos eran dos personas importantes y respetadas en esa sociedad.

—¡Hey! No crucéis, que está en rojo —dijo Joji al ver que los niños corrían hacia el paso de cebra.

Ambos se pararon como dos soldados, firmes y serios, pero luego empezaron a reírse sin razón aparente y a poner muecas graciosas. Estaban locos. Era algo que Norie no comprendía del todo. A los niños se los veía felices, siempre enérgicos, alegres, y eran muy listos. ¿Cómo iban a estar bien bajo el cuidado de semejante padre?, se preguntaba. Le costaba remitirse a los hechos. Y los hechos eran que esos niños siempre estaban bien alimentados, bien vestidos, aseados, atendidos… y aunque querían mucho a sus abuelos, adoraban a su padre más que a nadie el mundo.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Joji a su mujer, mientras seguían caminando por la calle.

—¿Qué?

—Te noto algo decaída, Norie. Sigues pensando en la repentina muerte de tu jefe, ¿verdad?

—Sí... —suspiró ella—. Todavía es algo que no comprendo. Ya te lo dije, pero, antes de la conferencia, Takeshi habló a solas conmigo, confesándome de antemano que me iba a elegir a mí. Pero en su escrito declaraba que elegía a su hijo, Hatori.

—¿Te molesta?

—No es eso. Me parece muy bien que Hatori haya salido elegido, es un joven muy bien formado y muy responsable. Yo creí en todo momento que él iba a ser elegido, sin duda, pero... ¿Por qué me mentiría Takeshi?

—A mí me huele algo raro, cariño —opinó él—. No tiene sentido, que te dijera personalmente una cosa y luego por escrito dijera otra.

—Takeshi Nonomiya siempre ha sido un hombre misterioso, Joji. Siempre me ha dado la sensación de que sabía y ocultaba más cosas que nadie en el mundo entero. En fin, es igual, me alegro por Hatori —sonrió—. Ahora que va a ser mi jefe, estoy dispuesta a seguir cumpliendo con mi trabajo.

—¡Abu, mira qué bonito! —saltó Clover, trayéndole a Norie unas florecillas que había arrancado de unos arbustos—. ¡Para ti!

—Gracias, cielo —sonrió la mujer, acariciándole la cabecita con una triste sonrisa.

Cada vez que veía a Clover sonreír de aquella manera, no podía evitar ver en ella el rostro de Yue. Eran tan parecidas... Pero Clover tenía los ojos verdes de Brey. En cambio, Daisuke tenía los ojos del color índigo de Yue.

—¡Daisuke, no! —exclamó Joji de repente, corriendo hacia el niño.

Daisuke soltó el palo que había cogido del suelo de inmediato, el cual estaba a punto de acercarlo al ano de un perro de un paseante, y le sonrió a su abuelo de oreja a oreja.

—Eres más travieso… —le reprochó Joji, tomándolo en brazos.

Sí… esos dos niños eran especiales.


* * * * * *


El avión proveniente de Pekín hizo su aterrizaje en el aeropuerto de Tokio. Neuval desembarcó y anduvo por el aeropuerto, portando su cartera de trabajo, donde llevaba ocultos entre sus papeles los informes que Alvion le dio anoche, con los nuevos cargos a realizar.

Le había venido genial estar un tiempo en el Monte Zou. Se había dedicado gran parte del tiempo a estar con los niños y jóvenes que no paraban de seguirlo a todas partes y a pasearse por todo el lugar con Yénova, Squal y Knive, entablando conversaciones y recordando viejos tiempos.

También se había enterado por Alvion de que finalmente Hatori se había convertido en el nuevo ministro, cosa que no le agradó ni pizca. Había tenido problemas con ese hombre durante años, desde que comenzó a ejercer de policía, siempre interviniendo y estropeando las misiones que hacían. Lo bueno es que Neuval sabía mucho acerca de Hatori, y Hatori no tenía ni idea de quién era Neuval. Y hablando del Rey de Roma...

Neuval se paró en seco cerca de los controles del aeropuerto. Ahí estaba Hatori, acompañado por varios agentes y perros policía. Al parecer, habían pillado a alguien con una carga de droga y el ambiente estaba ajetreado por allí. Acababa de ser nombrado ministro, pero por lo visto Hatori no había querido asentarse en el cargo inmediatamente y aún estaba al mando de esta operación policial. Sin embargo, ya no estaba llevando el uniforme, iba en traje y corbata. Neuval dedujo que, probablemente, Hatori y los demás policías de la capital llevaban tiempo esperando captar a una red de traficantes, y Hatori había querido zanjar el caso en persona, ahora que habían interceptado a uno de los criminales.

«Maldita sea mi suerte» pensó Neuval, «Por una vez que ni Denzel ni Agatha están disponibles para traerme de vuelta con teletransporte y tomo un avión para viajar… Debería haberme venido volando por mi cuenta. Aunque habrían sido horas… No me gusta volar durante horas si no estoy persiguiendo criminales o algún otro motivo emocionante. La última vez que viajé volando por mí mismo a otro país, fueron cuatro horas, pero a la tercera me dormí del aburrimiento y me caí en pleno océano. Pero claro… quería probar a viajar en uno de los aviones que yo mismo he diseñado y construido desde la perspectiva de un pasajero. Lao tenía razón cuando me dijo que rediseñara el sistema antiturbulencias, apenas he notado alguna. Mis aviones no dejan de ser los más seguros del mundo. Un momento, ¿de qué estaba hablando yo antes?» se le fue un poco la cabeza, y volvió a divisar a Hatori allá. «Ah… sí… Ahí está. El hombre que sueña con cazarme».

Neuval se lo pensó dos veces, incluso tres, pero al final emprendió el paso. Colocó su cartera sobre la cinta y pasó por el detector de metales sin problema alguno. A dos pasos de él estaba Hatori, chequeando a otros viajeros. Recuperó su cartera y procuró pasar de largo y desapercibido.

—Oiga —lo llamó entonces.

Neuval se volvió hacia él.

—¿Habla japonés? —le preguntó Hatori, y Neuval asintió con la cabeza—. Disculpe, pero tiene que pasar por el chequeo como los demás. Déjeme ver lo que lleva.

—¿Va a palparme y esas cosas? —preguntó Neuval, con una mirada suspicaz.

—Estamos en medio de una investigación policial —contestó Hatori tranquilamente, cogiendo y abriendo su cartera.

—Entiendo —sonrió Neuval. «Qué ganas tengo de arrancarte la cabeza...» pensó.

Por un momento, Hatori dejó de lado la cartera sobre un aparador y se pegó a Neuval.

—Dese la vuelta, por favor, y estire brazos y piernas.

Neuval obedeció y apoyó las manos abiertas sobre el aparador, y sintió cómo Hatori le iba palpando de los tobillos a la cintura, y de la cintura a los hombros. «¡Pero bien arrancada!».

En ese momento, vio los papeles de su cartera abierta, entre los cuales estaban los informes del Monte Zou. A ojos de cualquier otra persona, esos papeles no significaban nada, ni decían nada familiar. Pero, a ojos de Hatori, la historia cambiaba. Si se le ocurría ojear una de esas carpetas y echaba aunque fuera un diminuto vistazo, Neuval sabía que Hatori llegaría a detectar palabras escritas que delatarían muchas cosas. Neuval seguía pensando que Hatori era joven y que todavía estaba lejos de ser capaz de cazar a un iris, pero no subestimaba su capacidad de análisis y observación, superior a la media de los humanos, porque había sido entrenado para ello desde pequeño por su ahora difunto padre, Takeshi.

Mientras Hatori estaba ocupado rebuscando por los bolsillos de su chaqueta, Neuval observó detenidamente a su alrededor, tratando de encontrar algo que lo ayudase a escapar del inminente problema.

Durante veloces fracciones de segundo, con su Técnica de Telepatía, se fue metiendo en las mentes de toda la gente que caminaba por la zona. Era una buena táctica para encontrar a alguien en concreto sin necesidad de buscarlo con la vista. Entonces, su cabeza se llenó de voces provenientes de todas partes: «“Por fin en casa...”» pensó una mujer que acababa de llegar a Tokio, portando su maleta con aire feliz. «“Qué coñazo de vuelo...”» pensó otro hombre que iba por otra parte con cara mareada. «“Espero que les guste nuestro regalo de boda...”», «“A ver si hay taxis...”», «“Llego tarde al vuelo...”», «“I came in like a wreeecking baaall...”», «“Mierda, me he dejado el cepillo de dientes...”», «“Este viaje va a estar genial...”».

Miles de voces se mezclaban en su cabeza, y analizaba lo que decía cada una a una velocidad sobrehumana, hasta que oyó lo que esperaba oír. «“¡Puta mierda! ¡El jefe me va a matar como no le entregue esta noche el cargamento, estoy jodido!”». Era la voz del sujeto al que habían pillado con droga, y Neuval miró directamente hacia un lejano aparador, cerca de la puerta de salida, donde estaban cinco agentes de policía con un perro y el detenido. Vio que los policías estaban abriendo los paquetes que contenían el polvo blanco que había traído el traficante, esparciendo el mismo sobre la mesa.

Neuval sonrió con malicia, ocurriéndosele una estupenda idea de las suyas. Llenó sus pulmones con un poquito de aire y ¡fuu! sopló brevemente. A pesar de que los agentes, el detenido y la droga del aparador estuviesen a una buena distancia de Neuval, su soplido llegó hacia el polvo blanco de los paquetes abiertos como un huracán y salieron despedidos por el aire, de tal forma que se formó una nube blanca descomunal.

Toda la zona quedó invadida por esta nube de polvo y a partir de ahí todo se convirtió en un gallinero. La gente comenzó a soltar gritos de sorpresa y la docena de perros que había por los controles se volvieron locos ladrando y corriendo por todas partes al oler la droga. Todo el mundo se tapó la boca y la nariz y corrieron de un lado a otro, y como había tanta gente, eso era un caos.

Hatori se fue pitando hacia allí con gran sorpresa con sus compañeros, sin entender qué demonios había pasado. Entonces, ya libre de palpamientos incómodos, Neuval cogió su cartera, se la echó al hombro y se dirigió tranquilamente a la salida, pasando completamente desapercibido entre el alboroto. Vio cómo el detenido, en medio de la algarabía y el desconcierto, trató de escapar hacia la salida aprovechando que los agentes estaban muy ocupados con la nube de cocaína. El instinto de Neuval reaccionó al captar la huida inminente de un criminal.

Des clous —dijo Neuval, haciéndole la zancadilla, y el hombrecillo se estampó contra el suelo bruscamente. (= Ni lo sueñes.)

—¡Ugh! —exclamó, dolorido y perplejo—. ¿¡Pero qué…!?

Sois sage —le reprochó Neuval, y salió del aeropuerto tan campante. (= Pórtate bien.)

Podría haber recurrido a otro plan más simple y menos llamativo para que Hatori no rebuscase en su cartera, pero no era el estilo de Fuujin.

Caminando por el aparcamiento, divisó, no muy lejos, a una mujer muy joven, afroamericana, con grandes ojos castaños y el pelo corto con un estilo moderno. Era muy guapa. Iba vestida con un uniforme diferente al de la policía de Japón, con traje negro y camisa blanca, y estaba hablando por la radio con una actitud muy escandalizada.

Neuval entornó los ojos a medida que caminaba hacia ella, observándola fijamente. «Esa chica me suena de algo» pensó. Dedujo que sus compañeros policías la estaban llamando por lo que estaba pasando ahora mismo en los controles y pedían ayuda, ya que llegó un momento en que la joven se guardó el aparato y corrió hacia el edificio.

Al ver que iba a pasar por su lado, Neuval trató de mostrarse impasible e inocente, como si con él no fuera la cosa. La joven agente pasó de largo cerca de él, y, tras unos pocos pasos, se paró en seco. Neuval también se paró. Ambos quietos en mitad de la carretera del aparcamiento, espalda contra espalda, mudos.

«¿Qué?» se sorprendió Neuval, aún oliendo el perfume de jazmín que había dejado la joven. «¿Cómo?» palideció ella, con esos ojos grises aún en su cabeza. Se dieron la vuelta al mismo tiempo, y se miraron con desconcierto. Así estuvieron un rato.

—¿Sarah? —preguntó Neuval al fin, ojiplático.

La joven dio con la mandíbula al suelo, reconociéndolo, y ya no pudo moverse. Neuval caminó hacia ella y se paró a medio metro.

—Hah... —casi rio—. ¿¡De verdad eres tú!?

—Maestro... —musitó ella, atónita.

—¡Vaya! ¡Ni te he reconocido con ese nuevo look!

—¡Ni yo a ti con barba! —exclamó ella.

—¡Cómo has crecido! ¡Llevo años sin verte, Sarah! —se rio con alegría—. Estás estupenda. ¿Qué tal te van las cosas?

—Pues… —titubeó, negando con la cabeza—. Aquí, haciendo de poli.

Sarah se quedó callada de nuevo, sin poder dejar de mirarlo como si estuviese viendo a un fantasma. Volvió a negar con la cabeza, soltando un suspiro y dibujando una sonrisa triste pero radiante.

—Dios mío... ¡Eres tú, maestro! —Sarah no pudo evitarlo y se echó sobre él, abrazándolo con fuerza—. Esto es una gran sorpresa. ¡Te he echado de menos, Neuval! ¡Menuda casualidad!

—Y que lo digas, ¡pero muy grande! —se rio, abrazándola también—. No hemos podido encontrarnos en mejor momento. ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo?

—Pues… bueno, es una historia larga…

—Tranquila, ya me sé tu historia. Lao me la contó.

—¿Sí?

—Cuando me exilié, dejaste la KRS, te independizaste, estuviste una larga temporada en Estados Unidos y te hiciste agente del FBI. Y has pedido el traslado para trabajar en Japón, ¿verdad? Todos lo sabemos, cuáles son tus propósitos.

—Sí… Es que, desde que te fuiste, decidí centrarme únicamente en mi venganza e ir por mi propio camino yo sola. Pensé que así sería más seguro para todos, ya que… mi venganza es peligrosa y complicada.

—Ya, lo sé —sonrió con cierto pesar—. Acabo de ver a Hatori ahí dentro. Y acabo de enterarme de su ascenso a ministro. ¿Cómo has sido capaz de estar trabajando a su lado sin perder la calma?

—Tú me enseñaste a esperar el momento oportuno. Mi odio hacia ese hombre está controlado, y aún sigo planeando cómo acabar con él —susurró, por si acaso alguien la oía—. Ahora que ha ascendido a ministro, va a ser más difícil. Tendré que hacer varios cambios en mis planes.

—Hm... Desgraciadamente, Hatori es uno de nuestros enemigos más poderosos, una de las personas más conocidas del país. ¿Quieres seguir haciéndolo tú sola?

—¿Eh?

—¿Por qué no vuelves con nosotros, Hosha? Te ayudaremos, como en los viejos tiempos, y además no nos vendría mal tenerte de nuevo. ¿Qué sería de mí sin el elemento Radiación?

—¿De qué estás hablando? —se alarmó, sin poder parpadear—. No me digas que... tú...

—Acabo de venir del Monte Zou —afirmó—. Y mi Marca vuelve a estar en mi espalda. Espero que eso responda a tu desconcierto.

Sarah se llevó las manos a la boca, sin poder creérselo. Jamás llegó a pensar que uno de sus sueños se cumpliría, y esto le había pillado por sorpresa. Fuujin había vuelto. Su querido maestro había vuelto.

—Sé que es un poco precipitado, pequeña, así que piénsalo, tienes tiempo y total libertad —le dijo, abrazándola una vez más—. Estaré en la Torre de Tokio hoy a medianoche, esperándoos a todos.

—Pe... —murmuró Sarah, pero Neuval ya se marchó de allí.

Todavía le latía el corazón con fuerza. Había sido una enorme sorpresa inesperada, y una gran noticia. Ella, que había estado siete años alejada de todo, también exiliada como Neuval, se había acostumbrado a la vida que había estado llevando y de repente surge esto.

Sarah estuvo mucho tiempo con la esperanza de que Fuujin volviese, pero al paso de los años se convenció a sí misma de que eso ya no iba a pasar. ¿Qué había impulsado a Fuujin a volver a la KRS de pronto, después de tantísimo tiempo? ¿Qué podía hacer ahora que Fuujin le había sugerido que volviera ella también? Para ello tendría que reorganizar su vida, y más aún siendo una compañera de trabajo de los que siempre habían sido enemigos de los iris, la policía.

No podía decidirlo ya así como así, no era tan fácil. Por un lado, deseaba volver sin pensárselo dos veces, pero por otro, era consciente de que en su actual situación eso crearía problemas para los que tardaría en encontrar una solución.

Se había metido en el FBI para tener vigilado de cerca a Hatori y estudiar sus planes de venganza por sí sola. Y ahora estaba el caso de que matar a Hatori iba a ser una tarea el doble de difícil que antes por haberse convertido en ministro, y por ello no tenía más remedio que necesitar la ayuda, claro está, de sus antiguos compañeros y viejos amigos. ¿Qué podía hacer? Sus datos y expedientes estaban en manos de Hatori. Si volvía a ser una iris activa, podía correr el riesgo de ser descubierta.

—¡Agente Willers! —oyó la voz de uno de los policías por su radio—. ¡Agente Willers, el traficante que hemos detenido trata de escapar! ¡Ven a echar una mano, esto está descontrolado!

Sarah reaccionó con sobresalto, ya pensaría en ello en otro momento. Corrió hacia el edificio y se quedó pasmada ante el panorama. El suelo, cerca de la entrada, estaba cubierto por una alfombra de cocaína; los perros no podían estarse quietos; la gente, desorganizada, iba de un lado a otro tapándose las bocas; el detenido se había vuelto loco y se resistía a la fuerza policial pegando patadas y puñetazos por doquier, espantando a todo el mundo, al cual Hatori se esforzaba por calmar. Incluso había uno que sin querer ya estaba dopado.

What the f-…? —dijo Sarah, perpleja. «¿Por qué me da que esto es obra de Fuujin?» pensó, suspirando.









98.
Coincidencia en el aeropuerto

Llegó el domingo. El día anterior había pasado rápido y tranquilo. Quizá fuera porque la discusión con Nakuru lo saturó, o quizá porque tenía, de todas formas, un recado pendiente que hacer en la universidad, que podía hacer cualquier otro día, pero Raijin salió de casa a la hora de comer usando este asunto pendiente como motivo y no volvió en toda la tarde. Obviamente, ese papeleo de la universidad no le llevó más de una hora, pero después de eso se puso a patrullar la ciudad y a patear el culo de varios delincuentes que encontró atracando a unos inocentes, o amenazando al vendedor de una tienda, o causando problemas por otros lados. No le hizo caso al móvil en toda la tarde ni vio a nadie.

Por eso, Nakuru invitó a Cleven a comer a su casa y así distraerla de ese pequeño y extraño mal humor de su tío. El padre de Nakuru las acompañó y se quedó tranquilo al escuchar de la propia Cleven sus intenciones de ir a hablar con su padre mañana.

Al anochecer, Nakuru acompañó a Cleven de vuelta a la casa de Raijin. El susodicho ya estaba allí, haciendo la cena. Y parecía más sosegado. Cuando Cleven subió a la planta de arriba para ir al baño, Nakuru aprovechó y se acercó un momento a la puerta de la cocina. Raijin la ignoró, muy concentrado en controlar la carne que asaba en una sartén y las verduras que cocía en una olla.

—¿Qué opinas del resultado? —le preguntó Nakuru.

—Estoy ocupado.

—Brey, las cosas se van a poner feas a partir de ahora. Quiero saber si tienes alguna nueva pauta de precaución que darnos, o si crees necesario hacer cambios en nuestra actividad.

—Ay… —suspiró, dándose la vuelta hacia ella, secándose las manos con un trapo—. ¿Se puede saber de qué hablas?

—¿Qué? —brincó sorprendida—. ¿No has visto las noticias en todo el día de hoy? ¿No has mirado tu móvil?

—¿Puedo tomarme un respiro al menos una vez al mes?

—¿Justo el día en que Takeshi muere y ha salido elegido el nuevo ministro?

Raijin se quedó petrificado. Demonios… Era verdad… ¡Lo había olvidado por completo! ¡Ayer se suponía que lo anunciaban! Miró a Nakuru con tensión.

—¿Takeshi ha muerto?

—Un simple infarto, confirmado por los médicos. Pero todos sospechamos que hay algo ahí que no encaja.

—¿Y el resultado? —dio un paso hacia ella, ansioso—. ¿Norie…?

—No —negó Nakuru enseguida, cerrando los ojos—. Por desgracia, ella no ha salido elegida. Hatori es el nuevo ministro.

Raijin hizo un gesto de fastidio, dejando el trapo sobre la repisa con una sacudida brusca, y siguió cocinando.

—No sé qué habría sido peor… —masculló.

—Obviamente, Hatori es la peor opción, Raijin, y Norie era la mejor candidata posible para nosotros.

—Habla por ti. Tú no estás atada a Norie de por vida. Ni te ha tratado como a una delincuente o a una degenerada. Ni te culpa de la muerte de su hija.

—¿Quién no tiene roces con su suegra?

—No es mi suegra —gruñó el chico—. Por muy madre de Yue que fuese, o por muy abuela de Clover y de Daisuke que sea. Ella y Joji son un dolor en el culo que aguantaré toda la vida por su maldito derecho a ver y relacionarse con los mellizos casi todos los fines de semana y festivos. Si Norie fuese ahora la ministra, sería cuestión de semanas o meses que acabase descubriéndome a mí y la existencia de los iris.

—Sólo quiero saber si tendremos que hacer cambios en la KRS y nuestro modo de actuar.

—Ya lo hablaré con Lao cuando pueda. Aunque de todas formas no hará falta, seguro que ese chiflado ya vendrá con cambios preparados para nosotros.

Nakuru no entendió eso último. Raijin a menudo solía referirse a Neuval como “el loco chiflado” y ese tipo de términos, pero para ella no tenía sentido qué tenía que ver su ex-Líder exiliado con traer novedades a la KRS.

—¡Nak! —apareció Cleven acercándose a ella felizmente, abrazándola por detrás—. Ya me he puesto cómoda. ¿Quieres quedarte a cenar?

—Sólo he hecho comida para dos —gruñó el rubio.

—¡Sé amable! —le reprochó Cleven.

—¡Hahah…! —se rio Nakuru—. Puedo ver que estás bien cuidada aquí, Cleven. No te preocupes, yo ya me voy a casa, quiero terminar los deberes esta noche. No te olvides de envolver para regalo el suvenir que le compramos a Raven en el festival, se lo daremos el lunes en clase.

Y ahora, en el amanecer del domingo, Cleven se levantó un poco temprano para hacer lo que había dicho que haría: ir a su casa a recoger el resto de sus cosas y hablar con su padre. Así que se vistió y aseó con energía, esa energía que aún tenía, motivada por el hecho de estar viviendo una nueva vida, de haber escapado y roto con la rutina anterior.

Al meterse en el baño para peinarse, reparó por primera vez en el vaso que había en una estantería, donde reposaban dos cepillos de dientes de colores, con un muñequito cada uno en el extremo del palo, muy monos. Se los quedó mirando, sin saber ya qué pensar. Lo de los cereales de conejitos y perritos, las tacitas de colores, el gorila de peluche, y ahora eso… No. No caía.

Por un momento se acordó de la otra puerta cerrada del pasillo por la que todavía no había entrado, la cual tenía colgadas la letra C y la letra D de colorines. Que no, que no caía, no tenía ni idea de qué podía significar aquello.


* * * * * *


Llegó el mediodía. Joji Saitou y su mujer Norie salieron de su casa, en una urbanización lujosa de viviendas adosadas con parcelas propias, pero nada más abrir la puerta, Daisuke y Clover salieron escopetados, casi atropellándolos, saltando y pegando gritos. Iban a comer fuera, como hacían cada domingo. Los niños solían pasar casi todos los fines de semana con sus relativamente jóvenes abuelos.

Joji y Norie tenían la custodia de los dos niños solamente durante ese tiempo, cosa de la que aún estaban en pleno desacuerdo. Ellos, al ser los padres adoptivos de Yue, eran los abuelos maternos de Clover y Daisuke. Por desgracia, Yue falleció poco después del parto. Sólo tenía 15 años, pero, aparte de eso, siempre había tenido una salud muy frágil, con problemas de corazón, ya que de bebé fue abandonada en un contenedor, a la intemperie, en una pequeña ciudad de China y posteriormente rescatada por una ONG, donde Joji y Norie la encontraron y la adoptaron.

Por consiguiente, al principio Joji y Norie pensaron lo que era lógico, que los niños serían criados por ellos. Sin embargo, el último deseo de Yue fue que Brey se quedase con ellos. Por supuesto, esto no bastaba para decidir qué era lo mejor para los niños. Hubo un juicio por la custodia, para analizar la situación y determinar el mejor destino de los niños. A pesar de que lo lógico apuntaba a que debían quedarse al cuidado sus abuelos maternos y no con un padre de 15 años, hubo una serie de tecnicismos, como el derecho que tenía Brey como padre biológico de encargarse de sus propios hijos, y de condiciones, como la que presentó Agatha, en calidad de tutora legal de Brey, de responsabilizarse del correcto cuidado de los mellizos instruyendo y supervisando al joven padre.

Como es normal, aquel jovencísimo Brey se murió de miedo después del juicio, preguntándose qué demonios iba a hacer él con dos bebés.

A Norie y a Joji nunca les gustó Brey, desde que se enteraron de que su hija y él tenían una relación sentimental. Un chico por aquel entonces de la calle, sin padres, ni familia aparente, ni escolarizado, y con una vida iris secreta que Joji y Norie interpretaban como una vida secreta delincuente… Pensaban que era una mala influencia. Pero, desde que murió Yue, la relación entre ellos y Brey se había vuelto aún más fría e imposible.

A ojos de ellos, su querida hija había muerto por culpa de Brey, como si él la hubiera matado. Yue nunca tuvo salud ni para correr o hacer deporte, mucho menos la iba a tener para soportar un embarazo y un parto doble. Nunca quisieron reconocer que Yue también tuvo su parte de responsabilidad y culpa en esto, la misma responsabilidad y culpa que Brey, pues ambos obraron de igual manera.

Para Joji y Norie nunca fue suficiente, la cantidad de veces que Yue intentó convencerles de lo magnífico que era Brey en realidad. Siempre lo defendió, hasta la muerte. Quizá, por eso, Joji y Norie, en lugar de usar su posición de poder en el Gobierno para encerrar a Brey o deshacerse de él mandándolo lejos, lo dejaron estar, y aceptaron a regañadientes que él se quedara con la custodia.

Así, las cosas se habían mantenido casi uniformes durante esos cinco años. Los señores Saitou al menos se conformaban con ver a los niños sanos. Lo que no les hacía gracia es que soltasen tantas palabras malsonantes, cosa que indudablemente aprendían de su padre.

Norie tenía 45 años, y Joji 46. Ambos eran el tipo de persona en que lo primero de todo era el deber y la buena educación. Ella, como secretaria general del Ministerio de Interior, había sido el brazo derecho del que había sido ministro durante 40 años, Takeshi Nonomiya. Joji, por otra parte, también trabajaba para el Gobierno. Era el secretario de otro ministerio, así que ambos eran dos personas importantes y respetadas en esa sociedad.

—¡Hey! No crucéis, que está en rojo —dijo Joji al ver que los niños corrían hacia el paso de cebra.

Ambos se pararon como dos soldados, firmes y serios, pero luego empezaron a reírse sin razón aparente y a poner muecas graciosas. Estaban locos. Era algo que Norie no comprendía del todo. A los niños se los veía felices, siempre enérgicos, alegres, y eran muy listos. ¿Cómo iban a estar bien bajo el cuidado de semejante padre?, se preguntaba. Le costaba remitirse a los hechos. Y los hechos eran que esos niños siempre estaban bien alimentados, bien vestidos, aseados, atendidos… y aunque querían mucho a sus abuelos, adoraban a su padre más que a nadie el mundo.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Joji a su mujer, mientras seguían caminando por la calle.

—¿Qué?

—Te noto algo decaída, Norie. Sigues pensando en la repentina muerte de tu jefe, ¿verdad?

—Sí... —suspiró ella—. Todavía es algo que no comprendo. Ya te lo dije, pero, antes de la conferencia, Takeshi habló a solas conmigo, confesándome de antemano que me iba a elegir a mí. Pero en su escrito declaraba que elegía a su hijo, Hatori.

—¿Te molesta?

—No es eso. Me parece muy bien que Hatori haya salido elegido, es un joven muy bien formado y muy responsable. Yo creí en todo momento que él iba a ser elegido, sin duda, pero... ¿Por qué me mentiría Takeshi?

—A mí me huele algo raro, cariño —opinó él—. No tiene sentido, que te dijera personalmente una cosa y luego por escrito dijera otra.

—Takeshi Nonomiya siempre ha sido un hombre misterioso, Joji. Siempre me ha dado la sensación de que sabía y ocultaba más cosas que nadie en el mundo entero. En fin, es igual, me alegro por Hatori —sonrió—. Ahora que va a ser mi jefe, estoy dispuesta a seguir cumpliendo con mi trabajo.

—¡Abu, mira qué bonito! —saltó Clover, trayéndole a Norie unas florecillas que había arrancado de unos arbustos—. ¡Para ti!

—Gracias, cielo —sonrió la mujer, acariciándole la cabecita con una triste sonrisa.

Cada vez que veía a Clover sonreír de aquella manera, no podía evitar ver en ella el rostro de Yue. Eran tan parecidas... Pero Clover tenía los ojos verdes de Brey. En cambio, Daisuke tenía los ojos del color índigo de Yue.

—¡Daisuke, no! —exclamó Joji de repente, corriendo hacia el niño.

Daisuke soltó el palo que había cogido del suelo de inmediato, el cual estaba a punto de acercarlo al ano de un perro de un paseante, y le sonrió a su abuelo de oreja a oreja.

—Eres más travieso… —le reprochó Joji, tomándolo en brazos.

Sí… esos dos niños eran especiales.


* * * * * *


El avión proveniente de Pekín hizo su aterrizaje en el aeropuerto de Tokio. Neuval desembarcó y anduvo por el aeropuerto, portando su cartera de trabajo, donde llevaba ocultos entre sus papeles los informes que Alvion le dio anoche, con los nuevos cargos a realizar.

Le había venido genial estar un tiempo en el Monte Zou. Se había dedicado gran parte del tiempo a estar con los niños y jóvenes que no paraban de seguirlo a todas partes y a pasearse por todo el lugar con Yénova, Squal y Knive, entablando conversaciones y recordando viejos tiempos.

También se había enterado por Alvion de que finalmente Hatori se había convertido en el nuevo ministro, cosa que no le agradó ni pizca. Había tenido problemas con ese hombre durante años, desde que comenzó a ejercer de policía, siempre interviniendo y estropeando las misiones que hacían. Lo bueno es que Neuval sabía mucho acerca de Hatori, y Hatori no tenía ni idea de quién era Neuval. Y hablando del Rey de Roma...

Neuval se paró en seco cerca de los controles del aeropuerto. Ahí estaba Hatori, acompañado por varios agentes y perros policía. Al parecer, habían pillado a alguien con una carga de droga y el ambiente estaba ajetreado por allí. Acababa de ser nombrado ministro, pero por lo visto Hatori no había querido asentarse en el cargo inmediatamente y aún estaba al mando de esta operación policial. Sin embargo, ya no estaba llevando el uniforme, iba en traje y corbata. Neuval dedujo que, probablemente, Hatori y los demás policías de la capital llevaban tiempo esperando captar a una red de traficantes, y Hatori había querido zanjar el caso en persona, ahora que habían interceptado a uno de los criminales.

«Maldita sea mi suerte» pensó Neuval, «Por una vez que ni Denzel ni Agatha están disponibles para traerme de vuelta con teletransporte y tomo un avión para viajar… Debería haberme venido volando por mi cuenta. Aunque habrían sido horas… No me gusta volar durante horas si no estoy persiguiendo criminales o algún otro motivo emocionante. La última vez que viajé volando por mí mismo a otro país, fueron cuatro horas, pero a la tercera me dormí del aburrimiento y me caí en pleno océano. Pero claro… quería probar a viajar en uno de los aviones que yo mismo he diseñado y construido desde la perspectiva de un pasajero. Lao tenía razón cuando me dijo que rediseñara el sistema antiturbulencias, apenas he notado alguna. Mis aviones no dejan de ser los más seguros del mundo. Un momento, ¿de qué estaba hablando yo antes?» se le fue un poco la cabeza, y volvió a divisar a Hatori allá. «Ah… sí… Ahí está. El hombre que sueña con cazarme».

Neuval se lo pensó dos veces, incluso tres, pero al final emprendió el paso. Colocó su cartera sobre la cinta y pasó por el detector de metales sin problema alguno. A dos pasos de él estaba Hatori, chequeando a otros viajeros. Recuperó su cartera y procuró pasar de largo y desapercibido.

—Oiga —lo llamó entonces.

Neuval se volvió hacia él.

—¿Habla japonés? —le preguntó Hatori, y Neuval asintió con la cabeza—. Disculpe, pero tiene que pasar por el chequeo como los demás. Déjeme ver lo que lleva.

—¿Va a palparme y esas cosas? —preguntó Neuval, con una mirada suspicaz.

—Estamos en medio de una investigación policial —contestó Hatori tranquilamente, cogiendo y abriendo su cartera.

—Entiendo —sonrió Neuval. «Qué ganas tengo de arrancarte la cabeza...» pensó.

Por un momento, Hatori dejó de lado la cartera sobre un aparador y se pegó a Neuval.

—Dese la vuelta, por favor, y estire brazos y piernas.

Neuval obedeció y apoyó las manos abiertas sobre el aparador, y sintió cómo Hatori le iba palpando de los tobillos a la cintura, y de la cintura a los hombros. «¡Pero bien arrancada!».

En ese momento, vio los papeles de su cartera abierta, entre los cuales estaban los informes del Monte Zou. A ojos de cualquier otra persona, esos papeles no significaban nada, ni decían nada familiar. Pero, a ojos de Hatori, la historia cambiaba. Si se le ocurría ojear una de esas carpetas y echaba aunque fuera un diminuto vistazo, Neuval sabía que Hatori llegaría a detectar palabras escritas que delatarían muchas cosas. Neuval seguía pensando que Hatori era joven y que todavía estaba lejos de ser capaz de cazar a un iris, pero no subestimaba su capacidad de análisis y observación, superior a la media de los humanos, porque había sido entrenado para ello desde pequeño por su ahora difunto padre, Takeshi.

Mientras Hatori estaba ocupado rebuscando por los bolsillos de su chaqueta, Neuval observó detenidamente a su alrededor, tratando de encontrar algo que lo ayudase a escapar del inminente problema.

Durante veloces fracciones de segundo, con su Técnica de Telepatía, se fue metiendo en las mentes de toda la gente que caminaba por la zona. Era una buena táctica para encontrar a alguien en concreto sin necesidad de buscarlo con la vista. Entonces, su cabeza se llenó de voces provenientes de todas partes: «“Por fin en casa...”» pensó una mujer que acababa de llegar a Tokio, portando su maleta con aire feliz. «“Qué coñazo de vuelo...”» pensó otro hombre que iba por otra parte con cara mareada. «“Espero que les guste nuestro regalo de boda...”», «“A ver si hay taxis...”», «“Llego tarde al vuelo...”», «“I came in like a wreeecking baaall...”», «“Mierda, me he dejado el cepillo de dientes...”», «“Este viaje va a estar genial...”».

Miles de voces se mezclaban en su cabeza, y analizaba lo que decía cada una a una velocidad sobrehumana, hasta que oyó lo que esperaba oír. «“¡Puta mierda! ¡El jefe me va a matar como no le entregue esta noche el cargamento, estoy jodido!”». Era la voz del sujeto al que habían pillado con droga, y Neuval miró directamente hacia un lejano aparador, cerca de la puerta de salida, donde estaban cinco agentes de policía con un perro y el detenido. Vio que los policías estaban abriendo los paquetes que contenían el polvo blanco que había traído el traficante, esparciendo el mismo sobre la mesa.

Neuval sonrió con malicia, ocurriéndosele una estupenda idea de las suyas. Llenó sus pulmones con un poquito de aire y ¡fuu! sopló brevemente. A pesar de que los agentes, el detenido y la droga del aparador estuviesen a una buena distancia de Neuval, su soplido llegó hacia el polvo blanco de los paquetes abiertos como un huracán y salieron despedidos por el aire, de tal forma que se formó una nube blanca descomunal.

Toda la zona quedó invadida por esta nube de polvo y a partir de ahí todo se convirtió en un gallinero. La gente comenzó a soltar gritos de sorpresa y la docena de perros que había por los controles se volvieron locos ladrando y corriendo por todas partes al oler la droga. Todo el mundo se tapó la boca y la nariz y corrieron de un lado a otro, y como había tanta gente, eso era un caos.

Hatori se fue pitando hacia allí con gran sorpresa con sus compañeros, sin entender qué demonios había pasado. Entonces, ya libre de palpamientos incómodos, Neuval cogió su cartera, se la echó al hombro y se dirigió tranquilamente a la salida, pasando completamente desapercibido entre el alboroto. Vio cómo el detenido, en medio de la algarabía y el desconcierto, trató de escapar hacia la salida aprovechando que los agentes estaban muy ocupados con la nube de cocaína. El instinto de Neuval reaccionó al captar la huida inminente de un criminal.

Des clous —dijo Neuval, haciéndole la zancadilla, y el hombrecillo se estampó contra el suelo bruscamente. (= Ni lo sueñes.)

—¡Ugh! —exclamó, dolorido y perplejo—. ¿¡Pero qué…!?

Sois sage —le reprochó Neuval, y salió del aeropuerto tan campante. (= Pórtate bien.)

Podría haber recurrido a otro plan más simple y menos llamativo para que Hatori no rebuscase en su cartera, pero no era el estilo de Fuujin.

Caminando por el aparcamiento, divisó, no muy lejos, a una mujer muy joven, afroamericana, con grandes ojos castaños y el pelo corto con un estilo moderno. Era muy guapa. Iba vestida con un uniforme diferente al de la policía de Japón, con traje negro y camisa blanca, y estaba hablando por la radio con una actitud muy escandalizada.

Neuval entornó los ojos a medida que caminaba hacia ella, observándola fijamente. «Esa chica me suena de algo» pensó. Dedujo que sus compañeros policías la estaban llamando por lo que estaba pasando ahora mismo en los controles y pedían ayuda, ya que llegó un momento en que la joven se guardó el aparato y corrió hacia el edificio.

Al ver que iba a pasar por su lado, Neuval trató de mostrarse impasible e inocente, como si con él no fuera la cosa. La joven agente pasó de largo cerca de él, y, tras unos pocos pasos, se paró en seco. Neuval también se paró. Ambos quietos en mitad de la carretera del aparcamiento, espalda contra espalda, mudos.

«¿Qué?» se sorprendió Neuval, aún oliendo el perfume de jazmín que había dejado la joven. «¿Cómo?» palideció ella, con esos ojos grises aún en su cabeza. Se dieron la vuelta al mismo tiempo, y se miraron con desconcierto. Así estuvieron un rato.

—¿Sarah? —preguntó Neuval al fin, ojiplático.

La joven dio con la mandíbula al suelo, reconociéndolo, y ya no pudo moverse. Neuval caminó hacia ella y se paró a medio metro.

—Hah... —casi rio—. ¿¡De verdad eres tú!?

—Maestro... —musitó ella, atónita.

—¡Vaya! ¡Ni te he reconocido con ese nuevo look!

—¡Ni yo a ti con barba! —exclamó ella.

—¡Cómo has crecido! ¡Llevo años sin verte, Sarah! —se rio con alegría—. Estás estupenda. ¿Qué tal te van las cosas?

—Pues… —titubeó, negando con la cabeza—. Aquí, haciendo de poli.

Sarah se quedó callada de nuevo, sin poder dejar de mirarlo como si estuviese viendo a un fantasma. Volvió a negar con la cabeza, soltando un suspiro y dibujando una sonrisa triste pero radiante.

—Dios mío... ¡Eres tú, maestro! —Sarah no pudo evitarlo y se echó sobre él, abrazándolo con fuerza—. Esto es una gran sorpresa. ¡Te he echado de menos, Neuval! ¡Menuda casualidad!

—Y que lo digas, ¡pero muy grande! —se rio, abrazándola también—. No hemos podido encontrarnos en mejor momento. ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo?

—Pues… bueno, es una historia larga…

—Tranquila, ya me sé tu historia. Lao me la contó.

—¿Sí?

—Cuando me exilié, dejaste la KRS, te independizaste, estuviste una larga temporada en Estados Unidos y te hiciste agente del FBI. Y has pedido el traslado para trabajar en Japón, ¿verdad? Todos lo sabemos, cuáles son tus propósitos.

—Sí… Es que, desde que te fuiste, decidí centrarme únicamente en mi venganza e ir por mi propio camino yo sola. Pensé que así sería más seguro para todos, ya que… mi venganza es peligrosa y complicada.

—Ya, lo sé —sonrió con cierto pesar—. Acabo de ver a Hatori ahí dentro. Y acabo de enterarme de su ascenso a ministro. ¿Cómo has sido capaz de estar trabajando a su lado sin perder la calma?

—Tú me enseñaste a esperar el momento oportuno. Mi odio hacia ese hombre está controlado, y aún sigo planeando cómo acabar con él —susurró, por si acaso alguien la oía—. Ahora que ha ascendido a ministro, va a ser más difícil. Tendré que hacer varios cambios en mis planes.

—Hm... Desgraciadamente, Hatori es uno de nuestros enemigos más poderosos, una de las personas más conocidas del país. ¿Quieres seguir haciéndolo tú sola?

—¿Eh?

—¿Por qué no vuelves con nosotros, Hosha? Te ayudaremos, como en los viejos tiempos, y además no nos vendría mal tenerte de nuevo. ¿Qué sería de mí sin el elemento Radiación?

—¿De qué estás hablando? —se alarmó, sin poder parpadear—. No me digas que... tú...

—Acabo de venir del Monte Zou —afirmó—. Y mi Marca vuelve a estar en mi espalda. Espero que eso responda a tu desconcierto.

Sarah se llevó las manos a la boca, sin poder creérselo. Jamás llegó a pensar que uno de sus sueños se cumpliría, y esto le había pillado por sorpresa. Fuujin había vuelto. Su querido maestro había vuelto.

—Sé que es un poco precipitado, pequeña, así que piénsalo, tienes tiempo y total libertad —le dijo, abrazándola una vez más—. Estaré en la Torre de Tokio hoy a medianoche, esperándoos a todos.

—Pe... —murmuró Sarah, pero Neuval ya se marchó de allí.

Todavía le latía el corazón con fuerza. Había sido una enorme sorpresa inesperada, y una gran noticia. Ella, que había estado siete años alejada de todo, también exiliada como Neuval, se había acostumbrado a la vida que había estado llevando y de repente surge esto.

Sarah estuvo mucho tiempo con la esperanza de que Fuujin volviese, pero al paso de los años se convenció a sí misma de que eso ya no iba a pasar. ¿Qué había impulsado a Fuujin a volver a la KRS de pronto, después de tantísimo tiempo? ¿Qué podía hacer ahora que Fuujin le había sugerido que volviera ella también? Para ello tendría que reorganizar su vida, y más aún siendo una compañera de trabajo de los que siempre habían sido enemigos de los iris, la policía.

No podía decidirlo ya así como así, no era tan fácil. Por un lado, deseaba volver sin pensárselo dos veces, pero por otro, era consciente de que en su actual situación eso crearía problemas para los que tardaría en encontrar una solución.

Se había metido en el FBI para tener vigilado de cerca a Hatori y estudiar sus planes de venganza por sí sola. Y ahora estaba el caso de que matar a Hatori iba a ser una tarea el doble de difícil que antes por haberse convertido en ministro, y por ello no tenía más remedio que necesitar la ayuda, claro está, de sus antiguos compañeros y viejos amigos. ¿Qué podía hacer? Sus datos y expedientes estaban en manos de Hatori. Si volvía a ser una iris activa, podía correr el riesgo de ser descubierta.

—¡Agente Willers! —oyó la voz de uno de los policías por su radio—. ¡Agente Willers, el traficante que hemos detenido trata de escapar! ¡Ven a echar una mano, esto está descontrolado!

Sarah reaccionó con sobresalto, ya pensaría en ello en otro momento. Corrió hacia el edificio y se quedó pasmada ante el panorama. El suelo, cerca de la entrada, estaba cubierto por una alfombra de cocaína; los perros no podían estarse quietos; la gente, desorganizada, iba de un lado a otro tapándose las bocas; el detenido se había vuelto loco y se resistía a la fuerza policial pegando patadas y puñetazos por doquier, espantando a todo el mundo, al cual Hatori se esforzaba por calmar. Incluso había uno que sin querer ya estaba dopado.

What the f-…? —dijo Sarah, perpleja. «¿Por qué me da que esto es obra de Fuujin?» pensó, suspirando.





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