1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
«Se acabó. Había llegado tarde. Song ya no estaba en ese mundo. Igual que Monique. Igual que muchos más niños en el mundo, igual que muchos inocentes cada día, a manos de este, por lo visto, excesivo número de monstruos que inundaban todo ese planeta, escondidos a simple vista, actuando en las sombras, disfrutando impunemente de sus excesos, vicios y enfermedades mentales, porque el dinero los protegía.
Es señor Orlov y los otros tres adultos estaban alrededor de Song, mirándola y deliberando qué hacer con ella como si estuvieran discutiendo sobre cómo limpiar un trozo de comida que había caído al suelo o recoger los restos de un objeto roto.
—Me harán un reembolso, ¿verdad? —preguntaba el viejo ruso.
Pero algo extraño sucedió. Los cuatro adultos notaron una potente vibración en el suelo… en el aire… o más bien, en cada átomo de los rodeaba. Una energía abismal y desconocida invadió el lugar con tal poder que la realidad pareció distorsionarse por un segundo. Por un segundo, el aire se volvió sólido. Por un segundo, todo se volvió negro como las tinieblas. Por un segundo, se hizo el silencio más absoluto del universo.
Aquellos adultos se quedaron aturdidos por un instante. Las luces parpadeaban. El señor Orlov, desorientado por esa ausencia total de sonido, parpadeó una vez. Al volver a abrir los ojos, lo primero y último que vio fueron unos ojos de luz plateada y dos hileras de afilados colmillos. Algo, alguna criatura, un depredador aún superior, se echó sobre él de la manera más brutal y salvaje. Lo que quiera que fuese, le desgarró el cuello, los brazos, el abdomen… Lo despedazó.
Los chillidos de pavor de los tres empleados rompieron aquel silencio pesado. Las dos niñas, en el pasillo, los vieron salir corriendo de la habitación con caras de sumo terror y echaron a correr por el pasillo hasta la otra puerta del final que llevaba a las escaleras de emergencia. Justo en ese momento, Li y los demás niños estaban abriendo esa puerta, y se sobresaltaron cuando esos adultos los esquivaron o los apartaron con pánico y se marcharon por las escaleras.
Li, que no había sido capaz de marcharse sin los niños que faltaban y con intención de ayudar a Neuval, había decidido regresar con los demás niños para marcharse todos juntos. Pero el panorama con el que se encontró en ese pasillo parecía una pesadilla. Las luces continuaban parpadeando y había una extraña vibración en el aire, costaba respirar, y el suelo temblaba un poco. Se quedaron confusos mirando al final del pasillo. Las dos niñas escondidas entre las macetas, al verlos, corrieron hasta ellos y Li las puso tras él, manteniéndose en guardia, oyendo ruidos raros en la habitación abierta del fondo.
Nadie entendía qué pasaba. Hasta que vieron salir a alguien de la habitación. Al principio no lo reconocieron. El niño que salió al pasillo estaba lleno de sangre. Su larga melena castaña clara estaba despeinada y le tapaba un poco el rostro, varios cabellos se le habían quedado pegados por la sangre que manchaba su cara, pues lo que Li vio con claridad, es que era de la boca de Neuval de donde goteaba la sangre. Los dientes también los tenía teñidos de rojo.
Neuval, parado ahí en medio del pasillo, tenía la mirada ida en ese momento. Respiraba pesadamente, mientras la sangre seguía goteando por su barbilla.
Li supo que lo que estaba mirando no era humano. No sabía qué le había pasado a ese chico, pero ya no era él. Neuval seguía quieto mirándolos con esos ojos casi blancos, abiertos y desquiciados. No se movía. Li sabía que tenía que actuar, y su primer impulso fue sacar a todos los niños de allí de una vez por todas y alejarlos de él. Miró a Neuval una última vez, sin saber si sentirse preocupado o tenerle miedo, y finalmente todos los niños se marcharon escaleras abajo.
El rostro de Neuval seguía siendo inexpresivo. No pestañeaba. Sólo respiraba con agotamiento.
Lo que le había pasado a Song, lo que habían estado sufriendo esos niños, no sólo había sido culpa de sus respectivos compradores. Había más responsables que debían pagar por ello. Los tres amigos de Paku que lo habían ayudado a raptar niños, la mujer que dirigía todo ese negocio en la ciudad de Hong Kong, las docenas de hombres y mujeres que trabajaban ahí e igualmente contribuían a que esa barbarie funcionara…
Las piernas de Neuval se movieron solas y caminaron por el pasillo hasta el ascensor. Había otras áreas del complejo donde podría ir encontrándolos a todos. Sólo tenía una cosa en mente. Lo único que deseaba era matar a todos los responsables… todos los que había en el edifico eran responsables… pero también lo era la ciudad, la sociedad y su gobierno… y otros países… El mundo entero era responsable. El mundo entero ya no era para él sino un lugar repulsivo, donde al final, todos estarían mejor muertos.
Al parecer ya había corrido la voz de que había un peligro letal suelto por el edificio. Había gente corriendo por las plantas, tanto empleados como otros huéspedes, por el salón de la planta baja, el casino, el restaurante, preguntándose si se trataba de un incendio de verdad o de un asesino suelto por ahí o de un grupo armado.
Neuval seguía en modo automático con un objetivo en mente. Caminó por los rincones y esquinas para que nadie lo viera. Cruzó el salón principal, que era como una gran sala de recepción de hotel, mientras algunos adultos corrían por allá a otra parte. Se dirigió entonces hacia las mesas de restaurante del fondo, y cruzó la puerta de doble hoja de la cocina cuando no había nadie. Procuró hacer claras las huellas de sangre que iban dejando sus pisadas. Fue directo hacia uno de los hornos. Se conocía el mecanismo. Desenroscó la tuerca necesaria y comenzó a escapar gas de una tubería. Acto seguido, se quitó el calzado ensangrentado y lo tiró a un lado, y después agarró una botella de licor y un trapo por el camino de vuelta a la salida.
Volvió al restaurante y se sentó en el suelo detrás de una mesa, oculto tras su mantel, con la botella y el trapo. Esperó pacientemente. Sus ojos llevaban ya diez minutos sin pestañear.
Como esperaba, por fin aparecieron los otros matones que, con Paku, se encargaban de solucionar los problemas y las amenazas del negocio. Habían encontrado las pisadas de sangre que Neuval había dejado y las habían seguido. Eran los gemelos, que exclamaban cosas sin parar, alterados. Seguramente habían encontrado el cadáver de Paku en la segunda planta. Cuando ambos hombres entraron por la puerta de la cocina con machete y pistola en mano, Neuval metió el trapo en la botella de licor, encendió una de las cerillas que se había estado guardando y prendió el trapo. Se puso en pie. Arrastró con él una silla, caminó hasta la puerta de la cocina y la bloqueó con la silla. Después se apartó un par de metros, y lanzó la botella de licor con el trapo prendido contra uno de los ojos de buey de una de las hojas de la puerta, rompiéndolo, de modo que el cóctel molotov acabó dentro de la cocina.
Se oyó el inicio de un grito de alarma pero no su final, pues se produjo una inmediata explosión en el interior de la cocina. El fuego no llegó a derribar la puerta bloqueada pero sí salió por los dos ojos de buey con dos poderosas llamaradas que acabaron prendiendo unas cortinas decorativas en las paredes del restaurante y un par de mesas próximas, mientras Neuval se alejaba caminando de regreso al salón de recepción. Quería encontrar a la jefa.
Mientras los gritos del personal que intentaba salir del complejo aumentaban por otras partes y el incendio de la cocina se propagaba, Neuval buscó por el casino, por la sala de teatro de antes, por la zona de lavado…
Y cuando regresó al salón principal, al fin la vio. La rechoncha mujer que administraba todo aquel lugar iba corriendo por la recepción, en dirección contraria a otros empleados que iban hacia la salida. Se metió tras los mostradores vacíos y después cruzó una puerta del fondo donde ponía “privado” en chino. Neuval se dirigió hacia allá, caminando con esa fría calma que lo había estado acompañando intermitentemente todo ese rato.
Tras pasar por la puerta, había un pasillo no muy largo con algunas puertas, y la única que estaba abierta era la del fondo, donde se veía a la mujer yendo de un lado a otro y hablando por el walkie con alguien.
—¡Me da igual de quién se trate! ¡Encuentra al responsable, sea uno o doscientos! ¡Y más te vale no acabar como el inútil de Paku porque para eso te pago! ¡Encuentra al que ha arruinado mi negocio y mátalo! ¡Y si encuentras a los niños, también, mátalos!
Neuval se paró cerca de la puerta abierta, en el pasillo, observándola desde ahí. Aquello era un despacho lujoso, con un escritorio elegante en el medio, delante de unas estanterías, pinturas clásicas decorando las paredes, jarrones, estatuillas de oro… La mujer había dejado una maleta grande sobre el escritorio, y en ese momento estaba apartando a un lado una sección de la estantería, que era corrediza, descubriendo una caja fuerte en la pared. La abrió y se puso a sacar paquetes plastificados de fajos de billetes y cajas pequeñas de metal con joyas.
Fue al escritorio y metió todo dentro de la maleta, cerró la cremallera y se la cargó a la espalda. Pero cuando salió por la puerta, fue cuando vio a ese niño, esperándola en el pasillo, semidesnudo, manchado de sangre por todas partes, sobre todo alrededor de la boca, y con el cabello largo enmarañado, mirándola con unos ojos aterradores, sombríos y estáticos sobre ella.
La mujer se llevó tal susto que gritó y brincó hacia atrás, y se le cayó la radio al suelo. Se quedó unos instantes mirándolo con ojos temblorosos, helada.
—Tú… —murmuró, fijándose en todo ese rojo que le manchaba, y empezó a entender—. Espera… ¿tú…? ¿Tú eres quien…?
Neuval dio un pequeño paso hacia ella, y ella volvió a dar un grito de susto. La imagen que ese niño presentaba era digna de sus peores pesadillas.
—¡Quieto! ¡Te lo advierto! —nerviosa, recogió la radio del suelo y fue retrocediendo al interior del despacho—. ¡Mao! ¡Está aquí! ¡En mi despacho! ¡Es el niño… el niño occidental…! ¡Está…! —Neuval dio otro paso hacia ella—. ¡¡Ven enseguida!! —chilló temerosa.
La mujer cerró rápidamente la puerta desde dentro. Por fuera no tenía pomo ni manilla alguna, solamente una cerradura, para que sólo ella pudiera abrirla desde fuera. Neuval cogió el imperdible que, igual que las cerillas, se había estado guardando todo ese tiempo, enganchado a la tela del faldón que le caía desde la cintura. Se acercó al cerrojo de la puerta, dobló el imperdible de una forma específica, lo introdujo en la cerradura y comenzó a forzarla, algo que había hecho muchas veces.
Tardó dos minutos en abrir la puerta. La mujer estaba tras el escritorio y exclamó con espanto al verlo. Dejó la radio a un lado porque necesitaba las dos manos para sujetar bien maleta en su espalda con todo su botín. Pero, a partir de ahí, no supo qué hacer. Quería salir por la puerta, pero él estaba ahí en medio del camino, al otro lado de la mesa. Una parte de ella no sabía por qué dudaba en esquivar a un niño, más pequeño que ella, más débil, un mocoso cualquiera. Pero otra parte de ella estaba comenzando a sentir una energía extraña que perturbaba su mente. Cada vez que miraba al niño, sentía un temblor por todo el cuerpo, cada vez más intenso. Empezó a entrar en pánico, no sabía qué le pasaba. Neuval no se movía de donde estaba, tan sólo la miraba fijamente, no estaba haciendo nada más que eso y por alguna razón la mujer se encontraba cada vez más nerviosa, angustiada.
—¡Apártate de la puerta! —le chilló exasperada, manteniéndose detrás de su escritorio.
Neuval seguía mirándola sin parpadear.
—¡Para! ¡Deja de mirarme así!
Algo había en esa mirada que despertaba los miedos más primarios de la mujer. Esos ojos le estaban haciendo algo. Su mente estaba sucumbiendo ante un aura del más puro terror. Le costaba respirar.
—¡Márchate! —de repente se echó a llorar y se volvió histérica—. ¡Vete de aquí! ¡Aaaah! —se agarró de los pelos, deshaciendo el moño de su peinado perfecto—. ¡Deja de mirarme! ¡Deja de mirarme! ¡Demonio!
La mujer acabó perdiendo la cordura. Sea lo que fuese aquella energía, era insoportable, no podía más. En un intento de huir de allí, la mujer se dirigió a la ventana, la abrió y trató de salir por ella estrepitosamente, con la maleta al hombro, con la falda de su traje, los tacones… Quizá pretendía salir y caminar por la cornisa hasta el balcón más cercano, pero cometió el error de mirar atrás una vez más, justo cuando tenía medio cuerpo fuera. Neuval, simplemente, dio otro pequeño paso hacia ella. La mujer chilló de nuevo. Uno de sus pies se resbaló de la repisa exterior, y al final, cayó al vacío con su fortuna.
Estaban en la planta baja, pero la caída fue larga. Su grito se hizo cada vez más lejano hasta que dejó de oírse. El aire que entraba por la ventana olía a mar, y de fondo se oía el zumbido de olas chocando contras las rocas. Por lo visto, aquel complejo privado estaba construido junto a un acantilado en la costa este de Hong Kong.
Al entender que esa mujer ya no estaba, que ya no haría daño a nadie más, la sangre fría de Neuval empezó a templarse. El calor que había perdido en la última media hora volvió a latir poco a poco dentro de él. Seguía mirando a la ventana, quieto y en silencio, pero sus ojos comenzaron a empañarse, observando el cielo estrellado sobre el mar del exterior. Qué hermosa vista. Qué hermoso mundo. ¿Por qué esa mujer, y su detestable hijo, y esos pederastas, habían tenido más de 20 años, más de 30, 40 o incluso más de 60 años, de vivir, de respirar y de disfrutar de los paisajes de ese mundo, y había niños que ni siquiera habían llegado a cumplir los 15 años, o los 10, o 5?
Qué hermoso mundo, pero qué mal funcionaba. ¿Qué podía hacer él? ¿Cómo iba a tener poder suficiente para cambiarlo? Y si no lo podía cambiar, ¿entonces por qué molestarse en vivir en él?
Neuval cerró los ojos por primera vez en media hora y comenzó a sollozar, de agotamiento, de tristeza, de hartazgo. Había viajado demasiado tiempo para al final descubrir que el ser humano era igual en cualquier rincón del globo.
De repente, oyó unos pasos pesados detrás de él. Reaccionó demasiado tarde, pues cuando se dio la vuelta, al instante un hombre enorme lo agarró del cuello violentamente y lo levantó del suelo fácilmente, estrangulándolo. Neuval luchó por respirar, con lágrimas cayéndole por la cara. Vio que se trataba del tipo grandote y callado que había ayudado a Paku y a los gemelos a secuestrarlo, y el que lo había estado vigilando durante el lavado y aseo. Había olvidado que faltaba él. El tipo estaba furioso, seguramente por haber fracasado en proteger a su jefa y el negocio que le daba de comer. Lo había perdido todo por culpa de ese niño. Neuval podía ver en sus ojos negros sus ansias de matarlo.
Y eso… de repente… dejó de importarle.
Neuval soltó sus manos, dejando caer los brazos. Su rostro ya no expresaba resistencia. Se rindió. Ya estaba cansado.
El tipo no dejó de oprimirle el cuello. Ya estaba logrando su propósito. Hasta que ocurrió una fuerte explosión a sus espaldas.
Todo pasó muy rápido, algo explotó por el pasillo. Suelo, techo y paredes retumbaron, se formaron grietas, se cayeron libros y cuadros. De pronto se fue la luz, y fue sustituida por un cegador y ardiente fuego que lo envolvió todo alrededor de ellos. El hombre fornido se llevó el susto de su vida y soltó a Neuval, mirando horrorizado a su alrededor. Literalmente, todo lo que le rodeaba era fuego. Le quemaba la piel. Se dio la vuelta para buscar la puerta, pero entonces vio una silueta, más grande que él, caminando hacia él, bañada entre las feroces llamas. Cuando esa silueta atravesó el fuego y se paró ante él, el criminal tembló como un chihuahua. Tenía delante a un hombre joven, grande, esbelto y muy musculoso, con vaqueros y camiseta negra de manga corta. Sus cabellos negros estaban prendidos de fuego, así como sus hombros, el filo de sus brazos y piernas. Desprendía llamas por su cuerpo pero no le quemaban ni la piel ni la ropa. Y su ojo izquierdo brillaba de una intensa y poderosa luz roja.
En un ridículo intento de atacarlo, víctima del miedo, el criminal blandió un puño hacia él, pero Lao lo paró en seco con el dedo índice. El criminal exclamó de dolor y se agarró la mano, se había roto un nudillo. Comprendió que su única opción era huir de esa persona inhumana, pero justo cuando dio un paso para esquivarlo, Lao le agarró el cuello con una sola mano y lo levantó varios centímetros sobre el suelo. El criminal entró en pánico, asfixiándose, golpeando en vano el brazo de Lao y pataleando.
—¿Por qué te quejas? —le preguntó Lao con una mirada sombría y firme—. Ahora eres tú el pequeño indefenso siendo estrangulado por un tipo más grande y más fuerte. ¿Te gusta?
El otro hacía sonidos horribles con la garganta, y se le estaban formando derrames de sangre por la córnea de los ojos.
—Considera esta lección de empatía tu última gran lección en la vida.
Lao giró la muñeca con un movimiento seco y partió el grueso cuello del criminal como si fuera una rama. Se quedó colgando de su mano como un muñeco inerte y los ojos abiertos. Lao lo tiró a un lado como si fuese la cáscara de un plátano y se acercó rápidamente a Neuval, que estaba arrodillado en el suelo, inmóvil, con la mirada ida. Se agachó frente a él.
—Neuval… ¿Estás bien? ¿Estás herido? —miró preocupado toda esa sangre, pero procuró no tocarlo, por si eso lo alteraba—. Neuval… —lo llamó de nuevo, y lo tomó de las mejillas para que lo mirara a los ojos—. Soy yo, Neu. Estoy aquí. Te he encontrado. Ya estás a salvo, ya ha terminado todo.
El niño lo miraba, pero no decía nada. Entonces cerró la boca, apretó los labios, se contuvo, se reprimió.
—Recuerda lo que te dije. No lo contengas, no lo reprimas, tu cuerpo y tu mente te lo piden. Déjalo salir. No sientas ninguna vergüenza, ni temor. Estoy aquí.
Al final su presencia, escuchar su voz, sus palabras, acabaron haciendo mella en él. Neuval, por fin, dejó caer ese pesado muro, su estado de alerta, y relajó los músculos. En cuanto se permitió a sí mismo bajar la guardia, se convirtió de nuevo en un niño pequeño normal. Rompió a llorar, de alivio, y de rabia. Y abrazó a Lao con todas sus fuerzas.
A Lao le dolió oírlo llorar así y sentirlo tan derrotado, y por eso lo cubrió con sus brazos y le transmitió toda la calma, el apoyo y el afecto que pudo. No sabía por lo que había pasado. Pero ya suponía que no había sido un trato humano.
—Quiero irme contigo… —sollozó el niño.
—Ya no tienes nada que temer, Neuval. Nunca más te dejaré solo.
Lao lo tomó en brazos y cesó las llamas a su alrededor. Todo estaba calcinado, medio derruido. Lo sacó de ese lugar.
Para cuando llegaron al exterior, Neuval se había quedado inconsciente sobre su hombro. Se había quedado sin fuerzas, su mente colapsó de agotamiento.
Tras aquel complejo estaba el acantilado, pero por delante se expandía un amplio claro ajardinado, y más allá comenzaba un bosque. En el patio delantero había un montón de personas, coches y furgonetas. Entre esas personas estaban los iris de la SRS, y también habían venido los iris de la HRS de Hong Kong, a la que Lao pertenecía de joven y a la que habían llamado para que los ayudaran. También, había dos docenas de almaati, de ambas RS, terminando de esposar a todos los trabajadores que habían llegado a salir del edificio y habían tratado de escapar de allí, pero se habían visto emboscados por todos esos iris y almaati que habían llegado en el último momento.
Mientras los almaati mantenían a esos criminales y cómplices a raya a punta de pistolas y rifles y los iban metiendo en los furgones para después llevárselos al aeródromo privado y de ahí volarían al Monte Zou para enjuiciarlos, condenarlos o reformarlos debidamente, Hideki se acercó a Lao al verlo salir del edificio con ese niño en brazos.
—¿Este es? —le preguntó—. ¿Tu chico?
—Sí. Lo he encontrado a tiempo —respondió Lao.
—¿Está bien? Esta lleno de sangre, llévalo con los otros para que le curen las…
—No está herido. No más allá de un labio partido y varios moratones y arañazos. Esta sangre no es suya. No quiero ni pensar qué coño le habrán hecho ahí dentro.
—De todo menos bueno —se acercó Emiliya a ellos; su habitual sonrisa y actitud despreocupada habían desaparecido, venía muy seria, contenida—. He hablado con los ocho niños que hemos encontrado sanos y salvos guarecidos en el bosque. Me han contado una historia insólita —dijo mirando al niño que Lao tenía en brazos.
—¿Qué te han dicho? —advirtió Lao esa mirada.
—Al parecer tu chico ha provocado todo esto. Los niños me lo han contado de principio a fin. Todo lo que vieron y les ha pasado desde que llegaron a este lugar hasta ahora. Los evaluaron, los asearon, les dieron de comer una cena, tras la cual se sintieron “un poco mareados”. Pero tu chico fue el único que no la comió. Después los prepararon para exhibición. Los subastaron en un escenario, y los compradores se los llevaron a sus suites privadas… para… satisfacer sus monstruosas fantasías con ellos…
—Mierda… —se horrorizó Lao—. Mierda, ¡tengo que llevar a Neuval a una revisión! No he encontrado heridas en su cuerpo a simple vista, pero…
—Tranquilo, Kei Lian —le dijo su compañera rubia—. No ha llegado a sufrir eso. Al parecer, tu muchacho callejero fue comprado junto a dos de los niños, dos hermanos —señaló hacia la furgoneta equipada con material médico donde estaban iris y almaati atendiendo a los ocho niños—. Fueron comprados los tres por el Hombre Dorado.
—El… —se sorprendió Lao—. ¿¡Estaba aquí!? ¿¡Lo hemos encontrado por fin!?
—En un momento determinado, ese cabrón estaba abusando de los dos hermanos mientras tu chico estaba encadenado a una pared, al parecer como castigo por su comportamiento. Pero tu chico no aguantó ver eso y dio la cara por ellos. Convenció al Hombre Dorado para que “jugara” con él y dejara a los otros dos niños en paz. Me han dicho que cuando el tipejo comenzó a aplastarlo contra la cama y a ahogarlo, el niño sacó una navaja, no se sabe de dónde, y le rajó el cuello al Hombre Dorado, rematándolo después.
Hideki y Lao se quedaron sin habla al escuchar eso.
—Y eso sólo es el principio.
Emiliya continuó contándoles todo el relato, tal cual había ocurrido, con todo lo que esos niños habían presenciado, los testimonios y confesiones de los empleados y las pistas que los almaati habían ido descifrando. No sólo Lao estaba desconcertado, sino que Hideki empezó a comprender que su amigo no había exagerado cuando les habló por teléfono de Neuval el otro día. Ese niño no era normal. Ni siquiera era un iris normal.
—La navaja… las cerillas… incluso el imperdible que le puse para sujetar el vendaje de su brazo, que he visto antes en la cerradura del despacho… —se decía Lao, recapacitando con asombro.
—La Líder de la HRS dice que sus almaati han encontrado el cadáver de Ji-Ji Landu en el acantilado, entre las rocas, con una maleta llena de dinero y joyas —añadió Emiliya—. Cayó desde la ventana de su despacho, ese mismo despacho que tú dices.
—¿Él la habrá empujado? —se preguntó Hideki, mirando al niño dormido.
—Eso no está claro aún. Pero queda confirmado, que el cuerpo es de esa Ji-Ji Landu, la famosa Ji-Ji.
—Todos los peces gordos en nuestra lista de búsqueda estaban aquí… —suspiró Lao.
—Ha sido este niño quien ha ido rescatando a los otros niños uno por uno, quitando de en medio a todos los adultos… —decía Hideki—. Podría haberse escapado solo fácilmente, con esa astucia y los recursos y armas que se guardó, pero fue a buscar a todos los niños… Este chico no es un iris entrenado, pero claramente tiene el espíritu de uno. Y es demasiado inteligente para su edad.
—No a todos los niños —lamentó Emiliya—. Hay una que no se ha salvado. Los almaati la han encontrado en una de las habitaciones. Al parecer su comprador se sobrepasó con ella y murió antes de que este chico llegara a su habitación. La pobre niña… —murmuró, y le tembló la voz. Hideki la rodeó con un brazo al sentirla así de afectada. Pero Emiliya se repuso, recuperando la seriedad—. Pero hay algo preocupante. Todos los niños están de acuerdo en que este chico los ha salvado. Pero también en que perdió la cabeza en un determinado momento.
—¿A qué se refieren? —preguntó Lao.
—Fue cuando llegó a esa habitación y vio que la niña ya estaba muerta. Las dos niñas previamente rescatadas que lo esperaban en el pasillo dicen que lo vieron… transformarse en algo…
—¿Qué?
—Dicen que el muchacho se enfureció tanto que parecía “una bestia demoníaca”, según sus palabras. Que atacó al comprador de la niña muerta con una ferocidad inhumana. Que… salió de la habitación con la boca llena de sangre.
Lao y Hideki se quedaron un rato callados, reflexionando sobre ese relato.
—Bueno, desde la perspectiva de esas niñas puede haberse visto de esa manera —indagó Hideki—. Pero todo apunta a un brote de majin —miró a Lao—. La descripción del comportamiento y el resto de cosas que Emiliya nos ha contado…
—Un majin ya, antes de haber recibido su entrenamiento… Eso sí que es desafortunado —resopló Emiliya.
—Me lo temía… —farfulló Lao—. Este chico lleva demasiados meses con este iris caótico, perdido, confuso, sufriendo más desgracias que nosotros tres juntos. Me parece increíble lo que ha hecho aquí hoy —miró hacia los niños de allá.
—¿Qué vas a hacer con él? —preguntó Emiliya.
—Debes llevarlo con Alvion cuanto antes —dijo Hideki—. Y Emiliya debe redactar el informe informándole de todo lo que ha pasado.
—¿Qué escribo sobre este muchacho? —quiso asegurarse ella antes que nada—. ¿Es conveniente que incluya en el informe que este muchacho ha asesinado a unos cuantos criminales sin permiso?
—No habrá problema con eso —dijo Hideki—. Si no es un iris entrenado, no es un iris oficial, por lo que si ha matado antes de ser iris oficial, no hay incumplimiento de las normas. De todas formas, este chico nos ha ahorrado todo el trabajo. Ha matado a criminales que iban a ser destinados a la Lista de Condenados.
—Pero no estar entrenado aún significa, también, que este chico cuando despierte puede tener problemas para comprender y asumir racionalmente el hecho de haber quitado esas vidas. Si todos los iris ya cargamos con el trauma de nuestra conversión, este pobre muchacho parece que ya carga con unos cuantos más.
—Estará bien —dijo Lao, y la pareja notó ese tono en su voz—. Saldrá adelante. Entenderá las cosas, las asumirá y encontrará su lugar en este mundo algún día. Tendrá una vida digna. Yo me encargaré de todo eso.
—Kei Lian… —se sorprendió Hideki al entender lo que quería decir—. ¿De verdad deseas eso? ¿Te harás responsable de él?
—Sí.
—¿Lo has hablado con Ming Jie y con tu hijo? —quiso saber Emiliya.
—Sí, lo hablé con ellos. Y están de acuerdo. Pero… sólo queda saber qué es lo que quiere Neuval. Yo quiero darle un hogar, una familia que lo comprenda y lo apoye. Quiero guiarle y aconsejarle mientras crece, que tenga a alguien en quien apoyarse, que le sirva de ejemplo para no perderse por caminos malos que yo ya tuve que cruzar por mí mismo sin nadie que me previniera.
Hideki y Emiliya se pegaron el uno al otro mientras miraban a su compañero con sonrisas de afecto. No les sorprendía una decisión y un deseo así. Lao siempre había sido así.
—Haré ese informe mañana —dijo Emiliya—. Ahora mismo solamente quiero llegar a casa, abrazar a Katya y dormir junto a ella.
—Yo también necesito ir a casa y abrazar a nuestra Katyusha —corroboró Hideki, besando a Emiliya en la cabeza y frotando su hombro—. Después de lo que ha pasado aquí…
—Pero dejará de pasar —afirmó Emiliya de repente—. Ya tenemos la información suficiente para desmantelar toda esta red por los otros lugares por donde se ha expandido. Tenías razón, Kei Lian, había que actuar ya.
—Sí, pero si vas a hacerte responsable de este pequeño iris enfermo, llevarlo al Monte Zou es lo primero que debes hacer, Kei.
—Lo sé, lo sé. Y eso es lo que haré. Pero antes, Neuval tiene que recuperarse, y tengo que asegurarme de en qué estado mental se encuentra. Lo llevaré a la clínica privada que tiene el Shokubutsu de la HRS en la ciudad para que descanse y le curen las lesiones, y podamos analizar el estado de su iris. Estaré con él en todo momento, vigilándolo. Todo irá bien.»
«Se acabó. Había llegado tarde. Song ya no estaba en ese mundo. Igual que Monique. Igual que muchos más niños en el mundo, igual que muchos inocentes cada día, a manos de este, por lo visto, excesivo número de monstruos que inundaban todo ese planeta, escondidos a simple vista, actuando en las sombras, disfrutando impunemente de sus excesos, vicios y enfermedades mentales, porque el dinero los protegía.
Es señor Orlov y los otros tres adultos estaban alrededor de Song, mirándola y deliberando qué hacer con ella como si estuvieran discutiendo sobre cómo limpiar un trozo de comida que había caído al suelo o recoger los restos de un objeto roto.
—Me harán un reembolso, ¿verdad? —preguntaba el viejo ruso.
Pero algo extraño sucedió. Los cuatro adultos notaron una potente vibración en el suelo… en el aire… o más bien, en cada átomo de los rodeaba. Una energía abismal y desconocida invadió el lugar con tal poder que la realidad pareció distorsionarse por un segundo. Por un segundo, el aire se volvió sólido. Por un segundo, todo se volvió negro como las tinieblas. Por un segundo, se hizo el silencio más absoluto del universo.
Aquellos adultos se quedaron aturdidos por un instante. Las luces parpadeaban. El señor Orlov, desorientado por esa ausencia total de sonido, parpadeó una vez. Al volver a abrir los ojos, lo primero y último que vio fueron unos ojos de luz plateada y dos hileras de afilados colmillos. Algo, alguna criatura, un depredador aún superior, se echó sobre él de la manera más brutal y salvaje. Lo que quiera que fuese, le desgarró el cuello, los brazos, el abdomen… Lo despedazó.
Los chillidos de pavor de los tres empleados rompieron aquel silencio pesado. Las dos niñas, en el pasillo, los vieron salir corriendo de la habitación con caras de sumo terror y echaron a correr por el pasillo hasta la otra puerta del final que llevaba a las escaleras de emergencia. Justo en ese momento, Li y los demás niños estaban abriendo esa puerta, y se sobresaltaron cuando esos adultos los esquivaron o los apartaron con pánico y se marcharon por las escaleras.
Li, que no había sido capaz de marcharse sin los niños que faltaban y con intención de ayudar a Neuval, había decidido regresar con los demás niños para marcharse todos juntos. Pero el panorama con el que se encontró en ese pasillo parecía una pesadilla. Las luces continuaban parpadeando y había una extraña vibración en el aire, costaba respirar, y el suelo temblaba un poco. Se quedaron confusos mirando al final del pasillo. Las dos niñas escondidas entre las macetas, al verlos, corrieron hasta ellos y Li las puso tras él, manteniéndose en guardia, oyendo ruidos raros en la habitación abierta del fondo.
Nadie entendía qué pasaba. Hasta que vieron salir a alguien de la habitación. Al principio no lo reconocieron. El niño que salió al pasillo estaba lleno de sangre. Su larga melena castaña clara estaba despeinada y le tapaba un poco el rostro, varios cabellos se le habían quedado pegados por la sangre que manchaba su cara, pues lo que Li vio con claridad, es que era de la boca de Neuval de donde goteaba la sangre. Los dientes también los tenía teñidos de rojo.
Neuval, parado ahí en medio del pasillo, tenía la mirada ida en ese momento. Respiraba pesadamente, mientras la sangre seguía goteando por su barbilla.
Li supo que lo que estaba mirando no era humano. No sabía qué le había pasado a ese chico, pero ya no era él. Neuval seguía quieto mirándolos con esos ojos casi blancos, abiertos y desquiciados. No se movía. Li sabía que tenía que actuar, y su primer impulso fue sacar a todos los niños de allí de una vez por todas y alejarlos de él. Miró a Neuval una última vez, sin saber si sentirse preocupado o tenerle miedo, y finalmente todos los niños se marcharon escaleras abajo.
El rostro de Neuval seguía siendo inexpresivo. No pestañeaba. Sólo respiraba con agotamiento.
Lo que le había pasado a Song, lo que habían estado sufriendo esos niños, no sólo había sido culpa de sus respectivos compradores. Había más responsables que debían pagar por ello. Los tres amigos de Paku que lo habían ayudado a raptar niños, la mujer que dirigía todo ese negocio en la ciudad de Hong Kong, las docenas de hombres y mujeres que trabajaban ahí e igualmente contribuían a que esa barbarie funcionara…
Las piernas de Neuval se movieron solas y caminaron por el pasillo hasta el ascensor. Había otras áreas del complejo donde podría ir encontrándolos a todos. Sólo tenía una cosa en mente. Lo único que deseaba era matar a todos los responsables… todos los que había en el edifico eran responsables… pero también lo era la ciudad, la sociedad y su gobierno… y otros países… El mundo entero era responsable. El mundo entero ya no era para él sino un lugar repulsivo, donde al final, todos estarían mejor muertos.
Al parecer ya había corrido la voz de que había un peligro letal suelto por el edificio. Había gente corriendo por las plantas, tanto empleados como otros huéspedes, por el salón de la planta baja, el casino, el restaurante, preguntándose si se trataba de un incendio de verdad o de un asesino suelto por ahí o de un grupo armado.
Neuval seguía en modo automático con un objetivo en mente. Caminó por los rincones y esquinas para que nadie lo viera. Cruzó el salón principal, que era como una gran sala de recepción de hotel, mientras algunos adultos corrían por allá a otra parte. Se dirigió entonces hacia las mesas de restaurante del fondo, y cruzó la puerta de doble hoja de la cocina cuando no había nadie. Procuró hacer claras las huellas de sangre que iban dejando sus pisadas. Fue directo hacia uno de los hornos. Se conocía el mecanismo. Desenroscó la tuerca necesaria y comenzó a escapar gas de una tubería. Acto seguido, se quitó el calzado ensangrentado y lo tiró a un lado, y después agarró una botella de licor y un trapo por el camino de vuelta a la salida.
Volvió al restaurante y se sentó en el suelo detrás de una mesa, oculto tras su mantel, con la botella y el trapo. Esperó pacientemente. Sus ojos llevaban ya diez minutos sin pestañear.
Como esperaba, por fin aparecieron los otros matones que, con Paku, se encargaban de solucionar los problemas y las amenazas del negocio. Habían encontrado las pisadas de sangre que Neuval había dejado y las habían seguido. Eran los gemelos, que exclamaban cosas sin parar, alterados. Seguramente habían encontrado el cadáver de Paku en la segunda planta. Cuando ambos hombres entraron por la puerta de la cocina con machete y pistola en mano, Neuval metió el trapo en la botella de licor, encendió una de las cerillas que se había estado guardando y prendió el trapo. Se puso en pie. Arrastró con él una silla, caminó hasta la puerta de la cocina y la bloqueó con la silla. Después se apartó un par de metros, y lanzó la botella de licor con el trapo prendido contra uno de los ojos de buey de una de las hojas de la puerta, rompiéndolo, de modo que el cóctel molotov acabó dentro de la cocina.
Se oyó el inicio de un grito de alarma pero no su final, pues se produjo una inmediata explosión en el interior de la cocina. El fuego no llegó a derribar la puerta bloqueada pero sí salió por los dos ojos de buey con dos poderosas llamaradas que acabaron prendiendo unas cortinas decorativas en las paredes del restaurante y un par de mesas próximas, mientras Neuval se alejaba caminando de regreso al salón de recepción. Quería encontrar a la jefa.
Mientras los gritos del personal que intentaba salir del complejo aumentaban por otras partes y el incendio de la cocina se propagaba, Neuval buscó por el casino, por la sala de teatro de antes, por la zona de lavado…
Y cuando regresó al salón principal, al fin la vio. La rechoncha mujer que administraba todo aquel lugar iba corriendo por la recepción, en dirección contraria a otros empleados que iban hacia la salida. Se metió tras los mostradores vacíos y después cruzó una puerta del fondo donde ponía “privado” en chino. Neuval se dirigió hacia allá, caminando con esa fría calma que lo había estado acompañando intermitentemente todo ese rato.
Tras pasar por la puerta, había un pasillo no muy largo con algunas puertas, y la única que estaba abierta era la del fondo, donde se veía a la mujer yendo de un lado a otro y hablando por el walkie con alguien.
—¡Me da igual de quién se trate! ¡Encuentra al responsable, sea uno o doscientos! ¡Y más te vale no acabar como el inútil de Paku porque para eso te pago! ¡Encuentra al que ha arruinado mi negocio y mátalo! ¡Y si encuentras a los niños, también, mátalos!
Neuval se paró cerca de la puerta abierta, en el pasillo, observándola desde ahí. Aquello era un despacho lujoso, con un escritorio elegante en el medio, delante de unas estanterías, pinturas clásicas decorando las paredes, jarrones, estatuillas de oro… La mujer había dejado una maleta grande sobre el escritorio, y en ese momento estaba apartando a un lado una sección de la estantería, que era corrediza, descubriendo una caja fuerte en la pared. La abrió y se puso a sacar paquetes plastificados de fajos de billetes y cajas pequeñas de metal con joyas.
Fue al escritorio y metió todo dentro de la maleta, cerró la cremallera y se la cargó a la espalda. Pero cuando salió por la puerta, fue cuando vio a ese niño, esperándola en el pasillo, semidesnudo, manchado de sangre por todas partes, sobre todo alrededor de la boca, y con el cabello largo enmarañado, mirándola con unos ojos aterradores, sombríos y estáticos sobre ella.
La mujer se llevó tal susto que gritó y brincó hacia atrás, y se le cayó la radio al suelo. Se quedó unos instantes mirándolo con ojos temblorosos, helada.
—Tú… —murmuró, fijándose en todo ese rojo que le manchaba, y empezó a entender—. Espera… ¿tú…? ¿Tú eres quien…?
Neuval dio un pequeño paso hacia ella, y ella volvió a dar un grito de susto. La imagen que ese niño presentaba era digna de sus peores pesadillas.
—¡Quieto! ¡Te lo advierto! —nerviosa, recogió la radio del suelo y fue retrocediendo al interior del despacho—. ¡Mao! ¡Está aquí! ¡En mi despacho! ¡Es el niño… el niño occidental…! ¡Está…! —Neuval dio otro paso hacia ella—. ¡¡Ven enseguida!! —chilló temerosa.
La mujer cerró rápidamente la puerta desde dentro. Por fuera no tenía pomo ni manilla alguna, solamente una cerradura, para que sólo ella pudiera abrirla desde fuera. Neuval cogió el imperdible que, igual que las cerillas, se había estado guardando todo ese tiempo, enganchado a la tela del faldón que le caía desde la cintura. Se acercó al cerrojo de la puerta, dobló el imperdible de una forma específica, lo introdujo en la cerradura y comenzó a forzarla, algo que había hecho muchas veces.
Tardó dos minutos en abrir la puerta. La mujer estaba tras el escritorio y exclamó con espanto al verlo. Dejó la radio a un lado porque necesitaba las dos manos para sujetar bien maleta en su espalda con todo su botín. Pero, a partir de ahí, no supo qué hacer. Quería salir por la puerta, pero él estaba ahí en medio del camino, al otro lado de la mesa. Una parte de ella no sabía por qué dudaba en esquivar a un niño, más pequeño que ella, más débil, un mocoso cualquiera. Pero otra parte de ella estaba comenzando a sentir una energía extraña que perturbaba su mente. Cada vez que miraba al niño, sentía un temblor por todo el cuerpo, cada vez más intenso. Empezó a entrar en pánico, no sabía qué le pasaba. Neuval no se movía de donde estaba, tan sólo la miraba fijamente, no estaba haciendo nada más que eso y por alguna razón la mujer se encontraba cada vez más nerviosa, angustiada.
—¡Apártate de la puerta! —le chilló exasperada, manteniéndose detrás de su escritorio.
Neuval seguía mirándola sin parpadear.
—¡Para! ¡Deja de mirarme así!
Algo había en esa mirada que despertaba los miedos más primarios de la mujer. Esos ojos le estaban haciendo algo. Su mente estaba sucumbiendo ante un aura del más puro terror. Le costaba respirar.
—¡Márchate! —de repente se echó a llorar y se volvió histérica—. ¡Vete de aquí! ¡Aaaah! —se agarró de los pelos, deshaciendo el moño de su peinado perfecto—. ¡Deja de mirarme! ¡Deja de mirarme! ¡Demonio!
La mujer acabó perdiendo la cordura. Sea lo que fuese aquella energía, era insoportable, no podía más. En un intento de huir de allí, la mujer se dirigió a la ventana, la abrió y trató de salir por ella estrepitosamente, con la maleta al hombro, con la falda de su traje, los tacones… Quizá pretendía salir y caminar por la cornisa hasta el balcón más cercano, pero cometió el error de mirar atrás una vez más, justo cuando tenía medio cuerpo fuera. Neuval, simplemente, dio otro pequeño paso hacia ella. La mujer chilló de nuevo. Uno de sus pies se resbaló de la repisa exterior, y al final, cayó al vacío con su fortuna.
Estaban en la planta baja, pero la caída fue larga. Su grito se hizo cada vez más lejano hasta que dejó de oírse. El aire que entraba por la ventana olía a mar, y de fondo se oía el zumbido de olas chocando contras las rocas. Por lo visto, aquel complejo privado estaba construido junto a un acantilado en la costa este de Hong Kong.
Al entender que esa mujer ya no estaba, que ya no haría daño a nadie más, la sangre fría de Neuval empezó a templarse. El calor que había perdido en la última media hora volvió a latir poco a poco dentro de él. Seguía mirando a la ventana, quieto y en silencio, pero sus ojos comenzaron a empañarse, observando el cielo estrellado sobre el mar del exterior. Qué hermosa vista. Qué hermoso mundo. ¿Por qué esa mujer, y su detestable hijo, y esos pederastas, habían tenido más de 20 años, más de 30, 40 o incluso más de 60 años, de vivir, de respirar y de disfrutar de los paisajes de ese mundo, y había niños que ni siquiera habían llegado a cumplir los 15 años, o los 10, o 5?
Qué hermoso mundo, pero qué mal funcionaba. ¿Qué podía hacer él? ¿Cómo iba a tener poder suficiente para cambiarlo? Y si no lo podía cambiar, ¿entonces por qué molestarse en vivir en él?
Neuval cerró los ojos por primera vez en media hora y comenzó a sollozar, de agotamiento, de tristeza, de hartazgo. Había viajado demasiado tiempo para al final descubrir que el ser humano era igual en cualquier rincón del globo.
De repente, oyó unos pasos pesados detrás de él. Reaccionó demasiado tarde, pues cuando se dio la vuelta, al instante un hombre enorme lo agarró del cuello violentamente y lo levantó del suelo fácilmente, estrangulándolo. Neuval luchó por respirar, con lágrimas cayéndole por la cara. Vio que se trataba del tipo grandote y callado que había ayudado a Paku y a los gemelos a secuestrarlo, y el que lo había estado vigilando durante el lavado y aseo. Había olvidado que faltaba él. El tipo estaba furioso, seguramente por haber fracasado en proteger a su jefa y el negocio que le daba de comer. Lo había perdido todo por culpa de ese niño. Neuval podía ver en sus ojos negros sus ansias de matarlo.
Y eso… de repente… dejó de importarle.
Neuval soltó sus manos, dejando caer los brazos. Su rostro ya no expresaba resistencia. Se rindió. Ya estaba cansado.
El tipo no dejó de oprimirle el cuello. Ya estaba logrando su propósito. Hasta que ocurrió una fuerte explosión a sus espaldas.
Todo pasó muy rápido, algo explotó por el pasillo. Suelo, techo y paredes retumbaron, se formaron grietas, se cayeron libros y cuadros. De pronto se fue la luz, y fue sustituida por un cegador y ardiente fuego que lo envolvió todo alrededor de ellos. El hombre fornido se llevó el susto de su vida y soltó a Neuval, mirando horrorizado a su alrededor. Literalmente, todo lo que le rodeaba era fuego. Le quemaba la piel. Se dio la vuelta para buscar la puerta, pero entonces vio una silueta, más grande que él, caminando hacia él, bañada entre las feroces llamas. Cuando esa silueta atravesó el fuego y se paró ante él, el criminal tembló como un chihuahua. Tenía delante a un hombre joven, grande, esbelto y muy musculoso, con vaqueros y camiseta negra de manga corta. Sus cabellos negros estaban prendidos de fuego, así como sus hombros, el filo de sus brazos y piernas. Desprendía llamas por su cuerpo pero no le quemaban ni la piel ni la ropa. Y su ojo izquierdo brillaba de una intensa y poderosa luz roja.
En un ridículo intento de atacarlo, víctima del miedo, el criminal blandió un puño hacia él, pero Lao lo paró en seco con el dedo índice. El criminal exclamó de dolor y se agarró la mano, se había roto un nudillo. Comprendió que su única opción era huir de esa persona inhumana, pero justo cuando dio un paso para esquivarlo, Lao le agarró el cuello con una sola mano y lo levantó varios centímetros sobre el suelo. El criminal entró en pánico, asfixiándose, golpeando en vano el brazo de Lao y pataleando.
—¿Por qué te quejas? —le preguntó Lao con una mirada sombría y firme—. Ahora eres tú el pequeño indefenso siendo estrangulado por un tipo más grande y más fuerte. ¿Te gusta?
El otro hacía sonidos horribles con la garganta, y se le estaban formando derrames de sangre por la córnea de los ojos.
—Considera esta lección de empatía tu última gran lección en la vida.
Lao giró la muñeca con un movimiento seco y partió el grueso cuello del criminal como si fuera una rama. Se quedó colgando de su mano como un muñeco inerte y los ojos abiertos. Lao lo tiró a un lado como si fuese la cáscara de un plátano y se acercó rápidamente a Neuval, que estaba arrodillado en el suelo, inmóvil, con la mirada ida. Se agachó frente a él.
—Neuval… ¿Estás bien? ¿Estás herido? —miró preocupado toda esa sangre, pero procuró no tocarlo, por si eso lo alteraba—. Neuval… —lo llamó de nuevo, y lo tomó de las mejillas para que lo mirara a los ojos—. Soy yo, Neu. Estoy aquí. Te he encontrado. Ya estás a salvo, ya ha terminado todo.
El niño lo miraba, pero no decía nada. Entonces cerró la boca, apretó los labios, se contuvo, se reprimió.
—Recuerda lo que te dije. No lo contengas, no lo reprimas, tu cuerpo y tu mente te lo piden. Déjalo salir. No sientas ninguna vergüenza, ni temor. Estoy aquí.
Al final su presencia, escuchar su voz, sus palabras, acabaron haciendo mella en él. Neuval, por fin, dejó caer ese pesado muro, su estado de alerta, y relajó los músculos. En cuanto se permitió a sí mismo bajar la guardia, se convirtió de nuevo en un niño pequeño normal. Rompió a llorar, de alivio, y de rabia. Y abrazó a Lao con todas sus fuerzas.
A Lao le dolió oírlo llorar así y sentirlo tan derrotado, y por eso lo cubrió con sus brazos y le transmitió toda la calma, el apoyo y el afecto que pudo. No sabía por lo que había pasado. Pero ya suponía que no había sido un trato humano.
—Quiero irme contigo… —sollozó el niño.
—Ya no tienes nada que temer, Neuval. Nunca más te dejaré solo.
Lao lo tomó en brazos y cesó las llamas a su alrededor. Todo estaba calcinado, medio derruido. Lo sacó de ese lugar.
Para cuando llegaron al exterior, Neuval se había quedado inconsciente sobre su hombro. Se había quedado sin fuerzas, su mente colapsó de agotamiento.
Tras aquel complejo estaba el acantilado, pero por delante se expandía un amplio claro ajardinado, y más allá comenzaba un bosque. En el patio delantero había un montón de personas, coches y furgonetas. Entre esas personas estaban los iris de la SRS, y también habían venido los iris de la HRS de Hong Kong, a la que Lao pertenecía de joven y a la que habían llamado para que los ayudaran. También, había dos docenas de almaati, de ambas RS, terminando de esposar a todos los trabajadores que habían llegado a salir del edificio y habían tratado de escapar de allí, pero se habían visto emboscados por todos esos iris y almaati que habían llegado en el último momento.
Mientras los almaati mantenían a esos criminales y cómplices a raya a punta de pistolas y rifles y los iban metiendo en los furgones para después llevárselos al aeródromo privado y de ahí volarían al Monte Zou para enjuiciarlos, condenarlos o reformarlos debidamente, Hideki se acercó a Lao al verlo salir del edificio con ese niño en brazos.
—¿Este es? —le preguntó—. ¿Tu chico?
—Sí. Lo he encontrado a tiempo —respondió Lao.
—¿Está bien? Esta lleno de sangre, llévalo con los otros para que le curen las…
—No está herido. No más allá de un labio partido y varios moratones y arañazos. Esta sangre no es suya. No quiero ni pensar qué coño le habrán hecho ahí dentro.
—De todo menos bueno —se acercó Emiliya a ellos; su habitual sonrisa y actitud despreocupada habían desaparecido, venía muy seria, contenida—. He hablado con los ocho niños que hemos encontrado sanos y salvos guarecidos en el bosque. Me han contado una historia insólita —dijo mirando al niño que Lao tenía en brazos.
—¿Qué te han dicho? —advirtió Lao esa mirada.
—Al parecer tu chico ha provocado todo esto. Los niños me lo han contado de principio a fin. Todo lo que vieron y les ha pasado desde que llegaron a este lugar hasta ahora. Los evaluaron, los asearon, les dieron de comer una cena, tras la cual se sintieron “un poco mareados”. Pero tu chico fue el único que no la comió. Después los prepararon para exhibición. Los subastaron en un escenario, y los compradores se los llevaron a sus suites privadas… para… satisfacer sus monstruosas fantasías con ellos…
—Mierda… —se horrorizó Lao—. Mierda, ¡tengo que llevar a Neuval a una revisión! No he encontrado heridas en su cuerpo a simple vista, pero…
—Tranquilo, Kei Lian —le dijo su compañera rubia—. No ha llegado a sufrir eso. Al parecer, tu muchacho callejero fue comprado junto a dos de los niños, dos hermanos —señaló hacia la furgoneta equipada con material médico donde estaban iris y almaati atendiendo a los ocho niños—. Fueron comprados los tres por el Hombre Dorado.
—El… —se sorprendió Lao—. ¿¡Estaba aquí!? ¿¡Lo hemos encontrado por fin!?
—En un momento determinado, ese cabrón estaba abusando de los dos hermanos mientras tu chico estaba encadenado a una pared, al parecer como castigo por su comportamiento. Pero tu chico no aguantó ver eso y dio la cara por ellos. Convenció al Hombre Dorado para que “jugara” con él y dejara a los otros dos niños en paz. Me han dicho que cuando el tipejo comenzó a aplastarlo contra la cama y a ahogarlo, el niño sacó una navaja, no se sabe de dónde, y le rajó el cuello al Hombre Dorado, rematándolo después.
Hideki y Lao se quedaron sin habla al escuchar eso.
—Y eso sólo es el principio.
Emiliya continuó contándoles todo el relato, tal cual había ocurrido, con todo lo que esos niños habían presenciado, los testimonios y confesiones de los empleados y las pistas que los almaati habían ido descifrando. No sólo Lao estaba desconcertado, sino que Hideki empezó a comprender que su amigo no había exagerado cuando les habló por teléfono de Neuval el otro día. Ese niño no era normal. Ni siquiera era un iris normal.
—La navaja… las cerillas… incluso el imperdible que le puse para sujetar el vendaje de su brazo, que he visto antes en la cerradura del despacho… —se decía Lao, recapacitando con asombro.
—La Líder de la HRS dice que sus almaati han encontrado el cadáver de Ji-Ji Landu en el acantilado, entre las rocas, con una maleta llena de dinero y joyas —añadió Emiliya—. Cayó desde la ventana de su despacho, ese mismo despacho que tú dices.
—¿Él la habrá empujado? —se preguntó Hideki, mirando al niño dormido.
—Eso no está claro aún. Pero queda confirmado, que el cuerpo es de esa Ji-Ji Landu, la famosa Ji-Ji.
—Todos los peces gordos en nuestra lista de búsqueda estaban aquí… —suspiró Lao.
—Ha sido este niño quien ha ido rescatando a los otros niños uno por uno, quitando de en medio a todos los adultos… —decía Hideki—. Podría haberse escapado solo fácilmente, con esa astucia y los recursos y armas que se guardó, pero fue a buscar a todos los niños… Este chico no es un iris entrenado, pero claramente tiene el espíritu de uno. Y es demasiado inteligente para su edad.
—No a todos los niños —lamentó Emiliya—. Hay una que no se ha salvado. Los almaati la han encontrado en una de las habitaciones. Al parecer su comprador se sobrepasó con ella y murió antes de que este chico llegara a su habitación. La pobre niña… —murmuró, y le tembló la voz. Hideki la rodeó con un brazo al sentirla así de afectada. Pero Emiliya se repuso, recuperando la seriedad—. Pero hay algo preocupante. Todos los niños están de acuerdo en que este chico los ha salvado. Pero también en que perdió la cabeza en un determinado momento.
—¿A qué se refieren? —preguntó Lao.
—Fue cuando llegó a esa habitación y vio que la niña ya estaba muerta. Las dos niñas previamente rescatadas que lo esperaban en el pasillo dicen que lo vieron… transformarse en algo…
—¿Qué?
—Dicen que el muchacho se enfureció tanto que parecía “una bestia demoníaca”, según sus palabras. Que atacó al comprador de la niña muerta con una ferocidad inhumana. Que… salió de la habitación con la boca llena de sangre.
Lao y Hideki se quedaron un rato callados, reflexionando sobre ese relato.
—Bueno, desde la perspectiva de esas niñas puede haberse visto de esa manera —indagó Hideki—. Pero todo apunta a un brote de majin —miró a Lao—. La descripción del comportamiento y el resto de cosas que Emiliya nos ha contado…
—Un majin ya, antes de haber recibido su entrenamiento… Eso sí que es desafortunado —resopló Emiliya.
—Me lo temía… —farfulló Lao—. Este chico lleva demasiados meses con este iris caótico, perdido, confuso, sufriendo más desgracias que nosotros tres juntos. Me parece increíble lo que ha hecho aquí hoy —miró hacia los niños de allá.
—¿Qué vas a hacer con él? —preguntó Emiliya.
—Debes llevarlo con Alvion cuanto antes —dijo Hideki—. Y Emiliya debe redactar el informe informándole de todo lo que ha pasado.
—¿Qué escribo sobre este muchacho? —quiso asegurarse ella antes que nada—. ¿Es conveniente que incluya en el informe que este muchacho ha asesinado a unos cuantos criminales sin permiso?
—No habrá problema con eso —dijo Hideki—. Si no es un iris entrenado, no es un iris oficial, por lo que si ha matado antes de ser iris oficial, no hay incumplimiento de las normas. De todas formas, este chico nos ha ahorrado todo el trabajo. Ha matado a criminales que iban a ser destinados a la Lista de Condenados.
—Pero no estar entrenado aún significa, también, que este chico cuando despierte puede tener problemas para comprender y asumir racionalmente el hecho de haber quitado esas vidas. Si todos los iris ya cargamos con el trauma de nuestra conversión, este pobre muchacho parece que ya carga con unos cuantos más.
—Estará bien —dijo Lao, y la pareja notó ese tono en su voz—. Saldrá adelante. Entenderá las cosas, las asumirá y encontrará su lugar en este mundo algún día. Tendrá una vida digna. Yo me encargaré de todo eso.
—Kei Lian… —se sorprendió Hideki al entender lo que quería decir—. ¿De verdad deseas eso? ¿Te harás responsable de él?
—Sí.
—¿Lo has hablado con Ming Jie y con tu hijo? —quiso saber Emiliya.
—Sí, lo hablé con ellos. Y están de acuerdo. Pero… sólo queda saber qué es lo que quiere Neuval. Yo quiero darle un hogar, una familia que lo comprenda y lo apoye. Quiero guiarle y aconsejarle mientras crece, que tenga a alguien en quien apoyarse, que le sirva de ejemplo para no perderse por caminos malos que yo ya tuve que cruzar por mí mismo sin nadie que me previniera.
Hideki y Emiliya se pegaron el uno al otro mientras miraban a su compañero con sonrisas de afecto. No les sorprendía una decisión y un deseo así. Lao siempre había sido así.
—Haré ese informe mañana —dijo Emiliya—. Ahora mismo solamente quiero llegar a casa, abrazar a Katya y dormir junto a ella.
—Yo también necesito ir a casa y abrazar a nuestra Katyusha —corroboró Hideki, besando a Emiliya en la cabeza y frotando su hombro—. Después de lo que ha pasado aquí…
—Pero dejará de pasar —afirmó Emiliya de repente—. Ya tenemos la información suficiente para desmantelar toda esta red por los otros lugares por donde se ha expandido. Tenías razón, Kei Lian, había que actuar ya.
—Sí, pero si vas a hacerte responsable de este pequeño iris enfermo, llevarlo al Monte Zou es lo primero que debes hacer, Kei.
—Lo sé, lo sé. Y eso es lo que haré. Pero antes, Neuval tiene que recuperarse, y tengo que asegurarme de en qué estado mental se encuentra. Lo llevaré a la clínica privada que tiene el Shokubutsu de la HRS en la ciudad para que descanse y le curen las lesiones, y podamos analizar el estado de su iris. Estaré con él en todo momento, vigilándolo. Todo irá bien.»
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