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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









59.
El niño del callejón (3/5)

«Cuando cayó el atardecer, el hombre fortachón acudió puntual a su cita. Vino con ropa cómoda, con chándal y sudadera, y portaba una maleta grande y un barreño metálico. Entró en el callejón sonriente, esperando encontrar al niño de ojos grises muy aburrido y harto de matar el tiempo haciendo nada.

Pero se le borró la sonrisa, porque se encontró con el callejón mucho más desordenado de lo habitual, con basura desperdigada por un lado, tablas y trozos de madera por otro, papeles, botellas, latas de aluminio cortadas… Y el niño estaba subido sobre uno de los cubos de basura, garabateando sin parar en la pared de cemento del fondo del callejón con una piedra. Se había subido al cubo para alcanzar más espacio libre donde escribir, porque el resto del muro ya lo había dejado lleno de un popurrí de líneas, palabras, números y dibujos.

El hombre, con una mueca de gran confusión, se adentró despacio en el callejón, preguntándose qué demonios estaba haciendo ese niño, si es que su iris sin tratar ya lo había vuelto loco o algo. Al acercarse al cartón de siempre donde el chico solía dormir, encontró los tres libros que le había prestado apilados, muy rectos e impecables, junto a un cubo de Rubik con los colores desordenados y la caja puzle intacta.

—Oh… Supongo que al final no te han gustado mucho estos pasatiempos —comentó el hongkonés, cogiendo el cubo de Rubik con desilusión.

El niño se giró de golpe nada más oírlo, poniéndose en alerta como de costumbre. Pero al ver que se trataba de ese tipo, volvió a relajar los músculos. Era su cuarto encuentro con él y su instinto realmente parecía estar desarrollando un poco de eso que llamaban confianza. Eso jamás le había pasado antes. Y no todos los adultos con los que se había cruzado eran malos, es sólo que él nunca quiso relacionarse con nadie, sobre todo porque temía que descubrieran su ojo de luz y lo trataran como a un monstruo, un fenómeno de circo o similar.

—Al contrario —dijo el niño, subido en el cubo y con su piedra en la mano—. Me han gustado. Pero después de terminarlos todos en un par de horas ya no me aportaban nada nuevo, y… he buscado otra cosa que hacer.

—Espera, espera —lo frenó el hombre, dejando su maleta y el barreño en el suelo—. ¿Cómo que terminarlos todos en un par de horas? —preguntó. El chico se quedó callado, encogiéndose de hombros—. A ver, niño —sonrió con sorna—. ¿Me estás diciendo que te has leído este cómic y estos dos libros gordísimos en dos horas, además de haber resuelto el cubo de Rubik y mi caja rompecabezas?

—Bueno, una hora y cincuenta y dos minutos, más bien.

—¿De dónde cuentas el tiempo? No tienes reloj.

—Lo cuento en mi cabeza.

—Vale, chaval, muy gracioso —volvió a sonreír, negando con la cabeza, mirando el cubo de Rubik entre sus manos. Pero cuando vio que el chico seguía callado y con esa cara de pura inocencia, se quedó pasmado—. ¿Estabas hablando en serio?

—Oye, no soy un pobre estúpido, si te creías que por vivir en la calle no sé leer, te equivocas, sé leer, ya he leído libros antes…

—Vale, vale, perdona. Nunca he pensado que fueras estúpido —lo calmó enseguida—. A lo que me refiero es… que ni siquiera yo puedo terminar de leer estos tres libros en un día.

—Yo leo rápido.

—Nadie lee tan rápido.

—Te puedo repetir todo lo que hay escrito en esos tres libros con todas sus palabras exactas y por orden.

—¡Uno de los libros tiene 1100 páginas y el otro más de 700! —exclamó incrédulo—. ¡Además del cómic de 250!

—De hecho, he aprendido algunas palabras nuevas, el autor de esas novelas usa un lenguaje muy culto. La historia de Los tres mosqueteros ha sido muy entretenida, aunque me ha gustado más el cómic, me ha hecho reír. Pero nada comparado con El conde de Montecristo, ¡eso sí que es una historia! La mitad del libro es pura rabia e injusticia, la segunda mitad una satisfacción tras otra conforme Edmundo va haciendo pagar a aquellos que lo traicionaron lo que se merecían. ¿Y además está basada en una historia real? ¡Es genial!

El hombre se quedó mudo. No podía creer que de verdad ese moco hubiera leído los tres libros enteros en el tiempo que decía.

—¿Y… qué hay de los puzles?

—Interesantes y entretenidos, al menos durante catorce minutos el cubo.

—¡Catorce minu-…! —brincó escandalizado—. Niño, deja ya de tomarme el pelo. No has resuelto el cubo de Rubik, ¿ves? —le mostró el objeto.

—Claro que sí —se bajó de la basura y se acercó a él, quitándole el cubo de las manos, y comenzó a girar sus partes a toda velocidad y ordenó todos los colores en dos segundos y medio—. Al principio tardé un poco en hacerme con el mecanismo y cumplir con el objetivo, pero después de unos minutos es fácil averiguar la lógica matemática de los movimientos. Lo estuve desordenando y reordenando unas cuantas veces más para ver cómo de rápido podía resolverlo, hasta que llegué al límite de los dos segundos y medio y me aburrí. Luego estuve indagando con tu caja —cogió la caja de madera y se la puso en las manos—. He descubierto y resuelto sus cinco aperturas, en el compartimento final había guardada una moneda dorada. Tranquilo, no la he robado. Me llevó veintidós minutos.

Eso último le sentó al hombre como una patada en el alma.

—Como me quedaban otras ocho horas para matar el tiempo, me volví a leer los tres libros. Después me puse a pensar, ¿y si hiciera el cubo de Rubik más interesante? —levantó un dedo con entusiasmo, y corrió de nuevo hacia el muro del fondo y le fue señalando los garabatos que había rayado en el cemento—. He estado diseñando algunos modelos más complejos, pero creo que me voy a quedar con este, ¿ves? En vez de un cubo de 3 por 3, es un híbrido de dodecaedro con icosaedro, tiene un mecanismo de rotación esférica sobre el eje central pero también rotación de los vértices individuales. ¿Lo ves? Si por ejemplo rotaras esta fila 45 grados, luego tienes que girar el vértice del icosaedro para que tanto su cara como la del dodecaedro justo al lado contengan sus propios colores. Ahora mismo estaba planteando otro diseño, añadiendo un movimiento de abducción, para que no sea todo de rotación.

El hombre estaba ojiplático. Empezó a ver que no eran garabatos sin sentido, sino dibujos geométricos y fórmulas. Estaba en shock.

—Además, he mejorado tu caja puzle.

—¿¡Que-qué!? —exclamó, a punto de darle un infarto.

—He usado algunos restos de basura para replicarla —le explicó, revolviendo entre los cartones y papeles de su lugar de dormir y cogió esa otra caja de madera que había hecho él mismo, idéntica a la que el hombre sostenía en sus manos—. He usado esos maderos que había ahí tirados, y la navaja que me diste, para tallar las piezas iguales a las tuyas. También he usado restos de metales y de las latas de aluminio para las bisagras, remaches y demás piezas para dar soporte al mecanismo interior. He replicado las cinco aperturas que tú habías diseñado, pero he añadido tres nuevas que se me han ocurrido.

El hombre estaba ahí plantado como un monigote esmirriado con su caja en las manos. Decir que estaba pasmado era poco. Hasta su iris estaba pasmado. En esos pocos minutos, el niño le había hablado sin parar, jamás había esperado oírle hablar tanto, y mucho menos sobre temas de lectura, geometría, matemáticas, construcción de rompecabezas…

«No es sólo que no sea estúpido como él decía antes» pensó el hombre. «Este criajo es un pequeño genio. De todas las cosas que me he encontrado por la vida…». Estaba absorto mirando al muchacho, al que en ese momento le brillaba el ojo izquierdo con una débil y parpadeante luz gris, normal en los iris sin entrenar.

Pero lo que más le conmovió fue ver esa gran sonrisa abierta en su cara, y esos ojos grises grandes devolviéndole la mirada con esa emoción que de repente había sacado de la nada, ese entusiasmo, esa ilusión. Era como si ese niño estuviera esperando su opinión ante todo lo que le había dicho y mostrado. Como si quisiera impresionarle, ganarse su aprobación. Eso al hombre le recordó a su propio hijo, Sai, cada vez que aprendía a hacer algo nuevo o conseguía hacer algo que antes no podía, como lograr montar en bicicleta, aprobar un examen difícil del colegio, nadar solo en el agua… Este chico buscaba su atención, y quizá no lo hacía conscientemente, pero eso demostraba que era un niño inocente igual a cualquier otro.

No hacía más que sorprenderle, pero también confundirle. Porque ayer y esta mañana era un niño agresivo y desconfiado hasta la médula, además de atormentado y lleno de miedos, y ahora era una máquina imparable de ideas, entusiasmo y parecía hasta feliz. Y todo porque había recibido un poco de estímulo intelectual con esos pasatiempos. Un reto. Un objetivo.

El hombre podía interpretar esto como signos normales de comportamiento de alguien que tenía dentro un iris sin tratar. Pero no era exactamente lo mismo. No es que este niño tuviera repentinos cambios de humor; es que parecía que le cambiaba la personalidad por completo.

Para el hombre no podía ser más intrigante. Sentía que este chico era especial. Lleno de luces y sombras que, por desgracia, no encontraban su lugar adecuado porque estaban perdidas. El muchacho no sólo necesitaba ir al Monte Zou para entrenar su iris y estabilizar su trauma y sus emociones; necesitaba también un guía en la vida, el guía que todo niño merece y que él no pudo tener.

—¿Te… gustaría probarla? —preguntó el niño entonces, mostrando su caja, algo más tímido, al ver que el otro no decía nada.

El fortachón se quedó un rato callado, recapacitando sobre varias cosas. Después sonrió al niño con calidez.

—Eres impresionante. ¿Lo sabías?

El chico se sorprendió por ese comentario y se sonrojó un poco sin darse cuenta.

—Claro que quiero probarla —respondió a su pregunta, cogiendo la caja replicada de sus manos—. Me has dejado muerto de curiosidad. A ver si es verdad que puedes igualarme en ingenio. Pero antes… —se agachó junto a su maleta, la abrió y sacó de ella una caja de zapatos, y se la dio al niño.

Cuando la abrió y vio dentro de ella unas zapatillas deportivas magníficas, dio un largo respingo y miró al hombre con preocupación.

—Pero esto es… están nuevas… Esto es un calzado demasiado caro… No puedes darme esto… Creía que me darías unos zapatos normales de segunda mano…

—¿Por qué te daría unos simples zapatos usados cuando puedo comprarte unos nuevos y mejores? Para un chaval tan activo como tú, necesitas un calzado deportivo resistente y cómodo.

—No puedo pagártelos, tardaría años en reunir el dinero…

—¡Pe…! —saltó el hombre, molesto—. ¿Pero se puede saber por qué esa manía con pagarme de vuelta lo que te doy? ¡Que no tienes que pagarme nada!

—Tal vez limpiando tu casa o tu coche, doce y dos veces por mes respectivamente, durante unos cinco meses… —se puso a hacer cálculos, empecinado en pagar su deuda—. O me puedes contratar también para tareas extra, como llevar tus trajes a la tintorería y…

—Y ahora me habla del trabajo infantil como si fuera lo normal… —gruñó el hombre—. ¿Qué tal si te contrato para que cierres la boca, te pongas los zapatos y sólo te preocupes de disfrutar?

El niño cerró la boca, nervioso, sin saber qué decir.

—Deja de preocuparte por el dinero. Un niño de tu edad no debería tener que preocuparse del dinero. No merece lidiar con ese tipo de problemas a tan temprana edad.

—La realidad es distinta para los niños que no tenemos padres —discrepó el muchacho—. No lo entiendo, tú has tenido también este tipo de infancia. ¿No? Por lo que me contaste. Los niños no deberían preocuparse por el dinero o por buscar comida, pero a los que estamos solos no nos queda más remedio.

—Lo sé —sonrió con pesar—. Eso es verdad. Pero eso así, hasta que deja de ser así. A veces, en la vida aparecen giros, cambios, novedades. Por eso, se dice que la vida tiene etapas. Se cierra una para comenzar otra. No tengo ni idea de por lo que has tenido que pasar durante tu vida, chico, y seguro que te han pasado cosas más importantes que esta. Pero creo que encontrarte conmigo se puede considerar un giro suficiente para que puedas permitirte a ti mismo cambiar esa mentalidad. Y sólo puedes permitirte eso cuando compruebas que el giro es real. Las cosas que te doy, son realmente para ti y totalmente gratis, porque yo quiero dártelas y no quiero que me des nada cambio, más que tu promesa.

—¿Qué promesa?

—Que nunca más volverás a rendirte. Nada más que eso.

El niño se quedó acongojado al entender a lo que se refería. Era sobre su primer encuentro, el motivo por el que ese hombre vino hasta él el otro día.

—Sé qué estarás pensando —continuó el hombre, acercando el barreño metálico que había traído y comenzando a sacar de la maleta un trapo limpio, dos bidones de agua y un bote de jabón—. ¿Quién soy yo para exigirte tal promesa? A pesar de que la vida y la muerte son fuerzas superiores que nadie puede dominar, todos merecemos, al menos, tener poder sobre las decisiones más personales e importantes. ¿Quién soy yo para que me jures que jamás volverás a intentar suicidarte? ¿Qué sé yo sobre tus sentimientos, tu sufrimiento y tu vida? —Dejó las cosas en el suelo un momento y lo miró a los ojos unos segundos—. Pero esa es la cosa. Que no sólo te estoy pidiendo a cambio que no te vuelvas a rendir, sino que te estoy pidiendo, más bien… que me dejes formar parte de una decisión tan grande como esa. Que me permitas compartir lo que sientes, lo que sufres y lo que vives. Para que así no tengas que volver a tomar decisiones tan grandes y difíciles tú solo. En resumen. A cambio de estas cosas que te estoy dando, solamente te pido… que cuentes conmigo cuando necesites cualquier cosa, ya sea una empanadilla de carne, ya sean unos oídos que te escuchen, antes de tomar decisiones drásticas tú solo.

Hacía un rato que al niño le caían algunas lágrimas por la cara. Estaba callado, escuchando todas esas palabras, y de algún modo entraron muy hondo en su alma. No dijo nada. No tenía una respuesta para él ahora. No sabía…

Como tenía la cara sucia, las lágrimas le dejaron marca. El hombre le sonrió tranquilamente y le limpió las mejillas con el trapo que había traído.

—Hagamos una cosa. Tengo un delicioso estofado de conejo esperando a ser devorado, en una cazuela dentro de esta maleta. Y sería una pena que te pusieras estas zapatillas tan geniales con esos pies tan sucios. Te he traído un barreño, agua y jabón para que puedas asearte un poco. Si quieres, claro.

—¡Sí! —exclamó enseguida el niño.

—¿Cuánto hace desde la última vez que pudiste bañarte?

—Eh… Bueno, la semana pasada, cuando llegué a esta ciudad, encontré un arroyo en un canal y me bañé en él. Intenté frotar la ropa sobre las rocas lo mejor que pude. Aunque acabé rompiendo más el pantalón y la camiseta.

—La ropa que llevas ya no tiene arreglo, te traeré nueva la próxima vez. ¿Y cuánto hace desde tu último baño caliente en una casa?

Esta vez el niño tardó en responder. Posiblemente el hombre había hecho esa pregunta a propósito, intentando averiguar cuánto tiempo llevaba lejos de su casa.

—Siete meses.

—Vaya —dijo el hombre, pero se esperaba algo así—. Lamento oír eso. Darse una ducha o un baño caliente es uno de los mayores placeres de la vida, ¿verdad? Un auténtico lujo, para muchas personas. En el orfanato, mi hermano y yo nos peleábamos todas las semanas con los demás niños por tomar las primeras duchas, porque sólo había agua caliente cinco minutos al día.

Llenó el barreño de agua y jabón, formando una espuma agradable. Después sacó de la maleta dos sillas plegables, y le dio una al niño para sentarse. Le arremangó el pantalón hasta las rodillas, y acercó el barreño frente a sus pies, sujetándolo con las dos manos bien abiertas a ambos lados.

—Verás que agradable.

—Pero estará fría.

El hombre le hizo un gesto apremiante. El niño, frunciendo el ceño, metió los pies dentro del agua enjabonada, y sintió una de las sensaciones más agradables del mundo. Insólitamente, el agua del barreño estaba caliente, y desprendía algunos vapores.

—¡Oh! ¿Cómo es posible? Las garrafas donde has traído el agua estaban a temperatura ambiente. ¿Cómo se ha podido calentar en…?

El muchacho se quedó mudo cuando, al volver a mirar al hombre a la cara, descubrió que su ojo izquierdo emitía una luz roja. En lugar de gritar o levantarse y salir corriendo, el niño se quedó inmóvil con una mueca de enorme sorpresa, porque en vez de tachar ese fenómeno como algo escalofriante y peligroso, lo primero que hizo su cabeza fue buscar miles de explicaciones y posibles respuestas, el porqué, el cómo.

—Así que… tú… también…

—Sí, chico. Yo también —asintió, y comenzó a lavarle los pies y las piernas frotando con el trapo.

—¿Pe…? ¿Cómo?

—Puede ser un tema de conversación bastante entretenido para la cena.

El niño no sabía cómo reaccionar a eso. Nunca había visto a nadie que también tuviera una luz en el ojo. Pero la suya era de color rojo, y parecía más fuerte y estable. Estaba muerto de la intriga. Luego miró el barreño. Se preguntó si tenía algo que ver con lo del agua calentándose mágicamente. Y luego se dio cuenta de que ese tipo le estaba lavando.

—¡A-…! ¡No, para! ¡Yo…! —lo apartó de sí, con la cara roja de vergüenza—. ¡Yo puedo lavarme solo! ¡N-no tienes por qué hacerlo tú! ¡No tengo 5 años!

El hombre lo miró algo sorprendido por ese repentino empujón, pero luego acabó sonriendo, entendiendo que el niño era lo suficientemente mayor para querer conservar su dignidad.

—Claro —le dio el trapo.

El niño lo cogió, todavía ruborizado, y fue lavándose piernas y también manos y brazos, y la cara.

—Yo, mientras, calentaré la cena.

El hombre, agachado en el suelo, acercó un cartón limpio y lo puso en el suelo entre ambos. Sacó de la maleta dos cuencos, dos cucharas y dos juegos de palillos, además de servilletas y dos hogazas de pan. Después sacó la cazuela, tapada y sujeta con unas pinzas, y la dejó sobre el suelo de cemento. El niño volvió a observar, anonadado, cómo el hombre ponía las manos a ambos lados de la cazuela, y cuando su ojo brilló otra vez, la cazuela comenzó a echar vapor.

—¿Qué es lo que haces? ¿Cómo lo haces? ¿Yo puedo hacerlo?

—Bueno, eso dependerá del elemento con el que seas compatible —le acercó una toalla seca.

—¿Elemento?

—Voy a empezar a servir. No sé tú, pero yo me muero de hambre —sonrió el hombre, empezando a llenar los cuencos con un cazo de un contenido que no sólo tenía una pinta increíble, sino que además olía increíble.

Al niño casi le cayó una baba por la boca. Se terminó de secar con la toalla lo más rápido que pudo. Cogió su calzado nuevo. Encontró dentro, también, un par de calcetines nuevos. Estaba emocionado. Se puso los calcetines. Ya casi había olvidado esa agradable sensación de protección y abrigo en los pies. Y se puso las zapatillas. Eran cálidas, muy cómodas. Eran perfectas. Todo aquello… parecía demasiado perfecto para ser cierto.

El hombre le dio un cuenco con comida caliente después de sentarse también en su silla frente a él. Le hizo un gesto indicándole que era libre de empezar a comer. El niño lo hizo. Estaba tan rico que no podía ser real. Mientras se llevaba una cucharada tras otra a la boca, volvieron a caerle lágrimas silenciosas de los ojos. Pero a él le daba igual. Ni siquiera parecía darse cuenta. El hombre vio esas lágrimas y sonrió con tristeza. Era la mala energía y el dolor saliendo del cuerpo.

Tras un rato comiendo en silencio, el hombre pensó que era buen momento.

—Vi morir a Kai Shen —rompió el silencio, mientras le cogía al niño el cuenco vacío de las manos y le servía una segunda ración.

—¿Eh?

—Mi hermano. Presencié su muerte. Una muerte injusta, a manos de la maldad humana. Ese día nos habíamos peleado, porque por primera vez en nuestros 10 años de vida, un matrimonio que no podía tener hijos había venido al orfanato y querían adoptarnos. Yo nunca deseé tener padres. Ya odiaba a los míos, y los sigo odiando, por habernos abandonado a Kai Shen y a mí al nacer. Y eso que no los conocí. Pero entonces supe que tener padres sólo podía traerte problemas. Yo tenía muy claro que no los necesitaba tener para vivir, que yo solito sabía cuidarme muy bien y buscarme las castañas sin ayuda. Que Kai Shen y yo, juntos, éramos suficientes el uno para el otro.

»Pero Kai Shen cambió de opinión. Sentía curiosidad por saber qué se sentía. Yo no lo entendí en ese momento, pero él no sólo quería saber qué se sentía al vivir en una casa normal, con unos padres adoptivos que te compraban comida y ropa y te decían cuándo ordenar tu habitación, lavarte los dientes o estudiar para el colegio; él quería saber qué se sentía al ser parte de una familia.

—¿Cuál es la diferencia?

—Los sentimientos que se cultivan y las experiencias que se comparten dentro de una familia. Lo de tener comida, ropa, y normas de aseo o de estudios que cumplir, ya lo teníamos en el orfanato. Pero vivir eso en una familia era diferente. Se crea un vínculo especial. Yo no fui capaz de verlo aquel día. Me enfadé con Kai Shen y le dije que era un traidor y un mal hermano. Lo acusé de querer abandonarme igual que hicieron nuestros padres para irse con ese matrimonio a vivir feliz, lo culpé de preferirlos a ellos antes que a mí.

»Yo estaba equivocado, obviamente, pero yo era un niño entonces, un niño que había estado enfadado con el mundo desde el día en que nació. Después de la pelea, Kai Shen se fue a dar una vuelta por las calles. Pasaron unas horas, y yo empecé a preocuparme, porque estaba atardeciendo y él no volvía. Salí a buscarlo. Y lo encontré, acorralado en un callejón por un grupo de maleantes. Y lo mataron ahí mismo, antes de que yo pudiera hacer o decir nada.

El niño dejó de comer un momento, posando el cuenco sobre su regazo, y se quedó mirando el reflejo de la luz de una farola de la calle sobre el caldo del estofado, imaginándose en la cabeza esa terrible historia que, sin embargo, le era totalmente familiar.

—De ahí adquirí un trauma severo. Tan severo que algo dentro de mí se rompió y se transformó. Quedé invadido por la mayor ira, rabia y tristeza que había sentido jamás. Eran tan fuertes que el cuerpo me dolía y me ardía. Y mi ojo izquierdo comenzó a emitir esa misma luz gris —señaló el ojo del niño.

—Pero ahora es roja.

—Sí, ahora es roja.

—¿Por qué ha cambiado?

—Porque logró encontrar su lugar. Encontró ayuda, y un objetivo sobre el que apoyarse, para no volver a caerse.

—¿Cómo lo lograste? —preguntó con una fuerte emoción.

—Alvion.

—¿Qué es eso?

—Es el nombre de la persona que me ayudó —casi rio—. Un hombre bueno. Con un corazón inmenso. Un poco gruñón a veces, pero… un amigo en el que todo el mundo puede confiar. Para mí… fue lo más parecido a un padre que pude tener.

—¿Y qué hiciste desde entonces hasta ahora? ¿Cómo vives con normalidad con esa luz en el ojo? ¿Qué hizo ese Alvion para ayudarte?

El hombre sonrió ante sus incesantes preguntas.

—Esa es una historia más larga. Te la puedo contar otro día. Pero digamos que, en resumen, comencé a trabajar en el trabajo más honorable y alucinante del mundo. Me reencontré con una amiga de la infancia de la que me enamoré perdidamente y me casé con ella. Y fuimos bendecidos con un hijo maravilloso.

—Hm… ¿Un trabajo alucinante? Yo pensé que serías relojero o algo así, pero esa profesión suena aburrida. —El hombre lo miró sin entender—. Por lo de la caja puzle —le señaló.

—Oh, ya veo —se rio, y cogió la caja que había construido el niño—. No, no soy relojero, pero soy algo parecido. El caso es que tengo dos trabajos, el alucinante por un lado, y por otro lado soy un ingeniero industrial explotado en una empresa donde los directores no tienen ni idea de innovar y de crear. Pero, en fin, me pagan un buen sueldo, y para mí es más importante mantener a mi familia sin carencias ni penurias. Darles lo mejor.

El hombre, que ya había terminado su cena, se puso a resolver las aperturas de la caja hecha por el niño. Al lograr abrir la primera pieza y más fácil, asintió para sí mismo con aprobación, viendo que hasta ahí el niño lo había construido bien. Mientras estaba entretenido con la caja, el niño también terminó de cenar y se quedó un rato mirando las musarañas, pensando.

Se puso un poco nervioso. Quería contárselo, pero, al mismo tiempo, se le encogía el estómago sólo por recordarlo. Sin embargo, no podía contenerlo más dentro. No cuando ese tipo le había contado su propia y dura historia. Hacía demasiado tiempo que no podía hablar así con alguien.

—Ahm… Yo… —murmuró un poco—. Vi morir a mi hermana mayor —comenzó a explicarle, haciendo un esfuerzo. El hombre levantó la vista del puzle y le escuchó—. Monique. Era la mejor persona del mundo. Era la única que fue buena conmigo y que cuidó de mí… porque… nuestro padre y nuestra madre no eran… no eran buenos.

—Ya veo. ¿Problemas de alcohol? ¿Drogas?

—Sí… No, bueno… Mi madre sí tenía problemas de esos… pero mi padre… Jean… directamente era un monstruo. Lo más aterrador de él era lo imprevisible que era… nunca sabías cuándo se le cruzarían los cables, siempre sucedía de repente, sin motivo aparente, o por cosas nimias. Otras veces estaba simplemente calmado, pero siempre quería estar solo… en una habitación oscura.

El niño permaneció un par de minutos en silencio, mirando fijamente la cazuela en el suelo, abstraído.

—Fue mi padre quien mató a mi hermana.

El hombre dio un pequeño respingo y se quedó sin aliento. Oír aquello fue espantoso para él. Se había estado imaginando que quizá la hermana murió porque fue atacada por algún atracador en la calle, o por un depredador sexual, o atropellada por un conductor borracho. Pero que el asesino fuera alguien tan cercano y no cualquier extraño de la calle, eso lo cambiaba todo. No era lo mismo ser un iris creado y tener que vengarse de un criminal o algún cabrón de por ahí, que tener que vengarse de su propio padre.

—¿Qué… hiciste cuando lo viste?

—Ahm… pues… —se movió incómodo sobre su silla—. No lo sé muy bien… No lo recuerdo bien… Sólo recuerdo ese dolor intenso, y que el cuerpo me ardía, como tú dijiste antes. Creo que perdí la cabeza, y… me invadió la furia… y creo que tal vez lo maté a golpes.

—¿Crees que lo mataste? ¿No estás seguro de si está muerto?

El niño negó con la cabeza.

—Tenía miedo de que la policía me metiera en la cárcel por ello. Así que me fui corriendo. Creo que no lo pensé muy bien, me costaba pensar en ese momento, pero… no di marcha atrás. Me largué del país, y… seguí y seguí… hasta llegar aquí.

El hombre estaba realmente asombrado con eso.

—Has experimentado un largo viaje por medio planeta durante meses. Tú solo, sin dinero ni nada. Y has sobrevivido.

—Apenas. Casi me muero unas cuantas veces, han intentado matarme otras tantas. Algunos adultos me… me han hecho cosas… que no están bien —agachó la cabeza, con un nudo en la garganta, pero luego volvió a levantar la mirada—. Pero siempre me he defendido muy bien. Aunque no lo parezca, soy muy fuerte.

—Y muy listo —sonrió.

—Por eso, no hace falta que sientas lástima por mí, ¿vale? —dijo con un tono más arrogante, pero hizo un gesto tímido, tocándose las puntas de su cabello largo—. No hace falta que me des tantas cosas. Ni que me hables para hacerme sentir mejor. No es necesario que sigas haciendo esto. No quiero ser un problema para ti. Yo ahora estoy bien, no tienes que preocuparte. Puedo cumplir esa promesa.

El hombre supo a qué promesa se refería. Le estaba diciendo que no volvería a rendirse ni a volver a intentar acabar consigo mismo.

Y además le decía que no quería ser más un problema para él del que preocuparse. Cuanto más lo oía hablar y cuanto más lo conocía, el hombre estaba desarrollando en su cabeza una idea cada vez más y más sólida; cada vez más y más convencido. Le estaba creciendo dentro un fuerte deseo, alimentado por ese lazo afectivo tan especial que había entablado con ese niño.

Se dio cuenta de que ahora mismo empezaba a tener las ideas más claras, sobre las cosas que quería y las que no quería. Quería ayudar a este niño a toda costa. No quería que sufriera nunca más. Quería que durmiera en una casa, en una cama de verdad. No quería que jamás volviera a estar a merced de los peligros callejeros. Quería que nunca le faltase comida en la mesa. No quería que tuviera que ir a buscarla cada día y pelear con la probabilidad de no encontrarla o no encontrar suficiente. Quería enseñarle cosas que debía aprender, sobre la vida, los sentimientos, el mundo. No quería que viviera con miedo e ignorancia toda la vida.

Quería hacerlo feliz. Quería ser su guía. Su cuidador. Quería quererlo, arroparlo, protegerlo y darle una buena vida, como si fuese su propio hijo.

Pero a lo mejor lo asustaba si le expresaba estos deseos de repente. Quizá el niño no pudiera tener las ideas claras tan fácilmente como él. Sólo había que seguir acercándose, poco a poco.»









59.
El niño del callejón (3/5)

«Cuando cayó el atardecer, el hombre fortachón acudió puntual a su cita. Vino con ropa cómoda, con chándal y sudadera, y portaba una maleta grande y un barreño metálico. Entró en el callejón sonriente, esperando encontrar al niño de ojos grises muy aburrido y harto de matar el tiempo haciendo nada.

Pero se le borró la sonrisa, porque se encontró con el callejón mucho más desordenado de lo habitual, con basura desperdigada por un lado, tablas y trozos de madera por otro, papeles, botellas, latas de aluminio cortadas… Y el niño estaba subido sobre uno de los cubos de basura, garabateando sin parar en la pared de cemento del fondo del callejón con una piedra. Se había subido al cubo para alcanzar más espacio libre donde escribir, porque el resto del muro ya lo había dejado lleno de un popurrí de líneas, palabras, números y dibujos.

El hombre, con una mueca de gran confusión, se adentró despacio en el callejón, preguntándose qué demonios estaba haciendo ese niño, si es que su iris sin tratar ya lo había vuelto loco o algo. Al acercarse al cartón de siempre donde el chico solía dormir, encontró los tres libros que le había prestado apilados, muy rectos e impecables, junto a un cubo de Rubik con los colores desordenados y la caja puzle intacta.

—Oh… Supongo que al final no te han gustado mucho estos pasatiempos —comentó el hongkonés, cogiendo el cubo de Rubik con desilusión.

El niño se giró de golpe nada más oírlo, poniéndose en alerta como de costumbre. Pero al ver que se trataba de ese tipo, volvió a relajar los músculos. Era su cuarto encuentro con él y su instinto realmente parecía estar desarrollando un poco de eso que llamaban confianza. Eso jamás le había pasado antes. Y no todos los adultos con los que se había cruzado eran malos, es sólo que él nunca quiso relacionarse con nadie, sobre todo porque temía que descubrieran su ojo de luz y lo trataran como a un monstruo, un fenómeno de circo o similar.

—Al contrario —dijo el niño, subido en el cubo y con su piedra en la mano—. Me han gustado. Pero después de terminarlos todos en un par de horas ya no me aportaban nada nuevo, y… he buscado otra cosa que hacer.

—Espera, espera —lo frenó el hombre, dejando su maleta y el barreño en el suelo—. ¿Cómo que terminarlos todos en un par de horas? —preguntó. El chico se quedó callado, encogiéndose de hombros—. A ver, niño —sonrió con sorna—. ¿Me estás diciendo que te has leído este cómic y estos dos libros gordísimos en dos horas, además de haber resuelto el cubo de Rubik y mi caja rompecabezas?

—Bueno, una hora y cincuenta y dos minutos, más bien.

—¿De dónde cuentas el tiempo? No tienes reloj.

—Lo cuento en mi cabeza.

—Vale, chaval, muy gracioso —volvió a sonreír, negando con la cabeza, mirando el cubo de Rubik entre sus manos. Pero cuando vio que el chico seguía callado y con esa cara de pura inocencia, se quedó pasmado—. ¿Estabas hablando en serio?

—Oye, no soy un pobre estúpido, si te creías que por vivir en la calle no sé leer, te equivocas, sé leer, ya he leído libros antes…

—Vale, vale, perdona. Nunca he pensado que fueras estúpido —lo calmó enseguida—. A lo que me refiero es… que ni siquiera yo puedo terminar de leer estos tres libros en un día.

—Yo leo rápido.

—Nadie lee tan rápido.

—Te puedo repetir todo lo que hay escrito en esos tres libros con todas sus palabras exactas y por orden.

—¡Uno de los libros tiene 1100 páginas y el otro más de 700! —exclamó incrédulo—. ¡Además del cómic de 250!

—De hecho, he aprendido algunas palabras nuevas, el autor de esas novelas usa un lenguaje muy culto. La historia de Los tres mosqueteros ha sido muy entretenida, aunque me ha gustado más el cómic, me ha hecho reír. Pero nada comparado con El conde de Montecristo, ¡eso sí que es una historia! La mitad del libro es pura rabia e injusticia, la segunda mitad una satisfacción tras otra conforme Edmundo va haciendo pagar a aquellos que lo traicionaron lo que se merecían. ¿Y además está basada en una historia real? ¡Es genial!

El hombre se quedó mudo. No podía creer que de verdad ese moco hubiera leído los tres libros enteros en el tiempo que decía.

—¿Y… qué hay de los puzles?

—Interesantes y entretenidos, al menos durante catorce minutos el cubo.

—¡Catorce minu-…! —brincó escandalizado—. Niño, deja ya de tomarme el pelo. No has resuelto el cubo de Rubik, ¿ves? —le mostró el objeto.

—Claro que sí —se bajó de la basura y se acercó a él, quitándole el cubo de las manos, y comenzó a girar sus partes a toda velocidad y ordenó todos los colores en dos segundos y medio—. Al principio tardé un poco en hacerme con el mecanismo y cumplir con el objetivo, pero después de unos minutos es fácil averiguar la lógica matemática de los movimientos. Lo estuve desordenando y reordenando unas cuantas veces más para ver cómo de rápido podía resolverlo, hasta que llegué al límite de los dos segundos y medio y me aburrí. Luego estuve indagando con tu caja —cogió la caja de madera y se la puso en las manos—. He descubierto y resuelto sus cinco aperturas, en el compartimento final había guardada una moneda dorada. Tranquilo, no la he robado. Me llevó veintidós minutos.

Eso último le sentó al hombre como una patada en el alma.

—Como me quedaban otras ocho horas para matar el tiempo, me volví a leer los tres libros. Después me puse a pensar, ¿y si hiciera el cubo de Rubik más interesante? —levantó un dedo con entusiasmo, y corrió de nuevo hacia el muro del fondo y le fue señalando los garabatos que había rayado en el cemento—. He estado diseñando algunos modelos más complejos, pero creo que me voy a quedar con este, ¿ves? En vez de un cubo de 3 por 3, es un híbrido de dodecaedro con icosaedro, tiene un mecanismo de rotación esférica sobre el eje central pero también rotación de los vértices individuales. ¿Lo ves? Si por ejemplo rotaras esta fila 45 grados, luego tienes que girar el vértice del icosaedro para que tanto su cara como la del dodecaedro justo al lado contengan sus propios colores. Ahora mismo estaba planteando otro diseño, añadiendo un movimiento de abducción, para que no sea todo de rotación.

El hombre estaba ojiplático. Empezó a ver que no eran garabatos sin sentido, sino dibujos geométricos y fórmulas. Estaba en shock.

—Además, he mejorado tu caja puzle.

—¿¡Que-qué!? —exclamó, a punto de darle un infarto.

—He usado algunos restos de basura para replicarla —le explicó, revolviendo entre los cartones y papeles de su lugar de dormir y cogió esa otra caja de madera que había hecho él mismo, idéntica a la que el hombre sostenía en sus manos—. He usado esos maderos que había ahí tirados, y la navaja que me diste, para tallar las piezas iguales a las tuyas. También he usado restos de metales y de las latas de aluminio para las bisagras, remaches y demás piezas para dar soporte al mecanismo interior. He replicado las cinco aperturas que tú habías diseñado, pero he añadido tres nuevas que se me han ocurrido.

El hombre estaba ahí plantado como un monigote esmirriado con su caja en las manos. Decir que estaba pasmado era poco. Hasta su iris estaba pasmado. En esos pocos minutos, el niño le había hablado sin parar, jamás había esperado oírle hablar tanto, y mucho menos sobre temas de lectura, geometría, matemáticas, construcción de rompecabezas…

«No es sólo que no sea estúpido como él decía antes» pensó el hombre. «Este criajo es un pequeño genio. De todas las cosas que me he encontrado por la vida…». Estaba absorto mirando al muchacho, al que en ese momento le brillaba el ojo izquierdo con una débil y parpadeante luz gris, normal en los iris sin entrenar.

Pero lo que más le conmovió fue ver esa gran sonrisa abierta en su cara, y esos ojos grises grandes devolviéndole la mirada con esa emoción que de repente había sacado de la nada, ese entusiasmo, esa ilusión. Era como si ese niño estuviera esperando su opinión ante todo lo que le había dicho y mostrado. Como si quisiera impresionarle, ganarse su aprobación. Eso al hombre le recordó a su propio hijo, Sai, cada vez que aprendía a hacer algo nuevo o conseguía hacer algo que antes no podía, como lograr montar en bicicleta, aprobar un examen difícil del colegio, nadar solo en el agua… Este chico buscaba su atención, y quizá no lo hacía conscientemente, pero eso demostraba que era un niño inocente igual a cualquier otro.

No hacía más que sorprenderle, pero también confundirle. Porque ayer y esta mañana era un niño agresivo y desconfiado hasta la médula, además de atormentado y lleno de miedos, y ahora era una máquina imparable de ideas, entusiasmo y parecía hasta feliz. Y todo porque había recibido un poco de estímulo intelectual con esos pasatiempos. Un reto. Un objetivo.

El hombre podía interpretar esto como signos normales de comportamiento de alguien que tenía dentro un iris sin tratar. Pero no era exactamente lo mismo. No es que este niño tuviera repentinos cambios de humor; es que parecía que le cambiaba la personalidad por completo.

Para el hombre no podía ser más intrigante. Sentía que este chico era especial. Lleno de luces y sombras que, por desgracia, no encontraban su lugar adecuado porque estaban perdidas. El muchacho no sólo necesitaba ir al Monte Zou para entrenar su iris y estabilizar su trauma y sus emociones; necesitaba también un guía en la vida, el guía que todo niño merece y que él no pudo tener.

—¿Te… gustaría probarla? —preguntó el niño entonces, mostrando su caja, algo más tímido, al ver que el otro no decía nada.

El fortachón se quedó un rato callado, recapacitando sobre varias cosas. Después sonrió al niño con calidez.

—Eres impresionante. ¿Lo sabías?

El chico se sorprendió por ese comentario y se sonrojó un poco sin darse cuenta.

—Claro que quiero probarla —respondió a su pregunta, cogiendo la caja replicada de sus manos—. Me has dejado muerto de curiosidad. A ver si es verdad que puedes igualarme en ingenio. Pero antes… —se agachó junto a su maleta, la abrió y sacó de ella una caja de zapatos, y se la dio al niño.

Cuando la abrió y vio dentro de ella unas zapatillas deportivas magníficas, dio un largo respingo y miró al hombre con preocupación.

—Pero esto es… están nuevas… Esto es un calzado demasiado caro… No puedes darme esto… Creía que me darías unos zapatos normales de segunda mano…

—¿Por qué te daría unos simples zapatos usados cuando puedo comprarte unos nuevos y mejores? Para un chaval tan activo como tú, necesitas un calzado deportivo resistente y cómodo.

—No puedo pagártelos, tardaría años en reunir el dinero…

—¡Pe…! —saltó el hombre, molesto—. ¿Pero se puede saber por qué esa manía con pagarme de vuelta lo que te doy? ¡Que no tienes que pagarme nada!

—Tal vez limpiando tu casa o tu coche, doce y dos veces por mes respectivamente, durante unos cinco meses… —se puso a hacer cálculos, empecinado en pagar su deuda—. O me puedes contratar también para tareas extra, como llevar tus trajes a la tintorería y…

—Y ahora me habla del trabajo infantil como si fuera lo normal… —gruñó el hombre—. ¿Qué tal si te contrato para que cierres la boca, te pongas los zapatos y sólo te preocupes de disfrutar?

El niño cerró la boca, nervioso, sin saber qué decir.

—Deja de preocuparte por el dinero. Un niño de tu edad no debería tener que preocuparse del dinero. No merece lidiar con ese tipo de problemas a tan temprana edad.

—La realidad es distinta para los niños que no tenemos padres —discrepó el muchacho—. No lo entiendo, tú has tenido también este tipo de infancia. ¿No? Por lo que me contaste. Los niños no deberían preocuparse por el dinero o por buscar comida, pero a los que estamos solos no nos queda más remedio.

—Lo sé —sonrió con pesar—. Eso es verdad. Pero eso así, hasta que deja de ser así. A veces, en la vida aparecen giros, cambios, novedades. Por eso, se dice que la vida tiene etapas. Se cierra una para comenzar otra. No tengo ni idea de por lo que has tenido que pasar durante tu vida, chico, y seguro que te han pasado cosas más importantes que esta. Pero creo que encontrarte conmigo se puede considerar un giro suficiente para que puedas permitirte a ti mismo cambiar esa mentalidad. Y sólo puedes permitirte eso cuando compruebas que el giro es real. Las cosas que te doy, son realmente para ti y totalmente gratis, porque yo quiero dártelas y no quiero que me des nada cambio, más que tu promesa.

—¿Qué promesa?

—Que nunca más volverás a rendirte. Nada más que eso.

El niño se quedó acongojado al entender a lo que se refería. Era sobre su primer encuentro, el motivo por el que ese hombre vino hasta él el otro día.

—Sé qué estarás pensando —continuó el hombre, acercando el barreño metálico que había traído y comenzando a sacar de la maleta un trapo limpio, dos bidones de agua y un bote de jabón—. ¿Quién soy yo para exigirte tal promesa? A pesar de que la vida y la muerte son fuerzas superiores que nadie puede dominar, todos merecemos, al menos, tener poder sobre las decisiones más personales e importantes. ¿Quién soy yo para que me jures que jamás volverás a intentar suicidarte? ¿Qué sé yo sobre tus sentimientos, tu sufrimiento y tu vida? —Dejó las cosas en el suelo un momento y lo miró a los ojos unos segundos—. Pero esa es la cosa. Que no sólo te estoy pidiendo a cambio que no te vuelvas a rendir, sino que te estoy pidiendo, más bien… que me dejes formar parte de una decisión tan grande como esa. Que me permitas compartir lo que sientes, lo que sufres y lo que vives. Para que así no tengas que volver a tomar decisiones tan grandes y difíciles tú solo. En resumen. A cambio de estas cosas que te estoy dando, solamente te pido… que cuentes conmigo cuando necesites cualquier cosa, ya sea una empanadilla de carne, ya sean unos oídos que te escuchen, antes de tomar decisiones drásticas tú solo.

Hacía un rato que al niño le caían algunas lágrimas por la cara. Estaba callado, escuchando todas esas palabras, y de algún modo entraron muy hondo en su alma. No dijo nada. No tenía una respuesta para él ahora. No sabía…

Como tenía la cara sucia, las lágrimas le dejaron marca. El hombre le sonrió tranquilamente y le limpió las mejillas con el trapo que había traído.

—Hagamos una cosa. Tengo un delicioso estofado de conejo esperando a ser devorado, en una cazuela dentro de esta maleta. Y sería una pena que te pusieras estas zapatillas tan geniales con esos pies tan sucios. Te he traído un barreño, agua y jabón para que puedas asearte un poco. Si quieres, claro.

—¡Sí! —exclamó enseguida el niño.

—¿Cuánto hace desde la última vez que pudiste bañarte?

—Eh… Bueno, la semana pasada, cuando llegué a esta ciudad, encontré un arroyo en un canal y me bañé en él. Intenté frotar la ropa sobre las rocas lo mejor que pude. Aunque acabé rompiendo más el pantalón y la camiseta.

—La ropa que llevas ya no tiene arreglo, te traeré nueva la próxima vez. ¿Y cuánto hace desde tu último baño caliente en una casa?

Esta vez el niño tardó en responder. Posiblemente el hombre había hecho esa pregunta a propósito, intentando averiguar cuánto tiempo llevaba lejos de su casa.

—Siete meses.

—Vaya —dijo el hombre, pero se esperaba algo así—. Lamento oír eso. Darse una ducha o un baño caliente es uno de los mayores placeres de la vida, ¿verdad? Un auténtico lujo, para muchas personas. En el orfanato, mi hermano y yo nos peleábamos todas las semanas con los demás niños por tomar las primeras duchas, porque sólo había agua caliente cinco minutos al día.

Llenó el barreño de agua y jabón, formando una espuma agradable. Después sacó de la maleta dos sillas plegables, y le dio una al niño para sentarse. Le arremangó el pantalón hasta las rodillas, y acercó el barreño frente a sus pies, sujetándolo con las dos manos bien abiertas a ambos lados.

—Verás que agradable.

—Pero estará fría.

El hombre le hizo un gesto apremiante. El niño, frunciendo el ceño, metió los pies dentro del agua enjabonada, y sintió una de las sensaciones más agradables del mundo. Insólitamente, el agua del barreño estaba caliente, y desprendía algunos vapores.

—¡Oh! ¿Cómo es posible? Las garrafas donde has traído el agua estaban a temperatura ambiente. ¿Cómo se ha podido calentar en…?

El muchacho se quedó mudo cuando, al volver a mirar al hombre a la cara, descubrió que su ojo izquierdo emitía una luz roja. En lugar de gritar o levantarse y salir corriendo, el niño se quedó inmóvil con una mueca de enorme sorpresa, porque en vez de tachar ese fenómeno como algo escalofriante y peligroso, lo primero que hizo su cabeza fue buscar miles de explicaciones y posibles respuestas, el porqué, el cómo.

—Así que… tú… también…

—Sí, chico. Yo también —asintió, y comenzó a lavarle los pies y las piernas frotando con el trapo.

—¿Pe…? ¿Cómo?

—Puede ser un tema de conversación bastante entretenido para la cena.

El niño no sabía cómo reaccionar a eso. Nunca había visto a nadie que también tuviera una luz en el ojo. Pero la suya era de color rojo, y parecía más fuerte y estable. Estaba muerto de la intriga. Luego miró el barreño. Se preguntó si tenía algo que ver con lo del agua calentándose mágicamente. Y luego se dio cuenta de que ese tipo le estaba lavando.

—¡A-…! ¡No, para! ¡Yo…! —lo apartó de sí, con la cara roja de vergüenza—. ¡Yo puedo lavarme solo! ¡N-no tienes por qué hacerlo tú! ¡No tengo 5 años!

El hombre lo miró algo sorprendido por ese repentino empujón, pero luego acabó sonriendo, entendiendo que el niño era lo suficientemente mayor para querer conservar su dignidad.

—Claro —le dio el trapo.

El niño lo cogió, todavía ruborizado, y fue lavándose piernas y también manos y brazos, y la cara.

—Yo, mientras, calentaré la cena.

El hombre, agachado en el suelo, acercó un cartón limpio y lo puso en el suelo entre ambos. Sacó de la maleta dos cuencos, dos cucharas y dos juegos de palillos, además de servilletas y dos hogazas de pan. Después sacó la cazuela, tapada y sujeta con unas pinzas, y la dejó sobre el suelo de cemento. El niño volvió a observar, anonadado, cómo el hombre ponía las manos a ambos lados de la cazuela, y cuando su ojo brilló otra vez, la cazuela comenzó a echar vapor.

—¿Qué es lo que haces? ¿Cómo lo haces? ¿Yo puedo hacerlo?

—Bueno, eso dependerá del elemento con el que seas compatible —le acercó una toalla seca.

—¿Elemento?

—Voy a empezar a servir. No sé tú, pero yo me muero de hambre —sonrió el hombre, empezando a llenar los cuencos con un cazo de un contenido que no sólo tenía una pinta increíble, sino que además olía increíble.

Al niño casi le cayó una baba por la boca. Se terminó de secar con la toalla lo más rápido que pudo. Cogió su calzado nuevo. Encontró dentro, también, un par de calcetines nuevos. Estaba emocionado. Se puso los calcetines. Ya casi había olvidado esa agradable sensación de protección y abrigo en los pies. Y se puso las zapatillas. Eran cálidas, muy cómodas. Eran perfectas. Todo aquello… parecía demasiado perfecto para ser cierto.

El hombre le dio un cuenco con comida caliente después de sentarse también en su silla frente a él. Le hizo un gesto indicándole que era libre de empezar a comer. El niño lo hizo. Estaba tan rico que no podía ser real. Mientras se llevaba una cucharada tras otra a la boca, volvieron a caerle lágrimas silenciosas de los ojos. Pero a él le daba igual. Ni siquiera parecía darse cuenta. El hombre vio esas lágrimas y sonrió con tristeza. Era la mala energía y el dolor saliendo del cuerpo.

Tras un rato comiendo en silencio, el hombre pensó que era buen momento.

—Vi morir a Kai Shen —rompió el silencio, mientras le cogía al niño el cuenco vacío de las manos y le servía una segunda ración.

—¿Eh?

—Mi hermano. Presencié su muerte. Una muerte injusta, a manos de la maldad humana. Ese día nos habíamos peleado, porque por primera vez en nuestros 10 años de vida, un matrimonio que no podía tener hijos había venido al orfanato y querían adoptarnos. Yo nunca deseé tener padres. Ya odiaba a los míos, y los sigo odiando, por habernos abandonado a Kai Shen y a mí al nacer. Y eso que no los conocí. Pero entonces supe que tener padres sólo podía traerte problemas. Yo tenía muy claro que no los necesitaba tener para vivir, que yo solito sabía cuidarme muy bien y buscarme las castañas sin ayuda. Que Kai Shen y yo, juntos, éramos suficientes el uno para el otro.

»Pero Kai Shen cambió de opinión. Sentía curiosidad por saber qué se sentía. Yo no lo entendí en ese momento, pero él no sólo quería saber qué se sentía al vivir en una casa normal, con unos padres adoptivos que te compraban comida y ropa y te decían cuándo ordenar tu habitación, lavarte los dientes o estudiar para el colegio; él quería saber qué se sentía al ser parte de una familia.

—¿Cuál es la diferencia?

—Los sentimientos que se cultivan y las experiencias que se comparten dentro de una familia. Lo de tener comida, ropa, y normas de aseo o de estudios que cumplir, ya lo teníamos en el orfanato. Pero vivir eso en una familia era diferente. Se crea un vínculo especial. Yo no fui capaz de verlo aquel día. Me enfadé con Kai Shen y le dije que era un traidor y un mal hermano. Lo acusé de querer abandonarme igual que hicieron nuestros padres para irse con ese matrimonio a vivir feliz, lo culpé de preferirlos a ellos antes que a mí.

»Yo estaba equivocado, obviamente, pero yo era un niño entonces, un niño que había estado enfadado con el mundo desde el día en que nació. Después de la pelea, Kai Shen se fue a dar una vuelta por las calles. Pasaron unas horas, y yo empecé a preocuparme, porque estaba atardeciendo y él no volvía. Salí a buscarlo. Y lo encontré, acorralado en un callejón por un grupo de maleantes. Y lo mataron ahí mismo, antes de que yo pudiera hacer o decir nada.

El niño dejó de comer un momento, posando el cuenco sobre su regazo, y se quedó mirando el reflejo de la luz de una farola de la calle sobre el caldo del estofado, imaginándose en la cabeza esa terrible historia que, sin embargo, le era totalmente familiar.

—De ahí adquirí un trauma severo. Tan severo que algo dentro de mí se rompió y se transformó. Quedé invadido por la mayor ira, rabia y tristeza que había sentido jamás. Eran tan fuertes que el cuerpo me dolía y me ardía. Y mi ojo izquierdo comenzó a emitir esa misma luz gris —señaló el ojo del niño.

—Pero ahora es roja.

—Sí, ahora es roja.

—¿Por qué ha cambiado?

—Porque logró encontrar su lugar. Encontró ayuda, y un objetivo sobre el que apoyarse, para no volver a caerse.

—¿Cómo lo lograste? —preguntó con una fuerte emoción.

—Alvion.

—¿Qué es eso?

—Es el nombre de la persona que me ayudó —casi rio—. Un hombre bueno. Con un corazón inmenso. Un poco gruñón a veces, pero… un amigo en el que todo el mundo puede confiar. Para mí… fue lo más parecido a un padre que pude tener.

—¿Y qué hiciste desde entonces hasta ahora? ¿Cómo vives con normalidad con esa luz en el ojo? ¿Qué hizo ese Alvion para ayudarte?

El hombre sonrió ante sus incesantes preguntas.

—Esa es una historia más larga. Te la puedo contar otro día. Pero digamos que, en resumen, comencé a trabajar en el trabajo más honorable y alucinante del mundo. Me reencontré con una amiga de la infancia de la que me enamoré perdidamente y me casé con ella. Y fuimos bendecidos con un hijo maravilloso.

—Hm… ¿Un trabajo alucinante? Yo pensé que serías relojero o algo así, pero esa profesión suena aburrida. —El hombre lo miró sin entender—. Por lo de la caja puzle —le señaló.

—Oh, ya veo —se rio, y cogió la caja que había construido el niño—. No, no soy relojero, pero soy algo parecido. El caso es que tengo dos trabajos, el alucinante por un lado, y por otro lado soy un ingeniero industrial explotado en una empresa donde los directores no tienen ni idea de innovar y de crear. Pero, en fin, me pagan un buen sueldo, y para mí es más importante mantener a mi familia sin carencias ni penurias. Darles lo mejor.

El hombre, que ya había terminado su cena, se puso a resolver las aperturas de la caja hecha por el niño. Al lograr abrir la primera pieza y más fácil, asintió para sí mismo con aprobación, viendo que hasta ahí el niño lo había construido bien. Mientras estaba entretenido con la caja, el niño también terminó de cenar y se quedó un rato mirando las musarañas, pensando.

Se puso un poco nervioso. Quería contárselo, pero, al mismo tiempo, se le encogía el estómago sólo por recordarlo. Sin embargo, no podía contenerlo más dentro. No cuando ese tipo le había contado su propia y dura historia. Hacía demasiado tiempo que no podía hablar así con alguien.

—Ahm… Yo… —murmuró un poco—. Vi morir a mi hermana mayor —comenzó a explicarle, haciendo un esfuerzo. El hombre levantó la vista del puzle y le escuchó—. Monique. Era la mejor persona del mundo. Era la única que fue buena conmigo y que cuidó de mí… porque… nuestro padre y nuestra madre no eran… no eran buenos.

—Ya veo. ¿Problemas de alcohol? ¿Drogas?

—Sí… No, bueno… Mi madre sí tenía problemas de esos… pero mi padre… Jean… directamente era un monstruo. Lo más aterrador de él era lo imprevisible que era… nunca sabías cuándo se le cruzarían los cables, siempre sucedía de repente, sin motivo aparente, o por cosas nimias. Otras veces estaba simplemente calmado, pero siempre quería estar solo… en una habitación oscura.

El niño permaneció un par de minutos en silencio, mirando fijamente la cazuela en el suelo, abstraído.

—Fue mi padre quien mató a mi hermana.

El hombre dio un pequeño respingo y se quedó sin aliento. Oír aquello fue espantoso para él. Se había estado imaginando que quizá la hermana murió porque fue atacada por algún atracador en la calle, o por un depredador sexual, o atropellada por un conductor borracho. Pero que el asesino fuera alguien tan cercano y no cualquier extraño de la calle, eso lo cambiaba todo. No era lo mismo ser un iris creado y tener que vengarse de un criminal o algún cabrón de por ahí, que tener que vengarse de su propio padre.

—¿Qué… hiciste cuando lo viste?

—Ahm… pues… —se movió incómodo sobre su silla—. No lo sé muy bien… No lo recuerdo bien… Sólo recuerdo ese dolor intenso, y que el cuerpo me ardía, como tú dijiste antes. Creo que perdí la cabeza, y… me invadió la furia… y creo que tal vez lo maté a golpes.

—¿Crees que lo mataste? ¿No estás seguro de si está muerto?

El niño negó con la cabeza.

—Tenía miedo de que la policía me metiera en la cárcel por ello. Así que me fui corriendo. Creo que no lo pensé muy bien, me costaba pensar en ese momento, pero… no di marcha atrás. Me largué del país, y… seguí y seguí… hasta llegar aquí.

El hombre estaba realmente asombrado con eso.

—Has experimentado un largo viaje por medio planeta durante meses. Tú solo, sin dinero ni nada. Y has sobrevivido.

—Apenas. Casi me muero unas cuantas veces, han intentado matarme otras tantas. Algunos adultos me… me han hecho cosas… que no están bien —agachó la cabeza, con un nudo en la garganta, pero luego volvió a levantar la mirada—. Pero siempre me he defendido muy bien. Aunque no lo parezca, soy muy fuerte.

—Y muy listo —sonrió.

—Por eso, no hace falta que sientas lástima por mí, ¿vale? —dijo con un tono más arrogante, pero hizo un gesto tímido, tocándose las puntas de su cabello largo—. No hace falta que me des tantas cosas. Ni que me hables para hacerme sentir mejor. No es necesario que sigas haciendo esto. No quiero ser un problema para ti. Yo ahora estoy bien, no tienes que preocuparte. Puedo cumplir esa promesa.

El hombre supo a qué promesa se refería. Le estaba diciendo que no volvería a rendirse ni a volver a intentar acabar consigo mismo.

Y además le decía que no quería ser más un problema para él del que preocuparse. Cuanto más lo oía hablar y cuanto más lo conocía, el hombre estaba desarrollando en su cabeza una idea cada vez más y más sólida; cada vez más y más convencido. Le estaba creciendo dentro un fuerte deseo, alimentado por ese lazo afectivo tan especial que había entablado con ese niño.

Se dio cuenta de que ahora mismo empezaba a tener las ideas más claras, sobre las cosas que quería y las que no quería. Quería ayudar a este niño a toda costa. No quería que sufriera nunca más. Quería que durmiera en una casa, en una cama de verdad. No quería que jamás volviera a estar a merced de los peligros callejeros. Quería que nunca le faltase comida en la mesa. No quería que tuviera que ir a buscarla cada día y pelear con la probabilidad de no encontrarla o no encontrar suficiente. Quería enseñarle cosas que debía aprender, sobre la vida, los sentimientos, el mundo. No quería que viviera con miedo e ignorancia toda la vida.

Quería hacerlo feliz. Quería ser su guía. Su cuidador. Quería quererlo, arroparlo, protegerlo y darle una buena vida, como si fuese su propio hijo.

Pero a lo mejor lo asustaba si le expresaba estos deseos de repente. Quizá el niño no pudiera tener las ideas claras tan fácilmente como él. Sólo había que seguir acercándose, poco a poco.»





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