1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
A la mañana siguiente, jueves, hacía un día entre despejado y nublado. Había mucha gente por las calles, tal vez era por la fiesta que se iba a celebrar ese día y que duraría hasta el domingo.
Cleven iba navegando entre esas nubes, sentada en la mesa de su habitación del hotel junto al balcón. Estaba en blanco, pero relajada. Había tenido mala noche, había vuelto a tener aquella rara pesadilla en la que era pequeña, y corría en medio de una batalla entre personas inhumanas para buscar a un tal Líder para informarle que un tal Sui-chan estaba en peligro. Los rostros de esa gente todavía eran borrosos en su memoria. Seguía sin entender por qué ese sueño se le repetía tanto, si era absurdo, quizá influido por alguna película de acción que había visto. Las películas de acción eran sus favoritas. Pero esa pesadilla no tenía nada de divertido.
Frente a ella, tenía el libro de ciencias abierto. Había sido su intento de distraer su cabeza con otra cosa, pero las nubes del cielo acabaron siendo más interesantes que las ecuaciones de masa, velocidad y rozamiento. Al parecer, se había olvidado de que, de todos modos, tenía examen de Física la semana que viene y realmente le convendría estudiar ese libro.
No podía. Después de lo de anoche, la llamada, escuchar la voz de su tío, lo que este le dijo… no se lo quitaba de la cabeza.
Cleven pensó que sería buena idea pasarse por el festival aquella tarde en el Templo Meiji. Para ello, iba a necesitar su kimono tradicional y reservado para este tipo de eventos, el cual estaba en su casa. «Llamaré a Yenkis para que me lo traiga» se dijo. «Aunque... ¿y si a Hana o a papá también se les ocurre ir al festival? Pero, ¿y si van Yako y Raijin?». Empezó a soltar una risa extraña mientras se le encendían las mejillas, imaginándose a Raijin con kimono, rodeado de un ambiente de luces, estrellitas, arcoíris...
«¿Qué demonios? Iré, iré y le diré a Nakuru que se venga conmigo. Y que se traiga a Álex. Y de camino para allá, pasaré por la cafetería y le diré a Yako también que se venga al festival, con Sam… y con Raijin…» otro suspiro se le escapó. «Hmm… Pero si voy al festival esta tarde, entonces tendré… que ir a la dirección del tío Brey ahora. Si voy a verlo, y si hablo con él, y si las cosas marchan bien, no importa si me dice que no puedo vivir con él. Sólo quiero conocerlo… Le propondré ir al festival conmigo. Y si tiene familia o hijos, ¡mejor! Sería una forma divertida y genial para conocernos más. Nada como compartir una actividad de ocio para conocer a alguien. Ojalá sea posible. ¡Pero deja de imaginarlo y hazlo ya, Cleven!».
Se puso en pie de un salto. Cogió su móvil, donde tenía apuntada la dirección, y la metió en Google Maps para ver qué camino debía seguir. «Vale, el metro me deja cerca de este punto y desde aquí ando por aquí…».
Media hora después, cuando Cleven llegó por fin justo al punto que marcaba el mapa de su móvil, levantó la vista y se encontró frente a un chalet rodeado de un muro blanco. La casa no era ni muy grande ni muy pequeña, pero sí estaba impecable, reformada, con estilo moderno y aspecto muy acogedor. Y tenía cuatro plantas.
«Aquí es. Llegó la hora» pensó, tragando saliva.
La verja estaba abierta, así que se aventuró a entrar para llamar directamente al timbre de la puerta. El poco jardín delantero que había estaba bonito, con flores y arbustos. Cleven, además, oía voces y risas de niños al otro lado de la casa, donde había un patio ajardinado mucho más grande que el delantero. Se preguntó si esos niños que oía serían los hijos de su tío, por ello le latió el corazón con emoción.
Subió el par de escalones de la entrada. Respiró hondo. Llamó al timbre.
A los diez segundos, percibió que se acercaba alguien a la puerta.
—¡Voy enseguida! —se oyó una voz masculina.
El corazón no podía latirle más deprisa. Y entonces, un hombre abrió la puerta. Era alto, quizá en la cuarentena de edad, pero tenía un cuerpo atlético y saludable, igual que su sonrisa y su mirada de ojos negros. Usaba gafas y tenía el pelo negro y corto. A Cleven le extrañó un poquito porque esperaba ver algún ligero rasgo ruso, y este hombre parecía japonés al cien por cien. Aun así, desprendía un aura amigable.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó el hombre amablemente.
—Yo… Yo… ehm… —Cleven intentó reponerse pese a los nervios—. Ho-Hola. Perdone que le moleste. Yo, eh… bueno… ¿es usted… Brey Saehara?
—No, yo soy Hiroyuki Kitano. No conozco a ningún Brey Saehara por aquí. ¿Estás buscando a algún niño o niña?
—¿Buscando un niño…? —no entendió.
—Sí, aquí en esta casa de acogida tenemos ahora mismo a ocho niños alojados. ¿Necesitas ayuda con algún niño huérfano? Tenemos aún dos camas libres.
Cleven estaba tratando de recapacitar y preguntándose qué estaba pasando. Todavía estaba padeciendo la decepción de que no había ningún Brey Saehara aquí.
—Discúlpeme, no entiendo —dijo ella—. Es que… verá, yo venía buscando a un hombre llamado Brey Saehara que vivía en esta casa, quizá hace unos 20 años… o 30…
—Bueno, eso es imposible, esta casa se construyó hace quince años como mucho.
—¿Eh?
A Cleven no le estaban encajando las cosas. Hace quince años sus abuelos ya llevaban un año muertos.
—Entonces… ¿Aquí no vivía la familia Saehara? ¿Un matrimonio con una hija pelirroja como yo y un hijo?
—No. Cuando se construyó esta casa, se alojó aquí un matrimonio joven. No recuerdo cómo se llamaban, pero no tenían hijos y tampoco ese apellido. Creo que era… Yamada… Yokoyama… —titubeó, mirando al cielo con la mano en la barbilla—. Bueno, algo así. Al poco tiempo, comenzaron a prestar servicio social de acogida de menores. Pero el negocio sólo les duró ocho años, porque para ellos eso es lo que era, un negocio. Esos miserables… Lo hacían por el dinero, las subvenciones. Acogían a tres o cuatro niños a la vez, el Estado les daba dinero para mantenerlos, pero ese matrimonio se lo gastaba en otras cosas. Y además, no trataban bien a los niños.
—Oh…
Cleven agachó la cabeza. Que ella supiera, nada de esto tenía que ver con su tío. No había ninguna conexión lógica. «No entiendo, entonces, por qué el centro Tomonari ponía esta dirección como el lugar donde residía el tío Brey» pensó.
—Total —continuó el hombre—, que al final fueron denunciados y fueron a prisión hace siete años. Y los niños que tenían acogidos en ese momento, creo que los destinaron a otros centros de acogida auténticos. ¡Menos mal! Los pobres se libraron de esos malnacidos.
—Y… ¿usted… está aquí…? —quiso saber Cleven.
—Oh, yo soy el actual dueño de este lugar, junto con mi mujer. Esta casa de acogida que ves ahora es nueva. Desde que los antiguos dueños fueron expulsados y detenidos, la casa estuvo cerrada 4 años por su estado de insalubridad y problemas de tuberías y tendido eléctrico… Los dueños anteriores, aparte de no cuidar de los niños, ni siquiera cuidaron de la casa. Entonces, fue hace tan sólo 3 años cuando se reformó entera.
—¿El Estado la reformó? ¿O lo hicieron usted y su mujer?
—Ah, no… El Estado quería destinarla a convertirse en un apartahotel de lujo. Pero, al final, una persona anónima le compró la casa al Estado y encargó reformarla, queriendo que se mantuviera como casa de acogida para niños necesitados, con mejores instalaciones y material.
—¿Una persona anónima?
—Sí, bueno… lo único que sé de él es que se presentó como el señor Smirkov. Sólo hablamos por correo, y…
—¿El…? ¿¡El señor Smirkov!? —exclamó Cleven, tan fuerte que el pobre hombre dio un brinco del susto. Otra vez tenía el corazón dando saltos por su pecho. «¡Es él! ¡Es él! ¡El tío Brey!»—. ¿¡Usted conoce al señor Smirkov!?
—Oh, ¡ojalá! —se rio el hombre—. No, él siempre se mantuvo en el anonimato, nunca lo vi en persona. Solamente nos contactó por email para conocernos. Mi mujer y yo trabajábamos como asistentes sociales en las oficinas de la Seguridad Social, entonces el señor Smirkov contactó con nosotros a través de la oficina, pidió nuestros expedientes y nos entrevistó por escrito. Quiso asegurarse al cien por cien de que no volvieran a ocupar la casa unos fraudes y de que los niños que fueran acogidos aquí jamás volvieran a caer en malas manos. Al conocer nuestro expediente y comprender que mi mujer y yo tenemos plena vocación en este trabajo, nos vendió la casa con un convenio con las oficinas y formamos este nuevo lugar de acogida, para el cuidado de niños sin hogar o huérfanos.
Cleven estaba en una nube. Tanto de confusión como de orgullo. Le brillaban los ojos de admiración, incluso se le humedecieron. «El tío Brey… compró esta casa y la convirtió en un lugar de acogida de niños, asegurándose a rajatabla de que fuera de verdad un buen lugar para los niños… Lo sabía… ¡Lo sabía, el tío Brey es una persona maravillosa! ¡Igual que mamá! ¡Es altruista, y noble, y le gustan los niños! Lo que no entiendo es por qué usó su apellido materno, el de la abuela Emiliya. ¿Y si se lo ha cambiado? ¿Y si ahora se llama Brey Smirkov y no Brey Saehara? Pero en la guía telefónica sí aparece como Brey Saehara… Espera, este hombre ha dicho que tío Brey procuró mantenerse en el anonimato… Aaah, claro, por eso usó el apellido Smirkov, porque no está registrado en ningún lugar con ese apellido y así no le podían identificar o contactar… Seguro que lo hizo porque es tan bueno y tan modesto que no quería recibir atención ni fama por tan noble contribución a la sociedad. ¡Cada vez me muero más por conocerlo!».
—Mm… ¿Hola? —la llamó el hombre de la puerta por cuarta vez durante ese silencio, pero Cleven seguía mirando hacia las musarañas, poniendo diferentes muecas según sus pensamientos. El hombre la miraba preocupado.
«Otra cosa que no entiendo… El Tomonari registró en los datos del tío Brey esta dirección como su vivienda. Pero tío Brey compró, reformó y vendió esta casa hace tres años. Es imposible que el tío Brey fuera un alumno del colegio o del instituto Tomonari hace tres años. Si parto de la hipótesis de que el tío Brey tuviera, como máximo, diez años más o diez años menos que mamá… supondría que tío Brey ahora tendría como mínimo 35 años o como máximo 55 años. Con ese rango de edad, debió ser alumno del Tomonari al menos hace 20 años como mínimo, pero hace 20 años esta casa ni existía… ¿¡Cómo es posible!? Aquí hay algo que no encaja».
—Disculpa… ¿Te encuentras bien? ¿Quieres un poco de agua o algo? —insistía el hombre.
—¡Por favor! —le gritó Cleven de repente.
—¡Ay! —se asustó.
—¡Dígame que tiene algún dato más del señor Smirkov, el que sea! ¡Su dirección de correo! ¡O si vive en la ciudad, en alguna zona en concreto! ¡O…!
—Calma, calma, muchacha —le sonrió, haciendo gestos apaciguadores—. El email que usó para contactarnos, nos dijo que iba a ser temporal y que lo eliminaría, por lo que dudo que siga usando esa dirección de correo electrónico. Pero… quizá… —dijo pensativo, dándose toquecitos en la barbilla.
—¿Qué? ¿Qué? —brincó Cleven.
—¡Ah, sí! —recordó—. En su último correo, nos dijo que si alguna vez necesitábamos contactarle para algo importante o urgente, teníamos que llamar a la Universidad de Tokio y preguntar por él.
—¿¡La Universidad de Tokio!? ¿¡Por qué ahí!?
—Bueno, yo he pensado que probablemente sea ahí donde trabaja. Quizá sea un profesor allí. O un administrador… la verdad es que no lo sé. Eso es realmente todo lo que sé.
—Guau… —a Cleven se le escapó un sollozo, no podía estar más encantada con esa posibilidad—. ¡Gracias, señor Kitano, gracias! —lo abrazó sin previo aviso, sin poder evitarlo.
—¡Oh! —se sorprendió, pero se rio y le dio unas palmadas.
—Perdón —rectificó Cleven, separándose de él, y se inclinó varias veces muy deprisa—. Le agradezco su ayuda, y su tiempo.
—Ha sido un placer —se despidió con la mano.
Cleven también se despidió con la mano mientras salía de la propiedad rápidamente. Estaba entusiasmada. Debería estar defraudada, porque se supone que esperaba que este fuera el lugar definitivo donde encontraría a su tío, y sólo la había llevado a seguir otra pista escueta. Pero no podía sentirse de otra forma. Una nueva pista era mejor que un callejón sin salida. Estaba convencida de que lo encontraría definitivamente a través de la Universidad de Tokio. Si era un profesor allí, preguntaría por él en Recepción.
Tras otro viaje en metro un poco más largo, llegó a la Universidad de Tokio, en el distrito de Bunkyo. El recinto universitario era enorme, con varias facultades, la de ciencias, la de letras, las de distintas ingenierías, la de económicas… tenía hasta su propio hospital, donde su hermano Lex hizo sus estudios y prácticas antes de trasladarse al Hospital Kyoko, más cercano a Shibuya. Por eso, no era un lugar desconocido para Cleven, había ido ya varias veces allí cuando su hermano estudiaba allí.
Se metió en el edificio de Administración y se acercó a un mostrador libre. No había mucha gente porque eran días festivos, pero aún había gente trabajando.
—Buenos días, ¿qué puedo hacer por ti? —le dijo la señora tras el mostrador.
—Buenos días, verá, vengo a preguntar por una persona que probablemente trabaja aquí. Debe de estar registrado como Brey Smirkov o Brey Saehara.
La señora tecleó en su ordenador y esperó un poco.
—Sí, hay un Brey Saehara registrado en esta universidad.
—¿¡Sí!? —se entusiasmó Cleven—. ¿Podría decirme en qué dirección vive?
—¿Qué? —casi rio—. Disculpa, muchacha, no te puedo dar esa información, es privada.
—No, no pasa nada, somos familia, él es mi tío, es que lo estoy buscando…
—Muchacha —la frenó—. Podrías ser cualquier persona. No puedo vulnerar la privacidad de un miembro de esta universidad, sea a un desconocido o a un familiar. Son las normas.
—Pero…
Cleven no sabía cómo insistir, se le estaban derrumbando todas las esperanzas.
—¿Cleventine? —oyó que alguien la llamó.
Vio a un hombre joven acercándose desde el otro lado del mostrador, portando una caja llena de carpetas, mirándola con sorpresa.
—Perdona, ¿eres Cleventine Vernoux? —le preguntó el chico.
Ella entornó los ojos con duda, le sonaba mucho esta persona, y no tardó en recordarlo.
—¡Ah! Tú eres… ¡el compañero de habitación de Lex! Cuando estabais de residentes aquí en el campus hace tres años. Esto… Toshiro, ¿verdad?
—¡Exacto! Te he reconocido nada más verte.
—Ahem… —carraspeó la señora junto a ellos, indicándoles que había más gente esperando a ser atendida.
Toshiro le hizo un gesto a Cleven para que lo siguiese a otra parte, y la condujo a la oficina interior de la Recepción, donde había muchas mesas con ordenadores. El chico dejó la caja sobre una de ellas y se sentó ante el ordenador. Le ofreció a Cleven la silla vacía al otro lado de la mesa.
—Bueno, ¿qué hace la hermana de Lex aquí? No me digas que ya eres universitaria. Te recordaba más joven.
—Hahah, no, para nada, todavía tengo 16 años. ¿Tú trabajas aquí?
—Oh, no oficialmente. Yo estoy trabajando ahí en el hospital universitario, pero suelo ser voluntario en trabajos de administración del campus, sobre todo en días vacacionales y festivos. Estos días estoy aquí ayudando con el papeleo. Dime, ¿necesitas alguna cosa?
—Bueno… sí… pero creo que no puedes ayudarme. Venía buscando la dirección de una persona que trabaja aquí. Se llama Brey Saehara, es mi tío.
—Brey Saehara… —murmuró el chico, pensativo—. Sí, creo que Lex me llegó a mencionar que tenía un tío… No sabía que trabajaba aquí. Entonces, la señora de antes te ha dicho que no puede darte los datos de su dirección, ¿verdad? —Cleven asintió con la cabeza—. Bueno, no te preocupes. Yo puedo conseguírtela.
—¿¡De verdad!? Pero… eso te creará problemas…
—Me creará problemas si vas a la dirección de Brey Saehara, y este no quiere recibirte y se enfada porque te hemos dado su dirección, y nos pone una denuncia —le explicó, y luego sonrió—. Pero si realmente eres su sobrina y él no tiene problema con que su sobrina vaya a visitarlo…
—¡Ah! Ya entiendo —se rio Cleven.
—La señora no te conoce y cumple con su deber, pero yo, por el contrario, ya te conozco y sé quién eres.
—¿De verdad me harías este favor?
—Yo a Lex le debo muchísimo. Conseguí graduarme gracias a él. Estaré encantado de hacerle este favor a su hermana.
—¡Guau, gracias, de verdad! —brincó en su silla.
—El único inconveniente es que justo ahora mismo tengo que marcharme corriendo a atender otro asunto —se puso en pie de un salto, mirando su reloj—. Tendrías que esperar hasta que tenga un rato libre y busque esa información. Te la podría enviar mañana como muy tarde. Lo lamento, espero que no te impor-…
—¿¡Bromeas!? —Cleven se levantó también, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Esperaré lo que haga falta! ¡No sabes el favor que me estás haciendo!
—Hahah… Bueno, en ese caso, ¿dónde prefieres que te la envíe una vez la encuentre?
Cleven le dio su dirección de correo y él la apuntó. Y así lo acordaron. Toshiro se tuvo que ir, así que se despidieron y Cleven se marchó de allí más feliz que una perdiz. Un poco más. Sólo tenía que esperar un poquito más. Hasta entonces, nada más se preocupó de prepararse para ir al festival de la tarde.
A la mañana siguiente, jueves, hacía un día entre despejado y nublado. Había mucha gente por las calles, tal vez era por la fiesta que se iba a celebrar ese día y que duraría hasta el domingo.
Cleven iba navegando entre esas nubes, sentada en la mesa de su habitación del hotel junto al balcón. Estaba en blanco, pero relajada. Había tenido mala noche, había vuelto a tener aquella rara pesadilla en la que era pequeña, y corría en medio de una batalla entre personas inhumanas para buscar a un tal Líder para informarle que un tal Sui-chan estaba en peligro. Los rostros de esa gente todavía eran borrosos en su memoria. Seguía sin entender por qué ese sueño se le repetía tanto, si era absurdo, quizá influido por alguna película de acción que había visto. Las películas de acción eran sus favoritas. Pero esa pesadilla no tenía nada de divertido.
Frente a ella, tenía el libro de ciencias abierto. Había sido su intento de distraer su cabeza con otra cosa, pero las nubes del cielo acabaron siendo más interesantes que las ecuaciones de masa, velocidad y rozamiento. Al parecer, se había olvidado de que, de todos modos, tenía examen de Física la semana que viene y realmente le convendría estudiar ese libro.
No podía. Después de lo de anoche, la llamada, escuchar la voz de su tío, lo que este le dijo… no se lo quitaba de la cabeza.
Cleven pensó que sería buena idea pasarse por el festival aquella tarde en el Templo Meiji. Para ello, iba a necesitar su kimono tradicional y reservado para este tipo de eventos, el cual estaba en su casa. «Llamaré a Yenkis para que me lo traiga» se dijo. «Aunque... ¿y si a Hana o a papá también se les ocurre ir al festival? Pero, ¿y si van Yako y Raijin?». Empezó a soltar una risa extraña mientras se le encendían las mejillas, imaginándose a Raijin con kimono, rodeado de un ambiente de luces, estrellitas, arcoíris...
«¿Qué demonios? Iré, iré y le diré a Nakuru que se venga conmigo. Y que se traiga a Álex. Y de camino para allá, pasaré por la cafetería y le diré a Yako también que se venga al festival, con Sam… y con Raijin…» otro suspiro se le escapó. «Hmm… Pero si voy al festival esta tarde, entonces tendré… que ir a la dirección del tío Brey ahora. Si voy a verlo, y si hablo con él, y si las cosas marchan bien, no importa si me dice que no puedo vivir con él. Sólo quiero conocerlo… Le propondré ir al festival conmigo. Y si tiene familia o hijos, ¡mejor! Sería una forma divertida y genial para conocernos más. Nada como compartir una actividad de ocio para conocer a alguien. Ojalá sea posible. ¡Pero deja de imaginarlo y hazlo ya, Cleven!».
Se puso en pie de un salto. Cogió su móvil, donde tenía apuntada la dirección, y la metió en Google Maps para ver qué camino debía seguir. «Vale, el metro me deja cerca de este punto y desde aquí ando por aquí…».
Media hora después, cuando Cleven llegó por fin justo al punto que marcaba el mapa de su móvil, levantó la vista y se encontró frente a un chalet rodeado de un muro blanco. La casa no era ni muy grande ni muy pequeña, pero sí estaba impecable, reformada, con estilo moderno y aspecto muy acogedor. Y tenía cuatro plantas.
«Aquí es. Llegó la hora» pensó, tragando saliva.
La verja estaba abierta, así que se aventuró a entrar para llamar directamente al timbre de la puerta. El poco jardín delantero que había estaba bonito, con flores y arbustos. Cleven, además, oía voces y risas de niños al otro lado de la casa, donde había un patio ajardinado mucho más grande que el delantero. Se preguntó si esos niños que oía serían los hijos de su tío, por ello le latió el corazón con emoción.
Subió el par de escalones de la entrada. Respiró hondo. Llamó al timbre.
A los diez segundos, percibió que se acercaba alguien a la puerta.
—¡Voy enseguida! —se oyó una voz masculina.
El corazón no podía latirle más deprisa. Y entonces, un hombre abrió la puerta. Era alto, quizá en la cuarentena de edad, pero tenía un cuerpo atlético y saludable, igual que su sonrisa y su mirada de ojos negros. Usaba gafas y tenía el pelo negro y corto. A Cleven le extrañó un poquito porque esperaba ver algún ligero rasgo ruso, y este hombre parecía japonés al cien por cien. Aun así, desprendía un aura amigable.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó el hombre amablemente.
—Yo… Yo… ehm… —Cleven intentó reponerse pese a los nervios—. Ho-Hola. Perdone que le moleste. Yo, eh… bueno… ¿es usted… Brey Saehara?
—No, yo soy Hiroyuki Kitano. No conozco a ningún Brey Saehara por aquí. ¿Estás buscando a algún niño o niña?
—¿Buscando un niño…? —no entendió.
—Sí, aquí en esta casa de acogida tenemos ahora mismo a ocho niños alojados. ¿Necesitas ayuda con algún niño huérfano? Tenemos aún dos camas libres.
Cleven estaba tratando de recapacitar y preguntándose qué estaba pasando. Todavía estaba padeciendo la decepción de que no había ningún Brey Saehara aquí.
—Discúlpeme, no entiendo —dijo ella—. Es que… verá, yo venía buscando a un hombre llamado Brey Saehara que vivía en esta casa, quizá hace unos 20 años… o 30…
—Bueno, eso es imposible, esta casa se construyó hace quince años como mucho.
—¿Eh?
A Cleven no le estaban encajando las cosas. Hace quince años sus abuelos ya llevaban un año muertos.
—Entonces… ¿Aquí no vivía la familia Saehara? ¿Un matrimonio con una hija pelirroja como yo y un hijo?
—No. Cuando se construyó esta casa, se alojó aquí un matrimonio joven. No recuerdo cómo se llamaban, pero no tenían hijos y tampoco ese apellido. Creo que era… Yamada… Yokoyama… —titubeó, mirando al cielo con la mano en la barbilla—. Bueno, algo así. Al poco tiempo, comenzaron a prestar servicio social de acogida de menores. Pero el negocio sólo les duró ocho años, porque para ellos eso es lo que era, un negocio. Esos miserables… Lo hacían por el dinero, las subvenciones. Acogían a tres o cuatro niños a la vez, el Estado les daba dinero para mantenerlos, pero ese matrimonio se lo gastaba en otras cosas. Y además, no trataban bien a los niños.
—Oh…
Cleven agachó la cabeza. Que ella supiera, nada de esto tenía que ver con su tío. No había ninguna conexión lógica. «No entiendo, entonces, por qué el centro Tomonari ponía esta dirección como el lugar donde residía el tío Brey» pensó.
—Total —continuó el hombre—, que al final fueron denunciados y fueron a prisión hace siete años. Y los niños que tenían acogidos en ese momento, creo que los destinaron a otros centros de acogida auténticos. ¡Menos mal! Los pobres se libraron de esos malnacidos.
—Y… ¿usted… está aquí…? —quiso saber Cleven.
—Oh, yo soy el actual dueño de este lugar, junto con mi mujer. Esta casa de acogida que ves ahora es nueva. Desde que los antiguos dueños fueron expulsados y detenidos, la casa estuvo cerrada 4 años por su estado de insalubridad y problemas de tuberías y tendido eléctrico… Los dueños anteriores, aparte de no cuidar de los niños, ni siquiera cuidaron de la casa. Entonces, fue hace tan sólo 3 años cuando se reformó entera.
—¿El Estado la reformó? ¿O lo hicieron usted y su mujer?
—Ah, no… El Estado quería destinarla a convertirse en un apartahotel de lujo. Pero, al final, una persona anónima le compró la casa al Estado y encargó reformarla, queriendo que se mantuviera como casa de acogida para niños necesitados, con mejores instalaciones y material.
—¿Una persona anónima?
—Sí, bueno… lo único que sé de él es que se presentó como el señor Smirkov. Sólo hablamos por correo, y…
—¿El…? ¿¡El señor Smirkov!? —exclamó Cleven, tan fuerte que el pobre hombre dio un brinco del susto. Otra vez tenía el corazón dando saltos por su pecho. «¡Es él! ¡Es él! ¡El tío Brey!»—. ¿¡Usted conoce al señor Smirkov!?
—Oh, ¡ojalá! —se rio el hombre—. No, él siempre se mantuvo en el anonimato, nunca lo vi en persona. Solamente nos contactó por email para conocernos. Mi mujer y yo trabajábamos como asistentes sociales en las oficinas de la Seguridad Social, entonces el señor Smirkov contactó con nosotros a través de la oficina, pidió nuestros expedientes y nos entrevistó por escrito. Quiso asegurarse al cien por cien de que no volvieran a ocupar la casa unos fraudes y de que los niños que fueran acogidos aquí jamás volvieran a caer en malas manos. Al conocer nuestro expediente y comprender que mi mujer y yo tenemos plena vocación en este trabajo, nos vendió la casa con un convenio con las oficinas y formamos este nuevo lugar de acogida, para el cuidado de niños sin hogar o huérfanos.
Cleven estaba en una nube. Tanto de confusión como de orgullo. Le brillaban los ojos de admiración, incluso se le humedecieron. «El tío Brey… compró esta casa y la convirtió en un lugar de acogida de niños, asegurándose a rajatabla de que fuera de verdad un buen lugar para los niños… Lo sabía… ¡Lo sabía, el tío Brey es una persona maravillosa! ¡Igual que mamá! ¡Es altruista, y noble, y le gustan los niños! Lo que no entiendo es por qué usó su apellido materno, el de la abuela Emiliya. ¿Y si se lo ha cambiado? ¿Y si ahora se llama Brey Smirkov y no Brey Saehara? Pero en la guía telefónica sí aparece como Brey Saehara… Espera, este hombre ha dicho que tío Brey procuró mantenerse en el anonimato… Aaah, claro, por eso usó el apellido Smirkov, porque no está registrado en ningún lugar con ese apellido y así no le podían identificar o contactar… Seguro que lo hizo porque es tan bueno y tan modesto que no quería recibir atención ni fama por tan noble contribución a la sociedad. ¡Cada vez me muero más por conocerlo!».
—Mm… ¿Hola? —la llamó el hombre de la puerta por cuarta vez durante ese silencio, pero Cleven seguía mirando hacia las musarañas, poniendo diferentes muecas según sus pensamientos. El hombre la miraba preocupado.
«Otra cosa que no entiendo… El Tomonari registró en los datos del tío Brey esta dirección como su vivienda. Pero tío Brey compró, reformó y vendió esta casa hace tres años. Es imposible que el tío Brey fuera un alumno del colegio o del instituto Tomonari hace tres años. Si parto de la hipótesis de que el tío Brey tuviera, como máximo, diez años más o diez años menos que mamá… supondría que tío Brey ahora tendría como mínimo 35 años o como máximo 55 años. Con ese rango de edad, debió ser alumno del Tomonari al menos hace 20 años como mínimo, pero hace 20 años esta casa ni existía… ¿¡Cómo es posible!? Aquí hay algo que no encaja».
—Disculpa… ¿Te encuentras bien? ¿Quieres un poco de agua o algo? —insistía el hombre.
—¡Por favor! —le gritó Cleven de repente.
—¡Ay! —se asustó.
—¡Dígame que tiene algún dato más del señor Smirkov, el que sea! ¡Su dirección de correo! ¡O si vive en la ciudad, en alguna zona en concreto! ¡O…!
—Calma, calma, muchacha —le sonrió, haciendo gestos apaciguadores—. El email que usó para contactarnos, nos dijo que iba a ser temporal y que lo eliminaría, por lo que dudo que siga usando esa dirección de correo electrónico. Pero… quizá… —dijo pensativo, dándose toquecitos en la barbilla.
—¿Qué? ¿Qué? —brincó Cleven.
—¡Ah, sí! —recordó—. En su último correo, nos dijo que si alguna vez necesitábamos contactarle para algo importante o urgente, teníamos que llamar a la Universidad de Tokio y preguntar por él.
—¿¡La Universidad de Tokio!? ¿¡Por qué ahí!?
—Bueno, yo he pensado que probablemente sea ahí donde trabaja. Quizá sea un profesor allí. O un administrador… la verdad es que no lo sé. Eso es realmente todo lo que sé.
—Guau… —a Cleven se le escapó un sollozo, no podía estar más encantada con esa posibilidad—. ¡Gracias, señor Kitano, gracias! —lo abrazó sin previo aviso, sin poder evitarlo.
—¡Oh! —se sorprendió, pero se rio y le dio unas palmadas.
—Perdón —rectificó Cleven, separándose de él, y se inclinó varias veces muy deprisa—. Le agradezco su ayuda, y su tiempo.
—Ha sido un placer —se despidió con la mano.
Cleven también se despidió con la mano mientras salía de la propiedad rápidamente. Estaba entusiasmada. Debería estar defraudada, porque se supone que esperaba que este fuera el lugar definitivo donde encontraría a su tío, y sólo la había llevado a seguir otra pista escueta. Pero no podía sentirse de otra forma. Una nueva pista era mejor que un callejón sin salida. Estaba convencida de que lo encontraría definitivamente a través de la Universidad de Tokio. Si era un profesor allí, preguntaría por él en Recepción.
Tras otro viaje en metro un poco más largo, llegó a la Universidad de Tokio, en el distrito de Bunkyo. El recinto universitario era enorme, con varias facultades, la de ciencias, la de letras, las de distintas ingenierías, la de económicas… tenía hasta su propio hospital, donde su hermano Lex hizo sus estudios y prácticas antes de trasladarse al Hospital Kyoko, más cercano a Shibuya. Por eso, no era un lugar desconocido para Cleven, había ido ya varias veces allí cuando su hermano estudiaba allí.
Se metió en el edificio de Administración y se acercó a un mostrador libre. No había mucha gente porque eran días festivos, pero aún había gente trabajando.
—Buenos días, ¿qué puedo hacer por ti? —le dijo la señora tras el mostrador.
—Buenos días, verá, vengo a preguntar por una persona que probablemente trabaja aquí. Debe de estar registrado como Brey Smirkov o Brey Saehara.
La señora tecleó en su ordenador y esperó un poco.
—Sí, hay un Brey Saehara registrado en esta universidad.
—¿¡Sí!? —se entusiasmó Cleven—. ¿Podría decirme en qué dirección vive?
—¿Qué? —casi rio—. Disculpa, muchacha, no te puedo dar esa información, es privada.
—No, no pasa nada, somos familia, él es mi tío, es que lo estoy buscando…
—Muchacha —la frenó—. Podrías ser cualquier persona. No puedo vulnerar la privacidad de un miembro de esta universidad, sea a un desconocido o a un familiar. Son las normas.
—Pero…
Cleven no sabía cómo insistir, se le estaban derrumbando todas las esperanzas.
—¿Cleventine? —oyó que alguien la llamó.
Vio a un hombre joven acercándose desde el otro lado del mostrador, portando una caja llena de carpetas, mirándola con sorpresa.
—Perdona, ¿eres Cleventine Vernoux? —le preguntó el chico.
Ella entornó los ojos con duda, le sonaba mucho esta persona, y no tardó en recordarlo.
—¡Ah! Tú eres… ¡el compañero de habitación de Lex! Cuando estabais de residentes aquí en el campus hace tres años. Esto… Toshiro, ¿verdad?
—¡Exacto! Te he reconocido nada más verte.
—Ahem… —carraspeó la señora junto a ellos, indicándoles que había más gente esperando a ser atendida.
Toshiro le hizo un gesto a Cleven para que lo siguiese a otra parte, y la condujo a la oficina interior de la Recepción, donde había muchas mesas con ordenadores. El chico dejó la caja sobre una de ellas y se sentó ante el ordenador. Le ofreció a Cleven la silla vacía al otro lado de la mesa.
—Bueno, ¿qué hace la hermana de Lex aquí? No me digas que ya eres universitaria. Te recordaba más joven.
—Hahah, no, para nada, todavía tengo 16 años. ¿Tú trabajas aquí?
—Oh, no oficialmente. Yo estoy trabajando ahí en el hospital universitario, pero suelo ser voluntario en trabajos de administración del campus, sobre todo en días vacacionales y festivos. Estos días estoy aquí ayudando con el papeleo. Dime, ¿necesitas alguna cosa?
—Bueno… sí… pero creo que no puedes ayudarme. Venía buscando la dirección de una persona que trabaja aquí. Se llama Brey Saehara, es mi tío.
—Brey Saehara… —murmuró el chico, pensativo—. Sí, creo que Lex me llegó a mencionar que tenía un tío… No sabía que trabajaba aquí. Entonces, la señora de antes te ha dicho que no puede darte los datos de su dirección, ¿verdad? —Cleven asintió con la cabeza—. Bueno, no te preocupes. Yo puedo conseguírtela.
—¿¡De verdad!? Pero… eso te creará problemas…
—Me creará problemas si vas a la dirección de Brey Saehara, y este no quiere recibirte y se enfada porque te hemos dado su dirección, y nos pone una denuncia —le explicó, y luego sonrió—. Pero si realmente eres su sobrina y él no tiene problema con que su sobrina vaya a visitarlo…
—¡Ah! Ya entiendo —se rio Cleven.
—La señora no te conoce y cumple con su deber, pero yo, por el contrario, ya te conozco y sé quién eres.
—¿De verdad me harías este favor?
—Yo a Lex le debo muchísimo. Conseguí graduarme gracias a él. Estaré encantado de hacerle este favor a su hermana.
—¡Guau, gracias, de verdad! —brincó en su silla.
—El único inconveniente es que justo ahora mismo tengo que marcharme corriendo a atender otro asunto —se puso en pie de un salto, mirando su reloj—. Tendrías que esperar hasta que tenga un rato libre y busque esa información. Te la podría enviar mañana como muy tarde. Lo lamento, espero que no te impor-…
—¿¡Bromeas!? —Cleven se levantó también, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Esperaré lo que haga falta! ¡No sabes el favor que me estás haciendo!
—Hahah… Bueno, en ese caso, ¿dónde prefieres que te la envíe una vez la encuentre?
Cleven le dio su dirección de correo y él la apuntó. Y así lo acordaron. Toshiro se tuvo que ir, así que se despidieron y Cleven se marchó de allí más feliz que una perdiz. Un poco más. Sólo tenía que esperar un poquito más. Hasta entonces, nada más se preocupó de prepararse para ir al festival de la tarde.
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