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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









63.
Ángel caído (2/5)

[ AVISO: este capítulo contiene abuso infantil ]

«En cuanto vio que esas personas con esos uniformes se acercaban a él, Neuval sintió el impulso de resistirse, agitarse, luchar contra ellos. Pero un pensamiento más sensato cruzó su mente. Era cuestión de lógica. Si se volvía a poner violento, ese corpulento hombre que todavía lo sujetaba de los brazos volvería a inyectarle sin remedio una buena dosis de calmantes, y eso le imposibilitaría hacer absolutamente nada, incluido el pensar. Y lo primero que necesitaba era pensar.

Neuval tenía un objetivo: escapar de ese lugar. Para llegar hasta esa meta, lo primero de todo era tener la mente despejada y ágil, y después, tener manos y piernas libres. A partir de ahí, había que cruzar una serie de obstáculos que no eran iguales entre sí, y no lo iba a conseguir a base de cabezazos con todos ellos. Cada obstáculo tenía un modo distinto de ser sorteado. En esto Neuval decidió fijarse de la forma más analizadora y pacífica posible cuando lo sacaron de esa sala y le hicieron recorrer aquel pasillo blanco, que parecía de un hospital, hacia otra sala. Allí había personas, unas expertas en controlar a agitadores, pero otras no tan expertas en eso; había salas y puertas, algunas con un cierre normal y otras con una llave especial; y había cien momentos inoportunos y solamente uno oportuno que Neuval tenía que saber hallar sin error, porque no habría una segunda oportunidad.

Ahora, detalles a tener en cuenta: cruzar una puerta bien podría dirigirlo a una salida como a un lugar peor; a los otros niños los habían llevado a otras salas distintas de ese mismo pasillo; y todavía tenía la navaja enganchada bajo su pelo y unas cuantas cerillas metidas en los pliegues de la venda de su brazo. Neuval aún no sabía cuáles eran las intenciones de esa gente y ese lugar, pero teniendo en cuenta cómo los habían tratado antes, procurando no golpearlos fuerte y la mujer analizando tanto el aspecto físico, estaba seguro de que, o bien les iban a extirpar los órganos, o bien los iban a vender como esclavos de algún tipo.

Había también un problema. Una complicación, más bien. Neuval iba a ser incapaz de no ayudar a los otros niños. No iba a salir de allí si no era con ellos. No es que se tratara de una obligación moral, ni de hacerse el héroe, ni de un recurso para escapar de allí con más facilidad –de hecho, haría aún más complicada su oportunidad de salvarse a sí mismo–. Se trataba de un dogma que había acompañado a Neuval toda su vida, incluso antes de convertirse en iris. Intentar escapar de allí sin intentar ayudar a los otros niños no era una opción a elegir. Esta idea nunca se le pasaría por la cabeza de manera natural. Y eso lo tenía arraigado en su alma desde que nació. No siempre había tenido éxito ayudando a otros en situaciones viles e injustas como esta, pero jamás había fallado en intentarlo.

“Tú y yo somos así porque mamá también era así”. Recordó de repente esas palabras de su hermana. Se las dijo hace mucho tiempo, y la verdad es que nunca las entendió. Porque Lilian, su madre, desde luego jamás había ayudado a nadie ni sido una buena persona con nadie. Además, Monique siempre decía “era”. Entonces Neuval se preguntaba si Lilian, antes de ser una persona horrible, era diferente. No obstante, por alguna extraña razón, una recóndita parte de Neuval sentía que su hermana se refería a otra persona.


Justo antes de que lo metieran en una de las habitaciones del pasillo, alcanzó a ver al final de este, al fondo, un marco grande en la pared que contenía el amplio dibujo de los planos del lugar. Eso era lo que estaba esperando encontrar antes de poder hacer cualquier otra cosa, y tuvo suerte de verlo allí, pero no tanta por la distancia, porque estaba demasiado lejos como para distinguir sus detalles. Reprimió el impulso de soltarse del tipo grande y echar a correr hacia allí, porque se arriesgaba a darle al hombretón un motivo para volver a sedarlo.

La habitación en la que este lo metió era una estancia pequeña, individual, de blancas paredes y suelo, sin ventanas, pero con buenos conductos de ventilación. En el centro, había una camilla acolchada con plástico y con correas sueltas colgando por los bordes. Por las paredes había instalaciones propias para hacer algún tipo de limpieza, como un lavadero ancho con varios botes de jabón y de otras sustancias, estanterías con más utensilios como tijeras, peines, cepillos, esponjas… toallas enrolladas, batas dobladas…

Neuval seguía respirando muy nervioso mientras veía todas esas cosas y se hacía mil conjeturas. Que la camilla tuviera un acolchamiento plastificado ya era mala señal, significaba que no querían que se manchase… ¿de sangre, tal vez? Pero tampoco tenía mucho sentido que estuviera acolchada, porque si era para extirparles los órganos, lo más lógico era hacerlo sobre una camilla que fuera una bandeja con drenaje propio. Pero ¿y esa especie de pequeño lavadero que estaba junto a uno de los extremos de la camilla? Era de acero, anclado al suelo, del que se elevaba hasta la altura de la camilla y terminaba en un pequeño lavabo redondo con desagüe. ¿Sería ahí donde colocarían su hígado o algo así?

Cuando se asustó de verdad fue cuando vio cerca de la camilla una bombona conectada a un tubo con una mascarilla. ¿Le harían inhalar eso, sería el gas que lo mataría pacíficamente, para no alterar la salud de sus órganos? Opciones, opciones… se decía a sí mismo una y otra vez, mientras el tipo grande lo tomaba en brazos y lo sentaba sobre la camilla, sin dejar de sujetarle los brazos con fuerza para impedirle cualquier intento de escaparse. Podía contener la respiración y fingir dormirse o quedarse inconsciente, pero si esperaban que muriera, los latidos a mil por hora de su corazón lo delatarían y le suministrarían algo más potente o peor.

¿Y si no esperaban matarlo, sino dejarlo dormido para hacerle otra cosa? Lo de fingir podría funcionar, pero tampoco podía cometer el error de subestimar a esta gente, que seguramente llevaba haciendo esto durante años con cientos de niños. El tipo grande, desde luego, parecía tener la orden de no quitarle el ojo de encima hasta que ya no tuviera opción alguna de rebelarse, y probablemente él, así como la mujer con traje de limpieza que entró en la habitación ahora, sabían diferenciar cuándo un niño con la mascarilla de gas puesta lo estaba respirando o no. La mascarilla siempre se empañaba con el más mínimo aliento. Si no lo veían, sabrían que no lo estaba respirando, y tal vez el hombre recurriese a la jeringuilla.

Se estaba quedando sin opciones. ¿Cómo escapar de respirar un gas letal o de otro tipo, vigilado por ese tipo tan grande y la otra profesional, quienes seguramente usarían algo peor si no obtenían el resultado esperado? No paraba de repetirse lo de contener la respiración, pero es que sabía que eso en realidad no iba a servir de nada, si acaso para empeorarse la situación a sí mismo.

No sabía qué hacer… no sabía… El tipo grande lo obligó a tumbarse sobre la camilla y a Neuval le cegó un poco el potente foco de luz que tenía justo arriba en el techo. También, notó que la navaja plegada y enganchada a su nuca bajo su cabello se le clavaba un poco al apoyar la cabeza sobre ella. Por suerte, el tipo grande no acercó la mano por ahí. La mujer con el traje de limpieza, con sus guantes de látex, con la boca tapada por una mascarilla y el pelo recogido dentro de un gorro de plástico, ya se acercó a él por un lado con la máscara de gas en funcionamiento. El tipo grande dejó de sujetarlo y se quedó ahí al lado cruzado de brazos y observándolo fijamente con clara advertencia. Neuval no se atrevió a moverse por eso. Pero no pudo evitar girar la cabeza y mirar a los lados, buscando más detalles, más pistas, lo que fuese.

Entonces, miró hacia la bombona de gas. Tenía letras chinas pintadas y algunas pegatinas. Una de ellas mostraba el dibujo de una llama tachada con un aspa. Y luego alcanzó a ver que en otra parte ponía en inglés, con letras occidentales, nitrous oxide. En una fracción de segundo, su mente lo llevó a un recuerdo, al recuerdo exacto de cuando estaba curioseando las enciclopedias de la biblioteca de su colegio en París, hace 3 años, 2 meses, 9 días y 8 horas, cogió la número 8, y al llegar a la página 115 leyó uno de los términos en francés: oxyde nitreux. Era lo mismo. Según la enciclopedia, era el gas más común empleado para anestesiar a los pacientes. No era inflamable, ni tóxico.

¡Anestesia! De todo el miedo que le pesaba sobre los huesos, Neuval notó que se le iba un tercio. Que no fuera un gas letal era algo positivo dentro de toda aquella pesadilla. Y eso venía acompañado por la casi indiscutible probabilidad de que extirparle los órganos no era el objetivo de esa gente.

No obstante, ¿qué le iban a hacer entonces mientras estaba dormido? El tipo grande se enfadó por ver que se había movido. Lo obligó a volver a girar la cabeza y a mirar hacia el techo, y con la otra mano agarró una de las correas y se la enseñó. Neuval no sabía si ese tipo era mudo de verdad, o quizá sabía que hablarle a él no servía de nada porque no entendía el idioma, pero le dejó bien claro que, si volvía a moverse lo más mínimo, sería cuando lo atarían con las correas. A Neuval no le convenía eso, sería un obstáculo más.

Ya no le dio tiempo a pensar más cosas, porque la mujer ya le puso la mascarilla en la cara. No tenía más remedio. Si tenía que quedarse dormido, al menos eso significaba que volvería a despertar en algún momento. Además, no podía controlar el miedo y los nervios, así que tampoco podía controlar sus latidos y su respiración acelerada. Estuvo respirando ese gas unos segundos. Era agradable. Procuró mantener los ojos bien abiertos y mirando al techo, porque quería ser consciente de hasta cuándo le empezaría a hacer efecto. Pasaron casi dos minutos y seguía mirando al techo. ¿Cuándo empezaría a tener la visión borrosa, o a cerrársele los ojos? ¿Cuánto tiempo tardaba esa cosa? No sólo Neuval estaba impaciente, la mujer expresó un gesto confuso y una queja. Le pidió al tipo grande que girara un poco más la rueda de la bombona para aumentar la cantidad, y este lo hizo.

Neuval notó ese aumento de óxido nitroso metiéndose por su nariz y su boca. Siguió esperando. Incluso deseó que le hiciera efecto de una vez, porque esta espera era horrible. Pero pasó otro minuto, y seguía sintiéndose plenamente consciente y despejado.

Entonces se dio cuenta de algo. ¿Y si gracias a ese iris o como se llamase que tenía desarrollado en su mente y en su cuerpo, era inmune a este tipo de cosas? Debía de ser eso, ¡seguro! Por eso, volvió a pensar rápido. Fingir que se quedaba dormido ahora sí que era la opción estrella. Ellos ya no dudarían, porque lo estaban viendo respirar claramente ese gas. Así que lo hizo. Fingió que los ojos se le iban cerrando hasta que los dejó cerrados y aminoró su respiración a una mucho más calmada.

Funcionó. Oyó que la mujer daba un suspiro conforme y notó cómo le quitaba ya la máscara de la cara. Agudizó el oído. Escuchó el sonido de los pasos del tipo grande, de sus botas pesadas, saliendo por fin de la sala, marchándose. Neuval se quedó solo con esa mujer en la habitación. Ahora le tocaba esperar, a ver qué ocurría. La mujer comenzó a desatarle el calzado. Le quitó las zapatillas nuevas y los calcetines. Eso le dio rabia. Eran el regalo de Lao. Después, hizo un gran esfuerzo por no reaccionar en absoluto cuando ella comenzó quitarle los pantalones y la ropa interior. La camiseta, como ya estaba andrajosa e iba a ser complicado quitársela a un cuerpo dormido, la mujer la cortó con unas tijeras. Neuval notó el frío metal de estas deslizándose sobre su vientre hasta el cuello.

Después de haberlo dejado totalmente desnudo, la mujer le fue palpando los dedos de los pies, los tobillos, las rodillas, los dedos las manos, las muñecas y los codos, como comprobando que todas las articulaciones estaban bien, sin esguinces, torceduras ni roturas. Acto seguido, se fue al lavadero de allá en la pared y dejó el grifo abierto para que se fuera llenando de agua. Neuval entreabrió un ojo con cuidado para poder verla. Ella cogió uno de los botes grandes de jabón, y lo agitó un poco, descubriendo que estaba demasiado ligero. Al ponerlo bocabajo y comprobar que no caía nada de jabón líquido, que estaba vacío, lanzó el bote directamente a un cubo de basura junto al lavadero con desgana.

Entonces, Neuval la vio salir de la sala. Lo dejó solo. ¿Por cuánto tiempo? Seguramente había ido a conseguir otro bote de jabón y no tardaría mucho. Tenía que hacerlo, tenía que aprovecharlo. A Neuval volvió a latirle el corazón con fuerza cuando, sin pensarlo una tercera vez, se incorporó sobre la camilla y se bajó de un salto. Caminó sigiloso hasta la puerta y se asomó al pasillo con cautela, mientras se abrazaba a sí mismo, pues hacia algo de frío ahí y él estaba completamente desnudo. El pasillo estaba vacío, así que corrió a toda prisa hasta el final, solamente para verlo, el enorme cuadro con los planos de todo aquel lugar. Tan sólo lo miró durante dos segundos, suficiente para memorizarlo por completo, y regresó velozmente a su habitación.

Sin perder tiempo, se desenganchó la navaja plegable del pelo, miró por la habitación y decidió ocultarla debajo de la estantería metálica, que tenía una pequeña rendija por debajo. Hizo lo mismo con las cerillas que había escondido por los pliegues de su vendaje del brazo. Por un instante, miró una de las cerillas, y luego la bombona de óxido nitroso, pensativo. Pero frunció los labios con algo de decepción, ya que esa pegatina de la llama tachada le estaba informando de que no era un gas inflamable. Así que no sabía en qué le serían útiles las cerillas, pero las escondió ahí bajo la estantería de todas formas, por si acaso. También, captó por el rabillo del ojo ese imperdible atado a su vendaje. Tampoco sabía para qué podría usarlo, pero, igualmente, por si acaso, se lo quitó y lo escondió con lo demás.

Ya había arriesgado bastante, por lo que regresó rápidamente a tumbarse sobre la camilla, mientras se mantenía el vendaje atado metiendo simplemente el extremo por dentro de un pliegue. Cerró los ojos. Sólo unos segundos más tarde, volvió la mujer, con un nuevo bote de jabón. Fue directamente a cerrar el grifo del lavadero, donde vertió algo de jabón y empapó una esponja. Se giró hacia su “paciente” y comenzó frotarle la esponja jabonosa por todo el cuerpo. Neuval jamás se había sentido más incómodo y violentado. Era aún más difícil porque tenía que fingir ser un simple pelele. Pero era mejor eso a que le extirpasen los órganos.

Al darle la vuelta sobre la camilla y ponerlo bocabajo, fue cuando la mujer le quitó la venda y la gasa del brazo con cuidado, y con el mismo cuidado examinó la herida de su brazo, esperando encontrar alguna lesión delicada. Sin embargo, vio que ya estaba totalmente cicatrizada, así que se deshizo de la venda y de la gasa. Si le dijeran que esa herida se la había hecho apenas cuatro días atrás, no se lo creería.

Y así, continuó lavando su cuerpo entero, pero entero literalmente. Uñas, ombligo, rincones incómodos, oídos, dientes… Con instrumental sofisticado de manicura y pedicura, no escatimó en dejarle las uñas de pies y manos impecables y arregladas. Neuval nunca pensó que el hecho de que alguien lo aseara de esa manera fuese a ser similar a una tortura.

Descubrió que el pequeño lavabo que había junto a la camilla, que pensó que era donde pondrían su hígado, era en realidad para lavarle el pelo. Al menos, eso fue lo menos desagradable de todo. Se lo lavaron como si estuviera en la peluquería. Agua tibia, champú, suavizante con agradable perfume, frotando con masaje y todo… alguna que otra caricia, cepillado delicado… La verdad es que Neuval juraría que esa mujer estaba disfrutando de lavar su preciosa melena.


Tras un rato secándose entero bajo aquel potente foco de luz del techo que le traspasaba los párpados, la mujer comenzó a vestirlo, pero él no lograba entender qué tipo de prendas le estaba poniendo; no eran las convencionales, desde luego. Después de eso, la mujer lo ató a la camilla con las correas, una por el pecho, otra por las rodillas y otras cuatro en muñecas y tobillos. A continuación, desenganchó la camilla de algún tipo de soporte y, como tenía ruedas, la sacó de la sala.

Neuval maldijo por lo bajo, porque habían abandonado la sala donde tenía escondidas sus cosas, y las zapatillas que Lao le había regalado también. No podía arriesgarse a abrir los ojos para ver hacia dónde lo estaban llevando ahora, o descubrirían que estaba fingiendo. Pero memorizó los movimientos de la camilla, los giros, el número de bombillas del techo cuya luz notaba a través de los párpados pasando de largo. Al final, notó que entraban en otra sala, de una luz más tenue, y de un aire más cálido. Oyó unos ruidos e intuyó que lo estaban metiendo dentro de algún sitio con la camilla. La mujer le quitó las correas y después salió, y se oyó el ruido de unas llaves y una cerradura. Después, pasos alejándose, hasta que reinó el silencio.

Neuval entreabrió un ojo con cuidado. Y luego abrió ambos, viendo que ya no había adultos por ahí. Se aseguró una última vez, y entonces se incorporó sobre la camilla rápidamente, observando su alrededor. Se puso nervioso otra vez. Lo habían metido en una celda que era como un cubículo o una cabina de cristal, armada con carpinterías de metal oxidado. La puerta, también de cristal, tenía una cerradura de hierro, y arriba unos agujeros para que pasara el aire. Neuval vio en una esquina del suelo de cemento de su celda un agujero redondo, bajo el cual corría una tubería con un riachuelo de agua. Supuso que eso era un retrete.

La celda era como de dos metros de largo y uno y medio de ancho, y con la camilla apenas tenía espacio para dar dos pasos, y estaba adosada a más cabinas, todas en fila, ocupando tres de las cuatro paredes de aquella nave que parecía un antiguo almacén, con tragaluces encima, donde ya no pasaba la luz del sol porque estaba anocheciendo, por lo que sólo tenía la tenue luz de unas luces amarillentas en el techo.

Al ser la cabina de cristal, podía ver el exterior, toda aquella estancia y lo que había en ella. Se quedó horripilado al descubrir que había unas 24 cabinas, aunque sólo diez de ellas estaban ocupadas contando con él y su grupo. Había niños y niñas. Neuval no quería imaginar si alguna vez habían llegado a llenar las 24 celdas. Algunos seguían dormidos sobre las camillas, otros se estaban despertando poco a poco o ya estaban despiertos como él, sentados sobre las camillas encogidos de miedo, o golpeando la puerta suplicando salir y llorando.

Neuval localizó a los dos niños hermanos de antes, Pim y Gon, unas celdas más allá, cada uno en una, agazapados juntos con el cristal que los separaba entre medias. El chico mayor, al que le decían “el triste Li”, estaba en otra de más allá empezando a despertarse. Todos estaban impecables, aseados, y vestidos con prendas algo raras. Neuval se miró a sí mismo y vio que vestía igual que ellos. Les habían puesto una especie de chaqueta de seda azul celeste ligera, sin mangas, atada con una cinta dorada, y les habían atado desde la cintura lo que parecía una falda o taparrabos de dos piezas de tela blanca que caían hasta las rodillas por delante y por detrás. En los pies, llevaban unos calcetines blancos hasta por encima del tobillo, muy parecidos a los tabi japoneses, y tenían cosida una fina suela de esparto. Eso era todo.

Neuval oyó unos golpetazos tras él. Al darse la vuelta, vio que en la celda que tenía ahí al otro lado estaba la niña que conoció días atrás, Song. Estaba llamándolo, golpeando el cristal con sus manos. Tan aseada y con el pelo mucho menos enmarañado, parecía otra, pero Neuval la reconoció.

—¡Song! —dijo su nombre, recordando que los adultos de antes lo habían mencionado.

Ella le sonreía con lágrimas en los ojos, parecía muy feliz de verlo ahí junto a ella y asintió enérgicamente, aliviada de que la reconociera. Le dijo algo, pero Neuval no pudo entenderla. Ella se dio cuenta de que seguía sin comprender su idioma y no dijo nada más, pero siguió sonriéndole, lo miraba como si posase toda su esperanza en él, otra vez, igual que cuando Neuval no sólo la ayudó a conseguir comida, sino que también le enseñó cómo conseguirla por sí misma. Veía en él, de nuevo, a su salvador, su guía, y esto él lo sabía.

—Intentaré sacarnos a todos de aquí, Song —le dijo Neuval—. No te preocupes, no te dejaré atrás. Aunque nos separen, te buscaré. Y a los demás también. ¿Vale? Pero hasta entonces debes evitar crear problemas.

Ella negó un poco con la cabeza, indicándole que no le entendía. No era la primera vez que esto le pasaba. De hecho, en su larga travesía por Turquía meses atrás, se cruzó con el mismo camino de éxodo de una niña turca muy peculiar, que tenía el cabello blanco y la piel morena pero con manchas más claras, una niña con vitíligo que también se encontraba huyendo de su país, y compartieron su viaje durante muchos días a pesar de que hablaban idiomas totalmente diferentes. Allí, aprendió que un simple gesto podía comunicar muy bien las cosas importantes. Así que posó la palma de la mano contra el cristal y miró a Song a los ojos fijamente. Ella lo entendió. También posó la mano donde él y asintió con la cabeza.

Al poco rato, entraron un par de empleadas con uniforme de cocina llevando dos carritos con varias bandejas con comida. Tras ellas, entró aquella mujer, la del moño y ojos afilados, la que llevaba el cotarro de todo aquel infame negocio, acompañada por los gemelos de antes, los mismos que raptaron a Neuval en el callejón junto al tipo grande y al tipo hortera. Uno de ellos sonreía bienhumorado, jugando con una navaja de mariposa en su mano, y el otro, más serio y con la nariz cubierta por una gasa debido al rodillazo que Neuval le dio antes, iba más desganado y con las manos en los bolsillos.

Mientras aquellas empleadas iban abriendo las pequeñas ranuras con bisagra que había bajo cada puerta de las celdas ocupadas para pasar las bandejas con comida al interior, la jefa se puso en el centro de la sala a la vista de todos los niños, con las manos cogidas por detrás de la espalda y postura autoritaria y satisfecha. La cosa marchaba. Pero, a juzgar por un pequeño brillo de curiosidad en sus ojos, parecía estar buscando expresamente al diamante en bruto. Cuando lo vio ahí en una de las celdas de delante, se la vio respirar profundamente como si quisiera contener, de nuevo, la emoción que le produjo verlo ahora, con esas prendas ligeras y el cabello y el cuerpo limpio. Neuval se quedó de pie frente a la puerta de cristal, devolviéndole a ella una mirada siniestra y llena de odio.

—Me da escalofríos… pero es demasiado bello como para no mirar —se dijo la mujer.

—Tranquila, jefa, a ese diablo lo mantenemos a raya mi hermano y yo —dijo uno de los gemelos, y apuntó con su navaja hacia Neuval como clara señal de advertencia.

Neuval sabía que tenían una mayor atención puesta sobre él por culpa de sus reacciones violentas de antes, y eso era un poco inconveniente. Lo mejor para él era pasar lo más desapercibido posible. Por eso, decidió hacerles creer que seguía las reglas, por ahora. Fingir que se había resignado, que les había cogido miedo.

Cuando vio a sus pies la bandeja de comida que habían metido por debajo de su puerta, se agachó y la observó con duda. Había un poco de huevos revueltos con especias, un puñado de arroz blanco, unos trozos de brócoli y de bambú hervido, y aparte, un pastelito dulce de nata con un trozo de fresa, además de un brik de zumo de manzana. Todo era muy apetecible, era comida de calidad.

Ni por todo el oro del mundo se la comería. Eso por descontado. Si había llegado a desconfiar de la comida de Lao, de la de estos miserables criminales mucho más. Cuando levantó la cabeza, vio que los demás niños, incluida Song, ya habían empezado a comérselo todo con mucha ansia. Nada como una comida rica y caliente para doblegar la voluntad de un niño hambriento. Reprimió el impulso de gritarle a Song que no se la comiera. Hacer eso le traería problemas, los gemelos estaban ahí para asegurarse de que todos se la comían, o si no, los obligarían a la fuerza.

Neuval no tuvo más remedio. Cogió su bandeja, se sentó en la camilla y la posó sobre sus piernas. Con una cuchara de plástico, comenzó comerse el arroz poco a poco. Tomó un poco de huevo, y de brócoli. Comió con calma, pacífico. Esto pareció conformar a la jefa y a los gemelos, pues al cabo de un rato se marcharon otra vez. Neuval aprovechó esos segundos en que los niños estaban solos para bajar de la camilla de un salto y empezó a tirar la comida por el agujero del suelo, para que se la llevara esa corriente de agua subterránea, vaciando también el brik de zumo. Después se metió los dedos en la garganta y vomitó lo poco que había llegado a tragar.

Cuando Li, los hermanos Pim y Gon y la pequeña Song le vieron hacer eso, se quedaron con caras muy asustadas, mirando sus bandejas de comida ya vacías, preguntándose si el extranjero había descubierto que la comida estaba envenenada y ellos habían sido demasiado tontos. Pero Neuval no pudo hacer más que mirarlos con entereza, sabiendo de antemano que iban a sufrir los efectos de algo, probablemente de más sedantes o alguna droga aturdidora. No pasa nada, se decía a sí mismo, mientras yo sea el único que mantiene la mente despejada, podré ayudarlos luego.

A los pocos minutos, Neuval empezó a ver que los demás niños estaban muy calmados, dóciles, con caras atontadas y miradas perdidas en las musarañas. Como esperaba, esa gente los quería obedientes e inofensivos. ¿Para qué, qué sería lo siguiente? ¿Los llevarían a dormir ahora? ¿Y mañana los llevarían a otro lado o les harían hacer algo? Nada más lejos de la realidad. La noche no había hecho más que empezar para ellos.»









63.
Ángel caído (2/5)

[ AVISO: este capítulo contiene abuso infantil ]

«En cuanto vio que esas personas con esos uniformes se acercaban a él, Neuval sintió el impulso de resistirse, agitarse, luchar contra ellos. Pero un pensamiento más sensato cruzó su mente. Era cuestión de lógica. Si se volvía a poner violento, ese corpulento hombre que todavía lo sujetaba de los brazos volvería a inyectarle sin remedio una buena dosis de calmantes, y eso le imposibilitaría hacer absolutamente nada, incluido el pensar. Y lo primero que necesitaba era pensar.

Neuval tenía un objetivo: escapar de ese lugar. Para llegar hasta esa meta, lo primero de todo era tener la mente despejada y ágil, y después, tener manos y piernas libres. A partir de ahí, había que cruzar una serie de obstáculos que no eran iguales entre sí, y no lo iba a conseguir a base de cabezazos con todos ellos. Cada obstáculo tenía un modo distinto de ser sorteado. En esto Neuval decidió fijarse de la forma más analizadora y pacífica posible cuando lo sacaron de esa sala y le hicieron recorrer aquel pasillo blanco, que parecía de un hospital, hacia otra sala. Allí había personas, unas expertas en controlar a agitadores, pero otras no tan expertas en eso; había salas y puertas, algunas con un cierre normal y otras con una llave especial; y había cien momentos inoportunos y solamente uno oportuno que Neuval tenía que saber hallar sin error, porque no habría una segunda oportunidad.

Ahora, detalles a tener en cuenta: cruzar una puerta bien podría dirigirlo a una salida como a un lugar peor; a los otros niños los habían llevado a otras salas distintas de ese mismo pasillo; y todavía tenía la navaja enganchada bajo su pelo y unas cuantas cerillas metidas en los pliegues de la venda de su brazo. Neuval aún no sabía cuáles eran las intenciones de esa gente y ese lugar, pero teniendo en cuenta cómo los habían tratado antes, procurando no golpearlos fuerte y la mujer analizando tanto el aspecto físico, estaba seguro de que, o bien les iban a extirpar los órganos, o bien los iban a vender como esclavos de algún tipo.

Había también un problema. Una complicación, más bien. Neuval iba a ser incapaz de no ayudar a los otros niños. No iba a salir de allí si no era con ellos. No es que se tratara de una obligación moral, ni de hacerse el héroe, ni de un recurso para escapar de allí con más facilidad –de hecho, haría aún más complicada su oportunidad de salvarse a sí mismo–. Se trataba de un dogma que había acompañado a Neuval toda su vida, incluso antes de convertirse en iris. Intentar escapar de allí sin intentar ayudar a los otros niños no era una opción a elegir. Esta idea nunca se le pasaría por la cabeza de manera natural. Y eso lo tenía arraigado en su alma desde que nació. No siempre había tenido éxito ayudando a otros en situaciones viles e injustas como esta, pero jamás había fallado en intentarlo.

“Tú y yo somos así porque mamá también era así”. Recordó de repente esas palabras de su hermana. Se las dijo hace mucho tiempo, y la verdad es que nunca las entendió. Porque Lilian, su madre, desde luego jamás había ayudado a nadie ni sido una buena persona con nadie. Además, Monique siempre decía “era”. Entonces Neuval se preguntaba si Lilian, antes de ser una persona horrible, era diferente. No obstante, por alguna extraña razón, una recóndita parte de Neuval sentía que su hermana se refería a otra persona.


Justo antes de que lo metieran en una de las habitaciones del pasillo, alcanzó a ver al final de este, al fondo, un marco grande en la pared que contenía el amplio dibujo de los planos del lugar. Eso era lo que estaba esperando encontrar antes de poder hacer cualquier otra cosa, y tuvo suerte de verlo allí, pero no tanta por la distancia, porque estaba demasiado lejos como para distinguir sus detalles. Reprimió el impulso de soltarse del tipo grande y echar a correr hacia allí, porque se arriesgaba a darle al hombretón un motivo para volver a sedarlo.

La habitación en la que este lo metió era una estancia pequeña, individual, de blancas paredes y suelo, sin ventanas, pero con buenos conductos de ventilación. En el centro, había una camilla acolchada con plástico y con correas sueltas colgando por los bordes. Por las paredes había instalaciones propias para hacer algún tipo de limpieza, como un lavadero ancho con varios botes de jabón y de otras sustancias, estanterías con más utensilios como tijeras, peines, cepillos, esponjas… toallas enrolladas, batas dobladas…

Neuval seguía respirando muy nervioso mientras veía todas esas cosas y se hacía mil conjeturas. Que la camilla tuviera un acolchamiento plastificado ya era mala señal, significaba que no querían que se manchase… ¿de sangre, tal vez? Pero tampoco tenía mucho sentido que estuviera acolchada, porque si era para extirparles los órganos, lo más lógico era hacerlo sobre una camilla que fuera una bandeja con drenaje propio. Pero ¿y esa especie de pequeño lavadero que estaba junto a uno de los extremos de la camilla? Era de acero, anclado al suelo, del que se elevaba hasta la altura de la camilla y terminaba en un pequeño lavabo redondo con desagüe. ¿Sería ahí donde colocarían su hígado o algo así?

Cuando se asustó de verdad fue cuando vio cerca de la camilla una bombona conectada a un tubo con una mascarilla. ¿Le harían inhalar eso, sería el gas que lo mataría pacíficamente, para no alterar la salud de sus órganos? Opciones, opciones… se decía a sí mismo una y otra vez, mientras el tipo grande lo tomaba en brazos y lo sentaba sobre la camilla, sin dejar de sujetarle los brazos con fuerza para impedirle cualquier intento de escaparse. Podía contener la respiración y fingir dormirse o quedarse inconsciente, pero si esperaban que muriera, los latidos a mil por hora de su corazón lo delatarían y le suministrarían algo más potente o peor.

¿Y si no esperaban matarlo, sino dejarlo dormido para hacerle otra cosa? Lo de fingir podría funcionar, pero tampoco podía cometer el error de subestimar a esta gente, que seguramente llevaba haciendo esto durante años con cientos de niños. El tipo grande, desde luego, parecía tener la orden de no quitarle el ojo de encima hasta que ya no tuviera opción alguna de rebelarse, y probablemente él, así como la mujer con traje de limpieza que entró en la habitación ahora, sabían diferenciar cuándo un niño con la mascarilla de gas puesta lo estaba respirando o no. La mascarilla siempre se empañaba con el más mínimo aliento. Si no lo veían, sabrían que no lo estaba respirando, y tal vez el hombre recurriese a la jeringuilla.

Se estaba quedando sin opciones. ¿Cómo escapar de respirar un gas letal o de otro tipo, vigilado por ese tipo tan grande y la otra profesional, quienes seguramente usarían algo peor si no obtenían el resultado esperado? No paraba de repetirse lo de contener la respiración, pero es que sabía que eso en realidad no iba a servir de nada, si acaso para empeorarse la situación a sí mismo.

No sabía qué hacer… no sabía… El tipo grande lo obligó a tumbarse sobre la camilla y a Neuval le cegó un poco el potente foco de luz que tenía justo arriba en el techo. También, notó que la navaja plegada y enganchada a su nuca bajo su cabello se le clavaba un poco al apoyar la cabeza sobre ella. Por suerte, el tipo grande no acercó la mano por ahí. La mujer con el traje de limpieza, con sus guantes de látex, con la boca tapada por una mascarilla y el pelo recogido dentro de un gorro de plástico, ya se acercó a él por un lado con la máscara de gas en funcionamiento. El tipo grande dejó de sujetarlo y se quedó ahí al lado cruzado de brazos y observándolo fijamente con clara advertencia. Neuval no se atrevió a moverse por eso. Pero no pudo evitar girar la cabeza y mirar a los lados, buscando más detalles, más pistas, lo que fuese.

Entonces, miró hacia la bombona de gas. Tenía letras chinas pintadas y algunas pegatinas. Una de ellas mostraba el dibujo de una llama tachada con un aspa. Y luego alcanzó a ver que en otra parte ponía en inglés, con letras occidentales, nitrous oxide. En una fracción de segundo, su mente lo llevó a un recuerdo, al recuerdo exacto de cuando estaba curioseando las enciclopedias de la biblioteca de su colegio en París, hace 3 años, 2 meses, 9 días y 8 horas, cogió la número 8, y al llegar a la página 115 leyó uno de los términos en francés: oxyde nitreux. Era lo mismo. Según la enciclopedia, era el gas más común empleado para anestesiar a los pacientes. No era inflamable, ni tóxico.

¡Anestesia! De todo el miedo que le pesaba sobre los huesos, Neuval notó que se le iba un tercio. Que no fuera un gas letal era algo positivo dentro de toda aquella pesadilla. Y eso venía acompañado por la casi indiscutible probabilidad de que extirparle los órganos no era el objetivo de esa gente.

No obstante, ¿qué le iban a hacer entonces mientras estaba dormido? El tipo grande se enfadó por ver que se había movido. Lo obligó a volver a girar la cabeza y a mirar hacia el techo, y con la otra mano agarró una de las correas y se la enseñó. Neuval no sabía si ese tipo era mudo de verdad, o quizá sabía que hablarle a él no servía de nada porque no entendía el idioma, pero le dejó bien claro que, si volvía a moverse lo más mínimo, sería cuando lo atarían con las correas. A Neuval no le convenía eso, sería un obstáculo más.

Ya no le dio tiempo a pensar más cosas, porque la mujer ya le puso la mascarilla en la cara. No tenía más remedio. Si tenía que quedarse dormido, al menos eso significaba que volvería a despertar en algún momento. Además, no podía controlar el miedo y los nervios, así que tampoco podía controlar sus latidos y su respiración acelerada. Estuvo respirando ese gas unos segundos. Era agradable. Procuró mantener los ojos bien abiertos y mirando al techo, porque quería ser consciente de hasta cuándo le empezaría a hacer efecto. Pasaron casi dos minutos y seguía mirando al techo. ¿Cuándo empezaría a tener la visión borrosa, o a cerrársele los ojos? ¿Cuánto tiempo tardaba esa cosa? No sólo Neuval estaba impaciente, la mujer expresó un gesto confuso y una queja. Le pidió al tipo grande que girara un poco más la rueda de la bombona para aumentar la cantidad, y este lo hizo.

Neuval notó ese aumento de óxido nitroso metiéndose por su nariz y su boca. Siguió esperando. Incluso deseó que le hiciera efecto de una vez, porque esta espera era horrible. Pero pasó otro minuto, y seguía sintiéndose plenamente consciente y despejado.

Entonces se dio cuenta de algo. ¿Y si gracias a ese iris o como se llamase que tenía desarrollado en su mente y en su cuerpo, era inmune a este tipo de cosas? Debía de ser eso, ¡seguro! Por eso, volvió a pensar rápido. Fingir que se quedaba dormido ahora sí que era la opción estrella. Ellos ya no dudarían, porque lo estaban viendo respirar claramente ese gas. Así que lo hizo. Fingió que los ojos se le iban cerrando hasta que los dejó cerrados y aminoró su respiración a una mucho más calmada.

Funcionó. Oyó que la mujer daba un suspiro conforme y notó cómo le quitaba ya la máscara de la cara. Agudizó el oído. Escuchó el sonido de los pasos del tipo grande, de sus botas pesadas, saliendo por fin de la sala, marchándose. Neuval se quedó solo con esa mujer en la habitación. Ahora le tocaba esperar, a ver qué ocurría. La mujer comenzó a desatarle el calzado. Le quitó las zapatillas nuevas y los calcetines. Eso le dio rabia. Eran el regalo de Lao. Después, hizo un gran esfuerzo por no reaccionar en absoluto cuando ella comenzó quitarle los pantalones y la ropa interior. La camiseta, como ya estaba andrajosa e iba a ser complicado quitársela a un cuerpo dormido, la mujer la cortó con unas tijeras. Neuval notó el frío metal de estas deslizándose sobre su vientre hasta el cuello.

Después de haberlo dejado totalmente desnudo, la mujer le fue palpando los dedos de los pies, los tobillos, las rodillas, los dedos las manos, las muñecas y los codos, como comprobando que todas las articulaciones estaban bien, sin esguinces, torceduras ni roturas. Acto seguido, se fue al lavadero de allá en la pared y dejó el grifo abierto para que se fuera llenando de agua. Neuval entreabrió un ojo con cuidado para poder verla. Ella cogió uno de los botes grandes de jabón, y lo agitó un poco, descubriendo que estaba demasiado ligero. Al ponerlo bocabajo y comprobar que no caía nada de jabón líquido, que estaba vacío, lanzó el bote directamente a un cubo de basura junto al lavadero con desgana.

Entonces, Neuval la vio salir de la sala. Lo dejó solo. ¿Por cuánto tiempo? Seguramente había ido a conseguir otro bote de jabón y no tardaría mucho. Tenía que hacerlo, tenía que aprovecharlo. A Neuval volvió a latirle el corazón con fuerza cuando, sin pensarlo una tercera vez, se incorporó sobre la camilla y se bajó de un salto. Caminó sigiloso hasta la puerta y se asomó al pasillo con cautela, mientras se abrazaba a sí mismo, pues hacia algo de frío ahí y él estaba completamente desnudo. El pasillo estaba vacío, así que corrió a toda prisa hasta el final, solamente para verlo, el enorme cuadro con los planos de todo aquel lugar. Tan sólo lo miró durante dos segundos, suficiente para memorizarlo por completo, y regresó velozmente a su habitación.

Sin perder tiempo, se desenganchó la navaja plegable del pelo, miró por la habitación y decidió ocultarla debajo de la estantería metálica, que tenía una pequeña rendija por debajo. Hizo lo mismo con las cerillas que había escondido por los pliegues de su vendaje del brazo. Por un instante, miró una de las cerillas, y luego la bombona de óxido nitroso, pensativo. Pero frunció los labios con algo de decepción, ya que esa pegatina de la llama tachada le estaba informando de que no era un gas inflamable. Así que no sabía en qué le serían útiles las cerillas, pero las escondió ahí bajo la estantería de todas formas, por si acaso. También, captó por el rabillo del ojo ese imperdible atado a su vendaje. Tampoco sabía para qué podría usarlo, pero, igualmente, por si acaso, se lo quitó y lo escondió con lo demás.

Ya había arriesgado bastante, por lo que regresó rápidamente a tumbarse sobre la camilla, mientras se mantenía el vendaje atado metiendo simplemente el extremo por dentro de un pliegue. Cerró los ojos. Sólo unos segundos más tarde, volvió la mujer, con un nuevo bote de jabón. Fue directamente a cerrar el grifo del lavadero, donde vertió algo de jabón y empapó una esponja. Se giró hacia su “paciente” y comenzó frotarle la esponja jabonosa por todo el cuerpo. Neuval jamás se había sentido más incómodo y violentado. Era aún más difícil porque tenía que fingir ser un simple pelele. Pero era mejor eso a que le extirpasen los órganos.

Al darle la vuelta sobre la camilla y ponerlo bocabajo, fue cuando la mujer le quitó la venda y la gasa del brazo con cuidado, y con el mismo cuidado examinó la herida de su brazo, esperando encontrar alguna lesión delicada. Sin embargo, vio que ya estaba totalmente cicatrizada, así que se deshizo de la venda y de la gasa. Si le dijeran que esa herida se la había hecho apenas cuatro días atrás, no se lo creería.

Y así, continuó lavando su cuerpo entero, pero entero literalmente. Uñas, ombligo, rincones incómodos, oídos, dientes… Con instrumental sofisticado de manicura y pedicura, no escatimó en dejarle las uñas de pies y manos impecables y arregladas. Neuval nunca pensó que el hecho de que alguien lo aseara de esa manera fuese a ser similar a una tortura.

Descubrió que el pequeño lavabo que había junto a la camilla, que pensó que era donde pondrían su hígado, era en realidad para lavarle el pelo. Al menos, eso fue lo menos desagradable de todo. Se lo lavaron como si estuviera en la peluquería. Agua tibia, champú, suavizante con agradable perfume, frotando con masaje y todo… alguna que otra caricia, cepillado delicado… La verdad es que Neuval juraría que esa mujer estaba disfrutando de lavar su preciosa melena.


Tras un rato secándose entero bajo aquel potente foco de luz del techo que le traspasaba los párpados, la mujer comenzó a vestirlo, pero él no lograba entender qué tipo de prendas le estaba poniendo; no eran las convencionales, desde luego. Después de eso, la mujer lo ató a la camilla con las correas, una por el pecho, otra por las rodillas y otras cuatro en muñecas y tobillos. A continuación, desenganchó la camilla de algún tipo de soporte y, como tenía ruedas, la sacó de la sala.

Neuval maldijo por lo bajo, porque habían abandonado la sala donde tenía escondidas sus cosas, y las zapatillas que Lao le había regalado también. No podía arriesgarse a abrir los ojos para ver hacia dónde lo estaban llevando ahora, o descubrirían que estaba fingiendo. Pero memorizó los movimientos de la camilla, los giros, el número de bombillas del techo cuya luz notaba a través de los párpados pasando de largo. Al final, notó que entraban en otra sala, de una luz más tenue, y de un aire más cálido. Oyó unos ruidos e intuyó que lo estaban metiendo dentro de algún sitio con la camilla. La mujer le quitó las correas y después salió, y se oyó el ruido de unas llaves y una cerradura. Después, pasos alejándose, hasta que reinó el silencio.

Neuval entreabrió un ojo con cuidado. Y luego abrió ambos, viendo que ya no había adultos por ahí. Se aseguró una última vez, y entonces se incorporó sobre la camilla rápidamente, observando su alrededor. Se puso nervioso otra vez. Lo habían metido en una celda que era como un cubículo o una cabina de cristal, armada con carpinterías de metal oxidado. La puerta, también de cristal, tenía una cerradura de hierro, y arriba unos agujeros para que pasara el aire. Neuval vio en una esquina del suelo de cemento de su celda un agujero redondo, bajo el cual corría una tubería con un riachuelo de agua. Supuso que eso era un retrete.

La celda era como de dos metros de largo y uno y medio de ancho, y con la camilla apenas tenía espacio para dar dos pasos, y estaba adosada a más cabinas, todas en fila, ocupando tres de las cuatro paredes de aquella nave que parecía un antiguo almacén, con tragaluces encima, donde ya no pasaba la luz del sol porque estaba anocheciendo, por lo que sólo tenía la tenue luz de unas luces amarillentas en el techo.

Al ser la cabina de cristal, podía ver el exterior, toda aquella estancia y lo que había en ella. Se quedó horripilado al descubrir que había unas 24 cabinas, aunque sólo diez de ellas estaban ocupadas contando con él y su grupo. Había niños y niñas. Neuval no quería imaginar si alguna vez habían llegado a llenar las 24 celdas. Algunos seguían dormidos sobre las camillas, otros se estaban despertando poco a poco o ya estaban despiertos como él, sentados sobre las camillas encogidos de miedo, o golpeando la puerta suplicando salir y llorando.

Neuval localizó a los dos niños hermanos de antes, Pim y Gon, unas celdas más allá, cada uno en una, agazapados juntos con el cristal que los separaba entre medias. El chico mayor, al que le decían “el triste Li”, estaba en otra de más allá empezando a despertarse. Todos estaban impecables, aseados, y vestidos con prendas algo raras. Neuval se miró a sí mismo y vio que vestía igual que ellos. Les habían puesto una especie de chaqueta de seda azul celeste ligera, sin mangas, atada con una cinta dorada, y les habían atado desde la cintura lo que parecía una falda o taparrabos de dos piezas de tela blanca que caían hasta las rodillas por delante y por detrás. En los pies, llevaban unos calcetines blancos hasta por encima del tobillo, muy parecidos a los tabi japoneses, y tenían cosida una fina suela de esparto. Eso era todo.

Neuval oyó unos golpetazos tras él. Al darse la vuelta, vio que en la celda que tenía ahí al otro lado estaba la niña que conoció días atrás, Song. Estaba llamándolo, golpeando el cristal con sus manos. Tan aseada y con el pelo mucho menos enmarañado, parecía otra, pero Neuval la reconoció.

—¡Song! —dijo su nombre, recordando que los adultos de antes lo habían mencionado.

Ella le sonreía con lágrimas en los ojos, parecía muy feliz de verlo ahí junto a ella y asintió enérgicamente, aliviada de que la reconociera. Le dijo algo, pero Neuval no pudo entenderla. Ella se dio cuenta de que seguía sin comprender su idioma y no dijo nada más, pero siguió sonriéndole, lo miraba como si posase toda su esperanza en él, otra vez, igual que cuando Neuval no sólo la ayudó a conseguir comida, sino que también le enseñó cómo conseguirla por sí misma. Veía en él, de nuevo, a su salvador, su guía, y esto él lo sabía.

—Intentaré sacarnos a todos de aquí, Song —le dijo Neuval—. No te preocupes, no te dejaré atrás. Aunque nos separen, te buscaré. Y a los demás también. ¿Vale? Pero hasta entonces debes evitar crear problemas.

Ella negó un poco con la cabeza, indicándole que no le entendía. No era la primera vez que esto le pasaba. De hecho, en su larga travesía por Turquía meses atrás, se cruzó con el mismo camino de éxodo de una niña turca muy peculiar, que tenía el cabello blanco y la piel morena pero con manchas más claras, una niña con vitíligo que también se encontraba huyendo de su país, y compartieron su viaje durante muchos días a pesar de que hablaban idiomas totalmente diferentes. Allí, aprendió que un simple gesto podía comunicar muy bien las cosas importantes. Así que posó la palma de la mano contra el cristal y miró a Song a los ojos fijamente. Ella lo entendió. También posó la mano donde él y asintió con la cabeza.

Al poco rato, entraron un par de empleadas con uniforme de cocina llevando dos carritos con varias bandejas con comida. Tras ellas, entró aquella mujer, la del moño y ojos afilados, la que llevaba el cotarro de todo aquel infame negocio, acompañada por los gemelos de antes, los mismos que raptaron a Neuval en el callejón junto al tipo grande y al tipo hortera. Uno de ellos sonreía bienhumorado, jugando con una navaja de mariposa en su mano, y el otro, más serio y con la nariz cubierta por una gasa debido al rodillazo que Neuval le dio antes, iba más desganado y con las manos en los bolsillos.

Mientras aquellas empleadas iban abriendo las pequeñas ranuras con bisagra que había bajo cada puerta de las celdas ocupadas para pasar las bandejas con comida al interior, la jefa se puso en el centro de la sala a la vista de todos los niños, con las manos cogidas por detrás de la espalda y postura autoritaria y satisfecha. La cosa marchaba. Pero, a juzgar por un pequeño brillo de curiosidad en sus ojos, parecía estar buscando expresamente al diamante en bruto. Cuando lo vio ahí en una de las celdas de delante, se la vio respirar profundamente como si quisiera contener, de nuevo, la emoción que le produjo verlo ahora, con esas prendas ligeras y el cabello y el cuerpo limpio. Neuval se quedó de pie frente a la puerta de cristal, devolviéndole a ella una mirada siniestra y llena de odio.

—Me da escalofríos… pero es demasiado bello como para no mirar —se dijo la mujer.

—Tranquila, jefa, a ese diablo lo mantenemos a raya mi hermano y yo —dijo uno de los gemelos, y apuntó con su navaja hacia Neuval como clara señal de advertencia.

Neuval sabía que tenían una mayor atención puesta sobre él por culpa de sus reacciones violentas de antes, y eso era un poco inconveniente. Lo mejor para él era pasar lo más desapercibido posible. Por eso, decidió hacerles creer que seguía las reglas, por ahora. Fingir que se había resignado, que les había cogido miedo.

Cuando vio a sus pies la bandeja de comida que habían metido por debajo de su puerta, se agachó y la observó con duda. Había un poco de huevos revueltos con especias, un puñado de arroz blanco, unos trozos de brócoli y de bambú hervido, y aparte, un pastelito dulce de nata con un trozo de fresa, además de un brik de zumo de manzana. Todo era muy apetecible, era comida de calidad.

Ni por todo el oro del mundo se la comería. Eso por descontado. Si había llegado a desconfiar de la comida de Lao, de la de estos miserables criminales mucho más. Cuando levantó la cabeza, vio que los demás niños, incluida Song, ya habían empezado a comérselo todo con mucha ansia. Nada como una comida rica y caliente para doblegar la voluntad de un niño hambriento. Reprimió el impulso de gritarle a Song que no se la comiera. Hacer eso le traería problemas, los gemelos estaban ahí para asegurarse de que todos se la comían, o si no, los obligarían a la fuerza.

Neuval no tuvo más remedio. Cogió su bandeja, se sentó en la camilla y la posó sobre sus piernas. Con una cuchara de plástico, comenzó comerse el arroz poco a poco. Tomó un poco de huevo, y de brócoli. Comió con calma, pacífico. Esto pareció conformar a la jefa y a los gemelos, pues al cabo de un rato se marcharon otra vez. Neuval aprovechó esos segundos en que los niños estaban solos para bajar de la camilla de un salto y empezó a tirar la comida por el agujero del suelo, para que se la llevara esa corriente de agua subterránea, vaciando también el brik de zumo. Después se metió los dedos en la garganta y vomitó lo poco que había llegado a tragar.

Cuando Li, los hermanos Pim y Gon y la pequeña Song le vieron hacer eso, se quedaron con caras muy asustadas, mirando sus bandejas de comida ya vacías, preguntándose si el extranjero había descubierto que la comida estaba envenenada y ellos habían sido demasiado tontos. Pero Neuval no pudo hacer más que mirarlos con entereza, sabiendo de antemano que iban a sufrir los efectos de algo, probablemente de más sedantes o alguna droga aturdidora. No pasa nada, se decía a sí mismo, mientras yo sea el único que mantiene la mente despejada, podré ayudarlos luego.

A los pocos minutos, Neuval empezó a ver que los demás niños estaban muy calmados, dóciles, con caras atontadas y miradas perdidas en las musarañas. Como esperaba, esa gente los quería obedientes e inofensivos. ¿Para qué, qué sería lo siguiente? ¿Los llevarían a dormir ahora? ¿Y mañana los llevarían a otro lado o les harían hacer algo? Nada más lejos de la realidad. La noche no había hecho más que empezar para ellos.»





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