1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Tras pasar siete años viviendo en la misma rutina, en siete días se había escapado de casa, había conocido gente nueva, había estado sola en un hotel, había visto cosas extrañas, se había enamorado por error y había vivido algo insólito. Cleven recapacitó sobre todo lo que le había pasado. Del enfado a la alegría, de la alegría a la felicidad, de la felicidad al drama y del drama de nuevo a una felicidad, diferente a la anterior, pero incluso igual de grande.
Esos días no los cambiaría por nada, y mucho menos los que venían por delante. Iba a vivir con su tío, casi no podía creérselo. No tenía el comienzo feliz y perfecto con el que había soñado, pero un comienzo agridulce e incómodo seguía siendo una experiencia interesante, y tenía la esperanza de que evolucionase a mejor. Ella misma se lo aconsejó a él, horas antes: había que intentar, probar.
Con la cantidad de cosas que habían pasado esa semana, Cleven tenía la sensación de que había sido mucho más largo que una semana. Y ahora que estaba en un punto final, cerrando un capítulo, mirando atrás, no podía terminar de asimilar por completo cómo estaba antes de esa semana y cómo estaba ahora. La diferencia era enorme. Y eso le daba justo el cosquilleo que llevaba años anhelando, una novedad, un cambio… un inconsciente paso hacia la verdad. Hacia una verdad que una vez fue suya y no recordaba. Porque había que apuntar que Cleven todavía no sabía en qué mundo se había metido. Por una buena razón su padre la sacó de él. Sin embargo, su padre tampoco sabía la razón especial por la que Cleven debía pertenecer a ese mundo. Borró de ella algo más que su memoria, sin saberlo.
Se había hecho muy tarde. Habían pasado por el hotel para que Cleven recogiera su maleta con todas sus cosas y para confirmar su salida. Ahora iban de regreso a donde vivía Raijin. Y hasta ahora, apenas habían hablado. Simplemente se habían concentrado en recoger las cosas de ella. Claramente, cada uno estaba todavía lidiando con la nueva situación. Sí, ellos mismos la habían escogido y decidido, pero seguía siendo algo en lo que aún ambos se estaban mentalizando.
«No puedo creerlo aún» cavilaba ella, caminando por la calle detrás del rubio, sin parar de observarlo. «¿Cómo puedo tener un tío solamente cuatro años mayor que yo? En la vida me habría imaginado que mamá tuvo un hermano con tanta diferencia de edad. ¡Si hasta mi hermano es mayor que él! Parece ser que los abuelos Hideki y Emiliya estaban todavía en buena forma a los cuarenta y muchos. ¡Qué buenos genes, Dios mío! No es sólo que mamá en vida y el tío Brey gocen de buena salud, ¡es que son guapísimos, hermosos!» suspiró como una boba.
Vivir con él, ¿cómo sería? Ella siempre se había imaginado a su tío como un hombre cuarentón, barrigudo y con barba, con sentido del humor y demás, como un estereotipo de tío. También se lo imaginaba con una familia, o bien soltero, con un trabajo normal y una vida normal. Pero resultaba ser un chaval de 20 años, estudiante de segundo año de Medicina y que vivía su vida a su aire. Como un universitario corriente y moliente. Sólo había una cosa de él que Cleven ignoraba por ahora, además del iris.
«Será genial. Estoy segura de que con él tendré más libertad, más espacio mental y más tranquilidad. Papá no me vigilará tanto estando al cuidado de otra persona. Podré ir más a mi aire. El tío Brey tiene una edad muy cercana a la mía. Aunque sea un chico huraño y frío, con él me resultará más fácil hablar de las cosas. Además, al parecer se ha abierto mucho más a mí al saber que soy su sobrina».
«Seguro que él me entenderá mucho mejor que papá. Papá no tiene ni idea de cómo me he estado sintiendo desde que mamá murió. A él sólo le afectó un tiempo y ya. A él sólo le importa el trabajo en su empresa. Tío Brey dice que papá estaba asustado de que me hubiese pasado algo malo porque me quiere, pero… no sé… Puede que sea verdad que papá me quiera un poco, pero sigue sin entenderme. Papá ha tenido una vida fácil. Con su inteligencia, nunca le ha costado estudiar y triunfar en un trabajo y ganar dinero. Seguro que siempre lo tuvo todo desde pequeño, seguro que siempre lo trataron como a un príncipe, porque es don Perfecto y sin defectos, y nunca se ha manchado las manos. Pero yo soy todo lo contrario a “perfecta”, soy todo lo contrario de Lex, de Yenkis y de papá. Por eso, soy una decepción para papá. Y estoy harta de sentirlo cada día».
—¿Qué es esto? —preguntó Raijin de repente, parándose en medio de la acera, poniendo una exagerada mueca de terror.
—¿¡El qué!? —se asustó Cleven.
—Este silencio… —miró en derredor—. Estoy al lado de la criatura más charlatana del planeta ¡y no se la oye!
Cleven le clavó una mirada de serpiente.
—Bueno, es que estoy pensando.
—¿¡Pero qué es esto!? —volvió a exclamar el rubio con gran sorpresa.
—Oye, para ya de burlarte de mí —gruñó.
—Vale, ¿qué te pasa? —preguntó él, volviendo a caminar—. Suéltalo ya. Das miedo cuando estás tan callada, es como… antinatural.
—Tú sí que das miedo ahora, hablando tanto.
Oyó que Raijin emitía una risa suave, mientras le daba una calada a su cigarrillo. A Cleven seguía chocándole verlo sonreír y mucho más oírlo reír. Parecía un chico diferente ahora.
—Estaba dándole vueltas a todo esto. Todavía no entiendo cómo puedes ser mi tío.
Raijin la miró por encima del hombro, soltando una bocanada de humo de su cigarrillo.
—Sí, supongo que te he decepcionado.
—¡Qué va! ¡Todo lo contario! ¡Estás como un tren!
Raijin se detuvo de golpe, mirándola de arriba abajo con gran pasmo.
—Pero tú estás muy salida, ¿no?
—Ah… ¡No! —se apuró, agitando las manos con vergüenza—. No, me refería a que eres muy joven. ¿Es verdad que tú y yo ya nos conocíamos de pequeños? Yo debía de ser superpequeña, porque no me acuerdo nada de nada.
—Mm —dijo sin más.
Tampoco quería irse mucho de la lengua, debía tener cuidado con qué cosas le contaba y qué preguntas era seguro responderle o no. No era tan pequeña la última vez que estuvieron juntos en un mismo lugar, ella tenía 9 años y él 13 cuando Katya murió y la memoria de Cleven fue borrada. Raijin, aun así, tenía en cuenta las cosas que le llegó a contar en el cementerio, y decidió ser precavido con la información que Cleven pudiera recibir a partir de ahora.
—Pero Lex es nueve años mayor que yo —comentó Cleven—. Y cinco años mayor que tú. Él sí que debía de conocerte bien, y recordarte. Pero él nunca me dijo nada sobre ti en todos estos años. ¿Con mi hermano también llevas sin verte demasiados años? A lo mejor él te ha olvidado. ¿Tú te has olvidado de él? Bueno, porque hasta ahora tú no te acordabas ni siquiera de mí… tantos años sin contacto, supongo que produce eso. Pero… Es un poco raro todo esto, ¿no? Ningún contacto ni ningún recuerdo en años, ¿tan distanciado estabas de nosotros? No puede ser, porque mamá nunca habría permitido que te distanciaras de nosotros y…
—Haaahh… Ese silencio de antes, ya lo echo de menos —suspiró Raijin.
—¡Oye! —se ofendió.
—No le des tantas vueltas, Cleven. Las familias son complicadas, desde siempre, todas ellas. El pasado ya no importa.
—¡Pero es que quiero saber más cosas sobre ti!
—Pues pregunta cosas sobre mí, sencillas, que conciernan al tiempo presente.
—Mmm… —caviló—. ¿Hablas ruso?
—Obvio. Soy medio ruso —asintió Raijin.
—No es tan obvio. Pudiste no aprenderlo. Yo también tengo parte rusa pero no tengo ni idea de ruso.
—Pero sabes francés. Un segundo idioma con padres de diferentes nacionalidades es lo común. Un tercer idioma ya es menos común.
—¿La abuela Emiliya te hablaba en ruso de pequeño y el abuelo Hideki en japonés y así aprendiste? Así aprendimos mis hermanos y yo con el francés y el japonés.
—Sí. Tu abuela sólo me hablaba en ruso cuando era pequeño. Estaba muy orgullosa de sus raíces.
—Cuánto me habría gustado conocer al abuelo Hideki y a la abuela Emiliya. Murieron poco antes de que yo naciera. Tú entonces debías de tener 4 años. Lo siento, los perdiste tan pronto…
—Tranquila, ya lo superé —mintió, dando otra calada a su cigarro—. Y tenía a tu madre. Ella cuidó mucho de mí.
—¿La querías mucho?
—Más que a nadie —asintió—. Era la mejor.
—Sí… —sonrió Cleven con algo de tristeza, mirando hacia el frente—. Sí que lo era… Me pregunto si es por eso que te llevas mal con mi padre. ¿Se trata de celos?
Raijin se atragantó un poco con el humo y tosió disimuladamente, algo sonrojado.
—No, qué tontería —gruñó—. El problema que hay entre él y yo es otra historia más complicada. Y no te concierne.
—Vale, vale, no te pongas así —sonrió con sorna.
—Pero eso no quiere decir que yo te apoye a ti totalmente en su contra —se detuvo un momento para mirarla a los ojos—. No voy a interponerme entre él y tú, Cleven. Debes tener esto en cuenta desde ahora. Vivirás conmigo. Pero él sigue siendo tu padre, el que decide sobre ti sobre lo que te conviene o no. De hecho, no vas a vivir conmigo sólo porque tú y yo queramos, sino también porque tu padre nos ha dado permiso a ambos. Ha cedido por ti. Para complacerte.
Cleven abrió los ojos con sorpresa, pero no dijo nada.
—Tú también tienes una mala relación con él y a mí no me concierne —prosiguió Raijin—. Me puedes contar tus problemas y quejas con él, buscar mi consejo o lo que sea, pero no me posicionaré al lado de ninguno para estar en contra del otro. ¿Lo entiendes?
—Sí…
—Por eso… creo que es mi obligación, como tío tuyo que se preocupa por tus problemas y por que tengas una saludable relación con todo el mundo, aconsejarte que arregles este conflicto actual con tu padre lo antes posible y no dejarlo pasar.
—Pero es que me regañará y no me dejará hablar y…
—Lo que has hecho es algo muy injusto para él, Cleven.
—Él también ha sido injusto conmigo —refunfuñó, cruzándose de brazos—. Regañándome por faltar un par de días a clase. Prohibiéndome salir con los chicos que me interesan porque se cree adivino y se cree que sabe si son buenos para mí o no. Vigilándome todo el tiempo todo lo que hago o dejo de hacer…
—Dime una cosa. ¿Qué es lo más valioso que has tenido bajo tu cuidado y has perdido?
—¿Que he tenido bajo mi cuidado y he perdido? Pues… —pensó un rato—. Bueno, cuando era pequeña, teníamos un perro. Lo tuvimos solamente durante dos años. Yo lo cuidaba y lo adoraba, pero un día se escapó. Nunca entendí por qué, y nunca lo volví a ver. Me pasé noches sin dormir, me puse muy tris… ¡Eh! —saltó de pronto, y le apuntó con un dedo acusador—. Esto me suena a analogía.
—Lo del perro podría servir como ejemplo —titubeó Raijin, tocándose la barbilla—. Pero le falta mucho para poder compararse con un hijo.
La joven puso una mueca de sorpresa, comprendiendo al instante. Otra cosa que le sorprendía era oír hablar a Raijin de aquella forma. El Raijin que conocía era muy callado y pasota, y ahora lo veía muy maduro para ese tema, demasiado para su edad.
—Lex se fue de casa después de morir Katya, ¿verdad? —dijo el rubio—. Recordarás cómo se puso tu padre después de eso, ¿no? Yo no estuve, claro, pero conociendo a Neuval, estoy seguro de que no le sentó nada bien.
—No, la verdad es que no —afirmó Cleven amargamente—. Ahora que me acuerdo... papá estuvo un montón de tiempo supertriste cuando Lex se fue.
—Y después de Lex te vas tú...
—Vale, vale —le cortó, molesta—. No es justo para papá lo que he hecho. Tendré que... hablar con él.
—Esa es una decisión muy racional —asintió el rubio, satisfecho, adentrándose en los jardines que enfrentaban la fachada del edificio donde vivía y tirando el cigarrillo apagado a una papelera.
—¿A dónde se fue? —preguntó ella—. ¿Después de que hablarais? No lo entiendo, creía que en vez de tú vendría él.
—Me parece que, aparte de estar buscándote, ha estado muy ocupado con otros asuntos. Se ha visto obligado… a irse a zanjar un problema.
—Ah... —comprendió Cleven con cierto sarcasmo—. Sí, al parecer es alguien importante con muchas cosas que hacer. Con el trabajo que tiene... Siempre trabajando.
Raijin disimuló y procuró no explicar ni aclarar más cosas, por si acaso lo acababa complicando. A pesar de todo, respetaba el deseo de Neuval de seguir en la estricta línea de no involucrar a Cleven ni revelarle nada sobre los iris. En el fondo, Raijin sabía que Neuval le había dejado quedarse con Cleven por tres razones: porque ahora mismo él estaba en una situación muy grave con su propio majin y con un juicio pendiente y con un asesinato de 12 personas a sus espaldas intrigando a la policía; porque sabía, y tenía que reconocer, que Raijin era la persona con la que Cleven podía estar más protegida y a salvo de peligros o gente mala; y porque Neuval se había dado cuenta de que Cleven había estado caminando por el borde de un precipicio, un precipicio por el que él mismo había estado cayendo años, y no deseaba por nada en el mundo que ella acabara como él, cayendo en una depresión que en su caso humano sería sin duda irreversible. Y este cambio de vida era lo que iba a salvarla de eso.
Neuval sabía que no todos los peligros de la vida consistían en caerse físicamente por un agujero de la calle, o cruzarse con algún borracho violento o un delincuente, o con un conductor despistado o con un tsunami... Había otros peligros que acechaban y vulneraban a la mente, y Neuval los conocía porque los había sufrido todos desde que nació.
—¡Oh! —exclamó Cleven cuando llegaron al portal del edificio.
La puerta volvía a estar en su sitio, arreglada, como nueva. Raijin suspiró con alivio. Antes de salir a buscar a Cleven había mandado un mensaje a Pipi, el líder de la SRS, para pedirle el favor de usar a sus almaati para que arreglaran la puerta. Como la KRS dejó de tener almaati tras la tragedia de Katya y el exilio de Fuujin, cuando necesitaban limpiar destrozos o borrar pistas de su actividad iris, no tenían más remedio que pedírselos prestados a la SRS. Raijin no quería más problemas de los que ya habían rebosado ese día, y el incidente de la puerta, por muy pequeño que fuera, era mejor zanjarlo cuanto antes. Al parecer, mientras había estado por ahí con Cleven, los almaati de Pipi ya la habían venido a arreglar, haciéndose pasar por técnicos, como era habitual en “trabajos” ante posibles ojos de humanos inocentes.
—¡Menos mal, Raijin! —le sonrió Cleven, que había ido a comprobar que la puerta se abría y cerraba perfectamente—. Tenéis un buen servicio técnico en este edificio. No se habrán dado cuenta de que has sido tú ni nada.
Él asintió en silencio mientras escribía un mensaje en su móvil y entraba al interior del portal y se dirigía a los buzones. Le envió un mensaje de gratitud a Pipi y que ya le pagaría los gastos correspondientes. Fue entonces cuando vio que tenía unas cinco llamadas perdidas del número de Yako. Abrió los ojos con pasmo, ¡lo había olvidado, con la locura de tarde que había pasado! Luego vio que Yako había terminado escribiéndole un mensaje todo con mayúsculas que decía: “¡Raijin, no vayas a ver a Cleven, no estés con ella, no contactes con ella, no te acerques a ella hasta que yo hable contigo! ¡Ven a verme de inmediato cuando leas esto! ¡Debo explicarte algo urgente, pero no puedo decírtelo por aquí, lo tengo que hacer en persona para evaluar el estado de tu memoria y no provocar una mala reacción en tu iris, porque es un dato extremadamente importante que puede perjudicar tu memoria!”.
El rubio se quedó un minuto entero ahí mirando la pantalla sin parpadear, quieto como una estatua. Cleven, parada ahí cerca de la puerta, se preguntó qué demonios pasaba, y se cansó de cargar con su mochila de ropa y la dejó sobre el suelo. Raijin acabó entendiendo que Yako lo sabía todo. Que lo sabía desde hace tiempo.
—¡Lo mato! —exclamó de pronto.
—¿Qué ocurre? —se sorprendió Cleven.
Raijin seguía con esa cara enfadada pero también con las mejillas algo rojas de vergüenza y se apresuró a escribirle a Yako una respuesta: “Ya hablaremos mañana”. Después dejó el móvil y se frotó los ojos, suspirando agotado. Cleven observó eso una vez más. Ese cansancio que él siempre arrastraba, esa falta de sueño. Se acercó a él y le agarró un brazo. El chico la miró algo sorprendido.
—No te preocupes más, Raijin. Sea lo que sea que te quite horas de sueño, yo te voy a ayudar en lo que haga falta para que tengas tiempo de descansar. Cocinar se me da de pena, pero puedo limpiar, ordenar, hacer la compra, o recados…
El rubio relajó los hombros. No pudo evitar dibujar una pequeña sonrisa cálida. Ojalá fuera tan sencillo. Ojalá solamente se tratase de esas tareas. Pero es cierto que Cleven podía facilitarle un poquito la vida a partir de ahora, viviendo juntos y ayudándolo al menos con esas cosas cotidianas.
—No hace falta que me sigas llamando así —le dijo él.
—¡Oh! Hahah… es la costumbre —se rio ella—. Pero se me hace realmente extraño llamarte “tío Brey”. Aunque lo prefiero. También, si tú lo prefieres —volvió a echarse la mochila al hombro—, te puedo llamar “señor Smirkov”. ¿Usas el apellido de la abuela para hacer cosas clandestinas y anónimas?
Raijin frunció el ceño. No tardó en adivinar a qué se refería.
—¿Has ido a…? ¿Has conocido a Hiroyuki? —preguntó sorprendido, y ella asintió alegremente—. Cleven… ¿cómo llegaste a obtener información sobre mí?
—Rebusqué en las cosas de mamá y vi en sus viejos papeles un examen de escritura con tu nombre, hecho en el centro Tomonari. Entonces me colé en el registro del instituto. Ahí vi tu ficha y la dirección de tu supuesta vivienda. Fui a esa dirección ayer por la mañana. Me abrió la puerta el señor Hiroyuki Kitano, y me contó que aquello era una casa de acogida de niños, por segunda vez, porque la primera vez estaba dirigida por un matrimonio malo que cuidaba mal de los niños que acogían. Hasta que alguien los denunció y fueron a la cárcel… y años después, un buen samaritano anónimo compró la casa, la reformó e hizo un contrato de convenio con él y su mujer, auténticos cuidadores sociales, para seguir acogiendo niños y cuidarlos debidamente.
Raijin se la quedó mirando fijamente un rato. «Esta majara sigue siendo tan peligrosa ahora como cuando era pequeña…» pensó. «Voy a tener que vigilar bien su habilidad para meter las narices en todo lo que se proponga».
—¿Estaba bien? —preguntó el chico.
—¿Ese señor? ¡De maravilla! Fue muy simpático y estaba muy contento de trabajar ahí. Se oían las voces y las risas de los niños por el jardín trasero. —Vio que su tío puso una mueca conforme, y sacó la llave del buzón para comprobar el correo—. Mm… tío Brey… —lo llamó con un tono más apaciguado—. Tú eras uno de esos niños a los que cuidaron mal en la anterior casa de acogida, ¿no?
Raijin sacó unas pocas cartas y las revisó tranquilamente.
—No te preocupes, no fue tan grave como algunos se imaginan. Las cosas comenzaron a ir mal el último año que estuve allí. Al principio, aquellos tutores hacían bien su trabajo, hasta que él se metió en problemas de dinero con el juego, lo que provocó que ella se volviera adicta a los calmantes… y luego al alcohol… Empezaron a darnos de comer cada vez menos, y a comprarnos cada vez menos ropa y objetos necesarios. Él se endeudó más, lo que acabó estresándolo, de ahí padeció insomnio, y de ahí empezó a volverse un poco violento. Yo era el mayor de los cinco niños que estábamos allí, y ambos solían descargar sus problemas sobre mí, con gritos, algunas bofetadas, agarrones…
—Tío… —murmuró apenada.
—Lo soporté porque no quería que Katya se enterase ni se preocupase. Y porque creía que sería temporal, que él un día acabaría resolviendo sus deudas y así la actitud de ambos mejoraría. Pero cuando un día presencié cómo agredían a dos de los otros niños porque habían roto un vaso, no lo toleré más y los denuncié.
—Hiciste muy bien —sonrió.
El chico le hizo un gesto, señalando los dos ascensores, para tomar uno de ellos. Cleven fue corriendo a apretar el botón.
—Excepto por lo de mentirle a mi madre —añadió ella.
—Después de la denuncia, tenía pensado contárselo todo. Pero… —suspiró, y no terminó la frase.
Cleven entendió. Para entonces, su madre ya había fallecido misteriosamente. Misteriosamente para todos, menos para Cleven, porque su padre le había modificado la memoria y le había cultivado el recuerdo de que su madre murió por accidente en un terremoto que sacudió Tokio hace siete años. Era una verdad a medias. Más bien, una cuarta parte de la verdad.
—Todavía hay muchas cosas que no entiendo del pasado —declaró ella mientras subían por el ascensor.
—Habíamos quedado en preguntas sencillas y actuales.
—¿Qué tipo de médico eres? ¿O vas a ser?
—Traumatólogo.
—¡Oh! Me viene genial. Me caigo mucho de la cama mientras duermo, porque tengo sueños muy movidos. Si un día me rompo un brazo, tú me lo arreglarás.
—Mejor te coloco un puñado de cojines en el suelo junto a la cama y punto —repuso él, mientras llegaban a la puerta B del quinto piso.
Tras pasar siete años viviendo en la misma rutina, en siete días se había escapado de casa, había conocido gente nueva, había estado sola en un hotel, había visto cosas extrañas, se había enamorado por error y había vivido algo insólito. Cleven recapacitó sobre todo lo que le había pasado. Del enfado a la alegría, de la alegría a la felicidad, de la felicidad al drama y del drama de nuevo a una felicidad, diferente a la anterior, pero incluso igual de grande.
Esos días no los cambiaría por nada, y mucho menos los que venían por delante. Iba a vivir con su tío, casi no podía creérselo. No tenía el comienzo feliz y perfecto con el que había soñado, pero un comienzo agridulce e incómodo seguía siendo una experiencia interesante, y tenía la esperanza de que evolucionase a mejor. Ella misma se lo aconsejó a él, horas antes: había que intentar, probar.
Con la cantidad de cosas que habían pasado esa semana, Cleven tenía la sensación de que había sido mucho más largo que una semana. Y ahora que estaba en un punto final, cerrando un capítulo, mirando atrás, no podía terminar de asimilar por completo cómo estaba antes de esa semana y cómo estaba ahora. La diferencia era enorme. Y eso le daba justo el cosquilleo que llevaba años anhelando, una novedad, un cambio… un inconsciente paso hacia la verdad. Hacia una verdad que una vez fue suya y no recordaba. Porque había que apuntar que Cleven todavía no sabía en qué mundo se había metido. Por una buena razón su padre la sacó de él. Sin embargo, su padre tampoco sabía la razón especial por la que Cleven debía pertenecer a ese mundo. Borró de ella algo más que su memoria, sin saberlo.
Se había hecho muy tarde. Habían pasado por el hotel para que Cleven recogiera su maleta con todas sus cosas y para confirmar su salida. Ahora iban de regreso a donde vivía Raijin. Y hasta ahora, apenas habían hablado. Simplemente se habían concentrado en recoger las cosas de ella. Claramente, cada uno estaba todavía lidiando con la nueva situación. Sí, ellos mismos la habían escogido y decidido, pero seguía siendo algo en lo que aún ambos se estaban mentalizando.
«No puedo creerlo aún» cavilaba ella, caminando por la calle detrás del rubio, sin parar de observarlo. «¿Cómo puedo tener un tío solamente cuatro años mayor que yo? En la vida me habría imaginado que mamá tuvo un hermano con tanta diferencia de edad. ¡Si hasta mi hermano es mayor que él! Parece ser que los abuelos Hideki y Emiliya estaban todavía en buena forma a los cuarenta y muchos. ¡Qué buenos genes, Dios mío! No es sólo que mamá en vida y el tío Brey gocen de buena salud, ¡es que son guapísimos, hermosos!» suspiró como una boba.
Vivir con él, ¿cómo sería? Ella siempre se había imaginado a su tío como un hombre cuarentón, barrigudo y con barba, con sentido del humor y demás, como un estereotipo de tío. También se lo imaginaba con una familia, o bien soltero, con un trabajo normal y una vida normal. Pero resultaba ser un chaval de 20 años, estudiante de segundo año de Medicina y que vivía su vida a su aire. Como un universitario corriente y moliente. Sólo había una cosa de él que Cleven ignoraba por ahora, además del iris.
«Será genial. Estoy segura de que con él tendré más libertad, más espacio mental y más tranquilidad. Papá no me vigilará tanto estando al cuidado de otra persona. Podré ir más a mi aire. El tío Brey tiene una edad muy cercana a la mía. Aunque sea un chico huraño y frío, con él me resultará más fácil hablar de las cosas. Además, al parecer se ha abierto mucho más a mí al saber que soy su sobrina».
«Seguro que él me entenderá mucho mejor que papá. Papá no tiene ni idea de cómo me he estado sintiendo desde que mamá murió. A él sólo le afectó un tiempo y ya. A él sólo le importa el trabajo en su empresa. Tío Brey dice que papá estaba asustado de que me hubiese pasado algo malo porque me quiere, pero… no sé… Puede que sea verdad que papá me quiera un poco, pero sigue sin entenderme. Papá ha tenido una vida fácil. Con su inteligencia, nunca le ha costado estudiar y triunfar en un trabajo y ganar dinero. Seguro que siempre lo tuvo todo desde pequeño, seguro que siempre lo trataron como a un príncipe, porque es don Perfecto y sin defectos, y nunca se ha manchado las manos. Pero yo soy todo lo contrario a “perfecta”, soy todo lo contrario de Lex, de Yenkis y de papá. Por eso, soy una decepción para papá. Y estoy harta de sentirlo cada día».
—¿Qué es esto? —preguntó Raijin de repente, parándose en medio de la acera, poniendo una exagerada mueca de terror.
—¿¡El qué!? —se asustó Cleven.
—Este silencio… —miró en derredor—. Estoy al lado de la criatura más charlatana del planeta ¡y no se la oye!
Cleven le clavó una mirada de serpiente.
—Bueno, es que estoy pensando.
—¿¡Pero qué es esto!? —volvió a exclamar el rubio con gran sorpresa.
—Oye, para ya de burlarte de mí —gruñó.
—Vale, ¿qué te pasa? —preguntó él, volviendo a caminar—. Suéltalo ya. Das miedo cuando estás tan callada, es como… antinatural.
—Tú sí que das miedo ahora, hablando tanto.
Oyó que Raijin emitía una risa suave, mientras le daba una calada a su cigarrillo. A Cleven seguía chocándole verlo sonreír y mucho más oírlo reír. Parecía un chico diferente ahora.
—Estaba dándole vueltas a todo esto. Todavía no entiendo cómo puedes ser mi tío.
Raijin la miró por encima del hombro, soltando una bocanada de humo de su cigarrillo.
—Sí, supongo que te he decepcionado.
—¡Qué va! ¡Todo lo contario! ¡Estás como un tren!
Raijin se detuvo de golpe, mirándola de arriba abajo con gran pasmo.
—Pero tú estás muy salida, ¿no?
—Ah… ¡No! —se apuró, agitando las manos con vergüenza—. No, me refería a que eres muy joven. ¿Es verdad que tú y yo ya nos conocíamos de pequeños? Yo debía de ser superpequeña, porque no me acuerdo nada de nada.
—Mm —dijo sin más.
Tampoco quería irse mucho de la lengua, debía tener cuidado con qué cosas le contaba y qué preguntas era seguro responderle o no. No era tan pequeña la última vez que estuvieron juntos en un mismo lugar, ella tenía 9 años y él 13 cuando Katya murió y la memoria de Cleven fue borrada. Raijin, aun así, tenía en cuenta las cosas que le llegó a contar en el cementerio, y decidió ser precavido con la información que Cleven pudiera recibir a partir de ahora.
—Pero Lex es nueve años mayor que yo —comentó Cleven—. Y cinco años mayor que tú. Él sí que debía de conocerte bien, y recordarte. Pero él nunca me dijo nada sobre ti en todos estos años. ¿Con mi hermano también llevas sin verte demasiados años? A lo mejor él te ha olvidado. ¿Tú te has olvidado de él? Bueno, porque hasta ahora tú no te acordabas ni siquiera de mí… tantos años sin contacto, supongo que produce eso. Pero… Es un poco raro todo esto, ¿no? Ningún contacto ni ningún recuerdo en años, ¿tan distanciado estabas de nosotros? No puede ser, porque mamá nunca habría permitido que te distanciaras de nosotros y…
—Haaahh… Ese silencio de antes, ya lo echo de menos —suspiró Raijin.
—¡Oye! —se ofendió.
—No le des tantas vueltas, Cleven. Las familias son complicadas, desde siempre, todas ellas. El pasado ya no importa.
—¡Pero es que quiero saber más cosas sobre ti!
—Pues pregunta cosas sobre mí, sencillas, que conciernan al tiempo presente.
—Mmm… —caviló—. ¿Hablas ruso?
—Obvio. Soy medio ruso —asintió Raijin.
—No es tan obvio. Pudiste no aprenderlo. Yo también tengo parte rusa pero no tengo ni idea de ruso.
—Pero sabes francés. Un segundo idioma con padres de diferentes nacionalidades es lo común. Un tercer idioma ya es menos común.
—¿La abuela Emiliya te hablaba en ruso de pequeño y el abuelo Hideki en japonés y así aprendiste? Así aprendimos mis hermanos y yo con el francés y el japonés.
—Sí. Tu abuela sólo me hablaba en ruso cuando era pequeño. Estaba muy orgullosa de sus raíces.
—Cuánto me habría gustado conocer al abuelo Hideki y a la abuela Emiliya. Murieron poco antes de que yo naciera. Tú entonces debías de tener 4 años. Lo siento, los perdiste tan pronto…
—Tranquila, ya lo superé —mintió, dando otra calada a su cigarro—. Y tenía a tu madre. Ella cuidó mucho de mí.
—¿La querías mucho?
—Más que a nadie —asintió—. Era la mejor.
—Sí… —sonrió Cleven con algo de tristeza, mirando hacia el frente—. Sí que lo era… Me pregunto si es por eso que te llevas mal con mi padre. ¿Se trata de celos?
Raijin se atragantó un poco con el humo y tosió disimuladamente, algo sonrojado.
—No, qué tontería —gruñó—. El problema que hay entre él y yo es otra historia más complicada. Y no te concierne.
—Vale, vale, no te pongas así —sonrió con sorna.
—Pero eso no quiere decir que yo te apoye a ti totalmente en su contra —se detuvo un momento para mirarla a los ojos—. No voy a interponerme entre él y tú, Cleven. Debes tener esto en cuenta desde ahora. Vivirás conmigo. Pero él sigue siendo tu padre, el que decide sobre ti sobre lo que te conviene o no. De hecho, no vas a vivir conmigo sólo porque tú y yo queramos, sino también porque tu padre nos ha dado permiso a ambos. Ha cedido por ti. Para complacerte.
Cleven abrió los ojos con sorpresa, pero no dijo nada.
—Tú también tienes una mala relación con él y a mí no me concierne —prosiguió Raijin—. Me puedes contar tus problemas y quejas con él, buscar mi consejo o lo que sea, pero no me posicionaré al lado de ninguno para estar en contra del otro. ¿Lo entiendes?
—Sí…
—Por eso… creo que es mi obligación, como tío tuyo que se preocupa por tus problemas y por que tengas una saludable relación con todo el mundo, aconsejarte que arregles este conflicto actual con tu padre lo antes posible y no dejarlo pasar.
—Pero es que me regañará y no me dejará hablar y…
—Lo que has hecho es algo muy injusto para él, Cleven.
—Él también ha sido injusto conmigo —refunfuñó, cruzándose de brazos—. Regañándome por faltar un par de días a clase. Prohibiéndome salir con los chicos que me interesan porque se cree adivino y se cree que sabe si son buenos para mí o no. Vigilándome todo el tiempo todo lo que hago o dejo de hacer…
—Dime una cosa. ¿Qué es lo más valioso que has tenido bajo tu cuidado y has perdido?
—¿Que he tenido bajo mi cuidado y he perdido? Pues… —pensó un rato—. Bueno, cuando era pequeña, teníamos un perro. Lo tuvimos solamente durante dos años. Yo lo cuidaba y lo adoraba, pero un día se escapó. Nunca entendí por qué, y nunca lo volví a ver. Me pasé noches sin dormir, me puse muy tris… ¡Eh! —saltó de pronto, y le apuntó con un dedo acusador—. Esto me suena a analogía.
—Lo del perro podría servir como ejemplo —titubeó Raijin, tocándose la barbilla—. Pero le falta mucho para poder compararse con un hijo.
La joven puso una mueca de sorpresa, comprendiendo al instante. Otra cosa que le sorprendía era oír hablar a Raijin de aquella forma. El Raijin que conocía era muy callado y pasota, y ahora lo veía muy maduro para ese tema, demasiado para su edad.
—Lex se fue de casa después de morir Katya, ¿verdad? —dijo el rubio—. Recordarás cómo se puso tu padre después de eso, ¿no? Yo no estuve, claro, pero conociendo a Neuval, estoy seguro de que no le sentó nada bien.
—No, la verdad es que no —afirmó Cleven amargamente—. Ahora que me acuerdo... papá estuvo un montón de tiempo supertriste cuando Lex se fue.
—Y después de Lex te vas tú...
—Vale, vale —le cortó, molesta—. No es justo para papá lo que he hecho. Tendré que... hablar con él.
—Esa es una decisión muy racional —asintió el rubio, satisfecho, adentrándose en los jardines que enfrentaban la fachada del edificio donde vivía y tirando el cigarrillo apagado a una papelera.
—¿A dónde se fue? —preguntó ella—. ¿Después de que hablarais? No lo entiendo, creía que en vez de tú vendría él.
—Me parece que, aparte de estar buscándote, ha estado muy ocupado con otros asuntos. Se ha visto obligado… a irse a zanjar un problema.
—Ah... —comprendió Cleven con cierto sarcasmo—. Sí, al parecer es alguien importante con muchas cosas que hacer. Con el trabajo que tiene... Siempre trabajando.
Raijin disimuló y procuró no explicar ni aclarar más cosas, por si acaso lo acababa complicando. A pesar de todo, respetaba el deseo de Neuval de seguir en la estricta línea de no involucrar a Cleven ni revelarle nada sobre los iris. En el fondo, Raijin sabía que Neuval le había dejado quedarse con Cleven por tres razones: porque ahora mismo él estaba en una situación muy grave con su propio majin y con un juicio pendiente y con un asesinato de 12 personas a sus espaldas intrigando a la policía; porque sabía, y tenía que reconocer, que Raijin era la persona con la que Cleven podía estar más protegida y a salvo de peligros o gente mala; y porque Neuval se había dado cuenta de que Cleven había estado caminando por el borde de un precipicio, un precipicio por el que él mismo había estado cayendo años, y no deseaba por nada en el mundo que ella acabara como él, cayendo en una depresión que en su caso humano sería sin duda irreversible. Y este cambio de vida era lo que iba a salvarla de eso.
Neuval sabía que no todos los peligros de la vida consistían en caerse físicamente por un agujero de la calle, o cruzarse con algún borracho violento o un delincuente, o con un conductor despistado o con un tsunami... Había otros peligros que acechaban y vulneraban a la mente, y Neuval los conocía porque los había sufrido todos desde que nació.
—¡Oh! —exclamó Cleven cuando llegaron al portal del edificio.
La puerta volvía a estar en su sitio, arreglada, como nueva. Raijin suspiró con alivio. Antes de salir a buscar a Cleven había mandado un mensaje a Pipi, el líder de la SRS, para pedirle el favor de usar a sus almaati para que arreglaran la puerta. Como la KRS dejó de tener almaati tras la tragedia de Katya y el exilio de Fuujin, cuando necesitaban limpiar destrozos o borrar pistas de su actividad iris, no tenían más remedio que pedírselos prestados a la SRS. Raijin no quería más problemas de los que ya habían rebosado ese día, y el incidente de la puerta, por muy pequeño que fuera, era mejor zanjarlo cuanto antes. Al parecer, mientras había estado por ahí con Cleven, los almaati de Pipi ya la habían venido a arreglar, haciéndose pasar por técnicos, como era habitual en “trabajos” ante posibles ojos de humanos inocentes.
—¡Menos mal, Raijin! —le sonrió Cleven, que había ido a comprobar que la puerta se abría y cerraba perfectamente—. Tenéis un buen servicio técnico en este edificio. No se habrán dado cuenta de que has sido tú ni nada.
Él asintió en silencio mientras escribía un mensaje en su móvil y entraba al interior del portal y se dirigía a los buzones. Le envió un mensaje de gratitud a Pipi y que ya le pagaría los gastos correspondientes. Fue entonces cuando vio que tenía unas cinco llamadas perdidas del número de Yako. Abrió los ojos con pasmo, ¡lo había olvidado, con la locura de tarde que había pasado! Luego vio que Yako había terminado escribiéndole un mensaje todo con mayúsculas que decía: “¡Raijin, no vayas a ver a Cleven, no estés con ella, no contactes con ella, no te acerques a ella hasta que yo hable contigo! ¡Ven a verme de inmediato cuando leas esto! ¡Debo explicarte algo urgente, pero no puedo decírtelo por aquí, lo tengo que hacer en persona para evaluar el estado de tu memoria y no provocar una mala reacción en tu iris, porque es un dato extremadamente importante que puede perjudicar tu memoria!”.
El rubio se quedó un minuto entero ahí mirando la pantalla sin parpadear, quieto como una estatua. Cleven, parada ahí cerca de la puerta, se preguntó qué demonios pasaba, y se cansó de cargar con su mochila de ropa y la dejó sobre el suelo. Raijin acabó entendiendo que Yako lo sabía todo. Que lo sabía desde hace tiempo.
—¡Lo mato! —exclamó de pronto.
—¿Qué ocurre? —se sorprendió Cleven.
Raijin seguía con esa cara enfadada pero también con las mejillas algo rojas de vergüenza y se apresuró a escribirle a Yako una respuesta: “Ya hablaremos mañana”. Después dejó el móvil y se frotó los ojos, suspirando agotado. Cleven observó eso una vez más. Ese cansancio que él siempre arrastraba, esa falta de sueño. Se acercó a él y le agarró un brazo. El chico la miró algo sorprendido.
—No te preocupes más, Raijin. Sea lo que sea que te quite horas de sueño, yo te voy a ayudar en lo que haga falta para que tengas tiempo de descansar. Cocinar se me da de pena, pero puedo limpiar, ordenar, hacer la compra, o recados…
El rubio relajó los hombros. No pudo evitar dibujar una pequeña sonrisa cálida. Ojalá fuera tan sencillo. Ojalá solamente se tratase de esas tareas. Pero es cierto que Cleven podía facilitarle un poquito la vida a partir de ahora, viviendo juntos y ayudándolo al menos con esas cosas cotidianas.
—No hace falta que me sigas llamando así —le dijo él.
—¡Oh! Hahah… es la costumbre —se rio ella—. Pero se me hace realmente extraño llamarte “tío Brey”. Aunque lo prefiero. También, si tú lo prefieres —volvió a echarse la mochila al hombro—, te puedo llamar “señor Smirkov”. ¿Usas el apellido de la abuela para hacer cosas clandestinas y anónimas?
Raijin frunció el ceño. No tardó en adivinar a qué se refería.
—¿Has ido a…? ¿Has conocido a Hiroyuki? —preguntó sorprendido, y ella asintió alegremente—. Cleven… ¿cómo llegaste a obtener información sobre mí?
—Rebusqué en las cosas de mamá y vi en sus viejos papeles un examen de escritura con tu nombre, hecho en el centro Tomonari. Entonces me colé en el registro del instituto. Ahí vi tu ficha y la dirección de tu supuesta vivienda. Fui a esa dirección ayer por la mañana. Me abrió la puerta el señor Hiroyuki Kitano, y me contó que aquello era una casa de acogida de niños, por segunda vez, porque la primera vez estaba dirigida por un matrimonio malo que cuidaba mal de los niños que acogían. Hasta que alguien los denunció y fueron a la cárcel… y años después, un buen samaritano anónimo compró la casa, la reformó e hizo un contrato de convenio con él y su mujer, auténticos cuidadores sociales, para seguir acogiendo niños y cuidarlos debidamente.
Raijin se la quedó mirando fijamente un rato. «Esta majara sigue siendo tan peligrosa ahora como cuando era pequeña…» pensó. «Voy a tener que vigilar bien su habilidad para meter las narices en todo lo que se proponga».
—¿Estaba bien? —preguntó el chico.
—¿Ese señor? ¡De maravilla! Fue muy simpático y estaba muy contento de trabajar ahí. Se oían las voces y las risas de los niños por el jardín trasero. —Vio que su tío puso una mueca conforme, y sacó la llave del buzón para comprobar el correo—. Mm… tío Brey… —lo llamó con un tono más apaciguado—. Tú eras uno de esos niños a los que cuidaron mal en la anterior casa de acogida, ¿no?
Raijin sacó unas pocas cartas y las revisó tranquilamente.
—No te preocupes, no fue tan grave como algunos se imaginan. Las cosas comenzaron a ir mal el último año que estuve allí. Al principio, aquellos tutores hacían bien su trabajo, hasta que él se metió en problemas de dinero con el juego, lo que provocó que ella se volviera adicta a los calmantes… y luego al alcohol… Empezaron a darnos de comer cada vez menos, y a comprarnos cada vez menos ropa y objetos necesarios. Él se endeudó más, lo que acabó estresándolo, de ahí padeció insomnio, y de ahí empezó a volverse un poco violento. Yo era el mayor de los cinco niños que estábamos allí, y ambos solían descargar sus problemas sobre mí, con gritos, algunas bofetadas, agarrones…
—Tío… —murmuró apenada.
—Lo soporté porque no quería que Katya se enterase ni se preocupase. Y porque creía que sería temporal, que él un día acabaría resolviendo sus deudas y así la actitud de ambos mejoraría. Pero cuando un día presencié cómo agredían a dos de los otros niños porque habían roto un vaso, no lo toleré más y los denuncié.
—Hiciste muy bien —sonrió.
El chico le hizo un gesto, señalando los dos ascensores, para tomar uno de ellos. Cleven fue corriendo a apretar el botón.
—Excepto por lo de mentirle a mi madre —añadió ella.
—Después de la denuncia, tenía pensado contárselo todo. Pero… —suspiró, y no terminó la frase.
Cleven entendió. Para entonces, su madre ya había fallecido misteriosamente. Misteriosamente para todos, menos para Cleven, porque su padre le había modificado la memoria y le había cultivado el recuerdo de que su madre murió por accidente en un terremoto que sacudió Tokio hace siete años. Era una verdad a medias. Más bien, una cuarta parte de la verdad.
—Todavía hay muchas cosas que no entiendo del pasado —declaró ella mientras subían por el ascensor.
—Habíamos quedado en preguntas sencillas y actuales.
—¿Qué tipo de médico eres? ¿O vas a ser?
—Traumatólogo.
—¡Oh! Me viene genial. Me caigo mucho de la cama mientras duermo, porque tengo sueños muy movidos. Si un día me rompo un brazo, tú me lo arreglarás.
—Mejor te coloco un puñado de cojines en el suelo junto a la cama y punto —repuso él, mientras llegaban a la puerta B del quinto piso.
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