1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Cleven y Nakuru se disponían a salir del centro comercial de Shibuya, puesto que iban a cerrar en pocos minutos, pero no había prisa. Nakuru agradeció haber podido pasar la tarde con ella. Aparte de tener que cumplir con sus obligaciones como iris, que eran las que más ocupada la tenían, le satisfacía volver a la rutina que tanto quería, uno de sus pasatiempos favoritos era pasar el rato con Cleven y Raven.
Como Raven seguía en San Francisco con sus padres y abuelos, la cosa no había estado tan animada como otras veces, dado que la afroamericana despertaba toda su marcha al salir por ahí con ellas. Eran tres amigas con gustos muy distintos: Raven se había convertido, al mudarse el año anterior a Japón, en una verdadera gal, amante de la moda, de la fiesta y de los chicos, siempre soñadora y alegre. Nakuru era punk y Cleven no se consideraba dentro de ningún estilo en especial, y aun así las tres congeniaban como hermanas.
Era algo curioso de este mundo, personas que eran muy diferentes entre sí podían ser tan compatibles como no serlo. Entonces, no dependía de la forma de ser de cada uno, sino, más bien, de la disposición de cada uno de aceptar a los demás.
Mientras Cleven había acabado con un sinfín de bolsas en las manos llenas de ropa, Nakuru sólo se había comprado una gargantilla de correa negra con un colgante y un nuevo piercing para la parte de debajo de su labio inferior; no era muy de comprar demasiadas cosas de golpe, le parecía irracional.
Aún había bastante gente por allí, visitando las tiendas que aún no habían cerrado. Había todo tipo de tribus urbanas. Y perfectamente, cualquiera de ellos podía ser un iris o un almaati.
—Dime, Cleven —dijo Nakuru mientras bajan las escaleras mecánicas, observando sus bolsas—, ¿te queda dinero suficiente para seguir establecida en el hotel después de haberte comprado el Yunion entero? Te has comprado lo más caro, como siempre.
—Ah, bueno —sonrió avergonzada—. Lo cierto es que no lo he tenido muy en cuenta. Supongo que estoy acostumbrada a tener un padre millonario. Aunque... lo cierto es que mi padre siempre nos ha insistido a mis hermanos y a mí que no desperdiciemos el dinero y que aprendamos a ganárnoslo. Hmpf... —bufó—. No lo entiendo, seguro que él ha vivido toda su vida rodeado de dinero y lujos y que no le cuesta nada ganarlo en su empresa.
Nakuru se limitó a morderse la lengua.
—Creo que todavía me quedará algo para... —titubeó Cleven, sacando el monedero de su bolso con la boca, ya que tenía las manos ocupadas, y Nakuru lo cogió y lo abrió para que su amiga viera—... mm… para sólo un día más, hahah...
—Dios mío, Cleven —le reprochó—. Deberías tener más cuidado, ¿qué vas a hacer cuando se te agote el dinero? —preguntó, e hizo una pausa, mirándola detenidamente—. ¿Te has acordado de seguir buscando a tu tío?
—¡Ayyy! —berreó como una loca—. Debería haber llamado esta tarde otra vez… ¡Pero es que me he dejado llevar demasiado por mis cosas! Me siento tan a gusto fuera de casa, y saliendo con Yako y esta gente, y contigo, que me he olvidado de lo que vengo a hacer en realidad. ¡Wahy!
Cleven no se había dado cuenta de que las escaleras mecánicas habían acabado y casi se tropezó ridículamente. Nakuru se rio, acostumbrada a esas torpezas de ella, y siguieron su camino hacia la salida del Yunion.
—¿Cómo has conseguido su número de teléfono? ¿Por la guía que tienes en tu habitación?
—Sí, aunque me llevó rato dar con su nombre y número, no sabía que hubiese tantos Saehara en la ciudad.
—Y... ¿Sabes ya cómo es, qué aspecto tiene?
—Ni idea, nada más sé su nombre y que es mi tío.
—Heheh, ¿te imaginas que en estos días os habéis cruzado por la calle por casualidad sin saber quiénes erais?
—Buf, me fastidiaría, porque no sabes lo que me está costando dar con él como para habérmelo encontrado por la calle sin darme cuenta. Aunque... Cuando fui con Raijin por las calles haciéndome de guía, me fijé en un hombre de unos cuarenta años, barrigón y con barba, con cara simpática, paseando por el parque.
—¿Es así como te imaginas a tu tío? —rio Nakuru con ganas.
—Sí, la verdad es que sí —sonrió—. Me pregunto cómo eran mi madre y él, cómo se comportaban el uno con el otro. Seguro que eran buenos hermanos. Lástima que el tío Brey no fuese a su funeral, ahora tendría una pista sobre su aspecto. Ah, pero... —entornó los ojos—. La verdad es que tampoco me acuerdo mucho del día del funeral, lo que pasó y la gente que había allí... A lo mejor sí fue y no me acuerdo.
«Claro que fue, y también estuvimos todos nosotros, incluido Denzel, pero tu padre te lo borró de la memoria» pensó Nakuru, dando un suspiro para sí misma.
—¿En qué fase del plan estás ahora? —se interesó Nakuru.
—Pues verás… El otro día en el insti conseguí una dirección. Es la dirección con la que él se registró en el centro Tomonari cuando estudió allí. No sé si es la dirección donde vivían mis abuelos Hideki y Emiliya, tampoco sé si seguirá siendo su dirección actual, pero es lo que tengo que averiguar ahora. El problema… es que todavía cargo con mis dudas. No me atrevo a ir allí así sin más. Antes de ir, quiero probar a contactar con él primero por teléfono, intentarlo una vez más. Ya sabes, para avisarle, para que no sea todo tan… inesperado.
—Quieres estudiar el terreno e ir con precaución, y no parecer demasiado invasiva apareciendo ante él de repente —entendió Nakuru, tratando de contener una risilla astuta—. Me parece muy sensato por tu parte, Cleven. A pesar de tus ideas locas, eres muy considerada con la gente y eso me encanta de ti.
—Nakuru, gran parte del sentido común que he desarrollado a lo largo de mi vida es porque tú me lo has pegado —se rio, y la rodeó con un brazo, dándole un breve achuchón cariñoso—. Entre tú y Yenkis, me alegráis y me salváis la vida.
Nakuru se sonrojó con vergüenza. Siempre se ponía tímida cuando recibía halagos y eso chocaba un poco con su imagen habitual de chica punk y tipa dura.
—¿Me irás informando de las novedades sobre tu búsqueda?
—¡Claro!
—¡Roquita! —exclamó una voz a sus espaldas.
Ambas se giraron y vieron correr calle arriba a una chica sonriente que portaba un par de bolsas de comida a rebosar.
—¿Quién es? —preguntó Cleven a su amiga.
—Ah, es Álex —dijo Nakuru, algo ruborizada, viendo a la chica acercarse a ellas.
—Hola, Nak —saludó la chica alegremente al reunirse con ellas, recuperando el aliento.
—Hola, ¿de dónde vienes? —preguntó, corriendo a ayudarla con las bolsas.
—De comprar... eh... ¿cómo se dice? ¿Manduca?
—La palabra que usamos comúnmente es “comida” sin más —le corrigió Nakuru—. Es que todavía no controla nuestro idioma a la perfección —le susurró a Cleven, que se había extrañado.
—Eso, comida. Como mi padre cocina de pena, yo me encargo de hacer las alimentaciones —sonrió Álex, pero luego puso una mueca pensativa—. ¿Alimentaciones? Eso no suena bien…
De repente a Nakuru se le apreció la imagen de Pipi en la cabeza, y le dio un poco de apuro, acordándose de que se había enterado hace nada de que Álex era su hija y no sabía nada de su orientación sexual. Álex reparó en Cleven y la observó un momento con detenimiento.
—¡Ajá! Tú debes de ser Cleventine, ¿verdad? ¡No hay duda! —volvió a sonreír, dándole dos besos en las mejillas, pero se apartó enseguida—. ¡Ay! Discúlpame, no es así como se saluda aquí…
—Hahah… No te preocupes —se rio Cleven—. Mi padre me enseñó que incluso en Francia se dan hasta tres besos. ¡Por fin nos conocemos formalmente, Alejandra! Si fuera por la vergonzosa de Nak, te habría mantenido en secreto para siempre.
—¡Oye! —protestó la punk.
—Aaah, ¡por fin alguien que sabe pronunciar mi nombre decentemente! —se rio Álex, mirando a Nakuru.
—Hey, no es mi culpa que en japonés no exista la letra L y ciertas consonantes juntas —refunfuñó Nakuru—. Como Cleven habla francés y es parecido a tu idioma...
—¡Pero si tú eres medio griega, Roquita! —dijo Álex.
—Apenas hablo griego —se defendió Nakuru.
—¿Entonces tú eres de Francia, Cleventine?
—No, soy de aquí, pero mi padre es de Francia y mis hermanos y yo somos bilingües desde pequeños —sonrió. «Qué chica tan alegre» se dijo, «Me encanta para Nakuru».
—De verdad, eres más guapa de lo que me ha descrito Nak —dijo Álex.
—Oh... —sonrió Cleven con vergüenza, rascándose la cabeza—. Gracias.
—Bueno, he de irme a preparar la cena para cuando llegue mi padre —declaró la española—. De verdad que no sé dónde se mete todo el tiempo, no creo que ser arquitecto le conlleve trabajar fuera durante todo el día.
«Arquitecto y Líder de una organización secreta» pensó Nakuru.
—Te acompaño a casa, llevas demasiadas cosas —dijo, y miró a Cleven.
—¿Qué? Ah, no te preocupes, Nakuru —sonrió al darse cuenta—. Yo ya me voy hacia el hotel, estoy cansada. Y tengo que llamar a mi tío.
Tras despedirse, ambas chicas se fueron a cruzar la calle en dirección a la casa de Pipi y Cleven las siguió un momento con la mirada. Álex era una chica un poco más bajita que Nakuru. Tenía un pelo castaño claro con mechas rubias, ondulado y largo, y unos ojos avellana. Su forma de vestir era apastelada, con un toque hippie. Vio que era una chica muy abierta, además de cariñosa, a juzgar por cómo apoyaba la cabeza sobre el hombro de Nakuru mientras esperaban el semáforo.
«No me extraña que le guste a Nakuru, es muy simpática. Hacen una buena pareja» opinó contenta, y se fue calle arriba en dirección al hotel. «Yo también quiero que alguien me quiera así…» lloró para sus adentros.
* * * * * *
Mientras Nakuru dejaba la bolsa de la compra de su novia sobre una repisa de la cocina de su casa y ella guardaba las cosas en su sitio, se fue un momento hacia el salón. Pipi no estaba en casa, lo que no le extrañaba. Sacó su móvil del bolsillo del pantalón y marcó un número.
—¿Yako…? Sí, soy Nakuru… Bien, hemos estado en el centro comercial. Sí... bien. Oye, escucha. Tú dabas mañana por la noche una fiesta en tu casa con los de tu facultad para celebrar el haber pasado los exámenes, ¿no...? Ajá, ¿y va a ir Raijin...? ¿Que no sabe? Pues dile que deje de dormir tanto y convéncelo… Vale. Y dime, ¿podrías invitar a Cleven, así de improviso, como quien no quiere la cosa…? ¿Sí? ¡Bien! Díselo mañana... Exacto, esa es mi intención. Ya sabes... Vale, gracias —colgó el teléfono y lo apretó contra su pecho, sonriendo con triunfo.
—Nak, ¿te quedas a cenar? —le preguntó Álex desde la cocina—. Así te presento a mi padre. Pero claro, no quiero que sepa lo nuestro, por ahora. No sé aún cómo decírselo.
—Ehm... Vale —aceptó Nakuru. «Otra vez voy a tener que hacer como que no conozco a Pipi. Menos mal que él todavía no le ha dicho a Álex lo de nuestro secreto de iris» pensó.
* * * * * * *
Cleven se fue al Ya-Koffee antes de ir al hotel, ya que estaba de camino, para pasar a saludar. La noche ya había caído, y el local estaba más abarrotado que por la mañana. Apenas pudo hablar un rato con Yako, el pobre estaba muy atareado, yendo a servir a la gente de aquí para allá, y Sam, MJ y Kain igual. También había otros dos chicos que trabajaban en ese turno, aunque el trabajo que tenía cada uno era considerable.
Lo cierto es que la joven había ido allí más que nada para ver si estaba Raijin, pero no estaba, y eso la desanimó bastante. No lo había visto en todo el día, ya acostumbrada a encontrárselo por doquier...
No estuvo allí mucho rato, estaba cansada y quería dejar las bolsas. Una vez que Yako se despidió de ella disculpándose por no poder estar más con ella, se fue hacia el hotel.
De camino estuvo pensando en el rubio, y una vez más se preguntó por qué... por qué le gustaba tanto, por qué la mayor parte del tiempo pensaba en él y por qué al estar con él se sentía diferente. Con lo poco considerado que era con ella, apático y frío, que nunca sonreía… «Me pregunto cómo será su sonrisa» pensó, mirando hacia el oscuro cielo. «Nunca lo he visto sonreír, ni un poquito. Nunca lo he visto contento. Me da la impresión de que ni Yako lo ha visto sonreír, me cuesta imaginarlo».
Al entrar en su habitación, se desplomó sobre la cama, desparramando las bolsas sobre el suelo, y así se quedó durante un largo rato. Desvió la mirada cansada hacia el reloj de la mesilla de noche y se levantó de un brinco, acordándose. Era de noche, pero no tan tarde como otras veces, apenas eran las ocho y media, y las otras veces que había llamado fueron sobre las diez u once.
Cogió el teléfono rápidamente, esa era la penúltima o antepenúltima llamada que podía hacer antes de que se le agotase el dinero y no tuviera más remedio que volver a casa. Aún tenía esperanzas.
No soportaba la idea de tener que volver a casa después de tantos días ausente, después de todo lo que había pasado y de la gente que había conocido, y mucho menos para recibir el castigo de cadena perpetua. No sabía qué demonios estaría haciendo su padre, pues lo cierto es que tenía, al principio, un vago presentimiento de que la encontraría antes de que pudiera hacer nada. Y ahora seguía sin tener noticias de él, pero tampoco le importaba mucho en ese momento.
Estuvo imaginándose qué debían de estar haciendo Hana y su padre en estos momentos mientras escuchaba las señales del teléfono, una tras otra... «A lo mejor papá está ahora en su despacho, trabajando como siempre, y Hana en el suyo, haciendo lo mismo» pensó amargamente. «Y Yenkis debe de estar jugando a los videojuegos» sonrió entonces. «¿Qué habrá hecho el enano estos días? Espero que no se haya metido en más líos con la poli y…».
—“¿Diga?”
Ahí fue cuando el corazón y los pulmones de Cleven dejaron de funcionar. Sólo notó un fuerte cosquilleo en la piel que bajó desde su cara hasta el estómago, quedándose inmóvil por un momento. Enseguida pensó que esa voz se la había imaginado, hasta que volvió a oírla.
—“¿Hola?”
«Dios mío... ¡Es él!» se inquietó, mordiéndose las uñas, asimilando la situación. Era una voz masculina, e incluso bonita, no podía creérselo. Ese debía de ser Brey, esa voz debía de ser de Brey Saehara. Tenía a su tío, ¡a su tío!, al otro lado de la línea, a ese hombre que no conocía, al hermano de su madre, al único pariente que tenía más allá de su padre y sus hermanos –que ella supiera–.
—“Vale... voy a colgar, seas quien seas, no me gusta perder el tiempo con estas bromitas...”
—¡Espera! —exclamó al fin, sin poder parpadear todavía, y se mordió más las uñas, sentada sobre su cama con la lamparita encendida; después de una pausa, cogió aire—. ¿B... Brey Saehara?
—“Sí, ¿quién es?”
«¡Ayayay, que es él!» se inquietó más, ya convencida. «¡Estoy hablando con mi tío por primera vez! ¿Por qué estoy tan nerviosa? Calma, calma, no es para tanto, deja de actuar como una idiota o te colgará. Tengo que decírselo».
—Sí, esto... Brey, digo... señor Saehara, digo... eh... tío... —titubeó, sin saber cómo llamarlo—. Soy... Soy Cleventine Vernoux. No sé si me conoces... o si te acuerdas, o... En fin —hizo una pausa—. ¿H-hola? —preguntó, extrañada al no oír nada—. ¿Sigues ahí?
—“¿Cleventine?” —preguntó después de un largo rato de silencio; la joven notó en su voz una sorpresa que no se esperaba—. “¿Se trata de una broma?”
—¡No, no! —se apuró—. Soy yo... Bueno… ¿Sabes quién soy?
—“¡Claro que sé quién eres!” —exclamó, y Cleven se sobresaltó al notar suma perplejidad en su voz.
—Ah, vale… Pues verás, tío Brey. Esto es... aah... —sonrió con nerviosismo—. Lo siento, es que yo... siento llamarte así de repente, yo... Verás, quería comentarte una cosa.
—“¿De verdad que eres tú?” —preguntó otra vez, y ahora Cleven notó cierta ansia y euforia en su voz, parecía conmocionado.
—Sí, soy yo, soy yo. Verás, tío Brey. Sé que no nos conocemos, y… es decir, yo no te conozco. Yo sólo quería saber... pero sólo saber, no tienes por qué sentirte comprometido ni nada de eso, no quiero molestarte. Quería saber... si... podría irme a vivir contigo.
Ya está, por fin, por fin lo soltó. «Debería habérmelo preparado mejor, maldición» se lamentó, «La verdad es que me ha cogido de improviso». «Por favor, di algo, di algo ya...» se impacientó.
—“¿Por qué?” —preguntó con asombro.
—Po... porque yo... Puedo comprender que esto te parezca una estupidez, así de pronto, pero... el caso es que... me gustaría... vivir contigo si es posible. No quiero vivir en mi casa, no puedo soportarlo más… y como no tengo otro lugar donde ir… quería saber si existe la posibilidad, sólo eso.
—“Pero... ¡deberías estar en tu casa!” —exclamó Brey, incrédulo por lo que escuchaba—. “¿Sabe tu padre algo de esto?”
—No.
—“Dios...” —se le oyó suspirar—. “Cleventine... lo siento, pero no deberías haberme llamado, no es buena idea que hayas contactado conmigo. A tu padre no le va a gustar nada.”
—¿¡Pero por qué!? —exclamó consternada—. Yo... no sabría explicártelo ahora, pero... No quiero vivir más en esa casa, no puedo más. Sé que no te conozco y que no sé nada de ti, pero... quiero vivir contigo, tío Brey. Y... Hah... —suspiró resignada, cerrando los ojos—. Mira, sé que suena raro e inesperado, lo sé... Quizá estoy pidiendo algo imposible. Pero... —volvió a abrir los ojos—. Nunca te he visto, tío Brey. Al menos, sólo al menos, quisiera conocerte, saber cómo eres… Eres el hermano de mamá… —casi sollozó.
No tenía por qué haber dicho eso último, pero tenía la esperanza de que con eso tal vez... Otro largo rato de silencio, Cleven no soportaba ese silencio. Oía los latidos de su corazón en la cabeza, como un tambor.
—“Tendríamos que hablarlo… Porque...” —murmuró Brey, con un tono apenado—. “Verás, Clevent-...”
¡Piuu! La joven se quedó paralizada, con los ojos muy abiertos. Todo se había vuelto oscuro y en silencio. No parpadeó ni se dio cuenta de lo que había pasado hasta que oyó unas voces por el pasillo de fuera rato después.
—Vaya, se ha ido la luz en todo el hotel —oyó decir a una señora al otro lado de la puerta.
—Venga a mi habitación, tengo unas velas —dijo un hombre—. Vayamos abajo a preguntar qué ha pasado.
—Hey, los acompaño —apareció la voz de una mujer joven—. Me parece que se ha ido por toda la calle, ha habido como una pequeña explosión, ¿la han oído?
Cleven oyó sus pasos alejándose por los pasillos del hotel y volvió el silencio. Seguía sentada sobre la cama sin mover un solo músculo, con el teléfono pegado a la oreja, sin línea. «Mierda, mierda y mierda» pensó, «Maldita casualidad...».
Mientras tanto, en un callejón cercano al hotel, un chico joven y de estilo extravagante se sacudió el polvo de las manos tranquilamente. Su ojo izquierdo brillaba de una luz blanca. Acababa de darles una paliza a un grupo de tres moteros delincuentes a los que había sorprendido tratando de robar a una pareja de ancianos por la calle. Al increparles, ellos habían intentado atropellarlo con sus vehículos, pero el chico había acabado agarrando una de sus motos con sus propias manos y se la lanzó como si nada a los tres moteros, como si lanzara una almohada. Con el impacto, habían acabado inconscientes, malheridos y con las otras dos motos destrozadas en el fondo del callejón.
El problema es que esa moto que les había lanzado había impactado también en una caja de cableado eléctrico de la pared, provocando un accidental cortocircuito en toda la zona, incluido el hotel de Cleven.
Pero esto al chico le importó un pepino, él había hecho su trabajo como iris salvando a una pareja de ancianos y ahora tenía una cita importante. Llevaba unas botas grandes verde oscuro, pero con puntas rojas; pantalones negros, estrechos y rotos, y un estrafalario abrigo que era un chaquetón de talla enorme, con estampado de triángulos y cuello de pelo sintético. Era una ropa estilosa, una de esas modas únicas y raras, como las que solían vestir algunos actores y los músicos.
Y es que él, de hecho, era un músico japonés famoso, de tan sólo 20 años, además de un iris del Viento. Era el iris Fuu de la SRS, uno de los subordinados de Pipi.
—¡Haru! ¡Aquí estabas! ¿¡Qué haces, por qué te fuiste corriendo de repente!? —lo llamó una chica, miembro de su grupo, desde la entrada del callejón. También vestía con un estilo raro e interesante, y jugaba con un par de baquetas en las manos—. Tenemos que estar en ese local en diez minutos o el mánager nos mata.
—Ya voy —suspiró el joven Fuu, con aire pasota e indiferente, recuperando su guitarra en su funda y colgándola de su hombro, pues la había dejado apoyada en una pared mientras se ocupaba de esos tipos.
—Se oyó un fuerte ruido por aquí cerca hace unos minutos, ¿qué habrá pasado? —preguntó otro de sus colegas del grupo, observando las farolas—. Se ha ido hasta la luz.
—¡Venga, chicos, que llegamos tarde! ¡Haru, ve calentando la voz!
En el hotel, Cleven seguía sentada sobre su cama, con el teléfono apoyado contra su pecho. Ya casi no le importaba lo del apagón, más bien estaba llena de preocupaciones. “Deberías estar en tu casa” le había dicho, “A tu padre no le va a gustar nada...”. «¿Por qué?» se preguntó intrigada. «¿Tanto le preocupa lo que piense mi padre? ¿Tiene acaso contacto con él? Y ha dicho… que lo de vivir con él habría que hablarlo».
«Ya está» levantó la cabeza con determinación. «Mañana iré a su dirección. A hablar en persona. Está decidido».
Cleven y Nakuru se disponían a salir del centro comercial de Shibuya, puesto que iban a cerrar en pocos minutos, pero no había prisa. Nakuru agradeció haber podido pasar la tarde con ella. Aparte de tener que cumplir con sus obligaciones como iris, que eran las que más ocupada la tenían, le satisfacía volver a la rutina que tanto quería, uno de sus pasatiempos favoritos era pasar el rato con Cleven y Raven.
Como Raven seguía en San Francisco con sus padres y abuelos, la cosa no había estado tan animada como otras veces, dado que la afroamericana despertaba toda su marcha al salir por ahí con ellas. Eran tres amigas con gustos muy distintos: Raven se había convertido, al mudarse el año anterior a Japón, en una verdadera gal, amante de la moda, de la fiesta y de los chicos, siempre soñadora y alegre. Nakuru era punk y Cleven no se consideraba dentro de ningún estilo en especial, y aun así las tres congeniaban como hermanas.
Era algo curioso de este mundo, personas que eran muy diferentes entre sí podían ser tan compatibles como no serlo. Entonces, no dependía de la forma de ser de cada uno, sino, más bien, de la disposición de cada uno de aceptar a los demás.
Mientras Cleven había acabado con un sinfín de bolsas en las manos llenas de ropa, Nakuru sólo se había comprado una gargantilla de correa negra con un colgante y un nuevo piercing para la parte de debajo de su labio inferior; no era muy de comprar demasiadas cosas de golpe, le parecía irracional.
Aún había bastante gente por allí, visitando las tiendas que aún no habían cerrado. Había todo tipo de tribus urbanas. Y perfectamente, cualquiera de ellos podía ser un iris o un almaati.
—Dime, Cleven —dijo Nakuru mientras bajan las escaleras mecánicas, observando sus bolsas—, ¿te queda dinero suficiente para seguir establecida en el hotel después de haberte comprado el Yunion entero? Te has comprado lo más caro, como siempre.
—Ah, bueno —sonrió avergonzada—. Lo cierto es que no lo he tenido muy en cuenta. Supongo que estoy acostumbrada a tener un padre millonario. Aunque... lo cierto es que mi padre siempre nos ha insistido a mis hermanos y a mí que no desperdiciemos el dinero y que aprendamos a ganárnoslo. Hmpf... —bufó—. No lo entiendo, seguro que él ha vivido toda su vida rodeado de dinero y lujos y que no le cuesta nada ganarlo en su empresa.
Nakuru se limitó a morderse la lengua.
—Creo que todavía me quedará algo para... —titubeó Cleven, sacando el monedero de su bolso con la boca, ya que tenía las manos ocupadas, y Nakuru lo cogió y lo abrió para que su amiga viera—... mm… para sólo un día más, hahah...
—Dios mío, Cleven —le reprochó—. Deberías tener más cuidado, ¿qué vas a hacer cuando se te agote el dinero? —preguntó, e hizo una pausa, mirándola detenidamente—. ¿Te has acordado de seguir buscando a tu tío?
—¡Ayyy! —berreó como una loca—. Debería haber llamado esta tarde otra vez… ¡Pero es que me he dejado llevar demasiado por mis cosas! Me siento tan a gusto fuera de casa, y saliendo con Yako y esta gente, y contigo, que me he olvidado de lo que vengo a hacer en realidad. ¡Wahy!
Cleven no se había dado cuenta de que las escaleras mecánicas habían acabado y casi se tropezó ridículamente. Nakuru se rio, acostumbrada a esas torpezas de ella, y siguieron su camino hacia la salida del Yunion.
—¿Cómo has conseguido su número de teléfono? ¿Por la guía que tienes en tu habitación?
—Sí, aunque me llevó rato dar con su nombre y número, no sabía que hubiese tantos Saehara en la ciudad.
—Y... ¿Sabes ya cómo es, qué aspecto tiene?
—Ni idea, nada más sé su nombre y que es mi tío.
—Heheh, ¿te imaginas que en estos días os habéis cruzado por la calle por casualidad sin saber quiénes erais?
—Buf, me fastidiaría, porque no sabes lo que me está costando dar con él como para habérmelo encontrado por la calle sin darme cuenta. Aunque... Cuando fui con Raijin por las calles haciéndome de guía, me fijé en un hombre de unos cuarenta años, barrigón y con barba, con cara simpática, paseando por el parque.
—¿Es así como te imaginas a tu tío? —rio Nakuru con ganas.
—Sí, la verdad es que sí —sonrió—. Me pregunto cómo eran mi madre y él, cómo se comportaban el uno con el otro. Seguro que eran buenos hermanos. Lástima que el tío Brey no fuese a su funeral, ahora tendría una pista sobre su aspecto. Ah, pero... —entornó los ojos—. La verdad es que tampoco me acuerdo mucho del día del funeral, lo que pasó y la gente que había allí... A lo mejor sí fue y no me acuerdo.
«Claro que fue, y también estuvimos todos nosotros, incluido Denzel, pero tu padre te lo borró de la memoria» pensó Nakuru, dando un suspiro para sí misma.
—¿En qué fase del plan estás ahora? —se interesó Nakuru.
—Pues verás… El otro día en el insti conseguí una dirección. Es la dirección con la que él se registró en el centro Tomonari cuando estudió allí. No sé si es la dirección donde vivían mis abuelos Hideki y Emiliya, tampoco sé si seguirá siendo su dirección actual, pero es lo que tengo que averiguar ahora. El problema… es que todavía cargo con mis dudas. No me atrevo a ir allí así sin más. Antes de ir, quiero probar a contactar con él primero por teléfono, intentarlo una vez más. Ya sabes, para avisarle, para que no sea todo tan… inesperado.
—Quieres estudiar el terreno e ir con precaución, y no parecer demasiado invasiva apareciendo ante él de repente —entendió Nakuru, tratando de contener una risilla astuta—. Me parece muy sensato por tu parte, Cleven. A pesar de tus ideas locas, eres muy considerada con la gente y eso me encanta de ti.
—Nakuru, gran parte del sentido común que he desarrollado a lo largo de mi vida es porque tú me lo has pegado —se rio, y la rodeó con un brazo, dándole un breve achuchón cariñoso—. Entre tú y Yenkis, me alegráis y me salváis la vida.
Nakuru se sonrojó con vergüenza. Siempre se ponía tímida cuando recibía halagos y eso chocaba un poco con su imagen habitual de chica punk y tipa dura.
—¿Me irás informando de las novedades sobre tu búsqueda?
—¡Claro!
—¡Roquita! —exclamó una voz a sus espaldas.
Ambas se giraron y vieron correr calle arriba a una chica sonriente que portaba un par de bolsas de comida a rebosar.
—¿Quién es? —preguntó Cleven a su amiga.
—Ah, es Álex —dijo Nakuru, algo ruborizada, viendo a la chica acercarse a ellas.
—Hola, Nak —saludó la chica alegremente al reunirse con ellas, recuperando el aliento.
—Hola, ¿de dónde vienes? —preguntó, corriendo a ayudarla con las bolsas.
—De comprar... eh... ¿cómo se dice? ¿Manduca?
—La palabra que usamos comúnmente es “comida” sin más —le corrigió Nakuru—. Es que todavía no controla nuestro idioma a la perfección —le susurró a Cleven, que se había extrañado.
—Eso, comida. Como mi padre cocina de pena, yo me encargo de hacer las alimentaciones —sonrió Álex, pero luego puso una mueca pensativa—. ¿Alimentaciones? Eso no suena bien…
De repente a Nakuru se le apreció la imagen de Pipi en la cabeza, y le dio un poco de apuro, acordándose de que se había enterado hace nada de que Álex era su hija y no sabía nada de su orientación sexual. Álex reparó en Cleven y la observó un momento con detenimiento.
—¡Ajá! Tú debes de ser Cleventine, ¿verdad? ¡No hay duda! —volvió a sonreír, dándole dos besos en las mejillas, pero se apartó enseguida—. ¡Ay! Discúlpame, no es así como se saluda aquí…
—Hahah… No te preocupes —se rio Cleven—. Mi padre me enseñó que incluso en Francia se dan hasta tres besos. ¡Por fin nos conocemos formalmente, Alejandra! Si fuera por la vergonzosa de Nak, te habría mantenido en secreto para siempre.
—¡Oye! —protestó la punk.
—Aaah, ¡por fin alguien que sabe pronunciar mi nombre decentemente! —se rio Álex, mirando a Nakuru.
—Hey, no es mi culpa que en japonés no exista la letra L y ciertas consonantes juntas —refunfuñó Nakuru—. Como Cleven habla francés y es parecido a tu idioma...
—¡Pero si tú eres medio griega, Roquita! —dijo Álex.
—Apenas hablo griego —se defendió Nakuru.
—¿Entonces tú eres de Francia, Cleventine?
—No, soy de aquí, pero mi padre es de Francia y mis hermanos y yo somos bilingües desde pequeños —sonrió. «Qué chica tan alegre» se dijo, «Me encanta para Nakuru».
—De verdad, eres más guapa de lo que me ha descrito Nak —dijo Álex.
—Oh... —sonrió Cleven con vergüenza, rascándose la cabeza—. Gracias.
—Bueno, he de irme a preparar la cena para cuando llegue mi padre —declaró la española—. De verdad que no sé dónde se mete todo el tiempo, no creo que ser arquitecto le conlleve trabajar fuera durante todo el día.
«Arquitecto y Líder de una organización secreta» pensó Nakuru.
—Te acompaño a casa, llevas demasiadas cosas —dijo, y miró a Cleven.
—¿Qué? Ah, no te preocupes, Nakuru —sonrió al darse cuenta—. Yo ya me voy hacia el hotel, estoy cansada. Y tengo que llamar a mi tío.
Tras despedirse, ambas chicas se fueron a cruzar la calle en dirección a la casa de Pipi y Cleven las siguió un momento con la mirada. Álex era una chica un poco más bajita que Nakuru. Tenía un pelo castaño claro con mechas rubias, ondulado y largo, y unos ojos avellana. Su forma de vestir era apastelada, con un toque hippie. Vio que era una chica muy abierta, además de cariñosa, a juzgar por cómo apoyaba la cabeza sobre el hombro de Nakuru mientras esperaban el semáforo.
«No me extraña que le guste a Nakuru, es muy simpática. Hacen una buena pareja» opinó contenta, y se fue calle arriba en dirección al hotel. «Yo también quiero que alguien me quiera así…» lloró para sus adentros.
* * * * * *
Mientras Nakuru dejaba la bolsa de la compra de su novia sobre una repisa de la cocina de su casa y ella guardaba las cosas en su sitio, se fue un momento hacia el salón. Pipi no estaba en casa, lo que no le extrañaba. Sacó su móvil del bolsillo del pantalón y marcó un número.
—¿Yako…? Sí, soy Nakuru… Bien, hemos estado en el centro comercial. Sí... bien. Oye, escucha. Tú dabas mañana por la noche una fiesta en tu casa con los de tu facultad para celebrar el haber pasado los exámenes, ¿no...? Ajá, ¿y va a ir Raijin...? ¿Que no sabe? Pues dile que deje de dormir tanto y convéncelo… Vale. Y dime, ¿podrías invitar a Cleven, así de improviso, como quien no quiere la cosa…? ¿Sí? ¡Bien! Díselo mañana... Exacto, esa es mi intención. Ya sabes... Vale, gracias —colgó el teléfono y lo apretó contra su pecho, sonriendo con triunfo.
—Nak, ¿te quedas a cenar? —le preguntó Álex desde la cocina—. Así te presento a mi padre. Pero claro, no quiero que sepa lo nuestro, por ahora. No sé aún cómo decírselo.
—Ehm... Vale —aceptó Nakuru. «Otra vez voy a tener que hacer como que no conozco a Pipi. Menos mal que él todavía no le ha dicho a Álex lo de nuestro secreto de iris» pensó.
* * * * * * *
Cleven se fue al Ya-Koffee antes de ir al hotel, ya que estaba de camino, para pasar a saludar. La noche ya había caído, y el local estaba más abarrotado que por la mañana. Apenas pudo hablar un rato con Yako, el pobre estaba muy atareado, yendo a servir a la gente de aquí para allá, y Sam, MJ y Kain igual. También había otros dos chicos que trabajaban en ese turno, aunque el trabajo que tenía cada uno era considerable.
Lo cierto es que la joven había ido allí más que nada para ver si estaba Raijin, pero no estaba, y eso la desanimó bastante. No lo había visto en todo el día, ya acostumbrada a encontrárselo por doquier...
No estuvo allí mucho rato, estaba cansada y quería dejar las bolsas. Una vez que Yako se despidió de ella disculpándose por no poder estar más con ella, se fue hacia el hotel.
De camino estuvo pensando en el rubio, y una vez más se preguntó por qué... por qué le gustaba tanto, por qué la mayor parte del tiempo pensaba en él y por qué al estar con él se sentía diferente. Con lo poco considerado que era con ella, apático y frío, que nunca sonreía… «Me pregunto cómo será su sonrisa» pensó, mirando hacia el oscuro cielo. «Nunca lo he visto sonreír, ni un poquito. Nunca lo he visto contento. Me da la impresión de que ni Yako lo ha visto sonreír, me cuesta imaginarlo».
Al entrar en su habitación, se desplomó sobre la cama, desparramando las bolsas sobre el suelo, y así se quedó durante un largo rato. Desvió la mirada cansada hacia el reloj de la mesilla de noche y se levantó de un brinco, acordándose. Era de noche, pero no tan tarde como otras veces, apenas eran las ocho y media, y las otras veces que había llamado fueron sobre las diez u once.
Cogió el teléfono rápidamente, esa era la penúltima o antepenúltima llamada que podía hacer antes de que se le agotase el dinero y no tuviera más remedio que volver a casa. Aún tenía esperanzas.
No soportaba la idea de tener que volver a casa después de tantos días ausente, después de todo lo que había pasado y de la gente que había conocido, y mucho menos para recibir el castigo de cadena perpetua. No sabía qué demonios estaría haciendo su padre, pues lo cierto es que tenía, al principio, un vago presentimiento de que la encontraría antes de que pudiera hacer nada. Y ahora seguía sin tener noticias de él, pero tampoco le importaba mucho en ese momento.
Estuvo imaginándose qué debían de estar haciendo Hana y su padre en estos momentos mientras escuchaba las señales del teléfono, una tras otra... «A lo mejor papá está ahora en su despacho, trabajando como siempre, y Hana en el suyo, haciendo lo mismo» pensó amargamente. «Y Yenkis debe de estar jugando a los videojuegos» sonrió entonces. «¿Qué habrá hecho el enano estos días? Espero que no se haya metido en más líos con la poli y…».
—“¿Diga?”
Ahí fue cuando el corazón y los pulmones de Cleven dejaron de funcionar. Sólo notó un fuerte cosquilleo en la piel que bajó desde su cara hasta el estómago, quedándose inmóvil por un momento. Enseguida pensó que esa voz se la había imaginado, hasta que volvió a oírla.
—“¿Hola?”
«Dios mío... ¡Es él!» se inquietó, mordiéndose las uñas, asimilando la situación. Era una voz masculina, e incluso bonita, no podía creérselo. Ese debía de ser Brey, esa voz debía de ser de Brey Saehara. Tenía a su tío, ¡a su tío!, al otro lado de la línea, a ese hombre que no conocía, al hermano de su madre, al único pariente que tenía más allá de su padre y sus hermanos –que ella supiera–.
—“Vale... voy a colgar, seas quien seas, no me gusta perder el tiempo con estas bromitas...”
—¡Espera! —exclamó al fin, sin poder parpadear todavía, y se mordió más las uñas, sentada sobre su cama con la lamparita encendida; después de una pausa, cogió aire—. ¿B... Brey Saehara?
—“Sí, ¿quién es?”
«¡Ayayay, que es él!» se inquietó más, ya convencida. «¡Estoy hablando con mi tío por primera vez! ¿Por qué estoy tan nerviosa? Calma, calma, no es para tanto, deja de actuar como una idiota o te colgará. Tengo que decírselo».
—Sí, esto... Brey, digo... señor Saehara, digo... eh... tío... —titubeó, sin saber cómo llamarlo—. Soy... Soy Cleventine Vernoux. No sé si me conoces... o si te acuerdas, o... En fin —hizo una pausa—. ¿H-hola? —preguntó, extrañada al no oír nada—. ¿Sigues ahí?
—“¿Cleventine?” —preguntó después de un largo rato de silencio; la joven notó en su voz una sorpresa que no se esperaba—. “¿Se trata de una broma?”
—¡No, no! —se apuró—. Soy yo... Bueno… ¿Sabes quién soy?
—“¡Claro que sé quién eres!” —exclamó, y Cleven se sobresaltó al notar suma perplejidad en su voz.
—Ah, vale… Pues verás, tío Brey. Esto es... aah... —sonrió con nerviosismo—. Lo siento, es que yo... siento llamarte así de repente, yo... Verás, quería comentarte una cosa.
—“¿De verdad que eres tú?” —preguntó otra vez, y ahora Cleven notó cierta ansia y euforia en su voz, parecía conmocionado.
—Sí, soy yo, soy yo. Verás, tío Brey. Sé que no nos conocemos, y… es decir, yo no te conozco. Yo sólo quería saber... pero sólo saber, no tienes por qué sentirte comprometido ni nada de eso, no quiero molestarte. Quería saber... si... podría irme a vivir contigo.
Ya está, por fin, por fin lo soltó. «Debería habérmelo preparado mejor, maldición» se lamentó, «La verdad es que me ha cogido de improviso». «Por favor, di algo, di algo ya...» se impacientó.
—“¿Por qué?” —preguntó con asombro.
—Po... porque yo... Puedo comprender que esto te parezca una estupidez, así de pronto, pero... el caso es que... me gustaría... vivir contigo si es posible. No quiero vivir en mi casa, no puedo soportarlo más… y como no tengo otro lugar donde ir… quería saber si existe la posibilidad, sólo eso.
—“Pero... ¡deberías estar en tu casa!” —exclamó Brey, incrédulo por lo que escuchaba—. “¿Sabe tu padre algo de esto?”
—No.
—“Dios...” —se le oyó suspirar—. “Cleventine... lo siento, pero no deberías haberme llamado, no es buena idea que hayas contactado conmigo. A tu padre no le va a gustar nada.”
—¿¡Pero por qué!? —exclamó consternada—. Yo... no sabría explicártelo ahora, pero... No quiero vivir más en esa casa, no puedo más. Sé que no te conozco y que no sé nada de ti, pero... quiero vivir contigo, tío Brey. Y... Hah... —suspiró resignada, cerrando los ojos—. Mira, sé que suena raro e inesperado, lo sé... Quizá estoy pidiendo algo imposible. Pero... —volvió a abrir los ojos—. Nunca te he visto, tío Brey. Al menos, sólo al menos, quisiera conocerte, saber cómo eres… Eres el hermano de mamá… —casi sollozó.
No tenía por qué haber dicho eso último, pero tenía la esperanza de que con eso tal vez... Otro largo rato de silencio, Cleven no soportaba ese silencio. Oía los latidos de su corazón en la cabeza, como un tambor.
—“Tendríamos que hablarlo… Porque...” —murmuró Brey, con un tono apenado—. “Verás, Clevent-...”
¡Piuu! La joven se quedó paralizada, con los ojos muy abiertos. Todo se había vuelto oscuro y en silencio. No parpadeó ni se dio cuenta de lo que había pasado hasta que oyó unas voces por el pasillo de fuera rato después.
—Vaya, se ha ido la luz en todo el hotel —oyó decir a una señora al otro lado de la puerta.
—Venga a mi habitación, tengo unas velas —dijo un hombre—. Vayamos abajo a preguntar qué ha pasado.
—Hey, los acompaño —apareció la voz de una mujer joven—. Me parece que se ha ido por toda la calle, ha habido como una pequeña explosión, ¿la han oído?
Cleven oyó sus pasos alejándose por los pasillos del hotel y volvió el silencio. Seguía sentada sobre la cama sin mover un solo músculo, con el teléfono pegado a la oreja, sin línea. «Mierda, mierda y mierda» pensó, «Maldita casualidad...».
Mientras tanto, en un callejón cercano al hotel, un chico joven y de estilo extravagante se sacudió el polvo de las manos tranquilamente. Su ojo izquierdo brillaba de una luz blanca. Acababa de darles una paliza a un grupo de tres moteros delincuentes a los que había sorprendido tratando de robar a una pareja de ancianos por la calle. Al increparles, ellos habían intentado atropellarlo con sus vehículos, pero el chico había acabado agarrando una de sus motos con sus propias manos y se la lanzó como si nada a los tres moteros, como si lanzara una almohada. Con el impacto, habían acabado inconscientes, malheridos y con las otras dos motos destrozadas en el fondo del callejón.
El problema es que esa moto que les había lanzado había impactado también en una caja de cableado eléctrico de la pared, provocando un accidental cortocircuito en toda la zona, incluido el hotel de Cleven.
Pero esto al chico le importó un pepino, él había hecho su trabajo como iris salvando a una pareja de ancianos y ahora tenía una cita importante. Llevaba unas botas grandes verde oscuro, pero con puntas rojas; pantalones negros, estrechos y rotos, y un estrafalario abrigo que era un chaquetón de talla enorme, con estampado de triángulos y cuello de pelo sintético. Era una ropa estilosa, una de esas modas únicas y raras, como las que solían vestir algunos actores y los músicos.
Y es que él, de hecho, era un músico japonés famoso, de tan sólo 20 años, además de un iris del Viento. Era el iris Fuu de la SRS, uno de los subordinados de Pipi.
—¡Haru! ¡Aquí estabas! ¿¡Qué haces, por qué te fuiste corriendo de repente!? —lo llamó una chica, miembro de su grupo, desde la entrada del callejón. También vestía con un estilo raro e interesante, y jugaba con un par de baquetas en las manos—. Tenemos que estar en ese local en diez minutos o el mánager nos mata.
—Ya voy —suspiró el joven Fuu, con aire pasota e indiferente, recuperando su guitarra en su funda y colgándola de su hombro, pues la había dejado apoyada en una pared mientras se ocupaba de esos tipos.
—Se oyó un fuerte ruido por aquí cerca hace unos minutos, ¿qué habrá pasado? —preguntó otro de sus colegas del grupo, observando las farolas—. Se ha ido hasta la luz.
—¡Venga, chicos, que llegamos tarde! ¡Haru, ve calentando la voz!
En el hotel, Cleven seguía sentada sobre su cama, con el teléfono apoyado contra su pecho. Ya casi no le importaba lo del apagón, más bien estaba llena de preocupaciones. “Deberías estar en tu casa” le había dicho, “A tu padre no le va a gustar nada...”. «¿Por qué?» se preguntó intrigada. «¿Tanto le preocupa lo que piense mi padre? ¿Tiene acaso contacto con él? Y ha dicho… que lo de vivir con él habría que hablarlo».
«Ya está» levantó la cabeza con determinación. «Mañana iré a su dirección. A hablar en persona. Está decidido».
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