1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
La situación entre los seis jóvenes iris de la KRS se había calmado después de que los mellizos callasen a Cleven y a Raijin a pastelazos. A partir de ahí, Cleven entró en “modo asimilación”, y no hizo más que observar la situación de después.
Raijin obligó a los mellizos a volver a entrar a la cafetería, a ponerse delante de los otros niños y sus padres y a disculparse por haberlos vapuleado, con la debida inclinación. Cleven estaba perpleja al ver a los otros niños, que eran tres y además algo más mayores, uno con un labio hinchado, otro con un ojo hinchado, el otro con la nariz sangrando… mientras que los mellizos solamente estaban despeinados.
Yako estuvo haciendo de mediador y les explicó a los otros padres cómo y quién había empezado la agresión, por lo que ellos también acabaron disculpándose ante Raijin y obligando a sus malcriados hijos a lo mismo por comerse un pastel ajeno y empujar a una niña más pequeña al suelo.
Cleven se dio cuenta de que, si Raijin no hubiera tomado la iniciativa de pedir las disculpas, nadie más lo habría hecho, pues los otros padres habían estado a punto de marcharse a sus casas sin más, sin enseñar a sus hijos a plantar cara a sus errores y pedir perdón a quienes habían perjudicado cara a cara. Esto a Cleven le recordó mucho a sus padres. Su padre y su madre también les inculcaron esa costumbre desde muy pequeños, sobre todo a Lex y a ella. Supuso que Raijin también aprendió estos valores de su hermana o de sus padres. Y esto le gustó. Porque vio que su tío no era un cobarde irrespetuoso con el resto de la gente como muchísima gente era hoy en día.
Al final, Raijin también obligó a los mellizos a pedirle disculpas a Yako por haber armado tanto jaleo en su cafetería, otra vez. Pero Yako, con su sonrisa eterna, los abrazó con cariño, como siempre solía hacer.
Finalmente, ya entrada la noche, todo el mundo se fue a sus respectivas casas, menos Kyo y Drasik, que se fueron a dar un paseo por ahí, y el hermano de Drasik se quedó un rato con Yako. Cleven siguió en “modo asombrado callado observador” cuando Raijin montó a los niños en el coche, los sentó en sus sillas y, conduciendo de camino a casa, con Cleven de copiloto, se pasó los diez minutos del viaje discutiendo con los niños sobre lo ocurrido.
—Lo vamos a repasar una vez más —decía el rubio mientras conducía, severo—. Ves a otro mocoso comiéndose el pastel de tu hermano. ¿Qué tienes que hacer?
Cleven se giró en su asiento y miró a Clover ahí detrás.
—Le digo: “¡Oye, no te lo comas! ¡No es tuyo!”
Cleven volvió a mirar a Raijin.
—Bueno, ¿y qué haces si se niega? —insistió el chico.
Cleven miró a Clover de nuevo.
—Se lo repito otra vez. Le digo que lo que está haciendo está muy mal.
Miró a Raijin otra vez.
—Vale, pero él se niega otra vez y te empuja. ¿Qué debes hacer?
—¡Partirle los dientes! —exclamó Clover con una sonrisa entusiasmada.
—Pfff… —Cleven contuvo la risa.
—No. Clover. Por milésima vez —suspiró Raijin, frotándose los ojos con paciencia—. Vienes a decírmelo, o vas a decírselo a Yako o a cualquier otro mayor de nuestros conocidos.
—Ya he visto lo que pasa cuando voy a los mayores —discrepó la pequeña, que, como tenía el pelo enmarañado por la pelea, sujetaba su querida horquilla entre las manos—. Vienen y, en vez de regañar al niño malo, me dicen: “Bueno, Clover, déjalo que se lo coma, no pasa nada, yo te pongo otro pastelito”. ¿Dónde está el aprendizaje ahí? ¿Dónde está la justicia?
—¿Qué le importa eso a una enana de 5 años? —gruñó Raijin.
—Por eso hay tantas personas malas en el mundo —la niña se cruzó de bracitos, refunfuñando—. Porque nadie quiere esforzarse, ser valiente, enfrentarse al problema. Todo el mundo prefiere ser blando, dejarlo pasar, creyendo que así mantienen la paz… cuando en realidad, es así como destruyen la paz. Si los malos no aprenden que comerse el pastelito de otra persona tiene un duro castigo, lo seguirán haciendo.
—Esos niños de mierda ya no van a volver a acercarse a ninguno de nuestros pastelitos en toda su vida —se rio Daisuke, celebrando la victoria chocando los cinco con su hermana.
—Incroyable… —murmuró Cleven en francés, fascinada con cómo esos enanos expresaban sus opiniones.
—¿Desde cuándo yo no me enfrento a los mocosos de mierda que os causan problemas? —replicó Raijin—. ¡Todos los niños del barrio me temen! Sabes perfectamente que si me hubieras avisado de que ese niñato se estaba comiendo el pastel de tu hermano y que te había empujado, yo habría ido a cagarlo de miedo y a enseñarle los modales que claramente sus padres no le han enseñado. Como con el niño del parque de esta tarde.
—Ya, pero ese niño habría acabado respetándote a ti. Yo quiero que me respeten a mí —se impuso la niña.
—En ese caso, ten cuidado con no confundir el respeto con el miedo, Clover. Un enemigo que te respeta, tratará de superarte. Pero un enemigo que te teme, tratará de destruirte. Tu problema está en que te propasas. Y por eso creo que lo mejor va a ser que yo empiece a entrenarte.
—¿En la lucha? —brincó la niña con ojitos brillantes de emoción.
—Y en la disciplina.
—¡Menudo rollo! —opinó Daisuke—. ¡Harás que Clover se convierta en una aburrida como tú! ¡Nooo, viviré entre muermooos!
—Y tú igual, korol’ dramy, te vendrá bien aprender disciplina.
—¿¡Y yo por qué!? —protestó el niño—. ¿Por no dejar a Clo sola en su pelea por la justicia?
—¿Tú crees de verdad que tu hermana necesita protección?
—¡Hah! Por supuesto que no —sonrió el niño con orgullo, mirando a su melliza—. Lo que ella necesita es mi apoyo. Y siempre lo tendrá.
Clover también le sonrió a su hermano y ambos niños se agarraron de la mano. Cleven estaba estupefacta por toda esa conversación y al mismo tiempo maravillada al ver en ese momento ese enorme y poderoso vínculo entre ambos niños. Le extrañó no oír ni una palabra más de su tío. Cuando lo miró, lo vio con su semblante serio de siempre, mirando hacia la carretera, pero con una sonrisa en los labios. Esa sonrisa discreta y llena de orgullo de su tío casi le empañó a Cleven los ojos de lágrimas, extremadamente enternecida.
—¡OoooooOOOH…! —soltó un gemidito gatuno.
Cuando Raijin se dio cuenta, borró su sonrisa enseguida y la miró molesto, y algo sonrojado.
—¿Tú qué miras, pelmaza, con esa cara de chiflada?
—Oyyy, tito Brey… —sollozó ella—. Sabía que eras como un takoyaki… crujientito por fuera y blandito por dentro…
—¿Pero esta pedorra qué hace aquí? —preguntó Daisuke entonces—. ¿La estamos llevando por fin a la cárcel?
—¡Niño! —le gruñó Cleven—. ¡Que no soy una delincuente!
—Nos quitaste la pelota el otro día en el recreo. Y nos acosas.
—¡No es verdad! —se ofendió Cleven.
—No, Daisuke, la estamos llevando al manicomio —dijo Raijin.
—¡Oh! ¡Bieeen! ¡Siempre he querido ver un manicomio por dentro! —se emocionó Daisuke.
Llegaron al garaje de su edificio, dejaron el coche y fueron subiendo por el ascensor a casa. Mientras Raijin suspiraba muerto del cansancio, Clover observaba a Cleven en silencio, con una sonrisa misteriosa, y también con afecto.
—Pero papá, pero si esta es nuestra casa, no es el manicomio —dijo Daisuke, mientras Raijin abría con las llaves.
—Entre la tarada, la bruta, el niño dramático y el veinteañero a cargo de todos, será cuestión de tiempo, no te preocupes —dijo Raijin con sarcasmo y aire agotado—. Tomad —les tendió sus mochilas—. Id a vuestro cuarto, sacad la ropa de las mochilas, meted la limpia en los cajones, y la que deba lavarse, al cubo de la ropa sucia. Después, directos al baño.
—¡Nooo, vamos a jugaaar! —le suplicaron los niños, tirando de sus brazos y dando saltos—. ¡Juega con nosotros a los coches! ¡Y a pintar!
Cleven pudo ver el alma de su tío abandonando su cuerpo. Hasta le pareció ver cómo le crecieron ojeras en dos segundos. Ella podía entenderlo, más o menos, porque tenía un hermano pequeño que también había sido muy enérgico y espabilado. No podía hacer más que admirar la paciencia que tenía su tío, y su persistente intento de enseñarles buenos hábitos. Ahora lo entendía. Ese cansancio constante, tener sueño todo el rato…
«Debe de ser durísimo ser padre o madre a tan joven edad» pensó Cleven. «Sobre todo si estás solo, sin tu pareja al lado. Si Yue murió hace 5 años, estos dos niños se quedaron sin madre prácticamente después de nacer. Tío Brey ha tenido que hacer el papel de los dos, y desde los 15 años… Dios mío, no me gustaría nada estar en su lugar, sinceramente. ¿Cómo ha podido soportarlo? El tío Brey todavía iba al instituto cuando los niños no eran más que bebés, cuando las madres suelen darse de baja en el trabajo por maternidad. En serio, ¿cómo ha podido sobrevivir hasta ahora?».
—¡Niños! —exclamó Cleven de repente, y los mellizos se quedaron quietos mirándola—. Si hacéis lo que vuestro papá os ha dicho que hagáis… os contaré una historia alucinante antes de dormir.
—¡Ahhh! —dieron un respingo, intrigados—. ¿¡Qué historia!?
—La historia… —contestó Cleven, poniendo tono dramático—… de cómo me escapé de la cárcel después de robarles la pelota a unos niños.
—¡Lo sabía! —Daisuke la apuntó con un dedo policial.
—Pero primero tenéis que hacer lo que papá os ha dicho, ¿vale? Es un trato. ¿Trato hecho?
—¡Sííí! —exclamó Clover—. Más vale que sea una buena historia —le advirtió Daisuke.
Los mellizos cogieron sus mochilas y subieron a su habitación corriendo. Raijin, entonces, dejó caer las llaves en el mueble de la entrada, entró en el salón y se apoyó sobre el respaldo del sofá, con los hombros alicaídos y cabizbajo. Cleven lo siguió, sonriendo, pero notó que no sólo se trataba del cansancio ahí. Algo pesaba sobre él.
—Tío… —lo llamó preocupada.
—Gracias, Cleven —dijo él, y cerró los ojos.
—No es nada, es un truquito que también funcionaba con mi hermano pequeño —sonrió otra vez.
—Ya, no sólo por eso. Es por… habértelo tomado así de bien.
—¿De verdad creías que me iba a tomar mal esta noticia? —se puso delante de él para mirarlo a los ojos—. Lo único que me he tomado mal es que no me lo dijeras antes. ¿No entiendes lo que esto significa para mí?
—¿El qué? —la miró confuso.
—Pues… —casi rio, señalando al piso de arriba como si fuera obvio—. ¡Que tengo primos! ¡Tengo dos primitos que son una pasada! ¡Tengo una familia más grande de lo que creía! ¡Creía que sólo eras tú… pero eres tú y ellos!
Raijin la observaba sorprendido por esa gran emoción que ella expresaba ante algo que no parecía gran cosa.
—Gracias por haberlos tenido, tío Brey, gracias por darme unos primos tan adorables —lo agarró de las manos.
Raijin abrió los ojos con mayor sorpresa. Nunca nadie le había agradecido lo que tanta gente le había reprochado.
—Eres mi único tío, y por eso soñaba con la posibilidad de que tuvieras hijos y mi familia fuera más grande. Claro que cuando descubrí que mi tío eras tú y que… bueno… sólo tienes 20 años… obviamente no esperaba que tuvieras hijos a esta edad… y pensé que, bueno, que tendría que esperar unos años más a la posibilidad de que te casaras y tuvieras hijos para poder tener primitos. Esto ha sido un poco de locos, pero ha sido la sorpresa más maravillosa de esta semana demencial.
Él seguía mudo, porque de verdad no se esperaba que Cleven lo sintiera todo de esa forma. Esperaba que tuviese alguna dificultad para aceptarlo, o alguna pega… pero se lo estaba haciendo todo muy fácil. Otra vez. Ella siempre hacía eso, reconfortar, aliviar, ayudar… De hecho, que hubiese logrado persuadir a los niños de ponerse a jugar para obedecer y que se hubiese ofrecido a contarles un cuento antes de dormir –o la historia de una fugitiva ladrona de pelotas–, Raijin se dio cuenta de lo mucho que necesitaba eso ahora mismo. Un respiro.
Sin embargo, luego agachó la mirada y contuvo un pensamiento amargo. Ella había dicho “eres mi único tío”. Sería muy difícil explicarle ahora a Cleven que eso no era del todo cierto. Y que Clover y Daisuke no eran sus únicos primos.
—Por eso me hiciste esas preguntas raras ayer. A esto te referías cuando me dijiste que no vivías solo… hahah… Tío Brey, quiero hacerte tantas preguntas… —se sentó a su lado, sobre el respaldo del sofá, entusiasmada—. ¿Cómo te las has arreglado para criarlos durante cinco años tú solo?
—Eh… Bueno. Siempre he tenido la ayuda de Agatha, sobre todo los dos primeros años. Ella me enseñó todo lo que hay que hacer. También he tenido la ayuda de Yako y de los demás de vez en cuando.
—Pero ¿cómo hacías para ir al instituto con dos bebés en casa?
—No iba al instituto. No físicamente, me refiero. El director Suzuki, cuando me matriculé en la secundaria superior y le conté mi situación, me organizó un programa de estudios que me permitía estudiar desde casa y compaginar todo fácilmente. Así que el primer y el segundo curso lo hice desde aquí, desde casa, mientras criaba a los bebés. Asistía solamente a los exámenes, a las clases especiales y a los entrenamientos de atletismo como actividad extraescolar, donde podía hacer amigos y hacer un poco de vida normal. Y gracias a Agatha, podía salir los fines de semana a tomarme un respiro. El tercer curso ya lo pude hacer semipresencial, porque los mellizos ya podían ir a la guardería unas horas por las mañanas.
—Guau… ¿En serio el director Suzuki, ese viejo cascarrabias, hizo eso por ti? ¿No te negó la matrícula por tu caso?
—Cleven… —frunció el ceño—. El director Suzuki jamás le ha negado la matrícula ni la enseñanza a nadie. Por eso el Tomonari está lleno de extranjeros, mestizos y nacionales, y de alumnos tanto de rentas bajas como de rentas altas.
Cleven puso una mueca impresionada, porque hasta ahora no se había dado cuenta de eso.
—Y… ¿les has hablado a los mellizos sobre su madre? —quiso saber Cleven.
—Mm… no… —murmuró, bajando la cabeza—. Aún no les he hablado de ella. Quiero esperar a que su desarrollo neuronal, cognitivo y su madurez aumenten un poco más para que la historia sobre su madre no les cree ningún tipo de trauma o conflicto emocional. Quizá el año que viene.
Cleven frunció el ceño. Siempre le chocaba cuando Raijin se ponía a hablar de esa forma rara, tan técnica. Pero ser tan racional era ya algo propio de él y se estaba acostumbrando.
—Tendré cuidado, entonces, con lo que diré delante de ellos —le dijo ella—. Tengo una última curiosidad. Esto era lo que estuviste a punto de decirme en el parque, antes de descubrir que yo era tu sobrina. Al final te reprimiste. ¿Es porque pensabas que yo rechazaría la relación al saber la responsabilidad con la que vienes?
—Jamás te habría pedido ni permitido tomar ninguna responsabilidad sobre los mellizos —respondió él enseguida.
—¿Por qué?
—Porque tienes 16 años. No le puedo pedir a una chica de 16, 17 o 18 años que para estar conmigo debe convertirse en madre, o ayudarme a criar a los niños o responsabilizarse de ellos. Porque la responsabilidad de cualquier chico o chica de esa edad es estudiar y tener una vida adolescente normal. Nada más. Clover y Daisuke son responsabilidad mía. Yo soy el causante de que ellos existan. Por eso, no debo dejar que otras personas se encarguen de las cosas que yo he causado, o de mis problemas o de mis deberes.
—A mí no me habría importado compartir esa responsabilidad contigo.
—Pero a mí sí. No podría vivir tranquilo permitiéndolo. Tú no has tenido hijos con 15 años. Yo sí. Tú estás teniendo la vida adolescente que debes tener. A mí me ocurrió algo imprevisto, pero tuve la opción de elegir. Los padres de Yue aún viven, y querían quedarse con la custodia completa de los mellizos. Yo podría haber aceptado que se los quedasen ellos. Y a pesar de que en ese momento mi mundo estaba patas arriba, elegí quedármelos y renuncié a una vida adolescente normal. No estoy teniendo esta vida por obligación, sino porque yo lo quise. Por eso, encontrar de nuevo una pareja o tener una relación estable con alguien puede ser complicado, pero los mellizos siempre van a estar en primer lugar. ¿Lo entiendes?
Cleven no pudo evitar agarrar su brazo y apoyó la cabeza en su hombro. Raijin se extrañó un poco al principio, pero sintió todo ese cariño y esa comprensión que ella le estaba transmitiendo.
—Bueno. Pero como entenderás, resulta que soy tu sobrina, y que estaré viviendo en tu casa. Y es perfectamente normal que tu sobrina te ayude a cuidar de sus primitos, porque es como si fueran sus hermanos —lo abrazó más fuerte, y cerró los ojos—. Eres una persona admirable, tío Brey. Con cada cosa nueva que aprendo de ti, más orgullosa me siento de ti.
Raijin escuchó esas palabras como si fueran las más importantes que escuchaba en mucho tiempo. Porque, de algún modo, sintió que Katya también le diría esas palabras, o sus padres. Pero luego tuvo otro amargo pensamiento. ¿Cleven seguiría admirándolo o estando orgullosa de él si supiera que era un iris y que había ejecutado a muchas personas, personas malas?
—¡Oye! ¿¡Qué pasa!? —irrumpió la voz de Daisuke, apareciendo completamente desnudo en lo alto de las escaleras con cara de malas pulgas—. ¡Que se me están helando las ciruelas! ¿¡Para cuándo mi baño caliente, birria de padre!? —dio unas palmadas, como si estuviera dando órdenes a un sirviente.
—Este mocoso… —gruñó Raijin ante la osadía del niño.
—Pff… —Cleven se tapó la boca, pero no pudo contenderse—. ¡Jaaajajaja…! ¡Las ciruelas…! Este pequeñajo tiene unas ocurrencias que un día me matará de la risa… ¡Ajajaja…!
Raijin suspiró pacientemente y Cleven fue con él arriba. Lo ayudó a bañar a los niños. No paró de jugar y reír con ellos mientras tanto, de lo feliz que estaba de conocer a los nuevos miembros Saehara. Entre los tres, llegaron incluso a robarle alguna sonrisa a Raijin. Sin duda, con Cleven ahí todo era más fácil, un respiro de aire fresco.
La ladrona de pelotas cumplió su parte del trato y les contó una historia a los niños mientras les ponían los pijamas en su habitación. La habitación de los mellizos era más grande que las otras. La cama de Clover estaba a la derecha y la de Daisuke a la izquierda, una enfrente de la otra. Tenían el cuarto así dividido, con todas las cosas de Daisuke a un lado y todas las cosas de Clover en el otro, con sus respectivas mesas de estudio en una esquina y en otra, estanterías con libros y muñecos, y un armario de ropa cada uno.
Cleven observó curiosa que la mesa de Daisuke estaba llena de hojas de papel y bolígrafos, pinceles, lápices, y dibujos de animales, o bichos, o cosas raras, pero también hojas llenas de palabras escritas en perfecto kanji y otros símbolos que no reconocía. La de Clover, en cambio, estaba llena de objetos de toda índole: muñequitos, piedras, cajitas de madera, hojas de árbol, una armónica, plumas de ave, telas antiguas, cuencos de arcilla, tarros con arena o sal… Cleven pensó medio en broma que parecía la botica de una bruja.
Raijin quedó bastante impresionado con la habilidad de Cleven de inventarse una historia sobre la marcha, que mantuvo a los niños enganchados veinte minutos seguidos y se partieron de risa con las partes cómicas en las que Cleven ponía caras graciosas y hacía gestos teatrales. Pero luego recordó que Cleven ya hacía eso todos los días, montarse sus películas fantasiosas, y formaba parte de ella. «Igual que su padre» pensó el rubio, negando con la cabeza.
Al final de la historia, ambos niños se metieron juntos en la cama de Daisuke.
—Uaaah… Bueno, me voy a la cama —bostezó Cleven—. ¡Ahí va, que se me olvida! Tío Brey, ¿pasado mañana puedes venir a una reunión del instituto? Se supone que tienes que ir porque estoy a tu cargo.
—¿Yo? ¿Y qué pasa con tu padre?
—Él también va. Lógicamente. Es a partir del final del recreo, a las doce. —Raijin guardó un silencio pesado—. No me irás a decir ahora que no vas porque va mi padre. ¿Estáis en buenos términos o no? ¿Al menos lo suficiente para no mataros el uno al otro?
—Sería una buena pregunta para hacérsela a él —masculló el rubio, pero lo hizo en voz baja, mientras tapaba a los niños con la manta—. Doce… Sí, iré, supongo.
—¿Pero tienes clase en la universidad?
—A esa hora tengo clase de Salud Pública, pero el profesor me cae de culo y si tengo una excusa para no verlo, mejor.
—Hahah, pellero —se rio Cleven, y se fue a su habitación a acostarse.
Una vez solos, Raijin fue a terminar de arropar a los niños, tumbados juntos en la cama, pero se dio cuenta de que Daisuke llevaba puesto en el cuello el colgante de la moneda antigua de plata y Clover llevaba en la muñeca su horquilla de plata a modo de pulsera.
—¿Qué os tengo dicho? Nada de colgantes, collares, pulseras ni gomas de pelo al dormir —se los quitó a cada uno.
—Pero papi, son los regalos que nos diste en el festival y quiero llevarlo siempre —dijo Daisuke.
—Dormir con esas cosas puede ser peligroso o dañino, os puede cortar la circulación sanguínea de la mano y a ti esto te puede ahogar si te pones en una postura inadecuada, Dai. Os dejará marcas en la piel. Dejadlo en la mesilla durante la noche, ¿de acuerdo? Luego por la mañana os los ponéis si queréis al vestiros. De todas formas, ¿por qué os gustan tanto estas baratijas? Tenéis juguetes abandonados que salieron más caros.
—Porque son los amuletos más poderosos del mundo y nos pertenecen por derecho y la bruja que te los vendió te cobró lo mínimo para que no sospecharas —dijo Daisuke—. ¡Ay!
Clover le dio una patada bajo la manta para que cerrara la boca.
—Entre tú y Cleven podríais crear la película más taquillera del siglo —bufó Raijin—. Humanos locos… —murmuró mientras dejaba los objetos en la mesilla junto a la cama—. Clover, si luego te despiertas, recuerda regresar a tu propia cama, ¿vale?
Los dos niños guardaron un silencio largo y miraron a su padre con curiosidad.
—¿Qué hace la chica guapa aquí en casa? —preguntó Clover—. ¿Se va a quedar para siempre?
—No podemos esconder aquí a una fugitiva de la cárcel, papá —dramatizó Daisuke—. Me robará todas las pelotas.
Raijin soltó un largo suspiro y se sentó en el borde de la cama, medio tumbándose sobre ellos, apoyando la cabeza en una mano.
—Veréis, enanos. Cleven es vuestra prima.
—¿Qué es una prima? ¿Una sirvienta? —se ilusionó Daisuke.
—Un familiar. Como yo. Así que, a partir de ahora, va a quedarse a vivir aquí con nosotros.
—¡Bien! —exclamó Clover.
—Papá, ¿puedo pintarle la cara a la prima mientras duerme? —quiso saber Daisuke.
—Si por eso dejas de pintármela a mí, sí. Pero sed simpáticos con ella, ¿vale? Es una persona muy importante para mí.
—¿Igual que nosotros? —preguntó Clover alegremente.
Raijin la miró con una expresión cálida en los ojos.
—Vosotros dos siempre seréis los más importantes para mí. Y después está ella. Procuremos ser una buena familia, ¿de acuerdo? Ella os gustará, es…
Raijin se calló de repente, llevándose una mano al pecho. Notó un breve pero fuerte impulso en su tatuaje. No dolía, ni hacía cosquillas, era una señal, una señal de la que ya se había olvidado.
—¿Papá? —se extrañaron.
El chico dejó de notar esa sensación, aunque siguió desconcertado. Sabía lo que significaba aquello. Ante todo, debía responder a esa señal obligatoriamente, como le habían enseñado.
Terminó de acostar a los niños, que no tardaron en caer dormidos. Comprobó que Cleven también estaba ya dormida en su habitación. Dejando todo apagado y en orden en la casa, cogió su abrigo y salió a la calle en plena medianoche. Saltó cuarenta metros de altura hasta lo alto de un edificio y siguió corriendo y brincando de azotea en azotea como una sombra, cruzando la ciudad hacia una dirección concreta. Sabía a qué dirección ir siguiendo los impulsos de su tatuaje.
«Entonces es cierto, al final ha pasado... Fuujin ha vuelto» pensó. «¿Ahora se le ocurre convocar una reunión? Espero que no esté llamándome sólo a mí». Y no se equivocaba. A mitad de camino, divisó allá a lo lejos, saltando sobre los edificios en la misma dirección, a Yako acompañado por Sam. Se reunió con ellos enseguida.
—¡Brey! —exclamó Yako al verlo, sin parar la marcha—. ¿¡Qué está pasando!? ¡Me arde el tatuaje!
—¿No es obvio? —replicó de mala gana—. Es ese tarado de Neuval.
—¡Es Fuujin, sin duda! —corroboró Sam—. ¿¡Cómo es posible!? ¿¡Desde cuándo ha recuperado su Marca!?
—Dejemos que él mismo nos lo explique —contestó Raijin.
—¡Mirad, por allí van los demás! —señaló Yako.
Cerca de ellos vieron a Nakuru, a Drasik y a Kyo, los cuales, al verlos, se juntaron con ellos con las mismas caras de sorpresa. Observaron cada vez más cercana la Torre de Tokio, donde alguien los esperaba, al fin, tras siete años de exilio.
Fin del 1º LIBRO - Realidad y Ficción
PARTE 2: La Búsqueda
La historia continúa en:
2º LIBRO - Pasado y Presente
La situación entre los seis jóvenes iris de la KRS se había calmado después de que los mellizos callasen a Cleven y a Raijin a pastelazos. A partir de ahí, Cleven entró en “modo asimilación”, y no hizo más que observar la situación de después.
Raijin obligó a los mellizos a volver a entrar a la cafetería, a ponerse delante de los otros niños y sus padres y a disculparse por haberlos vapuleado, con la debida inclinación. Cleven estaba perpleja al ver a los otros niños, que eran tres y además algo más mayores, uno con un labio hinchado, otro con un ojo hinchado, el otro con la nariz sangrando… mientras que los mellizos solamente estaban despeinados.
Yako estuvo haciendo de mediador y les explicó a los otros padres cómo y quién había empezado la agresión, por lo que ellos también acabaron disculpándose ante Raijin y obligando a sus malcriados hijos a lo mismo por comerse un pastel ajeno y empujar a una niña más pequeña al suelo.
Cleven se dio cuenta de que, si Raijin no hubiera tomado la iniciativa de pedir las disculpas, nadie más lo habría hecho, pues los otros padres habían estado a punto de marcharse a sus casas sin más, sin enseñar a sus hijos a plantar cara a sus errores y pedir perdón a quienes habían perjudicado cara a cara. Esto a Cleven le recordó mucho a sus padres. Su padre y su madre también les inculcaron esa costumbre desde muy pequeños, sobre todo a Lex y a ella. Supuso que Raijin también aprendió estos valores de su hermana o de sus padres. Y esto le gustó. Porque vio que su tío no era un cobarde irrespetuoso con el resto de la gente como muchísima gente era hoy en día.
Al final, Raijin también obligó a los mellizos a pedirle disculpas a Yako por haber armado tanto jaleo en su cafetería, otra vez. Pero Yako, con su sonrisa eterna, los abrazó con cariño, como siempre solía hacer.
Finalmente, ya entrada la noche, todo el mundo se fue a sus respectivas casas, menos Kyo y Drasik, que se fueron a dar un paseo por ahí, y el hermano de Drasik se quedó un rato con Yako. Cleven siguió en “modo asombrado callado observador” cuando Raijin montó a los niños en el coche, los sentó en sus sillas y, conduciendo de camino a casa, con Cleven de copiloto, se pasó los diez minutos del viaje discutiendo con los niños sobre lo ocurrido.
—Lo vamos a repasar una vez más —decía el rubio mientras conducía, severo—. Ves a otro mocoso comiéndose el pastel de tu hermano. ¿Qué tienes que hacer?
Cleven se giró en su asiento y miró a Clover ahí detrás.
—Le digo: “¡Oye, no te lo comas! ¡No es tuyo!”
Cleven volvió a mirar a Raijin.
—Bueno, ¿y qué haces si se niega? —insistió el chico.
Cleven miró a Clover de nuevo.
—Se lo repito otra vez. Le digo que lo que está haciendo está muy mal.
Miró a Raijin otra vez.
—Vale, pero él se niega otra vez y te empuja. ¿Qué debes hacer?
—¡Partirle los dientes! —exclamó Clover con una sonrisa entusiasmada.
—Pfff… —Cleven contuvo la risa.
—No. Clover. Por milésima vez —suspiró Raijin, frotándose los ojos con paciencia—. Vienes a decírmelo, o vas a decírselo a Yako o a cualquier otro mayor de nuestros conocidos.
—Ya he visto lo que pasa cuando voy a los mayores —discrepó la pequeña, que, como tenía el pelo enmarañado por la pelea, sujetaba su querida horquilla entre las manos—. Vienen y, en vez de regañar al niño malo, me dicen: “Bueno, Clover, déjalo que se lo coma, no pasa nada, yo te pongo otro pastelito”. ¿Dónde está el aprendizaje ahí? ¿Dónde está la justicia?
—¿Qué le importa eso a una enana de 5 años? —gruñó Raijin.
—Por eso hay tantas personas malas en el mundo —la niña se cruzó de bracitos, refunfuñando—. Porque nadie quiere esforzarse, ser valiente, enfrentarse al problema. Todo el mundo prefiere ser blando, dejarlo pasar, creyendo que así mantienen la paz… cuando en realidad, es así como destruyen la paz. Si los malos no aprenden que comerse el pastelito de otra persona tiene un duro castigo, lo seguirán haciendo.
—Esos niños de mierda ya no van a volver a acercarse a ninguno de nuestros pastelitos en toda su vida —se rio Daisuke, celebrando la victoria chocando los cinco con su hermana.
—Incroyable… —murmuró Cleven en francés, fascinada con cómo esos enanos expresaban sus opiniones.
—¿Desde cuándo yo no me enfrento a los mocosos de mierda que os causan problemas? —replicó Raijin—. ¡Todos los niños del barrio me temen! Sabes perfectamente que si me hubieras avisado de que ese niñato se estaba comiendo el pastel de tu hermano y que te había empujado, yo habría ido a cagarlo de miedo y a enseñarle los modales que claramente sus padres no le han enseñado. Como con el niño del parque de esta tarde.
—Ya, pero ese niño habría acabado respetándote a ti. Yo quiero que me respeten a mí —se impuso la niña.
—En ese caso, ten cuidado con no confundir el respeto con el miedo, Clover. Un enemigo que te respeta, tratará de superarte. Pero un enemigo que te teme, tratará de destruirte. Tu problema está en que te propasas. Y por eso creo que lo mejor va a ser que yo empiece a entrenarte.
—¿En la lucha? —brincó la niña con ojitos brillantes de emoción.
—Y en la disciplina.
—¡Menudo rollo! —opinó Daisuke—. ¡Harás que Clover se convierta en una aburrida como tú! ¡Nooo, viviré entre muermooos!
—Y tú igual, korol’ dramy, te vendrá bien aprender disciplina.
—¿¡Y yo por qué!? —protestó el niño—. ¿Por no dejar a Clo sola en su pelea por la justicia?
—¿Tú crees de verdad que tu hermana necesita protección?
—¡Hah! Por supuesto que no —sonrió el niño con orgullo, mirando a su melliza—. Lo que ella necesita es mi apoyo. Y siempre lo tendrá.
Clover también le sonrió a su hermano y ambos niños se agarraron de la mano. Cleven estaba estupefacta por toda esa conversación y al mismo tiempo maravillada al ver en ese momento ese enorme y poderoso vínculo entre ambos niños. Le extrañó no oír ni una palabra más de su tío. Cuando lo miró, lo vio con su semblante serio de siempre, mirando hacia la carretera, pero con una sonrisa en los labios. Esa sonrisa discreta y llena de orgullo de su tío casi le empañó a Cleven los ojos de lágrimas, extremadamente enternecida.
—¡OoooooOOOH…! —soltó un gemidito gatuno.
Cuando Raijin se dio cuenta, borró su sonrisa enseguida y la miró molesto, y algo sonrojado.
—¿Tú qué miras, pelmaza, con esa cara de chiflada?
—Oyyy, tito Brey… —sollozó ella—. Sabía que eras como un takoyaki… crujientito por fuera y blandito por dentro…
—¿Pero esta pedorra qué hace aquí? —preguntó Daisuke entonces—. ¿La estamos llevando por fin a la cárcel?
—¡Niño! —le gruñó Cleven—. ¡Que no soy una delincuente!
—Nos quitaste la pelota el otro día en el recreo. Y nos acosas.
—¡No es verdad! —se ofendió Cleven.
—No, Daisuke, la estamos llevando al manicomio —dijo Raijin.
—¡Oh! ¡Bieeen! ¡Siempre he querido ver un manicomio por dentro! —se emocionó Daisuke.
Llegaron al garaje de su edificio, dejaron el coche y fueron subiendo por el ascensor a casa. Mientras Raijin suspiraba muerto del cansancio, Clover observaba a Cleven en silencio, con una sonrisa misteriosa, y también con afecto.
—Pero papá, pero si esta es nuestra casa, no es el manicomio —dijo Daisuke, mientras Raijin abría con las llaves.
—Entre la tarada, la bruta, el niño dramático y el veinteañero a cargo de todos, será cuestión de tiempo, no te preocupes —dijo Raijin con sarcasmo y aire agotado—. Tomad —les tendió sus mochilas—. Id a vuestro cuarto, sacad la ropa de las mochilas, meted la limpia en los cajones, y la que deba lavarse, al cubo de la ropa sucia. Después, directos al baño.
—¡Nooo, vamos a jugaaar! —le suplicaron los niños, tirando de sus brazos y dando saltos—. ¡Juega con nosotros a los coches! ¡Y a pintar!
Cleven pudo ver el alma de su tío abandonando su cuerpo. Hasta le pareció ver cómo le crecieron ojeras en dos segundos. Ella podía entenderlo, más o menos, porque tenía un hermano pequeño que también había sido muy enérgico y espabilado. No podía hacer más que admirar la paciencia que tenía su tío, y su persistente intento de enseñarles buenos hábitos. Ahora lo entendía. Ese cansancio constante, tener sueño todo el rato…
«Debe de ser durísimo ser padre o madre a tan joven edad» pensó Cleven. «Sobre todo si estás solo, sin tu pareja al lado. Si Yue murió hace 5 años, estos dos niños se quedaron sin madre prácticamente después de nacer. Tío Brey ha tenido que hacer el papel de los dos, y desde los 15 años… Dios mío, no me gustaría nada estar en su lugar, sinceramente. ¿Cómo ha podido soportarlo? El tío Brey todavía iba al instituto cuando los niños no eran más que bebés, cuando las madres suelen darse de baja en el trabajo por maternidad. En serio, ¿cómo ha podido sobrevivir hasta ahora?».
—¡Niños! —exclamó Cleven de repente, y los mellizos se quedaron quietos mirándola—. Si hacéis lo que vuestro papá os ha dicho que hagáis… os contaré una historia alucinante antes de dormir.
—¡Ahhh! —dieron un respingo, intrigados—. ¿¡Qué historia!?
—La historia… —contestó Cleven, poniendo tono dramático—… de cómo me escapé de la cárcel después de robarles la pelota a unos niños.
—¡Lo sabía! —Daisuke la apuntó con un dedo policial.
—Pero primero tenéis que hacer lo que papá os ha dicho, ¿vale? Es un trato. ¿Trato hecho?
—¡Sííí! —exclamó Clover—. Más vale que sea una buena historia —le advirtió Daisuke.
Los mellizos cogieron sus mochilas y subieron a su habitación corriendo. Raijin, entonces, dejó caer las llaves en el mueble de la entrada, entró en el salón y se apoyó sobre el respaldo del sofá, con los hombros alicaídos y cabizbajo. Cleven lo siguió, sonriendo, pero notó que no sólo se trataba del cansancio ahí. Algo pesaba sobre él.
—Tío… —lo llamó preocupada.
—Gracias, Cleven —dijo él, y cerró los ojos.
—No es nada, es un truquito que también funcionaba con mi hermano pequeño —sonrió otra vez.
—Ya, no sólo por eso. Es por… habértelo tomado así de bien.
—¿De verdad creías que me iba a tomar mal esta noticia? —se puso delante de él para mirarlo a los ojos—. Lo único que me he tomado mal es que no me lo dijeras antes. ¿No entiendes lo que esto significa para mí?
—¿El qué? —la miró confuso.
—Pues… —casi rio, señalando al piso de arriba como si fuera obvio—. ¡Que tengo primos! ¡Tengo dos primitos que son una pasada! ¡Tengo una familia más grande de lo que creía! ¡Creía que sólo eras tú… pero eres tú y ellos!
Raijin la observaba sorprendido por esa gran emoción que ella expresaba ante algo que no parecía gran cosa.
—Gracias por haberlos tenido, tío Brey, gracias por darme unos primos tan adorables —lo agarró de las manos.
Raijin abrió los ojos con mayor sorpresa. Nunca nadie le había agradecido lo que tanta gente le había reprochado.
—Eres mi único tío, y por eso soñaba con la posibilidad de que tuvieras hijos y mi familia fuera más grande. Claro que cuando descubrí que mi tío eras tú y que… bueno… sólo tienes 20 años… obviamente no esperaba que tuvieras hijos a esta edad… y pensé que, bueno, que tendría que esperar unos años más a la posibilidad de que te casaras y tuvieras hijos para poder tener primitos. Esto ha sido un poco de locos, pero ha sido la sorpresa más maravillosa de esta semana demencial.
Él seguía mudo, porque de verdad no se esperaba que Cleven lo sintiera todo de esa forma. Esperaba que tuviese alguna dificultad para aceptarlo, o alguna pega… pero se lo estaba haciendo todo muy fácil. Otra vez. Ella siempre hacía eso, reconfortar, aliviar, ayudar… De hecho, que hubiese logrado persuadir a los niños de ponerse a jugar para obedecer y que se hubiese ofrecido a contarles un cuento antes de dormir –o la historia de una fugitiva ladrona de pelotas–, Raijin se dio cuenta de lo mucho que necesitaba eso ahora mismo. Un respiro.
Sin embargo, luego agachó la mirada y contuvo un pensamiento amargo. Ella había dicho “eres mi único tío”. Sería muy difícil explicarle ahora a Cleven que eso no era del todo cierto. Y que Clover y Daisuke no eran sus únicos primos.
—Por eso me hiciste esas preguntas raras ayer. A esto te referías cuando me dijiste que no vivías solo… hahah… Tío Brey, quiero hacerte tantas preguntas… —se sentó a su lado, sobre el respaldo del sofá, entusiasmada—. ¿Cómo te las has arreglado para criarlos durante cinco años tú solo?
—Eh… Bueno. Siempre he tenido la ayuda de Agatha, sobre todo los dos primeros años. Ella me enseñó todo lo que hay que hacer. También he tenido la ayuda de Yako y de los demás de vez en cuando.
—Pero ¿cómo hacías para ir al instituto con dos bebés en casa?
—No iba al instituto. No físicamente, me refiero. El director Suzuki, cuando me matriculé en la secundaria superior y le conté mi situación, me organizó un programa de estudios que me permitía estudiar desde casa y compaginar todo fácilmente. Así que el primer y el segundo curso lo hice desde aquí, desde casa, mientras criaba a los bebés. Asistía solamente a los exámenes, a las clases especiales y a los entrenamientos de atletismo como actividad extraescolar, donde podía hacer amigos y hacer un poco de vida normal. Y gracias a Agatha, podía salir los fines de semana a tomarme un respiro. El tercer curso ya lo pude hacer semipresencial, porque los mellizos ya podían ir a la guardería unas horas por las mañanas.
—Guau… ¿En serio el director Suzuki, ese viejo cascarrabias, hizo eso por ti? ¿No te negó la matrícula por tu caso?
—Cleven… —frunció el ceño—. El director Suzuki jamás le ha negado la matrícula ni la enseñanza a nadie. Por eso el Tomonari está lleno de extranjeros, mestizos y nacionales, y de alumnos tanto de rentas bajas como de rentas altas.
Cleven puso una mueca impresionada, porque hasta ahora no se había dado cuenta de eso.
—Y… ¿les has hablado a los mellizos sobre su madre? —quiso saber Cleven.
—Mm… no… —murmuró, bajando la cabeza—. Aún no les he hablado de ella. Quiero esperar a que su desarrollo neuronal, cognitivo y su madurez aumenten un poco más para que la historia sobre su madre no les cree ningún tipo de trauma o conflicto emocional. Quizá el año que viene.
Cleven frunció el ceño. Siempre le chocaba cuando Raijin se ponía a hablar de esa forma rara, tan técnica. Pero ser tan racional era ya algo propio de él y se estaba acostumbrando.
—Tendré cuidado, entonces, con lo que diré delante de ellos —le dijo ella—. Tengo una última curiosidad. Esto era lo que estuviste a punto de decirme en el parque, antes de descubrir que yo era tu sobrina. Al final te reprimiste. ¿Es porque pensabas que yo rechazaría la relación al saber la responsabilidad con la que vienes?
—Jamás te habría pedido ni permitido tomar ninguna responsabilidad sobre los mellizos —respondió él enseguida.
—¿Por qué?
—Porque tienes 16 años. No le puedo pedir a una chica de 16, 17 o 18 años que para estar conmigo debe convertirse en madre, o ayudarme a criar a los niños o responsabilizarse de ellos. Porque la responsabilidad de cualquier chico o chica de esa edad es estudiar y tener una vida adolescente normal. Nada más. Clover y Daisuke son responsabilidad mía. Yo soy el causante de que ellos existan. Por eso, no debo dejar que otras personas se encarguen de las cosas que yo he causado, o de mis problemas o de mis deberes.
—A mí no me habría importado compartir esa responsabilidad contigo.
—Pero a mí sí. No podría vivir tranquilo permitiéndolo. Tú no has tenido hijos con 15 años. Yo sí. Tú estás teniendo la vida adolescente que debes tener. A mí me ocurrió algo imprevisto, pero tuve la opción de elegir. Los padres de Yue aún viven, y querían quedarse con la custodia completa de los mellizos. Yo podría haber aceptado que se los quedasen ellos. Y a pesar de que en ese momento mi mundo estaba patas arriba, elegí quedármelos y renuncié a una vida adolescente normal. No estoy teniendo esta vida por obligación, sino porque yo lo quise. Por eso, encontrar de nuevo una pareja o tener una relación estable con alguien puede ser complicado, pero los mellizos siempre van a estar en primer lugar. ¿Lo entiendes?
Cleven no pudo evitar agarrar su brazo y apoyó la cabeza en su hombro. Raijin se extrañó un poco al principio, pero sintió todo ese cariño y esa comprensión que ella le estaba transmitiendo.
—Bueno. Pero como entenderás, resulta que soy tu sobrina, y que estaré viviendo en tu casa. Y es perfectamente normal que tu sobrina te ayude a cuidar de sus primitos, porque es como si fueran sus hermanos —lo abrazó más fuerte, y cerró los ojos—. Eres una persona admirable, tío Brey. Con cada cosa nueva que aprendo de ti, más orgullosa me siento de ti.
Raijin escuchó esas palabras como si fueran las más importantes que escuchaba en mucho tiempo. Porque, de algún modo, sintió que Katya también le diría esas palabras, o sus padres. Pero luego tuvo otro amargo pensamiento. ¿Cleven seguiría admirándolo o estando orgullosa de él si supiera que era un iris y que había ejecutado a muchas personas, personas malas?
—¡Oye! ¿¡Qué pasa!? —irrumpió la voz de Daisuke, apareciendo completamente desnudo en lo alto de las escaleras con cara de malas pulgas—. ¡Que se me están helando las ciruelas! ¿¡Para cuándo mi baño caliente, birria de padre!? —dio unas palmadas, como si estuviera dando órdenes a un sirviente.
—Este mocoso… —gruñó Raijin ante la osadía del niño.
—Pff… —Cleven se tapó la boca, pero no pudo contenderse—. ¡Jaaajajaja…! ¡Las ciruelas…! Este pequeñajo tiene unas ocurrencias que un día me matará de la risa… ¡Ajajaja…!
Raijin suspiró pacientemente y Cleven fue con él arriba. Lo ayudó a bañar a los niños. No paró de jugar y reír con ellos mientras tanto, de lo feliz que estaba de conocer a los nuevos miembros Saehara. Entre los tres, llegaron incluso a robarle alguna sonrisa a Raijin. Sin duda, con Cleven ahí todo era más fácil, un respiro de aire fresco.
La ladrona de pelotas cumplió su parte del trato y les contó una historia a los niños mientras les ponían los pijamas en su habitación. La habitación de los mellizos era más grande que las otras. La cama de Clover estaba a la derecha y la de Daisuke a la izquierda, una enfrente de la otra. Tenían el cuarto así dividido, con todas las cosas de Daisuke a un lado y todas las cosas de Clover en el otro, con sus respectivas mesas de estudio en una esquina y en otra, estanterías con libros y muñecos, y un armario de ropa cada uno.
Cleven observó curiosa que la mesa de Daisuke estaba llena de hojas de papel y bolígrafos, pinceles, lápices, y dibujos de animales, o bichos, o cosas raras, pero también hojas llenas de palabras escritas en perfecto kanji y otros símbolos que no reconocía. La de Clover, en cambio, estaba llena de objetos de toda índole: muñequitos, piedras, cajitas de madera, hojas de árbol, una armónica, plumas de ave, telas antiguas, cuencos de arcilla, tarros con arena o sal… Cleven pensó medio en broma que parecía la botica de una bruja.
Raijin quedó bastante impresionado con la habilidad de Cleven de inventarse una historia sobre la marcha, que mantuvo a los niños enganchados veinte minutos seguidos y se partieron de risa con las partes cómicas en las que Cleven ponía caras graciosas y hacía gestos teatrales. Pero luego recordó que Cleven ya hacía eso todos los días, montarse sus películas fantasiosas, y formaba parte de ella. «Igual que su padre» pensó el rubio, negando con la cabeza.
Al final de la historia, ambos niños se metieron juntos en la cama de Daisuke.
—Uaaah… Bueno, me voy a la cama —bostezó Cleven—. ¡Ahí va, que se me olvida! Tío Brey, ¿pasado mañana puedes venir a una reunión del instituto? Se supone que tienes que ir porque estoy a tu cargo.
—¿Yo? ¿Y qué pasa con tu padre?
—Él también va. Lógicamente. Es a partir del final del recreo, a las doce. —Raijin guardó un silencio pesado—. No me irás a decir ahora que no vas porque va mi padre. ¿Estáis en buenos términos o no? ¿Al menos lo suficiente para no mataros el uno al otro?
—Sería una buena pregunta para hacérsela a él —masculló el rubio, pero lo hizo en voz baja, mientras tapaba a los niños con la manta—. Doce… Sí, iré, supongo.
—¿Pero tienes clase en la universidad?
—A esa hora tengo clase de Salud Pública, pero el profesor me cae de culo y si tengo una excusa para no verlo, mejor.
—Hahah, pellero —se rio Cleven, y se fue a su habitación a acostarse.
Una vez solos, Raijin fue a terminar de arropar a los niños, tumbados juntos en la cama, pero se dio cuenta de que Daisuke llevaba puesto en el cuello el colgante de la moneda antigua de plata y Clover llevaba en la muñeca su horquilla de plata a modo de pulsera.
—¿Qué os tengo dicho? Nada de colgantes, collares, pulseras ni gomas de pelo al dormir —se los quitó a cada uno.
—Pero papi, son los regalos que nos diste en el festival y quiero llevarlo siempre —dijo Daisuke.
—Dormir con esas cosas puede ser peligroso o dañino, os puede cortar la circulación sanguínea de la mano y a ti esto te puede ahogar si te pones en una postura inadecuada, Dai. Os dejará marcas en la piel. Dejadlo en la mesilla durante la noche, ¿de acuerdo? Luego por la mañana os los ponéis si queréis al vestiros. De todas formas, ¿por qué os gustan tanto estas baratijas? Tenéis juguetes abandonados que salieron más caros.
—Porque son los amuletos más poderosos del mundo y nos pertenecen por derecho y la bruja que te los vendió te cobró lo mínimo para que no sospecharas —dijo Daisuke—. ¡Ay!
Clover le dio una patada bajo la manta para que cerrara la boca.
—Entre tú y Cleven podríais crear la película más taquillera del siglo —bufó Raijin—. Humanos locos… —murmuró mientras dejaba los objetos en la mesilla junto a la cama—. Clover, si luego te despiertas, recuerda regresar a tu propia cama, ¿vale?
Los dos niños guardaron un silencio largo y miraron a su padre con curiosidad.
—¿Qué hace la chica guapa aquí en casa? —preguntó Clover—. ¿Se va a quedar para siempre?
—No podemos esconder aquí a una fugitiva de la cárcel, papá —dramatizó Daisuke—. Me robará todas las pelotas.
Raijin soltó un largo suspiro y se sentó en el borde de la cama, medio tumbándose sobre ellos, apoyando la cabeza en una mano.
—Veréis, enanos. Cleven es vuestra prima.
—¿Qué es una prima? ¿Una sirvienta? —se ilusionó Daisuke.
—Un familiar. Como yo. Así que, a partir de ahora, va a quedarse a vivir aquí con nosotros.
—¡Bien! —exclamó Clover.
—Papá, ¿puedo pintarle la cara a la prima mientras duerme? —quiso saber Daisuke.
—Si por eso dejas de pintármela a mí, sí. Pero sed simpáticos con ella, ¿vale? Es una persona muy importante para mí.
—¿Igual que nosotros? —preguntó Clover alegremente.
Raijin la miró con una expresión cálida en los ojos.
—Vosotros dos siempre seréis los más importantes para mí. Y después está ella. Procuremos ser una buena familia, ¿de acuerdo? Ella os gustará, es…
Raijin se calló de repente, llevándose una mano al pecho. Notó un breve pero fuerte impulso en su tatuaje. No dolía, ni hacía cosquillas, era una señal, una señal de la que ya se había olvidado.
—¿Papá? —se extrañaron.
El chico dejó de notar esa sensación, aunque siguió desconcertado. Sabía lo que significaba aquello. Ante todo, debía responder a esa señal obligatoriamente, como le habían enseñado.
Terminó de acostar a los niños, que no tardaron en caer dormidos. Comprobó que Cleven también estaba ya dormida en su habitación. Dejando todo apagado y en orden en la casa, cogió su abrigo y salió a la calle en plena medianoche. Saltó cuarenta metros de altura hasta lo alto de un edificio y siguió corriendo y brincando de azotea en azotea como una sombra, cruzando la ciudad hacia una dirección concreta. Sabía a qué dirección ir siguiendo los impulsos de su tatuaje.
«Entonces es cierto, al final ha pasado... Fuujin ha vuelto» pensó. «¿Ahora se le ocurre convocar una reunión? Espero que no esté llamándome sólo a mí». Y no se equivocaba. A mitad de camino, divisó allá a lo lejos, saltando sobre los edificios en la misma dirección, a Yako acompañado por Sam. Se reunió con ellos enseguida.
—¡Brey! —exclamó Yako al verlo, sin parar la marcha—. ¿¡Qué está pasando!? ¡Me arde el tatuaje!
—¿No es obvio? —replicó de mala gana—. Es ese tarado de Neuval.
—¡Es Fuujin, sin duda! —corroboró Sam—. ¿¡Cómo es posible!? ¿¡Desde cuándo ha recuperado su Marca!?
—Dejemos que él mismo nos lo explique —contestó Raijin.
—¡Mirad, por allí van los demás! —señaló Yako.
Cerca de ellos vieron a Nakuru, a Drasik y a Kyo, los cuales, al verlos, se juntaron con ellos con las mismas caras de sorpresa. Observaron cada vez más cercana la Torre de Tokio, donde alguien los esperaba, al fin, tras siete años de exilio.
Fin del 1º LIBRO - Realidad y Ficción
PARTE 2: La Búsqueda
La historia continúa en:
2º LIBRO - Pasado y Presente
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