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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









86.
Siempre fue él

Rato después, cuando Cleven ya se marchó de la casa de su amiga, decidió pasear por el Parque Yoyogi para permanecer cerca del hotel. No paraba de mirar el móvil cada cinco minutos. Por un lado, esperando algún mensaje de Nakuru diciéndole que ya estaba bien, y por otro lado, esperando la información final y definitiva que Toshiro le dijo que le enviaría.

Ya eran las tres de la tarde. Cleven ya se había cansado de esperar alguna novedad y ahora estaba sentada en un banco del parque, aburrida, con la cabeza apoyada en las manos, dejando que el móvil ya la avisase con algún sonido. Estaba mirando absorta el suelo. Por más que lo intentaba, no lograba recordar más detalles de su noche de ayer con Raijin, detalles íntimos, y le daba tanta rabia pero tanta emoción a la vez… No podía dejar de pensar en él.

De pronto, aparecieron unas botas masculinas en su campo de visión, parándose delante de ella. Cuando Cleven alzó la vista, encontró el precioso rostro de Raijin, a contraluz del sol, y sus cabellos rubios brillando como un halo.

—¡Oh! Creo que te acabo de invocar…

—Veo que al final no te has atragantado —dijo él.

Cleven le sonrió radiante, tan feliz y prendada de él que Raijin acabó ruborizándose y apartó la mirada a un lado con disimulo para seguir pareciendo serio e imperturbable. Esta vez, él parecía más calmado que anoche. Y también, más dócil que nunca. Era como si se hubiese ablandado. O, más bien, bajado las barreras y los muros.

—¿Cómo me has encontrado aquí? —preguntó ella.

Raijin siguió mirando a otra parte, dubitativo. Después, volvió la vista hacia ella.

—¿Podemos hablar?

—¡Claro! —brincó ella, sin poder despegarse esa sonrisa de la cara, con las mejillas coloradas.

El chico entonces se sentó a su lado en el banco, apoyándose en sus rodillas. Se encendió un cigarrillo y miró al frente.

—Lo de anoche… —comenzó.

—¡Fue genial! —interrumpió ella enseguida. Raijin se la quedó mirando—. Perdona. Sí.

—Creo que lo de anoche fue un poco precipitado.

—Oh… —a Cleven se le borró la sonrisa—. Bueno… quizá… no sé… —se quedó un momento en silencio—. Entonces… ¿te arrepientes…?

—No —contestó él directamente, y ella recuperó la ilusión en los ojos—. Solamente pienso… que deberíamos… ir más lento. ¿Entiendes?

—¡Ah! Sí… Sí… Creo que tienes razón. La verdad es que… todo parece haber ocurrido muy rápido, si lo piensas ahora. Pero… entonces… o sea… ¿Tú… yo…?

—El takoyaki. Termina de tragarlo —bromeó, pero con su tono serio de siempre.

—¿Hay algo entre tú y yo, entonces? ¿Tú quieres estar conmigo? Porque yo, sin duda, quiero estar contigo. Pero, ya te lo dije bien claro. Siempre que sea lo que te haga feliz.

Raijin volvió a quedarse mirándola, fijamente, analizador. Le dio una calada su cigarrillo.

—¿Qué pasa si lo que me hace feliz a mí, no te hace feliz a ti?

—¿Eh?

—Sé que lo dices de buen corazón. Pero… no siempre es fácil eso de hacer feliz a alguien. Soy una persona difícil. No es fácil hacerme sentir cosas. Creo que eso ya lo sabes. ¿Qué pasaría si en tu incansable decisión de hacerme feliz, sufres en el proceso? ¿Qué pasaría si, en tu intento de hacerme sentir cosas, no lo consigues, y eso te frustra, y te hace infeliz?

—Pues…

—¿Cómo crees que me sentiría yo… si veo que sufres por mi culpa? —insistió él.

Cleven lo miró sorprendida por esa pregunta. Le estaba diciendo claramente que él no soportaría verla sufrir o ser infeliz. Y le estaba advirtiendo y recordando que él no era una persona normal como los demás. Que él no podía cambiar lo que era. Sin embargo, ella al final soltó una leve risa, y esta vez él la miró con sorpresa.

—Raijin… ¿Qué tal si… por ahora… simplemente lo intentamos y vamos viendo qué tal evoluciona? —le preguntó risueña, y agarró su mano—. Ya te lo dije. Planeas demasiado, piensas demasiado en las consecuencias, las posibilidades y los detalles. No pasa nada por sufrir un poco… mientras sea algo que seamos capaces de detectar, y de resolver juntos. Y no pasa nada si es algo que al final no se pueda resolver… mientras podamos decir que, al menos, lo hemos intentado. En eso consiste vivir la vida. Nunca nada estará asegurado, nunca nada será perfecto y previsible. Estoy segura de que cuando consigas meterte esto en la cabeza y aceptarlo, empezarás a ser un poquito más feliz. Y a dejar de estar estancado. Y a fluir por la corriente de la vida, junto al resto del mundo.

Otra vez. Estaba volviendo a pasar. Raijin se había quedado embelesado escuchándola. Y sus palabras fueron, una vez más, reconfortantes. Raijin siempre buscaba hacer que los demás vivieran a salvo y seguros, pero rara vez él mismo se sentía a salvo y seguro en ese mundo. Ya desde pequeño, trabajando como iris, aprendió que no podía permitirse a sí mismo bajar la guardia ni descansar ni tomarse un respiro. Él era y nació siendo un protector eterno, un vigilante de por vida, siempre al tanto de todas las cosas peligrosas, inseguras, que podían torcerse o salir mal. Planear y pensar las cosas al detalle era su religión. Pero era cierto que, a veces, esto le agotaba, física y psicológicamente.

Yue también fue una humana capaz de hacerle sentir algo diferente, de hacerle bajar un poco la guardia, de hacerle tomarse un respiro de vez en cuando. Pero Cleven, no sabía cómo, le derribaba los muros por completo y sus palabras le aliviaban el alma. Al principio, hace casi una semana, había estado convencido de que era una pesada charlatana sin idea de nada. Y hasta ahora, no había dejado de sorprenderle.

—Intentarlo… y ver cómo evoluciona… —murmuró para sí mismo. Esas palabras chocaban un poco con el modo de funcionar de su iris, pero se sintió capaz de probar esta nueva vía por una vez en su vida—. Creo que puedo trabajar con eso.

—Me alegra oírlo —sonrió Cleven.

—Pero… eso no quita los elementos más importantes que están dentro de esta ecuación y que aún desconoces. Porque… hay cosas importantes que no debería ocultarte… si te dejo formar parte de mi vida.

—Es la segunda vez que me mencionas esto. Puedo ver que te cuesta mucho revelarme esas cosas. ¿Tanto miedo te da que yo reaccione mal si me las cuentas? Hahah… vamos… ni que hubieras matado a alguien…

—Madre mía… —masculló Raijin, dejando caer la cara sobre su mano, cada vez más nervioso. Esto iba a ser extremadamente difícil. Teniendo en cuenta que Raijin había matado a 28 personas en los últimos catorce años, todos horribles criminales, lo común para cualquier iris, estaba empezando a temer que de verdad esto no iba a funcionar con Cleven.

—¿Por qué no intentas contarme una de esas cosas? Sólo una. Verás cómo reacciono. Y si te sientes seguro, ya me contarás otra cosa cuando tú quieras.

Raijin respiró hondo, y se apoyó en su mano, reflexivo.

—Bueno… Verás... —balbució, algo reservado, incluso avergonzado—. Yo en realidad… no vivo solo exactamente...

—¿No? ¿Y con quién vives?

—Es que… Entre Yue y yo ocurrió algo… hubo algo más... que una simple relación, y… —intentó explicarse, nervioso—. Y… entonces yo... pues… Bah, ¿sabes qué? —acabó dando un resoplido resignado—. No puedo. Olvida lo que he dicho. Es complicado.

—Tranquilo, está bien. No pasa nada. Oye… ¿qué tal si por ahora nos preocupamos solamente del presente y… pensamos dónde comer una buena tarta de chocolate y simplemente hablamos de lo adorable que es MJ tratando de ocultar que babea constantemente por Yako?

En ese momento, Cleven no tuvo la oportunidad de verlo porque Raijin se estaba tapando la boca con la mano, pero le arrancó una sonrisa muy breve. Incluso casi se rio. Pero disimuló enseguida y pisó el cigarrillo bajo su bota.

—Haces que la vida parezca tan fácil…

—Y te gusta, ¿a que sí? —sonrió ella, levantándose del banco.

—A lo mejor me acostumbro —dijo él, poniéndose en pie también.

Sin embargo, se oyó un sonido, y a Cleven se le pusieron los pelos de punta. Su móvil, acababa de sonar la alarma de un mensaje, pero no instantáneo, sino de correo electrónico. Sacó su teléfono y se quedó casi sin respiración al ver que había recibido al fin una respuesta de Toshiro.

—¿Estás bien?

—Ay, Dios mío, Raijin, no me lo puedo creer… por fin ha llegado el momento… —lo agarró de la manga de la chaqueta, sin apartar los ojos desorbitados de su móvil—. Es posible que necesite que llames a un médico, porque me va a dar un infarto…

—Yo soy médico, y no te va a dar ningún infarto a tu edad. ¿Se puede saber qué pasa?

Cleven le pidió con un gesto que aguardase un momento. Se apartó un poco de él y abrió el correo para leerlo. «“Hola, Cleventine, soy Toshiro, de la universidad. Me complace decirte que he dado con la dirección de tu tío y estoy seguro al 100 % de que es ahí donde sigue viviendo actualmente, porque todo el correo universitario es ahí donde envía las cartas. Te deseo suerte. Envíale saludos a tu hermano. Un cordial saludo”». Y abajo ponía la dirección y un enlace al mapa online.

Quizá fuera porque ese día estaba resultando ser el día más feliz de su vida, que los ojos de Cleven se llenaron de lágrimas. Raijin se acercó rápidamente a ella al verlo, pero se calmó enseguida, porque supo identificar esas lágrimas como positivas y felices.

—¿Una buena noticia?

—Raijin… —se giró hacia él, mirándolo radiante de alegría y llevándose el móvil contra el pecho—. Tengo que ir ahora a un sitio. Es… muy importante… y…

—Tranquila. Claro. Eh… ¿quieres que te acompañe, o…?

—Sí, puedes acompañarme si quieres, ¡no hay ningún problema! Vamos —echó a andar con ímpetu.

Raijin, encogiéndose de hombros, la siguió por detrás, preguntándose si había quedado con alguien o tenía que recoger algún pedido en alguna tienda. Cleven siguió la ruta por el móvil. Durante el camino, ella se percató de que había una preocupación rondando por la cabeza del rubio.

—¿Qué te pasa, Raijin? —le preguntó entonces, poniéndose a su lado.

—Nada. Yako nos ha dado un pequeño susto a todos, en la cafetería.

—¿Qué le ha pasado?

—Nada. Está bien, un bajón quizá —contestó sin más—. Ya le preguntaré, cuando se recupere.

—Qué raro, a Nakuru también le ha pasado algo parecido…

Tras veinte minutos, la joven se paró delante de un edificio alto, bastante moderno, que tenía un pequeño patio ajardinado por delante, en una calle muy agradable con una carretera pequeña. Se quedó contemplando la fachada del edificio, con el corazón en la garganta.

Raijin, al llegar hasta ella y ver el edificio de enfrente, frunció el ceño. Mucho.

—¡Genial! —exclamó Cleven, corriendo hacia la puerta de acceso.

Raijin la siguió por detrás, cada vez más extrañado. Por un momento, pensó que Cleven lo estaba haciendo aposta y estaba tramando algo. La joven entró por la puerta abierta del portal, y antes de buscar los ascensores, se fue corriendo hacia los buzones para comprobarlo. Ahí estaba. ¡Ahí estaba su nombre y apellido!

—¡Sí, sí, sí! —celebró Cleven, dando saltos.

—Eh, no armes escándalo —le dijo Raijin, cerrando la puerta del portal para que no entrara frío—. ¿Se puede saber por qué has venido justo aquí? ¿A quién buscas aquí?

—Ah, claro, que no te lo he dicho —sonrió, y señaló a los buzones con énfasis—. Estoy buscando a mi tío.

—¿A tu tío? —frunció el ceño.

—¡Sí! ¡Mira, este es su buzón! ¡Brey Saehara! Así es como se llama. No sé qué aspecto tiene, no lo conozco aún, pero sé que es mitad ruso y mitad japonés, aunque yo siempre me lo he imaginado como un hombre de 40 años, gordito, con barba y cara bonachona, y…

¡Crack…! ¡Pum! Raijin se había cargado la puerta entera. Cuando la estaba cerrando y oyó ese nombre, sus fuerzas de iris despertaron de golpe y no calculó. La puerta era de hierro y cristal, de gran peso, y el hecho de haberse desencajado y caído al suelo exterior hacía de ello algo que nadie en ese momento era capaz de asimilar. Cleven se quedó patidifusa.

Pero no más que Raijin. Raijin estaba blanco. Petrificado. Helado. Estuvo a punto de sufrir un shock, pero su iris resistió, resistió como pudo, porque su dueño ahora lo necesitaba más que nunca, para poder entenderlo. Porque lo que estaba pasando se sobresalía del límite.

Fue ahora, y no antes, cuando la nube se disipó en la mente de Raijin. Fue ahora, y no antes, cuando por fin su memoria recuperó ese recuerdo e hizo la conexión, uniendo las piezas.

Y fue devastador. Mortífero. Fue como estrellarse contra el suelo. Porque dolió, y mucho.

Pero su iris resistió como pudo. E intentó hacerle conservar la cordura y actuar de la forma más adecuada posible.

—¿¡Qué has hecho!? —exclamó Cleven, cogiéndose de los pelos—. ¿¡Cómo lo has hecho!? ¿¡Qué ha pasado, por Dios!? ¡Te has cargado el portón! ¡Si lo ve un vecino, nos matan! ¡A la cárcel vamos! ¿¡Me estás escuchando!? ¡Raijin!

El chico seguía paralizado, de espaldas a ella.

—¡Raijin! —volvió a llamarlo.

De pronto, este se giró hacia ella. Cleven se estremeció al ver su cara.

—¿¡Eres Cleventine!? —gritó encolerizado, y su voz casi sonó como un trueno—. ¿¡Cleventine Vernoux!? Eres… —le tembló la voz al final.

—Pero… ¿qué estás…? Sí, Raijin, soy Cleventine Vernoux, ya sabes cómo me llamo. ¿Qué te ocurre?

—Eres… —Raijin se acercó a ella a zancadas, y ella retrocedió, un poco asustada. El chico tenía los ojos algo vidriosos—… esa Cleven…

—Raijin… me estás preocupando…

Sin embargo, a Cleven no le dio tiempo a decir nada más ni a respirar. Tardó en darse cuenta de que Raijin la había agarrado de un brazo y se la llevó escaleras arriba rápidamente.

—¿¡Qué estás haciendo!? —exclamó Cleven—. ¿¡A dónde me llevas!? ¡Me haces daño! ¿¡Qué te pasa!? ¡Suéltame!

Sin entender nada de lo que estaba pasando, y asustada por lo que estaba pasando, llegaron al quinto piso y Raijin se la llevó consigo hacia una de las cuatro puertas de las cuatro viviendas que ahí había, sacando sus llaves. «¿Q… qué?» se sorprendió Cleven, «¿¡Raijin también vive aquí!?».

—¿¡Raijin, conoces a mi tío!? —cayó en la cuenta, con el corazón en la garganta.

—Sí, claro que lo conozco —gruñó, abriendo la puerta y arrastrándola hacia adentro.

—¿¡Me quieres decir qué pasa!? —estalló Cleven, frotándose el brazo dolorido.

Raijin no contestó. Cleven vio que se dirigía a un salón muy amplio y de techo muy alto, y que cogía un teléfono de una mesilla junto al sofá, marcando un número velozmente.

—¿Empresa Hoteitsuba? —preguntó Raijin por el teléfono, y Cleven lo oyó—. Sí, necesito hablar con Neuval Vernoux.

En ese instante, una depresión casi le hizo perder a Cleven el equilibrio. Se fue corriendo hacia él.

—¿¡Qué haces!? —le chilló, abalanzándose contra él para quitarle el teléfono.

Raijin, sobresaltado, intentó esquivarla, pero al final los dos se cayeron al suelo bruscamente. El teléfono salió despedido y se rompió al chocar contra el suelo.

—¡Idiota! —exclamó Raijin, echando chispas.

—¿¡Qué te pasa!? —volvió a chillarle, con lágrimas en los ojos—. ¿¡Qué está pasando!? ¿¡Qué pasa contigo, qué haces!?

—¡Alejarte de mí y de este lugar!

Cleven abrió los ojos con gran pasmo. Nunca una frase le había dolido tanto.

—Ya veo... —murmuró, y sintió cómo se le quebraba el cuerpo—. Ya veo… —murmuró una vez más, con ojos trastornados, y dio media vuelta.

—¡Espera! —exclamó Raijin, poniéndose en pie.

—Me has… —balbució ella, parándose de espaldas a él. Luego se giró hacia él para mirarlo, todavía con esa expresión descolocada y abatida—. Me has hecho creer que… que yo te… Pero… resulta que era mentira… Eso era lo que pretendías. Deshacerte de mí. Llevarme por las ramas y soltármelo de repente de esta manera —asintió con la cabeza, mientras volvía a caminar hacia la puerta.

—No… ¡Espera, escucha! —trató de detenerla.

—¡No, escucha tú! —se giró hacia él una vez más, furiosa y con lágrimas—. ¿¡Sabes lo que me ha costado tratar de encontrar a mi tío!? ¡Me escapé de casa hace una semana para irme a vivir con él, Raijin! ¡Puede que no lo conozca, y que no sepa cómo es, pero quiero vivir con él! ¡No puedo vivir más en mi casa, estoy harta! ¿¡Comprendes!? ¡Quiero vivir con mi tío lejos de las prohibiciones y reglas de mi casa, donde no puedo respirar en paz, donde la ausencia de mi madre se nota cada día…! Además… —sollozó exasperada—. Aunque eso no fuera posible… aunque no pudiera vivir con él… Tan sólo quería conocerlo… quería conocer al hermano de mi madre…

Raijin cerró la boca, y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos mostraron genuina tristeza.

—¡Y tú has estado a punto de fastidiarlo todo! —siguió gritando Cleven—. ¡No sé de dónde has sacado el número de la empresa de mi padre! ¡Pero esto no te lo perdono! ¡Tratarme así, hacerme esto tan de repente, asustarme de esta manera…! ¡Creía que eras de otra manera! ¡Resulta que no eres como yo pensaba!

Se tapó los ojos con el brazo para ocultar sus lágrimas, dolida.

—Cleventine... —murmuró sorprendido por todo lo que había escuchado.

—¡Déjame! ¡Déjame en paz! —dio media vuelta—. No sé lo que te ha pasado conmigo... Sólo sé que he vuelto a ser una imbécil. ¡Dices que quieres alejarme de ti, pues me voy!

—Espera… —intentó detenerla de nuevo, pero ella ya salió del salón y llegó hasta la puerta de la entrada—. ¡Cleventine, espera un momento!

—¿¡Es que ahora te arrepientes de lo que has hecho!? —replicó con enfado, abriendo la puerta—. ¡Pues tarde! ¡No quiero volver a verte! ¡Ahora iré a buscar a mi tío yo sola! —sollozó, apretando los dientes y a punto de salir al rellano—. ¡Lo único que me importa ahora es saber quién es mi tío! ¡Si hace falta, gritaré su nombre por todo este edificio! ¡Brey Saehara!

Justo cuando fue a dar un paso afuera, Raijin se desplazó como el rayo y se puso a sus espaldas, y cerró la puerta de un manotazo, impidiéndole salir. Cleven se quedó paralizada, sin volverse, sintiendo la respiración del chico en su nuca. Estaba asustada. No entendía qué le pasaba a Raijin, en ese momento le daba miedo.

No obstante, tras un minuto de tenso silencio y quietud, Raijin le susurró algo al oído con una voz abatida:

—Brey Saehara… soy yo.









86.
Siempre fue él

Rato después, cuando Cleven ya se marchó de la casa de su amiga, decidió pasear por el Parque Yoyogi para permanecer cerca del hotel. No paraba de mirar el móvil cada cinco minutos. Por un lado, esperando algún mensaje de Nakuru diciéndole que ya estaba bien, y por otro lado, esperando la información final y definitiva que Toshiro le dijo que le enviaría.

Ya eran las tres de la tarde. Cleven ya se había cansado de esperar alguna novedad y ahora estaba sentada en un banco del parque, aburrida, con la cabeza apoyada en las manos, dejando que el móvil ya la avisase con algún sonido. Estaba mirando absorta el suelo. Por más que lo intentaba, no lograba recordar más detalles de su noche de ayer con Raijin, detalles íntimos, y le daba tanta rabia pero tanta emoción a la vez… No podía dejar de pensar en él.

De pronto, aparecieron unas botas masculinas en su campo de visión, parándose delante de ella. Cuando Cleven alzó la vista, encontró el precioso rostro de Raijin, a contraluz del sol, y sus cabellos rubios brillando como un halo.

—¡Oh! Creo que te acabo de invocar…

—Veo que al final no te has atragantado —dijo él.

Cleven le sonrió radiante, tan feliz y prendada de él que Raijin acabó ruborizándose y apartó la mirada a un lado con disimulo para seguir pareciendo serio e imperturbable. Esta vez, él parecía más calmado que anoche. Y también, más dócil que nunca. Era como si se hubiese ablandado. O, más bien, bajado las barreras y los muros.

—¿Cómo me has encontrado aquí? —preguntó ella.

Raijin siguió mirando a otra parte, dubitativo. Después, volvió la vista hacia ella.

—¿Podemos hablar?

—¡Claro! —brincó ella, sin poder despegarse esa sonrisa de la cara, con las mejillas coloradas.

El chico entonces se sentó a su lado en el banco, apoyándose en sus rodillas. Se encendió un cigarrillo y miró al frente.

—Lo de anoche… —comenzó.

—¡Fue genial! —interrumpió ella enseguida. Raijin se la quedó mirando—. Perdona. Sí.

—Creo que lo de anoche fue un poco precipitado.

—Oh… —a Cleven se le borró la sonrisa—. Bueno… quizá… no sé… —se quedó un momento en silencio—. Entonces… ¿te arrepientes…?

—No —contestó él directamente, y ella recuperó la ilusión en los ojos—. Solamente pienso… que deberíamos… ir más lento. ¿Entiendes?

—¡Ah! Sí… Sí… Creo que tienes razón. La verdad es que… todo parece haber ocurrido muy rápido, si lo piensas ahora. Pero… entonces… o sea… ¿Tú… yo…?

—El takoyaki. Termina de tragarlo —bromeó, pero con su tono serio de siempre.

—¿Hay algo entre tú y yo, entonces? ¿Tú quieres estar conmigo? Porque yo, sin duda, quiero estar contigo. Pero, ya te lo dije bien claro. Siempre que sea lo que te haga feliz.

Raijin volvió a quedarse mirándola, fijamente, analizador. Le dio una calada su cigarrillo.

—¿Qué pasa si lo que me hace feliz a mí, no te hace feliz a ti?

—¿Eh?

—Sé que lo dices de buen corazón. Pero… no siempre es fácil eso de hacer feliz a alguien. Soy una persona difícil. No es fácil hacerme sentir cosas. Creo que eso ya lo sabes. ¿Qué pasaría si en tu incansable decisión de hacerme feliz, sufres en el proceso? ¿Qué pasaría si, en tu intento de hacerme sentir cosas, no lo consigues, y eso te frustra, y te hace infeliz?

—Pues…

—¿Cómo crees que me sentiría yo… si veo que sufres por mi culpa? —insistió él.

Cleven lo miró sorprendida por esa pregunta. Le estaba diciendo claramente que él no soportaría verla sufrir o ser infeliz. Y le estaba advirtiendo y recordando que él no era una persona normal como los demás. Que él no podía cambiar lo que era. Sin embargo, ella al final soltó una leve risa, y esta vez él la miró con sorpresa.

—Raijin… ¿Qué tal si… por ahora… simplemente lo intentamos y vamos viendo qué tal evoluciona? —le preguntó risueña, y agarró su mano—. Ya te lo dije. Planeas demasiado, piensas demasiado en las consecuencias, las posibilidades y los detalles. No pasa nada por sufrir un poco… mientras sea algo que seamos capaces de detectar, y de resolver juntos. Y no pasa nada si es algo que al final no se pueda resolver… mientras podamos decir que, al menos, lo hemos intentado. En eso consiste vivir la vida. Nunca nada estará asegurado, nunca nada será perfecto y previsible. Estoy segura de que cuando consigas meterte esto en la cabeza y aceptarlo, empezarás a ser un poquito más feliz. Y a dejar de estar estancado. Y a fluir por la corriente de la vida, junto al resto del mundo.

Otra vez. Estaba volviendo a pasar. Raijin se había quedado embelesado escuchándola. Y sus palabras fueron, una vez más, reconfortantes. Raijin siempre buscaba hacer que los demás vivieran a salvo y seguros, pero rara vez él mismo se sentía a salvo y seguro en ese mundo. Ya desde pequeño, trabajando como iris, aprendió que no podía permitirse a sí mismo bajar la guardia ni descansar ni tomarse un respiro. Él era y nació siendo un protector eterno, un vigilante de por vida, siempre al tanto de todas las cosas peligrosas, inseguras, que podían torcerse o salir mal. Planear y pensar las cosas al detalle era su religión. Pero era cierto que, a veces, esto le agotaba, física y psicológicamente.

Yue también fue una humana capaz de hacerle sentir algo diferente, de hacerle bajar un poco la guardia, de hacerle tomarse un respiro de vez en cuando. Pero Cleven, no sabía cómo, le derribaba los muros por completo y sus palabras le aliviaban el alma. Al principio, hace casi una semana, había estado convencido de que era una pesada charlatana sin idea de nada. Y hasta ahora, no había dejado de sorprenderle.

—Intentarlo… y ver cómo evoluciona… —murmuró para sí mismo. Esas palabras chocaban un poco con el modo de funcionar de su iris, pero se sintió capaz de probar esta nueva vía por una vez en su vida—. Creo que puedo trabajar con eso.

—Me alegra oírlo —sonrió Cleven.

—Pero… eso no quita los elementos más importantes que están dentro de esta ecuación y que aún desconoces. Porque… hay cosas importantes que no debería ocultarte… si te dejo formar parte de mi vida.

—Es la segunda vez que me mencionas esto. Puedo ver que te cuesta mucho revelarme esas cosas. ¿Tanto miedo te da que yo reaccione mal si me las cuentas? Hahah… vamos… ni que hubieras matado a alguien…

—Madre mía… —masculló Raijin, dejando caer la cara sobre su mano, cada vez más nervioso. Esto iba a ser extremadamente difícil. Teniendo en cuenta que Raijin había matado a 28 personas en los últimos catorce años, todos horribles criminales, lo común para cualquier iris, estaba empezando a temer que de verdad esto no iba a funcionar con Cleven.

—¿Por qué no intentas contarme una de esas cosas? Sólo una. Verás cómo reacciono. Y si te sientes seguro, ya me contarás otra cosa cuando tú quieras.

Raijin respiró hondo, y se apoyó en su mano, reflexivo.

—Bueno… Verás... —balbució, algo reservado, incluso avergonzado—. Yo en realidad… no vivo solo exactamente...

—¿No? ¿Y con quién vives?

—Es que… Entre Yue y yo ocurrió algo… hubo algo más... que una simple relación, y… —intentó explicarse, nervioso—. Y… entonces yo... pues… Bah, ¿sabes qué? —acabó dando un resoplido resignado—. No puedo. Olvida lo que he dicho. Es complicado.

—Tranquilo, está bien. No pasa nada. Oye… ¿qué tal si por ahora nos preocupamos solamente del presente y… pensamos dónde comer una buena tarta de chocolate y simplemente hablamos de lo adorable que es MJ tratando de ocultar que babea constantemente por Yako?

En ese momento, Cleven no tuvo la oportunidad de verlo porque Raijin se estaba tapando la boca con la mano, pero le arrancó una sonrisa muy breve. Incluso casi se rio. Pero disimuló enseguida y pisó el cigarrillo bajo su bota.

—Haces que la vida parezca tan fácil…

—Y te gusta, ¿a que sí? —sonrió ella, levantándose del banco.

—A lo mejor me acostumbro —dijo él, poniéndose en pie también.

Sin embargo, se oyó un sonido, y a Cleven se le pusieron los pelos de punta. Su móvil, acababa de sonar la alarma de un mensaje, pero no instantáneo, sino de correo electrónico. Sacó su teléfono y se quedó casi sin respiración al ver que había recibido al fin una respuesta de Toshiro.

—¿Estás bien?

—Ay, Dios mío, Raijin, no me lo puedo creer… por fin ha llegado el momento… —lo agarró de la manga de la chaqueta, sin apartar los ojos desorbitados de su móvil—. Es posible que necesite que llames a un médico, porque me va a dar un infarto…

—Yo soy médico, y no te va a dar ningún infarto a tu edad. ¿Se puede saber qué pasa?

Cleven le pidió con un gesto que aguardase un momento. Se apartó un poco de él y abrió el correo para leerlo. «“Hola, Cleventine, soy Toshiro, de la universidad. Me complace decirte que he dado con la dirección de tu tío y estoy seguro al 100 % de que es ahí donde sigue viviendo actualmente, porque todo el correo universitario es ahí donde envía las cartas. Te deseo suerte. Envíale saludos a tu hermano. Un cordial saludo”». Y abajo ponía la dirección y un enlace al mapa online.

Quizá fuera porque ese día estaba resultando ser el día más feliz de su vida, que los ojos de Cleven se llenaron de lágrimas. Raijin se acercó rápidamente a ella al verlo, pero se calmó enseguida, porque supo identificar esas lágrimas como positivas y felices.

—¿Una buena noticia?

—Raijin… —se giró hacia él, mirándolo radiante de alegría y llevándose el móvil contra el pecho—. Tengo que ir ahora a un sitio. Es… muy importante… y…

—Tranquila. Claro. Eh… ¿quieres que te acompañe, o…?

—Sí, puedes acompañarme si quieres, ¡no hay ningún problema! Vamos —echó a andar con ímpetu.

Raijin, encogiéndose de hombros, la siguió por detrás, preguntándose si había quedado con alguien o tenía que recoger algún pedido en alguna tienda. Cleven siguió la ruta por el móvil. Durante el camino, ella se percató de que había una preocupación rondando por la cabeza del rubio.

—¿Qué te pasa, Raijin? —le preguntó entonces, poniéndose a su lado.

—Nada. Yako nos ha dado un pequeño susto a todos, en la cafetería.

—¿Qué le ha pasado?

—Nada. Está bien, un bajón quizá —contestó sin más—. Ya le preguntaré, cuando se recupere.

—Qué raro, a Nakuru también le ha pasado algo parecido…

Tras veinte minutos, la joven se paró delante de un edificio alto, bastante moderno, que tenía un pequeño patio ajardinado por delante, en una calle muy agradable con una carretera pequeña. Se quedó contemplando la fachada del edificio, con el corazón en la garganta.

Raijin, al llegar hasta ella y ver el edificio de enfrente, frunció el ceño. Mucho.

—¡Genial! —exclamó Cleven, corriendo hacia la puerta de acceso.

Raijin la siguió por detrás, cada vez más extrañado. Por un momento, pensó que Cleven lo estaba haciendo aposta y estaba tramando algo. La joven entró por la puerta abierta del portal, y antes de buscar los ascensores, se fue corriendo hacia los buzones para comprobarlo. Ahí estaba. ¡Ahí estaba su nombre y apellido!

—¡Sí, sí, sí! —celebró Cleven, dando saltos.

—Eh, no armes escándalo —le dijo Raijin, cerrando la puerta del portal para que no entrara frío—. ¿Se puede saber por qué has venido justo aquí? ¿A quién buscas aquí?

—Ah, claro, que no te lo he dicho —sonrió, y señaló a los buzones con énfasis—. Estoy buscando a mi tío.

—¿A tu tío? —frunció el ceño.

—¡Sí! ¡Mira, este es su buzón! ¡Brey Saehara! Así es como se llama. No sé qué aspecto tiene, no lo conozco aún, pero sé que es mitad ruso y mitad japonés, aunque yo siempre me lo he imaginado como un hombre de 40 años, gordito, con barba y cara bonachona, y…

¡Crack…! ¡Pum! Raijin se había cargado la puerta entera. Cuando la estaba cerrando y oyó ese nombre, sus fuerzas de iris despertaron de golpe y no calculó. La puerta era de hierro y cristal, de gran peso, y el hecho de haberse desencajado y caído al suelo exterior hacía de ello algo que nadie en ese momento era capaz de asimilar. Cleven se quedó patidifusa.

Pero no más que Raijin. Raijin estaba blanco. Petrificado. Helado. Estuvo a punto de sufrir un shock, pero su iris resistió, resistió como pudo, porque su dueño ahora lo necesitaba más que nunca, para poder entenderlo. Porque lo que estaba pasando se sobresalía del límite.

Fue ahora, y no antes, cuando la nube se disipó en la mente de Raijin. Fue ahora, y no antes, cuando por fin su memoria recuperó ese recuerdo e hizo la conexión, uniendo las piezas.

Y fue devastador. Mortífero. Fue como estrellarse contra el suelo. Porque dolió, y mucho.

Pero su iris resistió como pudo. E intentó hacerle conservar la cordura y actuar de la forma más adecuada posible.

—¿¡Qué has hecho!? —exclamó Cleven, cogiéndose de los pelos—. ¿¡Cómo lo has hecho!? ¿¡Qué ha pasado, por Dios!? ¡Te has cargado el portón! ¡Si lo ve un vecino, nos matan! ¡A la cárcel vamos! ¿¡Me estás escuchando!? ¡Raijin!

El chico seguía paralizado, de espaldas a ella.

—¡Raijin! —volvió a llamarlo.

De pronto, este se giró hacia ella. Cleven se estremeció al ver su cara.

—¿¡Eres Cleventine!? —gritó encolerizado, y su voz casi sonó como un trueno—. ¿¡Cleventine Vernoux!? Eres… —le tembló la voz al final.

—Pero… ¿qué estás…? Sí, Raijin, soy Cleventine Vernoux, ya sabes cómo me llamo. ¿Qué te ocurre?

—Eres… —Raijin se acercó a ella a zancadas, y ella retrocedió, un poco asustada. El chico tenía los ojos algo vidriosos—… esa Cleven…

—Raijin… me estás preocupando…

Sin embargo, a Cleven no le dio tiempo a decir nada más ni a respirar. Tardó en darse cuenta de que Raijin la había agarrado de un brazo y se la llevó escaleras arriba rápidamente.

—¿¡Qué estás haciendo!? —exclamó Cleven—. ¿¡A dónde me llevas!? ¡Me haces daño! ¿¡Qué te pasa!? ¡Suéltame!

Sin entender nada de lo que estaba pasando, y asustada por lo que estaba pasando, llegaron al quinto piso y Raijin se la llevó consigo hacia una de las cuatro puertas de las cuatro viviendas que ahí había, sacando sus llaves. «¿Q… qué?» se sorprendió Cleven, «¿¡Raijin también vive aquí!?».

—¿¡Raijin, conoces a mi tío!? —cayó en la cuenta, con el corazón en la garganta.

—Sí, claro que lo conozco —gruñó, abriendo la puerta y arrastrándola hacia adentro.

—¿¡Me quieres decir qué pasa!? —estalló Cleven, frotándose el brazo dolorido.

Raijin no contestó. Cleven vio que se dirigía a un salón muy amplio y de techo muy alto, y que cogía un teléfono de una mesilla junto al sofá, marcando un número velozmente.

—¿Empresa Hoteitsuba? —preguntó Raijin por el teléfono, y Cleven lo oyó—. Sí, necesito hablar con Neuval Vernoux.

En ese instante, una depresión casi le hizo perder a Cleven el equilibrio. Se fue corriendo hacia él.

—¿¡Qué haces!? —le chilló, abalanzándose contra él para quitarle el teléfono.

Raijin, sobresaltado, intentó esquivarla, pero al final los dos se cayeron al suelo bruscamente. El teléfono salió despedido y se rompió al chocar contra el suelo.

—¡Idiota! —exclamó Raijin, echando chispas.

—¿¡Qué te pasa!? —volvió a chillarle, con lágrimas en los ojos—. ¿¡Qué está pasando!? ¿¡Qué pasa contigo, qué haces!?

—¡Alejarte de mí y de este lugar!

Cleven abrió los ojos con gran pasmo. Nunca una frase le había dolido tanto.

—Ya veo... —murmuró, y sintió cómo se le quebraba el cuerpo—. Ya veo… —murmuró una vez más, con ojos trastornados, y dio media vuelta.

—¡Espera! —exclamó Raijin, poniéndose en pie.

—Me has… —balbució ella, parándose de espaldas a él. Luego se giró hacia él para mirarlo, todavía con esa expresión descolocada y abatida—. Me has hecho creer que… que yo te… Pero… resulta que era mentira… Eso era lo que pretendías. Deshacerte de mí. Llevarme por las ramas y soltármelo de repente de esta manera —asintió con la cabeza, mientras volvía a caminar hacia la puerta.

—No… ¡Espera, escucha! —trató de detenerla.

—¡No, escucha tú! —se giró hacia él una vez más, furiosa y con lágrimas—. ¿¡Sabes lo que me ha costado tratar de encontrar a mi tío!? ¡Me escapé de casa hace una semana para irme a vivir con él, Raijin! ¡Puede que no lo conozca, y que no sepa cómo es, pero quiero vivir con él! ¡No puedo vivir más en mi casa, estoy harta! ¿¡Comprendes!? ¡Quiero vivir con mi tío lejos de las prohibiciones y reglas de mi casa, donde no puedo respirar en paz, donde la ausencia de mi madre se nota cada día…! Además… —sollozó exasperada—. Aunque eso no fuera posible… aunque no pudiera vivir con él… Tan sólo quería conocerlo… quería conocer al hermano de mi madre…

Raijin cerró la boca, y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos mostraron genuina tristeza.

—¡Y tú has estado a punto de fastidiarlo todo! —siguió gritando Cleven—. ¡No sé de dónde has sacado el número de la empresa de mi padre! ¡Pero esto no te lo perdono! ¡Tratarme así, hacerme esto tan de repente, asustarme de esta manera…! ¡Creía que eras de otra manera! ¡Resulta que no eres como yo pensaba!

Se tapó los ojos con el brazo para ocultar sus lágrimas, dolida.

—Cleventine... —murmuró sorprendido por todo lo que había escuchado.

—¡Déjame! ¡Déjame en paz! —dio media vuelta—. No sé lo que te ha pasado conmigo... Sólo sé que he vuelto a ser una imbécil. ¡Dices que quieres alejarme de ti, pues me voy!

—Espera… —intentó detenerla de nuevo, pero ella ya salió del salón y llegó hasta la puerta de la entrada—. ¡Cleventine, espera un momento!

—¿¡Es que ahora te arrepientes de lo que has hecho!? —replicó con enfado, abriendo la puerta—. ¡Pues tarde! ¡No quiero volver a verte! ¡Ahora iré a buscar a mi tío yo sola! —sollozó, apretando los dientes y a punto de salir al rellano—. ¡Lo único que me importa ahora es saber quién es mi tío! ¡Si hace falta, gritaré su nombre por todo este edificio! ¡Brey Saehara!

Justo cuando fue a dar un paso afuera, Raijin se desplazó como el rayo y se puso a sus espaldas, y cerró la puerta de un manotazo, impidiéndole salir. Cleven se quedó paralizada, sin volverse, sintiendo la respiración del chico en su nuca. Estaba asustada. No entendía qué le pasaba a Raijin, en ese momento le daba miedo.

No obstante, tras un minuto de tenso silencio y quietud, Raijin le susurró algo al oído con una voz abatida:

—Brey Saehara… soy yo.





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