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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









94.
Monks

Hahah! Megvagy! —dijo una voz femenina.

Una chica joven apareció de entre los arbustos luminiscentes de más allá, corriendo hacia su presa. Pero nada más ver a Alvion, frenó en seco, con el corazón en la garganta, y se apresuró a arrodillarse ante él con la vista baja y guardando silencio, cumpliendo con el saludo de respeto.

Neuval, por otro lado, seguía colgando ahí arriba de un tobillo, viendo las estrellas. Por un momento consiguió ver a la chica que estaba justo debajo de él. Era una joven que iba vestida con el traje reglamentario de los iris filiz: un pantalón blanco bombacho que iba ceñido en la cintura y en las rodillas, y una camiseta negra de licra ajustada. El calzado era ligero y cubría hasta las rodillas, eran como unos calcetines negros con suela de goma de estilo tabi, o ninja. Como el fajín que tenía atado a la cintura era de color verde claro, Neuval supo que era una iris Planta, y eso explicaría por qué una simpática rama de sauce lo estaba cogiendo del pie.

—Gréta. ¿Dónde andáis? —se oyó otra voz por los alrededores, masculina y suave.

Entonces apareció un tipo muy peculiar de entre los árboles. Era un hombre muy alto y delgado, e iba vestido con una larga capa negra de estilo renacentista, un pañuelo blanco con dobleces atado a su cuello y unos pantalones negros de cuyo cinturón colgaban cadenas, hebillas y calaveras de plata. Sus botas eran altas, también negras y gruesas llenas de correas, y en la cabeza llevaba un alto sombrero de copa, decorado como banda con unos extraños discos de plata. Tenía el pelo ondulado, medio largo y castaño, y una cara pálida de marcadas facciones con unos profundos ojos color café. En las orejas y en las cejas tenía varios pendientes de diferentes tipos, y debajo del labio dos piercings que parecían pequeños colmillos sobresaliendo de la piel. Era como... un hombre completamente gótico y a la vez con pinta de aristócrata. Era un Knive.

—Oh, maese Alvion, doy albricias de vuestro regreso —sonrió este hombre, inclinándose cortésmente ante él, poniendo una mano en el regazo y la otra en la espalda, habiéndose quitado antes el sombrero de copa.

Alvion hizo un asentimiento.

—Gréta —le dijo el anciano a la chica, indicándole con ello que podía levantarse.

—Mi Señor —contestó ella respetuosamente en chino.

—Monk Knive —llamó el anciano al monje—, cabe la posibilidad de que dentro de una hora o dos vuelva a recurrir a ti y a tu terapia de relajación.

—Pues será un placer, como siempre —sonrió el siniestro hombre—. Mas no comprendo, que yo sepa lo único de este mundo que os estresa es Fuujin. ¿No era así?

—¿Hola? Tranquilos, no hay prisa, aún quedan unos segundos para que os vomite encima —irrumpió Neuval, con gran sarcasmo y dolores de cabeza, colgando sobre ellos.

La chica y el hombre siniestro alzaron la vista con sobresalto.

Ó, elnézést kérek! —se disculpó la chica en húngaro, apuntando con sus manos hacia él, y la rama de sauce bajó a Neuval al suelo—. Monk Knivenek néztem!

—¿Que me confundisteis con otra persona, a estas alturas de entrenamiento? —desaprobó el monje—. Gréta, debería asignaros más horas de ejerci…. ¿¡Fuujin!? —saltó al reconocerlo por fin.

—Hey, Knive —saludó este a su antiguo maestro de autocontrol, intentando ponerse en pie pese al mareo con la ayuda de la chica húngara.

Jól van? Nem esett baja? —le preguntó ella, preocupada. (= ¿Está bien? ¿No se ha hecho daño?)

Semmi baj, jól vagyok. Még vicces is volt —le sonrió Neuval amablemente. (= Tranquila, estoy bien. Ha sido divertido incluso.)

El monje Knive lo agarró de los hombros y lo miró fijamente unos segundos.

—Seguís igual que siempre, ¡tenéis buen aspecto! —celebró el monje, contento de verlo.

—Lo mismo te digo, monk —casi rio, también contento de volver a verlo después de cuatro años, en la última visita que hizo al Monte para...

—¿Edonus Vigi? —preguntó el monje, preocupado—. Fuujin, ¿habéis vuelto para someteros a esa dura prueba de autocontrol otra vez? Os recuerdo por enésima vez que yo creé esa prueba para hacerse una sola vez, y vos lleváis seis, sinceramente no quiero volver a haceros la prueba, Fuujin, es demasiado incluso para vos.

—No —sonrió Neuval—. Esta vez no he venido a eso. Dime, ¿qué haces con esta chica?

—Ah… Maese Alvion nos ha encargado a mí y a unos cuantos monjes más entrenar de su parte a los iris con elemento durante su ausencia. Ahora estoy con un grupo de diez iris Planta.

Los monjes, principalmente, entrenaban la primera mitad del año a los iris que aún no habían adquirido elemento. El monje Knive instruía técnicas de autocontrol mental, lógica de campo y agilidad. Desde luego, con su aspecto, no se parecía a un monje. Los demás monjes tampoco es que fueran muy normales. Eran humanos, pero muy inteligentes y entrenados para enseñar de todo. Las grandes técnicas relacionadas con la mente y con habilidades sobrenaturales que no eran los elementos, las enseñaba Denzel a los monjes y estos después a los iris.

No obstante, el monje Knive no era solamente un monje. Muy pocos sabían la verdad sobre él y sobre su apellido. Procedía de un linaje tan antiguo como el propio mundo, un extenso clan, humano, pero dotado de unas habilidades especiales que manifestaban a través de ciertos objetos que ellos mismos forjaban y fabricaban, a los que llamaban “talismanes Knive”. Estos talismanes eran objetos extremadamente peligrosos en las manos inadecuadas, incluso sólo con tocarlos, y podían adoptar una forma inofensiva como objetos comunes. El monje Knive llevaba ahora mismo más de una docena de talismanes en su cuerpo. Eran los diversos pendientes que decoraban sus orejas, algunos anillos y adornos de sus ropas. Y el más importante, la banda de su sombrero de copa, que era una cadena de discos de plata.

—Gréta, id con los demás iris hacia el templo, es hora de la cena —le ordenó Knive.

La joven iris novata asintió con la cabeza y se fue de allí dando un salto que la llevó a perderse por encima de las copas de los árboles.

—¿Y qué tal te va, Viggo? —le preguntó Neuval al monje—. ¿Nos acompañas hasta el templo? Creo que Alvion ya ha terminado de "psicoanalipasearme".

—¿Mas qué asuntos os aguardan en el templo, Fuujin, y acompañado ni más ni menos que del mismísimo Alvion en persona? —preguntó curioso.

—Ah, nada importante. ¿Cómo está Jannik? Debe de haber crecido mucho. ¿Puedo ir a saludarlo?

—¿Cómo? —se extrañó el monje—. ¿No os habéis enterado aún?

—¿De qué?

—En el exilio no le estaba permitida esa clase de información —intervino Alvion, emprendiendo la marcha, pasando entre los dos con su parsimonia de siempre.

—¿¡Estaba!? —el monje creyó entender y miró a Neuval con sorpresa, empezando a sospechar por qué Fuujin había venido al Monte Zou esta vez—. ¿Y ahora? ¿Le está permitida? —sonrió suspicaz.

—Sí —contestó el anciano, haciendo que las plantas que bloqueaban su camino se apartaran a un lado con una simple orden mental.

—Mi hijo se convirtió en iris, Fuujin. Hace unos dos años —le explicó el monje Knive.

Neuval se quedó de piedra.

—¿¡Qué!? ¿¡Cómo!? ¿¡A quién vio morir!? ¿¡Es eso siquiera posible en los Knive!?

—Es… bueno. Vio morir a su más querido amigo, cuando estábamos en Dinamarca visitando a la familia. Una tragedia. Es una historia complicada que prefiero guardarme, si no os importa.

—No, claro… —contestó Neuval enseguida—. Cuánto lo siento, Viggo. Si fue hace dos años, ya debe de estar trabajando en una RS. ¿Dónde se encuentra ahora Jannik?

—Con Nicolás Suárez.

Neuval se paró en seco, eso tampoco se lo esperó.

—¿Con Pipi? ¿Jannik está en la SRS de Pipi? Dios mío… a Pipi ha debido costarle mucho ocultarme esta noticia durante dos años. Siendo el sucesor de la SRS de mis suegros, y mi mejor amigo, y el hombre más bocazas que conozco…

—No es una información que debiera ser tampoco revelada fácilmente a cualquier persona, Fuujin.

Neuval se quedó callado, entendió a lo que se refería.

—Claro. Lo entiendo. Al fin y al cabo… todo esto significa que tu hijo es el primer Knive de la historia que se convierte en iris.

—Lo es —asintió el monje—. Y en efecto, eso nos ha causado problemas. La rama primaria del clan Knive ya se enteró pocos días después. Ahora, no sólo me desprecian a mí y a mi hijo por ser de la rama secundaria aliada de la Asociación, nos odian el triple por ser yo un monje y él un iris, y la verdad es que tengo miedo de que los Knive primarios vayan a por mi hijo por esto, sobre todo porque ya no vive aquí, dentro de las tierras Zou.

—No se atreverán —negó Neuval—. Si nadie tiene las agallas suficientes para enfrentarse a un Knive, a un iris Knive mucho menos, ¿no crees? ¿Qué elemento es Jannik?

—El Vacío.

—¡Fuuf! —resopló el parisino, poniendo una mueca de impacto—. ¡Triple razón!

—Y ya está en el nivel -san.

—¿¡Dos años y ya es un Yamijin-san!? —se agarró de los pelos, ya era demasiado para él—. Caray, ahora tu hijo es algo sin precedentes. Alvion, ¿cómo te hace sentir albergar en tu Asociación a un ser tan extremadamente poderoso y peligroso, un Knive iris Yami, y estar conectado a él?

—¿Y qué te crees que he hecho contigo? —le espetó el anciano.

—Vamos, yo no doy tanto miedo ni soy tan peligroso como un Knive.

—Destruiste un país hace siete años —le recordó Alvion

—Primero, destruí sólo la mitad de Japón —le corrigió Neuval—. Y segundo, eso lo hizo mi majin. Yo no soy mi majin. Todos sabemos que los Knive son otra historia. Eran los policías de la antigüedad, al fin y al cabo —miró al monje—, pero, comparada con la policía de ahora, erais mil veces peores. Incluso los Zou os temían, ¿a que sí, vejete? —miró a Alvion.

—Mis antepasados ya sufrieron mucho cuando los Knive antiguos trataban de cazarnos —asintió Alvion con desgana—. Han sido los peores enemigos que la Asociación ha tenido, los Zou jamás hemos sabido enfrentarnos a sus habilidades pese a ser humanos, es normal tenerles miedo.

—A tus antepasados les daría un infarto cerebral sólo por saber que aceptaste a un Knive para servir como monje.

—Mis antepasados entenderían las circunstancias diferentes de estos tiempos, especialmente si conocieran a Viggo y a Jannik en persona. Cambiarían su opinión tan extrema hacia los Knive. No todos los Knive son malos y esto ya lo demostraron cuando yo tenía 10 años.

—O sea, hace un siglo.

—Sí, hace 100 años ya había un gran número de Knive posicionándose en contra de la tradicional y milenaria ideología de su linaje, y se separaron del clan principal en una rama secundaria. A diferencia de mis antepasados, yo ya crecí conociendo a Knive que no eran ni querían ser enemigos de la Asociación. Yo no tuve que aprender a combatir contra ellos porque los Knive primarios ya se habían debilitado y exiliado, hoy en día la “nobleza oculta” ya no ejerce su profesión. Así que es para mí un placer y un honor albergar en mi Asociación a cualquier persona, humana o no, que tenga buen corazón y quiera aportar su granito de arena para mejorar el mundo.

Neuval y el monje, caminado por detrás del anciano, cruzaron una sonrisa silenciosa. Llegaron al final del bosque, encontrándose en el borde de la meseta. Delante de ellos ya se expandía el inmenso valle con las dos ciudades opuestas.

Desde aquí se podían ver unas gigantescas y muy extrañas estructuras sobresaliendo de la tierra, en diferentes puntos de las ciudades, como anillos de roca antigua que emergían en varias zonas de la ciudad, las recorrían desde 500 hasta 1000 metros de distancia por encima y volvían a introducirse en la tierra. Eran los Arcos Divinos. Se decía que en realidad eran de madera fosilizada, que eran las raíces de un antiquísimo árbol gigante que quedó enterrado en el valle milenios atrás. Otros decían que eran de piedra y construidos por el primer Zou. Pero la teoría más aceptada recogía un poco de las anteriores, que eran realmente raíces fosilizadas de una antigua planta gigante y que fueron sacadas de las entrañas de la propia tierra por el mismísimo Wei Zou, el primer Zou del linaje y fundador de la Asociación, igual que hizo con el entero Puente Blanco, cuando se apoderó del valle y construyó todo lo que ahí había.

Lo que se sabía seguro, es que los Arcos Divinos eran canales por donde fluía la energía de los Zou para alimentar todas las tierras de vida, de agua corriente, electricidad, suelos fértiles, y hacer posible la coexistencia de los dos climas contrarios de las dos ciudades opuestas. Dentro del Monte Zou, en una sala subterránea del templo, era donde los Zou mantenían vivo un núcleo de energía que llevaba cuatro siglos activo y este estaba conectado al resto del valle, las ciudades y las aldeas mediante los arcos.

Wei Zou creó ese núcleo de energía. Pero jamás le dijo a nadie ni dejó por escrito cómo lo hizo, de dónde lo sacó o de qué estaba hecha esa energía. Tan sólo les enseñó a sus descendientes cómo mantenerlo activo y cuidarlo. Nada más.

Por este borde de la meseta pasaba una carretera, con aceras adoquinadas a ambos lados. Los tres caminaron un poco siguiendo la carretera hasta llegar a una pequeña aldea, situada justo en la linde del bosque y en el borde de la meseta. Tenía casitas acogedoras que recordaban a las de un pequeño pueblo medieval, y las farolas y las luces en la noche parecían el alumbrado de Navidad. Había bastante gente caminado por ahí, y muchos iban en bicicleta.

Esta pequeña aldea rodeaba en su centro una amplia plaza, de 85 metros de ancho, que destacaba por la diferencia de color de su suelo, de pulida howlita blanca con vetas negras, pues se trataba ni más ni menos que del comienzo del Puente Blanco.

—Monk Knive, por favor, adelántate y reúne a todos los monjes del Consejo en la Sala de Juicio —le dijo Alvion.

—Como ordenéis, maese —asintió con una inclinación.

Le dedicó una última sonrisa emocionada a Neuval, pues estaba ya convencido de que todo esto se trataba de su regreso a la Asociación y no solamente de su juicio por la masacre de su último brote de majin. Neuval se despidió de él y el monje se marchó veloz por el puente hacia la Ciudadela.

Alvion comenzó a caminar a su ritmo sosegado de siempre. Pero después de unos pasos, se paró al darse cuenta de que Neuval no lo acompañaba y se dio la vuelta para buscarlo, esperando que no se hubiera escaqueado de repente, porque de ser así, la racha que el anciano había conseguido llevar de días sin perder su santa paciencia se rompería muy llamativamente.

No obstante, lo encontró ahí cerca, y la causa de su retraso.

—¡Qué sorpresa, qué alegría verte! ¡Juajuajua! —gritaba y reía escandalosamente un nuevo monje que había ido corriendo hasta él al reconocerlo a lo lejos entre la gente que caminaba por ahí.

—Mírate, monk Squal, ¡te han salido cinco músculos nuevos desde la última vez! —se reía Neuval, dándole palmadas al otro en uno de sus enormes brazos.

Monk Squal era un hombre de 50 años, egipcio, medía casi dos metros y su musculatura asustaba a la vista. Su verdadero nombre era Ini-Herit y de apellido Senusnet, pero todos lo llamaban Squal porque parecía que tenía los dientes con forma de sierra. Pero esto hacía contraste con sus grandes y redondos ojos negros, porque tenían una mirada naturalmente cándida y gentil. Tenía la piel morena, y era calvo, salvo en la parte de arriba de la cabeza, donde tenía una cresta de trenzas que caían hacia atrás por su espalda. Tan sólo llevaba puesta una hakama negra y tenía un tatuaje de tinta roja en la parte sin pelo de su cabeza, y una larga cicatriz del pecho al vientre. Era el monje de lucha y artes marciales.

Cuando estrujó a Neuval entre sus brazos en un amistoso abrazo, levantándolo del suelo, este casi vomitó el corazón.

—¡La última vez fue hace cuatro años! ¡Uaajajah! ¡No será que has venido otra vez por el Edonus Vigi! ¿¡Verdaaad!? —exclamó el monje, dejando sordo a todo el mundo.

—N… no… Ya no más —intentó responder Neuval, sin poder respirar.

—¡Juajaj! ¿¡Entonces cómo es que has vuelto!? —siguió gritando felizmente—. ¡No sabes lo mucho que la gente de aquí te ha echado de menos! ¿¡Es que has vuelto a destruir una ciudad!? ¿¡A explotar un avión!? ¿¡A gastarle una broma a algún ministro!?

—No, no... —casi sonrió, poniéndose azul.

—Monk Squal —interrumpió Alvion con severidad—. A la Sala de Juicio, por favor.

—¿¡Quéee...!? —se sorprendió al comprender lo que eso debía de significar, y volvió a dejar a Neuval en el suelo.

Este le sonrió alegremente, frotándose el hombro dolorido. Fue a decir algo, pero de pronto una estampida de gente proveniente de todas partes se abalanzó sobre Neuval.

—¡Fuujin, eres tú!

—¡Has vuelto!

—¡Fuu!

La mayoría de los que acorralaban a Neuval al comienzo del puente eran niños y jóvenes, y había más mujeres y hombres también, habitantes humanos de las tierras y familiares de monjes y guardianes.

Neuval recibió sus saludos y abrazos con gran afecto, como cada vez que había ido allí. Conocía a todos. Los niños le pedían que los alzase en brazos, los jóvenes que hiciera una demostración de su poder, las mujeres le preguntaban qué tal le iba y los hombres le daban palmadas en el hombro.

Había sido una gran sorpresa para ellos volver a verlo por allí desde la última vez, porque la última vez fue hace unos cuatro años y Neuval vino para someterse a la prueba del Edonus Vigi, un tratamiento muy duro, creado por el monje Knive, para hacer que un iris enfermo recuperara el mínimo nivel de autocontrol y para reducir los grados del majin. Durante los últimos siete años, había venido al Monte Zou en raras ocasiones, y ante Hana y sus hijos lo excusaba como viajes de trabajo.

Alvion suspiró, cansado. Podía evitar que esas personas retuvieran a Neuval con una sola orden, pero prefirió dejarlo pasar, viendo que el Fuu se sentía contento y acogido entre el cariño de esa gente y eso era alimento sano para su iris, que le hacía falta. Por eso, el anciano dio media vuelta para marcharse por el puente, el cual, a pesar de ser de noche, parecía emitir una ligera luz propia, pero también tenía docenas de antorchas de fuego por sus 4 kilómetros de recorrido y su anchura de 85 metros.

—¡Oh! Alvion, estabais por aquí… —se acercó a él una mujer de piel morena con manchas claras y cabello blanco, vestida con un traje de telas cómodo para moverse—. ¿Qué ocurre?

—Monk Yénova, te lo encargo a ti. Haz que se vista con traje reglamentario y después llévalo a la Sala de Juicio, por favor.

Tras decir eso, Alvion optó por terminar ahí su paseo, y de repente se convirtió en una sombra negra, como una nube de polvo negro, que se marchó como un torbellino directamente hacia la Ciudadela al otro lado del puente.

La monje, confusa, se acercó a la muchedumbre para ver a quién se refería. Cuando vio a Neuval, le dio un vuelco el corazón. Primero sonrió con emoción, pero luego puso una expresión más reservada. Después miró a otro lado, ruborizada, y por último sonrió de nuevo, más calmada. Se abrió paso entre la gente hasta acercarse a él.

—Fuujin, ¿cuánto vas a quedarte? —le preguntaba una niña.

—Tenemos que pelear —le apremió un chaval—. Hemos mejorado mucho desde la última vez.

—Lo siento, esta vez me quedo muy poco tiempo —se excusó Neuval.

—Oooh… —hubo una queja general.

—¿Y cómo está el viejo Kei Lian Lao? —preguntó una mujer.

—Tan pesado como siempre —rio.

—Fuujin, ¿y qué es de tus hijos? —le preguntó un viejo—. Hace muchos años que no los traes aquí.

—Ya, lo sé… Bueno… —titubeó—. Ya no puedo traerlos aquí, después de lo que pasó…

—Entiendo, entiendo —asintió el viejo rápidamente.

—¿Y cómo son ellos? —le preguntó un niño—. ¿Son tan fuertes como tú?

—Pues… El mayor es un sabelotodo aburrido, la del medio está como una cabra, y el pequeño es el listillo metomentodo —contestó Neuval.

—¡He oído que tu hijo mayor ya es médico, y de los mejores de Japón! —sonrió una mujer—. Debe de haber crecido mucho, la última vez que lo vimos por aquí era un muchacho todavía. ¿Sigue tan guapo como siempre?

—Yo soy más guapo —terció Neuval, con una sonrisilla bromista.

—¿Pero no es irónico? —rio el viejo de antes—. Ya sabes, que tu chico mayor sea médico, cuando tú tienes fobia a los médicos.

—Le tengo fobia a todo lo relacionado con hospitales —le corrigió Neuval—. Mi hijo Lex sólo me da miedo cuando tiene la bata blanca puesta. Cuando se la quita, respiro de alivio.

—Yo me he enterado de que llevas siete años sin hablarte con Lex —le dijo otro hombre, casi con reproche—. ¿Cómo es eso posible, qué ha pasado?

—¿Quién te lo ha dicho? —se sorprendió Neuval—. ¿Quién ha sido el bocazas?

—Me lo ha dicho Pipi, que vino aquí hace dos meses de visita. Dijo que te habías peleado con Lex hace tiempo.

—E… es un tema complicado —contestó Neuval, sintiéndose incómodo—. Lex ya es un hombre, tiene su vida.

—¿Por qué no traes a tus hijos aquí a jugar? —protestó un niño—. ¿Alguno es un iris?

—Ehm... —titubeó, y pensó en Yenkis.

—Fuujin —lo llamó entonces la monje recién llegada.

—Ah, ¡monk Yénova! —exclamó al verla a su lado—. Qué bueno volver a verte —le dio un abrazo.

Esta se mostró algo sorprendida, se sonrojó y le devolvió el abrazo, contenta de volver a verlo. Era turca, de la misma edad que Neuval, y una de los monjes que enseñaban a los iris el manejo de todo tipo de armas. Tenía un cabello muy largo de color blanco con algunos mechones cortos decorados con abalorios. Su piel era color canela y sus ojos rasgados de un azul grisáceo. Llamaba la atención que tenía manchas pálidas por la piel, pero eso era porque tenía vitíligo. Como vivía en la Ciudad Desierto, sus ropas eran tales para aquel clima, de telas ligeras que caían desde su cintura y cuello, sujetas con un cinturón ancho sobre el vientre.

Además, fue la novia de Neuval cuando eran jóvenes. Para ser exactos, su primera novia. Entonces ella era un aprendiz de monje, y él todavía vivía en Hong Kong con su familia adoptiva trabajando para la SRS de Hideki Saehara. Fue antes de conocer a Katya. La cosa entre Yénova y Neuval no funcionó, porque si bien acordaron ser una pareja libre –ambos se veían con más chicos y chicas–, al cabo de un año o así Yénova quiso formalizar su relación con él porque sus sentimientos por él crecieron hasta ese punto. Pero Neuval no sentía lo mismo y no quería en aquel entonces tener una relación seria u oficial con nadie, tan sólo relaciones esporádicas y libres. A ella esto le dolió, se enfadó con él y cortó con él. Aunque ya hace años que se reconciliaron y quedaron como amigos, todo eso ya era agua pasada… o quizá no del todo para ella.

—Vale, por favor, dejadlo pasar, tiene que atender un asunto de gran importancia —dijo Yénova, llevándose a Neuval consigo hacia el Puente Blanco.

Todos se despidieron de él enérgicamente y Neuval igual. Una vez solos, recorrieron el largo camino del puente en silencio durante largo rato. Ella siempre se ponía algo nerviosa, o incómoda, cuando se encontraba a solas con él como en este tipo de situación, pero por encima de eso procuraba ser una profesional y no hacerlo notar. Era una monje veterana, muy orgullosa de su carrera, y la mejor de su clase. Por su parte, Neuval iba disfrutando del paisaje, pasando a esa altura de 200 metros sobre el gran valle. Por el lado izquierdo del puente se podía ver la Ciudad Nevada extendiéndose hasta la lejanía, y por el lado derecho, lo mismo con la Ciudad Desierto. De hecho, en el lado izquierdo del puente hacía frío, y en el lado derecho hacía calor.

—Bueno. Me alegra ver que estás bien —comentó Yénova, con su pelo y ropas ondeando con el viento.

—Gracias, lo mismo digo —sonrió.

—Se habían estado comentando algunas cosas, de que habías vuelto a tener un problema con tu majin… y, bueno, no sabía si ibas a volver a aparecer por aquí para un nuevo tratamiento… Pero Alvion ha dicho que te acompañe a vestirte y a llevarte directamente a la Sala de Juicio. ¿Sin pasar por tratamiento antes?

—No es necesario. Vuelvo a tener conexión con el vejete —se dio toquecitos en la cabeza.

—¿¡Qué!? —se quedó desconcertada—. ¡No me lo creo! ¿Le has dejado tú? Eso es raro…

—Bueno, es el precio que hay que pagar si quiero ser readmitido oficialmente.

—¡Readmi-…! ¡Oh, Dios mío! ¡Entonces al final va a ocurrir de verdad! ¡Regresas! ¡Después de siete años!

—Mm, hm.

—¡Neuval, es increíble, una gran noticia! Así que el juicio no va a ser sólo para juzgar tu delito, sino para votar tu readmisión también.

—Votarás a mi favor, ¿verdad?

—Hah. Depende —se cruzó de brazos.

—¡Ahh! —Neuval dio un respingo dolido.

—¿Qué me ofreces?

—¿Me estás chantajeando, monje?

—Soy una monje de armas… que está delante del mayor creador de armas avanzadas del mundo… ¡Claro que te estoy chantajeando!

—¡Hahah! No has cambiado nada, Yenovita.

—No me llames así —refunfuñó ella—. Que ya tengo una edad.

Siguieron caminando. Yénova observó la luna, reinando sobre todo aquel lugar. Otra vez le volvía a pasar. Cada vez que venía él, recuerdos del pasado la inundaban. A pesar de haber transcurrido tantos años, ella seguía sintiendo algo... Pero no sabía aún si era algo real o si sólo se trataba de la añoranza del pasado, que eran dos cosas muy diferentes.









94.
Monks

Hahah! Megvagy! —dijo una voz femenina.

Una chica joven apareció de entre los arbustos luminiscentes de más allá, corriendo hacia su presa. Pero nada más ver a Alvion, frenó en seco, con el corazón en la garganta, y se apresuró a arrodillarse ante él con la vista baja y guardando silencio, cumpliendo con el saludo de respeto.

Neuval, por otro lado, seguía colgando ahí arriba de un tobillo, viendo las estrellas. Por un momento consiguió ver a la chica que estaba justo debajo de él. Era una joven que iba vestida con el traje reglamentario de los iris filiz: un pantalón blanco bombacho que iba ceñido en la cintura y en las rodillas, y una camiseta negra de licra ajustada. El calzado era ligero y cubría hasta las rodillas, eran como unos calcetines negros con suela de goma de estilo tabi, o ninja. Como el fajín que tenía atado a la cintura era de color verde claro, Neuval supo que era una iris Planta, y eso explicaría por qué una simpática rama de sauce lo estaba cogiendo del pie.

—Gréta. ¿Dónde andáis? —se oyó otra voz por los alrededores, masculina y suave.

Entonces apareció un tipo muy peculiar de entre los árboles. Era un hombre muy alto y delgado, e iba vestido con una larga capa negra de estilo renacentista, un pañuelo blanco con dobleces atado a su cuello y unos pantalones negros de cuyo cinturón colgaban cadenas, hebillas y calaveras de plata. Sus botas eran altas, también negras y gruesas llenas de correas, y en la cabeza llevaba un alto sombrero de copa, decorado como banda con unos extraños discos de plata. Tenía el pelo ondulado, medio largo y castaño, y una cara pálida de marcadas facciones con unos profundos ojos color café. En las orejas y en las cejas tenía varios pendientes de diferentes tipos, y debajo del labio dos piercings que parecían pequeños colmillos sobresaliendo de la piel. Era como... un hombre completamente gótico y a la vez con pinta de aristócrata. Era un Knive.

—Oh, maese Alvion, doy albricias de vuestro regreso —sonrió este hombre, inclinándose cortésmente ante él, poniendo una mano en el regazo y la otra en la espalda, habiéndose quitado antes el sombrero de copa.

Alvion hizo un asentimiento.

—Gréta —le dijo el anciano a la chica, indicándole con ello que podía levantarse.

—Mi Señor —contestó ella respetuosamente en chino.

—Monk Knive —llamó el anciano al monje—, cabe la posibilidad de que dentro de una hora o dos vuelva a recurrir a ti y a tu terapia de relajación.

—Pues será un placer, como siempre —sonrió el siniestro hombre—. Mas no comprendo, que yo sepa lo único de este mundo que os estresa es Fuujin. ¿No era así?

—¿Hola? Tranquilos, no hay prisa, aún quedan unos segundos para que os vomite encima —irrumpió Neuval, con gran sarcasmo y dolores de cabeza, colgando sobre ellos.

La chica y el hombre siniestro alzaron la vista con sobresalto.

Ó, elnézést kérek! —se disculpó la chica en húngaro, apuntando con sus manos hacia él, y la rama de sauce bajó a Neuval al suelo—. Monk Knivenek néztem!

—¿Que me confundisteis con otra persona, a estas alturas de entrenamiento? —desaprobó el monje—. Gréta, debería asignaros más horas de ejerci…. ¿¡Fuujin!? —saltó al reconocerlo por fin.

—Hey, Knive —saludó este a su antiguo maestro de autocontrol, intentando ponerse en pie pese al mareo con la ayuda de la chica húngara.

Jól van? Nem esett baja? —le preguntó ella, preocupada. (= ¿Está bien? ¿No se ha hecho daño?)

Semmi baj, jól vagyok. Még vicces is volt —le sonrió Neuval amablemente. (= Tranquila, estoy bien. Ha sido divertido incluso.)

El monje Knive lo agarró de los hombros y lo miró fijamente unos segundos.

—Seguís igual que siempre, ¡tenéis buen aspecto! —celebró el monje, contento de verlo.

—Lo mismo te digo, monk —casi rio, también contento de volver a verlo después de cuatro años, en la última visita que hizo al Monte para...

—¿Edonus Vigi? —preguntó el monje, preocupado—. Fuujin, ¿habéis vuelto para someteros a esa dura prueba de autocontrol otra vez? Os recuerdo por enésima vez que yo creé esa prueba para hacerse una sola vez, y vos lleváis seis, sinceramente no quiero volver a haceros la prueba, Fuujin, es demasiado incluso para vos.

—No —sonrió Neuval—. Esta vez no he venido a eso. Dime, ¿qué haces con esta chica?

—Ah… Maese Alvion nos ha encargado a mí y a unos cuantos monjes más entrenar de su parte a los iris con elemento durante su ausencia. Ahora estoy con un grupo de diez iris Planta.

Los monjes, principalmente, entrenaban la primera mitad del año a los iris que aún no habían adquirido elemento. El monje Knive instruía técnicas de autocontrol mental, lógica de campo y agilidad. Desde luego, con su aspecto, no se parecía a un monje. Los demás monjes tampoco es que fueran muy normales. Eran humanos, pero muy inteligentes y entrenados para enseñar de todo. Las grandes técnicas relacionadas con la mente y con habilidades sobrenaturales que no eran los elementos, las enseñaba Denzel a los monjes y estos después a los iris.

No obstante, el monje Knive no era solamente un monje. Muy pocos sabían la verdad sobre él y sobre su apellido. Procedía de un linaje tan antiguo como el propio mundo, un extenso clan, humano, pero dotado de unas habilidades especiales que manifestaban a través de ciertos objetos que ellos mismos forjaban y fabricaban, a los que llamaban “talismanes Knive”. Estos talismanes eran objetos extremadamente peligrosos en las manos inadecuadas, incluso sólo con tocarlos, y podían adoptar una forma inofensiva como objetos comunes. El monje Knive llevaba ahora mismo más de una docena de talismanes en su cuerpo. Eran los diversos pendientes que decoraban sus orejas, algunos anillos y adornos de sus ropas. Y el más importante, la banda de su sombrero de copa, que era una cadena de discos de plata.

—Gréta, id con los demás iris hacia el templo, es hora de la cena —le ordenó Knive.

La joven iris novata asintió con la cabeza y se fue de allí dando un salto que la llevó a perderse por encima de las copas de los árboles.

—¿Y qué tal te va, Viggo? —le preguntó Neuval al monje—. ¿Nos acompañas hasta el templo? Creo que Alvion ya ha terminado de "psicoanalipasearme".

—¿Mas qué asuntos os aguardan en el templo, Fuujin, y acompañado ni más ni menos que del mismísimo Alvion en persona? —preguntó curioso.

—Ah, nada importante. ¿Cómo está Jannik? Debe de haber crecido mucho. ¿Puedo ir a saludarlo?

—¿Cómo? —se extrañó el monje—. ¿No os habéis enterado aún?

—¿De qué?

—En el exilio no le estaba permitida esa clase de información —intervino Alvion, emprendiendo la marcha, pasando entre los dos con su parsimonia de siempre.

—¿¡Estaba!? —el monje creyó entender y miró a Neuval con sorpresa, empezando a sospechar por qué Fuujin había venido al Monte Zou esta vez—. ¿Y ahora? ¿Le está permitida? —sonrió suspicaz.

—Sí —contestó el anciano, haciendo que las plantas que bloqueaban su camino se apartaran a un lado con una simple orden mental.

—Mi hijo se convirtió en iris, Fuujin. Hace unos dos años —le explicó el monje Knive.

Neuval se quedó de piedra.

—¿¡Qué!? ¿¡Cómo!? ¿¡A quién vio morir!? ¿¡Es eso siquiera posible en los Knive!?

—Es… bueno. Vio morir a su más querido amigo, cuando estábamos en Dinamarca visitando a la familia. Una tragedia. Es una historia complicada que prefiero guardarme, si no os importa.

—No, claro… —contestó Neuval enseguida—. Cuánto lo siento, Viggo. Si fue hace dos años, ya debe de estar trabajando en una RS. ¿Dónde se encuentra ahora Jannik?

—Con Nicolás Suárez.

Neuval se paró en seco, eso tampoco se lo esperó.

—¿Con Pipi? ¿Jannik está en la SRS de Pipi? Dios mío… a Pipi ha debido costarle mucho ocultarme esta noticia durante dos años. Siendo el sucesor de la SRS de mis suegros, y mi mejor amigo, y el hombre más bocazas que conozco…

—No es una información que debiera ser tampoco revelada fácilmente a cualquier persona, Fuujin.

Neuval se quedó callado, entendió a lo que se refería.

—Claro. Lo entiendo. Al fin y al cabo… todo esto significa que tu hijo es el primer Knive de la historia que se convierte en iris.

—Lo es —asintió el monje—. Y en efecto, eso nos ha causado problemas. La rama primaria del clan Knive ya se enteró pocos días después. Ahora, no sólo me desprecian a mí y a mi hijo por ser de la rama secundaria aliada de la Asociación, nos odian el triple por ser yo un monje y él un iris, y la verdad es que tengo miedo de que los Knive primarios vayan a por mi hijo por esto, sobre todo porque ya no vive aquí, dentro de las tierras Zou.

—No se atreverán —negó Neuval—. Si nadie tiene las agallas suficientes para enfrentarse a un Knive, a un iris Knive mucho menos, ¿no crees? ¿Qué elemento es Jannik?

—El Vacío.

—¡Fuuf! —resopló el parisino, poniendo una mueca de impacto—. ¡Triple razón!

—Y ya está en el nivel -san.

—¿¡Dos años y ya es un Yamijin-san!? —se agarró de los pelos, ya era demasiado para él—. Caray, ahora tu hijo es algo sin precedentes. Alvion, ¿cómo te hace sentir albergar en tu Asociación a un ser tan extremadamente poderoso y peligroso, un Knive iris Yami, y estar conectado a él?

—¿Y qué te crees que he hecho contigo? —le espetó el anciano.

—Vamos, yo no doy tanto miedo ni soy tan peligroso como un Knive.

—Destruiste un país hace siete años —le recordó Alvion

—Primero, destruí sólo la mitad de Japón —le corrigió Neuval—. Y segundo, eso lo hizo mi majin. Yo no soy mi majin. Todos sabemos que los Knive son otra historia. Eran los policías de la antigüedad, al fin y al cabo —miró al monje—, pero, comparada con la policía de ahora, erais mil veces peores. Incluso los Zou os temían, ¿a que sí, vejete? —miró a Alvion.

—Mis antepasados ya sufrieron mucho cuando los Knive antiguos trataban de cazarnos —asintió Alvion con desgana—. Han sido los peores enemigos que la Asociación ha tenido, los Zou jamás hemos sabido enfrentarnos a sus habilidades pese a ser humanos, es normal tenerles miedo.

—A tus antepasados les daría un infarto cerebral sólo por saber que aceptaste a un Knive para servir como monje.

—Mis antepasados entenderían las circunstancias diferentes de estos tiempos, especialmente si conocieran a Viggo y a Jannik en persona. Cambiarían su opinión tan extrema hacia los Knive. No todos los Knive son malos y esto ya lo demostraron cuando yo tenía 10 años.

—O sea, hace un siglo.

—Sí, hace 100 años ya había un gran número de Knive posicionándose en contra de la tradicional y milenaria ideología de su linaje, y se separaron del clan principal en una rama secundaria. A diferencia de mis antepasados, yo ya crecí conociendo a Knive que no eran ni querían ser enemigos de la Asociación. Yo no tuve que aprender a combatir contra ellos porque los Knive primarios ya se habían debilitado y exiliado, hoy en día la “nobleza oculta” ya no ejerce su profesión. Así que es para mí un placer y un honor albergar en mi Asociación a cualquier persona, humana o no, que tenga buen corazón y quiera aportar su granito de arena para mejorar el mundo.

Neuval y el monje, caminado por detrás del anciano, cruzaron una sonrisa silenciosa. Llegaron al final del bosque, encontrándose en el borde de la meseta. Delante de ellos ya se expandía el inmenso valle con las dos ciudades opuestas.

Desde aquí se podían ver unas gigantescas y muy extrañas estructuras sobresaliendo de la tierra, en diferentes puntos de las ciudades, como anillos de roca antigua que emergían en varias zonas de la ciudad, las recorrían desde 500 hasta 1000 metros de distancia por encima y volvían a introducirse en la tierra. Eran los Arcos Divinos. Se decía que en realidad eran de madera fosilizada, que eran las raíces de un antiquísimo árbol gigante que quedó enterrado en el valle milenios atrás. Otros decían que eran de piedra y construidos por el primer Zou. Pero la teoría más aceptada recogía un poco de las anteriores, que eran realmente raíces fosilizadas de una antigua planta gigante y que fueron sacadas de las entrañas de la propia tierra por el mismísimo Wei Zou, el primer Zou del linaje y fundador de la Asociación, igual que hizo con el entero Puente Blanco, cuando se apoderó del valle y construyó todo lo que ahí había.

Lo que se sabía seguro, es que los Arcos Divinos eran canales por donde fluía la energía de los Zou para alimentar todas las tierras de vida, de agua corriente, electricidad, suelos fértiles, y hacer posible la coexistencia de los dos climas contrarios de las dos ciudades opuestas. Dentro del Monte Zou, en una sala subterránea del templo, era donde los Zou mantenían vivo un núcleo de energía que llevaba cuatro siglos activo y este estaba conectado al resto del valle, las ciudades y las aldeas mediante los arcos.

Wei Zou creó ese núcleo de energía. Pero jamás le dijo a nadie ni dejó por escrito cómo lo hizo, de dónde lo sacó o de qué estaba hecha esa energía. Tan sólo les enseñó a sus descendientes cómo mantenerlo activo y cuidarlo. Nada más.

Por este borde de la meseta pasaba una carretera, con aceras adoquinadas a ambos lados. Los tres caminaron un poco siguiendo la carretera hasta llegar a una pequeña aldea, situada justo en la linde del bosque y en el borde de la meseta. Tenía casitas acogedoras que recordaban a las de un pequeño pueblo medieval, y las farolas y las luces en la noche parecían el alumbrado de Navidad. Había bastante gente caminado por ahí, y muchos iban en bicicleta.

Esta pequeña aldea rodeaba en su centro una amplia plaza, de 85 metros de ancho, que destacaba por la diferencia de color de su suelo, de pulida howlita blanca con vetas negras, pues se trataba ni más ni menos que del comienzo del Puente Blanco.

—Monk Knive, por favor, adelántate y reúne a todos los monjes del Consejo en la Sala de Juicio —le dijo Alvion.

—Como ordenéis, maese —asintió con una inclinación.

Le dedicó una última sonrisa emocionada a Neuval, pues estaba ya convencido de que todo esto se trataba de su regreso a la Asociación y no solamente de su juicio por la masacre de su último brote de majin. Neuval se despidió de él y el monje se marchó veloz por el puente hacia la Ciudadela.

Alvion comenzó a caminar a su ritmo sosegado de siempre. Pero después de unos pasos, se paró al darse cuenta de que Neuval no lo acompañaba y se dio la vuelta para buscarlo, esperando que no se hubiera escaqueado de repente, porque de ser así, la racha que el anciano había conseguido llevar de días sin perder su santa paciencia se rompería muy llamativamente.

No obstante, lo encontró ahí cerca, y la causa de su retraso.

—¡Qué sorpresa, qué alegría verte! ¡Juajuajua! —gritaba y reía escandalosamente un nuevo monje que había ido corriendo hasta él al reconocerlo a lo lejos entre la gente que caminaba por ahí.

—Mírate, monk Squal, ¡te han salido cinco músculos nuevos desde la última vez! —se reía Neuval, dándole palmadas al otro en uno de sus enormes brazos.

Monk Squal era un hombre de 50 años, egipcio, medía casi dos metros y su musculatura asustaba a la vista. Su verdadero nombre era Ini-Herit y de apellido Senusnet, pero todos lo llamaban Squal porque parecía que tenía los dientes con forma de sierra. Pero esto hacía contraste con sus grandes y redondos ojos negros, porque tenían una mirada naturalmente cándida y gentil. Tenía la piel morena, y era calvo, salvo en la parte de arriba de la cabeza, donde tenía una cresta de trenzas que caían hacia atrás por su espalda. Tan sólo llevaba puesta una hakama negra y tenía un tatuaje de tinta roja en la parte sin pelo de su cabeza, y una larga cicatriz del pecho al vientre. Era el monje de lucha y artes marciales.

Cuando estrujó a Neuval entre sus brazos en un amistoso abrazo, levantándolo del suelo, este casi vomitó el corazón.

—¡La última vez fue hace cuatro años! ¡Uaajajah! ¡No será que has venido otra vez por el Edonus Vigi! ¿¡Verdaaad!? —exclamó el monje, dejando sordo a todo el mundo.

—N… no… Ya no más —intentó responder Neuval, sin poder respirar.

—¡Juajaj! ¿¡Entonces cómo es que has vuelto!? —siguió gritando felizmente—. ¡No sabes lo mucho que la gente de aquí te ha echado de menos! ¿¡Es que has vuelto a destruir una ciudad!? ¿¡A explotar un avión!? ¿¡A gastarle una broma a algún ministro!?

—No, no... —casi sonrió, poniéndose azul.

—Monk Squal —interrumpió Alvion con severidad—. A la Sala de Juicio, por favor.

—¿¡Quéee...!? —se sorprendió al comprender lo que eso debía de significar, y volvió a dejar a Neuval en el suelo.

Este le sonrió alegremente, frotándose el hombro dolorido. Fue a decir algo, pero de pronto una estampida de gente proveniente de todas partes se abalanzó sobre Neuval.

—¡Fuujin, eres tú!

—¡Has vuelto!

—¡Fuu!

La mayoría de los que acorralaban a Neuval al comienzo del puente eran niños y jóvenes, y había más mujeres y hombres también, habitantes humanos de las tierras y familiares de monjes y guardianes.

Neuval recibió sus saludos y abrazos con gran afecto, como cada vez que había ido allí. Conocía a todos. Los niños le pedían que los alzase en brazos, los jóvenes que hiciera una demostración de su poder, las mujeres le preguntaban qué tal le iba y los hombres le daban palmadas en el hombro.

Había sido una gran sorpresa para ellos volver a verlo por allí desde la última vez, porque la última vez fue hace unos cuatro años y Neuval vino para someterse a la prueba del Edonus Vigi, un tratamiento muy duro, creado por el monje Knive, para hacer que un iris enfermo recuperara el mínimo nivel de autocontrol y para reducir los grados del majin. Durante los últimos siete años, había venido al Monte Zou en raras ocasiones, y ante Hana y sus hijos lo excusaba como viajes de trabajo.

Alvion suspiró, cansado. Podía evitar que esas personas retuvieran a Neuval con una sola orden, pero prefirió dejarlo pasar, viendo que el Fuu se sentía contento y acogido entre el cariño de esa gente y eso era alimento sano para su iris, que le hacía falta. Por eso, el anciano dio media vuelta para marcharse por el puente, el cual, a pesar de ser de noche, parecía emitir una ligera luz propia, pero también tenía docenas de antorchas de fuego por sus 4 kilómetros de recorrido y su anchura de 85 metros.

—¡Oh! Alvion, estabais por aquí… —se acercó a él una mujer de piel morena con manchas claras y cabello blanco, vestida con un traje de telas cómodo para moverse—. ¿Qué ocurre?

—Monk Yénova, te lo encargo a ti. Haz que se vista con traje reglamentario y después llévalo a la Sala de Juicio, por favor.

Tras decir eso, Alvion optó por terminar ahí su paseo, y de repente se convirtió en una sombra negra, como una nube de polvo negro, que se marchó como un torbellino directamente hacia la Ciudadela al otro lado del puente.

La monje, confusa, se acercó a la muchedumbre para ver a quién se refería. Cuando vio a Neuval, le dio un vuelco el corazón. Primero sonrió con emoción, pero luego puso una expresión más reservada. Después miró a otro lado, ruborizada, y por último sonrió de nuevo, más calmada. Se abrió paso entre la gente hasta acercarse a él.

—Fuujin, ¿cuánto vas a quedarte? —le preguntaba una niña.

—Tenemos que pelear —le apremió un chaval—. Hemos mejorado mucho desde la última vez.

—Lo siento, esta vez me quedo muy poco tiempo —se excusó Neuval.

—Oooh… —hubo una queja general.

—¿Y cómo está el viejo Kei Lian Lao? —preguntó una mujer.

—Tan pesado como siempre —rio.

—Fuujin, ¿y qué es de tus hijos? —le preguntó un viejo—. Hace muchos años que no los traes aquí.

—Ya, lo sé… Bueno… —titubeó—. Ya no puedo traerlos aquí, después de lo que pasó…

—Entiendo, entiendo —asintió el viejo rápidamente.

—¿Y cómo son ellos? —le preguntó un niño—. ¿Son tan fuertes como tú?

—Pues… El mayor es un sabelotodo aburrido, la del medio está como una cabra, y el pequeño es el listillo metomentodo —contestó Neuval.

—¡He oído que tu hijo mayor ya es médico, y de los mejores de Japón! —sonrió una mujer—. Debe de haber crecido mucho, la última vez que lo vimos por aquí era un muchacho todavía. ¿Sigue tan guapo como siempre?

—Yo soy más guapo —terció Neuval, con una sonrisilla bromista.

—¿Pero no es irónico? —rio el viejo de antes—. Ya sabes, que tu chico mayor sea médico, cuando tú tienes fobia a los médicos.

—Le tengo fobia a todo lo relacionado con hospitales —le corrigió Neuval—. Mi hijo Lex sólo me da miedo cuando tiene la bata blanca puesta. Cuando se la quita, respiro de alivio.

—Yo me he enterado de que llevas siete años sin hablarte con Lex —le dijo otro hombre, casi con reproche—. ¿Cómo es eso posible, qué ha pasado?

—¿Quién te lo ha dicho? —se sorprendió Neuval—. ¿Quién ha sido el bocazas?

—Me lo ha dicho Pipi, que vino aquí hace dos meses de visita. Dijo que te habías peleado con Lex hace tiempo.

—E… es un tema complicado —contestó Neuval, sintiéndose incómodo—. Lex ya es un hombre, tiene su vida.

—¿Por qué no traes a tus hijos aquí a jugar? —protestó un niño—. ¿Alguno es un iris?

—Ehm... —titubeó, y pensó en Yenkis.

—Fuujin —lo llamó entonces la monje recién llegada.

—Ah, ¡monk Yénova! —exclamó al verla a su lado—. Qué bueno volver a verte —le dio un abrazo.

Esta se mostró algo sorprendida, se sonrojó y le devolvió el abrazo, contenta de volver a verlo. Era turca, de la misma edad que Neuval, y una de los monjes que enseñaban a los iris el manejo de todo tipo de armas. Tenía un cabello muy largo de color blanco con algunos mechones cortos decorados con abalorios. Su piel era color canela y sus ojos rasgados de un azul grisáceo. Llamaba la atención que tenía manchas pálidas por la piel, pero eso era porque tenía vitíligo. Como vivía en la Ciudad Desierto, sus ropas eran tales para aquel clima, de telas ligeras que caían desde su cintura y cuello, sujetas con un cinturón ancho sobre el vientre.

Además, fue la novia de Neuval cuando eran jóvenes. Para ser exactos, su primera novia. Entonces ella era un aprendiz de monje, y él todavía vivía en Hong Kong con su familia adoptiva trabajando para la SRS de Hideki Saehara. Fue antes de conocer a Katya. La cosa entre Yénova y Neuval no funcionó, porque si bien acordaron ser una pareja libre –ambos se veían con más chicos y chicas–, al cabo de un año o así Yénova quiso formalizar su relación con él porque sus sentimientos por él crecieron hasta ese punto. Pero Neuval no sentía lo mismo y no quería en aquel entonces tener una relación seria u oficial con nadie, tan sólo relaciones esporádicas y libres. A ella esto le dolió, se enfadó con él y cortó con él. Aunque ya hace años que se reconciliaron y quedaron como amigos, todo eso ya era agua pasada… o quizá no del todo para ella.

—Vale, por favor, dejadlo pasar, tiene que atender un asunto de gran importancia —dijo Yénova, llevándose a Neuval consigo hacia el Puente Blanco.

Todos se despidieron de él enérgicamente y Neuval igual. Una vez solos, recorrieron el largo camino del puente en silencio durante largo rato. Ella siempre se ponía algo nerviosa, o incómoda, cuando se encontraba a solas con él como en este tipo de situación, pero por encima de eso procuraba ser una profesional y no hacerlo notar. Era una monje veterana, muy orgullosa de su carrera, y la mejor de su clase. Por su parte, Neuval iba disfrutando del paisaje, pasando a esa altura de 200 metros sobre el gran valle. Por el lado izquierdo del puente se podía ver la Ciudad Nevada extendiéndose hasta la lejanía, y por el lado derecho, lo mismo con la Ciudad Desierto. De hecho, en el lado izquierdo del puente hacía frío, y en el lado derecho hacía calor.

—Bueno. Me alegra ver que estás bien —comentó Yénova, con su pelo y ropas ondeando con el viento.

—Gracias, lo mismo digo —sonrió.

—Se habían estado comentando algunas cosas, de que habías vuelto a tener un problema con tu majin… y, bueno, no sabía si ibas a volver a aparecer por aquí para un nuevo tratamiento… Pero Alvion ha dicho que te acompañe a vestirte y a llevarte directamente a la Sala de Juicio. ¿Sin pasar por tratamiento antes?

—No es necesario. Vuelvo a tener conexión con el vejete —se dio toquecitos en la cabeza.

—¿¡Qué!? —se quedó desconcertada—. ¡No me lo creo! ¿Le has dejado tú? Eso es raro…

—Bueno, es el precio que hay que pagar si quiero ser readmitido oficialmente.

—¡Readmi-…! ¡Oh, Dios mío! ¡Entonces al final va a ocurrir de verdad! ¡Regresas! ¡Después de siete años!

—Mm, hm.

—¡Neuval, es increíble, una gran noticia! Así que el juicio no va a ser sólo para juzgar tu delito, sino para votar tu readmisión también.

—Votarás a mi favor, ¿verdad?

—Hah. Depende —se cruzó de brazos.

—¡Ahh! —Neuval dio un respingo dolido.

—¿Qué me ofreces?

—¿Me estás chantajeando, monje?

—Soy una monje de armas… que está delante del mayor creador de armas avanzadas del mundo… ¡Claro que te estoy chantajeando!

—¡Hahah! No has cambiado nada, Yenovita.

—No me llames así —refunfuñó ella—. Que ya tengo una edad.

Siguieron caminando. Yénova observó la luna, reinando sobre todo aquel lugar. Otra vez le volvía a pasar. Cada vez que venía él, recuerdos del pasado la inundaban. A pesar de haber transcurrido tantos años, ella seguía sintiendo algo... Pero no sabía aún si era algo real o si sólo se trataba de la añoranza del pasado, que eran dos cosas muy diferentes.





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