1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
De pronto Yako y Nakuru se dieron un susto cuando Sam soltó una exclamación, porque alguien aparecido de la nada lo agarró y lo levantó por encima de su cabeza.
—¡Jajaaa! —carcajeó—. ¡He cazado un leoncito!
Era un hombre muy alto, probablemente rozaba los dos metros. Era de etnia africana, de piel muy oscura, y tenía los ojos caoba, grandes como su sonrisa. Su cabello oscuro era ensortijado, peinado mediante largas rastas y trenzas, recogidas por detrás de la cabeza. Iba muy bien vestido, con camisa, jersey plano por encima y chaqueta de traje. Y, aun así, su modo de actuar no era tan elegante, zarandeando al pobre Sam como si fuera un saco de patatas.
—Put me down, you crazy old man! —protestó el chico, muriéndose de la vergüenza.
—¡Qué bochornoso! —declaró el hombre, poniendo a Sam en el suelo, y se acercó al joven Zou—. Yako, despídelo. Lo he atrapado como a un indefenso cachorro, demasiado fácil, ¡no me ha visto venir! Qué vergüenza para un iris dejarse atrapar así, ¡y además siendo un Dobutsu con olfato e instinto superior! Despídelo.
—Hahah… —se rio Yako—. Vamos, Zuberi, no seas duro con Sammy. No por eso merece dejar de trabajar en la cafetería.
—Me refería a que lo despidieses de la Asociación.
—Este año tampoco dispongo de esa autoridad —bromeó.
—Habla con tu abuelo.
—Ni hablar.
—¿Puedes por favor largarte y dejar de molestar, papá? —intervino Sam, recolocándose la ropa.
—Oooh, ¡Nakuru! —exclamó el hombre con tono tierno, ignorando descaradamente a su hijo—. ¡Estás tan bonita…! ¡Samuel! ¿Le has dicho a tu compañera lo bonita que está con su kimono? Díselo. Sé un buen caballero medio inglés.
—¡Largo ya! —gruñó este.
Yako y Nakuru no paraban de reírse. Zuberi decidió dejar de martirizar a su hijo y se despidió de ellos, después de revolverle a Sam su cabello rubio y dejárselo despeinado. Se reunió con otros hombres y mujeres mayores de su edad, amigos suyos, que lo esperaban allá y habían venido con él para disfrutar del festival también.
—Humano loco… —refunfuñó Sam, teniendo que quitarse la goma de pelo para volver a recogerse sus cabellos largos.
—¿Se puede saber de dónde ha sacado tu padre esa fuerza? —preguntó Nakuru, asombrada—. ¡Te ha levantado como si nada!
—¿No te lo ha dicho? —dijo Yako, señalando a Sam—. Zuberi lleva ya cinco meses asistiendo esporádicamente a entrenamientos de cooperador en el Monte Zou.
—¿¡Qué dices!? ¡Sam, ¿tu padre ha decidido convertirse en almaati?! Eso sí que no me lo esperaba.
—Pero si se ha pasado la vida diciendo “algún día lo haré, algún día lo haré”, el muy pesado —suspiró este—. Se está emocionando mucho con ello. Cree que trabajar en la Asociación es fácil. Tiene mucho que aprender aún.
—Hey, ¿de qué habláis? —apareció Cleven junto a ellos alegremente junto con Álex con su calzado ya arreglado.
Yako, Sam y Nakuru dieron un leve brinco de sobresalto y volvieron a recuperar una actitud cuidadosa.
—Eh, ¿entramos ya o no? —vino también MJ, con Raijin y la pareja.
—Sí, vamos —apremió Yako a todos.
Caminaron un poco hacia la entrada del pórtico. Como había mucha gente entrando, iban algo lentos, haciendo cola. En un momento, Raijin se vio ahí al lado de Cleven mientras los demás estaban algo más delante, entre la gente. El rubio, con las manos en los bolsillos y aire indiferente, la miró de reojo un momento, de arriba abajo.
—¿De dónde has sacado ese kimono? —le preguntó de repente, con su tono frío de siempre.
Cleven lo miró, un poco extrañada por la pregunta. Pero seguía molesta con él por haber echado a perder su delicioso bollo de chocolate y además por su poca consideración.
—No te importa —contestó ella con el mismo tono, imitando su voz.
—¿No lo habrás robado?
—¡Hmp! ¿Pero a ti qué te pasa? —le enfrentó, con actitud inquisitiva, poniendo los brazos en jarra, y le sonrió con suspicacia—. Claro, te da rabia que esté tan guapa hoy, ¿eh? ¿Señor Sonrisas?
Raijin miró a otro lado, desprendiendo su seriedad de siempre.
—Pues sí —murmuró.
—¿Eh? —preguntó Cleven, que no lo había oído bien.
Pero Raijin se adelantó y se alejó a propósito, sin decir nada más. Cleven se quedó un poco confusa, y meditabunda. Por fin todos pasaron el pórtico y salieron de la agobiante aglomeración de gente hacia el amplio patio interior, donde la gente se dispersaba por todas direcciones hacia los distintos puestos de entretenimiento y de venta de comida y objetos.
—¿Pasa algo, Cleven? —le preguntó Yako, encontrándola ahí atrás muy callada.
—¿Eh? No —sonrió, emprendiendo la marcha—. Es sólo que Raijin está un poco raro, ¿no crees?
—Heheh, bueno, sí que está un poco raro desde la noche del lunes, la verdad. No sé por qué.
«Uy... ¿La noche de lunes?» se sorprendió ella. «Fue cuando los vi entrar a los dos en la discoteca del Gesshoku y me peleé con Raijin allí».
—Por cierto, Cleven. ¿Te quieres venir esta noche a mi fiesta, después del festival?
—¿¡Cómo!? —brincó eufórica—. ¿Das una fiesta?
—Sí, con algunos amigos de la uni, para celebrar que pasamos los exámenes de Navidad. Cada año lo hacemos, una vez en casa de otro. Este año me toca a mí.
—Pero... si es para la gente de tu universidad, ¿qué pinto yo?
—Kain, su prometida y Raijin no son de mi universidad y también van a ir —contestó, encogiéndose de hombros.
—¡Voy! —declaró firmemente decidida, deteniéndose y agarrándolo de las mangas—. ¡Te juro que voy!
—Vale... —sonrió Yako—. Me asustas, pero vale.
Mientras todos caminaban un poco dispersos por la zona, pensando qué puestos visitar primero, Yako se quedó congelado un instante cuando divisó a los mismos dos guardianes del Monte Zou trajeados que acompañaban a Alvion la otra noche en el puente de la autopista. Estaban ahí cerca, parados junto a la esquina de un puesto de comida, simplemente esperando y vigilando el entorno. Yako, entonces, miró a un lado y a otro, tratando de comprobar si Alvion de verdad también andaba por ahí, pues no quería cruzarse otra vez con él.
No obstante, fue Cleven, que se había ido corriendo un momento hacia un puesto de dulces y pasteles tradicionales, quien divisó a un anciano muy particular en otra zona del gran patio. Mientras sujetaba un palillo con bolitas de dango ensartadas, hechas de una masa dulce, que acababa de coger del mostrador, se quedó un poco abstraída, porque aquella imagen atrapó un poco su atención.
Alvion estaba de espaldas y Cleven solamente veía su larga melena blanca, adornada con dos pequeñas trenzas y algunos abalorios de madera y de metal, cayendo por su espalda. Estaba en una esquina apartada del patio, donde había poca gente. Estaba inclinado hacia un hombre joven que, al parecer, se había excedido con la bebida y estaba con las manos apoyadas en el muro, vomitando sobre una reja de alcantarilla. Ese anciano tenía una mano sobre su espalda. Parecía que lo estaba asistiendo. El joven estaba muy mareado, y el anciano lo condujo a sentarse en un banco. Intercambiaron unas palabras. El joven asintió con la cabeza, sonrió, hizo un gesto de agradecimiento y se mostraba avergonzado. El anciano le tendió un pañuelo, y el joven lo aceptó humildemente para limpiarse. Entonces, se despidieron, y Alvion dio media vuelta para seguir su camino.
Cuando Cleven lo vio de frente, sus ojos verdes se fueron abriendo lentamente hacia el asombro y hacia una sensación especial. No pudo dejar de preguntarse quién era ese anciano, se lo preguntaba ansiosamente. Toda la gente que pasaba por su lado lo miraba con gran asombro también, pues Alvion llamaba la atención fácilmente por su altura y su porte esbelto pese a su muy avanzada edad. Con su cabello blanco como un manto de nieve y sus ojos dorados, y su elegante traje Zou con capa, la gente no podía evitar comentar si tal vez ese majestuoso anciano iba a ser el actor que interpretaría al emperador Meiji en la función o algo similar.
Cleven seguía absorta, cada vez más lejos de la realidad, con el rostro lejano del anciano reflejándose en su ojos, sumergiéndose sin querer en una vieja memoria…
Hace 9 años…
«Una pequeña niña con un voluminoso cabello rojo, que la hacía parecer una pequeña y esponjosa nube de frambuesa, iba correteando sigilosa por un laberinto de estanterías repletas de libros extraños de múltiples épocas y culturas humanas. Tenía que darse prisa y tener cuidado, pues por ahí andaba también un anciano de largo cabello blanco, y no podía dejar que la descubriera allí, una vez más, en esa zona privada y restringida de la mayor biblioteca del mundo.
La niña llevaba un libro entre sus manos, que hablaba de una antigua teoría sobre cómo funcionaba la capacidad de la mente humana de forjar creencias y pensamientos opuestos en un solo instante, en función del carácter, ya bien dependiente del factor de la genética o del factor del entorno sociocultural cuando se experimentaba un conflicto o una crisis. Era un libro prohibido porque era muy valioso y con conocimientos un poco complicados de aceptar. Fue escrito por Wei Zou, el fundador de la Asociación y descubridor de los iris. Esa era la única copia en francés, único idioma que podía leer sin problema, ya que leer en japonés todavía le era difícil en su actual nivel escolar.
Cuando por fin logró dejar el libro en su sitio, procuró salir de allí lo antes posible. Pero, en un determinado momento, al asomarse al pasillo principal, más ancho, vio al anciano pasando por ahí cerca. Entonces, ella se ocultó detrás de una gruesa columna de mármol. Cuando el anciano pasó por esa zona, se detuvo. Miró en silencio a su alrededor. Sólo veía estanterías, libros y columnas. No se veía nada más.
La niña esperó a oír sus pasos alejarse, durante dos largos minutos, pero no escuchó nada por un buen rato. Extrañada, decidió asomarse con cautela hacia el pasillo grande. El anciano había desaparecido. Qué raro, pues aquel lugar era tan silencioso que fácilmente se podían oír los pasos de alguien al caminar.
Como realmente parecía estar sola, la niña se confió y salió de la zona restringida de la biblioteca, cruzando la verja de hierro que la separaba de la zona pública, la cual presentaba el aspecto de una biblioteca más normal, más cálida e iluminada que la otra sombría zona. Era una muy extensa sala circular, cubierta por un techo tan alto como diez pisos, donde se alternaban muros de piedra con ventanales de cristal desde el suelo hasta la cúspide, por los que pasaba la luz anaranjada del atardecer. Entre las incontables estanterías, se alternaban mesas de trabajo, grandes y pequeñas, y había varios árboles plantados en pequeños jardines intercalados.
En ese momento, no había nadie más que ella en la biblioteca, así que, orgullosa de su hazaña y con calma, se dirigió hacia la salida.
No obstante, notó algo. Notó esa energía especial. Provenía de uno de los árboles, uno que estaba justo detrás de ella.
—Hahh… —suspiró la niña con fastidio, y habló con un tono un poco avergonzado—. No hace falta que siga escondido. Puedo sentirle.
Aquel árbol movió sus ramas, y en su tronco se abrieron dos ojos de luz dorada. Comenzó a cambiar de forma, a transformarse, a convertir su madera de regreso a carne, hueso y ropas, y sus hojas de regreso a largos cabellos blancos. El anciano recuperó su cuerpo normal. Cuando sus ojos dorados se apagaron, se apoyó sobre una de las mesas, cruzándose de brazos. La niña se dio la vuelta y lo miró con una sonrisilla culpable.
—Esta es la octava vez en tres años que te encuentro serpenteando entre las estanterías privadas de mi templo. Ávida de conocimiento demasiado avanzado para su edad, y una implacable manía de saltarse las normas y sentirse orgullosa de ello. Hija de Neuval Lao eres sin duda. ¿Qué libro has tomado sin permiso esta vez?
—Solamente un cuento bonito, para leérselo a mi hermanito Yenkis.
Alvion cerró los ojos un momento. Después los abrió y se acercó a la niña. Se agachó frente a ella para ponerse a su altura.
—Cleventine —le dijo con cariño—. Decir mentiras es algo malo.
—La mentira está infravalorada. No importa si es buena o mala. Importa si es necesaria o innecesaria.
—¿Por qué necesitarías mentirme?
—Porque usted aún no comprende. Aún no sabe.
—¿Comprender qué? ¿Saber qué?
—No está preparado para descubrirlo aún, doctor Zou. Un día, desafortunadamente, la verdad le dolerá. Más que cien huesos rotos, más que mil cuchillos en la piel. Por eso, por ahora, la mentira es lo más piadoso que puedo darle.
No era la primera vez que aquella niña tenía estas extrañas conversaciones con él. Alvion aún encontraba raras, pero intrigantes, las palabras de esta peculiar muchacha que ya desde muy pequeña le había sorprendido con su forma de hablar y de entender las cosas. Sentía una inexplicable e incomprensible conexión con ella. Pensaba que era, probablemente, porque se trataba de la nieta de sus queridos y admirables Hideki y Emiliya, dos de los iris más extraordinarios que habían trabajado para él hasta ahora, y cuya muerte Alvion seguía lamentando mucho, aún después de siete años.
—¿Cómo lo haces? —preguntó el anciano.
—¿El qué?
—Eso que dices de “sentirme”. Siempre me encuentras, te percatas de mi presencia, incluso si me transformo en un árbol.
—No era una transformación muy lograda. Algunas hojas tenían cabellos blancos.
—¿Otra mentira piadosa?
—Nah, una mentira burlona, más bien —sonrió—. Porque la respuesta a esa pregunta se trata de una bonita verdad.
—Pues dime cuál es.
—No está preparado —insistió ella.
Alvion suspiró. Definitivamente, no entendía a esa niña. Pero siempre hacía estas cosas cada vez que venía al Monte Zou de visita con su familia, sobre todo algunas semanas durante las vacaciones de verano. Desde que tenía 5 añitos, empezó a escaparse y a moverse sola por las tierras Zou, a curiosear, observar, conocer, entrar en lugares que no debía… Este ya era el tercer año consecutivo, por lo que el anciano ya conocía el peculiar interés de esta niña por ese tipo de libros, por la naturaleza humana, por la vida y el mundo.
—¿Por qué te interesa leer este tipo de libros? —sonrió Alvion más dócil, resignándose a aceptar que no tenía forma de regañarla como a una niña normal, porque ella no era normal.
—Porque mi papá siempre me dice que para cambiar o arreglar el mundo, primero hay que conocerlo; luego, entenderlo; y luego, abofetearlo en los lugares correctos.
—Eso te dice, ¿eh? —hizo un gesto un poco desaprobatorio—. Esas cosas no deberían preocupar todavía a una niña humana de 7 años.
Cleven se encogió de hombros, sin decir nada, manteniendo esa sonrisa juguetona.
—Todos los Vernoux que he conocido escapan de mi comprensión… —murmuró Alvion, pues por alguna razón, se quedó absorto mirando los ojos verdes de Cleven, sintiendo algo especial detrás de ellos.
—¡Ajá! —exclamó una voz de repente por la biblioteca. Era Neuval, entrando por la puerta, señalando a Cleven con los dos brazos.
—Especialmente este majara —añadió Alvion entre dientes.
—¡Aquí estás, mi suflé de frambuesa! —Neuval llegó hasta ellos—. Te he estado buscando media hora por todas partes. ¡Siempre te me escapas! ¿Qué has hecho esta vez? ¿Te está regañando este Zou gruñón?
—Sólo hablábamos del tiempo, papi —dijo ella con inocencia.
—Aaauu… —se enterneció Neuval, y miró a Alvion—. Esa es una adorable mentirijilla. ¿Qué ha hecho? —le preguntó a Alvion.
—Tan sólo dile a tu hija —respondió el anciano— que no debería colarse más en la zona privada de la biblioteca sin permiso. No es un lugar adecuado para una niña como ella.
—¡Cleven! ¿¡Es eso verdad!? —exclamó Neuval, cruzándose de brazos con enfado—. ¿Tienes idea de por qué estás en problemas ahora?
—Porque… ¿me he saltado las normas? —preguntó ella.
—¡No! ¡Porque te han descubierto saltándotelas!
—N… No era eso lo que quería deci-… —intentó corregir Alvion.
—Muy mal, Cleven. ¿Cómo puedes dejar que te pillen tan fácilmente? Tienes que entrenar más duro las artes de la discreción para que puedas romper las normas sin que te descubran.
—¡Fuujin! —protestó Alvion, incrédulo.
—Ven, chiqui —Neuval le tendió la mano y la niña se la agarró, y se fueron marchando de allí—. Te voy a enseñar cómo se hace. Te voy a enseñar cómo colarte en el dormitorio de Alvion cuando ni él ni nadie se lo espere ni se den cuenta. Le pondremos escarabajos y gusanos por la cama, y le robarás su ropa interior, para después exhibirla en las calles de la Ciudadela…
—¡Fuujin! —se quejó Alvion otra vez, haciendo un gesto de mayor incredulidad e incomprensión.
—¡Hahaha…! ¡Papi, no! ¡Eso es pervertido! —se reía la niña.
—¡Sí, es divertido!
—¡He dicho “pervertido”!
—¡Eso, divertido!
Las voces de ambos Vernoux se disiparon. Alvion se quedó ahí parado en medio de la solitaria biblioteca, todavía con esa cara de incredulidad y una vena hinchada en la frente.»
Cleven cerró los ojos de repente. Se llevó una mano a la cabeza, notando un breve dolor punzante. Regresó al mundo real. No sabía qué acababa de pasar. Tenía la sensación de haber revivido algún recuerdo lejano, pero su memoria le fallaba, una vez más. Al final, olvidó siquiera haber visto a aquel anciano entre la gente del festival, el cual ya se había perdido de vista por algún otro lugar. Por eso, Cleven miró confusa a su alrededor, preguntándose qué estaba haciendo ahí. «¡Ah, sí!» vio las bolitas dulces en el palillo que sujetaba en su mano, «Tengo que pagar este dango». Sacó una moneda de su bolso y se la dio a la vendedora.
Volvió al lugar donde había estado antes con Yako, mientras se comía sus pastelitos. Encontró al chico medio escondido junto a una caseta, con aire nervioso. Hace un minuto había visto a Alvion pasando por ahí, reuniéndose con sus dos guardianes. Por suerte, los tres ya se marcharon del lugar.
—¿Yako? —lo llamó Cleven—. ¿Qué pasa?
—¿Eh? —la miró—. Ah, nada, nada —sonrió, emprendiendo la marcha de nuevo—. Ven, vayamos con los demás.
«Si Alvion sigue deambulando por la ciudad, significa que todavía está buscando a Fuujin» pensó Yako. «Madre mía… Si Cleven supiera el lío en el que está metido su padre… Me pregunto dónde estará Fuujin ahora».
De pronto Yako y Nakuru se dieron un susto cuando Sam soltó una exclamación, porque alguien aparecido de la nada lo agarró y lo levantó por encima de su cabeza.
—¡Jajaaa! —carcajeó—. ¡He cazado un leoncito!
Era un hombre muy alto, probablemente rozaba los dos metros. Era de etnia africana, de piel muy oscura, y tenía los ojos caoba, grandes como su sonrisa. Su cabello oscuro era ensortijado, peinado mediante largas rastas y trenzas, recogidas por detrás de la cabeza. Iba muy bien vestido, con camisa, jersey plano por encima y chaqueta de traje. Y, aun así, su modo de actuar no era tan elegante, zarandeando al pobre Sam como si fuera un saco de patatas.
—Put me down, you crazy old man! —protestó el chico, muriéndose de la vergüenza.
—¡Qué bochornoso! —declaró el hombre, poniendo a Sam en el suelo, y se acercó al joven Zou—. Yako, despídelo. Lo he atrapado como a un indefenso cachorro, demasiado fácil, ¡no me ha visto venir! Qué vergüenza para un iris dejarse atrapar así, ¡y además siendo un Dobutsu con olfato e instinto superior! Despídelo.
—Hahah… —se rio Yako—. Vamos, Zuberi, no seas duro con Sammy. No por eso merece dejar de trabajar en la cafetería.
—Me refería a que lo despidieses de la Asociación.
—Este año tampoco dispongo de esa autoridad —bromeó.
—Habla con tu abuelo.
—Ni hablar.
—¿Puedes por favor largarte y dejar de molestar, papá? —intervino Sam, recolocándose la ropa.
—Oooh, ¡Nakuru! —exclamó el hombre con tono tierno, ignorando descaradamente a su hijo—. ¡Estás tan bonita…! ¡Samuel! ¿Le has dicho a tu compañera lo bonita que está con su kimono? Díselo. Sé un buen caballero medio inglés.
—¡Largo ya! —gruñó este.
Yako y Nakuru no paraban de reírse. Zuberi decidió dejar de martirizar a su hijo y se despidió de ellos, después de revolverle a Sam su cabello rubio y dejárselo despeinado. Se reunió con otros hombres y mujeres mayores de su edad, amigos suyos, que lo esperaban allá y habían venido con él para disfrutar del festival también.
—Humano loco… —refunfuñó Sam, teniendo que quitarse la goma de pelo para volver a recogerse sus cabellos largos.
—¿Se puede saber de dónde ha sacado tu padre esa fuerza? —preguntó Nakuru, asombrada—. ¡Te ha levantado como si nada!
—¿No te lo ha dicho? —dijo Yako, señalando a Sam—. Zuberi lleva ya cinco meses asistiendo esporádicamente a entrenamientos de cooperador en el Monte Zou.
—¿¡Qué dices!? ¡Sam, ¿tu padre ha decidido convertirse en almaati?! Eso sí que no me lo esperaba.
—Pero si se ha pasado la vida diciendo “algún día lo haré, algún día lo haré”, el muy pesado —suspiró este—. Se está emocionando mucho con ello. Cree que trabajar en la Asociación es fácil. Tiene mucho que aprender aún.
—Hey, ¿de qué habláis? —apareció Cleven junto a ellos alegremente junto con Álex con su calzado ya arreglado.
Yako, Sam y Nakuru dieron un leve brinco de sobresalto y volvieron a recuperar una actitud cuidadosa.
—Eh, ¿entramos ya o no? —vino también MJ, con Raijin y la pareja.
—Sí, vamos —apremió Yako a todos.
Caminaron un poco hacia la entrada del pórtico. Como había mucha gente entrando, iban algo lentos, haciendo cola. En un momento, Raijin se vio ahí al lado de Cleven mientras los demás estaban algo más delante, entre la gente. El rubio, con las manos en los bolsillos y aire indiferente, la miró de reojo un momento, de arriba abajo.
—¿De dónde has sacado ese kimono? —le preguntó de repente, con su tono frío de siempre.
Cleven lo miró, un poco extrañada por la pregunta. Pero seguía molesta con él por haber echado a perder su delicioso bollo de chocolate y además por su poca consideración.
—No te importa —contestó ella con el mismo tono, imitando su voz.
—¿No lo habrás robado?
—¡Hmp! ¿Pero a ti qué te pasa? —le enfrentó, con actitud inquisitiva, poniendo los brazos en jarra, y le sonrió con suspicacia—. Claro, te da rabia que esté tan guapa hoy, ¿eh? ¿Señor Sonrisas?
Raijin miró a otro lado, desprendiendo su seriedad de siempre.
—Pues sí —murmuró.
—¿Eh? —preguntó Cleven, que no lo había oído bien.
Pero Raijin se adelantó y se alejó a propósito, sin decir nada más. Cleven se quedó un poco confusa, y meditabunda. Por fin todos pasaron el pórtico y salieron de la agobiante aglomeración de gente hacia el amplio patio interior, donde la gente se dispersaba por todas direcciones hacia los distintos puestos de entretenimiento y de venta de comida y objetos.
—¿Pasa algo, Cleven? —le preguntó Yako, encontrándola ahí atrás muy callada.
—¿Eh? No —sonrió, emprendiendo la marcha—. Es sólo que Raijin está un poco raro, ¿no crees?
—Heheh, bueno, sí que está un poco raro desde la noche del lunes, la verdad. No sé por qué.
«Uy... ¿La noche de lunes?» se sorprendió ella. «Fue cuando los vi entrar a los dos en la discoteca del Gesshoku y me peleé con Raijin allí».
—Por cierto, Cleven. ¿Te quieres venir esta noche a mi fiesta, después del festival?
—¿¡Cómo!? —brincó eufórica—. ¿Das una fiesta?
—Sí, con algunos amigos de la uni, para celebrar que pasamos los exámenes de Navidad. Cada año lo hacemos, una vez en casa de otro. Este año me toca a mí.
—Pero... si es para la gente de tu universidad, ¿qué pinto yo?
—Kain, su prometida y Raijin no son de mi universidad y también van a ir —contestó, encogiéndose de hombros.
—¡Voy! —declaró firmemente decidida, deteniéndose y agarrándolo de las mangas—. ¡Te juro que voy!
—Vale... —sonrió Yako—. Me asustas, pero vale.
Mientras todos caminaban un poco dispersos por la zona, pensando qué puestos visitar primero, Yako se quedó congelado un instante cuando divisó a los mismos dos guardianes del Monte Zou trajeados que acompañaban a Alvion la otra noche en el puente de la autopista. Estaban ahí cerca, parados junto a la esquina de un puesto de comida, simplemente esperando y vigilando el entorno. Yako, entonces, miró a un lado y a otro, tratando de comprobar si Alvion de verdad también andaba por ahí, pues no quería cruzarse otra vez con él.
No obstante, fue Cleven, que se había ido corriendo un momento hacia un puesto de dulces y pasteles tradicionales, quien divisó a un anciano muy particular en otra zona del gran patio. Mientras sujetaba un palillo con bolitas de dango ensartadas, hechas de una masa dulce, que acababa de coger del mostrador, se quedó un poco abstraída, porque aquella imagen atrapó un poco su atención.
Alvion estaba de espaldas y Cleven solamente veía su larga melena blanca, adornada con dos pequeñas trenzas y algunos abalorios de madera y de metal, cayendo por su espalda. Estaba en una esquina apartada del patio, donde había poca gente. Estaba inclinado hacia un hombre joven que, al parecer, se había excedido con la bebida y estaba con las manos apoyadas en el muro, vomitando sobre una reja de alcantarilla. Ese anciano tenía una mano sobre su espalda. Parecía que lo estaba asistiendo. El joven estaba muy mareado, y el anciano lo condujo a sentarse en un banco. Intercambiaron unas palabras. El joven asintió con la cabeza, sonrió, hizo un gesto de agradecimiento y se mostraba avergonzado. El anciano le tendió un pañuelo, y el joven lo aceptó humildemente para limpiarse. Entonces, se despidieron, y Alvion dio media vuelta para seguir su camino.
Cuando Cleven lo vio de frente, sus ojos verdes se fueron abriendo lentamente hacia el asombro y hacia una sensación especial. No pudo dejar de preguntarse quién era ese anciano, se lo preguntaba ansiosamente. Toda la gente que pasaba por su lado lo miraba con gran asombro también, pues Alvion llamaba la atención fácilmente por su altura y su porte esbelto pese a su muy avanzada edad. Con su cabello blanco como un manto de nieve y sus ojos dorados, y su elegante traje Zou con capa, la gente no podía evitar comentar si tal vez ese majestuoso anciano iba a ser el actor que interpretaría al emperador Meiji en la función o algo similar.
Cleven seguía absorta, cada vez más lejos de la realidad, con el rostro lejano del anciano reflejándose en su ojos, sumergiéndose sin querer en una vieja memoria…
Hace 9 años…
«Una pequeña niña con un voluminoso cabello rojo, que la hacía parecer una pequeña y esponjosa nube de frambuesa, iba correteando sigilosa por un laberinto de estanterías repletas de libros extraños de múltiples épocas y culturas humanas. Tenía que darse prisa y tener cuidado, pues por ahí andaba también un anciano de largo cabello blanco, y no podía dejar que la descubriera allí, una vez más, en esa zona privada y restringida de la mayor biblioteca del mundo.
La niña llevaba un libro entre sus manos, que hablaba de una antigua teoría sobre cómo funcionaba la capacidad de la mente humana de forjar creencias y pensamientos opuestos en un solo instante, en función del carácter, ya bien dependiente del factor de la genética o del factor del entorno sociocultural cuando se experimentaba un conflicto o una crisis. Era un libro prohibido porque era muy valioso y con conocimientos un poco complicados de aceptar. Fue escrito por Wei Zou, el fundador de la Asociación y descubridor de los iris. Esa era la única copia en francés, único idioma que podía leer sin problema, ya que leer en japonés todavía le era difícil en su actual nivel escolar.
Cuando por fin logró dejar el libro en su sitio, procuró salir de allí lo antes posible. Pero, en un determinado momento, al asomarse al pasillo principal, más ancho, vio al anciano pasando por ahí cerca. Entonces, ella se ocultó detrás de una gruesa columna de mármol. Cuando el anciano pasó por esa zona, se detuvo. Miró en silencio a su alrededor. Sólo veía estanterías, libros y columnas. No se veía nada más.
La niña esperó a oír sus pasos alejarse, durante dos largos minutos, pero no escuchó nada por un buen rato. Extrañada, decidió asomarse con cautela hacia el pasillo grande. El anciano había desaparecido. Qué raro, pues aquel lugar era tan silencioso que fácilmente se podían oír los pasos de alguien al caminar.
Como realmente parecía estar sola, la niña se confió y salió de la zona restringida de la biblioteca, cruzando la verja de hierro que la separaba de la zona pública, la cual presentaba el aspecto de una biblioteca más normal, más cálida e iluminada que la otra sombría zona. Era una muy extensa sala circular, cubierta por un techo tan alto como diez pisos, donde se alternaban muros de piedra con ventanales de cristal desde el suelo hasta la cúspide, por los que pasaba la luz anaranjada del atardecer. Entre las incontables estanterías, se alternaban mesas de trabajo, grandes y pequeñas, y había varios árboles plantados en pequeños jardines intercalados.
En ese momento, no había nadie más que ella en la biblioteca, así que, orgullosa de su hazaña y con calma, se dirigió hacia la salida.
No obstante, notó algo. Notó esa energía especial. Provenía de uno de los árboles, uno que estaba justo detrás de ella.
—Hahh… —suspiró la niña con fastidio, y habló con un tono un poco avergonzado—. No hace falta que siga escondido. Puedo sentirle.
Aquel árbol movió sus ramas, y en su tronco se abrieron dos ojos de luz dorada. Comenzó a cambiar de forma, a transformarse, a convertir su madera de regreso a carne, hueso y ropas, y sus hojas de regreso a largos cabellos blancos. El anciano recuperó su cuerpo normal. Cuando sus ojos dorados se apagaron, se apoyó sobre una de las mesas, cruzándose de brazos. La niña se dio la vuelta y lo miró con una sonrisilla culpable.
—Esta es la octava vez en tres años que te encuentro serpenteando entre las estanterías privadas de mi templo. Ávida de conocimiento demasiado avanzado para su edad, y una implacable manía de saltarse las normas y sentirse orgullosa de ello. Hija de Neuval Lao eres sin duda. ¿Qué libro has tomado sin permiso esta vez?
—Solamente un cuento bonito, para leérselo a mi hermanito Yenkis.
Alvion cerró los ojos un momento. Después los abrió y se acercó a la niña. Se agachó frente a ella para ponerse a su altura.
—Cleventine —le dijo con cariño—. Decir mentiras es algo malo.
—La mentira está infravalorada. No importa si es buena o mala. Importa si es necesaria o innecesaria.
—¿Por qué necesitarías mentirme?
—Porque usted aún no comprende. Aún no sabe.
—¿Comprender qué? ¿Saber qué?
—No está preparado para descubrirlo aún, doctor Zou. Un día, desafortunadamente, la verdad le dolerá. Más que cien huesos rotos, más que mil cuchillos en la piel. Por eso, por ahora, la mentira es lo más piadoso que puedo darle.
No era la primera vez que aquella niña tenía estas extrañas conversaciones con él. Alvion aún encontraba raras, pero intrigantes, las palabras de esta peculiar muchacha que ya desde muy pequeña le había sorprendido con su forma de hablar y de entender las cosas. Sentía una inexplicable e incomprensible conexión con ella. Pensaba que era, probablemente, porque se trataba de la nieta de sus queridos y admirables Hideki y Emiliya, dos de los iris más extraordinarios que habían trabajado para él hasta ahora, y cuya muerte Alvion seguía lamentando mucho, aún después de siete años.
—¿Cómo lo haces? —preguntó el anciano.
—¿El qué?
—Eso que dices de “sentirme”. Siempre me encuentras, te percatas de mi presencia, incluso si me transformo en un árbol.
—No era una transformación muy lograda. Algunas hojas tenían cabellos blancos.
—¿Otra mentira piadosa?
—Nah, una mentira burlona, más bien —sonrió—. Porque la respuesta a esa pregunta se trata de una bonita verdad.
—Pues dime cuál es.
—No está preparado —insistió ella.
Alvion suspiró. Definitivamente, no entendía a esa niña. Pero siempre hacía estas cosas cada vez que venía al Monte Zou de visita con su familia, sobre todo algunas semanas durante las vacaciones de verano. Desde que tenía 5 añitos, empezó a escaparse y a moverse sola por las tierras Zou, a curiosear, observar, conocer, entrar en lugares que no debía… Este ya era el tercer año consecutivo, por lo que el anciano ya conocía el peculiar interés de esta niña por ese tipo de libros, por la naturaleza humana, por la vida y el mundo.
—¿Por qué te interesa leer este tipo de libros? —sonrió Alvion más dócil, resignándose a aceptar que no tenía forma de regañarla como a una niña normal, porque ella no era normal.
—Porque mi papá siempre me dice que para cambiar o arreglar el mundo, primero hay que conocerlo; luego, entenderlo; y luego, abofetearlo en los lugares correctos.
—Eso te dice, ¿eh? —hizo un gesto un poco desaprobatorio—. Esas cosas no deberían preocupar todavía a una niña humana de 7 años.
Cleven se encogió de hombros, sin decir nada, manteniendo esa sonrisa juguetona.
—Todos los Vernoux que he conocido escapan de mi comprensión… —murmuró Alvion, pues por alguna razón, se quedó absorto mirando los ojos verdes de Cleven, sintiendo algo especial detrás de ellos.
—¡Ajá! —exclamó una voz de repente por la biblioteca. Era Neuval, entrando por la puerta, señalando a Cleven con los dos brazos.
—Especialmente este majara —añadió Alvion entre dientes.
—¡Aquí estás, mi suflé de frambuesa! —Neuval llegó hasta ellos—. Te he estado buscando media hora por todas partes. ¡Siempre te me escapas! ¿Qué has hecho esta vez? ¿Te está regañando este Zou gruñón?
—Sólo hablábamos del tiempo, papi —dijo ella con inocencia.
—Aaauu… —se enterneció Neuval, y miró a Alvion—. Esa es una adorable mentirijilla. ¿Qué ha hecho? —le preguntó a Alvion.
—Tan sólo dile a tu hija —respondió el anciano— que no debería colarse más en la zona privada de la biblioteca sin permiso. No es un lugar adecuado para una niña como ella.
—¡Cleven! ¿¡Es eso verdad!? —exclamó Neuval, cruzándose de brazos con enfado—. ¿Tienes idea de por qué estás en problemas ahora?
—Porque… ¿me he saltado las normas? —preguntó ella.
—¡No! ¡Porque te han descubierto saltándotelas!
—N… No era eso lo que quería deci-… —intentó corregir Alvion.
—Muy mal, Cleven. ¿Cómo puedes dejar que te pillen tan fácilmente? Tienes que entrenar más duro las artes de la discreción para que puedas romper las normas sin que te descubran.
—¡Fuujin! —protestó Alvion, incrédulo.
—Ven, chiqui —Neuval le tendió la mano y la niña se la agarró, y se fueron marchando de allí—. Te voy a enseñar cómo se hace. Te voy a enseñar cómo colarte en el dormitorio de Alvion cuando ni él ni nadie se lo espere ni se den cuenta. Le pondremos escarabajos y gusanos por la cama, y le robarás su ropa interior, para después exhibirla en las calles de la Ciudadela…
—¡Fuujin! —se quejó Alvion otra vez, haciendo un gesto de mayor incredulidad e incomprensión.
—¡Hahaha…! ¡Papi, no! ¡Eso es pervertido! —se reía la niña.
—¡Sí, es divertido!
—¡He dicho “pervertido”!
—¡Eso, divertido!
Las voces de ambos Vernoux se disiparon. Alvion se quedó ahí parado en medio de la solitaria biblioteca, todavía con esa cara de incredulidad y una vena hinchada en la frente.»
Cleven cerró los ojos de repente. Se llevó una mano a la cabeza, notando un breve dolor punzante. Regresó al mundo real. No sabía qué acababa de pasar. Tenía la sensación de haber revivido algún recuerdo lejano, pero su memoria le fallaba, una vez más. Al final, olvidó siquiera haber visto a aquel anciano entre la gente del festival, el cual ya se había perdido de vista por algún otro lugar. Por eso, Cleven miró confusa a su alrededor, preguntándose qué estaba haciendo ahí. «¡Ah, sí!» vio las bolitas dulces en el palillo que sujetaba en su mano, «Tengo que pagar este dango». Sacó una moneda de su bolso y se la dio a la vendedora.
Volvió al lugar donde había estado antes con Yako, mientras se comía sus pastelitos. Encontró al chico medio escondido junto a una caseta, con aire nervioso. Hace un minuto había visto a Alvion pasando por ahí, reuniéndose con sus dos guardianes. Por suerte, los tres ya se marcharon del lugar.
—¿Yako? —lo llamó Cleven—. ¿Qué pasa?
—¿Eh? —la miró—. Ah, nada, nada —sonrió, emprendiendo la marcha de nuevo—. Ven, vayamos con los demás.
«Si Alvion sigue deambulando por la ciudad, significa que todavía está buscando a Fuujin» pensó Yako. «Madre mía… Si Cleven supiera el lío en el que está metido su padre… Me pregunto dónde estará Fuujin ahora».
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