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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









58.
El niño del callejón (2/5)

«El niño estuvo un rato recorriendo la ciudad. Fue entre callejuelas, trepó por algunos muros, caminó sobre algunos tejados, se deslizó por algunas tuberías y túneles. Hacía rato que ya iba tranquilo, sabiendo que no había manera alguna de que ese tipo hortera lo hubiera podido seguir, y ya le restó importancia.

Al cabo de un rato, tras descolgarse de un muro y aterrizar en un nuevo callejón que tenía varios contenedores, se encontró con una niña intentando trepar dentro de uno de ellos. Debía de ser un par de años más pequeña que él. Tenía un pelo largo, negro y enmarañado, y ropas sucias. Estaba muy flaca y era demasiado bajita para llegar al borde del contenedor.

Él ya se había cruzado con varios niños callejeros o huérfanos muchas veces antes, tanto en Francia como en su viaje por el mundo, que estaban en una situación igual a la suya o similar. Esos niños habían sido las únicas personas en las que había podido depositar un poco de confianza, no en todos, pero sí en muchos. Cuando uno trataba de sobrevivir en las calles o en ciudades desconocidas, más de una vez era necesario confiar en otros niños que tuvieran en común el mismo interés, el de colaborar para conseguir comida, ropa o refugio.

Se quedó un rato observando a esa niña haciendo su vano intento de usar la pared de ladrillo para apoyar un pie y alargar una mano para garrarse al borde del contenedor, hasta que se resbaló y se cayó al suelo. El chico negó con la cabeza y siguió andando hacia la salida del callejón para seguir con lo suyo. Sin embargo, a los pocos pasos notó un tirón en su camiseta blanca. Se giró y vio a la niña agarrando su camiseta, mirándolo con ojos suplicantes y señalando al contenedor.

El niño suspiró. Pero, mirando bien ese callejón, se dio cuenta de que las puertas que ahí había, junto a cada contenedor, eran las puertas traseras de unas tabernas y tiendas. Y eso significaba que esos contenedores eran donde desechaban restos de comida o comida no usada o caducada. Volvió a meterse en el callejón y la niña lo acompañó muy ilusionada hasta el contenedor de antes. Se esperaba que el chico treparía al interior de él y conseguiría la comida para ambos. Pero el niño se quedó ahí parado de brazos cruzados, serio.

La niña le dijo algo en un idioma que no entendía y lo miraba confusa, y no paraba de señalar al contenedor. El niño la interrumpió y la señaló a ella con el dedo. Ella se quedó callada, sin saber qué hacer. Entonces, el niño se giró y señaló el resto del callejón.

—Busca en tu entorno algo que puedas usar —intentó explicarle el niño, pero ella no hablaba su idioma.

Aun así, él se lo puso algo más fácil, y señaló hacia unas cajas de plástico portabotellas apiladas junto a la puerta de otro local. Después de unos segundos, la niña pareció entenderlo y fue a coger una.

—No —dijo el chico de repente, con una voz tan severa que la niña se sobresaltó y lo miró con susto.

Él le enseñó dos dedos. Ella asintió con la cabeza obedientemente y, en lugar de una, trajo dos cajas, y las puso junto al contendor. Después de eso se quedó mirando al chico con una sonrisa, esperando.

—No. Hazlo tú —dijo el niño, haciendo claros gestos con las manos—. Tienes que practicar. Si esperas que alguien consiga la comida por ti, podrías acabar muriendo de hambre. Aprende a hacerlo sola.

A la niña no le hacía falta saber francés para entender lo que el chico trataba de decirle. Se puso tímida al ver que el chico no la iba a ayudar como ella esperaba y al oír ese tono tan estricto con que la hablaba. También sus ojos plateados le daban un poco de miedo. Pero el chico le hizo otro gesto con las manos, diciéndole “adelante, ¿a qué esperas?”.

La niña miró las cajas y luego la altura del contenedor. Con una caja bastaba para llegar. Pensó que el chico le había pedido dos cajas para ganar más altura, así que puso una sobre la otra.

—¡No! —volvió a sobresaltarla.

Ella se quedó cohibida, sin entender. Entonces, el chico agarró una de las cajas y la lanzó al interior del contenedor.

—Una para entrar, y otra para salir. Desde aquí no puedes saber si el contendedor está lleno de bolsas que te ayuden a trepar de vuelta. Si entras en el contenedor y está vacío, no tendrás donde apoyarte o subirte para volver a salir. Tienes que asegurarte un escalón fuera y otro dentro.

A la niña le costó más tiempo entender aquello porque ella se imaginaba o daba por sentado que el contenedor estaría lleno de bolsas. Aun así, obedeció al chico y se subió a la caja; se agarró por fin al borde y, con un impulso, saltó al interior. Descubrió que apenas había cuatro bolsas. Y se dio cuenta de que menos mal que tenía otra caja ahí dentro sobre la que subirse para salir. Comprobó el contenido de las bolsas, y cuando halló aquella que tenía los desechos de comida con el mejor aspecto, volvió a cerrar la rotura con un nudo, la lanzó fuera del contenedor, se subió a la caja portabotellas del interior y salió de ahí sin mayor problema.

Al posar los pies en el suelo, miró al chico tímidamente. Cuando vio que él le sonrió de forma satisfecha y orgullosa, a la niña le brillaron los ojos de ilusión y se rio con alegría.

Se pusieron juntos a buscar las mejores piezas de comida en la bolsa. No era tan asqueroso como podía esperarse, era una bolsa donde habían tirado los productos no consumidos del día, por lo que muchos seguían frescos o en buen estado, en su mayoría panes, cosas fritas y algunos envases con restos de membrillo. El chico nada más cogió uno de los panes y le dejó el resto a la niña. La dejó ahí con su festín y se marchó a otro lado.

Mientras caminaba y se comía ese pan duro y seco, se dio cuenta de que ya estaba anocheciendo. Y de que era peligroso para él deambular por esa ciudad por la noche. La verdad es que echó de menos su callejón y su cartón. En él se sentía más seguro. Y estaba lejos de la zona en donde había encontrado a ese tipo de cabeza rapada y camisa de leopardo tan inquietante.

Decidió regresar a su callejón. Estaba seguro de que el hombre musculoso no volvería a aparecer por ahí durante la noche. Si iba a volver, seguramente lo haría cuando ya fuera de día, así que pensó en despertarse muy temprano para largarse del callejón antes de que el tipo musculoso pudiera aparecer.

Cuando llegó, encontró su cartón y a los gatos habituales rondando por los cubos de basura. Al parecer, los gatos habían roto la bolsa de plástico y se habían comido las empanadillas de carne de dentro. Las manzanas y la botella de agua seguían intactas. Al chico le dio igual. Se recostó sobre su cartón, pensando si mañana encontraría a algún gato drogado o muerto. Ya lo descubriría. Ahora sólo le preocupaba combatir el frío de la noche, así que se metió todas las hojas de periódico que pudo encontrar por dentro de la camiseta y de los pantalones y se echó a dormir.

Horas después, entrada la madrugada, le despertó un horrible dolor de estómago. Estaba muerto de hambre y sentía que el estómago se estaba consumiendo a sí mismo. Miró la bolsa con las manzanas. A decir verdad, era más difícil que les hubieran inyectado alguna droga a las manzanas. Con las empanadillas de carne y la botella de agua, quizá. Al final su instinto de supervivencia lo obligó a comerse las manzanas.


Al amanecer del día siguiente, el hombre fortachón volvió a aparecer. Esta vez, entró en el callejón con más cautela, no quería asustar otra vez al niño. Vestía de nuevo con su traje y corbata, y también traía la mochila, algo más abultada que ayer.

—Hey… chaval, ¿sigues aquí? —dijo suavemente mientras se adentraba despacio en el callejón, mirando por los rincones de este, pues aún estaba algo oscuro. Pero no lo veía por ninguna parte, tampoco en su cartón, sólo había un montículo de trozos de más cartones, papeles arrugados y algunos trapos viejos—. Oh, no… —palideció el hombre, corriendo de un lado a otro para mirar bien por todos lados, empezando a asustarse—. ¡Niño! ¿¡Dónde estás!? ¡Niño!

De repente vio que el montículo de cartones y papeles se movía un poco. El hombre corrió ahí de inmediato. Apartó uno de los cartones y vio entre las sombras dos ojos de luz plateada bastante aterradores. El hombre llegó a asustarse un poco y se apartó con sorpresa, pero fue algo fugaz, y de pronto un par de gatos salieron corriendo de ahí. Después vio al niño ahí agazapado, mirándolo fijamente. El hombre entonces pensó que los escalofriantes ojos de luz que acababa de ver debían de haber sido los de uno de esos gatos que estaban ahí durmiendo con el niño.

—Oh… menos mal que estás aquí… —suspiró aliviado el hombre—. Creía que… ¡Eh!

El niño había echado a correr para escaparse por la salida del callejón, pero el otro lo agarró enseguida de la camiseta y lo volvió a poner contra la pared.

—¡Suéltame! —se agitó el niño.

—¡Espera! Tranquilo —lo soltó, pero siguió impidiéndole el paso—. Chico, cómo me alegro de verte sano y salvo. Al no encontrarte creía que te habían acabado raptando. Casi me da un infarto.

El niño se quedó callado. No lo hizo notar, pero le sorprendía oírle decir lo preocupado que estaba por él. Después hizo otro intento de esquivar al hombre y huir de allí.

—No. Para. Aguarda un momento, ¿quieres? —le taponó el paso.

El niño acabó rindiéndose, quedándose parado contra la pared, tenso. Maldecía por dentro por no haberse marchado del callejón antes de que ese tipo viniera, no esperaba que fuera a aparecer tan temprano en la mañana. Ahora no tenía escapatoria. En ese momento, observó de reojo a los gatos de siempre, por ahí a lo suyo. Ninguno estaba muerto ni drogado, de hecho, parecían más tranquilos y satisfechos que nunca, después del festín de empanadillas que se dieron ayer.

—Escucha, por favor —le rogó el hombre—. Las calles de este distrito no son seguras para ti. Están ocurriendo muchos raptos últimamente. No salgas solo de aquí.

—¡Sé perfectamente lo inseguras que son para mí! —replicó el niño con enfado—. ¡Hay un chino enorme acosándome sin parar y acorralándome en un callejón!

—Ah.

El hombre se quedó con cara de tonto, porque en eso el niño tenía razón.

—Bueno, pero te equivocas conmigo, niño. Porque lo que pretendo es protegerte.

—¡Mentiroso! ¡Sois todos iguales!

—¿Cuánto tiempo hace que no recibes un trato amable, sincero o amistoso de un adulto?

—¿Eso es lo que se supone que tú estás haciendo?

—¿Por qué lo dudas?

—¡No nací ayer, puto mentiroso! —gritó el niño—. ¡Así es como actuáis al principio y después llega el engaño, o los golpes! ¡No creas que tus músculos me dan miedo, porque si me pones la mano encima te partiré las putas piernas!

—¡Oye! —exclamó de pronto el hombre, tan fuerte y serio que el niño se estremeció un poco—. ¡Cuida ese lenguaje, jovencito!

—¿¡O si no, qué!? ¿¡Tú también me pondrás el ojo morado!? ¡Adelante! ¡Después de tantas veces, mi cara ya no lo nota! —se puso en postura de lucha, con los puños en alto—. ¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Pelea!

El hombre se quedó en silencio observándolo. Lo contempló con la mayor compasión que había sentido jamás. Ese niño violento y hostil le parecía entrañable, ahí, retándole a pelear con esos brazos flacuchos. Todavía no conocía a ese niño ni sabía gran cosa sobre él, pero ya entendía muchas cosas sobre su vida, el tipo de vida que había debido de tener.

Por un instante, el hombre se vio reflejado en él, se vio a sí mismo en su infancia, siempre desconfiado, alerta y preparado para luchar contra las incesantes amenazas que ese mundo tenía reservadas para niños huérfanos, aunque el enemigo lo superase en fuerza o número. Admiraba las agallas de este niño, pero no había aprendido aún que la vida tenía dos caras; que también existían personas buenas, y no sólo malas.

—Tienes razón —dijo el hombre entonces, y el chico arqueó una ceja—. Este mundo está lleno de adultos que les hacen cosas horribles a los niños. Y haces bien en no confiar, así es como se sobrevive. No obstante, tampoco se puede vivir así eternamente. Eso no es vida. A veces, puedes encontrar personas diferentes, que tienen realmente buenas intenciones —se llevó una mano al pecho.

—Eso es lo que diría un secuestrador para hacerme bajar la guardia —gruñó con fiereza.

—Exacto. Y por eso las palabras no bastan. Estas cosas se demuestran con hechos, acciones. Si me das la oportunidad, yo te demostraré que lo único que quiero de ti es ayudarte.

—¡Si eso fuera verdad, no estarías todo el rato bloqueándome la salida!

—¡No te dejo salir porque ahí fuera te esperan un sinfín de peligros, niño! Es ahí fuera donde están todas las amenazas que quieres evitar. ¿Sabes en qué ciudad estás? Con esa cara de ángel, y ese color de cabello y de ojos, eres un caramelo para la mafia y los traficantes. ¿Y encima eres francés? ¡Los depredadores sexuales querrán comerte vivo! Lo único que pretendo es ayudarte.

—¿Y por qué querrías eso? ¿Qué ganas tú?

—No todo el mundo espera algo a cambio de ayudar a alguien. Todavía hay personas en este mundo que ayudan a los demás simplemente porque es lo correcto. Y es intolerable que en este mundo los niños sufran.

El muchacho no pudo evitar ver la imagen de su hermana mayor en su mente. Ella solía decir cosas así. Pero él creció en un entorno que nunca le dio la opción de creerlo de verdad. Lo que él creía es que ya no existía ninguna persona así en el mundo porque la única que era así era su hermana y estaba muerta. Para él, la muerte de su hermana significaba que ya no había personas buenas en el mundo.

Era doloroso, demasiado doloroso recordarla. Durante meses había intentado aprender a aguantarlo, pero era cada vez peor. Su mente se le retorcía de agonía cada vez que recordaba la imagen de su hermana muerta, y sentía que su cordura era cada vez menor.

El hombre se dio cuenta de que el chico comenzó a respirar con rapidez y dificultad. Seguía en guardia, con los puños alzados, pero a veces se le cerraban los ojos y sacudía la cabeza, como si le estuvieran cegando fogonazos de luz, o espasmos. El hombre reconoció esos síntomas enseguida. El iris no entrenado de ese niño estaba trastornando y enloqueciendo su mente. La verdad, ya le parecía increíble que todavía estuviera así de cuerdo después de tantos meses con ese iris sin tratar, pero era cuestión de tiempo que acabara sucumbiendo a la locura.

—Déjame salir… —le suplicó el niño entonces. Su voz sonó derrotada, desesperada. Cada vez respiraba peor y parecía mareado, pero no bajaba los puños—. Déjame salir…

—Hey… tranquilo… —se acercó a él poco a poco.

—Déjame salir de aquí… Quiero salir de aquí…

—Calma, respira despacio…

—Necesito…

—Te está dando un ataque de ansiedad. Los conozco bien, yo también los sufría a tu edad —se agachó delante de él, pero manteniendo medio metro de distancia para no agobiarlo—. Tranquilo. No voy a tocarte ni a hacerte nada. Toma el control de tu respiración o acabarás desmayándote. Y no quieres acabar desmayado en un callejón de un país desconocido delante de un desconocido, ¿verdad?

El niño escuchaba sus palabras y no podía no hacer caso. Era como si ese tipo supiera lo que necesitaba oír. Porque tenía razón, no podía perder el control, tenía que mantenerse despierto, despejado y en forma para seguir sobreviviendo. Escuchó los consejos del hombre, acompañando su respiración. Los latidos de su corazón fueron aminorando y el mareo se fue disipando. El niño, aún con los puños en alto, comenzó a recuperar la calma. Su mirada seguía siendo desafiante y desconfiada, pero sus ojos plateados lloraban, abatidos. Y luchaba para reprimirse.

—No lo reprimas —le dijo el hombre—. Llorar es una reacción fisiológica que se da cuando tu mente y tu cuerpo necesitan desahogar altos niveles de estrés o angustia. Si te obligas a no llorar cuando tu cuerpo te lo pide con fuerza, lo estás maltratando y empeorando. Deja salir el veneno y la mala energía mediante las lágrimas. Sólo así tu cuerpo y mente recuperarán los niveles adecuados que necesita de oxígeno y tensión sanguínea.

Nunca unas palabras tan técnicas le habían hecho sentir tan aliviado y arropado al niño. Él siempre se había tragado las lágrimas más de una vez, pensando que llorar era de débiles. Pero ese hombre lo entendía tan bien… sus palabras fueron como una liberación. Y para mayor sorpresa, el niño no sintió ninguna vergüenza por llorar delante de él.

Al poco rato recuperó la calma. Se sentía mejor. El hombre le sonreía con tristeza y eso no paraba de confundir más y más al chico. Ese tipo era diferente. Se mostraba hostil y violento con él porque era el comportamiento que ya estaba acostumbrado a tener con todos los extraños que se le acercaban, lo hacía ya por inercia. Sin embargo, si debía ser franco, lo cierto es que, en realidad, ese hombre no le había infundido ninguna sensación de peligro o de malas intenciones en ningún momento, al menos no como el resto de cientos de extraños con los que se había cruzado por el mundo. Este hombre tenía algo tan cálido en la mirada y en la voz, y en su forma de mirarlo, de acercarse a él... Para el niño eso era tan raro y a la vez tan embriagador…

—¿Te sientes mejor? Es un buen consejo, ¿verdad? —le sonrió el hombre; se agachó a su lado y sacó unas nuevas gasas limpias de su mochila—. Tu herida necesita otra cura. ¿Podrías dejarme cambiarte las gasas, por favor?

La verdad es que el niño había pasado muy mala noche –como siempre– y no tenía más ganas de pelear. Se lo pensó un poco. Ese hombre no iba a dejar de insistirle, así que creyó que lo mejor era seguirle la corriente, pero no bajaría la guardia. Alargó el brazo hacia él, indicándole que le dejaba tratarlo. No supo por qué, pero cuando vio que el hombre le sonreía feliz por darle ese permiso, se sintió extraño.

—No tardaré nada, ya verás, soy un experto curando heridas, ¿sabes? —le decía, y comenzó a quitarle la venda—. En mi trabajo, son el pan de cada día.

—¿Cómo puede ser algo tan peligroso plantar arroz o cocinar rollitos primavera?

—Guau, ¿es eso alguna especie de comentario racista, so blancucho? —le gruñó, pero descubrió en la cara del niño una diminuta sonrisilla de burla—. Oooh… ¿Así que era una broma? ¡Vaya, fíjate, pero si el lobo solitario tiene sentido del humor! Dime, ¿también eras así de gracioso cuando vivías allá en Francia y te ponías a fabricar cruasanes y quesos y a pisar uvas? Oh, bueno… —se dijo de repente, pensativo, mientras le aplicaba yodo en la herida con el algodón—. Estoy dando por sentado que eres de Francia porque hablas francés, pero bien podrías ser de Canadá, o de Bélgica… o de algún país africano…

—Soy de París.

—Ah, mira por dónde, la capital del glamur, el lujo y el amor.

—No es así para todos.

El hombre guardó un rato de silencio después de esa respuesta, pero mantenía la sonrisa.

—¿Sabes? Yo también he tenido una infancia, digamos… como un puto mierdo.

—Hah, no se dice así —al niño se le escapó una risa, viendo que el hombre hablaba francés muy bien excepto cuando se trataba de palabras malsonantes. Pero luego lo miró con sorpresa y curiosidad—. ¿Tus padres también eran malos?

—Mm… no lo sé, pero supongo que sí.

—¿No lo sabes?

—Yo nunca conocí a mis padres. Soy huérfano desde que nací.

El chico no disimuló una mueca mayor de asombro. Después no pudo evitar volver a fijarse en cómo vestía, con ese traje y corbata, tan aseado y decente.

—¿Has vivido solo desde siempre? —quiso saber.

—No siempre. Yo tenía un hermano gemelo. Los dos fuimos abandonados en un orfanato de aquí, en Hong Kong, nada más nacer. Nos criamos en ese orfanato de mala muerte toda nuestra infancia. Te lo puedes imaginar. Peleas casi diarias con los otros niños, dormir con un ojo abierto para que no te roben los pocos bienes que te quedan, pasar hambre y frío porque muchas veces no había comida y abrigo para todos…

—Oh…

—Pero yo tenía a mi hermano y él me tenía a mí, y juntos éramos imparables. Cuando teníamos tu edad, soñábamos con largarnos algún día y tener nuestra propia vida. Planeábamos nada más cumplir la edad, los 15, irnos juntos a otro lugar. Buscaríamos un trabajo, ganaríamos dinero, viviríamos en nuestra propia casa…

—¿Por qué lo cuentas como si eso al final nunca pasó?

—Porque al final nunca pasó.

El niño se quedó mirándolo sin parpadear. Estaba atrapado en esa historia y esperando que el hombre continuara hablando. Pero no dijo nada más. Fue a preguntarle qué pasó entonces, pero enseguida supo percibir que, si él no había continuado hablando, era porque no quería hablar más de ello. Fue ahí cuando el niño aprendió que ese hombre había sufrido de forma similar a él, y que, igual que él, a veces era difícil hablar de ello.

—¿Sabes? Los humanos a menudo confunden las emociones y su causa —le dijo el hombre cuando ya terminó de vendarle de nuevo el brazo, y se quedó agachado frente a él, mirándolo con esos ojos negros—. Suelen interpretar como una debilidad lo que en verdad es una fortaleza. Como llorar, o perdonar una ofensa, o perdonarle la vida a alguien. Y como fortalezas lo que en verdad son debilidades. Como abusar de los demás, conseguir cosas por la fuerza o la violencia, o pensar que la supervivencia y la felicidad sólo dependen de uno mismo en solitario.

El niño no dijo nada. Estaba absorto con ese hombre y sus palabras.

—Tengo que irme a trabajar —se puso en pie de nuevo—. Sé que todavía no quieres salir de este callejón conmigo, pero te pido una cosa —se llevó la mochila por delante del pecho y sacó varias cosas—. Si no vas a dejarme que te proteja, por favor, te lo ruego, no salgas de este callejón. Estás más seguro aquí escondido que ahí fuera. Mira, te he traído dos botellas más de agua, y más comida. Empanadillas de carne y manzanas. Te gustaron, ¿verdad? —sonrió.

—Mm… —el niño miró para otro lado, no quiso decirle que había dejado que los gatos se comieran las empanadillas.

—Veo que no has dejado ni los corazones de las manzanas de ayer y de antes de ayer.

El chico se agarró la camiseta con aire tímido

—Es… Eso es porque me los como —murmuró.

—¿Eh? —no lo oyó bien.

—La gente siempre desecha esa parte de la manzana. Yo… siempre me la como entera. No se puede desperdiciar jamás una miga de comida. Cualquier bocado podría ser el último en mucho tiempo. Nunca se sabe.

El hombre volvió a sonreír al ver que, en definitiva, estaba más tranquilo con él y le estaba hablando con normalidad. Ya no había pizca de hostilidad en él. Ahora parecía un niño inofensivo, y por alguna razón que no comprendía, sentía una extraña aura en él completamente distinta a la de antes. Tenía como… una especie de luz, una energía cálida y gentil. Había algo en ese muchacho que le cautivaba y le conmovía poderosamente. Pero al mismo tiempo le apenaba descubrir el tipo de vida que parecía estar acostumbrado a tener. No llevaba perdido unos meses, no llevaba malviviendo unos meses; así había sido su entera corta vida. Lo único nuevo era el iris.

—Es por las semillas —le explicó el hombre—. Son venenosas, si consumes muchas. Aunque a la gente como tú y yo no nos afecta eso. También es porque algunos encuentran desagradable la textura y el sabor del corazón.

—Ya… no es una parte de la manzana tan agradable como la pulpa… pero sigue siendo comida —se encogió de hombros, mirando tímido hacia otro lado, retorciendo la camiseta sin un motivo en especial—. ¿Qué quieres decir con “la gente como tú y yo”?

—Mira —le mostró una prenda gris que había sacado también de la mochila—. Te he traído también esta sudadera. Abriga muy bien. Las noches aquí son frías, así que usa esta sudadera por la noche. Es de mi hijo, Sai. Debes de tener la misma edad que él.

—¿De tu hijo?

—Se la pedí prestada. Cuando le dije que era para un niño que había encontrado en la calle, no dudó en dármela. Es un buen chico. Seguro que os llevaríais bien si os conocierais.

El muchacho no dijo nada, no sabía qué decir. Una parte de él agradecía esos obsequios, pero sabía que todo en esta vida venía con un precio.

—No puedo quedármela.

—¿Eh?

—No puedo quedarme esta comida y esa sudadera.

—¿Y eso? ¿Por qué?

—Puedo pagarte las empanadillas y las manzanas de ayer y de antes de ayer dentro de unos días. Puedo conseguir el dinero haciendo algún trabajo eventual. Pero si me das más comida y esa prenda, mi deuda aumentará y no podré pagártela a corto plazo.

—Oh, niño… —suspiró con gran afecto, y le sonrió cálidamente—. No tienes que devolverme nada de lo que te doy. No te estoy prestando estas cosas. Te las estoy regalando.

—Yo siempre devuelvo lo que me dan. Yo me gano las cosas por mí mismo.

—Eso es honorable. Chico. De verdad que sí. Pero yo no quiero que me devuelvas nada. Lo único que quiero es que no te mueras de hambre ni de frío, nada más que eso. Si te comes la comida que te traigo y te abrigas bien con la ropa que te doy, ya me estás devolviendo el favor.

El niño estaba perplejo, una vez más.

—Por desgracia no he podido encontrarte unos zapatos, pero te prometo que te traeré unos nuevos para que dejes de andar descalzo. Había pensado… que quizá podríamos cenar juntos hoy.

—¿Qué?

—No tiene que ser en otro lugar si no quieres. Podemos cenar aquí mismo —señaló en derredor—. Este callejón tiene su encanto, quizá sea por tu influencia parisina.

—Hah… idiota… —bufó el niño por sus chistes malos.

—Traeré algo diferente. Las empanadillas de carne están muy ricas, pero cansan con el tiempo. Mi querida mujer hace un estofado de conejo, patatas y verduras espectacular, ¿has comido alguna vez conejo? Ella estará encantada de hacerlo para ti y para mí. A ella también le he hablado de ti, y me matará si te sigo dando empanadillas. Me ha pedido que te dé algo más nutritivo. ¿Qué te parece?

El niño tragó saliva sólo por escuchar sobre ese plato. Y se sonrojó un poco al oír sobre lo que su mujer le había dicho. Ese hombre tenía una familia, y los tres al parecer se preocupaban por él.

—Te prometo que eres libre de elegir lo que tú quieras sin condiciones. Si todavía estás incómodo o te parece un disparate hacer ese plan conmigo, dime que no y lo entenderé, no te insistiré. Pero por favor, te lo ruego en el alma. No salgas de este callejón. Hay mucha actividad criminal últimamente por esta zona y me llevará un tiempo encargarme de limpiarla. Hasta entonces, permanece aquí escondido y seguro, por favor.

—¿En… encargarte? —no entendió bien aquello.

—¿Te parece bien si vengo aquí al atardecer y cenamos juntos?

—Eh… —el chico no salía de su sorpresa, ese hombre era tan amable y confiable que le trastocaba y le inundaba de algo que nunca había sentido—. Sí… vale…

—¡Qué bien! —celebró felizmente, dándole un pequeño susto—. Sé que pedirle a un niño de tu edad estarse quieto en un lugar durante horas es una tortura, pero por eso te he traído esto —sacó tres libros de la mochila, un cubo de Rubik y una caja de madera extraña—. Son los únicos libros que tengo en francés. Cuando de joven me puse a estudiar inglés, francés, coreano y un poco de japonés, leer novelas en esos idiomas era bastante útil. No sé si los has leído, pero son Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo y este es un cómic de tapa dura de Astérix y Obélix, edición especial. Son lecturas bastante densas, quizá puedas leerte algunas páginas.

»O entretenerte con esto —le señaló el cubo de colores—, ¿lo habías visto antes alguna vez? Se llama cubo de Rubik. Es un rompecabezas exclusivo, recién inventado, a mí me chifla. Me lo trajo un amigo desde Europa. Tienes que mover estas partes así, girándolas, y colocar todos los colores juntos en cada cara. Si te parece demasiado complicado, puedes intentar abrir esta caja de madera. Es un puzle, tiene un mecanismo especial. La he hecho yo. A ver si consigues averiguarlo. Son cosas bastante complejas, incluso yo tardé en resolver el cubo, pero seguro que te mantendrán ocupado toda la tarde. Eso sí, te pido que trates bien estos objetos y libros, son preciados para mí.

—Guau… —se quedó anonadado con esos obsequios tan interesantes.

—Ahora bien. Si alguien que no soy yo entrara aquí y te viera y se te acerca con unas malas intenciones que tú conoces muy bien… —dijo, sacando de la mochila una navaja, mostrándosela, y la dejó junto a las demás cosas sobre el cartón—… defiéndete y huye. ¿Vale?

El niño estaba perplejo al ver que le dejaba esa arma blanca ahí. Nunca había tenido tantas cosas valiosas juntas de una vez.

—Bien, voy a llegar tarde al trabajo —miró su reloj, apurado—. Por favor, espérame aquí hasta el atardecer. No sólo te traeré los zapatos y el estofado. Hablaremos más, si te sientes cómodo haciéndolo. Y te explicaré por qué tu ojo brilla. Te revelaré, además, la forma de afrontar la tragedia que sufriste de presenciar la muerte de un ser querido, para que en vez de dolor y tormento, te dé fuerzas para seguir adelante y tener una vida mejor.

—¿Eh? Espera… —se sorprendió—. ¿Cómo sabes que he…?

—Llego tarde. Explicaciones esta noche —le hizo un gesto de despedida con la mano, y se marchó de allí.

El niño se quedó ahí en el callejón parado largo rato. No podía cerrar la boca aún, de todo lo que acababa de suceder. Ese hombre… de verdad tenía algo que le intrigaba y al mismo tiempo le atraía. Se tocó la venda del brazo una vez más, tan bien puesta y cuidada, casi sin darse cuenta. Extrañamente, antes sólo quería que ese hombre se marchara y lo dejara solo, pero ahora que ese tipo no estaba aquí, se sintió más solo y desprotegido. No obstante, tenía todas esas cosas que él le había prestado para darle compañía y entretenimiento. Sinceramente, los libros y los rompecabezas eran su debilidad.

Se guardó la navaja en su pantalón y se sentó en su cartón. Esta vez, sus dudas fueron más breves, y decidió comer lo que acababa de traerle. Se sentía entusiasmado. No tardó en comenzar a abordar esos libros y esos rompecabezas. Y no paraba de pensar también en esa cena. Hacía mucho tiempo que no comía comida casera, y menos en compañía. Hacía mucho tiempo que nadie le daba una pizca de atención, preocupación, afecto y esperanza.»









58.
El niño del callejón (2/5)

«El niño estuvo un rato recorriendo la ciudad. Fue entre callejuelas, trepó por algunos muros, caminó sobre algunos tejados, se deslizó por algunas tuberías y túneles. Hacía rato que ya iba tranquilo, sabiendo que no había manera alguna de que ese tipo hortera lo hubiera podido seguir, y ya le restó importancia.

Al cabo de un rato, tras descolgarse de un muro y aterrizar en un nuevo callejón que tenía varios contenedores, se encontró con una niña intentando trepar dentro de uno de ellos. Debía de ser un par de años más pequeña que él. Tenía un pelo largo, negro y enmarañado, y ropas sucias. Estaba muy flaca y era demasiado bajita para llegar al borde del contenedor.

Él ya se había cruzado con varios niños callejeros o huérfanos muchas veces antes, tanto en Francia como en su viaje por el mundo, que estaban en una situación igual a la suya o similar. Esos niños habían sido las únicas personas en las que había podido depositar un poco de confianza, no en todos, pero sí en muchos. Cuando uno trataba de sobrevivir en las calles o en ciudades desconocidas, más de una vez era necesario confiar en otros niños que tuvieran en común el mismo interés, el de colaborar para conseguir comida, ropa o refugio.

Se quedó un rato observando a esa niña haciendo su vano intento de usar la pared de ladrillo para apoyar un pie y alargar una mano para garrarse al borde del contenedor, hasta que se resbaló y se cayó al suelo. El chico negó con la cabeza y siguió andando hacia la salida del callejón para seguir con lo suyo. Sin embargo, a los pocos pasos notó un tirón en su camiseta blanca. Se giró y vio a la niña agarrando su camiseta, mirándolo con ojos suplicantes y señalando al contenedor.

El niño suspiró. Pero, mirando bien ese callejón, se dio cuenta de que las puertas que ahí había, junto a cada contenedor, eran las puertas traseras de unas tabernas y tiendas. Y eso significaba que esos contenedores eran donde desechaban restos de comida o comida no usada o caducada. Volvió a meterse en el callejón y la niña lo acompañó muy ilusionada hasta el contenedor de antes. Se esperaba que el chico treparía al interior de él y conseguiría la comida para ambos. Pero el niño se quedó ahí parado de brazos cruzados, serio.

La niña le dijo algo en un idioma que no entendía y lo miraba confusa, y no paraba de señalar al contenedor. El niño la interrumpió y la señaló a ella con el dedo. Ella se quedó callada, sin saber qué hacer. Entonces, el niño se giró y señaló el resto del callejón.

—Busca en tu entorno algo que puedas usar —intentó explicarle el niño, pero ella no hablaba su idioma.

Aun así, él se lo puso algo más fácil, y señaló hacia unas cajas de plástico portabotellas apiladas junto a la puerta de otro local. Después de unos segundos, la niña pareció entenderlo y fue a coger una.

—No —dijo el chico de repente, con una voz tan severa que la niña se sobresaltó y lo miró con susto.

Él le enseñó dos dedos. Ella asintió con la cabeza obedientemente y, en lugar de una, trajo dos cajas, y las puso junto al contendor. Después de eso se quedó mirando al chico con una sonrisa, esperando.

—No. Hazlo tú —dijo el niño, haciendo claros gestos con las manos—. Tienes que practicar. Si esperas que alguien consiga la comida por ti, podrías acabar muriendo de hambre. Aprende a hacerlo sola.

A la niña no le hacía falta saber francés para entender lo que el chico trataba de decirle. Se puso tímida al ver que el chico no la iba a ayudar como ella esperaba y al oír ese tono tan estricto con que la hablaba. También sus ojos plateados le daban un poco de miedo. Pero el chico le hizo otro gesto con las manos, diciéndole “adelante, ¿a qué esperas?”.

La niña miró las cajas y luego la altura del contenedor. Con una caja bastaba para llegar. Pensó que el chico le había pedido dos cajas para ganar más altura, así que puso una sobre la otra.

—¡No! —volvió a sobresaltarla.

Ella se quedó cohibida, sin entender. Entonces, el chico agarró una de las cajas y la lanzó al interior del contenedor.

—Una para entrar, y otra para salir. Desde aquí no puedes saber si el contendedor está lleno de bolsas que te ayuden a trepar de vuelta. Si entras en el contenedor y está vacío, no tendrás donde apoyarte o subirte para volver a salir. Tienes que asegurarte un escalón fuera y otro dentro.

A la niña le costó más tiempo entender aquello porque ella se imaginaba o daba por sentado que el contenedor estaría lleno de bolsas. Aun así, obedeció al chico y se subió a la caja; se agarró por fin al borde y, con un impulso, saltó al interior. Descubrió que apenas había cuatro bolsas. Y se dio cuenta de que menos mal que tenía otra caja ahí dentro sobre la que subirse para salir. Comprobó el contenido de las bolsas, y cuando halló aquella que tenía los desechos de comida con el mejor aspecto, volvió a cerrar la rotura con un nudo, la lanzó fuera del contenedor, se subió a la caja portabotellas del interior y salió de ahí sin mayor problema.

Al posar los pies en el suelo, miró al chico tímidamente. Cuando vio que él le sonrió de forma satisfecha y orgullosa, a la niña le brillaron los ojos de ilusión y se rio con alegría.

Se pusieron juntos a buscar las mejores piezas de comida en la bolsa. No era tan asqueroso como podía esperarse, era una bolsa donde habían tirado los productos no consumidos del día, por lo que muchos seguían frescos o en buen estado, en su mayoría panes, cosas fritas y algunos envases con restos de membrillo. El chico nada más cogió uno de los panes y le dejó el resto a la niña. La dejó ahí con su festín y se marchó a otro lado.

Mientras caminaba y se comía ese pan duro y seco, se dio cuenta de que ya estaba anocheciendo. Y de que era peligroso para él deambular por esa ciudad por la noche. La verdad es que echó de menos su callejón y su cartón. En él se sentía más seguro. Y estaba lejos de la zona en donde había encontrado a ese tipo de cabeza rapada y camisa de leopardo tan inquietante.

Decidió regresar a su callejón. Estaba seguro de que el hombre musculoso no volvería a aparecer por ahí durante la noche. Si iba a volver, seguramente lo haría cuando ya fuera de día, así que pensó en despertarse muy temprano para largarse del callejón antes de que el tipo musculoso pudiera aparecer.

Cuando llegó, encontró su cartón y a los gatos habituales rondando por los cubos de basura. Al parecer, los gatos habían roto la bolsa de plástico y se habían comido las empanadillas de carne de dentro. Las manzanas y la botella de agua seguían intactas. Al chico le dio igual. Se recostó sobre su cartón, pensando si mañana encontraría a algún gato drogado o muerto. Ya lo descubriría. Ahora sólo le preocupaba combatir el frío de la noche, así que se metió todas las hojas de periódico que pudo encontrar por dentro de la camiseta y de los pantalones y se echó a dormir.

Horas después, entrada la madrugada, le despertó un horrible dolor de estómago. Estaba muerto de hambre y sentía que el estómago se estaba consumiendo a sí mismo. Miró la bolsa con las manzanas. A decir verdad, era más difícil que les hubieran inyectado alguna droga a las manzanas. Con las empanadillas de carne y la botella de agua, quizá. Al final su instinto de supervivencia lo obligó a comerse las manzanas.


Al amanecer del día siguiente, el hombre fortachón volvió a aparecer. Esta vez, entró en el callejón con más cautela, no quería asustar otra vez al niño. Vestía de nuevo con su traje y corbata, y también traía la mochila, algo más abultada que ayer.

—Hey… chaval, ¿sigues aquí? —dijo suavemente mientras se adentraba despacio en el callejón, mirando por los rincones de este, pues aún estaba algo oscuro. Pero no lo veía por ninguna parte, tampoco en su cartón, sólo había un montículo de trozos de más cartones, papeles arrugados y algunos trapos viejos—. Oh, no… —palideció el hombre, corriendo de un lado a otro para mirar bien por todos lados, empezando a asustarse—. ¡Niño! ¿¡Dónde estás!? ¡Niño!

De repente vio que el montículo de cartones y papeles se movía un poco. El hombre corrió ahí de inmediato. Apartó uno de los cartones y vio entre las sombras dos ojos de luz plateada bastante aterradores. El hombre llegó a asustarse un poco y se apartó con sorpresa, pero fue algo fugaz, y de pronto un par de gatos salieron corriendo de ahí. Después vio al niño ahí agazapado, mirándolo fijamente. El hombre entonces pensó que los escalofriantes ojos de luz que acababa de ver debían de haber sido los de uno de esos gatos que estaban ahí durmiendo con el niño.

—Oh… menos mal que estás aquí… —suspiró aliviado el hombre—. Creía que… ¡Eh!

El niño había echado a correr para escaparse por la salida del callejón, pero el otro lo agarró enseguida de la camiseta y lo volvió a poner contra la pared.

—¡Suéltame! —se agitó el niño.

—¡Espera! Tranquilo —lo soltó, pero siguió impidiéndole el paso—. Chico, cómo me alegro de verte sano y salvo. Al no encontrarte creía que te habían acabado raptando. Casi me da un infarto.

El niño se quedó callado. No lo hizo notar, pero le sorprendía oírle decir lo preocupado que estaba por él. Después hizo otro intento de esquivar al hombre y huir de allí.

—No. Para. Aguarda un momento, ¿quieres? —le taponó el paso.

El niño acabó rindiéndose, quedándose parado contra la pared, tenso. Maldecía por dentro por no haberse marchado del callejón antes de que ese tipo viniera, no esperaba que fuera a aparecer tan temprano en la mañana. Ahora no tenía escapatoria. En ese momento, observó de reojo a los gatos de siempre, por ahí a lo suyo. Ninguno estaba muerto ni drogado, de hecho, parecían más tranquilos y satisfechos que nunca, después del festín de empanadillas que se dieron ayer.

—Escucha, por favor —le rogó el hombre—. Las calles de este distrito no son seguras para ti. Están ocurriendo muchos raptos últimamente. No salgas solo de aquí.

—¡Sé perfectamente lo inseguras que son para mí! —replicó el niño con enfado—. ¡Hay un chino enorme acosándome sin parar y acorralándome en un callejón!

—Ah.

El hombre se quedó con cara de tonto, porque en eso el niño tenía razón.

—Bueno, pero te equivocas conmigo, niño. Porque lo que pretendo es protegerte.

—¡Mentiroso! ¡Sois todos iguales!

—¿Cuánto tiempo hace que no recibes un trato amable, sincero o amistoso de un adulto?

—¿Eso es lo que se supone que tú estás haciendo?

—¿Por qué lo dudas?

—¡No nací ayer, puto mentiroso! —gritó el niño—. ¡Así es como actuáis al principio y después llega el engaño, o los golpes! ¡No creas que tus músculos me dan miedo, porque si me pones la mano encima te partiré las putas piernas!

—¡Oye! —exclamó de pronto el hombre, tan fuerte y serio que el niño se estremeció un poco—. ¡Cuida ese lenguaje, jovencito!

—¿¡O si no, qué!? ¿¡Tú también me pondrás el ojo morado!? ¡Adelante! ¡Después de tantas veces, mi cara ya no lo nota! —se puso en postura de lucha, con los puños en alto—. ¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Pelea!

El hombre se quedó en silencio observándolo. Lo contempló con la mayor compasión que había sentido jamás. Ese niño violento y hostil le parecía entrañable, ahí, retándole a pelear con esos brazos flacuchos. Todavía no conocía a ese niño ni sabía gran cosa sobre él, pero ya entendía muchas cosas sobre su vida, el tipo de vida que había debido de tener.

Por un instante, el hombre se vio reflejado en él, se vio a sí mismo en su infancia, siempre desconfiado, alerta y preparado para luchar contra las incesantes amenazas que ese mundo tenía reservadas para niños huérfanos, aunque el enemigo lo superase en fuerza o número. Admiraba las agallas de este niño, pero no había aprendido aún que la vida tenía dos caras; que también existían personas buenas, y no sólo malas.

—Tienes razón —dijo el hombre entonces, y el chico arqueó una ceja—. Este mundo está lleno de adultos que les hacen cosas horribles a los niños. Y haces bien en no confiar, así es como se sobrevive. No obstante, tampoco se puede vivir así eternamente. Eso no es vida. A veces, puedes encontrar personas diferentes, que tienen realmente buenas intenciones —se llevó una mano al pecho.

—Eso es lo que diría un secuestrador para hacerme bajar la guardia —gruñó con fiereza.

—Exacto. Y por eso las palabras no bastan. Estas cosas se demuestran con hechos, acciones. Si me das la oportunidad, yo te demostraré que lo único que quiero de ti es ayudarte.

—¡Si eso fuera verdad, no estarías todo el rato bloqueándome la salida!

—¡No te dejo salir porque ahí fuera te esperan un sinfín de peligros, niño! Es ahí fuera donde están todas las amenazas que quieres evitar. ¿Sabes en qué ciudad estás? Con esa cara de ángel, y ese color de cabello y de ojos, eres un caramelo para la mafia y los traficantes. ¿Y encima eres francés? ¡Los depredadores sexuales querrán comerte vivo! Lo único que pretendo es ayudarte.

—¿Y por qué querrías eso? ¿Qué ganas tú?

—No todo el mundo espera algo a cambio de ayudar a alguien. Todavía hay personas en este mundo que ayudan a los demás simplemente porque es lo correcto. Y es intolerable que en este mundo los niños sufran.

El muchacho no pudo evitar ver la imagen de su hermana mayor en su mente. Ella solía decir cosas así. Pero él creció en un entorno que nunca le dio la opción de creerlo de verdad. Lo que él creía es que ya no existía ninguna persona así en el mundo porque la única que era así era su hermana y estaba muerta. Para él, la muerte de su hermana significaba que ya no había personas buenas en el mundo.

Era doloroso, demasiado doloroso recordarla. Durante meses había intentado aprender a aguantarlo, pero era cada vez peor. Su mente se le retorcía de agonía cada vez que recordaba la imagen de su hermana muerta, y sentía que su cordura era cada vez menor.

El hombre se dio cuenta de que el chico comenzó a respirar con rapidez y dificultad. Seguía en guardia, con los puños alzados, pero a veces se le cerraban los ojos y sacudía la cabeza, como si le estuvieran cegando fogonazos de luz, o espasmos. El hombre reconoció esos síntomas enseguida. El iris no entrenado de ese niño estaba trastornando y enloqueciendo su mente. La verdad, ya le parecía increíble que todavía estuviera así de cuerdo después de tantos meses con ese iris sin tratar, pero era cuestión de tiempo que acabara sucumbiendo a la locura.

—Déjame salir… —le suplicó el niño entonces. Su voz sonó derrotada, desesperada. Cada vez respiraba peor y parecía mareado, pero no bajaba los puños—. Déjame salir…

—Hey… tranquilo… —se acercó a él poco a poco.

—Déjame salir de aquí… Quiero salir de aquí…

—Calma, respira despacio…

—Necesito…

—Te está dando un ataque de ansiedad. Los conozco bien, yo también los sufría a tu edad —se agachó delante de él, pero manteniendo medio metro de distancia para no agobiarlo—. Tranquilo. No voy a tocarte ni a hacerte nada. Toma el control de tu respiración o acabarás desmayándote. Y no quieres acabar desmayado en un callejón de un país desconocido delante de un desconocido, ¿verdad?

El niño escuchaba sus palabras y no podía no hacer caso. Era como si ese tipo supiera lo que necesitaba oír. Porque tenía razón, no podía perder el control, tenía que mantenerse despierto, despejado y en forma para seguir sobreviviendo. Escuchó los consejos del hombre, acompañando su respiración. Los latidos de su corazón fueron aminorando y el mareo se fue disipando. El niño, aún con los puños en alto, comenzó a recuperar la calma. Su mirada seguía siendo desafiante y desconfiada, pero sus ojos plateados lloraban, abatidos. Y luchaba para reprimirse.

—No lo reprimas —le dijo el hombre—. Llorar es una reacción fisiológica que se da cuando tu mente y tu cuerpo necesitan desahogar altos niveles de estrés o angustia. Si te obligas a no llorar cuando tu cuerpo te lo pide con fuerza, lo estás maltratando y empeorando. Deja salir el veneno y la mala energía mediante las lágrimas. Sólo así tu cuerpo y mente recuperarán los niveles adecuados que necesita de oxígeno y tensión sanguínea.

Nunca unas palabras tan técnicas le habían hecho sentir tan aliviado y arropado al niño. Él siempre se había tragado las lágrimas más de una vez, pensando que llorar era de débiles. Pero ese hombre lo entendía tan bien… sus palabras fueron como una liberación. Y para mayor sorpresa, el niño no sintió ninguna vergüenza por llorar delante de él.

Al poco rato recuperó la calma. Se sentía mejor. El hombre le sonreía con tristeza y eso no paraba de confundir más y más al chico. Ese tipo era diferente. Se mostraba hostil y violento con él porque era el comportamiento que ya estaba acostumbrado a tener con todos los extraños que se le acercaban, lo hacía ya por inercia. Sin embargo, si debía ser franco, lo cierto es que, en realidad, ese hombre no le había infundido ninguna sensación de peligro o de malas intenciones en ningún momento, al menos no como el resto de cientos de extraños con los que se había cruzado por el mundo. Este hombre tenía algo tan cálido en la mirada y en la voz, y en su forma de mirarlo, de acercarse a él... Para el niño eso era tan raro y a la vez tan embriagador…

—¿Te sientes mejor? Es un buen consejo, ¿verdad? —le sonrió el hombre; se agachó a su lado y sacó unas nuevas gasas limpias de su mochila—. Tu herida necesita otra cura. ¿Podrías dejarme cambiarte las gasas, por favor?

La verdad es que el niño había pasado muy mala noche –como siempre– y no tenía más ganas de pelear. Se lo pensó un poco. Ese hombre no iba a dejar de insistirle, así que creyó que lo mejor era seguirle la corriente, pero no bajaría la guardia. Alargó el brazo hacia él, indicándole que le dejaba tratarlo. No supo por qué, pero cuando vio que el hombre le sonreía feliz por darle ese permiso, se sintió extraño.

—No tardaré nada, ya verás, soy un experto curando heridas, ¿sabes? —le decía, y comenzó a quitarle la venda—. En mi trabajo, son el pan de cada día.

—¿Cómo puede ser algo tan peligroso plantar arroz o cocinar rollitos primavera?

—Guau, ¿es eso alguna especie de comentario racista, so blancucho? —le gruñó, pero descubrió en la cara del niño una diminuta sonrisilla de burla—. Oooh… ¿Así que era una broma? ¡Vaya, fíjate, pero si el lobo solitario tiene sentido del humor! Dime, ¿también eras así de gracioso cuando vivías allá en Francia y te ponías a fabricar cruasanes y quesos y a pisar uvas? Oh, bueno… —se dijo de repente, pensativo, mientras le aplicaba yodo en la herida con el algodón—. Estoy dando por sentado que eres de Francia porque hablas francés, pero bien podrías ser de Canadá, o de Bélgica… o de algún país africano…

—Soy de París.

—Ah, mira por dónde, la capital del glamur, el lujo y el amor.

—No es así para todos.

El hombre guardó un rato de silencio después de esa respuesta, pero mantenía la sonrisa.

—¿Sabes? Yo también he tenido una infancia, digamos… como un puto mierdo.

—Hah, no se dice así —al niño se le escapó una risa, viendo que el hombre hablaba francés muy bien excepto cuando se trataba de palabras malsonantes. Pero luego lo miró con sorpresa y curiosidad—. ¿Tus padres también eran malos?

—Mm… no lo sé, pero supongo que sí.

—¿No lo sabes?

—Yo nunca conocí a mis padres. Soy huérfano desde que nací.

El chico no disimuló una mueca mayor de asombro. Después no pudo evitar volver a fijarse en cómo vestía, con ese traje y corbata, tan aseado y decente.

—¿Has vivido solo desde siempre? —quiso saber.

—No siempre. Yo tenía un hermano gemelo. Los dos fuimos abandonados en un orfanato de aquí, en Hong Kong, nada más nacer. Nos criamos en ese orfanato de mala muerte toda nuestra infancia. Te lo puedes imaginar. Peleas casi diarias con los otros niños, dormir con un ojo abierto para que no te roben los pocos bienes que te quedan, pasar hambre y frío porque muchas veces no había comida y abrigo para todos…

—Oh…

—Pero yo tenía a mi hermano y él me tenía a mí, y juntos éramos imparables. Cuando teníamos tu edad, soñábamos con largarnos algún día y tener nuestra propia vida. Planeábamos nada más cumplir la edad, los 15, irnos juntos a otro lugar. Buscaríamos un trabajo, ganaríamos dinero, viviríamos en nuestra propia casa…

—¿Por qué lo cuentas como si eso al final nunca pasó?

—Porque al final nunca pasó.

El niño se quedó mirándolo sin parpadear. Estaba atrapado en esa historia y esperando que el hombre continuara hablando. Pero no dijo nada más. Fue a preguntarle qué pasó entonces, pero enseguida supo percibir que, si él no había continuado hablando, era porque no quería hablar más de ello. Fue ahí cuando el niño aprendió que ese hombre había sufrido de forma similar a él, y que, igual que él, a veces era difícil hablar de ello.

—¿Sabes? Los humanos a menudo confunden las emociones y su causa —le dijo el hombre cuando ya terminó de vendarle de nuevo el brazo, y se quedó agachado frente a él, mirándolo con esos ojos negros—. Suelen interpretar como una debilidad lo que en verdad es una fortaleza. Como llorar, o perdonar una ofensa, o perdonarle la vida a alguien. Y como fortalezas lo que en verdad son debilidades. Como abusar de los demás, conseguir cosas por la fuerza o la violencia, o pensar que la supervivencia y la felicidad sólo dependen de uno mismo en solitario.

El niño no dijo nada. Estaba absorto con ese hombre y sus palabras.

—Tengo que irme a trabajar —se puso en pie de nuevo—. Sé que todavía no quieres salir de este callejón conmigo, pero te pido una cosa —se llevó la mochila por delante del pecho y sacó varias cosas—. Si no vas a dejarme que te proteja, por favor, te lo ruego, no salgas de este callejón. Estás más seguro aquí escondido que ahí fuera. Mira, te he traído dos botellas más de agua, y más comida. Empanadillas de carne y manzanas. Te gustaron, ¿verdad? —sonrió.

—Mm… —el niño miró para otro lado, no quiso decirle que había dejado que los gatos se comieran las empanadillas.

—Veo que no has dejado ni los corazones de las manzanas de ayer y de antes de ayer.

El chico se agarró la camiseta con aire tímido

—Es… Eso es porque me los como —murmuró.

—¿Eh? —no lo oyó bien.

—La gente siempre desecha esa parte de la manzana. Yo… siempre me la como entera. No se puede desperdiciar jamás una miga de comida. Cualquier bocado podría ser el último en mucho tiempo. Nunca se sabe.

El hombre volvió a sonreír al ver que, en definitiva, estaba más tranquilo con él y le estaba hablando con normalidad. Ya no había pizca de hostilidad en él. Ahora parecía un niño inofensivo, y por alguna razón que no comprendía, sentía una extraña aura en él completamente distinta a la de antes. Tenía como… una especie de luz, una energía cálida y gentil. Había algo en ese muchacho que le cautivaba y le conmovía poderosamente. Pero al mismo tiempo le apenaba descubrir el tipo de vida que parecía estar acostumbrado a tener. No llevaba perdido unos meses, no llevaba malviviendo unos meses; así había sido su entera corta vida. Lo único nuevo era el iris.

—Es por las semillas —le explicó el hombre—. Son venenosas, si consumes muchas. Aunque a la gente como tú y yo no nos afecta eso. También es porque algunos encuentran desagradable la textura y el sabor del corazón.

—Ya… no es una parte de la manzana tan agradable como la pulpa… pero sigue siendo comida —se encogió de hombros, mirando tímido hacia otro lado, retorciendo la camiseta sin un motivo en especial—. ¿Qué quieres decir con “la gente como tú y yo”?

—Mira —le mostró una prenda gris que había sacado también de la mochila—. Te he traído también esta sudadera. Abriga muy bien. Las noches aquí son frías, así que usa esta sudadera por la noche. Es de mi hijo, Sai. Debes de tener la misma edad que él.

—¿De tu hijo?

—Se la pedí prestada. Cuando le dije que era para un niño que había encontrado en la calle, no dudó en dármela. Es un buen chico. Seguro que os llevaríais bien si os conocierais.

El muchacho no dijo nada, no sabía qué decir. Una parte de él agradecía esos obsequios, pero sabía que todo en esta vida venía con un precio.

—No puedo quedármela.

—¿Eh?

—No puedo quedarme esta comida y esa sudadera.

—¿Y eso? ¿Por qué?

—Puedo pagarte las empanadillas y las manzanas de ayer y de antes de ayer dentro de unos días. Puedo conseguir el dinero haciendo algún trabajo eventual. Pero si me das más comida y esa prenda, mi deuda aumentará y no podré pagártela a corto plazo.

—Oh, niño… —suspiró con gran afecto, y le sonrió cálidamente—. No tienes que devolverme nada de lo que te doy. No te estoy prestando estas cosas. Te las estoy regalando.

—Yo siempre devuelvo lo que me dan. Yo me gano las cosas por mí mismo.

—Eso es honorable. Chico. De verdad que sí. Pero yo no quiero que me devuelvas nada. Lo único que quiero es que no te mueras de hambre ni de frío, nada más que eso. Si te comes la comida que te traigo y te abrigas bien con la ropa que te doy, ya me estás devolviendo el favor.

El niño estaba perplejo, una vez más.

—Por desgracia no he podido encontrarte unos zapatos, pero te prometo que te traeré unos nuevos para que dejes de andar descalzo. Había pensado… que quizá podríamos cenar juntos hoy.

—¿Qué?

—No tiene que ser en otro lugar si no quieres. Podemos cenar aquí mismo —señaló en derredor—. Este callejón tiene su encanto, quizá sea por tu influencia parisina.

—Hah… idiota… —bufó el niño por sus chistes malos.

—Traeré algo diferente. Las empanadillas de carne están muy ricas, pero cansan con el tiempo. Mi querida mujer hace un estofado de conejo, patatas y verduras espectacular, ¿has comido alguna vez conejo? Ella estará encantada de hacerlo para ti y para mí. A ella también le he hablado de ti, y me matará si te sigo dando empanadillas. Me ha pedido que te dé algo más nutritivo. ¿Qué te parece?

El niño tragó saliva sólo por escuchar sobre ese plato. Y se sonrojó un poco al oír sobre lo que su mujer le había dicho. Ese hombre tenía una familia, y los tres al parecer se preocupaban por él.

—Te prometo que eres libre de elegir lo que tú quieras sin condiciones. Si todavía estás incómodo o te parece un disparate hacer ese plan conmigo, dime que no y lo entenderé, no te insistiré. Pero por favor, te lo ruego en el alma. No salgas de este callejón. Hay mucha actividad criminal últimamente por esta zona y me llevará un tiempo encargarme de limpiarla. Hasta entonces, permanece aquí escondido y seguro, por favor.

—¿En… encargarte? —no entendió bien aquello.

—¿Te parece bien si vengo aquí al atardecer y cenamos juntos?

—Eh… —el chico no salía de su sorpresa, ese hombre era tan amable y confiable que le trastocaba y le inundaba de algo que nunca había sentido—. Sí… vale…

—¡Qué bien! —celebró felizmente, dándole un pequeño susto—. Sé que pedirle a un niño de tu edad estarse quieto en un lugar durante horas es una tortura, pero por eso te he traído esto —sacó tres libros de la mochila, un cubo de Rubik y una caja de madera extraña—. Son los únicos libros que tengo en francés. Cuando de joven me puse a estudiar inglés, francés, coreano y un poco de japonés, leer novelas en esos idiomas era bastante útil. No sé si los has leído, pero son Los tres mosqueterosEl conde de Montecristo y este es un cómic de tapa dura de Astérix y Obélix, edición especial. Son lecturas bastante densas, quizá puedas leerte algunas páginas.

»O entretenerte con esto —le señaló el cubo de colores—, ¿lo habías visto antes alguna vez? Se llama cubo de Rubik. Es un rompecabezas exclusivo, recién inventado, a mí me chifla. Me lo trajo un amigo desde Europa. Tienes que mover estas partes así, girándolas, y colocar todos los colores juntos en cada cara. Si te parece demasiado complicado, puedes intentar abrir esta caja de madera. Es un puzle, tiene un mecanismo especial. La he hecho yo. A ver si consigues averiguarlo. Son cosas bastante complejas, incluso yo tardé en resolver el cubo, pero seguro que te mantendrán ocupado toda la tarde. Eso sí, te pido que trates bien estos objetos y libros, son preciados para mí.

—Guau… —se quedó anonadado con esos obsequios tan interesantes.

—Ahora bien. Si alguien que no soy yo entrara aquí y te viera y se te acerca con unas malas intenciones que tú conoces muy bien… —dijo, sacando de la mochila una navaja, mostrándosela, y la dejó junto a las demás cosas sobre el cartón—… defiéndete y huye. ¿Vale?

El niño estaba perplejo al ver que le dejaba esa arma blanca ahí. Nunca había tenido tantas cosas valiosas juntas de una vez.

—Bien, voy a llegar tarde al trabajo —miró su reloj, apurado—. Por favor, espérame aquí hasta el atardecer. No sólo te traeré los zapatos y el estofado. Hablaremos más, si te sientes cómodo haciéndolo. Y te explicaré por qué tu ojo brilla. Te revelaré, además, la forma de afrontar la tragedia que sufriste de presenciar la muerte de un ser querido, para que en vez de dolor y tormento, te dé fuerzas para seguir adelante y tener una vida mejor.

—¿Eh? Espera… —se sorprendió—. ¿Cómo sabes que he…?

—Llego tarde. Explicaciones esta noche —le hizo un gesto de despedida con la mano, y se marchó de allí.

El niño se quedó ahí en el callejón parado largo rato. No podía cerrar la boca aún, de todo lo que acababa de suceder. Ese hombre… de verdad tenía algo que le intrigaba y al mismo tiempo le atraía. Se tocó la venda del brazo una vez más, tan bien puesta y cuidada, casi sin darse cuenta. Extrañamente, antes sólo quería que ese hombre se marchara y lo dejara solo, pero ahora que ese tipo no estaba aquí, se sintió más solo y desprotegido. No obstante, tenía todas esas cosas que él le había prestado para darle compañía y entretenimiento. Sinceramente, los libros y los rompecabezas eran su debilidad.

Se guardó la navaja en su pantalón y se sentó en su cartón. Esta vez, sus dudas fueron más breves, y decidió comer lo que acababa de traerle. Se sentía entusiasmado. No tardó en comenzar a abordar esos libros y esos rompecabezas. Y no paraba de pensar también en esa cena. Hacía mucho tiempo que no comía comida casera, y menos en compañía. Hacía mucho tiempo que nadie le daba una pizca de atención, preocupación, afecto y esperanza.»





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