Seguidores

1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









78.
La horquilla, el colgante y la pipa

—Vaya, los hemos perdido a todos —se lamentó Cleven, intentado buscar a sus amigos entre los centenares de personas que ocupaban recinto del templo.

—Vamos a buscar por la zona de comida —dijo Yako—. Sé que venían con hambre, es posible que hayan ido primero a picar algo.

Cleven asintió y fue con él. De algunos puestos de regalos y de juegos provenían distintos tipos de música que se mezclaban en el ambiente, acompañado por gritos de niños, risas de jóvenes y alta charlatanería de los más mayores que abarrotaban los pasillos al aire libre entre las casetas. Reinaba un aire cargado de movimiento y de ánimo, era una noche estupenda. De vez en cuando, los dos tenían que andar con cuidado cada vez que un grupo de niños, blandiendo sus espadas de madera, se aventuraba a cruzarse por su camino, corriendo de aquí para allá.

Cleven soltó un suspiro. «Qué lástima, ojalá hoy hubiera podido conocer al tío Brey de verdad. El plan de venir con él al festival para conocernos mejor habría sido maravilloso. Pero supongo que las cosas tendrán que ocurrir de otra manera».

Casi en la otra punta de donde estaban Yako y Cleven, bastante lejos, Agatha caminaba a paso tranquilo entre los puestos donde vendían imitaciones, objetos típicos y artesanales del antiguo Japón. Agatha lamentaba no poder disfrutar al menos de los lienzos, ya que no podía verlos, y era algo de lo que siempre había sentido curiosidad. Neuval ya le había ofrecido mil veces hacerle unas gafas especiales como las que usaba Denzel, pero la anciana nunca quiso aceptarlas. De todas formas, con ellas solamente sería capaz de ver en blanco y negro, por lo que los colores de los lienzos por los que sentía tanta curiosidad seguirían siendo desconocidos para ella.

Iba, cómo no, con Daisuke y con Clover cogidos de la mano, los cuales se mostraban impacientes.

—Jo, Agatha, ¿cuándo podemos ir a jugar con los demás niños? —protestó Daisuke—. No me he traído mi espada ultragaláctica para adornar mi espalda.

—Yo quiero ver las marionetas —declaró su hermana, señalando uno de los mini escenarios, dando saltitos de nerviosismo.

—Esperad a que vuestro padre nos encuentre, y ya podréis perderos lo que os dé la gana —los tranquilizó.

Los dos niños se colgaron de las manos de la anciana soltando un gemido de desesperación. Daisuke iba vestido con un pequeño kimono gris con hakama negra. Clover, por el contrario, y como se esperaba, vestía con un kimono largo, de un color azul suave y con un estampado de flores de lirio color blanco, además de llevar sus sandalias. La gente que pasaba por su lado no podía evitar echarles un ojo y soltar exclamaciones de “¡Son adorables!”, a lo que Clover respondía con una sonrisa vergonzosa y Daisuke, por su parte, desviaba la mirada y fruncía los labios, dándose aires de duro guerrero.

—Hmm... —gruñó Daisuke, parándose frente a un lienzo shodo, que contenía una palabra escrita en caligrafía japonesa y costaba un ojo de la cara—. ¿Cómo se puede vender algo que está mal hecho a un precio tan alto? ¡Qué porquería!

—¿Qué pasa, Dai? —se le acercó su hermana.

—Mira —le señaló el niño los símbolos—. Este trazo debe estar más inclinado. Y este radical más alargado. Está mal escrito.

—¿Ya estás otra vez quejándote del shodo hecho por otras personas? —le preguntó Agatha.

—¡Pues claro que sí! ¡Este shodo no expresa nada! ¡Yo lo hago mejor! ¡Yo soy capaz de extraer el sentimiento del mismísimo papel!

—Por Dios, qué poético te pones con estas cosas, Dai —protestó Agatha—. Puede que seas el niño más avanzado en escritura de tu clase, pero no por eso puedes despreciar la obra de profesionales.

—¡Hola, hola, jovencitos! —los saludó de repente el viejo dueño del puesto de lienzos—. Te veo muy interesado en este arte, niñito. ¿Quieres probar a hacer tú uno? Hacerlo es gratis. Es muy complicado dominar este arte, pero si practicas, seguro que de mayor lo harás muy bien.

—Qué poético ni qué leches, ¡hablaba de forma literal y te lo voy a mostrar! —le dijo el niño a Agatha, arrebatándole al vendedor el pincel mojado en tinta que iba a darle, asustándolo.

Daisuke se subió a una banqueta y se puso frente a uno de los rollos de papel extendidos sobre el mostrador.

—Eh... —se recuperó el vendedor—. Bueno, pequeño, ahora tienes que pensar bien qué palabra o frase representar. Los niñitos de tu edad suelen escribir cosas simples como “felicidad” o “belleza”, así que si quieres...

—¡A usted lo voy a dejar mudo de belleza! —le interrumpió Daisuke con su mal temperamento, algo que sin duda había heredado de su abuelo Hideki, y comenzó a deslizar el pincel por todo el papel con una velocidad y una destreza totalmente anormales.

En un instante construyó la frase en kanji: “la belleza que la voz roba”, y con un último y artístico movimiento de la mano sobre el papel, ocurrió lo más inesperado. Los trazos de tinta que conformaban el dibujo comenzaron a despegarse del papel, a flotar por el aire. Cuando el viejo vendedor vio aquello, quedó sobrecogido, sus pupilas se encogieron, sintió el concepto de “belleza” atravesándole el alma. Después se llevó las manos a la garganta, desconcertado. No podía emitir ningún sonido, se quedó literalmente mudo.

—Niños. ¿Qué pasa? —se mosqueó Agatha por el silencio, y creyó oír los intentos de gemidos del vendedor—. ¿¡Qué estáis haciendo!?

—¡Daisuke! —exclamó Clover con enfado—. ¡No hagas eso delante de la gente, ya lo hemos hablado!

—¿¡Hacer el qué!? —insistió Agatha.

La niña, nerviosa, obligó a su hermano a detener aquello. Daisuke, refunfuñando de mala gana, deslizó la mano por las letras de tinta que flotaban mágicamente sobre el mostrador y estas se disiparon.

—¡Gagh! ¡Arf...! —el vendedor recuperó su voz—. ¿¡Qué narices ha sido eso!? —sollozó muerto de miedo.

Clover agarró la mano de Daisuke y de Agatha y los alejó de allí corriendo, huyendo de las miradas de sorpresa de la gente. Se detuvieron en otro sitio.

—¿¡Qué habéis hecho esta vez, niños!? —les reprimió Agatha.

Los dos mellizos se pusieron a balbucear, sin saber cómo responder.

—Eso, ¿qué habéis hecho? ¿Ya habéis cabreado a Agatha? —se oyó una voz cerca de ellos

—Ah, ¡papi! —saltó Clover de pronto, soltándose inmediatamente de la mano de Agatha y corriendo a toda mecha hacia el hombre que se abría paso entre la gente hacia ellos.

Brey, al verla, sonrió levemente y se agachó un poco con los brazos abiertos, cogiéndola al vuelo.

—¡Ya era hora! —se quejó Daisuke con malos humos.

—Eso digo yo —dijo Brey, acercándose a la anciana y al niño con su pequeña aferrada a su cuello—. Habíamos quedado en vernos hace un cuarto de hora, Agatha.

—Tu hijo, que tuvo la decencia de acordarse a mitad de camino que se había dejado la espadita ultragaláctica en casa.

Brey dejó a Clover en el suelo y permaneció agachado a su altura, frente a los dos niños. Los miró analizadoramente, primero a uno y luego a otro.

—Me ha peinado y vestido Mei Ling —le dijo Clover—. ¿Estoy guapa?

—No lo estás. Lo eres. Y hoy incluso más —contestó Brey. A la niña se le iluminó la mirada, la mar de feliz, y luego su padre buscó algo en sus bolsillos—. Te he comprado una cosa.

Clover contempló maravillada la horquilla china que su padre le alzó a la altura de sus ojos. Era un broche de plata, curvo, con formas entrelazadas y pequeños detalles tallados. En su centro tenía una flor de lirio, blanca y grande, con un matiz rojizo en la base de los pétalos, tejida con dos capas unidas de tela de lino y seda, y bordes de hilo dorado. El broche tenía enganchadas dos cadenitas en cada extremo, de las que colgaban pequeñas bolitas rojas que brillaban como rubíes y bolitas de howlita blanca.

Clover tenía el pelo largo y negro, y con voluminosas ondulaciones –igual que su abuela Emiliya, igual que su tía Katya, e igual que Cleven–, pero casi siempre llevaba la mitad inferior recogida en dos trenzas a cada lado, o en un moño bajo, como ahora. Por eso, solía llevar horquillas y coleteros la mayor parte del tiempo. Las demás niñas llevaban sus horquillas, pero eran basura comparadas con esta. Incluso Daisuke se quedó sorprendido de lo bonita que era.

Por un segundo, la niña se quedó en trance observando aquel objeto, como si algo familiar la estuviera arropando, una energía especial encerrada en esa horquilla.

Brey tomó su cabeza y se la enganchó en su pequeño moño bajo la nuca. La niña soltó una risa de alegría, con las mejillas coloradas.

—La persona que me lo ha vendido me ha dicho que también se puede llevar de pulsera —dijo Brey—. Enganchando las cadenas al otro lado del broche y con esta forma curva, se acomoda a la muñeca.

—¡Guau…! —se emocionó la niña.

—Pero con una condición —añadió Brey—. Que hoy te portarás bien y no acabarás partiéndole la cara o las costillas a otro niño.

—Eso depende de si me vienen a molestar o no —sonrió Clover dulcemente, distraída con su horquilla, tocando su flor.

—Clover… —le advirtió su padre.

—Vaaale, te prometo que hoy no me pelearé con ningún niño malo. Si me viene a molestar alguno, llamaré a un adulto. A pesar de que los adultos al final sean unos inútiles que no hacen nada o llegan tarde.

—¡Pff…! —a la anciana Agatha se le escapó una risa—. Esta niña tiene más peligro que su abuela Emiliya.

—Por eso necesita que no paremos de recordarle que debe aprender a moderarse —gruñó Brey.

—A mí no me mires, yo sólo soy la cuidadora cool y liberal que hace 500 años solía desayunar humanos —bufó Agatha, haciendo aspavientos.

Brey se quedó un poco helado al escucharla decir eso con tanta tranquilidad, sabiendo que era cierto, y temió que los niños se asustaran.

—¡Jaja! Ata siempre dice cosas graciosas —dijo Clover. Brey suspiró aliviado.

—Oye, basta de cháchara. ¿Y yo qué? —le preguntó Daisuke a su padre, celoso del regalo de su hermana.

—Ah, ¿también quieres una horquilla? —bromeó Brey.

—¡No! ¡Eso es para niñas! ¿No me has comprado nada a mí?

—¿Tal como te portas?

Daisuke le lanzó una mirada de rencor y se cruzó de brazos, refunfuñando. Pero entonces Brey puso su mano, aparentemente vacía, tras la oreja de Daisuke, y como por arte de magia sacó de ella un objeto y se lo mostró al niño.

—¡Uh! —saltó perplejo, llevándose las manos a la oreja—. ¿Eso estaba dentro de mi oído?

—Para que luego digas que consiento a Clover más que a ti —dijo su padre—. Un guerrero no puede ir por ahí sin su amuleto protector, ¿sabes?

—¡Waah! —exclamó Daisuke, eufórico.

Era un colgante antiguo, de cuerdas de cuero marrón oscuro ajustables con unos nudos, de las que colgaba una moneda china, también de plata, con símbolos grabados y un dragón. Estaba acompañada por dos pequeñas piezas de jade verde con forma de magatamas, y dos pequeñas bolas de howlita blanca. El niño le arrebató el colgante y lo admiró con ojos como platos.

—¡Qué súper! ¿¡Son símbolos en lengua rueh!?

—¿En qué? —preguntó Brey, confuso.

—Espera, ¿qué has dicho? —brincó Agatha con desconcierto, creyendo haber oído una palabra que no oía desde hace 600 años.

—Espero que no te hayas gastado todos nuestros ahorros en este lujo, birria de padre —le espetó Daisuke con su arrogancia de siempre—. ¿Ahora qué vamos a comer? ¡Seremos pobres!

—¡No vamos a quedarnos pobres, niño dramático! —gruñó Brey—. De hecho, la persona que me ha vendido estas dos cosas me las ha vendido por un precio sorprendentemente bajo. Se ven muy bien hechos, pero probablemente sean de plástico y acero.

—Si tú supieras… —murmuró Clover con una sonrisilla misteriosa, y cruzó una mirada silenciosa con su hermano.

—Bueno, niños, ahora podéis ir a jugar —dijo Agatha.

—¡Sí! —brincaron con felicidad—. ¡Gracias, papá!

—Id con cuidado —les dijo, y los dos hermanos salieron corriendo a meterse en la muchedumbre con los demás niños que iban por ahí acompañados por dos monitores.

—Brey. ¿A quién le has comprado esos objetos? —le preguntó Agatha, y su voz sonó algo desconfiada.

—Era una mujer —le respondió, volviendo a ponerse en pie—. Estaba en una esquina, solamente tenía delante una mesa de madera con varios objetos en venta. Era un poco rara, la verdad. Estaba totalmente vestida con una túnica y con una capucha puesta, sólo le veía la barbilla y los labios. Estaba fumado una pipa larga, el humo olía un poco raro. Me llamó al pasar cerca. Me dijo que me vendía estas dos cosas a un precio muy barato. Las vi bastante interesantes, y pensé que les gustarían a Clover y a Daisuke.

—¿Fumaba en una pipa larga? —repitió la anciana, intrigada.

—¿Qué te preocupa? Sólo era una vendedora disfrazada, interpretando un papel para el festival. Tranquila, no he percibido ni una sola señal de que fuera una delincuente o alguien con malas intenciones.

—¿Sigue donde la encontraste?

Brey frunció el ceño, no entendía la insistencia de Agatha. Se giró un poco para mirar hacia la esquina del patio donde hace media hora había interactuado con esa vendedora. Fue a señalar con el dedo, pero cuando la multitud se apartó un poco y vio con más claridad, descubrió que aquella esquina del patio estaba desértica.

—Mm… Se habrá cambiado a otra esquina. Pero, en fin, ¿qué más da?

—Ya, bueno… —suspiró ella, restándole importancia también—. Vamos, muchacho, ve a pasártelo bien. A las nueve y media llevaré yo a los niños a la casa de sus abuelos.

—¿Harías eso por mí? —brincó con tremendo alivio—. Ya has hecho bastante esta semana…

—No tanto como todo lo que has hecho tú, que ya he oído que has hecho un buen trabajo y has cumplido con tus deberes con éxito, como siempre. Y sé lo mucho que odias interactuar con los abuelos de los niños. Mereces relajarte esta noche, Brey. Intenta ser feliz por un día.

Tras decir eso, la anciana se marchó a otra parte, con su bastón negro. Brey se quedó ahí solo durante un rato, pensando en esas últimas palabras, alicaído. Porque esas palabras eran muy complicadas para él.









78.
La horquilla, el colgante y la pipa

—Vaya, los hemos perdido a todos —se lamentó Cleven, intentado buscar a sus amigos entre los centenares de personas que ocupaban recinto del templo.

—Vamos a buscar por la zona de comida —dijo Yako—. Sé que venían con hambre, es posible que hayan ido primero a picar algo.

Cleven asintió y fue con él. De algunos puestos de regalos y de juegos provenían distintos tipos de música que se mezclaban en el ambiente, acompañado por gritos de niños, risas de jóvenes y alta charlatanería de los más mayores que abarrotaban los pasillos al aire libre entre las casetas. Reinaba un aire cargado de movimiento y de ánimo, era una noche estupenda. De vez en cuando, los dos tenían que andar con cuidado cada vez que un grupo de niños, blandiendo sus espadas de madera, se aventuraba a cruzarse por su camino, corriendo de aquí para allá.

Cleven soltó un suspiro. «Qué lástima, ojalá hoy hubiera podido conocer al tío Brey de verdad. El plan de venir con él al festival para conocernos mejor habría sido maravilloso. Pero supongo que las cosas tendrán que ocurrir de otra manera».

Casi en la otra punta de donde estaban Yako y Cleven, bastante lejos, Agatha caminaba a paso tranquilo entre los puestos donde vendían imitaciones, objetos típicos y artesanales del antiguo Japón. Agatha lamentaba no poder disfrutar al menos de los lienzos, ya que no podía verlos, y era algo de lo que siempre había sentido curiosidad. Neuval ya le había ofrecido mil veces hacerle unas gafas especiales como las que usaba Denzel, pero la anciana nunca quiso aceptarlas. De todas formas, con ellas solamente sería capaz de ver en blanco y negro, por lo que los colores de los lienzos por los que sentía tanta curiosidad seguirían siendo desconocidos para ella.

Iba, cómo no, con Daisuke y con Clover cogidos de la mano, los cuales se mostraban impacientes.

—Jo, Agatha, ¿cuándo podemos ir a jugar con los demás niños? —protestó Daisuke—. No me he traído mi espada ultragaláctica para adornar mi espalda.

—Yo quiero ver las marionetas —declaró su hermana, señalando uno de los mini escenarios, dando saltitos de nerviosismo.

—Esperad a que vuestro padre nos encuentre, y ya podréis perderos lo que os dé la gana —los tranquilizó.

Los dos niños se colgaron de las manos de la anciana soltando un gemido de desesperación. Daisuke iba vestido con un pequeño kimono gris con hakama negra. Clover, por el contrario, y como se esperaba, vestía con un kimono largo, de un color azul suave y con un estampado de flores de lirio color blanco, además de llevar sus sandalias. La gente que pasaba por su lado no podía evitar echarles un ojo y soltar exclamaciones de “¡Son adorables!”, a lo que Clover respondía con una sonrisa vergonzosa y Daisuke, por su parte, desviaba la mirada y fruncía los labios, dándose aires de duro guerrero.

—Hmm... —gruñó Daisuke, parándose frente a un lienzo shodo, que contenía una palabra escrita en caligrafía japonesa y costaba un ojo de la cara—. ¿Cómo se puede vender algo que está mal hecho a un precio tan alto? ¡Qué porquería!

—¿Qué pasa, Dai? —se le acercó su hermana.

—Mira —le señaló el niño los símbolos—. Este trazo debe estar más inclinado. Y este radical más alargado. Está mal escrito.

—¿Ya estás otra vez quejándote del shodo hecho por otras personas? —le preguntó Agatha.

—¡Pues claro que sí! ¡Este shodo no expresa nada! ¡Yo lo hago mejor! ¡Yo soy capaz de extraer el sentimiento del mismísimo papel!

—Por Dios, qué poético te pones con estas cosas, Dai —protestó Agatha—. Puede que seas el niño más avanzado en escritura de tu clase, pero no por eso puedes despreciar la obra de profesionales.

—¡Hola, hola, jovencitos! —los saludó de repente el viejo dueño del puesto de lienzos—. Te veo muy interesado en este arte, niñito. ¿Quieres probar a hacer tú uno? Hacerlo es gratis. Es muy complicado dominar este arte, pero si practicas, seguro que de mayor lo harás muy bien.

—Qué poético ni qué leches, ¡hablaba de forma literal y te lo voy a mostrar! —le dijo el niño a Agatha, arrebatándole al vendedor el pincel mojado en tinta que iba a darle, asustándolo.

Daisuke se subió a una banqueta y se puso frente a uno de los rollos de papel extendidos sobre el mostrador.

—Eh... —se recuperó el vendedor—. Bueno, pequeño, ahora tienes que pensar bien qué palabra o frase representar. Los niñitos de tu edad suelen escribir cosas simples como “felicidad” o “belleza”, así que si quieres...

—¡A usted lo voy a dejar mudo de belleza! —le interrumpió Daisuke con su mal temperamento, algo que sin duda había heredado de su abuelo Hideki, y comenzó a deslizar el pincel por todo el papel con una velocidad y una destreza totalmente anormales.

En un instante construyó la frase en kanji: “la belleza que la voz roba”, y con un último y artístico movimiento de la mano sobre el papel, ocurrió lo más inesperado. Los trazos de tinta que conformaban el dibujo comenzaron a despegarse del papel, a flotar por el aire. Cuando el viejo vendedor vio aquello, quedó sobrecogido, sus pupilas se encogieron, sintió el concepto de “belleza” atravesándole el alma. Después se llevó las manos a la garganta, desconcertado. No podía emitir ningún sonido, se quedó literalmente mudo.

—Niños. ¿Qué pasa? —se mosqueó Agatha por el silencio, y creyó oír los intentos de gemidos del vendedor—. ¿¡Qué estáis haciendo!?

—¡Daisuke! —exclamó Clover con enfado—. ¡No hagas eso delante de la gente, ya lo hemos hablado!

—¿¡Hacer el qué!? —insistió Agatha.

La niña, nerviosa, obligó a su hermano a detener aquello. Daisuke, refunfuñando de mala gana, deslizó la mano por las letras de tinta que flotaban mágicamente sobre el mostrador y estas se disiparon.

—¡Gagh! ¡Arf...! —el vendedor recuperó su voz—. ¿¡Qué narices ha sido eso!? —sollozó muerto de miedo.

Clover agarró la mano de Daisuke y de Agatha y los alejó de allí corriendo, huyendo de las miradas de sorpresa de la gente. Se detuvieron en otro sitio.

—¿¡Qué habéis hecho esta vez, niños!? —les reprimió Agatha.

Los dos mellizos se pusieron a balbucear, sin saber cómo responder.

—Eso, ¿qué habéis hecho? ¿Ya habéis cabreado a Agatha? —se oyó una voz cerca de ellos

—Ah, ¡papi! —saltó Clover de pronto, soltándose inmediatamente de la mano de Agatha y corriendo a toda mecha hacia el hombre que se abría paso entre la gente hacia ellos.

Brey, al verla, sonrió levemente y se agachó un poco con los brazos abiertos, cogiéndola al vuelo.

—¡Ya era hora! —se quejó Daisuke con malos humos.

—Eso digo yo —dijo Brey, acercándose a la anciana y al niño con su pequeña aferrada a su cuello—. Habíamos quedado en vernos hace un cuarto de hora, Agatha.

—Tu hijo, que tuvo la decencia de acordarse a mitad de camino que se había dejado la espadita ultragaláctica en casa.

Brey dejó a Clover en el suelo y permaneció agachado a su altura, frente a los dos niños. Los miró analizadoramente, primero a uno y luego a otro.

—Me ha peinado y vestido Mei Ling —le dijo Clover—. ¿Estoy guapa?

—No lo estás. Lo eres. Y hoy incluso más —contestó Brey. A la niña se le iluminó la mirada, la mar de feliz, y luego su padre buscó algo en sus bolsillos—. Te he comprado una cosa.

Clover contempló maravillada la horquilla china que su padre le alzó a la altura de sus ojos. Era un broche de plata, curvo, con formas entrelazadas y pequeños detalles tallados. En su centro tenía una flor de lirio, blanca y grande, con un matiz rojizo en la base de los pétalos, tejida con dos capas unidas de tela de lino y seda, y bordes de hilo dorado. El broche tenía enganchadas dos cadenitas en cada extremo, de las que colgaban pequeñas bolitas rojas que brillaban como rubíes y bolitas de howlita blanca.

Clover tenía el pelo largo y negro, y con voluminosas ondulaciones –igual que su abuela Emiliya, igual que su tía Katya, e igual que Cleven–, pero casi siempre llevaba la mitad inferior recogida en dos trenzas a cada lado, o en un moño bajo, como ahora. Por eso, solía llevar horquillas y coleteros la mayor parte del tiempo. Las demás niñas llevaban sus horquillas, pero eran basura comparadas con esta. Incluso Daisuke se quedó sorprendido de lo bonita que era.

Por un segundo, la niña se quedó en trance observando aquel objeto, como si algo familiar la estuviera arropando, una energía especial encerrada en esa horquilla.

Brey tomó su cabeza y se la enganchó en su pequeño moño bajo la nuca. La niña soltó una risa de alegría, con las mejillas coloradas.

—La persona que me lo ha vendido me ha dicho que también se puede llevar de pulsera —dijo Brey—. Enganchando las cadenas al otro lado del broche y con esta forma curva, se acomoda a la muñeca.

—¡Guau…! —se emocionó la niña.

—Pero con una condición —añadió Brey—. Que hoy te portarás bien y no acabarás partiéndole la cara o las costillas a otro niño.

—Eso depende de si me vienen a molestar o no —sonrió Clover dulcemente, distraída con su horquilla, tocando su flor.

—Clover… —le advirtió su padre.

—Vaaale, te prometo que hoy no me pelearé con ningún niño malo. Si me viene a molestar alguno, llamaré a un adulto. A pesar de que los adultos al final sean unos inútiles que no hacen nada o llegan tarde.

—¡Pff…! —a la anciana Agatha se le escapó una risa—. Esta niña tiene más peligro que su abuela Emiliya.

—Por eso necesita que no paremos de recordarle que debe aprender a moderarse —gruñó Brey.

—A mí no me mires, yo sólo soy la cuidadora cool y liberal que hace 500 años solía desayunar humanos —bufó Agatha, haciendo aspavientos.

Brey se quedó un poco helado al escucharla decir eso con tanta tranquilidad, sabiendo que era cierto, y temió que los niños se asustaran.

—¡Jaja! Ata siempre dice cosas graciosas —dijo Clover. Brey suspiró aliviado.

—Oye, basta de cháchara. ¿Y yo qué? —le preguntó Daisuke a su padre, celoso del regalo de su hermana.

—Ah, ¿también quieres una horquilla? —bromeó Brey.

—¡No! ¡Eso es para niñas! ¿No me has comprado nada a mí?

—¿Tal como te portas?

Daisuke le lanzó una mirada de rencor y se cruzó de brazos, refunfuñando. Pero entonces Brey puso su mano, aparentemente vacía, tras la oreja de Daisuke, y como por arte de magia sacó de ella un objeto y se lo mostró al niño.

—¡Uh! —saltó perplejo, llevándose las manos a la oreja—. ¿Eso estaba dentro de mi oído?

—Para que luego digas que consiento a Clover más que a ti —dijo su padre—. Un guerrero no puede ir por ahí sin su amuleto protector, ¿sabes?

—¡Waah! —exclamó Daisuke, eufórico.

Era un colgante antiguo, de cuerdas de cuero marrón oscuro ajustables con unos nudos, de las que colgaba una moneda china, también de plata, con símbolos grabados y un dragón. Estaba acompañada por dos pequeñas piezas de jade verde con forma de magatamas, y dos pequeñas bolas de howlita blanca. El niño le arrebató el colgante y lo admiró con ojos como platos.

—¡Qué súper! ¿¡Son símbolos en lengua rueh!?

—¿En qué? —preguntó Brey, confuso.

—Espera, ¿qué has dicho? —brincó Agatha con desconcierto, creyendo haber oído una palabra que no oía desde hace 600 años.

—Espero que no te hayas gastado todos nuestros ahorros en este lujo, birria de padre —le espetó Daisuke con su arrogancia de siempre—. ¿Ahora qué vamos a comer? ¡Seremos pobres!

—¡No vamos a quedarnos pobres, niño dramático! —gruñó Brey—. De hecho, la persona que me ha vendido estas dos cosas me las ha vendido por un precio sorprendentemente bajo. Se ven muy bien hechos, pero probablemente sean de plástico y acero.

—Si tú supieras… —murmuró Clover con una sonrisilla misteriosa, y cruzó una mirada silenciosa con su hermano.

—Bueno, niños, ahora podéis ir a jugar —dijo Agatha.

—¡Sí! —brincaron con felicidad—. ¡Gracias, papá!

—Id con cuidado —les dijo, y los dos hermanos salieron corriendo a meterse en la muchedumbre con los demás niños que iban por ahí acompañados por dos monitores.

—Brey. ¿A quién le has comprado esos objetos? —le preguntó Agatha, y su voz sonó algo desconfiada.

—Era una mujer —le respondió, volviendo a ponerse en pie—. Estaba en una esquina, solamente tenía delante una mesa de madera con varios objetos en venta. Era un poco rara, la verdad. Estaba totalmente vestida con una túnica y con una capucha puesta, sólo le veía la barbilla y los labios. Estaba fumado una pipa larga, el humo olía un poco raro. Me llamó al pasar cerca. Me dijo que me vendía estas dos cosas a un precio muy barato. Las vi bastante interesantes, y pensé que les gustarían a Clover y a Daisuke.

—¿Fumaba en una pipa larga? —repitió la anciana, intrigada.

—¿Qué te preocupa? Sólo era una vendedora disfrazada, interpretando un papel para el festival. Tranquila, no he percibido ni una sola señal de que fuera una delincuente o alguien con malas intenciones.

—¿Sigue donde la encontraste?

Brey frunció el ceño, no entendía la insistencia de Agatha. Se giró un poco para mirar hacia la esquina del patio donde hace media hora había interactuado con esa vendedora. Fue a señalar con el dedo, pero cuando la multitud se apartó un poco y vio con más claridad, descubrió que aquella esquina del patio estaba desértica.

—Mm… Se habrá cambiado a otra esquina. Pero, en fin, ¿qué más da?

—Ya, bueno… —suspiró ella, restándole importancia también—. Vamos, muchacho, ve a pasártelo bien. A las nueve y media llevaré yo a los niños a la casa de sus abuelos.

—¿Harías eso por mí? —brincó con tremendo alivio—. Ya has hecho bastante esta semana…

—No tanto como todo lo que has hecho tú, que ya he oído que has hecho un buen trabajo y has cumplido con tus deberes con éxito, como siempre. Y sé lo mucho que odias interactuar con los abuelos de los niños. Mereces relajarte esta noche, Brey. Intenta ser feliz por un día.

Tras decir eso, la anciana se marchó a otra parte, con su bastón negro. Brey se quedó ahí solo durante un rato, pensando en esas últimas palabras, alicaído. Porque esas palabras eran muy complicadas para él.





Comentarios