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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __









57.
El niño del callejón (1/5)

—Bien —carraspeó Lex, y comenzó a contarle a Yenkis—. Lo primero de todo, como ya habrás deducido, Jean Vernoux es nuestro abuelo.

—¡Sí, lo deduje! —saltó. «Claro, lo que leí en ese periódico tiene datos que encajaban con eso» pensó, «El año en el que fue escrito ese artículo, papá debía de ser un niño, y la edad que ponía de Jean encaja para ser su padre...».

—Al parecer, nuestro abuelo paterno era una mala persona y estaba loco. Decían que tenía un trastorno mental. Y su mujer, nuestra abuela Lilian, era una alcohólica que se pasaba la vida ausente, fuera de casa, y las pocas veces que estaba, digamos que no se comportaba bien. Monique Vernoux, que la has mencionado, era la hermana mayor de papá. Eran una familia bastante miserable, como imaginarás. Si pensabas que papá tuvo una vida fácil y de lujo como la que tiene ahora, te equivocas.

»Vivían en un barrio mediocre de París, sin mucho dinero. Al haber crecido maltratado y desatendido, no era de sorprender que papá fuera un niño violento, hostil, y también peligroso. Esto, sumado a su inteligencia por encima de la media, le hizo convertirse con tan sólo 9 años en el cabecilla de una banda de jóvenes delincuentes callejeros. Se pasaba la vida en la calle más que en su casa, lo que es comprensible. Robaban, causaban destrozos, peleas con otras bandas… Y a pesar de ser uno de los más pequeños de su grupo, no había alma que se atreviera a plantarle cara, no había rival para su astucia, su agilidad y su sangre fría. Así, se ganó a pulso el respeto de las otras pandillas callejeras y el título de cabecilla de la suya.

»Pero papá tenía otra cara, otra faceta que mostraba de vez en cuando al exterior. No era todo maldad y violencia en él. No todas sus acciones eran porque sí o por capricho. Por lo que a mí me contaron, resulta que muchas de las peleas o delitos que él cometía eran por motivos más complejos. Porque aparte de peligroso y violento, también era protector. Protector de los suyos, de aquellos que eran sus amigos, que vivían en las mismas o en peores condiciones que él.

»Por eso, muchas veces robar dinero era para fastidiar, pero otras muchas veces era para ayudar a un amigo a comer; muchas veces, darle una paliza a gente adinerada era para desahogar su maldad, pero otras muchas veces era para vengarse de ella, cuando descubría que eran pedófilos o violadores que esquivaban la cárcel gracias a su dinero o estatus social. Y aunque podían librarse de la cárcel, no se libraban de los puños de papá y sus amigos.

»Así era su vida, rodeado de gente como él, gente que tenía que sobrevivir en las calles, que buscaba como meta una mejor vida, que soñaba con un mundo menos injusto. Buscaban inconscientemente la felicidad. Papá siempre tuvo sus dos caras enfrentadas en su interior. Una de ellas sólo quería caos y destrucción, placer, violencia y diversión sin sentido; la otra, soñaba con ser alguien importante para el mundo, alguien útil, alguien necesario.

»La única persona que alimentaba de esperanza su lado bueno era la tía Monique. A pesar de todos los problemas, a pesar de todos los errores, defectos y cosas horribles que pudiera hacer, papá siempre recibía de ella un amor incondicional y una gran paciencia. Ella nunca se rendía con él. Nunca se cansaba de hacerle ver el lado bueno de las cosas y de convencerlo para que no dejara de soñar con convertirse en un hombre grandioso algún día.

»Monique era cinco años mayor que él y siempre lo había cuidado ella. Ella misma tenía planes para mejorar su vida. Con 15 años estudiaba y trabajaba sin descanso, ahorraba dinero, y tenía un novio de 18 años muy bueno que estaba dispuesto a llevarse consigo a Monique y a papá a vivir a otra parte y empezar de cero los tres juntos.

»Sin embargo… una noche, papá volvió a casa muy tarde. Se encontró con su padre y con su hermana discutiendo. Al parecer, empezó porque Jean había vuelto a tener uno de sus brotes espontáneos de agresividad por su trastorno mental, y la tomó con Monique. Ella siempre había sido tan buena y tan fuerte que ya desde pequeña estaba acostumbrada a cuidar de su padre, a tratar de calmarlo cuando se le iba la cabeza. Pero… esta vez era diferente. Era peor que nunca. Jean había perdido totalmente la cordura. Se convirtió en un auténtico monstruo incontrolable.

»Según como me contaron la historia, al parecer ella no paraba de decirle cosas como: “¡Basta, tú no eres así! ¡Vuelve a ser quien eres en realidad! ¡No dejes que eso te domine!”. Sea lo que sea a lo que ella se refiriera, no funcionó. Jean ya no distinguía amigo de enemigo. Perdió los estribos, la golpeó, ella intentó defenderse, él cogió su escopeta de caza, ella trató de quitársela, forcejearon y… eso. Ella murió.

Yenkis tragó saliva, tras haber estado varios minutos con la garganta totalmente seca, imaginándose la escena.

—Papá lo presenció todo. Había ocurrido muy rápido. Vio a su hermana perder la vida, llena de sangre y de tristeza, mientras Jean seguía enloquecido destrozando los muebles de la casa. En aquel momento, algo dentro de papá se quebró. Se le paró el tiempo, y el pulso, y la respiración. Quedó traumatizado para toda la vida. Me has dicho que en ese artículo decían que la policía encontró al día siguiente a Jean tirado en el suelo, inconsciente. Pues no. Estaba en coma. Fue papá quien lo atacó brutalmente.

—Dios mío… —murmuró consternado.

—La abuela Lilian no estaba allí, es más, volvió a casa unos días después y se encontró con que su marido estaba en el hospital y destinado a prisión, su hija muerta y su hijo desaparecido. Pues bien, lo único que hizo fue seguir bebiendo, como si tal cosa, como si todo aquello no fuera con ella.

—¿Y papá?

—Se largó.

—¿De su casa?

—De Francia. Se largó de París esa misma noche, dejando atrás a sus amigos, su colegio, su casa... Dejando atrás su vida. Sin su hermana, lo había perdido todo, y ya estaba harto de toda aquella pesadilla. Huyó de ella, saliendo del país, y siguió huyendo, lejos, más lejos… Papá se cruzó toda Europa y toda Asia en siete meses, arreglándoselas para sobrevivir a ese viaje y soportando a cada segundo la imagen de su hermana muerta y las pesadillas interminables, comiéndolo por dentro, matándolo por dentro.

—¿Cómo pudo… un niño de 10 años cruzar medio planeta completamente solo, y sin dinero, sin nada, y seguir vivo?

—Lo que es más asombroso es cómo pudo desear seguir viviendo —repuso Lex, y Yenkis lo miró con horror—. Papá tenía apenas 10 años y estaba destrozado y acosado noche y día por las imágenes que presenció. Era esa parte de él, su lado de luz, la que se resistía a rendirse, la que luchaba por sobrevivir a toda costa, por seguir caminando, por seguir buscando lo que más ansiaba y necesitaba.

—¿Qué era lo que más ansiaba y necesitaba?

—Que alguien le diera un sentido a todo. Que le convenciera de que la vida seguía mereciendo la pena. Porque al paso de los meses, su lado de luz se iba apagando cada vez más, y su lado más oscuro lo consumía, a él y a todos los significados de las cosas. Aquel largo viaje por el mundo no fue fácil. Papá aprendió muchas cosas, conoció a mucha gente a su paso, pasó por penurias y aprietos. Y la última mota de luz que quedaba en él sobrevivió… hasta que llegó a Hong Kong.


«Aquel día de verano, en plena década de los 70, el mercadillo de la calle Fa Yuen de la ciudad de Hong Kong estaba abarrotado de gente como cada día. Había puestos donde se vendían gallinas y otras aves, pero sobre todo pescados. Otros vendían joyas, vasijas, hortalizas y frutas, prendas de vestir... Igual que un bazar. Los consumidores hacían tratos con los vendedores, estos negociaban con los comerciantes, niños corriendo de un lado a otro... Aquello era un pasaje de voces, risas, gritos, movimiento y empujones.

Caminando por allí, un niño pasaba desapercibido entre la gente pese a ser distinto a todos ellos. Mientras que todas esas personas eran de cabello y ojos negros y hablaban en una extraña lengua, él era algo más pálido, de cabello castaño muy claro y ojos del color de las nubes. Llevaba unos pantalones negros algo raídos por los bordes y rotos por una rodilla. Iba descalzo, pues hace tiempo que sus zapatos se quedaron sin suela. También llevaba una camiseta blanca medio rota y algo sucia, y por encima un jersey verde oscuro, que ahora llevaba atado a la cintura, pues hacía mucho calor. Su cabello estaba bastante largo, hasta la cadera, y un poco enmarañado.

Iba con cautela, consciente de que era pequeño y aquella gente iba tan atareada que no se preocuparía de evitar pisarlo o arrollarlo. Quería salir de ahí cuanto antes, pero, cuando le llegó hasta la nariz el olor del pescado asado, se agarró el estómago, que le rugía dolorosamente. Mientras se le hacía la boca agua, localizó aquel puesto mercante donde estaban asando pescado y se acercó rápidamente. Con cuidado y disimulo, esperó hasta que la dueña mirase hacia otro lado para alargar una mano y robar uno de esos sabrosos pinchos.

Sin embargo, del hambre y del cansancio, su agilidad y fuerza habían disminuido mucho, y fue demasiado lento, porque la dueña acabó descubriéndolo. La mujer lo agarró del brazo bruscamente y en la otra mano le enseñó un enorme cuchillo mientras le gritaba sin parar en ese idioma que no entendía, furiosa. El niño, asustado, tiró y tiró todo lo que pudo para soltarse de su mano, hasta que al final ella lo soltó de mala gana y el chico salió corriendo del mercado.

Temiendo que hubieran llamado a la policía o algo así, sin saber que en ese lugar era poco probable que se llamase a las autoridades por un ladronzuelo en el mercado, se escondió en un callejón cercano. Era un callejón cerrado entre tres altas paredes desnudas de ladrillo, solitario y algo oscuro, con un contendedor metálico grande de basura hacia la mitad y un par de cubos en el otro lado, también algunos montones de basura esparcidos por ahí y varios gatos merodeando entre estos.

Dejó tras él el ambiente bullicioso de la calle principal y se adentró en el fondo de ese rincón a paso lento. Cuando vio que se había hecho una herida en el brazo, un rasponazo que le sangraba, le vino a la cabeza una atroz idea. Fue cuando se planteó si hacer de ese lugar el final de su viaje... o de algo más. Ni siquiera sabía por qué se había molestado en tratar de robar ese pescado, si hace tiempo que comer dejó de tener sentido para él.

Espantó a un par de gatos que se lamían las patas sobre un cartón amplio que había junto al contenedor grande y se sentó en él, doblando las piernas, abrazándose las rodillas y apoyando la barbilla sobre sus brazos. Contempló a uno de los gatos, frente a él, buscando algo que comer entre uno de los cubos pequeños de basura. Se vio a sí mismo como ese gato callejero, con la única excepción de que el animal no estaba solo, y él sí. Suspiró, apesadumbrado. ¿Qué podía hacer ahora, a dónde podría ir?, se preguntaba. Pero luego pensó: ¿para qué?

Ya no había nada para él. Ya había huido bastante, París estaba muy lejos, y a pesar de eso su tormento seguía ahí, e iba a seguir ahí para siempre. Ya no quería sufrir más. Ya estaba harto. Desvió la mirada hacia una botella rota que había cerca de él, y se quedó observándola un rato, hasta que la cogió. Arrimó una muñeca hacia el filo del cristal.

Lo que iba a hacer podría ser un error o una solución, pero no veía motivos por los que fuera a ser un error. Cerró los ojos...

—¡Eh!

Volvió a abrir los ojos de golpe al oír esa voz. Vio allá en la entrada del callejón a un hombre asiático, joven, de cabello negro alborotado y unos redondos ojos azabaches. Sólo llevaba puesto un pantalón de chándal negro y tenía una camiseta roja colgando de la cintura por detrás, lo que no era de extrañar con el calor que hacía.

Parecía un simple tipo que ese día había salido a hacer ejercicio y se dio la casualidad de que pasó por ahí. Se podía ver claramente lo grande y musculoso que era, con el torso al descubierto, y tenía un extraño tatuaje en el costado izquierdo. El niño de ojos grises pensó que debía de tratarse de un luchador de boxeo o algo así.

—¿¡Qué diablos crees que vas a hacer, niña!? —exclamó el hombre, corriendo hacia él como un rinoceronte.

El chico se asustó al verlo venir de esa manera, y cuando fue a ponerse en pie para salir corriendo, aquel tipo lo agarró del brazo y le quitó la botella rota, tirándola lejos.

—Oh… —se sorprendió el hombre al verlo de cerca, sin soltar su brazo—. Pero si eres un chico. Me había confundido a lo lejos por tu cabello largo. Oye, ¿de dónde has salido, blancucho? ¿Cómo te llamas?

Lâche moi, connard! —gritó este, pegándole un rodillazo en el estómago, con lo que consiguió soltarse de él.

—¡Guau, hey, tranquilito! —exclamó, frotándose sus fuertes abdominales por las cosquillas que le produjo ese rodillazo.

El niño se puso en guardia, dispuesto a atacar si volvía a acercarse a él. El otro le bloqueaba la salida del callejón.

—No voy a hacerte nada, pequeño forastero —lo calmó con gestos apaciguadores—. Deberías estarme agradecido, acabo de evitar que cometieses una estupidez con ese cristal.

El chico siguió clavándole la mirada, como si no lo oyera, con los puños en alto. Más bien, no entendía su idioma.

—¿Qué pasa con tus ojos? —se extrañó el hongkonés, observando ese inusual color gris claro, casi blanquecino—. ¿Eres ciego o algo…? —Movió una mano delante de su cara, pero el niño hizo enseguida un gesto amenazante—. Oh, ya veo que no —sonrió—. ¿No tienes familia, o casa? Vamos, dime algo. ¿Estás solo? ¿Cómo te llamas?

Dégage!

—¡Ah! ¡Eso lo entiendo! Hablas francés. Tu parles français? Je le parle aussi.

El niño hizo un gesto sorprendido al oírle hablar en francés y entenderle. Pero no cambió su postura. El hombre, viendo que no conseguía hablar con él porque con cada movimiento que hacía el niño reaccionaba con desafío, lo observó en silencio, pensativo, y luego sonrió suspicazmente.

—Estás muerto de hambre, ¿verdad? —le dijo en francés—. Espera aquí un momento.

El hombre musculoso se fue del callejón. Cuando el niño lo perdió de vista, no dudó en echar a correr y huir de ahí. Salió a la calle principal y miró a un lado y a otro pensando dónde esconderse esta vez. Pero entonces vio al hombre de antes adentrándose en el mercado de allá, y se quedó quieto, indeciso. Cuando un minuto después el hombre salió de la zona de mercadillos y volvió hacia la callejuela con una bolsa de papel llena de bultos, el niño se escondió detrás de la columna de un portalillo de un edificio cercano y asomó la cabeza para observarlo.

El hombre, parándose en la entrada de la callejuela y viendo que el niño no estaba allí, hizo un gesto decepcionado, pero luego se quedó pensativo. Acabó entrando en el callejón, y a los pocos segundos volvió a salir, sin la bolsa. Y se marchó de allí.

El niño permaneció tras la columna un rato, quedándose dubitativo otra vez. Después, mirando a un lado y a otro, salió del portalillo y corrió hacia la callejuela de nuevo. Encontró la bolsa sobre el cartón en el que estaba sentado antes. Con la cautela de siempre, miró curioso dentro de la bolsa, y encontró tres grandes empanadillas de carne y tres manzanas rojas. Otra vez le rugió el estómago. Esas empanadillas olían muy bien…

Cuando cayó la noche y la temperatura, se quedó recostado y encogido sobre el cartón. Tiritaba del frío, su jersey lleno de agujeros no cumplía su función. Pero le daba igual. Se quedó mirando a las musarañas hasta que le invadió el sueño.


A la mañana siguiente, le despertó un escozor repentino en la cara. Cuando abrió los ojos, vio al hombre musculoso del día anterior sentado junto a él, aplicándole un líquido en un arañazo que tenía en un lateral de la frente. Esta vez, el tipo venía con otro aspecto, bien peinado y vestido con traje negro, camisa blanca y corbata burdeos, elegante, como el empleado de una oficina. Llevaba al hombro una mochila.

El niño dio un brinco y se separó de él.

—Buenos días, niño majo —lo saludó el hombre con voz cantarina, en su idioma—. ¿Te has peleado con un oso o qué?

—¿¡Por qué tú…!? —exclamó descolocado por esa inesperada aparición—. Agh… —gruñó con rabia—. ¡Déjame en paz! ¡Me has dado un susto de muerte!

—Bien, bien, bien, ya hablas con frases largas —celebró alegremente, volviendo a acercar el algodón hacia la raspadura de su frente.

—¡No! ¡No me toques! —se apartó enseguida, poniéndose en pie, y mantuvo las distancias, mirándolo con fiereza.

—Tranquilo. Sólo es clorhexidina, para desinfectar heridas. Estás lleno de suciedad, hay que limpiarte las heridas o se pondrán peor.

—¿¡Crees que soy estúpido!? ¡Ese bote puede contener cualquier cosa!

—Bueno…

—¡No te he dado ningún permiso para que me eches ninguna sustancia!

—Ya, pero…

—¡Si pretendes drogarme, no te dejaré!

—¿Qué? ¡No! ¡Para nada pretendo eso…!

—¡Aléjate! —gritó el niño una vez más, y esta vez le brotaron lágrimas de los ojos.

Su expresión seguía furiosa, pero también reflejaba miedo. Al hombre le sorprendió ese nivel de tormento que padecía. Se desquiciaba con facilidad. Debía tratar con él de un modo más cuidadoso.

Con tanta agitación, el niño notó algo en su brazo y vio que le colgaba un trozo de venda. Se quedó sorprendido al descubrir que tenía un vendaje ahí y se le había desatado. Al parecer, el hombre ya le había curado mientras dormía la fea herida que se hizo ayer en el antebrazo. Ya no le dolía. Además, la herida estaba limpia y tapada con una suave gasa, y el vendaje estaba hecho con cuidado. Era algo muy simple y, sin embargo, para el niño era algo desconcertante. Sentía una extraña calidez en su brazo, pero no física, sino que le evocaba un recuerdo, de las manos de su hermana, tiempo atrás, poniéndole una tirita en una herida.

—Vaya, se ha soltado. ¿Me dejas…? —le preguntó el hombre, dando un paso hacia él, despacio, pero el niño despertó de sus recuerdos y se puso de nuevo en guardia de un brinco, alzando los puños—. Tan sólo… déjame que te ate la venda de nuevo. Por favor. No haré nada más que eso, tienes mi palabra. Si hago algo que no te parece bien, podrás golpearme en la cara todo lo que quieras. ¿Vale?

El niño no contestó. En ese momento estaba muy confuso, porque recibir cualquier tipo de cuidado de un adulto y además desconocido era totalmente nuevo para él, y contradictorio con toda su experiencia de vida. Como no decía nada, el hombre se aventuró a acercarse más a él, con las manos medio alzadas, despacio y dócil. El niño no se movió. Seguía tenso, en alerta, pero lo dejó acercarse. El hombre se agachó junto a él y acercó las manos a su brazo. El niño respiraba aceleradamente, preparado para reaccionar si el otro lo sorprendía con un ataque. No obstante, el hongkonés cumplió su promesa y volvió a ponerle bien la venda en el brazo, atándola con un imperdible.

El muchacho parecía embelesado, mirando cómo ese extraño le trataba el vendaje, con paciencia, con cuidado, y sus enormes manos estaban inusualmente cálidas. Nada más terminar, el hombre bajó los brazos y se quedó ahí arrodillado frente al niño sin hacer nada. Sencillamente, le sonrió con simpatía. El chico pareció relajarse un poco por fin.

Sin embargo, se aferró el brazo contra el pecho y miró al hombre con rabia. El otro se quedó confuso.

—¿Por qué me detuviste…? —murmuró.

—¿Eh? ¿A qué te refieres?

—¡Me detuviste! ¿¡Por qué lo hiciste!? —exclamó el niño, y se derrumbó del todo. Se llevó las manos a la cara y se echó a llorar—. Sólo quería dejar de sentir… No tenías derecho… ¡No tenías derecho…!

—Niño… —se sorprendió al verlo así, pero no tardó en comprender a qué se refería. Lo miró con profundo pesar—. Niño, simplemente no podía dejarte hacer aquello. ¿Crees que después de verte con ese cristal en la mano, iba a pasar de largo y regresar a mi casa, pasándome el resto de mi vida perseguido por ese recuerdo de “el día que vi un niño a punto de suicidarse y no hice nada”?

El niño se quedó callado, sollozando, mirando al suelo.

—Bien por ti, me alegro de que tengas la conciencia tranquila —dijo entonces—. Al menos uno de los dos podrá seguir durmiendo en paz.

—¿Por eso querías hacerlo? ¿Porque llevas tiempo sin dormir bien? Hay otros remedios para eso.

—Ahora me siento incapaz de volver a intentarlo… —sollozó de nuevo—. Ayer era fácil… era la única oportunidad que tenía… pero ahora ya no me atrevo… Ahora tengo que seguir viviendo…

—¿Y eso es malo?

—¡No lo entiendes! ¡Ahora tengo que vivir con eso durante toda la vida! Con ese recuerdo... esas imágenes... día y noche... ¡Por tu culpa!

“Vivir toda la vida con ese recuerdo, esas imágenes”. Estas palabras le resultaron bastante familiares al hombre. Preocupantemente familiares. E hicieron crecer una sospecha en él. Con esa corazonada, el hombre, todavía agachado, se acercó más a él para intentar mirar su rostro entre sus manos. Mientras el niño se secaba las lágrimas, alcanzó a ver sus ojos, y se fijó atentamente. Le dio un vuelco el corazón al descubrir que el ojo izquierdo de ese niño emitía una triste luz gris, de forma intermitente, inestable, reprimida.

—¡Eres…! —brincó el hombre, sonriendo con emoción, pero no terminó la frase. De hecho, se le borró la sonrisa y puso una mueca muy contrariada—. Chico… ¿desde cuándo te brilla ese ojo?

El niño dio un respingo de disgusto y se tapó rápidamente el ojo izquierdo.

—No me brilla… No sé de qué hablas…

—Tranquilo. No es nada malo. ¿Cuántos días llevas con esa luz?

—¿Días? —repitió, pero luego agachó la cabeza, entre nervioso y tímido, sin destaparse el ojo.

El hombre supo descifrar esa respuesta y esa cara. No eran días, y probablemente semanas tampoco. Debía de haber pasado meses en ese estado. Se quedó horrorizado.

—Mierda… —murmuró—. Chaval, por casualidad… ¿no te has encontrado en algún momento con una anciana inglesa, no muy alta, de pelo largo y blanco recogido en una trenza, siempre con ojos cerrados?

El niño negó con la cabeza.

—¿Y con un hombre joven de cabello negro con tres mechones blancos, también con ojos cerrados todo el tiempo?

—¿Por qué? ¿Esas personas me buscan? ¿Qué quieren de mí?

El hombre no lo entendía. Tenía delante a un pequeño iris tohum, un iris sin elemento, y sin entrenamiento, y al parecer nacido hace meses, ¿y ninguno de los dos taimu lo había venido a recoger? ¿Acaso Alvion no había captado su nacimiento? Fuese el motivo que fuese, el hombre supo que no sólo tenía que ayudarlo, tenía que encargarse de él. Un iris recién nacido sin entrenar podía convertirse en un peligro para los demás y para sí mismo. Aunque Alvion no hubiese captado su nacimiento, el hombre debía tomar la responsabilidad de llevarlo al Monte Zou.

—Chico, oye… Sé que ahora no puedes entenderlo. Pero tienes que venir conmigo.

—¿Qué? —se puso en alerta de nuevo—. No…

—Es importante. Es por tu bien —dio un paso hacia él.

—¿Qué haces? ¡No! —fue retrocediendo, nervioso—. ¡No pienso irme a ningún lado contigo! ¡No te acerques! ¡Te partiré las piernas!

—No voy a hacerte nada, tan sólo… —siguió acercándose.

—¡Aléjate! —le advirtió el niño, pero ya no pudo retroceder más porque su espalda chocó con la pared del final del callejón, y comenzó a respirar otra vez con rapidez—. ¡Aléjate o te mataré! ¡Te dije que no podías engañarme! ¡Te mataré! ¡Si me tocas, te mataré!

El hombre se detuvo. Ese niño estaba aterrorizado por dentro. Traumatizado, destrozado. Y todo eso lo intentaba esconder bajo esa fachada hostil y amenazante, que de nada servía ante el astuto ojo de un iris que sabía leer perfectamente los gestos y comportamientos. Si se acercaba más a él, rompería algo muy frágil de su interior y desataría algo peor. Ese niño estaba al límite. Era una bomba a punto de estallar. Y él no podía soportar ver a un niño mirándolo con esos ojos llenos de terror y agotamiento, y de súplica, a pesar de que su boca soltase amenazas.

Era su forma de defenderse. Era como un animal callejero que no había conocido otra cosa. Si se tratara de cualquier otro adulto estándar, no tan musculoso y grande, el niño no habría tenido problema en abatirlo como muchas otras veces había hecho fácilmente. Pero el muchacho era consciente de su propio estado desnutrido y debilitado, y de los enormes músculos de ese tipo, y no era tonto, sabía que no podía cumplir esas amenazas contra él pero aun así no tenía otro camino que intentarlo.

—Está bien —dijo el hombre, haciendo un gesto apaciguador con las manos, y fue retrocediendo—. Lo siento, perdóname, me he precipitado. Escucha, voy a dejarte tranquilo por hoy, ¿de acuerdo? Pero no te alteres. Procura estar calmado. No pasa nada.

El muchacho se mantuvo firme. Aun así, antes de marcharse, el hombre sacó de su mochila una bolsa de plástico llena de bultos y una botella grande de agua, y lo dejó todo sobre el cartón, una vez más. Después de eso salió del callejón. El niño permaneció donde estaba unos pocos minutos más, sin bajar la guardia. Tras esperar un largo rato y comprobar que el hombre realmente se había marchado de allí, recuperó algo de calma y relajó los brazos. Se acercó con pasos titubeantes a su cartón; se puso de cuclillas y se abrazó las rodillas, observando en silencio esa bolsa que contenía más empanadillas de carne y más manzanas.

No podía dejar de darle vueltas a la cabeza. No entendía nada de lo que ese hombre decía, ni de lo que pretendía con él. Claramente, tal como había dicho, quería que se fuera con él, llevárselo a algún lado, eso el niño ya lo había vivido antes más de una vez. Sin embargo, esta vez, el adulto que quería raptarlo no lo estaba intentando por la fuerza. Ese hombre tenía músculos, tamaño y fuerza de sobra para levantar un coche sobre su cabeza sin problema. No le costaría nada agarrar al niño de un brazo como si fuera un muñeco de trapo y llevarlo a cualquier sitio. Pero cada vez que le gritaba que se apartara, él se apartaba; le pedía que no le tocase, y él retiraba las manos. Y siempre se mantenía tranquilo, siempre amable.

Además, ayer se comió las empanadillas y las manzanas que el hombre le dejó sin pensarlo. Eso había sido muy estúpido por su parte. Ya lo habían drogado antes mediante la comida, dos veces, durante su viaje por el mundo, hace unos meses. También lo habían raptado una vez, y lo habían intentado volver a hacer otras tantas. Lo habían engañado, golpeado, abusado de él… Pero las empanadillas y las manzanas de ayer estaban realmente ricas, y le habían sentado tan bien…

¿De verdad ese hombre tan pesado tenía buenas intenciones? Si quisiera hacerle daño o llevárselo a la fuerza, ya lo habría hecho. Y si quisiera drogarlo, también. Pero no, no, no… nunca jamás había que confiarse, seguro que se trataba de un truco. El niño había vivido suficientes experiencias como para saber que había adultos con malas intenciones de toda clase, que usaban diferentes tretas o metodologías para engañar o captar la atención de alguien. La comida de ayer podía haber sido inofensiva para hacerle confiar, pero tal vez, la de hoy, podría estar envenenada o drogada.

No tocó la bolsa en todo el día.

El niño salió de ese callejón durante aquel día para buscarse su propia comida. Estuvo rondando por aquel distrito varias horas hasta la tarde. Consiguió hacerse con un par de pescados cuando nadie miraba en el mercadillo. Se escondió en otro callejón cerca del puerto para asarlos, con un fuego que hizo con papeles de periódico y unas maderas y una caja de cerillas que también había robado de un puesto ambulante. Cayó algo de lluvia al mediodía, así que bebió el agua que goteaba del canalón del tejado de una casa.

Estuvo pensando durante todo el día, y decidió que no era buena idea volver a su callejón. Seguramente el hombre iba a volver a aparecer por allí para comprobar si ya estaba bajo los efectos de la droga, o muerto, preparado para extirparle los órganos o algo.

Y aun así, no se podía quitar de la cabeza ese incesante “¿y si…?”. Aquel hombre no era como otros con los que se había cruzado, ni en Francia ni en los otros muchos países que había pisado durante su viaje, y no entendía por qué… hasta que recordó por qué. Ese tipo había descubierto que su ojo brillaba, y en vez de reaccionar con miedo o desagrado o tratarlo como a un bicho raro, simplemente le hizo unas preguntas raras sobre unas personas de ojos cerrados. “Tranquilo, no es nada malo” le hubo dicho también.

El niño dejó de caminar y se paró en mitad de una calle concurrida, mirando fijamente al suelo, sin parar de pensar. Se preguntó entonces si cabía la imposible posibilidad de que ese hombre supiera algo sobre la luz de su ojo.

¿Y ahora qué? ¿Qué hago? ¿Adónde voy? No paró de repetirse estas preguntas. Aquí se estuvieron enfrentando su indestructible desconfianza contra su innata curiosidad por las posibilidades imposibles. Se miró el vendaje de su antebrazo.

De repente sintió un pequeño escalofrío. Tuvo una sensación que ya había tenido miles de veces. Notaba que alguien lo estaba observando, pero no se puso a mirar de un lado a otro para ver de quién se trataba. Él ya era experto.

Con disimulo, se apartó de la acera de la calle y se puso en una esquina. Esto le daba como mínimo dos flancos por los que huir si alguien de pronto venía a por él. La gente que pasaba por la calle lo ignoraba, parecía que estaban acostumbrados a ver a niños así por las calles, aunque atraía algunas miradas breves, seguramente por su color de pelo.

Cogió del suelo, cerca de un cubo de basura, una lata de cerveza vacía, y se puso a hacer lo que suelen hacer los niños de 10 años: jugar. Estuvo jugando a darle patadas a la lata, con sus pies descalzos, intentando hacer los más toques posibles sin que se le cayera. Y mientras lo hacía, lanzaba miradas de vez en cuando a su alrededor.

Localizó al mirón al otro lado de la calle. Era un local, un hombre joven, pero con muy malas pintas. Tenía la cabeza completamente rapada y un tatuaje de una serpiente le cubría la mitad hasta la frente. Vestía con una hortera camisa de estampado de leopardo arremangada y unos pantalones morados, con zapatos de piel de cocodrilo. Jugueteaba en una mano con un reloj de cadena, haciéndolo girar de un lado a otro. El niño lo miró varias veces con buen disimulo para cerciorarse de que, en efecto, ese sujeto no le quitaba los ojos de encima, y no se dio cuenta de que el niño lo había descubierto, porque este actuó muy bien, jugando con su lata.

¿Lo estaría mirando sin ningún motivo en especial, simplemente porque le entretenía ver a un niño dando toques de pie a una lata? ¿O porque estaba preocupado por él? ¿O porque lo estaba confundiendo con otro? ¿O porque quería raptarlo? Ninguna de estas preguntas importaba, nunca. Siempre había que cumplir una regla: ante la duda, alejarse.

El niño fingió una torpeza, dándole a la lata un golpe más fuerte de lo debido, y la lata se desvió al otro lado de la esquina de la calle. Cuando el niño, disimulando, se fue caminando hacia donde la lata había caído y desapareció detrás de la esquina, desapareciendo asimismo del campo de visión de aquel tipo, echó a correr por esa calle y se alejó de esa zona.»









57.
El niño del callejón (1/5)

—Bien —carraspeó Lex, y comenzó a contarle a Yenkis—. Lo primero de todo, como ya habrás deducido, Jean Vernoux es nuestro abuelo.

—¡Sí, lo deduje! —saltó. «Claro, lo que leí en ese periódico tiene datos que encajaban con eso» pensó, «El año en el que fue escrito ese artículo, papá debía de ser un niño, y la edad que ponía de Jean encaja para ser su padre...».

—Al parecer, nuestro abuelo paterno era una mala persona y estaba loco. Decían que tenía un trastorno mental. Y su mujer, nuestra abuela Lilian, era una alcohólica que se pasaba la vida ausente, fuera de casa, y las pocas veces que estaba, digamos que no se comportaba bien. Monique Vernoux, que la has mencionado, era la hermana mayor de papá. Eran una familia bastante miserable, como imaginarás. Si pensabas que papá tuvo una vida fácil y de lujo como la que tiene ahora, te equivocas.

»Vivían en un barrio mediocre de París, sin mucho dinero. Al haber crecido maltratado y desatendido, no era de sorprender que papá fuera un niño violento, hostil, y también peligroso. Esto, sumado a su inteligencia por encima de la media, le hizo convertirse con tan sólo 9 años en el cabecilla de una banda de jóvenes delincuentes callejeros. Se pasaba la vida en la calle más que en su casa, lo que es comprensible. Robaban, causaban destrozos, peleas con otras bandas… Y a pesar de ser uno de los más pequeños de su grupo, no había alma que se atreviera a plantarle cara, no había rival para su astucia, su agilidad y su sangre fría. Así, se ganó a pulso el respeto de las otras pandillas callejeras y el título de cabecilla de la suya.

»Pero papá tenía otra cara, otra faceta que mostraba de vez en cuando al exterior. No era todo maldad y violencia en él. No todas sus acciones eran porque sí o por capricho. Por lo que a mí me contaron, resulta que muchas de las peleas o delitos que él cometía eran por motivos más complejos. Porque aparte de peligroso y violento, también era protector. Protector de los suyos, de aquellos que eran sus amigos, que vivían en las mismas o en peores condiciones que él.

»Por eso, muchas veces robar dinero era para fastidiar, pero otras muchas veces era para ayudar a un amigo a comer; muchas veces, darle una paliza a gente adinerada era para desahogar su maldad, pero otras muchas veces era para vengarse de ella, cuando descubría que eran pedófilos o violadores que esquivaban la cárcel gracias a su dinero o estatus social. Y aunque podían librarse de la cárcel, no se libraban de los puños de papá y sus amigos.

»Así era su vida, rodeado de gente como él, gente que tenía que sobrevivir en las calles, que buscaba como meta una mejor vida, que soñaba con un mundo menos injusto. Buscaban inconscientemente la felicidad. Papá siempre tuvo sus dos caras enfrentadas en su interior. Una de ellas sólo quería caos y destrucción, placer, violencia y diversión sin sentido; la otra, soñaba con ser alguien importante para el mundo, alguien útil, alguien necesario.

»La única persona que alimentaba de esperanza su lado bueno era la tía Monique. A pesar de todos los problemas, a pesar de todos los errores, defectos y cosas horribles que pudiera hacer, papá siempre recibía de ella un amor incondicional y una gran paciencia. Ella nunca se rendía con él. Nunca se cansaba de hacerle ver el lado bueno de las cosas y de convencerlo para que no dejara de soñar con convertirse en un hombre grandioso algún día.

»Monique era cinco años mayor que él y siempre lo había cuidado ella. Ella misma tenía planes para mejorar su vida. Con 15 años estudiaba y trabajaba sin descanso, ahorraba dinero, y tenía un novio de 18 años muy bueno que estaba dispuesto a llevarse consigo a Monique y a papá a vivir a otra parte y empezar de cero los tres juntos.

»Sin embargo… una noche, papá volvió a casa muy tarde. Se encontró con su padre y con su hermana discutiendo. Al parecer, empezó porque Jean había vuelto a tener uno de sus brotes espontáneos de agresividad por su trastorno mental, y la tomó con Monique. Ella siempre había sido tan buena y tan fuerte que ya desde pequeña estaba acostumbrada a cuidar de su padre, a tratar de calmarlo cuando se le iba la cabeza. Pero… esta vez era diferente. Era peor que nunca. Jean había perdido totalmente la cordura. Se convirtió en un auténtico monstruo incontrolable.

»Según como me contaron la historia, al parecer ella no paraba de decirle cosas como: “¡Basta, tú no eres así! ¡Vuelve a ser quien eres en realidad! ¡No dejes que eso te domine!”. Sea lo que sea a lo que ella se refiriera, no funcionó. Jean ya no distinguía amigo de enemigo. Perdió los estribos, la golpeó, ella intentó defenderse, él cogió su escopeta de caza, ella trató de quitársela, forcejearon y… eso. Ella murió.

Yenkis tragó saliva, tras haber estado varios minutos con la garganta totalmente seca, imaginándose la escena.

—Papá lo presenció todo. Había ocurrido muy rápido. Vio a su hermana perder la vida, llena de sangre y de tristeza, mientras Jean seguía enloquecido destrozando los muebles de la casa. En aquel momento, algo dentro de papá se quebró. Se le paró el tiempo, y el pulso, y la respiración. Quedó traumatizado para toda la vida. Me has dicho que en ese artículo decían que la policía encontró al día siguiente a Jean tirado en el suelo, inconsciente. Pues no. Estaba en coma. Fue papá quien lo atacó brutalmente.

—Dios mío… —murmuró consternado.

—La abuela Lilian no estaba allí, es más, volvió a casa unos días después y se encontró con que su marido estaba en el hospital y destinado a prisión, su hija muerta y su hijo desaparecido. Pues bien, lo único que hizo fue seguir bebiendo, como si tal cosa, como si todo aquello no fuera con ella.

—¿Y papá?

—Se largó.

—¿De su casa?

—De Francia. Se largó de París esa misma noche, dejando atrás a sus amigos, su colegio, su casa... Dejando atrás su vida. Sin su hermana, lo había perdido todo, y ya estaba harto de toda aquella pesadilla. Huyó de ella, saliendo del país, y siguió huyendo, lejos, más lejos… Papá se cruzó toda Europa y toda Asia en siete meses, arreglándoselas para sobrevivir a ese viaje y soportando a cada segundo la imagen de su hermana muerta y las pesadillas interminables, comiéndolo por dentro, matándolo por dentro.

—¿Cómo pudo… un niño de 10 años cruzar medio planeta completamente solo, y sin dinero, sin nada, y seguir vivo?

—Lo que es más asombroso es cómo pudo desear seguir viviendo —repuso Lex, y Yenkis lo miró con horror—. Papá tenía apenas 10 años y estaba destrozado y acosado noche y día por las imágenes que presenció. Era esa parte de él, su lado de luz, la que se resistía a rendirse, la que luchaba por sobrevivir a toda costa, por seguir caminando, por seguir buscando lo que más ansiaba y necesitaba.

—¿Qué era lo que más ansiaba y necesitaba?

—Que alguien le diera un sentido a todo. Que le convenciera de que la vida seguía mereciendo la pena. Porque al paso de los meses, su lado de luz se iba apagando cada vez más, y su lado más oscuro lo consumía, a él y a todos los significados de las cosas. Aquel largo viaje por el mundo no fue fácil. Papá aprendió muchas cosas, conoció a mucha gente a su paso, pasó por penurias y aprietos. Y la última mota de luz que quedaba en él sobrevivió… hasta que llegó a Hong Kong.


«Aquel día de verano, en plena década de los 70, el mercadillo de la calle Fa Yuen de la ciudad de Hong Kong estaba abarrotado de gente como cada día. Había puestos donde se vendían gallinas y otras aves, pero sobre todo pescados. Otros vendían joyas, vasijas, hortalizas y frutas, prendas de vestir... Igual que un bazar. Los consumidores hacían tratos con los vendedores, estos negociaban con los comerciantes, niños corriendo de un lado a otro... Aquello era un pasaje de voces, risas, gritos, movimiento y empujones.

Caminando por allí, un niño pasaba desapercibido entre la gente pese a ser distinto a todos ellos. Mientras que todas esas personas eran de cabello y ojos negros y hablaban en una extraña lengua, él era algo más pálido, de cabello castaño muy claro y ojos del color de las nubes. Llevaba unos pantalones negros algo raídos por los bordes y rotos por una rodilla. Iba descalzo, pues hace tiempo que sus zapatos se quedaron sin suela. También llevaba una camiseta blanca medio rota y algo sucia, y por encima un jersey verde oscuro, que ahora llevaba atado a la cintura, pues hacía mucho calor. Su cabello estaba bastante largo, hasta la cadera, y un poco enmarañado.

Iba con cautela, consciente de que era pequeño y aquella gente iba tan atareada que no se preocuparía de evitar pisarlo o arrollarlo. Quería salir de ahí cuanto antes, pero, cuando le llegó hasta la nariz el olor del pescado asado, se agarró el estómago, que le rugía dolorosamente. Mientras se le hacía la boca agua, localizó aquel puesto mercante donde estaban asando pescado y se acercó rápidamente. Con cuidado y disimulo, esperó hasta que la dueña mirase hacia otro lado para alargar una mano y robar uno de esos sabrosos pinchos.

Sin embargo, del hambre y del cansancio, su agilidad y fuerza habían disminuido mucho, y fue demasiado lento, porque la dueña acabó descubriéndolo. La mujer lo agarró del brazo bruscamente y en la otra mano le enseñó un enorme cuchillo mientras le gritaba sin parar en ese idioma que no entendía, furiosa. El niño, asustado, tiró y tiró todo lo que pudo para soltarse de su mano, hasta que al final ella lo soltó de mala gana y el chico salió corriendo del mercado.

Temiendo que hubieran llamado a la policía o algo así, sin saber que en ese lugar era poco probable que se llamase a las autoridades por un ladronzuelo en el mercado, se escondió en un callejón cercano. Era un callejón cerrado entre tres altas paredes desnudas de ladrillo, solitario y algo oscuro, con un contendedor metálico grande de basura hacia la mitad y un par de cubos en el otro lado, también algunos montones de basura esparcidos por ahí y varios gatos merodeando entre estos.

Dejó tras él el ambiente bullicioso de la calle principal y se adentró en el fondo de ese rincón a paso lento. Cuando vio que se había hecho una herida en el brazo, un rasponazo que le sangraba, le vino a la cabeza una atroz idea. Fue cuando se planteó si hacer de ese lugar el final de su viaje... o de algo más. Ni siquiera sabía por qué se había molestado en tratar de robar ese pescado, si hace tiempo que comer dejó de tener sentido para él.

Espantó a un par de gatos que se lamían las patas sobre un cartón amplio que había junto al contenedor grande y se sentó en él, doblando las piernas, abrazándose las rodillas y apoyando la barbilla sobre sus brazos. Contempló a uno de los gatos, frente a él, buscando algo que comer entre uno de los cubos pequeños de basura. Se vio a sí mismo como ese gato callejero, con la única excepción de que el animal no estaba solo, y él sí. Suspiró, apesadumbrado. ¿Qué podía hacer ahora, a dónde podría ir?, se preguntaba. Pero luego pensó: ¿para qué?

Ya no había nada para él. Ya había huido bastante, París estaba muy lejos, y a pesar de eso su tormento seguía ahí, e iba a seguir ahí para siempre. Ya no quería sufrir más. Ya estaba harto. Desvió la mirada hacia una botella rota que había cerca de él, y se quedó observándola un rato, hasta que la cogió. Arrimó una muñeca hacia el filo del cristal.

Lo que iba a hacer podría ser un error o una solución, pero no veía motivos por los que fuera a ser un error. Cerró los ojos...

—¡Eh!

Volvió a abrir los ojos de golpe al oír esa voz. Vio allá en la entrada del callejón a un hombre asiático, joven, de cabello negro alborotado y unos redondos ojos azabaches. Sólo llevaba puesto un pantalón de chándal negro y tenía una camiseta roja colgando de la cintura por detrás, lo que no era de extrañar con el calor que hacía.

Parecía un simple tipo que ese día había salido a hacer ejercicio y se dio la casualidad de que pasó por ahí. Se podía ver claramente lo grande y musculoso que era, con el torso al descubierto, y tenía un extraño tatuaje en el costado izquierdo. El niño de ojos grises pensó que debía de tratarse de un luchador de boxeo o algo así.

—¿¡Qué diablos crees que vas a hacer, niña!? —exclamó el hombre, corriendo hacia él como un rinoceronte.

El chico se asustó al verlo venir de esa manera, y cuando fue a ponerse en pie para salir corriendo, aquel tipo lo agarró del brazo y le quitó la botella rota, tirándola lejos.

—Oh… —se sorprendió el hombre al verlo de cerca, sin soltar su brazo—. Pero si eres un chico. Me había confundido a lo lejos por tu cabello largo. Oye, ¿de dónde has salido, blancucho? ¿Cómo te llamas?

Lâche moi, connard! —gritó este, pegándole un rodillazo en el estómago, con lo que consiguió soltarse de él.

—¡Guau, hey, tranquilito! —exclamó, frotándose sus fuertes abdominales por las cosquillas que le produjo ese rodillazo.

El niño se puso en guardia, dispuesto a atacar si volvía a acercarse a él. El otro le bloqueaba la salida del callejón.

—No voy a hacerte nada, pequeño forastero —lo calmó con gestos apaciguadores—. Deberías estarme agradecido, acabo de evitar que cometieses una estupidez con ese cristal.

El chico siguió clavándole la mirada, como si no lo oyera, con los puños en alto. Más bien, no entendía su idioma.

—¿Qué pasa con tus ojos? —se extrañó el hongkonés, observando ese inusual color gris claro, casi blanquecino—. ¿Eres ciego o algo…? —Movió una mano delante de su cara, pero el niño hizo enseguida un gesto amenazante—. Oh, ya veo que no —sonrió—. ¿No tienes familia, o casa? Vamos, dime algo. ¿Estás solo? ¿Cómo te llamas?

Dégage!

—¡Ah! ¡Eso lo entiendo! Hablas francés. Tu parles français? Je le parle aussi.

El niño hizo un gesto sorprendido al oírle hablar en francés y entenderle. Pero no cambió su postura. El hombre, viendo que no conseguía hablar con él porque con cada movimiento que hacía el niño reaccionaba con desafío, lo observó en silencio, pensativo, y luego sonrió suspicazmente.

—Estás muerto de hambre, ¿verdad? —le dijo en francés—. Espera aquí un momento.

El hombre musculoso se fue del callejón. Cuando el niño lo perdió de vista, no dudó en echar a correr y huir de ahí. Salió a la calle principal y miró a un lado y a otro pensando dónde esconderse esta vez. Pero entonces vio al hombre de antes adentrándose en el mercado de allá, y se quedó quieto, indeciso. Cuando un minuto después el hombre salió de la zona de mercadillos y volvió hacia la callejuela con una bolsa de papel llena de bultos, el niño se escondió detrás de la columna de un portalillo de un edificio cercano y asomó la cabeza para observarlo.

El hombre, parándose en la entrada de la callejuela y viendo que el niño no estaba allí, hizo un gesto decepcionado, pero luego se quedó pensativo. Acabó entrando en el callejón, y a los pocos segundos volvió a salir, sin la bolsa. Y se marchó de allí.

El niño permaneció tras la columna un rato, quedándose dubitativo otra vez. Después, mirando a un lado y a otro, salió del portalillo y corrió hacia la callejuela de nuevo. Encontró la bolsa sobre el cartón en el que estaba sentado antes. Con la cautela de siempre, miró curioso dentro de la bolsa, y encontró tres grandes empanadillas de carne y tres manzanas rojas. Otra vez le rugió el estómago. Esas empanadillas olían muy bien…

Cuando cayó la noche y la temperatura, se quedó recostado y encogido sobre el cartón. Tiritaba del frío, su jersey lleno de agujeros no cumplía su función. Pero le daba igual. Se quedó mirando a las musarañas hasta que le invadió el sueño.


A la mañana siguiente, le despertó un escozor repentino en la cara. Cuando abrió los ojos, vio al hombre musculoso del día anterior sentado junto a él, aplicándole un líquido en un arañazo que tenía en un lateral de la frente. Esta vez, el tipo venía con otro aspecto, bien peinado y vestido con traje negro, camisa blanca y corbata burdeos, elegante, como el empleado de una oficina. Llevaba al hombro una mochila.

El niño dio un brinco y se separó de él.

—Buenos días, niño majo —lo saludó el hombre con voz cantarina, en su idioma—. ¿Te has peleado con un oso o qué?

—¿¡Por qué tú…!? —exclamó descolocado por esa inesperada aparición—. Agh… —gruñó con rabia—. ¡Déjame en paz! ¡Me has dado un susto de muerte!

—Bien, bien, bien, ya hablas con frases largas —celebró alegremente, volviendo a acercar el algodón hacia la raspadura de su frente.

—¡No! ¡No me toques! —se apartó enseguida, poniéndose en pie, y mantuvo las distancias, mirándolo con fiereza.

—Tranquilo. Sólo es clorhexidina, para desinfectar heridas. Estás lleno de suciedad, hay que limpiarte las heridas o se pondrán peor.

—¿¡Crees que soy estúpido!? ¡Ese bote puede contener cualquier cosa!

—Bueno…

—¡No te he dado ningún permiso para que me eches ninguna sustancia!

—Ya, pero…

—¡Si pretendes drogarme, no te dejaré!

—¿Qué? ¡No! ¡Para nada pretendo eso…!

—¡Aléjate! —gritó el niño una vez más, y esta vez le brotaron lágrimas de los ojos.

Su expresión seguía furiosa, pero también reflejaba miedo. Al hombre le sorprendió ese nivel de tormento que padecía. Se desquiciaba con facilidad. Debía tratar con él de un modo más cuidadoso.

Con tanta agitación, el niño notó algo en su brazo y vio que le colgaba un trozo de venda. Se quedó sorprendido al descubrir que tenía un vendaje ahí y se le había desatado. Al parecer, el hombre ya le había curado mientras dormía la fea herida que se hizo ayer en el antebrazo. Ya no le dolía. Además, la herida estaba limpia y tapada con una suave gasa, y el vendaje estaba hecho con cuidado. Era algo muy simple y, sin embargo, para el niño era algo desconcertante. Sentía una extraña calidez en su brazo, pero no física, sino que le evocaba un recuerdo, de las manos de su hermana, tiempo atrás, poniéndole una tirita en una herida.

—Vaya, se ha soltado. ¿Me dejas…? —le preguntó el hombre, dando un paso hacia él, despacio, pero el niño despertó de sus recuerdos y se puso de nuevo en guardia de un brinco, alzando los puños—. Tan sólo… déjame que te ate la venda de nuevo. Por favor. No haré nada más que eso, tienes mi palabra. Si hago algo que no te parece bien, podrás golpearme en la cara todo lo que quieras. ¿Vale?

El niño no contestó. En ese momento estaba muy confuso, porque recibir cualquier tipo de cuidado de un adulto y además desconocido era totalmente nuevo para él, y contradictorio con toda su experiencia de vida. Como no decía nada, el hombre se aventuró a acercarse más a él, con las manos medio alzadas, despacio y dócil. El niño no se movió. Seguía tenso, en alerta, pero lo dejó acercarse. El hombre se agachó junto a él y acercó las manos a su brazo. El niño respiraba aceleradamente, preparado para reaccionar si el otro lo sorprendía con un ataque. No obstante, el hongkonés cumplió su promesa y volvió a ponerle bien la venda en el brazo, atándola con un imperdible.

El muchacho parecía embelesado, mirando cómo ese extraño le trataba el vendaje, con paciencia, con cuidado, y sus enormes manos estaban inusualmente cálidas. Nada más terminar, el hombre bajó los brazos y se quedó ahí arrodillado frente al niño sin hacer nada. Sencillamente, le sonrió con simpatía. El chico pareció relajarse un poco por fin.

Sin embargo, se aferró el brazo contra el pecho y miró al hombre con rabia. El otro se quedó confuso.

—¿Por qué me detuviste…? —murmuró.

—¿Eh? ¿A qué te refieres?

—¡Me detuviste! ¿¡Por qué lo hiciste!? —exclamó el niño, y se derrumbó del todo. Se llevó las manos a la cara y se echó a llorar—. Sólo quería dejar de sentir… No tenías derecho… ¡No tenías derecho…!

—Niño… —se sorprendió al verlo así, pero no tardó en comprender a qué se refería. Lo miró con profundo pesar—. Niño, simplemente no podía dejarte hacer aquello. ¿Crees que después de verte con ese cristal en la mano, iba a pasar de largo y regresar a mi casa, pasándome el resto de mi vida perseguido por ese recuerdo de “el día que vi un niño a punto de suicidarse y no hice nada”?

El niño se quedó callado, sollozando, mirando al suelo.

—Bien por ti, me alegro de que tengas la conciencia tranquila —dijo entonces—. Al menos uno de los dos podrá seguir durmiendo en paz.

—¿Por eso querías hacerlo? ¿Porque llevas tiempo sin dormir bien? Hay otros remedios para eso.

—Ahora me siento incapaz de volver a intentarlo… —sollozó de nuevo—. Ayer era fácil… era la única oportunidad que tenía… pero ahora ya no me atrevo… Ahora tengo que seguir viviendo…

—¿Y eso es malo?

—¡No lo entiendes! ¡Ahora tengo que vivir con eso durante toda la vida! Con ese recuerdo... esas imágenes... día y noche... ¡Por tu culpa!

“Vivir toda la vida con ese recuerdo, esas imágenes”. Estas palabras le resultaron bastante familiares al hombre. Preocupantemente familiares. E hicieron crecer una sospecha en él. Con esa corazonada, el hombre, todavía agachado, se acercó más a él para intentar mirar su rostro entre sus manos. Mientras el niño se secaba las lágrimas, alcanzó a ver sus ojos, y se fijó atentamente. Le dio un vuelco el corazón al descubrir que el ojo izquierdo de ese niño emitía una triste luz gris, de forma intermitente, inestable, reprimida.

—¡Eres…! —brincó el hombre, sonriendo con emoción, pero no terminó la frase. De hecho, se le borró la sonrisa y puso una mueca muy contrariada—. Chico… ¿desde cuándo te brilla ese ojo?

El niño dio un respingo de disgusto y se tapó rápidamente el ojo izquierdo.

—No me brilla… No sé de qué hablas…

—Tranquilo. No es nada malo. ¿Cuántos días llevas con esa luz?

—¿Días? —repitió, pero luego agachó la cabeza, entre nervioso y tímido, sin destaparse el ojo.

El hombre supo descifrar esa respuesta y esa cara. No eran días, y probablemente semanas tampoco. Debía de haber pasado meses en ese estado. Se quedó horrorizado.

—Mierda… —murmuró—. Chaval, por casualidad… ¿no te has encontrado en algún momento con una anciana inglesa, no muy alta, de pelo largo y blanco recogido en una trenza, siempre con ojos cerrados?

El niño negó con la cabeza.

—¿Y con un hombre joven de cabello negro con tres mechones blancos, también con ojos cerrados todo el tiempo?

—¿Por qué? ¿Esas personas me buscan? ¿Qué quieren de mí?

El hombre no lo entendía. Tenía delante a un pequeño iris tohum, un iris sin elemento, y sin entrenamiento, y al parecer nacido hace meses, ¿y ninguno de los dos taimu lo había venido a recoger? ¿Acaso Alvion no había captado su nacimiento? Fuese el motivo que fuese, el hombre supo que no sólo tenía que ayudarlo, tenía que encargarse de él. Un iris recién nacido sin entrenar podía convertirse en un peligro para los demás y para sí mismo. Aunque Alvion no hubiese captado su nacimiento, el hombre debía tomar la responsabilidad de llevarlo al Monte Zou.

—Chico, oye… Sé que ahora no puedes entenderlo. Pero tienes que venir conmigo.

—¿Qué? —se puso en alerta de nuevo—. No…

—Es importante. Es por tu bien —dio un paso hacia él.

—¿Qué haces? ¡No! —fue retrocediendo, nervioso—. ¡No pienso irme a ningún lado contigo! ¡No te acerques! ¡Te partiré las piernas!

—No voy a hacerte nada, tan sólo… —siguió acercándose.

—¡Aléjate! —le advirtió el niño, pero ya no pudo retroceder más porque su espalda chocó con la pared del final del callejón, y comenzó a respirar otra vez con rapidez—. ¡Aléjate o te mataré! ¡Te dije que no podías engañarme! ¡Te mataré! ¡Si me tocas, te mataré!

El hombre se detuvo. Ese niño estaba aterrorizado por dentro. Traumatizado, destrozado. Y todo eso lo intentaba esconder bajo esa fachada hostil y amenazante, que de nada servía ante el astuto ojo de un iris que sabía leer perfectamente los gestos y comportamientos. Si se acercaba más a él, rompería algo muy frágil de su interior y desataría algo peor. Ese niño estaba al límite. Era una bomba a punto de estallar. Y él no podía soportar ver a un niño mirándolo con esos ojos llenos de terror y agotamiento, y de súplica, a pesar de que su boca soltase amenazas.

Era su forma de defenderse. Era como un animal callejero que no había conocido otra cosa. Si se tratara de cualquier otro adulto estándar, no tan musculoso y grande, el niño no habría tenido problema en abatirlo como muchas otras veces había hecho fácilmente. Pero el muchacho era consciente de su propio estado desnutrido y debilitado, y de los enormes músculos de ese tipo, y no era tonto, sabía que no podía cumplir esas amenazas contra él pero aun así no tenía otro camino que intentarlo.

—Está bien —dijo el hombre, haciendo un gesto apaciguador con las manos, y fue retrocediendo—. Lo siento, perdóname, me he precipitado. Escucha, voy a dejarte tranquilo por hoy, ¿de acuerdo? Pero no te alteres. Procura estar calmado. No pasa nada.

El muchacho se mantuvo firme. Aun así, antes de marcharse, el hombre sacó de su mochila una bolsa de plástico llena de bultos y una botella grande de agua, y lo dejó todo sobre el cartón, una vez más. Después de eso salió del callejón. El niño permaneció donde estaba unos pocos minutos más, sin bajar la guardia. Tras esperar un largo rato y comprobar que el hombre realmente se había marchado de allí, recuperó algo de calma y relajó los brazos. Se acercó con pasos titubeantes a su cartón; se puso de cuclillas y se abrazó las rodillas, observando en silencio esa bolsa que contenía más empanadillas de carne y más manzanas.

No podía dejar de darle vueltas a la cabeza. No entendía nada de lo que ese hombre decía, ni de lo que pretendía con él. Claramente, tal como había dicho, quería que se fuera con él, llevárselo a algún lado, eso el niño ya lo había vivido antes más de una vez. Sin embargo, esta vez, el adulto que quería raptarlo no lo estaba intentando por la fuerza. Ese hombre tenía músculos, tamaño y fuerza de sobra para levantar un coche sobre su cabeza sin problema. No le costaría nada agarrar al niño de un brazo como si fuera un muñeco de trapo y llevarlo a cualquier sitio. Pero cada vez que le gritaba que se apartara, él se apartaba; le pedía que no le tocase, y él retiraba las manos. Y siempre se mantenía tranquilo, siempre amable.

Además, ayer se comió las empanadillas y las manzanas que el hombre le dejó sin pensarlo. Eso había sido muy estúpido por su parte. Ya lo habían drogado antes mediante la comida, dos veces, durante su viaje por el mundo, hace unos meses. También lo habían raptado una vez, y lo habían intentado volver a hacer otras tantas. Lo habían engañado, golpeado, abusado de él… Pero las empanadillas y las manzanas de ayer estaban realmente ricas, y le habían sentado tan bien…

¿De verdad ese hombre tan pesado tenía buenas intenciones? Si quisiera hacerle daño o llevárselo a la fuerza, ya lo habría hecho. Y si quisiera drogarlo, también. Pero no, no, no… nunca jamás había que confiarse, seguro que se trataba de un truco. El niño había vivido suficientes experiencias como para saber que había adultos con malas intenciones de toda clase, que usaban diferentes tretas o metodologías para engañar o captar la atención de alguien. La comida de ayer podía haber sido inofensiva para hacerle confiar, pero tal vez, la de hoy, podría estar envenenada o drogada.

No tocó la bolsa en todo el día.

El niño salió de ese callejón durante aquel día para buscarse su propia comida. Estuvo rondando por aquel distrito varias horas hasta la tarde. Consiguió hacerse con un par de pescados cuando nadie miraba en el mercadillo. Se escondió en otro callejón cerca del puerto para asarlos, con un fuego que hizo con papeles de periódico y unas maderas y una caja de cerillas que también había robado de un puesto ambulante. Cayó algo de lluvia al mediodía, así que bebió el agua que goteaba del canalón del tejado de una casa.

Estuvo pensando durante todo el día, y decidió que no era buena idea volver a su callejón. Seguramente el hombre iba a volver a aparecer por allí para comprobar si ya estaba bajo los efectos de la droga, o muerto, preparado para extirparle los órganos o algo.

Y aun así, no se podía quitar de la cabeza ese incesante “¿y si…?”. Aquel hombre no era como otros con los que se había cruzado, ni en Francia ni en los otros muchos países que había pisado durante su viaje, y no entendía por qué… hasta que recordó por qué. Ese tipo había descubierto que su ojo brillaba, y en vez de reaccionar con miedo o desagrado o tratarlo como a un bicho raro, simplemente le hizo unas preguntas raras sobre unas personas de ojos cerrados. “Tranquilo, no es nada malo” le hubo dicho también.

El niño dejó de caminar y se paró en mitad de una calle concurrida, mirando fijamente al suelo, sin parar de pensar. Se preguntó entonces si cabía la imposible posibilidad de que ese hombre supiera algo sobre la luz de su ojo.

¿Y ahora qué? ¿Qué hago? ¿Adónde voy? No paró de repetirse estas preguntas. Aquí se estuvieron enfrentando su indestructible desconfianza contra su innata curiosidad por las posibilidades imposibles. Se miró el vendaje de su antebrazo.

De repente sintió un pequeño escalofrío. Tuvo una sensación que ya había tenido miles de veces. Notaba que alguien lo estaba observando, pero no se puso a mirar de un lado a otro para ver de quién se trataba. Él ya era experto.

Con disimulo, se apartó de la acera de la calle y se puso en una esquina. Esto le daba como mínimo dos flancos por los que huir si alguien de pronto venía a por él. La gente que pasaba por la calle lo ignoraba, parecía que estaban acostumbrados a ver a niños así por las calles, aunque atraía algunas miradas breves, seguramente por su color de pelo.

Cogió del suelo, cerca de un cubo de basura, una lata de cerveza vacía, y se puso a hacer lo que suelen hacer los niños de 10 años: jugar. Estuvo jugando a darle patadas a la lata, con sus pies descalzos, intentando hacer los más toques posibles sin que se le cayera. Y mientras lo hacía, lanzaba miradas de vez en cuando a su alrededor.

Localizó al mirón al otro lado de la calle. Era un local, un hombre joven, pero con muy malas pintas. Tenía la cabeza completamente rapada y un tatuaje de una serpiente le cubría la mitad hasta la frente. Vestía con una hortera camisa de estampado de leopardo arremangada y unos pantalones morados, con zapatos de piel de cocodrilo. Jugueteaba en una mano con un reloj de cadena, haciéndolo girar de un lado a otro. El niño lo miró varias veces con buen disimulo para cerciorarse de que, en efecto, ese sujeto no le quitaba los ojos de encima, y no se dio cuenta de que el niño lo había descubierto, porque este actuó muy bien, jugando con su lata.

¿Lo estaría mirando sin ningún motivo en especial, simplemente porque le entretenía ver a un niño dando toques de pie a una lata? ¿O porque estaba preocupado por él? ¿O porque lo estaba confundiendo con otro? ¿O porque quería raptarlo? Ninguna de estas preguntas importaba, nunca. Siempre había que cumplir una regla: ante la duda, alejarse.

El niño fingió una torpeza, dándole a la lata un golpe más fuerte de lo debido, y la lata se desvió al otro lado de la esquina de la calle. Cuando el niño, disimulando, se fue caminando hacia donde la lata había caído y desapareció detrás de la esquina, desapareciendo asimismo del campo de visión de aquel tipo, echó a correr por esa calle y se alejó de esa zona.»





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