1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
—¡Ay, Drasik, camina más rápido! —le reprochó Sakura, pegada como una lapa al pobre chico.
—Aaay... —suspiró él, agotado.
Kyo, que caminaba tras ellos, observaba a su amigo sufriendo como un perro con un dueño pesado. Desde luego no le gustaría estar en su lugar. Después de haber recogido el estropicio de antes del laboratorio a causa de las explosiones, Drasik se fue durante una hora, sin decirle a Kyo a dónde iba, y apareció rato después en la puerta de su casa con Sakura aferrada a su brazo, sonriente, y él con cara de muerto.
Le vinieron los dos con lo de ir al festival de repente, y Drasik le explicó que había ido a pedirle prestado a Sakura un bote de zuofreno, ingrediente esencial para el opuritaserum, ya que Sakura también se había especializado en técnicas químicas. Y ella, tan presumida, gal de pies a cabeza, le dijo que se lo daría si iba con ella de acompañante al festival. Tras un momento de decidir entre la vida o la muerte, entre soportar cuatro horas haciendo de perro faldero de la chica para salvar a Kyo o pasar del tema y salvarse a sí mismo, Drasik no tuvo otra opción, claro estaba.
Kyo, por eso, le estaba enormemente agradecido por el sacrificio que estaba haciendo. Como Drasik le suplicó a Kyo con la mirada que viniese con ellos y que no lo dejase solo con esta calamar, Kyo había aceptado como compensación por hacerle su medicina. Y cada vez que Sakura le preguntaba al neoyorquino para qué quería un ingrediente tan relevante, tenía que inventarse una mentira como podía, puesto que ni ella ni nadie debía saber nada acerca de la razón por la que Kyo necesitaba el opurita.
Pasando los tres por el tori de entrada para unirse a la fiesta, Kyo vio que cerca de ellos andaba una pandilla de unos diez niños y niñas preadolescentes. Entre ellos, quien llamó la atención de Kyo fue Yenkis. Lo reconoció al instante, básicamente porque Yenkis era una copia de Neuval en miniatura. Igual que le había ocurrido con Cleven, Kyo volvió a sentir esa nostalgia al ver a Yenkis, especialmente al encontrarlo tan grande y mayor.
Sabía que Yenkis no se acordaría de él en absoluto, ya que él era el más pequeño de la familia cuando los Lao y los Vernoux se separaron tras la tragedia de Katya. A Kyo aún le daba rabia y pena esta situación. Incluso odiaba esa diferenciación entre los apellidos “Vernoux” y “Lao”, cuando todos ellos eran Lao.
Tres minutos después de haber perdido de vista a la panda de Yenkis, Kyo se dio cuenta de que Drasik, Sakura y él ya estaban en mitad del festival, perdidos en un laberinto de gente, ruido y casetas. Fue cuando divisó, no muy lejos de donde estaban, a Yako y a todos los demás.
—Hey —avisó a los otros dos—. Mirad, todos están allí.
—¡Bien! Vamos —se alegró Drasik, pero Sakura tiró de su brazo.
—Se supone que esto es una cita —se enfadó—. Tenemos que estar a solas.
—¿Eeeh? —a Drasik se le cayó el alma a los pies.
—¿Zuofreno, zuofreno? —dijo la chica, olisqueando el aire—. ¿Huelo a zuofreno?
—¡Me está chantajeando! —exclamó Drasik, mirando a Kyo—. ¡Me está chantajeando cruelmente! ¡Kyo!
—No me eches la culpa —se encogió de hombros, divertido—. Déjale ir a saludar al menos, Sui-chan —le pidió a Sakura.
—Bueeeno —aceptó la chica a regañadientes—. Pero sólo a saludar. Luego nos vamos tú y yo solitos al estanque de nenúfares, Drasik.
A Drasik se le escapó el alma por la boca, y, arrastrando los pies, se fue con ambos hacia donde estaban sus amigos. A él, que le gustaban todas las chicas de todos los tipos, Sakura era la única a la que no podía soportar. Le cortaba el rollo. Y seguramente era porque Sakura era una iris igual que él y del mismo elemento que él. Por eso, no le suponía un reto, una emoción nueva. Venía viviendo esto desde que eran niños, cuando comenzaron a trabajar en las dos RS hermanas a las que pertenecían. Era Drasik quien perseguía a las chicas, no al revés.
—¡Oh, Kyo! —exclamó Nakuru al verlos ahí.
—¡Hey, Kyo, Dras! —sonrió Yako, que ya habían encontrado a los demás—. Y Sakura, ¿qué tal?
—Sálvameee... —le susurró Drasik con cara desesperada, y Yako, entendiendo lo que pasaba porque no era la primera vez que lo veía atrapado entre los tentáculos de Sakura, se rio e hizo aspavientos.
Cleven sonrió al ver a Kyo y ambos se saludaron con un sencillo gesto de la mano. Nakuru hizo las presentaciones con Álex y todos se pusieron a charlar. Kain, cuyo pasatiempo preferido solía ser escuchar las batallitas de los iris mientras trabajaba en la cafetería, atrapó a Kyo para hacerle todo tipo de preguntas acerca de su primera experiencia como iris enfrentándose a los rivales de la MRS, de lo que se había acabado enterando por Yako. Por otra parte, Sam y Raijin se fueron a comprar takoyaki al puesto de al lado.
—¡Princesa! —exclamó Drasik al reparar en Cleven, y agitó el brazo que no tenía aprisionado como seña de que viniera.
—Hm... —sonrió Cleven con malicia, accediendo a su petición, y miró a Sakura—. Hacéis buena pareja.
—¿A que sí? —dijo Sakura, observándola con una sonrisa falsa, recelosa por dentro, y pegándose más a Drasik para dejarle claro que era suyo, lo que a Cleven, adivinando ese gesto, le importaba un pito—. ¿Y tú eres...?
—Cleventine.
Sakura frunció el ceño un momento.
—Tú… me suenas de algo… de hace mucho tiempo —dudó la gal.
—Claro. Vamos al mismo instituto —sonrió Cleven con una gran simpatía fingida—. Soy “la pelirroja que no sabe combinar la ropa y parece que nunca se peina”. Tal como me describiste una vez.
—Aaah, sí, sí… —la señaló Sakura—. Esa eres tú, sí. Pero me sigues sonando de algún tiempo lejano.
—Quizá tanto maquillaje te nubla un poco la memoria. ¿Y tú eras, si me permites el placer?
—Sakura Suzuki, todo el mundo lo sabe —contestó con un gesto ofendido, y sacudió su cuidada melena castaña.
—¿Suzuki? —se sorprendió Cleven—. ¿Tienes algo que ver con el director Suzuki de nuestro instituto?
—Obvio, el director es mi abuelo —hizo aspavientos—. ¿Cómo no lo sabes? Y aunque sea un viejo pesado aficionado a castigar a todos los alumnos y a ser un aguafiestas, no le consiento a nadie que hable mal de él en mi presencia.
—Tú estás hablando mal de él ahora —saltó Cleven.
—Yo sí puedo hacerlo —le espetó—. Así que si quieres despotricar contra él como hacen todos en el instituto, más te vale que yo no te oiga.
—Sakura no aguanta a su abuelo, igual que todos, y es la primera en no respetar sus normas en el instituto —le explicó Drasik a Cleven—. Pero siempre lo defiende.
—Eso no tiene mucho sentido... —se mosqueó Cleven.
—Si no fuera por él, yo ahora no estaría viva, ¿vale? —declaró Sakura con un inesperado tono cargado de seriedad.
—¿Qué? No entiendo nada, ¿a qué te refieres con...?
Cleven se calló, se dio cuenta en ese momento de que Drasik le estaba diciendo algo a gritos pero sin emitir voz, poniendo caras de súplica, pidiéndole que lo salvara de su cita no deseada. Ante esto, Cleven sonrió con malicia otra vez.
—Bueno, os dejo, Drasik parece estar deseando estar a solas contigo —dijo, despidiéndose con la mano.
Dos cascadas de lágrimas silenciosas aparecieron cayendo de los ojos de Drasik, roto por dentro. Cleven no podía saber que el pobre estaba pasando un mal trago para ayudar a su amigo.
—Sí, vamos, Sui-chan —apremió la chica, alejándolo de allí arrastras—. Cómprame ningyoyaki.
—¿Te lo tengo que comprar yo? —protestó Drasik, y se perdieron de vista.
Cleven los siguió con la mirada, un poco sorprendida. «¿Cómo lo ha llamado? ¿Sui-chan? ¿De qué me suena eso?» se preguntó. Sin embargo, el delicioso olor del takoyaki se le plantó en las narices y se dio la vuelta con ojos brillantes. Se topó con Raijin, ahí de pie, metiéndose una bolita de takoyaki en la boca, que acababa de comprar con Sam. Él se dio cuenta de cómo la joven observaba los tres palitos con una albóndiga pinchada en cada uno que sostenía en una mano. Para sorpresa de Cleven, Raijin le ofreció un palito. Tardó en reaccionar. El rubio seguía ahí expresando su frialdad de siempre, esperando.
Finalmente, Cleven cogió el pincho y esbozó una sonrisa sonrojada.
—¿Qué significa esto? —le preguntó—. No es propio de ti, pero gracias.
Como toda respuesta, Raijin se dio la vuelta, en silencio, y se reunió con Yako, Sam, Kain y Kyo, que habían empezado a hablar sobre la función que iba a comenzar en pocos minutos. Cleven permaneció observando a Raijin, sin tocar el takoyaki todavía.
«¿Qué le ocurre?» se preguntó, «¿De dónde ha sacado esa amabilidad tan de repente?». La joven se unió al corro que formaban MJ, la prometida de Kain, Nakuru y Álex, comiéndose la albóndiga entera como un pato. «De verdad está un poco raro» siguió pensando, «Pero… ¿y si en realidad soy yo, que sólo estoy viendo una cara de él, creyendo que es su única cara? Si algo he aprendido del idiota de Kaoru, es que una persona parece cambiar conforme te relacionas más con ella. Pero no es que esté cambiando. Es que te está mostrando más de su interior, su verdadero yo. Quizá es que Raijin realmente sabe ser amable con la gente, pero no al principio, no cuando aún no hay confianza. Quizá… es que Raijin está empezando a verme más cercana y a confiar más en mí. Y me está mostrando, no un Raijin diferente, sino al Raijin real».
Cleven volvió a mirar al rubio, con una nueva emoción latiéndole en el pecho, sonrojándose, cada vez más ilusionada. «Sólo es… una persona precavida… porque ha sufrido mucho. Sí… Eso es. No es una persona fría que me odie. Sólo es alguien que ha estado estos días decidiendo si me acepta o no, si soy o no de fiar. Como amiga, al menos. O… ¿como algo más, tal vez? ¿Sería demasiado ingenuo por mi parte imaginar que Raijin puede estar desarrollando sentimientos por mí? ¿Tan imposible es? ¿Sería mucho pedir? En el cementerio me contó cosas muy personales… y aun así parecía cómodo haciéndolo. En la primera comida que tuvimos, y en la discoteca, pareció muy afectado por las cosas que le dije. ¿Con otras personas también se habría sentido así? No sé…».
Cuanto más introducía en su mente la imagen de Raijin, ahí de pie, comiendo sus bolitas de pulpo y escuchando tranquilamente lo que decían los otros, más vértigo sentía dentro. Un cosquilleo le recorría el estómago, un ardor subía por sus mejillas, más fuerte latía su corazón. Justo en ese momento, Raijin la pilló mirándolo de aquella forma embobada. Los dos se cruzaron con la mirada del otro y tanto él como ella la apartaron con sobresalto y disimulo. Con un nuevo sentimiento de timidez, Cleven optó por dejar de delatarse tanto y meterse en la conversación de sus amigas.
—“¡Atención, señoras, señores... niños y niñas!” —sonó una voz potente y grave por todo el lugar desde unos altavoces predispuestos en diversos puntos del gran patio del templo—. “¡Les habla el samurái Saigo Takamori, líder de la facción imperial! ¡En breves momentos podrán presenciar la representación del comienzo de la guerra Boshin, que marcó un antes y un después en nuestra nación! ¡Para aquellos que vienen por primera vez, disfruten y aprendan este pedacito de nuestra historia sobre el fin de una era en Japón y el inicio de otra nueva!”
La gente empezó a silbar, a aplaudir y soltar gritos de ánimo.
—Guay, ya empieza —se entusiasmó Álex, abrazando a Nakuru por la espalda.
—Vamos a ponernos más cerca para ver —dijo esta, cogiendo de la mano a Álex y a Cleven.
Las tres se fueron y los demás las siguieron por detrás, con ganas de ver algo de acción. Consiguieron ponerse casi en la primera fila del espacio que habían dejado en mitad del recinto, limitado por vallas de seguridad. Todo se llenó de agitación y mucho ruido.
—“¡Los niños y niñas que quieran participar en el acto principal de hoy, aventuraos a venir al templo!” —añadió aquella voz de los altavoces.
Los monitores que estaban a cargo de los niños que se habían apuntado para participar se los llevaron en fila hacia una puerta del edificio. Entre ellos, estaban Clover y Daisuke. Cleven llegó a divisar a su hermano pequeño al otro lado de la zona, en primera fila con sus amigos. Cuando Yenkis reparó en ella, la saludó enérgicamente, y ella le devolvió el saludo.
—Veo que tu hermano ya no participa en esto —le comentó Nakuru a su amiga, saludando también a Yenkis con la mano.
—Ya está mayor para eso —se rio.
—No habrá venido con tu padre, ¿verdad? —se preocupó Nakuru.
—Por supuesto que no. De ser así, Yenkis me lo habría dicho. Ha venido con sus amigos nada más.
La función comenzó con un sonoro petardo que desprendió humo desde el templo y varios actores disfrazados de samuráis, con espadas y “montando” marionetas con forma de caballos, corriendo por el patio, donde varios técnicos iban colocando o moviendo atrezo.
Cleven disfrutó mucho, rodeada de la gente con la que tan a gusto se sentía, y justo al lado de Raijin, que ahora estaba de espaldas a ella para mirar hacia el templo, apoyado tranquilamente en la valla de seguridad. Cuando llegó la parte en la que intervenían los niños, que hacían de guerreros de ambos bandos, Cleven se partió de risa al ver allí a Daisuke rodeado de los demás niños, con cara seria y con aire de tipo duro, tomándose su papel al pie de la letra, y a su lado estaba Clover.
A todos los niños, incluso a las niñas, les habían pintado un bigote, a otros una barba, y también les habían puesto unas cejas pobladas postizas, pareciendo mini guerreros samuráis de verdad. Cleven, Nakuru y Yako estuvieron riéndose sin parar al ver a los mellizos con bigote y barba.
Daisuke fue elegido como el cabecilla de una de las dos tropas que hicieron, y representó su papel como si le fuera la vida en ello.
—¿Has visto qué cara de serio tiene Daisuke? —le preguntó Yako a Raijin—. ¡Y qué disciplinado! ¡Ojalá se portase así de obediente en mi café! ¿Eh?
Cleven escuchó el comentario y se rio. Luego le pareció oír que Raijin decía algo como “mocoso” con aire indiferente y continuaron viendo la función.
Cuarenta y cinco minutos después terminó el primer acto, y la gente se quedó con las ganas de ver el segundo, pero tenían que esperar hasta mañana. Empezaron a dispersarse de nuevo para seguir con el festival. Aún eran las nueve de la noche, aquello se acababa a las once, por lo que todos se apresuraron a aprovechar el tiempo que quedaba visitando los puestos que aún no habían visitado.
—¡Ha sido alucinante! —exclamó Álex.
—¿Verdad? —afirmó Nakuru.
Cleven vio que Raijin, Yako, Sam y los otros universitarios se iban a la zona de alimentos para beber algo. Kyo fue con ellos, y Cleven fue a seguirlos, con Raijin puesto en su punto de mira. Sin embargo, Nakuru la cogió del brazo y la obligó a irse con ella y con Álex a visitar los puestos de juegos, a ver si ganaban algo. Cleven, un poco chafada por no poder seguir cerca de Raijin, acabó aceptando de buena gana.
Las tres se divirtieron bastante. En uno de los juegos, Nakuru consiguió un conejo de peluche enorme y se lo regaló a Álex, escena que enterneció a Cleven. Se imaginó entonces, en su alocada cabeza, una escena similar con ella y con Raijin, este dándole un oso de peluche enorme con una sonrisa en la cara. Sin embargo, no pudo imaginarse la sonrisa de Raijin, ya que nunca la había visto.
—Me pregunto dónde estará Drasik —comentó Nakuru, mientras paseaban por la zona.
—¿Es el chico de los pelos alocados de antes, que está en vuestra clase? —preguntó Álex—. Mira, está allí con esa chica gal.
Las tres vieron al pobre Drasik siendo arrastrado a la fuerza por Sakura hacia los puestos de juegos a unos metros más allá, entre la muchedumbre, con esta dando voces.
—¡Vamos, cariño! ¡Quiero esa jirafa de peluche! —le decía—. ¡Consíguela para mí!
Más que una petición parecía una amenaza, y las tres se rieron ante aquella escena en la que Drasik iba con cara de muerto, dejándose llevar, tal vez porque se le habían agotado las fuerzas como para resistirse. Poco después, Cleven vio a las otras dos diciéndose cosas al oído, tras lo cual Nakuru se acercó a ella con cara tímida.
—Cleven, Álex y yo vamos a dar un paseo...
—No digas más —rio Cleven—. No os preocupéis por mí, me iré con los demás.
—Gracias —sonrieron las dos.
—Pasadlo bien —se despidió de ellas y se marchó a buscar a los chicos.
—¡Ay, Drasik, camina más rápido! —le reprochó Sakura, pegada como una lapa al pobre chico.
—Aaay... —suspiró él, agotado.
Kyo, que caminaba tras ellos, observaba a su amigo sufriendo como un perro con un dueño pesado. Desde luego no le gustaría estar en su lugar. Después de haber recogido el estropicio de antes del laboratorio a causa de las explosiones, Drasik se fue durante una hora, sin decirle a Kyo a dónde iba, y apareció rato después en la puerta de su casa con Sakura aferrada a su brazo, sonriente, y él con cara de muerto.
Le vinieron los dos con lo de ir al festival de repente, y Drasik le explicó que había ido a pedirle prestado a Sakura un bote de zuofreno, ingrediente esencial para el opuritaserum, ya que Sakura también se había especializado en técnicas químicas. Y ella, tan presumida, gal de pies a cabeza, le dijo que se lo daría si iba con ella de acompañante al festival. Tras un momento de decidir entre la vida o la muerte, entre soportar cuatro horas haciendo de perro faldero de la chica para salvar a Kyo o pasar del tema y salvarse a sí mismo, Drasik no tuvo otra opción, claro estaba.
Kyo, por eso, le estaba enormemente agradecido por el sacrificio que estaba haciendo. Como Drasik le suplicó a Kyo con la mirada que viniese con ellos y que no lo dejase solo con esta calamar, Kyo había aceptado como compensación por hacerle su medicina. Y cada vez que Sakura le preguntaba al neoyorquino para qué quería un ingrediente tan relevante, tenía que inventarse una mentira como podía, puesto que ni ella ni nadie debía saber nada acerca de la razón por la que Kyo necesitaba el opurita.
Pasando los tres por el tori de entrada para unirse a la fiesta, Kyo vio que cerca de ellos andaba una pandilla de unos diez niños y niñas preadolescentes. Entre ellos, quien llamó la atención de Kyo fue Yenkis. Lo reconoció al instante, básicamente porque Yenkis era una copia de Neuval en miniatura. Igual que le había ocurrido con Cleven, Kyo volvió a sentir esa nostalgia al ver a Yenkis, especialmente al encontrarlo tan grande y mayor.
Sabía que Yenkis no se acordaría de él en absoluto, ya que él era el más pequeño de la familia cuando los Lao y los Vernoux se separaron tras la tragedia de Katya. A Kyo aún le daba rabia y pena esta situación. Incluso odiaba esa diferenciación entre los apellidos “Vernoux” y “Lao”, cuando todos ellos eran Lao.
Tres minutos después de haber perdido de vista a la panda de Yenkis, Kyo se dio cuenta de que Drasik, Sakura y él ya estaban en mitad del festival, perdidos en un laberinto de gente, ruido y casetas. Fue cuando divisó, no muy lejos de donde estaban, a Yako y a todos los demás.
—Hey —avisó a los otros dos—. Mirad, todos están allí.
—¡Bien! Vamos —se alegró Drasik, pero Sakura tiró de su brazo.
—Se supone que esto es una cita —se enfadó—. Tenemos que estar a solas.
—¿Eeeh? —a Drasik se le cayó el alma a los pies.
—¿Zuofreno, zuofreno? —dijo la chica, olisqueando el aire—. ¿Huelo a zuofreno?
—¡Me está chantajeando! —exclamó Drasik, mirando a Kyo—. ¡Me está chantajeando cruelmente! ¡Kyo!
—No me eches la culpa —se encogió de hombros, divertido—. Déjale ir a saludar al menos, Sui-chan —le pidió a Sakura.
—Bueeeno —aceptó la chica a regañadientes—. Pero sólo a saludar. Luego nos vamos tú y yo solitos al estanque de nenúfares, Drasik.
A Drasik se le escapó el alma por la boca, y, arrastrando los pies, se fue con ambos hacia donde estaban sus amigos. A él, que le gustaban todas las chicas de todos los tipos, Sakura era la única a la que no podía soportar. Le cortaba el rollo. Y seguramente era porque Sakura era una iris igual que él y del mismo elemento que él. Por eso, no le suponía un reto, una emoción nueva. Venía viviendo esto desde que eran niños, cuando comenzaron a trabajar en las dos RS hermanas a las que pertenecían. Era Drasik quien perseguía a las chicas, no al revés.
—¡Oh, Kyo! —exclamó Nakuru al verlos ahí.
—¡Hey, Kyo, Dras! —sonrió Yako, que ya habían encontrado a los demás—. Y Sakura, ¿qué tal?
—Sálvameee... —le susurró Drasik con cara desesperada, y Yako, entendiendo lo que pasaba porque no era la primera vez que lo veía atrapado entre los tentáculos de Sakura, se rio e hizo aspavientos.
Cleven sonrió al ver a Kyo y ambos se saludaron con un sencillo gesto de la mano. Nakuru hizo las presentaciones con Álex y todos se pusieron a charlar. Kain, cuyo pasatiempo preferido solía ser escuchar las batallitas de los iris mientras trabajaba en la cafetería, atrapó a Kyo para hacerle todo tipo de preguntas acerca de su primera experiencia como iris enfrentándose a los rivales de la MRS, de lo que se había acabado enterando por Yako. Por otra parte, Sam y Raijin se fueron a comprar takoyaki al puesto de al lado.
—¡Princesa! —exclamó Drasik al reparar en Cleven, y agitó el brazo que no tenía aprisionado como seña de que viniera.
—Hm... —sonrió Cleven con malicia, accediendo a su petición, y miró a Sakura—. Hacéis buena pareja.
—¿A que sí? —dijo Sakura, observándola con una sonrisa falsa, recelosa por dentro, y pegándose más a Drasik para dejarle claro que era suyo, lo que a Cleven, adivinando ese gesto, le importaba un pito—. ¿Y tú eres...?
—Cleventine.
Sakura frunció el ceño un momento.
—Tú… me suenas de algo… de hace mucho tiempo —dudó la gal.
—Claro. Vamos al mismo instituto —sonrió Cleven con una gran simpatía fingida—. Soy “la pelirroja que no sabe combinar la ropa y parece que nunca se peina”. Tal como me describiste una vez.
—Aaah, sí, sí… —la señaló Sakura—. Esa eres tú, sí. Pero me sigues sonando de algún tiempo lejano.
—Quizá tanto maquillaje te nubla un poco la memoria. ¿Y tú eras, si me permites el placer?
—Sakura Suzuki, todo el mundo lo sabe —contestó con un gesto ofendido, y sacudió su cuidada melena castaña.
—¿Suzuki? —se sorprendió Cleven—. ¿Tienes algo que ver con el director Suzuki de nuestro instituto?
—Obvio, el director es mi abuelo —hizo aspavientos—. ¿Cómo no lo sabes? Y aunque sea un viejo pesado aficionado a castigar a todos los alumnos y a ser un aguafiestas, no le consiento a nadie que hable mal de él en mi presencia.
—Tú estás hablando mal de él ahora —saltó Cleven.
—Yo sí puedo hacerlo —le espetó—. Así que si quieres despotricar contra él como hacen todos en el instituto, más te vale que yo no te oiga.
—Sakura no aguanta a su abuelo, igual que todos, y es la primera en no respetar sus normas en el instituto —le explicó Drasik a Cleven—. Pero siempre lo defiende.
—Eso no tiene mucho sentido... —se mosqueó Cleven.
—Si no fuera por él, yo ahora no estaría viva, ¿vale? —declaró Sakura con un inesperado tono cargado de seriedad.
—¿Qué? No entiendo nada, ¿a qué te refieres con...?
Cleven se calló, se dio cuenta en ese momento de que Drasik le estaba diciendo algo a gritos pero sin emitir voz, poniendo caras de súplica, pidiéndole que lo salvara de su cita no deseada. Ante esto, Cleven sonrió con malicia otra vez.
—Bueno, os dejo, Drasik parece estar deseando estar a solas contigo —dijo, despidiéndose con la mano.
Dos cascadas de lágrimas silenciosas aparecieron cayendo de los ojos de Drasik, roto por dentro. Cleven no podía saber que el pobre estaba pasando un mal trago para ayudar a su amigo.
—Sí, vamos, Sui-chan —apremió la chica, alejándolo de allí arrastras—. Cómprame ningyoyaki.
—¿Te lo tengo que comprar yo? —protestó Drasik, y se perdieron de vista.
Cleven los siguió con la mirada, un poco sorprendida. «¿Cómo lo ha llamado? ¿Sui-chan? ¿De qué me suena eso?» se preguntó. Sin embargo, el delicioso olor del takoyaki se le plantó en las narices y se dio la vuelta con ojos brillantes. Se topó con Raijin, ahí de pie, metiéndose una bolita de takoyaki en la boca, que acababa de comprar con Sam. Él se dio cuenta de cómo la joven observaba los tres palitos con una albóndiga pinchada en cada uno que sostenía en una mano. Para sorpresa de Cleven, Raijin le ofreció un palito. Tardó en reaccionar. El rubio seguía ahí expresando su frialdad de siempre, esperando.
Finalmente, Cleven cogió el pincho y esbozó una sonrisa sonrojada.
—¿Qué significa esto? —le preguntó—. No es propio de ti, pero gracias.
Como toda respuesta, Raijin se dio la vuelta, en silencio, y se reunió con Yako, Sam, Kain y Kyo, que habían empezado a hablar sobre la función que iba a comenzar en pocos minutos. Cleven permaneció observando a Raijin, sin tocar el takoyaki todavía.
«¿Qué le ocurre?» se preguntó, «¿De dónde ha sacado esa amabilidad tan de repente?». La joven se unió al corro que formaban MJ, la prometida de Kain, Nakuru y Álex, comiéndose la albóndiga entera como un pato. «De verdad está un poco raro» siguió pensando, «Pero… ¿y si en realidad soy yo, que sólo estoy viendo una cara de él, creyendo que es su única cara? Si algo he aprendido del idiota de Kaoru, es que una persona parece cambiar conforme te relacionas más con ella. Pero no es que esté cambiando. Es que te está mostrando más de su interior, su verdadero yo. Quizá es que Raijin realmente sabe ser amable con la gente, pero no al principio, no cuando aún no hay confianza. Quizá… es que Raijin está empezando a verme más cercana y a confiar más en mí. Y me está mostrando, no un Raijin diferente, sino al Raijin real».
Cleven volvió a mirar al rubio, con una nueva emoción latiéndole en el pecho, sonrojándose, cada vez más ilusionada. «Sólo es… una persona precavida… porque ha sufrido mucho. Sí… Eso es. No es una persona fría que me odie. Sólo es alguien que ha estado estos días decidiendo si me acepta o no, si soy o no de fiar. Como amiga, al menos. O… ¿como algo más, tal vez? ¿Sería demasiado ingenuo por mi parte imaginar que Raijin puede estar desarrollando sentimientos por mí? ¿Tan imposible es? ¿Sería mucho pedir? En el cementerio me contó cosas muy personales… y aun así parecía cómodo haciéndolo. En la primera comida que tuvimos, y en la discoteca, pareció muy afectado por las cosas que le dije. ¿Con otras personas también se habría sentido así? No sé…».
Cuanto más introducía en su mente la imagen de Raijin, ahí de pie, comiendo sus bolitas de pulpo y escuchando tranquilamente lo que decían los otros, más vértigo sentía dentro. Un cosquilleo le recorría el estómago, un ardor subía por sus mejillas, más fuerte latía su corazón. Justo en ese momento, Raijin la pilló mirándolo de aquella forma embobada. Los dos se cruzaron con la mirada del otro y tanto él como ella la apartaron con sobresalto y disimulo. Con un nuevo sentimiento de timidez, Cleven optó por dejar de delatarse tanto y meterse en la conversación de sus amigas.
—“¡Atención, señoras, señores... niños y niñas!” —sonó una voz potente y grave por todo el lugar desde unos altavoces predispuestos en diversos puntos del gran patio del templo—. “¡Les habla el samurái Saigo Takamori, líder de la facción imperial! ¡En breves momentos podrán presenciar la representación del comienzo de la guerra Boshin, que marcó un antes y un después en nuestra nación! ¡Para aquellos que vienen por primera vez, disfruten y aprendan este pedacito de nuestra historia sobre el fin de una era en Japón y el inicio de otra nueva!”
La gente empezó a silbar, a aplaudir y soltar gritos de ánimo.
—Guay, ya empieza —se entusiasmó Álex, abrazando a Nakuru por la espalda.
—Vamos a ponernos más cerca para ver —dijo esta, cogiendo de la mano a Álex y a Cleven.
Las tres se fueron y los demás las siguieron por detrás, con ganas de ver algo de acción. Consiguieron ponerse casi en la primera fila del espacio que habían dejado en mitad del recinto, limitado por vallas de seguridad. Todo se llenó de agitación y mucho ruido.
—“¡Los niños y niñas que quieran participar en el acto principal de hoy, aventuraos a venir al templo!” —añadió aquella voz de los altavoces.
Los monitores que estaban a cargo de los niños que se habían apuntado para participar se los llevaron en fila hacia una puerta del edificio. Entre ellos, estaban Clover y Daisuke. Cleven llegó a divisar a su hermano pequeño al otro lado de la zona, en primera fila con sus amigos. Cuando Yenkis reparó en ella, la saludó enérgicamente, y ella le devolvió el saludo.
—Veo que tu hermano ya no participa en esto —le comentó Nakuru a su amiga, saludando también a Yenkis con la mano.
—Ya está mayor para eso —se rio.
—No habrá venido con tu padre, ¿verdad? —se preocupó Nakuru.
—Por supuesto que no. De ser así, Yenkis me lo habría dicho. Ha venido con sus amigos nada más.
La función comenzó con un sonoro petardo que desprendió humo desde el templo y varios actores disfrazados de samuráis, con espadas y “montando” marionetas con forma de caballos, corriendo por el patio, donde varios técnicos iban colocando o moviendo atrezo.
Cleven disfrutó mucho, rodeada de la gente con la que tan a gusto se sentía, y justo al lado de Raijin, que ahora estaba de espaldas a ella para mirar hacia el templo, apoyado tranquilamente en la valla de seguridad. Cuando llegó la parte en la que intervenían los niños, que hacían de guerreros de ambos bandos, Cleven se partió de risa al ver allí a Daisuke rodeado de los demás niños, con cara seria y con aire de tipo duro, tomándose su papel al pie de la letra, y a su lado estaba Clover.
A todos los niños, incluso a las niñas, les habían pintado un bigote, a otros una barba, y también les habían puesto unas cejas pobladas postizas, pareciendo mini guerreros samuráis de verdad. Cleven, Nakuru y Yako estuvieron riéndose sin parar al ver a los mellizos con bigote y barba.
Daisuke fue elegido como el cabecilla de una de las dos tropas que hicieron, y representó su papel como si le fuera la vida en ello.
—¿Has visto qué cara de serio tiene Daisuke? —le preguntó Yako a Raijin—. ¡Y qué disciplinado! ¡Ojalá se portase así de obediente en mi café! ¿Eh?
Cleven escuchó el comentario y se rio. Luego le pareció oír que Raijin decía algo como “mocoso” con aire indiferente y continuaron viendo la función.
Cuarenta y cinco minutos después terminó el primer acto, y la gente se quedó con las ganas de ver el segundo, pero tenían que esperar hasta mañana. Empezaron a dispersarse de nuevo para seguir con el festival. Aún eran las nueve de la noche, aquello se acababa a las once, por lo que todos se apresuraron a aprovechar el tiempo que quedaba visitando los puestos que aún no habían visitado.
—¡Ha sido alucinante! —exclamó Álex.
—¿Verdad? —afirmó Nakuru.
Cleven vio que Raijin, Yako, Sam y los otros universitarios se iban a la zona de alimentos para beber algo. Kyo fue con ellos, y Cleven fue a seguirlos, con Raijin puesto en su punto de mira. Sin embargo, Nakuru la cogió del brazo y la obligó a irse con ella y con Álex a visitar los puestos de juegos, a ver si ganaban algo. Cleven, un poco chafada por no poder seguir cerca de Raijin, acabó aceptando de buena gana.
Las tres se divirtieron bastante. En uno de los juegos, Nakuru consiguió un conejo de peluche enorme y se lo regaló a Álex, escena que enterneció a Cleven. Se imaginó entonces, en su alocada cabeza, una escena similar con ella y con Raijin, este dándole un oso de peluche enorme con una sonrisa en la cara. Sin embargo, no pudo imaginarse la sonrisa de Raijin, ya que nunca la había visto.
—Me pregunto dónde estará Drasik —comentó Nakuru, mientras paseaban por la zona.
—¿Es el chico de los pelos alocados de antes, que está en vuestra clase? —preguntó Álex—. Mira, está allí con esa chica gal.
Las tres vieron al pobre Drasik siendo arrastrado a la fuerza por Sakura hacia los puestos de juegos a unos metros más allá, entre la muchedumbre, con esta dando voces.
—¡Vamos, cariño! ¡Quiero esa jirafa de peluche! —le decía—. ¡Consíguela para mí!
Más que una petición parecía una amenaza, y las tres se rieron ante aquella escena en la que Drasik iba con cara de muerto, dejándose llevar, tal vez porque se le habían agotado las fuerzas como para resistirse. Poco después, Cleven vio a las otras dos diciéndose cosas al oído, tras lo cual Nakuru se acercó a ella con cara tímida.
—Cleven, Álex y yo vamos a dar un paseo...
—No digas más —rio Cleven—. No os preocupéis por mí, me iré con los demás.
—Gracias —sonrieron las dos.
—Pasadlo bien —se despidió de ellas y se marchó a buscar a los chicos.
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