1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Cleven encontró a los demás en un puesto de bebidas, los menores tomando unos refrescos y los mayores como Kain y su prometida tomando unas copas de sake. Pero se percató de que Yako estaba corriendo hacia ella en ese momento.
—¡Hey, Cleven! —exclamó, pasando un brazo sobre sus hombros y llevándola hacia donde estaban los demás—. Te estaba buscando. En diez minutos nos vamos a mi casa. ¿Quieres cambiarte de ropa? ¿Necesitas ir a cambiarte?
—No te preocupes, estoy cómoda así —sonrió—. No pasa nada, ¿no?
—No. Es más, MJ tampoco va a cambiarse.
—Vale.
—¿Una copita de sake, pelirroja? —le invitó Kain, que ya iba contento.
—Kain, ¡no le ofrezcas alcohol a una menor en público! —le reprochó su prometida—. Que nos metes en problemas.
—Hahah… No os preocupéis, yo me espero hasta llegar a la casa de Yako —señaló Cleven a este—, que me dejará beber un poquito. ¿Verdad?
—Hmmm… —rezongó Yako—. Bueno, un poquito. Pero no bebas demasiado, ¿eh? Que eres humana y me puede caer un buen problema…
—¿Cómo? —se extrañó Cleven.
—¡Ah! —se percató Yako, y sonrió nervioso—. No, digo que… que eres menor de edad.
—Tranqui —rio Cleven—. Ah, ¿dónde está Raijin? —preguntó, al darse cuenta de que faltaba el rubio.
—La última vez que lo vi se estaba dirigiendo hacia allí —le indicó Yako—. Por ahí se va al estanque, puede que ande por ahí.
—¿Se ha ido solo? —se extrañó la joven, y Yako se encogió de hombros.
—¿Puedes ir a buscarlo y decirle que nos vamos dentro de poco?
—Claro. Ahora lo traigo.
Cleven se recorrió una vez más el recinto entero en dirección al estanque. De camino, divisó a los mellizos en la lejanía acompañados por la anciana de siempre. Parecía que ya se iban a casa, por lo que lamentó no haber podido ir a saludarlos y felicitarlos por la actuación que habían hecho.
Cruzando una zona de matorrales y árboles, se le presentó el espectacular paisaje del estanque. Le impactó el reflejo de la luna llena en la superficie negra del agua y alzó la vista para verla.
—Vaya… Menuda luna —murmuró.
Adentrándose unos pasos más hasta llegar a la cima de una pendiente que bajaba hasta la orilla del estanque, lo vio, y se paró un momento, para contemplarlo. Raijin estaba sentado sobre la hierba, de piernas cruzadas, con la mirada fija en la luna reflejada en el agua y fumándose un cigarrillo.
No había nadie más por aquella zona, y el barullo del festival ya no se oía. Reinaba un silencio nocturno que relajaba mente y cuerpo al instante. Cleven bajó entonces la pendiente, tuvo que hacerlo con cuidado porque con esa inclinación la hierba resbalaba de la suela de madera de sus sandalias. Primero fue bajando de lado pasito a pasito, y como se le hacía eterno, probó en zig-zag. Pudo bajar así, con delicadeza y su elegante kimono, unos cuatro metros... hasta que metió el pie en un pequeño hoyo, perdió el equilibro, se dio de bruces contra el suelo y rodó cuesta abajo como la croqueta más triste y ridícula del mundo.
Como si nada de nada hubiera pasado, se puso en pie de un brinco nada más llegar abajo, así disimulando, con cara de gran susto y el pelo lleno de hierbajos, mirando hacia todos los lados y hacia Raijin esperando que ningún ser vivo hubiera sido testigo de tamaña torpeza. Tuvo suerte. El chico no lo había oído. Entonces caminó hacia él y se detuvo a un par de metros tras su espalda.
—Raijin... —lo llamó tímidamente.
—Mm... —murmuró, sin volverse hacia ella.
—Yako dice que nos vamos dentro de poco a su fiesta. Supongo que ya te habrá dicho que voy yo.
—Sí.
—¿Vamos? —sonrió—. Nos están esperando.
—Ya voy —musitó.
No obstante, siguió ahí sentado sobre la hierba, observando la lejanía en silencio. Cleven lo miró un poco confusa y se sentó a su lado.
—¿Ocurre algo?
—No.
Fue a preguntarle a qué estaba esperando, pero al verlo tan concentrado y tranquilo, rodeado de esa paz, decidió no decir nada, y se limitó a observar con él el reflejo de la luna. De pronto cayó en la cuenta de algo. Que ella recordase, “yue” significaba “luna” en chino. Con esto en la cabeza, miró a Raijin con pesadumbre, imaginándose que tal vez estaba pensando en Yue, y se sintió un poco intrusa.
Pero no. Había otra cosa diferente a nostalgia y tristeza en los ojos de Raijin. Había bienestar y calma. Sintió ganas de preguntarle si la echaba de menos, o si estaba recordando los buenos momentos con ella... pero no lo vio apropiado. No era del todo seguro que de verdad estuviese pensando en Yue como para preguntarle cosas así de repente. Entonces empezó a incomodarse, pensando en irse y dejar que Raijin se reuniese con ellos cuando quisiese.
—¿No vas a pedir un deseo? —preguntó el chico repentinamente.
Cleven volvió la vista a él con sobresalto. Luego miró hacia el estanque que se expandía frente a sus ojos, recordando que había una vaga tradición, más una ilusión de los jóvenes de muchas épocas que verdadera, que era pedir un deseo cuando la luna llena se reflejaba en el estanque del templo. «Bonita casualidad» se dijo Cleven.
—Ah... Pues no sé.
—¿Vas a esperar un mes para poder hacerlo?
La joven frunció los labios, sin saber qué decir. Raijin la miró por el rabillo de su ojo derecho, manteniendo el izquierdo guiñado y lejos del alcance de la vista de Cleven, ya que con esa oscuridad emitía su característica luz amarilla.
—Vale —dijo Cleven, poniéndose firme, y juntó las palmas de las manos, cerrando los ojos—. Deseo que el rubio más idiota del mundo me diga en qué piensa, y su nombre, y su comida favorita.
Se quedó así un momento, esperando que él dijese algo, pero al no oír ni mosca abrió un ojo y vio que este la miraba con una ceja arqueada.
—Vale, bromas aparte, ¿no? —se rio.
—¿Qué es lo que deseas? —volvió a preguntar Raijin, sereno.
—Qué raro que tú me preguntes cosas personales, ¿por qué quieres saberlo?
Raijin volvió la vista al frente. Tardó un poco en contestar.
—Porque... si no te has dado cuenta aún, suelo tener dificultades para entender a la gente que me rodea. Y... —cogió aire para soltarlo en un suspiro pesaroso—... no sé. Me preguntaba qué tipo de deseos puede tener una persona sensible y normal como tú.
—Raijin... —se sorprendió al oírle hablar así—. Lo dices como si te considerases a ti mismo como alguien insensible y raro. Sí que eres inusual, pero no en el mal sentido.
El chico volvió a mirarla, esta vez con cierta sorpresa.
—Yo creo que no tienes nada funcionando mal dentro de ti —prosiguió Cleven—. Tampoco creo que seas insensible.
—Pero lo soy.
—Mmm... No... —negó ella enseguida—. Oye, quizá los demás te digan eso. Pero... yo no te veo de esa forma. No es que no sientas nada. Yo creo que, más bien, sientes de forma distinta a los demás. Por el pensamiento.
—¿El pensamiento? —preguntó confuso, y por alguna razón, también atrapado en las palabras de Cleven, pues nunca nadie antes le había dicho algo similar.
—Sí, es decir... Los demás sienten con los sentimientos. Y yo creo que tú sientes más con los pensamientos. Por ejemplo, si sucede algo triste, los demás sienten tristeza, mientras que tú piensas en la tristeza. Para mí, esa es otra forma de sentir. Creo que tú haces eso. Por eso, no eres insensible. Ni tampoco tan diferente. Si te cuesta tanto entender a los demás, pues... quizá sea porque piensas demasiado en por qué son así, en lugar de aceptar que sean así, y punto. Creo que planificas demasiado, las consecuencias, los gestos, las razones, las intenciones… en vez de relajarte y dejarte llevar. Y restarles importancia a las diferencias.
El rubio seguía callado. Se había quedado mudo. Nunca esperó oír a alguien hablar de él desde una perspectiva que por primera vez no le colocaba en el cajón de lo diferente y lo raro. Cleven lo veía más cercano a la gente de lo que él se veía a sí mismo. ¿Podría ser que la gente en realidad no le veía tan diferente a él, y era él quien insistía en verse a sí mismo muy diferente a los demás? Raijin había nacido directamente siendo iris. Nunca había sido humano, nunca había sentido, pensado ni visto el mundo como los humanos. Es cierto que era diferente y que por eso era lógico que se sintiera diferente al resto del mundo, y que este sentimiento le hiciera sentirse solo y aislado.
Pero por alguna razón, las palabras de Cleven le hicieron sentir un alivio extraño. Le reconfortaron. Cleven le decía que no tenía por qué cambiar su forma de ser sólo porque los demás tuvieran quejas sobre él. Que su manera de ser no era mala o defectuosa.
—Te enfadaste conmigo en la discoteca por no ser de tu agrado el otro día.
—Quejarme de que fueras grosero conmigo cuando nos conocimos no es pedirte que cambies tu manera de ser —sonrió Cleven—. Sólo es pedirte que me des una oportunidad. Que bajes un poco la barrera y me dejes asomarme de vez en cuando para preguntarte qué tal te va, o si necesitas algo… para conocerte más… Y quizá algún día me dejes pasar adentro, para hacer una visita más cercana, y saber más cosas sobre ti…
Raijin se sentía absorto escuchándola. No sabía por qué. Quizá era la voz. O su sonrisa. O sus palabras de humana de buen corazón. Pero había algo más. Raijin sintió una energía familiar y a la vez extraña emanando de ella. Por un lado, era una energía agradable propia de una buena humana como ella. Pero por otro... el chico no conseguía descifrarlo. Notaba como si dentro de ella hubiera una "energía" más y mayor, y desconocida.
—Aun así, sigo queriendo saber... —habló el chico por fin—... cuál es el mayor deseo que tiene ahora mismo una persona normal y sensible como tú... no tan diferente a mí —añadió esto último a propósito de lo que ella le había dicho.
Ella sonrió contenta por eso. Pero luego puso cara de susto. ¿Qué iba a decirle ahora? Cleven se lo quedó mirando con un nudo en la garganta. Lo que en realidad deseaba estaba en la punta de su lengua, pero no se atrevía a decirlo. Él estaba esperando.
Entonces, Cleven se dio cuenta de algo. Él le estaba haciendo esta pregunta por una razón mucho más importante de lo que ella había creído en un principio. Era realmente la única pregunta personal que Raijin le había hecho y era, de hecho, la más personal que podía hacerle. Cleven no era la única que estaba pidiendo bajar su barrera para asomarse a su interior. Él también se lo estaba pidiendo a ella. Él también veía misterio en ella y quería descubrirlo y ver más de su interior.
Cleven tenía vértigo en el estómago. «No puedo decírselo, no puedo decirle lo que deseo» pensó, y luego arrugó el ceño. «¿Por qué no? ¿Y si yo también estoy pensando demasiado en las consecuencias? No sé si decírselo estaría mal o sería lo mejor que podría hacer. Pero... las cosas hay que decirlas, sobre todo estas cosas. ¿Voy a seguir conformándome con fantasear con él? No puede hacerme mucho daño su respuesta como si es negativa o positiva. Si es negativa, no pasa nada, porque es algo que por una parte ya me espero. Pero si es positiva, haré realidad mi deseo. Lo que de verdad me hará daño es seguir callándomelo».
«Sin embargo, por otra parte, él... lo de Yue...» dudaba. «Por favor, está clarísimo que él aún está afectado por su muerte. Él aún piensa en ella, a pesar de que fue su novia un par de años y de que muriera hace 5 años. No... No... ¿Estaría bien que yo le diga a Raijin mis sentimientos y con ello podría hacerle sentir peor o más confuso o más triste? Ay… ¡Joder, Cleven! Deja de ser ingenua, ¡Raijin ya sabe de sobra que estás colada por él! Pero… es posible que piense que sólo sea un capricho pasajero mío… que no vaya totalmente en serio… Hahh…» suspiró, dándose cuenta una vez más. «Y por eso, me está preguntando qué es lo que más deseo. Porque me está preguntando si lo que siento va totalmente en serio. Madre mía… ¿de verdad tengo que decírtelo, Raijin? ¿Todavía no lo ves en mis ojos cuando te miro? ¿No es obvio? ¿Justo como estoy haciendo ahora mismo, mirándote con el corazón en la garganta, sin poder parpadear, ni respirar…?».
El tiempo se paró de repente, cuando Cleven, tras tardar unos segundos, por fin volvió a la realidad y vio lo que estaba pasando. No lo vio venir, el momento en que el rostro de Raijin se había acercado a ella, y tenía sus labios en los suyos. Se quedó petrificada, sufriendo una montaña rusa de sensaciones y preguntas. ¿Estaba en su cabeza, y su imaginación se estaba pasando de realista? ¿O estaba pasando de verdad?
Estaba pasando de verdad. Y lo que no podía terminar de creer, es que hubiese sido él quien se hubiese acercado a besarla. No lo vio venir porque Raijin era demasiado profesional escondiendo lo que sentía. Al final Cleven se rindió a ese beso y cerró los ojos. Notaba cosquilleos y hormigueos por la cara y las manos, le latía el corazón a mil. Juraría que incluso notaba pequeñas corrientes eléctricas. Lo que más sintió, fue una energía cálida, llena de luz, proveniente de algún lugar. «Quiero estar contigo, eso es lo que deseo» pensó Cleven.
Sumergidos en ese beso, cuando Cleven fue a posar una mano en su mejilla, se oyó el ruido de una rama seca partiéndose por ahí. Ambos se separaron de golpe y miraron hacia lo alto de la pendiente, donde apareció Yako. A los dos casi les da un infarto.
—¡Hey, estáis aquí! —sonrió Yako—. ¡Llevo esperándoos un buen rato, nos vamos ya mismo! ¿Es que no queréis venir a mi fiesta? —preguntó con cara tristona.
—Ah... s-sí... —contestó Cleven, intentando recuperar el ritmo de respiración.
—Venga, vamos —se impacientó Yako, volviendo hacia el festival.
Afortunadamente, muy afortunadamente, Yako no había visto nada ni se había dado cuenta de nada. Cleven vio que Raijin se ponía en pie, y quiso detenerle un momento. Pero el chico le dio la espalda.
—Lo siento —murmuró Raijin antes de que Cleven hiciese nada, sin mirarla a los ojos, y se alejó pendiente arriba rápidamente.
—¿Qué...? —musitó atónita. «¿Me acaba de decir “lo siento”? ¿Por qué?» se preguntó, y un nuevo mar de interrogantes la inundó por dentro.
Se puso en pie y se apresuró a seguir a los dos chicos, aunque su cabeza seguía siendo un maremoto. «¿Qué...? ¿Qué...? ¿Alguien me explica esto?». Todavía no había asimilado por completo que él se hubiese lanzado de aquella manera. Hasta ese momento era una utopía de pies a cabeza.
«¿Por qué me ha besado… y luego ha dicho “lo siento”?» pensaba Cleven sin parar. «Por favor, no me digas que te arrepientes, Raijin… Si lo has hecho sin pensar, es porque te lo pedía el corazón y no la cabeza. No me dejes con este enigma, no actúes como si no hubiese pasado. ¿Qué significo para ti? ¿¡Por qué tienes que ser tan complicado!? Maldito idiota».
«Vale, Cleven, cálmate. Deja que él lo asimile, que se aclare las ideas. Pero no dejaré que pase de esta noche. Este día no acabará hasta que él no me aclare qué ha significado eso».
«Madre mía, aún me tiemblan las manos y sigo respirando como si acabara de tirarme en paracaídas… ¿Esto es lo que se siente cuando te besa el chico más guapo del universo? ¡Fiuu!».
Se reunió con Yako y los otros que la estaban esperando en el tori y se marcharon de allí. Sam se desvió a mitad de camino después de despedirse de todos y los demás llegaron a un aparcamiento ya fuera del parque. Yako le dijo a Cleven que Nakuru ya se había ido con Álex hacía un rato, pero la joven sólo tenía a Raijin en su campo de visión y de mente.
El rubio caminaba delante, junto a la parejita de Kain y su prometida, en silencio, pero tenso, muy tenso. Cleven no sabía qué pensar. Se detuvieron entre dos coches y Yako, MJ, Kain y su pareja se quedaron un poco hablando. «¿Eh?» se sorprendió Cleven, observando los dos cochazos de lujo, uno negro y otro azul metal. «¡Yako y Raijin tienen coches de alta gama de la marca de mi padre! ¿De dónde saca el dinero un camarero y universitario y otro universitario? ¿Sus difuntos padres también eran adinerados?».
Entonces Yako sacó sus llaves y abrió el de color azul metal. Mientras MJ, Kain y la otra se metían dentro, ocupando todas las plazas, Yako se acercó a Cleven.
—Tienes que ir con Raijin, que en mi coche ya no cabe nadie, ¿vale? —sonrió felizmente.
—¿¡Qué!? —exclamaron, tanto Cleven como Raijin, al cual se le habían caído sus llaves al suelo del saltó que pegó.
—¿Qué...? —se estremeció Yako, mirando a uno y a otro sin entender—. Dios mío, ¿qué pasa?
Los otros dos no dijeron ni pío, y Yako frunció el ceño, mirando a Raijin, y se arrimó a él.
—¿Se puede saber qué te pasa a ti? —le preguntó en voz baja—. Estás rarísimo, ¿ocurre algo?
—No es nada —masculló de mala gana, abriendo su coche negro a regañadientes.
—Bueno, bueno... Pues nada, os espero en mi casa —dijo, metiéndose en su coche, arrancó y se fue con los otros, dejando ahí solos a Cleven y a Raijin.
La joven vio que este se había quedado quieto, agarrando el pomo de la puerta del coche y la vista clavada en la ventana. Inmóvil.
—Eh... ¿Raijin? —murmuró.
Este pegó otro brinco, más tenso, y se metió en el coche rápidamente. Cleven se abstuvo un poco, pero finalmente se metió dentro, donde el copiloto, sin decir ni mu y tratando de no mirarlo. Tras ponerse el cinturón, reinó un rato de silencio y quietud. Entonces vio por el rabillo del ojo que Raijin estaba con la mirada fija al frente, sin parpadear, y agarrando fuerte el volante con las dos manos. Inmóvil.
—Raijin... —volvió a llamarlo.
El rubio pegó otro brinco y arrancó el coche, con la vista al frente en todo momento, y por fin se fueron. «Dios mío, este está fatal» se dijo Cleven, divertida. «Me recuerda a mí el día que lo conocí. Torpe, nerviosa…». Durante todo el trayecto, que no fue muy largo, ninguno dijo palabra alguna. El aire entre los dos estaba cargado de tensión. Cleven parecía más calmada que él, y eso era raro.
Al llegar a la casa de Yako, que era un chalet, Raijin y Cleven se bajaron del coche, y él caminó hasta la casa con mucha prisa, dejando a Cleven atrás. A ella ni le dio tiempo a decir nada. Por eso, Cleven dejó salir un resoplido, pensando cómo diablos iba a arreglar esa situación tan incómoda. No quería que Raijin se sintiera así por su culpa. Claro que el beso lo había dado él, y si se arrepentía, la culpa era de él. Pero ella conocía ese tipo de sentimiento porque también lo había vivido con un par de chicos antes, dar un paso que tal vez no debió haber dado, o darlo y después descubrir que no era lo que ella esperaba… Eran cosas que pasaban.
No sabía con cuántas chicas había salido Raijin desde que murió Yue. Seguramente con varias. Pero seguramente no fueron parejas importantes, tan sólo temporales. Cleven veía en él, con mucha claridad, que Yue y su muerte aún le pesaban, y que todavía lo encadenaban al pasado. Raijin no se permitía a sí mismo quitarse esa cadena. No se permitía a sí mismo ser feliz, probar conocer gente nueva, meramente vivir la vida. Era como si sintiera injusto que él tuviera esta opción y Yue no.
Por eso, Cleven se sentía tan atraída hacia él. Más allá de su belleza, su físico, su actitud estoica, lo que Cleven vio en él aquel primer día en la cafetería fue a un chico muriendo en vida. Y eso era algo que ella no podía aguantar ver en alguien. No sólo quería estar con él, lo que era un deseo de propio beneficio, sino que también quería ayudarlo a sentirse mejor, lo que era un deseo para beneficio de Raijin.
No es que él le diera pena. Es simplemente que ella había sufrido de forma similar tras la muerte de su madre y, a pesar de todas las buenas personas que la rodeaban, no todas le habían servido de ayuda para levantar cabeza. A veces, solamente hacía falta una persona, en un momento y lugar concreto, y unas palabras que sólo esa persona podía decirle. En el caso de Cleven, fue Yenkis.
Necesitaba saberlo. Ahora, era ella quien tenía esta pregunta para Raijin: “¿qué es lo que deseas?”. Y él iba a tener que responder esa noche.
Cleven encontró a los demás en un puesto de bebidas, los menores tomando unos refrescos y los mayores como Kain y su prometida tomando unas copas de sake. Pero se percató de que Yako estaba corriendo hacia ella en ese momento.
—¡Hey, Cleven! —exclamó, pasando un brazo sobre sus hombros y llevándola hacia donde estaban los demás—. Te estaba buscando. En diez minutos nos vamos a mi casa. ¿Quieres cambiarte de ropa? ¿Necesitas ir a cambiarte?
—No te preocupes, estoy cómoda así —sonrió—. No pasa nada, ¿no?
—No. Es más, MJ tampoco va a cambiarse.
—Vale.
—¿Una copita de sake, pelirroja? —le invitó Kain, que ya iba contento.
—Kain, ¡no le ofrezcas alcohol a una menor en público! —le reprochó su prometida—. Que nos metes en problemas.
—Hahah… No os preocupéis, yo me espero hasta llegar a la casa de Yako —señaló Cleven a este—, que me dejará beber un poquito. ¿Verdad?
—Hmmm… —rezongó Yako—. Bueno, un poquito. Pero no bebas demasiado, ¿eh? Que eres humana y me puede caer un buen problema…
—¿Cómo? —se extrañó Cleven.
—¡Ah! —se percató Yako, y sonrió nervioso—. No, digo que… que eres menor de edad.
—Tranqui —rio Cleven—. Ah, ¿dónde está Raijin? —preguntó, al darse cuenta de que faltaba el rubio.
—La última vez que lo vi se estaba dirigiendo hacia allí —le indicó Yako—. Por ahí se va al estanque, puede que ande por ahí.
—¿Se ha ido solo? —se extrañó la joven, y Yako se encogió de hombros.
—¿Puedes ir a buscarlo y decirle que nos vamos dentro de poco?
—Claro. Ahora lo traigo.
Cleven se recorrió una vez más el recinto entero en dirección al estanque. De camino, divisó a los mellizos en la lejanía acompañados por la anciana de siempre. Parecía que ya se iban a casa, por lo que lamentó no haber podido ir a saludarlos y felicitarlos por la actuación que habían hecho.
Cruzando una zona de matorrales y árboles, se le presentó el espectacular paisaje del estanque. Le impactó el reflejo de la luna llena en la superficie negra del agua y alzó la vista para verla.
—Vaya… Menuda luna —murmuró.
Adentrándose unos pasos más hasta llegar a la cima de una pendiente que bajaba hasta la orilla del estanque, lo vio, y se paró un momento, para contemplarlo. Raijin estaba sentado sobre la hierba, de piernas cruzadas, con la mirada fija en la luna reflejada en el agua y fumándose un cigarrillo.
No había nadie más por aquella zona, y el barullo del festival ya no se oía. Reinaba un silencio nocturno que relajaba mente y cuerpo al instante. Cleven bajó entonces la pendiente, tuvo que hacerlo con cuidado porque con esa inclinación la hierba resbalaba de la suela de madera de sus sandalias. Primero fue bajando de lado pasito a pasito, y como se le hacía eterno, probó en zig-zag. Pudo bajar así, con delicadeza y su elegante kimono, unos cuatro metros... hasta que metió el pie en un pequeño hoyo, perdió el equilibro, se dio de bruces contra el suelo y rodó cuesta abajo como la croqueta más triste y ridícula del mundo.
Como si nada de nada hubiera pasado, se puso en pie de un brinco nada más llegar abajo, así disimulando, con cara de gran susto y el pelo lleno de hierbajos, mirando hacia todos los lados y hacia Raijin esperando que ningún ser vivo hubiera sido testigo de tamaña torpeza. Tuvo suerte. El chico no lo había oído. Entonces caminó hacia él y se detuvo a un par de metros tras su espalda.
—Raijin... —lo llamó tímidamente.
—Mm... —murmuró, sin volverse hacia ella.
—Yako dice que nos vamos dentro de poco a su fiesta. Supongo que ya te habrá dicho que voy yo.
—Sí.
—¿Vamos? —sonrió—. Nos están esperando.
—Ya voy —musitó.
No obstante, siguió ahí sentado sobre la hierba, observando la lejanía en silencio. Cleven lo miró un poco confusa y se sentó a su lado.
—¿Ocurre algo?
—No.
Fue a preguntarle a qué estaba esperando, pero al verlo tan concentrado y tranquilo, rodeado de esa paz, decidió no decir nada, y se limitó a observar con él el reflejo de la luna. De pronto cayó en la cuenta de algo. Que ella recordase, “yue” significaba “luna” en chino. Con esto en la cabeza, miró a Raijin con pesadumbre, imaginándose que tal vez estaba pensando en Yue, y se sintió un poco intrusa.
Pero no. Había otra cosa diferente a nostalgia y tristeza en los ojos de Raijin. Había bienestar y calma. Sintió ganas de preguntarle si la echaba de menos, o si estaba recordando los buenos momentos con ella... pero no lo vio apropiado. No era del todo seguro que de verdad estuviese pensando en Yue como para preguntarle cosas así de repente. Entonces empezó a incomodarse, pensando en irse y dejar que Raijin se reuniese con ellos cuando quisiese.
—¿No vas a pedir un deseo? —preguntó el chico repentinamente.
Cleven volvió la vista a él con sobresalto. Luego miró hacia el estanque que se expandía frente a sus ojos, recordando que había una vaga tradición, más una ilusión de los jóvenes de muchas épocas que verdadera, que era pedir un deseo cuando la luna llena se reflejaba en el estanque del templo. «Bonita casualidad» se dijo Cleven.
—Ah... Pues no sé.
—¿Vas a esperar un mes para poder hacerlo?
La joven frunció los labios, sin saber qué decir. Raijin la miró por el rabillo de su ojo derecho, manteniendo el izquierdo guiñado y lejos del alcance de la vista de Cleven, ya que con esa oscuridad emitía su característica luz amarilla.
—Vale —dijo Cleven, poniéndose firme, y juntó las palmas de las manos, cerrando los ojos—. Deseo que el rubio más idiota del mundo me diga en qué piensa, y su nombre, y su comida favorita.
Se quedó así un momento, esperando que él dijese algo, pero al no oír ni mosca abrió un ojo y vio que este la miraba con una ceja arqueada.
—Vale, bromas aparte, ¿no? —se rio.
—¿Qué es lo que deseas? —volvió a preguntar Raijin, sereno.
—Qué raro que tú me preguntes cosas personales, ¿por qué quieres saberlo?
Raijin volvió la vista al frente. Tardó un poco en contestar.
—Porque... si no te has dado cuenta aún, suelo tener dificultades para entender a la gente que me rodea. Y... —cogió aire para soltarlo en un suspiro pesaroso—... no sé. Me preguntaba qué tipo de deseos puede tener una persona sensible y normal como tú.
—Raijin... —se sorprendió al oírle hablar así—. Lo dices como si te considerases a ti mismo como alguien insensible y raro. Sí que eres inusual, pero no en el mal sentido.
El chico volvió a mirarla, esta vez con cierta sorpresa.
—Yo creo que no tienes nada funcionando mal dentro de ti —prosiguió Cleven—. Tampoco creo que seas insensible.
—Pero lo soy.
—Mmm... No... —negó ella enseguida—. Oye, quizá los demás te digan eso. Pero... yo no te veo de esa forma. No es que no sientas nada. Yo creo que, más bien, sientes de forma distinta a los demás. Por el pensamiento.
—¿El pensamiento? —preguntó confuso, y por alguna razón, también atrapado en las palabras de Cleven, pues nunca nadie antes le había dicho algo similar.
—Sí, es decir... Los demás sienten con los sentimientos. Y yo creo que tú sientes más con los pensamientos. Por ejemplo, si sucede algo triste, los demás sienten tristeza, mientras que tú piensas en la tristeza. Para mí, esa es otra forma de sentir. Creo que tú haces eso. Por eso, no eres insensible. Ni tampoco tan diferente. Si te cuesta tanto entender a los demás, pues... quizá sea porque piensas demasiado en por qué son así, en lugar de aceptar que sean así, y punto. Creo que planificas demasiado, las consecuencias, los gestos, las razones, las intenciones… en vez de relajarte y dejarte llevar. Y restarles importancia a las diferencias.
El rubio seguía callado. Se había quedado mudo. Nunca esperó oír a alguien hablar de él desde una perspectiva que por primera vez no le colocaba en el cajón de lo diferente y lo raro. Cleven lo veía más cercano a la gente de lo que él se veía a sí mismo. ¿Podría ser que la gente en realidad no le veía tan diferente a él, y era él quien insistía en verse a sí mismo muy diferente a los demás? Raijin había nacido directamente siendo iris. Nunca había sido humano, nunca había sentido, pensado ni visto el mundo como los humanos. Es cierto que era diferente y que por eso era lógico que se sintiera diferente al resto del mundo, y que este sentimiento le hiciera sentirse solo y aislado.
Pero por alguna razón, las palabras de Cleven le hicieron sentir un alivio extraño. Le reconfortaron. Cleven le decía que no tenía por qué cambiar su forma de ser sólo porque los demás tuvieran quejas sobre él. Que su manera de ser no era mala o defectuosa.
—Te enfadaste conmigo en la discoteca por no ser de tu agrado el otro día.
—Quejarme de que fueras grosero conmigo cuando nos conocimos no es pedirte que cambies tu manera de ser —sonrió Cleven—. Sólo es pedirte que me des una oportunidad. Que bajes un poco la barrera y me dejes asomarme de vez en cuando para preguntarte qué tal te va, o si necesitas algo… para conocerte más… Y quizá algún día me dejes pasar adentro, para hacer una visita más cercana, y saber más cosas sobre ti…
Raijin se sentía absorto escuchándola. No sabía por qué. Quizá era la voz. O su sonrisa. O sus palabras de humana de buen corazón. Pero había algo más. Raijin sintió una energía familiar y a la vez extraña emanando de ella. Por un lado, era una energía agradable propia de una buena humana como ella. Pero por otro... el chico no conseguía descifrarlo. Notaba como si dentro de ella hubiera una "energía" más y mayor, y desconocida.
—Aun así, sigo queriendo saber... —habló el chico por fin—... cuál es el mayor deseo que tiene ahora mismo una persona normal y sensible como tú... no tan diferente a mí —añadió esto último a propósito de lo que ella le había dicho.
Ella sonrió contenta por eso. Pero luego puso cara de susto. ¿Qué iba a decirle ahora? Cleven se lo quedó mirando con un nudo en la garganta. Lo que en realidad deseaba estaba en la punta de su lengua, pero no se atrevía a decirlo. Él estaba esperando.
Entonces, Cleven se dio cuenta de algo. Él le estaba haciendo esta pregunta por una razón mucho más importante de lo que ella había creído en un principio. Era realmente la única pregunta personal que Raijin le había hecho y era, de hecho, la más personal que podía hacerle. Cleven no era la única que estaba pidiendo bajar su barrera para asomarse a su interior. Él también se lo estaba pidiendo a ella. Él también veía misterio en ella y quería descubrirlo y ver más de su interior.
Cleven tenía vértigo en el estómago. «No puedo decírselo, no puedo decirle lo que deseo» pensó, y luego arrugó el ceño. «¿Por qué no? ¿Y si yo también estoy pensando demasiado en las consecuencias? No sé si decírselo estaría mal o sería lo mejor que podría hacer. Pero... las cosas hay que decirlas, sobre todo estas cosas. ¿Voy a seguir conformándome con fantasear con él? No puede hacerme mucho daño su respuesta como si es negativa o positiva. Si es negativa, no pasa nada, porque es algo que por una parte ya me espero. Pero si es positiva, haré realidad mi deseo. Lo que de verdad me hará daño es seguir callándomelo».
«Sin embargo, por otra parte, él... lo de Yue...» dudaba. «Por favor, está clarísimo que él aún está afectado por su muerte. Él aún piensa en ella, a pesar de que fue su novia un par de años y de que muriera hace 5 años. No... No... ¿Estaría bien que yo le diga a Raijin mis sentimientos y con ello podría hacerle sentir peor o más confuso o más triste? Ay… ¡Joder, Cleven! Deja de ser ingenua, ¡Raijin ya sabe de sobra que estás colada por él! Pero… es posible que piense que sólo sea un capricho pasajero mío… que no vaya totalmente en serio… Hahh…» suspiró, dándose cuenta una vez más. «Y por eso, me está preguntando qué es lo que más deseo. Porque me está preguntando si lo que siento va totalmente en serio. Madre mía… ¿de verdad tengo que decírtelo, Raijin? ¿Todavía no lo ves en mis ojos cuando te miro? ¿No es obvio? ¿Justo como estoy haciendo ahora mismo, mirándote con el corazón en la garganta, sin poder parpadear, ni respirar…?».
El tiempo se paró de repente, cuando Cleven, tras tardar unos segundos, por fin volvió a la realidad y vio lo que estaba pasando. No lo vio venir, el momento en que el rostro de Raijin se había acercado a ella, y tenía sus labios en los suyos. Se quedó petrificada, sufriendo una montaña rusa de sensaciones y preguntas. ¿Estaba en su cabeza, y su imaginación se estaba pasando de realista? ¿O estaba pasando de verdad?
Estaba pasando de verdad. Y lo que no podía terminar de creer, es que hubiese sido él quien se hubiese acercado a besarla. No lo vio venir porque Raijin era demasiado profesional escondiendo lo que sentía. Al final Cleven se rindió a ese beso y cerró los ojos. Notaba cosquilleos y hormigueos por la cara y las manos, le latía el corazón a mil. Juraría que incluso notaba pequeñas corrientes eléctricas. Lo que más sintió, fue una energía cálida, llena de luz, proveniente de algún lugar. «Quiero estar contigo, eso es lo que deseo» pensó Cleven.
Sumergidos en ese beso, cuando Cleven fue a posar una mano en su mejilla, se oyó el ruido de una rama seca partiéndose por ahí. Ambos se separaron de golpe y miraron hacia lo alto de la pendiente, donde apareció Yako. A los dos casi les da un infarto.
—¡Hey, estáis aquí! —sonrió Yako—. ¡Llevo esperándoos un buen rato, nos vamos ya mismo! ¿Es que no queréis venir a mi fiesta? —preguntó con cara tristona.
—Ah... s-sí... —contestó Cleven, intentando recuperar el ritmo de respiración.
—Venga, vamos —se impacientó Yako, volviendo hacia el festival.
Afortunadamente, muy afortunadamente, Yako no había visto nada ni se había dado cuenta de nada. Cleven vio que Raijin se ponía en pie, y quiso detenerle un momento. Pero el chico le dio la espalda.
—Lo siento —murmuró Raijin antes de que Cleven hiciese nada, sin mirarla a los ojos, y se alejó pendiente arriba rápidamente.
—¿Qué...? —musitó atónita. «¿Me acaba de decir “lo siento”? ¿Por qué?» se preguntó, y un nuevo mar de interrogantes la inundó por dentro.
Se puso en pie y se apresuró a seguir a los dos chicos, aunque su cabeza seguía siendo un maremoto. «¿Qué...? ¿Qué...? ¿Alguien me explica esto?». Todavía no había asimilado por completo que él se hubiese lanzado de aquella manera. Hasta ese momento era una utopía de pies a cabeza.
«¿Por qué me ha besado… y luego ha dicho “lo siento”?» pensaba Cleven sin parar. «Por favor, no me digas que te arrepientes, Raijin… Si lo has hecho sin pensar, es porque te lo pedía el corazón y no la cabeza. No me dejes con este enigma, no actúes como si no hubiese pasado. ¿Qué significo para ti? ¿¡Por qué tienes que ser tan complicado!? Maldito idiota».
«Vale, Cleven, cálmate. Deja que él lo asimile, que se aclare las ideas. Pero no dejaré que pase de esta noche. Este día no acabará hasta que él no me aclare qué ha significado eso».
«Madre mía, aún me tiemblan las manos y sigo respirando como si acabara de tirarme en paracaídas… ¿Esto es lo que se siente cuando te besa el chico más guapo del universo? ¡Fiuu!».
Se reunió con Yako y los otros que la estaban esperando en el tori y se marcharon de allí. Sam se desvió a mitad de camino después de despedirse de todos y los demás llegaron a un aparcamiento ya fuera del parque. Yako le dijo a Cleven que Nakuru ya se había ido con Álex hacía un rato, pero la joven sólo tenía a Raijin en su campo de visión y de mente.
El rubio caminaba delante, junto a la parejita de Kain y su prometida, en silencio, pero tenso, muy tenso. Cleven no sabía qué pensar. Se detuvieron entre dos coches y Yako, MJ, Kain y su pareja se quedaron un poco hablando. «¿Eh?» se sorprendió Cleven, observando los dos cochazos de lujo, uno negro y otro azul metal. «¡Yako y Raijin tienen coches de alta gama de la marca de mi padre! ¿De dónde saca el dinero un camarero y universitario y otro universitario? ¿Sus difuntos padres también eran adinerados?».
Entonces Yako sacó sus llaves y abrió el de color azul metal. Mientras MJ, Kain y la otra se metían dentro, ocupando todas las plazas, Yako se acercó a Cleven.
—Tienes que ir con Raijin, que en mi coche ya no cabe nadie, ¿vale? —sonrió felizmente.
—¿¡Qué!? —exclamaron, tanto Cleven como Raijin, al cual se le habían caído sus llaves al suelo del saltó que pegó.
—¿Qué...? —se estremeció Yako, mirando a uno y a otro sin entender—. Dios mío, ¿qué pasa?
Los otros dos no dijeron ni pío, y Yako frunció el ceño, mirando a Raijin, y se arrimó a él.
—¿Se puede saber qué te pasa a ti? —le preguntó en voz baja—. Estás rarísimo, ¿ocurre algo?
—No es nada —masculló de mala gana, abriendo su coche negro a regañadientes.
—Bueno, bueno... Pues nada, os espero en mi casa —dijo, metiéndose en su coche, arrancó y se fue con los otros, dejando ahí solos a Cleven y a Raijin.
La joven vio que este se había quedado quieto, agarrando el pomo de la puerta del coche y la vista clavada en la ventana. Inmóvil.
—Eh... ¿Raijin? —murmuró.
Este pegó otro brinco, más tenso, y se metió en el coche rápidamente. Cleven se abstuvo un poco, pero finalmente se metió dentro, donde el copiloto, sin decir ni mu y tratando de no mirarlo. Tras ponerse el cinturón, reinó un rato de silencio y quietud. Entonces vio por el rabillo del ojo que Raijin estaba con la mirada fija al frente, sin parpadear, y agarrando fuerte el volante con las dos manos. Inmóvil.
—Raijin... —volvió a llamarlo.
El rubio pegó otro brinco y arrancó el coche, con la vista al frente en todo momento, y por fin se fueron. «Dios mío, este está fatal» se dijo Cleven, divertida. «Me recuerda a mí el día que lo conocí. Torpe, nerviosa…». Durante todo el trayecto, que no fue muy largo, ninguno dijo palabra alguna. El aire entre los dos estaba cargado de tensión. Cleven parecía más calmada que él, y eso era raro.
Al llegar a la casa de Yako, que era un chalet, Raijin y Cleven se bajaron del coche, y él caminó hasta la casa con mucha prisa, dejando a Cleven atrás. A ella ni le dio tiempo a decir nada. Por eso, Cleven dejó salir un resoplido, pensando cómo diablos iba a arreglar esa situación tan incómoda. No quería que Raijin se sintiera así por su culpa. Claro que el beso lo había dado él, y si se arrepentía, la culpa era de él. Pero ella conocía ese tipo de sentimiento porque también lo había vivido con un par de chicos antes, dar un paso que tal vez no debió haber dado, o darlo y después descubrir que no era lo que ella esperaba… Eran cosas que pasaban.
No sabía con cuántas chicas había salido Raijin desde que murió Yue. Seguramente con varias. Pero seguramente no fueron parejas importantes, tan sólo temporales. Cleven veía en él, con mucha claridad, que Yue y su muerte aún le pesaban, y que todavía lo encadenaban al pasado. Raijin no se permitía a sí mismo quitarse esa cadena. No se permitía a sí mismo ser feliz, probar conocer gente nueva, meramente vivir la vida. Era como si sintiera injusto que él tuviera esta opción y Yue no.
Por eso, Cleven se sentía tan atraída hacia él. Más allá de su belleza, su físico, su actitud estoica, lo que Cleven vio en él aquel primer día en la cafetería fue a un chico muriendo en vida. Y eso era algo que ella no podía aguantar ver en alguien. No sólo quería estar con él, lo que era un deseo de propio beneficio, sino que también quería ayudarlo a sentirse mejor, lo que era un deseo para beneficio de Raijin.
No es que él le diera pena. Es simplemente que ella había sufrido de forma similar tras la muerte de su madre y, a pesar de todas las buenas personas que la rodeaban, no todas le habían servido de ayuda para levantar cabeza. A veces, solamente hacía falta una persona, en un momento y lugar concreto, y unas palabras que sólo esa persona podía decirle. En el caso de Cleven, fue Yenkis.
Necesitaba saberlo. Ahora, era ella quien tenía esta pregunta para Raijin: “¿qué es lo que deseas?”. Y él iba a tener que responder esa noche.
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