1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 2: La Búsqueda __
Después de todo, el Hotel Shibuya Excel Tokyu seguía sin corriente eléctrica. Habían estado los encargados toda la noche buscando el problema hasta que dieron con él. Frustrados al descubrir que anoche hubo un raro incidente, que la policía había encontrado a tres moteros delincuentes noqueados al final de un callejón y que la caja de cableado eléctrico había quedado destrozada porque se le estrelló una moto encima… tuvieron que recurrir a un especialista a que lo arreglase, y eso llevaría un poco de tiempo.
Por eso, sin tele, ni wifi ni luz en el hotel, Cleven decidió matar el tiempo en la calle hasta que llegara la hora del festival en el Templo Meiji. No podía evitar mirar su teléfono cada diez minutos, por si recibía de Toshiro la información de su tío, a pesar de que era improbable que se la enviara hoy. Estaba emocionada, nerviosa e impaciente, y la espera la mataba, pero por suerte, disfrutar del festival con sus amigos y posiblemente con Raijin sería distracción suficiente.
Una hora y media después de haber abandonado la Universidad de Tokio, estuvo dando paseos por el distrito de Shinjuku y mirando escaparates de ropa, libros y aparatos electrónicos –de los cuales se mostraba la marca de su padre en primera fila– hasta cansarse.
Acabó sentándose en un banco en medio de una agitada avenida, bajo la sombra de un árbol. Mientras se comía un gran bollo relleno de crema que había comprado en un 7-Eleven, observó a la gente de su alrededor, aburrida, indiferente.
No…
No era aburrimiento, ni indiferencia.
Cleven sintió algo raro dentro de ella. Por un momento pensó que el bollo le estaba sentando mal. Pero no era eso. Sentada ahí sola rodeada de tanta gente, tenía una sensación muy familiar, lejana, de un pasado recóndito. Ese pequeño malestar no era una indigestión, era una añoranza. Observaba a la gente, y notaba un extraño impulso, de ir hacia ella, mirarla más de cerca, indagar en sus problemas, hablar con ella, ayudarla, resolver enigmas, arreglar grietas…
Seguro que, si hacía algo así, además de rara, la tacharían de loca. Cleven no tenía ni idea de por qué sintió esto ahora. Se quedó un poco mosqueada. Miró el bollo. No creía que estuviese caducado ni nada.
No le sorprendió ver que gran parte de la gente ya iba vestida con sus kimonos tradicionales, sobre todo las madres que iban con sus hijos, excitados por el festival que se acercaba y no paraban de correr de aquí para allá jugando con los otros. Eso le recordó que tenía que conseguir su kimono, para lo cual tenía que recurrir a su hermanito, su cómplice de toda la vida. Sacó el móvil y fue a ver qué saldo tenía.
—Fuoh... —farfulló, con la boca llena de pan—. Cero pelotero.
Esto era lo que pasaba cuando Neuval la castigaba por haber faltado a clase a escondidas, le anulaba la tarifa de llamadas y de datos de su móvil, y se la restringía a un saldo concreto. Por mucho que se comprase un móvil diferente a la marca de su padre para evitar su dispositivo de localización, no podía hacer nada con el contrato de la tarifa, la cual su padre podía modificar como quisiera. Las únicas llamadas y mensajes gratis que podía hacer eran a su padre y a Hana, ya que, por supuesto, Neuval no la iba a dejar con la imposibilidad de llamarlo a él o a Hana por alguna urgencia.
Volvió a guardar el teléfono y se levantó del banco, optando por ir a plena Shibuya a llamar por una cabina pública que aún existiese. Para ello decidió coger el metro, que estaba al lado, y a una parada la dejaría en el centro de Shibuya. Una vez en la estación, esperó en la cola del vagón. Cuando ya llegó el metro, avanzó lentamente por la cola a medida que la gente entraba, y mientras tanto giró la cabeza hacia la fila de al lado.
Le pegó otro bocado a su interminable bollo de crema y entonces se cruzó con una mirada. Había un hombre joven, atractivo y con una sonrisa amigable que esperaba algo o a alguien, cerca de la cola de al lado. Lo perturbador es que ese joven la estaba mirando a ella. Cleven apartó la vista, desconcertada. Era seguro que la estaba mirando a ella. «¿Quién es ese y por qué me mira?» se preguntó, viendo de reojo que el otro seguía observándola fijamente y sonriente.
La joven vio algo en él que la inquietaba bastante. Tal vez fuese esa sonrisa. Era como si escondiese algo oscuro bajo un disfraz de simpatía. Se dio cuenta de cómo las mujeres de su fila lo miraban también de reojo y cuchicheaban entre ellas.
—¡Qué guapo! —dijo una.
—¿Será extranjero? —preguntó otra más joven—. ¿Será un famoso?
Cleven frunció los labios y volvió la vista a él. Sí que era interesante, pero no tanto como su insuperable Raijin. Ese de ahí tenía el cabello rubio, con rastas largas y perfectamente cuidadas, recogidas con una diadema negra ancha, y tenía un aro en el labio inferior. Sin embargo, iba vestido con un elegante traje negro y camisa blanca, sin corbata. Se mostraba casual, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y porte viril, y le hacía, sin discusión alguna, un bombón que destacaba entre toda la gente de la estación.
Las mujeres de la cola fueron ya entrando en el vagón, continuando con sus comentarios, pero Cleven se quedó quieta donde estaba sin darse cuenta, cogiendo su bollo a la altura de su barbilla y mirando a ese hombre. «¿Por qué me está observando tanto?» se empezó a mosquear, «¿Será un pervertido, o me quiere atracar?». Y él seguía igual, quieto donde estaba, contemplándola con su siniestra pero a la vez conquistadora sonrisa. «¿Pero por qué está ahí parado? ¿Querrá algo de mí? ¿Me conocerá de algo? Mejor paso».
Cuando ya se metió en el vagón y las puertas se cerraron, Cleven no pudo evitar comprobarlo una vez más y miró discreta por la ventanilla. Ese joven seguía ahí parado en el andén, y seguía observándola risueño. Por un instante, a Cleven le pareció ver una diminuta luz violeta en su ojo izquierdo, y esto la desconcertó, pero cuando se giró para verlo mejor, un grupo de personas pasó por delante de ese rubio y este de repente desapareció. A ella no le dio tiempo a mirar por otras partes del andén porque el tren ya arrancó.
Cleven estaba tan intrigada tras lo ocurrido que no se dio cuenta cuando un trozo de crema de su bollo cayó al suelo. Estaba apretándolo demasiado fuerte. «¿Qué es lo que pasaba con ese?» se preguntaba. «¿Qué es esta sensación? Ese chico con rastas… es como si ya lo hubiese visto alguna vez. Su cara me suena mucho, incluso diría que se parece mucho a Raijin».
Decidió no darle más vueltas. Una vez llegó a Shibuya, se dirigió a la zona más transitada en busca de una cabina, aún con su bollo a medio terminar. Ya encontrada, llamó al móvil de su hermano, que no tardó en contestar.
—“Allô?”
—Yenkis, c’est moi —dijo Cleven.
—“Soeur! ¿Llamando desde una cabina? Te veo un poco pobre...” —se mofó.
—Sí, ya, oye —se impacientó—. Necesito que me hagas un favor. Tráeme mi kimono.
—“¡Ah! ¿Vas a ir al festival?”
—Así es. ¿Tú vas?
—“Mm... Sí, ¿por qué no? Iré con mi gente y con Evie. Bueno, ¿dónde estás para que te lleve el kimono?”
—¡Oh, gracias, Yen! —se alegró, apretando los puños con triunfo—. Te espero en Shibuya. Donde la estatua de Hachiko.
—“Ok. Llegaré ahí en una media hora.”
—Merci, merci! ¡Ah! ¿Cómo van las cosas por ahí? ¿Y papá y Hana?
—“Hana está bien, haciendo su vida como siempre, aunque hay ratos en los que se pone a andar de un lado a otro con el teléfono a mano, esperando. Sigue preocupada por dónde puedes andar y por cómo está papá.”
—¿Cómo que “por cómo está papá”? —se extrañó, tapándose un oído para oír bien entre la barullo de la calle—. ¿Qué le pasa ahora a ese muermo?
—“Papá no aparece por casa desde hace un tiempo” —le explicó—. “Creo que está en la casa del... de ese hombre viejo que suele andar con él.”
—¿El viejo Lao? ¿Por asuntos de trabajo?
—“Lo dudo. Me parece que te está buscando.”
—¿¡Qué dices!?
—“¿Te sorprende?”
—Jo... —refunfuñó—. Tendré que ir con los ojos bien abiertos.
—“¿Todavía no has dado con el tío Brey?” —saltó—. “Cleven, eres un poco petarda para estas cosas.”
—No es fácil, ¿vale? Luego te cuento, que se agota el dinero. Date prisa.
Colgó el auricular y dio un suspiro, mirando a su alrededor con una nueva preocupación. Esperaba que su padre no estuviese andando por allí cerca, esperaba que no la descubriese, no tan pronto, no sin haber visto a su tío y haber hablado con él en mejores condiciones. Se fue hacia la estatua de Hachiko y se apoyó de espaldas contra el pedestal, mordiéndose las uñas, acechando los alrededores.
* * * * * *
Llegó la hora de la apertura del festival. Gran parte de los ciudadanos lo estaba esperando, por ello toda la zona del Parque Yoyogi de Shibuya estaba con un ambiente cargado de ánimo y excitación. El templo estaba en el corazón del parque, rodeado de bosque. Parecía un mundo aparte, aislado de la bulliciosa ciudad de rascacielos del exterior.
Una vez atravesado el tori de la entrada al parque, había un paseo de varios minutos por un ancho camino de grava entre enormes árboles hasta el templo. El tori era una estructura generalmente de dos pilares de madera que sostenían otra estructura horizontal, y eran las puertas que señalaban el camino hacia un templo. Tras doblar el último recodo del camino, se presentaba a la vista otro tori más pequeño custodiando la entrada del recinto. Era un complejo de varios edificios, y frente al edificio principal del templo se extendía un gran patio interior baldosado, rodeado de una fortificación levantada en columnas de madera y tejados de esquinas curvas.
Ahora, ya hechos los preparativos del festival, este inmenso patio principal estaba abarrotado de diversos puestos en todo su recorrido. Eran puestos de comida, de suvenires, de la suerte, de sorteos y juegos…
Se había dejado en el centro un espacio desde la puerta del templo hasta el tori exterior para que realizasen una función tradicional, que consistía en una representación de cómo era la época durante el inicio del gobierno Meiji. Hacían una obra teatral de cuatro actos repartidos para cada día del festival, comenzando con el emperador retomando su poder tras dar fin a la dictadura militar del shogunato Tokugawa de dos siglos y medio. Después, continuaba contando cómo el emperador inició el cambio para hacer que la sociedad japonesa se equiparara a la europea y fuera algo más democrática.
El lugar se estaba llenando de gente considerablemente al paso de los minutos. Unos iban con ropa normal, y otros iban con kimonos tradicionales reservados para este tipo de eventos. Muchos niños habían traído espadas de madera, ya que había una parte de la actuación en la que podían participar haciéndose pasar por soldados del emperador.
A eso de las seis de la tarde, cuando el cielo empezaba a ponerse naranja, Cleven se adentró en el recinto con Nakuru y con Álex. Tal como había planeado, se había pasado por la cafetería de Yako para decirle que se viniese con los demás, y este había dicho que por supuesto.
Cleven iba con un elegantísimo kimono rojo oscuro con flores blancas y matices dorados estampados. Según le había dicho su madre, cuando aún vivía, perteneció a su bisabuela, es decir, a la abuela paterna de Katya. Normalmente, los kimonos solían pasar de madres a hijas, esto es, de la abuela materna a la madre y de la madre a la hija, pero la madre de Katya era rusa y no tenía tal kimono, así que su padre, Hideki, japonés natural, le pasó a Katya el kimono de su madre, y luego Katya a Cleven. Realmente Cleven daría un aspecto de lo más elegante y sofisticado si no fuera porque sujetaba un bollo de chocolate en las manos y se lo estaba comiendo como si hubiera pasado los últimos quince años en la cárcel.
Nakuru, por su parte, iba con un kimono negro con un estampado de flores azules que brillaban al reflejo de la luz, heredado igualmente de su abuela paterna. Y finalmente Álex, que iba un poco perdida en esto de las tradiciones, iba con uno que se había comprado, no tan elegante como el de sus amigas por ser menos antiguo pero igual de bonito, blanco con un estampado de flores sencillo. Las tres se habían recogido el pelo con un moño alto.
—Ay, esperad un momento, por favor —pidió Álex, parándose, cuando las tres estaban pasando bajo el tori.
Se fue cojeando hacia una de las anchas columnas de la puerta y, apoyándose en ella, intentó colocarse bien el calzado.
—No sé cómo podéis andar con esto —se lamentó.
—Espera —sonrió Nakuru, acudiendo a su ayuda—. Qué lástima que Raven no esté aquí —comentó, acabando de colocarle la sandalia de suela gruesa—. Con el jaleo que se oye desde aquí, debe de estar muy animado.
—Es verdad —contestó Cleven, dándose la vuelta para intentar ver algo del patio principal, al otro lado del pórtico—. Aunque sí fue al del año pasado, su primera vez.
Cuando fue a darse la vuelta otra vez, lo vio todo negro después de oír un ruido desagradable. Se había chocado contra alguien, y su bollo, al que iba a darle otro bocado, se le había espachurrado en la cara y se había llenado de crema de chocolate. Se quedó con el bollo pegado en la cara.
—Ah, disculpa —dijo el chico, corriendo a quitarle el bollo de la cara—. Ha sido por mi culp...
Cuando el inconfundible rostro de Cleven quedó al descubierto, el chico dio un pequeño brinco.
—Ah, joder, eres tú —gruñó, desviando la mirada con pasotismo y tirando el bollo al suelo—. A ver si miras por dónde vas, pelmaza.
—Niagh… —rugió Cleven, haciendo ademán de estrangularlo, todavía con la cara manchada—. ¡Raijin! ¿¡Quién sino osaría fastidiarme el momento!?
—Límpiate, cerda —replicó, cruzándose de brazos.
—Vamos, vamos, no seáis así —intervino Yako, apareciendo con Sam y con MJ, y también con Kain y su prometida.
—¡Yako! —saltó Cleven llena de alegría.
—Toma, anda, límpiate antes de que Rai siga metiéndose contigo —le sonrió Yako, tendiéndole un pañuelo de papel—. Guau, estás deslumbrante.
Cleven se sorprendió por su comentario y sonrió con vergüenza e hizo unos gestos tímidos. Ella ya había oído muchas veces a la gente decirle que era muy guapa y esas cosas, pero ella personalmente no sentía mucho interés por su propio aspecto ni por procurar que los demás la viesen bella. Por eso, como no era algo que estaba en su cabeza todo el tiempo, cuando alguien se lo decía, siempre la pillaba por sorpresa y realmente lo sentía como un halago.
Una de las cosas que a Nakuru le encantaba de su amiga era que Cleven no era nada creída, a pesar de ser la chica más increíblemente hermosa del mundo, a sus ojos. De hecho, a veces era, quizá, demasiado poco creída. Nakuru a veces notaba que Cleven realmente se tenía en muy baja estima, y algunas veces, sinceramente, desearía que se permitiera a sí misma ser un poquito creída. Pero Nakuru sabía que Cleven no deseaba o buscaba ser bella ante los demás. Sólo buscaba ser de utilidad. De esto sí que Cleven creía carecer, y si por ella fuera, intercambiaría toda su belleza por un poquito más de inteligencia, capacidad y utilidad.
En ese momento, nadie se dio cuenta, pero MJ lanzó una mirada celosa a Cleven, a pesar de que Yako también le había dicho a ella que estaba realmente preciosa con su kimono.
—Gracias —contestó Cleven entonces.
—Aaah, qué bien que hayas traído contigo a tu amiga Nakuru —comentó Yako, ofreciendo su mejor actuación.
—¡Claro que sí! Así podéis ir conociéndola mejor, porque es la chica más lista, más fuerte y más increíble del mundo y tenerla como amiga es como tener más luz en tu vida —afirmó Cleven con vehemencia, pasando un brazo sobre los hombros de su amiga.
Nakuru se quedó con una cara pasmada y de color rojo fosforito. Hablando de inesperados halagos, lo que Cleven acababa de decir la dejó tan deslumbrada que por poco se quedó de piedra, casi literalmente, por su iris henchido de regocijo. Yako también se quedó algo anonadado por el comentario imprevisto de Cleven.
—¿Sabes qué? —sonrió el joven Zou, inclinándose un poco hacia Nakuru, mirándola a los ojos—. Que creo que tienes mucha razón, Cleven, tu amiga emite una energía hermosa y tenerla de amiga realmente hace a uno afortunado.
«¡Por Dios, parad ya, los dos!» pensó Nakuru para sus adentros, sin poder aguantar tantos elogios, pero sin atreverse a decir nada, por si acaso se iba de la lengua. Era aún más difícil por tener que fingir que no conocía a Yako de toda la vida y que lo conoció ayer en la cafetería por primera vez. Luego vio a Sam ahí detrás de Yako, sonriendo hacia ella también. Sam no solía sonreír, por lo que, cuando lo hacía, significaba algo. «¡Que paréis todos, ya!» pensó Nakuru de nuevo, tan roja que estaba ya echando vapor por los oídos. Por lo menos, Raijin no estaba ahora prestando atención a ese momento, estaba conversando con MJ y con Kain aparte.
—¡Guau, Nakuru! —saltó Álex, agarrando su mano—. Sí que estás rodeada de gente buena —le dio un beso en la mejilla, prendada de ella.
Cuando Yako y Sam vieron eso, pusieron la misma cara de sorpresa y se quedaron mirando a su “hermanita” fijamente. Nakuru ya parecía una estatua incandescente.
—Sí… esto… pues… —balbució—. Bueno… esta es… os presento a Alejandra… o Álex… mi novia… y… eso.
—¡Mucho gusto! —les dijo Álex felizmente—. Yako y Sam, ¿verdad? Cleven nos ha estado hablando sin parar de vosotros por el camino. ¡Wuay! —exclamó de pronto, pues se le soltó una cinta del calzado otra vez y dio un tambaleo—. ¡De verdad! ¡Debí traerme las deportivas!
—Hahahah… Tranquila, que yo te lo arreglo de una vez por todas —le dijo Cleven, llevándola a sentarse sobre un escalón por ahí cerca.
Yako y Sam seguían con la boca medio abierta. Ahora que estaban a solas con Nakuru, se arrimaron a ella como dos agentes de la CIA.
—¿Cuánto tiempo llevas con ella? —preguntó Yako seriamente.
—¿Cómo la conociste? —preguntó Sam igual de estricto.
—¿Se porta bien contigo?
—¿Te trata bien?
—¿Cómo de serio es lo vuestro?
—¿Te has asegurado de sus intenciones?
—¡Basta, por Dios! —los frenó Nakuru—. Madre mía, relajaos un poco, chicos.
—No nos habías dicho nada hasta ahora, Nak —dijo Yako—. La has llamado “novia”, y no “amiga”, como sueles hacer cuando todavía estás conociendo a alguien. “Novia” es que ya has formalizado tu relación con ella. Si sales con alguien nuevo, debemos evaluar si es bueno para ti.
—No, dejad ya eso, ya no soy una niña pequeña, no necesito que me protejáis tanto.
—¿Después de cómo te trató tu última novia? —discrepó Sam—. ¿Que te dejó destrozada durante meses? Te usó y te partió el corazón.
—No podemos volver a permitir que eso pase —afirmó Yako.
—Chiiiiicos —los interrumpió pacientemente—. Lo sé, lo pasé muy mal con mi anterior relación. Pero no tenéis que preocuparos de nada. Esta vez, es diferente. Álex es diferente. Llevo saliendo con ella algunos meses. Y hemos formalizado nuestra relación hace dos semanas. Esta vez, me he tomado mi tiempo, y he ido con más cuidado. Y os lo aseguro, chicos. Esta es genuina. Es una humana maravillosa. Es buena, buena de verdad, y me hace feliz todo el tiempo, y es atenta, y generosa, siempre mirando por mí, nunca me pide nada, nunca se enfada si algo no le gusta, si tiene algún problema conmigo, me lo dice directamente y de buen corazón, le gusta sentarse a hablar de las cosas, y gastar el tiempo en alegrías y diversión y menos en dramas.
Sam suspiró más tranquilo al oírla describirla de esa manera. Yako, por su parte, estaba tan conmovido que se estaba secando las lágrimas con otro pañuelo de papel, casi sollozando.
—Y hace poco terminé de convencerme del todo, porque recientemente descubrí de qué familia proviene realmente.
—¿Una familia de buenos humanos? —dijo Yako.
—No. No de humanos. El padre de Álex es Pipi.
—¿¡Qué!? —exclamaron ambos chicos—. ¿Así que es esa? ¿La hija de la que siempre hablaba Pipi? —preguntó Sam.
—Qué curioso, así que es una Suárez… —comentó Yako, observando a Álex allá a lo lejos con Cleven—. Desde luego no percibo que sea una iris, ¿entonces es una almaati?
—No. Álex no es ningún tipo de miembro de la Asociación, a pesar de ser una Suárez —les explicó Nakuru—. Es hija de Pipi, pero se crio en España hasta hace poco con su madre, que es una humana externa a la Asociación.
—¿Entonces Álex no ha tenido contacto con su familia paterna allí? —se extrañó Yako.
—Sí, ha tenido mucho contacto con ellos toda su vida. Pero cada vez que Álex me ha hablado de sus abuelos, de sus tíos y primos, cree que son gente normal. Ella ignora que toda su familia paterna está repleta de iris y almaati, y la existencia de la Asociación y todo.
—Ya veo —comprendió el Zou—. Pipi ha querido mantenerla alejada de la Asociación y los iris, y le habrá pedido a toda su familia de España cumplir esta regla con ella.
—No me puedo creer que estés saliendo con la hija de Pipi —comentó Sam—. Eso es… como un nivel alto y arriesgado. Es como si yo ahora empezara a salir con la hija de un ministro.
—Vamos, no es nada como eso —se rio Nakuru—. Pipi es uno de los iris más importantes del mundo, pero siempre ha sido cercano a nosotros, como un tío. Después de todo… —suspiró, girándose para mirar a Cleven—… es el más íntimo amigo de Neuval.
Yako observó un momento a Nakuru, en silencio. Luego miró a su alrededor con cuidado. Raijin, MJ y Kain seguían conversando más allá.
—Nak. ¿Estás segura de esto?
—¿De qué?
—De dejar que Cleven continúe relacionándose con nosotros. De seguir ocultándoselo a Fuujin.
Nakuru no respondió enseguida. Seguía mirando a Cleven. Se quedó pensando un rato.
—De pequeña, Cleven siempre solía repetir una frase cuando algo malo sucedía, y que siempre me costó comprender. A nosotros los iris se nos entrena y se nos educa para saber identificar el bien y el mal en todas sus formas: en las personas, en la naturaleza, en los sucesos, en las palabras, en los actos… Debemos defender siempre el bien y rechazar siempre el mal. ¿No es así?
—¡Por supuesto! Es como debe ser —dijo Yako.
—Pero Cleven a veces decía que, a la hora de tomar una decisión, no hay que pararse a pensar en si es algo bueno o algo malo, sino en si es necesario o innecesario.
Yako y Sam se miraron, algo confusos.
—Pero… es lo mismo, ¿no? —dijo el Zou—. Lo necesario es lo bueno, y lo innecesario es lo malo.
—Desde el punto de vista de Cleven, esos conceptos no siempre coinciden —contestó Nakuru, encogiéndose de hombros—. Lleva siete años sin decir esa frase. Sin hablar de esa forma rara con que solía hablar de pequeña. Ella siempre hablaba de los cambios. De que la vida funciona mediante ellos. Nos gusten o no nos gusten.
Nakuru se quedó un rato callada, reflexiva. De repente, miró a ambos chicos con firmeza.
—Yo creo que Cleven necesita este cambio. No importa si trae buenas o malas consecuencias. Creo que debe suceder. Es cierto que Fuujin la ha mantenido alejada y protegida todos estos años. Pero… a veces… llega un momento en que hay que dejar que pase… algo diferente o nuevo. Quiero que Cleven continúe con este plan de encontrar a su tío. Y por eso necesito tu ayuda. Sobre lo que ya te dije por teléfono —le dijo a Yako.
—Bueno —sonrió este—. En ese caso, seguiré tu plan.
Después de todo, el Hotel Shibuya Excel Tokyu seguía sin corriente eléctrica. Habían estado los encargados toda la noche buscando el problema hasta que dieron con él. Frustrados al descubrir que anoche hubo un raro incidente, que la policía había encontrado a tres moteros delincuentes noqueados al final de un callejón y que la caja de cableado eléctrico había quedado destrozada porque se le estrelló una moto encima… tuvieron que recurrir a un especialista a que lo arreglase, y eso llevaría un poco de tiempo.
Por eso, sin tele, ni wifi ni luz en el hotel, Cleven decidió matar el tiempo en la calle hasta que llegara la hora del festival en el Templo Meiji. No podía evitar mirar su teléfono cada diez minutos, por si recibía de Toshiro la información de su tío, a pesar de que era improbable que se la enviara hoy. Estaba emocionada, nerviosa e impaciente, y la espera la mataba, pero por suerte, disfrutar del festival con sus amigos y posiblemente con Raijin sería distracción suficiente.
Una hora y media después de haber abandonado la Universidad de Tokio, estuvo dando paseos por el distrito de Shinjuku y mirando escaparates de ropa, libros y aparatos electrónicos –de los cuales se mostraba la marca de su padre en primera fila– hasta cansarse.
Acabó sentándose en un banco en medio de una agitada avenida, bajo la sombra de un árbol. Mientras se comía un gran bollo relleno de crema que había comprado en un 7-Eleven, observó a la gente de su alrededor, aburrida, indiferente.
No…
No era aburrimiento, ni indiferencia.
Cleven sintió algo raro dentro de ella. Por un momento pensó que el bollo le estaba sentando mal. Pero no era eso. Sentada ahí sola rodeada de tanta gente, tenía una sensación muy familiar, lejana, de un pasado recóndito. Ese pequeño malestar no era una indigestión, era una añoranza. Observaba a la gente, y notaba un extraño impulso, de ir hacia ella, mirarla más de cerca, indagar en sus problemas, hablar con ella, ayudarla, resolver enigmas, arreglar grietas…
Seguro que, si hacía algo así, además de rara, la tacharían de loca. Cleven no tenía ni idea de por qué sintió esto ahora. Se quedó un poco mosqueada. Miró el bollo. No creía que estuviese caducado ni nada.
No le sorprendió ver que gran parte de la gente ya iba vestida con sus kimonos tradicionales, sobre todo las madres que iban con sus hijos, excitados por el festival que se acercaba y no paraban de correr de aquí para allá jugando con los otros. Eso le recordó que tenía que conseguir su kimono, para lo cual tenía que recurrir a su hermanito, su cómplice de toda la vida. Sacó el móvil y fue a ver qué saldo tenía.
—Fuoh... —farfulló, con la boca llena de pan—. Cero pelotero.
Esto era lo que pasaba cuando Neuval la castigaba por haber faltado a clase a escondidas, le anulaba la tarifa de llamadas y de datos de su móvil, y se la restringía a un saldo concreto. Por mucho que se comprase un móvil diferente a la marca de su padre para evitar su dispositivo de localización, no podía hacer nada con el contrato de la tarifa, la cual su padre podía modificar como quisiera. Las únicas llamadas y mensajes gratis que podía hacer eran a su padre y a Hana, ya que, por supuesto, Neuval no la iba a dejar con la imposibilidad de llamarlo a él o a Hana por alguna urgencia.
Volvió a guardar el teléfono y se levantó del banco, optando por ir a plena Shibuya a llamar por una cabina pública que aún existiese. Para ello decidió coger el metro, que estaba al lado, y a una parada la dejaría en el centro de Shibuya. Una vez en la estación, esperó en la cola del vagón. Cuando ya llegó el metro, avanzó lentamente por la cola a medida que la gente entraba, y mientras tanto giró la cabeza hacia la fila de al lado.
Le pegó otro bocado a su interminable bollo de crema y entonces se cruzó con una mirada. Había un hombre joven, atractivo y con una sonrisa amigable que esperaba algo o a alguien, cerca de la cola de al lado. Lo perturbador es que ese joven la estaba mirando a ella. Cleven apartó la vista, desconcertada. Era seguro que la estaba mirando a ella. «¿Quién es ese y por qué me mira?» se preguntó, viendo de reojo que el otro seguía observándola fijamente y sonriente.
La joven vio algo en él que la inquietaba bastante. Tal vez fuese esa sonrisa. Era como si escondiese algo oscuro bajo un disfraz de simpatía. Se dio cuenta de cómo las mujeres de su fila lo miraban también de reojo y cuchicheaban entre ellas.
—¡Qué guapo! —dijo una.
—¿Será extranjero? —preguntó otra más joven—. ¿Será un famoso?
Cleven frunció los labios y volvió la vista a él. Sí que era interesante, pero no tanto como su insuperable Raijin. Ese de ahí tenía el cabello rubio, con rastas largas y perfectamente cuidadas, recogidas con una diadema negra ancha, y tenía un aro en el labio inferior. Sin embargo, iba vestido con un elegante traje negro y camisa blanca, sin corbata. Se mostraba casual, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y porte viril, y le hacía, sin discusión alguna, un bombón que destacaba entre toda la gente de la estación.
Las mujeres de la cola fueron ya entrando en el vagón, continuando con sus comentarios, pero Cleven se quedó quieta donde estaba sin darse cuenta, cogiendo su bollo a la altura de su barbilla y mirando a ese hombre. «¿Por qué me está observando tanto?» se empezó a mosquear, «¿Será un pervertido, o me quiere atracar?». Y él seguía igual, quieto donde estaba, contemplándola con su siniestra pero a la vez conquistadora sonrisa. «¿Pero por qué está ahí parado? ¿Querrá algo de mí? ¿Me conocerá de algo? Mejor paso».
Cuando ya se metió en el vagón y las puertas se cerraron, Cleven no pudo evitar comprobarlo una vez más y miró discreta por la ventanilla. Ese joven seguía ahí parado en el andén, y seguía observándola risueño. Por un instante, a Cleven le pareció ver una diminuta luz violeta en su ojo izquierdo, y esto la desconcertó, pero cuando se giró para verlo mejor, un grupo de personas pasó por delante de ese rubio y este de repente desapareció. A ella no le dio tiempo a mirar por otras partes del andén porque el tren ya arrancó.
Cleven estaba tan intrigada tras lo ocurrido que no se dio cuenta cuando un trozo de crema de su bollo cayó al suelo. Estaba apretándolo demasiado fuerte. «¿Qué es lo que pasaba con ese?» se preguntaba. «¿Qué es esta sensación? Ese chico con rastas… es como si ya lo hubiese visto alguna vez. Su cara me suena mucho, incluso diría que se parece mucho a Raijin».
Decidió no darle más vueltas. Una vez llegó a Shibuya, se dirigió a la zona más transitada en busca de una cabina, aún con su bollo a medio terminar. Ya encontrada, llamó al móvil de su hermano, que no tardó en contestar.
—“Allô?”
—Yenkis, c’est moi —dijo Cleven.
—“Soeur! ¿Llamando desde una cabina? Te veo un poco pobre...” —se mofó.
—Sí, ya, oye —se impacientó—. Necesito que me hagas un favor. Tráeme mi kimono.
—“¡Ah! ¿Vas a ir al festival?”
—Así es. ¿Tú vas?
—“Mm... Sí, ¿por qué no? Iré con mi gente y con Evie. Bueno, ¿dónde estás para que te lleve el kimono?”
—¡Oh, gracias, Yen! —se alegró, apretando los puños con triunfo—. Te espero en Shibuya. Donde la estatua de Hachiko.
—“Ok. Llegaré ahí en una media hora.”
—Merci, merci! ¡Ah! ¿Cómo van las cosas por ahí? ¿Y papá y Hana?
—“Hana está bien, haciendo su vida como siempre, aunque hay ratos en los que se pone a andar de un lado a otro con el teléfono a mano, esperando. Sigue preocupada por dónde puedes andar y por cómo está papá.”
—¿Cómo que “por cómo está papá”? —se extrañó, tapándose un oído para oír bien entre la barullo de la calle—. ¿Qué le pasa ahora a ese muermo?
—“Papá no aparece por casa desde hace un tiempo” —le explicó—. “Creo que está en la casa del... de ese hombre viejo que suele andar con él.”
—¿El viejo Lao? ¿Por asuntos de trabajo?
—“Lo dudo. Me parece que te está buscando.”
—¿¡Qué dices!?
—“¿Te sorprende?”
—Jo... —refunfuñó—. Tendré que ir con los ojos bien abiertos.
—“¿Todavía no has dado con el tío Brey?” —saltó—. “Cleven, eres un poco petarda para estas cosas.”
—No es fácil, ¿vale? Luego te cuento, que se agota el dinero. Date prisa.
Colgó el auricular y dio un suspiro, mirando a su alrededor con una nueva preocupación. Esperaba que su padre no estuviese andando por allí cerca, esperaba que no la descubriese, no tan pronto, no sin haber visto a su tío y haber hablado con él en mejores condiciones. Se fue hacia la estatua de Hachiko y se apoyó de espaldas contra el pedestal, mordiéndose las uñas, acechando los alrededores.
* * * * * *
Llegó la hora de la apertura del festival. Gran parte de los ciudadanos lo estaba esperando, por ello toda la zona del Parque Yoyogi de Shibuya estaba con un ambiente cargado de ánimo y excitación. El templo estaba en el corazón del parque, rodeado de bosque. Parecía un mundo aparte, aislado de la bulliciosa ciudad de rascacielos del exterior.
Una vez atravesado el tori de la entrada al parque, había un paseo de varios minutos por un ancho camino de grava entre enormes árboles hasta el templo. El tori era una estructura generalmente de dos pilares de madera que sostenían otra estructura horizontal, y eran las puertas que señalaban el camino hacia un templo. Tras doblar el último recodo del camino, se presentaba a la vista otro tori más pequeño custodiando la entrada del recinto. Era un complejo de varios edificios, y frente al edificio principal del templo se extendía un gran patio interior baldosado, rodeado de una fortificación levantada en columnas de madera y tejados de esquinas curvas.
Ahora, ya hechos los preparativos del festival, este inmenso patio principal estaba abarrotado de diversos puestos en todo su recorrido. Eran puestos de comida, de suvenires, de la suerte, de sorteos y juegos…
Se había dejado en el centro un espacio desde la puerta del templo hasta el tori exterior para que realizasen una función tradicional, que consistía en una representación de cómo era la época durante el inicio del gobierno Meiji. Hacían una obra teatral de cuatro actos repartidos para cada día del festival, comenzando con el emperador retomando su poder tras dar fin a la dictadura militar del shogunato Tokugawa de dos siglos y medio. Después, continuaba contando cómo el emperador inició el cambio para hacer que la sociedad japonesa se equiparara a la europea y fuera algo más democrática.
El lugar se estaba llenando de gente considerablemente al paso de los minutos. Unos iban con ropa normal, y otros iban con kimonos tradicionales reservados para este tipo de eventos. Muchos niños habían traído espadas de madera, ya que había una parte de la actuación en la que podían participar haciéndose pasar por soldados del emperador.
A eso de las seis de la tarde, cuando el cielo empezaba a ponerse naranja, Cleven se adentró en el recinto con Nakuru y con Álex. Tal como había planeado, se había pasado por la cafetería de Yako para decirle que se viniese con los demás, y este había dicho que por supuesto.
Cleven iba con un elegantísimo kimono rojo oscuro con flores blancas y matices dorados estampados. Según le había dicho su madre, cuando aún vivía, perteneció a su bisabuela, es decir, a la abuela paterna de Katya. Normalmente, los kimonos solían pasar de madres a hijas, esto es, de la abuela materna a la madre y de la madre a la hija, pero la madre de Katya era rusa y no tenía tal kimono, así que su padre, Hideki, japonés natural, le pasó a Katya el kimono de su madre, y luego Katya a Cleven. Realmente Cleven daría un aspecto de lo más elegante y sofisticado si no fuera porque sujetaba un bollo de chocolate en las manos y se lo estaba comiendo como si hubiera pasado los últimos quince años en la cárcel.
Nakuru, por su parte, iba con un kimono negro con un estampado de flores azules que brillaban al reflejo de la luz, heredado igualmente de su abuela paterna. Y finalmente Álex, que iba un poco perdida en esto de las tradiciones, iba con uno que se había comprado, no tan elegante como el de sus amigas por ser menos antiguo pero igual de bonito, blanco con un estampado de flores sencillo. Las tres se habían recogido el pelo con un moño alto.
—Ay, esperad un momento, por favor —pidió Álex, parándose, cuando las tres estaban pasando bajo el tori.
Se fue cojeando hacia una de las anchas columnas de la puerta y, apoyándose en ella, intentó colocarse bien el calzado.
—No sé cómo podéis andar con esto —se lamentó.
—Espera —sonrió Nakuru, acudiendo a su ayuda—. Qué lástima que Raven no esté aquí —comentó, acabando de colocarle la sandalia de suela gruesa—. Con el jaleo que se oye desde aquí, debe de estar muy animado.
—Es verdad —contestó Cleven, dándose la vuelta para intentar ver algo del patio principal, al otro lado del pórtico—. Aunque sí fue al del año pasado, su primera vez.
Cuando fue a darse la vuelta otra vez, lo vio todo negro después de oír un ruido desagradable. Se había chocado contra alguien, y su bollo, al que iba a darle otro bocado, se le había espachurrado en la cara y se había llenado de crema de chocolate. Se quedó con el bollo pegado en la cara.
—Ah, disculpa —dijo el chico, corriendo a quitarle el bollo de la cara—. Ha sido por mi culp...
Cuando el inconfundible rostro de Cleven quedó al descubierto, el chico dio un pequeño brinco.
—Ah, joder, eres tú —gruñó, desviando la mirada con pasotismo y tirando el bollo al suelo—. A ver si miras por dónde vas, pelmaza.
—Niagh… —rugió Cleven, haciendo ademán de estrangularlo, todavía con la cara manchada—. ¡Raijin! ¿¡Quién sino osaría fastidiarme el momento!?
—Límpiate, cerda —replicó, cruzándose de brazos.
—Vamos, vamos, no seáis así —intervino Yako, apareciendo con Sam y con MJ, y también con Kain y su prometida.
—¡Yako! —saltó Cleven llena de alegría.
—Toma, anda, límpiate antes de que Rai siga metiéndose contigo —le sonrió Yako, tendiéndole un pañuelo de papel—. Guau, estás deslumbrante.
Cleven se sorprendió por su comentario y sonrió con vergüenza e hizo unos gestos tímidos. Ella ya había oído muchas veces a la gente decirle que era muy guapa y esas cosas, pero ella personalmente no sentía mucho interés por su propio aspecto ni por procurar que los demás la viesen bella. Por eso, como no era algo que estaba en su cabeza todo el tiempo, cuando alguien se lo decía, siempre la pillaba por sorpresa y realmente lo sentía como un halago.
Una de las cosas que a Nakuru le encantaba de su amiga era que Cleven no era nada creída, a pesar de ser la chica más increíblemente hermosa del mundo, a sus ojos. De hecho, a veces era, quizá, demasiado poco creída. Nakuru a veces notaba que Cleven realmente se tenía en muy baja estima, y algunas veces, sinceramente, desearía que se permitiera a sí misma ser un poquito creída. Pero Nakuru sabía que Cleven no deseaba o buscaba ser bella ante los demás. Sólo buscaba ser de utilidad. De esto sí que Cleven creía carecer, y si por ella fuera, intercambiaría toda su belleza por un poquito más de inteligencia, capacidad y utilidad.
En ese momento, nadie se dio cuenta, pero MJ lanzó una mirada celosa a Cleven, a pesar de que Yako también le había dicho a ella que estaba realmente preciosa con su kimono.
—Gracias —contestó Cleven entonces.
—Aaah, qué bien que hayas traído contigo a tu amiga Nakuru —comentó Yako, ofreciendo su mejor actuación.
—¡Claro que sí! Así podéis ir conociéndola mejor, porque es la chica más lista, más fuerte y más increíble del mundo y tenerla como amiga es como tener más luz en tu vida —afirmó Cleven con vehemencia, pasando un brazo sobre los hombros de su amiga.
Nakuru se quedó con una cara pasmada y de color rojo fosforito. Hablando de inesperados halagos, lo que Cleven acababa de decir la dejó tan deslumbrada que por poco se quedó de piedra, casi literalmente, por su iris henchido de regocijo. Yako también se quedó algo anonadado por el comentario imprevisto de Cleven.
—¿Sabes qué? —sonrió el joven Zou, inclinándose un poco hacia Nakuru, mirándola a los ojos—. Que creo que tienes mucha razón, Cleven, tu amiga emite una energía hermosa y tenerla de amiga realmente hace a uno afortunado.
«¡Por Dios, parad ya, los dos!» pensó Nakuru para sus adentros, sin poder aguantar tantos elogios, pero sin atreverse a decir nada, por si acaso se iba de la lengua. Era aún más difícil por tener que fingir que no conocía a Yako de toda la vida y que lo conoció ayer en la cafetería por primera vez. Luego vio a Sam ahí detrás de Yako, sonriendo hacia ella también. Sam no solía sonreír, por lo que, cuando lo hacía, significaba algo. «¡Que paréis todos, ya!» pensó Nakuru de nuevo, tan roja que estaba ya echando vapor por los oídos. Por lo menos, Raijin no estaba ahora prestando atención a ese momento, estaba conversando con MJ y con Kain aparte.
—¡Guau, Nakuru! —saltó Álex, agarrando su mano—. Sí que estás rodeada de gente buena —le dio un beso en la mejilla, prendada de ella.
Cuando Yako y Sam vieron eso, pusieron la misma cara de sorpresa y se quedaron mirando a su “hermanita” fijamente. Nakuru ya parecía una estatua incandescente.
—Sí… esto… pues… —balbució—. Bueno… esta es… os presento a Alejandra… o Álex… mi novia… y… eso.
—¡Mucho gusto! —les dijo Álex felizmente—. Yako y Sam, ¿verdad? Cleven nos ha estado hablando sin parar de vosotros por el camino. ¡Wuay! —exclamó de pronto, pues se le soltó una cinta del calzado otra vez y dio un tambaleo—. ¡De verdad! ¡Debí traerme las deportivas!
—Hahahah… Tranquila, que yo te lo arreglo de una vez por todas —le dijo Cleven, llevándola a sentarse sobre un escalón por ahí cerca.
Yako y Sam seguían con la boca medio abierta. Ahora que estaban a solas con Nakuru, se arrimaron a ella como dos agentes de la CIA.
—¿Cuánto tiempo llevas con ella? —preguntó Yako seriamente.
—¿Cómo la conociste? —preguntó Sam igual de estricto.
—¿Se porta bien contigo?
—¿Te trata bien?
—¿Cómo de serio es lo vuestro?
—¿Te has asegurado de sus intenciones?
—¡Basta, por Dios! —los frenó Nakuru—. Madre mía, relajaos un poco, chicos.
—No nos habías dicho nada hasta ahora, Nak —dijo Yako—. La has llamado “novia”, y no “amiga”, como sueles hacer cuando todavía estás conociendo a alguien. “Novia” es que ya has formalizado tu relación con ella. Si sales con alguien nuevo, debemos evaluar si es bueno para ti.
—No, dejad ya eso, ya no soy una niña pequeña, no necesito que me protejáis tanto.
—¿Después de cómo te trató tu última novia? —discrepó Sam—. ¿Que te dejó destrozada durante meses? Te usó y te partió el corazón.
—No podemos volver a permitir que eso pase —afirmó Yako.
—Chiiiiicos —los interrumpió pacientemente—. Lo sé, lo pasé muy mal con mi anterior relación. Pero no tenéis que preocuparos de nada. Esta vez, es diferente. Álex es diferente. Llevo saliendo con ella algunos meses. Y hemos formalizado nuestra relación hace dos semanas. Esta vez, me he tomado mi tiempo, y he ido con más cuidado. Y os lo aseguro, chicos. Esta es genuina. Es una humana maravillosa. Es buena, buena de verdad, y me hace feliz todo el tiempo, y es atenta, y generosa, siempre mirando por mí, nunca me pide nada, nunca se enfada si algo no le gusta, si tiene algún problema conmigo, me lo dice directamente y de buen corazón, le gusta sentarse a hablar de las cosas, y gastar el tiempo en alegrías y diversión y menos en dramas.
Sam suspiró más tranquilo al oírla describirla de esa manera. Yako, por su parte, estaba tan conmovido que se estaba secando las lágrimas con otro pañuelo de papel, casi sollozando.
—Y hace poco terminé de convencerme del todo, porque recientemente descubrí de qué familia proviene realmente.
—¿Una familia de buenos humanos? —dijo Yako.
—No. No de humanos. El padre de Álex es Pipi.
—¿¡Qué!? —exclamaron ambos chicos—. ¿Así que es esa? ¿La hija de la que siempre hablaba Pipi? —preguntó Sam.
—Qué curioso, así que es una Suárez… —comentó Yako, observando a Álex allá a lo lejos con Cleven—. Desde luego no percibo que sea una iris, ¿entonces es una almaati?
—No. Álex no es ningún tipo de miembro de la Asociación, a pesar de ser una Suárez —les explicó Nakuru—. Es hija de Pipi, pero se crio en España hasta hace poco con su madre, que es una humana externa a la Asociación.
—¿Entonces Álex no ha tenido contacto con su familia paterna allí? —se extrañó Yako.
—Sí, ha tenido mucho contacto con ellos toda su vida. Pero cada vez que Álex me ha hablado de sus abuelos, de sus tíos y primos, cree que son gente normal. Ella ignora que toda su familia paterna está repleta de iris y almaati, y la existencia de la Asociación y todo.
—Ya veo —comprendió el Zou—. Pipi ha querido mantenerla alejada de la Asociación y los iris, y le habrá pedido a toda su familia de España cumplir esta regla con ella.
—No me puedo creer que estés saliendo con la hija de Pipi —comentó Sam—. Eso es… como un nivel alto y arriesgado. Es como si yo ahora empezara a salir con la hija de un ministro.
—Vamos, no es nada como eso —se rio Nakuru—. Pipi es uno de los iris más importantes del mundo, pero siempre ha sido cercano a nosotros, como un tío. Después de todo… —suspiró, girándose para mirar a Cleven—… es el más íntimo amigo de Neuval.
Yako observó un momento a Nakuru, en silencio. Luego miró a su alrededor con cuidado. Raijin, MJ y Kain seguían conversando más allá.
—Nak. ¿Estás segura de esto?
—¿De qué?
—De dejar que Cleven continúe relacionándose con nosotros. De seguir ocultándoselo a Fuujin.
Nakuru no respondió enseguida. Seguía mirando a Cleven. Se quedó pensando un rato.
—De pequeña, Cleven siempre solía repetir una frase cuando algo malo sucedía, y que siempre me costó comprender. A nosotros los iris se nos entrena y se nos educa para saber identificar el bien y el mal en todas sus formas: en las personas, en la naturaleza, en los sucesos, en las palabras, en los actos… Debemos defender siempre el bien y rechazar siempre el mal. ¿No es así?
—¡Por supuesto! Es como debe ser —dijo Yako.
—Pero Cleven a veces decía que, a la hora de tomar una decisión, no hay que pararse a pensar en si es algo bueno o algo malo, sino en si es necesario o innecesario.
Yako y Sam se miraron, algo confusos.
—Pero… es lo mismo, ¿no? —dijo el Zou—. Lo necesario es lo bueno, y lo innecesario es lo malo.
—Desde el punto de vista de Cleven, esos conceptos no siempre coinciden —contestó Nakuru, encogiéndose de hombros—. Lleva siete años sin decir esa frase. Sin hablar de esa forma rara con que solía hablar de pequeña. Ella siempre hablaba de los cambios. De que la vida funciona mediante ellos. Nos gusten o no nos gusten.
Nakuru se quedó un rato callada, reflexiva. De repente, miró a ambos chicos con firmeza.
—Yo creo que Cleven necesita este cambio. No importa si trae buenas o malas consecuencias. Creo que debe suceder. Es cierto que Fuujin la ha mantenido alejada y protegida todos estos años. Pero… a veces… llega un momento en que hay que dejar que pase… algo diferente o nuevo. Quiero que Cleven continúe con este plan de encontrar a su tío. Y por eso necesito tu ayuda. Sobre lo que ya te dije por teléfono —le dijo a Yako.
—Bueno —sonrió este—. En ese caso, seguiré tu plan.
Comentarios
Publicar un comentario