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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









48.
Desahogo

Agatha dormía apaciblemente en su cama, soñando con los buenos recuerdos de su larga vida de siete siglos y medio. Habrá quienes se pregunten, ¿con qué sueña una persona que ha sido ciega toda su vida? ¿Su mente le muestra imágenes de personas, de lugares? No. En los sueños de alguien como Agatha, se reproducían sonidos, sensación de olores y texturas.

Ahora estaba soñando con Charles, su primer marido, y con sus dos primeros hijos que tuvo con él, Evans y Elizabeth, cuando eran pequeños. Oía sus voces y sus risas, y el ruido de carros de caballo, estaban en las calles del Londres del siglo XV. Sentía a Evans cogiendo su mano, fue un niño muy dulce y posteriormente un buen hombre. Denzel descendía de él. Pero, de pronto, Evans empezó a ponerse muy pesado en su sueño, comenzó a llamarla sin parar, no “mamá”, sino por su nombre, una y otra vez. Agatha, Agatha...

—¡Agatha! ¡Agatha! —exclamó Daisuke, dando tirones en la manta—. ¡Despierta!

La anciana despertó a duras penas, reconociendo la voz del niño.

—Por última vez, Daisuke... —musitó con paciencia, sin moverse lo más mínimo—. Lo que hay debajo de la cama es una bola de polvo de grandes dimensiones, no un gremlin.

—¡No es eso! ¡Es Clover! ¡Le pasa algo! ¡Ven!

—¿Qué demonios...? —rezongó la taimu con cansancio, levantándose de la cama y cogiendo su bastón.

Siguió al niño hasta la habitación donde dormían y la anciana se sentó al borde de la cama. Palpó a Clover suavemente con la mano y notó que estaba dormida, respirando tranquilamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó—. Está durmiendo, no le pasa nada.

—¡No, no! —saltó una y otra vez, nervioso—. No se despierta. La llevo llamando desde hace un rato y moviéndola y... y llamándola y moviéndola... para que me acompañase a por una vaso de agua y... ¡no se despierta! Antes no le pasaba esto. Siempre vamos juntos cuando vamos a por un vaso de agua... Y Clover es de las que se despiertan con sólo un ruidito...

Agatha frunció el ceño. Era verdad, con las voces que Daisuke estaba dando todavía, la niña parecía no inmutarse lo más mínimo. Así que trató de despertarla ella por si acaso.

—Clover... —la movió—. Clover, despierta.

Siguió así un rato, pero la pequeña seguía tal cual. Entonces, la anciana supo con seguridad que algo no andaba bien. La cogió en brazos y le acarició varias veces la cara, examinándola. Era muy extraño, parecía estar perfectamente, dormida sin más, pero el hecho de no reaccionar con las voces y los meneos era muy raro en ella. Daisuke se subió a la cama, inquieto, para verla mejor.

—Clover... —volvió a llamarla la anciana, acariciando su pelo.

—¡Ah! —pegó Daisuke un respingo.

—¿Qué? —saltó Agatha.

—Ha abierto los ojos un poco, los ha abierto, pero...

—¿Qué, qué? —se impacientó.

—Están en blanco... —se asustó—. Y parpadea de vez en cuando muy rápidamente. ¿Eso es malo? Dime, ¿es malo?

La anciana puso cara de extrañeza. Clover parecía seguir dormida, pese a haber abierto los ojos, y al escuchar que estaban en blanco y que pestañeaba rápidamente, era como si la niña estuviese en trance. Preocupada, volvió a dejarla tumbada en la cama y cogió el teléfono.

—Voy a llamar a un médico.

—¿Tiene fiebre?

—No. Pero a lo mejor un médico puede aclararnos esto mejor que tú y que yo. Creo que está bien, pero quiero asegurarme. —Esperó unos segundos con el auricular en la oreja hasta que alguien contestó—. Sí, buenas noches. Por favor, querría que enviasen a un médico de guardia a...

Mientras daba la dirección, Daisuke se limitó a no quitarle el ojo de encima a su hermana, bastante asustado, preguntándose qué podría pasarle. Sólo apartó la mirada cuando Agatha colgó el teléfono.

—Ahora mismo mandan a un médico —lo tranquilizó—. No te preocupes, Clover está bien. En diez minutos está aquí, ¿vale?

—Vale, vale —asintió enérgicamente.

Esperaron diez minutos sin apartarse de la pequeña, vigilando que no surgiera ninguna anomalía, y por fin llamaron al timbre. Agatha se levantó de la cama, pero Daisuke ya había salido escopetado de la habitación y, al llegar a la entrada, abrió la puerta de golpe. El hombre con el que se encontró al otro lado se sorprendió un poco al ver ese ímpetu. Era un hombre esbelto, de pelo corto y marrón oscuro, piel clara y lisa y unos ojos azules como el hielo. Vestía con traje negro y corbata, portando un maletín, y su profunda mirada y serenidad impresionaban.

—¿Eres el médico? —preguntó Daisuke.

—Sí —contestó él.

—¡Corre, mi hermana está arriba! —lo cogió de la mano y lo arrastró al piso de arriba, donde aguardaba Agatha.

—Buenas noches —lo saludó—. Gracias por venir.

—Buenas noches —contestó el hombre, todavía sorprendido por la inquietud del niño—. ¿Dónde está la niña?

Agatha lo condujo hacia la habitación, donde ya estaba Daisuke subido a la cama de nuevo, pegado a su hermana y mirando intensamente al médico. Entonces el hombre se acercó a ella y se sentó al borde para examinarla.

—No parece estar enferma —le explicó la anciana.

—No, desde luego —aseguró él, contemplando los ojos de Clover—. Es muy extraño, diría que se trata de un ataque de epilepsia, pero faltarían más síntomas de los que ahora presenta. Su respiración es normal.

Se quedó un rato en silencio mientras oía los latidos del corazón de Clover con el fonendoscopio.

—Todo está bien, ni siquiera hay arritmia leve —dijo, separándose de ella—. No deben preocuparse, es un efecto del inconsciente, les pasa a muchas personas cuando sueñan. Un sueño muy profundo. Por eso a veces no despiertan ni con ruido ni con movimiento. Es como un trance.

—Menos mal —se alivió la anciana—. ¿Y no puede hacer que vuelva a tener los ojos cerrados?

—No —sonrió—. Si se trata de esto se le pasará, que siga durmiendo y por la mañana despertará perfectamente.

—Gracias, nos ha ayudado mucho saberlo —suspiró Agatha—. Estos dos están a mi cargo durante un tiempo, no quiero que les pase nada, ¿comprende?

—Claro —volvió a sonreír—. ¿Cómo se llama la pequeña?

—Oh, se llama Clover Saehara.

—¡Y yo soy su hermano Daisuke! —exclamó el niño, para dejarlo bien claro.

El hombre se quedó un momento como paralizado, con el ceño fruncido.

—¿C... Cómo ha dicho? —preguntó, rascándose la cabeza, abrumado—. ¿Saehara?

—Sí. Yo soy Agatha. Sólo falta presentarse usted —casi rio.

El médico seguía con la boca abierta cuando desvió un momento la mirada hacia la niña, y luego hacia Daisuke.

—Lex... Lex Vernoux —respondió.

—¡Oh! —exclamó Agatha con gran sorpresa—. ¿En serio? ¿Lex? Dios mío, ¡no te he reconocido ni la voz! ¡Oh! —empezó a palparle la cara, encontrando las gafas de Hideki, luego los hombros—. ¡Pero mira qué alto te has puesto! ¿Pero qué años tienes ya?

—25. Siento no haberla recordado al verla, Agatha —dijo Lex, dejándose palpar, pues sabía que esa era la forma que tenía ella de “ver” a alguien—. Tengo un problema con los recuerdos lejanos... de la gente que conocía entonces.

—Sí, lo sé. Algo he oído de eso, no te preocupes —asintió.

Lex volvió a desviar la mirada, algo reservado. Observó a los dos niños, en especial a Daisuke, que se había tumbado junto a Clover.

—Es idéntico a él... —murmuró con asombro.

Lex se puso en pie y se quedó junto a Agatha, mirando ahora a Clover.

—Dígame, ¿ella lleva así mucho rato? —quiso saber.

—Una media hora —contestó la anciana—. ¿Por qué? ¿Podría tratarse quizá de terrores nocturnos? ¿O parálisis del sueño? He oído hablar de esas cosas...

—No, la pequeña Clover no está padeciendo nada de eso. Para tener parálisis del sueño, ha de estar despierta y no poder moverse. La actividad neuronal de una persona durante el sueño MOR es similar a la de alguien despierto, y la frecuencia cardiaca y respiratoria son irregulares. Pero esta pequeña parece tranquila y con ritmos normales y constantes. Debería tratarse del sueño MOR intenso porque es lo más común, pero por estas diferencias parece que es otra cosa. No estoy seguro de haber tratado algo así con estas características y con esta duración.

—Vaya, Lex —dijo Agatha con asombro—. Creía que eras médico general.

—Sí. Pero también soy neurólogo.

Permanecieron un rato en silencio, en el que Lex estuvo reflexionando. Mientras tanto, Daisuke le cogió la mano a su hermana y vio que llevaba una pulsera puesta.

—Clover, papá dice que no durmamos con estas cosas puestas, cortan la circulación —le dijo, aunque sabía que no le oía, y le desabrochó la pulsera, dejándola en la mesilla—. Oh... —musitó—. Señor médico, mira, ya está dormida bien.

Lex observó que los ojos de Clover se cerraron por fin y siguió durmiendo tranquilamente, mientras Agatha emitía un murmullo de conformidad y Daisuke le sonreía abiertamente, contento. Sin embargo, al joven médico seguía extrañándole el trance de la niña. Por un momento dirigió la mirada hacia la pulsera que Daisuke había dejado sobre la mesilla. No obstante, sin darle más vueltas, asumió que ya había pasado y que todo volvía a ser normal.

—En fin, pues me marcho, no quiero molestarlos más —declaró, cogiendo su maletín—. Querrán seguir durmiendo. Si pasa algo más, vuelva a llamarme, Agatha.

—Gracias, Lex —le sonrió la anciana, y lo acompañó hasta la puerta después de acostar a Daisuke otra vez—. ¿Sueles trabajar a estas horas?

—En realidad estoy sustituyendo a un compañero que no ha podido venir —contestó, abriendo la puerta, pero antes de salir se dio la vuelta una última vez y miró hacia el piso de arriba.

Agatha se dio cuenta de esto, a pesar de que no lo veía, pero lo intuyó.

—Es la primera vez que ves a tus primitos, ¿verdad? —le preguntó.

—Mis primos... —repitió Lex casi sonriendo, cerrando los ojos—. Yo ya sabía que tenía dos pequeños primos mellizos, pero esta es la primera vez que los conozco. Clover y Daisuke... Me alegra saber que viven bien, parecen sanos y buenos niños. Y parecen felices.

—Sí, lo son —asintió Agatha—. Aún son muy pequeños para saber que su padre en realidad no es como los demás padres.

—¿Cómo está mi tío? —quiso saber Lex, ansioso—. Llevo varios años sin verlo. Sé que le han pasado cosas malas y nunca he tenido ocasión de dar con él...

—Bueno... —titubeó—. Tu tío Brey está bien. Pero... sé que hay cosas que todavía no ha superado. Como la muerte de tu madre. Yo lo ayudo a cuidar de los niños, y los demás también. ¿Y tú como estás, Lex? —preguntó con cara pesarosa, pensando que era oportuno sacar el tema—. He oído por ahí... que no te hablas con tu padre desde hace años. Me gustaría saber por qué. Os conozco a todos desde siempre. Y tú parece que no has hablado con nadie de ello en mucho tiempo.

Lex dio un breve suspiro y miró dubitativo a la anciana, sin saber qué decir. Le había preguntado sobre un tema con el que llevaba cargando siete años. Y la verdad, no había tenido a muchas personas con quien hablarlo, no era algo que se pudiese hablar con cualquiera. Pero Agatha era una persona que podía comprenderlo, y el hecho de que ella le sacara el tema, de repente le hizo sentir ganas de soltarlo.

Agatha descifró el significado de su silencio intranquilo. Sólo le bastó hacerle un gesto con la mano para indicarle que volviera a entrar en la casa, y Lex lo hizo. Agatha fue a la cocina a coger un par de tazas de té que ya tenía preparado de antes y ambos se sentaron en la mesa del comedor. Lex no levantaba la mirada de su taza, con aire apesadumbrado.

—Dime, Lex. ¿Por qué os peleasteis tu padre y tú?

—Porque tras morir mi madre, me borró la memoria, y a los dos días la recuperé de golpe —respondió sin más.

—¿Su Técnica falló en ti? —se sorprendió—. Eso es imposible, esa técnica de Denzel es infalible sobre todas las personas. ¿Y cuál es el problema, pues?

—Lo que me cabrea es que tratase de borrar mi memoria sin mi permiso —le explicó el joven, sin poder contenerse—. Trató de meterme nuevos falsos recuerdos. Trató de hacerme creer que mi madre murió de una enfermedad, y lo mismo con mi tío Sai. Trató de hacerme olvidar a toda mi familia. Trató de hacerme olvidar que él es Fuujin y toda la vida que hemos vivido relacionados con la Asociación. Borrándome esos recuerdos, me borró sentimientos y pensamientos del pasado, cosas que son mías. Tal vez, lo que más me dolió, es que tratase de hacerme olvidar a mis abuelos y a mis primos Lao.

Agatha arrugó la barbilla, sabiendo a qué se refería.

—Ellos... —resopló Lex con cierta rabia—. Mi abuelo Kei Lian, mi abuela Ming Jie… Mis tíos Sai y Suzu… Mis primos Mei Ling, Kyo… y You. Son mi familia, he crecido con ellos. Cuando me enteré el año pasado de que Yousuke murió... —apretó los puños, y luego suspiró—. Joder... Fui al funeral con mi padre y con los Lao, pero Cleven y Yenkis no vinieron, ellos ni siquiera sabían de la existencia de Yousuke, no le recordaban... Sé que Kei Lian y Ming Jie no son los verdaderos padres de mi padre, pero ellos lo adoptaron cuando era pequeño, lo acogieron en su familia, que también es mi familia y la de mis hermanos. Yenkis no recuerda nada porque era muy pequeño. Pero a Cleven también le borró la memoria, y a diferencia de mí, mi hermana sigue sin recordar nada, y a nadie. Me duele, porque Cleven amaba con toda su alma a todos ellos, y a la familia de mi madre también. Pero mi padre se los ha quitado, tanto de la mente como del corazón. Pretendió hacer lo mismo conmigo, directamente, sin hablarlo primero. ¿Y por qué? Porque cuando murió mi madre, mi padre decidió cambiar radicalmente nuestras vidas, decidió rendirse y llevarnos a Cleven, a Yenkis y a mí al hoyo donde se hundió.

Agatha agarró su mano suavemente sobre la mesa.

—Lex, querido… Sabes que esa no es la razón. Todo fue para protegeros. Ya que los… asesinos de tu madre… —dijo con cuidado—… todavía nadie sabe de dónde aparecieron o quiénes fueron. Pero resultaron ser unas personas que representaban un peligro global. Nadie sabe cómo, pero estaban destruyendo Tokio con esas explosiones inexplicables y matando gente, y los iris no encontraban la manera de frenarlos… Tu madre hizo lo que mejor sabía hacer y lo que deseaba hacer, que era proteger a los demás, sobre todo a su familia. Cuando descubrió que era ella a quien buscaban, se entregó sin dudar… y fue cuando esas misteriosas personas pararon de atacar la ciudad.

Lex se quitó un momento las gafas para secarse los ojos con la manga de la chaqueta.

—Tu padre tuvo el pensamiento más racional. Todo apuntaba a que esas personas eran enemigos de la Asociación y no podía dar por sentado que realmente habían quedado satisfechas tras asesinar a tu madre. Tu padre temía que algún día volvieran a aparecer para seguir matando a las personas más relacionadas con tu madre. Le daba pavor la idea de que esos tipos reaparecieran algún día y os buscasen a ti y a tus hermanos para daros el mismo destino que a vuestra madre. Y por eso, cortar toda relación con la Asociación y con el resto de iris era lo más seguro. Incluso si eso significaba cortar vuestra relación con el resto de vuestros familiares.

—Ya lo sé… Todo eso ya lo sé… Pero podía haber usado otra solución. Podría habernos explicado a Cleven y a mí todo esto y pedirnos simplemente que tuviéramos más precaución y que nos relacionáramos con nuestros familiares iris con poca frecuencia y de la forma más discreta posible y…

—¿Simplemente? —repitió la anciana—. Vamos, Lex… ¿Crees de verdad que pediros una cosa así es sencillo? No… Para nada. ¿Crees que tu hermana y tú habríais sido capaces de cumplir esa regla, de no poder ver ni contactar con el resto de vuestra familia? Habría sido doloroso vivir así.

—Pero…

—No justifico a tu padre por decidir borraros la memoria. Es una solución injusta. Pero… ¿qué otra podía haber, cuando ves que absolutos desconocidos han asesinado a tu mujer y no tienes ni idea del porqué, cuando sabes que semejante peligro desconocido e imprevisible podría reaparecer para quitarte a tus hijos por cualquier otra razón… y cuando tú mismo te convertiste en un peligro mundial y destruiste medio Japón bajo los efectos de tu majin? Nadie tiene una respuesta a esta pregunta, porque lo que les sucedió a tus padres no tiene precedentes. La muerte de tu madre es la más misteriosa junto con la del padre de Yako.

Lex se quedó en silencio, mirando el líquido oscuro del té en su taza, afligido.

—Creía que él… contaría conmigo para intentar solucionar las cosas —murmuró—. Creía que él me veía lo suficientemente fuerte para hablarlo conmigo… pero… vino directamente hacia mí… sin decir ni una sola palabra… mirándome directamente a los ojos con su luz blanca, preparado para borrarme la memoria… así sin más… de repente…

—Lex, tu padre te ve como el humano más fuerte del mundo.

—No es verdad…

—No es ninguna novedad, para los que te conocemos desde que naciste, la cantidad de veces que nos has sorprendido. Tu increíble capacidad para comprender, asumir y aceptar las cosas, los cambios, los problemas y los enigmas… Todas las veces que tu familia ha sufrido una pérdida, todos se hundían, pero tú, muchacho, tú permanecías en pie, recto, con la barbilla alta. Estabas tan destrozado como los demás, pero inexplicablemente mantenías tu mente sólida y de una pieza, para convertirte en la roca donde los demás necesitaban apoyarse. Las mentiras, engaños, tentaciones, manipulaciones… todas esas cosas ante las que cualquier humano ha sido débil alguna vez, jamás han tenido efecto en tu poderosa mente. Por no hablar de que recuperar la memoria dos días después de que alguien te hiciera esa Técnica de Denzel ¡ya es algo imposible!

—¡Pues al parecer mi padre aún me veía demasiado frágil para soportar el cambio! —exclamó con rabia—. Creyó que no lo entendería, que no lo asumiría ni aceptaría, cuando llevo toda mi vida demostrándole una y otra vez que yo puedo soportar cualquier cosa, que yo puedo aguantar cualquier cambio necesario para proteger a mi familia, que yo podía ayudarle a sobrellevar ese cambio y proteger a Cleven y a Yenkis junto a él… Y ni siquiera… —sollozó levemente, cerrando los ojos—. Ni siquiera se paró delante de mí para hablarme… para hablar conmigo de la solución que quería llevar a cabo…

—¿De qué habría servido hablarte primero, si tras borrarte la memoria no recordarías siquiera que hablaste con él de ello?

—No se trata de eso… No se trata de si luego lo olvidaría o no… Se trata de que él no me dio esa opción. No me dio ningún voto de confianza. No lo habló conmigo para, simplemente, conocer mi opinión o lo que yo pensaría al respecto. Aunque él contaba con que yo no recordaría esa conversación… el hecho de decidir no tener esa conversación conmigo… es lo que más me dolió de él. Si tan sólo se hubiera sentado conmigo y me hubiera empezado a explicar que quería borrarnos la memoria y los poderosos motivos… y preguntarme mi opinión, o mi permiso… yo seguramente habría comprendido totalmente esos motivos y lo habría aceptado, pero quería decírselo yo, que estaba de acuerdo, que le daba permiso… No me concedió ni eso. No quiso saber qué le habría respondido yo.

Agatha no dijo nada, porque comprendió perfectamente lo que estaba describiendo Lex, ese tipo de sentimiento, de decepción y traición.

—Ahora… la sola idea de que mi padre podría borrar mi memoria de nuevo o la de otra persona con tanta libertad y sin previo aviso… es aterradora… —suspiró Lex, intentando serenarse—. Da miedo… que pueda hacer algo así sin que te des cuenta…

—Él jamás volvería a hacer algo así —refutó Agatha con firmeza.

—¿Cómo saberlo?

—Lo sé, niño. Porque he vivido más de siete siglos y medio en esta esfera y con millones de humanos e iris con los que me he cruzado. Y tu padre es la persona más especial que he conocido.

—¿La más especial? Sé que es algo excéntrico, pero ¿qué puede tener como para considerarlo la persona más especial?

—Neuval es todo un misterio. Lo lleva siendo desde que Lao y Denzel lo trajeron al Monte Zou y a la Asociación. Podría pasarme la noche entera enumerando las mil razones por las que tu padre me parece un espécimen único. Pero sólo te diré que el amor que él siente por sus hijos, además de inconmensurable, es un poco peligroso. Porque él lleva toda su vida arrastrando un trauma personal respecto a lo que es tener un mal padre. Cuando tú naciste, él se juró a sí mismo y a tu madre no parecerse jamás a Jean y hacer todo lo posible e imposible por nunca haceros daño o arruinaros la vida.

»Pero entonces, sucedió la complicada muerte de tu madre, y tu padre se vio rodeado de miedos, pánico, enormes dilemas. Tuvo que hacer una acción desesperada en un momento crítico, la más difícil de su vida. Y cuando vio que a los dos días la Técnica falló en tu mente y recuperaste de nuevo la memoria, y vio lo mucho que eso te destrozó… Tu padre se quebró por dentro por el peso de la culpa y del horror. Quizá, si la Técnica hubiese funcionado bien en ti, todo habría salido bien, tú nunca habrías sabido lo que te hizo, y habrías vivido en una vida feliz y segura. Pero no fue así. La Técnica salió mal en ti. Y ya es algo que tu padre jamás se perdonará. Porque siente que ha actuado como Jean.

—¡Eso es demasiado! —discrepó Lex—. Es cierto que lo que me hizo me ha jodido bastante, pero hasta yo sé que eso no tiene ni punto de comparación con lo que Jean le hizo a él. Si mi padre se quedó con esa estúpida idea en la cabeza, debería quitársela. Compararse con Jean es pasarse de la raya.

—Le es difícil desprenderse de esa idea. Neuval dejó a Jean a 35 años de distancia en un pasado lejano, pero su recuerdo aún le persigue. Por eso, Lex, lo que trato de decirte, es que tu padre ya ha sufrido las consecuencias de lo que te hizo. No volverá a intentar hacer algo así ni contigo ni con nadie. Él ya se impuso la norma de nunca más usar la Técnica de Denzel de Telepatía y Borrado de Memoria sobre sus seres queridos y amigos sin permiso previo.

Lex se recolocó las gafas sobre la nariz y suspiró, sin decir nada.

—Lex, considera darle una oportunidad —Agatha le puso una mano en el hombro—. Sé que el fallo de la Técnica te dejó secuelas y que te complica mucho aceptar una de las dos realidades a las que tu memoria se vio forzada. Sé que hay una versión de ti que ve a la Asociación y a los iris como algo malo y desconocido luchando contra esa otra versión de ti que ve a la Asociación y a los iris como algo bueno y familiar. Pero sé que este pequeño trastorno de memoria se arregla con el tiempo. Y ya han pasado siete años. Así que… si te encuentras una vez más lo suficientemente fuerte para recuperar el control absoluto de tu asombrosa mente, de lo que deseas, de lo que sientes, considera perdonar y recuperar aquel lazo roto.

Lex asintió en silencio, y después la miró sin saber muy bien qué decir o qué cara poner. Durante los minutos siguientes no dijeron ninguna palabra más, tan sólo se limitaron a terminar de beberse el agradable té caliente. Después, Lex recogió su chaqueta y su cartera, y Agatha lo acompañó a la puerta.

—Gracias por haber hablado conmigo de esto, Agatha. Creo que lo necesitaba. Quiero convencerme de lo último que ha dicho —suspiró por la nariz de nuevo, y la anciana le sonrió con ánimo—. Bueno. Por favor, no le diga a mi tío Brey que he venido aquí, se preocuparía innecesariamente… y quizá le resulte un poco incómodo. No quiero que se sienta obligado a nada sólo por saber que he tenido contacto con sus hijos de esta forma tan imprevista.

—Descuida. Lo entiendo. No quiero meterme en más líos familiares de los necesarios.

Lex asintió con gratitud, Agatha le respondió con otro asentimiento, y entonces se marchó.









48.
Desahogo

Agatha dormía apaciblemente en su cama, soñando con los buenos recuerdos de su larga vida de siete siglos y medio. Habrá quienes se pregunten, ¿con qué sueña una persona que ha sido ciega toda su vida? ¿Su mente le muestra imágenes de personas, de lugares? No. En los sueños de alguien como Agatha, se reproducían sonidos, sensación de olores y texturas.

Ahora estaba soñando con Charles, su primer marido, y con sus dos primeros hijos que tuvo con él, Evans y Elizabeth, cuando eran pequeños. Oía sus voces y sus risas, y el ruido de carros de caballo, estaban en las calles del Londres del siglo XV. Sentía a Evans cogiendo su mano, fue un niño muy dulce y posteriormente un buen hombre. Denzel descendía de él. Pero, de pronto, Evans empezó a ponerse muy pesado en su sueño, comenzó a llamarla sin parar, no “mamá”, sino por su nombre, una y otra vez. Agatha, Agatha...

—¡Agatha! ¡Agatha! —exclamó Daisuke, dando tirones en la manta—. ¡Despierta!

La anciana despertó a duras penas, reconociendo la voz del niño.

—Por última vez, Daisuke... —musitó con paciencia, sin moverse lo más mínimo—. Lo que hay debajo de la cama es una bola de polvo de grandes dimensiones, no un gremlin.

—¡No es eso! ¡Es Clover! ¡Le pasa algo! ¡Ven!

—¿Qué demonios...? —rezongó la taimu con cansancio, levantándose de la cama y cogiendo su bastón.

Siguió al niño hasta la habitación donde dormían y la anciana se sentó al borde de la cama. Palpó a Clover suavemente con la mano y notó que estaba dormida, respirando tranquilamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó—. Está durmiendo, no le pasa nada.

—¡No, no! —saltó una y otra vez, nervioso—. No se despierta. La llevo llamando desde hace un rato y moviéndola y... y llamándola y moviéndola... para que me acompañase a por una vaso de agua y... ¡no se despierta! Antes no le pasaba esto. Siempre vamos juntos cuando vamos a por un vaso de agua... Y Clover es de las que se despiertan con sólo un ruidito...

Agatha frunció el ceño. Era verdad, con las voces que Daisuke estaba dando todavía, la niña parecía no inmutarse lo más mínimo. Así que trató de despertarla ella por si acaso.

—Clover... —la movió—. Clover, despierta.

Siguió así un rato, pero la pequeña seguía tal cual. Entonces, la anciana supo con seguridad que algo no andaba bien. La cogió en brazos y le acarició varias veces la cara, examinándola. Era muy extraño, parecía estar perfectamente, dormida sin más, pero el hecho de no reaccionar con las voces y los meneos era muy raro en ella. Daisuke se subió a la cama, inquieto, para verla mejor.

—Clover... —volvió a llamarla la anciana, acariciando su pelo.

—¡Ah! —pegó Daisuke un respingo.

—¿Qué? —saltó Agatha.

—Ha abierto los ojos un poco, los ha abierto, pero...

—¿Qué, qué? —se impacientó.

—Están en blanco... —se asustó—. Y parpadea de vez en cuando muy rápidamente. ¿Eso es malo? Dime, ¿es malo?

La anciana puso cara de extrañeza. Clover parecía seguir dormida, pese a haber abierto los ojos, y al escuchar que estaban en blanco y que pestañeaba rápidamente, era como si la niña estuviese en trance. Preocupada, volvió a dejarla tumbada en la cama y cogió el teléfono.

—Voy a llamar a un médico.

—¿Tiene fiebre?

—No. Pero a lo mejor un médico puede aclararnos esto mejor que tú y que yo. Creo que está bien, pero quiero asegurarme. —Esperó unos segundos con el auricular en la oreja hasta que alguien contestó—. Sí, buenas noches. Por favor, querría que enviasen a un médico de guardia a...

Mientras daba la dirección, Daisuke se limitó a no quitarle el ojo de encima a su hermana, bastante asustado, preguntándose qué podría pasarle. Sólo apartó la mirada cuando Agatha colgó el teléfono.

—Ahora mismo mandan a un médico —lo tranquilizó—. No te preocupes, Clover está bien. En diez minutos está aquí, ¿vale?

—Vale, vale —asintió enérgicamente.

Esperaron diez minutos sin apartarse de la pequeña, vigilando que no surgiera ninguna anomalía, y por fin llamaron al timbre. Agatha se levantó de la cama, pero Daisuke ya había salido escopetado de la habitación y, al llegar a la entrada, abrió la puerta de golpe. El hombre con el que se encontró al otro lado se sorprendió un poco al ver ese ímpetu. Era un hombre esbelto, de pelo corto y marrón oscuro, piel clara y lisa y unos ojos azules como el hielo. Vestía con traje negro y corbata, portando un maletín, y su profunda mirada y serenidad impresionaban.

—¿Eres el médico? —preguntó Daisuke.

—Sí —contestó él.

—¡Corre, mi hermana está arriba! —lo cogió de la mano y lo arrastró al piso de arriba, donde aguardaba Agatha.

—Buenas noches —lo saludó—. Gracias por venir.

—Buenas noches —contestó el hombre, todavía sorprendido por la inquietud del niño—. ¿Dónde está la niña?

Agatha lo condujo hacia la habitación, donde ya estaba Daisuke subido a la cama de nuevo, pegado a su hermana y mirando intensamente al médico. Entonces el hombre se acercó a ella y se sentó al borde para examinarla.

—No parece estar enferma —le explicó la anciana.

—No, desde luego —aseguró él, contemplando los ojos de Clover—. Es muy extraño, diría que se trata de un ataque de epilepsia, pero faltarían más síntomas de los que ahora presenta. Su respiración es normal.

Se quedó un rato en silencio mientras oía los latidos del corazón de Clover con el fonendoscopio.

—Todo está bien, ni siquiera hay arritmia leve —dijo, separándose de ella—. No deben preocuparse, es un efecto del inconsciente, les pasa a muchas personas cuando sueñan. Un sueño muy profundo. Por eso a veces no despiertan ni con ruido ni con movimiento. Es como un trance.

—Menos mal —se alivió la anciana—. ¿Y no puede hacer que vuelva a tener los ojos cerrados?

—No —sonrió—. Si se trata de esto se le pasará, que siga durmiendo y por la mañana despertará perfectamente.

—Gracias, nos ha ayudado mucho saberlo —suspiró Agatha—. Estos dos están a mi cargo durante un tiempo, no quiero que les pase nada, ¿comprende?

—Claro —volvió a sonreír—. ¿Cómo se llama la pequeña?

—Oh, se llama Clover Saehara.

—¡Y yo soy su hermano Daisuke! —exclamó el niño, para dejarlo bien claro.

El hombre se quedó un momento como paralizado, con el ceño fruncido.

—¿C... Cómo ha dicho? —preguntó, rascándose la cabeza, abrumado—. ¿Saehara?

—Sí. Yo soy Agatha. Sólo falta presentarse usted —casi rio.

El médico seguía con la boca abierta cuando desvió un momento la mirada hacia la niña, y luego hacia Daisuke.

—Lex... Lex Vernoux —respondió.

—¡Oh! —exclamó Agatha con gran sorpresa—. ¿En serio? ¿Lex? Dios mío, ¡no te he reconocido ni la voz! ¡Oh! —empezó a palparle la cara, encontrando las gafas de Hideki, luego los hombros—. ¡Pero mira qué alto te has puesto! ¿Pero qué años tienes ya?

—25. Siento no haberla recordado al verla, Agatha —dijo Lex, dejándose palpar, pues sabía que esa era la forma que tenía ella de “ver” a alguien—. Tengo un problema con los recuerdos lejanos... de la gente que conocía entonces.

—Sí, lo sé. Algo he oído de eso, no te preocupes —asintió.

Lex volvió a desviar la mirada, algo reservado. Observó a los dos niños, en especial a Daisuke, que se había tumbado junto a Clover.

—Es idéntico a él... —murmuró con asombro.

Lex se puso en pie y se quedó junto a Agatha, mirando ahora a Clover.

—Dígame, ¿ella lleva así mucho rato? —quiso saber.

—Una media hora —contestó la anciana—. ¿Por qué? ¿Podría tratarse quizá de terrores nocturnos? ¿O parálisis del sueño? He oído hablar de esas cosas...

—No, la pequeña Clover no está padeciendo nada de eso. Para tener parálisis del sueño, ha de estar despierta y no poder moverse. La actividad neuronal de una persona durante el sueño MOR es similar a la de alguien despierto, y la frecuencia cardiaca y respiratoria son irregulares. Pero esta pequeña parece tranquila y con ritmos normales y constantes. Debería tratarse del sueño MOR intenso porque es lo más común, pero por estas diferencias parece que es otra cosa. No estoy seguro de haber tratado algo así con estas características y con esta duración.

—Vaya, Lex —dijo Agatha con asombro—. Creía que eras médico general.

—Sí. Pero también soy neurólogo.

Permanecieron un rato en silencio, en el que Lex estuvo reflexionando. Mientras tanto, Daisuke le cogió la mano a su hermana y vio que llevaba una pulsera puesta.

—Clover, papá dice que no durmamos con estas cosas puestas, cortan la circulación —le dijo, aunque sabía que no le oía, y le desabrochó la pulsera, dejándola en la mesilla—. Oh... —musitó—. Señor médico, mira, ya está dormida bien.

Lex observó que los ojos de Clover se cerraron por fin y siguió durmiendo tranquilamente, mientras Agatha emitía un murmullo de conformidad y Daisuke le sonreía abiertamente, contento. Sin embargo, al joven médico seguía extrañándole el trance de la niña. Por un momento dirigió la mirada hacia la pulsera que Daisuke había dejado sobre la mesilla. No obstante, sin darle más vueltas, asumió que ya había pasado y que todo volvía a ser normal.

—En fin, pues me marcho, no quiero molestarlos más —declaró, cogiendo su maletín—. Querrán seguir durmiendo. Si pasa algo más, vuelva a llamarme, Agatha.

—Gracias, Lex —le sonrió la anciana, y lo acompañó hasta la puerta después de acostar a Daisuke otra vez—. ¿Sueles trabajar a estas horas?

—En realidad estoy sustituyendo a un compañero que no ha podido venir —contestó, abriendo la puerta, pero antes de salir se dio la vuelta una última vez y miró hacia el piso de arriba.

Agatha se dio cuenta de esto, a pesar de que no lo veía, pero lo intuyó.

—Es la primera vez que ves a tus primitos, ¿verdad? —le preguntó.

—Mis primos... —repitió Lex casi sonriendo, cerrando los ojos—. Yo ya sabía que tenía dos pequeños primos mellizos, pero esta es la primera vez que los conozco. Clover y Daisuke... Me alegra saber que viven bien, parecen sanos y buenos niños. Y parecen felices.

—Sí, lo son —asintió Agatha—. Aún son muy pequeños para saber que su padre en realidad no es como los demás padres.

—¿Cómo está mi tío? —quiso saber Lex, ansioso—. Llevo varios años sin verlo. Sé que le han pasado cosas malas y nunca he tenido ocasión de dar con él...

—Bueno... —titubeó—. Tu tío Brey está bien. Pero... sé que hay cosas que todavía no ha superado. Como la muerte de tu madre. Yo lo ayudo a cuidar de los niños, y los demás también. ¿Y tú como estás, Lex? —preguntó con cara pesarosa, pensando que era oportuno sacar el tema—. He oído por ahí... que no te hablas con tu padre desde hace años. Me gustaría saber por qué. Os conozco a todos desde siempre. Y tú parece que no has hablado con nadie de ello en mucho tiempo.

Lex dio un breve suspiro y miró dubitativo a la anciana, sin saber qué decir. Le había preguntado sobre un tema con el que llevaba cargando siete años. Y la verdad, no había tenido a muchas personas con quien hablarlo, no era algo que se pudiese hablar con cualquiera. Pero Agatha era una persona que podía comprenderlo, y el hecho de que ella le sacara el tema, de repente le hizo sentir ganas de soltarlo.

Agatha descifró el significado de su silencio intranquilo. Sólo le bastó hacerle un gesto con la mano para indicarle que volviera a entrar en la casa, y Lex lo hizo. Agatha fue a la cocina a coger un par de tazas de té que ya tenía preparado de antes y ambos se sentaron en la mesa del comedor. Lex no levantaba la mirada de su taza, con aire apesadumbrado.

—Dime, Lex. ¿Por qué os peleasteis tu padre y tú?

—Porque tras morir mi madre, me borró la memoria, y a los dos días la recuperé de golpe —respondió sin más.

—¿Su Técnica falló en ti? —se sorprendió—. Eso es imposible, esa técnica de Denzel es infalible sobre todas las personas. ¿Y cuál es el problema, pues?

—Lo que me cabrea es que tratase de borrar mi memoria sin mi permiso —le explicó el joven, sin poder contenerse—. Trató de meterme nuevos falsos recuerdos. Trató de hacerme creer que mi madre murió de una enfermedad, y lo mismo con mi tío Sai. Trató de hacerme olvidar a toda mi familia. Trató de hacerme olvidar que él es Fuujin y toda la vida que hemos vivido relacionados con la Asociación. Borrándome esos recuerdos, me borró sentimientos y pensamientos del pasado, cosas que son mías. Tal vez, lo que más me dolió, es que tratase de hacerme olvidar a mis abuelos y a mis primos Lao.

Agatha arrugó la barbilla, sabiendo a qué se refería.

—Ellos... —resopló Lex con cierta rabia—. Mi abuelo Kei Lian, mi abuela Ming Jie… Mis tíos Sai y Suzu… Mis primos Mei Ling, Kyo… y You. Son mi familia, he crecido con ellos. Cuando me enteré el año pasado de que Yousuke murió... —apretó los puños, y luego suspiró—. Joder... Fui al funeral con mi padre y con los Lao, pero Cleven y Yenkis no vinieron, ellos ni siquiera sabían de la existencia de Yousuke, no le recordaban... Sé que Kei Lian y Ming Jie no son los verdaderos padres de mi padre, pero ellos lo adoptaron cuando era pequeño, lo acogieron en su familia, que también es mi familia y la de mis hermanos. Yenkis no recuerda nada porque era muy pequeño. Pero a Cleven también le borró la memoria, y a diferencia de mí, mi hermana sigue sin recordar nada, y a nadie. Me duele, porque Cleven amaba con toda su alma a todos ellos, y a la familia de mi madre también. Pero mi padre se los ha quitado, tanto de la mente como del corazón. Pretendió hacer lo mismo conmigo, directamente, sin hablarlo primero. ¿Y por qué? Porque cuando murió mi madre, mi padre decidió cambiar radicalmente nuestras vidas, decidió rendirse y llevarnos a Cleven, a Yenkis y a mí al hoyo donde se hundió.

Agatha agarró su mano suavemente sobre la mesa.

—Lex, querido… Sabes que esa no es la razón. Todo fue para protegeros. Ya que los… asesinos de tu madre… —dijo con cuidado—… todavía nadie sabe de dónde aparecieron o quiénes fueron. Pero resultaron ser unas personas que representaban un peligro global. Nadie sabe cómo, pero estaban destruyendo Tokio con esas explosiones inexplicables y matando gente, y los iris no encontraban la manera de frenarlos… Tu madre hizo lo que mejor sabía hacer y lo que deseaba hacer, que era proteger a los demás, sobre todo a su familia. Cuando descubrió que era ella a quien buscaban, se entregó sin dudar… y fue cuando esas misteriosas personas pararon de atacar la ciudad.

Lex se quitó un momento las gafas para secarse los ojos con la manga de la chaqueta.

—Tu padre tuvo el pensamiento más racional. Todo apuntaba a que esas personas eran enemigos de la Asociación y no podía dar por sentado que realmente habían quedado satisfechas tras asesinar a tu madre. Tu padre temía que algún día volvieran a aparecer para seguir matando a las personas más relacionadas con tu madre. Le daba pavor la idea de que esos tipos reaparecieran algún día y os buscasen a ti y a tus hermanos para daros el mismo destino que a vuestra madre. Y por eso, cortar toda relación con la Asociación y con el resto de iris era lo más seguro. Incluso si eso significaba cortar vuestra relación con el resto de vuestros familiares.

—Ya lo sé… Todo eso ya lo sé… Pero podía haber usado otra solución. Podría habernos explicado a Cleven y a mí todo esto y pedirnos simplemente que tuviéramos más precaución y que nos relacionáramos con nuestros familiares iris con poca frecuencia y de la forma más discreta posible y…

—¿Simplemente? —repitió la anciana—. Vamos, Lex… ¿Crees de verdad que pediros una cosa así es sencillo? No… Para nada. ¿Crees que tu hermana y tú habríais sido capaces de cumplir esa regla, de no poder ver ni contactar con el resto de vuestra familia? Habría sido doloroso vivir así.

—Pero…

—No justifico a tu padre por decidir borraros la memoria. Es una solución injusta. Pero… ¿qué otra podía haber, cuando ves que absolutos desconocidos han asesinado a tu mujer y no tienes ni idea del porqué, cuando sabes que semejante peligro desconocido e imprevisible podría reaparecer para quitarte a tus hijos por cualquier otra razón… y cuando tú mismo te convertiste en un peligro mundial y destruiste medio Japón bajo los efectos de tu majin? Nadie tiene una respuesta a esta pregunta, porque lo que les sucedió a tus padres no tiene precedentes. La muerte de tu madre es la más misteriosa junto con la del padre de Yako.

Lex se quedó en silencio, mirando el líquido oscuro del té en su taza, afligido.

—Creía que él… contaría conmigo para intentar solucionar las cosas —murmuró—. Creía que él me veía lo suficientemente fuerte para hablarlo conmigo… pero… vino directamente hacia mí… sin decir ni una sola palabra… mirándome directamente a los ojos con su luz blanca, preparado para borrarme la memoria… así sin más… de repente…

—Lex, tu padre te ve como el humano más fuerte del mundo.

—No es verdad…

—No es ninguna novedad, para los que te conocemos desde que naciste, la cantidad de veces que nos has sorprendido. Tu increíble capacidad para comprender, asumir y aceptar las cosas, los cambios, los problemas y los enigmas… Todas las veces que tu familia ha sufrido una pérdida, todos se hundían, pero tú, muchacho, tú permanecías en pie, recto, con la barbilla alta. Estabas tan destrozado como los demás, pero inexplicablemente mantenías tu mente sólida y de una pieza, para convertirte en la roca donde los demás necesitaban apoyarse. Las mentiras, engaños, tentaciones, manipulaciones… todas esas cosas ante las que cualquier humano ha sido débil alguna vez, jamás han tenido efecto en tu poderosa mente. Por no hablar de que recuperar la memoria dos días después de que alguien te hiciera esa Técnica de Denzel ¡ya es algo imposible!

—¡Pues al parecer mi padre aún me veía demasiado frágil para soportar el cambio! —exclamó con rabia—. Creyó que no lo entendería, que no lo asumiría ni aceptaría, cuando llevo toda mi vida demostrándole una y otra vez que yo puedo soportar cualquier cosa, que yo puedo aguantar cualquier cambio necesario para proteger a mi familia, que yo podía ayudarle a sobrellevar ese cambio y proteger a Cleven y a Yenkis junto a él… Y ni siquiera… —sollozó levemente, cerrando los ojos—. Ni siquiera se paró delante de mí para hablarme… para hablar conmigo de la solución que quería llevar a cabo…

—¿De qué habría servido hablarte primero, si tras borrarte la memoria no recordarías siquiera que hablaste con él de ello?

—No se trata de eso… No se trata de si luego lo olvidaría o no… Se trata de que él no me dio esa opción. No me dio ningún voto de confianza. No lo habló conmigo para, simplemente, conocer mi opinión o lo que yo pensaría al respecto. Aunque él contaba con que yo no recordaría esa conversación… el hecho de decidir no tener esa conversación conmigo… es lo que más me dolió de él. Si tan sólo se hubiera sentado conmigo y me hubiera empezado a explicar que quería borrarnos la memoria y los poderosos motivos… y preguntarme mi opinión, o mi permiso… yo seguramente habría comprendido totalmente esos motivos y lo habría aceptado, pero quería decírselo yo, que estaba de acuerdo, que le daba permiso… No me concedió ni eso. No quiso saber qué le habría respondido yo.

Agatha no dijo nada, porque comprendió perfectamente lo que estaba describiendo Lex, ese tipo de sentimiento, de decepción y traición.

—Ahora… la sola idea de que mi padre podría borrar mi memoria de nuevo o la de otra persona con tanta libertad y sin previo aviso… es aterradora… —suspiró Lex, intentando serenarse—. Da miedo… que pueda hacer algo así sin que te des cuenta…

—Él jamás volvería a hacer algo así —refutó Agatha con firmeza.

—¿Cómo saberlo?

—Lo sé, niño. Porque he vivido más de siete siglos y medio en esta esfera y con millones de humanos e iris con los que me he cruzado. Y tu padre es la persona más especial que he conocido.

—¿La más especial? Sé que es algo excéntrico, pero ¿qué puede tener como para considerarlo la persona más especial?

—Neuval es todo un misterio. Lo lleva siendo desde que Lao y Denzel lo trajeron al Monte Zou y a la Asociación. Podría pasarme la noche entera enumerando las mil razones por las que tu padre me parece un espécimen único. Pero sólo te diré que el amor que él siente por sus hijos, además de inconmensurable, es un poco peligroso. Porque él lleva toda su vida arrastrando un trauma personal respecto a lo que es tener un mal padre. Cuando tú naciste, él se juró a sí mismo y a tu madre no parecerse jamás a Jean y hacer todo lo posible e imposible por nunca haceros daño o arruinaros la vida.

»Pero entonces, sucedió la complicada muerte de tu madre, y tu padre se vio rodeado de miedos, pánico, enormes dilemas. Tuvo que hacer una acción desesperada en un momento crítico, la más difícil de su vida. Y cuando vio que a los dos días la Técnica falló en tu mente y recuperaste de nuevo la memoria, y vio lo mucho que eso te destrozó… Tu padre se quebró por dentro por el peso de la culpa y del horror. Quizá, si la Técnica hubiese funcionado bien en ti, todo habría salido bien, tú nunca habrías sabido lo que te hizo, y habrías vivido en una vida feliz y segura. Pero no fue así. La Técnica salió mal en ti. Y ya es algo que tu padre jamás se perdonará. Porque siente que ha actuado como Jean.

—¡Eso es demasiado! —discrepó Lex—. Es cierto que lo que me hizo me ha jodido bastante, pero hasta yo sé que eso no tiene ni punto de comparación con lo que Jean le hizo a él. Si mi padre se quedó con esa estúpida idea en la cabeza, debería quitársela. Compararse con Jean es pasarse de la raya.

—Le es difícil desprenderse de esa idea. Neuval dejó a Jean a 35 años de distancia en un pasado lejano, pero su recuerdo aún le persigue. Por eso, Lex, lo que trato de decirte, es que tu padre ya ha sufrido las consecuencias de lo que te hizo. No volverá a intentar hacer algo así ni contigo ni con nadie. Él ya se impuso la norma de nunca más usar la Técnica de Denzel de Telepatía y Borrado de Memoria sobre sus seres queridos y amigos sin permiso previo.

Lex se recolocó las gafas sobre la nariz y suspiró, sin decir nada.

—Lex, considera darle una oportunidad —Agatha le puso una mano en el hombro—. Sé que el fallo de la Técnica te dejó secuelas y que te complica mucho aceptar una de las dos realidades a las que tu memoria se vio forzada. Sé que hay una versión de ti que ve a la Asociación y a los iris como algo malo y desconocido luchando contra esa otra versión de ti que ve a la Asociación y a los iris como algo bueno y familiar. Pero sé que este pequeño trastorno de memoria se arregla con el tiempo. Y ya han pasado siete años. Así que… si te encuentras una vez más lo suficientemente fuerte para recuperar el control absoluto de tu asombrosa mente, de lo que deseas, de lo que sientes, considera perdonar y recuperar aquel lazo roto.

Lex asintió en silencio, y después la miró sin saber muy bien qué decir o qué cara poner. Durante los minutos siguientes no dijeron ninguna palabra más, tan sólo se limitaron a terminar de beberse el agradable té caliente. Después, Lex recogió su chaqueta y su cartera, y Agatha lo acompañó a la puerta.

—Gracias por haber hablado conmigo de esto, Agatha. Creo que lo necesitaba. Quiero convencerme de lo último que ha dicho —suspiró por la nariz de nuevo, y la anciana le sonrió con ánimo—. Bueno. Por favor, no le diga a mi tío Brey que he venido aquí, se preocuparía innecesariamente… y quizá le resulte un poco incómodo. No quiero que se sienta obligado a nada sólo por saber que he tenido contacto con sus hijos de esta forma tan imprevista.

—Descuida. Lo entiendo. No quiero meterme en más líos familiares de los necesarios.

Lex asintió con gratitud, Agatha le respondió con otro asentimiento, y entonces se marchó.





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