Seguidores

1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









4.
Rutina

Llegó el tren y se metió en el vagón. Justo cuando fue a sentarse en el extremo de un asiento de cuatro plazas donde ya había dos personas en el medio, vio por el rabillo del ojo a otra persona sentándose al mismo tiempo en el hueco libre del otro extremo.

Cleven giró la cabeza discretamente un momento para verlo, ahí al otro lado de los otros dos pasajeros que los separaban, y se quedó algo cortada. Era ese chico, el mismo que había visto en la sala de profesores. Seguía teniendo la capucha de su sudadera puesta e iba bien abrigado con una parka larga. Sólo se le veía la cara de nariz para abajo, y a Cleven no se le ocurrió otra cosa que fijarse en sus labios. Se ruborizó un poco y apartó la mirada. Le sonaba de algo. Si no tuviese la capucha puesta seguro que lo reconocería de algo. De repente hacía mucho calor.

Durante el trayecto, Cleven siguió lanzándole breves miradas con disimulo. Estaba muy quieto, cabizbajo, de brazos cruzados. Parecía muy serio, y pensó que tal vez se debía a la tediosa charla que el director le había dado esa tarde en la sala de profesores. ¿Qué habría hecho? ¿Se habría peleado con otros chicos? ¿Habría roto algo?

Cuando miró entre sus pies y vio su mochila, se sorprendió. «¡Ah, ya caigo!» pensó, reconociendo esa mochila, pues la había visto antes. «Este chico es de mi clase, ¡el que se sienta detrás de mí!». Recordó que era el nuevo en su clase. Había oído su nombre antes, pero no conseguía acordarse... Miró hacia otro lado, pensativa, lo tenía en la punta de la lengua. Así fueron pasando los minutos, y las paradas. Cada vez el vagón estaba más vacío, y Cleven seguía mirando hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, como si fuera a encontrar el nombre que estaba buscando escrito en las paredes, techo y suelo del vagón. Lo sabía, juraría que sabía el nombre. Se mordió la lengua y cerró los ojos. Por un momento se sintió estúpida, ensimismada en esta tontería...

—¡Ah, Kyosuke! —exclamó de repente con tanto ímpetu que todos los presentes en el vagón se la quedaron mirando con susto.

Cleven giró la cabeza hacia su derecha rápidamente y se cruzó con la mirada sorprendida del muchacho clavada en ella, aunque seguía de brazos cruzados. Había acertado, pero se sintió avergonzada. Seguro que lo había asustado, porque el chico seguía mirándola confuso.

Cleven fue a mirar a otro lado para disimular, como si no hubiese pasado nada, pero no pudo. No podía dejar de observarlo. A pesar de que los ojos de él estaban sumergidos en la sombra bajo la capucha, ella podía sentirlos apuntando hacia ella, y le daba una extraña sensación que le impedía reaccionar. La luz del vagón solamente se reflejaba en su ojo derecho, desprendiendo un diminuto brillo blanco, pero no en el izquierdo. Se dio cuenta entonces de que tenía su ojo izquierdo guiñado, y este hecho le resultaba inexplicablemente familiar.

No pudo resolver ese enigma, pues el vagón se paró en la siguiente parada y el chico volvió la cabeza hacia atrás en una fracción de segundo, observando por la ventana el andén de fuera, como si hubiese explotado una bomba al lado. Se había sobresaltado, Cleven podía notar que estaba en tensión.

Confusa, miró hacia el mismo sitio a través del ventanal y, en las escaleras que descendían al andén, divisó a un grupo de personas, unos ocho hombres y un par de mujeres, vistiendo con las mismas sudaderas negras y todos encapuchados, que bajaron las escaleras a toda velocidad con una agilidad asombrosa.

Fue entonces cuando vio que el chico, Kyosuke, cogía su mochila rápidamente, se puso en pie de un salto y salió disparado por la puerta opuesta del vagón, perdiéndose de vista escaleras arriba del otro andén. Cleven, con un nudo en la garganta, vio a ese grupo entrar en el vagón y salir por el otro lado tan rápido que parecieron sombras. Vio cómo seguían el mismo camino que había tomado el muchacho para salir del metro. Tenía toda la pinta de ser una persecución, y Cleven se preguntó si estarían rodando alguna película de acción cerca o si había sido algo completamente real.

Los demás ocupantes del vagón también se habían sorprendido durante la escena y se quedaron comentándola. Cleven trató de recapacitar sobre lo que había pasado, tenía el corazón latiéndole con fuerza. No obstante, algo consiguió apartarla repentinamente de lo sucedido. Miró a través de la ventana que tenía detrás, después de haber escuchado unas voces alteradas, y el corazón le latió con más nervios. Vio a un niño corriendo como un descosido por el andén, esquivando a la gente que caminaba por ahí también con una agilidad notable, y portaba al hombro una mochila grande, a la que aferraba como si dentro guardase su vida. Lo vio sonreír, reírse de los dos agentes de policía que lo seguían por detrás con las porras en alto, ordenándole a gritos que se detuviese.

—Ay, madre... —resopló Cleven con desasosiego, tapándose la cara con una mano.

—¡Detente, niño! —le gritaba uno de los agentes—. ¡Vuelve aquí, párate!

El niño se rio, parecía estar divirtiéndose, mientras era observado con sorpresa por la gente que iba por el andén. «Por favor, no entres aquí» rezaba Cleven por lo bajo, muerta de la vergüenza. Tenía la cara tapada con las manos, pero para su desgracia oyó los pasos del niño adentrándose en su vagón, y acto seguido las puertas se cerraron. Oyó cómo los agentes golpeaban la puerta con las manos, lanzándole gritos de enfado al niño.

Au revoir, imbéciles! —exclamó el niño, haciéndoles cortes de manga a los dos agentes mientras el vagón iba avanzando—. Idiotes!

—¡Yenkis! —gritó Cleven con enfado, tirando de su oreja y haciéndolo caer al suelo.

El chico se quejó y de frotó la oreja mientras alzaba la vista de sus ojos grises hacia ella.

—¡Querida hermana! Comment ça va? —la saludó felizmente, agrandando su encantadora sonrisa.

—No me vengas con esa cortesía, enano. ¿¡Por qué te estaban siguiendo esos polis!? ¿Se puede saber qué has hecho?

Néant...

Réponds-moi, sérieux ! ¿Qué has hecho esta vez?

Yenkis se la quedó mirando, sin hacer nada, sin borrar su sonrisa, sin saber qué decir. Fue entonces cuando Cleven le arrebató la mochila, la abrió y lo vio. Otra vez, cacharros de todo tipo: restos de teléfonos móviles, cables viejos, restos de otros aparatos tecnológicos, láminas de aluminio oxidadas... Toda la mochila rebosando de lo mismo. La dejó caer al suelo y volvió a clavar la mirada en el chico.

—¿Se puede saber qué haces con todas estas cosas? Has vuelto a entrar en la fábrica abandonada, ¿verdad? Donde hay montones de estas cosas tiradas por ahí. Es una propiedad privada todavía, ¿estás loco o qué? No puedes recoger esta basura sin un permiso.

—Cleven, Cleven… —intentó tranquilizarla mientras se ponía en pie y se sacudía el pantalón del uniforme de su colegio de educación primaria—. Esta basura, como tú la llamas, es muy valiosa en realidad. Todas estas pobres piezas están destinadas a formar parte del olvido, a ser inútiles, pero yo las estoy salvando de ese cruel destino —le explicó poniendo un tono dramático—. Yo las aprovecho como se merecen.

—¿Transformándolas en esos raros aparatos que construyes? Loco, van para reciclaje. Un enano como tú no puede tener idea de cómo inventar aparatos útiles, tienes un estúpido hobby.

—Lo dices porque no has visto aún lo que ya tengo construido.

—Pues muéstramelo.

—No puedo, es alto secreto —le susurró poniendo un tono misterioso.

—Yenkis, que seas hijo de uno de los mejores ingenieros del mundo no significa que tú seas uno. Sólo tienes 12 años.

—Bueno, lo que tú digas —le sonrió tan simpático, agarrándose al barrote—. Pero no le digas nada a papá.

—Ja, no creo que a ese muermo le vaya a sentar bien al corazón saber que su hijo se dedica a escapar cada dos por tres de la policía.

—No me importa que sepa lo de la poli, lo que no quiero es que se entere de lo que hago con estos preciosos y destrozados aparatitos —dijo acariciando con la mejilla la mochila, mimoso.

—Y si se lo cuento a papá, ¿qué?

En ese momento vio que su hermano miraba por la ventana, hacia delante. Cleven se percató de que iban a entrar por el túnel que siempre hacía que se apagasen las luces del tren unos segundos, y al volver la vista hacia su hermano, lo vio cerrar su ojo izquierdo justo antes de que las luces se apagasen. Fue un momento breve, sólo se oía el ruido que emitían las ruedas del metro sobre las vías. Por un momento, se acordó del chico que había estado sentado a su lado.

Cuando volvió la luz, Yenkis volvió a mirar a su hermana con los dos ojos abiertos, tan alegre.

—Pues yo le contaré a papá que, en tu vocabulario, “ir a estudiar toda la tarde en casa de Raven o de Nakuru” significa en realidad “morrearte con Kaoru y meteros mano” —le espetó, y comenzó a hacer gestos obscenos, cerrando los ojos y moviendo las manos y los labios en el aire exageradamente—. Mm, sí, Kaoru... Qué lengua más larga tienes, mua, mua...

A Cleven se le hinchó la vena de la sien en un segundo.

—¡Te vas a enterar! —se abalanzó sobre él, pero las puertas del vagón se abrieron de nuevo tras haberse detenido en la parada donde ambos tenían que bajarse, y Yenkis había salido disparado riéndose a carcajadas—. ¡Te voy a cortar los morros! —exclamó, corriendo tras él.

El niño salió a la calle tras haber subido la escalinata del metro, y vio que su hermana, en mitad del trayecto, tenía la lengua fuera, jadeando, agotada. Al llegar junto a su hermano recuperó el aliento y pasó olímpicamente de vengarse. Yenkis, victorioso, emprendió la marcha junto a ella.

Se encontraban en un barrio de chalets de lujo, un barrio limpio y elegante. Todo estaba silencioso y tranquilo, como de costumbre. El asfalto de la carretera que se paseaba entre las casas estaba completamente negro, y sin ninguna grieta. Lo habían restaurado hace poco. Allí también existía el típico vecino que le tenía fobia a las grietas, a las abolladuras, a las farolas con manchas de óxido y a los céspedes mal cortados.

Las grandes casas descansaban sobre amplios jardines verdes que estaban limitados por vallas de hierro, muros blancos o simplemente no tenían limitación con la calle. Todo estaba tan cuidado al mínimo detalle como vigilado. Todas las farolas de cada esquina tenían cámaras de seguridad que se movían lentamente de un lado a otro. Posiblemente el único movimiento de todo el barrio.

A Cleven le parecía la zona más aburrida de Tokio, no le gustaba nada vivir ahí. No había ni un lugar divertido, tiendas o cine cerca. Lo odiaba. Siempre había deseado vivir en plena ciudad, le gustaba el ruido, verse envuelta de gente, coches, luces. Pero era algo imposible. Con 16 años su padre no la dejaría vivir sola en un apartamento en el centro de la ciudad.

Por un momento, mientras caminaban por la acera y pasaban junto a un chalet y bajo los árboles que recorrían toda la calle, se le vino a la cabeza un nombre: «Brey».

Miró al cielo, pensativa, asegurándose de que el dueño de ese nombre era el de un tío suyo. ¡Sí, era verdad! Recordó entonces, por primera vez en mucho tiempo, que tenía un tío llamado Brey, pero al que no conocía de absolutamente nada.

Sólo sabía su nombre, que era un hermano de su difunta madre y que vivía en Tokio. Se imaginó por unos segundos a sí misma yéndose a vivir con su tío, sin tener al lado a un padre que lo único que hacía era trabajar y regañar, sin estar en un barrio tan aburrido que de sólo mirarlo produjese sueño, lleno de viejos y de silencio, y sin tener encima de ella a Hana, la actual pareja de su padre desde hacía tres años, que era igual de aguafiestas que él.

Sí, sería maravilloso, pensó. Se preguntó por qué nunca había oído hablar de su tío Brey. Era familia, al fin y al cabo, pero tan sólo era consciente de su existencia desde que tenía 9 años, año en que murió su madre. Pero nada más, sólo lo oyó mencionar de bocas ajenas, no recordaba dónde ni cuándo, pero sabía que tenía un tío llamado Brey Saehara. No sabía cómo era, qué edad tenía, en qué trabajaba, si estaba casado y tenía hijos... La verdad es que a Cleven le entusiasmaría muchísimo la idea de tener primos.

Nada de nada, no obstante, le atraía la idea de irse a vivir con él, y así estaría más cerca del instituto, lo tendría todo más fácil. «Si es hermano de mamá, seguro que no le importará que me acople» pensó, sonriendo para sus adentros.

—¿Estás bien?

Cleven volvió la vista hacia su hermano, el cual la miraba a ella preocupado. Otra vez, ya era el Yenkis de siempre. En realidad, su hermano pequeño nunca se peleaba con ella, nunca. La actitud que había mostrado en el metro sólo eran sus bromas habituales porque era un niño inquieto y divertido, pero realmente nunca molestaba y ni le creaba problemas a Cleven. Todo lo contrario.

Cleven no lo comprendía. Todos sus amigos y amigas que tenían un hermano pequeño se quejaban de ellos a todas horas y los describían como insoportables y con los que siempre se estaban peleando. Pero ella apenas había tenido algún día malo con Yenkis. La mayor parte del tiempo, eran inseparables. Su hermano no era normal, ella lo sabía. Era tan maduro como un adulto, demasiado inteligente para su edad, y teniendo sólo 12 años, era algo insólito.

Ese niño había sido todo su apoyo desde que murió su madre. Quizá fuera porque Yenkis tenía unos 4 años y Cleven casi 9 cuando la perdieron que a Cleven la afectó mucho más que a él. Yenkis tenía pocos recuerdos de ella, era muy pequeño en ese entonces, pero para Cleven era distinto. Por eso, había sido él quien, desde la muerte de su madre, había cuidado de Cleven y no al revés, como si el hermano mayor fuera él y no ella.

Realmente, Yenkis era la persona que Cleven más quería en el mundo.

—Claro que estoy bien, como siempre —contestó al mismo tiempo que cruzaban la verja del jardín y se adentraban en la enorme casa.

—Si tú lo dices… —sonrió Yenkis, volviendo la vista al frente—. Si puedo ayudarte en algo, ya sabes dónde estoy.

La joven lo siguió con la mirada cuando este subía las escaleras al piso de arriba y se metía en su habitación. No pudo evitar sonreír con cariño. Pero, pese a la invitación del niño, Cleven se convenció a sí misma de que no tenía ningún problema, que estaba perfectamente.

Fue a subir a su cuarto para quitarse el uniforme y ponerse más cómoda, luego pensaba pasarse el resto de la tarde en el ordenador, su pasatiempo favorito, donde chateaba con los amigos, navegaba por Internet… y todas esas cosas a las que su padre llamaba pérdida de tiempo y estupideces. Al ir a dejar su chaqueta del uniforme en el perchero, al otro lado del vestíbulo, y al pasar junto a una puerta entreabierta al lado de las escaleras, oyó la frase que oía todos los días clavándose en sus oídos.

—Cleventine, ven aquí ahora mismo.

Era la voz de su padre, desde su despacho, que tenía la puerta entreabierta. No alzó la voz, pero aquel tono causaba el mismo impacto. Su padre tenía la voz más grave que conocía. «Maldición» masculló Cleven. Si su padre la había llamado por el nombre completo, significaba que no pasaba nada bueno.

—¿Tiene que ser ahora? Estoy cansada —replicó mientras colgaba la chaqueta en el perchero.

—Que vengas aquí —volvió a ordenarle desde su despacho.

Cleven lanzó un largo resoplido, no tenía ni pizca de ganas de oír otro sermón, y ni siquiera sabía de qué se trataba esta vez. De mala gana, entró en el amplio despacho, donde dos de las cuatro paredes, opuestas, estaban cubiertas por estanterías llenas de libros de todo tipo. En la pared de enfrente a la puerta había un ventanal enorme, por donde entraba la luz gris del cielo.

Su padre estaba sentado en un escritorio muy grande de espaldas al ventanal, y estaba escribiendo en varios folios que tenía sobre la mesa y bajo la luz de la lamparita encendida. Sobre la mesa también había montones de carpetas y dos tazas de café, además de un ordenador de última tecnología.

Su padre, en casa, encerrado en su despacho, trabajando. Era la misma escena de siempre, siempre trabajando. O si no, siempre en la empresa, también trabajando. Cleven lo observó de nuevo, mientras se adentraba en la estancia. Veía en él lo mismo que todos los días. Un cuarentón, siempre bien peinadito, pedante, arreglado y elegante, tan sofisticado… No se llevaba bien con él, porque siempre este la estaba regañando por todo. Pensaba que su padre sólo vivía para trabajar y para disciplinar a sus hijos, nada más.

Para ella no era más que un viejo despistado, algo torpe, débil, con miedo de hacerse un rasguño o de perder la cartera o el reloj. Incluso su forma de hablar la ponía enferma, siempre tan educado, sin decir un taco en su vida... Le daba escalofríos.

Lo único que ella no tenía en cuenta era su aspecto real. Neuval tenía más de 40 años, pero aparentaba unos 30. Era alto, y de complexión fuerte. Su pelo era castaño claro, sin ninguna mísera cana. Tenía algo de barba, y sus ojos podían ser los más extraños del mundo. Eran de un color completamente gris, un gris muy claro. Ni grises azulados, ni grises verdosos. Puro gris claro. Pero Cleven nunca había reparado en todo esto, sólo veía las cosas como quería verlas.

—¿Qué quieres ahora? —preguntó de mala gana, quedándose de pie al otro lado de la mesa—. No tengo tiempo para...

—Borra ese tono conmigo —interrumpió, alzando la vista de sus papeles—. ¿Quién era ese chico?

—¿Eh? —se sorprendió, y empezó a ponerse nerviosa—. ¿Qué chico?

—Ese que estaba tan pegado a ti, en Shibuya, junto a la entrada del metro —contestó severamente—. Sí, ese que te estaba violando con los ojos.

«Había olvidado lo exagerado que era» pensó Cleven y miró a otro lado. No sabía qué podía contestarle.

—Sólo es un chico, papá. Más bien… es mi novio. ¿Algún problema?

—Sí, unos cuantos. No quiero volver a verte con él.

—¿Perdona? —saltó, sin poder creer lo que estaba oyendo—. Oye, es mi novio, puedo hacer lo que me dé la gana con él, ¿sabes? No eres quién para meterte en mi vida.

—Soy la persona que más derecho tiene a meterse en tu vida —replicó, dejando la pluma sobre la mesa bruscamente—. ¿Qué crees que estabas haciendo con él?

—Sólo nos besábamos, lo más normal del mundo.

—Él no estaba sólo besándote, no creas que he pasado por alto dónde tenía las manos cuando os vi —dijo alzando la voz, cada vez más enfadado—. No voy a permitir que sigas saliendo con ese chico.

—¡Pero bueno! —saltó hecha una furia, apoyado las manos sobre la mesa con un manotazo—. ¿¡Quién te crees que eres!? ¡Él y yo nos queremos! ¡Llevamos tiempo ya juntos! ¡Yo puedo salir con el chico que me dé la gana!

—¡No me levantes la voz! —exclamó Neuval, aunque permaneció de brazos cruzados en su sitio—. Puedes salir con quien quieras, pero con ese chico en concreto, no te lo consiento.

—¡Ah! ¿No? ¿¡Y por qué razón, si puede saberse!?

—Porque no es más que un mujeriego, se está aprovechando de ti. Y además es peligroso… —añadió en voz baja.

—¿Qué? ¿¡Pero qué dices!? ¿¡Tú qué sabes!? Estás desvariando demasiado… ¡Él me quiere, y yo a él, y ni siquiera lo conoces! ¡No tienes ni idea de lo que estás hablando!

—¡Te he dicho que no quiero que vuelvas a salir con ese sujeto! Sé muy bien de lo que hablo, Cleventine, no es bueno para ti.

—¡No lo conoces! —repitió con lágrimas en los ojos—. ¿¡Crees que voy a cumplir tus órdenes!? ¡Estoy harta de esta casa, lo tengo todo prohibido! ¿¡Pero qué vas a saber tú de si se está aprovechando de mí!? ¡Nunca me dejas estar con nadie! ¡No me dejas acercarme a nadie!

—¡Cuidado con ese tono!

—¡No hay más que verte ti! —continuó Cleven—. ¡Esa oportunista de Hana es 10 años más joven que tú! ¡Sólo está contigo por el dinero! ¡Seguro que mamá debe de odiarte por haberla sustituido por una busca-tesoros después de su muerte!

Ya está. Había metido el dedo en la llaga. Se había pasado cien pueblos. Su padre se puso en pie de un salto, apoyado en la mesa, mirándola con tanto enfado que daba miedo. Cleven se arrepintió de haber dicho todo eso, no era justo. Pero se había dejado llevar por la rabia. En ese momento de tenso silencio, la joven pensó que su padre iba a gritar de todo.

—Vete de aquí —dijo sin más, con un frío susurro—. Vete a tu habitación.

Cleven permaneció un momento parada en el sitio, respirando con fuerza, pero enseguida dio media vuelta y salió del despacho, subió las escaleras y se encerró en su cuarto. Se arrepintió. Le había hecho el peor daño que podía hacerle a su padre. Sin embargo, seguía enfadada con él por haberle dicho que dejase de salir con Kaoru. Eso tampoco era justo, pero no era nada, nada comparado con la injusticia de mencionar a su madre en su contra. Se había pasado.









4.
Rutina

Llegó el tren y se metió en el vagón. Justo cuando fue a sentarse en el extremo de un asiento de cuatro plazas donde ya había dos personas en el medio, vio por el rabillo del ojo a otra persona sentándose al mismo tiempo en el hueco libre del otro extremo.

Cleven giró la cabeza discretamente un momento para verlo, ahí al otro lado de los otros dos pasajeros que los separaban, y se quedó algo cortada. Era ese chico, el mismo que había visto en la sala de profesores. Seguía teniendo la capucha de su sudadera puesta e iba bien abrigado con una parka larga. Sólo se le veía la cara de nariz para abajo, y a Cleven no se le ocurrió otra cosa que fijarse en sus labios. Se ruborizó un poco y apartó la mirada. Le sonaba de algo. Si no tuviese la capucha puesta seguro que lo reconocería de algo. De repente hacía mucho calor.

Durante el trayecto, Cleven siguió lanzándole breves miradas con disimulo. Estaba muy quieto, cabizbajo, de brazos cruzados. Parecía muy serio, y pensó que tal vez se debía a la tediosa charla que el director le había dado esa tarde en la sala de profesores. ¿Qué habría hecho? ¿Se habría peleado con otros chicos? ¿Habría roto algo?

Cuando miró entre sus pies y vio su mochila, se sorprendió. «¡Ah, ya caigo!» pensó, reconociendo esa mochila, pues la había visto antes. «Este chico es de mi clase, ¡el que se sienta detrás de mí!». Recordó que era el nuevo en su clase. Había oído su nombre antes, pero no conseguía acordarse... Miró hacia otro lado, pensativa, lo tenía en la punta de la lengua. Así fueron pasando los minutos, y las paradas. Cada vez el vagón estaba más vacío, y Cleven seguía mirando hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, como si fuera a encontrar el nombre que estaba buscando escrito en las paredes, techo y suelo del vagón. Lo sabía, juraría que sabía el nombre. Se mordió la lengua y cerró los ojos. Por un momento se sintió estúpida, ensimismada en esta tontería...

—¡Ah, Kyosuke! —exclamó de repente con tanto ímpetu que todos los presentes en el vagón se la quedaron mirando con susto.

Cleven giró la cabeza hacia su derecha rápidamente y se cruzó con la mirada sorprendida del muchacho clavada en ella, aunque seguía de brazos cruzados. Había acertado, pero se sintió avergonzada. Seguro que lo había asustado, porque el chico seguía mirándola confuso.

Cleven fue a mirar a otro lado para disimular, como si no hubiese pasado nada, pero no pudo. No podía dejar de observarlo. A pesar de que los ojos de él estaban sumergidos en la sombra bajo la capucha, ella podía sentirlos apuntando hacia ella, y le daba una extraña sensación que le impedía reaccionar. La luz del vagón solamente se reflejaba en su ojo derecho, desprendiendo un diminuto brillo blanco, pero no en el izquierdo. Se dio cuenta entonces de que tenía su ojo izquierdo guiñado, y este hecho le resultaba inexplicablemente familiar.

No pudo resolver ese enigma, pues el vagón se paró en la siguiente parada y el chico volvió la cabeza hacia atrás en una fracción de segundo, observando por la ventana el andén de fuera, como si hubiese explotado una bomba al lado. Se había sobresaltado, Cleven podía notar que estaba en tensión.

Confusa, miró hacia el mismo sitio a través del ventanal y, en las escaleras que descendían al andén, divisó a un grupo de personas, unos ocho hombres y un par de mujeres, vistiendo con las mismas sudaderas negras y todos encapuchados, que bajaron las escaleras a toda velocidad con una agilidad asombrosa.

Fue entonces cuando vio que el chico, Kyosuke, cogía su mochila rápidamente, se puso en pie de un salto y salió disparado por la puerta opuesta del vagón, perdiéndose de vista escaleras arriba del otro andén. Cleven, con un nudo en la garganta, vio a ese grupo entrar en el vagón y salir por el otro lado tan rápido que parecieron sombras. Vio cómo seguían el mismo camino que había tomado el muchacho para salir del metro. Tenía toda la pinta de ser una persecución, y Cleven se preguntó si estarían rodando alguna película de acción cerca o si había sido algo completamente real.

Los demás ocupantes del vagón también se habían sorprendido durante la escena y se quedaron comentándola. Cleven trató de recapacitar sobre lo que había pasado, tenía el corazón latiéndole con fuerza. No obstante, algo consiguió apartarla repentinamente de lo sucedido. Miró a través de la ventana que tenía detrás, después de haber escuchado unas voces alteradas, y el corazón le latió con más nervios. Vio a un niño corriendo como un descosido por el andén, esquivando a la gente que caminaba por ahí también con una agilidad notable, y portaba al hombro una mochila grande, a la que aferraba como si dentro guardase su vida. Lo vio sonreír, reírse de los dos agentes de policía que lo seguían por detrás con las porras en alto, ordenándole a gritos que se detuviese.

—Ay, madre... —resopló Cleven con desasosiego, tapándose la cara con una mano.

—¡Detente, niño! —le gritaba uno de los agentes—. ¡Vuelve aquí, párate!

El niño se rio, parecía estar divirtiéndose, mientras era observado con sorpresa por la gente que iba por el andén. «Por favor, no entres aquí» rezaba Cleven por lo bajo, muerta de la vergüenza. Tenía la cara tapada con las manos, pero para su desgracia oyó los pasos del niño adentrándose en su vagón, y acto seguido las puertas se cerraron. Oyó cómo los agentes golpeaban la puerta con las manos, lanzándole gritos de enfado al niño.

Au revoir, imbéciles! —exclamó el niño, haciéndoles cortes de manga a los dos agentes mientras el vagón iba avanzando—. Idiotes!

—¡Yenkis! —gritó Cleven con enfado, tirando de su oreja y haciéndolo caer al suelo.

El chico se quejó y de frotó la oreja mientras alzaba la vista de sus ojos grises hacia ella.

—¡Querida hermana! Comment ça va? —la saludó felizmente, agrandando su encantadora sonrisa.

—No me vengas con esa cortesía, enano. ¿¡Por qué te estaban siguiendo esos polis!? ¿Se puede saber qué has hecho?

Néant...

Réponds-moi, sérieux ! ¿Qué has hecho esta vez?

Yenkis se la quedó mirando, sin hacer nada, sin borrar su sonrisa, sin saber qué decir. Fue entonces cuando Cleven le arrebató la mochila, la abrió y lo vio. Otra vez, cacharros de todo tipo: restos de teléfonos móviles, cables viejos, restos de otros aparatos tecnológicos, láminas de aluminio oxidadas... Toda la mochila rebosando de lo mismo. La dejó caer al suelo y volvió a clavar la mirada en el chico.

—¿Se puede saber qué haces con todas estas cosas? Has vuelto a entrar en la fábrica abandonada, ¿verdad? Donde hay montones de estas cosas tiradas por ahí. Es una propiedad privada todavía, ¿estás loco o qué? No puedes recoger esta basura sin un permiso.

—Cleven, Cleven… —intentó tranquilizarla mientras se ponía en pie y se sacudía el pantalón del uniforme de su colegio de educación primaria—. Esta basura, como tú la llamas, es muy valiosa en realidad. Todas estas pobres piezas están destinadas a formar parte del olvido, a ser inútiles, pero yo las estoy salvando de ese cruel destino —le explicó poniendo un tono dramático—. Yo las aprovecho como se merecen.

—¿Transformándolas en esos raros aparatos que construyes? Loco, van para reciclaje. Un enano como tú no puede tener idea de cómo inventar aparatos útiles, tienes un estúpido hobby.

—Lo dices porque no has visto aún lo que ya tengo construido.

—Pues muéstramelo.

—No puedo, es alto secreto —le susurró poniendo un tono misterioso.

—Yenkis, que seas hijo de uno de los mejores ingenieros del mundo no significa que tú seas uno. Sólo tienes 12 años.

—Bueno, lo que tú digas —le sonrió tan simpático, agarrándose al barrote—. Pero no le digas nada a papá.

—Ja, no creo que a ese muermo le vaya a sentar bien al corazón saber que su hijo se dedica a escapar cada dos por tres de la policía.

—No me importa que sepa lo de la poli, lo que no quiero es que se entere de lo que hago con estos preciosos y destrozados aparatitos —dijo acariciando con la mejilla la mochila, mimoso.

—Y si se lo cuento a papá, ¿qué?

En ese momento vio que su hermano miraba por la ventana, hacia delante. Cleven se percató de que iban a entrar por el túnel que siempre hacía que se apagasen las luces del tren unos segundos, y al volver la vista hacia su hermano, lo vio cerrar su ojo izquierdo justo antes de que las luces se apagasen. Fue un momento breve, sólo se oía el ruido que emitían las ruedas del metro sobre las vías. Por un momento, se acordó del chico que había estado sentado a su lado.

Cuando volvió la luz, Yenkis volvió a mirar a su hermana con los dos ojos abiertos, tan alegre.

—Pues yo le contaré a papá que, en tu vocabulario, “ir a estudiar toda la tarde en casa de Raven o de Nakuru” significa en realidad “morrearte con Kaoru y meteros mano” —le espetó, y comenzó a hacer gestos obscenos, cerrando los ojos y moviendo las manos y los labios en el aire exageradamente—. Mm, sí, Kaoru... Qué lengua más larga tienes, mua, mua...

A Cleven se le hinchó la vena de la sien en un segundo.

—¡Te vas a enterar! —se abalanzó sobre él, pero las puertas del vagón se abrieron de nuevo tras haberse detenido en la parada donde ambos tenían que bajarse, y Yenkis había salido disparado riéndose a carcajadas—. ¡Te voy a cortar los morros! —exclamó, corriendo tras él.

El niño salió a la calle tras haber subido la escalinata del metro, y vio que su hermana, en mitad del trayecto, tenía la lengua fuera, jadeando, agotada. Al llegar junto a su hermano recuperó el aliento y pasó olímpicamente de vengarse. Yenkis, victorioso, emprendió la marcha junto a ella.

Se encontraban en un barrio de chalets de lujo, un barrio limpio y elegante. Todo estaba silencioso y tranquilo, como de costumbre. El asfalto de la carretera que se paseaba entre las casas estaba completamente negro, y sin ninguna grieta. Lo habían restaurado hace poco. Allí también existía el típico vecino que le tenía fobia a las grietas, a las abolladuras, a las farolas con manchas de óxido y a los céspedes mal cortados.

Las grandes casas descansaban sobre amplios jardines verdes que estaban limitados por vallas de hierro, muros blancos o simplemente no tenían limitación con la calle. Todo estaba tan cuidado al mínimo detalle como vigilado. Todas las farolas de cada esquina tenían cámaras de seguridad que se movían lentamente de un lado a otro. Posiblemente el único movimiento de todo el barrio.

A Cleven le parecía la zona más aburrida de Tokio, no le gustaba nada vivir ahí. No había ni un lugar divertido, tiendas o cine cerca. Lo odiaba. Siempre había deseado vivir en plena ciudad, le gustaba el ruido, verse envuelta de gente, coches, luces. Pero era algo imposible. Con 16 años su padre no la dejaría vivir sola en un apartamento en el centro de la ciudad.

Por un momento, mientras caminaban por la acera y pasaban junto a un chalet y bajo los árboles que recorrían toda la calle, se le vino a la cabeza un nombre: «Brey».

Miró al cielo, pensativa, asegurándose de que el dueño de ese nombre era el de un tío suyo. ¡Sí, era verdad! Recordó entonces, por primera vez en mucho tiempo, que tenía un tío llamado Brey, pero al que no conocía de absolutamente nada.

Sólo sabía su nombre, que era un hermano de su difunta madre y que vivía en Tokio. Se imaginó por unos segundos a sí misma yéndose a vivir con su tío, sin tener al lado a un padre que lo único que hacía era trabajar y regañar, sin estar en un barrio tan aburrido que de sólo mirarlo produjese sueño, lleno de viejos y de silencio, y sin tener encima de ella a Hana, la actual pareja de su padre desde hacía tres años, que era igual de aguafiestas que él.

Sí, sería maravilloso, pensó. Se preguntó por qué nunca había oído hablar de su tío Brey. Era familia, al fin y al cabo, pero tan sólo era consciente de su existencia desde que tenía 9 años, año en que murió su madre. Pero nada más, sólo lo oyó mencionar de bocas ajenas, no recordaba dónde ni cuándo, pero sabía que tenía un tío llamado Brey Saehara. No sabía cómo era, qué edad tenía, en qué trabajaba, si estaba casado y tenía hijos... La verdad es que a Cleven le entusiasmaría muchísimo la idea de tener primos.

Nada de nada, no obstante, le atraía la idea de irse a vivir con él, y así estaría más cerca del instituto, lo tendría todo más fácil. «Si es hermano de mamá, seguro que no le importará que me acople» pensó, sonriendo para sus adentros.

—¿Estás bien?

Cleven volvió la vista hacia su hermano, el cual la miraba a ella preocupado. Otra vez, ya era el Yenkis de siempre. En realidad, su hermano pequeño nunca se peleaba con ella, nunca. La actitud que había mostrado en el metro sólo eran sus bromas habituales porque era un niño inquieto y divertido, pero realmente nunca molestaba y ni le creaba problemas a Cleven. Todo lo contrario.

Cleven no lo comprendía. Todos sus amigos y amigas que tenían un hermano pequeño se quejaban de ellos a todas horas y los describían como insoportables y con los que siempre se estaban peleando. Pero ella apenas había tenido algún día malo con Yenkis. La mayor parte del tiempo, eran inseparables. Su hermano no era normal, ella lo sabía. Era tan maduro como un adulto, demasiado inteligente para su edad, y teniendo sólo 12 años, era algo insólito.

Ese niño había sido todo su apoyo desde que murió su madre. Quizá fuera porque Yenkis tenía unos 4 años y Cleven casi 9 cuando la perdieron que a Cleven la afectó mucho más que a él. Yenkis tenía pocos recuerdos de ella, era muy pequeño en ese entonces, pero para Cleven era distinto. Por eso, había sido él quien, desde la muerte de su madre, había cuidado de Cleven y no al revés, como si el hermano mayor fuera él y no ella.

Realmente, Yenkis era la persona que Cleven más quería en el mundo.

—Claro que estoy bien, como siempre —contestó al mismo tiempo que cruzaban la verja del jardín y se adentraban en la enorme casa.

—Si tú lo dices… —sonrió Yenkis, volviendo la vista al frente—. Si puedo ayudarte en algo, ya sabes dónde estoy.

La joven lo siguió con la mirada cuando este subía las escaleras al piso de arriba y se metía en su habitación. No pudo evitar sonreír con cariño. Pero, pese a la invitación del niño, Cleven se convenció a sí misma de que no tenía ningún problema, que estaba perfectamente.

Fue a subir a su cuarto para quitarse el uniforme y ponerse más cómoda, luego pensaba pasarse el resto de la tarde en el ordenador, su pasatiempo favorito, donde chateaba con los amigos, navegaba por Internet… y todas esas cosas a las que su padre llamaba pérdida de tiempo y estupideces. Al ir a dejar su chaqueta del uniforme en el perchero, al otro lado del vestíbulo, y al pasar junto a una puerta entreabierta al lado de las escaleras, oyó la frase que oía todos los días clavándose en sus oídos.

—Cleventine, ven aquí ahora mismo.

Era la voz de su padre, desde su despacho, que tenía la puerta entreabierta. No alzó la voz, pero aquel tono causaba el mismo impacto. Su padre tenía la voz más grave que conocía. «Maldición» masculló Cleven. Si su padre la había llamado por el nombre completo, significaba que no pasaba nada bueno.

—¿Tiene que ser ahora? Estoy cansada —replicó mientras colgaba la chaqueta en el perchero.

—Que vengas aquí —volvió a ordenarle desde su despacho.

Cleven lanzó un largo resoplido, no tenía ni pizca de ganas de oír otro sermón, y ni siquiera sabía de qué se trataba esta vez. De mala gana, entró en el amplio despacho, donde dos de las cuatro paredes, opuestas, estaban cubiertas por estanterías llenas de libros de todo tipo. En la pared de enfrente a la puerta había un ventanal enorme, por donde entraba la luz gris del cielo.

Su padre estaba sentado en un escritorio muy grande de espaldas al ventanal, y estaba escribiendo en varios folios que tenía sobre la mesa y bajo la luz de la lamparita encendida. Sobre la mesa también había montones de carpetas y dos tazas de café, además de un ordenador de última tecnología.

Su padre, en casa, encerrado en su despacho, trabajando. Era la misma escena de siempre, siempre trabajando. O si no, siempre en la empresa, también trabajando. Cleven lo observó de nuevo, mientras se adentraba en la estancia. Veía en él lo mismo que todos los días. Un cuarentón, siempre bien peinadito, pedante, arreglado y elegante, tan sofisticado… No se llevaba bien con él, porque siempre este la estaba regañando por todo. Pensaba que su padre sólo vivía para trabajar y para disciplinar a sus hijos, nada más.

Para ella no era más que un viejo despistado, algo torpe, débil, con miedo de hacerse un rasguño o de perder la cartera o el reloj. Incluso su forma de hablar la ponía enferma, siempre tan educado, sin decir un taco en su vida... Le daba escalofríos.

Lo único que ella no tenía en cuenta era su aspecto real. Neuval tenía más de 40 años, pero aparentaba unos 30. Era alto, y de complexión fuerte. Su pelo era castaño claro, sin ninguna mísera cana. Tenía algo de barba, y sus ojos podían ser los más extraños del mundo. Eran de un color completamente gris, un gris muy claro. Ni grises azulados, ni grises verdosos. Puro gris claro. Pero Cleven nunca había reparado en todo esto, sólo veía las cosas como quería verlas.

—¿Qué quieres ahora? —preguntó de mala gana, quedándose de pie al otro lado de la mesa—. No tengo tiempo para...

—Borra ese tono conmigo —interrumpió, alzando la vista de sus papeles—. ¿Quién era ese chico?

—¿Eh? —se sorprendió, y empezó a ponerse nerviosa—. ¿Qué chico?

—Ese que estaba tan pegado a ti, en Shibuya, junto a la entrada del metro —contestó severamente—. Sí, ese que te estaba violando con los ojos.

«Había olvidado lo exagerado que era» pensó Cleven y miró a otro lado. No sabía qué podía contestarle.

—Sólo es un chico, papá. Más bien… es mi novio. ¿Algún problema?

—Sí, unos cuantos. No quiero volver a verte con él.

—¿Perdona? —saltó, sin poder creer lo que estaba oyendo—. Oye, es mi novio, puedo hacer lo que me dé la gana con él, ¿sabes? No eres quién para meterte en mi vida.

—Soy la persona que más derecho tiene a meterse en tu vida —replicó, dejando la pluma sobre la mesa bruscamente—. ¿Qué crees que estabas haciendo con él?

—Sólo nos besábamos, lo más normal del mundo.

—Él no estaba sólo besándote, no creas que he pasado por alto dónde tenía las manos cuando os vi —dijo alzando la voz, cada vez más enfadado—. No voy a permitir que sigas saliendo con ese chico.

—¡Pero bueno! —saltó hecha una furia, apoyado las manos sobre la mesa con un manotazo—. ¿¡Quién te crees que eres!? ¡Él y yo nos queremos! ¡Llevamos tiempo ya juntos! ¡Yo puedo salir con el chico que me dé la gana!

—¡No me levantes la voz! —exclamó Neuval, aunque permaneció de brazos cruzados en su sitio—. Puedes salir con quien quieras, pero con ese chico en concreto, no te lo consiento.

—¡Ah! ¿No? ¿¡Y por qué razón, si puede saberse!?

—Porque no es más que un mujeriego, se está aprovechando de ti. Y además es peligroso… —añadió en voz baja.

—¿Qué? ¿¡Pero qué dices!? ¿¡Tú qué sabes!? Estás desvariando demasiado… ¡Él me quiere, y yo a él, y ni siquiera lo conoces! ¡No tienes ni idea de lo que estás hablando!

—¡Te he dicho que no quiero que vuelvas a salir con ese sujeto! Sé muy bien de lo que hablo, Cleventine, no es bueno para ti.

—¡No lo conoces! —repitió con lágrimas en los ojos—. ¿¡Crees que voy a cumplir tus órdenes!? ¡Estoy harta de esta casa, lo tengo todo prohibido! ¿¡Pero qué vas a saber tú de si se está aprovechando de mí!? ¡Nunca me dejas estar con nadie! ¡No me dejas acercarme a nadie!

—¡Cuidado con ese tono!

—¡No hay más que verte ti! —continuó Cleven—. ¡Esa oportunista de Hana es 10 años más joven que tú! ¡Sólo está contigo por el dinero! ¡Seguro que mamá debe de odiarte por haberla sustituido por una busca-tesoros después de su muerte!

Ya está. Había metido el dedo en la llaga. Se había pasado cien pueblos. Su padre se puso en pie de un salto, apoyado en la mesa, mirándola con tanto enfado que daba miedo. Cleven se arrepintió de haber dicho todo eso, no era justo. Pero se había dejado llevar por la rabia. En ese momento de tenso silencio, la joven pensó que su padre iba a gritar de todo.

—Vete de aquí —dijo sin más, con un frío susurro—. Vete a tu habitación.

Cleven permaneció un momento parada en el sitio, respirando con fuerza, pero enseguida dio media vuelta y salió del despacho, subió las escaleras y se encerró en su cuarto. Se arrepintió. Le había hecho el peor daño que podía hacerle a su padre. Sin embargo, seguía enfadada con él por haberle dicho que dejase de salir con Kaoru. Eso tampoco era justo, pero no era nada, nada comparado con la injusticia de mencionar a su madre en su contra. Se había pasado.





Comentarios