1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
Llegó el mediodía, y esta vez Cleven había conseguido convencer al hombre de hielo para que comiese algo con ella. Aunque le había costado.
—No.
—Venga, no seas así —insistió Cleven cuando se detuvieron en un cruce—. Vamos a comer algo.
—¿Qué te hace pensar que quiero comer contigo? —replicó de mala gana.
—Es lo menos que puedo hacer por haberte molestado en enseñarme la zona. Así que yo invito, y esta vez te lo vas a comer. No me hagas sentir culpable. Venga...
—Que no.
—Vaya… —Cleven fingió una cara apenada—. Pues… cuando vuelva a ir a la cafetería de Yako un día de estos y me pregunte qué tal me fue contigo… tendré que decirle que me siento muy triste y culpable porque no he logrado pagarle el favor a mi amable guía por su noble sacrificio de ayudarme.
Raijin se la quedó mirando sin pestañear, inmóvil. «Me está manipulando descaradamente esta humana. Pero… por otra parte…». El rubio se imaginó, de hecho, la indudable reacción que Yako tendría si Cleven le decía eso, y efectivamente su amigo se iba a poner insoportable reprochándole por qué no había dejado que Cleven lo invitara a comer para que así ella se sintiera tranquila con su deuda saldada y por qué era tan terco con la gente y por qué no intentaba abrirse un poco más a la gente y…
—Comemos y se acabó —dijo Raijin finalmente.
Cleven abrió una sonrisa en su cara tan grande y tan feliz que parecía una demente. Lo arrastró entonces hacia unas mesas que estaban dispuestas al aire libre, en la calle, de un restaurante Fridays.
Sentados uno frente al otro, Raijin mirando a otra parte con desgana, con la cabeza apoyada en una mano y Cleven echándole kétchup a sus patatas, el móvil de la joven comenzó a vibrar por fin. Cleven se sobresaltó y lo sacó del bolsillo por debajo de la mesa, a la vez que se metía en la boca un par de patatas. Vio que se trataba de Raven.
Era de esperar que alguna de sus amigas la llamase tarde o temprano, seguramente para quedar. Sin embargo, Cleven decidió no coger la llamada, pues ello conllevaría explicarle dónde estaba y lo que estaba haciendo, lo de sus planes de vivir con su tío. Ella prefería hablarlo con ella y con Nakuru personalmente, a solas, y no por teléfono, mucho menos delante de Raijin. Confiaba en que ninguna de las dos llamase a su casa. Cleven ya les había dicho que siempre la llamasen al móvil, así que se tranquilizó, sabiendo que a su casa no iban a llamar.
Colgó la llamada de Raven, dándole la señal de que ahora no podía hablar, y volvió con su comida. Vio que Raijin no había tocado su plato, seguía mirando la lejanía, con la cabeza apoyada en la mano.
—¿Me vas a decir que no tienes hambre? —preguntó Cleven, frunciendo el ceño—. Venga ya, deja de ser así.
Raijin le lanzó una mirada cansada y, dejando caer la mano sobre la mesa e incorporándose en su silla, comenzó a comer en silencio, sin entusiasmo alguno. Cleven quiso sacarle conversación, y esperó que no le costase demasiado esfuerzo.
No obstante, de pronto vieron a un niño pequeño junto a su mesa, que los miraba con inocencia. Había muchos niños pequeños en la terraza, algunos comiendo con sus padres y otros jugando en un recinto infantil cerca de allí. Pero ese niño, que no debía tener más de cuatro años, se había parado al lado de ellos y los miraba sin razón alguna, con un moco colgando. A Cleven le hizo gracia esa cara tan inocente y boba, por eso le sonrió y lo saludó con la mano alegremente. El niño también sonrió, pero cuando miró a Raijin, este le dirigió una mirada ultracongelante y terrorífica, o al menos así es como el pobre muchacho la interpretó, porque además le pareció ver por un instante que uno de sus ojos brilló de una luz amarilla.
Eso fue bastante como para que el pequeño saliese corriendo muerto de miedo y llorando, volviendo a la mesa donde estaban sus padres.
—¿Pero qué...? —se enfadó Cleven—. ¡Qué cruel! ¿¡Por qué lo has asustado!?
—Se ha asustado él solo.
—¡No me extraña! Si lo miras como si lo fueras a morder. ¿Por qué no has sido más suave con él?
—No me gustan los niños —siguió comiendo tranquilamente.
—¿Por qué? ¿Porque suelen ser alegres y eso choca con tu naturaleza?
—Porque no hacen más que dar gritos, romper y mancharlo todo.
—Jo, entonces tú no vas a tener hijos nunca. Pobres de ellos, si los llegas a tener —bufó, volviendo con su hamburguesa—. Bueno, ¿tienes hermanos? —preguntó cambiando de tema.
Él no contestó.
—¿Vives solo?
Él no contestó.
—¿Te has criado aquí toda la vida?
Silencio.
—¡Venga ya, échame una mano!
—¿Qué es lo que pretendes? —saltó él.
—Sólo intento entablar una conversación contigo.
—Pues yo no, así que déjame comer en paz.
Cleven dio un largo suspiro, abatida. «Joder, es como un crío». Era imposible, ese chico era lo más antisocial que había conocido. No comprendía cómo Yako podía ser su mejor amigo, eran totalmente opuestos. Dio por hecho que Raijin no debía de caerle bien a la gente. Pero ¿por qué? ¿Por qué era así? ¿Era porque había nacido así, con problemas para socializar? ¿O era algo que él hacía a propósito para alejar a la gente de él? Si este fuera el caso, ¿por qué lo hacía? ¿Escondía algo? ¿¡Cuál era el motivo!?
Cleven no paraba de hacerse estas preguntas. Lejos de estar disgustada, o espantada, o de querer alejarse de él, sentía todo lo contrario: estaba aún más ansiosa por acercarse más y descubrir más sobre él. Quizá ya no sólo se trataba de una simple atracción física. Había algo más que empujaba a una vieja Cleven interior a insistir con esta persona. Era como si una parte muy antigua de ella estuviera intentando descubrir algo más que el nombre, los gustos y las aficiones de un chico guapo. Algo más grande estaba detrás de los silencios y la indiferencia de ese chico.
* * * * * *
—¡Volved aquí! ¡Gamberros! ¡Que me he quedado con vuestras caras!
Tres chicos se reían a carcajadas mientras corrían por la calle, perseguidos por un hombre que llevaba una especie de delantal con el nombre de su tienda escrito, y a juzgar por lo roja que tenía la cara y por las dos venas de su frente, estaba realmente colérico. Además, sostenía en una mano un palo de madera que agitaba en el aire peligrosamente. Sin embargo, los tres jóvenes le llevaban ventaja, aunque el dependiente no tenía pinta de rendirse tan pronto.
Drasik, con sus pelos de loco, miró hacia atrás para asegurarse de que debían seguir huyendo. Al ver al pobre hombre corriendo por las calles a pocos metros tras ellos, intentando esquivar a los sorprendidos peatones, soltó otra carcajada de diversión.
—¡Drasik, como no nos escondamos en algún lugar, acabará por zurrarnos! —le avisó uno de los dos amigos que iban con él, cada vez más preocupado, porque el dependiente no presentaba síntomas de cansancio.
—Este humano ha desayunado bien esta mañana —murmuró Drasik para sí mismo, sonriendo socarronamente—. ¡Ya sé, seguidme por aquí!
Dio un giro por una calle y sus dos amigos lo siguieron. El dependiente tardó poco en aparecer tras ellos de nuevo, doblando la esquina que habían doblado ellos, soltando juramentos.
Drasik, de pronto, se quedó un momento sin aliento al ver a lo lejos a una pareja peculiar comiendo en la terraza del Fridays. Perplejo se quedó, pero las amenazas del dependiente volvieron a llegar a sus oídos y se vio obligado a seguir corriendo. Unos minutos después, sonrió con triunfo al divisar ya a pocos metros el lugar en donde pretendía ocultarse de su perseguidor. Los otros dos chicos, uno con pinta punk y el otro con pinta de skater, vieron a su amigo meterse en una cafetería y lo imitaron.
Al pasar por la puerta, Drasik casi atropella a un joven.
—¡Eh! ¿¡Pero qué...!? —exclamó Yako, alzando una bandeja con tazas que se tambalearon peligrosamente cuando Drasik pasó al galope seguido de los otros dos, y se metieron por la puerta de la cocina detrás de la barra.
Los clientes que allí había, tomándose unos sándwiches de almuerzo, vieron la escena con sorpresa, pero Yako, comenzando a entender la situación, dio un suspiro de desasosiego.
—¡Sam! —lo llamó, y este, por ahí cerca entre las mesas, asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta que daba a la calle, donde justo en ese momento iba a entrar el dependiente colérico.
—Déjame entrar, muchacho —jadeó el hombre, recorriendo con la mirada el interior del local, buscando a sus presas.
—Sólo si viene a tomar algo —terció Sam tan tranquilo, impidiéndole el paso y fijándose en el palo de madera que llevaba el visitante—. No queremos problemas.
—Sé que están aquí, sé que han entrado aquí esos hijos del demonio —masculló el hombre rechinando los dientes—. Déjame pasar, chaval, o...
—¿O qué?
El hombre hizo un gesto irritado, e intentó ver el rostro de Sam, pero era difícil, porque seguía cubierto por la capucha de la sudadera y la braga de nieve. No iba a permitir que un criajo le impidiese pasar. No obstante, para su sorpresa, Sam le puso lenta, delicada y suavemente una mano en el hombro, sereno.
—No queremos problemas —repitió susurrante, vocalizando lentamente cada palabra.
El dependiente no pudo moverse, se había puesto tenso, a la vez que dos gotas de sudor resbalaban por su cara. Miró con nerviosismo al joven, que seguía teniendo la mano sobre su hombro como si fuesen amigos. Por un instante, le pareció ver un par de colmillos asomando entre los labios del chico y un muy sutil brillo de color verde oscuro en uno de sus ojos. Ante tan extraño muchacho, el dependiente, tragando saliva, ya no se atrevió a insistir más.
—Sí, vale... —murmuró, dando media vuelta, y se marchó con su garrote.
Una vez lo perdió de vista, Sam se dirigió a la cocina, donde encontró a Yako, a MJ y a tres chavales que se reían apoyados contra una de las encimeras.
—... y cuando se nos cayó sin querer la estantería de las especias… —reía el punk—. Vaya desastre...
—Ya lo vi sacar su garrote y salimos pitando, vaya un paleto —rio a su vez el otro chico con aspecto de skater.
Yako, MJ y Sam estaban ahí, frente a ellos, de brazos cruzados, viéndolos celebrar su faena con cara de mosqueo.
—¡Hey! —exclamó Drasik, acercándose a Sam cuando se percató de su presencia, y le dio unas palmaditas en la espalda—. ¡Gracias por espantarlo! ¡Aquí se habría formado una masacre! —rio.
—Aún puede formarse —susurró Sam, mirándolo a la cara fijamente, y Drasik, captando la indirecta, se separó de él con cautelosa inocencia.
—Me voy a seguir trabajando —declaró MJ, harta de las risotadas—. Siempre igual. No aguanto a estos tres, y menos al de los pelos de loco —le dirigió una mirada furtiva a Drasik y salió de la cocina, dejando a los cinco solos.
—Ya es la segunda vez en una semana —les reprochó Yako, poniéndose serio por primera vez en mucho tiempo—. ¿Creéis que os voy a dejar camuflaros aquí siempre que os persiga la poli o un dependiente furioso?
—Bueno, nosotros nos vamos —dijeron los dos amigos de Drasik, sonriendo inocentemente y saliendo de la cocina con premura, escapándose de la conversación.
—Serán cobardes... —musitó Drasik, negando con la cabeza.
—Tú —le sobresaltó Yako, entornando sus ojos dorados—. En mi local no quiero problemas. Mis clientes más habituales ya me han llamado la atención varias veces por este tipo de alborotos que traes, y no creo que Sam vuelva a molestarse en salvarte el pellejo.
—Si por mí fuera, le arrancaba la cabeza ahora mismo —masculló Sam.
—Vamos, ¡sólo nos estábamos divirtiendo! —se defendió Drasik—. Tus clientes son unos quejicas.
—Mis clientes son buenos humanos inocentes —impugnó Yako, apuntándolo con un dedo muy severo—. Y mi cafetería ha de ser un lugar donde los humanos se sientan seguros, a salvo y tranquilos. Donde no tengan que preocuparse o asustarse de nada. Voy a tener que prohibirte la entrada hasta que te comportes mejor.
—Vamos, vamos... —los tranquilizó Drasik, sonriente, poniéndose entre los dos y pasando los brazos sobre sus hombros—. Somos amigos de toda la vida, no me vais a hacer este feo, Sammy, Yako... Llevamos mucho tiempo inactivos, debéis comprender que me aburro. ¡Ah! —saltó, poniéndose serio—. A no ser que vosotros hayáis participado últimamente en algún caso y no me hayáis informado.
—No, Drasik —suspiró Yako—. Todo ha estado tranquilo, afortunadamente.
Drasik se separó de ellos y se sentó sobre la encimera.
—Sí, debes de tener razón, Yako, porque he visto a Raijin almorzando tan tranquilo con una chica de mi clase en el restaurante Fridays.
—Ah, ¿esa chica es de tu clase? —se sorprendió Yako—. Pobrecilla…
—Eh, eh, que todavía no le he hecho nada —replicó Drasik, ofendido.
—¿Todavía? —murmuró Sam, desviando la mirada.
—Es realmente sorprendente —continuó Drasik, reflexivo—. ¿Qué hace Raijin con una chica como ella? Es más, ¿qué hace Raijin con un humano si no se entiende bien con ellos? No, no... Es más, ¿qué coño hace Raijin con alguien?
—Tal vez ya iba siendo hora de que alguien lo distrajera de sus pensamientos —contestó Yako—. Raijin lleva ya mucho tiempo centrándose únicamente en vigilar la ciudad, siempre tengo que acabar empujándolo a tomarse un descanso. La única relación que tiene últimamente con los humanos es solamente cuando les está salvando la vida. Por una vez está conociendo a alguien que no está en peligro.
—Pobre pelirroja —resopló Drasik, divertido—. No sé qué pretende esa princesa con Raijin, pero lo va a tener difícil para sacarle una conversación normal. Además, ella no es para nada del tipo de Raijin, me sorprende que haya llegado a sentarse a comer con ella. No se habrá vuelto loco, ¿verdad? Esto es muy raro.
—¿Desde cuándo te preocupas tanto por Raijin? —le espetó Sam.
Drasik se sorprendió, y se puso un poco rojo de vergüenza. Es verdad, ¿qué diablos le importaba él?
—¡Hah! ¿Por ese muermo mandón? ¡Desde nunca! —se cruzó de brazos, levantando la barbilla bien alta—. Es de la pelirroja de quien me preocupo. O sea… del bienestar de esa humana inocente.
—Por supuesto —ironizaron Sam y Yako.
—Bueno, pues uno que se larga —declaró Drasik, saltando de la repisa, y se marchó de allí.
—¿Esa pelirroja, Cleven, es la chica que vino contigo esta mañana? —le preguntó Sam a Yako.
—Sí —sonrió.
Sam fue a preguntarle si ese nombre no le resultaba vagamente familiar del pasado, pero como ni él estaba completamente seguro, pasó del tema y volvió al trabajo, pues se oía la voz de Kain y de MJ pidiendo un poco de ayuda para atender las mesas.
* * * * * *
Cleven y el Míster Universo asocial seguían sentados en la mesa del restaurante, terminando de tomar el postre. Para ella tomar postre siempre era obligatorio porque era una tragona de campeonato de comida insana, y justo allí servían unos vasos enormes de grasiento batido de chocolate con trozos de helado y de galletas y de caramelo y de bizcocho… una bomba calórica.
De hecho, Raijin estaba espeluznado, observándola comer todo eso, cucharada sopera a cucharada sopera. Él solamente se estaba tomando un té. A Cleven le había resultado curioso. Durante la comida, se había fijado en que Raijin tenía unas costumbres muy japonesas, gestos tradicionales. A pesar de estar comiendo comida occidental, usaba y colocaba los cubiertos al terminar similar a si estuviera usando palillos. Y sostenía su taza de té apoyando la base sobre una mano con la palma hacia arriba y con la otra abrazando el lateral de la taza, en lugar de cogerla por el asa.
La verdad es que a Cleven, ese tipo de comportamiento japonés tradicional le recordaba mucho a su hermano mayor. Él también tenía esos modales, influidos por su madre y por su abuelo materno. Por el contrario, Cleven y Yenkis habían adoptado maneras más occidentales, influidos por su padre.
Habiéndose resignado a no obtener una conversación normal con él, Cleven había optado por contarle ella misma cosas suyas, como cosas del instituto, o su opinión sobre en cuáles de los cincuenta sitios que conocía hacían el mejor takoyaki y por qué. Raijin, todo el rato callado, al menos la había estado mirando a la cara mientras le hablaba, a pesar de que cuando parpadeaba, lo hacía tan lentamente que parecía que iba a caerse dormido en cualquier momento.
Aun así. Cleven decidió intentarlo una vez más, sonsacarle alguna conversación. Quería saber más cosas sobre él, y pensaba que después de ese largo rato que habían compartido, él estaría un poco más dispuesto.
—¿Sabes? Ahora mismo estoy un poquito sorprendida —dijo ella.
Raijin levantó la vista de su taza con cara confusa.
—En toda la comida no has vuelto a decir ningún comentario sobre acabar ya con esto y largarte. En una hora entera no has mostrado signos de prisa o de querer marcharte de una vez.
—La gente no suele saber… —dijo él—… lo extremadamente importante que es para la salud comer con calma. Comer mientras piensas en problemas, deberes o responsabilidades, cosas que estresan o te generan malas emociones, afecta al correcto funcionamiento del aparato digestivo. Y el aparato digestivo es fundamental para la salud física y mental.
—¿Mental?
—El intestino tiene una cierta conexión con las neuronas cerebrales —tomó un sorbo de su té, cerrando los ojos, sereno—. No me puedo permitir ningún malestar en mi salud.
—¡Pero si fumas tabaco!
—Eso no me afecta. Y me refiero a mi salud mental. Debo mantener el estrés alejado.
Cleven estaba anonadada. Le maravilló oírle hablar sobre temas de salud. Es más, le emocionó mucho oírlo hablar, es decir, más de una frase seguida. «Qué listo es… Debe de ser el mejor alumno de la facultad de Medicina, ¡seguro!» pensó. «Un momento, ¿cómo que no le afecta fumar tabaco? Eso afecta a todo el mundo».
—¿Significa eso que, en cuanto te termines tu té, abandonarás esta calma y retomarás tus ansias de antes de acabar de ayudarme y marcharte? —sonrió Cleven con ironía.
—Así es.
La joven se quedó boquiabierta ante esa respuesta. Vio que sí, que Raijin seguía manteniéndose en sus trece. Pasar la mañana con ella no había cambiado nada. Todo esto seguía siendo para él un favor que cumplir y nada más. Obviamente, esto decepcionó a Cleven. Pero no demasiado, porque, por una parte, ya se había acostumbrado a esa fría y cruda sinceridad suya.
—¿De verdad estás deseando irte? —le preguntó ella con cierto tono desilusionado.
—No tiene nada que ver con desear. Pelmaza —gruñó él—. Sino con el deber. Tengo muchas cosas que hacer. Responsabilidades, asuntos que atender. No todos tenemos absoluto tiempo libre los fines de semana.
—La verdad es que realmente parece que duermes muy poco —observó ella, apoyando la barbilla en una mano—. Es como si algo… no te dejara descansar bien. Y no recientemente, sino… —Cleven entornó los ojos, escudriñando los de él, pensativa, analizadora, percibiendo algo—… como desde hace muchos años.
Por primera vez en esa mañana, Raijin miró sorprendido a Cleven. ¿Qué narices sabía ella? ¿Cómo había notado algo así? Eso era suponer mucho de la vida de alguien que no le había dicho ni una sola información sobre sí mismo.
—Me gustaría pensar que toda esta mañana conmigo haya podido servirte para desconectar un poco de tus obligaciones y preocupaciones y relajarte por primera vez en mucho tiempo —añadió Cleven—. Pero sé que no es así.
Raijin empezó a sentirse un poco incómodo. Esta humana se había pasado toda la mañana hablando de completas estupideces típicas de chicas de su edad. Y ahora estaba empezando a decir cosas como si ya lo llevara conociendo una semana, en lugar de medio día. ¿Cómo era capaz ella de adivinar estos pequeños detalles de alguien que apenas decía una palabra y apenas mostraba una emoción?
—No te veo una persona nada feliz —se extrañó ella—. ¿Por qué es eso?
—¿Tú qué sabes? —replicó él.
—Si lo único de lo que eres capaz de disfrutar con paz mental, sin estar estresado o enfadado todo el tiempo, es de la hora de la comida y nada más… es que la vida no te está ofreciendo nada más que te merezca la pena. Es como si ya no te importara nada…
—Cuidado —le advirtió de repente Raijin.
Su tono sonó un poco alterado. Esto sorprendió a Cleven. No entendió por qué ese simple comentario había hecho saltar algo dentro de él.
—No hables de lo que no sabes —concluyó el chico.
—Sabría algo, si me contases algo… —insistió ella.
—¿Qué demonios pasa contigo? —interrumpió él, esta vez su tono sonó más fuerte y severo, llegando a sobrecogerla—. ¿Quién te crees que eres? ¿Vas por ahí preguntándole cosas personales a los desconocidos, metiéndote en su vida privada?
—¿No sabes cómo las personas normales se hacen amigas?
—Que yo sepa, estabas buscando a alguien que te ayudara con una tarea muy concreta. No un amigo. A no ser que estuvieras mintiendo —la miró con ojos desconfiados.
—A veces te haces amigo de gente inesperada simplemente por pasar un rato con ella. Yako es totalmente así.
—Yako está hecho de otra pasta. Yo no soy como él.
—Tú no eres como nadie —le corrigió ella.
Aquellas palabras parecieron afectar a Raijin de una manera especial. Cleven lo vio en su rostro. Era la emoción más intensa que le había visto expresar en toda la mañana, y eso la sorprendió e intrigó mucho. Hasta que se dio cuenta de que sí, le había impactado, pero en un lugar muy frágil. Porque el chico dejó su taza vacía sobre la mesa sin más y se levantó de la silla para marcharse, echándose su mochila de libros al hombro.
—¡Espera! —lo agarró Cleven de la manga de la chaqueta—. Pero eso no es nada malo. No lo decía para ofenderte. Al contrario.
—Es suficiente —se soltó de ella y se fue alejando.
—Perdóname —Cleven se levantó de la silla de un salto, pero se quedó ahí quieta. Raijin también se paró, pero no se giró—. Claramente valoras mucho tu privacidad, y yo he intentado sonsacártela, invadiéndote a preguntas quizá… demasiado personales. Me he precipitado y me he pasado de metomentodo… pero… —se agarró de las manos, nerviosa—… es que… por un momento te he mirado y… he presentido que cargas con un gran problema… y… he sentido la necesidad de intentar ayudarte.
Raijin permaneció ahí quieto a pocos metros, sin decir nada. La verdad es que no sabía qué decir. O qué pensar. Esta chica le estaba confundiendo mucho. Su comportamiento era un poco extraño, algo diferente al del resto de humanos en general. ¿Intentaba ayudarlo porque había sentido en él, como por arte de magia, el peso de un problema que no le dejaba descansar, o dormir, o ser un poco más feliz? ¿Pero a ella qué le importaba? Si ni siquiera lo conocía. Y ese tipo de problema lo tenían miles de personas, no era nada del otro mundo. ¿Qué le pasaba a esa tarada con esa molesta insistencia?
El rubio podía detectar que ella lo decía con sinceridad. Quizá, de verdad era una humana amable. Un poco pelmaza y charlatana, pero con buena intención, a pesar de que se había pasado un poco de la raya con las preguntas y las especulaciones sobre él.
Sin embargo, no importaba, de nada servía. Esta pobre humana inocente no tenía ni idea de nada y obviamente sus capacidades estaban bien lejos de solucionar un problema como el que él padecía. De hecho, era peligroso para ella meterse en esos asuntos. Él había cumplido su parte, la había ayudado porque era su trabajo, y ella se lo había pagado con un almuerzo gratis. Ya está.
Dio un paso para irse de una vez por todas, pero esa pelirroja de repente apareció delante de él otra vez con esa sonrisa de loca y de boba, dándole un susto de muerte.
—Bueno, bueno, ¡tranquilo! No me mires así, como si me fueras a partir con un rayo —le dijo ella alegremente—. Al menos, déjame despedirme, ¿no?
Había acabado la “cita”, ella lo tenía asumido, pero no quería que acabara de esa forma tan dramática. Y por encima de todo, Cleven no podía dejar al descubierto lo que sentía, tenía que aparentar normalidad, naturalidad, que no se notara que estaba babeando por él. No debía parecer una chica desesperada por estar con él, así que cogió aire. Tenía que hacerlo, tenía que despedirse, debía hacerlo.
—Te agradezco muchísimo que hayas dedicado parte de tu tiempo conmigo —le dijo, inclinándose educadamente—. Me has ayudado mucho. La verdad es que, si hubiese estado sola, me habría costado conocer bien la zona. Siento las molestias, y… —vaciló nerviosa; quería dejarle una cosa clara—. Espero que... volvamos a vernos. Lo he pasado bien.
Silencio. Cleven lo miraba profundamente, sonrojada, sintiendo ese vértigo en el estómago, pensando que de verdad ese era el hombre de sus sueños. Él, en cambio, la miraba inexpresivamente. Ni una sonrisa, ni un asentimiento, ni nada. Raijin desvió la mirada, se apartó de Cleven y siguió su camino. La joven se quedó algo aturdida por aquella reacción, y lo siguió con los ojos, decepcionada.
«Vaya un soso» se lamentó. «Ni siquiera un “adiós”, o un “hasta luego”. Nada. Absolutamente nada». Sintió que había estado perdiendo el tiempo intentando hacerse con ese chico. Era tan inalcanzable... una utopía de pies a cabeza. Pero no podía olvidarlo, no iba a permitir que esa fuese la última vez que se viesen. No iba a rendirse tan fácilmente.
Decidió que a esas horas no tenía que hacer nada mejor que irse al hotel e intentar localizar el número de su tío con la guía telefónica. Si no lo conseguía, mañana lunes intentaría buscar esa información sobre su estancia en el Tomonari, cruzando los dedos por que aún tuvieran los datos de su registro como antiguo alumno en la base de datos. Tenía que encontrarle lo antes posible, eso estaba claro.
Llegó el mediodía, y esta vez Cleven había conseguido convencer al hombre de hielo para que comiese algo con ella. Aunque le había costado.
—No.
—Venga, no seas así —insistió Cleven cuando se detuvieron en un cruce—. Vamos a comer algo.
—¿Qué te hace pensar que quiero comer contigo? —replicó de mala gana.
—Es lo menos que puedo hacer por haberte molestado en enseñarme la zona. Así que yo invito, y esta vez te lo vas a comer. No me hagas sentir culpable. Venga...
—Que no.
—Vaya… —Cleven fingió una cara apenada—. Pues… cuando vuelva a ir a la cafetería de Yako un día de estos y me pregunte qué tal me fue contigo… tendré que decirle que me siento muy triste y culpable porque no he logrado pagarle el favor a mi amable guía por su noble sacrificio de ayudarme.
Raijin se la quedó mirando sin pestañear, inmóvil. «Me está manipulando descaradamente esta humana. Pero… por otra parte…». El rubio se imaginó, de hecho, la indudable reacción que Yako tendría si Cleven le decía eso, y efectivamente su amigo se iba a poner insoportable reprochándole por qué no había dejado que Cleven lo invitara a comer para que así ella se sintiera tranquila con su deuda saldada y por qué era tan terco con la gente y por qué no intentaba abrirse un poco más a la gente y…
—Comemos y se acabó —dijo Raijin finalmente.
Cleven abrió una sonrisa en su cara tan grande y tan feliz que parecía una demente. Lo arrastró entonces hacia unas mesas que estaban dispuestas al aire libre, en la calle, de un restaurante Fridays.
Sentados uno frente al otro, Raijin mirando a otra parte con desgana, con la cabeza apoyada en una mano y Cleven echándole kétchup a sus patatas, el móvil de la joven comenzó a vibrar por fin. Cleven se sobresaltó y lo sacó del bolsillo por debajo de la mesa, a la vez que se metía en la boca un par de patatas. Vio que se trataba de Raven.
Era de esperar que alguna de sus amigas la llamase tarde o temprano, seguramente para quedar. Sin embargo, Cleven decidió no coger la llamada, pues ello conllevaría explicarle dónde estaba y lo que estaba haciendo, lo de sus planes de vivir con su tío. Ella prefería hablarlo con ella y con Nakuru personalmente, a solas, y no por teléfono, mucho menos delante de Raijin. Confiaba en que ninguna de las dos llamase a su casa. Cleven ya les había dicho que siempre la llamasen al móvil, así que se tranquilizó, sabiendo que a su casa no iban a llamar.
Colgó la llamada de Raven, dándole la señal de que ahora no podía hablar, y volvió con su comida. Vio que Raijin no había tocado su plato, seguía mirando la lejanía, con la cabeza apoyada en la mano.
—¿Me vas a decir que no tienes hambre? —preguntó Cleven, frunciendo el ceño—. Venga ya, deja de ser así.
Raijin le lanzó una mirada cansada y, dejando caer la mano sobre la mesa e incorporándose en su silla, comenzó a comer en silencio, sin entusiasmo alguno. Cleven quiso sacarle conversación, y esperó que no le costase demasiado esfuerzo.
No obstante, de pronto vieron a un niño pequeño junto a su mesa, que los miraba con inocencia. Había muchos niños pequeños en la terraza, algunos comiendo con sus padres y otros jugando en un recinto infantil cerca de allí. Pero ese niño, que no debía tener más de cuatro años, se había parado al lado de ellos y los miraba sin razón alguna, con un moco colgando. A Cleven le hizo gracia esa cara tan inocente y boba, por eso le sonrió y lo saludó con la mano alegremente. El niño también sonrió, pero cuando miró a Raijin, este le dirigió una mirada ultracongelante y terrorífica, o al menos así es como el pobre muchacho la interpretó, porque además le pareció ver por un instante que uno de sus ojos brilló de una luz amarilla.
Eso fue bastante como para que el pequeño saliese corriendo muerto de miedo y llorando, volviendo a la mesa donde estaban sus padres.
—¿Pero qué...? —se enfadó Cleven—. ¡Qué cruel! ¿¡Por qué lo has asustado!?
—Se ha asustado él solo.
—¡No me extraña! Si lo miras como si lo fueras a morder. ¿Por qué no has sido más suave con él?
—No me gustan los niños —siguió comiendo tranquilamente.
—¿Por qué? ¿Porque suelen ser alegres y eso choca con tu naturaleza?
—Porque no hacen más que dar gritos, romper y mancharlo todo.
—Jo, entonces tú no vas a tener hijos nunca. Pobres de ellos, si los llegas a tener —bufó, volviendo con su hamburguesa—. Bueno, ¿tienes hermanos? —preguntó cambiando de tema.
Él no contestó.
—¿Vives solo?
Él no contestó.
—¿Te has criado aquí toda la vida?
Silencio.
—¡Venga ya, échame una mano!
—¿Qué es lo que pretendes? —saltó él.
—Sólo intento entablar una conversación contigo.
—Pues yo no, así que déjame comer en paz.
Cleven dio un largo suspiro, abatida. «Joder, es como un crío». Era imposible, ese chico era lo más antisocial que había conocido. No comprendía cómo Yako podía ser su mejor amigo, eran totalmente opuestos. Dio por hecho que Raijin no debía de caerle bien a la gente. Pero ¿por qué? ¿Por qué era así? ¿Era porque había nacido así, con problemas para socializar? ¿O era algo que él hacía a propósito para alejar a la gente de él? Si este fuera el caso, ¿por qué lo hacía? ¿Escondía algo? ¿¡Cuál era el motivo!?
Cleven no paraba de hacerse estas preguntas. Lejos de estar disgustada, o espantada, o de querer alejarse de él, sentía todo lo contrario: estaba aún más ansiosa por acercarse más y descubrir más sobre él. Quizá ya no sólo se trataba de una simple atracción física. Había algo más que empujaba a una vieja Cleven interior a insistir con esta persona. Era como si una parte muy antigua de ella estuviera intentando descubrir algo más que el nombre, los gustos y las aficiones de un chico guapo. Algo más grande estaba detrás de los silencios y la indiferencia de ese chico.
* * * * * *
—¡Volved aquí! ¡Gamberros! ¡Que me he quedado con vuestras caras!
Tres chicos se reían a carcajadas mientras corrían por la calle, perseguidos por un hombre que llevaba una especie de delantal con el nombre de su tienda escrito, y a juzgar por lo roja que tenía la cara y por las dos venas de su frente, estaba realmente colérico. Además, sostenía en una mano un palo de madera que agitaba en el aire peligrosamente. Sin embargo, los tres jóvenes le llevaban ventaja, aunque el dependiente no tenía pinta de rendirse tan pronto.
Drasik, con sus pelos de loco, miró hacia atrás para asegurarse de que debían seguir huyendo. Al ver al pobre hombre corriendo por las calles a pocos metros tras ellos, intentando esquivar a los sorprendidos peatones, soltó otra carcajada de diversión.
—¡Drasik, como no nos escondamos en algún lugar, acabará por zurrarnos! —le avisó uno de los dos amigos que iban con él, cada vez más preocupado, porque el dependiente no presentaba síntomas de cansancio.
—Este humano ha desayunado bien esta mañana —murmuró Drasik para sí mismo, sonriendo socarronamente—. ¡Ya sé, seguidme por aquí!
Dio un giro por una calle y sus dos amigos lo siguieron. El dependiente tardó poco en aparecer tras ellos de nuevo, doblando la esquina que habían doblado ellos, soltando juramentos.
Drasik, de pronto, se quedó un momento sin aliento al ver a lo lejos a una pareja peculiar comiendo en la terraza del Fridays. Perplejo se quedó, pero las amenazas del dependiente volvieron a llegar a sus oídos y se vio obligado a seguir corriendo. Unos minutos después, sonrió con triunfo al divisar ya a pocos metros el lugar en donde pretendía ocultarse de su perseguidor. Los otros dos chicos, uno con pinta punk y el otro con pinta de skater, vieron a su amigo meterse en una cafetería y lo imitaron.
Al pasar por la puerta, Drasik casi atropella a un joven.
—¡Eh! ¿¡Pero qué...!? —exclamó Yako, alzando una bandeja con tazas que se tambalearon peligrosamente cuando Drasik pasó al galope seguido de los otros dos, y se metieron por la puerta de la cocina detrás de la barra.
Los clientes que allí había, tomándose unos sándwiches de almuerzo, vieron la escena con sorpresa, pero Yako, comenzando a entender la situación, dio un suspiro de desasosiego.
—¡Sam! —lo llamó, y este, por ahí cerca entre las mesas, asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta que daba a la calle, donde justo en ese momento iba a entrar el dependiente colérico.
—Déjame entrar, muchacho —jadeó el hombre, recorriendo con la mirada el interior del local, buscando a sus presas.
—Sólo si viene a tomar algo —terció Sam tan tranquilo, impidiéndole el paso y fijándose en el palo de madera que llevaba el visitante—. No queremos problemas.
—Sé que están aquí, sé que han entrado aquí esos hijos del demonio —masculló el hombre rechinando los dientes—. Déjame pasar, chaval, o...
—¿O qué?
El hombre hizo un gesto irritado, e intentó ver el rostro de Sam, pero era difícil, porque seguía cubierto por la capucha de la sudadera y la braga de nieve. No iba a permitir que un criajo le impidiese pasar. No obstante, para su sorpresa, Sam le puso lenta, delicada y suavemente una mano en el hombro, sereno.
—No queremos problemas —repitió susurrante, vocalizando lentamente cada palabra.
El dependiente no pudo moverse, se había puesto tenso, a la vez que dos gotas de sudor resbalaban por su cara. Miró con nerviosismo al joven, que seguía teniendo la mano sobre su hombro como si fuesen amigos. Por un instante, le pareció ver un par de colmillos asomando entre los labios del chico y un muy sutil brillo de color verde oscuro en uno de sus ojos. Ante tan extraño muchacho, el dependiente, tragando saliva, ya no se atrevió a insistir más.
—Sí, vale... —murmuró, dando media vuelta, y se marchó con su garrote.
Una vez lo perdió de vista, Sam se dirigió a la cocina, donde encontró a Yako, a MJ y a tres chavales que se reían apoyados contra una de las encimeras.
—... y cuando se nos cayó sin querer la estantería de las especias… —reía el punk—. Vaya desastre...
—Ya lo vi sacar su garrote y salimos pitando, vaya un paleto —rio a su vez el otro chico con aspecto de skater.
Yako, MJ y Sam estaban ahí, frente a ellos, de brazos cruzados, viéndolos celebrar su faena con cara de mosqueo.
—¡Hey! —exclamó Drasik, acercándose a Sam cuando se percató de su presencia, y le dio unas palmaditas en la espalda—. ¡Gracias por espantarlo! ¡Aquí se habría formado una masacre! —rio.
—Aún puede formarse —susurró Sam, mirándolo a la cara fijamente, y Drasik, captando la indirecta, se separó de él con cautelosa inocencia.
—Me voy a seguir trabajando —declaró MJ, harta de las risotadas—. Siempre igual. No aguanto a estos tres, y menos al de los pelos de loco —le dirigió una mirada furtiva a Drasik y salió de la cocina, dejando a los cinco solos.
—Ya es la segunda vez en una semana —les reprochó Yako, poniéndose serio por primera vez en mucho tiempo—. ¿Creéis que os voy a dejar camuflaros aquí siempre que os persiga la poli o un dependiente furioso?
—Bueno, nosotros nos vamos —dijeron los dos amigos de Drasik, sonriendo inocentemente y saliendo de la cocina con premura, escapándose de la conversación.
—Serán cobardes... —musitó Drasik, negando con la cabeza.
—Tú —le sobresaltó Yako, entornando sus ojos dorados—. En mi local no quiero problemas. Mis clientes más habituales ya me han llamado la atención varias veces por este tipo de alborotos que traes, y no creo que Sam vuelva a molestarse en salvarte el pellejo.
—Si por mí fuera, le arrancaba la cabeza ahora mismo —masculló Sam.
—Vamos, ¡sólo nos estábamos divirtiendo! —se defendió Drasik—. Tus clientes son unos quejicas.
—Mis clientes son buenos humanos inocentes —impugnó Yako, apuntándolo con un dedo muy severo—. Y mi cafetería ha de ser un lugar donde los humanos se sientan seguros, a salvo y tranquilos. Donde no tengan que preocuparse o asustarse de nada. Voy a tener que prohibirte la entrada hasta que te comportes mejor.
—Vamos, vamos... —los tranquilizó Drasik, sonriente, poniéndose entre los dos y pasando los brazos sobre sus hombros—. Somos amigos de toda la vida, no me vais a hacer este feo, Sammy, Yako... Llevamos mucho tiempo inactivos, debéis comprender que me aburro. ¡Ah! —saltó, poniéndose serio—. A no ser que vosotros hayáis participado últimamente en algún caso y no me hayáis informado.
—No, Drasik —suspiró Yako—. Todo ha estado tranquilo, afortunadamente.
Drasik se separó de ellos y se sentó sobre la encimera.
—Sí, debes de tener razón, Yako, porque he visto a Raijin almorzando tan tranquilo con una chica de mi clase en el restaurante Fridays.
—Ah, ¿esa chica es de tu clase? —se sorprendió Yako—. Pobrecilla…
—Eh, eh, que todavía no le he hecho nada —replicó Drasik, ofendido.
—¿Todavía? —murmuró Sam, desviando la mirada.
—Es realmente sorprendente —continuó Drasik, reflexivo—. ¿Qué hace Raijin con una chica como ella? Es más, ¿qué hace Raijin con un humano si no se entiende bien con ellos? No, no... Es más, ¿qué coño hace Raijin con alguien?
—Tal vez ya iba siendo hora de que alguien lo distrajera de sus pensamientos —contestó Yako—. Raijin lleva ya mucho tiempo centrándose únicamente en vigilar la ciudad, siempre tengo que acabar empujándolo a tomarse un descanso. La única relación que tiene últimamente con los humanos es solamente cuando les está salvando la vida. Por una vez está conociendo a alguien que no está en peligro.
—Pobre pelirroja —resopló Drasik, divertido—. No sé qué pretende esa princesa con Raijin, pero lo va a tener difícil para sacarle una conversación normal. Además, ella no es para nada del tipo de Raijin, me sorprende que haya llegado a sentarse a comer con ella. No se habrá vuelto loco, ¿verdad? Esto es muy raro.
—¿Desde cuándo te preocupas tanto por Raijin? —le espetó Sam.
Drasik se sorprendió, y se puso un poco rojo de vergüenza. Es verdad, ¿qué diablos le importaba él?
—¡Hah! ¿Por ese muermo mandón? ¡Desde nunca! —se cruzó de brazos, levantando la barbilla bien alta—. Es de la pelirroja de quien me preocupo. O sea… del bienestar de esa humana inocente.
—Por supuesto —ironizaron Sam y Yako.
—Bueno, pues uno que se larga —declaró Drasik, saltando de la repisa, y se marchó de allí.
—¿Esa pelirroja, Cleven, es la chica que vino contigo esta mañana? —le preguntó Sam a Yako.
—Sí —sonrió.
Sam fue a preguntarle si ese nombre no le resultaba vagamente familiar del pasado, pero como ni él estaba completamente seguro, pasó del tema y volvió al trabajo, pues se oía la voz de Kain y de MJ pidiendo un poco de ayuda para atender las mesas.
* * * * * *
Cleven y el Míster Universo asocial seguían sentados en la mesa del restaurante, terminando de tomar el postre. Para ella tomar postre siempre era obligatorio porque era una tragona de campeonato de comida insana, y justo allí servían unos vasos enormes de grasiento batido de chocolate con trozos de helado y de galletas y de caramelo y de bizcocho… una bomba calórica.
De hecho, Raijin estaba espeluznado, observándola comer todo eso, cucharada sopera a cucharada sopera. Él solamente se estaba tomando un té. A Cleven le había resultado curioso. Durante la comida, se había fijado en que Raijin tenía unas costumbres muy japonesas, gestos tradicionales. A pesar de estar comiendo comida occidental, usaba y colocaba los cubiertos al terminar similar a si estuviera usando palillos. Y sostenía su taza de té apoyando la base sobre una mano con la palma hacia arriba y con la otra abrazando el lateral de la taza, en lugar de cogerla por el asa.
La verdad es que a Cleven, ese tipo de comportamiento japonés tradicional le recordaba mucho a su hermano mayor. Él también tenía esos modales, influidos por su madre y por su abuelo materno. Por el contrario, Cleven y Yenkis habían adoptado maneras más occidentales, influidos por su padre.
Habiéndose resignado a no obtener una conversación normal con él, Cleven había optado por contarle ella misma cosas suyas, como cosas del instituto, o su opinión sobre en cuáles de los cincuenta sitios que conocía hacían el mejor takoyaki y por qué. Raijin, todo el rato callado, al menos la había estado mirando a la cara mientras le hablaba, a pesar de que cuando parpadeaba, lo hacía tan lentamente que parecía que iba a caerse dormido en cualquier momento.
Aun así. Cleven decidió intentarlo una vez más, sonsacarle alguna conversación. Quería saber más cosas sobre él, y pensaba que después de ese largo rato que habían compartido, él estaría un poco más dispuesto.
—¿Sabes? Ahora mismo estoy un poquito sorprendida —dijo ella.
Raijin levantó la vista de su taza con cara confusa.
—En toda la comida no has vuelto a decir ningún comentario sobre acabar ya con esto y largarte. En una hora entera no has mostrado signos de prisa o de querer marcharte de una vez.
—La gente no suele saber… —dijo él—… lo extremadamente importante que es para la salud comer con calma. Comer mientras piensas en problemas, deberes o responsabilidades, cosas que estresan o te generan malas emociones, afecta al correcto funcionamiento del aparato digestivo. Y el aparato digestivo es fundamental para la salud física y mental.
—¿Mental?
—El intestino tiene una cierta conexión con las neuronas cerebrales —tomó un sorbo de su té, cerrando los ojos, sereno—. No me puedo permitir ningún malestar en mi salud.
—¡Pero si fumas tabaco!
—Eso no me afecta. Y me refiero a mi salud mental. Debo mantener el estrés alejado.
Cleven estaba anonadada. Le maravilló oírle hablar sobre temas de salud. Es más, le emocionó mucho oírlo hablar, es decir, más de una frase seguida. «Qué listo es… Debe de ser el mejor alumno de la facultad de Medicina, ¡seguro!» pensó. «Un momento, ¿cómo que no le afecta fumar tabaco? Eso afecta a todo el mundo».
—¿Significa eso que, en cuanto te termines tu té, abandonarás esta calma y retomarás tus ansias de antes de acabar de ayudarme y marcharte? —sonrió Cleven con ironía.
—Así es.
La joven se quedó boquiabierta ante esa respuesta. Vio que sí, que Raijin seguía manteniéndose en sus trece. Pasar la mañana con ella no había cambiado nada. Todo esto seguía siendo para él un favor que cumplir y nada más. Obviamente, esto decepcionó a Cleven. Pero no demasiado, porque, por una parte, ya se había acostumbrado a esa fría y cruda sinceridad suya.
—¿De verdad estás deseando irte? —le preguntó ella con cierto tono desilusionado.
—No tiene nada que ver con desear. Pelmaza —gruñó él—. Sino con el deber. Tengo muchas cosas que hacer. Responsabilidades, asuntos que atender. No todos tenemos absoluto tiempo libre los fines de semana.
—La verdad es que realmente parece que duermes muy poco —observó ella, apoyando la barbilla en una mano—. Es como si algo… no te dejara descansar bien. Y no recientemente, sino… —Cleven entornó los ojos, escudriñando los de él, pensativa, analizadora, percibiendo algo—… como desde hace muchos años.
Por primera vez en esa mañana, Raijin miró sorprendido a Cleven. ¿Qué narices sabía ella? ¿Cómo había notado algo así? Eso era suponer mucho de la vida de alguien que no le había dicho ni una sola información sobre sí mismo.
—Me gustaría pensar que toda esta mañana conmigo haya podido servirte para desconectar un poco de tus obligaciones y preocupaciones y relajarte por primera vez en mucho tiempo —añadió Cleven—. Pero sé que no es así.
Raijin empezó a sentirse un poco incómodo. Esta humana se había pasado toda la mañana hablando de completas estupideces típicas de chicas de su edad. Y ahora estaba empezando a decir cosas como si ya lo llevara conociendo una semana, en lugar de medio día. ¿Cómo era capaz ella de adivinar estos pequeños detalles de alguien que apenas decía una palabra y apenas mostraba una emoción?
—No te veo una persona nada feliz —se extrañó ella—. ¿Por qué es eso?
—¿Tú qué sabes? —replicó él.
—Si lo único de lo que eres capaz de disfrutar con paz mental, sin estar estresado o enfadado todo el tiempo, es de la hora de la comida y nada más… es que la vida no te está ofreciendo nada más que te merezca la pena. Es como si ya no te importara nada…
—Cuidado —le advirtió de repente Raijin.
Su tono sonó un poco alterado. Esto sorprendió a Cleven. No entendió por qué ese simple comentario había hecho saltar algo dentro de él.
—No hables de lo que no sabes —concluyó el chico.
—Sabría algo, si me contases algo… —insistió ella.
—¿Qué demonios pasa contigo? —interrumpió él, esta vez su tono sonó más fuerte y severo, llegando a sobrecogerla—. ¿Quién te crees que eres? ¿Vas por ahí preguntándole cosas personales a los desconocidos, metiéndote en su vida privada?
—¿No sabes cómo las personas normales se hacen amigas?
—Que yo sepa, estabas buscando a alguien que te ayudara con una tarea muy concreta. No un amigo. A no ser que estuvieras mintiendo —la miró con ojos desconfiados.
—A veces te haces amigo de gente inesperada simplemente por pasar un rato con ella. Yako es totalmente así.
—Yako está hecho de otra pasta. Yo no soy como él.
—Tú no eres como nadie —le corrigió ella.
Aquellas palabras parecieron afectar a Raijin de una manera especial. Cleven lo vio en su rostro. Era la emoción más intensa que le había visto expresar en toda la mañana, y eso la sorprendió e intrigó mucho. Hasta que se dio cuenta de que sí, le había impactado, pero en un lugar muy frágil. Porque el chico dejó su taza vacía sobre la mesa sin más y se levantó de la silla para marcharse, echándose su mochila de libros al hombro.
—¡Espera! —lo agarró Cleven de la manga de la chaqueta—. Pero eso no es nada malo. No lo decía para ofenderte. Al contrario.
—Es suficiente —se soltó de ella y se fue alejando.
—Perdóname —Cleven se levantó de la silla de un salto, pero se quedó ahí quieta. Raijin también se paró, pero no se giró—. Claramente valoras mucho tu privacidad, y yo he intentado sonsacártela, invadiéndote a preguntas quizá… demasiado personales. Me he precipitado y me he pasado de metomentodo… pero… —se agarró de las manos, nerviosa—… es que… por un momento te he mirado y… he presentido que cargas con un gran problema… y… he sentido la necesidad de intentar ayudarte.
Raijin permaneció ahí quieto a pocos metros, sin decir nada. La verdad es que no sabía qué decir. O qué pensar. Esta chica le estaba confundiendo mucho. Su comportamiento era un poco extraño, algo diferente al del resto de humanos en general. ¿Intentaba ayudarlo porque había sentido en él, como por arte de magia, el peso de un problema que no le dejaba descansar, o dormir, o ser un poco más feliz? ¿Pero a ella qué le importaba? Si ni siquiera lo conocía. Y ese tipo de problema lo tenían miles de personas, no era nada del otro mundo. ¿Qué le pasaba a esa tarada con esa molesta insistencia?
El rubio podía detectar que ella lo decía con sinceridad. Quizá, de verdad era una humana amable. Un poco pelmaza y charlatana, pero con buena intención, a pesar de que se había pasado un poco de la raya con las preguntas y las especulaciones sobre él.
Sin embargo, no importaba, de nada servía. Esta pobre humana inocente no tenía ni idea de nada y obviamente sus capacidades estaban bien lejos de solucionar un problema como el que él padecía. De hecho, era peligroso para ella meterse en esos asuntos. Él había cumplido su parte, la había ayudado porque era su trabajo, y ella se lo había pagado con un almuerzo gratis. Ya está.
Dio un paso para irse de una vez por todas, pero esa pelirroja de repente apareció delante de él otra vez con esa sonrisa de loca y de boba, dándole un susto de muerte.
—Bueno, bueno, ¡tranquilo! No me mires así, como si me fueras a partir con un rayo —le dijo ella alegremente—. Al menos, déjame despedirme, ¿no?
Había acabado la “cita”, ella lo tenía asumido, pero no quería que acabara de esa forma tan dramática. Y por encima de todo, Cleven no podía dejar al descubierto lo que sentía, tenía que aparentar normalidad, naturalidad, que no se notara que estaba babeando por él. No debía parecer una chica desesperada por estar con él, así que cogió aire. Tenía que hacerlo, tenía que despedirse, debía hacerlo.
—Te agradezco muchísimo que hayas dedicado parte de tu tiempo conmigo —le dijo, inclinándose educadamente—. Me has ayudado mucho. La verdad es que, si hubiese estado sola, me habría costado conocer bien la zona. Siento las molestias, y… —vaciló nerviosa; quería dejarle una cosa clara—. Espero que... volvamos a vernos. Lo he pasado bien.
Silencio. Cleven lo miraba profundamente, sonrojada, sintiendo ese vértigo en el estómago, pensando que de verdad ese era el hombre de sus sueños. Él, en cambio, la miraba inexpresivamente. Ni una sonrisa, ni un asentimiento, ni nada. Raijin desvió la mirada, se apartó de Cleven y siguió su camino. La joven se quedó algo aturdida por aquella reacción, y lo siguió con los ojos, decepcionada.
«Vaya un soso» se lamentó. «Ni siquiera un “adiós”, o un “hasta luego”. Nada. Absolutamente nada». Sintió que había estado perdiendo el tiempo intentando hacerse con ese chico. Era tan inalcanzable... una utopía de pies a cabeza. Pero no podía olvidarlo, no iba a permitir que esa fuese la última vez que se viesen. No iba a rendirse tan fácilmente.
Decidió que a esas horas no tenía que hacer nada mejor que irse al hotel e intentar localizar el número de su tío con la guía telefónica. Si no lo conseguía, mañana lunes intentaría buscar esa información sobre su estancia en el Tomonari, cruzando los dedos por que aún tuvieran los datos de su registro como antiguo alumno en la base de datos. Tenía que encontrarle lo antes posible, eso estaba claro.
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