1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
Esa aburrida tarde de domingo, Nakuru se encontraba de relax haciendo uno de sus hobbies, tallar esculturas en piedra maciza.
Ella y su padre vivían en una urbanización de modestos pero modernos apartamentos adosados que rodeaban un gran patio interior con jardines. Las viviendas no eran muy grandes porque estaban pensadas para uno o dos individuos, y Nakuru era de esas personas que vivía con mayor paz mental en una casa donde el espacio fuera el justo y el necesario. A su iris le ponían nervioso los espacios sobrantes no aprovechados debidamente.
Aun así, no eran viviendas baratas, aunque ella se lo podía permitir gracias al dinero que ganaba en la Asociación a cambio de su duro pero ejemplar trabajo combatiendo contra el crimen y el terrorismo, además del sueldo del trabajo de su padre.
La mayor ventaja de aquella urbanización era que las viviendas –que se situaban todas en la primera planta–, tenían debajo, en la planta baja, su propio garaje, el cual tenía la misma extensión que la vivienda de arriba, por lo que podía servir de garaje, de trastero e incluso de estudio, todo a la vez. Los apartamentos eran básicamente de dos plantas, arriba la vivienda y abajo un gran espacio reservado para cualquier otra cosa. Varios de los vecinos de allí lo usaban para talleres.
Este espacio Nakuru lo tenía muy bien aprovechado. Ella misma lo había reformado con sus tabiques, ladrillos, yesos y demás usando su iris Suna, teniendo, por un lado, un garaje para el coche de su padre con trastero, por otro lado un estudio que Nakuru usaba para sus inquietudes de iris como la escultura o el entrenamiento de artes marciales y armas –estando hechas las paredes y techos con material insonorizado–, y por último una habitación más recóndita y asegurada donde guardaba su propio arsenal de armas.
Ahora ella estaba en el estudio, un espacio amplio, luminoso, de paredes y techo blancos, con una zona diseñada para el ejercicio con el suelo hecho de tatami, y otra zona donde tenía una colección de diferentes tipos de enormes rocas, y grandes vasijas de cerámica colmadas de arenas de diferentes colores y composición.
Muy concentrada, con su ojo izquierdo brillando de su luz naranja, caminaba alrededor de una escultura de mármol color crema a medio terminar. Era la figura de la mujer más bella que Nakuru había podido imaginar, con largos cabellos ondulados, mechones al viento, y vistiendo supuestamente con ligeros velos que flotaban a su alrededor.
Nakuru movía las manos con delicadeza cerca de las superficies, y a la orden de su poder de iris, en el mármol surgían surcos, pequeños cortes o raspaduras como por arte de magia. Esculpir con el iris requería un nivel de concentración muy elevado especialmente en rocas tan quebradizas como el mármol, por lo que era una muy buena forma de entrenar el control milimétrico que el iris podía ejercer sobre su elemento. Tenía bastante mérito, porque la mujer hasta tenía cabellos muy finos, como hilos, separados del resto, lo cual era físicamente imposible de hacer para un escultor humano.
—Oh… Hm… —oyó de repente la voz de su padre detrás de ella, rompiendo su concentración, y lo encontró en la puerta del estudio mirando con una mueca examinadora la escultura—. Un poco pequeños, los pechos. ¿No?
—¡Papá! —protestó ella, un poco sonrojada—. ¡Estaba concentrada! ¡Y no critiques los pechos pequeños! ¡A algunas personas nos gustan los pechos pequeños!
—Bueno, claramente yo no soy una de esas personas —sonrió felizmente—. Algo que se puede adivinar fácilmente viendo las fotos de tu madre.
—¡Papá!
—Tengo un gusto exquisito con las mujeres.
—Yo también lo tengo —le espetó Nakuru—. Y porque sea diferente al tuyo, no quiere decir que sea un mal gusto.
—Hahhh… cómo te añoro, Eleanor… —siguió diciendo él, suspirando apasionadamente con la mirada perdida en el techo—. ¿Por qué no haces una escultura de ella algún día? Has empezado con este hobby hace un par de años y parece que ya lo dominas increíblemente bien.
—Por enésima vez, papá, todas las esculturas que hago las pulverizo al terminarlas para reutilizar la arena en otros proyectos o cosas útiles. No podemos acumular esculturas aquí. Tenemos espacio, pero no tanto.
—Podría ser terapéutico para tu iris —insistió él, sin borrar la sonrisa.
—Mmm… —Nakuru se puso pensativa.
—Y no hace falta hacer una grande. Con una pequeña escultura que pueda poner en mi escritorio… Es como si pusiera una foto o un retrato de ella. Mi cumpleaños es el mes que viene, por cierto.
—Vaaale, está bien, está bien. Haré una pequeña escultura de mamá.
—Pero no le hagas los pechos pequeños. No sería fiel a la realidad.
—¿Sólo te preocupa que haga bien sus pechos? ¿No te da vergüenza?
—Sí, sólo me preocupa esa parte en la que pareces flojear un poco. Porque en lo que respecta a la mejor parte de ella, sé que la tallarás a la perfección. Esos ojos… esa mirada única de ella… que podía penetrar en tu alma y descubrir todo de ti… —volvió a quedarse absorto mirando al techo—. Si no tallas esa divina y letal mirada suya, no será ella.
—Ya. Sé muy bien cómo hacerla —sonrió Nakuru también.
Se le escapó un tono nostálgico, recordando igual que su padre esa parte de su madre que, no era sólo la mirada de sus ojos, era lo que esta denotaba, lo que transmitía. Eleanor Vardalos tuvo una extraordinaria trayectoria profesional como detective en Grecia, participando en casos incluso en los países de alrededor. Pero una profesión así también trae peligros. Y para huir de ellos, se tuvo que ir a vivir a varios países, cada vez más lejos, hasta acabar en la otra punta del planeta, Japón, donde conoció a Kamui Kinomoto, un hombre que también… era algo peculiar.
Se podría decir que Eleanor no sólo había sido su esposa, sino también su mentora. Además, se conocieron cuando ella tenía 35 años y él era un chico de 21. Kamui siempre tuvo una habilidad natural para hablar con la gente, agradarla, atraerla, encandilarla… Ya desde pequeño tenía la particularidad de poseer un rostro ligeramente femenino. Eso, junto a su labia y encanto natural, le habían convertido en un hombre muy eficaz para su profesión actual.
Él siempre decía que trabajaba de barman en un hotel de lujo de la ciudad. Y eso era verdad, en parte. Más que un hotel, era un establecimiento de lujo privado al que sólo personas ricas y poderosas de Japón y otros países se podían permitir ir. Y él se dedicaba a darles a esas personas diferentes servicios que solían solicitarle, ya fuera simplemente servirles copas o cócteles, ya fuera bailar con ellos cuando estaban contentos y ebrios, o ya fuera sentarse con esos hombres o mujeres poderosos para agradarles con su compañía, su labia y su bello rostro.
Había quienes le pagaban sólo por ir de acompañante, sólo por “estar al lado”, por poder “exhibirlo” ante los demás, porque Kamui ya era desde hace años conocido y respetado por su capacidad de mantener conversaciones cultas e interesantes y por su imagen. Ya sólo por tener a un hombre guapo al lado con carisma, algunos ricos y ricas ya presumían de ello ante otros ricos y ricas.
Kamui ahora tenía 39 años y seguía pareciendo casi un veinteañero. Tenía el pelo castaño oscuro y algo largo, por debajo de los hombros, que llevaba de muchas maneras según la ocasión: suelto, con coleta, con media coleta, moño… y sus ojos color café de largas pestañas los llevaba ligeramente pintados de negro. Iba bien afeitado, y tenía una tez blanca y lisa como la porcelana además de labios ligeramente rosados, algo que Nakuru había heredado de él. Con un atractivo así y siempre bien vestido con trajes elegantes, algunos de los clientes llevaban años apodándolo con el término en inglés de pretty boy. Y lo solicitaban como tal: “Quisiera contratar a Pretty Boy para que me acompañe durante la cena con mis socios, pues quiero causarles buena impresión con su compañía”.
No había que olvidar los gajes de este tipo de oficio. Como sería de esperar, más de una vez Kamui había tenido que sufrir algún que otro acoso, tanto sexual como obsesivo, y tanto de parte de viejos verdes como de señoras con manos largas. Pero él siempre lo había solucionado con una admirable diplomacia, sin jamás perder su encanto. Además, su jefa, la dueña de este hotel reservado para las altas esferas, era una mujer muy inteligente y sabía proteger muy bien a sus empleados. De hecho, en su trabajo, Kamui podía soportar que alguno de esos ricachones y ricachonas le acariciaran el rostro o lo cogieran de la mano, esas cosas no le importaban en absoluto, él era de por sí un hombre cariñoso. Pero no toleraba más allá de eso.
Por supuesto, Kamui tenía otros motivos y objetivos a la hora de dedicarse a esta extraña profesión. Nunca se trató del dinero, ni de la reputación ni de codearse con gente poderosa. Siempre se trató de hacer justicia. El tipo de justicia que la policía no podía cumplir fácilmente precisamente debido al poder de ocultamiento, soborno o amenazas que tenían estas personas de la alta sociedad. El tipo de justicia que también realizaban los iris. Pero Kamui no necesitaba ser un iris para hacer este tipo de justicia clandestina.
Eleanor le enseñó todo lo que sabía, para saber cómo comportarse, cómo hablar con una persona, cómo encandilarla con el fin de sonsacarle información, o secretos, o confesiones, de la manera más sutil, sin que nunca sospecharan de él. Y él, con esta información, resolvía casos de abusos, extorsión y otros delitos que este tipo de gente poderosa solía cometer a menudo saliendo impunes. La mayoría de las veces, Kamui era contratado por particulares que le pedían investigar asuntos privados, como espiar información empresarial o infidelidades, y otras veces la policía le pedía ayuda para indagar en los asuntos turbios de algunos de estos viejos ricos, como actividades en el mercado negro o tráfico de cosas ilegales.
—Oye, ¿por qué estás todavía ahí mirándome? Márchate ya, que vas a llegar tarde al trabajo —le dijo Nakuru, volviendo a ponerse frente a su escultura—. Como siempre. Tu jefa es demasiado buena contigo, no abuses de su bondad.
—Es que me estaba preguntando si esta escultura que estás haciendo ahora… ¿no se parece bastante a tu nueva novia?
—¡Iih! —Nakuru dio un respingo y se le puso toda la cara roja, pero siguió dándole la espalda a su padre.
—Ay… Mi vergonzosa Nak… —dijo Kamui con un tono tierno.
—¿¡Cómo sabes…!? ¿¡Desde cuándo sabes…!?
—Me ofendes con esas preguntas, cielo —sonrió con aire socarrón—. ¿Me la vas a presentar algún día? ¿Vas a traerla aquí a cenar alguna vez? Si le hago de cena mi famoso ramen de miso casero ya verás que al día siguiente te pide matrimonio.
—¡Papá!
—¿Qué? A Cleven y a Raven les chifla mi ramen casero —se encogió de hombros—. Sobre todo a Cleven, que tiene el estómago más infinito que conozco.
—¡Son las seis menos cuarto!
—Vaaale, ya me voy, ya me voy. Pero me falta algo.
Nakuru recordó. Se fue hasta él y los dos se abrazaron con fuerza. Esto era algo que habían acordado hace muchos años, cuando Nakuru aún era pequeña, pero había empezado a trabajar en la KRS como iris. Ambos se dedicaban a unos trabajos que controlaban bien, pero seguían siendo peligrosos, demasiado importantes para ellos como para dejarlos, y desde que murió Eleanor era una norma entre Kamui y Nakuru siempre despedirse con un abrazo antes de irse a trabajar él o antes de irse a una misión ella. Aunque, teniendo en cuenta que la KRS llevaba mucho tiempo sin recibir misiones de gran calibre, Kamui vivía algo más tranquilo.
Después de un rato, cuando Nakuru ya terminó su escultura, sonó su móvil. Mientras apagaba las luces del estudio y subía de regreso a casa por unas escaleras, cogió la llamada.
—¿Qué hay, Raven?
—“Hola, Nak. Oye, mira, que estoy llamando todo el rato a Cleven al móvil y me lo cuelga siempre. ¿Tú sabes dónde está? ¿Tenía hoy algo importante que hacer?”
—No, que yo sepa —contestó extrañada.
—“¿Y si la llamamos a su casa?”
—No, no. Si Cleven cuelga tus llamadas aposta es que no puede hablar, así que llamándola a su casa tampoco conseguiríamos nada.
—“Entonces nada” —suspiró Raven con fastidio—. “Mañana en el insti ya nos contará lo que pasa, y más le vale, estaba empezando a preocuparme. A lo mejor está con Kaoru.”
—A lo mejor —se encogió de hombros, validando esa posibilidad—. Así que mejor no la molestamos.
—“Bueno, ¿qué? ¿Te vienes a dar una vuelta? ¡Me aburro en casa! ¿Puedes?”
En ese momento, Nakuru oyó un ruido seco en el salón, como algo pequeño chocando contra el cristal. Se quedó algo extrañada.
—“¿Nakuru? ¿Puedes, o no?”
—Pues...
Pero volvió a oírse ese ruido y, esta vez, miró hacia la ventana del salón, que daba a la calle exterior. Vio lo que parecía ser una piedrita golpeando el cristal, y otra más, así que fue rápidamente a asomarse para ver qué demonios pasaba.
—“Nak” —se impacientó Raven.
—Sí, sí, en principio si pued... —fue a contestar, pero entonces, ¡CRAS!, un pedrusco del tamaño de un pomelo atravesó el cristal de la ventana y Nakuru se dio un susto de muerte—. ¡Uaaah…!
—“¿Qué pasa?”
Nakuru se asomó por la ventana rota y reconoció a la persona que estaba parada en mitad de la acera, que la miraba seriamente
—Ay… Eh… ¡No! —exclamó Nakuru de pronto, sobresaltando a Raven—. Digo… Lo siento, Raven, no voy a poder quedar hoy. Me ha surgido un recado muy importante.
—“Ooh, ¡qué pena! Bueno…” —dijo Raven con desilusión—. “Entonces otro día será. Nos vemos mañana en clase.”
—Sí, nos vemos mañana, Rav.
Nada más colgar la llamada, se asomó por la ventana a la calle.
—¿¡Por qué has hecho eso!? —le preguntó al chico de abajo.
—Porque te he estado llamando al móvil y comunicaba.
—¡Apenas llevaba treinta segundos hablando con una amiga, ¿y por eso has venido hasta aquí a la velocidad de la luz para llamar mi atención a pedradas?!
—Tengo prisa.
—¡Joder, Raijin, qué impaciente eres!
Nakuru, refunfuñando, volvió al interior de la casa y, con un simple movimiento de sus manos, dominó con su iris los cristales rotos, que volvieron a unirse y a recomponer la ventana, dejándola como nueva. Acto seguido, se fue a poner las botas negras de suela gruesa que solía llevar con su estilo punk y salió a la calle. Se reunió con el rubio que la esperaba ahí junto a un árbol.
—Bueno, cuánto tiempo, Guardián —saludó Nakuru, más calmada—. ¿Cuál es esa urgencia por la que has visto necesario lanzar una roca contra mi ventana? ¿Alguna bella dama en apuros?
—Ya quisieras. Pero sí, tenemos trabajo —contestó él sin más, emprendiendo la marcha—. Es algo importante.
—Jo, nunca nos toca salvar a una chica guapa —lamentó Nakuru—. Aun así, ya era hora de hacer algo. Mi iris está aburrido. ¿De qué se trata? ¿Adónde vamos?
—A la cafetería de Yako, ya os lo explicaré allí —contestó el rubio.
Estaban un poco lejos de su destino, pero no aminoraron la marcha. Nakuru ya estaba acostumbrada a estas cosas, y estaba contenta de que volviesen a tener alguna misión que hacer.
A medio camino, bordeando el Parque Yoyogi, Nakuru vio a lo lejos al mismísimo Drasik. Estaba flirteando con una chica que le sonaba del instituto, ella apoyada sinuosamente contra el murillo de piedra, sonriendo, y él frente a ella a una corta distancia, con una mano apoyada en el murillo y con la otra acariciando la barbilla de la chica mientras le hablaba. Nakuru negó con la cabeza, esa escena ya la había visto muchas veces, por lo que no le sorprendió. Drasik se pasaba la vida ligando con chicas por toda la ciudad. Miró a Raijin, y se preguntó si se habría percatado de aquello, a medida que se acercaban más a la parejita.
—¿También va a participar Drasik? —le preguntó Nakuru a su acompañante.
—Qué remedio —contestó Raijin y, justo al pasar al lado de Drasik, el cual no los había visto, lo agarró de la oreja y lo arrastró consigo y con Nakuru, sin parar la marcha.
—¡Aah! ¡No, nooo! —gimió Drasik al ver que se alejaba de la chica con la que estaba ligando, la cual se había quedado perpleja ante aquello—. ¡Tranqui, preciosa, volveré! ¡Llámame! ¡Llámameee!
Su voz se perdió cuando los tres doblaron la esquina de la calle bordeando el murillo del parque, y la pobre chica se quedó ahí plantada. Raijin soltó la oreja de Drasik con brusquedad, sin detenerse, y este los siguió, rabioso.
—¡Estaba a punto de caer en el bote, a punto! —protestó, poniéndose delante de Nakuru y del otro, caminando marcha atrás—. ¡La tenía babeando con mi encanto argentino! ¡Esta me la pagaréis! ¿¡Qué pasa ahora!?
—Volvemos al trabajo —contestó Nakuru—. Así que tranquilízate, que desde ahora estamos de servicio.
—¡Oh, sí! —celebró Drasik, apretando los puños y olvidando su enfado al instante, y miró rápidamente al rubio—. ¡Raijin, no me digas que nuestro cliente es esa chica con la que estabas comiendo hoy en el Fridays!
—¿Qué chica? —se sorprendió Nakuru.
Raijin dio un viraje brusco en una fracción de segundo, agarrando el cuello del abrigo de Drasik. Le clavó una mirada fiera.
—Una sola palabra más de eso y te electrocuto —le dijo de tal manera que a Drasik se le heló la sangre por un momento.
—Entendido… tranquilo… —murmuró, sonriendo con simpleza.
Nakuru se quedó turbada, sin entender nada. Pero al ver que su superior emprendía la marcha, Drasik y ella lo siguieron por detrás, silenciosos como una tumba por un rato.
—Si Raijin llega a convertirse en médico algún día, juro que jamás haré algo que me obligue a ir a un hospital —le susurró Drasik a su amiga.
—A no ser que ese algo te lo haga él —sonrió ella.
—Ay... —suspiró—. Tanto tiempo trabajando junto a Raijin y no conseguimos llevarnos bien.
—Será culpa tuya —opinó Nakuru—. Ya sabes… Por esa pequeña manía que tienes de no acatar órdenes.
—Tú no has sido su compañero durante años, a ti te suelen emparejar con Yako en las batallas —masculló.
—Ya sabes que nos emparejamos por la buena combinación de nuestros elementos, Drasik. De toda la vida han juntado la electricidad con el agua y por eso te ponen con Raijin.
—Sí, juntos somos efectivos, pero a los que son como Raijin no les gusta los que son como yo. Ya sabes, la electricidad quiere ir por libre, pero si toca el agua, sólo puede ir donde el agua le diga. Raijin odia dirigir su electricidad por donde yo ponga el agua.
—Por cierto, ¿quién era esa chica con la que estabas? —peguntó la joven, intentando disimular su curiosidad.
El muchacho fue a contestar, pero se mordió la lengua. Miró a Nakuru con cara recelosa.
—Eh, oye. Que tú ya tienes novia, Nak, así que no cotillees. Pero era superguapa, ¿eh?
—Hmm… Álex está mejor.
—¿Álex es tu novia? ¿La española, la nueva de la clase de 2º-D? —preguntó, y Nakuru le asintió con la cabeza—. Uyyy, sí que tienes buen gusto. Me la presentas, ¿no?
—¡Ja! Ni lo sueñes.
Los tres llegaron al Ya-Koffee, su lugar de reuniones. No había mucha gente, pero en cuanto empezase a anochecer volvería a estar abarrotado. Sólo estaban Sam y Yako atendiendo el lugar, pues MJ y Kain se habían ido al acabar su turno, y además no había mucho que hacer, por eso Sam y Yako se encontraban charlando tranquilamente sentados en los taburetes de la barra. No obstante, al ver a los tres recién llegados, se pusieron en pie de un salto. Si Raijin venía con Nakuru y con Drasik, sólo podía significar una cosa.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Yako a su mejor amigo, preocupado.
Por un momento, se preguntó si es que le había pasado algo malo a esa chica llamada Cleven con quien su amigo se había ido durante la mañana, pero leyendo más atentamente el tipo de mirada muy reflexiva que tenía Raijin, supo que se trataba de algo más importante. Nakuru ignoraba totalmente que su mejor amiga había estado en la cafetería y había conocido a Yako, a Sam y a Raijin esa misma mañana, igual que ellos ignoraban que esa pelirroja era amiga de Nakuru.
—Cuanto antes empecemos, mejor —dijo Raijin, yéndose a sentar a una de las mesas del fondo, lejos de donde estaban los clientes.
Los otros cuatro lo siguieron y se sentaron todos alrededor de la mesa.
Esa aburrida tarde de domingo, Nakuru se encontraba de relax haciendo uno de sus hobbies, tallar esculturas en piedra maciza.
Ella y su padre vivían en una urbanización de modestos pero modernos apartamentos adosados que rodeaban un gran patio interior con jardines. Las viviendas no eran muy grandes porque estaban pensadas para uno o dos individuos, y Nakuru era de esas personas que vivía con mayor paz mental en una casa donde el espacio fuera el justo y el necesario. A su iris le ponían nervioso los espacios sobrantes no aprovechados debidamente.
Aun así, no eran viviendas baratas, aunque ella se lo podía permitir gracias al dinero que ganaba en la Asociación a cambio de su duro pero ejemplar trabajo combatiendo contra el crimen y el terrorismo, además del sueldo del trabajo de su padre.
La mayor ventaja de aquella urbanización era que las viviendas –que se situaban todas en la primera planta–, tenían debajo, en la planta baja, su propio garaje, el cual tenía la misma extensión que la vivienda de arriba, por lo que podía servir de garaje, de trastero e incluso de estudio, todo a la vez. Los apartamentos eran básicamente de dos plantas, arriba la vivienda y abajo un gran espacio reservado para cualquier otra cosa. Varios de los vecinos de allí lo usaban para talleres.
Este espacio Nakuru lo tenía muy bien aprovechado. Ella misma lo había reformado con sus tabiques, ladrillos, yesos y demás usando su iris Suna, teniendo, por un lado, un garaje para el coche de su padre con trastero, por otro lado un estudio que Nakuru usaba para sus inquietudes de iris como la escultura o el entrenamiento de artes marciales y armas –estando hechas las paredes y techos con material insonorizado–, y por último una habitación más recóndita y asegurada donde guardaba su propio arsenal de armas.
Ahora ella estaba en el estudio, un espacio amplio, luminoso, de paredes y techo blancos, con una zona diseñada para el ejercicio con el suelo hecho de tatami, y otra zona donde tenía una colección de diferentes tipos de enormes rocas, y grandes vasijas de cerámica colmadas de arenas de diferentes colores y composición.
Muy concentrada, con su ojo izquierdo brillando de su luz naranja, caminaba alrededor de una escultura de mármol color crema a medio terminar. Era la figura de la mujer más bella que Nakuru había podido imaginar, con largos cabellos ondulados, mechones al viento, y vistiendo supuestamente con ligeros velos que flotaban a su alrededor.
Nakuru movía las manos con delicadeza cerca de las superficies, y a la orden de su poder de iris, en el mármol surgían surcos, pequeños cortes o raspaduras como por arte de magia. Esculpir con el iris requería un nivel de concentración muy elevado especialmente en rocas tan quebradizas como el mármol, por lo que era una muy buena forma de entrenar el control milimétrico que el iris podía ejercer sobre su elemento. Tenía bastante mérito, porque la mujer hasta tenía cabellos muy finos, como hilos, separados del resto, lo cual era físicamente imposible de hacer para un escultor humano.
—Oh… Hm… —oyó de repente la voz de su padre detrás de ella, rompiendo su concentración, y lo encontró en la puerta del estudio mirando con una mueca examinadora la escultura—. Un poco pequeños, los pechos. ¿No?
—¡Papá! —protestó ella, un poco sonrojada—. ¡Estaba concentrada! ¡Y no critiques los pechos pequeños! ¡A algunas personas nos gustan los pechos pequeños!
—Bueno, claramente yo no soy una de esas personas —sonrió felizmente—. Algo que se puede adivinar fácilmente viendo las fotos de tu madre.
—¡Papá!
—Tengo un gusto exquisito con las mujeres.
—Yo también lo tengo —le espetó Nakuru—. Y porque sea diferente al tuyo, no quiere decir que sea un mal gusto.
—Hahhh… cómo te añoro, Eleanor… —siguió diciendo él, suspirando apasionadamente con la mirada perdida en el techo—. ¿Por qué no haces una escultura de ella algún día? Has empezado con este hobby hace un par de años y parece que ya lo dominas increíblemente bien.
—Por enésima vez, papá, todas las esculturas que hago las pulverizo al terminarlas para reutilizar la arena en otros proyectos o cosas útiles. No podemos acumular esculturas aquí. Tenemos espacio, pero no tanto.
—Podría ser terapéutico para tu iris —insistió él, sin borrar la sonrisa.
—Mmm… —Nakuru se puso pensativa.
—Y no hace falta hacer una grande. Con una pequeña escultura que pueda poner en mi escritorio… Es como si pusiera una foto o un retrato de ella. Mi cumpleaños es el mes que viene, por cierto.
—Vaaale, está bien, está bien. Haré una pequeña escultura de mamá.
—Pero no le hagas los pechos pequeños. No sería fiel a la realidad.
—¿Sólo te preocupa que haga bien sus pechos? ¿No te da vergüenza?
—Sí, sólo me preocupa esa parte en la que pareces flojear un poco. Porque en lo que respecta a la mejor parte de ella, sé que la tallarás a la perfección. Esos ojos… esa mirada única de ella… que podía penetrar en tu alma y descubrir todo de ti… —volvió a quedarse absorto mirando al techo—. Si no tallas esa divina y letal mirada suya, no será ella.
—Ya. Sé muy bien cómo hacerla —sonrió Nakuru también.
Se le escapó un tono nostálgico, recordando igual que su padre esa parte de su madre que, no era sólo la mirada de sus ojos, era lo que esta denotaba, lo que transmitía. Eleanor Vardalos tuvo una extraordinaria trayectoria profesional como detective en Grecia, participando en casos incluso en los países de alrededor. Pero una profesión así también trae peligros. Y para huir de ellos, se tuvo que ir a vivir a varios países, cada vez más lejos, hasta acabar en la otra punta del planeta, Japón, donde conoció a Kamui Kinomoto, un hombre que también… era algo peculiar.
Se podría decir que Eleanor no sólo había sido su esposa, sino también su mentora. Además, se conocieron cuando ella tenía 35 años y él era un chico de 21. Kamui siempre tuvo una habilidad natural para hablar con la gente, agradarla, atraerla, encandilarla… Ya desde pequeño tenía la particularidad de poseer un rostro ligeramente femenino. Eso, junto a su labia y encanto natural, le habían convertido en un hombre muy eficaz para su profesión actual.
Él siempre decía que trabajaba de barman en un hotel de lujo de la ciudad. Y eso era verdad, en parte. Más que un hotel, era un establecimiento de lujo privado al que sólo personas ricas y poderosas de Japón y otros países se podían permitir ir. Y él se dedicaba a darles a esas personas diferentes servicios que solían solicitarle, ya fuera simplemente servirles copas o cócteles, ya fuera bailar con ellos cuando estaban contentos y ebrios, o ya fuera sentarse con esos hombres o mujeres poderosos para agradarles con su compañía, su labia y su bello rostro.
Había quienes le pagaban sólo por ir de acompañante, sólo por “estar al lado”, por poder “exhibirlo” ante los demás, porque Kamui ya era desde hace años conocido y respetado por su capacidad de mantener conversaciones cultas e interesantes y por su imagen. Ya sólo por tener a un hombre guapo al lado con carisma, algunos ricos y ricas ya presumían de ello ante otros ricos y ricas.
Kamui ahora tenía 39 años y seguía pareciendo casi un veinteañero. Tenía el pelo castaño oscuro y algo largo, por debajo de los hombros, que llevaba de muchas maneras según la ocasión: suelto, con coleta, con media coleta, moño… y sus ojos color café de largas pestañas los llevaba ligeramente pintados de negro. Iba bien afeitado, y tenía una tez blanca y lisa como la porcelana además de labios ligeramente rosados, algo que Nakuru había heredado de él. Con un atractivo así y siempre bien vestido con trajes elegantes, algunos de los clientes llevaban años apodándolo con el término en inglés de pretty boy. Y lo solicitaban como tal: “Quisiera contratar a Pretty Boy para que me acompañe durante la cena con mis socios, pues quiero causarles buena impresión con su compañía”.
No había que olvidar los gajes de este tipo de oficio. Como sería de esperar, más de una vez Kamui había tenido que sufrir algún que otro acoso, tanto sexual como obsesivo, y tanto de parte de viejos verdes como de señoras con manos largas. Pero él siempre lo había solucionado con una admirable diplomacia, sin jamás perder su encanto. Además, su jefa, la dueña de este hotel reservado para las altas esferas, era una mujer muy inteligente y sabía proteger muy bien a sus empleados. De hecho, en su trabajo, Kamui podía soportar que alguno de esos ricachones y ricachonas le acariciaran el rostro o lo cogieran de la mano, esas cosas no le importaban en absoluto, él era de por sí un hombre cariñoso. Pero no toleraba más allá de eso.
Por supuesto, Kamui tenía otros motivos y objetivos a la hora de dedicarse a esta extraña profesión. Nunca se trató del dinero, ni de la reputación ni de codearse con gente poderosa. Siempre se trató de hacer justicia. El tipo de justicia que la policía no podía cumplir fácilmente precisamente debido al poder de ocultamiento, soborno o amenazas que tenían estas personas de la alta sociedad. El tipo de justicia que también realizaban los iris. Pero Kamui no necesitaba ser un iris para hacer este tipo de justicia clandestina.
Eleanor le enseñó todo lo que sabía, para saber cómo comportarse, cómo hablar con una persona, cómo encandilarla con el fin de sonsacarle información, o secretos, o confesiones, de la manera más sutil, sin que nunca sospecharan de él. Y él, con esta información, resolvía casos de abusos, extorsión y otros delitos que este tipo de gente poderosa solía cometer a menudo saliendo impunes. La mayoría de las veces, Kamui era contratado por particulares que le pedían investigar asuntos privados, como espiar información empresarial o infidelidades, y otras veces la policía le pedía ayuda para indagar en los asuntos turbios de algunos de estos viejos ricos, como actividades en el mercado negro o tráfico de cosas ilegales.
—Oye, ¿por qué estás todavía ahí mirándome? Márchate ya, que vas a llegar tarde al trabajo —le dijo Nakuru, volviendo a ponerse frente a su escultura—. Como siempre. Tu jefa es demasiado buena contigo, no abuses de su bondad.
—Es que me estaba preguntando si esta escultura que estás haciendo ahora… ¿no se parece bastante a tu nueva novia?
—¡Iih! —Nakuru dio un respingo y se le puso toda la cara roja, pero siguió dándole la espalda a su padre.
—Ay… Mi vergonzosa Nak… —dijo Kamui con un tono tierno.
—¿¡Cómo sabes…!? ¿¡Desde cuándo sabes…!?
—Me ofendes con esas preguntas, cielo —sonrió con aire socarrón—. ¿Me la vas a presentar algún día? ¿Vas a traerla aquí a cenar alguna vez? Si le hago de cena mi famoso ramen de miso casero ya verás que al día siguiente te pide matrimonio.
—¡Papá!
—¿Qué? A Cleven y a Raven les chifla mi ramen casero —se encogió de hombros—. Sobre todo a Cleven, que tiene el estómago más infinito que conozco.
—¡Son las seis menos cuarto!
—Vaaale, ya me voy, ya me voy. Pero me falta algo.
Nakuru recordó. Se fue hasta él y los dos se abrazaron con fuerza. Esto era algo que habían acordado hace muchos años, cuando Nakuru aún era pequeña, pero había empezado a trabajar en la KRS como iris. Ambos se dedicaban a unos trabajos que controlaban bien, pero seguían siendo peligrosos, demasiado importantes para ellos como para dejarlos, y desde que murió Eleanor era una norma entre Kamui y Nakuru siempre despedirse con un abrazo antes de irse a trabajar él o antes de irse a una misión ella. Aunque, teniendo en cuenta que la KRS llevaba mucho tiempo sin recibir misiones de gran calibre, Kamui vivía algo más tranquilo.
Después de un rato, cuando Nakuru ya terminó su escultura, sonó su móvil. Mientras apagaba las luces del estudio y subía de regreso a casa por unas escaleras, cogió la llamada.
—¿Qué hay, Raven?
—“Hola, Nak. Oye, mira, que estoy llamando todo el rato a Cleven al móvil y me lo cuelga siempre. ¿Tú sabes dónde está? ¿Tenía hoy algo importante que hacer?”
—No, que yo sepa —contestó extrañada.
—“¿Y si la llamamos a su casa?”
—No, no. Si Cleven cuelga tus llamadas aposta es que no puede hablar, así que llamándola a su casa tampoco conseguiríamos nada.
—“Entonces nada” —suspiró Raven con fastidio—. “Mañana en el insti ya nos contará lo que pasa, y más le vale, estaba empezando a preocuparme. A lo mejor está con Kaoru.”
—A lo mejor —se encogió de hombros, validando esa posibilidad—. Así que mejor no la molestamos.
—“Bueno, ¿qué? ¿Te vienes a dar una vuelta? ¡Me aburro en casa! ¿Puedes?”
En ese momento, Nakuru oyó un ruido seco en el salón, como algo pequeño chocando contra el cristal. Se quedó algo extrañada.
—“¿Nakuru? ¿Puedes, o no?”
—Pues...
Pero volvió a oírse ese ruido y, esta vez, miró hacia la ventana del salón, que daba a la calle exterior. Vio lo que parecía ser una piedrita golpeando el cristal, y otra más, así que fue rápidamente a asomarse para ver qué demonios pasaba.
—“Nak” —se impacientó Raven.
—Sí, sí, en principio si pued... —fue a contestar, pero entonces, ¡CRAS!, un pedrusco del tamaño de un pomelo atravesó el cristal de la ventana y Nakuru se dio un susto de muerte—. ¡Uaaah…!
—“¿Qué pasa?”
Nakuru se asomó por la ventana rota y reconoció a la persona que estaba parada en mitad de la acera, que la miraba seriamente
—Ay… Eh… ¡No! —exclamó Nakuru de pronto, sobresaltando a Raven—. Digo… Lo siento, Raven, no voy a poder quedar hoy. Me ha surgido un recado muy importante.
—“Ooh, ¡qué pena! Bueno…” —dijo Raven con desilusión—. “Entonces otro día será. Nos vemos mañana en clase.”
—Sí, nos vemos mañana, Rav.
Nada más colgar la llamada, se asomó por la ventana a la calle.
—¿¡Por qué has hecho eso!? —le preguntó al chico de abajo.
—Porque te he estado llamando al móvil y comunicaba.
—¡Apenas llevaba treinta segundos hablando con una amiga, ¿y por eso has venido hasta aquí a la velocidad de la luz para llamar mi atención a pedradas?!
—Tengo prisa.
—¡Joder, Raijin, qué impaciente eres!
Nakuru, refunfuñando, volvió al interior de la casa y, con un simple movimiento de sus manos, dominó con su iris los cristales rotos, que volvieron a unirse y a recomponer la ventana, dejándola como nueva. Acto seguido, se fue a poner las botas negras de suela gruesa que solía llevar con su estilo punk y salió a la calle. Se reunió con el rubio que la esperaba ahí junto a un árbol.
—Bueno, cuánto tiempo, Guardián —saludó Nakuru, más calmada—. ¿Cuál es esa urgencia por la que has visto necesario lanzar una roca contra mi ventana? ¿Alguna bella dama en apuros?
—Ya quisieras. Pero sí, tenemos trabajo —contestó él sin más, emprendiendo la marcha—. Es algo importante.
—Jo, nunca nos toca salvar a una chica guapa —lamentó Nakuru—. Aun así, ya era hora de hacer algo. Mi iris está aburrido. ¿De qué se trata? ¿Adónde vamos?
—A la cafetería de Yako, ya os lo explicaré allí —contestó el rubio.
Estaban un poco lejos de su destino, pero no aminoraron la marcha. Nakuru ya estaba acostumbrada a estas cosas, y estaba contenta de que volviesen a tener alguna misión que hacer.
A medio camino, bordeando el Parque Yoyogi, Nakuru vio a lo lejos al mismísimo Drasik. Estaba flirteando con una chica que le sonaba del instituto, ella apoyada sinuosamente contra el murillo de piedra, sonriendo, y él frente a ella a una corta distancia, con una mano apoyada en el murillo y con la otra acariciando la barbilla de la chica mientras le hablaba. Nakuru negó con la cabeza, esa escena ya la había visto muchas veces, por lo que no le sorprendió. Drasik se pasaba la vida ligando con chicas por toda la ciudad. Miró a Raijin, y se preguntó si se habría percatado de aquello, a medida que se acercaban más a la parejita.
—¿También va a participar Drasik? —le preguntó Nakuru a su acompañante.
—Qué remedio —contestó Raijin y, justo al pasar al lado de Drasik, el cual no los había visto, lo agarró de la oreja y lo arrastró consigo y con Nakuru, sin parar la marcha.
—¡Aah! ¡No, nooo! —gimió Drasik al ver que se alejaba de la chica con la que estaba ligando, la cual se había quedado perpleja ante aquello—. ¡Tranqui, preciosa, volveré! ¡Llámame! ¡Llámameee!
Su voz se perdió cuando los tres doblaron la esquina de la calle bordeando el murillo del parque, y la pobre chica se quedó ahí plantada. Raijin soltó la oreja de Drasik con brusquedad, sin detenerse, y este los siguió, rabioso.
—¡Estaba a punto de caer en el bote, a punto! —protestó, poniéndose delante de Nakuru y del otro, caminando marcha atrás—. ¡La tenía babeando con mi encanto argentino! ¡Esta me la pagaréis! ¿¡Qué pasa ahora!?
—Volvemos al trabajo —contestó Nakuru—. Así que tranquilízate, que desde ahora estamos de servicio.
—¡Oh, sí! —celebró Drasik, apretando los puños y olvidando su enfado al instante, y miró rápidamente al rubio—. ¡Raijin, no me digas que nuestro cliente es esa chica con la que estabas comiendo hoy en el Fridays!
—¿Qué chica? —se sorprendió Nakuru.
Raijin dio un viraje brusco en una fracción de segundo, agarrando el cuello del abrigo de Drasik. Le clavó una mirada fiera.
—Una sola palabra más de eso y te electrocuto —le dijo de tal manera que a Drasik se le heló la sangre por un momento.
—Entendido… tranquilo… —murmuró, sonriendo con simpleza.
Nakuru se quedó turbada, sin entender nada. Pero al ver que su superior emprendía la marcha, Drasik y ella lo siguieron por detrás, silenciosos como una tumba por un rato.
—Si Raijin llega a convertirse en médico algún día, juro que jamás haré algo que me obligue a ir a un hospital —le susurró Drasik a su amiga.
—A no ser que ese algo te lo haga él —sonrió ella.
—Ay... —suspiró—. Tanto tiempo trabajando junto a Raijin y no conseguimos llevarnos bien.
—Será culpa tuya —opinó Nakuru—. Ya sabes… Por esa pequeña manía que tienes de no acatar órdenes.
—Tú no has sido su compañero durante años, a ti te suelen emparejar con Yako en las batallas —masculló.
—Ya sabes que nos emparejamos por la buena combinación de nuestros elementos, Drasik. De toda la vida han juntado la electricidad con el agua y por eso te ponen con Raijin.
—Sí, juntos somos efectivos, pero a los que son como Raijin no les gusta los que son como yo. Ya sabes, la electricidad quiere ir por libre, pero si toca el agua, sólo puede ir donde el agua le diga. Raijin odia dirigir su electricidad por donde yo ponga el agua.
—Por cierto, ¿quién era esa chica con la que estabas? —peguntó la joven, intentando disimular su curiosidad.
El muchacho fue a contestar, pero se mordió la lengua. Miró a Nakuru con cara recelosa.
—Eh, oye. Que tú ya tienes novia, Nak, así que no cotillees. Pero era superguapa, ¿eh?
—Hmm… Álex está mejor.
—¿Álex es tu novia? ¿La española, la nueva de la clase de 2º-D? —preguntó, y Nakuru le asintió con la cabeza—. Uyyy, sí que tienes buen gusto. Me la presentas, ¿no?
—¡Ja! Ni lo sueñes.
Los tres llegaron al Ya-Koffee, su lugar de reuniones. No había mucha gente, pero en cuanto empezase a anochecer volvería a estar abarrotado. Sólo estaban Sam y Yako atendiendo el lugar, pues MJ y Kain se habían ido al acabar su turno, y además no había mucho que hacer, por eso Sam y Yako se encontraban charlando tranquilamente sentados en los taburetes de la barra. No obstante, al ver a los tres recién llegados, se pusieron en pie de un salto. Si Raijin venía con Nakuru y con Drasik, sólo podía significar una cosa.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Yako a su mejor amigo, preocupado.
Por un momento, se preguntó si es que le había pasado algo malo a esa chica llamada Cleven con quien su amigo se había ido durante la mañana, pero leyendo más atentamente el tipo de mirada muy reflexiva que tenía Raijin, supo que se trataba de algo más importante. Nakuru ignoraba totalmente que su mejor amiga había estado en la cafetería y había conocido a Yako, a Sam y a Raijin esa misma mañana, igual que ellos ignoraban que esa pelirroja era amiga de Nakuru.
—Cuanto antes empecemos, mejor —dijo Raijin, yéndose a sentar a una de las mesas del fondo, lejos de donde estaban los clientes.
Los otros cuatro lo siguieron y se sentaron todos alrededor de la mesa.
La forma en la que se entrecruzan los cmainos es fascinante. EL momento de Neuval de quitarse la mascara y decir "hasta los cojones de fingir" es fascinante. Em su momento cuando lo lei la primera vez hace tiempo, siempre me llamo la atencion la preocupación y atencion que mostraba Neuval en Drasik. Quiero decir lo mantenia alejado de todo pero al mismo tiempo intentaba cuidarlo.
ResponderEliminarFuer ade cotnexto la actitud de Cleven con la gente indagando en la vida de un desconocido podria resulta excesivamente invasivo pero cuando mas adelante avanzas y entiendes cosas resulta fascinante. Literla la cabra tira al monte en este caso. No puedes evitar quien eres.
¡Hola, Kauri! Parece que Blogger sólo me deja responder como anónimo, pero soy Ana, la dueña de este blog. He leído todos los comentarios que me has dejado, te lo agradezco enormemente ^^ La verdad es que, con el gran parón que hice en la época de la pandemia y tal, no creí que fuera a recuperar lectores, así que cuando dices que necesitabas volver a leer mi historia, pues ha sido una alegría :D
EliminarMi plan es continuar esta historia sí o sí, porque, ante todo, es de mis mayores hobbies y no tengo intención de abandonarlo. Como habrás leído, le estoy haciendo un gran lavado ahora. La historia sigue siendo la misma en esencia, pero le he cambiado y añadido un montón de cosas, escenas y diálogos, tratando y uniendo todos los sucesos con más coherencia. Quizá por eso recuerdas muchas cosas pero muchas te parecen nuevas XD Pronto publicaré el siguiente puñado de capítulos arreglados del 2º Libro, y así seguiré con el 3º, 4º y demás :)
Al haber estado mucho tiempo sin tocar los últimos libros, cuando empecé a hacer el arreglo desde el 1º Libro también me dio esa sensación de nostalgia de "mira cómo empezaron los personajes, qué normalito y simple parecía todo" xD Con este arreglo quiero profundizar aún más en esa evolución de personajes como Neuval, Cleven, Drasik, Raijin, Hatori y otros importantes, porque en la antigua versión de la historia había poca profundidad o tardaba mucho en mostrarla. Espero que te vaya gustando ^^ ¡Gracias por leer!
¡AAAh si! Me he dado cuenta incluso a pepsar de los años, que habia cosas e incluso dialogos que recordaba casi como si tuviera grabado a fuego y cosas que veo claramente nuevas. Son matices pero se nota. Sin contar que tambien noto que se ha profundizado mas en la psique de algunso peronaje y por que piensan, sienta o actuan como actuan.
EliminarCreem que me das una legria tremenda al saber que vas a continuarlo, me encnata esta historia como los msiterios se entralanzan y como cuando piensas que ya esta todo..puum sorpresa, que no y te quedas ¿WTF?¿QUE PASA AHORA?
Es plot twist, tras plot twist, perocon sentido y no sacado de la nada porque en todo momento se dan pistas, matices, indicios de que nada es lo que parece, con ninguno de los personajes, los cuales todos tiene una riquesa de profundidad increible, ya no solo Cleventine, incluso si es considerada el personaje principal y su historia.