1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
«—¡Hola, cariño, ya estoy en casa! —exclamó felizmente, quitándose los zapatos en la entrada y aflojándose la corbata.
—¡Hola, amor mío! ¿¡Qué tal hoy en el trabajo que tanto te gusta hacer!? —preguntó ella acercándose a él desde la cocina, danzando, y abrazándole por el cuello lo besó en los labios, levantando levemente un pie del suelo.
—¡Me han ascendido otra vez, Cleven! ¡Soy el mejor médico de Tokio, incluso más que tu hermano! —dijo él, mientras flores, mariposas, arcoíris y plastilina los envolvían por todas partes—. ¡Vamos a ser más ricos, y así tú podrás seguir viviendo a cuerpo de reina sin estudiar ni trabajar! —añadió, dejando su maletín de 600 mil yenes sobre la mesita del vestíbulo.
—¡Estupendo, amor de mi corazón! ¡Enhorabuena, Raijin! —celebró, sonrojándose como una colegiala.
—¡Eso sí, estoy muerto de hambre! —declaró él, llevándose una mano a la frente y poniendo una postura de estar a punto de desmayarse—. ¿Está la cena preparada, mi capullito?
—¡Claro que sí, mi repomponchín! ¡He hecho tu plato favorito porque tengo mucho tiempo libre haciendo lo que me viene en gana! ¡Vamos, luego te daré un masajito en la espalda mientras te tomas tu cervecita y ves el partidito de béisbol! ¡Tenerte contento es la única responsabilidad que quiero tener, ya que carezco de ilusión por todo lo demás en esta vida, algo que sin duda mi padre me ha contagiado!
—¡Gracias, cariño! ¡Qué bien que nos hayamos casado! ¿¡Qué haría yo sin...!?»
—Acelera el paso, pelmaza —dijo aquella áspera, fría y profunda voz que apartó a Cleven de una patada de sus imaginaciones.
Vaya, con lo bien que iban las cosas en sus fantasías, ¡qué felices y absurdas iban las cosas!, planeando su futuro con él de antemano, hasta que el verdadero Raijin tuvo que hablar con ese desprecio e indiferencia.
—Ah, perdona —sonrió ella, arrimándose a él con las mejillas coloradas—. ¿A dónde vamos?
Él no contestó, para variar, y Cleven frunció los labios, molesta. Era tan seco... Se limitó a seguirlo en silencio. Iban recorriendo una larga avenida paralela al Parque Yoyogi. Cleven pensó que Raijin tenía en mente enseñarle los alrededores del hotel donde iba a instalarse, y cayó en la cuenta de que apenas conocía esa zona, por lo que en el fondo resultaba buena idea que alguien le mostrase ese lugar para situarse. Había tenido mucha suerte, después de todo, de que alguien hubiese cedido a guiarla por las calles, porque se vio desorientada. Sus intenciones tenían doble sentido.
Ella ya tenía asumido que iba con ese chico sólo para estar con él, y no para aprenderse las calles, pero al final resultó necesario cumplir con su falso papel de chica nueva y perdida, porque, realmente, de Shibuya solamente conocía la zona del instituto, del centro comercial y el cruce principal junto a la estación, porque eran las zonas más habituales donde los jóvenes hacían sus planes de ocio. Y se acababa de dar cuenta de que Shibuya tenía mucho más que eso. La ciudad entera tenía mucho más que las zonas populares.
Cleven se dio cuenta de esto cuando Raijin la llevó por unas calles más pequeñas, humildes, por las que ella nunca había ido, y mostraban una nueva cara de Tokio que ella desconocía. Gente más normal, que no vestía tan elegante, trajeada o con estilos propios de tribus urbanas; locales, tiendas y restaurantes más modestos, donde el trato del vendedor con el cliente se percibía más cercano, vecinos conversando junto a las puertas de sus viviendas, o en los bancos de pequeños jardines escondidos…
Sintió una calidez repentina. Nunca antes, al menos no en los últimos años, había apreciado tanto estos pequeños detalles de la ciudad y de la gente. Cuando quedaba con Nakuru y con Raven, sólo tenía atención para ellas o para las tiendas a las que iban a comprar o para la rica comida basura que tomaban por ahí. Cuando estaba sola, solía andar mirando al suelo, o al frente, pero sin fijarse en nada en particular, sin prestar atención a la vida que la rodeaba, sin interés por nada…
No supo por qué, esto le provocó una sensación incómoda, en su interior, consigo misma. Se hizo una pregunta por primera vez, a estas alturas de su vida: ¿Qué tipo de persona soy? ¿De verdad me he convertido en alguien tan indiferente con tantas cosas?
¿Qué había cambiado ahora para hacerse este tipo de preguntas, y para tener estas sensaciones nuevas? ¿Haberse ido de casa? Desde luego, eso había roto un trozo muy grande de lo que llevaban siendo siete años de rutina, luto y falta de ilusión u objetivos. Estar ahora ahí, siguiendo a un todavía desconocido que, por muy guapo que fuera, tenía una forma de ser muy extraña que por alguna razón la atraía tanto, cuando lo normal sería que una actitud así espantaría a cualquiera…
Cleven frunció el ceño. Una parte muy profunda de ella, casi imperceptible, sintió que este día había hecho algo mucho más importante que fugarse de casa, conocer a un amable camarero de ojos dorados y engañar a un rubio arisco y callado para tener una especie de cita con él.
—¿No puedes correr un poco, señorita “no-sé-leer-un-simple-mapa-callejero”? —volvió a llamarle la atención Raijin, mientras se llevaba un cigarrillo a los labios y se lo encendía.
Cleven reaccionó, apurada, y se pegó a sus talones. Estaba todo el rato quedándose atrás. Alzó la vista para mirarlo, pero estaba a sus espaldas y no podía verle la cara.
—Oye, ¿por qué tanta prisa? —le preguntó, empezando a cansarse, y lamentó que no estuviese Yako ahí para llevarle amablemente la mochila, que pesaba ya insoportablemente.
—Cuanto antes acabemos, antes podré irme a casa —contestó sin tapujos.
Pero ella no se ofendió. En otras circunstancias, ese comentario le habría sentado mal. Pero es que ahora pesaba en ella una curiosidad tan grande por él, por su actitud, por las cosas que callaba, por sus posibles secretos, por qué tipo de vida tendría… o por qué demonios una persona así podía haber sido el mejor amigo de Yako desde que eran bebés. Todo un misterio. Y Cleven estaba aquí por ese misterio.
—Dime, a esas otras chicas casualmente jóvenes y casualmente nuevas por aquí, ¿también les has hecho este favor? —le preguntó, acelerando el paso hasta ponerse a su lado y mirarle la cara.
—Antes de que pudiese contestarles, ya me habían metido el número de teléfono en el bolsillo de los pantalones —masculló, con la vista fija al frente, dándole una calada a su cigarrillo. Frío...
«Ahí va» pensó Cleven, desviando la mirada, medio sonriendo. «Así que él se ofende con ese tipo de estrategia descarada… Los chicos de mi clase se volverían locos de alegría si una chica les hiciera eso. Vale, Raijin es cuatro años mayor, supongo que será más maduro que los chicos de mi edad, claro. ¿Será que ese tipo de comportamiento de las mujeres lo siente como una falta de respeto? Me ha parecido así, por cómo lo ha dicho. Guau… ¡es tan maduro…!» le brillaron los ojos con más admiración por él, prendada.
«Debo tener cuidado, entonces. Porque eso significa que a sus ojos puedo parecer muy inmadura con facilidad. O muy buscona. ¡O una loca! Será mejor que empiece a tener respeto por sus límites. Parece ser que él valora la distancia física, no le gusta ni ser pulpo ni que sean pulpos con él. Nada de disimuladas caricias en el brazo sin permiso, nada de acercamientos demasiado descarados, amagos de tocarle un hombro o posar una mano en su espalda… al menos por ahora. Nada de quedarme mirándolo fijamente durante dos minutos enteros como una completa chiflada como estoy haciendo ahora mismo, ¡lo voy a espantar! Dile otra cosa, coméntale algo que sea normal y no incómodo».
—Eh… mmm… ¿Te tiñes el pelo?
De repente Cleven se quedó con una mueca torcida. «¿Qué coño le acabo de preguntar? ¿Le acabo de hacer la pregunta más tonta del mundo? ¡Cleven, ¿eres tonta?! ¡Si hasta tiene las cejas rubias, y los vellos de su brazo! ¡Retonta!».
—¿Te lo tiñes tú? —replicó él.
—Claro que no, ¿no es evidente que soy mestiza?
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que yo también?
—¡Oh, claro! Dime. ¿Qué otra nacionalidad tienes, aparte de japonés?
Sin embargo, él no respondió. Tan sólo le dio otra calada a su cigarrillo. Cleven suspiró chafada, por un momento había creído que había logrado empezar una conversación con él que durase más de treinta segundos. Pero de pronto, Raijin se paró en medio de la acera y ella casi se chocó con él. Cleven se dio cuenta de que miraba hacia una dirección, y de que se habían parado justo delante de un supermercado muy grande.
—¡Ah! Ya… —entendió ella—. Sí, vale… el súper principal de la zona… Tomo nota, me será muy útil.
Raijin volvió a emprender la marcha. Cleven se percató de que eso era todo lo que él estaba haciendo; de que ese era el único motivo por el que estaba yendo con ella por las calles. Nada más allá de lo prometido, enseñarle la zona de Shibuya y los lugares importantes para alguien que se iba a independizar.
Esto echó las esperanzas de Cleven bastante por tierra. De verdad él no estaba desarrollando ningún interés en ella, de ningún tipo. Solamente la estaba ayudando a rajatabla en lo que ella le había pedido.
Pero no. No se iba a rendir. ¡Apenas llevaba con él media hora! Era demasiado pronto para darlo por perdido.
Se metieron por uno de los accesos al Parque Yoyogi, tras cruzar el puente de piedra que pasaba sobre las vías de tren de la estación de Harajuku. Después de caminar largo rato entre la envolvente naturaleza del parque y sus frondosos árboles hasta llegar a un área de paseos asfaltados junto a varias fuentes y estanques, Cleven se fijó en una zona de columpios un poco más allá, entre unos setos recortados. Reconoció de entre todos los niños pequeños que allí había a los dos que conoció en el instituto, los mellizos Clover y Daisuke. Sonrió contenta, quería saludarlos, o por lo menos a la niña, que era más agradable que su hermano.
—Oye, espera un poco, ¿vale? —le suplicó a Raijin, cortándole el paso—. Será sólo un momentito.
Y echó a correr, adentrándose en el pequeño parque de columpios, con la mochila dando botes en su espalda. Raijin se quedó ahí plantado, algo sorprendido por lo que acababa de pasar. Siguió a Cleven con la mirada. Abrió más los ojos cuando vio a la joven parándose junto a esos dos niños que estaban trepando por un columpio. Raijin se puso tan nervioso que se apartó del camino de un salto y se escondió tras un árbol. Esperó a que la chica volviese, cruzándose de brazos de mala gana.
—¡Hola, Clover! —le sonrió Cleven a la niña, que se encontraba a su misma altura, en lo alto del columpio.
—¡Ah, señora chica mayor! —exclamó la pequeña, iluminándosele la cara—. ¡Hola!
—¿Qué? ¿Pasando la mañana en el parque? —preguntó alegremente, mirando de reojo a Daisuke, el cual estaba al otro lado del columpio, observándola con cara de pocos amigos.
—¡Sí, estamos jugando al pilla-pilla en el columpio, no podemos pisar el suelo! —le dijo entusiasmada—. ¡Hay serpientes!
—Eso, estamos jugando, así que no molestes, cleptómana —le dijo Daisuke, apareciendo al lado de su hermana.
—Qué rico —murmuró Cleven entre dientes, forzando la sonrisa y revolviéndole el pelo, pero el niño se apartó, molesto—. ¿Estáis con vuestro papá o con vuestra mamá?
Los dos hermanos se miraron un momento, pero Clover le volvió a sonreír.
—Estamos con la señora Agatha —le dijo, señalando a una anciana que había sentada en un banco de más allá, charlando con una mujer, seguramente madre de otro de los muchos niños que allí había—. Es la que nos cuida a veces.
«Ah, será la típica yaya que cuida de los niños pequeños» dedujo Cleven.
—Bueno, me voy, que tengo un poco de prisa —les sonrió de nuevo, contenta de haber vuelto a verlos, o al menos a Clover; podría decirse que se había enamorado de esa niña—. Nos vemos otro día.
—¡Adiós! —se despidió Clover enérgicamente, mientras su hermano sacaba la lengua hacia Cleven con burla.
—Clover, ¿qué es una mamá? —le preguntó entonces Daisuke.
—Así es como llaman los otros niños a esas señoras que los cuidan, en vez de llamarlas por sus nombres.
—¿Tenemos que llamar “mamá” a Agatha entonces?
—No… Creo que solamente se llaman así las mejores amigas de los papás.
—Oh, ¿y por qué nuestro papá no tiene una mejor amiga?
—Mm… —Clover miró a su mellizo con pesar—. Papá tenía una. Pero se murió.
—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Daisuke.
—Porque yo a veces la veo y hablo con ella.
—Ussh, un espíritu —comprendió el niño, sintiendo un escalofrío—. No me digas eso, Clover, me dan mucho miedo los espíritus.
—Ella no te daría ningún miedo —le aseguró su hermana, sonriéndole—. Tienes sus mismos ojos.
—¿De verdad?
Cleven se paró en seco en mitad del camino. Raijin había desaparecido. Pero lo encontró dos segundos después escondido detrás de un árbol, lanzando discretas miradas de vez en cuando a la zona de columpios. Cuando quiso darse cuenta, Raijin vio a Cleven observándolo con una ceja muy arqueada. De repente se enderezó y se puso serio, carraspeando.
—¿Qué? —preguntó ella, confusa.
—Nada —murmuró con desgana, volviendo emprender la marcha.
—Es que a esos dos niños los conocí hace poco en el instituto, porque el edificio del Instituto Tomonari y el del Colegio Tomonari están juntos pero separados por una valla y los vi a través de la valla y tal… —le explicó Cleven, pensando que tal vez Raijin se estaba preguntando qué pasaba con esos mellizos—. La niña se llama Clover, y es encantadora... Ay... y tan mona... El otro era su hermano, y no es que sea un angelito, pero también es tan mono… ¿Nunca los has visto por aquí?
Raijin tardó un poco en contestar.
—Alguna vez —murmuró pasivo—. A veces van a la cafetería de Yako.
«Mm... Tengo que ir más a menudo a la cafetería» decidió la joven. Observó a Raijin, que seguía caminando delante de ella, en silencio, indiferente. Cleven suspiró una vez más y se centró en seguirlo. Estaba ya cansada, cargando con la mochila, pero no quiso hacerlo notar ni que eso fuera motivo de terminar ahí el paseo.
Hacía frío, y el cielo estaba nublado, amenazando con nevar en cualquier momento. Tomó nota de que giraron por un camino de la derecha y siguieron recto. No tardó en asomar a lo lejos, por encima de los árboles y de la verja de hierro que limitaba el parque varios altos edificios, y entre ellos había uno que decía, con letras grandes, Hotel Shibuya Excel Tokyu, su hotel. Cayó entonces en algo.
—Por cierto, ¿cómo puedo llamarte?
—De ninguna forma —contestó el chico secamente.
—Ah —se quedó de piedra—. Ah, muy bien, pues yo tampoco te diré mi nombre.
—Muy bien.
«¡Ough… qué terco es!» pensó rabiosa.
—Te voy a llamar Raijin, igual que hace Yako —declaró, cruzándose de brazos—. ¿Puedo?
—No.
—¡Agh! ¿¡Pero por qué!?
—Porque no.
—¿Y tu verdadero nombre? —insistió, pero recibió silencio e ignorancia como respuesta.
Cleven entornó los ojos con fiereza, decidió no darle más vueltas y fue a lo que iba.
—¿Te importa que vaya un momento al hotel, señor “no-me-toques-ni-me-hables-o-si-no-te-aplasto-con-la-mirada”? Ya que estamos al lado... Y así dejo esta mochila que causa el retraso que tanto te molesta.
—Date prisa.
Cleven soltó un gruñido, pero cuando cruzaron la carretera hacia la acera opuesta, donde se encontraba el hotel, no supo por qué no pudo evitar una sonrisa. Raijin se quedó fuera, esperándola otra vez, a la puerta del edificio, fumándose otro cigarrillo mientras ella hablaba con el recepcionista para conseguir habitación. Una vez le dieron la llave, subió lo más rápido que pudo y, abriendo la puerta de la habitación, lanzó la mochila por doquier y volvió a cerrar. No quería hacerle esperar, pensaba que el chico era capaz de largarse si se impacientaba, así que bajó a todo correr y volvió con él.
Y ahí estaba. Cleven, en el fondo, no lo entendía muy bien. El chico parecía estar sacrificándose para hacerle el favor de enseñarle la zona, y encima con lo borde y antipático que era, ¿por qué se molestaba? ¿Por qué seguía acompañándola en vez de largarse, que era lo que al parecer estaba deseando? Pensó que tal vez Yako lo había hechizado con un conjuro, porque de verdad que no lo entendía. Sin embargo, le dio completamente igual, todavía estaba ahí, y eso era lo que ella quería.
Era nuevo para Cleven conocer a alguien así, la primera vez que conocía a alguien así, y por eso tenía mucha curiosidad por saber más cosas de él. Era tan difícil adivinar en qué pensaba Raijin... Un completo enigma. Aprovecha y no le des más vueltas, se dijo a sí misma, mientras se volvía a abrochar el abrigo y aceleraba la marcha, pues el joven ya se iba calle arriba dejándola atrás otra vez.
Caminaron un largo rato por las calles, por los alrededores del hotel y del Parque Yoyogi. Raijin le mostró, a su silencioso modo, algunos lugares más de interés o de utilidad. Ella procuró fingir que estaba muy atenta tomando nota de eso. Pero se pasó todo el tiempo cavilando, haciéndose preguntas sobre él, creando conjeturas, imaginando misterios o fantasías sobre él.
¿Por qué a ese chico le habían puesto el apodo de “Raijin” sus amigos? Ese era el nombre del Dios del Trueno de la mitología japonesa. No pegaba mucho con él. No tenía pinta de ser letal, cegador y estruendoso. Sólo era un chico callado, impasible y tranquilo, además de tener malas pulgas. También se acordó del apodo de Yako, “Shokubutsu”, que significaba “plantas”. No entendía por qué, pero no le dio importancia.
De repente, cuando subían por una calle llena de pequeños locales de comida, comenzó a oler algo delicioso que le llamó la atención. Corrió calle arriba adelantando a Raijin y se paró a unos metros, en mitad de la calle. La gente que pasaba por ahí la observó con extrañeza al verla olfatear el aire con los ojos cerrados y prestando atención, como un perro. Raijin se detuvo y se la quedó mirando como si fuese un bicho raro. Ese olor...
—¡Oh, sí! —exclamó Cleven, dando una palmada al aire—. ¡Takoyaki, takoyaki! —dijo emocionada y, volviéndose hacia Raijin, se olvidó del respeto del contacto físico y lo cogió de un brazo, y tiró de él—. ¡Vamos, compremos bolitas de pulpo, vamos!
—Acabas de desayunar —susurró con voz áspera, incrédulo.
—¡Da igual! —dijo ella, poniendo todo su empeño por tirar de él, pero no conseguía moverlo ni un milímetro—. ¡Siempre hay espacio para el takoyaki, venga! ¡Yo te invito!
Raijin puso los ojos en blanco y, soltando un suspiro de paciencia, cedió a los tirones de la chica.
—Eres una pelmaza —le dijo con malos humos—. Suéltame.
Cleven obedeció, pero anduvo calle arriba, guiándose por su olfato. Llegaron entonces a una plaza grande abarrotada de gente, lugar de origen del olor a takoyaki. Cleven, con la cara iluminada de alegría, divisó entre la gente, un poco más allá, un puesto ambulante donde un hombre asaba pulpo y preparaba variadas delicias, entre ellas el takoyaki. Corrió a comprar un par de raciones, dejando a su guía atrás, y en pocos segundos ya volvía con él. Le tendió una de las bandejas de plástico, con cuatro takoyaki calentitos y exquisitos. Raijin miró la bandejita, y luego a Cleven, sin decir nada, serio.
—¿Qué pasa? ¿No quieres? —le preguntó Cleven, sorprendida.
—Nunca dije que quisiera.
—¡Ugh! —saltó rabiosa—. ¡Pues vale! ¡Encima que te invito! ¡Me lo comeré yo solita, tú te lo pierdes! —exclamó con enfado, dejando las raciones lejos de su alcance y se lo empezó a comer todo como si hubiese estado semanas sin comer.
Raijin, quieto en el sitio mientras la gente paseaba a sus alrededores, estuvo contemplando inexpresivamente a aquella criatura que engullía el alimento como las serpientes. Cleven ponía cara de gusto cada vez que se metía una bola entera en la boca, estaba disfrutando de una de sus comidas favoritas, por lo que no mostraba señales de educación ni de modales, pese a estar rodeada de gente.
El rubio negó con la cabeza, pensando que ya había visto demasiado y, dando media vuelta, echó a andar de nuevo.
—¡Effpera! —exclamó Cleven al percatarse, tragándose la última bola y corriendo junto a él.
Siguieron andando en completo silencio, adentrándose por una de las muchas calles que partían desde la plaza. Cleven memorizó la plaza para la próxima vez que quisiese comer takoyaki. No tardó en ver que en la calle donde se encontraban estaba la biblioteca pública. Otro sitio importante más al alcance. «¡Vivir en el centro sí que no tiene nada que ver con las afueras!» pensó ilusionada. «No sé por qué a papá se le ocurrió instalarse en las afueras y hacernos vivir ahí, en el barrio más soporífero del mundo donde no hay nada cerca. Ah, sí… ¡porque papá es igual de muermo que nuestro barrio!».
Pensó que, si se quedaba a vivir con su tío Brey, y si este vivía en el centro, salir a dar un simple paseo en plena ciudad ya no sería como hacer un viaje, teniendo que planearlo de antemano, coger el tren temprano, estar un tiempo límite y atenta a la hora para coger el tren de vuelta… Salir por la puerta de casa y estar ya mismo pisando plena ciudad era para ella como un lujo, más que vivir en un chalet enorme en las afueras.
Cleven siempre había sentido afinidad por el bullicio, verse rodeada de cosas, de ruido, luces, gente… mucha gente… Para ella, lejos de verlo como un ambiente agobiante, era más bien un ambiente cargado de vida, una energía que fluía continuamente sin descanso por todas partes, y eso a ella le hacía sentirse como… si estuviera en casa. O en el lugar donde debía estar. Por eso, con razón vivir en el barrio de las afueras, tan silencioso y vacío, había ido drenando gota a gota su propia vida interior.
Trató entonces de imaginar cómo sería su vida viviendo con su tío. Se imaginó a este como un hombre de treinta o cuarenta y tantos años, gordo y con barba. A lo mejor estaba casado y resultaba que Cleven tenía primos. Le entusiasmó aquella idea. ¿Y en qué trabajaría?
Pero lo más importante era preguntarse lo más obvio, si realmente la dejaría vivir con él. Si él tenía mujer e hijos, a lo mejor eso lo haría más complicado. Si estaba soltero, a lo mejor prefería seguir viviendo solo. No obstante, ninguna de estas cuestiones preocupó a Cleven ahora, porque, en cualquiera de los casos y de los escenarios, lo que ella realmente quería en el fondo era conocerlo. Sólo esperaba que su tío fuese una persona agradable y simpática, como su madre. Y que él también se sintiera feliz de conocerla.
Cleven aprovechó que pasaron cerca de una librería y se acordó de comprar la guía telefónica, tal como tenía planeado como una de las posibles formas de localizar a su tío, y la metió en su bolso. En cuanto ella y Raijin hubiesen acabado su “cita”, como ella ilusamente quería llamarlo, empezaría a localizar a su tío desde el hotel.
Sin embargo, no soportaba la idea de separarse de su guía de barrio. En verdad se lo había pasado bien paseando con él por las calles, pese a que Raijin no era nada divertido ni amistoso. Quizá era por la intriga, todo en él la intrigaba. No quería que terminase. Su tío podría esperar. Quería estar con Raijin el mayor tiempo posible.
«—¡Hola, cariño, ya estoy en casa! —exclamó felizmente, quitándose los zapatos en la entrada y aflojándose la corbata.
—¡Hola, amor mío! ¿¡Qué tal hoy en el trabajo que tanto te gusta hacer!? —preguntó ella acercándose a él desde la cocina, danzando, y abrazándole por el cuello lo besó en los labios, levantando levemente un pie del suelo.
—¡Me han ascendido otra vez, Cleven! ¡Soy el mejor médico de Tokio, incluso más que tu hermano! —dijo él, mientras flores, mariposas, arcoíris y plastilina los envolvían por todas partes—. ¡Vamos a ser más ricos, y así tú podrás seguir viviendo a cuerpo de reina sin estudiar ni trabajar! —añadió, dejando su maletín de 600 mil yenes sobre la mesita del vestíbulo.
—¡Estupendo, amor de mi corazón! ¡Enhorabuena, Raijin! —celebró, sonrojándose como una colegiala.
—¡Eso sí, estoy muerto de hambre! —declaró él, llevándose una mano a la frente y poniendo una postura de estar a punto de desmayarse—. ¿Está la cena preparada, mi capullito?
—¡Claro que sí, mi repomponchín! ¡He hecho tu plato favorito porque tengo mucho tiempo libre haciendo lo que me viene en gana! ¡Vamos, luego te daré un masajito en la espalda mientras te tomas tu cervecita y ves el partidito de béisbol! ¡Tenerte contento es la única responsabilidad que quiero tener, ya que carezco de ilusión por todo lo demás en esta vida, algo que sin duda mi padre me ha contagiado!
—¡Gracias, cariño! ¡Qué bien que nos hayamos casado! ¿¡Qué haría yo sin...!?»
—Acelera el paso, pelmaza —dijo aquella áspera, fría y profunda voz que apartó a Cleven de una patada de sus imaginaciones.
Vaya, con lo bien que iban las cosas en sus fantasías, ¡qué felices y absurdas iban las cosas!, planeando su futuro con él de antemano, hasta que el verdadero Raijin tuvo que hablar con ese desprecio e indiferencia.
—Ah, perdona —sonrió ella, arrimándose a él con las mejillas coloradas—. ¿A dónde vamos?
Él no contestó, para variar, y Cleven frunció los labios, molesta. Era tan seco... Se limitó a seguirlo en silencio. Iban recorriendo una larga avenida paralela al Parque Yoyogi. Cleven pensó que Raijin tenía en mente enseñarle los alrededores del hotel donde iba a instalarse, y cayó en la cuenta de que apenas conocía esa zona, por lo que en el fondo resultaba buena idea que alguien le mostrase ese lugar para situarse. Había tenido mucha suerte, después de todo, de que alguien hubiese cedido a guiarla por las calles, porque se vio desorientada. Sus intenciones tenían doble sentido.
Ella ya tenía asumido que iba con ese chico sólo para estar con él, y no para aprenderse las calles, pero al final resultó necesario cumplir con su falso papel de chica nueva y perdida, porque, realmente, de Shibuya solamente conocía la zona del instituto, del centro comercial y el cruce principal junto a la estación, porque eran las zonas más habituales donde los jóvenes hacían sus planes de ocio. Y se acababa de dar cuenta de que Shibuya tenía mucho más que eso. La ciudad entera tenía mucho más que las zonas populares.
Cleven se dio cuenta de esto cuando Raijin la llevó por unas calles más pequeñas, humildes, por las que ella nunca había ido, y mostraban una nueva cara de Tokio que ella desconocía. Gente más normal, que no vestía tan elegante, trajeada o con estilos propios de tribus urbanas; locales, tiendas y restaurantes más modestos, donde el trato del vendedor con el cliente se percibía más cercano, vecinos conversando junto a las puertas de sus viviendas, o en los bancos de pequeños jardines escondidos…
Sintió una calidez repentina. Nunca antes, al menos no en los últimos años, había apreciado tanto estos pequeños detalles de la ciudad y de la gente. Cuando quedaba con Nakuru y con Raven, sólo tenía atención para ellas o para las tiendas a las que iban a comprar o para la rica comida basura que tomaban por ahí. Cuando estaba sola, solía andar mirando al suelo, o al frente, pero sin fijarse en nada en particular, sin prestar atención a la vida que la rodeaba, sin interés por nada…
No supo por qué, esto le provocó una sensación incómoda, en su interior, consigo misma. Se hizo una pregunta por primera vez, a estas alturas de su vida: ¿Qué tipo de persona soy? ¿De verdad me he convertido en alguien tan indiferente con tantas cosas?
¿Qué había cambiado ahora para hacerse este tipo de preguntas, y para tener estas sensaciones nuevas? ¿Haberse ido de casa? Desde luego, eso había roto un trozo muy grande de lo que llevaban siendo siete años de rutina, luto y falta de ilusión u objetivos. Estar ahora ahí, siguiendo a un todavía desconocido que, por muy guapo que fuera, tenía una forma de ser muy extraña que por alguna razón la atraía tanto, cuando lo normal sería que una actitud así espantaría a cualquiera…
Cleven frunció el ceño. Una parte muy profunda de ella, casi imperceptible, sintió que este día había hecho algo mucho más importante que fugarse de casa, conocer a un amable camarero de ojos dorados y engañar a un rubio arisco y callado para tener una especie de cita con él.
—¿No puedes correr un poco, señorita “no-sé-leer-un-simple-mapa-callejero”? —volvió a llamarle la atención Raijin, mientras se llevaba un cigarrillo a los labios y se lo encendía.
Cleven reaccionó, apurada, y se pegó a sus talones. Estaba todo el rato quedándose atrás. Alzó la vista para mirarlo, pero estaba a sus espaldas y no podía verle la cara.
—Oye, ¿por qué tanta prisa? —le preguntó, empezando a cansarse, y lamentó que no estuviese Yako ahí para llevarle amablemente la mochila, que pesaba ya insoportablemente.
—Cuanto antes acabemos, antes podré irme a casa —contestó sin tapujos.
Pero ella no se ofendió. En otras circunstancias, ese comentario le habría sentado mal. Pero es que ahora pesaba en ella una curiosidad tan grande por él, por su actitud, por las cosas que callaba, por sus posibles secretos, por qué tipo de vida tendría… o por qué demonios una persona así podía haber sido el mejor amigo de Yako desde que eran bebés. Todo un misterio. Y Cleven estaba aquí por ese misterio.
—Dime, a esas otras chicas casualmente jóvenes y casualmente nuevas por aquí, ¿también les has hecho este favor? —le preguntó, acelerando el paso hasta ponerse a su lado y mirarle la cara.
—Antes de que pudiese contestarles, ya me habían metido el número de teléfono en el bolsillo de los pantalones —masculló, con la vista fija al frente, dándole una calada a su cigarrillo. Frío...
«Ahí va» pensó Cleven, desviando la mirada, medio sonriendo. «Así que él se ofende con ese tipo de estrategia descarada… Los chicos de mi clase se volverían locos de alegría si una chica les hiciera eso. Vale, Raijin es cuatro años mayor, supongo que será más maduro que los chicos de mi edad, claro. ¿Será que ese tipo de comportamiento de las mujeres lo siente como una falta de respeto? Me ha parecido así, por cómo lo ha dicho. Guau… ¡es tan maduro…!» le brillaron los ojos con más admiración por él, prendada.
«Debo tener cuidado, entonces. Porque eso significa que a sus ojos puedo parecer muy inmadura con facilidad. O muy buscona. ¡O una loca! Será mejor que empiece a tener respeto por sus límites. Parece ser que él valora la distancia física, no le gusta ni ser pulpo ni que sean pulpos con él. Nada de disimuladas caricias en el brazo sin permiso, nada de acercamientos demasiado descarados, amagos de tocarle un hombro o posar una mano en su espalda… al menos por ahora. Nada de quedarme mirándolo fijamente durante dos minutos enteros como una completa chiflada como estoy haciendo ahora mismo, ¡lo voy a espantar! Dile otra cosa, coméntale algo que sea normal y no incómodo».
—Eh… mmm… ¿Te tiñes el pelo?
De repente Cleven se quedó con una mueca torcida. «¿Qué coño le acabo de preguntar? ¿Le acabo de hacer la pregunta más tonta del mundo? ¡Cleven, ¿eres tonta?! ¡Si hasta tiene las cejas rubias, y los vellos de su brazo! ¡Retonta!».
—¿Te lo tiñes tú? —replicó él.
—Claro que no, ¿no es evidente que soy mestiza?
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que yo también?
—¡Oh, claro! Dime. ¿Qué otra nacionalidad tienes, aparte de japonés?
Sin embargo, él no respondió. Tan sólo le dio otra calada a su cigarrillo. Cleven suspiró chafada, por un momento había creído que había logrado empezar una conversación con él que durase más de treinta segundos. Pero de pronto, Raijin se paró en medio de la acera y ella casi se chocó con él. Cleven se dio cuenta de que miraba hacia una dirección, y de que se habían parado justo delante de un supermercado muy grande.
—¡Ah! Ya… —entendió ella—. Sí, vale… el súper principal de la zona… Tomo nota, me será muy útil.
Raijin volvió a emprender la marcha. Cleven se percató de que eso era todo lo que él estaba haciendo; de que ese era el único motivo por el que estaba yendo con ella por las calles. Nada más allá de lo prometido, enseñarle la zona de Shibuya y los lugares importantes para alguien que se iba a independizar.
Esto echó las esperanzas de Cleven bastante por tierra. De verdad él no estaba desarrollando ningún interés en ella, de ningún tipo. Solamente la estaba ayudando a rajatabla en lo que ella le había pedido.
Pero no. No se iba a rendir. ¡Apenas llevaba con él media hora! Era demasiado pronto para darlo por perdido.
Se metieron por uno de los accesos al Parque Yoyogi, tras cruzar el puente de piedra que pasaba sobre las vías de tren de la estación de Harajuku. Después de caminar largo rato entre la envolvente naturaleza del parque y sus frondosos árboles hasta llegar a un área de paseos asfaltados junto a varias fuentes y estanques, Cleven se fijó en una zona de columpios un poco más allá, entre unos setos recortados. Reconoció de entre todos los niños pequeños que allí había a los dos que conoció en el instituto, los mellizos Clover y Daisuke. Sonrió contenta, quería saludarlos, o por lo menos a la niña, que era más agradable que su hermano.
—Oye, espera un poco, ¿vale? —le suplicó a Raijin, cortándole el paso—. Será sólo un momentito.
Y echó a correr, adentrándose en el pequeño parque de columpios, con la mochila dando botes en su espalda. Raijin se quedó ahí plantado, algo sorprendido por lo que acababa de pasar. Siguió a Cleven con la mirada. Abrió más los ojos cuando vio a la joven parándose junto a esos dos niños que estaban trepando por un columpio. Raijin se puso tan nervioso que se apartó del camino de un salto y se escondió tras un árbol. Esperó a que la chica volviese, cruzándose de brazos de mala gana.
—¡Hola, Clover! —le sonrió Cleven a la niña, que se encontraba a su misma altura, en lo alto del columpio.
—¡Ah, señora chica mayor! —exclamó la pequeña, iluminándosele la cara—. ¡Hola!
—¿Qué? ¿Pasando la mañana en el parque? —preguntó alegremente, mirando de reojo a Daisuke, el cual estaba al otro lado del columpio, observándola con cara de pocos amigos.
—¡Sí, estamos jugando al pilla-pilla en el columpio, no podemos pisar el suelo! —le dijo entusiasmada—. ¡Hay serpientes!
—Eso, estamos jugando, así que no molestes, cleptómana —le dijo Daisuke, apareciendo al lado de su hermana.
—Qué rico —murmuró Cleven entre dientes, forzando la sonrisa y revolviéndole el pelo, pero el niño se apartó, molesto—. ¿Estáis con vuestro papá o con vuestra mamá?
Los dos hermanos se miraron un momento, pero Clover le volvió a sonreír.
—Estamos con la señora Agatha —le dijo, señalando a una anciana que había sentada en un banco de más allá, charlando con una mujer, seguramente madre de otro de los muchos niños que allí había—. Es la que nos cuida a veces.
«Ah, será la típica yaya que cuida de los niños pequeños» dedujo Cleven.
—Bueno, me voy, que tengo un poco de prisa —les sonrió de nuevo, contenta de haber vuelto a verlos, o al menos a Clover; podría decirse que se había enamorado de esa niña—. Nos vemos otro día.
—¡Adiós! —se despidió Clover enérgicamente, mientras su hermano sacaba la lengua hacia Cleven con burla.
—Clover, ¿qué es una mamá? —le preguntó entonces Daisuke.
—Así es como llaman los otros niños a esas señoras que los cuidan, en vez de llamarlas por sus nombres.
—¿Tenemos que llamar “mamá” a Agatha entonces?
—No… Creo que solamente se llaman así las mejores amigas de los papás.
—Oh, ¿y por qué nuestro papá no tiene una mejor amiga?
—Mm… —Clover miró a su mellizo con pesar—. Papá tenía una. Pero se murió.
—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Daisuke.
—Porque yo a veces la veo y hablo con ella.
—Ussh, un espíritu —comprendió el niño, sintiendo un escalofrío—. No me digas eso, Clover, me dan mucho miedo los espíritus.
—Ella no te daría ningún miedo —le aseguró su hermana, sonriéndole—. Tienes sus mismos ojos.
—¿De verdad?
Cleven se paró en seco en mitad del camino. Raijin había desaparecido. Pero lo encontró dos segundos después escondido detrás de un árbol, lanzando discretas miradas de vez en cuando a la zona de columpios. Cuando quiso darse cuenta, Raijin vio a Cleven observándolo con una ceja muy arqueada. De repente se enderezó y se puso serio, carraspeando.
—¿Qué? —preguntó ella, confusa.
—Nada —murmuró con desgana, volviendo emprender la marcha.
—Es que a esos dos niños los conocí hace poco en el instituto, porque el edificio del Instituto Tomonari y el del Colegio Tomonari están juntos pero separados por una valla y los vi a través de la valla y tal… —le explicó Cleven, pensando que tal vez Raijin se estaba preguntando qué pasaba con esos mellizos—. La niña se llama Clover, y es encantadora... Ay... y tan mona... El otro era su hermano, y no es que sea un angelito, pero también es tan mono… ¿Nunca los has visto por aquí?
Raijin tardó un poco en contestar.
—Alguna vez —murmuró pasivo—. A veces van a la cafetería de Yako.
«Mm... Tengo que ir más a menudo a la cafetería» decidió la joven. Observó a Raijin, que seguía caminando delante de ella, en silencio, indiferente. Cleven suspiró una vez más y se centró en seguirlo. Estaba ya cansada, cargando con la mochila, pero no quiso hacerlo notar ni que eso fuera motivo de terminar ahí el paseo.
Hacía frío, y el cielo estaba nublado, amenazando con nevar en cualquier momento. Tomó nota de que giraron por un camino de la derecha y siguieron recto. No tardó en asomar a lo lejos, por encima de los árboles y de la verja de hierro que limitaba el parque varios altos edificios, y entre ellos había uno que decía, con letras grandes, Hotel Shibuya Excel Tokyu, su hotel. Cayó entonces en algo.
—Por cierto, ¿cómo puedo llamarte?
—De ninguna forma —contestó el chico secamente.
—Ah —se quedó de piedra—. Ah, muy bien, pues yo tampoco te diré mi nombre.
—Muy bien.
«¡Ough… qué terco es!» pensó rabiosa.
—Te voy a llamar Raijin, igual que hace Yako —declaró, cruzándose de brazos—. ¿Puedo?
—No.
—¡Agh! ¿¡Pero por qué!?
—Porque no.
—¿Y tu verdadero nombre? —insistió, pero recibió silencio e ignorancia como respuesta.
Cleven entornó los ojos con fiereza, decidió no darle más vueltas y fue a lo que iba.
—¿Te importa que vaya un momento al hotel, señor “no-me-toques-ni-me-hables-o-si-no-te-aplasto-con-la-mirada”? Ya que estamos al lado... Y así dejo esta mochila que causa el retraso que tanto te molesta.
—Date prisa.
Cleven soltó un gruñido, pero cuando cruzaron la carretera hacia la acera opuesta, donde se encontraba el hotel, no supo por qué no pudo evitar una sonrisa. Raijin se quedó fuera, esperándola otra vez, a la puerta del edificio, fumándose otro cigarrillo mientras ella hablaba con el recepcionista para conseguir habitación. Una vez le dieron la llave, subió lo más rápido que pudo y, abriendo la puerta de la habitación, lanzó la mochila por doquier y volvió a cerrar. No quería hacerle esperar, pensaba que el chico era capaz de largarse si se impacientaba, así que bajó a todo correr y volvió con él.
Y ahí estaba. Cleven, en el fondo, no lo entendía muy bien. El chico parecía estar sacrificándose para hacerle el favor de enseñarle la zona, y encima con lo borde y antipático que era, ¿por qué se molestaba? ¿Por qué seguía acompañándola en vez de largarse, que era lo que al parecer estaba deseando? Pensó que tal vez Yako lo había hechizado con un conjuro, porque de verdad que no lo entendía. Sin embargo, le dio completamente igual, todavía estaba ahí, y eso era lo que ella quería.
Era nuevo para Cleven conocer a alguien así, la primera vez que conocía a alguien así, y por eso tenía mucha curiosidad por saber más cosas de él. Era tan difícil adivinar en qué pensaba Raijin... Un completo enigma. Aprovecha y no le des más vueltas, se dijo a sí misma, mientras se volvía a abrochar el abrigo y aceleraba la marcha, pues el joven ya se iba calle arriba dejándola atrás otra vez.
Caminaron un largo rato por las calles, por los alrededores del hotel y del Parque Yoyogi. Raijin le mostró, a su silencioso modo, algunos lugares más de interés o de utilidad. Ella procuró fingir que estaba muy atenta tomando nota de eso. Pero se pasó todo el tiempo cavilando, haciéndose preguntas sobre él, creando conjeturas, imaginando misterios o fantasías sobre él.
¿Por qué a ese chico le habían puesto el apodo de “Raijin” sus amigos? Ese era el nombre del Dios del Trueno de la mitología japonesa. No pegaba mucho con él. No tenía pinta de ser letal, cegador y estruendoso. Sólo era un chico callado, impasible y tranquilo, además de tener malas pulgas. También se acordó del apodo de Yako, “Shokubutsu”, que significaba “plantas”. No entendía por qué, pero no le dio importancia.
De repente, cuando subían por una calle llena de pequeños locales de comida, comenzó a oler algo delicioso que le llamó la atención. Corrió calle arriba adelantando a Raijin y se paró a unos metros, en mitad de la calle. La gente que pasaba por ahí la observó con extrañeza al verla olfatear el aire con los ojos cerrados y prestando atención, como un perro. Raijin se detuvo y se la quedó mirando como si fuese un bicho raro. Ese olor...
—¡Oh, sí! —exclamó Cleven, dando una palmada al aire—. ¡Takoyaki, takoyaki! —dijo emocionada y, volviéndose hacia Raijin, se olvidó del respeto del contacto físico y lo cogió de un brazo, y tiró de él—. ¡Vamos, compremos bolitas de pulpo, vamos!
—Acabas de desayunar —susurró con voz áspera, incrédulo.
—¡Da igual! —dijo ella, poniendo todo su empeño por tirar de él, pero no conseguía moverlo ni un milímetro—. ¡Siempre hay espacio para el takoyaki, venga! ¡Yo te invito!
Raijin puso los ojos en blanco y, soltando un suspiro de paciencia, cedió a los tirones de la chica.
—Eres una pelmaza —le dijo con malos humos—. Suéltame.
Cleven obedeció, pero anduvo calle arriba, guiándose por su olfato. Llegaron entonces a una plaza grande abarrotada de gente, lugar de origen del olor a takoyaki. Cleven, con la cara iluminada de alegría, divisó entre la gente, un poco más allá, un puesto ambulante donde un hombre asaba pulpo y preparaba variadas delicias, entre ellas el takoyaki. Corrió a comprar un par de raciones, dejando a su guía atrás, y en pocos segundos ya volvía con él. Le tendió una de las bandejas de plástico, con cuatro takoyaki calentitos y exquisitos. Raijin miró la bandejita, y luego a Cleven, sin decir nada, serio.
—¿Qué pasa? ¿No quieres? —le preguntó Cleven, sorprendida.
—Nunca dije que quisiera.
—¡Ugh! —saltó rabiosa—. ¡Pues vale! ¡Encima que te invito! ¡Me lo comeré yo solita, tú te lo pierdes! —exclamó con enfado, dejando las raciones lejos de su alcance y se lo empezó a comer todo como si hubiese estado semanas sin comer.
Raijin, quieto en el sitio mientras la gente paseaba a sus alrededores, estuvo contemplando inexpresivamente a aquella criatura que engullía el alimento como las serpientes. Cleven ponía cara de gusto cada vez que se metía una bola entera en la boca, estaba disfrutando de una de sus comidas favoritas, por lo que no mostraba señales de educación ni de modales, pese a estar rodeada de gente.
El rubio negó con la cabeza, pensando que ya había visto demasiado y, dando media vuelta, echó a andar de nuevo.
—¡Effpera! —exclamó Cleven al percatarse, tragándose la última bola y corriendo junto a él.
Siguieron andando en completo silencio, adentrándose por una de las muchas calles que partían desde la plaza. Cleven memorizó la plaza para la próxima vez que quisiese comer takoyaki. No tardó en ver que en la calle donde se encontraban estaba la biblioteca pública. Otro sitio importante más al alcance. «¡Vivir en el centro sí que no tiene nada que ver con las afueras!» pensó ilusionada. «No sé por qué a papá se le ocurrió instalarse en las afueras y hacernos vivir ahí, en el barrio más soporífero del mundo donde no hay nada cerca. Ah, sí… ¡porque papá es igual de muermo que nuestro barrio!».
Pensó que, si se quedaba a vivir con su tío Brey, y si este vivía en el centro, salir a dar un simple paseo en plena ciudad ya no sería como hacer un viaje, teniendo que planearlo de antemano, coger el tren temprano, estar un tiempo límite y atenta a la hora para coger el tren de vuelta… Salir por la puerta de casa y estar ya mismo pisando plena ciudad era para ella como un lujo, más que vivir en un chalet enorme en las afueras.
Cleven siempre había sentido afinidad por el bullicio, verse rodeada de cosas, de ruido, luces, gente… mucha gente… Para ella, lejos de verlo como un ambiente agobiante, era más bien un ambiente cargado de vida, una energía que fluía continuamente sin descanso por todas partes, y eso a ella le hacía sentirse como… si estuviera en casa. O en el lugar donde debía estar. Por eso, con razón vivir en el barrio de las afueras, tan silencioso y vacío, había ido drenando gota a gota su propia vida interior.
Trató entonces de imaginar cómo sería su vida viviendo con su tío. Se imaginó a este como un hombre de treinta o cuarenta y tantos años, gordo y con barba. A lo mejor estaba casado y resultaba que Cleven tenía primos. Le entusiasmó aquella idea. ¿Y en qué trabajaría?
Pero lo más importante era preguntarse lo más obvio, si realmente la dejaría vivir con él. Si él tenía mujer e hijos, a lo mejor eso lo haría más complicado. Si estaba soltero, a lo mejor prefería seguir viviendo solo. No obstante, ninguna de estas cuestiones preocupó a Cleven ahora, porque, en cualquiera de los casos y de los escenarios, lo que ella realmente quería en el fondo era conocerlo. Sólo esperaba que su tío fuese una persona agradable y simpática, como su madre. Y que él también se sintiera feliz de conocerla.
Cleven aprovechó que pasaron cerca de una librería y se acordó de comprar la guía telefónica, tal como tenía planeado como una de las posibles formas de localizar a su tío, y la metió en su bolso. En cuanto ella y Raijin hubiesen acabado su “cita”, como ella ilusamente quería llamarlo, empezaría a localizar a su tío desde el hotel.
Sin embargo, no soportaba la idea de separarse de su guía de barrio. En verdad se lo había pasado bien paseando con él por las calles, pese a que Raijin no era nada divertido ni amistoso. Quizá era por la intriga, todo en él la intrigaba. No quería que terminase. Su tío podría esperar. Quería estar con Raijin el mayor tiempo posible.
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