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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









12.
El camarero de ojos dorados

Abrió los ojos poco a poco mientras despertaba, tras un día entero inconsciente. Lo primero que sintió fue estar rodeado del agradable tacto de un calor abrasador. Se dio cuenta de que estaba tumbado sobre un futón, bajo dos gruesas mantas nórdicas, y a ambos lados tenía dos potentes radiadores apuntando hacia él, lo suficientemente separados para no quemar las mantas, pero casi. Un humano ahí en su lugar ya estaría hecho una barbacoa.

Kyo se incorporó hasta sentarse. Se vio que solamente estaba en ropa interior. Encontró el resto de su ropa tendida en una silla en una esquina de la pequeña habitación. Seguramente Xaviero la había puesto a secar durante el día de ayer cerca de los radiadores y, ya seca, la había apartado ahí.

Miró hacia la ventana. Empezaba a amanecer con un día algo nublado. Él también tenía la cabeza un poco nublada aún. No recordaba cómo o cuándo exactamente se quedó dormido o inconsciente. Lo que sí recordaba era haber llegado al menos hasta la casa de Xaviero. Y lo horrible que era sentir el frío y la nieve y la lluvia.

Fue a vestirse, pensando en esto. Hasta hace un año, cuando era humano, el frío, la lluvia o la nieve no solían gustarle, pero no le molestaban ni le afectaban tanto como ahora, de manera física y mental. Cuando uno se convertía en iris y desarrollaba el dominio de una materia natural o elemento, su propio cuerpo sufría transformaciones o cambios, adquiriendo las propias debilidades o fortalezas de su elemento.

Kyo ya no se podía quemar, ni estando envuelto en las llamas más salvajes de un incendio, ni siquiera tocando lava o materiales muy calientes; de hecho, le era vivificante y placentero. En cambio, el agua, especialmente fría, o la nieve o las cosas muy frías, le dolían, le quemaban o le debilitaban. Eso y los lugares con poco oxígeno, como una mina o la cima de una montaña.

Cuando terminó de vestirse, se acordó de repente de lo más importante. De la razón por la que estaba ahí. Sobresaltado, rebuscó en los bolsillos interiores de su parka, y en su mochila… El pergamino no estaba. No podía ser… ¿Cuándo lo había perdido? Juraría que al llegar ante la puerta de la casa de Xaviero lo estaba notando en el bolsillo interior de su abrigo mientras se abrazaba por el frío. ¿Lo había cogido su anfitrión?

Salió de aquella pequeña habitación corriendo. Estaba sin duda en una pequeña casa tradicional japonesa. No era lo que esperaba de alguien tan importante como Xaviero. Bajó las estrechas escaleras y miró por las estancias de la planta baja, hasta encontrar al susodicho en el salón, tranquilamente sentado en un sofá, en camiseta y pantalón de pijama, con los pies descalzos encima, sorbiendo una taza de té, mientras que en la otra mano sostenía una tableta digital muy fina, de la marca Hoteitsuba, en la que estaba revisando unos códigos de programación con sus gafas redondas.

Xaviero alzó la vista al verlo ahí en la puerta del salón y le hizo un leve gesto de saludo. Descifrando su cara preocupada, el hombre le sonrió con calma y alargó una mano al otro lado del reposabrazos, cogiendo de la mesilla que había al lado el pergamino enrollado y mostrándoselo.

Kyo se llevó una mano al pecho, dejando salir un suspiro de alivio, aunque no del todo.

—Magnífica reliquia me has traído, ragazzo. Te lo he estado vigilando.

—¿Lo ha abierto? Le aviso que no es seguro que lo haga…

—Naah, tranquilo. El poder de este pergamino es inútil en manos humanas —lo calmó al notarlo tan nervioso, y le tendió el objeto; Kyo se acercó y lo cogió—. Ya entiendo. Tus compañeros han puesto el pergamino a tu cargo como primera prueba de responsabilidad, como hacen todas las RS con sus novatos. Y por nada en el mundo los quieres defraudar. No te preocupes, sigue intacto, y yo además le tengo un profundo respeto a las obras de Denzel.

El muchacho comprobó que el grueso papel del pergamino no había adquirido más desperfectos. A pesar de que era un papel bastante resistente y grueso, y de color azulado, ya tenía los bordes un poco rotos y decolorados, pues fue hecho hace unos 300 años más o menos. Se cerraba con una anilla plana de metal en su centro con un cierre manual.

El compañero que se lo dio en el instituto el pasado jueves se lo dio con su correspondiente estuche, pero el viernes, durante su huida de sus perseguidores, en un intento de distraerlos, se deshizo del estuche haciéndoles creer que se le había caído. Lo encontraron vacío y reanudaron la persecución, pero al menos eso le dio algo de ventaja a Kyo.

—Señor Massimiliano, siento el inconveniente, he venido para pedirle un favor respecto a… —fue a decirle directamente, apresurado.

—Ssh, sh, sh —lo calló el otro con un gesto suave de la mano—. Primero, a reponer energías. Vamos, siéntate en esa butaca.

Kyo obedeció por educación. El hombre se levantó del sofá y fue a la cocina, ahí al lado, donde ya tenía algo caliente recién preparado en una cazuela, que después, usando manoplas, vertió en una taza. Se la llevó al chico.

—¿Te gusta el café, ragazzo?

—Eh… No mucho.

—Entonces habré acertado —se rio, sentándose de nuevo en el sofá y quitándose las manoplas.

El chico probó a beber de su taza, y el chocolate caliente, que más bien estaba ardiendo, lo que algunos llamarían “magma”, le recorrió por dentro como un trago de vida. Comenzó a sentirse muchísimo mejor. Sí, su anfitrión había acertado con su bebida favorita.

—Supuse que tendrías los mismos gustos que tu abuelo —le aclaró el pelirrojo—. Un delicioso chocolate a 90 grados de temperatura. ¿O eran 92?

—Lo siento —dijo el muchacho, bajando la mirada—. Siento todas las molestias que le estoy causando, señor Massimiliano. Le agradezco mucho toda esta hospitalidad. Se lo compensaré.

—No, no es nada. Aunque ya han pasado años, sigo dispuesto a echar una mano a mis viejos amigos. La familia de Ekaterina y de Neuval es mi familia.

—Bueno… Si se le puede llamar familia… —murmuró el chico con cierta pena, sorbiendo de su taza otra vez.

—Kyosuke, habéis tenido muchas desgracias en la familia, que han llevado a las familias Lao, Vernoux y Saehara a estar separadas en la actualidad. Pero “separadas” no significa “diferentes”, o “inconexas”. Seguís siendo la misma y única familia. ¿Acaso Ekaterina y Neuval han dejado de ser tus tíos?

—Por supuesto que no —respondió de inmediato, y acabó sonriendo—. Es cierto. Las circunstancias actuales jamás cambiarán el lazo que aún nos une a todos desde la distancia.

—Y por eso, yo estoy aquí, encantado de ayudar al sobrino de mi más poderosa y querida discípula.

Kyo, ahora que era un iris, tenía una alta capacidad para captar las emociones ocultas en un gesto, una mueca o un tono de voz, sobre todo en los humanos, por muy adultos que fuesen o por muy calmados que se mostrasen. Pudo notar perfectamente que Xaviero todavía cargaba con una gran pena por la muerte de Katya, a pesar de haber pasado siete años.

Xaviero, aunque aparentaba menos porque era un tipo que se cuidaba mucho, tenía 56 años y era el mejor hacker del mundo. Fue hace más de veinticinco años cuando comenzó a escuchar un nombre cada vez más repetido en la Sfera –la esfera cibernética clandestina fundada por él–, de una chica, de no más de 17 años por aquel entonces, mitad rusa y mitad japonesa: Ekaterina –aunque la mayoría de la gente la llamaba por el diminutivo Katya–, quien no sólo estaba descifrando todos los códigos que él había creado, sino que se estaba atreviendo a modificarlos.

Aquello suponía una blasfemia, un ataque directo contra Xaviero y su imperio de programadores clandestinos, pero fue, precisamente, un acto hecho a propósito por Katya para conseguir llamar la atención de su ídolo y conocerlo en persona. Y funcionó. Desde entonces, Xaviero se convirtió en el principal mentor de Katya, y ella en su mejor discípula.

Siendo muy joven, Katya ya estaba en camino tanto de superarle como de heredar su imperio, y si no hubiera fallecido a los 38 años, ya con esa edad se habría convertido en la reina de la Sfera. Sin un sucesor tan digno como ella, Xaviero aún no había sido capaz de cederle su trono a algún otro de sus mejores discípulos, por lo que, por ahora, él seguía al mando.

Quizá es porque no sólo se trataba del talento, sino también de la confianza. La Sfera era un grupo internacional, pero solamente Xaviero y unos pocos hackers más conocían la existencia de la Asociación y los iris y prestaban su ayuda a esta en secreto. Y era crucial, es decir, de vital importancia para la humanidad, que la Asociación pudiera seguir contando con esta colaboración y que la Sfera siguiera siendo un imperio oculto del mundo cibernético. De hecho, la última actualización de toda la seguridad cibernética que protegía actualmente todo el sistema informático de la Asociación había sido diseñada por Katya, usando la tecnología, por supuesto, de Neuval.

Cuando Kyo era muy pequeño, y por tanto todavía humano, no podía participar en las misiones iris a las que iban su hermano gemelo, Yousuke, y su abuelo, junto al resto de la KRS, pero le gustaba ayudar a distancia, y lo hacía ayudando a la propia Katya, manejando los ordenadores desde su propia casa, dándoles a los iris cobertura en temas de señal de satélite y ese tipo de cosas.

Por eso, Kyo actualmente sabía bastante sobre informática, y desde que murió su tía hace siete años, sus conocimientos aprendidos de ella habían ayudado a la KRS en algunos apuros, a pesar de que la KRS fue decayendo y disminuyendo su actividad desde la tragedia.

—Me he enterado hace poco de tu reciente llegada del Monte Zou, Kyosuke Lao —comentó Xaviero, cruzando las piernas sobre el sofá, mirándolo con interés—. Un año entero en los confines del mundo. Al parecer te ha terminado tocando. Presenciar la peor desgracia que puede presenciar alguien… y convertirte en iris a raíz de eso.

Kyo bajó la mirada de nuevo, apesadumbrado.

—Me enteré cuando sucedió, hace un año —continuó el hombre—. Tu hermano gemelo, Yousuke. Lo lamento de veras, muchacho —concluyó, y acabó de beberse su té—. Pero la Ley del Tiempo diseñada por el dios Kero nos obliga a todos a mirar hacia delante, por lo que ahora, si ya has repuesto energías, cuéntame cuál es la situación que te ha llevado hasta aquí tan hecho polvo y qué quieres de mí.

Kyo volvió a centrarse en su deber y miró fijamente a Xaviero. Cogió el pergamino de su regazo y lo alzó un poco.

—¿Sigue custodiando esa máquina que inventó mi abuelo? ¿La que hace réplicas exactas de cualquier objeto?

Xaviero le sonrió, entendiéndolo perfectamente.


* * * * * *


Nada más bajarse del tren, Cleven cogió el móvil del bolsillo de su abrigo mientras se cubría la cabeza con la capucha, pues empezaban a caer copos de nieve. No tenía ninguna llamada perdida, pero era cuestión de tiempo que recibiera alguna de sus amigas para hacer algún plan como cada domingo.

Eran casi las ocho y ya estaba agotada, le parecía que la mochila había adquirido peso desde que se marchó. Pero era porque aún no había desayunado nada. Al menos, había llegado por fin al distrito de Shinjuku, y solamente le faltaba llegar al distrito siguiente, el de Shibuya. En lugar de coger otro tren, prefirió tomar un autobús esta vez, pues, a diferencia del tren, el bus la dejaría mucho más cerca de donde estaba el hotel aunque tardase un poco más.

No tuvo que esperar mucho en la parada de la calle, su autobús llegó en apenas dos minutos, y subió apresurada, más que nada para encontrar el calor ahí dentro. Al pagar el ticket, echó un vistazo al panorama. No vio ningún asiento libre, y sintió una depresión. No tenía más remedio que permanecer en pie, sujeta al barrote, cargando con su enorme mochila… hasta que vio de reojo que alguien la saludaba con la mano.

Observó, extrañada, a aquel chico que la llamaba desde la parte trasera del transporte, y vio entonces cómo le señaló el asiento vacío que tenía al lado. Cleven sonrió aliviada, y fue allí de inmediato, mirando al chico con agradecimiento, feliz de que siguiese existiendo gente amable en el mundo.

—Muchas gracias —le dijo Cleven, sentándose a su lado y dejando su mochila sobre su regazo.

Y a partir de ahí, se quedó mirando al frente sin parpadear, muy quieta. Y es que algo le había pasado por la mente, una sensación muy fuerte, no sabía de qué. Antes de sentarse, le había echado un rápido vistazo al chico y sintió una aura extraña, tan extraña que estaba intentando procesar qué demonios pasaba. ¿De dónde venía esta calidez tan familiar pero tan desconocida? Tuvo que mirar otra vez al chico para asegurarse, pero lo hizo discreta, de reojo.

No. Estaba segura, no lo conocía de nada, nunca lo había visto antes. Entonces ¿por qué sentía estar sentada al lado de un amigo de toda la vida, o de un conocido muy querido?

«Es porque estoy cansada, y muerta de hambre, sólo eso» se dijo a sí misma. «Me falta mi café de la mañana. Cuando todavía no me lo he tomado, mi mente y mi cuerpo siempre se comportan de forma rara. No le des más vueltas. Solamente es un chico extremadamente atractivo, con una sonrisa que parece tallada por ángeles, y que ha sido amable contigo. Eso no significa que ahora te obsesiones con él, Cleven, ni que tengas que sacarle conversación y molestarlo. ¿Pero por qué siento un impulso tan grande de decirle algo, por qué de repente siento un deseo tan grande de que sea mi amigo? ¿Qué es esa aura tan agradable que me atrae tanto? Oh, Dios mío, ¿tiene los ojos de color amarillo? ¿Es eso normal?».

Sin darse cuenta, Cleven había acabado con la cabeza totalmente girada hacia él y observándolo a los ojos descaradamente absorta y embobada. Perdió la noción del tiempo, y de todo, por unos segundos.

El chico, al descubrir ahí al lado de su hombro esa cara de búho mirándolo fijamente como una demente, simplemente sonrió de nuevo.

—Por favor, no me comas.

Cleven parpadeó de repente, despertando de su trance.

—¡Ah! Eh… —se dio cuenta de cómo lo estaba mirando sin educación alguna y agachó la cabeza rápidamente, roja de vergüenza—. Yo… Perdón.

El chico se rio suavemente y Cleven se encogió más en sí misma, abrazada a su mochilón. Al menos, él no parecía molesto ni enfadado por su descuido. Se lo tomó bien.

Era joven, unos pocos años mayor que ella. Sentado no se apreciaba bien, pero era muy alto y esbelto. Tenía un rostro extrañamente perfecto, de esos en que todo estaba en su debida proporción y posición, y parecía ligeramente aniñado, pero sólo era por su expresión naturalmente risueña y cándida que lo hacía más jovial. Su cabello era negro, brillante, con unas onditas a la altura de las orejas y un poco largo y liso por atrás. Y en efecto, Cleven no lo había confundido, sus ojos eran de un insólito color ámbar claro, que más bien parecían dorados. Vestía con una parka larga verde olivo, y pantalones grises muy estrechos, con zapatillas deportivas planas y cómodas.

—¿De mudanza? —preguntó entonces el chico, risueño.

—¿Eh? Eh… sí —musitó, mirando su mochila—. Algo así.

Decidió no dar más detalles y calmarse, pero un rugido inesperado los sobresaltó a los dos. Cleven notó que le ardían las mejillas. Su estómago ya no podía más e hizo su queja bien sonora. Sin embargo, vio que el chico se rio por ello.

—Te oigo hambrienta. Y agotada. ¿No has desayunado?

—No, la verdad es que no he tenido tiempo… Tendré que ir a alguna cafetería si quiero sobrevivir. Aunque preferiría ahorrarme el dinero.

—Ah, eso no es problema —dijo cruzándose de brazos y recostándose un poco sobre su asiento—. Yo te invito.

—¿¡Eh!? —saltó, mirándolo con apuro—. ¿Qué? ¡No, no tienes por qué…! O sea, tengo dinero más que suficiente, te lo aseguro, es sólo que quería priorizar…

—Insisto.

—Pe… No, no te molestes por mí, seguro que tienes cosas que hacer ahora…

—Sí, he de abrir mi cafetería dentro de… —miró su reloj—… hace cinco minutos —murmuró avergonzado—. Guau. No sé cómo lo hago. Llego tarde otra vez.

—¿Llevas una cafetería?

—Sí, herencia de mi padre. Que en paz descanse —añadió—. Está cerca del Parque Yoyogi. Podrías ir allí a comer algo. Me sentiría halagado, y mi cocinera hace unas tortitas de muerte. Podría decirse que te estoy diciendo esto para atraer a mi primer cliente del día. Hahah… No quiero parecer manipulador, pero debo promocionarme de algún modo. Te invito a tu primera vez. Luego ya, si te ha gustado, puedes venir más veces.

—Oh, pues… —reflexionó con vergüenza, pero sonrió contenta—. Pues sí, no es mala idea. ¿Entonces te ganas la vida llevando una cafetería? —le preguntó interesada—. ¿Qué edad tienes?

—Tengo 21 años, pero no, también estoy en la universidad, estudiando Derecho. ¿Y tú qué?

—Yo voy al instituto, segundo año —respondió; ahora se sentía más cómoda hablando con él—. El Tomonari.

—Oh, sí, yo estudié ahí un tiempo...

Durante un cuarto de hora estuvieron los dos charlando animadamente. Cleven no había conocido nunca a semejante chico. Era increíblemente simpático, amable, sabía escuchar y hablar de muchas cosas pero sin ser nada pedante. No sabía, tenía esa aura tan agradable, un aura que desprendía una inexplicable bondad.

Cómo envidiaba a los universitarios, que podían hacer lo que querían cuando querían. Sí, esa vida que ella ansiaba que llegase ya, pero le quedaban aún un par de años. Al parecer, el chico vivía solo en una casa propia, en otra zona de Shibuya. Cleven había oído que su vida sólo consistía en trabajar en su cafetería, combinándolo con sus clases de la universidad, y pasar el tiempo con sus amigos, todo con calma, con libertad… sin padres pesados controlándolo o diciéndole todo el tiempo qué puede y no puede hacer.

Pero luego recordó que él, en el autobús, había mencionado que su padre había fallecido. Entonces Cleven se sintió algo avergonzada y triste. Que ella tuviera problemas con su padre y que desde el viernes estuviera furiosa con él y no tuviera ganas de verlo en mucho tiempo, no quería decir que envidiara a este chico por tener a su padre fallecido. Cleven ya sabía lo que era perder una madre. Con este tipo de deseos no se jugaba ni se podía bromear. Cleven podía estar muy enfadada y harta de su padre, pero por nada en el mundo deseaba que se muriese.

Caminando un poco por las calles de Shibuya, ya ni se daba cuenta de lo que le dolía el hombro en el que portaba la mochila, pero para su sorpresa, de repente, como si le hubieran leído el pensamiento, el chico se la cogió con una sola mano como si fuera una pluma y se la cargó al hombro. Cleven se apuró de nuevo.

—No —dijo el joven antes de que Cleven abriera la boca—. La llevo yo, así que no quiero oír ni una palabra. ¿Cómo vas a poder desayunar en mi cafetería si llegas con la espalda partida?

«Qué bueno es» pensó Cleven, asegurándose de que se inclinaba lo suficiente ante él para expresarle todo su agradecimiento.

Tras unos minutos más caminando por la acera exterior que bordeaba el gran parque y cruzando después al otro lado de la carretera, metiéndose por una calle más, Cleven iba tan distraída por el hambre que de repente se chocó contra su propia mochila. Se dio cuenta de que el chico se había detenido y que miraba al otro lado de la calle, levantando una mano como saludo hacia tres personas que se encontraban ahí en la acera de enfrente, un hombre, una chica joven y otro muchacho.

—Mira —le dijo el chico a Cleven felizmente—, ahí están mis buenos amig-…

—¡Fíjate quién está aquí! —gritó la chica, de cabello muy corto marrón claro, cruzándose de brazos con enfado—. ¡El dueño de la cafetería nos honra al fin con su presencia!

—¡Veinte minutos de mi tiempo perdidos! —protestó el hombre que estaba junto a ella, robusto, alto y de piel morena—. ¡Aquí congelándome las bol-…!

—¡Chsst! —lo calló la chica, dándole un golpe en el brazo.

—¡Lo llego a saber y me afeito esta mañana! ¡Me habría dado tiempo incluso a pagar mi hipoteca! —refunfuñó el hombretón.

Y entonces, Cleven vio a la tercera persona junto a los otros dos, aguardando con ellos junto a un local con la persiana cerrada. El tercero era un chico menos alto y menos robusto que el otro, quizá bastante más joven, y que miraba hacia otro lado de brazos cruzados y callado. Vestía con pantalones negros muy anchos y con pliegues, metidos en unas botas militares medio atadas; por arriba iba cubierto por una sudadera gris que le quedaba más bien grande y por encima una chaqueta negra, y como llevaba la capucha puesta además de una braga de nieve en el cuello, apenas se le veía la cara. Cleven pensó que debía tener mucho frío, y eso que ni siquiera podían llamarse copos de nieve a lo que estaba cayendo del cielo nublado.

—¡De verdad, es que ya no sé por qué me sorprendo! —seguía reprimiéndole la chica al acompañante de Cleven.

—¡Tienes un serio problema gestionando el tiempo! —corroboraba el otro hombre robusto.

El otro chico tan abrigado no dijo ni una palabra, pero de repente le dirigió al acompañante de Cleven una mirada fulminante que decía más que las quejas de los otros dos compañeros.

Cuando Cleven miró al chico de su lado, confusa, casi se le escapó una carcajada involuntaria al encontrarlo con una cara marcada por la pena y la desolación, como a un niño al que le acababan de revelar que Papá Noel no existía. Era una cara tremendamente graciosa.

—¡Lo siento…! —sollozó el chico de ojos dorados tras cruzar con Cleven la carretera y llegar hasta ellos, lleno de tristeza, mientras sacaba las llaves para abrir la persiana, y Cleven se mantenía ahí entre ellos observando con curiosidad y en silencio—. Pero no te habría venido mal afeitarte un poco… Estás muy peludo… —le espetó al hombre robusto, pero sin dejar de sollozar con exageración—. ¡Chewbacca!

Cleven reprimió otra risa, no quería ser maleducada. Por un momento pensó que su acompañante tenía problemas de verdad con esos amigos suyos, pero vio que eran unas personas bastante peculiares y divertidas. Se dio cuenta de que esos tres, además de sus amigos, eran sus empleados también, porque al abrir la persiana, se metieron dentro del local comenzando inmediatamente a prepararlo todo, bajando las sillas de las mesas, ordenando y demás.

—Pues a mi novia le encanta mi vello corporal —presumió el hombre robusto—. ¡Y también le encanta Chewbacca!

—¡Hasta Chewbacca iba mejor peinado! —exclamó la chica.

—¡Brrwaaaah! —replicó el otro, imitando al personaje en cuestión, y la otra no pudo evitar partirse de risa.

«Parecen buena gente» opinó Cleven, observando desde la puerta a los cuatro moviéndose por el local. Vio que su amigo del autobús le hacía señas desde el interior, junto a una mesa cercana a una ventana, para que fuese hasta él, y Cleven, reaccionando, se apresuró a entrar. Se fijó entonces en las letras doradas pintadas en el ventanal, rezando el nombre del local hacia el exterior.

—Ya-Koffee —murmuró.

—Lo sé, no es muy original —casi rio el chico—. Puedes llamarme Yako.

—Ah... —sonrió—. Puedes llamarme Cleven.

Yako se quedó de pronto muy callado, frunciendo el ceño. Era como si algo se le hubiera pasado por la mente, pero que ni él mismo entendía. Por eso, le restó importancia y enseguida volvió a mostrar su expresión risueña de siempre.

—Qué bonito nombre. Vamos, siéntate, te he dejado la mochila en este asiento junto a esta mesa, ¿te parece bien?

—Sí, claro. Gracias otra vez.

El sitio era grande, y realmente genial. Había muchas mesas y sillas, que eran de una madera algo oscura y bonita, y había otros tipos de asientos acolchados, además de una zona donde las mesas eran más bajitas y alargadas y estaban rodeadas o bien de sofás pequeños, o bien de cojines por el suelo. Entre algunas mesas había finos murillos de piedra que tenían en la parte de arriba cristales oscuros, separándolas unas de otras para dar más intimidad, y decorados con algunas plantas naturales que caían hacia el suelo.

Al entrar en el local, la barra principal se encontraba allá en el lado izquierdo, con una forma un poco curva, y en el otro lado del local había otra barra con unas urnas de cristal en cuyo interior había variados pasteles. Era la sección de pastelería.

Había más plantas decorando el lugar, algunas colgando del techo y de diferentes especies, y eran realmente bonitas. Cleven no podía determinar si eran de plástico o si eran reales, porque cuidar de unas plantas así y mantenerlas con tan buen aspecto era muy costoso, pero un ligero aroma a vegetación fresca le decía que sí, que eran todas de verdad.

De hecho, por un instante le pareció ver algo raro. Había una plantita sobre uno de los muritos de separación que estaba algo mustia, con las hojas alicaídas y más oscuras que las de las otras plantas. En un determinado momento, Yako pasó caminando justo al lado de esa planta mientras charlaba con la otra chica animadamente, y las hojas de aquella planta se volvieron de un tono más claro, se levantaron un poco y adquirieron una textura más fresca.

Fue sutil y ocurrió en unos cuatro segundos, pero Cleven juraría que esa plantita había revivido sola, como por arte de magia.









12.
El camarero de ojos dorados

Abrió los ojos poco a poco mientras despertaba, tras un día entero inconsciente. Lo primero que sintió fue estar rodeado del agradable tacto de un calor abrasador. Se dio cuenta de que estaba tumbado sobre un futón, bajo dos gruesas mantas nórdicas, y a ambos lados tenía dos potentes radiadores apuntando hacia él, lo suficientemente separados para no quemar las mantas, pero casi. Un humano ahí en su lugar ya estaría hecho una barbacoa.

Kyo se incorporó hasta sentarse. Se vio que solamente estaba en ropa interior. Encontró el resto de su ropa tendida en una silla en una esquina de la pequeña habitación. Seguramente Xaviero la había puesto a secar durante el día de ayer cerca de los radiadores y, ya seca, la había apartado ahí.

Miró hacia la ventana. Empezaba a amanecer con un día algo nublado. Él también tenía la cabeza un poco nublada aún. No recordaba cómo o cuándo exactamente se quedó dormido o inconsciente. Lo que sí recordaba era haber llegado al menos hasta la casa de Xaviero. Y lo horrible que era sentir el frío y la nieve y la lluvia.

Fue a vestirse, pensando en esto. Hasta hace un año, cuando era humano, el frío, la lluvia o la nieve no solían gustarle, pero no le molestaban ni le afectaban tanto como ahora, de manera física y mental. Cuando uno se convertía en iris y desarrollaba el dominio de una materia natural o elemento, su propio cuerpo sufría transformaciones o cambios, adquiriendo las propias debilidades o fortalezas de su elemento.

Kyo ya no se podía quemar, ni estando envuelto en las llamas más salvajes de un incendio, ni siquiera tocando lava o materiales muy calientes; de hecho, le era vivificante y placentero. En cambio, el agua, especialmente fría, o la nieve o las cosas muy frías, le dolían, le quemaban o le debilitaban. Eso y los lugares con poco oxígeno, como una mina o la cima de una montaña.

Cuando terminó de vestirse, se acordó de repente de lo más importante. De la razón por la que estaba ahí. Sobresaltado, rebuscó en los bolsillos interiores de su parka, y en su mochila… El pergamino no estaba. No podía ser… ¿Cuándo lo había perdido? Juraría que al llegar ante la puerta de la casa de Xaviero lo estaba notando en el bolsillo interior de su abrigo mientras se abrazaba por el frío. ¿Lo había cogido su anfitrión?

Salió de aquella pequeña habitación corriendo. Estaba sin duda en una pequeña casa tradicional japonesa. No era lo que esperaba de alguien tan importante como Xaviero. Bajó las estrechas escaleras y miró por las estancias de la planta baja, hasta encontrar al susodicho en el salón, tranquilamente sentado en un sofá, en camiseta y pantalón de pijama, con los pies descalzos encima, sorbiendo una taza de té, mientras que en la otra mano sostenía una tableta digital muy fina, de la marca Hoteitsuba, en la que estaba revisando unos códigos de programación con sus gafas redondas.

Xaviero alzó la vista al verlo ahí en la puerta del salón y le hizo un leve gesto de saludo. Descifrando su cara preocupada, el hombre le sonrió con calma y alargó una mano al otro lado del reposabrazos, cogiendo de la mesilla que había al lado el pergamino enrollado y mostrándoselo.

Kyo se llevó una mano al pecho, dejando salir un suspiro de alivio, aunque no del todo.

—Magnífica reliquia me has traído, ragazzo. Te lo he estado vigilando.

—¿Lo ha abierto? Le aviso que no es seguro que lo haga…

—Naah, tranquilo. El poder de este pergamino es inútil en manos humanas —lo calmó al notarlo tan nervioso, y le tendió el objeto; Kyo se acercó y lo cogió—. Ya entiendo. Tus compañeros han puesto el pergamino a tu cargo como primera prueba de responsabilidad, como hacen todas las RS con sus novatos. Y por nada en el mundo los quieres defraudar. No te preocupes, sigue intacto, y yo además le tengo un profundo respeto a las obras de Denzel.

El muchacho comprobó que el grueso papel del pergamino no había adquirido más desperfectos. A pesar de que era un papel bastante resistente y grueso, y de color azulado, ya tenía los bordes un poco rotos y decolorados, pues fue hecho hace unos 300 años más o menos. Se cerraba con una anilla plana de metal en su centro con un cierre manual.

El compañero que se lo dio en el instituto el pasado jueves se lo dio con su correspondiente estuche, pero el viernes, durante su huida de sus perseguidores, en un intento de distraerlos, se deshizo del estuche haciéndoles creer que se le había caído. Lo encontraron vacío y reanudaron la persecución, pero al menos eso le dio algo de ventaja a Kyo.

—Señor Massimiliano, siento el inconveniente, he venido para pedirle un favor respecto a… —fue a decirle directamente, apresurado.

—Ssh, sh, sh —lo calló el otro con un gesto suave de la mano—. Primero, a reponer energías. Vamos, siéntate en esa butaca.

Kyo obedeció por educación. El hombre se levantó del sofá y fue a la cocina, ahí al lado, donde ya tenía algo caliente recién preparado en una cazuela, que después, usando manoplas, vertió en una taza. Se la llevó al chico.

—¿Te gusta el café, ragazzo?

—Eh… No mucho.

—Entonces habré acertado —se rio, sentándose de nuevo en el sofá y quitándose las manoplas.

El chico probó a beber de su taza, y el chocolate caliente, que más bien estaba ardiendo, lo que algunos llamarían “magma”, le recorrió por dentro como un trago de vida. Comenzó a sentirse muchísimo mejor. Sí, su anfitrión había acertado con su bebida favorita.

—Supuse que tendrías los mismos gustos que tu abuelo —le aclaró el pelirrojo—. Un delicioso chocolate a 90 grados de temperatura. ¿O eran 92?

—Lo siento —dijo el muchacho, bajando la mirada—. Siento todas las molestias que le estoy causando, señor Massimiliano. Le agradezco mucho toda esta hospitalidad. Se lo compensaré.

—No, no es nada. Aunque ya han pasado años, sigo dispuesto a echar una mano a mis viejos amigos. La familia de Ekaterina y de Neuval es mi familia.

—Bueno… Si se le puede llamar familia… —murmuró el chico con cierta pena, sorbiendo de su taza otra vez.

—Kyosuke, habéis tenido muchas desgracias en la familia, que han llevado a las familias Lao, Vernoux y Saehara a estar separadas en la actualidad. Pero “separadas” no significa “diferentes”, o “inconexas”. Seguís siendo la misma y única familia. ¿Acaso Ekaterina y Neuval han dejado de ser tus tíos?

—Por supuesto que no —respondió de inmediato, y acabó sonriendo—. Es cierto. Las circunstancias actuales jamás cambiarán el lazo que aún nos une a todos desde la distancia.

—Y por eso, yo estoy aquí, encantado de ayudar al sobrino de mi más poderosa y querida discípula.

Kyo, ahora que era un iris, tenía una alta capacidad para captar las emociones ocultas en un gesto, una mueca o un tono de voz, sobre todo en los humanos, por muy adultos que fuesen o por muy calmados que se mostrasen. Pudo notar perfectamente que Xaviero todavía cargaba con una gran pena por la muerte de Katya, a pesar de haber pasado siete años.

Xaviero, aunque aparentaba menos porque era un tipo que se cuidaba mucho, tenía 56 años y era el mejor hacker del mundo. Fue hace más de veinticinco años cuando comenzó a escuchar un nombre cada vez más repetido en la Sfera –la esfera cibernética clandestina fundada por él–, de una chica, de no más de 17 años por aquel entonces, mitad rusa y mitad japonesa: Ekaterina –aunque la mayoría de la gente la llamaba por el diminutivo Katya–, quien no sólo estaba descifrando todos los códigos que él había creado, sino que se estaba atreviendo a modificarlos.

Aquello suponía una blasfemia, un ataque directo contra Xaviero y su imperio de programadores clandestinos, pero fue, precisamente, un acto hecho a propósito por Katya para conseguir llamar la atención de su ídolo y conocerlo en persona. Y funcionó. Desde entonces, Xaviero se convirtió en el principal mentor de Katya, y ella en su mejor discípula.

Siendo muy joven, Katya ya estaba en camino tanto de superarle como de heredar su imperio, y si no hubiera fallecido a los 38 años, ya con esa edad se habría convertido en la reina de la Sfera. Sin un sucesor tan digno como ella, Xaviero aún no había sido capaz de cederle su trono a algún otro de sus mejores discípulos, por lo que, por ahora, él seguía al mando.

Quizá es porque no sólo se trataba del talento, sino también de la confianza. La Sfera era un grupo internacional, pero solamente Xaviero y unos pocos hackers más conocían la existencia de la Asociación y los iris y prestaban su ayuda a esta en secreto. Y era crucial, es decir, de vital importancia para la humanidad, que la Asociación pudiera seguir contando con esta colaboración y que la Sfera siguiera siendo un imperio oculto del mundo cibernético. De hecho, la última actualización de toda la seguridad cibernética que protegía actualmente todo el sistema informático de la Asociación había sido diseñada por Katya, usando la tecnología, por supuesto, de Neuval.

Cuando Kyo era muy pequeño, y por tanto todavía humano, no podía participar en las misiones iris a las que iban su hermano gemelo, Yousuke, y su abuelo, junto al resto de la KRS, pero le gustaba ayudar a distancia, y lo hacía ayudando a la propia Katya, manejando los ordenadores desde su propia casa, dándoles a los iris cobertura en temas de señal de satélite y ese tipo de cosas.

Por eso, Kyo actualmente sabía bastante sobre informática, y desde que murió su tía hace siete años, sus conocimientos aprendidos de ella habían ayudado a la KRS en algunos apuros, a pesar de que la KRS fue decayendo y disminuyendo su actividad desde la tragedia.

—Me he enterado hace poco de tu reciente llegada del Monte Zou, Kyosuke Lao —comentó Xaviero, cruzando las piernas sobre el sofá, mirándolo con interés—. Un año entero en los confines del mundo. Al parecer te ha terminado tocando. Presenciar la peor desgracia que puede presenciar alguien… y convertirte en iris a raíz de eso.

Kyo bajó la mirada de nuevo, apesadumbrado.

—Me enteré cuando sucedió, hace un año —continuó el hombre—. Tu hermano gemelo, Yousuke. Lo lamento de veras, muchacho —concluyó, y acabó de beberse su té—. Pero la Ley del Tiempo diseñada por el dios Kero nos obliga a todos a mirar hacia delante, por lo que ahora, si ya has repuesto energías, cuéntame cuál es la situación que te ha llevado hasta aquí tan hecho polvo y qué quieres de mí.

Kyo volvió a centrarse en su deber y miró fijamente a Xaviero. Cogió el pergamino de su regazo y lo alzó un poco.

—¿Sigue custodiando esa máquina que inventó mi abuelo? ¿La que hace réplicas exactas de cualquier objeto?

Xaviero le sonrió, entendiéndolo perfectamente.


* * * * * *


Nada más bajarse del tren, Cleven cogió el móvil del bolsillo de su abrigo mientras se cubría la cabeza con la capucha, pues empezaban a caer copos de nieve. No tenía ninguna llamada perdida, pero era cuestión de tiempo que recibiera alguna de sus amigas para hacer algún plan como cada domingo.

Eran casi las ocho y ya estaba agotada, le parecía que la mochila había adquirido peso desde que se marchó. Pero era porque aún no había desayunado nada. Al menos, había llegado por fin al distrito de Shinjuku, y solamente le faltaba llegar al distrito siguiente, el de Shibuya. En lugar de coger otro tren, prefirió tomar un autobús esta vez, pues, a diferencia del tren, el bus la dejaría mucho más cerca de donde estaba el hotel aunque tardase un poco más.

No tuvo que esperar mucho en la parada de la calle, su autobús llegó en apenas dos minutos, y subió apresurada, más que nada para encontrar el calor ahí dentro. Al pagar el ticket, echó un vistazo al panorama. No vio ningún asiento libre, y sintió una depresión. No tenía más remedio que permanecer en pie, sujeta al barrote, cargando con su enorme mochila… hasta que vio de reojo que alguien la saludaba con la mano.

Observó, extrañada, a aquel chico que la llamaba desde la parte trasera del transporte, y vio entonces cómo le señaló el asiento vacío que tenía al lado. Cleven sonrió aliviada, y fue allí de inmediato, mirando al chico con agradecimiento, feliz de que siguiese existiendo gente amable en el mundo.

—Muchas gracias —le dijo Cleven, sentándose a su lado y dejando su mochila sobre su regazo.

Y a partir de ahí, se quedó mirando al frente sin parpadear, muy quieta. Y es que algo le había pasado por la mente, una sensación muy fuerte, no sabía de qué. Antes de sentarse, le había echado un rápido vistazo al chico y sintió una aura extraña, tan extraña que estaba intentando procesar qué demonios pasaba. ¿De dónde venía esta calidez tan familiar pero tan desconocida? Tuvo que mirar otra vez al chico para asegurarse, pero lo hizo discreta, de reojo.

No. Estaba segura, no lo conocía de nada, nunca lo había visto antes. Entonces ¿por qué sentía estar sentada al lado de un amigo de toda la vida, o de un conocido muy querido?

«Es porque estoy cansada, y muerta de hambre, sólo eso» se dijo a sí misma. «Me falta mi café de la mañana. Cuando todavía no me lo he tomado, mi mente y mi cuerpo siempre se comportan de forma rara. No le des más vueltas. Solamente es un chico extremadamente atractivo, con una sonrisa que parece tallada por ángeles, y que ha sido amable contigo. Eso no significa que ahora te obsesiones con él, Cleven, ni que tengas que sacarle conversación y molestarlo. ¿Pero por qué siento un impulso tan grande de decirle algo, por qué de repente siento un deseo tan grande de que sea mi amigo? ¿Qué es esa aura tan agradable que me atrae tanto? Oh, Dios mío, ¿tiene los ojos de color amarillo? ¿Es eso normal?».

Sin darse cuenta, Cleven había acabado con la cabeza totalmente girada hacia él y observándolo a los ojos descaradamente absorta y embobada. Perdió la noción del tiempo, y de todo, por unos segundos.

El chico, al descubrir ahí al lado de su hombro esa cara de búho mirándolo fijamente como una demente, simplemente sonrió de nuevo.

—Por favor, no me comas.

Cleven parpadeó de repente, despertando de su trance.

—¡Ah! Eh… —se dio cuenta de cómo lo estaba mirando sin educación alguna y agachó la cabeza rápidamente, roja de vergüenza—. Yo… Perdón.

El chico se rio suavemente y Cleven se encogió más en sí misma, abrazada a su mochilón. Al menos, él no parecía molesto ni enfadado por su descuido. Se lo tomó bien.

Era joven, unos pocos años mayor que ella. Sentado no se apreciaba bien, pero era muy alto y esbelto. Tenía un rostro extrañamente perfecto, de esos en que todo estaba en su debida proporción y posición, y parecía ligeramente aniñado, pero sólo era por su expresión naturalmente risueña y cándida que lo hacía más jovial. Su cabello era negro, brillante, con unas onditas a la altura de las orejas y un poco largo y liso por atrás. Y en efecto, Cleven no lo había confundido, sus ojos eran de un insólito color ámbar claro, que más bien parecían dorados. Vestía con una parka larga verde olivo, y pantalones grises muy estrechos, con zapatillas deportivas planas y cómodas.

—¿De mudanza? —preguntó entonces el chico, risueño.

—¿Eh? Eh… sí —musitó, mirando su mochila—. Algo así.

Decidió no dar más detalles y calmarse, pero un rugido inesperado los sobresaltó a los dos. Cleven notó que le ardían las mejillas. Su estómago ya no podía más e hizo su queja bien sonora. Sin embargo, vio que el chico se rio por ello.

—Te oigo hambrienta. Y agotada. ¿No has desayunado?

—No, la verdad es que no he tenido tiempo… Tendré que ir a alguna cafetería si quiero sobrevivir. Aunque preferiría ahorrarme el dinero.

—Ah, eso no es problema —dijo cruzándose de brazos y recostándose un poco sobre su asiento—. Yo te invito.

—¿¡Eh!? —saltó, mirándolo con apuro—. ¿Qué? ¡No, no tienes por qué…! O sea, tengo dinero más que suficiente, te lo aseguro, es sólo que quería priorizar…

—Insisto.

—Pe… No, no te molestes por mí, seguro que tienes cosas que hacer ahora…

—Sí, he de abrir mi cafetería dentro de… —miró su reloj—… hace cinco minutos —murmuró avergonzado—. Guau. No sé cómo lo hago. Llego tarde otra vez.

—¿Llevas una cafetería?

—Sí, herencia de mi padre. Que en paz descanse —añadió—. Está cerca del Parque Yoyogi. Podrías ir allí a comer algo. Me sentiría halagado, y mi cocinera hace unas tortitas de muerte. Podría decirse que te estoy diciendo esto para atraer a mi primer cliente del día. Hahah… No quiero parecer manipulador, pero debo promocionarme de algún modo. Te invito a tu primera vez. Luego ya, si te ha gustado, puedes venir más veces.

—Oh, pues… —reflexionó con vergüenza, pero sonrió contenta—. Pues sí, no es mala idea. ¿Entonces te ganas la vida llevando una cafetería? —le preguntó interesada—. ¿Qué edad tienes?

—Tengo 21 años, pero no, también estoy en la universidad, estudiando Derecho. ¿Y tú qué?

—Yo voy al instituto, segundo año —respondió; ahora se sentía más cómoda hablando con él—. El Tomonari.

—Oh, sí, yo estudié ahí un tiempo...

Durante un cuarto de hora estuvieron los dos charlando animadamente. Cleven no había conocido nunca a semejante chico. Era increíblemente simpático, amable, sabía escuchar y hablar de muchas cosas pero sin ser nada pedante. No sabía, tenía esa aura tan agradable, un aura que desprendía una inexplicable bondad.

Cómo envidiaba a los universitarios, que podían hacer lo que querían cuando querían. Sí, esa vida que ella ansiaba que llegase ya, pero le quedaban aún un par de años. Al parecer, el chico vivía solo en una casa propia, en otra zona de Shibuya. Cleven había oído que su vida sólo consistía en trabajar en su cafetería, combinándolo con sus clases de la universidad, y pasar el tiempo con sus amigos, todo con calma, con libertad… sin padres pesados controlándolo o diciéndole todo el tiempo qué puede y no puede hacer.

Pero luego recordó que él, en el autobús, había mencionado que su padre había fallecido. Entonces Cleven se sintió algo avergonzada y triste. Que ella tuviera problemas con su padre y que desde el viernes estuviera furiosa con él y no tuviera ganas de verlo en mucho tiempo, no quería decir que envidiara a este chico por tener a su padre fallecido. Cleven ya sabía lo que era perder una madre. Con este tipo de deseos no se jugaba ni se podía bromear. Cleven podía estar muy enfadada y harta de su padre, pero por nada en el mundo deseaba que se muriese.

Caminando un poco por las calles de Shibuya, ya ni se daba cuenta de lo que le dolía el hombro en el que portaba la mochila, pero para su sorpresa, de repente, como si le hubieran leído el pensamiento, el chico se la cogió con una sola mano como si fuera una pluma y se la cargó al hombro. Cleven se apuró de nuevo.

—No —dijo el joven antes de que Cleven abriera la boca—. La llevo yo, así que no quiero oír ni una palabra. ¿Cómo vas a poder desayunar en mi cafetería si llegas con la espalda partida?

«Qué bueno es» pensó Cleven, asegurándose de que se inclinaba lo suficiente ante él para expresarle todo su agradecimiento.

Tras unos minutos más caminando por la acera exterior que bordeaba el gran parque y cruzando después al otro lado de la carretera, metiéndose por una calle más, Cleven iba tan distraída por el hambre que de repente se chocó contra su propia mochila. Se dio cuenta de que el chico se había detenido y que miraba al otro lado de la calle, levantando una mano como saludo hacia tres personas que se encontraban ahí en la acera de enfrente, un hombre, una chica joven y otro muchacho.

—Mira —le dijo el chico a Cleven felizmente—, ahí están mis buenos amig-…

—¡Fíjate quién está aquí! —gritó la chica, de cabello muy corto marrón claro, cruzándose de brazos con enfado—. ¡El dueño de la cafetería nos honra al fin con su presencia!

—¡Veinte minutos de mi tiempo perdidos! —protestó el hombre que estaba junto a ella, robusto, alto y de piel morena—. ¡Aquí congelándome las bol-…!

—¡Chsst! —lo calló la chica, dándole un golpe en el brazo.

—¡Lo llego a saber y me afeito esta mañana! ¡Me habría dado tiempo incluso a pagar mi hipoteca! —refunfuñó el hombretón.

Y entonces, Cleven vio a la tercera persona junto a los otros dos, aguardando con ellos junto a un local con la persiana cerrada. El tercero era un chico menos alto y menos robusto que el otro, quizá bastante más joven, y que miraba hacia otro lado de brazos cruzados y callado. Vestía con pantalones negros muy anchos y con pliegues, metidos en unas botas militares medio atadas; por arriba iba cubierto por una sudadera gris que le quedaba más bien grande y por encima una chaqueta negra, y como llevaba la capucha puesta además de una braga de nieve en el cuello, apenas se le veía la cara. Cleven pensó que debía tener mucho frío, y eso que ni siquiera podían llamarse copos de nieve a lo que estaba cayendo del cielo nublado.

—¡De verdad, es que ya no sé por qué me sorprendo! —seguía reprimiéndole la chica al acompañante de Cleven.

—¡Tienes un serio problema gestionando el tiempo! —corroboraba el otro hombre robusto.

El otro chico tan abrigado no dijo ni una palabra, pero de repente le dirigió al acompañante de Cleven una mirada fulminante que decía más que las quejas de los otros dos compañeros.

Cuando Cleven miró al chico de su lado, confusa, casi se le escapó una carcajada involuntaria al encontrarlo con una cara marcada por la pena y la desolación, como a un niño al que le acababan de revelar que Papá Noel no existía. Era una cara tremendamente graciosa.

—¡Lo siento…! —sollozó el chico de ojos dorados tras cruzar con Cleven la carretera y llegar hasta ellos, lleno de tristeza, mientras sacaba las llaves para abrir la persiana, y Cleven se mantenía ahí entre ellos observando con curiosidad y en silencio—. Pero no te habría venido mal afeitarte un poco… Estás muy peludo… —le espetó al hombre robusto, pero sin dejar de sollozar con exageración—. ¡Chewbacca!

Cleven reprimió otra risa, no quería ser maleducada. Por un momento pensó que su acompañante tenía problemas de verdad con esos amigos suyos, pero vio que eran unas personas bastante peculiares y divertidas. Se dio cuenta de que esos tres, además de sus amigos, eran sus empleados también, porque al abrir la persiana, se metieron dentro del local comenzando inmediatamente a prepararlo todo, bajando las sillas de las mesas, ordenando y demás.

—Pues a mi novia le encanta mi vello corporal —presumió el hombre robusto—. ¡Y también le encanta Chewbacca!

—¡Hasta Chewbacca iba mejor peinado! —exclamó la chica.

—¡Brrwaaaah! —replicó el otro, imitando al personaje en cuestión, y la otra no pudo evitar partirse de risa.

«Parecen buena gente» opinó Cleven, observando desde la puerta a los cuatro moviéndose por el local. Vio que su amigo del autobús le hacía señas desde el interior, junto a una mesa cercana a una ventana, para que fuese hasta él, y Cleven, reaccionando, se apresuró a entrar. Se fijó entonces en las letras doradas pintadas en el ventanal, rezando el nombre del local hacia el exterior.

—Ya-Koffee —murmuró.

—Lo sé, no es muy original —casi rio el chico—. Puedes llamarme Yako.

—Ah... —sonrió—. Puedes llamarme Cleven.

Yako se quedó de pronto muy callado, frunciendo el ceño. Era como si algo se le hubiera pasado por la mente, pero que ni él mismo entendía. Por eso, le restó importancia y enseguida volvió a mostrar su expresión risueña de siempre.

—Qué bonito nombre. Vamos, siéntate, te he dejado la mochila en este asiento junto a esta mesa, ¿te parece bien?

—Sí, claro. Gracias otra vez.

El sitio era grande, y realmente genial. Había muchas mesas y sillas, que eran de una madera algo oscura y bonita, y había otros tipos de asientos acolchados, además de una zona donde las mesas eran más bajitas y alargadas y estaban rodeadas o bien de sofás pequeños, o bien de cojines por el suelo. Entre algunas mesas había finos murillos de piedra que tenían en la parte de arriba cristales oscuros, separándolas unas de otras para dar más intimidad, y decorados con algunas plantas naturales que caían hacia el suelo.

Al entrar en el local, la barra principal se encontraba allá en el lado izquierdo, con una forma un poco curva, y en el otro lado del local había otra barra con unas urnas de cristal en cuyo interior había variados pasteles. Era la sección de pastelería.

Había más plantas decorando el lugar, algunas colgando del techo y de diferentes especies, y eran realmente bonitas. Cleven no podía determinar si eran de plástico o si eran reales, porque cuidar de unas plantas así y mantenerlas con tan buen aspecto era muy costoso, pero un ligero aroma a vegetación fresca le decía que sí, que eran todas de verdad.

De hecho, por un instante le pareció ver algo raro. Había una plantita sobre uno de los muritos de separación que estaba algo mustia, con las hojas alicaídas y más oscuras que las de las otras plantas. En un determinado momento, Yako pasó caminando justo al lado de esa planta mientras charlaba con la otra chica animadamente, y las hojas de aquella planta se volvieron de un tono más claro, se levantaron un poco y adquirieron una textura más fresca.

Fue sutil y ocurrió en unos cuatro segundos, pero Cleven juraría que esa plantita había revivido sola, como por arte de magia.





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