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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









6.
Preguntas sin respuesta

Cleven se dio un buen susto cuando se miró al espejo a la mañana siguiente. Ella tenía naturalmente un pelo muy voluminoso, abundante, con grandes ondulaciones y corto hasta los hombros, y ahora parecía una cara rodeada de un puñado de algas rojas.

Era como si hubiese metido los dedos en el enchufe. No lo entendía. Cierto era que muchas veces soñaba cosas como que corría, saltaba, hacía piruetas… Casi siempre soñaba que iba a una entrega de premios para actores de cine, ya sean los Óscar en Hollywood, los César en París, en todos lados. E iba luchando y corriendo entre una batalla campal de fans armada con pistolas, abriéndose paso y sujetando una libreta y un bolígrafo entre los dientes, hasta que hacía el salto del león cavernario sobre cualquier actor guapo que viese. Se aferraba a él y le amenazaba con las armas para que le firmase el mejor autógrafo con dedicatoria que pudiera imaginar.

Lo que Cleven no sabía es que con estos sueños daba gritos o hablaba mientras dormía, y que su padre se levantaba de su cama, alarmado, corriendo a ver qué estaba pasando. Y cuando descubría que ella simplemente estaba soñando, se quedaba un rato mirándola, perturbado, preguntándose a veces si debería llamar a algún cura. Después, Neuval se volvía a su cuarto, pero ya no podía pegar ojo.

—Hoti, pon mi lista 2 de música —dijo Cleven cuando entró en el cuarto de baño y se puso frente al espejo para lavarse los dientes. Empezó a cepillarse, pero no sonó ninguna música—. Hoti, mi lista 2 de música —repitió, con espuma en la boca, pero tras unos segundos, no hubo respuesta—. ¿Hoti? —tocó varias veces una zona del espejo, a un lado, que tenía otro tipo de superficie digitalizada, pero no ocurrió nada.

Extrañada, Cleven terminó de lavarse los dientes. Mientras se peinaba, se preguntó por qué casi siempre soñaba con esas cosas. No hacía falta que fuese una entrega de premios o un concierto, la mayoría de las veces se encontraba en algún tipo de batalla campal, armada, y mostrando una agilidad que ella se sorprendía de sí misma. Siempre armada, siempre corriendo, siempre hacia un objetivo.

Pese a ser un sueño, normal o estrafalario, a ella le resultaba una escena y una sensación muy familiar. Pero no sabía de qué. En esos sueños sentía que hacía cosas que conocía, cosas que ella sabía hacer en realidad; cosas que alguna vez formaron parte de ella. No lo entendía, porque ella, que supiera, jamás había cogido un arma y, sin embargo, en el sueño sabía manejarlas, incluso clasificarlas, desmontarlas y montarlas.

Justo cuando salió del cuarto de baño al pasillo, se chocó con lo que ella creyó una roca, pero al alzar la vista, cambió de idea al pensar que sus mañanas eran malas. Era su padre, que justo pasaba por el pasillo. Se quedó ahí parado tras chocar con ella, pero su cara era de auténtico zombie. Normalmente, Neuval no era persona hasta que no se tomaba su taza de té con azúcar –aunque, más bien, era su taza de azúcar con té–. Pero ahora mismo lucía de lo más agotado y desorientado, más que nunca en años.

A pesar de sus ojeras y cara de atontamiento, él ya estaba aseado, arreglado e impecable, como siempre, con su cabello castaño claro bien peinado, barba perfilada, traje gris elegante con corbata de seda azul y desprendiendo esa imagen de millonario acomodado.

Cleven lamentó descubrir que al parecer estaban los dos solos. Hoy Hana se había ido más temprano a trabajar y Yenkis también al colegio. Se dio cuenta de que él estaba ahí parado porque estaba esperando a que ella se moviese primero. Ella lo hizo, se fue hacia su cuarto sin decir nada, para ir a coger su mochila. Por su parte, Neuval se dirigió a bajar las escaleras. Una vez más, evitó mirar el conjunto de fotografías que colgaban de la pared junto a las escaleras. En algunas de ellas, aparecía Katya, la madre de Cleven. En otras, aparecía su hermano mayor, Lex. Y otras habían sido descolgadas y habían dejado un hueco vacío, para esconder viejos secretos.

Cuando Cleven bajó y se metió en la cocina para desayunar, nada más cruzar la puerta volvió a chocarse con su padre, que justo iba a salir, con su cara adormilada. Pero llevaba su té en una mano, y con el choque, la taza se le cayó. Sin embargo, en los dos segundos en que Cleven cerró los ojos, tanto la taza como el líquido del té fueron empujados de nuevo hacia arriba por un golpe de viento y la taza regresó intacta a la mano de Neuval con su té dentro.

—¡Ay! —protestó Cleven con susto, apartándose de él—. Qué silencioso eres, caray… —refunfuñó.

Neuval cerró los ojos y dejó salir por la nariz un largo suspiro de paciencia. Esperó a que ella volviera a quitarse del medio y se fue a sentar en la mesa del comedor con su té.

Cleven se dio cuenta de que su padre estaba distinto hoy. No solía estar tan callado, ni ignorarla tanto. Tampoco era como si tuviera un problema con ella. Más bien, era como si estuviera más cansado que nunca, y no tenía ganas ni de abrir la boca, sólo para sorber su té.

—Hoti, mi capuchino —dijo Cleven en la cocina, mientras sacaba unas galletas de un armario. No obstante, una vez más, miró hacia la moderna cafetera tecnológica sobre una de las encimeras, y esta no le hizo ni caso—. Hoti, ¿me preparas mi capuchino habitual, por favor? —probó a preguntarlo más educadamente, mirando hacia el techo, pero la cafetera seguía apagada—. Hoti, dos tostadas —lo intentó de nuevo, pero la moderna tostadora, con su propio dispensador de pan, no hizo nada—. Hoti, peux-tu préparer mon cappuccino? —hizo un último intento, hablando en francés, pensando que quizá había cambiado su configuración a ese idioma.

Cleven ya estaba mosqueada, y refunfuñando más, se puso a prepararse su capuchino y sus tostadas manualmente. Cuando se fue al comedor y se sentó con su desayuno, miró a su padre.

—¿Se puede saber qué le pasa a Hoti? ¿Se ha roto o qué? ¡No me hace ningún caso!

Neuval se tomó su tiempo para dar un calmado sorbo a su taza de té, el cual tenía 13 cucharadas de azúcar y estaba algo pastoso.

—Hoti no te entiende.

—¿Cómo que no me entiende? Le he hablado claramente. En japonés y francés.

—Hoti se ha vuelto angloparlante.

—¿¡Qué dices!? —se horrorizó Cleven—. Papá, ¡no! ¿Le has cambiado el idioma a inglés? ¿¡Por qué!?

—Si quieres los cómodos servicios de mi inteligencia artificial, tendrás que pedírselos en inglés. Así lo practicas. Y dejas de suspender esta materia.

—¿¡Qué!? ¡Pero…! —brincó disgustada, y se restregó las manos por la cara con exasperación—. No es justo, ya hablo dos idiomas perfectamente, ¿por qué tengo que aprender un tercero?

—Tú elegiste el Inglés como materia opcional hace un año, a cambio de la de Matemáticas Avanzadas.

—¡Pero…!

—Si eliges algo, atente a las consecuencias y hazte responsable. No más quejas, o vuelvo a cambiar el idioma.

—¡Pero papá…!

—Hoti —pronunció Neuval—. Krpaya, nepalí bhasa parivartana garnuhos.

“Bhasa parivartana bha'eko cha” —contestó una voz femenina a su alrededor.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Cleven, confusa.

—Nepalí.

—¿¡Ahora le has cambiado el idioma a nepalí!? —se horrorizó, pero frunció el ceño un momento—. Espera, ¿tú sabes hablar nepalí? —preguntó sorprendida, pero sacudió la cabeza y volvió al tema—. Papá, no seas así, ¡no tengo ni idea de nepalí! ¡No me quites a Hoti!

—¿Quieres que vuelva a ponerla en inglés?

—¡Sí! ¡Digo…! ¡No! Agh… —resopló agotada—. ¿Por qué tienes que ser siempre tan fastidioso?

—Es como si me acabaras de leer la mente —sorbió su té de nuevo con calma.

Cleven se quedó muda ante esa respuesta. Su padre siempre era muy perspicaz hablando. Las discusiones con él eran como desafiar al sol, intentando mirarlo durante más de cinco segundos sin parpadear. O sea, imposible.

—¿Por qué Hoti le ha hecho caso a tu orden en nepalí si estaba configurada para entender órdenes en inglés? —masculló Cleven, poniéndose a comer su desayuno con desgana.

—A mí me obedece siempre. Es la única de mis creaciones que lo hace, al parecer.

—Ah, así que eso es lo que te gustaría, ¿no?, que yo también sea una máquina a tus órdenes.

—Así tendríamos algo en común —replicó Neuval—. Ya que yo soy tu máquina de dinero, de comida, de ropa, de lujos, de viajes… de una vida llena de comodidades.

Cleven se hartó. Se levantó de su silla y fue a llevar su plato a la cocina.

—Es por esto que nunca hablamos de nada —le espetó ella desde la cocina—. En ningún mundo sería posible tener algo en común contigo. Quizá lo único es haber tenido una vida acomodada, porque seguro que tú has vivido rodeado de lujo desde que naciste, todo era fácil y perfecto a tu alrededor.

Neuval estaba de espaldas, en su silla, pero la escuchaba en silencio, mirando a la pared de enfrente con ojos vacíos, desgastados, carentes ya de fuerzas. No podía culpar a Cleven por creer que su vida había sido un camino de rosas, cuando en realidad había sido un infierno.

Era culpa de él mismo por no contarle nada, por ocultárselo todo. Por haberle borrado la memoria.

Normal que Cleven no hubiera tenido más remedio que figurarse por sí misma qué clase de persona era su padre, de dónde venía y qué tipo de vida había llevado, basándose en lo poco que ella podía observar de él. Para Cleven, su padre era un hombre que no tenía hermanos, que quizá tenía padres y que, de ser así, debían de seguir viviendo en París, en la mansión de lujo donde probablemente su padre se había criado. Un hijo único, de una familia adinerada, que se mudó al extranjero para estudiar y para trabajar y para tener éxito, que se casó con una japonesa, que tuvo tres hijos con ella, y que eso era todo para él. Su importantísima y millonaria empresa, y una familia con hijos que debían ser perfectos, ejemplares, disciplinados, controlados.

Cleven se preguntaba por qué su padre nunca había tenido una mínima decencia de hablarles a ella y a sus hermanos sobre sus abuelos paternos. ¿Estaban vivos acaso? ¿De verdad seguirían viviendo en París? ¿Por qué no había contacto alguno con ellos? Nada. Cleven jamás había oído de su padre una sola palabra sobre su familia de origen. O sobre su pasado.

Otra cosa que Cleven había especulado a base de observación es que su padre era un poco miedica. Si iba por la calle y había cerca algún maleante o algún delincuente causando problemas, él se ponía nervioso, se cambiaba de acera, se alejaba. Cleven pensaba que debía de horrorizarle la idea de que alguien le robase su caro reloj, o su billetera, o le hiciera un rasguño a su elegante traje. Y esto le daba una mezcla entre lástima y vergüenza.

Sólo era un triste viudo. Aburrido, amargado, distante… distante como ahora, cuando su hija intentaba decirle algo, hablarle, conectar con él por una vez. Neuval no lo hacía aposta, él era alguien que siempre había tenido oído para todos, siempre. Pero la depresión lo hacía cada vez más difícil.

Ella seguía hablando. Sin dejar de mirar la pared, sin parpadear siquiera, Neuval se bebió su último trago de té casi sin darse cuenta.

—Si esta es tu forma de machacarme por lo que te dije ayer sobre mamá y Hana —apareció Cleven junto a la mesa del comedor, recogiendo su mochila para marcharse—, iba a disculparme por ello. Pero ya no importa.

De repente su padre la miró fijamente. Se levantó de la silla, y Cleven se estremeció un poco. Su mirada era tan severa que el aire del comedor se volvió extrañamente frío. Sus ojos lo hacían más escalofriante aún, pues eran de un gris tan claro que parecían casi blancos.

—No paras de decir cosas desagradables sobre Hana. Una persona que no ha hecho más que ayudarnos. Que lleva tres años intentando acercarse a ti, llevarse bien contigo, y mostrando el más ejemplar de los respetos por tu madre… ¿Y dices que no importa?

Cleven apretó los labios con rabia. No se atrevió a replicarle en ese momento. Pero Neuval tenía que lidiar con el inevitable hecho de que ella había heredado su misma implacable tozudez.

—¿Por qué tú sí puedes hablar mal de mi novio y yo no de Hana? Él no te ha hecho nada, ¡ni lo conoces!

—Haz lo que quieras con ese chico —se hartó Neuval, volviendo a sentarse en la silla y mirando a la pared de enfrente—. Luego no digas que no te lo advertí.

Cleven dio media vuelta, enfadada, y se dirigió a la puerta de la entrada para marcharse. Después de ponerse los zapatos y abrir la puerta, giró la cabeza y miró a su padre una vez más.

—¿Por qué eres así? —le preguntó con voz rabiosa y afligida.

Tras eso, la joven cerró la puerta y se marchó.

Neuval se quedó solo, en la mesa del comedor. Seguía mirando a la pared. No tenía muebles ni cuadros, era una pared vacía. Quizá por eso no podía dejar de mirarla. Era como mirar su propio interior. Tomó un sorbo de su taza, pero recordó que ya se había terminado el té hace un rato. «¿Por qué eres así?» se le repitió esa pregunta en su cabeza. Cleven no le había hecho ninguna pregunta que él no se hubiese dicho a sí mismo millones de veces durante toda su vida. Recordó las últimas palabras que el viejo Lao le dijo anoche.

Todo se estaba volviendo insoportablemente pesado. Lo sentía en los hombros. Una tonelada más al final de cada semana, cada mes, cada año que pasaba.

—Katya…

Pronunció ese nombre en voz alta sin querer. A veces la llamaba por accidente. Lo hacía cuando más perdido se sentía. Pero, una vez más, sólo obtuvo silencio.


* * * * * *


—... esto ocurrió entre los años 1802 y 1804. Y entonces, el emperador envió a sus tropas como refuerzo para el ejército de Kowloon después de haber recibido la noticia gracias a los mensajeros que colaboraron de Hong Kong —explicaba Denzel, gesticulando con las manos, de pie tras su mesa, y todos los ojos de sus alumnos apuntaban hacia él sin pestañear—. Todo estaba previsto, preparado, los enemigos iban a adentrarse por el noroeste tras sus victorias en los pequeños pueblos a los pies del Himalaya. Llegarían en tres días, y todo el ejército de Kowloon estaba preparado junto con las tropas del emperador.

»Sin embargo, lo que no sabían era que los enemigos habían preparado una trampa, una emboscada repentina. Cuando se estaban encargando de los pueblecitos del Himalaya, habían mandado a la mitad a que se adelantase y llegar al puerto de Shalan, pasando desapercibidos ante los ojos de cualquier espía enemigo. ¿Qué pasó? Pues que todos habían calculado, tras enterarse dos días después de la victoria de los enemigos en el Himalaya, que llegarían a Kowloon en tres días, sin ser conscientes de que varias de sus tropas se habían adelantado para entrar por el noreste en barco y ya estaban ahí, esperando a que llegasen sus compañeros y atacar desde los dos lados, acorralando toda la ciudad sin dejar escapatoria.

—Con esa estrategia seguro que ganaron y arrasaron Kowloon, qué bestias —rio un chico.

—No, qué va —sonrió Denzel, mirándole mientras se recolocaba las gafas de sol sobre la nariz—. Hubo un espía guerrero de las tropas del emperador que no subestimó a esos bárbaros, y se aventuró a aprovechar el último día que quedaba antes de la batalla que se acercaba para echar un vistazo a las fronteras de la ciudad. Pilló a las tropas del noreste tan tranquilos preparándose para la batalla...

—Un momento —interrumpió Raven, confusa, dejando de pintarse las uñas a escondidas—. ¿Cómo pudo ese espía recorrer todas las fronteras de Kowloon en un solo día?

—Mm, creo que eso ya es un misterio —rio el profesor.

—¿Y no le descubrieron? —preguntó otra alumna, incrédula.

—Esta historia me resulta familiar —susurró un chico de ojos azules y pelos de loco a Nakuru, que se sentaba a su lado.

—Ssh... —le mandó callar ella.

—No —contestó Denzel—. Ese espía era muy bueno en su trabajo. Informó a sus aliados a tiempo para que preparasen las tropas hacia el noreste, para sorprender a los enemigos que estaban allí como estos iban a hacer con ellos antes. Los bárbaros perdieron la batalla, a finales del siglo XVIII. Y los altos rangos del ejército aprendieron la lección de la subestimación —concluyó.

—Bueno, ¿y cómo se llamaba ese espía tan espléndido? —quiso saber el chico con pelos de loco que se sentaba junto a Nakuru, interesado, y los demás volvieron la vista hacia el profesor, atentos.

Denzel carraspeó un poco, rascándose la nuca, dubitativo.

—Creo que... No lo recuerdo.

En ese momento sonó el timbre indicando el final de la clase, y Denzel recogió sus cosas aprisa para llegar a tiempo a su siguiente clase. Los alumnos comenzaron a hablar entre ellos de sus cosas, como siempre hacían en los cambios de clase.

—Qué mentiroso es Denzel —rio el chico de los pelos de loco con ganas, dirigiéndose a Nakuru—, vaya morro que tiene.

—¿A qué te refieres, Drasik? —suspiró Nakuru mientras metía su libro en la cajonera.

—¿Que no recuerda el nombre de ese espía guerrero? —dijo este, sonriendo con sarcasmo—. Está clarísimo, te apuesto lo que quieras a que ese espía era él, y no dice el nombre para no delatarse. En el año 1802, Denzel ya estaba viviendo en China. Y lo de recorrer todo Kowloon en un día no es ningún misterio, conociéndole... Hmpf, de verdad, no me acostumbro a ver a Denzel trabajando de profesor de instituto, es como ver a Da Vinci dando clases en una guardería…

—¡Ssh! —saltó Nakuru, nerviosa, clavándole la mirada—. Que te puede oír alguien.

—¡Si está todo el mundo hablando! —rio Drasik.

—Da igual, no hables de eso delante de tanta gente. Acabarás siendo tú el que delate el origen de Denzel —le reprochó—. Al empezar el curso, nos pidió máxima discreción, ya lo sabes.

—Vale, vale, no te pongas así.

Cleven se levantó de su sitio, pasando entre sus compañeros, y se dirigió hacia Nakuru. Drasik, medio tumbado en su silla y cruzado de brazos, inclinó la cabeza al notar la presencia de Cleven al lado y se la quedó mirando analizadoramente, con una sonrisilla pícara.

—Nakuru, quedamos en el recreo en la zona de los bancos —le informó Cleven, mirando de reojo a ese chico que no le quitaba la vista de encima—. Como tienes reunión con los del periódico, nos encontrarás a Raven y a mí allí.

—Vale —asintió Nakuru.

Cleven fue a marcharse, pero al ver que Drasik seguía mirándola, no fue capaz de moverse, la estaba poniendo nerviosa, y le lanzó una chispa que llevaba escrito “¿Qué estás mirando, capullo?”.

—Hola, princesa —le sonrió el chico, vacilón—. ¿Qué haces luego?

—Lanzar dardos, dagas y escupitajos a una diana con tu foto —le soltó con tanto desprecio que las palabras se clavaron en el alma del muchacho, odiaba que la llamaran con ese tipo de apelativos femeninos.

Cleven dio media vuelta y se alejó de ellos, mientras Drasik soltaba un silbido parecido a que se hace al chupar un limón.

—Qué fiera... —sonrió con interés.

—Olvídate, Drasik, tiene novio y no lo iba a dejar por alguien como tú —le espetó Nakuru con paciencia.

—No puedo creer que no me haya fijado en ella en todos estos años —dijo, ignorando a Nakuru con descaro, buscando con la mirada a Cleven de nuevo—. Siempre ha estado en tu clase, ¿no? Qué bien que me hayan puesto este año en la misma que vosotras.

—Sí, genial —asintió Nakuru con sarcasmo.

—¿Es tu mejor amiga? ¿Cómo se llama?

Nakuru se lo pensó tres veces antes de responder.

—Cleventine.

—¿Y su apellido? —se extrañó, esta vez mirando a Nakuru, pero esta se mordió los labios y miró hacia otro lado, no podía contestarle—. Cleventine... —murmuró Drasik, pensativo—. Me suena mucho, ¿no la conoceré de algo?

—¡No! —saltó Nakuru de pronto, nerviosa, sobresaltando a Drasik considerablemente, y consciente de la reacción que había tenido se esforzó por mantenerse en calma—. No... No la conoces de nada.

—Nakuru, ¿qué te pasa? —preguntó frunciendo el ceño—. Parece que me ocultas algo.

—No, no te oculto nada, tío, olvídalo.

Drasik fue a decir algo, pero en ese momento entró el siguiente profesor y mandó orden de inmediato. El muchacho contempló a Nakuru por un momento, confuso y serio, sospechando que realmente esa chica, a la que conocía desde la infancia, le intentaba ocultar algo importante relacionado con la tal Cleventine.









6.
Preguntas sin respuesta

Cleven se dio un buen susto cuando se miró al espejo a la mañana siguiente. Ella tenía naturalmente un pelo muy voluminoso, abundante, con grandes ondulaciones y corto hasta los hombros, y ahora parecía una cara rodeada de un puñado de algas rojas.

Era como si hubiese metido los dedos en el enchufe. No lo entendía. Cierto era que muchas veces soñaba cosas como que corría, saltaba, hacía piruetas… Casi siempre soñaba que iba a una entrega de premios para actores de cine, ya sean los Óscar en Hollywood, los César en París, en todos lados. E iba luchando y corriendo entre una batalla campal de fans armada con pistolas, abriéndose paso y sujetando una libreta y un bolígrafo entre los dientes, hasta que hacía el salto del león cavernario sobre cualquier actor guapo que viese. Se aferraba a él y le amenazaba con las armas para que le firmase el mejor autógrafo con dedicatoria que pudiera imaginar.

Lo que Cleven no sabía es que con estos sueños daba gritos o hablaba mientras dormía, y que su padre se levantaba de su cama, alarmado, corriendo a ver qué estaba pasando. Y cuando descubría que ella simplemente estaba soñando, se quedaba un rato mirándola, perturbado, preguntándose a veces si debería llamar a algún cura. Después, Neuval se volvía a su cuarto, pero ya no podía pegar ojo.

—Hoti, pon mi lista 2 de música —dijo Cleven cuando entró en el cuarto de baño y se puso frente al espejo para lavarse los dientes. Empezó a cepillarse, pero no sonó ninguna música—. Hoti, mi lista 2 de música —repitió, con espuma en la boca, pero tras unos segundos, no hubo respuesta—. ¿Hoti? —tocó varias veces una zona del espejo, a un lado, que tenía otro tipo de superficie digitalizada, pero no ocurrió nada.

Extrañada, Cleven terminó de lavarse los dientes. Mientras se peinaba, se preguntó por qué casi siempre soñaba con esas cosas. No hacía falta que fuese una entrega de premios o un concierto, la mayoría de las veces se encontraba en algún tipo de batalla campal, armada, y mostrando una agilidad que ella se sorprendía de sí misma. Siempre armada, siempre corriendo, siempre hacia un objetivo.

Pese a ser un sueño, normal o estrafalario, a ella le resultaba una escena y una sensación muy familiar. Pero no sabía de qué. En esos sueños sentía que hacía cosas que conocía, cosas que ella sabía hacer en realidad; cosas que alguna vez formaron parte de ella. No lo entendía, porque ella, que supiera, jamás había cogido un arma y, sin embargo, en el sueño sabía manejarlas, incluso clasificarlas, desmontarlas y montarlas.

Justo cuando salió del cuarto de baño al pasillo, se chocó con lo que ella creyó una roca, pero al alzar la vista, cambió de idea al pensar que sus mañanas eran malas. Era su padre, que justo pasaba por el pasillo. Se quedó ahí parado tras chocar con ella, pero su cara era de auténtico zombie. Normalmente, Neuval no era persona hasta que no se tomaba su taza de té con azúcar –aunque, más bien, era su taza de azúcar con té–. Pero ahora mismo lucía de lo más agotado y desorientado, más que nunca en años.

A pesar de sus ojeras y cara de atontamiento, él ya estaba aseado, arreglado e impecable, como siempre, con su cabello castaño claro bien peinado, barba perfilada, traje gris elegante con corbata de seda azul y desprendiendo esa imagen de millonario acomodado.

Cleven lamentó descubrir que al parecer estaban los dos solos. Hoy Hana se había ido más temprano a trabajar y Yenkis también al colegio. Se dio cuenta de que él estaba ahí parado porque estaba esperando a que ella se moviese primero. Ella lo hizo, se fue hacia su cuarto sin decir nada, para ir a coger su mochila. Por su parte, Neuval se dirigió a bajar las escaleras. Una vez más, evitó mirar el conjunto de fotografías que colgaban de la pared junto a las escaleras. En algunas de ellas, aparecía Katya, la madre de Cleven. En otras, aparecía su hermano mayor, Lex. Y otras habían sido descolgadas y habían dejado un hueco vacío, para esconder viejos secretos.

Cuando Cleven bajó y se metió en la cocina para desayunar, nada más cruzar la puerta volvió a chocarse con su padre, que justo iba a salir, con su cara adormilada. Pero llevaba su té en una mano, y con el choque, la taza se le cayó. Sin embargo, en los dos segundos en que Cleven cerró los ojos, tanto la taza como el líquido del té fueron empujados de nuevo hacia arriba por un golpe de viento y la taza regresó intacta a la mano de Neuval con su té dentro.

—¡Ay! —protestó Cleven con susto, apartándose de él—. Qué silencioso eres, caray… —refunfuñó.

Neuval cerró los ojos y dejó salir por la nariz un largo suspiro de paciencia. Esperó a que ella volviera a quitarse del medio y se fue a sentar en la mesa del comedor con su té.

Cleven se dio cuenta de que su padre estaba distinto hoy. No solía estar tan callado, ni ignorarla tanto. Tampoco era como si tuviera un problema con ella. Más bien, era como si estuviera más cansado que nunca, y no tenía ganas ni de abrir la boca, sólo para sorber su té.

—Hoti, mi capuchino —dijo Cleven en la cocina, mientras sacaba unas galletas de un armario. No obstante, una vez más, miró hacia la moderna cafetera tecnológica sobre una de las encimeras, y esta no le hizo ni caso—. Hoti, ¿me preparas mi capuchino habitual, por favor? —probó a preguntarlo más educadamente, mirando hacia el techo, pero la cafetera seguía apagada—. Hoti, dos tostadas —lo intentó de nuevo, pero la moderna tostadora, con su propio dispensador de pan, no hizo nada—. Hoti, peux-tu préparer mon cappuccino? —hizo un último intento, hablando en francés, pensando que quizá había cambiado su configuración a ese idioma.

Cleven ya estaba mosqueada, y refunfuñando más, se puso a prepararse su capuchino y sus tostadas manualmente. Cuando se fue al comedor y se sentó con su desayuno, miró a su padre.

—¿Se puede saber qué le pasa a Hoti? ¿Se ha roto o qué? ¡No me hace ningún caso!

Neuval se tomó su tiempo para dar un calmado sorbo a su taza de té, el cual tenía 13 cucharadas de azúcar y estaba algo pastoso.

—Hoti no te entiende.

—¿Cómo que no me entiende? Le he hablado claramente. En japonés y francés.

—Hoti se ha vuelto angloparlante.

—¿¡Qué dices!? —se horrorizó Cleven—. Papá, ¡no! ¿Le has cambiado el idioma a inglés? ¿¡Por qué!?

—Si quieres los cómodos servicios de mi inteligencia artificial, tendrás que pedírselos en inglés. Así lo practicas. Y dejas de suspender esta materia.

—¿¡Qué!? ¡Pero…! —brincó disgustada, y se restregó las manos por la cara con exasperación—. No es justo, ya hablo dos idiomas perfectamente, ¿por qué tengo que aprender un tercero?

—Tú elegiste el Inglés como materia opcional hace un año, a cambio de la de Matemáticas Avanzadas.

—¡Pero…!

—Si eliges algo, atente a las consecuencias y hazte responsable. No más quejas, o vuelvo a cambiar el idioma.

—¡Pero papá…!

—Hoti —pronunció Neuval—. Krpaya, nepalí bhasa parivartana garnuhos.

“Bhasa parivartana bha'eko cha” —contestó una voz femenina a su alrededor.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Cleven, confusa.

—Nepalí.

—¿¡Ahora le has cambiado el idioma a nepalí!? —se horrorizó, pero frunció el ceño un momento—. Espera, ¿tú sabes hablar nepalí? —preguntó sorprendida, pero sacudió la cabeza y volvió al tema—. Papá, no seas así, ¡no tengo ni idea de nepalí! ¡No me quites a Hoti!

—¿Quieres que vuelva a ponerla en inglés?

—¡Sí! ¡Digo…! ¡No! Agh… —resopló agotada—. ¿Por qué tienes que ser siempre tan fastidioso?

—Es como si me acabaras de leer la mente —sorbió su té de nuevo con calma.

Cleven se quedó muda ante esa respuesta. Su padre siempre era muy perspicaz hablando. Las discusiones con él eran como desafiar al sol, intentando mirarlo durante más de cinco segundos sin parpadear. O sea, imposible.

—¿Por qué Hoti le ha hecho caso a tu orden en nepalí si estaba configurada para entender órdenes en inglés? —masculló Cleven, poniéndose a comer su desayuno con desgana.

—A mí me obedece siempre. Es la única de mis creaciones que lo hace, al parecer.

—Ah, así que eso es lo que te gustaría, ¿no?, que yo también sea una máquina a tus órdenes.

—Así tendríamos algo en común —replicó Neuval—. Ya que yo soy tu máquina de dinero, de comida, de ropa, de lujos, de viajes… de una vida llena de comodidades.

Cleven se hartó. Se levantó de su silla y fue a llevar su plato a la cocina.

—Es por esto que nunca hablamos de nada —le espetó ella desde la cocina—. En ningún mundo sería posible tener algo en común contigo. Quizá lo único es haber tenido una vida acomodada, porque seguro que tú has vivido rodeado de lujo desde que naciste, todo era fácil y perfecto a tu alrededor.

Neuval estaba de espaldas, en su silla, pero la escuchaba en silencio, mirando a la pared de enfrente con ojos vacíos, desgastados, carentes ya de fuerzas. No podía culpar a Cleven por creer que su vida había sido un camino de rosas, cuando en realidad había sido un infierno.

Era culpa de él mismo por no contarle nada, por ocultárselo todo. Por haberle borrado la memoria.

Normal que Cleven no hubiera tenido más remedio que figurarse por sí misma qué clase de persona era su padre, de dónde venía y qué tipo de vida había llevado, basándose en lo poco que ella podía observar de él. Para Cleven, su padre era un hombre que no tenía hermanos, que quizá tenía padres y que, de ser así, debían de seguir viviendo en París, en la mansión de lujo donde probablemente su padre se había criado. Un hijo único, de una familia adinerada, que se mudó al extranjero para estudiar y para trabajar y para tener éxito, que se casó con una japonesa, que tuvo tres hijos con ella, y que eso era todo para él. Su importantísima y millonaria empresa, y una familia con hijos que debían ser perfectos, ejemplares, disciplinados, controlados.

Cleven se preguntaba por qué su padre nunca había tenido una mínima decencia de hablarles a ella y a sus hermanos sobre sus abuelos paternos. ¿Estaban vivos acaso? ¿De verdad seguirían viviendo en París? ¿Por qué no había contacto alguno con ellos? Nada. Cleven jamás había oído de su padre una sola palabra sobre su familia de origen. O sobre su pasado.

Otra cosa que Cleven había especulado a base de observación es que su padre era un poco miedica. Si iba por la calle y había cerca algún maleante o algún delincuente causando problemas, él se ponía nervioso, se cambiaba de acera, se alejaba. Cleven pensaba que debía de horrorizarle la idea de que alguien le robase su caro reloj, o su billetera, o le hiciera un rasguño a su elegante traje. Y esto le daba una mezcla entre lástima y vergüenza.

Sólo era un triste viudo. Aburrido, amargado, distante… distante como ahora, cuando su hija intentaba decirle algo, hablarle, conectar con él por una vez. Neuval no lo hacía aposta, él era alguien que siempre había tenido oído para todos, siempre. Pero la depresión lo hacía cada vez más difícil.

Ella seguía hablando. Sin dejar de mirar la pared, sin parpadear siquiera, Neuval se bebió su último trago de té casi sin darse cuenta.

—Si esta es tu forma de machacarme por lo que te dije ayer sobre mamá y Hana —apareció Cleven junto a la mesa del comedor, recogiendo su mochila para marcharse—, iba a disculparme por ello. Pero ya no importa.

De repente su padre la miró fijamente. Se levantó de la silla, y Cleven se estremeció un poco. Su mirada era tan severa que el aire del comedor se volvió extrañamente frío. Sus ojos lo hacían más escalofriante aún, pues eran de un gris tan claro que parecían casi blancos.

—No paras de decir cosas desagradables sobre Hana. Una persona que no ha hecho más que ayudarnos. Que lleva tres años intentando acercarse a ti, llevarse bien contigo, y mostrando el más ejemplar de los respetos por tu madre… ¿Y dices que no importa?

Cleven apretó los labios con rabia. No se atrevió a replicarle en ese momento. Pero Neuval tenía que lidiar con el inevitable hecho de que ella había heredado su misma implacable tozudez.

—¿Por qué tú sí puedes hablar mal de mi novio y yo no de Hana? Él no te ha hecho nada, ¡ni lo conoces!

—Haz lo que quieras con ese chico —se hartó Neuval, volviendo a sentarse en la silla y mirando a la pared de enfrente—. Luego no digas que no te lo advertí.

Cleven dio media vuelta, enfadada, y se dirigió a la puerta de la entrada para marcharse. Después de ponerse los zapatos y abrir la puerta, giró la cabeza y miró a su padre una vez más.

—¿Por qué eres así? —le preguntó con voz rabiosa y afligida.

Tras eso, la joven cerró la puerta y se marchó.

Neuval se quedó solo, en la mesa del comedor. Seguía mirando a la pared. No tenía muebles ni cuadros, era una pared vacía. Quizá por eso no podía dejar de mirarla. Era como mirar su propio interior. Tomó un sorbo de su taza, pero recordó que ya se había terminado el té hace un rato. «¿Por qué eres así?» se le repitió esa pregunta en su cabeza. Cleven no le había hecho ninguna pregunta que él no se hubiese dicho a sí mismo millones de veces durante toda su vida. Recordó las últimas palabras que el viejo Lao le dijo anoche.

Todo se estaba volviendo insoportablemente pesado. Lo sentía en los hombros. Una tonelada más al final de cada semana, cada mes, cada año que pasaba.

—Katya…

Pronunció ese nombre en voz alta sin querer. A veces la llamaba por accidente. Lo hacía cuando más perdido se sentía. Pero, una vez más, sólo obtuvo silencio.


* * * * * *


—... esto ocurrió entre los años 1802 y 1804. Y entonces, el emperador envió a sus tropas como refuerzo para el ejército de Kowloon después de haber recibido la noticia gracias a los mensajeros que colaboraron de Hong Kong —explicaba Denzel, gesticulando con las manos, de pie tras su mesa, y todos los ojos de sus alumnos apuntaban hacia él sin pestañear—. Todo estaba previsto, preparado, los enemigos iban a adentrarse por el noroeste tras sus victorias en los pequeños pueblos a los pies del Himalaya. Llegarían en tres días, y todo el ejército de Kowloon estaba preparado junto con las tropas del emperador.

»Sin embargo, lo que no sabían era que los enemigos habían preparado una trampa, una emboscada repentina. Cuando se estaban encargando de los pueblecitos del Himalaya, habían mandado a la mitad a que se adelantase y llegar al puerto de Shalan, pasando desapercibidos ante los ojos de cualquier espía enemigo. ¿Qué pasó? Pues que todos habían calculado, tras enterarse dos días después de la victoria de los enemigos en el Himalaya, que llegarían a Kowloon en tres días, sin ser conscientes de que varias de sus tropas se habían adelantado para entrar por el noreste en barco y ya estaban ahí, esperando a que llegasen sus compañeros y atacar desde los dos lados, acorralando toda la ciudad sin dejar escapatoria.

—Con esa estrategia seguro que ganaron y arrasaron Kowloon, qué bestias —rio un chico.

—No, qué va —sonrió Denzel, mirándole mientras se recolocaba las gafas de sol sobre la nariz—. Hubo un espía guerrero de las tropas del emperador que no subestimó a esos bárbaros, y se aventuró a aprovechar el último día que quedaba antes de la batalla que se acercaba para echar un vistazo a las fronteras de la ciudad. Pilló a las tropas del noreste tan tranquilos preparándose para la batalla...

—Un momento —interrumpió Raven, confusa, dejando de pintarse las uñas a escondidas—. ¿Cómo pudo ese espía recorrer todas las fronteras de Kowloon en un solo día?

—Mm, creo que eso ya es un misterio —rio el profesor.

—¿Y no le descubrieron? —preguntó otra alumna, incrédula.

—Esta historia me resulta familiar —susurró un chico de ojos azules y pelos de loco a Nakuru, que se sentaba a su lado.

—Ssh... —le mandó callar ella.

—No —contestó Denzel—. Ese espía era muy bueno en su trabajo. Informó a sus aliados a tiempo para que preparasen las tropas hacia el noreste, para sorprender a los enemigos que estaban allí como estos iban a hacer con ellos antes. Los bárbaros perdieron la batalla, a finales del siglo XVIII. Y los altos rangos del ejército aprendieron la lección de la subestimación —concluyó.

—Bueno, ¿y cómo se llamaba ese espía tan espléndido? —quiso saber el chico con pelos de loco que se sentaba junto a Nakuru, interesado, y los demás volvieron la vista hacia el profesor, atentos.

Denzel carraspeó un poco, rascándose la nuca, dubitativo.

—Creo que... No lo recuerdo.

En ese momento sonó el timbre indicando el final de la clase, y Denzel recogió sus cosas aprisa para llegar a tiempo a su siguiente clase. Los alumnos comenzaron a hablar entre ellos de sus cosas, como siempre hacían en los cambios de clase.

—Qué mentiroso es Denzel —rio el chico de los pelos de loco con ganas, dirigiéndose a Nakuru—, vaya morro que tiene.

—¿A qué te refieres, Drasik? —suspiró Nakuru mientras metía su libro en la cajonera.

—¿Que no recuerda el nombre de ese espía guerrero? —dijo este, sonriendo con sarcasmo—. Está clarísimo, te apuesto lo que quieras a que ese espía era él, y no dice el nombre para no delatarse. En el año 1802, Denzel ya estaba viviendo en China. Y lo de recorrer todo Kowloon en un día no es ningún misterio, conociéndole... Hmpf, de verdad, no me acostumbro a ver a Denzel trabajando de profesor de instituto, es como ver a Da Vinci dando clases en una guardería…

—¡Ssh! —saltó Nakuru, nerviosa, clavándole la mirada—. Que te puede oír alguien.

—¡Si está todo el mundo hablando! —rio Drasik.

—Da igual, no hables de eso delante de tanta gente. Acabarás siendo tú el que delate el origen de Denzel —le reprochó—. Al empezar el curso, nos pidió máxima discreción, ya lo sabes.

—Vale, vale, no te pongas así.

Cleven se levantó de su sitio, pasando entre sus compañeros, y se dirigió hacia Nakuru. Drasik, medio tumbado en su silla y cruzado de brazos, inclinó la cabeza al notar la presencia de Cleven al lado y se la quedó mirando analizadoramente, con una sonrisilla pícara.

—Nakuru, quedamos en el recreo en la zona de los bancos —le informó Cleven, mirando de reojo a ese chico que no le quitaba la vista de encima—. Como tienes reunión con los del periódico, nos encontrarás a Raven y a mí allí.

—Vale —asintió Nakuru.

Cleven fue a marcharse, pero al ver que Drasik seguía mirándola, no fue capaz de moverse, la estaba poniendo nerviosa, y le lanzó una chispa que llevaba escrito “¿Qué estás mirando, capullo?”.

—Hola, princesa —le sonrió el chico, vacilón—. ¿Qué haces luego?

—Lanzar dardos, dagas y escupitajos a una diana con tu foto —le soltó con tanto desprecio que las palabras se clavaron en el alma del muchacho, odiaba que la llamaran con ese tipo de apelativos femeninos.

Cleven dio media vuelta y se alejó de ellos, mientras Drasik soltaba un silbido parecido a que se hace al chupar un limón.

—Qué fiera... —sonrió con interés.

—Olvídate, Drasik, tiene novio y no lo iba a dejar por alguien como tú —le espetó Nakuru con paciencia.

—No puedo creer que no me haya fijado en ella en todos estos años —dijo, ignorando a Nakuru con descaro, buscando con la mirada a Cleven de nuevo—. Siempre ha estado en tu clase, ¿no? Qué bien que me hayan puesto este año en la misma que vosotras.

—Sí, genial —asintió Nakuru con sarcasmo.

—¿Es tu mejor amiga? ¿Cómo se llama?

Nakuru se lo pensó tres veces antes de responder.

—Cleventine.

—¿Y su apellido? —se extrañó, esta vez mirando a Nakuru, pero esta se mordió los labios y miró hacia otro lado, no podía contestarle—. Cleventine... —murmuró Drasik, pensativo—. Me suena mucho, ¿no la conoceré de algo?

—¡No! —saltó Nakuru de pronto, nerviosa, sobresaltando a Drasik considerablemente, y consciente de la reacción que había tenido se esforzó por mantenerse en calma—. No... No la conoces de nada.

—Nakuru, ¿qué te pasa? —preguntó frunciendo el ceño—. Parece que me ocultas algo.

—No, no te oculto nada, tío, olvídalo.

Drasik fue a decir algo, pero en ese momento entró el siguiente profesor y mandó orden de inmediato. El muchacho contempló a Nakuru por un momento, confuso y serio, sospechando que realmente esa chica, a la que conocía desde la infancia, le intentaba ocultar algo importante relacionado con la tal Cleventine.





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