1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
Yako, Nakuru, Drasik y Sam esperaron a que Raijin se pusiera cómodo, porque el rubio parecía realmente agotado, lo cual se notó mucho cuando se sentó en la silla, resopló como si llevara días sin sentarse y se frotó los ojos un momento, y comenzó a hablar.
—Iré al grano. Se trata de Kyo.
—¡Lo sabía! —saltó Drasik, y le dirigió una mirada de reproche a Nakuru—. Un resfriado, ¿eh?
—Vale, ¿yo qué sabía? —masculló ella, molesta.
—Ssh —les mandó silencio Yako.
—Esta es la situación —continuó Raijin—. La MRS anda tras él, más bien, tras nuestro pergamino. Como ya sabéis, Sam se lo entregó a Kyo el jueves pasado en el instituto, y, de algún modo, la MRS ha descubierto eso, que Kyo pasó a ser el nuevo protector del pergamino. Comenzaron a perseguirlo cuando estaba de camino a casa, cumpliendo con la norma de no crear altercados de este tipo en lugares llenos de humanos como el instituto, ni en el hogar de un iris que convive con humanos. Por eso, interceptarlo después de salir del instituto y antes de llegar a su casa era el único momento que tenían permitido.
»Kyo no puede arriesgarse a hacer otro intento de regresar a su casa porque los de la MRS no le dejarán. Le bloquean el regreso, por su superioridad numérica. Lo obligan a un enfrentamiento si quiere pasar a través de ellos. Por tanto, ahora lo importante es eso: quitarle la MRS de encima a Kyo, para que tenga vía libre y pueda llegar hasta su casa con el pergamino y guardarlo allí, siendo ya imposible que la MRS se haga con él, ya que está prohibido atacar el hogar de otro iris, especialmente si vive con humanos.
—Si no sabemos aún nada de Kyo, es que sigue a salvo, es decir, no lo han alcanzado aún —dijo Nakuru.
—No por mucho tiempo —dijo Raijin—. Kyo no puede comunicarse con nosotros mediante tecnología, ni siquiera con Hoti, ya que el iris Hosha de la MRS puede interceptar las ondas de radio y localizar así su ubicación o descifrar lo que nos comunica. Y las señales energéticas sensoriales que podemos enviar con nuestros tatuajes no nos sirven para localizarlo ni enviar mensajes complejos.
—¿Crees que Kyo irá a poner a salvo el pergamino en algún otro lugar? —preguntó Yako.
—Podría —afirmó Raijin—. Está prohibido que lo guarde en la casa de un humano, pero Kyo podría, por ejemplo, ir a la casa de su abuelo y dejar el pergamino allí. Pero no lo hará.
—¿Por qué no? —preguntó Nakuru.
—Porque entonces habrá fallado esta tarea de responsabilidad —respondió el propio Drasik—. Su primera tarea. Puede que acabe de convertirse en iris, pero Kyo es un Lao, y los Lao no van a lo fácil, no toleran el fracaso propio. Kyo se siente como un reemplazo de Yousuke.
—¿Qué? —se sorprendió Yako, igual que Sam y Nakuru—. No debería sentirse así…
—Él ya lo sabe, yo se lo dije miles de veces estos días desde que regresó a Tokio —les explicó Drasik—. Pero no puede evitarlo. Yousuke era su gemelo, y había sido nuestro compañero iris durante 9 años. Kyo no quiere rellenar su hueco, sino honrarlo, estar a la altura. No es sólo demostrarnos que va a ser un compañero eficaz con el que podemos contar sin dudar. Sabe que no nos vamos a enfadar con él ni nos vamos a sentir defraudados con él si no logra proteger el pergamino y lo perdemos, pero no se trata de lo que nosotros sintamos hacia él, sino de lo que siente él, de no defraudarse a sí mismo.
Los demás guardaron un silencio algo triste por el recuerdo de Yousuke. Luego volvieron a mirar a Raijin, que parecía saber lo mismo que Drasik había contado desde hace tiempo.
—Y por eso, Kyo se ceñirá a un único objetivo —continuó explicándoles Raijin—, que es llevar el pergamino hasta su casa. Y para eso, la única táctica es un plan de distracción.
—¿Qué distracción lo suficientemente creíble podría hacer él por sí mismo? —preguntó Sam.
—Me he pasado el día pensando —dijo Raijin, ignorando la mirada de incredulidad que le lanzó Drasik, recordando que lo había visto comiendo con esa chica de su clase llamada Cleven—. Kyo no sabe si nosotros estamos al tanto de su situación, de si vamos a ayudarlo, de cómo vamos a ayudarlo… Lo primero es lograr una comunicación con él. Porque necesitamos que él nos diga primero si tiene algún plan o no, y si lo está llevando ya a cabo o no. Dependiendo de lo que él planee hacer, nosotros estudiaremos cómo ayudarlo.
—¿Y cómo nos comunicaremos con él? —preguntó Drasik.
—No nos queda otra que recurrir al método más antiguo de mensajería a distancia —contestó el rubio, mirando expresamente a Sam, y este le asintió, comprendiendo—. Ten en cuenta que el iris de la MRS de tu mismo elemento puede haber pensado lo mismo.
—Me apaño —dijo Sam.
—Debemos evitar a toda costa que la MRS alcance a Kyo allá donde esté. Si están todos los miembros de la MRS, serían nueve contra uno. La cosa es retenerlos mientras Kyo escape con el pergamino.
—Entonces, si vamos nosotros, seremos cinco contra nueve —intervino Drasik—. Estamos en desventaja. ¿Qué hay del viejo Lao? ¿Y nuestro Líder?
—Drasik, no tenemos Líder desde hace siete años —le recordó Yako.
—Nunca se constató como algo oficial —insistió—. ¿Y se quedaría de brazos cruzados ante esto? El pergamino que posee cada RS pertenece al Líder de cada una. Sé que nuestro Líder ya no lo necesita porque ya aprendió su Técnica, pero el pergamino sigue siendo suyo.
—Ya no, ahora es nuestro porque él se fue de nuestra RS —dijo Nakuru—. Aunque no tengamos permiso para usar su Técnica, tenemos la obligación de cuidar del pergamino, es propiedad de nuestra RS.
—Aun así… —refunfuñó Drasik, cruzándose de brazos—. No le costaría nada participar un poco en esto, podría al menos dar señales de vida y venir a saludarnos.
—Dras, sé que lo echas mucho de menos, pero él dejó muy claro hace siete años que abandonaba la KRS —dijo Nakuru—. Sólo quedamos nosotros cinco activos, además del viejo Lao y Kyo.
—Lao no debe interferir en esto —intervino Raijin—. Los del Gobierno, nuestro otro inconveniente, podrían seguir teniéndolo en la lista de sospechosos, a pesar de que hayan pasado muchos años sin que el ministro Takeshi Nonomiya haya vuelto a hacer alguna actividad de caza. Lao no puede arriesgarse a participar en una misión en la que está involucrada una RS enemiga. Eso sí, cuenta con nosotros, ya que se trata de su nieto.
—Espera un momento… —dijo Yako, entornando los ojos—. ¿Y si a Kyo no lo están siguiendo todos los miembros de la MRS? ¿Y si se han dividido para buscarlo, o para que unos se encarguen de perseguirlo mientras los otros se mantienen en zonas concretas que le bloqueen a Kyo el regreso a casa?
Nadie contestó, no habían caído en esa posibilidad.
—Eso debe de saberlo Kyo —afirmó entonces Nakuru—. Hay que preguntárselo cuando consigamos contactar con él, cuántos le persiguen —dijo mirando a Sam, y este asintió.
—En caso de que la MRS esté dispersa en más de un lugar buscando a Kyo, eso cambia las cosas —continuó Raijin, mientras se toqueteaba el piercing de la ceja, cosa que solía hacer cuando cavilaba.
Los demás lo miraron, y estuvieron un rato reflexionando.
El local ya se había llenado por completo, lo que preocupó a Yako. Menos mal que contaba con cuatro empleados más, además de Kain y MJ, que venían a trabajar en ese turno de la tarde, pues Kain y MJ ya no iban a volver en ese día.
—Bien, haremos esto —dijo entonces Raijin, mirando a cada uno de ellos—. Sam, contacta con Kyo y en cuanto sepas algo háznoslo saber de inmediato. Mientras tanto, Nakuru y Drasik, quiero que vuestro tiempo libre lo dediquéis a recorrer la ciudad, preguntad a otros iris, o a los almaati que encontréis por ahí, por si saben algo o han visto recientemente a algún miembro de la MRS en alguna zona específica. A ver si podemos hallar la pista de alguno o de sus movimientos.
—Oye, ¿por qué tienes que ser tú el que dé órdenes? —gruñó Drasik, mirando al rubio con recelo—. Que yo sepa nadie te nombró el nuevo Líder, y además, Yako es mayor que tú, debería ser él qui...
No acabó la frase, porque Sam se ofreció voluntario para taparle la boca con un manotazo.
—¡Ay!
—¿Y si encontramos a un miembro de la MRS? —preguntó Nakuru.
—En ese caso, vuestra prioridad será descubrir qué elemento es. Preferiblemente, de manera discreta, pero si no tenéis más remedio que entablar un enfrentamiento, que sea sólo para averiguar su elemento y, una vez lo sepáis, cesáis la pelea, os largáis, os esfumáis y me informáis. Nada de enfrentamientos por otro motivo. Hay mucha vigilancia policial últimamente, Hatori Nonomiya parece querer aumentar la presión por si caza por fin a algún iris. Es imprescindible no llamar la atención ni aunque sea un problema interno entre iris. Y eso va por ti, escandaloso de los cojones —señaló a Drasik.
—Que te jodan, don Sonrisas —le espetó este—. Oye, sin contar contigo porque naciste así, yo soy el iris más temprano del mundo. Seguía llevando pañales cuando me convertí, ¿por qué no me tomas en serio como a los demás, que se convirtieron a edades más tardías? —preguntó señalando a los demás.
—Porque, de todos nosotros, eres el que conserva más de su antigua parte humana y al que más le cuesta evitar dejarse llevar por sus emociones. Sigues siendo impulsivo, después de tantos años. Y eso es porque no te da la gana de hacer los ejercicios de autocontrol que necesitas.
—¡Llevo haciendo misiones desde que tengo 4 años! ¡Seré impulsivo, pero tengo más experiencia que Sam o Nakuru! —insistió Drasik.
—¡Escucha, pelmazo! —se hartó Raijin.
—Chicos —les interrumpió Yako de repente, con un suave gesto conciliador—. No os alteréis tanto, por favor.
Al ver que Yako se masajeaba las sienes y cerraba los ojos con molestia, Raijin y Drasik se dieron cuenta de que sus energías iris alteradas le estaban afectando y dejaron de discutir al instante. Drasik se puso a mirar a otro lado, refunfuñando.
—Si en algún momento os veis forzados a entablar un enfrentamiento con algún miembro de la MRS durante vuestra misión de reconocimiento —prosiguió Raijin, mirando a Nakuru y a Drasik—, procurad que no os reconozca. Cuanto más tarden en saber que nosotros, la KRS, estamos en movimiento, más ventaja tendrá Kyo. Cuando veáis a alguno, arregláosla para dirigirlo a un lugar lo más apartado del público posible. Si oculta su cara o su ojo de luz, provocadlo si es necesario, y cuento con que os enfrentéis a ellos sólo para descubrir cuál es su elemento. Solamente para eso —repitió—. Así, podremos tenerlos localizados a cada uno.
—Y en el posible caso de que se hayan dividido, unos para la persecución y otros para el bloqueo zonal —añadió Yako, entendiendo el plan—, sabremos qué elementos están en cada grupo y podremos saber cómo enfrentarnos de antemano a cada uno.
—Por ahora, esto es todo —concluyó Raijin.
—Ah… ¿Y yo qué hago? —preguntó Yako, con una cara exageradamente triste—. Te has olvidado de mí.
—Tú y yo ya pasaremos a la acción cuando vayamos a ayudar a Kyo allá donde esté. Sam, es tu turno, en cuanto puedas. Y vosotros dos —miró a Drasik y a Nakuru—, os digo lo mismo. Ya sabéis qué hacer.
Seguidamente se puso de pie y los otros cuatro vieron que se marchaba sin más.
—Eh, ¿a dónde vas? —le preguntó Drasik.
—A informar a Lao de la situación, debe saberlo —contestó mientras se dirigía a la puerta, sin volverse—. Y que esto quede entre nosotros, ni una palabra a nadie más hasta que sepamos quién nos ha espiado. Alguien cercano ha delatado a Kyo y podría ser alguien de nuestros aliados con problemas de lealtad.
Una vez que Raijin se fue, los demás también se pusieron en movimiento.
—Bueno, supongo que he de dejarte libre lo que te queda de turno —dijo Yako, mirando a Sam.
Este se puso en pie, quitándose el delantal reglamentario y dejándolo sobre la mesa.
—No me lo descuentes de la paga —le dijo como respuesta, y salió a la calle, perdiéndose de vista.
—Yako, ¿me traes un refresco de naranja y un sándwich de salmón? —le dijo Drasik, que de repente se había puesto a mirar la carta del menú, tan tranquilo.
—¡No puedes hablar en serio, Dras! —se enfadó Nakuru.
—¿Qué pasa? Trabajo mejor con el estómago lleno.
—Ayyy… Vamos, “hermanitos”, id a cumplir vuestra parte, no hay tiempo que perder —suspiró Yako pacientemente, apoyando la barbilla en una mano—. Cuando hayamos zanjado con éxito este embrollo con la MRS y Kyo esté de vuelta, ya os invitaré a los tres a una de mis mejores hamburguesas.
—Yako, eres demasiado bueno —le sonrió Nakuru, mientras agarraba a Drasik de un brazo y lo obligaba a moverse de una vez, pese a las quejas de este por quedarse con hambre.
Yako se quedó solo. Lo único que podía hacer en ese momento era volver al trabajo mientras el resto de sus compañeros zanjaban sus primeras tareas, así que se puso a ello. Se levantó de la silla con pereza y se dirigió a la barra, pero entonces se topó con dos niños pequeñitos que acababan de entrar por la puerta.
—¡Anda, mis mellizos favoritos! —sonrió, agachándose junto a ellos—. ¿Otra vez os han aparcado aquí?
—Es que la señora Agatha dijo que tenía que irse a su casa porque iba a venir un fontanero a arreglarle una tubería y que llegaba tarde y que no podía hacerle esperar en la puerta de su casa y se ha tenido que ir con prisa —contestó Clover del tirón, como si lo estuviese leyendo en un cartel.
—¿La señora Agatha os ha dicho que me digáis todo eso? —rio Yako.
—Sí —gruñó Daisuke; parecía impaciente.
—Creo que a Agatha se le están acabando las buenas excusas para decir que le ha surgido un recado importante en alguna otra parte del planeta —suspiró Yako en voz baja.
—Dijo que te dijéramos que te encargases de nosotros hasta que nos viniesen a recoger —le dijo Daisuke, mirándolo fijamente—. Así que venga, saca los pasteles.
—A sus órdenes, señor —contestó Yako poniendo una postura de soldado, risueño, y cogió a cada uno con un brazo y se los llevó a la sección de pastelería.
—Es que papá no está en casa aún —le explicó Clover—. Hemos pasado un finde muy díver con los abuelitos, pero nos han traído a nuestra casa muy pronto hoy, y papá aún no estaba en casa, así que papá aún debe de estar ocupado, porque trabaja mucho, ¡incluso los fines de semana!
—Vuestro papá trabaja mucho para sacaros adelante, ¿eh? —admiró Yako, sentando a cada uno en un taburete.
—Sí, es muy bueno —sonrió Clover, mientras su hermano empezaba a engullir un trozo de tarta que le había puesto Yako en un plato.
—Sí, debe de serlo, como para poder soportar a este devorapasteles… —rio, revolviéndole el pelo a Daisuke.
—Yo le dije a Agatha que podía dejarnos solitos en casa hasta que papá viniera, porque ya no somos bebés, somos más mayores —continuó Clover, metiéndose un trozo de fresa en la boca—. Pero ella dijo: “¡No, impensable que unos niños de 5 añitos estén solitos en una casa!” Entonces nos ha traído aquí, porque ella siempre dice que no hay lugar más seguro que esta cafetería.
—¡Y no os engaña! —se rio Yako de nuevo—. Nadie bajo mi cuidado podría jamás estar en peligro. Las personas malas tienen la entrada prohibida en mi local, ¿sabéis?
—Pero Yako —dijo Daisuke—. ¿Qué pasaría si una persona mala se colase por la puerta sin que te des cuenta?
De una forma muy sutil y fugaz, los ojos dorados de Yako emitieron un pequeño destello sobrehumano. De hecho, pareció hacerse el silencio absoluto y congelarse el aire durante una fracción de segundo. El rostro de Yako emitió algo escalofriante por un instante. Hasta que, de repente, volvió a aparecer su habitual sonrisa dulce en los labios.
—Oh, pues lo olería enseguida. ¿No sabéis que yo huelo a una mala persona a distancia? Entonces, agarraría mi escoba y lo sacaría de aquí dándole escobazos en el trasero.
—¡Hahahah…! —se rieron los niños al imaginarlo.
Ciertamente, si una mala persona entrara en la cafetería, no importaba si era un agresor, o un violador, o un pedófilo, o un mafioso, ni lo mucho que lo ocultara bajo un aspecto aseado y bien vestido. Su vida correría inminente peligro si Yako detectaba su hedor a mala energía. Era el único tipo de humanos con los que Yako abandonaba toda su amabilidad.
—Bueno, tengo que trabajar, así que os pido por favor que no arméis mucho escándalo como el de la última vez, ¿vale? Si vais a jugar con los demás niños, nada de romper cosas.
—Vaaale —contestaron los dos al unísono.
* * * * * *
Sam estaba en el Parque Yoyogi, de pie entre los árboles y rodeado de suma oscuridad, donde la luz de las farolas no podía llegar. No había nadie. Sólo se oía el susurro del viento pasando entre las ramas de los árboles. Miró hacia el cielo, y se puso las manos alrededor de la boca como altavoz. Cuando su ojo izquierdo desprendió una luz verde oscuro, comenzó a emitir un silbido agudo hacia las sombras de los alrededores, entonando una extraña melodía.
Después de unos minutos, el silencio se vio roto por un estruendoso ruido del batir de varias alas. Una pequeña bandada de pequeños pájaros negros salió del bosquecillo como un manto coordinado, y se alejó por el cielo. Todo volvió a la tranquilidad, como si no hubiese pasado nada.
Sam permaneció mirando la lejanía, en silencio, y entonces se marchó.
* * * * * *
Neuval anduvo de un lado a otro del salón, cruzándose de brazos, descruzándolos. Se paró, pero volvió a dar vueltas. Suspiraba constantemente, nervioso. Y miraba el teléfono cada dos por tres. Hana y Yenkis, sentados en el sofá, lo miraban sin decir nada. A medida que fue pasando el día, Neuval ya se había empezado a dar cuenta de que algo pasaba con Cleven.
—Puede que esté en casa de alguna de sus amigas —opinó Hana.
—Ya he llamado a la casa de su amiga Raven —negó Neuval, sin poder estarse quieto—. No saben nada de ella, y en casa de Nakuru no cogen el teléfono, ya que Kamui trabaja por las noches. Y encima el móvil de Cleven desvía mis llamadas.
No dijo más, pero saltaba a la vista que estaba pensando en todo tipo de posibilidades acerca de qué podría estar haciendo su hija.
—Ya sabes que los domingos los suele pasar fuera de casa —comentó Hana, intentando tranquilizarlo—. Habrá ido de compras, o quedado con alguien.
En ese momento, Neuval y Yenkis cruzaron una breve mirada, y por una fracción de segundo se les pasó por la mente la imagen de Kaoru. Pero descartaron esa posibilidad. Cleven podía ser irresponsable e insensata, pero no idiota. Ni Neuval ni Yenkis creyeron ni por asomo que Cleven hubiese vuelto a quedar con él, después de que ella misma lo hubiese descubierto engañándola. En eso, ambos la conocían bien, y sabían que Cleven no daba segundas oportunidades a nadie que hubiera osado ponerle la mano encima o engañarla y no sentir remordimiento por ello. Al menos, eso Neuval se lo había enseñado bien desde pequeña.
—Volverá, tarde o temprano, no le des tantas vueltas. Tal vez esté en alguna fiesta, o en la discoteca, o haya quedado con otras amigas diferentes —dijo Hana, poniéndose en pie, y le acarició con cariño la mejilla—. Todos hemos tenido 16 años.
—Eso es lo que más me intranquiliza, Hana —murmuró él, para que Yenkis no los oyera, y agarró sus manos—. Ni tú ni yo podemos decir que hayamos sido un buen ejemplo con 16 años.
—Ella no tiene los problemas que yo tuve, ni los que tú tuviste. Ella ha tenido una vida fuera de peligros y traumas gracias a ti. Si se ha ido, es solamente porque se ha enfadado, no porque quiera hacer algo terrible. Neu, no te preocupes tanto, no ha pasado ni un día. Sé paciente —le dio un beso en la mejilla y salió del salón.
—Ni siquiera ha dejado una nota o algo… —continuó diciéndose Neuval, preocupado, hablando con las paredes—. No se ha sabido nada de ella en todo el día. ¿Y si le ha pasado algo? ¿Y si...? ¿Y si alguien se la ha llevado? Hay gente peligrosa, por todos lados, cualquiera podría…
—Ya, papá —le sonrió Yenkis—. No dramatices, Cleven ya sabe cuidarse solita.
Esta vez Neuval se detuvo y clavó la mirada en Yenkis, serio. Acto seguido, se agachó frente a él, observándolo fijamente, analizándolo meticulosamente.
—Où est-elle? —preguntó. (= ¿Dónde está?)
—¿Y yo qué voy a saber? —dijo Yenkis, encogiéndose de hombros—. Es mi hermana mayor, ¿crees que ella me cuenta los planes que va a hacer cuando sale? Venga ya, como si fueran asunto mío.
Yenkis notó un escalofrío por la espalda. Su padre seguía con sus ojos plateados estáticos sobre los suyos, penetrantes, escudriñando su mirada. El niño sentía que era como si pudiera leer de verdad la mente.
—Mientes muy mal —murmuró Neuval.
El chico procuró disimular una cara sorprendida. Había hecho lo posible para parecer lo más inocente posible y, sin embargo, su padre podía ver realmente dentro de su mente. ¿Cómo lo hacía? Siempre sabía cuándo alguien mentía y cuándo no. No se atrevió a decir nada y desvió la vista, incómodo.
—¿Por qué no esperas a mañana? —murmuró, encogiéndose de hombros otra vez.
—Se ganará el castigo de su vida como mañana no aparezca —aseveró Neuval, saliendo del salón para tomar un poco el aire en el jardín.
* * * * * *
Cleven se desplomó sobre la cama de su habitación del hotel. Junto a ella estaba la guía telefónica. Sin embargo, ahí se quedó, contemplando el techo, donde aparecía y desaparecía la imagen de la cara de Raijin. Qué chico tan interesante, pensaba, tan fuera de lo común, o al menos tan distinto a cualquier persona que hubiese conocido antes. No podía dejar de pensar en él. Pese a haber pasado gran parte del día con él, seguía siendo un completo desconocido, y más que eso, un misterio.
¿Por qué era de aquella forma? Las personas necesitan relacionarse con los demás para sobrevivir, pero Raijin parecía tener un problema con eso… o algún tipo de miedo… ¿o rencor?
«¿Qué puede haberle pasado en la vida, como para cargar con tanta apatía?» se preguntaba. «La verdad es que… me recuerda un poco a mí… después de que mamá muriera. Esa mirada cansada, ese vacío en mi mente, esa indiferencia por todo… no sentir nada… Yo también padecí esas cosas durante unos años. Pero Yenkis ha sido mi mayor motivo para salir de ese estado y mejorar. Y Nakuru. Si Raijin también ha sufrido una pérdida importante como yo, él también tiene a alguien que se preocupa por él y lo quiere. No hay más que ver cómo Yako se comportaba con él esta mañana, para él es como un hermano. Aun así, el vacío de Raijin parece todavía pesar demasiado… Ojalá pudiera ayudarlo a sentirse mejor».
Se tumbó de lado sobre la cama. No sabía qué hacer, es decir, no podía dejar de darle vueltas a eso y concentrarse en hacer lo que debería hacer, que era llamar a su tío. Pero no tenía opción, era el momento de coger el teléfono y seguir los pasos de su plan principal.
Tenía que serenarse. Se sentó sobre la cama y dio un largo resoplido para intentar evaporar los nervios. Cogió el grueso libro que contenía los miles de teléfonos de los ciudadanos de la zona centro de Tokio y lo puso sobre sus piernas. Comenzó a buscar “Saehara”, el apellido de su madre, por lo tanto, de su tío también, deslizando el dedo por encima de cientos de eses con las que comenzaban incontables apellidos. Tardó un largo rato, pasando páginas. La noche se iba cerrando cada vez más hasta que, por fin, lo encontró.
—Saehara, Brey —murmuró, y empezó a latirle el corazón con fuerza—. ¡Aquí está! ¡Aquí!
No cabía duda. Había docenas de “Saehara”, pero solamente uno que se llamaba “Brey”, pues no era un nombre nada común. Enseguida cogió el teléfono inalámbrico de la mesilla de noche y preparó el dedo pulgar para marcar, pero no hizo más. Se quedó inmóvil. Su mano no la obedecía. Se dio cuenta de que estaba muerta de los nervios; se dio cuenta por primera vez de lo que iba a hacer en ese momento.
Su tío. ¿Quién era su tío? Ella no lo había visto en la vida, que supiera. Era un hombre desconocido, por muy familiar suyo que fuese. Hablar con un familiar que no fuese padre o hermano, era la primera vez. Para un tío que tenía, y no sabía absolutamente nada de él... ¿Qué le iba a decir? “¿Hola, soy tu sobrina, Cleventine Vernoux, la hija de tu hermana, y me preguntaba si no te importa que nos conozcamos y me vaya a vivir contigo?”
Volvió a colgar el aparato y suspiró. Estaba confusa. ¿Qué pasará entonces si le decía eso? «A lo mejor él tampoco me conoce de nada o no sabe ni que existo» pensó, empezando a preocuparse. «¿Sería conveniente interferir así en su vida, tan de repente? Puede que tenga una familia, esposa e hijos, un trabajo digno, una vida normal... ¿Y voy a ir yo, así de pronto, a decirle esto?».
Se mordió el labio, y miró de un lado a otro, intrigada. No podía perder la oportunidad, después de haber llegado hasta ahí. Y entonces se acordó de una frase que su padre solía decir a veces: “no lo sabrás hasta que no lo intentes”. ¡Vaya! Para algo que decía ese torpe y debía tener razón.
Cambió de postura sobre la cama, arrodillándose sobre el colchón y sacudió las manos como si con eso pudiese hacer que la tensión saliera de la punta de los dedos. Tenía la mirada clavada en el aparato, seria, desafiante. Lo volvió a descolgar, ya no había marcha atrás y, señalando el número de teléfono en la página para no perderlo de vista, lo marcó. Número por número, cada vez le temblaban más las manos.
Ya está. Esperó, notando los latidos de su corazón en el pecho, y sonó el primer pitido. Respiró profundamente, una y otra vez. «Ya está, no pasa nada, sólo voy a hablar con una persona, una persona que es de la familia» se decía, mientras seguían sonando los pitidos. «Tenemos lazos de sangre, es hermano de mamá, tiene que ser una buena persona... Seguro que es simpático, y que no se va a enfadar, y que tendrá ganas de conocerme…».
—“El número que ha marcado no respon-...”
—¡Aagh! —rugió Cleven a las cuatro paredes y colgó el auricular con violencia.
Había saltado el contestador. No estaba en casa. Tanta comedura de coco y su tío no estaba en casa, o bien estaba dormido ya. ¿Pero tan pronto? Da igual. No tenía más remedio que volver a intentarlo mañana.
«A lo mejor trabaja mañana temprano y se acuesta pronto. O habrá salido a cenar por ahí con su familia. O también es que está trabajando ahora y no vuelve hasta tarde...» caviló, tumbándose sobre la cama, abatida. Su tío podía estar haciendo cualquier cosa, como la mayor parte de la gente de la ciudad. De todas maneras, decidió llamar al día siguiente a una hora diferente.
Tranquilidad, ahora debía calmarse. No había pasado nada. Aún hay tiempo, se decía. Su padre ya debía de haberse puesto furibundo al ver que no volvía a casa a esas horas. Pues nada, él también tenía que esperar a ver qué pasaba. Cleven se imaginó que su padre llamaría a sus amigas, de lo cual no conseguiría nada, y si las cosas se ponían más inquietantes para él, llamaría a la policía. A ella no le importaba esa cuestión, confiaba en que mañana ya conseguiría contactar con su tío. Y entonces, todo arreglado.
Yako, Nakuru, Drasik y Sam esperaron a que Raijin se pusiera cómodo, porque el rubio parecía realmente agotado, lo cual se notó mucho cuando se sentó en la silla, resopló como si llevara días sin sentarse y se frotó los ojos un momento, y comenzó a hablar.
—Iré al grano. Se trata de Kyo.
—¡Lo sabía! —saltó Drasik, y le dirigió una mirada de reproche a Nakuru—. Un resfriado, ¿eh?
—Vale, ¿yo qué sabía? —masculló ella, molesta.
—Ssh —les mandó silencio Yako.
—Esta es la situación —continuó Raijin—. La MRS anda tras él, más bien, tras nuestro pergamino. Como ya sabéis, Sam se lo entregó a Kyo el jueves pasado en el instituto, y, de algún modo, la MRS ha descubierto eso, que Kyo pasó a ser el nuevo protector del pergamino. Comenzaron a perseguirlo cuando estaba de camino a casa, cumpliendo con la norma de no crear altercados de este tipo en lugares llenos de humanos como el instituto, ni en el hogar de un iris que convive con humanos. Por eso, interceptarlo después de salir del instituto y antes de llegar a su casa era el único momento que tenían permitido.
»Kyo no puede arriesgarse a hacer otro intento de regresar a su casa porque los de la MRS no le dejarán. Le bloquean el regreso, por su superioridad numérica. Lo obligan a un enfrentamiento si quiere pasar a través de ellos. Por tanto, ahora lo importante es eso: quitarle la MRS de encima a Kyo, para que tenga vía libre y pueda llegar hasta su casa con el pergamino y guardarlo allí, siendo ya imposible que la MRS se haga con él, ya que está prohibido atacar el hogar de otro iris, especialmente si vive con humanos.
—Si no sabemos aún nada de Kyo, es que sigue a salvo, es decir, no lo han alcanzado aún —dijo Nakuru.
—No por mucho tiempo —dijo Raijin—. Kyo no puede comunicarse con nosotros mediante tecnología, ni siquiera con Hoti, ya que el iris Hosha de la MRS puede interceptar las ondas de radio y localizar así su ubicación o descifrar lo que nos comunica. Y las señales energéticas sensoriales que podemos enviar con nuestros tatuajes no nos sirven para localizarlo ni enviar mensajes complejos.
—¿Crees que Kyo irá a poner a salvo el pergamino en algún otro lugar? —preguntó Yako.
—Podría —afirmó Raijin—. Está prohibido que lo guarde en la casa de un humano, pero Kyo podría, por ejemplo, ir a la casa de su abuelo y dejar el pergamino allí. Pero no lo hará.
—¿Por qué no? —preguntó Nakuru.
—Porque entonces habrá fallado esta tarea de responsabilidad —respondió el propio Drasik—. Su primera tarea. Puede que acabe de convertirse en iris, pero Kyo es un Lao, y los Lao no van a lo fácil, no toleran el fracaso propio. Kyo se siente como un reemplazo de Yousuke.
—¿Qué? —se sorprendió Yako, igual que Sam y Nakuru—. No debería sentirse así…
—Él ya lo sabe, yo se lo dije miles de veces estos días desde que regresó a Tokio —les explicó Drasik—. Pero no puede evitarlo. Yousuke era su gemelo, y había sido nuestro compañero iris durante 9 años. Kyo no quiere rellenar su hueco, sino honrarlo, estar a la altura. No es sólo demostrarnos que va a ser un compañero eficaz con el que podemos contar sin dudar. Sabe que no nos vamos a enfadar con él ni nos vamos a sentir defraudados con él si no logra proteger el pergamino y lo perdemos, pero no se trata de lo que nosotros sintamos hacia él, sino de lo que siente él, de no defraudarse a sí mismo.
Los demás guardaron un silencio algo triste por el recuerdo de Yousuke. Luego volvieron a mirar a Raijin, que parecía saber lo mismo que Drasik había contado desde hace tiempo.
—Y por eso, Kyo se ceñirá a un único objetivo —continuó explicándoles Raijin—, que es llevar el pergamino hasta su casa. Y para eso, la única táctica es un plan de distracción.
—¿Qué distracción lo suficientemente creíble podría hacer él por sí mismo? —preguntó Sam.
—Me he pasado el día pensando —dijo Raijin, ignorando la mirada de incredulidad que le lanzó Drasik, recordando que lo había visto comiendo con esa chica de su clase llamada Cleven—. Kyo no sabe si nosotros estamos al tanto de su situación, de si vamos a ayudarlo, de cómo vamos a ayudarlo… Lo primero es lograr una comunicación con él. Porque necesitamos que él nos diga primero si tiene algún plan o no, y si lo está llevando ya a cabo o no. Dependiendo de lo que él planee hacer, nosotros estudiaremos cómo ayudarlo.
—¿Y cómo nos comunicaremos con él? —preguntó Drasik.
—No nos queda otra que recurrir al método más antiguo de mensajería a distancia —contestó el rubio, mirando expresamente a Sam, y este le asintió, comprendiendo—. Ten en cuenta que el iris de la MRS de tu mismo elemento puede haber pensado lo mismo.
—Me apaño —dijo Sam.
—Debemos evitar a toda costa que la MRS alcance a Kyo allá donde esté. Si están todos los miembros de la MRS, serían nueve contra uno. La cosa es retenerlos mientras Kyo escape con el pergamino.
—Entonces, si vamos nosotros, seremos cinco contra nueve —intervino Drasik—. Estamos en desventaja. ¿Qué hay del viejo Lao? ¿Y nuestro Líder?
—Drasik, no tenemos Líder desde hace siete años —le recordó Yako.
—Nunca se constató como algo oficial —insistió—. ¿Y se quedaría de brazos cruzados ante esto? El pergamino que posee cada RS pertenece al Líder de cada una. Sé que nuestro Líder ya no lo necesita porque ya aprendió su Técnica, pero el pergamino sigue siendo suyo.
—Ya no, ahora es nuestro porque él se fue de nuestra RS —dijo Nakuru—. Aunque no tengamos permiso para usar su Técnica, tenemos la obligación de cuidar del pergamino, es propiedad de nuestra RS.
—Aun así… —refunfuñó Drasik, cruzándose de brazos—. No le costaría nada participar un poco en esto, podría al menos dar señales de vida y venir a saludarnos.
—Dras, sé que lo echas mucho de menos, pero él dejó muy claro hace siete años que abandonaba la KRS —dijo Nakuru—. Sólo quedamos nosotros cinco activos, además del viejo Lao y Kyo.
—Lao no debe interferir en esto —intervino Raijin—. Los del Gobierno, nuestro otro inconveniente, podrían seguir teniéndolo en la lista de sospechosos, a pesar de que hayan pasado muchos años sin que el ministro Takeshi Nonomiya haya vuelto a hacer alguna actividad de caza. Lao no puede arriesgarse a participar en una misión en la que está involucrada una RS enemiga. Eso sí, cuenta con nosotros, ya que se trata de su nieto.
—Espera un momento… —dijo Yako, entornando los ojos—. ¿Y si a Kyo no lo están siguiendo todos los miembros de la MRS? ¿Y si se han dividido para buscarlo, o para que unos se encarguen de perseguirlo mientras los otros se mantienen en zonas concretas que le bloqueen a Kyo el regreso a casa?
Nadie contestó, no habían caído en esa posibilidad.
—Eso debe de saberlo Kyo —afirmó entonces Nakuru—. Hay que preguntárselo cuando consigamos contactar con él, cuántos le persiguen —dijo mirando a Sam, y este asintió.
—En caso de que la MRS esté dispersa en más de un lugar buscando a Kyo, eso cambia las cosas —continuó Raijin, mientras se toqueteaba el piercing de la ceja, cosa que solía hacer cuando cavilaba.
Los demás lo miraron, y estuvieron un rato reflexionando.
El local ya se había llenado por completo, lo que preocupó a Yako. Menos mal que contaba con cuatro empleados más, además de Kain y MJ, que venían a trabajar en ese turno de la tarde, pues Kain y MJ ya no iban a volver en ese día.
—Bien, haremos esto —dijo entonces Raijin, mirando a cada uno de ellos—. Sam, contacta con Kyo y en cuanto sepas algo háznoslo saber de inmediato. Mientras tanto, Nakuru y Drasik, quiero que vuestro tiempo libre lo dediquéis a recorrer la ciudad, preguntad a otros iris, o a los almaati que encontréis por ahí, por si saben algo o han visto recientemente a algún miembro de la MRS en alguna zona específica. A ver si podemos hallar la pista de alguno o de sus movimientos.
—Oye, ¿por qué tienes que ser tú el que dé órdenes? —gruñó Drasik, mirando al rubio con recelo—. Que yo sepa nadie te nombró el nuevo Líder, y además, Yako es mayor que tú, debería ser él qui...
No acabó la frase, porque Sam se ofreció voluntario para taparle la boca con un manotazo.
—¡Ay!
—¿Y si encontramos a un miembro de la MRS? —preguntó Nakuru.
—En ese caso, vuestra prioridad será descubrir qué elemento es. Preferiblemente, de manera discreta, pero si no tenéis más remedio que entablar un enfrentamiento, que sea sólo para averiguar su elemento y, una vez lo sepáis, cesáis la pelea, os largáis, os esfumáis y me informáis. Nada de enfrentamientos por otro motivo. Hay mucha vigilancia policial últimamente, Hatori Nonomiya parece querer aumentar la presión por si caza por fin a algún iris. Es imprescindible no llamar la atención ni aunque sea un problema interno entre iris. Y eso va por ti, escandaloso de los cojones —señaló a Drasik.
—Que te jodan, don Sonrisas —le espetó este—. Oye, sin contar contigo porque naciste así, yo soy el iris más temprano del mundo. Seguía llevando pañales cuando me convertí, ¿por qué no me tomas en serio como a los demás, que se convirtieron a edades más tardías? —preguntó señalando a los demás.
—Porque, de todos nosotros, eres el que conserva más de su antigua parte humana y al que más le cuesta evitar dejarse llevar por sus emociones. Sigues siendo impulsivo, después de tantos años. Y eso es porque no te da la gana de hacer los ejercicios de autocontrol que necesitas.
—¡Llevo haciendo misiones desde que tengo 4 años! ¡Seré impulsivo, pero tengo más experiencia que Sam o Nakuru! —insistió Drasik.
—¡Escucha, pelmazo! —se hartó Raijin.
—Chicos —les interrumpió Yako de repente, con un suave gesto conciliador—. No os alteréis tanto, por favor.
Al ver que Yako se masajeaba las sienes y cerraba los ojos con molestia, Raijin y Drasik se dieron cuenta de que sus energías iris alteradas le estaban afectando y dejaron de discutir al instante. Drasik se puso a mirar a otro lado, refunfuñando.
—Si en algún momento os veis forzados a entablar un enfrentamiento con algún miembro de la MRS durante vuestra misión de reconocimiento —prosiguió Raijin, mirando a Nakuru y a Drasik—, procurad que no os reconozca. Cuanto más tarden en saber que nosotros, la KRS, estamos en movimiento, más ventaja tendrá Kyo. Cuando veáis a alguno, arregláosla para dirigirlo a un lugar lo más apartado del público posible. Si oculta su cara o su ojo de luz, provocadlo si es necesario, y cuento con que os enfrentéis a ellos sólo para descubrir cuál es su elemento. Solamente para eso —repitió—. Así, podremos tenerlos localizados a cada uno.
—Y en el posible caso de que se hayan dividido, unos para la persecución y otros para el bloqueo zonal —añadió Yako, entendiendo el plan—, sabremos qué elementos están en cada grupo y podremos saber cómo enfrentarnos de antemano a cada uno.
—Por ahora, esto es todo —concluyó Raijin.
—Ah… ¿Y yo qué hago? —preguntó Yako, con una cara exageradamente triste—. Te has olvidado de mí.
—Tú y yo ya pasaremos a la acción cuando vayamos a ayudar a Kyo allá donde esté. Sam, es tu turno, en cuanto puedas. Y vosotros dos —miró a Drasik y a Nakuru—, os digo lo mismo. Ya sabéis qué hacer.
Seguidamente se puso de pie y los otros cuatro vieron que se marchaba sin más.
—Eh, ¿a dónde vas? —le preguntó Drasik.
—A informar a Lao de la situación, debe saberlo —contestó mientras se dirigía a la puerta, sin volverse—. Y que esto quede entre nosotros, ni una palabra a nadie más hasta que sepamos quién nos ha espiado. Alguien cercano ha delatado a Kyo y podría ser alguien de nuestros aliados con problemas de lealtad.
Una vez que Raijin se fue, los demás también se pusieron en movimiento.
—Bueno, supongo que he de dejarte libre lo que te queda de turno —dijo Yako, mirando a Sam.
Este se puso en pie, quitándose el delantal reglamentario y dejándolo sobre la mesa.
—No me lo descuentes de la paga —le dijo como respuesta, y salió a la calle, perdiéndose de vista.
—Yako, ¿me traes un refresco de naranja y un sándwich de salmón? —le dijo Drasik, que de repente se había puesto a mirar la carta del menú, tan tranquilo.
—¡No puedes hablar en serio, Dras! —se enfadó Nakuru.
—¿Qué pasa? Trabajo mejor con el estómago lleno.
—Ayyy… Vamos, “hermanitos”, id a cumplir vuestra parte, no hay tiempo que perder —suspiró Yako pacientemente, apoyando la barbilla en una mano—. Cuando hayamos zanjado con éxito este embrollo con la MRS y Kyo esté de vuelta, ya os invitaré a los tres a una de mis mejores hamburguesas.
—Yako, eres demasiado bueno —le sonrió Nakuru, mientras agarraba a Drasik de un brazo y lo obligaba a moverse de una vez, pese a las quejas de este por quedarse con hambre.
Yako se quedó solo. Lo único que podía hacer en ese momento era volver al trabajo mientras el resto de sus compañeros zanjaban sus primeras tareas, así que se puso a ello. Se levantó de la silla con pereza y se dirigió a la barra, pero entonces se topó con dos niños pequeñitos que acababan de entrar por la puerta.
—¡Anda, mis mellizos favoritos! —sonrió, agachándose junto a ellos—. ¿Otra vez os han aparcado aquí?
—Es que la señora Agatha dijo que tenía que irse a su casa porque iba a venir un fontanero a arreglarle una tubería y que llegaba tarde y que no podía hacerle esperar en la puerta de su casa y se ha tenido que ir con prisa —contestó Clover del tirón, como si lo estuviese leyendo en un cartel.
—¿La señora Agatha os ha dicho que me digáis todo eso? —rio Yako.
—Sí —gruñó Daisuke; parecía impaciente.
—Creo que a Agatha se le están acabando las buenas excusas para decir que le ha surgido un recado importante en alguna otra parte del planeta —suspiró Yako en voz baja.
—Dijo que te dijéramos que te encargases de nosotros hasta que nos viniesen a recoger —le dijo Daisuke, mirándolo fijamente—. Así que venga, saca los pasteles.
—A sus órdenes, señor —contestó Yako poniendo una postura de soldado, risueño, y cogió a cada uno con un brazo y se los llevó a la sección de pastelería.
—Es que papá no está en casa aún —le explicó Clover—. Hemos pasado un finde muy díver con los abuelitos, pero nos han traído a nuestra casa muy pronto hoy, y papá aún no estaba en casa, así que papá aún debe de estar ocupado, porque trabaja mucho, ¡incluso los fines de semana!
—Vuestro papá trabaja mucho para sacaros adelante, ¿eh? —admiró Yako, sentando a cada uno en un taburete.
—Sí, es muy bueno —sonrió Clover, mientras su hermano empezaba a engullir un trozo de tarta que le había puesto Yako en un plato.
—Sí, debe de serlo, como para poder soportar a este devorapasteles… —rio, revolviéndole el pelo a Daisuke.
—Yo le dije a Agatha que podía dejarnos solitos en casa hasta que papá viniera, porque ya no somos bebés, somos más mayores —continuó Clover, metiéndose un trozo de fresa en la boca—. Pero ella dijo: “¡No, impensable que unos niños de 5 añitos estén solitos en una casa!” Entonces nos ha traído aquí, porque ella siempre dice que no hay lugar más seguro que esta cafetería.
—¡Y no os engaña! —se rio Yako de nuevo—. Nadie bajo mi cuidado podría jamás estar en peligro. Las personas malas tienen la entrada prohibida en mi local, ¿sabéis?
—Pero Yako —dijo Daisuke—. ¿Qué pasaría si una persona mala se colase por la puerta sin que te des cuenta?
De una forma muy sutil y fugaz, los ojos dorados de Yako emitieron un pequeño destello sobrehumano. De hecho, pareció hacerse el silencio absoluto y congelarse el aire durante una fracción de segundo. El rostro de Yako emitió algo escalofriante por un instante. Hasta que, de repente, volvió a aparecer su habitual sonrisa dulce en los labios.
—Oh, pues lo olería enseguida. ¿No sabéis que yo huelo a una mala persona a distancia? Entonces, agarraría mi escoba y lo sacaría de aquí dándole escobazos en el trasero.
—¡Hahahah…! —se rieron los niños al imaginarlo.
Ciertamente, si una mala persona entrara en la cafetería, no importaba si era un agresor, o un violador, o un pedófilo, o un mafioso, ni lo mucho que lo ocultara bajo un aspecto aseado y bien vestido. Su vida correría inminente peligro si Yako detectaba su hedor a mala energía. Era el único tipo de humanos con los que Yako abandonaba toda su amabilidad.
—Bueno, tengo que trabajar, así que os pido por favor que no arméis mucho escándalo como el de la última vez, ¿vale? Si vais a jugar con los demás niños, nada de romper cosas.
—Vaaale —contestaron los dos al unísono.
* * * * * *
Sam estaba en el Parque Yoyogi, de pie entre los árboles y rodeado de suma oscuridad, donde la luz de las farolas no podía llegar. No había nadie. Sólo se oía el susurro del viento pasando entre las ramas de los árboles. Miró hacia el cielo, y se puso las manos alrededor de la boca como altavoz. Cuando su ojo izquierdo desprendió una luz verde oscuro, comenzó a emitir un silbido agudo hacia las sombras de los alrededores, entonando una extraña melodía.
Después de unos minutos, el silencio se vio roto por un estruendoso ruido del batir de varias alas. Una pequeña bandada de pequeños pájaros negros salió del bosquecillo como un manto coordinado, y se alejó por el cielo. Todo volvió a la tranquilidad, como si no hubiese pasado nada.
Sam permaneció mirando la lejanía, en silencio, y entonces se marchó.
* * * * * *
Neuval anduvo de un lado a otro del salón, cruzándose de brazos, descruzándolos. Se paró, pero volvió a dar vueltas. Suspiraba constantemente, nervioso. Y miraba el teléfono cada dos por tres. Hana y Yenkis, sentados en el sofá, lo miraban sin decir nada. A medida que fue pasando el día, Neuval ya se había empezado a dar cuenta de que algo pasaba con Cleven.
—Puede que esté en casa de alguna de sus amigas —opinó Hana.
—Ya he llamado a la casa de su amiga Raven —negó Neuval, sin poder estarse quieto—. No saben nada de ella, y en casa de Nakuru no cogen el teléfono, ya que Kamui trabaja por las noches. Y encima el móvil de Cleven desvía mis llamadas.
No dijo más, pero saltaba a la vista que estaba pensando en todo tipo de posibilidades acerca de qué podría estar haciendo su hija.
—Ya sabes que los domingos los suele pasar fuera de casa —comentó Hana, intentando tranquilizarlo—. Habrá ido de compras, o quedado con alguien.
En ese momento, Neuval y Yenkis cruzaron una breve mirada, y por una fracción de segundo se les pasó por la mente la imagen de Kaoru. Pero descartaron esa posibilidad. Cleven podía ser irresponsable e insensata, pero no idiota. Ni Neuval ni Yenkis creyeron ni por asomo que Cleven hubiese vuelto a quedar con él, después de que ella misma lo hubiese descubierto engañándola. En eso, ambos la conocían bien, y sabían que Cleven no daba segundas oportunidades a nadie que hubiera osado ponerle la mano encima o engañarla y no sentir remordimiento por ello. Al menos, eso Neuval se lo había enseñado bien desde pequeña.
—Volverá, tarde o temprano, no le des tantas vueltas. Tal vez esté en alguna fiesta, o en la discoteca, o haya quedado con otras amigas diferentes —dijo Hana, poniéndose en pie, y le acarició con cariño la mejilla—. Todos hemos tenido 16 años.
—Eso es lo que más me intranquiliza, Hana —murmuró él, para que Yenkis no los oyera, y agarró sus manos—. Ni tú ni yo podemos decir que hayamos sido un buen ejemplo con 16 años.
—Ella no tiene los problemas que yo tuve, ni los que tú tuviste. Ella ha tenido una vida fuera de peligros y traumas gracias a ti. Si se ha ido, es solamente porque se ha enfadado, no porque quiera hacer algo terrible. Neu, no te preocupes tanto, no ha pasado ni un día. Sé paciente —le dio un beso en la mejilla y salió del salón.
—Ni siquiera ha dejado una nota o algo… —continuó diciéndose Neuval, preocupado, hablando con las paredes—. No se ha sabido nada de ella en todo el día. ¿Y si le ha pasado algo? ¿Y si...? ¿Y si alguien se la ha llevado? Hay gente peligrosa, por todos lados, cualquiera podría…
—Ya, papá —le sonrió Yenkis—. No dramatices, Cleven ya sabe cuidarse solita.
Esta vez Neuval se detuvo y clavó la mirada en Yenkis, serio. Acto seguido, se agachó frente a él, observándolo fijamente, analizándolo meticulosamente.
—Où est-elle? —preguntó. (= ¿Dónde está?)
—¿Y yo qué voy a saber? —dijo Yenkis, encogiéndose de hombros—. Es mi hermana mayor, ¿crees que ella me cuenta los planes que va a hacer cuando sale? Venga ya, como si fueran asunto mío.
Yenkis notó un escalofrío por la espalda. Su padre seguía con sus ojos plateados estáticos sobre los suyos, penetrantes, escudriñando su mirada. El niño sentía que era como si pudiera leer de verdad la mente.
—Mientes muy mal —murmuró Neuval.
El chico procuró disimular una cara sorprendida. Había hecho lo posible para parecer lo más inocente posible y, sin embargo, su padre podía ver realmente dentro de su mente. ¿Cómo lo hacía? Siempre sabía cuándo alguien mentía y cuándo no. No se atrevió a decir nada y desvió la vista, incómodo.
—¿Por qué no esperas a mañana? —murmuró, encogiéndose de hombros otra vez.
—Se ganará el castigo de su vida como mañana no aparezca —aseveró Neuval, saliendo del salón para tomar un poco el aire en el jardín.
* * * * * *
Cleven se desplomó sobre la cama de su habitación del hotel. Junto a ella estaba la guía telefónica. Sin embargo, ahí se quedó, contemplando el techo, donde aparecía y desaparecía la imagen de la cara de Raijin. Qué chico tan interesante, pensaba, tan fuera de lo común, o al menos tan distinto a cualquier persona que hubiese conocido antes. No podía dejar de pensar en él. Pese a haber pasado gran parte del día con él, seguía siendo un completo desconocido, y más que eso, un misterio.
¿Por qué era de aquella forma? Las personas necesitan relacionarse con los demás para sobrevivir, pero Raijin parecía tener un problema con eso… o algún tipo de miedo… ¿o rencor?
«¿Qué puede haberle pasado en la vida, como para cargar con tanta apatía?» se preguntaba. «La verdad es que… me recuerda un poco a mí… después de que mamá muriera. Esa mirada cansada, ese vacío en mi mente, esa indiferencia por todo… no sentir nada… Yo también padecí esas cosas durante unos años. Pero Yenkis ha sido mi mayor motivo para salir de ese estado y mejorar. Y Nakuru. Si Raijin también ha sufrido una pérdida importante como yo, él también tiene a alguien que se preocupa por él y lo quiere. No hay más que ver cómo Yako se comportaba con él esta mañana, para él es como un hermano. Aun así, el vacío de Raijin parece todavía pesar demasiado… Ojalá pudiera ayudarlo a sentirse mejor».
Se tumbó de lado sobre la cama. No sabía qué hacer, es decir, no podía dejar de darle vueltas a eso y concentrarse en hacer lo que debería hacer, que era llamar a su tío. Pero no tenía opción, era el momento de coger el teléfono y seguir los pasos de su plan principal.
Tenía que serenarse. Se sentó sobre la cama y dio un largo resoplido para intentar evaporar los nervios. Cogió el grueso libro que contenía los miles de teléfonos de los ciudadanos de la zona centro de Tokio y lo puso sobre sus piernas. Comenzó a buscar “Saehara”, el apellido de su madre, por lo tanto, de su tío también, deslizando el dedo por encima de cientos de eses con las que comenzaban incontables apellidos. Tardó un largo rato, pasando páginas. La noche se iba cerrando cada vez más hasta que, por fin, lo encontró.
—Saehara, Brey —murmuró, y empezó a latirle el corazón con fuerza—. ¡Aquí está! ¡Aquí!
No cabía duda. Había docenas de “Saehara”, pero solamente uno que se llamaba “Brey”, pues no era un nombre nada común. Enseguida cogió el teléfono inalámbrico de la mesilla de noche y preparó el dedo pulgar para marcar, pero no hizo más. Se quedó inmóvil. Su mano no la obedecía. Se dio cuenta de que estaba muerta de los nervios; se dio cuenta por primera vez de lo que iba a hacer en ese momento.
Su tío. ¿Quién era su tío? Ella no lo había visto en la vida, que supiera. Era un hombre desconocido, por muy familiar suyo que fuese. Hablar con un familiar que no fuese padre o hermano, era la primera vez. Para un tío que tenía, y no sabía absolutamente nada de él... ¿Qué le iba a decir? “¿Hola, soy tu sobrina, Cleventine Vernoux, la hija de tu hermana, y me preguntaba si no te importa que nos conozcamos y me vaya a vivir contigo?”
Volvió a colgar el aparato y suspiró. Estaba confusa. ¿Qué pasará entonces si le decía eso? «A lo mejor él tampoco me conoce de nada o no sabe ni que existo» pensó, empezando a preocuparse. «¿Sería conveniente interferir así en su vida, tan de repente? Puede que tenga una familia, esposa e hijos, un trabajo digno, una vida normal... ¿Y voy a ir yo, así de pronto, a decirle esto?».
Se mordió el labio, y miró de un lado a otro, intrigada. No podía perder la oportunidad, después de haber llegado hasta ahí. Y entonces se acordó de una frase que su padre solía decir a veces: “no lo sabrás hasta que no lo intentes”. ¡Vaya! Para algo que decía ese torpe y debía tener razón.
Cambió de postura sobre la cama, arrodillándose sobre el colchón y sacudió las manos como si con eso pudiese hacer que la tensión saliera de la punta de los dedos. Tenía la mirada clavada en el aparato, seria, desafiante. Lo volvió a descolgar, ya no había marcha atrás y, señalando el número de teléfono en la página para no perderlo de vista, lo marcó. Número por número, cada vez le temblaban más las manos.
Ya está. Esperó, notando los latidos de su corazón en el pecho, y sonó el primer pitido. Respiró profundamente, una y otra vez. «Ya está, no pasa nada, sólo voy a hablar con una persona, una persona que es de la familia» se decía, mientras seguían sonando los pitidos. «Tenemos lazos de sangre, es hermano de mamá, tiene que ser una buena persona... Seguro que es simpático, y que no se va a enfadar, y que tendrá ganas de conocerme…».
—“El número que ha marcado no respon-...”
—¡Aagh! —rugió Cleven a las cuatro paredes y colgó el auricular con violencia.
Había saltado el contestador. No estaba en casa. Tanta comedura de coco y su tío no estaba en casa, o bien estaba dormido ya. ¿Pero tan pronto? Da igual. No tenía más remedio que volver a intentarlo mañana.
«A lo mejor trabaja mañana temprano y se acuesta pronto. O habrá salido a cenar por ahí con su familia. O también es que está trabajando ahora y no vuelve hasta tarde...» caviló, tumbándose sobre la cama, abatida. Su tío podía estar haciendo cualquier cosa, como la mayor parte de la gente de la ciudad. De todas maneras, decidió llamar al día siguiente a una hora diferente.
Tranquilidad, ahora debía calmarse. No había pasado nada. Aún hay tiempo, se decía. Su padre ya debía de haberse puesto furibundo al ver que no volvía a casa a esas horas. Pues nada, él también tenía que esperar a ver qué pasaba. Cleven se imaginó que su padre llamaría a sus amigas, de lo cual no conseguiría nada, y si las cosas se ponían más inquietantes para él, llamaría a la policía. A ella no le importaba esa cuestión, confiaba en que mañana ya conseguiría contactar con su tío. Y entonces, todo arreglado.
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