1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
La chica de cabello corto, tras recibir las instrucciones de Yako, se metió tras la barra y después por una puerta que daba a la cocina. El chico de los pantalones de guerra ya estaba al otro lado de la barra y se estaba poniendo un delantal de color verde oscuro elegante con el logo dorado de Ya-Koffee, por encima de su ropa. Y el otro hombre, el moreno y robusto sin afeitar, se fue con el mismo delantal hacia la otra barra, tras las urnas de pasteles. Cleven perdió de vista a Yako sin previo aviso, y miró extrañada a su alrededor, girándose sobre su silla.
—Pronto esto estará lleno —apareció el susodicho justo al lado de ella, dándole un pequeño susto.
«Caray… O es muy veloz, o es muy silencioso, o las dos cosas juntas» pensó Cleven.
—No me extraña, este sitio es genial —le dijo entusiasmada—. Así que, ¿tus empleados son amigos cercanos también?
—Sí —contestó, sentándose en la silla frente a ella—. Ella, la chica, es MJ. Va a mi clase en la universidad, también tiene 21 años, nos conocemos desde que empezamos la carrera. De hecho, es de mis más queridas amigas. Tiene tanto talento para la cocina como para las leyes, es de las huma-… o sea, de las personas más inteligentes que conozco. —Cleven la observó entonces con interés—. Luego, el hombre que no se ha afeitado es Kain Bounty, lo conozco desde que se presentó aquí buscando trabajo hace un par de años para costearse su carrera de Turismo. Tiene 27 años, y es muy majo. Un poco bruto, pero guasón.
—Mm… habla con un acento extranjero —comentó Cleven, que ahora observaba a Kain.
—Lo es —afirmó Yako—. Es de Nueva Zelanda, vive aquí desde que comenzó su carrera.
—Vaya —se sorprendió Cleven—. De Nueva Zelanda…
—Y luego está… —continuó Yako.
Pero Cleven se dio un pequeño susto, otra vez, cuando descubrió de repente que el chico que iba tan abrigado y camuflado estaba justo a su otro lado, sujetando un boli y una libreta, muy quieto. «¡Otro que brota de la nada!» pensó la joven, devolviendo el corazón a su sitio.
—Samuel —terminó de decir Yako, señalándolo—. ¿Qué tal, Sammy? No te sienta bien madrugar.
—Ni tampoco esperar —dijo irónico, con un tono indiferente.
—Vale, vale, prometo que jamás volveré a llegar tarde —se excusó Yako.
—¿Será esta la décima y definitiva promesa?
—No seas malo… —sollozó Yako, que sin previo aviso volvía a tener esa cara llena de pena y desolación tan graciosa.
Cleven se rio un poco, entretenida con esa escena entre ambos. Pero se hizo un silencio muy pesado ahí. Confusa, miró a Yako, que volvía a estar tan contento. Y luego miró a Samuel, que seguía ahí sujetando su boli y su libreta, con la capucha puesta y la braga de nieve tapándole entero, que ni siquiera se le veía el blanco de los ojos. Entonces se percató. «¡Ostras, que lo decía también por mí!». Se dio cuenta de que el chico llevaba todo el rato esperando su pedido.
—¡Ah, sí, lo siento! —saltó, cogiendo el cartelito plastificado de la mesa y echó un rápido vistazo. Pero le dio algo de reparo, y miró a Yako tímidamente.
—No. Ni se te ocurra pensar en los precios. Te dije que yo te invitaba a desayunar lo que quisieras, así que pide todo lo que quieras. Hoy es tu primer desayuno, y sea cual sea, el primer desayuno es gratis —sonrió Yako.
Cleven lo miró enormemente agradecida otra vez y le indicó a Samuel lo que quería, el cual lo apuntó en la libreta, y, sin más, dio media vuelta y se fue. Cleven tenía un nudo en la garganta, y miró a Yako una vez más.
—Lo sé —se rio este, adivinando sus pensamientos de nuevo—. Sam es un chico algo raro, muy callado, y tan discreto que a veces no nos damos cuenta de que está ahí. A muchos clientes les gusta ese tipo de servicio, directo, pocas palabras y breve. Pero es una persona muy buena. Es como un hermano para mí.
—¿Por qué va tan camuflado?
—No le gusta mucho el frío, aunque sí la lluvia. Es de Entebbe, Uganda. Es más de clima tropical. El invierno de Tokio es duro para él. Tiene 17 años y va a tu mismo instituto, ¿nunca lo has visto antes por ahí? —Cleven abrió la boca para decir la obviedad de que le era imposible saberlo si ahora iba tan tapado que no se le veía ni la nariz, pero Yako cayó enseguida—. Hahah… ya, no, era una pregunta tonta.
—Guau, aquí hay gente de dos puntos opuestos del mundo —sonrió emocionada—. Con una de mis mejores amigas y cierto idiota del instituto, ya conozco a cuatro extranjeros.
—¿Yo no cuento?
—¿Eh?
—Soy chino. De una región… cercana a Pekín —dudó por un segundo.
—¡Ah, qué guay! ¿Cuánto hace que vives en Tokio?
—Mmm… bueno, desde muy pequeño he estado yendo y viniendo, entre Tokio y mi lugar natal… Es que aquí tengo muchos amigos, que son muy cercanos incluso de mi padre, de antes de nacer yo. ¿Y tú? ¿Eres extranjera también?
—Sé que lo parezco, pero no. Nací aquí, lo que pasa es que mi padre es occidental, y mi madre de aquí, y…
—¡Ah, mestiza! Ya entiendo. ¡Como yo! ¡Y como casi todos mis amigos!
Cleven se sorprendió al oír eso y fue a preguntarle con curiosidad qué otra nacionalidad tenía, pero MJ lo llamaba desde la cocina y Yako tuvo que levantarse e irse para allá, pidiéndole a Cleven que lo disculpara.
No habían pasado ni diez minutos y el lugar, efectivamente, se estaba llenando de mucha gente. Mujeres, niños, hombres, jóvenes, ancianos, y muchos de ellos a veces se ponían a conversar con Yako en la barra, lo que a Cleven le dio a entender que tenía buena fama en la zona. Kain y Sam estaban todo el rato de aquí para allá, atendiendo las mesas, mientras Yako atendía en la barra y en la sección de pastelería y MJ en la cocina todo el tiempo.
Cleven disfrutó de su estancia allí, pasando la mañana de aquel domingo. Mientras engullía sus tortitas, se dedicó a observar a la gente, que provocaban en el local una masa de voces y risas. Gente feliz. Entonces bajó la mirada hacia su plato, acordándose del día de ayer. Trató de olvidarlo.
—¿Todo bien? —le preguntó Yako al acercarse a su mesa.
—Todo estupendo —afirmó Cleven—. No mentías con lo de las tortitas, ¡las mejores que he probado!
Yako le dedicó un gesto contento, pero seguidamente levantó la vista con sobresalto, mirando a las espaldas de Cleven.
—¡Ah, tú por aquí por fin! ¿Qué tal estás? —le oyó decir mientras se iba, pasando de largo junto a ella.
Cleven no se giró para ver a quién saludaba. Seguro que se trataba de otro cliente habitual de allí que había entrado por la puerta, la cual estaba a unos metros detrás de ella. Oyó la voz de Yako diciéndole a esa persona que se sentase y que enseguida lo atendía. Masticando con tranquilidad, giró su cabeza a la derecha para ver que Yako volvía a la barra, donde estaba Sam, seguramente para decirle que atendiese al recién llegado, y acto seguido se metió en la cocina. Y volvió la vista a su plato, tan tranquila.
Fue entonces cuando el recién llegado pasó por su lado, para dirigirse a la mesa libre de más allá, frente a ella. Fue un momento tenso, paralizante, como si pasase a cámara lenta. Con la cabeza gacha, a punto de meterse un trozo de tortita a la boca, miró por el rabillo del ojo hacia su derecha. Era un chico alto y rubio, con una cazadora negra de cuero y una mochila al hombro. Levantó la vista completamente, siguiéndolo, ignorando el trozo de tortita de su tenedor. Pareció un momento eterno, y ni siquiera se dio cuenta de que tenía la boca abierta. Lo vio sentarse unas tres mesas más allá, en la silla que lo dejaba de cara a ella.
Cleven bajó lentamente el tenedor hacia su plato, sin poder apartar la mirada. Los cabellos rubios del chico oscilaron cuando se sentó, sin siquiera quitarse la chaqueta, y se quedó ahí, con un brazo apoyado sobre la mesa y la vista fija en la cristalera, observando el exterior, donde ya nevaba con más fuerza.
Fue una escena como de película. O más bien, la imaginación de Cleven la adornó un poco. Tenía un aspecto serio, severo, casi intimidante. No obstante, pacífico. Podía destacar de entre la gente, no sólo por su atractivo, sino porque emitía un aura tan electrizante como imponente. Era como si acabara de caer un rayo y dejado a todos sin aliento.
—La… madre… del cordero… —musitó Cleven con un hilo de voz, hipnotizada—. Dios existe.
No podía reaccionar, sólo contemplar. Era un chico seguramente de la misma edad de Yako, más o menos. Tenía el pelo más corto por la nuca, pero algo más largo por arriba y ondulado, por lo que, al estar casi cabizbajo, le tapaba un poco los ojos. Por eso, Cleven se fijó en su nariz, sus labios, su barbilla… Le recorrieron mariposas por el estómago.
«Tengo que acercarme a él como sea» se repitió una y otra vez. Ya había despertado, ya había resurgido la Cleven ambiciosa que escasas veces había dejado salir en los últimos años. Kaoru era historia, estaba enterrado para siempre, después de lo que Cleven le descubrió haciendo ayer. Había estado dispuesta a dejar que el desengaño la afectara y la deprimiera por cuánto, ¿una semana? ¿Un mes? No le iba a conceder ni un solo día entero a ese cretino. Así como tampoco le iba a conceder ni un solo día más a siete años de tristeza, monotonía y estancamiento.
Se había fugado de casa por una razón. La propia Cleven creía y reconocía que había sido por un capricho emocional. Pero el motivo era mucho más grande que esa tontería, más profundo. Su subconsciente, o más bien, algo encerrado en su subconsciente, estaba empezando a romper la coraza de algo muy importante que hace muchos años tenía olvidado.
Creyó durante unos días que lo suyo con Kaoru era por fin una relación seria que podía ir bien, pero no. Ya estaba harta de tanto hipócrita, y de tanto esperar a que sucediese algo nuevo, a esperar a que algo por lo que mereciera la pena vivir apareciera de una vez.
Se había ido de casa para dejar de esperar e ir a buscar ese algo ella misma.
¿Pero qué era ese algo? ¿Que le tocase la lotería? No, su padre era rico. ¿Una vocación profesional? Con 16 años todavía no le importaba mucho ese tema. ¿Que apareciera un príncipe azul? Puede, a lo mejor, allá cada una con sus gustos. ¿Que descubriera que tenía superpoderes? Mejor mantener la cabeza en el mundo real, que ya no tenía 10 años.
Pero… claro… ¿dónde terminaba el mundo real y comenzaba un mundo de ficción, cuando Cleven juraría que le pareció ver en más de una ocasión que uno de los ojos de su hermano pequeño brillaba por sí solo, o cuando acababa de ver una plantita marchita recuperarse en cuestión de segundos cuando Yako pasó al lado, o cuando vio que ese adonis rubio se sentaba en una simple silla de una simple mesa para tomar un simple café en lugar de estar en el Olimpo con los demás dioses?
Si un inconsciente deseo de descubrir y recuperar la verdad olvidada o de buscar un algo por lo que mereciera la pena despertarse cada mañana tenía que empezar con pequeños caprichos emocionales, o lo que a simple vista parecían impulsos rebeldes o absurdos de una adolescente… adelante con ello, le decía una voz interna a Cleven.
Y ahora, ese, ese chico rubio era lo que buscaba. Se convirtió en el siguiente nuevo capricho. Le había dado un flechazo, el mayor de toda su vida. Nada ni nadie la detendría. Iba a dar un cambio en su vida, y con ganas pensó en atreverse con aquel reto.
«¿Qué le digo?» caviló, apretando los dientes, mientras Sam le tomaba nota al rubio Míster Universo y volvía a irse. «Ya sé. Usaré la excusa de que soy nueva en este lugar. Mi mochila es la prueba. Le diré que estoy buscando piso, y si puede ayudarme a conocer esta zona. Le diré que estoy sola y que no conozco a nadie de por aquí».
No se le ocurrió ni por un momento decirle que estaba buscando a su tío, pues si se lo decía, estaba segura de que le respondería que entonces lo dejase en paz y que su tío le enseñase la zona. Tuvo la esperanza de que el chico tuviese compasión de ella y que se creyera lo de que necesitaba ayuda y estaba sola en un sitio que no conocía.
«Le diré si me puede enseñar la zona, y planearé algo más para seguir con él, en caso de que este plan dure poco» sonrió para sí. «¡Allá voy!». Se puso en pie de un salto, clavando la mirada en su objetivo, pero entonces le dio el tembleque. Ella nunca había sido tímida a la hora de acercarse a un chico. Este era diferente.
Respiró hondo, calmándose, y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que Yako y los otros no la viesen, porque si no, se moriría de vergüenza por tratarse de un amigo de ellos. Se separó de su mesa, echándose la mochila al hombro y abandonando lo que le quedaba de desayuno, impropio de ella, y fue paso a paso, firme, hacia la mesa donde estaba él.
No podía ser, ya estaba temblando de los nervios, pero ya estaba muy cerca y trató de serenarse. Se paró a un par de metros de distancia, y actuó como tenía planeado. Se hizo la sueca, mirando a su alrededor como buscando algo o a alguien, con cara confusa, y después le echó valor y posó la mirada en el chico. Dio tres pasos más hasta acercarse a él lo suficiente.
Él tenía toda la pinta de no haber reparado en ella, porque seguía mirando hacia el ventanal. De hecho, estaba muy quieto, desprendiendo indiferencia, incluso una aura fría. Cleven tuvo que llamarle la atención.
—Di... disculpa... —dijo entrecortadamente—. ¿Po-podrías ayudarme?
«¡Eso, sigue tartamudeando como una idiota y lo tendrás en el bote!» se regañó a sí misma, sintiéndose como una imbécil, pero en cualquier caso no podía dar media vuelta y marcharse. Esperó, inmóvil, de pie frente a él, agarrando con fuerza el asa de su mochila.
Para su mayor preocupación, el chico seguía con la cabeza gacha, en sumo silencio. «Mierda. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? No reacciona, no se mueve, no levanta la vista, ¡no le veo los ojos! ¿He dicho algo malo? Algo falla, algo falla... ¿Por qué no me hace caso? ¿Será sordo, ciego, mudo, subnormal tal vez? ¡Me está ignorando! ¡Esto nunca me había pasado!». En la cabeza de Cleven había huracanes de nervios descontrolados, aunque conseguía parecer tranquila exteriormente. Le iba a dar algo, estaba muerta del ridículo que parecía estar haciendo.
De pronto, el chico comenzó a levantar y a girar la cabeza hacia ella, lentamente, despacio, serio, y el corazón de la joven se aceleró. Consiguió verle los ojos por fin, consiguió distinguir su rostro. Se quedó en trance. Tenía ojos verdes claros, una mirada profunda. Su nariz recta, sus labios, su mentón… Todo era perfecto, era el chico más guapo que había visto en toda su vida, y se ruborizó hasta las orejas, sin poder reaccionar.
«No soy digna» pensó de inmediato, a punto de arrodillarse y realizar una alabanza con los brazos estirados. «No, Cleven, ¿pero qué dices? Deja de menospreciarte tanto. Tiene que ser este, el chico perfecto. Tiene que ser… ¡mío!».
Pasó un rato que parecía eterno, los dos mirándose, una con cara de imbécil y el otro… no se sabía, era indescriptible, y rodeados del barullo de la gente mientras que ellos estaban en completo silencio. Cleven ya empezó a dudar, pensó que tal vez debía de dar media vuelta y hacer como que no...
—No me lo digas.
Cleven dio un brinco, sobresaltada, al oír su voz, aunque trató de disimularlo. Agudizó todos sus sentidos, intrigada. Vio que el chico tenía la vista fija en la mochila.
—Eres nueva por aquí y quieres que te ayude a conocer la zona.
Cleven sintió como si se le derramara encima una cascada de agua helada. Contuvo la respiración. ¡Había dado en el clavo! Temió por un momento que ese ya hubiera descubierto sus intenciones, que pudiera leer la mente o algo así. No tenía ni la más remota idea de qué decir ahora.
Entonces llegó el “momento conciencia” dentro de su cabeza: «Clevy, sé buena y deja a este buen chico tranquilo, anda» le decía una voz angelical. «¡No le hagas caso!» apareció la voz demoníaca, «¡Síguele la corriente a Míster Universo e insiste en que te enseñe la zona, hazte como la que no sabe nada! ¡Insiste! ¡Insisteee!». «Hmm...» Cleven sonrió con malicia, ya lo había decidido. No tenía miedo de nada. Primero optó por tranquilizarse, preparándose para no volver a quedarse colgada cuando mirase al chico y su belleza volviera a darle un sopapo en la cara.
Sin más dilación, arrimó una silla junto a la mesa y se sentó frente a él.
—Pues has acertado totalmente, ¿cómo lo has sabido? —quiso saber, mostrando una actitud inocente.
Sintió otra vez escalofríos, pues el chico se inclinó lentamente hacia ella y le clavó esos ojos severos y fríos. Daba miedo. Pero del bueno.
—No te ofendas, pero... —murmuró con voz profunda—. Esta es la cuarta vez en este mes que una persona casualmente chica joven y casualmente nueva por aquí me pide ayuda a mí en vez de a otro. Tal vez tú me lo puedas explicar.
«¡Ahí va!» se quedó perpleja. «Hijo, porque eres adictivo a la vista» se dijo. «¡Oh, no! A lo mejor me está tomando el pelo, a lo mejor no tengo que explicarle nada... ¿Qué ha querido decir? ¡Ah! ¡No fastidies! ¿¡Es que la tramposa táctica que yo estoy empleando es algo más común de lo que yo creía!? ¡No hay chicas originales en esta ciudad! ¿¡No pensará que...!?».
—¡Eh, oye! —saltó, poniendo las manos en alto como una delincuente frente a un policía, tratando de sonreír con naturalidad, aunque estaba sudando—. ¡No, te juro que no tengo intenciones raras! —mintió descaradamente—. Ve... verás, es que llevo aquí desde las ocho de la mañana, vengo de muy lejos, y me voy a alojar en el Hotel Shibuya Excel Tokyu hasta que pueda encontrar piso y mudarme… Y… mmm… necesito conocer la zona. Ya he preguntado a otras personas, en serio, pero no han querido ayudarme, y…
«¡Clevy, déjalo ya!» reapareció la voz angelical, «¡Que se te va a ver el plumero! ¡Deberías dejar de perder el tiempo y buscar al tío Brey de una vez! ¡Deja en paz a esta buena persona, pobrecito!». «El tío Brey puede esperar, pero este tío bueno, no» replicó la otra voz.
—Hm... —murmuró el chico, haciéndose el interesado—. Y claro, has pensado que tal vez yo sería una excepción.
—Eh... pues sí, espero —sonrió, tensa e impaciente.
—¿Qué quieres saber? —preguntó entonces el chico, apoyándose contra el respaldo de su silla.
A Cleven se le iluminó la cara.
—Ah, pues... Mira, es que voy a independizarme aquí en Shibuya, y no la conozco muy bien. Voy al Instituto Tomonari, que es lo único que conozco, pero ahora que voy a vivir sola aquí, estoy desorientada. Necesito saber, pues... no sé... —titubeó, manteniendo una actitud tranquila, y miró hacia arriba, pensativa—. Dónde puedo encontrar el supermercado, la biblioteca pública, cines, tiendas... cosas por el estilo.
—¿No tienes un mapa callejero? ¿Y quieres estar preparada? —preguntó el chico arqueando una ceja, sarcástico—. ¿Y si te digo en qué calles están cada una de esas cosas y te vas a descubrirlas?
«Qué borde, qué frío, qué severo, me hiela la sangre... ¡No puedo perderlo!» pensó.
—Lo siento, es que soy muy mala con los mapas y carezco del sentido de la orientación, me perdería enseguida, y tengo miedo de perderme en una ciudad así… ¡Oh! Por supuesto te compensaré. Puedo invitarte a comer después, donde quieras.
Se quedó en silencio, sin saber qué más decir. Seguía estando tensa, y encima el chico seguía mirando hacia el ventanal como si la estuviera ignorando, glacial.
—Aquí tienes, amigo —apareció Kain junto a la mesa, poniéndole al chico su café, y reparó en Cleven—. ¿Y esta chica? ¿Nueva niñera?
—No —contestó el rubio con sequedad.
Kain se encogió de hombros y se marchó, dejándolos solos otra vez. «¿Niñera? ¿Cómo que niñera? ¿Por qué niñera?» se preguntó Cleven, pero pensó que tal vez serían cosas de chicos.
—¿Qué edad tienes? —preguntó de repente el joven—. No pareces tener la apropiada para independizarte.
—¿Eh? Pues 16 años, pero no creo que sea tan poco —contestó, y se sintió incómoda porque ahora el chico la estaba mirando fijamente, como analizándola—. ¿Y tú?
Él no respondió. Miró a otra parte.
—Yo te he respondido, sería justo que tú también lo hicieras —protestó Cleven.
—Tengo 20 —respondió con desgana.
—Hm, ya decía yo que un chico con libros de Medicina en la mochila debía de ser universitario —sonrió Cleven, señalando la mochila negra medio abierta a los pies del chico—. ¿Vas los domingos a clase?
No obtuvo respuesta, el chico la ignoró por completo. Esto se estaba complicando.
—Estomm... Bueno, ¿me ayudas? —volvió a la carga.
—¿Qué quieres? ¿Que vaya contigo? —preguntó él, enfatizando la incredulidad de su tono.
—Eh... —sonrió—. Esa era la idea... si no te importa... ¡es que me es muy necesario! Sólo será por hoy, de verdad. Me tengo que organizar enseguida, te juro que te devolveré el favor, lo que quieras cuando quieras —suplicó, empezando a perder la esperanza.
—Lárgate.
Eso le dio a Cleven como una bofetada. Estaba claro, estaba siendo imposible. No quería dejar las cosas así, quería conseguir a ese chico, por muy desagradable que fuese... Lo quería.
Les envolvió otro momento de silencio, pero estaba cargado de tensión, por parte de la joven. Él pasaba de ella olímpicamente, descarada y apáticamente. Peor no lo había pasado Cleven. Bajó la mirada, abatida. Se había acabado, había perdido. Estaba verdaderamente triste. Tanta ilusión acumulada para vaporizarse con una sola palabra.
Sí, era el momento, el momento de ponerse en pie y largarse de allí. Intuyó que el chico estaba esperando a que se fuera de una vez, pese a estar mirando a otra parte, bebiéndose su café como si nada. Suspiró, pues, y fue a levantarse de la silla.
Pero entonces apareció Yako junto a ellos, de la nada, de entre las sombras.
—¡Vaya! —exclamó sonriente—. Veo que estás conociendo a mi mejor amigo —le dijo a Cleven, posando una mano sobre el hombro del rubio.
—¡Ah, tu...! ¿Tu mejor amigo? —repitió ella con sorpresa.
—Oh, sí. Somos inseparables desde que yo tenía 3 años y él 2 —le explicó Yako.
«Mierda, mierda... No lo sabía, ¿qué pensará Yako de lo que estoy haciendo? Va a hacer preguntas y quedaré en evidencia» se inquietó Cleven.
—Oye, Raijin, esta chica tan simpática está un poco perdida por aquí —le sonrió Yako a su amigo, el cual seguía mirando a otra parte, desprendiendo frialdad—. ¿Por qué no le enseñas un poco la zona? Para que se sitúe, hombre, pobrecita. Está sola. Lo haría yo, pero tengo trabajo.
La joven se quedó anonadada al oírle decir eso a Yako. ¿Acaso él había adivinado sus intenciones, o era pura casualidad?
—Y no tienes nada que hacer hoy —concluyó Yako—. Naaada de nada.
—¿Y tú qué sabes, Shokubutsu-chan? —masculló su amigo.
—Shokubutsujin-san, por favor —le corrigió.
—Demasiado largo de pronunciar —replicó.
«¿Qué... qué está pasando?» se preguntó Cleven, mirando a uno y a otro. «¿El adonis rubio se llama Raijin? ¿Y por qué a Yako lo llama Shokubutsu-chan?».
—No te asustes —rio Yako al ver su cara de confusión—. Son motes que nos ponemos. Venga, colega, anímate y ayuda a esta chica. Es muy maja, te lo aseguro.
—Yako, yo... No hace falta —murmuró Cleven, temiendo que pudiese cabrear a su amigo—. No pasa nada, yo...
—Vamos —dijo Raijin repentinamente, poniéndose en pie y llevándose la mochila al hombro.
—¿¡Ein!? —se sorprendió Cleven, paralizada.
—¿No querías conocer la zona? —le gruñó, mirándola por encima del hombro—. Pues mueve el culo, pelmaza.
Ella no entendió nada, absolutamente nada. Menudo cambio de parecer, pensó. Sin embargo, la emoción la envolvió y no pudo más que sentir profunda alegría. No entendía nada, pero qué demonios. Volvió a echarse la mochila al hombro rápidamente y se pegó a Raijin.
—¡Muchas, muchísimas gracias! —le dijo radiante.
Él ni se molestó en mirarla, pues salió de la cafetería como si nada, pasivo, y Cleven tuvo que correr para no perderlo. Los dos se marcharon. «Ay…» suspiró Yako, volviendo al trabajo, «Qué tozudo es este Raijin con los humanos».
La chica de cabello corto, tras recibir las instrucciones de Yako, se metió tras la barra y después por una puerta que daba a la cocina. El chico de los pantalones de guerra ya estaba al otro lado de la barra y se estaba poniendo un delantal de color verde oscuro elegante con el logo dorado de Ya-Koffee, por encima de su ropa. Y el otro hombre, el moreno y robusto sin afeitar, se fue con el mismo delantal hacia la otra barra, tras las urnas de pasteles. Cleven perdió de vista a Yako sin previo aviso, y miró extrañada a su alrededor, girándose sobre su silla.
—Pronto esto estará lleno —apareció el susodicho justo al lado de ella, dándole un pequeño susto.
«Caray… O es muy veloz, o es muy silencioso, o las dos cosas juntas» pensó Cleven.
—No me extraña, este sitio es genial —le dijo entusiasmada—. Así que, ¿tus empleados son amigos cercanos también?
—Sí —contestó, sentándose en la silla frente a ella—. Ella, la chica, es MJ. Va a mi clase en la universidad, también tiene 21 años, nos conocemos desde que empezamos la carrera. De hecho, es de mis más queridas amigas. Tiene tanto talento para la cocina como para las leyes, es de las huma-… o sea, de las personas más inteligentes que conozco. —Cleven la observó entonces con interés—. Luego, el hombre que no se ha afeitado es Kain Bounty, lo conozco desde que se presentó aquí buscando trabajo hace un par de años para costearse su carrera de Turismo. Tiene 27 años, y es muy majo. Un poco bruto, pero guasón.
—Mm… habla con un acento extranjero —comentó Cleven, que ahora observaba a Kain.
—Lo es —afirmó Yako—. Es de Nueva Zelanda, vive aquí desde que comenzó su carrera.
—Vaya —se sorprendió Cleven—. De Nueva Zelanda…
—Y luego está… —continuó Yako.
Pero Cleven se dio un pequeño susto, otra vez, cuando descubrió de repente que el chico que iba tan abrigado y camuflado estaba justo a su otro lado, sujetando un boli y una libreta, muy quieto. «¡Otro que brota de la nada!» pensó la joven, devolviendo el corazón a su sitio.
—Samuel —terminó de decir Yako, señalándolo—. ¿Qué tal, Sammy? No te sienta bien madrugar.
—Ni tampoco esperar —dijo irónico, con un tono indiferente.
—Vale, vale, prometo que jamás volveré a llegar tarde —se excusó Yako.
—¿Será esta la décima y definitiva promesa?
—No seas malo… —sollozó Yako, que sin previo aviso volvía a tener esa cara llena de pena y desolación tan graciosa.
Cleven se rio un poco, entretenida con esa escena entre ambos. Pero se hizo un silencio muy pesado ahí. Confusa, miró a Yako, que volvía a estar tan contento. Y luego miró a Samuel, que seguía ahí sujetando su boli y su libreta, con la capucha puesta y la braga de nieve tapándole entero, que ni siquiera se le veía el blanco de los ojos. Entonces se percató. «¡Ostras, que lo decía también por mí!». Se dio cuenta de que el chico llevaba todo el rato esperando su pedido.
—¡Ah, sí, lo siento! —saltó, cogiendo el cartelito plastificado de la mesa y echó un rápido vistazo. Pero le dio algo de reparo, y miró a Yako tímidamente.
—No. Ni se te ocurra pensar en los precios. Te dije que yo te invitaba a desayunar lo que quisieras, así que pide todo lo que quieras. Hoy es tu primer desayuno, y sea cual sea, el primer desayuno es gratis —sonrió Yako.
Cleven lo miró enormemente agradecida otra vez y le indicó a Samuel lo que quería, el cual lo apuntó en la libreta, y, sin más, dio media vuelta y se fue. Cleven tenía un nudo en la garganta, y miró a Yako una vez más.
—Lo sé —se rio este, adivinando sus pensamientos de nuevo—. Sam es un chico algo raro, muy callado, y tan discreto que a veces no nos damos cuenta de que está ahí. A muchos clientes les gusta ese tipo de servicio, directo, pocas palabras y breve. Pero es una persona muy buena. Es como un hermano para mí.
—¿Por qué va tan camuflado?
—No le gusta mucho el frío, aunque sí la lluvia. Es de Entebbe, Uganda. Es más de clima tropical. El invierno de Tokio es duro para él. Tiene 17 años y va a tu mismo instituto, ¿nunca lo has visto antes por ahí? —Cleven abrió la boca para decir la obviedad de que le era imposible saberlo si ahora iba tan tapado que no se le veía ni la nariz, pero Yako cayó enseguida—. Hahah… ya, no, era una pregunta tonta.
—Guau, aquí hay gente de dos puntos opuestos del mundo —sonrió emocionada—. Con una de mis mejores amigas y cierto idiota del instituto, ya conozco a cuatro extranjeros.
—¿Yo no cuento?
—¿Eh?
—Soy chino. De una región… cercana a Pekín —dudó por un segundo.
—¡Ah, qué guay! ¿Cuánto hace que vives en Tokio?
—Mmm… bueno, desde muy pequeño he estado yendo y viniendo, entre Tokio y mi lugar natal… Es que aquí tengo muchos amigos, que son muy cercanos incluso de mi padre, de antes de nacer yo. ¿Y tú? ¿Eres extranjera también?
—Sé que lo parezco, pero no. Nací aquí, lo que pasa es que mi padre es occidental, y mi madre de aquí, y…
—¡Ah, mestiza! Ya entiendo. ¡Como yo! ¡Y como casi todos mis amigos!
Cleven se sorprendió al oír eso y fue a preguntarle con curiosidad qué otra nacionalidad tenía, pero MJ lo llamaba desde la cocina y Yako tuvo que levantarse e irse para allá, pidiéndole a Cleven que lo disculpara.
No habían pasado ni diez minutos y el lugar, efectivamente, se estaba llenando de mucha gente. Mujeres, niños, hombres, jóvenes, ancianos, y muchos de ellos a veces se ponían a conversar con Yako en la barra, lo que a Cleven le dio a entender que tenía buena fama en la zona. Kain y Sam estaban todo el rato de aquí para allá, atendiendo las mesas, mientras Yako atendía en la barra y en la sección de pastelería y MJ en la cocina todo el tiempo.
Cleven disfrutó de su estancia allí, pasando la mañana de aquel domingo. Mientras engullía sus tortitas, se dedicó a observar a la gente, que provocaban en el local una masa de voces y risas. Gente feliz. Entonces bajó la mirada hacia su plato, acordándose del día de ayer. Trató de olvidarlo.
—¿Todo bien? —le preguntó Yako al acercarse a su mesa.
—Todo estupendo —afirmó Cleven—. No mentías con lo de las tortitas, ¡las mejores que he probado!
Yako le dedicó un gesto contento, pero seguidamente levantó la vista con sobresalto, mirando a las espaldas de Cleven.
—¡Ah, tú por aquí por fin! ¿Qué tal estás? —le oyó decir mientras se iba, pasando de largo junto a ella.
Cleven no se giró para ver a quién saludaba. Seguro que se trataba de otro cliente habitual de allí que había entrado por la puerta, la cual estaba a unos metros detrás de ella. Oyó la voz de Yako diciéndole a esa persona que se sentase y que enseguida lo atendía. Masticando con tranquilidad, giró su cabeza a la derecha para ver que Yako volvía a la barra, donde estaba Sam, seguramente para decirle que atendiese al recién llegado, y acto seguido se metió en la cocina. Y volvió la vista a su plato, tan tranquila.
Fue entonces cuando el recién llegado pasó por su lado, para dirigirse a la mesa libre de más allá, frente a ella. Fue un momento tenso, paralizante, como si pasase a cámara lenta. Con la cabeza gacha, a punto de meterse un trozo de tortita a la boca, miró por el rabillo del ojo hacia su derecha. Era un chico alto y rubio, con una cazadora negra de cuero y una mochila al hombro. Levantó la vista completamente, siguiéndolo, ignorando el trozo de tortita de su tenedor. Pareció un momento eterno, y ni siquiera se dio cuenta de que tenía la boca abierta. Lo vio sentarse unas tres mesas más allá, en la silla que lo dejaba de cara a ella.
Cleven bajó lentamente el tenedor hacia su plato, sin poder apartar la mirada. Los cabellos rubios del chico oscilaron cuando se sentó, sin siquiera quitarse la chaqueta, y se quedó ahí, con un brazo apoyado sobre la mesa y la vista fija en la cristalera, observando el exterior, donde ya nevaba con más fuerza.
Fue una escena como de película. O más bien, la imaginación de Cleven la adornó un poco. Tenía un aspecto serio, severo, casi intimidante. No obstante, pacífico. Podía destacar de entre la gente, no sólo por su atractivo, sino porque emitía un aura tan electrizante como imponente. Era como si acabara de caer un rayo y dejado a todos sin aliento.
—La… madre… del cordero… —musitó Cleven con un hilo de voz, hipnotizada—. Dios existe.
No podía reaccionar, sólo contemplar. Era un chico seguramente de la misma edad de Yako, más o menos. Tenía el pelo más corto por la nuca, pero algo más largo por arriba y ondulado, por lo que, al estar casi cabizbajo, le tapaba un poco los ojos. Por eso, Cleven se fijó en su nariz, sus labios, su barbilla… Le recorrieron mariposas por el estómago.
«Tengo que acercarme a él como sea» se repitió una y otra vez. Ya había despertado, ya había resurgido la Cleven ambiciosa que escasas veces había dejado salir en los últimos años. Kaoru era historia, estaba enterrado para siempre, después de lo que Cleven le descubrió haciendo ayer. Había estado dispuesta a dejar que el desengaño la afectara y la deprimiera por cuánto, ¿una semana? ¿Un mes? No le iba a conceder ni un solo día entero a ese cretino. Así como tampoco le iba a conceder ni un solo día más a siete años de tristeza, monotonía y estancamiento.
Se había fugado de casa por una razón. La propia Cleven creía y reconocía que había sido por un capricho emocional. Pero el motivo era mucho más grande que esa tontería, más profundo. Su subconsciente, o más bien, algo encerrado en su subconsciente, estaba empezando a romper la coraza de algo muy importante que hace muchos años tenía olvidado.
Creyó durante unos días que lo suyo con Kaoru era por fin una relación seria que podía ir bien, pero no. Ya estaba harta de tanto hipócrita, y de tanto esperar a que sucediese algo nuevo, a esperar a que algo por lo que mereciera la pena vivir apareciera de una vez.
Se había ido de casa para dejar de esperar e ir a buscar ese algo ella misma.
¿Pero qué era ese algo? ¿Que le tocase la lotería? No, su padre era rico. ¿Una vocación profesional? Con 16 años todavía no le importaba mucho ese tema. ¿Que apareciera un príncipe azul? Puede, a lo mejor, allá cada una con sus gustos. ¿Que descubriera que tenía superpoderes? Mejor mantener la cabeza en el mundo real, que ya no tenía 10 años.
Pero… claro… ¿dónde terminaba el mundo real y comenzaba un mundo de ficción, cuando Cleven juraría que le pareció ver en más de una ocasión que uno de los ojos de su hermano pequeño brillaba por sí solo, o cuando acababa de ver una plantita marchita recuperarse en cuestión de segundos cuando Yako pasó al lado, o cuando vio que ese adonis rubio se sentaba en una simple silla de una simple mesa para tomar un simple café en lugar de estar en el Olimpo con los demás dioses?
Si un inconsciente deseo de descubrir y recuperar la verdad olvidada o de buscar un algo por lo que mereciera la pena despertarse cada mañana tenía que empezar con pequeños caprichos emocionales, o lo que a simple vista parecían impulsos rebeldes o absurdos de una adolescente… adelante con ello, le decía una voz interna a Cleven.
Y ahora, ese, ese chico rubio era lo que buscaba. Se convirtió en el siguiente nuevo capricho. Le había dado un flechazo, el mayor de toda su vida. Nada ni nadie la detendría. Iba a dar un cambio en su vida, y con ganas pensó en atreverse con aquel reto.
«¿Qué le digo?» caviló, apretando los dientes, mientras Sam le tomaba nota al rubio Míster Universo y volvía a irse. «Ya sé. Usaré la excusa de que soy nueva en este lugar. Mi mochila es la prueba. Le diré que estoy buscando piso, y si puede ayudarme a conocer esta zona. Le diré que estoy sola y que no conozco a nadie de por aquí».
No se le ocurrió ni por un momento decirle que estaba buscando a su tío, pues si se lo decía, estaba segura de que le respondería que entonces lo dejase en paz y que su tío le enseñase la zona. Tuvo la esperanza de que el chico tuviese compasión de ella y que se creyera lo de que necesitaba ayuda y estaba sola en un sitio que no conocía.
«Le diré si me puede enseñar la zona, y planearé algo más para seguir con él, en caso de que este plan dure poco» sonrió para sí. «¡Allá voy!». Se puso en pie de un salto, clavando la mirada en su objetivo, pero entonces le dio el tembleque. Ella nunca había sido tímida a la hora de acercarse a un chico. Este era diferente.
Respiró hondo, calmándose, y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que Yako y los otros no la viesen, porque si no, se moriría de vergüenza por tratarse de un amigo de ellos. Se separó de su mesa, echándose la mochila al hombro y abandonando lo que le quedaba de desayuno, impropio de ella, y fue paso a paso, firme, hacia la mesa donde estaba él.
No podía ser, ya estaba temblando de los nervios, pero ya estaba muy cerca y trató de serenarse. Se paró a un par de metros de distancia, y actuó como tenía planeado. Se hizo la sueca, mirando a su alrededor como buscando algo o a alguien, con cara confusa, y después le echó valor y posó la mirada en el chico. Dio tres pasos más hasta acercarse a él lo suficiente.
Él tenía toda la pinta de no haber reparado en ella, porque seguía mirando hacia el ventanal. De hecho, estaba muy quieto, desprendiendo indiferencia, incluso una aura fría. Cleven tuvo que llamarle la atención.
—Di... disculpa... —dijo entrecortadamente—. ¿Po-podrías ayudarme?
«¡Eso, sigue tartamudeando como una idiota y lo tendrás en el bote!» se regañó a sí misma, sintiéndose como una imbécil, pero en cualquier caso no podía dar media vuelta y marcharse. Esperó, inmóvil, de pie frente a él, agarrando con fuerza el asa de su mochila.
Para su mayor preocupación, el chico seguía con la cabeza gacha, en sumo silencio. «Mierda. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? No reacciona, no se mueve, no levanta la vista, ¡no le veo los ojos! ¿He dicho algo malo? Algo falla, algo falla... ¿Por qué no me hace caso? ¿Será sordo, ciego, mudo, subnormal tal vez? ¡Me está ignorando! ¡Esto nunca me había pasado!». En la cabeza de Cleven había huracanes de nervios descontrolados, aunque conseguía parecer tranquila exteriormente. Le iba a dar algo, estaba muerta del ridículo que parecía estar haciendo.
De pronto, el chico comenzó a levantar y a girar la cabeza hacia ella, lentamente, despacio, serio, y el corazón de la joven se aceleró. Consiguió verle los ojos por fin, consiguió distinguir su rostro. Se quedó en trance. Tenía ojos verdes claros, una mirada profunda. Su nariz recta, sus labios, su mentón… Todo era perfecto, era el chico más guapo que había visto en toda su vida, y se ruborizó hasta las orejas, sin poder reaccionar.
«No soy digna» pensó de inmediato, a punto de arrodillarse y realizar una alabanza con los brazos estirados. «No, Cleven, ¿pero qué dices? Deja de menospreciarte tanto. Tiene que ser este, el chico perfecto. Tiene que ser… ¡mío!».
Pasó un rato que parecía eterno, los dos mirándose, una con cara de imbécil y el otro… no se sabía, era indescriptible, y rodeados del barullo de la gente mientras que ellos estaban en completo silencio. Cleven ya empezó a dudar, pensó que tal vez debía de dar media vuelta y hacer como que no...
—No me lo digas.
Cleven dio un brinco, sobresaltada, al oír su voz, aunque trató de disimularlo. Agudizó todos sus sentidos, intrigada. Vio que el chico tenía la vista fija en la mochila.
—Eres nueva por aquí y quieres que te ayude a conocer la zona.
Cleven sintió como si se le derramara encima una cascada de agua helada. Contuvo la respiración. ¡Había dado en el clavo! Temió por un momento que ese ya hubiera descubierto sus intenciones, que pudiera leer la mente o algo así. No tenía ni la más remota idea de qué decir ahora.
Entonces llegó el “momento conciencia” dentro de su cabeza: «Clevy, sé buena y deja a este buen chico tranquilo, anda» le decía una voz angelical. «¡No le hagas caso!» apareció la voz demoníaca, «¡Síguele la corriente a Míster Universo e insiste en que te enseñe la zona, hazte como la que no sabe nada! ¡Insiste! ¡Insisteee!». «Hmm...» Cleven sonrió con malicia, ya lo había decidido. No tenía miedo de nada. Primero optó por tranquilizarse, preparándose para no volver a quedarse colgada cuando mirase al chico y su belleza volviera a darle un sopapo en la cara.
Sin más dilación, arrimó una silla junto a la mesa y se sentó frente a él.
—Pues has acertado totalmente, ¿cómo lo has sabido? —quiso saber, mostrando una actitud inocente.
Sintió otra vez escalofríos, pues el chico se inclinó lentamente hacia ella y le clavó esos ojos severos y fríos. Daba miedo. Pero del bueno.
—No te ofendas, pero... —murmuró con voz profunda—. Esta es la cuarta vez en este mes que una persona casualmente chica joven y casualmente nueva por aquí me pide ayuda a mí en vez de a otro. Tal vez tú me lo puedas explicar.
«¡Ahí va!» se quedó perpleja. «Hijo, porque eres adictivo a la vista» se dijo. «¡Oh, no! A lo mejor me está tomando el pelo, a lo mejor no tengo que explicarle nada... ¿Qué ha querido decir? ¡Ah! ¡No fastidies! ¿¡Es que la tramposa táctica que yo estoy empleando es algo más común de lo que yo creía!? ¡No hay chicas originales en esta ciudad! ¿¡No pensará que...!?».
—¡Eh, oye! —saltó, poniendo las manos en alto como una delincuente frente a un policía, tratando de sonreír con naturalidad, aunque estaba sudando—. ¡No, te juro que no tengo intenciones raras! —mintió descaradamente—. Ve... verás, es que llevo aquí desde las ocho de la mañana, vengo de muy lejos, y me voy a alojar en el Hotel Shibuya Excel Tokyu hasta que pueda encontrar piso y mudarme… Y… mmm… necesito conocer la zona. Ya he preguntado a otras personas, en serio, pero no han querido ayudarme, y…
«¡Clevy, déjalo ya!» reapareció la voz angelical, «¡Que se te va a ver el plumero! ¡Deberías dejar de perder el tiempo y buscar al tío Brey de una vez! ¡Deja en paz a esta buena persona, pobrecito!». «El tío Brey puede esperar, pero este tío bueno, no» replicó la otra voz.
—Hm... —murmuró el chico, haciéndose el interesado—. Y claro, has pensado que tal vez yo sería una excepción.
—Eh... pues sí, espero —sonrió, tensa e impaciente.
—¿Qué quieres saber? —preguntó entonces el chico, apoyándose contra el respaldo de su silla.
A Cleven se le iluminó la cara.
—Ah, pues... Mira, es que voy a independizarme aquí en Shibuya, y no la conozco muy bien. Voy al Instituto Tomonari, que es lo único que conozco, pero ahora que voy a vivir sola aquí, estoy desorientada. Necesito saber, pues... no sé... —titubeó, manteniendo una actitud tranquila, y miró hacia arriba, pensativa—. Dónde puedo encontrar el supermercado, la biblioteca pública, cines, tiendas... cosas por el estilo.
—¿No tienes un mapa callejero? ¿Y quieres estar preparada? —preguntó el chico arqueando una ceja, sarcástico—. ¿Y si te digo en qué calles están cada una de esas cosas y te vas a descubrirlas?
«Qué borde, qué frío, qué severo, me hiela la sangre... ¡No puedo perderlo!» pensó.
—Lo siento, es que soy muy mala con los mapas y carezco del sentido de la orientación, me perdería enseguida, y tengo miedo de perderme en una ciudad así… ¡Oh! Por supuesto te compensaré. Puedo invitarte a comer después, donde quieras.
Se quedó en silencio, sin saber qué más decir. Seguía estando tensa, y encima el chico seguía mirando hacia el ventanal como si la estuviera ignorando, glacial.
—Aquí tienes, amigo —apareció Kain junto a la mesa, poniéndole al chico su café, y reparó en Cleven—. ¿Y esta chica? ¿Nueva niñera?
—No —contestó el rubio con sequedad.
Kain se encogió de hombros y se marchó, dejándolos solos otra vez. «¿Niñera? ¿Cómo que niñera? ¿Por qué niñera?» se preguntó Cleven, pero pensó que tal vez serían cosas de chicos.
—¿Qué edad tienes? —preguntó de repente el joven—. No pareces tener la apropiada para independizarte.
—¿Eh? Pues 16 años, pero no creo que sea tan poco —contestó, y se sintió incómoda porque ahora el chico la estaba mirando fijamente, como analizándola—. ¿Y tú?
Él no respondió. Miró a otra parte.
—Yo te he respondido, sería justo que tú también lo hicieras —protestó Cleven.
—Tengo 20 —respondió con desgana.
—Hm, ya decía yo que un chico con libros de Medicina en la mochila debía de ser universitario —sonrió Cleven, señalando la mochila negra medio abierta a los pies del chico—. ¿Vas los domingos a clase?
No obtuvo respuesta, el chico la ignoró por completo. Esto se estaba complicando.
—Estomm... Bueno, ¿me ayudas? —volvió a la carga.
—¿Qué quieres? ¿Que vaya contigo? —preguntó él, enfatizando la incredulidad de su tono.
—Eh... —sonrió—. Esa era la idea... si no te importa... ¡es que me es muy necesario! Sólo será por hoy, de verdad. Me tengo que organizar enseguida, te juro que te devolveré el favor, lo que quieras cuando quieras —suplicó, empezando a perder la esperanza.
—Lárgate.
Eso le dio a Cleven como una bofetada. Estaba claro, estaba siendo imposible. No quería dejar las cosas así, quería conseguir a ese chico, por muy desagradable que fuese... Lo quería.
Les envolvió otro momento de silencio, pero estaba cargado de tensión, por parte de la joven. Él pasaba de ella olímpicamente, descarada y apáticamente. Peor no lo había pasado Cleven. Bajó la mirada, abatida. Se había acabado, había perdido. Estaba verdaderamente triste. Tanta ilusión acumulada para vaporizarse con una sola palabra.
Sí, era el momento, el momento de ponerse en pie y largarse de allí. Intuyó que el chico estaba esperando a que se fuera de una vez, pese a estar mirando a otra parte, bebiéndose su café como si nada. Suspiró, pues, y fue a levantarse de la silla.
Pero entonces apareció Yako junto a ellos, de la nada, de entre las sombras.
—¡Vaya! —exclamó sonriente—. Veo que estás conociendo a mi mejor amigo —le dijo a Cleven, posando una mano sobre el hombro del rubio.
—¡Ah, tu...! ¿Tu mejor amigo? —repitió ella con sorpresa.
—Oh, sí. Somos inseparables desde que yo tenía 3 años y él 2 —le explicó Yako.
«Mierda, mierda... No lo sabía, ¿qué pensará Yako de lo que estoy haciendo? Va a hacer preguntas y quedaré en evidencia» se inquietó Cleven.
—Oye, Raijin, esta chica tan simpática está un poco perdida por aquí —le sonrió Yako a su amigo, el cual seguía mirando a otra parte, desprendiendo frialdad—. ¿Por qué no le enseñas un poco la zona? Para que se sitúe, hombre, pobrecita. Está sola. Lo haría yo, pero tengo trabajo.
La joven se quedó anonadada al oírle decir eso a Yako. ¿Acaso él había adivinado sus intenciones, o era pura casualidad?
—Y no tienes nada que hacer hoy —concluyó Yako—. Naaada de nada.
—¿Y tú qué sabes, Shokubutsu-chan? —masculló su amigo.
—Shokubutsujin-san, por favor —le corrigió.
—Demasiado largo de pronunciar —replicó.
«¿Qué... qué está pasando?» se preguntó Cleven, mirando a uno y a otro. «¿El adonis rubio se llama Raijin? ¿Y por qué a Yako lo llama Shokubutsu-chan?».
—No te asustes —rio Yako al ver su cara de confusión—. Son motes que nos ponemos. Venga, colega, anímate y ayuda a esta chica. Es muy maja, te lo aseguro.
—Yako, yo... No hace falta —murmuró Cleven, temiendo que pudiese cabrear a su amigo—. No pasa nada, yo...
—Vamos —dijo Raijin repentinamente, poniéndose en pie y llevándose la mochila al hombro.
—¿¡Ein!? —se sorprendió Cleven, paralizada.
—¿No querías conocer la zona? —le gruñó, mirándola por encima del hombro—. Pues mueve el culo, pelmaza.
Ella no entendió nada, absolutamente nada. Menudo cambio de parecer, pensó. Sin embargo, la emoción la envolvió y no pudo más que sentir profunda alegría. No entendía nada, pero qué demonios. Volvió a echarse la mochila al hombro rápidamente y se pegó a Raijin.
—¡Muchas, muchísimas gracias! —le dijo radiante.
Él ni se molestó en mirarla, pues salió de la cafetería como si nada, pasivo, y Cleven tuvo que correr para no perderlo. Los dos se marcharon. «Ay…» suspiró Yako, volviendo al trabajo, «Qué tozudo es este Raijin con los humanos».
Comentarios
Publicar un comentario